A propósito de Roger Moore

En su última aparición como el mítico Q (The World Is Not Enough, 1999), Desmond Llewelyn le tira un par de consejos a James Bond, por entonces interpretado por Pierce Brosnan. Se tratan de enseñanzas que resultan especialmente entrañables debido a que Llewelyn moriría poco después del estreno de la película. De este modo el diálogo significa algo así como un testamento, un adiós definitivo.

El primer consejo es el siguiente: “Nunca dejes que te vean sangrar”. Y el segundo: “Siempre ten un plan de escape”. He ahí resumidas, de maneras sencilla, lecciones que funcionan como un manual de estilo y comportamiento. Un caballero jamás debe mostrar signos de debilidad, aunque se esté derrumbando por dentro. Y no debe dejar nada a la suerte: en su horizonte tiene que existir un lugar al cual dirigirse si es que acaso todo le sale mal.

Tales palabras vienen a la mente con el fallecimiento de Roger Moore, actor que interpretó al agente encubierto más famoso del mundo en siete películas (el récord hasta la fecha) repartidas en dos décadas diferentes.

Roger Moore no fue el mejor James Bond. Tampoco fue un actor extraordinario, labor en la que fue más bien austero; él mismo admitía que su registro como intérprete oscilaba entre “levantar la ceja izquierda o levantar la ceja derecha”. Pese a ello, Roger Moore tenía algo que no abunda, la clase y el carisma. Un don para tratar a las personas y una habilidad para saber hablar y guardar silencio en el momento adecuado. Tímido durante su adolescencia, tuvo que forjar a su propio personaje: un encanto envuelto de modestia que no era consciente (o al menos eso decía) de su estatus como símbolo de masculinidad.

Como artista, Roger Moore optaba por la delicadeza y por la discreción. Así lo deja de manifiesto una anécdota ocurrida durante el rodaje de The Man with the Golden Gun (1974). Por aquellos tiempos Roger Moore había aplicado una sutil estrategia de robo, habitual entre los actores de la época: el británico procuraba adueñarse de las prendas que usaba como James Bond para transferirlas a su guardarropa personal. Después de todo eran trajes finos que estaban hechos a su medida, nadie más los podía utilizar. Así que en los preparativos de la cinta, cuando le entregaron un traje que le gustó de manera particular, decidió que esa sería la joya de la corona; por tanto se dispuso a actuar con sumo cuidado, midiendo cada movimiento, cada paso, para que el conjunto de marras quedara impecable para su colección.

Roger Moore se sintió orgulloso luego de la última escena de acción: cuando el director gritó “¡corte!”, el traje se encontraba como nuevo, sin una sola mancha o fisura. Lo había conseguido. Un atuendo costosísimo sería incorporado a su armario. No obstante, a los pocos segundos ocurrió algo que no se esperaba. De pronto alguien le arrojó una cubeta entera de engrudo sobre la cabeza, con lo cual el traje (y su peinado) quedaron arruinados. El autor de la broma fue “Cubby” Broccoli, productor del filme, quien se había dado cuenta de las actitudes tiquismiquis de su muchacho. Todo fueron risas en el lugar.

Un referente.

Roger Moore protagoniza una de mis fotos favoritas de la cultura pop. La estampa fue inmortalizada por Peter Ruck en el año de 1968. En ella, Roger Moore bebe una copa sostenida con la misma mano en la que lleva un cigarrillo. La estrella de cine mira hacia su derecha, no sabemos dirigiéndose a qué o a quién, pero en ese gesto lo está todo, la aspiración de cualquier hombre. Un modo de saber estar en el mundo y disfrutar de la vida. Hedonismo en estado puro. Sin complicaciones, con elegancia y un toque de jugueteo.

Roger Moore envejeció con gracia. Se fue sin aspavientos y con toda la categoría a los 89 años. Siguiendo el consejo de Q, nunca dejó que lo viéramos sangrar. Se le recordará como aquel hombre de porte y cabello impoluto. Alguien sin revolturas.

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Bruce Springsteen, remedio contra la adversidad

Bruce Springsteen podría ser la encarnación perfecta del sueño americano. Un tipo surgido de las sombras que llegó hasta  lo más alto. Lo curioso es que el éxito y la fama no le hicieron olvidar sus raíces ni tampoco el lado amargo de su propio país. Contrario a la percepción generalizada, no es un patriotero al uso, sino un crítico del sistema que, no obstante, sigue amando a sus orígenes. He ahí la oscilación de su propuesta, una cuerda floja en la que siempre tuvo a bien balancearse.

