Winston Churchill y la importancia del trago

Winston Churchill fue un hombre de época, uno de esos que a través de esfuerzo y determinación se encargan de cambiar el rumbo de las cosas. Desde joven, como descendiente de una familia de prosapia en el entorno británico, tuvo instalada una idea muy específica de lo que significaba el destino. Parecía que había una misión para él, o al menos así lo creía. Quería influir en el porvenir. Y en medio de un periodo crítico de la historia se encargó de abrirse el paso, sin intimidarse ni dejar que se le quebrara el pulso. La adversidad lo enardecía y en cada aspecto de su vida no temía a la hora de tomar direcciones importantes. Nunca quiso mostrar debilidad. Ni en los peores episodios le daba ese gusto al enemigo.

Churchill también tenía muchos defectos. Una serie de contraindicaciones que, de manera irónica, le ayudaban en un contexto muy particular. Era un tipo bélico y arrojado. Tomaba decisiones sin contemplar que las consecuencias pudieran ser desastrosas. Tenía una clase de optimismo que podía ser temerario y hasta imprudente, pero útil para que la mano no temblara en momentos donde la valentía era el único camino para la supervivencia. En un panorama de titubeos generalizados, alzó la voz y animó a un pueblo que de otro modo pudo acabar hundido.

Hablamos de un líder político que atravesó casi todas las esferas de primer nivel dentro del entramado estatal del Reino Unido. Era un gran histrión, un artesano de la palabra y un polemista feroz. Alguien culto y pasional. A su enorme intensidad le acompañaban algunos pozos de tristeza. En medio del maremoto político de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que lidiar con la depresión, el “perro negro” que lo arrastraba en soledad, cuando los focos no lo veían.

También estaba rendido a los placeres. En especial al del alcohol. Sobre este último existe una anécdota de relativa celebridad ocurrida unos años antes de que asumiera el cargo de Primer ministro del Reino Unido.

A principios de los años treinta Winston Churchill viaja a Estados Unidos para dar una serie de lecturas en distintos recintos. El panorama era estimulante para el hombre que tiempo después se encargaría de plantar cara Hitler cuando el tablero internacional parecía cubrirse de llamas. Era alguien que gustaba de convencer y lanzar frases lapidarias ante la audiencia. Pero para él había un gran problema: “la prohibición”. La ley seca que impedía la venta de bebidas alcohólicas en todo el territorio estadounidense se encontraba vigente por aquel entonces. Esto era trágico para Churchill que tenía una fuerte dependencia hacia la bebida. No era un consumidor casual, sino uno de excepción. Se dice que tomaba por las mañanas (champagne), en la hora de la comida (whisky) y por la noche (brandy), para dormir bien. Sin el alcohol, pues, no podía estar a gusto. Entraba en crisis, se desesperaba. Eso ponía en jaque su buen desempeño en el exterior. La gira de conferencias podría ser un fiasco si no podía recurrir a una botella de Johnnie Walker (su whisky favorito, tanto el etiqueta roja como la negra). Era una situación que lo agobiaba y que, por fortuna para él, encontraría pronta y —curiosa— solución.

Los automóviles son un caos en Nueva York. Los conductores van con un ánimo casi salvaje y a menudo cometen imprudencias. La ciudad se mueve a ritmo vertiginoso y no hay espacio de consideración para los lentos y los distraídos. Así lo es en la actualidad y así apuntaba ya en los años treinta.

Winston Churchill lo descubriría al bajarse de un taxi, durante aquel tour que realizaba por suelo americano. Confiado ante la civilidad de la gente, no reparó en mirar hacia ambos lados al cruzar la calle. El descuido tuvo consecuencias: un auto que pasaba cerca lo arrolló. El ritmo del nuevo mundo no era igual que en Europa.

El cosmos parecía cebarse con Churchill, quien se encontraba en un periodo bajo de su carrera (parte de sus famosos “años en el desierto”), en el que fue apartado de las altos estratos políticos. Su fuerte personalidad y espíritu férreo le hicieron ganar enemigos. Y ya desde entonces se procuró aislarlo y mantenerlo lejos de las grandes resoluciones. Su posiciones alarmistas respecto a la geopolítica tardarían todavía unos años en ser aceptadas, pero eventualmente se convertirían en un eje crucial en la historia de la humanidad, cuando fue el primer gran líder opositor del expansionismo nazi.

Churchill acabó en el hospital con diversas lesiones debido al atropello. El conductor que lo impactó iba a tan solo 56 km/h, por lo que pudo ser dado de alta poco después. E incluso llegó un beneficio inesperado para él. Si bien sufrió daños considerables, fueron menores dentro de lo que se podía esperar. Y lo mejor vino durante la consulta con el doctor, ya que durante la ley seca se podían hacer excepciones para aquellos que tuvieran algún justificante que diera carta libre para que el paciente consumiera alcohol, en caso de que su padecimiento así lo requiriera.

