Modos de resistir a la cuarentena

Las personas que se bañan y arreglan aunque vayan a permanecer en casa todo el día. La mujer que adapta su rutina del gimnasio con la ayuda de una pelota y el borde de las escaleras. El joven que piensa en la virtud de los viajes mientras queda atado a una silla. El que manda por celular saludos a los amigos. La que escribe su primer poema y sonríe. La madre que calma a sus niños. El que no se inmuta y ya vio diez películas. Esos que arman un rompecabezas de 15 mil piezas. Los que siguen cantando en la ducha. Los que meten al horno unas galletas con chispas.

Todos ellos son la resistencia. Los que no claudican ante la presión del confinamiento. Los que se abstienen, los que saben que hay un bien supremo más allá del impulso a salir. Los que tienen momentos aciagos, pero no se derrumban. Los que mantienen viva la esperanza.Los que exploran el lado prudente de la vida. Los que no conciben la derrota. Los que saben que ya llegará el tiempo de comerse las calles. Que al resarcimiento llegará más rápido si se va lento.

Muchas hazañas ocurren tras bambalinas. Nunca nadie las conocerá, pero por ellas el equilibrio subsiste. El mundo está poblado de estrellas a la sombra. La discreción suma puntos a su grandeza imperceptible. Ante la crisis de una pandemia tiene mérito dar un paso al costado. Asumir el papel de actor secundario para que las figuras estelares lo tengan un poco menos difícil.

Los enfermeros, los médicos, los repartidores, los voluntarios, los guardias, los científicos… todos ellos son los héroes, sin duda. Pero vale reivindicar a los que comprenden su papel: el de no empeorar nada.  No cualquiera; esta vez hace falta valor para cruzarse de brazos.

La proeza hoy está en la modestia. La hazaña es no moverse tanto, no jugar a la loquera. Permanecer unidos a distancia. Una sintonía del sacrificio.

Los que siguen las indicaciones de los expertos, los que apechugan y aceptan el encierro por mucho que duela. Los que reman desde sus propios espacios. Los que cancelaron los planes que tanto deseaban. Los que toman un curso de música en línea. Los que tienen que salir a trabajar, pero se cuidan al máximo. Los jóvenes que han decidido estudiar medicina. Los que pasan semanas sin recibir besos y abrazos.

Como cerraba aquel poema de Borges, esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

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Las ventajas de permanecer en casa

Es frecuente que uno salga a buscar aquello que ya se tiene dentro de casa. El ansia por romper con la normalidad lleva a una clase de distorsión. La aburrición es cuestión de tiempo, claro. Al asomarse al exterior las posibilidades se extienden ante los ojos y sobreviene la esperanza de que un milagro suceda. Quizá allá afuera esté el golpe de suerte, el punto de inflexión de una existencia que te lleva a rastras. La mujer de vestido floreado que acabe con tu propensión a la melancolía. Una fiesta donde puedas sentir, de una vez, la condición de ser vivo que tanto se te atribuye.

Hay un ímpetu frecuente que invita a salir, un nervio que lleva a tomar la ducha y ponerse más o menos presentable para andar por la banqueta. Y ver qué pasa. En ocasiones el esfuerzo tiene su recompensa. Pasas por una librería y encuentras algún descuento. O vas a una reunión de buena charla (o al menos así parece al calor de la bebida). Conoces a alguien interesante y refuerzas la plantilla de seres entrañables. Rompes la rutina de la sopa de pasta en algún restaurante donde un mesero extiende los alcances de la amabilidad. Disfrutas el placer recurrente de caminar sin rumbo por una plaza soleada (tanto echas de menos ahora a los organilleros).

También están esos días en los que el bálsamo no llega. En los que sobreviene un vacío al volver sobre los pasos. La travesía no ofreció consuelo: el desgaste tuvo signos de vano. Ya no te sirve el aire fresco. Tampoco la gente. Llega entonces la reflexión. Hubiera sido mejor permanecer en casa. Así lo confirmas al hundir la cabeza en el epicentro cósmico de tu cama. Lo anterior es digno de recordarse en días de reclusión obligatoria. Estar encerrado no está tan mal. Tiene sus ventajas, incluso. La seguridad. El confort. El ahorro continuo. Darle uso al sillón y acudir a una vieja película.

Quién de allá afuera podría ganarle a Billy Wilder. Qué conversación podría vencer a Chaplin. Recuerdas que tu tierna morada es el sitio donde están tus lecturas, la libreta, el bonche de discos. Eres el rey de tu propio espacio. Un estatus que no tienes en ningún otro lado. Lo acogedor está asociado a eso, a tu trinchera y a la posibilidad de hacer lo que dispongas sin dar explicaciones a nadie. ¿Dónde más podrías leer hasta quedar dormido?

Reivindicar la vida hogareña es urgente en tiempos donde no queda otra que resignarse al encierro. Aunque al decirlo haya un twist de autoengaño. Uno que desaparece al beber el primer café de la mañana (ese extracto del paraíso) o al servirse una copa y poner las Variaciones Goldberg que hace tiempo no suenan en las pistas de baile.

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Quién es el señor Biden

Tenemos el mismo trabajo que siempre hemos tenido: decir, como seres pensantes y humanos, que no hay soluciones finales. No hay una verdad absoluta. No hay un líder supremo. No hay una solución totalitaria, de esas que claman que, si renuncias a tu libertad de cuestionar, si tan solo te rindieras, si tan solo abandonaras tus facultades críticas, un mundo idiota de felicidad podría ser tuyo. Tenemos que empezar a repudiar esas ideas. Los grandes rabinos, los jefes ayatollah, los papas infalibles. Los promotores de un mutante quasi-político rendimiento de culto. “El amado líder”, “el gran líder”… no necesitamos nada de eso…
— Christopher Hitchens.

