Vicente Blanco, una fiera del ciclismo

La historia de Vicente Blanco Echevarría representa una de las hazañas más significativas del deporte español. Lo es tanto por resultados como por el empeño necesario para llegar a ellos.

Nacido en 1884 en el Deusto, Bilbao, Vicente Blanco Echeverría creció en una familia de profundas limitaciones económicas. Por ello desde chico tuvo que dedicarse a oficios que moldean el cuerpo y el espíritu, como lo fueron las labores que llevó a cabo dentro de un barco. Ahí hizo de todo. Fue ayudante de cocina, realizó tareas de limpieza y se dedicó a palear carbón en la sala de máquinas. Aquellas condiciones lo adiestraron a resistir en situaciones extremas, lo cual conectaría con un deporte donde lo sobrehumano es requisito.

Más allá de lo profesional, de lo que era un modo de vida, Vicente Blanco tenía una ilusión: ser ciclista. Lo tenía entre ceja y ceja. No solo se conformaba con practicar como un cualquiera que se pasea por las calles. Él quería algo más. Quería competir. Vencer a otros seres humanos. Ser el mejor.

Pero no iba a ser fácil. Pese a su gran forma física, pronto quedó tendido en la lona. Con apenas 20 años, mientras trabajaba en una fábrica siderúrgica, una barra de acero incandescente le perforó y arruinó el pie izquierdo. El talón y los dedos le quedaron destrozados. Meses después, debido a un accidente con los engranajes de una máquina, los dedos de su pie derecho también se trituraron, esta vez cuando trabajaba en los famosos astilleros Euskalduna en el centro de Vizcaya.

Se tratan de dos sucesos que serían suficientes para arruinar cualquier vida, sobre todo una que aspiraba al ciclismo. Pero no la suya, que nunca cedió al cansancio ni al confort amargo de la rendición. Decidió continuar sobre los pedales, aun con sus maltrechos muñones. Sus pies estaban fuera de combate, él no.

Para explicar el milagro habría que recordar el origen de este hombre que se ganó el apelativo de El Cojo en tiempos donde la corrección política era un chiste lejano.  Vicente Blanco era de Bilbao, una tierra acostumbrada al infortunio y a personajes  que no se andan con delicadezas. Para alguien de tal municipio las cosas se hacen a como dé lugar. Aunque el precio sea alto. Aunque haya que emplearse a fondo.

Seguir en marcha ya no solo era una cuestión deportiva: significaba derrotar a la adversidad que parecía cebarse con él.  Si el destino le había trazado una ruta, él había rechazado seguirla. Una simple incapacidad física no iba a orillarlo a renegar de sus sueños.

Cuenta la leyenda que, ante las carencias económicas, la primera bicicleta de Vicente Blanco fue una que él mismo rescató de la basura. La bicicleta no tenía llantas, pero para alguien de su calibre eso era otra minucia. A modo de refacción, usó sogas atadas como sustituto de las ruedas lo cual le permitió dar tumbos por ahí.

Sin darse cuenta, el capacitarse en condiciones de excepción le ayudó a ser un competidor notable una vez que tuvo una bicicleta decente dispuesta para lo que le quedaba de extremidades. Gracias a ello pudo competir y destacar en campeonatos españoles, como los que ganó en 1908 y 1909. Poco después, en 1910, se codearía con el ciclismo de élite al ser el segundo español en competir en el Tour de Francia.

La suya es una historia de rudeza que por fortuna dista de integrarse en esos cursis libros de superación personal que al cabo de unas décadas se convertirían en una industria lacrimógena. Vicente Blanco era un joven borracho y un bravucón de primera. Nunca pretendió mostrar lo suyo como un acto lastimero o digno de admiración y por el contrario a menudo era condescendiente y burlón con sus rivales. Comía mal y en exceso. Cuando le ofrecían alimentos saludables decía “la fruta pa’ los monos” y procedía al siguiente bocado de carne. Era un provocador e incluso llegó a cometer alguna trampa.

Como ejemplo está la treta que, según relata Ander Izagirre, le ayudó a conseguir su campeonato de España en 1908, la competencia que lo consagró. 

De acuerdo al periodista donostiarra, a mitad del recorrido los ciclistas debían firmar un documento de paso antes de poder proseguir la carrera. Vicente Blanco iba a la cabeza junto a otros tres ciclistas, así que cuando llegó a ese punto se apresuró a ser el primero en dejar su rúbrica. En cuanto terminó el trámite, montó su bici y sin decir nada continuó con la ruta. La sorpresa llegó cuando los otros competidores quisieron firmar: se dieron cuenta de que el bilbaíno había roto adrede la punta del lápiz dispuesto para tal propósito. El encargado del puesto de control no tenía repuesto. Y en lo que buscaba un sacapuntas el reloj seguía corriendo y Blanco se alejaba cada vez más. Finalmente alguien consiguió una navaja para sacarle punta al instrumento. Pero ya era muy tarde. Ante la furia del resto de los participantes, El Cojo ya iba imparable para ser campeón nacional.

Su gran mérito no estaba tan solo en la pillería. Prueba de ello es que al año siguiente ganó la misma prueba con media hora de ventaja sobre sus rivales y ya con una organización más prevenida contra vivales como él.

Caso aparte fue el Tour de Francia, en donde El Cojo fracasó estrepitosamente. En parte la culpa fue suya y, de nuevo, de las limitaciones. Pero no las propias, sino las económicas. Debido a que no contaba con ningún patrocinio ni apoyo, decidió ir a Francia en bicicleta. Cerca de mil kilómetros entre París y Bilbao que recorrió en cinco días. Arribó menos de 24 horas antes de comenzar la etapa inaugural, a la que llegó exhausto, adolorido y sin dormir. No fue capaz de dar la pelea que hubiera querido. Y ante el fracaso se negó a volver a hablar del Tour de Francia que se convirtió en un tabú para él.

La gloria mayor le había sido denegada y a modo de respuesta decidió hacer como si nunca hubiera existido. Optó por refugiarse en el ámbito local, en donde siguió obteniendo algunos resultados favorables que no obstante fueron insuficientes para salvarlo de la perdición. Murió pobre y en el abandono en 1957. Pero dejó una estampa para el recuerdo. Una conducta ejemplar que no pretendía serlo. Sin intención de conmover ni de protagonizar dramas de autoayuda. Simplemente hizo lo que quería. Y no permitió que la vida le dijera que no.