Miembro de una familia humilde, Bruce Springsteen nació en Long Branch, una pequeña ciudad de Nueva Jersey, lugar donde no hay espacio para heroísmos ni grandes hazañas. Fue el amor a la música y el deseo de trascender lo que lo llevó a salir de ahí en busca de la tierra prometida, manteniendo siempre la perspectiva de un hijo del tercer mundo que hay dentro del primer mundo. Sus álbumes, proclives a la grandilocuencia, pueden llegar a  resultar exagerados para algunos, pero otra veces, cuando estás en el modo, cuando te urge escuchar una respuesta, cuando estás ansioso de llevar las emociones hasta la cima y, sobre todo, cuando esperas a un artista que lo haga con sinceridad, es entonces cuando se erige sobre el resto de la multitud,  con toda la determinación de alguien ha surgido desde abajo.

La importancia de Bruce Springsteen quedó bien ilustrada por Jon Stewart en un discurso de homenaje en el año 2009. Aunque en la actualidad Jon Stewart es uno de los comediantes y conductores más famosos del planeta, hubo una época en la que estuvo lleno de angustias y en la que se vio obligado a trabajar en un bar de mala muerte. Fue una racha llena de pobreza, dificultades y desilusiones que lo mantuvieron al borde de la lona. Pero hubo algo que lo salvó. Fue la música. En concreto la de Bruce Springsteen, que a través de las bocinas del auto (un horrible Gremlin del año 1976) lo acompañaba en el camino de regreso a casa después de cada jornada.

La situación del joven Stewart podía desanimar a cualquiera, pero la música de Bruce Springsteen supuso un impulso, una píldora de resistencia: “Me subía a mi auto cada noche y ponía la música de Bruce Springsteen… y todo cambió. Nunca más me sentí un perdedor. Cuando escuchas la música de Bruce no eres un perdedor […] él siempre vacía el tanque. Y lo maravilloso de este hombre es que vacía el tanque por su familia, vacía el tanque por su arte, vacía el tanque por su audiencia y vacía el tanque por su país. Y nosotros al final nos vemos rejuvenecidos, si no es que redimidos, por este hermoso regalo”.

Hay una composición en particular que refleja la magia de Bruce Springsteen. Se llama “Badlands” y pertenece a Darkness on the Edge of Town (1978), el cuarto álbum de su carrera cuando la fama ya lo bendecía.

En “Badlands”, que podría traducirse como “Tierras yermas” o —como en lo personal prefiero— “Tierras adversas”, Bruce Springsteen no se desapega  de su pasado, tal como nunca ha hecho hasta ahora. La letra habla de un tema que quizás a muchos les pegue en la parte emocional;  cualquiera que haya sentido la frustración de vivir en un lugar que no te ofrece lo necesario para cumplir tus expectativas encontrará en ella una palmada comprensiva en la espalda.

La cotidianidad llega a ser terriblemente desmoralizante, hay gente que trabaja duro esperando durante años algo que simplemente no llega jamás. ¿A qué apela entonces la canción? Bueno, a seguir empujando, a no conformarse, a salir de ahí, a remediarlo. A saber reclamar, incluso a lo que amas, porque sabes que las cosas pueden ir mejor. A exigir a esas tierras adversas  que te entreguen lo que mereces. A no ceder a la desesperanza, a mantener vivos los sentimientos que sirven de combustible y seguir con el triunfo metido en la cabeza.

Bruce Springsteen tiene algo increíblemente inspirador: es una referencia, alguien que se sobrepuso a esas badlands personales y que sigue haciéndole frente a las de los demás.  Así queda de manifiesto en una gran canción que amalgama la profundidad del singer/songwriter con la vitalidad del power pop. Y, ante todo, un golpe de actitud ante las fuerzas opresoras de la que cualquier sociedad debería aprender. Una invitación a seguir presionando hasta que estas tierras empiecen a tratarnos bien.

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Bruce Springsteen (1978) fotografiado por Frank Stefanko.

Un poema de Allen Ginsberg

Siento que estoy en un callejón sin
salida y que por ello estoy acabado.
Todo aspecto espiritual —me doy cuenta—
es verdadero pero yo nunca escapo
a la sensación de estar encerrado
ni a la sordidez que significa ser uno mismo
ni a la futilidad de todo lo que he visto
hecho y dicho en alguna ocasión.
Quizás si me mantuviera de pie las cosas
podrían complacerme más pero ahora
no tengo esperanzas y estoy agotado.