La campaña de Joe Biden como precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos tuvo un episodio aleccionador una noche de noviembre de 2019. El exvicepresidente entró a un restaurante en Iowa como parte de esos clásicos actos donde un político baja de la tarima para vivir como la common people. Comer una hamburguesa o taco en un lugar modesto es indispensable para disimular la distancia que separa a un mandatario de sus votantes.

Aquella vez lo acompañaban camarógrafos de prensa y televisión. También su séquito personal. La comitiva formaba una atmósfera propia de una estrella de cine, pese a que la intención fuera andar como uno más. Una meta complicada cuando eres el gallo que pretende tumbar a Trump.

De todas formas, lo relevante no era Biden, sino un hombre que estaba sentado en una mesa del establecimiento. Un granjero que miraba un partido de futbol americano colegial en una de las televisiones que estaban montadas sobre la pared. El típico hombre promedio que, se espera, acabe pasmado cuando aparece alguna celebridad.

Joe Biden se acercó a él, quizá creyendo que el hombre reaccionaría como personas similares han hecho otras tantas veces: con alguna sonrisa de emoción al estar ante un político famoso que podría convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos con la petición de un abrazo o un favor para sí mismo o la comunidad.

Pero el granjero ni se inmutó, siguió a lo suyo mirando la pantalla que tenía sintonizado el programa deportivo. Las cámaras, la conglomeración, el hombre educado de cabello cano que estaba junto a él… todo le daba igual. Era como si cualquier otro ser vivo estuviera ante él, no había razones para el júbilo. Él solo quería ver un partido. No le importaba nada más. Joe Biden lo comprendió y se fue.

La reportera Natasha Korecki tuvo curiosidad de la actitud de aquel sujeto impasible, así que una vez pasado el borlote se acercó a él y le preguntó si sentía algún tipo de animadversión hacia el antiguo vicepresidente.

—¿Quién? — dijo el hombre.

La reportera le especificó: usted acaba de ignorar al vicepresidente de la era Obama.

—¿En serio? Oh, no soy un gran fan de Obama. Esta es una tierra republicana.

No es conveniente sobrevalorar la actitud de aquel individuo; detrás de sus gestos y palabras no había una filosofía profunda ni crítica consciente de alto nivel. Quizás termine por votar por alguien peor. No obstante, a su modo, la escena fue una muestra fugaz del excepcionalismo estadounidense en lo que respecta su posición frente a los políticos. Si bien no es una cuestión generalizada (en todas partes hay quienes babean ante el funcionario en turno), se trata de un comportamiento arraigado en algunos sectores, en especial en el de aquellos que se perciben como hechos a sí mismos, gente que no espera nada de un político y que por el contrario los desprecian por pretender dirigir sus vidas. Esta especie de ciudadanos se centra en su propio trabajo y en sus familias. Lo que buscan es no ser molestados.

El hombre anónimo no destiló odio en sus respuestas. Simplemente un político no le impresionaba en lo absoluto a él, un trabajador del campo. Aunque un pelín descortés, aquel comportamiento resulta admirable si se le compara a las escenas frecuentes vistas en otras latitudes en donde los ciudadanos adoptan la sumisión ante los hombres de poder. El gober, el presi, el exdiputado, el comandante, el señor subsecretario. El constante arrastre ante los políticos, entes superiores a los que abrazan y besan entre lágrimas enfundados en playeras de apoyo. Como si ellos fueran filántropos que estuviera haciendo un favor. No hablo de las personas humildes que ante la falta de oportunidades buscan ayuda de los gobernantes a la desesperada. Hablo de los perritos falderos por convicción. Los del aplauso fácil, la alabanza, el tatuaje conmemorativo. Una determinación que a menudo es definitiva. Una pasión por el arrastre, una subordinación que se mantiene aun cuando el amador líder se equivoca. La rectificación sabe a poco cuando se tiene orgullo y se tienen convicciones, la fe.

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Activismo a la boyband

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Una panda de sujetos se agolpa afuera de las instalaciones de TV Azteca San Luis Potosí. Es fin de semana en época de cuarentena. No hay nadie ahí. Pero los radical chic creen que es buena idea clausurar un lugar que está cerrado.

No se emocionen. La clausura consistió en colocar un par de mantas con cintas y clavitos que pudieron ser más productivos como sostén de un calendario en la cocina. Según ellos, se trataba de un acto simbólico, palabra con la que a menudo se reviste a cuestiones que no sirven de nada salvo para la autocomplacencia y estimular a la tropa.

Fuera de eso poco más. Ya no hablemos del nulo eco que aquello tendrá en Ricardo Salinas Pliego, quien, se supone, ha motivado la revuelta. El performance a lo sumo causará fastidio en algún empleado local que tardará unos segundos en retirar esos mensajes de animadversión que no le correspondían. Pero bueno, así es lo simbólico: cualquier cosa.

Lo anterior pasaría a la irrelevancia si no fuera por lo chusco. Y porque todo quedó registrado audiovisualmente por estos X-Men de la política, los salvadores del pueblo. Los iluminados que no creen que el público tenga el mismo criterio que ellos tienen para identificar la basura. Por eso los protegen. Son patriotas.

Cerca del final del metraje, el cabecillla del levantamiento, David, pregunta al camarógrafo “¿Ya se vio esa madre?”. Parece intrascendente, pero es la frase más lúcida de todo el video.