 

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El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

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Foto: New York Public Library

Tom Petty y la caricia de Dylan

Tom Petty y los Heartbreakers fungieron como banda de soporte para Bob Dylan en 1986 durante el True Confessions Tour. Lo que empezó como una colaboración profesional y de amistad, pronto dejó lecciones importantes para los involucrados, quienes, pese a su larga experiencia y estatus de estrellas, todavía tenían margen de aprendizaje. La enseñanza distaba de atender a recursos técnicos (que ya dominaban) para más bien enfocarse en una forma de entender la vida sobre el escenario y la música misma, áreas en las que Bob Dylan alumbraba con su aura de genio.

Por aquel entonces la carrera de Bob Dylan pasaba por su periodo más bajo. Como a otras leyendas de su generación, los años ochenta no le cayeron nada bien. Producto de ello acumuló una serie de tropiezos discográficos que no acabarían hasta el final de la década con el notable Oh Mercy (1989) que, sin embargo, no significó un verdadero repunte, hecho que ocurrió hasta 1997 con ese renacimiento conocido como Time Out of Mind, que lo llevó de nuevo a los cielos de los que ya no se ha bajado. Desde entonces vinieron triunfos artísticos como Love and Theft y Modern Times, además de galardones uno tras otro, incluyendo un Óscar y hasta el Nobel de Literatura.

Todo eso parecía lejano a mediados de los ochenta. Bob Dylan se encontraba a la deriva tras los  álbumes fallidos de su etapa cristiana (con la excepción de Slow Train Coming) y auténticos fiascos como el Knocked Out Loaded (que igual incluye esa joya llamada “Under Your Spell”). Tenía, no obstante, esa característica tan propia de los grandes: la de tener destellos y autoridad aun en modo de capa caída.

Tom Petty reconoció que durante aquella gira aprendió mucho. Estar junto a Bob Dylan les dio una valentía con la que antes no contaba. Descubrió  otra concepción de lo que significa ser un intérprete. El autor de “Like a Rolling Stone” era un ente cambiante, igual que sus canciones, las cuales evolucionaban en concierto, como seres vivientes que pasaban de ser una pieza folk a un blues amargo o un remolino que era imposible de identificar aun para los propios fanáticos del cantante.

Tom Petty y los Heartbreakers adquirieron la intuición necesaria para seguir los pasos del maestro. Debían aprender rápido y salir a tocar sin titubeos. “Tenías que ser muy versátil porque los arreglos podían cambiar, las notas podían cambiar, no había manera de saber qué es lo que él quería hacer cada noche. Tenías que aprender el valor de la espontaneidad, de cómo un instante  de ese tipo vale más que cualquier planificación en un concierto”.

Dos años después, en 1988, ya con esa colaboración concluida, surgió el mayor supergrupo en la historia de la música popular. Los Traveling Wilburys. Un proyecto de amigos ideado por George Harrison sin mayor pretensión que la de pasarla bien y refrescar la mente; recuperar el nervio y la emoción de juventud. Junto a Jeff Lynne, el exbeatle reclutó al gran Roy Orbison y a los también cercanos Bob Dylan y Tom Petty. El reencuentro de los últimos dos dejó una lección adicional, esta vez de escritura.

Tom Petty recordaba una sesión donde tuvo que escribir la letra de un tema junto a Bob Dylan, lo cual considera un privilegio. Tom Petty estaba un tanto agobiado ya que su pluma no lograba fluir. Dylan entonces le dio un consejo que siempre atesoró. “Si te atoras, solo anota lo que quieres decir, y no te preocupes por la métrica la rima ni nada. Solo escribe la oración, y luego encuentra las palabras clave y de golpe ya tendrás la línea”.

Bob Dylan, como recordaba también Tom Petty, escribía mucho, a toneladas. De su mente salían múltiples versos que llenaban hojas sin cesar. Muchos más de los que eran requeridos, por eso muchos de ellos no se usaban. Pero a menudo ocurría un fenómeno interesante, muy propio de la dinámica creativa de Bob. De pronto, entre toda la cascada de palabras surgía una frase, una sentencia, el pincelazo definitivo por el que había valido la pena dejar la mente fluir. Era el verso que se quedaba, el que superaba a todos los demás. “Bob estaba por encima del resto”.

Bob Dylan tiene fama de ser parco al hablar. No da muchas entrevistas y de manera constante da la impresión de que prefiere guardarse todo para la palabra escrita o el misterio. Pero cuando Tom Petty falleció, tuvo un gesto de cariño hacia él, su hermano Wilbury. Bob Dylan declaró que la noticia fue algo impactante  y devastador. “Pensé en el mundo de Tom. Fue un gran intérprete, lleno de luz, un amigo, y nunca le olvidaré”.

Unos días después, el 21 de octubre de 2017, Bob Dylan aprovechó uno de sus conciertos (en Broomfield, Colorado)  para realizar una versión de “Learning to Fly”, uno de los clásicos de Tom. Se trató de un tributo un día después del que hubiera sido su cumpleaños 67.

Puede que los buenos tiempos no regresen más
y puede que las rocas se fundan  y arda el mar.

Estoy aprendiendo a volar, pero no tengo alas
venirse abajo es lo más duro.

Algunos dicen que la vida te derrumbará
que romperá tu corazón y te dejará sin corona.

Así que he comenzado… solo Dios sabe dónde
Supongo que me daré cuenta cuando llegue ahí.

Estoy aprendiendo a volar por las nubes
pero todo lo que sube tiene que bajar…

 

 

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La incertidumbre del escritor

Decía Charles Bukowski que uno puede dormirse siendo escritor y despertar no siéndolo. Se refería a lo inasible de la fuerza creativa que resulta caprichosa, inestable y que ofrece una reducida cuota de certeza. Ese impulso que como viene se va. El arroyo asociado al arte está lleno de piedras, troncos y desviaciones con las que nada queda muy claro, a diferencia de esas profesiones donde cierto mecanicismo entra en la ecuación.

Ojalá en verdad existieran las musas, pero todo es más complicado. En realidad estamos solos y tenemos que apañárnosla con lo que hay, así sea una pelusa que recorre la mente con destino a un lago de diamantes. Un sinsentido que no tiene valor alguno y que obliga a repensar, solo que ya con una presión añadida, la responsabilidad que pisa los talones y exige que uno entregue un resultado. Ahí llega la vanidad, preferir no decir nada antes que ofrecer un desperdicio que sea impropio de nuestra categoría.

