Rendición de cuentas: la pizza hawaiana

La corrección política ha conseguido que las atrocidades campen a sus anchas con total impunidad. Un sector de la población camina con el temor de denunciar prácticas que deberían ser condenadas sin miramientos ya que esto podría llevarlos a ser tachados de intolerantes por una manada de inspectores que lo permiten todo en un afán secreto de destruir lo que en otrora fue la época dorada de la cultura.

Varios personajes y distintas conductas se han aprovechado de la situación para imponerse dentro de la sociedad. Lo hacen de una manera tan intensa que lo espantoso acaba por verse con condescendencia y como si fuera normal, cuando lo justo sería que la barbarie desapareciera de un plumazo y para siempre de la historia humana.

Quizás el caso más significativo de la cruzada anti-finura sea el de la pizza hawaiana. Desde su creación, ideada por científicos enfermos que buscaron destruir a occidente desde adentro, de algún modo se las ingenió para ganar terreno en  las preferencias de la gente a pesar de ser, digámoslo claro, una salvajada gastronómica.

Algunos lectores saltarán de su asiento para decir que la pizza hawaiana no está tan mal. Dirán que existen cosas peores de las cuales quejarse y que dedicar un texto a lanzar una diatriba contra un simple platillo es una muestra de frivolidad. Nada más lejano de la sensatez. Por culpa de mentalidades tan livianas como la de ustedes es que la pizza hawaiana  ha logrado apoderarse de la modernidad. Nadie le ha puesto un alto. Y si bien alguna vez existió un valeroso grupo de resistencia que denunciaba la presencia de semejante bodrio culinario, con el paso de los años este se ha debilitado hasta quedar en ruinas.

En la actualidad vociferar contra la pizza hawaiana se ha vuelto de mal gusto y lo condena a uno al ostracismo social. Y debería ser al contrario. La ironía ataca de nuevo: el mundo al revés en el que estamos sumidos hasta el mareo.

Combinar piña y jamón es ya de por sí un asunto que revuelve el estómago, sin embargo al involucrar a un plato tan noble —como es la pizza— la ofensa se vuelve mayor. La ordinariez no tiene respeto por lo sagrado e invade con su manto pestilente cuanto lugar le sea posible. Si no ofrecemos resistencia, pronto veremos otros sacrilegios. ¿Se imaginan un taco hawaiano? Tortilla de maíz rellena de queso, jamón y piña que harían revolcar a nuestros ancestros desde sus respectivas tumbas. No, no podemos dejarlos. Aparten sus sucias manos de nuestra comida.

La pizza hawaiana, por cierto, no es de Hawaii. Sus orígenes al parecer se encuentran en Alemania, país acostumbrado a legar lo mejor y lo peor del siglo XX. De esto se supo hasta hace no mucho, cuando el alcalde de Honolulu inició una campaña para deslindar al archipiélago de cualquier implicación en la invención de dicha variante de pizza. Temeroso de que la imagen de su territorio se viera mancillada, procedió a rechazar las acusaciones que pesaban sobre un lugar que tenía fama de paradisíaco. La pizza hawaiana era lo único que alejaba a Hawaii de la perfección, de modo que la acción conjunta de funcionarios culturales, económicos y diplomáticos fue vital para salvaguardar el prestigio de uno de los mayores atractivos geográficos que existen en el Pacífico. Pese a los esfuerzos, la campaña “Stop ham and pinepple” (“Aole au e olelo aku i pizza me ka hama a me pineapple” en hawaiano) tuvo alcances limitados. Mucha gente todavía asiste a la isla con la intención de probar un platillo típico que nunca lo fue, aunque algunos pobladores han lucrado con el malentendido bajo una dinámica de venta de ropa y sombreros que ha potenciado la economía de la localidad.

Tocar el tema de la pizza hawaiana trae complicaciones. Es una cuestión polémica que puede herir susceptibilidades y traer consecuencias para quien se atreva a oponerse al consumo de semejante engendro. Hacerlo implica echarse encima a millones de admiradores y a un lobby de poderosos que a lo largo de las últimas décadas ya ha silenciado a quienes se atreven a criticar a su alimento preferido. Basta recordar el caso de Xavi Stokes, un joven empresario barcelonés que en 1994 vio arruinado su local de comida rápida luego de negarse a vender pizza hawaiana dentro de sus instalaciones. “En el negocio de mis abuelos no va entrar esa basura“, dijo a los medios de comunicación, poco antes de aparecer muerto en circunstancias sospechosas. El cadáver del pobre hombre fue encontrado en una bodega con rodajas de piña metidas en las cavidades oculares. Aquello era una señal. Una amenaza velada. Desde entonces nadie en Cataluña se ha atrevido a cerrar las puertas a la pizza hawaiana por temor a recibir castigos similares a cuenta de la mafia en el poder.