—Allen Ginsberg.
Del libro “Empty Mirror: Early poems” (1961)

Traducción: Carlos LM.

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Foto: Chester Kessler (1959)

1001 maneras de vivir sin trabajar

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La añoranza de muchos es poder vivir sin trabajar, un sueño bastante lógico si pensamos que rascarse el ombligo siempre será preferible a picar piedra en una mina de carbón. Por desgracia, en la vida moderna es complicado sostenerse sin la ayuda de dinero en los bolsillos, de ahí que la mayoría de las personas se vean obligadas a conseguir un empleo donde a menudo sufren al tener que convivir con extrañas criaturas llamadas colegas y donde los jefes, unos ogros poco sutiles, acaban por pulverizar lo que alguna vez fue un espíritu idealista.

Un gran número de estudiosos han intentado descifrar el secreto para poder vivir sin trabajar. En este sentido, los vagabundos se han erigido como los mayores expertos en la asignatura, bajo una serie de estrategias que los alejan de las dinámicas del consumismo para entrar de lleno en contacto con el medio ambiente.  Este camino, sin embargo, no es fácil y son pocos los dispuestos a ir a su estela. La mayoría de las personas proclaman estar en contra del materialismo hasta que se enteran de que eso implicaría renunciar a usar el horno de microondas.

Para ellos, a los que se les complica desapegarse de las posesiones pero que al mismo tiempo quieren dejar de trabajar, queda una solución. Y la respuesta está en un libro lanzado en la agitada década de los sesenta, época en la quizás se haya presentado más concentración de locura per cápita en la historia de la humanidad.

El título en cuestión es 1001 maneras de vivir sin trabajar de Tuli Kupferberg, editado originalmente en 1961 y cuya edición definitiva fue lanzada en 1967 por la editorial Grove Press de Nueva York.

Antes de revisarlo, veamos un poco del autor.

Tuli Kupferberg (1923-2010) fue todo un personaje de la contracultura estadounidense de los sesenta. Estuvo asociado a la generación beat, aunque desde una posición aún más marginal que la de otros representantes del movimiento. El hecho de que su nombre permanezca un tanto en el olvido puede atribuirse a su propia naturaleza, un carácter indomable que le impedía asentarse y sobresalir en un solo género. Lo mismo hizo poesía que activismo por la paz; fue caricaturista, comediante, ensayista y músico. En este último apartado destaca The Fugs, la banda que fundó al lado del también poeta Ed Sanders, a quien conoció durante la proyección de una película. The Fugs fue un proyecto adelantado a su tiempo: el grupo, nacido en 1964, mostraba una actitud provocadora, letras satíricas y un albedrío musical que bien podría considerarse un antecedente de Lou ReedThe Velvet Underground. Punk en ciernes, divertimento.

Allen Ginsberg, por cierto, hizo referencia a Tuli Kupferberg en su célebre poema Aullido, a propósito de una curiosa anécdota: el día en que Kupferberg se lanzó desde el puente de Manhattan, debido a que, según sus propias palabras, había perdido la capacidad de amar. Para aquel hombre no valía la pena seguir adelante en tales circunstancias. El intento de suicidio resultó un fiasco: en determinado momento Kupferberg se dio cuenta de que estaba hundido en el agua pero que no había muerto. El inconveniente lo llevó a nadar hasta la orilla para después regresar a casa y dormir, como si nada hubiera ocurrido.

Eso era, más o menos, Tuli Kupferberg. Las pinceladas biográficas son importantes para entender los disparatados métodos que proponía para vivir sin trabajar en su libro, descatalogado y difícil de conseguir en la actualidad. En internet circulan algunas viejas copias cuyo costo está por encima de los $150 dólares. Y aunque no hay versión digital ni edición en español (el nombre original del libro es 1001 Ways to Live Without Working), me he dado a la tarea de traducir algunos de estos consejos a partir de escaneos que circulan en algunas páginas de la red.

Aquí va una selección: 18 maneras de vivir sin trabajar de acuerdo a Tuli Kupferberg. Espero les sean de provecho y les ayuden a dejar, por fin, las responsabilidades que les agobian.

