Leonard Cohen: memorias de un amante sinuoso

Lcohen

En algún punto de los años ochenta, el siguiente anuncio apareció en la sección de Anuncios Clasificados en un periódico de San Francisco:

SIN MIEDO

Soltera, blanca, 30 años, atractiva (eso creo), busca la nobleza de Leonard Cohen, la severa crudeza de Iggy Pop. Un hombre que sea atractivo para sí mismo. Intuición sin súplicas. Alguien que haga sus propios planes, sin importar a lo que se dedique

Una mujer desconocida buscaba a su pareja ideal. Un hombre que combinara la clase del poeta canadiense con la rudeza del rockero americano. Sonaba bien, desde luego, aunque ambos tipos eran tan irrepetibles que era difícil de dar con alguien así. El mensaje añadía un modo de contacto. El asunto se hubiera quedado en poco, de no haber sido por un detalle: el mensaje llegó a los ojos de Leonard Cohen.

En vez de pasar la oferta, el flamante artista con años de trayectoria y prestigio internacional se emocionó. Decidió llamar por teléfono a Iggy Pop, quien se encontraba en Los Ángeles y a quien conocía de años atrás.

Era tarde por la noche, Iggy Pop levantó el teléfono extrañado, no sabía quién podría llamarle a esas horas. Pero de inmediato reconoció aquella voz profunda del otro lado. “Ven, tengo el anuncio personal de una chica que busca un amante que conjunte la energía salvaje de Iggy Pop con la elegancia de Leonard Cohen. Creo que debemos responder juntos como equipo”.

La respuesta de Iggy Pop no fue positiva y reveló la diferencia que había entre superficie e interior. Mientras el de Michigan había labrado una carrera a través una supuesta imagen de valentía y desenfreno, la realidad no era tan así. “Leonard, no puedo. Estoy casado, vas a tener que hacer esto por tu cuenta”, le advirtió, y no dio seguimiento a lo ocurrido. Ya no supo si aquel viejo amigo había conseguido acostarse con una doncella anónima.

El hecho es que Leonard sí le contestó a aquella mujer. Y no solo eso, le envío una foto instantánea donde él e Iggy salían juntos en una cocina. Así le dio credibilidad a la misiva. Y aunque nunca terminaron por verse frente a frente, Cohen sí que le habló por teléfono y platicó un rato con ella.

El episodio da cuenta de la personalidad de Leonard Cohen. Un conquistador permanente que contaba con la debilidad de enamorarse de casi cualquier mujer que se cruzara en su camino. Esa inclinación nunca desapareció del todo. Sin importar el paso de los años ni la llegada de la fama, el canadiense mantuvo en todo momento un espacio en el corazón para cualquier mujer que pasara cerca de donde estaba.

No es casualidad que su obra lírica se centre, sobre todo, en el erotismo, la espiritualidad y lo íntimo, ahí en donde vivía las sensaciones de mayor intensidad.

Muy pronto en la vida quedó marcado por la suave caricia que representa la aparición de lo femenino. Cuando era un completo desconocido se enamoró de la empleada de una tienda de ropa. Se trataba de una mujer mayor llamada Marita La Fleche; él era un simple muchacho. Leonard intentó acercarse a ella: la cortejó, la invitó a salir, pero sus intentos lo condujeron invariablemente al fracaso. Había una distancia insalvable entre ambos. La dependienta un día lo paró en seco. No podían continuar, él era demasiado joven para ella. Le pidió que la buscara cuando creciera.

El contacto se perdió. No supo más de ella, pero la siguió pensando, le siguió guardando un rincón en la memoria. Años después, a modo de tributo y en un especie de grito desesperado, Leonard Cohen aprovechó su estancia en un café/bar de estilo parisino llamado Le Bristo para escribir un poema en una de las paredes:

MARITA,

POR FAVOR ENCUÉNTRAME

TENGO CASI 30 AÑOS

Quizás algún día ella lo vería, pensó. Sin embargo, el local cerró definitivamente en 1982.

El naufragio amoroso fue una constante en la vida de Leonard Cohen. Un hombre que jugaba las cartas de seductor, pero que no temía mostrarse como alguien vulnerable en sus creaciones. Alguien que a menudo se quedaba sin obtener lo que quería.

Una de sus mejores composiciones, quizás la principal de ellas, “Famous Blue Raincoat”, trata sobre un triángulo amoroso donde el protagonista agradece al amante de su mujer por haber logrado lo que él nunca pudo, quitarle la preocupación de la mirada.

El abandono fue más habitual en Leonard Cohen de lo que podía llegar a aparentar. “Mi fama de mujeriego fue un chiste que me hizo reír con amargura durante esas diez mil noches que pasé en soledad”, confesó en uno de sus poemas. Gran parte de sus ligues y flirteos provenían de un deseo que permanecía reprimido. Buscaba que de algún modo alguien saciara la sed que le removía el corazón. Y no obstante su estatus, talento y estilo, tenía más fracasos que éxitos. En alguna otra de sus líneas mencionaba que podía notar cómo su presencia pasaba de largo para las mujeres. Percibía el desprecio en sus ojos.

Eso sí, nunca dejó de intentarlo. Veía al sexo opuesto de un modo casi ceremonial. “Si necesitas de un amante,/ haré todo lo que me pidas./ Y si necesitas otro tipo de amor, / me cubriré con una máscara”, prometía en una de sus canciones más famosas, en donde también acababa por admitir lo mal que le iba, lo mucho que fallaba. “He avanzado a través de promesas hacia a ti, / promesas que no he logrado cumplir”.