Así ocurrió con Churchill que obtuvo un certificado médico con el que, al fin, pudo tener acceso a la bebida sin restricciones. Esto era lo que expresaba el documento:

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Esto es para certificar que la convalecencia post-accidente del H. Winston S. Churchill requiere del uso de bebidas alcohólicas, especialmente durante la hora de la comida. La cantidad es naturalmente indefinida, pero el requerimiento mínimo sería de 250 centímetros cúbicos.

Firmado: OTTO C. PICKHARDT, M.D.
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250 centímetros cúbicos es el equivalente a unos 6 shots de alcohol puro. Y eso era el mínimo requerido por Winston Churchill, quien poco después se iría de vacaciones para completar su recuperación.

Tengan por seguro que aprovechó la oferta ilimitada.

 

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Juan Gabriel: lágrimas y lluvia

En el caso de Juan Gabriel a veces da la impresión de que el personaje se come al artista. La leyenda tejida en torno a su personalidad resulta indivisible de la valoración que se hace de su obra y el juicio a posteridad. Y es comprensible, no está del todo mal. Las estrellas de la música no lo son únicamente por la música misma, sino por cuestiones de imagen, carisma, teatralidad.

Pero si uno se concentra en las composiciones de Juan Gabriel tan solo por un rato, lo que queda es un artista de primer nivel, con una inventiva enorme para la creación de melodías, la exploración de géneros y el rompimiento de estructuras. Un innovador sobre la marcha. Un baúl inagotable de recursos. Lo podía ser todo menos un improvisado: era un profesional. Ahí están sus conciertos, en donde la capacidad le daba para hacer versiones renovadas de sus propios temas que de pronto se extendían hasta los 15 minutos y en donde los músicos seguían lo que dictaba el nervio del momento, como cuando a Bob Dylan le da por transformar algún tema de folk en un torbellino de blues sin decir agua va: reversiones que toman vida propia, una hazaña que no está al alcance de cualquiera, sino de aquellos elegidos que dominan el arte de la constitución en armonía.

Noel Gallagher habló hace tiempo del impacto que le significó ver a Morrissey en televisión por primera vez. Aquella actuación en el programa Top of the Pops fue determinante para que Noel Gallagher se dedicara de lleno la música. El baile, la apariencia y los movimientos de Morrissey le parecieron de lo más ridículos… y tremendamente geniales al mismo tiempo. Eso significaba ser una estrella. Plantarse en el escenario y desfogar los secretos de un modo tan exagerado como sólo sería posible a través del arte, del proceso creativo.

Con Juan Gabriel pasa un fenómeno parecido. Tiene momentos bastante malos y en sus canciones abunda lo que en cualquier otro contexto resultaría bochornoso. Pero funciona. Vaya que sí. Juan Gabriel logra sublimar las emociones más íntimas del oyente hispanoamericano hasta transformarlas en regocijo, en una celebración. De ahí que sea la compañía de tantas historias personales, ya sea en fiestas o en ratos de soledad.

En una sociedad tan conservadora como la mexicana, a Juan Gabriel se le perdona todo. Trasciende a generaciones y prejuicios. Juega en su propia zona de tolerancia que esperemos pronto se extienda a cada uno de los mexicanos, que tienen el derecho de vivir como les venga en gana.

Y, ante todo, Juan Gabriel era un alma a flor de piel. La calidad de sus letras es para quitarse el sombrero. A los latinoamericanos nos hermana la pesadumbre ante la derrota, el regodeo en el dolor. Pocos logran expresarlo como a él, que ofrece además el manto cálido de su compañía. Consejos para ir adelante y sacar el pecho ante la adversidad. Estoy convencido de que sus temas han hecho más por el bienestar de las minorías que mucho falso activista que sólo busca erigirse como un superhéroe para posar en la foto. También era un gran enamorado de México, un promotor orgulloso de nuestro país en el exterior.

Hace algunos años veía con recelo a Juan Gabriel. Me parecía música para telenovela, piezas con demasiada confitura, himnos para comadres que se beben su cubita. Estaba lleno de prejuicios y, en definitiva, era un idiota. Por fortuna me libré de eso y empecé a escucharlo sin aprensión. Me puse atento a lo que aquel hombre ofrecía. Y entonces todo un mundo se me reveló. Juan Gabriel resultó ser un vendaval de genialidades que sigo descubriendo a cada día.

La popularidad de Juan Gabriel se debe, en gran parte, a que era un tipo terriblemente sensible. Era el prototipo del mexicano y del latino promedio. Alguien atormentado, sentido, enamorado… alguien que padecía y que para no ahogarse se ponía a cantar. En su voz están contenidas todas las penurias que hemos sufrido. Él se encargó de darle forma y una orientación estética. Un dolor pero bello.

Como personaje es la encarnación de los mexicanos revueltos en una sola figura. Hombre y mujer. Sublime y ridículo. Melancólico y sonriente. Taciturno y colorido. Fuerte y llorón. Feo y hermoso.

Cualquiera que ceda a su impulso encontrará una canción de él con la cual identificarse. Por eso su partida fue trágica para un gran espectro de la población. En este sentido José Alfredo, Agustín Lara, Roberto Cantoral, y tantos otros grandes compositores, con lo maravillosos que pueden ser, son más unidireccionales. Sus piezas tienen una perspectiva eminentemente masculina y aunque puede gustar tanto a hombres como a mujeres, el rumbo que tienen es limitado.