En efecto, aquello es una madre, una nimiedad. Lo importante es lo otro: la imagen, lucir ante cámara, la superficialidad. Revestir de palabrería lo que no da para más. En eso ha acabado el activismo, más en la imagen que en la sustancia. Centrado en la foto, el video, que los demás vean lo comprometidos que somos, si no se ve… ¿para qué salir de la cama? La estampa importa y es lo que domina en la arenga.

En realidad, es difícil que ese tipo de causas sean tomadas en serio por alguien medianamente sensato. Como las boy bands, son consumidas por un público adolescente, tan idealista como ingenuo. Además, a estos herederos de Menudo la coyuntura les tomó fuera de tiempo: ya están pasados de tueste, aunque sigan con el infantilismo tanto discursivo como de vestimenta.

David y sus acompañantes se saltan las indicaciones que en días previos había dado un erudito: el propio David. El intrépido abogado había salido a las calles, bocina y micrófono en mano, a sermonear a los transeúntes para que mantuvieran la sana distancia y atendieran a las medidas de precaución ante el coronavirus. Aunque razón no faltaba a sus palabras, el motor era otro. La arrogancia de quien cree saber lo que otros no saben y la arrogancia de creer que alguien le hará caso a las prédicas de un desconocido.Más hubiera valido que se pusiera a cantar alguna pieza acorde a lo suyo, “Show Me the Meaning of Being Lonely” de los Backstreet Boys, por ejemplo. También había cámaras aquella vez. De qué sirve ser un samaritano si no se ganan likes en redes sociales. Es la autopromoción; muy respetable, aunque incluso para ello hay que ser honestos.

Si David es una mezcla de Kevin y AJ, otro Backstreet Boy que estuvo en la clausura, un tal Luis Alberto, es Brian pasado por Pyongyang.Luis es conocido por su entrega ante regímenes liberticidas a los que revindica en redes sociales sin ningún empacho, a sabiendas de las limitaciones de su público, uno que sucumbe ante la verborrea. Un cursi que compra un boleto para la (no) rifa del avión presidencial argumentando que se trata de un acto simbólico (sí, también. Todo es simbólico ya: usted que lee esto probablemente esté haciendo un acto simbólico sin darse cuenta) que “involucra que se eleve el nivel de discusión”. Semejante son las tribulaciones del conjunto, profundidad nickelodeon.

La razón del descontento tiene que ver con las desafortunadas declaraciones que un conductor de noticias hizo horas antes desde la Ciudad de México. La invitación de Javier Alatorre de no hacer caso a las autoridades de salud respecto al COVID-19 fueron la excusa ideal para que la boy band arremetiera contra dos de sus enemigos predilectos: el sector privado y el periodismo no alineado a la causa.

Los chicos de la calle de atrás son abiertamente deudores y admiradores de movimientos caracterizados, entre otras barbaridades, por su inquina a la disidencia y a los medios y empresas que no puedan controlar. Vale la pena mencionar esta farsa porque es una patética expresión de un sentimiento cada vez más extendido en algunos sectores: la demonización de la clase empresarial y del periodismo que no abone al oficialismo.

TV Azteca y Salinas Pliego son más bien lamentables. Mucho, muy. Se han aprovechado de su cercanía con los gobiernos en turno para sobresalir pese a un contenido de baja calidad. Pero pretender silenciar en automático a cualquier voz nauseabunda o que actúe en contra de la versión del gobierno sienta un peligroso precedente. A una idea errónea se le debe combatir con una idea mejor, una idea correcta. O en casos extremos con un debido proceso. No con la supresión irreflexiva de la plataforma (su ansiado exprópiese). Deberían saberlo ellos, tan rebeldes e incisivos contra gobiernos alejados de su ideología.

Lo burdo de la boy band parece corresponder a una negación de la madurez. Los Back Street Boys sentaron cabeza antes de que las arrugas les ganaran la batalla. Luego regresaron, pero ya bajo otro cariz. A estos combatientes, en cambio, la sofisticación les queda grande. No asumen la realidad. Quizás se crean próximos a Gramsci y Althusser cuando están más cerca de Nick Carter y Luisito Comunica (guardando las proporciones). Que le avisen a Víctor, el mánager, un viejo lobo de mar que andaba por ahí. Ya es hora de sentar cabeza. Nobody knows what the famous groupies know.

Nada dorado permanece – Poema de Robert Frost

La primera naturaleza es dorada,
el matiz de más difícil estancia.
Su temprana flor es un retoño;
pero tan solo por un breve soplo.
Entonces la hoja se marchita.
Así el Edén se hundió en asfixia,
Así el día se funde si amanece.
Nada dorado permanece.

—Robert Frost

(Versión de Carlos LM)

Robert Frost Clapboard home _ the poet Robert Frost _ Photograph _ Eric Schaal__Time Life Pictures_Getty Images

Mark Hollis: el hombre que no regresó

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Talk Talk inició como una banda británica de synthpop que en los ochenta buscó un espacio en las calles a través de temas resueltos de la gama OMD y Ultravox. De ese modo cosecharon The Party’s Over (1982) e It’s My Life (1984), dos discos que junto a un puñado de sencillos levantaron fuertes expectativas e hicieron a EMI relamerse los bigotes por el bombazo comercial que podían llegar a ser.

Luego llegó el tercer álbum, The Colour of Spring (1986), una transición muy contundente. Algo había cambiado, y lo había hecho de fondo. Ya no sonaban como la banda MTV de los discos anteriores. Ahora ejecutaban una operación de distinto calado que tiraba de lleno a la creación de atmósferas, si bien aún conservaban rastro del flujo de su material previo.

El modelo presentado carecía de hits evidentes. La artificialidad saltarina había sido sustituida por una paleta de recursos que entraban en otro plano dimensional. El grupo londinense renegaba de su pasado y sorprendió tanto a sus fanáticos como a los hombres de negocios. La pequeña locura fue aceptada por EMI solo porque se comportó de manera notable en ventas, alcanzando el puesto 8 en las listas de su país.