Se sabe de escritores con mucho oficio que son capaces de terminar lo que se les pida sin mayores problemas, se trate de una carta, un ensayo, un informe. Una cualidad, sin duda, admirable, que no obstante carece de emoción y de vértigo. Los artistas apasionan cuando hay riesgo, un salto al vacío del que no se sabe muy bien qué saldrá. A los escritores perfectos les falta más sufrimiento e ir contra la corriente, esa serie de golpes que suelen formar el carácter y que convierten al texto en una pieza heroica no tanto por el contenido, sino por el mero hecho de haber sido terminada pese a la batalla librada contra las dudas y los vacíos del desánimo. Se vuelve un fruto de la tenacidad.

Alguna vez alguien contaba la historia de un par de escritores que al calor de una sobremesa hablaban de lo que significaba la literatura. Uno de ellos se lamentaba lo mucho que le costaba escribir; cómo sufría con cada línea y cada párrafo al que le daba vueltas y vueltas sin avanzar mucho. Terminar una página se volvía una tortura, pero un sentido de dignidad le obligaba a tomar ese camino de exigencia. No soltaba cualquier baratija. Se esforzaba. Hacía una búsqueda. Consideraba a la tinta y al papel como un ritual que merecía el mayor de los respetos.

El otro escritor se envalentonó entonces. Y ante la presencia de su mujer y la esposa de su colega se quiso lucir. Por tanto presumió que para él escribir era facilísimo como producto de su gran inteligencia. “Escribo de una sentada y no tengo que corregir”, se pavoneó. La respuesta del escritor metódico —acaso ofendido por la frivolidad de su interlocutor— fue tan brillante como demoledora: “Lo he leído y se nota”, le dijo con fina ironía. Lo dejó en evidencia. La conversación no duró mucho más.

Escribir, sin caer en exageraciones, no es cualquier cosa. La buena escritura no lo es, al menos. Resulta evidente cuando alguien mecanografía antes que producir una pieza ajustada de amplio curso estético.

Octavio Paz se dio cuenta de ello alguna vez que sorprendió a André Breton corrigiendo unos manuscritos. Ante la duda del mexicano, que se preguntaba qué estaba haciendo, el surrealista respondió: “Escritura automática”, lo cual pudo levantar alguna sonrisa por la comarca. Incluso el flujo de pensamientos requiere esmero antes de mostrarse ante el público.

El propio Paz se expresaba así de tal proceso de escritura:

«Aunque se pretende que constituye un método experimental, no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia me parece irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado de perfecta espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable, sería ese estado de inocencia. Ahora bien, si alcanzamos esa inocencia (…) ¿a qué escribir?».

Bukowski tenía claro que para ser escritor hacía falta disciplina y también cierto estado al que no se sabe muy bien cómo llegar pero al que se identifica apenas se entra en una especie de trance frente al teclado. Más de un poema memorable se le escapó por la interrupción de alguna mujer, o porque dio el sorbo inadecuado a su bebida: era imposible retomar lo que ya se había evaporado. La idea genial puede desaparecer en un segundo si no se le aprovecha.  La música clásica, el aislamiento y el alcohol parecían elementos claves para el motor espiritual del norteamericano, lo mismo que las visitas al hipódromo y las siestas, aunque no eran lo único. Muchas aspirantes han intentado seguir los mismos pasos y simplemente no logran los mismos desenlaces, solo hacen el ridículo. Bukowski se burlaba en alguno de sus versos, donde se preciaba de estar sobrio al anotarlos. El alcohol no hace ningún milagro. El talento y la experiencia de vida eran claves.

Hank fue alguien prolífico de quien se siguen encontrando poemas inéditos de vez en cuando. Pero ni él era infalible. Alguna vez, en un episodio de sequía, en el que las letras no fluían dentro de sí, tuvo en mente lo mencionado con anterioridad. Ya no podía escribir, según parecía. Llevaba varias semanas sin terminar un texto. Quizás había pasado eso, un día despertó y ya no era escritor. La magia se ha ido, llegó a pensar. Sin embargo eso cambió pronto y siguió con los relatos, poemas y libros. Un pestañeo le hizo recobrar el nervio con el que cosechó el renombre.

Lo importante es seguir con el dedo en la tecla.

 

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El café misterioso de Twin Peaks

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Cuando algo entrañable de nuestro pasado ha desaparecido, lo seguiremos esperando en secreto el tiempo que sea necesario. Aunque la vida se nos vaya en ello, hasta el último suspiro permaneceremos ilusionados con el regreso de lo que alguna vez iluminó nuestro camino. A veces el retorno nunca ocurre, pero nos alumbra como recuerdo. Otras veces la vuelta se materializa y es decepcionante. Nos queda un sabor amargo que no solo arruina el presente, sino que también estropea lo que alguna vez fue una dulce memoria. Finalmente quedan esos casos, los menos, en los que la reaparición se concreta y supera cualquier expectativa o evocación. La calidez es tan grande que el ayer queda rebasado, todo queda envuelto por la llama de la novedad.

Tal fue el caso de la tercera temporada de Twin Peaks, la cual apareció 25 años después de que terminara la primera fase en uno de los más grandes hitos en la historia de televisión.

Si al principio uno podría ser escéptico con la vuelta de una serie de culto (la costumbre indica que las segundas partes son malas), visto el resultado no queda otra que agradecer a Showtime Networks por darle completa libertad a la producción. No tengan duda: el universo de Twin Peaks es la obra maestra de David Lynch, el espacio en donde se conjuga toda su ingeniería visual y creativa. La nueva versión lo hizo de un modo mucho más amplio y polifónico que en las dos temporadas antiguas, aparecidas a principios de los años noventa,  esas que tanto influyeron en el devenir de las series estadounidenses tan en boga en la actualidad.

La tercera temporada agregó capas, escenarios, temas y personajes a lo que ya de por sí era un rompecabezas complejo y difícil de etiquetar. Un suspenso onírico que lo mismo despierta horror que una sonrisa. Una dimensión desconocida, un expediente secreto, una noche de pay de cerezas, malteadas y música pop. Un estilo visual muy cuidado que sumerge en un mundo aparte, mismo que provoca dilemas y cuestionamientos internos. También entretiene, cautiva. No provoca sopor.

Mark Frost y David Lynch tienen algunos vicios y cometen alguna que otra trampa narrativa en lo que se refiere a Twin Peaks (una variante del deus ex machina, cierta dependencia de la ‘casualidad’ para el cierre de problemas, personajes determinantes que aparecen de la nada); pero todo se les perdona porque el conjunto es una experiencia increíble a nivel estético y sensorial, tal y como es en esos sueños que descolocan. Son pocos los que logran hacer algo así, convencerte de la existencia real de un pueblo y a la vez sentir que estás dentro de la intimidad de un delirio.