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Cásate con el Presidente
Usa magia
Vive en una tienda departamental
Roba pan a las palomas
Disfrázate de paloma y espera a ser alimentado
Encuentra oro
Descubre la electricidad
Limosnea y abandona tras haber recaudado un dólar
Inventa cosas
Sé un crítico literario
Siempre camina
Vive con pigmeos (como el singular rey-gigante)
Lame tu plato
Guarda todo en tu habitación por 200 años, luego véndelo como antigüedades
Sé un caballo retirado
Busca un trabajo en Nochebuena
Inventa la televisión
Vive en un país extranjero en donde no se te permita trabajar

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*Las imágenes fueron sacadas de blogs.harvard.edu/houghtonmodern/

Aforismos y pensamientos (I)

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Nada reconcilia a dos personas como el tener un enemigo en común.

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La i es un signo de admiración que no tomó leche.

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El exceso de amabilidad es de pésima educación.

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Las mejores canciones son las que se toman la molestia de hablar por nosotros.

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Peor que el miedo a las alturas es el de no estar a la altura.

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Ser tolerante significa mantener la intolerancia en secreto.

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Los psicólogos deberían recetar canciones.

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Quiso ser profundo y acabó hundido.

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El susurro es un secreto a voces.

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El humor negro es mayoritariamente gris.

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Buena parte de la formación consiste en admirar a las personas adecuadas.

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Cierta clase de insultos denigran más a quienes los profieren que a quienes lo reciben.

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A veces la sensación de alivio hace que el dolor haya valido la pena.

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El que come ansias queda insatisfecho.

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Hay días en los que el tiempo no pasa, pesa.

 

 

Soñadores sin remedio

Entre otras cosas, La La Land (Damien Chazelle, 2016) es una película acerca de lo que implican los sueños. De cómo es que se persiguen, de cómo se fracasa y de cómo la frustración se vuelve la prueba mayor, la que mide tu temperamento, la que define lo que eres como persona. Una historia de lo que supone rendirse y apostar a lo seguro en contraposición al escenario idílico de lo que puede venir si mantienes el dedo en la tecla y no caes en la desesperación. No a modo de moraleja en colores pastel, hay que decir, en realidad es un trabajo con una cara áspera, triste y ambigua.

La película no es original ni toma riesgos, y ahí su gran fortaleza y la razón por la que resulta adorable. En una época en la que las producciones se obsesionan con impactar a través de la crudeza, los temas tabú y las reivindicaciones sociales, La La Land opta por las maniobras del viejo Hollywood (tan injustamente vilipendiando por cretinos que cargan aires de falsa intelectualidad); con todos sus tópicos (y el abuso de un recurso como la casualidad), es cierto, pero también con todo su esplendor, esa hondura emocional producto de darle voz y forma a sentimientos que viven alojados en el pecho de cada individuo.

Ryan Gosling es un tipo encantador y sin embargo no es un gran actor ni cantante. Emma Stone, por su lado, cuenta con una paleta interpretativa mucho más amplia, pero su voz tampoco es un prodigio para estar en un musical. Estos detalles, que podrían ser una losa para el proyecto, de manera paradójica son aciertos en la elección del reparto. Ambos papeles y actuaciones acaban por ser entrañables gracias a sus limitaciones y defectos, con los que es más sencillo involucrarse. Ryan Gosling es un hombre guapo que sin embargo se percibe cercano, alguien que sientes como uno de los tuyos. Y Emma Stone es una muchacha awkward con ángel; una belleza atípica, chica escarlata cuya imperfección conforma una pieza de joyería.

Los éxitos y las derrotas de Mia Dolan y Sebastian Wilder, personajes principales de la cinta, pegan duro en las entrañas porque son tipos como cualquiera. La mayor parte de nosotros sabe lo que significa tener que abandonar tus pasiones porque el resto del mundo parece no valorar lo que haces. Conocemos el trago amargo de tomar un trabajo que no nos gusta debido a que el resto de las rutas parecen vedadas en el horizonte. Y tenemos presente la agria sensación que viene al pensar en el hubiera o cuando se mira hacia atrás: a nuestra versión más joven e ilusionada que veía un futuro distinto al que acabó por ocurrir.

El camino de los sueños a menudo es solitario. Lo que para uno mismo puede ser emocionante, prioritario e imprescindible, para los otros es una quimera ridícula, un motivo de burla o una invitación al desaliento. Sin embargo, no todo está perdido, por ahí andan sueltos algunos seres especiales que pueden ser un impulso, personas que representan un punto de quiebre, héroes que te animan a seguir adelante sin importar lo reducido de las posibilidades, sin importar las consecuencias que pudieran venir.

Tirarse al vacío por alcanzar un anhelo puede ser peligroso. Dejar ese anhelo de lado por miedo puede ser mucho peor e invariablemente acaba por convertirse en una espina clavada para siempre en el costado.