Cohen no tenía la mejor concepción de sí mismo. Detrás de la humildad escondía inseguridades y dudas sobre el papel que jugaba en el mundo. El ser aclamado por multitudes no lo cambió en absoluto y pese a lo enamoradizo y a la debilidad que guardó en general para las mujeres, tuvo un respeto religioso por aquellas musas que le brindaron atención y cariño.

La más célebre de ellas fue Marianne Ihlen, la inspiración de una buena cantidad de sus escritos. La conoció en Grecia, ella tenía un hijo de siete años y pasaba por una ruptura sentimental que la dejó abatida. Fue el poeta canadiense quien la sacó adelante. En cuanto se cruzaron hubo complicidad compartida. Y aunque no duraron siempre juntos, guardaron aprecio el uno por el otro hasta el final.

En 2016, cuando informaron a Leonard Cohen que Marianne estaba muy enferma y en las últimas, decidió enviarle una carta… que no era de despedida.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. (…) Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino”.

Marianne alcanzó a leer la carta poco antes de morir. Testigos afirman que sonrió y alzó la mano al concluirla. Leonard Cohen tardaría todavía unos meses en alcanzarla. Lo cual cumplió finalmente como todo un caballero.

Nos conocimos cuando éramos jóvenes

en el fondo de un parque de lilas

me tomaste como si fuera un crucifijo

mientras arrodillados atravesábamos la obscuridad…

—Leonard Cohen, “So Long, Marianne” (1967).

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Roberto Bolaño, aquel perro romántico

RobertoBolaño

Roberto Bolaño era un hombre enamorado. Un hombre enamorado de las mujeres, enamorado de los amigos, enamorado de sus hijos. Al amor por las mujeres lo predisponía de un modo particular, un tanto como lo hacía en general con su propia vida, un tormento deliberado al que el chileno tenía por un motor de la literatura. Bolaño guardaba una idea romántica del dolor, creía que pasarlo mal era parte de la condena que un escritor debía estar dispuesto a pagar. La pobreza, el abandono, la autodestrucción, eran elementos de una ecuación formada para sí. Una manera de labrar una mitología personal que lo sigue persiguiendo años después de su muerte.

El escritor chileno comía poco, fumaba mucho y escribía bastante más. En eso se le iban los días. Los pequeños huecos libres que le restaban en cada jornada eran destinados para otra de las fuentes de su inspiración: conversar con amigos, enviar cartas, hablar por teléfono con gente que llevaba años sin ver. A partir de los intercambios elaboraba historias. Quienes le conocían de verdad estaban seguros de que eventualmente algunas de las anécdotas compartidas podrían aparecer en sus libros. Sería fácil verse reflejados en páginas que deambulaban por las librerías, solo había que esperar.

Hubo una aparición que cambió a Bolaño de lleno. Fue Lisa Johnson, uno de sus primeros amores. La encontró en los tiempos de juventud transcurridos en la Ciudad de México. Sería una relación corta e intensa, la paleta emocional que le conformaría. Ella era hija de una señora estadounidense, gente de intelectualidad y prosapia en días donde Bolaño no era más que un muchachillo de aspecto harapiento. Un soñador que robaba libros para alimentarse. Bolaño se enamoró de Lisa y se la robó, como se suele decir. Se fue con ella a vivir al cuartucho de una casita donde todo fue hermoso hasta que, una buena mañana, la madre llegó para recuperar a su jovencita. Le hizo saber a su hija que tal tipito era un escritor y que eso no le dejaría nada bueno. ‘Qué ganas con un escritor que no tiene nada’, le decía. Probablemente tenía razón.

Bolaño quedó demolido tras la ruptura. Regresó a la soledad y al abandono de la habitación. Un día su madre escuchó unos ruidos raros que provenía de aquella alcoba, una especie de murmullo que la preocupó. Tocó la puerta y aguardó unos segundos. Como el hijo no abrió, decidió entrar. Ahí estaba Robertito, retorciéndose en la cama, doliéndose con quejidos, echando espuma por la boca: se había empastillado en un torpe intento de suicidio. Tuvieron que llevarlo al hospital para un lavado de estómago, como se recuerda en el libro El hijo de Míster Playa de Mónica Maristain.

Aun con lo dramático de la escena, el episodio le dejó una lección importante. A partir de entonces, el autor de “Los detectives salvajes” dejó de derrumbarse en cada nueva relación. Optó, más bien, por ver en los noviazgos a un parque de diversiones en donde podía desfogar lo más intenso. Las mujeres, los amigos y la gente de la calle nutrían su pulso creativo. León Bolaño, padre del flamante escritor, recordaba el impacto que Lisa Johnson supuso en la percepción de Roberto. «Vivieron juntos, pero la madre de ella los separó.. Quedó muy mal. No dormía, estaba muy enamorado y pensó matarse. Lo convencí de que matarse por una mujer es una pendejada», relató en una entrevista para La Tercera.

El fantasma de Lisa Johnson le acompañó toda la vida. De algún modo sentía que le había fallado, que la había tratado mal. Pese a la separación, el paso del tiempo y los kilómetros de circunstancias que los alejaron (Bolaño se asentaría en Europa de forma definitiva hasta su muerte en 2003), intentó siempre una reconciliación. De manera desesperada, sobre todo cuando su salud se deterioró, preguntaba entre compañeros por ella, quería pedirle perdón, remediar lo que ya no podía zanjarse en absoluto. Nunca lo consiguió. Lisa Johnson no quiso saber más de su antigua pareja y hasta la fecha, a diferencia de muchos otros oportunistas, no ha soltado ni una palabra sobre lo que vivió con el ahora tan afamado autor.