Mención aparte merece la cátedra de actuación de Kyle MacLachlan. Un tipo disciplinado y con carisma suficiente para abastecer países enteros. Alguien que juega en la liga de Bill Murray.

La audiencia no favoreció mucho a lo último de Twin Peaks (tuvo el 5% de la audiencia promedio de Game of Thrones, para darse una idea). Y esto, sin embargo, tiene su encanto. De hecho es de aplaudir que Lynch sea tan poco complaciente con el público no iniciado. A sabiendas de que el fracaso comercial es una constante en él, opta ya por hacer lo que le da la gana (el octavo episodio de la tercera temporada es algo que ya nadie se atreve a hacer en una serie; fue alucinante. La competencia en comparación parece un producto de Enrique Segoviano). Cualquier otro cineasta en su circunstancias ya habría sido apartado por la industria. Ninguna de sus creaciones logra ser un éxito en taquilla. Al contrario, a menudo trae pérdidas económicas. Y no obstante, su estilo y méritos artísticos lo mantienen a flote. Los grandes actores quieren trabajar con él y se ha hecho de un espacio en la historia mayor al de muchos creadores de blockbusters que de inmediato pasan al olvido. Es la ventaja de ser un tipo honesto y con talento. Trabajador y comprometido. Enfocado en un nicho donde es el rey.

El capítulo final de Twin Peaks catapultó la leyenda. David Lynch y Mark Frost jugaron a placer con las posibilidades de lo que parece ser un cubo rubik infinito.

Nunca hubo voluntad de atar los cabos sueltos, sino de darles más giros, ángulos y estimular las emociones planteando más preguntas que respuestas. En vez de resultar frustrante, fue cautivador: Lynch muestra que el misterio es una piedra preciosa y que a menudo la explicación resulta vulgar. El dúo creador se salió de las rutas convencionales de la televisión y dejó en evidencia el acartonamiento de otros productos de su género, sin dejar de ser divertido y cautivante en cada episodio. Una tensión muy placentera.

Todo para los cuatro gatos que seguían de aferrados con Dale Cooper y compañía.

Hay rumores de que eventualmente el proyecto continuará, ya sea con más episodios o con una película. Lo único claro es que nunca descubriremos la solución, Lynch dejará siempre espacio para el enigma, uno de los elemento más cautivantes de la naturaleza.

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Cuando el Necaxa le ganó al Santos de Pelé

Hace unos años tomé un taxi en la Central de Autobuses de Ciudad de México. Me tocó subir a uno que era conducido por un anciano de bigote y cabello cano. Le indiqué la dirección a la que íbamos e inició el camino. Al poco rato me preguntó que de dónde venía. Para no decirle que venía de San Luis Potosí (información confidencial que luego podría vender a grupos de estafadores rusos), le dije que venía de Aguascalientes.

“Ah, ahí juega el mejor equipo de México: el Necaxa”, me respondió y a partir de surgió una conversación del futbol de antaño, un ritual que por desgracia ya no existe y en donde el deporte, el honor y la pasión ocupaban un lugar preponderante, por encima de los factores extracancha que en la actualidad tanto dominan e influyen sobre la concepción del juego.

Le comenté que yo era uno de esos niños que se hicieron aficionados al Necaxa durante la década de los noventa, cuando el equipo era un portento que marcó a una generación. El Necaxa que deslumbraba con jugadores de la talla de Ivo Basay, Álex Aguinaga, Nacho Ambriz, Luis Hernández, Alberto García Aspe, Ricardo Peláez, Sergio Almaguer, “El Ratón” Zárate, Sergio Vázquez, Cuauhtémoc Blanco e incluso el crack “Popeye” Oliva. Todos ellos jugadores de primera clase, que podrían estar sin problema alguno en un hipotético 11 histórico del balompié nacional. Dirigidos, por cierto, durante algunos años por el gran Manolo Lapuente, cuyo estilo vistoso y efectivo lo llevaría al banquillo de la selección mexicana.

Con el taxista también hablé sobre la mítica participación del Necaxa (ya con Raúl Arias) en el Mundial de Clubes del año 2000, cuando los Rayos tuvieron contra las cuerdas al Manchester United de Ferguson (con Gary Neville, Beckham, Roy Keane, Stam y Ryan Giggs en el campo). Un partido que estuvo cerca de ganarse, si no hubiera sido por un gol de Dwight Yorke en el minuto 88 que puso el 1-1 en el marcador final. Unos días después, el Necaxa ganaría el partido por el tercer lugar ni más ni menos que al Real Madrid, comandado por Raúl y en el que también estaban Fernando Hierro, Karanka, Helguera, Morientes, McManaman y… ¡Samuel Eto’o! Todavía, hasta la fecha, es la participación más destacada de un club mexicano en esa competición.

Y eso nos llevó a tocar una hazaña aún mayor. Un suceso que las generaciones más jóvenes ya no recuerdan, pero que en su momento supuso un hito. La primera vez que un club de México dio un golpe mayor en el plano internacional, mucho antes que el América, Chivas, Cruz Azul, Pumas o Pachuca pudieran preciarse de ello.

El Necaxa le ganó al Santos de Brasil en 1961, una entidad que contaba entre sus filas con un tipo llamado Edson Arantes do Nascimento “Pelé”. Sí, el Necaxa le ganó a la orquesta que comandaba Pelé.

El partido ocurrió el 2 de febrero de 1961 y se llevó a cabo en el Estadio Universitario (que se volvería Olímpico por lo del 68) durante un Pentagonal en el que también participaron el Guadalajara (que a la postre se llevaría el título), el Oro e Independiente.

El Santos de aquel entonces era un monstruo temible, y uno de los mejores del mundo. Además de Pelé, el equipo contaba con jugadores campeones con la selección brasileña como Mauro Ramos, Countinho, Pepe y Zito.

Cabe destacar que el Necaxa fue la única entidad capaz de vencer al Santos en el pentagonal. Durante los días previos hubo muchas especulaciones y burlas acerca de la probable goleada que iba a llevarse el Necaxa pero, para sorpresa de los presentes, el día del partido fue muy diferente. Todos acabaron con la boca abierta cuando el Necaxa se puso 2-0 arriba del Santos. Sin embargo, luego el Santos remontó en unos minutos de vértigo hasta dejar un 2-3 sobre el tablero.

