Animales en huida

Una historia real. No recurrir a la verdad ni a la mentira dentro de una relación. La primera porque es muy dolorosa y la segunda porque bué, esto no se trata de engañar a nadie ni hacerle perder tiempo valioso. Tampoco se trata de que la otra persona salga lastimada igual que tú. Se toma entonces el camino del escape. El alejamiento. El plan de retirada de quien se sabe poseedor de una bomba en cuenta regresiva y que prefiere explotar en la zona más apartada posible para no afectar a nadie más. Pero tampoco es fácil. Nadie se entera que a varios kilómetros hay alguien que sufre. Alguien que pudo salvarse si se hubiera quedado a contar lo que le ocurría por dentro y que sin embargo prefirió el sacrificio en silencio. De cualquier manera la honestidad también habría provocado la catástrofe, el incendio. No había nada que hacer para remediarlo, excepto buscar que las víctimas fueran las menos posibles. Una tan solo. Pasar de largo. Irse. Una condena perpetua, porque como decía una canción de los SFA: aquellos que huyen por tristeza —los que apuestan a la evasión—, sobreviven solo para pasar un día más en… tristeza.

 

Soy un fracaso – Poema de Charles Bukowski

le puse el seguro a la puerta del auto
y al levantar la mirada vi a este tipo
caminando hacia mí
se parecía a Peter mi viejo amigo
pero no era Peter
era un hombre demacrado
en jeans y camisa azul de trabajo
y me dijo:
“oye, mi esposa y yo
necesitamos algo para comer,
morimos de hambre”
Miré detrás de él
y ahí estaba
su mujer
que me miró con ojos a punto
de lágrima.
Le di un billete de cinco.
“¡Te amo, hombre!”, gritó,
“No me lo gastaré en bebida”.
“¿Por qué no?”, le contesté,
“Es lo que yo haría…”

Me alejé para entrar a un edificio
arreglé unos cuantos asuntos
salí
regresé al auto
como siempre
pensando
si hice lo correcto
o si fui víctima de un engaño.

mientras conducía
recordé mis años
de miseria
hambriento más allá de cualquier arreglo
nunca pedí a nadie
un centavo.

esa noche, después de unos tragos,
le expliqué a la mujer con la que vivía
lo mucho que daba dinero a vagabundos
pero que yo
en los tiempos más obscuros
de hambre en mi vida
me negué a pedir nada a nadie.

“lo que pasa es que no sabías cómo hacer
ninguna cosa”, dijo ella.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

buko

Edición de poemario desata conflicto ecológico y diplomático para México

La edición del poemario Mecanismos de la tierra, obra del escritor Jean Pereira, ha creado una crisis a varios niveles para México. Por una parte, en el aspecto ecológico, y por la otra, en los entornos de la diplomacia. La llegada a este aprieto se fraguó hace apenas unos meses, cuando una pequeña editorial decidió lanzar al público el debut literario del ya mencionado artista mexicano que, a sus apenas 28 años, ha causado revuelo internacional.

A simple vista el libro parece inofensivo. Cuenta con 130 páginas, medio centenar de poemas, y una portada en la que destaca la presencia de una sirena. Nadie se alteraría por un producto así, máxime si en su interior no se incluye ninguna apología al terrorismo ni se enaltecen causas vinculadas a la segregación racial. No, la mayoría de los poemas versan, como en tantos otros volúmenes, sobre los astros, las vida silvestre  y las pasiones humanas. ¿De dónde viene entonces la agitación?

Resulta ser que el poemario ha sido calificado como contaminación visual por la Liga Nacional de Protección al Ambiente (LNPA), cuyos representantes (una serie de organizaciones dedicadas a la defensa de la flora y fauna) han señalado que el contenido del libro pone en peligro la armonía estético-visual de cualquier sitio en que se exponga. La mala noticia es que el sistema de clasificación de la basura no está preparado para una anomalía de tales proporciones, por lo que una eventual eliminación de esta colección de poemas traería bastantes complicaciones. En adición a ello, el Colegio de Oculista de la Sierra Madre ha manifestado que la exposición prolongada a  los textos de Jean Pereira podrían causar daño irreversible en el primer tramo del nervio óptico, según han indicado pruebas realizadas en un conjuntos de ratones que acabaron ciegos luego de verse sometidos a dosis de ocho versos en ayunas.

Un problema extra es el de la conformación mismas de los poemarios. Amantes de la botánica insisten en que los árboles preferirían ser transformados en rollos de papel higiénico antes que acabar mancillados por una serie de estrofas cuyo movimiento deambula entre los ripios y el erotismo mal entendido. El desperdicio de recursos naturales es un asunto delicado, como señalan las normas jurídicas que se le relacionan, de ahí que la tala de árboles deba administrarse con un gran sentido de ética, evitando desperdiciar elementos que en su estado natural bien pudieron darle cobijo a una familia de ardillas.