La relación de Bolaño con México fue la que marcó con fuego su literatura. Sus dos obras cumbre están íntimamente ligadas al país en donde pasó el auge de la juventud y el sitio al que reconstruyó para elaborar relatos y novelas. Pese a ello, luego de mudarse a Barcelona, nunca quiso volver a habitar de manera prolongada las tierras mexicanas. Se dice que lo hizo para no borrar el encanto. Prefería mantener la imagen que tuvo alguna vez de todas esas calles que tenía vivas en imaginaciones, antes de regresar e intentar recobrar lo que ya no estaba ni estaría más allí. Sabía que la realidad siempre perdería ante las dulces memorias a las que era mejor dejar intactas antes que estroperlas con golpes de actualidad.

De nuevo, Bolaño era un enamoradizo. Se enamoraba de las ciudades y no de su lado amable, sino de la sordidez, lo mismo que le ocurría con las personas. Tendía a poner la mirada ante los derrotados, los enfermos, las ciudades caóticas y de caras múltiples. De ahí que en su momento abortara el plan que tenía de vivir en Suecia; se quedó en Barcelona, un poco más compatible con su temblor interior.

Pero a fin de cuentas lo que sentía era amor, un amor que buscaba dirigir ante quien pudiera. No dejaba pasar a ninguna dama de largo, sentía que no podía dejarlas ir así como así. Coqueteaba, les planteaba retos, buscaba dejar una marca en ellas. Al final todo quedaba en un plan más o menos superficial. Salvo por casos contados, como el de Carolina López, la madre de sus dos hijos, con quien al final llevó una relación abierta. También el de Carmen Pérez Vega, la última mujer de su vida. “[Roberto] era una persona seductora, con una especie de misterio que no sabes definir” decía ella. La conoció fortuitamente en un tren; era la época en la que preparaba “Los detectives salvajes” que lo dispararía a la fama. Su forma de conquistarla iba en consonancia con lo que hacía desde la pluma. Por casualidad, Bolaño llevaba una copia de su novela “Estrella distante”, y se la dedicó. Carmen lo había prendado, aunque al final conversaron muy poco. Ella no lo conocía, no le había leído nunca, la atrajo no obstante por aquella personalidad y porque en el camino de regreso a casa, ya a solas, se vio maravillada por “Estrella distante” que le había obsequiado aquel latinoamericano tan raruno. En una entrevista de Mónica Maristain contó cómo se enlazaron. “No me digas por qué, pero yo anoté su dirección y él mi número telefónico. Le dije que cuando acabara el libro le iba a escribir. Al cabo de tres semanas, eso hice. Y él, a los quince días, me llamó. Al principio no lo reconocí para nada y él se reía con una risa que era cascada como su voz, una risa rota. “¿No sabes quién soy?”, me preguntaba. “Soy Roberto.”

Era el perro romántico, como se titulaba uno de sus libros. El nervio, el malnutrido, el rabioso y tierno, como decía un poema. En el camino de los perros mi alma encontró/ a mi corazón. Destrozado, pero vivo, / sucio, mal vestido y lleno de amor.

Sibylle Baier. El tesoro de la intimidad

Sibylle baier

A principios de los años setenta una chica alemana llamada Sibylle Baier se puso a grabar de forma casera algunas canciones que tenía en mente. Pequeñas viñetas acústicas que remiten a Jean Ritchie y al primer Leonard Cohen.

Los temas quedaron grabados para sí misma y poco más. Los repartió entre familiares y amigos cercanos. No tenía mayores pretensiones. Por aquella época también coqueteó con el cine e hizo un papel menor en una película de Wim Wenders, quien era parte de su círculo íntimo, el de un grupo de jóvenes germánicos interesados en el arte. Luego desapareció. No quiso seguir una carrera artística y se centró en llevar una vida común y corriente al lado de su esposo e hijos en un nuevo lugar: Estados Unidos.

No queda muy claro por qué tomó tal decisión. Se convirtió en una figura anónima durante décadas. Hasta que en el año 2006 uno de sus hijos, Robby, encontró aquellas cintas que su madre había grabado de joven 35 años atrás.

Al escuchar las canciones Robby quedó pasmado. El material era de una calidad sorprendente, como si perteneciera a un artista consagrado. Pero no. Era simplemente su madre. Una genio que no había alardeado por lo que ella consideraba un simple divertimento de juventud. El juicio de Robby distaba de ser una distorsión sentimental; él tenía la autoridad para juzgarlo con oído objetivo. Después de todo se había educado en América, en donde tuvo la formación de músico y productor.

La gran cualidad de aquellas piezas registradas a lo largo de tres años era precisamente que nunca buscaron llegar a un gran público. En ellas está el juego de quien es libre y puede dejar que el pecho cante sin presiones. Sin el ansia de tener que llenar expectativa alguna, cada línea funcionaba a modo de un diario íntimo aderezado por la suavidad de quien persigue el tono apropiado para que brote la miel.

El comienzo de la aventura musical estuvo relacionado con la depresión que Sibylle Baier padeció en la adolescencia. Sin saber muy bien de qué trataba todo aquello que le hacía cuestionar sobre la importancia de vivir o morir, se recluyó en la comodidad de una habitación propia hasta que sus amigos, preocupados, la forzaron a salir de la cama para emprender un viaje por Estrasburgo. Algo cambió entonces. A su regreso compuso la primera de sus canciones. Se titulaba “Remember the Day”, en donde ya veía el pesar como un asunto zanjado. Recordaba los días que fueron malos con la ternura de quien sabe del sufrir.