Juan Gabriel canta como si fuera un representante de ambos sexos. Es, de nuevo, un ser emotivo. Quien dice sin tapujos lo que tanto nos esforzamos en disimular. Alguien que conmueve lo mismo a una señora que a un preparatoriano o a un tipo que, con todo y bigotes y botas, llora como niño apenas comienza “Se me olvidó a otra vez”.

En un país tan tristemente homofóbico y machista como México, Juan Gabriel gozó de inmunidad y fue celebrado por todo lo alto, como uno de sus mayores ídolos. Tal fue su grandeza. Quizás debería convertirse en un estandarte para que todos nos demos cuenta que no somos tan opuestos en realidad y que no hay necesidad de discriminarnos unos a otros, sino más bien disfrutar de lo que los demás, en su diferencia, nos pueden ofrecer.

Juan Gabriel es querido por abuelitas conservadoras y por machos de la vieja escuela. Le gusta a los abogados y a los futbolistas. A las secretarias, a los sacerdotes, a los ingenieros, a los taxistas, a los barrenderos. La música del Divo hermana a la comunidad.

A Juan Gabriel le debo el haberme liberado de prejuicios artísticos. Gracias él me di cuenta que hay que ceder a las emociones y que es una tontería alejarse de las manifestaciones coloridas y populares solo porque los mentecatos las tachan de corrientes. La música de calidad está en todos lados y en cualquier género. Solo hay que tenderle una mano y dejarse llevar.

 

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Fototeca/El Universal

Cuñadismo a la mexicana

Hay palabras extranjeras que deberían incorporarse con urgencia a nuestro vocabulario de cada día. Ni siquiera hay que recurrir a la gama de expresiones disponibles en otros idiomas, sino a elementos escondidos dentro de países de habla hispana que se prestan muy bien para una adaptación local.

Tal es el caso de carretear, usado por los chilenos para llamar al noble arte de salir de fiesta. O mina, la forma en la que los argentinos se refieren a las muchachas… un término que aplicado en doble sentido bien podría revelar los riegos de acercarse demasiado al sexo femenino. Hay que tenerlo en claro: las mujeres lindas pueden hundirte, explotarte en la cara. Son ellas las que cavan tumbas como decía el viejo Kerouac.

Hay  una palabra en particular que urge incorporar al léxico mexicano y, si nos apuramos, al de todas las naciones del orbe, ya que designa a un tipo de personaje presente en cualquier sitio. Es un término muy usado en España, que si bien no es inédito en nuestro país,  valdría la pena extender en popularidad. La palabra en cuestión es cuñadismo, y aunque su origen, en efecto, está basado en un pariente (y por extensión al nepotismo), no necesariamente tiene que aplicarse al hermano de una pareja, ya que su significado moderno se extendió para denominar al clásico opinólogo que va de elevado al hablar de cualquier asunto que se le cruce en el camino.

El cuñado aplicado en este sentido, y al que ustedes seguro han tenido que padecer, es el típico espécimen que busca sentirse más inteligente que los demás, cuando en realidad no lo es.  En su afán de demostrarlo sueltan cuanta palabrería se les ocurra para aparentar estar muy bien informados. Son, ante todo, verborrea estéril, propia de gente que se lee los titulares que le aparecen en la bandeja de internet y que, ya por eso, se creen especialistas en geopolítica, botánica, zootecnia y ciencias aplicadas.

El destino de estos intelectuales es cruel. Ya que en vez de trabajar en la NASA, como sus ínfulas pretenden merecer, lo cierto es que en el mundo real nadie se los toma en serio. Cualquier verdadero experto los desmonta con facilidad y lo más que producen es pena ajena.

Lo más seguro es que tú conozcas a uno de estos cuñados, tan proclives a repetir datos curiosos que vieron en alguna revista y a preciarse de revelar lo que ya todos saben. A menudo van con un semblante redentor, creyéndose los más listos del barrio, poseedores de la verdad absoluta, como los apóstoles de la sabiduría. La soberbia les hace acosar a quienes opinan distinto, le piden a la muchedumbre que “despierte” y que abandonen los medios tradicionales para unirse a la verdad: medios alternativos y conspiranoicos dirigidos por gente que usa calcetines al ponerse sandalias.

Los cuñados hablan sin saber y a la vez acusan de ignorantes a quienes los contradicen, una maniobra hilarante digna de estudio. Ofenden y luego se ponen a la defensiva. No atienden a argumentos ni a la evidencia. Desestiman cualquier elemento que se les oponga.

Su especialidad es llevar la contraria, el truco más bajo para fingir  ser inteligentes y lejanos del rebaño de ovejas. Van en contra de los consensos, porque ellos ven lo que los otros no. Son inmunes al engaño, una hazaña que se han labrado a base de rascarse el ombligo doce horas frente al monitor de una computadora.