La casa editorial Piso de Cuarta  se ha defendido bajo el supuesto de que la edición del libro consta de una tirada que no supera los mil ejemplares. Sin embargo, los especialistas afirman que basta con apenas un par de copias para derrumbar ecosistemas enteros, así como para causar daños de salud en comunidades de escasos recursos que no tiene acceso a atención especializada. Algunos voluntarios que han leído fragmentos de la obra de Jean Pereira han reportado sufrir náuseas y vómitos, así como espasmos que los impulsan a arrojarse del balcón para acabar con el suplicio.

La noticia ha dejado de ser local. Los primeros Estados en mostrar su preocupación al respecto han sido Estados Unidos, Guatemala y Belice que, al compartir frontera con México, temen que estos libros se filtren  dentro de su territorio. La cancillería mexicana ha tenido que salir al paso de las llamadas de protesta, comprometiéndose  a reforzar la seguridad en los límites del país para evitar la propagación de esta epidemia literaria que amenaza con amilanar el ya de por sí endeble  interés de los jóvenes por la lectura.

El conflicto  trasciende a cualquier barrera y orientación política. La amenaza que supone la carrera de Jean Pereira es ya tema de alarma en instancias internacionales y se prevé que se aborde el tema en la próxima Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas en la búsqueda de una salida multilateral. Por ahora ya se han tomado algunas medidas preventivas:  la traducción de Mecanismos de la tierra  está prohibida en más de 20 idiomas y media docena de autores han decidido retirarse de la escritura para no ser colegas de alguien como Jean Pereira. Del otro lado de la moneda están los oportunistas que buscan lucrar con el fenómeno:  se comenta en algunos círculos que el cineasta iraní M. Sight Chichalaman se ha asegurado ya los derechos del libro para un proyecto cinematográfico del género de horror.

No obstante, algunos voces coinciden en que el caso se ha magnificado. El antropólogo Juan Clop recalca que la situación se encuentra bajo control y ha lanzado unas palabras de tranquilidad para quienes temen a una segunda edición de Mecanismos de la tierra: “El riesgo de que eso suceda es menor, por no decir que inexistente. La industria editorial se mueve según las lógicas del mercado y la evidencia indica  que  Jean Pereira es un pobre diablo cuyas ventas se limitan a las adquisiciones de compromiso que realizan sus amistades, más  la veintena de volúmenes que ha reservado su abuela para repartir entre sus compañeras del bingo. Por lo demás, solo habría que tener cuidado ante un posible efecto de morbo, con el cual muchos curiosos podrían adquirir la obra con la intención de tentar la suerte y burlar al destino“.

En días recientes un misterio se ha sumado al festín: el desconocimiento del paradero de Jean Pereira. Nadie sabe dónde está. Decenas de periodistas se pelean por entrevistar al hombre del momento y ninguno logra dar con él. Según las últimas versiones, el joven poeta se ha exiliado en Sudamérica para alejarse del escándalo. Su familia se niega a revelar la ubicación exacta en la que se encuentra. “Mi hijo volverá, ténganlo por seguro“, se limita a decir la madre del muchacho.

El contenido de Mecanismos de la tierra queda como reflexión. Es una leyenda. Quienes lo han leído quedan trastocados de algún modo u otro. A los demás, los que evitamos el contacto, nos queda la especulación, el misterio. ¿Qué contendrá ese objeto que ha desequilibrado al ecosistema y que ha causado daños irreparables en sus lectores? Difícil saberlo. Hasta la fecha sólo se sabe de un lector que ha salido indemne de la experiencia. Se trata de un anciano nacido en Chihuahua que logró leer varias sílabas de Jean Pereira sin sufrir ningún efecto adverso. “Creo que las cataratas me protegieron. No veía muy claro, pero juro que vi unas letras. Hablaban de semillas, semillas de luz. Mencionaba a un cascabel en tus piernas“.

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No lo merecen

José Vasconcelos es una de las figuras claves del siglo XX mexicano. Bajo su tutela se tejió una parte importante de la formación de un pueblo que se encontraba tambaleante tras un proceso revolucionario y que requería de una estructura que le permitiera un desarrollo sostenido, el mismo que poco a poco dio equilibrio a la nación. El tino de sus decisiones permitió crear un ambiente cultural que llegaba a las clases populares y que rompía con la tradición histórica de mantener al arte y la educación en manos de las élites y los intelectuales del régimen.