Fue ahí donde muchos se desanimaron. Era un golpe de dura realidad: la marabunta brasileña había reaccionado y si se ponían serios no había nada que hacer. Eso pensaba la generalidad, excepto por los componentes del Necaxa que no se rindieron. Fieles al espíritu de épica de la institución, lucharon hasta el final. Y no solo empataron 3-3, sino que, 20 minutos antes de que aquello acabara, Dante Juárez, quien dio un partidazo, anotó el gol del triunfo. Las crónicas de la época relatan que los últimos instantes del juego estuvieron dominados por la valentía del cuadro Necaxista que le había comido la moral al que muchos consideraban el mejor equipo del mundo. El Estadio de Ciudad Universitaria enloqueció ante el acontecimiento. Una anomalía había ocurrido ante sus narices.

Los sobrevivientes de aquel cuadro Necaxista todavía se reúnen cada 2 de febrero para recordar el día en el que cimbraron al mundo futbolístico y en donde demostraron entereza ante la adversidad.

***

El Necaxa. Una pandilla de orígenes electricistas. Siempre con humildad y con una travesía injusta y desafortunada. Conformaron un misterio: club con historia, trofeos y leyenda que, sin embargo, ha vivido a la sombra. Ninguneado, desmantelado y sin gran apoyo, se las ha ingeniado para sobrevivir a través de varias encarnaciones. Y una escuadra que ya desde los años veinte trajo modernidad al país al incorporar un sistema muy semejante a lo que ahora se conoce como tiki-taka: pases cortos, rápidos, en donde se priorizaba lo colectivo antes que lo individual, muy deudores de lo que por entonces se manejaba en la vanguardia del futbol británico.

Ya en los años treinta llegó la etapa de los míticos “11 hermanos”, caracterizados por su gran camaradería y entendimiento dentro del terreno de juego. Horacio Casarín y el “Pichojos” Pérez se volverían unas de las primeras celebridades del futbol nacional. Estrellas pop en tiempos donde inauguraron el término de “doblete” para enaltecer las vitrinas a la escuadra a la que representaban.

Luego, de manera explicable (bueno, por problemas económicos y falta de proyecto), vinieron dos desapariciones (una en 1943 y otra en 1971). La modernidad pretendía barrer con el legado de un equipo que había surgido en medio de la fantasía. No obstante la llama quedaba ahí, era un milagro tan fuerte que no se olvidaba, inclusive al escasear las voces que mantenían vivo el aliento.

El 21 de mayo de 2016 el Necaxa ganó otra final de ascenso y ese día recordé a aquel taxista, tan amable, con el que disfrute de una hora y media de trayecto. El que me contó cómo de niño, junto sus amigos, y gracias a la magia de la radio, se rindió ante el Necaxa de los 10 minutos infarto. Ese que podía ir abajo 3-0 sin darse nunca por vencido y que de algún modo se las arreglaba para dar la vuelta en los últimos suspiros del encuentro.

Lamento no recordar el nombre de aquel señor. Alguien con un vehículo viejo que seguramente no pasaría el filtro de Uber, pero que me dio una cátedra del verdadero amor por el deporte. Espero que el hombre siga vivo y que siga contemplando la enésima caída del Rayo.

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Charles Bradley, otra víctima del amor

El cantante estadounidense Charles Bradley falleció el pasado 23 de septiembre de 2017 en Brooklyn debido al cáncer que padecía desde hace tiempo. Tenía 68 años. Transcurridos unos días, conviene no centrarse en lo triste, sino en el hito que su lucha configura.

La suya fue una carrera peculiar. Al ver sus fotografías pareciera que fue un viejo lobo de mar en el negocio de la música. Así lo indicaban sus arrugas y la forma en que cantaba soul a la antigüita. Soul de verdad, del rasposo y que tiene razones honestas para lamentarse. No el que nos quieren enjaretar en versiones higiénicas de cantantes que aparecen en la portada de Vanity Fair.

Pero no, Charles Bradley no tuvo una trayectoria extensa: su primer álbum (titulado No Time For Dreaming) salió apenas en 2011, cuando él ya tenía 62 años de edad. Podría decirse que para entonces era todo un jovenzuelo en la industria, aunque ya desde finales de los noventa había probado suerte con presentaciones en pequeños lugares y a partir del 2002 también había lanzado algunos sencillos sin mayor resonancia.

La voz de Bradley recuerda un poco al gran Otis Redding o Clarence Carter, aunque sobre todo tiene ecos de un James Brown en plan resquebrajado. Y no es casualidad, ya que el acontecimiento que lo marcó fue el día en que, siendo un jovencito, su hermana lo llevó a un concierto de James Brown en el Teatro Apollo de Nueva York a principios de los años sesenta. Fue ahí donde le invadió una llama artística que no se apagó a pesar de que transcurrieran décadas antes de que diera la campanada. Después de una infancia y adolescencia errática que lo llevó a ser un vagabundo que dormía en las estaciones del metro, tuvo al fin un objetivo: ser un showman. Una meta complicada, pero meta al fin. Un lugar hacia el cual dirigirse. Ese concierto de James Brown lo salvó de hundirse: “fue lo que realmente me dio un gran impulso”, dijo en una entrevista. Fue una resurrección. Y entonces comenzó a practicar en la intimidad de su casa, sin florecer aún, simplemente cuidando lo que podría explotar algún día.

A los 19 años dio un concierto desastroso en un local de mala muerte. Para quitarse los nervios se emborrachó previo al evento. El resultado fue terrible y tuvo que ser sacado de la escena. No estaba listo todavía. Tenía que esforzarse a fondo si quería competir. Fue hasta los años noventa cuando le rindió tributo más en forma a su ídolo Brown cuando empezó a imitarlo en actuaciones de audiencia limitada.

El suyo es un ejemplo de persistencia. Fue un hombre al que los sueños se le cumplieron ya tarde, pero tuvo a bien aprovecharlo. Así lo resumía: “Debo decir que está bien soñar, pero es el trabajo lo que lo vuelve realidad. Tomó 62 años que alguien me encontrara, pero estoy agradecido con Dios. Algunas personas jamás son descubiertas”.

Bradley nunca quitó el dedo del renglón e hizo lo que le gustaba hasta las últimas consecuencias. Como otros artistas de fama postrera, apostó al todo o la nada. Si no podía conseguir el éxito a través del canto, pues se moriría con la suya. Por fortuna, un giro en el destino le permitió gozar de la calidez del público y ser aclamado en el montaje del escenario cuando la fama llegó gracias al renacimiento del soul en el siglo XXI. Pocos como él lo merecían. Llegó casi de último minuto, justo a tiempo para dejar una marca imborrable en quienes lo escucharon. Fue un gran descubrimiento, agua de mayo. Un tesoro, una reliquia, como si una leyenda hubiera quedado resguardada desde hace cincuenta años para hacer una aparición en el momento preciso, cuando ya todo parecía perdido o contaminado. La crítica y el público lo admiraron apenas se puso en serio a hacer lo que mejor hacía.