El cuñado busca adoctrinar e imponer sus ideas ya que ello supone erigirse como el faro intelectual de la región. Y en tiempos donde la caballada no es muy robusta, puede llegar a escalar varios puestos en las dinámicas sociales, hasta que un día se topan con un oponente documentado y se desploman. Es por eso que se ceban con los débiles, con los tímidos, con los que no saben sobre un tema. A ellos los atosigan con palabras, mientras que a los sabios los evitan: no vaya a ser que descubran su condición de tigres de papel.

El cuñadismo, aunque en un principio parece gracioso, debe ser detenido si se presenta la oportunidad. Estos embaucadores distorsionan el debate y perpetúan mitos que hacen eco hasta producir la sordera generalizada.

Los cuñadismos más habituales son el deportivo y el político. El cuñado deportivo vocifera contra atletas de alto rendimiento y los acusa de ser una basura antes de proseguir a tomar la botana que tienen puesta sobre la barriga. También se sienten calificados estrategas capaces de refutar las decisiones tomadas por Joachim Löw, José Mourinho y Diego Simeone, a quienes tienen por completos improvisados. Si el cuñado tomara a cualquier equipo lo llevaría a una era dorada de campeonatos a raudales.

El cuñado aplicado a la política se siente facultado para opinar sobre cualquier conflicto o suceso que ocurra en el globo. En especial le interesan los acontecimientos de países exóticos y lejanos, para así dárselas de enterado y muy consciente, en comparación al vulgo, a quienes solo les preocupa lo que ocurre en Francia y en otros países bonitos. Además cualquier versión oficial o consensuada les repele; no se fían de la norma establecida y prefieren armar castillos mentales en donde todo es parte de una confabulación realizada por una élite que lo decide todo en lo obscurito.

A los cuñados les gana el afán de protagonismo. Les encanta interrumpir y suben la voz a donde quiera que llegan. En las reuniones instalan el conflicto cuando todos querían pasar un rato de tranquilidad. Si bien pueden irritar, lo mejor que puede hacerse es reírse e ironizar con ellos.

En definitiva, los cuñados son todo en uno: pedagogos, filántropos, activistas, poetas, psicoanalistas, gastrónomos, filósofos, mecánicos, economistas, científicos, pediatras, ingenieros de audio, teólogos, veterinarios… pero, antes que nada, son imbéciles. Y las redes sociales son su paraíso.

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Nota: la quintaesencia del cuñado puede encontrarse en la famosa escena de Annie Hall en la que aparece Marshall McLuhan. Sirve muy bien para ilustrarlo. La vocecilla molesta que de vez en cuando nos rompe los oídos y nos deja al borde de un ataque de nervios.

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Dos mujeres perdidas

Encuentros con dos mujeres desconocidas que no trascendieron a más.

1.-Voy a la inauguración de una exposición de pintura en un museo de la ciudad. Acudo solo, a invitación de un buen amigo que trabaja ahí. Llego a la hora exacta, las ocho de la noche. De inmediato procedo a observar a todos los asistentes, una costumbre que me permite evaluar a cualquier persona a través de detalles nimios de su ser. Hay de todo, gente grata y que resulta interesante. Otra tanta que no. A lo lejos veo a esta chica: morena, delgada, de cabello rojizo, parece que los años no han hecho efecto en su piel. Lleva una falda alargada que le ajusta perfecto al cuerpo. Noto que ella también va sola. O eso parece, al menos. Dejo de mirarla para no parecer demasiado insistente. Ya me la encontraré más al rato, cuando termine el evento de la inauguración. Y así sucede. Vienen las palabras de introducción por los organizadores y por el autor de la obra. Luego pasamos a ver los cuadros agolpados en una sala y al cabo de un rato regresamos al jardín del museo, en donde una serie de mesas se encuentran dispuestas para que nos sentemos y bebamos las copas de vino que un grupo de meseros se aprestan a repartir. Busco a la chica que iba sola. No la veo. Paseo la mirada para dar con ella. Es el momento de acercarse y decir cualquier cosa para iniciar la conversación. Sigue sin aparecer. Pero por ahí debe estar. La vi pasar dos veces en la sala de la exposición. Bebo un par de copas y me voy a sentar a la mesa más apartada, una que está vacía. Ahí me quedo. Al transcurrir de unos minutos la chica de la que hablo llega y se sienta en la mesa de al lado. Ya no está sola. Ahora va con un muchacho. Están lo suficientemente cerca de mí como para que pueda escuchar su conversación. Él se presenta con ella. Le dice que es ingeniero e intenta alumbrarla con unas nimiedades sobre libros. Ella escucha, no dice mucho, él acapara la conversación. Se nota que está emocionado y que intenta impresionar; suelta curiosidades y datos de manera atropellada, no da espacio para un segundo de silencio.  Debe sentirse en la cumbre luego de haber logrado conectar con una bella desconocida, alguien con quien no parece tener mucho en común. Su plática, llena de generalidades, me aburre. En cierto momento uno de los meseros se acerca con una charola de copas. Ahí hago el único intento para aproximarme a quienes ocupan la mesa de junto. Me levanto,  tomo una bebida y le digo al mesero: “Te faltan ellos, no tienen nada para beber, no te olvides de nuestros amigos, por favor”. Ninguno de los dos reacciona, si acaso noto una sonrisa en él. El mesero asiente y les da un par de copas. Yo regreso a mi lugar, la mesa lejana y sola, donde apenas alcanza a escucharse la música de fondo. Escucho que el muchacho dice “No soy mucho de vino, prefiero un café y una crepa”. Ella no responde. Comprendo que todo ahí está perdido, que la actitud del muchacho lo conducirá a la perdición; no es alguien con el que yo me juntaría. Aunque la chica me agrada, en ese instante ceso de cualquier plan por acercarme. Tengo claro que ella significa más para él de lo que significa para mí. Puede que para él se trate de la mejor noche de su vida, veo la ilusión en sus ojos. No quiero estropearlo, no quiero romper con la única oportunidad que los dioses le han entregado. Me bebo otros tres tragos en soledad y los veo abandonar el museo. La copa de la mujer quedó vacía sobre el mantel, la de él quedó casi llena. Ya con ese simple detalle sé que nunca conectarán.  En este punto me pongo de pie y me acerco al centro de acción. Me topo con algunos conocidos, platico un rato con el artista que vino a exponer su obra, también con Os, que me invitó. La paso bien. Entre la multitud topo con una chica que conocía de poco tiempo atrás. Nos saludamos e intercambiamos palabras antes de que se tenga que retirar. Ya no supe más de la chica que iba sola.