La influencia de Vasconcelos es tan profunda que se adivina todavía en el México actual. Una impronta alojada en paredes, en escuelas, en museos y, de manera especial, en el pensamiento comunal. Generaciones que aun sin haberlo conocido, sin saber quién fue, cargan con esa herencia educativa que pasó de una multitud a otra.

Y pese a las grandes contribuciones, Vasconcelos no dejó de ser un ser humano con pasiones y bajos instintos como cualquier otro. La vasta  cultura que poseía, las toneladas de lecturas que le corrían por las venas, el refinamiento… no quitaban que tuviera equivocaciones y posturas lamentables, como las que cargó en el último tercio de su vida, cuando acentuó posiciones cercanas a la ideología nazi que, aunque deben ser revisadas desde su contexto, no dejan de ser una mancha  en el legado que conformó.

Con ello no pretendo quitarle un solo gramo del mérito que tuvo como Secretario de Educación Pública y como Rector de la UNAM, así como a su valía como escritor e intelectual. Lo señalo para ilustrar cómo es que los prejuicios y la obcecación persiguen a seres de alto calibre, figuras de prosapia y con erudición de las que se esperaría un comportamiento racional y sin baches, cuando a menudo ocurre lo contrario. La exigencia es un tanto injusta ya que de las sombras nadie se libra: en cualquier instante amenazan con consumir a su dueño.

Pareciera que a Vasconcelos se sumió de lleno en el radicalismo en 1929, luego del fracaso político que le supuso el intento de ser Presidente de México. Luego de ahí, el exilio, un cambio de aires necesario para alguien que se hallaba decepcionado del sistema que había ayudado a conformar. Al respecto, se le atribuyen unas palabras que al parecer pronunció ese mismo año poco antes de partir rumbo a Estados Unidos, un país por el que tampoco predicaba demasiado amor:

“Este pueblo mexicano no merece que yo sacrifique una sola hora de mi sueño. ¡Es un pueblo de traidores y de cobardes que no me merece! Demasiado he hecho por redimirlo. No volveré a ocuparme de él”.

La declaración la tomaría con pinzas. Primero porque provienen de alguien que pasaba por un trago amargo, idóneo para soltar la primera tontería que sirviera para el desahogo. Segundo, porque en lo personal no podría asegurar la veracidad de la misma, cuyo origen está trazado en la Crónica De La Revolución Mexicana de Roberto Blanco Moheno sin que existan muchas más fuentes a consultar.

Ahora bien. En esa frase se refleja muy bien la penuria que supone el saberse traicionado por aquellos a quienes creías haber impulsado. Si le quitas las dimensiones políticas y sociales te queda un fragmento propio de quien ha sido defraudado por la pareja o el de un espíritu que se siente víctima de la deslealtad de los amigos. Aquellos a los que se dedicó tiempo y esfuerzo, sin saber que desaparecerían cuando la vulnerabilidad cambiara de bando.

La ingratitud. Ofrecer palabras, consejos. Dar lo que se tiene sin chistar a quienes no comprenden el gran trabajo que hubo detrás de lo que se toma como una minucia. Acabar agotado de la conjura que celebra la infamia y se encarga de mantener hundidos a muchos talentos, a esos a quienes perciben como competencia.

Mezquindad con los que dieron un aporte del que muchos se aprovecharon, bebiendo cada gota de sangre hasta dejar seco al proveedor original cuyo cadáver queda tirado, consumido por cientos de hormigas. Sin ningún tributo ni reconocimiento.

Las rémoras de siempre, adheridas a cuerpos tambaleantes que avanzan sin muchas ilusiones con la convicción de que quienes se les cuelgan desaparecerán en cuanto alguien más les eche un silbido.

Y —si los hay— agradecimientos en voz baja, a modo de susurro, para que nadie se percate de la fuente de donde han sacado todos los recursos. Los elementos y ganchos con los que se lucen ante las masas; ahí sí, a gritos, bajo el tono rojizo de los reflectores. Al que influyó ni el agua. Que se ahogue en la sombra porque su eventual reconocimiento supondría el tener que dejar de saquear su cosecha, tener que buscar otra figura de la cual servirse. Otra figura a la cual copiar.