La odisea de Bradley es inspiradora. Una historia para recordar a aquellos que no cesan en el intento. Un caso similar a la de escritores o pintores que no alcanzan notoriedad hasta una etapa crepuscular. De cierto modo dan esperanza, en especial cuando llegas a sentir que quizás ya no seas lo suficientemente joven para lograr tus sueños y que quizás si no han sucedido hasta ahora es porque no sucederán jamás. Ahí están ellos para que uno se calme un poco. Sí es posible. La edad a veces pesa más de lo que debería. Hay que serenarse.

Las circunstancias de la vida pusieron a Charles Bradley contra las cuerdas. La pobreza que vivió durante gran parte de su existencia lo obligó a aceptar trabajos miserables que se alejaban de su ideal. Pero nunca, ni en los momentos más bajos, dejó de tener el ojo puesto en esa luz lejana, la de un teatro en donde pudiera ser aplaudido. Un lugar donde pudiera desbordar todo lo que le inundaba por dentro.

Quienes busquen aproximarse a la obra de Bradley lo tienen sencillo: sus tres álbumes de estudio son destacados, así que no hay pierde. En todos ellos va reforzado por el soporte de la Menahan Street Band. Me permito, eso sí, recomendar dos temas en particular. “You Think I Don’t Know (But I Know)” de Changes (2016), su último álbum, que trata sobre una relación desgastada en la que el protagonista ya no quiere jugar al tonto. Y “Victim Of Love”, la canción con la que lo conocí en 2013. Una joya que expone una idea tan certera como demoledora: quien se enamora, a veces sin darse cuenta, se convierte en una víctima. No en una víctima de otra persona, sino del amor mismo.

Descanse en paz, Charles Bradley.

 

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Foto: Rich Fury

Winston Churchill y la importancia del trago

Winston Churchill fue un hombre de época, uno de esos que a través de esfuerzo y determinación se encargan de cambiar el rumbo de las cosas. Desde joven, como descendiente de una familia de prosapia en el entorno británico, tuvo instalada una idea muy específica de lo que significaba el destino. Parecía que había una misión para él, o al menos así lo creía. Quería influir en el porvenir. Y en medio de un periodo crítico de la historia se encargó de abrirse el paso, sin intimidarse ni dejar que se le quebrara el pulso. La adversidad lo enardecía y en cada aspecto de su vida no temía a la hora de tomar direcciones importantes. Nunca quiso mostrar debilidad. Ni en los peores episodios le daba ese gusto al enemigo.

Churchill también tenía muchos defectos. Una serie de contraindicaciones que, de manera irónica, le ayudaban en un contexto muy particular. Era un tipo bélico y arrojado. Tomaba decisiones sin contemplar que las consecuencias pudieran ser desastrosas. Tenía una clase de optimismo que podía ser temerario y hasta imprudente, pero útil para que la mano no temblara en momentos donde la valentía era el único camino para la supervivencia. En un panorama de titubeos generalizados, alzó la voz y animó a un pueblo que de otro modo pudo acabar hundido.

Hablamos de un líder político que atravesó casi todas las esferas de primer nivel dentro del entramado estatal del Reino Unido. Era un gran histrión, un artesano de la palabra y un polemista feroz. Alguien culto y pasional. A su enorme intensidad le acompañaban algunos pozos de tristeza. En medio del maremoto político de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que lidiar con la depresión, el “perro negro” que lo arrastraba en soledad, cuando los focos no lo veían.

También estaba rendido a los placeres. En especial al del alcohol. Sobre este último existe una anécdota de relativa celebridad ocurrida unos años antes de que asumiera el cargo de Primer ministro del Reino Unido.

A principios de los años treinta Winston Churchill viaja a Estados Unidos para dar una serie de lecturas en distintos recintos. El panorama era estimulante para el hombre que tiempo después se encargaría de plantar cara Hitler cuando el tablero internacional parecía cubrirse de llamas. Era alguien que gustaba de convencer y lanzar frases lapidarias ante la audiencia. Pero para él había un gran problema: “la prohibición”. La ley seca que impedía la venta de bebidas alcohólicas en todo el territorio estadounidense se encontraba vigente por aquel entonces. Esto era trágico para Churchill que tenía una fuerte dependencia hacia la bebida. No era un consumidor casual, sino uno de excepción. Se dice que tomaba por las mañanas (champagne), en la hora de la comida (whisky) y por la noche (brandy), para dormir bien. Sin el alcohol, pues, no podía estar a gusto. Entraba en crisis, se desesperaba. Eso ponía en jaque su buen desempeño en el exterior. La gira de conferencias podría ser un fiasco si no podía recurrir a una botella de Johnnie Walker (su whisky favorito, tanto el etiqueta roja como la negra). Era una situación que lo agobiaba y que, por fortuna para él, encontraría pronta y —curiosa— solución.

Los automóviles son un caos en Nueva York. Los conductores van con un ánimo casi salvaje y a menudo cometen imprudencias. La ciudad se mueve a ritmo vertiginoso y no hay espacio de consideración para los lentos y los distraídos. Así lo es en la actualidad y así apuntaba ya en los años treinta.

Winston Churchill lo descubriría al bajarse de un taxi, durante aquel tour que realizaba por suelo americano. Confiado ante la civilidad de la gente, no reparó en mirar hacia ambos lados al cruzar la calle. El descuido tuvo consecuencias: un auto que pasaba cerca lo arrolló. El ritmo del nuevo mundo no era igual que en Europa.

El cosmos parecía cebarse con Churchill, quien se encontraba en un periodo bajo de su carrera (parte de sus famosos “años en el desierto”), en el que fue apartado de las altos estratos políticos. Su fuerte personalidad y espíritu férreo le hicieron ganar enemigos. Y ya desde entonces se procuró aislarlo y mantenerlo lejos de las grandes resoluciones. Su posiciones alarmistas respecto a la geopolítica tardarían todavía unos años en ser aceptadas, pero eventualmente se convertirían en un eje crucial en la historia de la humanidad, cuando fue el primer gran líder opositor del expansionismo nazi.