Pero aquello apenas comenzaba. El envite siguiente, titulado Spirit of Eden (1988), radicalizó la propuesta y rompió cualquier paradigma del pop. Quienes cantaban “Such a Shame” apenas cuatro años antes de pronto se habían convertido en unos apologistas de la introspección y la reserva.

EMI les había dado carta blanca para que hicieran lo que mejor convinieran. Hasta entonces se habían mostrado como una banda modélica que muchos insistían en ver como un relevo de Duran Duran. Talk Talk aprovechó para comenzar de nuevo, para romper con lo que había atrás.

“The Rainbow”, el tema que abría Spirit of Eden sorprendió a los escuchas quienes se hallaron con una pieza de casi 10 minutos que no tenía pinta de pertenecer a ninguna tradición. En la que no había coros ni ganchos, sino una verdadera travesía apegada al murmullo y la contención.

Talk Talk pasó por una metamorfosis: ya estaba más cerca de John Cage y Miles Davis que del synth que los vio nacer. A la postre se consideró que habían inaugurado el post-rock. Lo abrupto estaba anunciando, “the world’s turned upside down”, decía la primera línea del arcoiris.

La mente detrás del cambio era el genio de Mark Hollis, un condensador de géneros, un idealista, alguien que había optado por dar la vuelta y seguir sus propios designios, no los de alguien más.

El núcleo de las nuevas canciones estaba en su pausa. No en el aturdimiento, más bien en una manera de atisbar lo sublime. Hollis sabía que pocos sonidos son superiores al silencio y optó por ensimismarse y dejar patente apenas lo esencial en cada obra.

Fue así que se volvió un artesano de la agudeza. Dibujante de contornos, texturas, paisajes del sonido. En compañía de sus compañeros entregó gemas que saben a cálida sombra.El músico londinense abandonó el camino formulaico en pos de la exploración sonora.

Enamorado lo mismo del soul que de la música clásica, el jazz, la meditación y lo etéreo, aprendió que el vacío es un parte crucial de cualquier grabación. Son los espacios donde anida la maestría, donde se muestra el control que se tiene de las notas.

Lo anterior, desde luego, le importaba un pepino a EMI que puso el grito en el cielo al ver lo que sus promisorias criaturas habían lanzado a la palestra. No había en ellos ningún single que pudiera llenar estadios. Y para colmo, Mark Hollis ya no quería tocar en vivo. Las creaciones en el estudio eran incompatibles con los conciertos.

En el video “I Believe In You” se percibe la incomodidad de Hollis, quien no entiende otro lenguaje que el propio en clave musical. La industria no se acomoda a sus preceptos, tanto las giras como las imágenes promocionales se alejaban de su intención. Talk Talk acabó por romper con EMI y la compañía se vengó levantando una demanda por el fracaso comercial del álbum por el que tanto habían invertido.

Fue mejor así. El siguiente trabajo —ya con Polydor Records— era igual de enigmático e inasible. Laughing Stock (1991) fue el quinto y último álbum de la banda en donde no dieron un solo paso atrás pese a la presiones.

Visto a distancia la decisión fue un acierto. Perdieron la oportunidad de tener una fama masiva, pero por el contrario ganaron trascendencia. Las últimas composiciones carecen de explicación o de arraigo en una época y con cada nuevo repaso ofrecen nuevas lecturas. Como pasa con Joyce o Kafka, se les seguirá descubriendo en los próximos años.

Hollis fue un pequeño Bartleby que de algún modo se infiltró en la industria musical, una maquinaria que suele chupar la sangre de los artistas hasta que ya no queda más. Él no lo permitió, prefirió no hacerlo. Luchó por cada gramo de independencia que había dentro de su organismo y optó por crear lo que le dictaba el extraño orden del cosmos antes que ceder a la posibilidad latente del éxito impostado que le hubiera restado la calidad de genuino.

Tan inasible como era (incluso para sí mismo), Hollis era de hablar poco ante medios. Llevó a los instrumentos a parajes cada vez más abstractos. No necesitó llamar la atención por medio de lo efectista o rudimentario, cinceló fibras sonoras que se extendían como pistilos de una flor en primavera.

Talk Talk se despidió en la cumbre. No hicieron lo que se esperaba de ellos, hicieron lo que les daba la gana, No por una vulgar rebeldía o pueril intención de llevar la contraria, sino por una cuestión de honestidad y principios. Con un costo que asumieron con todas las letras.

A partir de entonces Mark Hollis se volvió un recluso en movimiento, alguien que tuvo la humildad de ya no añadir un solo arpegio a un mundo ya de por sí saturado. La postal de su vida tendía a lo crepuscular.

En 1998 lanzó su único álbum en solitario, llamado como él mismo. Una obra maestra que va a la saga de Spirit of Eden y Laughing Stock. Un acontecimiento que por ser el más personal acaso sea el mejor.

Fuera de eso nada más, salvo colaboraciones menores y una pieza instrumental llamada “ARB Section 1” que hizo para la serie Boss (2012).

Mark Hollis se transformó en un renegado como los Rulfo, Salinger y Walser del mundo. Y aunque se alejó de los grandes reflectores, tuvo un regalo mejor para sí: la conformación de un hito. La creación de un género que amalgama a otros y que se ha vuelto la bandera de los músicos inconformistas, aquellos herederos que le rinden tributo al experimentar y que luchan por ser auténticos dentro de cada sesión.