Retomo aquí lo que decía Enrique Jardiel Poncela acerca de Miguel Mihura (que firmaba entonces como Miguel Santos), al sentirse atracado por él en el aspecto creativo:

La contumacia con que Santos viene utilizando en sus cuentos aquellos resortes, sorpresas, trucos, giros, mecanismos, equivalencias y desplantes que yo ideé para mis propios cuentos, me obliga ya a decirlo en público, pues necesito tranquilizar mi espíritu, conturbado por la idea de que algún día surgiese un lector nuevo que, desconociendo mi labor antigua, llegare a suponer que era yo el influido por Santos, lo que me sería intolerable. […] Ni llevo mala fe, ni he pensado nunca en hacer a Santos la trepanación: simplemente defiendo lo que es mío.

La búsqueda del beneficio a secas, sin ofrecer nunca un detalle, una sonrisa, un guiño. Creyendo que el otro no se da cuenta de la ruindad, solo porque permanece en silencio. Sin saber que no es así, que la mina explotada está a la espera de que venga el momento justo para soltar la tierra, donde caerá también una lluvia con todas las piedras que se cargaban en la espalda. Sentimientos de los que no se salvan ni los seres más racionales.

Lo que vale es no perder la sensatez.  No mucha, al menos.

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Casa de paja, perro de paja – Poema de Richard Siken

1

Miré la televisón. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro sueños al hilo
en los que estabas quemada, apunto de ser quemada, o aún en llamas.
Miré la televisión. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro cocas,
cuatro sueños al hilo.

Aquí estás en la casa de paja, alimentado al perro de paja. Aquí estás
en la casa equivocada, alimentando al perro incorrecto. Yo tomé coca con hielo.
Tuve cuatro años en la televisión. Tú tienes una sonría fría fría.
Tú estabas quemada, estabas por ser quemada, aún estabas en llamas.

Aquí estás en la casa de paja, alimentando al perro con hielo, y querías
una aventura, así que dije Ten una aventura.
La paja a punto de incendiarse, la paja incendiada. Aquí estás en la televisión,
diciendo Mírame, solo mírame.

2

Cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo,
cayeron justo aquí. Yo quería caer justo ahí pero supe
que no me atraparías porque estás muerta. Tragué hielo molido
fingiendo que era vidrio y tú estás muerta. Cenizas a las cenizas.

Querías ser cremada así que te cremamos y querías una aventura
de modo que corrí y supe que no me alcanzarías.
Eres una fiebre con la que estoy aprendiendo a vivir, y todo ocurre
en lado equivocado de un túnel muy largo.

3

Desperté por la mañana y no quise hacer nada, no hice nada,
no lo podía hacer de cualquier manera,
solo me quedé acostado y escuché la sangre corriendo a través de mí y nunca tuvo
ningún sentido, nada.

Y no puedo comer, no puedo dormir, no puedo estar sentado o arreglar las cosas y despierto y me levanto y tú sigues muerta, estás bajo la mesa, todavía le das de comer
al maldito perro, estás quebrando la habitación a la mitad.
Da igual. Aliméntalo con lo que quieras. Quema la casa de paja.

4

No te culpo por estar muerta pero no puedes tener tu suéter de vuelta.
De modo que, yo dije, ahora que  tenemos nuestra muerte, ¿qué vas a hacer con ellos?
Hay un perro negro y hay un perro blanco, depende de cuál alimentes,
depende cuál sea el maldito perro con el que decidas vivir.

5

Aquí estamos
en el túnel equivocado, quema O quema, pero hace frío, tengo ropa
sobre todo mi cuerpo, y llueve, no se supone que fuera así . Y hay nieve
en la televisión, un paisaje lleno de nieve, cayendo de un cielo pintado de brasas.

Pero gracias, gracias por llamarlo el cielo azul
Ahora puedes dormir, dijiste. Puedes dormir ahora. Dijiste eso.
Tuve un sueño donde lo decías. Gracias por decir eso.
No estabas obligada a hacerlo.

 

—Richard Siken.

Traducción: Carlos LM.

Richard SikenBecause, (2005).Pintura tomada de richardsiken.com

tuya es la música de ningún instrumento – Poema de E. E. Cummings

tuya es la música de ningún instrumento
tuyo es el absurdo color sin ser descubierto

—mío el intento que nadie compra
hasta que esta, nuestra piel, pueda sobresalir
al hablar en clave de flor
…………………………(si yo he compuesto canciones

no es de gran relevancia para el sol,
ni a la lluvia le importará
 ………………..con cautela que prolonga
un crepúsculo etéreo) Sombras dieron inicio

al serpenteo del cabello enorme, emocionado,  veloz…

tuyos son los poemas que no escribo.

En esto al menos ponemos un obstáculo a la muerte,
silencio, y la penetrante luz musical

de la nada repentina… la bocca mia “él
besó en absoluto temblor”

 ………………………..o eso fue lo que la dama pensó.

—E.E. Cummings.