Fue la naturaleza, el dejar de pensar tanto, lo que le ayudó a salir adelante. Dejó la conciencia de sí misma —ese agobio—  para centrarse en los estímulos que ofrece el mundo exterior. El viaje la hizo espabilar. Como indica en la letra de “Remember the Day”, ya no se preguntaba lo que era bueno o lo que era malo, se limitó a contemplar la inmensidad del mar, se dejó llevar por el placer de la lejanía y el olor del agua que dominaba el ambiente. Una emoción difícil de comunicar.

El hijo tenía ante sí un tesoro. Procedió a digitalizar el material y a quemar CD’s para repartirlos entre la familia.El resto de su círculo debía enterarse de lo que esa mujer era capaz. Lo demás es historia. Uno de los CD’s fue a parar a manos de J Mascis de Dinosaur Jr, quien intercedió para que un pequeño sello independiente (Orange Twin), lo publicara bajo el título “Colour Green”.

Así eran las canciones, de color verde. Rastros de dulzura en la vegetación. Taciturna calidez para escuchar en la soledad de una tarde de otoño. O, como máximo, en compañía de una persona nada más, alguien que debe ser especial, sensible, en sintonía con el manto de emociones que se desbordan.

El contenido del álbum se disfruta por la brevedad. Cada palabra está medida. No hay nada que sobre y en consonancia con la secrecía de la autora, se mantiene lejos de la egolatría, a sabiendas de que el silencio y los espacios en blanco son el arma secreta del estilo. Por ello, aun cuando el gran público supo de ella, no cedió a la tentación de los reflectores. Se mantuvo callada, sin ofrecer entrevista alguna ni protagonizar un documental reivindicativo sobre su legado, al que algunos comparan con el de Nick Drake. La respuesta definitiva está acaso en una de sus composiciones que, no por casualidad, es la última del disco. “Descansamos más allá de las palabras / Así que deja lo mejor sin decir”.

Hubo, no obstante, una excepción. En el año 2006, Wim Wenders, ya como un cineasta consagrado y ganador de la Palma de Oro, entre otros galardones, caminaba por la calle, cuando en una tienda de discos topó con una imagen promocional de alguien que él conocía. Era ella: Sibylle Baier, su amiga de juventud. Alguien había lanzado un disco con las canciones que él poseía dentro de su arcón de joyas. Después de enterarse de aquello, Wenders contactó a la compositora y la convenció para que escribiera una canción para el que sería su siguiente largometraje (Palermo Shooting). Sibylle accedió a hacerle el favor a su viejo amigo y compuso la preciosa “Let Us Know”. El tiempo había pasado, se le notaba en la voz, pero el instinto seguía intacto.

Sibylle Baier es un talento enorme que nunca fue consciente del valor que tenía o que simplemente prefirió darle la espalda en pos de horizontes de menor resonancia pero que son igual de válidos. Una historia similar a la de muchas mujeres que por diversos factores y circunstancias se dejan llevar por otra corriente, privándonos así, por desgracia, del hermoso jardín interior que llevan a cuestas.

Una noche con James Richardson

No hace mucho tiempo James Richardson tocaba ante decenas de miles de personas como parte de MGMT en el festival de Glastonbury. Aquello era una fiesta. La multitud gritaba y se movía al ritmo de las canciones; aun como masa, la ropa colorida y estrafalaria hacía que cada uno de los presentes luciera como alguien peculiar, si es que se tenía la disposición de prestarles atención con una mirada fija. Una bailarina hawaiana por aquí, algún dandy con glitter por allá, un bufón que repartía flores en algún otro lado. Un pequeño universo se conjugaba en torno a la magia de unas canciones.

Esta vez, una noche de abril de 2018, James Richardson se encontraba en un bar de San Luis Potosí que había sido inaugurado apenas tres semanas antes, seleccionando canciones desde una computadora para un grupo reducido de bebedores que platicaban entre ellos sin prestar demasiada atención desde sus respectivas mesas. Pero James Richardson no lucía insatisfecho ni atendía a su trabajo con desgana. Él, habituado a grandes audiencias, estaba centrado en lo suyo, disparando algunas piezas desde la barra para las quince personas que estábamos ahí.

Dada la imagen, era necesario preguntarse cómo aquello era posible. Cómo es que él había llegado de pronto a una ciudad de provincia mexicana para poner “New York City Boy” de los Pet Shop Boys en un local llamado “La taberna del minero”, antes de que los dueños del lugar apagaran las luces por temor a que las autoridades les clausuraran el negocio por sobrepasarse del horario reglamentario.

La respuesta tenía nombre. El evento era auspiciado por Stoned Valley, una compañía local organizadora de eventos que se ha dado a la tarea de traer artistas que hacen las delicias de aquellos que gustan de la música alternativa. La estrategia logística es tan compleja como astuta: se toma provecho de la red que a nivel nacional se ha establecido entre productores afines a la noche.

Raúl González, un joven empresario potosino, es parte de ese equipo. Una noche antes logró junto a sus socios llevar a James Richardson y Bosco Delrey a otro recinto de San Luis Potosí, donde ambos, con éxito, dieron sesiones de DJ. Un grupo nutrido de jóvenes pudieron deleitarse con una selección de música que, a modo de travesía, movió sus figuras de un lado a otro.