Muchos esperaron su vuelta, pero Mark Hollis ya no regresó. Vivió hasta sus últimos días en el sur de Londres, encaminado a la vida familiar que tanto añoraba. Murió sin hacer mucho ruido en febrero de 2019.

Bob Dylan y Sam Shepard en la carretera

 

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One more cup of coffee for the road,
One more cup of coffee ‘fore I go…
—Bob Dylan.

Bob Dylan emprendió en 1975 una de las giras más míticas en la historia de la música popular. La Rolling Thunder Revue lo llevaría a visitar un puñado de ciudades en Estados Unidos en compañía de personajes que incluían los mismo a Joan Baez y Roger McGuinn, que a Joni Mitchell y Allen Ginsberg. Aquello pretendía trascender a los conciertos mismos, sería más bien una travesía que ocuparía a los involucrados en todo momento. Un gran campamento para almas vagabundas.

El ambicioso plan original incluía la producción de un filme para el cual Dylan contactó a Sam Shepard, un dramaturgo icónico de la época, quien se supone escribiría el guión. La película nunca se concretó (aunque tres años después parte del material serviría para la cinta Renaldo and Clara), pero Sam Shepard acompañó a la comitiva en todo momento y desde autobuses, butacas y bares llevó un registro, lo cual finalmente quedaría plasmado en el libro Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama).

El diario transcurre a través de pequeñas viñetas sin ilación alguna. La narración fragmentada, que chapotea entre diálogos, poemas y frases sueltas, es la esencia de la película surrealista que pretendía sustentar. Un ente sin conexión, ráfagas como la vida misma que pasan de la visión de una hamburguesa con queso de algún tugurio en California hasta las serpientes que una asistente trae dibujadas en las mejillas.

Bob Dylan quería que el proyecto tuviera el tono caótico y carnavalesco del director Marcel Carné, que la agitación de las multitudes y los escenarios se alternara con las bambalinas, los pasajes que transcurren en los camerinos. Una arquitectura en constante rompimiento.

Si bien el plan estuvo lleno de trabas, en su momento Sam Shepard sintió que la pluma fluía con extrema facilidad. El guionista norteamericano lo atribuía a la intuición de Bob Dylan para cuestiones cinematográficas. Dentro de sus letras veía una enorme fuente de imágenes coloridas. “Un cineasta del instante”, decía de él. Y atribuía al arte ese milagro que conseguía que relaciones enteras, paisajes y caminos pudieran sintetizarse en palabras.

El ambiente estaba poblado de grandes personajes. T-Bone Burnett mencionaba que durante esa gira los involucrados se divirtieron más de lo que permitía la ley. Ninguno sería el mismo después de la última fecha. En medio de descanso, de pronto podía aparecer Jack Elliott con un sabio consejo: “no dar tu dirección a las malas compañías”.

Pero al final del día era el propio Zimmerman quien dominaba el pelotón. Sam Shepard recordaba que hubo algo que le llamó la atención la primera vez que se encontró en persona con él: Bob Dylan tenía una gran proclividad por el silencio. En medio de una reunión no sentía necesidad alguna por romper con su voz los huecos que surgían dentro de la charla. Los minutos podían transcurrir e igual él permanecía callado, aunque hubiera otras personas en la habitación deseosos de escucharlo. A ellos no les quedaba otra que llenar la mente de conjeturas, una incertidumbre sobre si convenía decir cualquier tontería. Era posible estar a su lado, “pero nunca ser parte de él”.

Bob Dylan se sentía solo en el escenario, ahí cuando estaba rodeado de miles de caras que hacían ruido y lo observaban. A lo lejos dejaban de tener cara, se percibían como una ola inclemente que se queda a unos centímetros de la orilla. En realidad nadie se le puede acercar aún al compositor. Ni acólitos ni periodistas. El oriundo de Duluth, Minnesota marca distancia, de ahí parte de su magnetismo.

En cierto sentido, Bob Dylan confería a todo lo que le rodeaba de un aura especial. El espacio en el que estaba se llenaba en automático de importancia, y sobre todo de misterio. Un misterio que, como bien apunta Shepard, nunca de disipa. Pasan los años y aunque su presencia se expande a través de sus canciones, el paso del genio no acaba por descifrarse.

Tal como las versiones que toca en directo, el caso de Dylan “no se resuelve nunca”, dice una de las anotaciones del libro. Por ello es tan cautivante. La última palabra no está dicha. Al no haber conclusión el infinito se dibuja en el horizonte.

Los días de la Rolling Thunder Revue avanzaban y nadie tenía idea alguna de qué carajos ocurría, qué película estaba en marcha. Solo deambulaban como lo que eran, astros alrededor de un sol insurrecto. Dejando pasar lo que tuviera que suceder. Disfrutaron mientras pudieron. A sabiendas de que al final Bob terminaría por buscar la salida.

En 1986 Bob Dylan y Sam Shepard escribieron una canción juntos. Se trata de la épica “Brownsville Girl” que junto a “Under Your Spell” hace que el Knocked Out Loaded valga la pena. La pieza es una episodio importante de la cultura de nuestro tiempo. La sensibilidad de dos gigantes que se cruzan en el camino.

Something about that movie though, well I just can’t get it out of my head
But I can’t remember why I was in it or what part I was supposed to play…

Los escritores saben cómo es el amor

Greene, Monroe, & Miller On The Road

Los escritores suelen pasarlas canutas con aquello de los sentimientos. El acto creativo implica largas sesiones de soledad y mucha amargura. Los tipos duros no bailan, se titulaba un viejo libro. Pero incluso ellos, en algún punto, tienen que amar.