En la primera fracción de la película se muestra los intentos infructuosos de Mia Dolan por hacerse de un puesto en el mundo de la actuación. En las audiciones entrega su corazón y todo lo que hay dentro de ella. Para los demás eso carece de valor alguno, revisar el celular o abrir un sándwich parecen asuntos más importantes. El ninguneo es un golpe feroz que se repite una y otra vez hasta llevarla casi a abandonar. Pero hay alguien que rompe con la dinámica, alguien que le hace recuperar la esperanza. Alguien que le recuerda que vale la pena intentarlo una vez más. Nadie mejor que un enamorado del jazz (el género indómito) para hacerlo.

El mérito de La La Land está en recordarnos que los salvadores existen. Que ahí entre la gente puede estar aquel o aquella que nos haga recuperar la parte mágica que hemos perdido. (alguien en la multitud / podría ser aquel / que necesitas conocer/ el que por fin te levante del suelo, como dice una de las canciones).

Y si no encontramos a ese alguien en el mundo real, quedarán estas películas (y la música) para cumplir la función de mantenernos esperanzados, como los soñadores sin remedio que somos.

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Bailando entre punkies

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Escaneo sacado de cajondevinilos

El inicio oficial de la Movida Madrileña se suele trazar en 1980, exactamente en el concierto homenaje a José Enrique Canito Leal, un integrante fallecido de la banda Tos (que a la postre se transformaría en Los Secretos). En aquel festival tocaron, entre otros, Nacha Pop, Mamá, Tos y unos tipos raros llamados Alaska y los Pegamoides (que fueron un poco un desastre). Por primera vez, las figuras emergentes de la música española se reunían y formaban lo que parecía ser una escena, aunque cada intérprete tenía una propuesta distinta a la de los demás. No había homogeneidad de sonido, solo una voluntad compartida de expresarse a través de la canción. En aquel lugar destacaba la imagen de Alaska y los Pegamoides, unos tipos punkies y estrafalarios, a medio camino entre Siouxsie and the Banshees, los Ramones y algún fiesta organizada por Almodóvar.

De cualquier modo, me atrevo a decir que la verdadera Movida Madrileña empezó cuatro años antes, con el cadáver de Franco todavía fresco. Y en este aspecto, Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut (con esa pinta a la Sid Vicious) pueden preciarse de haber cimentado el camino para lo que se consolidó después.

En 1976 el punk explotaba en EE.UU. y el Reino Unido. En los países de habla hispana era en  un género de minorías: el puñado de rebeldes que conseguían discos importados, ya fuera robando, gastando los ahorros o, en el caso de los más acomodados, a través de los viajes realizados a Londres o Nueva York, El punk no era masivo (y quizás nunca lo haya sido), la sociedad española era acartonada, como pasaba también en las grandes capitales de Latinoamérica, cuyo sonido más peligroso provenía del rock sucio heredero del blues.

Ya en 1977, se da un movimiento curioso. María Olvido es una niña de 14 años, conocida entre sus círculos por excéntrica y ser una enamorada de la cultura popular: fetichista de la imagen y del cine gore. La típica adolescente dark que vive apartada en la escuela y que no acaba por adaptarse del todo con sus compañeros. Ella necesitaba rodearse de otro tipo de gente, personas que compartieran sus pasiones. Gente alocada, ansiosa de trascendencia y de tener noches infinitas.

Fue así que la joven María Olvido conoció a Fernando Márquez en las trincheras de un fanzine y colectivo underground. Con él tiene afinidad espiritual e inicia un deseo, un impulso: el de ir más allá, centrarse en el mundo del cómic, pero también, y por qué no, fundar una banda de música. Que ninguno de los dos supiera tocar un instrumento, importaba poco. Eran dos muchachos motivados a tope por la efervescencia del punk, en donde lo que más valía era la estética y la actitud. Quizás con la determinación suficiente podrían llegar lejos. Aunque antes necesitaban reclutar a otros escuderos.

Fue así que toparon con dos muchachos que se dedicaban a vender discos y memorabilia en un mercado dominical (al modo top manta). Sus nombres eran Carlos Berlanga y Nacho Canut, dos amigos formados a la estela de Alice Cooper y David Bowie.