La labor de un pinchadiscos tiene mucho poder, a base de pocos movimientos es capaz de manejar las emociones del público a su antojo. Pasarlos de la euforia al temple, de la agresividad a la dulzura. Del llanto al amor. La clave es atinar en la ruta. Ascender al frenesí sin turbulencias o descender a los instintos sin pausa alguna. La tarea implica mucha responsabilidad. Puede catapultar a una persona, como decía Indeep en esa vieja composición titulada “anoche un DJ salvó mi vida”. Pero una mala actuación también puede estropear la mejor de las veladas, como apuntaba Morrissey en aquellas memorables líneas:  “cuelguen al aclamado DJ porque la música que pone constantemente no dice nada acerca de mi vida”.

James Richardson es un tipo afable, de cabello largo  y piel levemente rosada. Tiene la cara de un niño, un conjunto que lo hace parecer un personaje que bien pudo salir en That ’70s Show. Quienes lo conocen destacan su carisma. Un coolness con el que ha logrado de hacerse de grandes amistades. No es casualidad que la mancuerna creativa de MGMT (Andrew VanWyngarden/Ben Goldwasser) le haya dedicado una canción en el último de sus álbumes (Little Dark Age, 2018), y que pese a su presencia no regular en  las labores de estudio de la banda, todavía sea requerido en las actuaciones en vivo como un indispensable, desenvolviéndose desde la guitarra o la teclados.

“James, si necesitas de un amigo / ven por aquí / ni siquiera necesitas tocar / estaré en casa / y la puerta estará siempre abierta para ti”, dice la letra que le dedicaron. James es alguien entrañable a quien deseas tener dentro de tu equipo.

En aquella primera presentación en San Luis Potosí ya era posible percibir, a distancia, que James Richardson era un tipo simpático. Alguien sin imposturas ni soberbia. Alguien que sabía del estatus de “Kids” como un himno, y que por ello la puso a sonar en las bocinas, por choteada que esté, evitándose así la horrible esnobería de omitirla. Más aún, sonrió al ver las reacciones de los espectadores, quienes de pronto se catapultaron al escucharla.

Sin embargo, sobre todo pude darme cuenta de que era un buen tipo al día siguiente, en ese bar de quince personas, donde lo pude conocer de cerca gracias a la intercesión del propio Raúl González, quien me invitó a departir con ellos. Al terminar con el compromiso caminamos por las calles del Centro Histórico de San Luis Potosí en busca de algún otro plan. También nos acompañaba Bosco Delrey, un socio de Raúl y una chica de Puebla muy agradable cuyo nombre no recuerdo.

Al final no encontramos nada decente donde proseguir la fiesta. James Richardson y Bosco Delrey manifestaron estar cansados, y preferían regresar a su hotel para beber algo en comodidad. Teníamos que acompañarlos. El trayecto fue a pie, por la avenida Carranza. Y fue entonces que aproveché para platicar con los dos invitados extranjeros.

Recordé que Bosco Delrey era de Nueva Jersey, así que para borrar el silencio apliqué un recurso, preguntarle sobre algunos de sus paisanos: Bruce Springsteen y Tony Soprano. El hielo se rompió así. James Richardson también era fanático de la serie de David Chase y procedimos a comentar sobre algunos personajes, en especial sobre las señoritas que despertaban igual encanto entre los presentes. Meadow Soprano y Adriana La Cerva fueron evocadas en aquel par de kilómetros emprendidos por la comitiva. Bosco Delrey valoró a Bruce Springsteen, en especial, como cabía esperarse, por sus actuaciones en directo.

Al llegar al hotel Bosco Delrey se disculpó y se retiró a su habitación. Estaba agotado. James Richardson también lo estaba, luego de varios días de viaje y fiesta, pero por alguna razón nos acompañó un rato más. En una sala procedimos a platicar. Y fue entonces cuando se reveló lo mejor de la personalidad de aquel músico, quien después de haber convivido con un montón de celebridades, charlaba con nosotros como uno más, escuchando atento lo que decíamos e hilando historias y frases cuando lo creía necesario. En algún momento dijo noséqué de Corea del Norte, país que le gustaría visitar. Y celebró la comida de alguna otra ciudad. Mencionó su cerveza favorita, a pregunta expresa… la réplica se disipó entre muchas otras memorias.

Para amenizar el momento, y ante la falta de alguna radio o bocinas decentes, puse algunas canciones en el celular. James Richardson conoció así a Hombres G y Alaska y Dinarama. En cierto momento sonó “In Dreams” de Roy Orbison. Y desde los primeros acordes James Richardson imitó al gran Frank Booth de Dennis Hopper. “Blue Velvet”, dijimos al unísono, en otra complicidad del mundo pop. Un poco más al rato sonó “He venido A Pedirte Perdón” de Juan Gabriel. El DJ ya era otro.

jamesrichardson

El consuelo del Mundial

El tiempo es cruel. Cada nuevo Mundial nos toma más viejos y con más responsabilidades. El adulto rememora con añoranza aquellas primeras justas deportivas que podía ver en televisión casi en su totalidad, al igual que cualquier resumen deportivo o programa que se atravesara ante sus ojos. Ahora ya no es tan fácil. El trabajo, la familia y las presiones de los años se acumulan y es imposible mirar uno que otro juego… la mayoría de ellos, de hecho. Hay otras urgencias. Labores impostergables que reafirman que estamos condenados a lo que nos rodea.