La historia de la literatura está llena de rastros sobre el tema. Charles Bukowski decía que el amor es un perro del infierno. Y ni así pudo renunciar a él. En sus palabras está más bien reflejada una extrema sensibilidad que le hacía caer en decepciones reiteradas, como el huérfano de cariño que fue desde la niñez. En términos generales era un romántico, como describió Raymond Carver en el poema que le dedicó. No sabes lo que es el amor, vociferaba Hank en una borrachera a los que nunca lo habían experimentado. Esa era la única forma en que podía saberse de qué iba en realidad. Viviéndolo.

Xavier Villaurrutia y Salvador Novo sí que lo vivieron, aunque también fueran conscientes de los pesares que acarreaba. De lo insuficiente que a veces es todo. Villaurrutia lo expresó con tino en un poema. Amar es una sed, la de la llaga / que arde sin consumirse ni cerrarse, /y el hambre de una boca atormentada / que pide más y más y no se sacia. / Amar es una insólita lujuria / y una gula voraz, siempre desierta.

Novo se mostraba más colmado, incluso a la llegada de los vacíos que le hacían apreciar aún más al objeto de su deseo. Amar es este tímido silencio / cerca de ti, sin que lo sepas, / y recordar tu voz cuando te marchas / y sentir el calor de tu saludo. […] Amar es percibir, / cuando te ausentas, / tu perfume en el aire que respiro, / y contemplar la estrella en que te alejas / cuando cierro la puerta de la noche.

Tal ausencia es una constante para quienes viven de la pluma. A muchos artistas les pesa no tener alguien que les aguante el ritmo. Alguien que se anime a quererlos. No muchos están dispuestos a llevar una relación con un novelista, no se diga ya con el que expele un puñado de versos. La sensatez indica que es preferible alejarse.

Aun así, no todo está perdido. Kurt Vonnegut ofrecía un tip para conseguir una pareja. Para enamorar, expuso en una de sus conferencias, hacían falta dos cosas: llevar ropa bonita y sonreír. Nada más. Si aquello no rendía frutos añadía que uno debía aprenderse la letra de algunas canciones. Se sabe que la música logra conectar a las personas y dentro de la música pop hay un universo de formas para entender las relaciones humanas. Sabiduría pura y dura.

Arthur Miller es un ejemplo de éxito. Cuando un escritor se sienta acomplejado por su condición, tan lejana a la de las fulgurantes ingenieros y CEO’s, basta pensar en él y su idilio con Marilyn Monroe para desbordarse en autoestima y esperanza. Quizás desde el teclado sí se pueda llegar a las grandes ligas. O no.

De cualquier modo el amor puede conducir a pasajes demoledores. Dostoievski lo sabía muy bien y, lo que es más, supo reflejarlo. Noches blancas es un testimonio de la ilusión que acompaña a los primeros amores, los más ingenuos, platónicos y que en la estocada del rechazo dan paso a la madurez.

En El idiota, el escritor ruso describió el peligro de ser vulnerable ante el otro. Aunque también las bondades que tenía el dejarse llevar. Uno de los personajes establecía que la mujer era capaz de atormentar y burlarse del hombre hasta la extrema crueldad, sin ningún remordimiento, a sabiendas de que al final podía recompensarlo con su afecto.

Encontrar a la pareja adecuada, entonces, es el verdadero reto. Una búsqueda que multitudes hacen, aunque finjan que no. Henry Miller cayó en la dinámica: aunque fuera crudo o bohemio no perdía ese lado tan emocional. “Me veo a mí mismo para siempre como el hombre ridículo, el alma solitaria, el hombre errante, el artista inquieto y frustrado, el hombre enamorado del amor, siempre en busca de lo absoluto, siempre buscando lo que no se puede aprehender”.

Alain de Botton, a la usanza de la tradición judeocristina, sugiere que la verdadera prueba del amor llega en los momentos de debilidad. Es ahí cuando queda patente si la otra persona está verdaderamente comprometida con nosotros. Casi cualquiera puede amarnos en nuestros mejores tiempos, los de salud y abundancia; los que se quedan aún cuando se entra en la decadencia son los que tienen una cercanía a prueba de bombas.

En cualquier caso, hay autores que nunca se tragaron el cuento. O al menos eso han procurado aparentar. La obra de Michel Houellebecq ha apelado a los alienados, a los que viven en doloroso aislamiento y que ven el pasar de los días sin mayor optimismo. Tanto él como el perfil de lector que ha trazado, carecen de amistad, de carisma y no terminan por encajar. Y a fuerza de rechazo opta por desmitificar lo que para otros es lo mejor que ha ocurrido. Para el francés, así de locuaz, el amor es una broma de la que la sociedad es víctima, una estafa en la que es preferible no caer.

Lo cierto es que nadie puede abstenerse. Románticos y haters se han visto influidos alguna vez por el amor o por la falta de él, situación a partir de la cual se imagina, se elucubra, se anota una palabra tras otra con la ilusión de que la persona querida lea lo escrito. Ahí la gran motivación, una pelirroja muy MM que a distancia observa las letras.

Mourinho no está hecho para estos tiempos

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“Quiero mantener buenas relaciones con todo el mundo, pero lo más importante es mantener una buena relación conmigo mismo”.

—José Mourinho.

 

José Mourinho fue invitado a realizar el saque de honor en un partido de hockey llevado a cabo en Rusia. Aunque él no pintaba mucho ahí, fue un gesto que reconocía su estatus como figura dentro del deporte. El problema es que después de atender el protocolo, el portugués se resbaló con la alfombra roja que algún lumbreras colocó en la cancha de hielo. El bochornoso momento quedó captado por múltiples camarógrafos que apuraron la viralización de la estampa.