2. Al día siguiente, ese mismo fin de semana, acudo a la inauguración de otra exposición de pintura. Esta vez de la madre de una persona que me cae muy bien. La presentación se realiza en una cafetería de la ciudad. Llego unos quince minutos antes de la hora acordada. De nuevo acudo solo. Platico un poco con mi amiga y luego pasamos a ver los cuadros. En ellos se hace presente trazos de calidez que me recuerdan a un México que por desgracia ya parece perdido. También veo un cuadro sobre Venecia que se vuelve mi preferido. Alguna noche espero pasar por ahí. Transcurren los minutos y tras platicar con algunos de los asistentes, todos muy cordiales y buena gente, vuelvo a mi hábitat natural: la soledad de un rincón. Ahí me pongo a beber una cerveza que alterno con un vaso de vino espumoso que está dispuesto para los asistentes. En eso estoy cuando veo entrar a una chica que de inmediato me engancha. Tiene el cabello verde como un trébol y vestimenta a medio camino entre el gótico y el punk. Su piel: blanquísima. Tiene un refinamiento que no puede esconder con capas de pintura. Va acompañada de dos muchachos que evidentemente no tienen la gracia ni el estilo que ella. Son vulgares, toscos, de peinado indigno, deberían esfumarse. Usan playeras de anime, pants de algodón y su calzado consiste en tenis para correr. Ojalá no estuvieran y pudiera platicar con la chica nada más. La escucho decir a uno de sus acompañantes: “Déjame ver. Llevo dos meses sin salir. Yo nunca salgo a pasear”, o algo así y se ríe. Acabo aún más fascinado al conocer su voz. Me parece encantadora, con una apariencia que sin lugar a dudas clama por atención, un aspecto alocado al que quizás yo podría enmendar de algún modo. El ridículo pensamiento paternalista que cada vez se vuelve más habitual en mí. Pero ella va con esos dos tipos y acercarme me da repulsión. No me sé su nombre y acaso no la vuelva a ver. La única pista que tengo es su cabello. ¿Cuántas otras chicas tendrán el cabello verde en la comarca? Quizás deba preguntar entre mis contactos. Pero no. Sé que eso no sucederá. No nos volveremos a topar. He visto como uno de sus dos compañeros le da una ligera caricia en la espalda con el dedo índice. Cómo es eso posible, me pregunto, que alguien con la clase de ella termine con gente así. Cómo es que alguien como ella acaba de ese modo, con gente sin brío, sin el más mínimo rigor para vestir. Abandono la cafetería tras felicitar a la expositora. Antes de salir veo a otra chica, una trigueña que bebe a solas en la barra. Por un momento pienso acercarme. Si no lo hago es porque tengo un compromiso pendiente en el que ya me esperan y porque no se me ocurre nada que decir. Lo único que hago es tomar un par de servilletas cerca de donde ella está. Me quedo con una y le ofrezco la otra. “¿Quieres una servilleta?”, le digo. “Sí, gracias”, responde ella. Y con eso me voy.

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Los jardines errantes de Octavio Paz

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Jardines errantes: cartas a J.C. Lambert, 1952-1992: Seix Barral. Barcelona, 2008.

 

“Las dos artes supremas de la verdadera civilización: el jardín y la conversación”. —O.P.

 

Hace unos años  se lanzó este libro compuesto por cartas inéditas que Octavio Paz envió durante un periodo de más de cuarenta años al poeta y traductor francés Jean-Clarence Lambert. Y como suele pasar, la intimidad epistolar se vuelve un sitio donde se descubre a una personalidad sorprendente.