Traducción: Carlos LM.

 

cummings E.E. Cummings en 1938 (AP)

Por un café

De casi todo me he hartado excepto de la música. Hasta las mayores pasiones pueden llegar a desgastar. Ni siquiera la literatura funciona de manera permanente. Es posible cansarse de ella. Leer por horas y luego sentirse agotado, sin ganas de seguir. Lo mismo con las películas y los espectáculos en general. Es posible incluso saturarse del ser amado. Pero la música se erige como algo mayor. Un placer perpetuo que funciona sin ambages en cualquier contexto. La música está ahí cuando leo, cuando entro a la cocina, cuando acabo de despertar. La uso para dormir y también cuando necesito un desahogo. La música funciona en las sesiones de ejercicio, en las caminatas sin rumbo por la ciudad. Combina a la perfección con los trayectos en auto o cuando quieres recordar a una vieja persona en un momento de soledad. A la música no renuncio. En las buenas y en las malas está ahí, apenas por debajo de la respiración y los alimentos como medio de subsistencia.

***

Que los cretinos no te detengan. Ellos siempre se quejarán y cada movimiento que hagas será una fuente de alimentación para que descarguen sus propias frustraciones. No les queda mucho más. Es la actividad que les reditúa mayor satisfacción, lo cual, a su modo, representa un panorama vergonzoso y deprimente a partes iguales. Retraerse por ellos es un error. No temas a sus críticas ni a sus burlas. Sigue a lo tuyo: pintando, escribiendo, cantando, actuando, bailando y cuanto gerundio se te ocurra. Vendrán abucheos, gente que quiera bajarte del escenario. Y ahí el truco, dejar que sigan odiando.

***

El buzón, en otros tiempo un cofre de tesoros, se ha vuelto un verdadero depósito de desechos. Ni una postal ni carta de amor se encuentra ya dentro de ellos. Todo son recibos, cuentas, reclamaciones. Listado de cifras que se han de pagar. El panorama sería insostenible (digno de clausurarse) si no fuera porque de vez en cuando aparecen pequeñas recompensas: algún folleto de comida, la promoción que se antoja irresistible ante el martirio que significa tener que hacer las cosas uno mismo.

***

Una cuestión irrelevante que a la gente le encanta presumir: el tomar el café sin azúcar. Cuando alguien lo menciona, con altivez y grandilocuencia, pareciera que aspiraran a recibir un reconocimiento, a salir del lugar cargados en hombros como si no vaciar un sobrecito en una taza los convirtiera en gladiadores modernos equiparables a los antiguos héroes que con una espada eran capaces de conquistar poblaciones enteras. Lo mismo con los que se jactan de preferir las bebidas alcohólicas en estado puro, sin añadirles nada, sintiéndose así los seres de mayor masculinidad sobre el orbe, a la espera de un aplauso de la multitud. Ninguna de las dos preferencias es incorrecta, de hecho son recomendables en la mayoría de los casos. Pero sacar el pecho por ello es ridículo, de la misma forma en que resulta patético ver a alguien que se precia de tener buena ortografía. En este tipo de asuntos lo mejor es actuar según se guste sin más; predicar con el silencio, un tipo de distinción que por desgracia ha caído en desuso.

***

Hay sensaciones que se pierden con los años pero que eventualmente se homologan en otros escenarios. Por ejemplo, la alegría y liberación que supone la campana de la escuela cuando es la hora del recreo o la hora de salida. Un arrebato similar surge años después, cuando aparecen los créditos finales de una película que se percibía aburrida e intolerable. La pantalla en negro con los nombres del equipo de producción se convierte en un alivio que funge de campanazo.

***

Guardo en la memoria a las personas que hicieron algún bien en mí como muestra de gratitud. Un homenaje privado.

***

Creo que he perdido el toque. Me percibo errático, confuso, sin gracia alguna. Los comentarios que realizo carecen de frescura. Soy incapaz ya de relacionarme con nadie, al menos con fluidez y permanencia. No logro conectar. Actuar con naturalidad está fuera de mi alcance. Me lo pienso todo veinte veces antes de que los acontecimientos sucedan e imagino escenarios excepcionales que a la postre chocan con lo decepcionante de la realidad.

***

Rechazo cualquier halago que se me haga, aunque por dentro suelto los fuegos artificiales.

***

Una frase de Charles Lamb mencionada por J. M. Coetzee en una de sus cartas: “Se puede tener amigos y no querer verlos”.