El traspié parecía cerrar un ciclo de horror para el entrenador luso, pero todavía venía algo peor. Un día después fue condenado a un año de cárcel (que no tendrá que sufrir, al no contar con antecedentes penales) y a una multa de tres millones de euros por fraude fiscal en España. Esta vez sí que tocaba fondo o al menos un mínimo histórico. Su estatus está más cuestionado que nunca y no queda claro cómo podrá salir de la maraña en la que está metido.

El declive viene de tiempo atrás. Mes y medio antes de la caída fue echado del Manchester United por los malos resultados obtenidos. Los jugadores simplemente no carburaban con él, aunque a su salida milagrosamente recuperaron el talento para remontar posiciones en el campeonato local.

No son buenos días para Mourinho que a últimas fechas pareciera haber perdido el rumbo. Si bien no ha caído en el desastre, ha despertado señalamientos por acabar mal en sus últimas aventuras con el Chelsea y el United. Los detractores que se ha labrado a lo largo del camino están de plácemes, desfogando la bilis acumulada por medio de insultos.

Visto con frialdad, el haber ganado la Premier League en la temporada 2014/15, en la que también ganó la Copa de la Liga, así como UEFA Europa League en la 2016/17 (que coronó con otra Copa de la Liga), no está nada mal. Cualquier otro entrenador estaría contento con el botín y aquello sería suficiente para ser candidato a dirigir cualquier club del mundo. Pero con Mourinho no es así. El técnico luso está acostumbrado a arrasar y cualquier cosa que no sea ganar una Champions más Liga le sabe a fracaso.

Después de todo es alguien que ganó dos Copas de Europa de especial kilataje por haber sido conseguidas con el Oporto y el Inter de Milán. También ganó la Liga de los récords con el Madrid y sentó las bases para que los merengues retomaran su reinado en Europa. Lo respaldan alrededor de 25 trofeos, un mérito que ha logrado sostener en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

Hubo algo más que lo marcó. Su enfrentamiento deportivo y dialéctico con Guardiola y todo lo que el Barcelona representa. Esa relación combativa dejó alguno de los episodios más memorables del futbol en el siglo XXI. El Mourinho más inspirado estuvo ahí, cuando plantó cara al falso buenismo de los catalanes a través de dureza y asumiendo el papel que se tenía que asumir. No fue sumiso ni aceptó la hegemonía culé que el resto de los clubes asumía como inapelable, con la cabeza baja y hasta de modo reverencial.

“Mourinho nos hizo espabilar. Estábamos aceptando una situación que no podía ser”, ha dicho Xabi Alonso sobre cómo Mou les ayudó a recuperar la confianza para competir con el Barcelona. El guiño también es de Álvaro Arbeloa, quien aún se muestra respetuoso con el portugués. “Fue capaz de bajar a ese Barcelona de la cima. Y no ha recibido suficiente reconocimiento por esto”, apuntó, al tiempo que recalcaba otro de los méritos del entrenador: haber dejado el ambiente de tal forma que finalmente Pep tuvo que abandonar al equipo blaugrana.

Para ello empeñó su cuerpo y alma. Fue un trabajo de 360 grados, no solo en el diseño táctico, los partidos y los entrenamientos, también en la agenda mediática, lo administrativo y el duelo ideológico. Quedó tocado por los reflectores y parecería que después de tal labor no ha vuelto a ser el mismo.

Aquel Madrid de Mourinho dejó de lado las normas sociales y regresó el futbol al fango, al sacrificio y a una manera de entender el compromiso. “Señorío es morir en el campo, no filosofía barata”, fue una de las tantas perlas que soltó ante micrófonos.

El éxito del mourinhismo recae en su primacía como jefe dentro del vestuario. Su estilo de dirección no permite la rebeldía, sino que demanda de los jugadores un compromiso y una devoción total por el entrenador. Sus mejores momentos en el banquillo han llegado cuando los futbolistas lo asumen como un comandante, más que como un gestor deportivo o un compañero de viaje.

Es el tipo duro, un tirano que debe controlar todo a su alrededor. La democracia no va con hombres así. Tal nivel de dominio es difícil de mantener a largo e incluso a mediano plazo. El nivel de exigencia y protagonismo es tan grande que pronto se erosiona. Pero sobre todo no funciona mucho con el perfil de los jugadores actuales, aspirantes a estrellas de Hollywood que buscan lucir por encima del DT y el grupo mismo. Esos que dejan de esforzarse y boicotean al jefe cuando les cae mal, les habla fuerte o los hace correr más de lo necesario.

Las complicaciones recientes de Mourinho tienen que ver con ese choque generacional. Le es difícil lidiar con el nuevo perfil de jugador que aspira a ser el centro de los proyectos deportivos. El pique que mantuvo con Paul Pogba como antes con Cristiano Ronaldo hablan de esa naturaleza que se nota desde el peinado. Para Mou solo debe haber un gallo en el corral. Y debe ser él, como indica su tradición futbolística, esa que lo vincula a la inclemencia y agitación de los Bill Shankly y Brian Clough.

The Special One se las ve canutas con la suavidad y lo políticamente correcto. Si Guardiola es fanático de Coldplay, Mourinho es un arrebato que no se anda con cursilerías. Antes que nada es un personaje, un hito de la cultura pop del que algún día se debe hacer un gran libro. El malestar que genera, las pullas de gracia y la pasión que genera lo consolidan como un genio más complejo que cualquier otro en el mercado.

Como aquella canción de los Beach Boys, Mourinho no está hecho para estos tiempos, tan afables, tan censores, tan aburridos. Tampoco va con futbolistas propensos a mirarse al espejo y a comer ensaladas.

El viejo lobo portugués apela al perfil de los espartanos. Materazzi, Xabi Alonso, Arbeloa, Sneijder, John Terry, Carvalho… sujetos que compensan cualquier limitante con honor y fidelidad absoluta. Hombres en serio.