Octavio Paz y Jean-Clarence Lambert se conocieron en 1951 después una exposición de Rufino Tamayo presentada por André Breton en París. En aquel entonces Octavio Paz trabajaba como secretario en la embajada  mexicana y fuera de la élite cultural no era muy conocido en Europa. Su creciente obra no había sido traducida al francés, hasta que del encuentro con Lambert surgió un entendimiento lo suficientemente fuerte para que Jean-Clarence Lambert  se dedicara paulatinamente a recrear (un término que el autor de Libertad bajo palabra prefería sobre el de traducir cuando de poesía se trataba) los trabajos más importantes de Paz.

El espíritu indómito y la labor diplomática hicieron que Paz saltara de un país a otro continuamente; Japón, la India, Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, además de México, fueron algunos de los lugares en donde residió. La comunicación entre estos dos hombres tuvo que darse, entonces, por correo. La mayoría de los textos se enfocan en la toma de decisiones editoriales así como de testimonios de publicación: correcciones de las versiones al francés, conformación de antologías poéticas, pago de derechos, creación de proyectos literarios (como el de las revistas Plural y Vuelta que el mexicano relata al francés), etc.

Dicha parte puede carecer de interés para el lector casual: lo interesante está en lo que rodea a esos apuntes profesionales, concretamente las líneas que Paz dedica a la reflexión y donde confluyen  la fraternidad, la cultura, la vida y hasta los consejos amorosos realizados siempre en un tono relajado, el que distingue a un diálogo entre amigos. Seguramente Paz jamás imaginó que esta correspondencia de carácter personal terminaría por ser leída, años después, por el público general. De haberlo sabido quizás la vanidad y su sentido perfeccionista le habrían impulsado a hacer modificaciones y omisiones, no tanto de estilo, sino por el sentido: en especial para mantener intacta la imagen férrea que se suele tener de él. Lo digo porque en muchas de estas cartas se muestra como alguien inseguro respecto a su propia obra, como si casi nada le gustara (excepto por “Piedra de Sol”  del que dice: “Es lo mejor que he escrito. O, al menos, el poema en donde he querido decir todo lo que tenía que decir”) e incluso en una de ellas confiesa estar fastidiado de escribir; sin embargo, los episodios de abatimiento se alternan con  otros donde se muestra optimista, resuelto y satisfecho, confirmando así la idea de su hija, Helena Paz Garro, que lo definía como alguien fluctuante.

Se debe tener en cuenta que en cuarenta años una persona cambia mucho (¿y no se hace incluso a cada día?), por lo que la variación de ánimo presente entre una carta y otra es perfectamente entendible;  estos jardines errantes no deben tomarse como un volumen desmitificador, sino como uno de aproximación a la parte humana del que fuera uno de los actores más importantes del ambiente intelectual del siglo XX.

Para los lectores jóvenes del presente será cuando menos curioso leer estas cartas y postales que, obviamente, se tratan de medios limitados de comunicación. Lo que ahora se puede resolver rápidamente por medio de un mensaje de celular, a mediados del siglo pasado tomaba semanas enteras. Aparte de lo que tardaba en llegar una carta de un país a otro hay que agregar el hecho de que a veces se perdían en el camino, y que un mero detalle dejado a medias equivalía a repetir el proceso hasta que los datos quedaran precisados por completo.

En el libro no se incluyen la misivas escritas  por Lambert, en parte porque éstas quedaron reducidas a cenizas en el incendio que hubo en el departamento de los Paz en 1996 y en parte porque las palabras del escritor mexicano se defienden por sí solas: él era la figura central de las mismas.

¿Autorizaría Paz la publicación de estas cartas? Imposible saberlo, lo cierto es que en el prólogo de uno de los tomos de sus obras completas (¿O fue en otro lugar? Confieso que cito de memoria),  refiriéndose a sus primeros escritos,  Octavio Paz mencionó que los publicaba a pesar de considerarlos menores, simplemente porque era preferible a que lo hiciera él, con cierto control, a que lo hiciera alguien más, sin ningún tipo de filtro, después de su muerte. Los lanzamientos póstumos son terreno peligroso, y este, aunque tambaleante por momentos, logra erigirse como un material provechoso.

La erudición en su rostro más amable, así se podría calificar a esta serie de cartas que resumen las virtudes de Octavio como amigo: profundo, cortés, atento, guía, consejero… algunas que junto a la sensibilidad y el compromiso, también conforman al poeta.

 

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Este texto fue publicado originalmente en la revista Spazz en el año 2011, aproximadamente.

Además – Poema de Raymond Carver

“Últimamente he comido mucho puerco.
Además, muchos huevos y otras cosas”,
me dijo este hombre en la oficina del médico.
“Uso mucha sal. Bebo veinte tazas de café
todos los días. Fumo.
Tengo problemas para respirar”.
Luego el hombre bajó la mirada.
“Además, no siempre limpio la mesa
cuando he terminado de cenar. Se me olvida.
Solo me levanto y me voy.
Adiós hasta la próxima vez, hermano.
Señor, ¿qué cree que está pasando conmigo?”
Él tenía los mismos síntomas que yo.
Le dije: “¿Qué crees que está pasando?
Se te están aflojando los tornillos. Y luego morirás.
O viceversa.
¿Qué hay de los dulces? ¿Eres aficionado al helado
y a los rollos de canela?”
“Además, se me antoja eso”, respondió.
Para entonces ya estábamos en un restaurante.
Miramos el menú y continuamos platicando.
Una canción sonaba en la radio
de la cocina. Era nuestra canción, sabes,
era nuestra mesa.