Churchill acabó en el hospital con diversas lesiones debido al atropello. El conductor que lo impactó iba a tan solo 56 km/h, por lo que pudo ser dado de alta poco después. E incluso llegó un beneficio inesperado para él. Si bien sufrió daños considerables, fueron menores dentro de lo que se podía esperar. Y lo mejor vino durante la consulta con el doctor, ya que durante la ley seca se podían hacer excepciones para aquellos que tuvieran algún justificante que diera carta libre para que el paciente consumiera alcohol, en caso de que su padecimiento así lo requiriera.

Así ocurrió con Churchill que obtuvo un certificado médico con el que, al fin, pudo tener acceso a la bebida sin restricciones. Esto era lo que expresaba el documento:

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Esto es para certificar que la convalecencia post-accidente del H. Winston S. Churchill requiere del uso de bebidas alcohólicas, especialmente durante la hora de la comida. La cantidad es naturalmente indefinida, pero el requerimiento mínimo sería de 250 centímetros cúbicos.

Firmado: OTTO C. PICKHARDT, M.D.
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250 centímetros cúbicos es el equivalente a unos 6 shots de alcohol puro. Y eso era el mínimo requerido por Winston Churchill, quien poco después se iría de vacaciones para completar su recuperación.

Tengan por seguro que aprovechó la oferta ilimitada.

 

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Juan Gabriel: lágrimas y lluvia

En el caso de Juan Gabriel a veces da la impresión de que el personaje se come al artista. La leyenda tejida en torno a su personalidad resulta indivisible de la valoración que se hace de su obra y el juicio a posteridad. Y es comprensible, no está del todo mal. Las estrellas de la música no lo son únicamente por la música misma, sino por cuestiones de imagen, carisma, teatralidad.

Pero si uno se concentra en las composiciones de Juan Gabriel tan solo por un rato, lo que queda es un artista de primer nivel, con una inventiva enorme para la creación de melodías, la exploración de géneros y el rompimiento de estructuras. Un innovador sobre la marcha. Un baúl inagotable de recursos. Lo podía ser todo menos un improvisado: era un profesional. Ahí están sus conciertos, en donde la capacidad le daba para hacer versiones renovadas de sus propios temas que de pronto se extendían hasta los 15 minutos y en donde los músicos seguían lo que dictaba el nervio del momento, como cuando a Bob Dylan le da por transformar algún tema de folk en un torbellino de blues sin decir agua va: reversiones que toman vida propia, una hazaña que no está al alcance de cualquiera, sino de aquellos elegidos que dominan el arte de la constitución en armonía.

Noel Gallagher habló hace tiempo del impacto que le significó ver a Morrissey en televisión por primera vez. Aquella actuación en el programa Top of the Pops fue determinante para que Noel Gallagher se dedicara de lleno la música. El baile, la apariencia y los movimientos de Morrissey le parecieron de lo más ridículos… y tremendamente geniales al mismo tiempo. Eso significaba ser una estrella. Plantarse en el escenario y desfogar los secretos de un modo tan exagerado como sólo sería posible a través del arte, del proceso creativo.

Con Juan Gabriel pasa un fenómeno parecido. Tiene momentos bastante malos y en sus canciones abunda lo que en cualquier otro contexto resultaría bochornoso. Pero funciona. Vaya que sí. Juan Gabriel logra sublimar las emociones más íntimas del oyente hispanoamericano hasta transformarlas en regocijo, en una celebración. De ahí que sea la compañía de tantas historias personales, ya sea en fiestas o en ratos de soledad.

En una sociedad tan conservadora como la mexicana, a Juan Gabriel se le perdona todo. Trasciende a generaciones y prejuicios. Juega en su propia zona de tolerancia que esperemos pronto se extienda a cada uno de los mexicanos, que tienen el derecho de vivir como les venga en gana.

Y, ante todo, Juan Gabriel era un alma a flor de piel. La calidad de sus letras es para quitarse el sombrero. A los latinoamericanos nos hermana la pesadumbre ante la derrota, el regodeo en el dolor. Pocos logran expresarlo como a él, que ofrece además el manto cálido de su compañía. Consejos para ir adelante y sacar el pecho ante la adversidad. Estoy convencido de que sus temas han hecho más por el bienestar de las minorías que mucho falso activista que sólo busca erigirse como un superhéroe para posar en la foto. También era un gran enamorado de México, un promotor orgulloso de nuestro país en el exterior.

Hace algunos años veía con recelo a Juan Gabriel. Me parecía música para telenovela, piezas con demasiada confitura, himnos para comadres que se beben su cubita. Estaba lleno de prejuicios y, en definitiva, era un idiota. Por fortuna me libré de eso y empecé a escucharlo sin aprensión. Me puse atento a lo que aquel hombre ofrecía. Y entonces todo un mundo se me reveló. Juan Gabriel resultó ser un vendaval de genialidades que sigo descubriendo a cada día.

La popularidad de Juan Gabriel se debe, en gran parte, a que era un tipo terriblemente sensible. Era el prototipo del mexicano y del latino promedio. Alguien atormentado, sentido, enamorado… alguien que padecía y que para no ahogarse se ponía a cantar. En su voz están contenidas todas las penurias que hemos sufrido. Él se encargó de darle forma y una orientación estética. Un dolor pero bello.

Como personaje es la encarnación de los mexicanos revueltos en una sola figura. Hombre y mujer. Sublime y ridículo. Melancólico y sonriente. Taciturno y colorido. Fuerte y llorón. Feo y hermoso.

Cualquiera que ceda a su impulso encontrará una canción de él con la cual identificarse. Por eso su partida fue trágica para un gran espectro de la población. En este sentido José Alfredo, Agustín Lara, Roberto Cantoral, y tantos otros grandes compositores, con lo maravillosos que pueden ser, son más unidireccionales. Sus piezas tienen una perspectiva eminentemente masculina y aunque puede gustar tanto a hombres como a mujeres, el rumbo que tienen es limitado.

Juan Gabriel canta como si fuera un representante de ambos sexos. Es, de nuevo, un ser emotivo. Quien dice sin tapujos lo que tanto nos esforzamos en disimular. Alguien que conmueve lo mismo a una señora que a un preparatoriano o a un tipo que, con todo y bigotes y botas, llora como niño apenas comienza “Se me olvidó a otra vez”.

En un país tan tristemente homofóbico y machista como México, Juan Gabriel gozó de inmunidad y fue celebrado por todo lo alto, como uno de sus mayores ídolos. Tal fue su grandeza. Quizás debería convertirse en un estandarte para que todos nos demos cuenta que no somos tan opuestos en realidad y que no hay necesidad de discriminarnos unos a otros, sino más bien disfrutar de lo que los demás, en su diferencia, nos pueden ofrecer.