Queda, si acaso, la posibilidad de ver ciertos partidos, en especial los de la propia Selección. Ya no pedimos más. Y cuando eso ocurre, cuando al fin puede verse un juego del Mundial, todo se rompe. La emoción renace; somos de nuevo niños que en cualquier momento pueden desplomarse si es que una victoria o una derrota llega en el punto justo. Así recordamos que no somos máquinas ni esclavos de un trabajo. Somos otra cosa. Un regate, una asistencia, una buena narración, son elementos que pueden regresarnos la humanidad al pecho. Reanimar al niño interior que creíamos perdido por culpa de los horarios de oficina y los sucios golpes del destino.

Gracias al futbol podemos desfogar las palabras que teníamos ahogadas. Recordar, una vez más, que no todo es la rutina. Que no todo es aguantar y bajar la mirada. Al menos por un mes mantendremos esa ilusión. El llanto: saber que todo sucumbe ante un gol.

mexico86

Verano otoñal – Poema de Dorothy Parker

 

Lo daba todo cuando era joven,
ser complaciente era mi manía.
Y cambiaba con cada nuevo hombre
para encajar en sus teorías.

Pero ahora ya soy una mujer
y hago siempre lo que quiero hacer,
y si no te gusta nada acaso,
al diablo contigo, lo tengo claro.

—Dorothy Parker.

Traducción: Carlos LM.

 

doro park

Foto: AP

 

 

 

 

 

 

Sergio Pitol y el arte como oxígeno

Sergio Pitol supo del levantamiento del Muro de Berlín mientras viajaba en un barco de origen alemán en el año 1961. El escritor mexicano vivió gran parte de su vida en Europa y le tocó experimentar ese episodio histórico en primera fila. Los comunistas erigían la barrera de la vergüenza que marcaría la Guerra Fría, misma que fue destruida hasta el último suspiro de los años ochenta.
El capitán le informó a los tripulantes lo que sucedía y ahí mismo anunció que por órdenes gubernamentales tendrían que regresar a un puerto alemán. Aquella travesía , originalmente dirigida a los Países Bajos, había terminado.


Sergio Pitol
mencionaba que semejante coyuntura histórica no le impactó mucho cuando la vivió. Paradójicamente estar ahí, en el momento y en el lugar, le restaba perspectiva al asunto. Nadie entendía muy bien lo que estaba pasando en realidad. Una vez en tierra, Sergio Pitol procedió muy campante a asistir a una exposición de Picasso en un museo. El lugar estaba casi vacío, pero la obra del genio malagueño lo deslumbró.

Algo similar le ocurrió en Turquía, tiempo después. El autor de “El arte de la fuga” iba dentro de un taxi cuando se percató de que alguna gente corría por las calles. El vehículo fue detenido en varias ocasiones por fuerzas de seguridad para realizar una inspección. Había griterío y cierta hostilidad. Sergio Pitol no captaba qué diablos pasaba, pero el taxista lo reconfortó diciendo que eso era normal en Estambul. Más tarde se enteraría que había presenciado un fallido golpe de Estado que, in situ, no le había parecido gran cosa.

Poco después Pitol visitó Santa Maria delle Grazie, en Milán, donde se encuentra La última cena de Leonardo da Vinci. Su agitada travesía por Europa llegó a un momento determinante. Ahí, ante el mural del gran artista italiano, se derrumbó. Estaba conmovido. Cualquier acontecimiento de orden histórico, como los que ya había experimentado, le parecía menor al lado de una verdadera obra de arte. Aquellos sucesos le parecieron nimios, casi superficiales, junto a un portento universal que trascendía a cualquier época. Eso era lo sublime. Pasarían los años y las trifulcas humanas palidecerían frente al remolino creativo y estético de un solo ser humano.

Mucho tiempo después, cuando regresó a México, ya a finales de los ochenta, Sergio Pitol se llevó gran desencanto. Se dio cuenta de que aspectos centrales no habían cambiado. Quienes eran pobres lo seguían siendo décadas después. Los vicios y problemas de siempre continuaban arraigados en la sociedad. Y a eso había que añadir un deterioro de la ciudad en la que había crecido. Un colapso ecológico y en el designio estructural.

La imagen era triste. Había contaminación, desorden vehicular y una deplorable clase política que no contribuía a la causa común. Pero había algo que le aliviaba. Era, de nuevo, el arte. Las creaciones de los propios mexicanos. Los libros de Octavio Paz, Juan Rulfo y los poemas de José Gorostiza.

Sergio Pitol confiaba en que, algún día, México se levantaría de la podredumbre. Que todo el fracaso de nuestro país algún día podría ser visto como un pasado innoble, mientras que el arte trascendería y permanecería vivo por siempre. Toda esa capa marchita se vería eclipsada al fin por “Pedro Páramo” o “Estación violenta” que, a su modo, tienen un cariz de inmortalidad y funcionan como el oxígeno que el espíritu necesita.

pitol

Así no se puede morir

Hubo una época en la que consumía revistas de manera compulsiva. Los tiempos han pasado, pero de vez en cuando todavía recurro a ellas. En un librero tengo un apartado dedicado a ejemplares de ese tipo y cuando quiero alguna lectura ligera tomo uno para leer algún artículo o pasaje al azar.

Por la mañana tomé una de las revistas. Era dedicada a la literatura,  publicada por una pequeña editorial independiente. Me acosté y procedí a seleccionar una página como a tres cuartos del volumen. Ahí encontré un relato de una tal Pamela. Lo leí para pasar un rato sobre la cama. Era un texto sugerente y con vigor. Llamas contenidas en la brevedad de unos cuantos capítulos. Terminé con la voluntad de leer más. Pero el nombre de la chica no me sonaba, así que no sabía a dónde dirigirme. No era una autora famosa, sino alguien que recién empezaba a publicar.