***

Decir “tengo hambre” cuando eres niño y remover las aguas. La familia se desplaza en busca de soluciones. Se prepara algún platillo o se pide alguna opción a domicilio. En el peor de los casos se recurre a un recurso pasajero en lo que llega la hora de la comida: te compran unas galletas. De adulto la expresión se vuelve estéril. Lo más cerca que estuvimos de ser reyes quedó en el pasado, cuando usábamos un pañal.

***

Pese a lo contraproducentes e irracionales que sean, hay que admitir que las supersticiones tienen su gracia. Ahí está la costumbre de enterrar un cuchillo en la tierra para evitar que llueva en un fecha especial (una boda, digamos). Una especie de amenaza a la naturaleza. Como se te ocurra arruinarnos la fiesta, vendrán otras medidas. Cuidado con pasarte de la raya o lo próximo que sabrás es que te habremos golpeado  en un árbol con el martillo.

***

El acto de compartir ideas tiene su nobleza.Sentarse a expresar lo que se lleva por dentro, con el esfuerzo y desgaste involucrados, no en busca del reconocimiento, sino para contribuir al flujo de la sociedad. Sin esperar nada a cambio, ni una sola retribución excepto ser un grano de arena.

***

Un hombre de la ciudad dice vender sus poemas. Lleva un maletín lleno de papelitos y se acerca en las noches para ofrecerlos. “Soy escritor, le vendo un poema”. No estoy interesado y sin embargo le pregunto cuál es el precio. “Veinte pesos cada uno”, dice él. Le ofrezco la mitad y se niega. Es complicado determinar si su actitud es digna de admiración o desprecio. La cuestión es que al comprar un libro de Ezra Pound cada poema acaba por costar menos que su tarifa, y no voy yo a contravenir a los clásicos.

Alice in den Städten

Cómo han de ser las decepciones

Estoy sentado a solas en la mesa de una cafetería. Bebo de los últimos tragos de mi vaso cuando se acerca una mujer a la que conozco de vista.

—Hola, soy Mónica, ¿te acuerdas de mí?
—Sí, estabas en la casa de Víctor el otro día.

Sin avisar, la mujer se sienta junto a mí. Empieza a platicar sobre lo que hizo en el día. Acaba de salir del trabajo. Ha dado vueltas por toda la ciudad. Una jornada larga para ella. Se merece un respiro y, como hace calor, en vez de café pide una bebida refrescante. No le comento que yo ya iba de salida. Doy tragos imaginarios a un vaso al que ya no le queda casi nada. Lo único que hago es balancear las pocas gotas de café como si estuviera bebiendo de verdad. Ahora no quiero irme. Tengo una compañía agradable. Los comentarios que hace son divertidos y, desde luego, ella es muy atractiva. Pareciera que ha invertido de miles de pesos en mantener un cabello sano. Su piel, impecable. No para de sonreír. Tiene un carácter que es todo lo opuesto a lo mío. Por eso me extraña que esté ahí, que no se vaya y que siga hablando. Apenas la conozco. Aquel día, en la fiesta de Víctor, nos presentaron y luego no cruzamos palabra. Ella iba con un grupo de amigas que pronto se separaron del resto. Y ahora la tenía ahí a lado. Como si me conociera de toda la vida. Quizás esté enamorada. Quizás se haya enamorado de mí. Está flechada y este encuentro casual se ha presentado ante ella como una oportunidad milagrosa que no podía dejar escapar. O, mejor aún, quedó tan prendada que estuvo espiándome todos estos días para conocer mis hábitos: los lugares que frecuento, los horarios de rutina. Después de seguirme por horas, al fin se ha animado a acercarse. Un plan magnífico que soy incapaz de cuestionar. No le diré que me he dado cuenta. Mantendré la ilusión, el secreto. Mónica me ama y ha luchado contra viento y marea para conocerme. Lo mínimo que puedo hacer es acceder a su invitación. Asentir con la cabeza y reír ante su gracia. Merece el beneficio de la duda. Pese a que haya forzado un poco las cosas, lo más probable es que estemos destinados el uno para el otro. Saldremos por algunos meses y luego, cuando menos me lo imagine, la relación se habrá vuelto seria: estaremos ante los albores del matrimonio. Ella y yo. Enganchados para siempre. Nuestro primer hijo se llamará Víctor, en honor al jovenzuelo que tuvo a bien invitarnos a la misma fiesta sin saber que con ello daría comienzo a un cuento de amor propio de la antigua India. Estoy rebosante. Conquisté a una bella mujer con sólo estrechar su mano en una ocasión. A partir de ahora soy invencible. Nada se interpondrá entre mí y mis sueños. Oh, amor mío. Te ves tan ilusionada. No te fallaré, lo prometo.

Mónica se pone seria. Hace una pausa para darle un largo trago a su bebida.