—Raymond Carver.

Traducción: Carlos LM.

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Un libro que no he leído

Así comienza Rendición (2017), la novela de Ray Loriga:

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

Todavía no leo el resto del libro, pero con eso me basta para estimar su valor. Conozco otras obras de Ray Loriga y dentro del vértigo acostumbrado de su prosa aparecen estos golpes de timón que rompen la nebulosidad que a veces le domina. Son pequeñas frases que levantan del asiento, sentencias que obligan a que uno se detenga para poder asimilarlas. Son las manifestaciones de un genio intermitente que da alguna bocanada en medio del camino.  Uno debe permanecer atento para cuando ocurra. Hay novelas donde el fenómeno nunca acontece. Y hay otras donde se desliza con familiaridad. No sé aún si Rendición deviene en más momentos por el estilo. Lo evidente es que ya tiene uno, y al estar al inicio ofrece una garantía de permanencia; se buscarán más fragmentos del mismo nivel hasta la última página pese a que acaso no haya oro al final del arcoíris.

La apertura de esa novela se refiere al optimismo como engaño, un engaño que también permite mantenerse a flote. Ante los tiempos de tormenta, se apela al recuerdo de un beso, una antigua mascota, alguna copa bebida hace años entre amigos. Ahí el consuelo. El estímulo. La calidez. Los momentos de júbilo por los que hay que mantenerse en marcha. Cuando se anda a la deriva no queda otra que aferrarse a los recuerdos para no derrumbarse. Si lo placentero ocurrió alguna vez, cabe la posibilidad de que en el futuro se repita: así se renueva la esperanza aunque la derrota se encuentre establecida.

Tal idea es una de las pocas que ayudan a conservar el talante armonioso, lo que inspira a seguir luchando en las calles. Aunque de eso ya casi no nos quede, las sensaciones de las buenas épocas están guardadas en la cabeza, demandan caricias y nuevas compañías.

Nos pica el gusano de la ilusión. Si uno se rinde, se puede tener la seguridad de que la fiesta se ha terminado. No habrán más caminatas en el parque ni tardes junto a un nuevo amor. En cambio, si te continúas en la lucha, cabe la posibilidad de que el advenimiento eventualmente aparezca.

Mientras tanto el espíritu exige algunas dosis de satisfacción para sobreponerse a la marea de adversidades que golpean el pecho a diario. Y para contrarrestar lo negativo hay que programarse. Quizás nunca llegue el boleto premiado de lotería, como tampoco llegará el día en que puedas montarte en un avión privado para recorrer el mundo. Quedan, empero, los milagros de toda la vida, los que cobran nuevo significado ante la mirada atenta. El oro puro de explorar una librería en domingo. Revisar tiendas de discos aunque al final no compres nada. Y queda la suavidad de la pierna de una mujer que ofrece un refugio. Y está la maravilla que supone una sopa que colma a un hombre desamparado.  Y están los perros que tienen una mirada en la que pareciera contenida toda la bondad de la que dispone el universo. Están los viajes en carretera. Mirar la lluvia desde la ventana de una cafetería. Hacer reír a alguien. Estrechar una mano franca. Mirar un partido de futbol. Comerse una pizza entera. Extender durante horas una plática sobre intrascendencias.

Es a lo que hay que aferrarse. Aunque ya no quede mucho de ello. Aunque luego el golpe sea peor.

Bresson Mouchette

 

Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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El rayo verde de Éric Rohmer

El rayo verde es un fenómeno visual  de poca duración que puede apreciarse en los instantes finales de la puesta del sol en el horizonte del mar. Se trata de un pequeño destello de color esmeralda que aparece cuando ciertas condiciones atmosféricas se coordinan, lo cual no sucede muy a menudo.

Julio Verne hizo una novela al respecto, Éric Rohmer una película. En Le Rayon Vert (1986) el director francés homenajea al portento natural y al literario con la historia de Delphine (interpretada Marie Rivière), una mujer sin el más mínimo gramo de confianza en sí misma, quien ve arruinadas sus vacaciones cuando una amiga la abandona de última hora, cancelando así los planes que habían trazado en conjunto. El imprevisto la deprime ya que se suma a las serie de fracasos que la han agobiado en la adultez. El contratiempo pone el dedo en la llaga, le recuerda el descenso en materia afectiva que ha padecido durante los últimos años. El destino no le ofrece tregua alguna.

Las personas inmersas en un caos emocional encuentran un escudo en la rutina. El trabajo es lo que los aferra a existir. Tener colegas, poco tiempo libre y labores en mente hace olvidar los conflictos internos. Las vacaciones pueden convertirse entonces en una condena que acentúa el vacío. Un balde de agua fría revuelta con realidad.  Los seres solitarios quedan a la intemperie, a la deriva.  Anhelan algún tipo de ocupación que les ancle a la vida o justifique su presencia en el mundo. Es lo que ocurre con la protagonista de esta historia que, con semanas libres por delante y sin nadie con quién compartirlas, entra en un conflicto existencial.