En aquel encuentro quedó en claro la compatibilidad de caracteres. Ese grupo de desconocidos compartía el gusto por el punk, las historietas y el cine de serie B. Al calor de la charla, María Olvido y Fernando Márquez le propusieron a Carlos Berlanga y Nacho Canut unirse al proyecto musical en ciernes. Necesitaban refuerzos instrumentales. Ellos aceptaron en medio del blofeo. Lo cierto es que ellos tampoco sabían tocar ni una sola nota. “Tocar nos parecía una cosa accesoria”, decía Carlos Berlanga.

Los otros integrantes que conformaron el núcleo de la agrupación (que llegó a tener siete miembros) fueron Manolo Campoamor (un tipo locuaz, introducido por María Olvido) y Enrique Sierra, lo más cercano a un músico nato que tenían y que acaso por lo mismo nunca se adaptó del todo a la onda de sus compañeros, lo cual eventualmente lo llevaría a apartarse y formar Radio Futura.

En un principio el nombre elegido para el conjunto fue Shit de Luxe, que a insistencia de Carlos Berlanga fue españolizado para quedar como Kaka de Luxe, una declaración de identidad: descaro, gritos de diversión y una afrenta contra lo políticamente correcto.

Aquellos jóvenes eran dibujantes, pintores, periodistas y (sobre todo) fans que de algún modo se las ingeniaron a refrescar la radio de su tiempo. Amantes de lo superficial, de los Ramones, de Divine, de la extravagancia y de las revistas del corazón, dieron el golpe clave con el que se ha de entender la Movida Madrileña: la liberación. Una liberación integral, que parte desde la vestimenta hasta el discurso, pasando por la sexualidad.

María Olvido se convirtió en Alaska. Y aun siendo menor de edad, escribió la letra de “La tentación”, una creación rompedora para la época (incluso ahora lo sería): el relato de un one night stand con un tipo sadomasoquista (Todo en cuero negro / un látigo sacó, / entonces me dijo / que me iba a dar mi merecido, / que todo esto me pasaba / por ser una puta guarra…) que luego adereza con sentido del humor al sumar el elemento religioso (Eso está mal, no es natural, / fornicar es un pecado mortal. / He rezado padrenuestros, / oraciones a María, / entraré en algún convento, / así veréis que me arrepiento). El acierto adicional fue el hecho de que el tema no fuera cantado por Alaska, sino por Manolo Campoamor, lo cual le dio una pizca añadida de escándalo, donde se juega con la ambigüedad del género.

El paso de Kaka de Luxe duró pocos meses, pero dejaron marca en toda una generación. A partir de ellos surge la edad de oro del pop español, ya sin cobardía ni limitaciones. A ellos se les puede atribuir que se perdiera el miedo al ridículo. Quitaron solemnidad, no temían burlarse de su público y de ellos mismos. Mostraron que cualquiera podría montarse en una furgoneta e ir en busca de un sueño.

En lo que respecta a la personalidad, cabe decir que mientras sus compañeros eran extrovertidos, Carlos Berlanga era el tímido de la pandilla. Le costaba enfrentarse al escenario, a pesar del talento que guardaba dentro de sí. Admitía que le avergonzaba lo que hacía.

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Foto de autor desconocido, sacada del fotolog costureras1980

Luego vino Alaska y Los Pegamoides, una especie de supergrupo conformado por Alaska, Nacho Canut, Carlos Berlanga + Ana Curra y Eduardo Benavente. Los últimos dos mutarían en los míticos Parálisis Permanente. Cinco tipos de gran alcance es una misma banda trajeron la consolidación; ya más confiados en sí mismos y dominando los instrumentos y métodos de composición, se dedicaron a lanzar pequeñas obras maestras que permanecen como hitos del pop en español hasta la actualidad. Redujeron la agresividad de Kaka de Luxe, a cambio de mayor ingenio y amplitud. En esa breve temporada nacieron hits como “Horror en el hipermercado”, “El Hospital” y, en especial, “Bailando”, un éxito rotundo que incluso les llevó a explorar el mercado anglosajón.

A diferencia de otras letras en donde los Pegamoides trataban historias de muerte, sangre y terror, herederas de las viñetas de cómics, “Bailando” destaca por su hedonismo puro (que para algunos es una ironía), un toque de genio salido de Carlos Berlanga que optó por un camino peculiar, el de mezclar el punk y el new wave con el funk y la música disco (con una gran deuda a los Gibson Brothers a los que prácticamente versionaron, hay que decir). Una bomba que estalla en las pistas de discoteca dejando a todos rendidos, de paso con una marca existencial muy propia de la época: la de alguien que se sume en los excesos como único remedio para resistir un camino que parece no llevar a ninguna parte.