—Ay, perdón por hablar tanto. Se me va la onda a veces. No quiero quitarte tu tiempo, sólo quería hacerte una propuesta.

Ahí viene su confesión. Dímelo, Mónica. Di lo mucho que me amas, aunque ya lo sepa.

—Sí, dime. No hay prisa.
—Mira, César… ¿sí te llamas así?
—No, no me llamo César.
—Perdón, se me fue tu nombre.
—Me llam…
—Bueno, da igual. De lo que te quiero hablar es de un proyecto en el que estoy trabajando. ¿Estás abierto a unirte a un nuevo modelo de negocios? Se trata de algo muy simple y en poco tiempo puedes ver los resultados de tu inversión.
—Los negocios no se me dan. Gasto el dinero apenas llega a mis manos.
—Ni te apures. Es normal. yo estaba como tú pero ya puedo desenvolverme en el área de los negocios sin ningún problema. Sólo necesitas tomar una capacitación muy breve que se imparte cada lunes a las nueve de la noche. Si quieres pásame tus datos para agregarte a la cartera de socios.
—No sé. La verdad no me llama la atención.
—Qué negativo, eres César. ¡Que no te dé miedo! Con nosotros puedes ganar mucho dinero.
—No me llamo Cés…
—Es súper fácil, sólo tienes que invertir una cantidad al inicio y después vas pagando una mensualidad. Al cabo de una temporada empiezas a ganar un dinerito. Tú ten confianza.
—Por ahora no estoy interesado.
—Entiendo. No tienes que decir en este mismo instante. Vamos con calma. La próxima semana podemos vernos para que me cuentes de tu decisión mientras nos tomamos un cafecito, ¿te late?
—Mañana salgo de la ciudad. En serio no puedo.
—En ese caso podemos agendarlo a distancia. Pásame tu número y tu correo y yo te pongo en contacto con el contador con el trabajamos.
—Estoy muy ocupado. Te agradezco la invitación, pero no puedo. Para qué te hago perder el tiempo. Gracias.
—¿Cuál dices que es tu número?

Abandono la cafetería y regreso a casa. Una fantasía más que se desploma ante mis ojos.

Unas semanas después soy contactado por otra joven de manera electrónica. Se llama Diana Luisa. Me ha agregado por medio de redes sociales. No la conozco de nada, pero veo que tenemos una amiga en común. Decido aceptarla. Quizás sea una compensación divina enviada por los cielos. Dios aprieta, pero no ahorca. Es un alma pura que me dará consuelo. A los pocos minutos me manda un mensaje:

—Hola. Trabajo en una pequeña empresa de marketing por internet y estamos buscando personas que quieran ganar dinero en redes sociales durante sus ratos libres, ¿te gustaría conocer más? ¿O de casualidad sabrás de alguien a quien pueda interesarle? Si te llama la atención, mándame tus datos y una persona te llamará para darte toda la asesoría correspondiente.
—No estoy interesado. Pero te deseo suerte con su proyecto. Ganar dinero es siempre una buena noticia.

La joven no responde mi mensaje. No vuelvo a saber de ella.