Procedí a buscar el nombre en internet. Quizás tuviera más cosas disponibles. Algún blog, por lo menos. Pero más bien me enteré de algo triste:  Pamela había muerto en el año 2013. Lo verifiqué por la particularidad de su apellido y el contraste de varias fuentes. Me fijé en la fecha de la revista donde la conocí y era de mediados de 2012. Quizás uno de las últimos espacios en donde había publicado.

El relato de Pamela estaba lleno de vida. Y al leerlo estaba convencido de que ella estaba  con una sonrisa en algún lado. Tal como me pasa con autores fallecidos hace décadas que, sin embargo, a través de su obra respiran y siguen igual de vitales que nunca.

La vida es, sin lugar a dudas, engañosa. Sin caer en sentimentalismos creo que la vida va más allá de lo meramente orgánico. Hay pinturas, libros y películas que refulgen en esplendor y que trascienden a minucias biológicas. Kafka y Pessoa caminan cuando alguien le echa un vistazo a su obra. Y cuando ves algún clásico en el cine, todas esas estrellas siguen palpitando en blanco y negro sin importar lo que indiquen sus tumbas.

Es absurdo pensar que Marlon Brando o Marilyn Monroe pueden morir.

Pamela, en definitiva, ocupa en lugar en mi librero. Ahí junto a muchos otros espíritus que laten cada que uno recurre a su llamado.

Marilyn_Mifits

Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik y la escritura

Marguerite Duras

No es tanto un asunto de escribir, sino de buscar un refugio, una asidera a la realidad y, también, una ruta de escape. Ante un ambiente hostil y ante la asfixia emocional, la empresa creativa se vuelve un desfogue tan contundente como sutil. En lugar de dar tumbos por la calle o del griterío histérico que solamente importuna al prójimo, dedicar los días a sublimar las malas sensaciones a través de la composición musical, la pintura o la vertiente literaria se vuelve un acto heroico en sí mismo, propio de gente con amplio sentido de la dignidad.

En lo que se refiere a la escritura, el proceso es el de soltar lo que interesa o agobia. En vez de arañar o tirar golpes, se procede a abalanzarse contra el papel. El resultado, si se muestra, alumbra a los lectores, en especial a quienes padecen de situaciones similares y que, al fin, encuentran un alma que comprende de qué van los pesares internos. Aquello que creíamos una conjura cebada sobre nuestra particularidad, resulta ser un óbice alojado también en un ser que, a kilómetros y años de distancia, da cuenta de lo que le sucede. Es así que uno se siente menos solo. Lo que no se revelaba a nadie y lo que se sufría en intimidad, de pronto está conectado a través de la marea del tiempo y los idiomas con algún artista que se vuelve un cómplice para nosotros.

Marguerite Duras tenía en claro que las palabras podían representar un salvamento cuando nada más parecía funcionar. En uno de sus ensayos lo señalaba a la perfección, como una salida en medio de la penumbra. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará”.

Para ella escribir era un ancla a la vida, una ocupación que se renovaba cada que uno quisiera empezar un proyecto. Aun sin ideas ni un argumento fijado, bastaba con la convicción de tener un nuevo libro, “esa inmensidad vacía” en la que todo era posible y que a través de derramar la conciencia podía redituar en una forma. El acto iba más allá de las reglas básicas de significado y ortografía. Era más cierta disposición. Una voluntad de ceñirse a ello.

Tener esa obligación le daba un sentido a sus días. Marguerite Duras era prolífica por tanto, ya que era incapaz de abandonar un libro una vez que lo había comenzado. Nada la detenía. Se sobreponía a cualquier circunstancia. Tenía claro por dónde iban los tiros desde aquel día en que Raymond Queneau le reveló su principio: “escribe, no hagas nada más”.

El caso de Alejandra Pizarnik es un tanto más delicado. Su personalidad, dominada por el fantasma de la depresión, la empujaba dentro de sí misma en una conciencia exacerbada que la mayoría de las veces no era agradable. Ella sufría y dejaba constancia del tormento, silencios desesperados que brotaban ante la mirada del lector. Ante la incapacidad de relacionarse y comunicarse con los otros —fueran amigos o prospectos de amor— de manera efectiva (siquiera sobrellevarlos, como ella misma confesaba), le quedaba el camino de la poesía, un espacio que podía moldear a su antojo y donde libraba su batalla sin demora.

Aislada desde joven, su mayor aspiración era “vivir para escribir”. Al igual que Marguerite Duras no quería otra cosa. Sobre todo porque no le quedaba alternativa. Incapaz de cultivar vínculos personales de manera sana, e inundada por constantes afectaciones propias de su hipersensibilidad, solo le restaba el relativo confort de un escritorio y una habitación vacía. Alguna vez mencionó que no aspiraba a mucho más. No pretendía la llegada del amor ni la satisfacción económica. Deseaba, más que cualquier otra cosa, la paz. Poder leer, estudiar y escribir sin preocupaciones.

Para aquella joven argentina estaba la referencia de la autora francesa; una estrella distante le demostró que aquella ruta era posible. Así lo manifestó en uno de sus diarios.

«He visto una foto de Marguerite Duras y me puse contenta. Es pequeña y gorda. “Para escribir no es imprescindible ser una belleza”, me dije. Y me alegré».