Juan Gabriel es querido por abuelitas conservadoras y por machos de la vieja escuela. Le gusta a los abogados y a los futbolistas. A las secretarias, a los sacerdotes, a los ingenieros, a los taxistas, a los barrenderos. La música del Divo hermana a la comunidad.

A Juan Gabriel le debo el haberme liberado de prejuicios artísticos. Gracias él me di cuenta que hay que ceder a las emociones y que es una tontería alejarse de las manifestaciones coloridas y populares solo porque los mentecatos las tachan de corrientes. La música de calidad está en todos lados y en cualquier género. Solo hay que tenderle una mano y dejarse llevar.

 

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Fototeca/El Universal

Cuñadismo a la mexicana

Hay palabras extranjeras que deberían incorporarse con urgencia a nuestro vocabulario de cada día. Ni siquiera hay que recurrir a la gama de expresiones disponibles en otros idiomas, sino a elementos escondidos dentro de países de habla hispana que se prestan muy bien para una adaptación local.

Tal es el caso de carretear, usado por los chilenos para llamar al noble arte de salir de fiesta. O mina, la forma en la que los argentinos se refieren a las muchachas… un término que aplicado en doble sentido bien podría revelar los riegos de acercarse demasiado al sexo femenino. Hay que tenerlo en claro: las mujeres lindas pueden hundirte, explotarte en la cara. Son ellas las que cavan tumbas como decía el viejo Kerouac.

Hay  una palabra en particular que urge incorporar al léxico mexicano y, si nos apuramos, al de todas las naciones del orbe, ya que designa a un tipo de personaje presente en cualquier sitio. Es un término muy usado en España, que si bien no es inédito en nuestro país,  valdría la pena extender en popularidad. La palabra en cuestión es cuñadismo, y aunque su origen, en efecto, está basado en un pariente (y por extensión al nepotismo), no necesariamente tiene que aplicarse al hermano de una pareja, ya que su significado moderno se extendió para denominar al clásico opinólogo que va de elevado al hablar de cualquier asunto que se le cruce en el camino.

El cuñado aplicado en este sentido, y al que ustedes seguro han tenido que padecer, es el típico espécimen que busca sentirse más inteligente que los demás, cuando en realidad no lo es.  En su afán de demostrarlo sueltan cuanta palabrería se les ocurra para aparentar estar muy bien informados. Son, ante todo, verborrea estéril, propia de gente que se lee los titulares que le aparecen en la bandeja de internet y que, ya por eso, se creen especialistas en geopolítica, botánica, zootecnia y ciencias aplicadas.

El destino de estos intelectuales es cruel. Ya que en vez de trabajar en la NASA, como sus ínfulas pretenden merecer, lo cierto es que en el mundo real nadie se los toma en serio. Cualquier verdadero experto los desmonta con facilidad y lo más que producen es pena ajena.

Lo más seguro es que tú conozcas a uno de estos cuñados, tan proclives a repetir datos curiosos que vieron en alguna revista y a preciarse de revelar lo que ya todos saben. A menudo van con un semblante redentor, creyéndose los más listos del barrio, poseedores de la verdad absoluta, como los apóstoles de la sabiduría. La soberbia les hace acosar a quienes opinan distinto, le piden a la muchedumbre que “despierte” y que abandonen los medios tradicionales para unirse a la verdad: medios alternativos y conspiranoicos dirigidos por gente que usa calcetines al ponerse sandalias.

Los cuñados hablan sin saber y a la vez acusan de ignorantes a quienes los contradicen, una maniobra hilarante digna de estudio. Ofenden y luego se ponen a la defensiva. No atienden a argumentos ni a la evidencia. Desestiman cualquier elemento que se les oponga.

Su especialidad es llevar la contraria, el truco más bajo para fingir  ser inteligentes y lejanos al rebaño de ovejas. Van en contra de los consensos, porque ellos ven lo que los otros no. Son inmunes al engaño, una hazaña que se han labrado a base de rascarse el ombligo doce horas frente al monitor de una computadora.

El cuñado busca adoctrinar e imponer sus ideas ya que ello supone erigirse como el faro intelectual de la región. Y en tiempos donde la caballada no es muy robusta, puede llegar a escalar varios puestos en las dinámicas sociales, hasta que un día se topan con un oponente documentado y se desploman. Es por eso que se ceban con los débiles, con los tímidos, con los que no saben sobre un tema. A ellos los atosigan con palabras, mientras que a los sabios los evitan: no vaya a ser que descubran su condición de tigres de papel.

El cuñadismo, aunque en un principio parece gracioso, debe ser detenido si se presenta la oportunidad. Estos embaucadores distorsionan el debate y perpetúan mitos que hacen eco hasta producir la sordera generalizada.

Los cuñadismos más habituales son el deportivo y el político. El cuñado deportivo vocifera contra atletas de alto rendimiento y los acusa de ser una basura antes de proseguir a tomar la botana que tienen puesta sobre la barriga. También se sienten calificados estrategas capaces de refutar las decisiones tomadas por Joachim Löw, José Mourinho y Diego Simeone, a quienes tienen por completos improvisados. Si el cuñado tomara a cualquier equipo lo llevaría a una era dorada de campeonatos a raudales.

El cuñado aplicado a la política se siente facultado para opinar sobre cualquier conflicto o suceso que ocurra en el globo. En especial le interesan los acontecimientos de países exóticos y lejanos, para así dárselas de enterado y muy consciente, en comparación al vulgo, a quienes solo les preocupa lo que ocurre en Francia y en otros países bonitos. Además cualquier versión oficial o consensuada les repele; no se fían de la norma establecida y prefieren armar castillos mentales en donde todo es parte de una confabulación realizada por una élite que lo decide todo en lo obscurito.

A los cuñados les gana el afán de protagonismo. Les encanta interrumpir y suben la voz a donde quiera que llegan. En las reuniones instalan el conflicto cuando todos querían pasar un rato de tranquilidad. Si bien pueden irritar, lo mejor que puede hacerse es reírse e ironizar con ellos.

En definitiva, los cuñados son todo en uno: pedagogos, filántropos, activistas, poetas, psicoanalistas, gastrónomos, filósofos, mecánicos, economistas, científicos, pediatras, ingenieros de audio, teólogos, veterinarios… pero, antes que nada, son imbéciles. Y las redes sociales son su paraíso.

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Nota: la quintaesencia del cuñado puede encontrarse en la famosa escena de Annie Hall en la que aparece Marshall McLuhan. Sirve muy bien para ilustrarlo. La vocecilla molesta que de vez en cuando nos rompe los oídos y nos deja al borde de un ataque de nervios.

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