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Un hombre de más

—Hola.
—Hola.
—Qué gusto encontrarte, ¿cómo has estado?
—Bien.
—Llevábamos mucho tiempo sin vernos.
—Disculpa, no te ubico. ¿Nos conocemos?
—Sí, de la fiesta de fin de año. Ahí estuvimos. ¿Recuerdas?
—Eh… sí.  Fin de año.
—Esa vez me platicaste algo sobre tu tía, pero ya no supe cómo siguió.
—Bien, bien. Todo bien.
—¿Y lo del trabajo?
—Igual, bien.
—Qué casualidad toparnos de nuevo, por cierto.
—Sí, no suelo salir mucho.
—Oye, pero sí te acuerdas de mí, ¿no? Te noto raro.
—Así soy.
—Me acuerdo que eras muy alegre y platicabas mucho. Ahora estás muy serio.
—Quizás me estés confundiendo. Quizás aquel hombre que conociste no era yo.
—¿Cómo?
—Sí, tu rostro no suena de nada.
—Pero nos conocimos, me acuerdo clarito de ti.
—Pues no, la verdad es que estoy seguro que no.
—Al principio dijiste que sí. La fiesta de año nuevo.
—Estuve en una fiesta de año nuevo, pero no recuerdo que tú estuvieras ahí.
—Soy el del vaso de whisky sour. El que te pasó la rebanada de pastel.
—Lo siento, no creo haber topado nunca contigo.
—¿Y entonces cómo supe que tienes una tía?
—Todos tienen una tía.
—No, no todos. Yo no tengo ninguna tía.
—Mira, ya fue. Ve a molestar a alguien más.
—Has cambiado mucho. Una pena.
—Estoy donde siempre he estado.
—Creí que podríamos ser amigos. Creí que había algo entre nosotros.
—Me confundes o mientes. No hay más. Por favor,  déjalo así.
—Estás muy solo de cualquier forma.
—Eso da igual. Estoy bien.
—Soy la primera persona que te hace plática. Te he estado observando.
—Lo digo por última vez. Deja de molestar.
—No te quiero molestar. No te he ofendido en ningún momento. Al contrario.
—Quiero estar tranquilo, ¿sale?
—Yo te puedo ayudar.
—No, vete de aquí.
—Has tomado mucho. Llevas seis copas. Las conté.
—Te felicito. Llegarás muy lejos así.
—Me caes muy bien.
—¿Lo ves? No me conoces.
—Eres muy cerrado. No sé qué pasa contigo. Con razón estás tan abandonado.
—Y lo llevo de maravilla. No necesito abordar a desconocidos en un bar.
—Sabes… me recuerdas a un viejo amigo.
—¿Sí, a quién?
—No lo conoces.
—El patrón se repite.
—Eres un grosero.
—Aléjate, por favor. Líbrate de mi horrible presencia.
—¿Sabías que hay un nuevo circo en la ciudad? Deberíamos ir un día de estos. Tú y yo.
—Deja de perder tu tiempo, hombre. No va a funcionar.
—Tienen bailarines y acróbatas. Deberíamos ir.
—Voy a pedirle al mesero la cuenta. Eso es lo que va a pasar.
—¿Y luego? ¿En donde seguimos la fiesta?
—En ningún lado.
—Es muy triste lo tuyo.
—Sí. Muy, muy triste.
—Es temprano, cómo vas a irte así.
—No sé, se me ocurrió. Quizás deberías preguntarte por qué.
—Cómo eres… en serio. Pero sí, anda, vete ya.
—En un minuto. Tengo que ir al baño antes.
—Cuidado, casi todos están descompuestos.
—¿Vienes seguido a este bar?
—Vengo todas las noches.
—Pues nunca te había visto.
—Puede ser. Puede que digas la verdad.

sweet

Dos poemas de Kim Addonizio

COMIENDO JUNTAS

Sé que mi amiga se está yendo,
aunque todavía esté sentada ahí
frente a mí en el restaurante,
y se incline sobre la mesa para humedecer
su pan en el aceite de oliva en mi plato; yo sé
lo grueso que solía ser su cabello,
y lo mucho que le cuesta apartar
un poco la gorra de su esposo durante la comida,
para poder mirar de frente al joven mesero
y sonreír cuando él le pregunta
si todo va bien. Ella mastica como
si muriera de hambre —pollo, dolmades,
los copos de mantequilla en hojaldre—
y lo que la está matando
come también. La veo levantar
una aceituna negra brillante y rascar
la carne de la semilla, veo
sus dedos largos y finos, y su cara,
hinchada por los medicamentos. Ella baja
la mirada hacia su plato, finge
no darse cuenta de que lo sé. Que ella se desvanece.
Y continuamos comiendo.

***

¿QUÉ QUIEREN LAS MUJERES?

Quiero un vestido rojo.
Lo quiero barato y delgado,
lo quiero muy ajustado, lo quiero usar
hasta que alguien me lo arranque.
Lo quiero sin mangas y de espalda abierta
para que nadie tenga que adivinar
qué es lo que guardo debajo. Quiero caminar
por la calle de la heladería  y la tienda de computación
con todas esas llaves brillando en las vitrinas,
pasar por la cafetería del Sr. y la Sra. Wong donde venden
donas del día anterior, pasar cerca de los hermanos Guerra
que pasan a los cerdos amarrados del camión a la carretilla,
alzando los hocicos manchados por encima de sus hombros.
Quiero caminar como si fuera la única
mujer en la Tierra y pudiera elegir a quien me plazca.
Quiero ese vestido rojo de verdad.
Quiero confirmar
los peores miedos que tengo de mí,
para enseñarte lo poco que me importas
o cualquier cosa excepto
lo que deseo. Cuando lo encuentre, lo tomaré
del gancho como si estuviera eligiendo un cuerpo
que me llevará por este mundo, a través
de los llantos de nacimiento y los llantos de amor,
y lo portaré como huesos, como piel,
será el maldito vestido
con el que sea enterrada al final.

—Kim Addonizio.

Traducción: Carlos LM.

 

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Foto de Joe Allen.