Versos que deambulantes en sintonía con “Perdido en mi habitación” de Mecano, también de esa temporada. Una aparente superficialidad que esconde  las angustias de la libertad.

Bailando.
Me paso el día bailando.
Y los vecinos mientras tanto
no paran de molestar.

Bebiendo.
Me paso el día bebiendo.
La cocktelera agitando
llena de Soda y Vermut.
Tengo los huesos desencajados,
el fémur tengo muy dislocado;
tengo el cuerpo muy mal,
pero una gran vida social.

La comida mexicana como arma de resistencia

No es descabellado pensar en la comida como el recurso secreto gracias al cual el pueblo mexicano ha aguantado los múltiples sufrimientos y desgracias que ha padecido a lo largo de su historia. La gastronomía nacional cumple el papel de combustible para la resistencia diaria.

Se podría decir algo parecido sobre otros países, pero la comida mexicana cuenta con algunas particularidades. No es solo sabrosa y llenadora, también es democrática. A diferencia de lo que se vive en otros lugares, en México es muy barato comer. Con 30 pesos (alrededor de 1.50 usd) basta para apañárselas durante todo un día. Eso es lo que cuesta un huarache con carne, unos tamales o media docena de tacos de canasta, por mencionar tan solo algunos ejemplos; platillos que si bien no son del todo saludables, al menos ayudan a calmar el apetito y dan energía para una jornada más. La masa, el picante y la grasa colman el espíritu cuando no hay otro estímulo que lo alimente.

Es la salvación de la comida callejera. Una opción que,  con todos los reveses que pudiera tener, sostiene a las clases populares.

En los puestos de tacos y garnachas se crea una cohesión social inusitada, donde personajes de diversos orígenes convergen en un mismo espacio que les ofrece refugio y sustento. A modo de ceremonia, hay calma y armonía. Cada uno aguarda su turno con civilidad, lo mismo a la hora de formarse en el barra de salsas.

Los tacos, igual que otros antojitos, gustan los mismo al empresario acaudalado que al obrero que gana el salario mínimo. Quien introduce un tlacoyo o gordita en su boca puede tener la seguridad de que prueba el manjar que algún millonario añora desde la mesa de un restaurante donde dispone de un triste cubo de pollo colocado sobre una cama de pepino.

Las dinámicas culinarias del tercer mundo no podrían ser de otra forma: las carencias económicas de la clase trabajadora harían impensable costear menús como los que se ven en París, Londres o Milán. Acá no estamos para milongas. Sentarse en lugares donde se usan manteles, cubiertos y copas de cristal está de sobra. Lo que funciona es ir a las bases: comer a pie en vajillas de plástico bajo el servicio de un hombre que prepara y sirve además de cobrar.

Otra clave está en el calor. Incluso el hombre más desamparado, alguien que no tiene hogar, puede ir a lugar un puesto de comida callejera y dejarse consolar por la calidez que emana de la parrilla. Una especie de abrazo cósmico en el que se conjugan aromas y sentidos.

La comida funge como el remedio perfecto. No requiere recetas ni consultas con un especialista. Basta con dejarse querer. Al son de un taco la vida parece menos complicada, y luego de un día pesado nada mejor que desanudar la corbata y acudir al primer trompo al pastor que se cruce en el camino. Famosa es la historia de aquel suicida que fue disuadido de la muerte por un grupo de policías. La estrategia fue sencilla: después de charlar, lo llevaron a comer tacos. Así le mostraron que no todo es tan terrible como parece y que, parafraseando a Woody Allen, la vida puede ser espantosa, pero es el único sitio donde se puede pedir una orden de suadero.

México ha sido víctima de inseguridad, guerras, fraudes, pérdidas de territorio, crisis financieras, desastres naturales, muertes en masa, pobreza, abusos  y un cúmulo de tragedias… pero hay algo que templa el ambiente y evita el estallido social. Una posibilidad que surge cada noche: ahogar las angustias a base de carne, frijoles, chile y tortilla.

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En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Una cortesía muy desconsiderada

Es posible que aquellos gestos que realizamos como muestras de cortesía sean considerados como un fastidio por la persona que los recibe. Aunque suene extraño (en un principio la idea parece incluso inverosímil), en determinadas condiciones los actos caritativos pueden resultar bastante molestos. Para darse cuenta solo hace falta prestar atención o ponerse en los zapatos del otro, será entonces cuando se revele una nueva postura al respecto.