No importa que personas generosas desfilen a su alrededor: Delphine  es incapaz de valorarlo. Las heridas de una relación anterior siguen frescas en ella, lo que reditúa en una incapacidad  de conectar con quienes le tienden una mano. Está a la defensiva. Sufre de ansiedad al no lograr el éxito amoroso que el resto de los mortales parece tener y al que irónicamente aleja de manera inconsciente. Dentro de sí piensa que ya ha hecho lo posible para conseguir la plenitud social y que todo esfuerzo ha sido inútil. “Si tuviera algo que ofrecer la gente lo vería”, dice presa de la desesperación, sin percatarse de que las oportunidades ocurren a cada minuto para ser atrapadas por aquellos que tienen la disposición de la que ella carece.

Quienes hayan sentido alguna vez el mismo vacío interno, y la dificultad para encontrar el camino de las relaciones, considerarán a Le Rayon Vert una cinta entrañable. Como en otras de sus creaciones, Rohmer explota ese recurso tan poco socorrido en el cine (que suele estar más preocupado en la acumulación de sucesos excepcionales para diferenciarse de lo cotidiano), el de la normalidad a un modo casi documentalista.

Los diálogos (a veces sepultados por elementos externos como el ruido de las motos que pasan pitando  por ahí) en El rayo verde son improvisados por los actores luego de ligeras indicaciones de Rohmer, lo cual da paso a la espontaneidad del tino o el tropiezo. Hay escenas que tal vez se acerquen al desvarío pero que al final cobran —un sutil— sentido. Por ahí se encuentran también algunos  detalles de misterio que hacen recordar la admiración que el cineasta francés tenía por Hitchcock.

Le Rayon vert pertenece a la serie Comedias y Proverbios, una de las líneas temáticas que Rohmer planteó en su universo creativo. Desde su aparición ha sido una de las obras más aclamadas del director, quien la consideraba autobiográfica por verse identificado con el papel taciturno que cedió a Marie Rivière.

La encarnación de la soledad. La frustración de ver el éxito en personas consideradas inferiores y el ahogo de los intentos estériles. También el interpretar coincidencias como si fueran señales y aferrarse a ellas como último recurso ante la ausencia de otra clase de estímulos. Eso y más conforma a El Rayo Verdecinta deudora del mencionado fenómeno de la naturaleza, que al final se convierte en la punta de lanza para que Delphine recupere la ilusión, en una maravillosa toma que tardó meses en conseguirse (cuando el resto de la filmación ya había concluido), en donde Rohmer logra captar un momento que vale por la película entera.

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Publicado originalmente en la revista Spazz.

Un poema casi arreglado de Charles Bukowski

te veo beber de una fuente con tus diminutas
manos azules; no, tus manos no son diminutas
son pequeñas, y la fuente está en francia
donde me escribiste aquella última carta
a la que contesté sin que jamás volviera a saber nada de ti.
solías escribir poemas demenciales acerca de
ÁNGELES Y DIOS, todo en mayúsculas, y
conocías a artistas famosos y la mayoría de ellos
eran tus amantes, y yo te escribía, está bien,
hazlo, entra en sus vidas, no estoy celoso,
no nos conocemos en persona. una vez estuvimos cerca en
nueva orleans, a medio bloque tan solo, pero no nos vimos, nunca
nos tocamos. así que fuiste con los famosos y escribiste
acerca de los famosos, y, por su puesto, lo que descubriste
fue que los famosos están preocupados por
su fama —no de la joven muchacha que está en la cama
con ellos, la que se entrega, y luego despierta
en la mañana para escribir poemas en mayúsculas acerca de
ÁNGELES Y DIOS. sabemos que dios está muerto, nos
lo dijeron, pero al escucharte ya no estuve tan seguro. quizás
fueron las mayúsculas. fuiste una de las mejores
poetas y se lo dije a las revistas, a los editores,
“publíquenla, está loca pero hay magia
en ella. no hay falsedad en su fuego”. te amé
como un hombre ama a la mujer que nunca toca, a la que
solo escribe, de la que guarda unas cuantas fotografías. te
hubiera amado más si hubiera estado en una habitación enrollando
un cigarro mientras se escuchaba tu orinar en el baño,
pero eso nunca ocurrió. tus letras se volvieron más tristes.
tus amantes te traicionaron. pequeña, te escribí, todos los
amantes traicionan. pero no ayudó.  me dijiste que tenías
una banca para llorar que estaba cerca de un puente y
el puente estaba sobre un río y tú te sentabas cada noche en la banca
del llanto  y lagrimeabas por amantes que te habían
lastimado y olvidado. te escribí de regreso pero nunca
volviste. un amigo me informó de tu suicidio
3 o 4 meses luego de que ocurriera. si te hubiera conocido
probablemente hubiera sido injusto contigo o
tú lo hubieras sido conmigo. fue mejor así.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

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