El capricho de las ideas

La diferencia entre escribir un buen texto y no concretarlo en absoluto se define a veces por la cercanía de una pluma y un papel. Hay ideas escurridizas que cometen la travesura de aparecer sin avisar. Y, si bien iluminan por un instante, son caprichosas, así que si no las atiendes rápido se van lejos para no volver. De ahí que uno deba apresurarse y acudir a anotarlas antes de que sea demasiado tarde. Por memorables que parezcan estas representaciones mentales, el olvido les sigue el juego y desaparecen con la misma facilidad con la que llegaron.

Un buen método para remediarlo, propio de artistas precavidos, es salir a la calle siempre con una libreta en el bolsillo. Con la compañía, eso sí, de un lápiz o cualquier instrumento que sirva para dibujar o trazar letras para que así sea posible materializar la abstracción.

Sin embargo, el remedio no es infalible. Algunas de las mejores ideas gustan de hacer sufrir al prójimo, así que aparecen cuando estamos en la calle justo en ese día en el que se dejó la libreta olvidada en casa. Es entonces, ante la ausencia de herramientas para registrar, cuando surge el relámpago creativo. Se trata de algo sublime, como enviado por los dioses. Parece ser el punto de partida para crear nuestra obra maestra. Ese trabajo definitivo que nos consolidará como autores y que nos catapultará a la fama como siempre merecimos.

De inmediato se emprende la búsqueda desesperada por algo que sirva para apuntar. Cualquier cosa funciona, pero de pronto los recursos escasean para completar la cruel broma del destino. Como cuando se quiere comer un cereal y no hay leche en el refrigerador. O como cuando la vejiga no aguanta más y todos los baños de la ciudad resultan estar fuera de servicio.

Después de dejar patas arriba el lugar en el que uno se encuentra, al fin se da con elementos que sirven para apañárselas: un ticket del supermercado y un marcatextos amarillo de punta chata. Se procede a escribir aquella línea que había deslumbrado, la que nos encumbraría ante la crítica y que incluso ayudaría a conquistar a la mujer de los sueños. Pero viene la falla. La Tragedia. Resulta que la idea ya no está. La hemos olvidado. Todo acaba en un derrumbe interno. El vacío de volver a la normalidad.

No a todos les obsesiona esta cuestión. Alguna vez Noel Gallagher dijo que se le ocurrían un montón de canciones antes de dormir, ya tarde por la noche. Y en vez de saltar de la cama para grabarlas o tomar notas al respecto, prefería seguir como si nada y cerrar los ojos. Las horas de sueño le servían como filtro: estaba seguro que si la canción era lo suficientemente buena la seguiría recordando al despertar. De otro modo no valía la pena siquiera.

El método de Noel Gallagher tiene riesgos que no todos están dispuestos a asumir, en especial quienes se dedican a la literatura. Los escritores son conscientes de que cada línea cuenta y que no se puede renunciar a la más mínima palabra que suponga un punto de partida para un relato o una novela.

Es el caso de Joan Didion y John Gregory Dunne, quienes acostumbraban a viajar en compañía de cuadernos u hojitas que les permitieran tomar notas que a la postre acababan en sus libros. Ambos constituyeron una obra amplía gracias a que para ellos no había algo así como vacaciones. Los ratos libres no eran más que bloques de tiempo en los que permanecían atentos a estímulos que redituaran en alguna reflexión o pensamiento que pudieran sumar a sus diarios. Procuraban no desperdiciar casi nada. Las ideas, como decía Bob Dylan, estaban flotando en el aire, solo había que estar atentos para atraparlas. Con una pluma fuente como anzuelo, de preferencia.

Es un buen ejercicio pensar en todos esos ensayos, poemas o cuentos que pudieron no existir de no haber sido porque el autor tuvo acceso a pluma y papel en el momento adecuado, en la fracción de segundo en la que todo se define y en donde surge esa primera célula creativa de la que deriva lo demás.

Es posible que El gran Gatsby nunca hubiera existido (o al menos no sería lo que es) si F. Scott Fitzgerald hubiera dejado pasar ese comienzo tan genial que tiene la novela. Si por desidia o por falta de una estilográfica hubiera postergado el chispazo para luego enterarse de que se había extinguido para la eternidad. Lo que importa es que en algún punto se llenó de determinación y acudió al llamado de la idea. Se dejó envolver por ella y estuvo a la altura de lo que se requería.

Es importante recordar el ejemplo anterior. Hay que tener cuidado de una clase de resistencia muy propia de la pereza y el desánimo. Caer en la trampa de pensar que cierta idea no es lo suficiente buena como para tomarse la molestia de escribirla. Es posible que nuestro juicio esté equivocado y que de ese modo dejemos ir un flechazo de inspiración que convenía elegir. Es posible que seamos demasiado severos con nosotros mismos y que debido a ello se deje pasar una gran oportunidad.

En otras ocasiones la percepción juega al engaño. Una persona despierta a medianoche y tiene un verso que parece magnífico en la cabeza. Una línea de oro que hay que plasmar en algún lado sí o sí. Se procede hacerlo, se trata de un obsequio del mundo onírico. Por fortuna, con todo y modorra, cada sílaba acaba estampada en algún sitio. Una vez que el frenesí ha sido aliviado, se vuelve a dormir.

Al despertar viene el recuerdo de ese verso. La joya de la corona. La octava maravilla del mundo. El cáliz de las letras hispánicas. El mismo que se desinfla apenas damos la primera lectura. Lo que se ha escrito es una incoherencia muy lejana a lo que recordábamos. Más vale quemarla o cederla a un bote de basura en situación de calle.

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