A partir de hoy le tocará reinventarse. O esperar a la vuelta de un puñado de fieras. El objetivo que seguro aún tiene es volver a ser el puto amo. Que nadie lo dé por muerto.

 

Paul Auster y la lucha por escribir

paul auster

Paul Auster llegó a los 30 años lleno de agobios e incertidumbres. Así lo relató en uno de sus libros de memorias, en donde describe cómo es que ese punto determinante en la vida de los hombres lo tomó con la guardia baja. No solo su matrimonio se desmoronaba: su aspiraciones como escritor parecían no conducirlo al puerto adecuado y los problemas monetarios le restaban la tranquilidad que soñaba tener para deambular con orgullo por las calles.

Aun así, seguía con la mente fija en la literatura. Desde muy joven ese había sido su sueño. Escribir y vivir de ello. También ser reconocido por una obra emblemática. El camino, no obstante, se le había empantanado. La segunda mitad de los años setenta lo atrapaba inmerso en las traducciones del francés que hacía para obtener algunos recursos, así como la elaboración de ensayos que de vez en cuando le eran requeridos por revistas del gremio.

En cierto punto los intentos le llevaron a la desesperación. Por más que mandara cartas, hiciera llamadas telefónicas y acudiera a entrevistas de trabajo, no acababa de ver la luz al final del túnel. Probó suerte en la docencia, en el periodismo y en cualquier cosa que le permitiera mantenerse en la lucha. A todo lo veía como una cuestión temporal, en lo que podía asentarse en sus propias pasiones. Aunque más de una vez dudó que eso al fin pudiera llegar.

Cada paso le parecía un retroceso. Era exigente consigo mismo y se exasperaba. Los empleos que conseguía aquí y allá distaban de parecerse a su ideal. Tampoco estaba satisfecho con lo que salía de su pluma. Sus ambiciones, decía, eran mucho mayores que sus capacidades.

Conforme se acercaba a la madurez el futuro le parecía más y más nebuloso. Si bien había logrado publicar un libro de poemas en un tiraje reducido con un pequeño grupo editorial, seguía con las limitaciones económicas que tanto le frustraban. No lograba dar el gran golpe o el campanazo que requería para levantar.

De cualquier modo no quitó el dedo del renglón. No quiso entrar en la dinámica de tantos otros escritores que tenían un trabajo estable que les permitiera crear en sus tiempos libres.

Paul Auster estaba negado, la idea de estar en una oficina, llevar horarios y recibir órdenes simplemente no iba con su naturaleza. Decidió apostar todo al destino y empeñarse en una carrera que lo mismo podía llevarlo a la cima que hundirlo irremediablemente a la simple subsistencia. Prefería sostenerse en buhardillas con goteras si es que ello abría algún resquicio para entrar de lleno en el panal literario.

Un punto de inflexión fue la beca que recibió por el Instituto de Bellas Artes de Nueva York. La salvación llegó en forma de 3 mil 500 dólares que le permitieron andar con holgura y centrarse así en respirar durante una temporada. La confianza que John Bernard Myers había depositado en él también contribuyó a elevar su optimismo.

De cualquier forma, poco a poco fue vaciando la cuenta bancaria. Y la presión regresó. De seguir así pronto llegaría al límite, ese que tanto le angustiaba y que llegaba a tumbarlo con alguna enfermedad. Era alguien sensible que no lograba habituarse a la mediocridad y estar inmerso en ella lo abatía física y espiritualmente.

En una noche de insomnio, propia de la ansiedad que lo mantenía en vilo, le vino una idea a la mente. Como lector voraz de novela negra urdió una trama a la que le daría forma con el paso de los días. Un sano entusiasmo se apoderó de él. Sintió que la vena literaria por fin se había adueñado de su interior. Había dado el paso definitivo. O eso creía.

En las semanas siguientes se las arregló para completar 300 páginas. Una historia que rodeaba a una misterioso asesinato que venía rodeado de un aura existencial. Ya con el volumen bajo el brazo, comenzó a moverse por editoriales. Pero no tuvo mucha suerte. Varias personas le sugirieron cambios, le dieron esperanza… y al final le decían que no, otra vez.

Un día, un hombre le llamó por teléfono. Era alguien que conocía de años atrás y al que en un principio le costó trabajo identificar. El tipo en cuestión le empezó a hablar de un proyecto que tenía en mente y al que le quería invitar. El balbuceo fue extraño pero implicaba la fundación de una casa editorial. El sujeto le preguntó a Paul Auster si tenía alguna novela que quisiera publicar. Habían pasado ya varios meses desde que en aquella noche sin dormir empezó a trazar su primera obra de largo aliento, una de la que ya casi se había olvidado. Quiso aprovecharla y dio el sí.

El libro tardó dos años en materializarse. Cuando se mandó a imprimir la empresa estaba quebrada y no había forma de siquiera distribuirlo. Había que recurrir a otra editorial, a otro agente. Paul Auster había recibido un golpe más. Lo sufrido a lo largo de toda su juventud era una verdadera masacre que tumbaría a cualquiera que no tuviera vocación.

No era su caso. Peleó por lo único que le salía bien y al cabo de un tiempo obtuvo recompensa. Siguió picando piedra y, sobre todo, siguió escribiendo. No se rindió. Eventualmente sus libros fluyeron y fueron publicados hasta convertirlo en uno de los autores más exitosos de su generación. Lanzó la apuesta y pudo fracasar o pudo dar en el blanco, pero tenía que estar ahí. Y lo estuvo. Como un artista del hambre que todavía mira hacia atrás con ingenio.