Noté lo anterior al analizar una simple costumbre que tengo: la de decir buenos días o buenas tardes a los chóferes del transporte público. Antes lo hacía sin ningún empacho; saludar a esas personas me parecía un detalle mínimo de cordialidad, en especial si tomaba como referencia a esos seres despreciables que se suben al autobús sin dirigirse a nadie, limitándose a pagar sin dar un gracias siquiera.

No obstante, la reacción de los conductores de autobuses no era tan cálida como esperaba. Recibir los buenos días parecía no agradarles tanto y reaccionaban a ello con desgana. Luego de reflexionar al respecto, comprendí la razón: el guiño de amabilidad forzaba al receptor a dar una respuesta. Y mientras para mí es fácil decir buenos días a una sola persona, para la contraparte seguro es un calvario tener que responder a las decenas de sujetos que saludan durante cada jornada laboral. Era egoísta obligarlos a desgastar las cuerdas vocales de forma innecesaria. Lo más probable es que ellos tengan una inclinación hacia el mutismo, que gusten de permanecer abstraídos en sus propios pensamientos en vez de ser interrumpidos por un tipo al que no conocen en absoluto.

Eso lo llevo en mente. De cualquier modo no lo puedo remediar, cada que subo a un camión sigo saludando al conductor, lo cual creo que supera al mero silencio. Es una manera de oponerse a quienes entregan la cuota de pasaje sin emitir sonido alguno, como si estuvieran lidiando con una máquina. Lo que ya empiezo a moderar es otra vieja costumbre: dirigir al chofer un gracias, hasta luego cada que descendía de la unidad. Tal discurso acaso ya peque de excesivo y procuro evitarlo.

Mención aparte merece la maniobra de ceder el asiento en el transporte público, un ejercicio noble que sin embargo no funciona en toda ocasión. Traspasar tu lugar a una anciana o a mujer embarazada es válido y casi obligatorio. Pero cuidado, puedes ser ofensivo si le cedes el asiento a un hombre de, digamos, 65 años. ¿Por qué? Porque los hombres son orgullosos y a esa edad todavía se sienten fuertes. Algunos lo son, mucho más que tú. Si eres demasiado caritativo se lo llegan a tomar a modo de insulto, como si les estuvieras llamando débiles y te creyeras más ágil que ellos. Así que, antes de tomar una decisión, haz un cálculo interno para ver si ese otro individuo tiene cara de estar cansado y de necesitar reposar un rato los pies.

Del lado del automovilista hay otra costumbre que no es tan magnánima como pensamos: ceder el paso al peatón. Las más de las veces este favor añade presión al caminante, quien tiene que dar pasos rápidos (incluso correr) para no abusar de la confianza de quien ha frenado su vehículo. Como transeúnte es más cómodo esperar en completa calma hasta que la calle pueda cruzarse sin prisas y sin tener que inclinar la cabeza como agradecimiento a quien se encuentra al volante. Disgusto añadido para las mujeres es tener que soportar a los señores que ceden el paso nomás para presenciar un breve desfile de piernas bonitas.

Como puede verse, este tipo de conductas afectan en distintos escenarios. Otra de los manifestaciones más habituales llega cuando se va de visita a una casa y los anfitriones, por ser amables, pecan de sobreactuados. Como cuando insisten  que comas o bebes algo, cuando tú no quieres nada, ni un vaso de agua, y pese a tus constantes negativas (el no, gracias de regla) insisten e insisten sin respetar tu opinión hasta que finalmente, agobiado, accedes a ingerir algo de lo que no tenías ganas, al tiempo en que ellos se regodean en una supuesta gentileza que más bien fue un acoso.

Y queda uno de los casos más graves: el de la gente que no logra identificar cuando uno prefiere estar solo, en especial en momentos que transcurren en pozos de tristeza, donde conviene cierta intimidad. A menudo los otros no lo captan, y creen que estar encima de ti es una muestra de humanidad, sin reparar en que son invasivos y que hay situaciones en las que se requiere de espacio. El apoyo es importante en momentos difíciles, pero si el otro manifiesta su deseo de emprender el retiro, no queda otra que respetar, y permanecer al pendiente a unos metros de distancia.

Ten presente el dilema de la amabilidad cuando sostengas la puerta de una tienda para que un desconocido pueda entrar. Quizás lo que para ti es un movimiento de ayuda al prójimo, para el otro sea un inconveniente que lo compromete a caminar más rápido.

Pese a ello, pese a que puedas despertar alguna queja, tampoco frenes los impulsos de bondad. Antes ser molesto que ser un canalla.

 

chabrol.