Igual no todo es obscuro. Me consta que existe gente noble entre los consumidores de pizza hawaiana. A varios de ellos los estimo y algunos incluso pertenecen a mi familia. Esto no impide que mire el fenómeno de manera objetiva y pueda concluir que todos ellos merecen ser condenados a la pena capital, con el aseguramiento previo de que ninguno de ellos haya dejado descendencia.

Ante el ambiente de depravación al que estamos sujetos, no queda otra que tomar medidas severas. Y hay que hacerlo de manera urgente, antes de que una raza alienígena  venga a darse cuenta de lo bajo que hemos caído como especie. Es necesario instalar un plan de contingencia a escala global, pero antes se deberá promover un proyecto sólido en la agenda de las mayores cumbres de política internacional. Ha llegado el momento en el que los Caballeros del Pepperoni se unan para plantar cara al eje del mal.

Cierro con una confesión: alguna vez yo fui consumidor de pizza hawaiana. En los alocados años noventa, cuando la vida era rebelión y desenfreno. Era común que en las fiestas infantiles aparecieran estos personajes: niños que surgían de entre la sombras con sus ojos rojos para preguntar “¿quieres darle una mordidita?” mientras extendían la mano para ofrecerte un triángulo de pan con queso, piña y jamón encima. A veces uno aceptaba la oferta, presa de la emoción, aunque tarde o temprano acababas por darte cuenta de las consecuencias. Al degenere había que decirle que no.

pizza2

Con un hola no basta

Existen personas a las que asociamos a un contexto muy particular y que al encontrarlas en cualquier otro lado no cabe otra sensación que la de un estupor a punto de quiebre. Como cuando uno se topa al profesor de matemáticas (un hombre avejentado y cascarrabias) en la calle comiendo, digamos, un helado de vainilla. Es de no creer. El mito se te derrumba. Aquel señor de aspecto incorruptible, que estabas convencido no tenía necesidades fisiológicas, está de pronto ahí, disfrutando un helado con el regocijo de un niño cualquiera. La impresión se vuelve mayor al notar que el profesor no va vestido como de costumbre. El traje, el suéter, son sustituidos por ropa deportiva y una gorra que lo cubre del sol. Incluso resulta que el tipo tiene una familia que le quiere. Cuenta con toda una vida sentimental, según consta en la estampa de verlo tomado de la mano con su esposa.

Sensaciones parecidas quedan en el cuerpo cuando se avista en la tienda a uno de esos tipos que asisten a tu mismo gimnasio. Aquella figura de vigor, que cada mañana levanta pesas,  está en un pasillo tratando de elegir entre dos tipos de pastas dentales. O como también pasa con el compañero del trabajo con el que nunca hablas, pero que al divisarlo en un parque te obligas a saludar por mera cuestión de familiaridad. Es probable que ese encuentro en tierras lejanas motive una acercamiento que jamás se habría dado en el frío distanciamiento que supone ser vecinos de cubículo.

Saludar a conocidos en la calle plantea varios dilemas. Es verdad que la mayoría de las veces sobreviene una incomodidad, al menos si tienes una personalidad más bien introspectiva o si has salido con la peor pinta posible. Sobre esto último, un remedio infalible: vestirse de gala aunque sea para ir con el zapatero. De este modo no te encontrarás a nadie importante en la calle, como dictan las reglas irónicas del cosmos. Al guionista del universo le encanta el conflicto y, si andas con cautela, pocas veces te recompensará. Y al mismo tiempo, si decides distraerte un poco, lanzará el peor de sus castigos. Porque ya se sabe: si salieras en pijama, ante la misma eventualidad, ten seguro que te encontrarías a medio mundo: a un viejo compañero de la secundaria, a tu jefe del trabajo, a una antigua pareja y, desde luego, al potencial amor de tu vida. Mejor no correr riesgos e ir impecable todo el tiempo. Entonces no te verá nadie en absoluto.

Digo que el saludo es incómodo porque hay gente a la que no le gusta ser saludada. Gente que prefiere no ser interrumpida en un vaivén de aislamiento nómada. Esos que voltean la cara cuando descubren que los has reconocido o que, de plano, se dan la media vuelta para no verse en el suplicio de tener que pasar a cerca de ti y, oh tragedia, tener que estrechar tu mano.

Este tipo de conductas incivilizadas son desmoralizantes para el espíritu sensible. Hacen que te transformes y acabes convirtiéndote, sin darte cuenta, en uno de ellos.

Recuerdo aquellos días en los que yo saludaba a cuanto energúmeno se cruzara en mi camino. Lanzaba sonrisas y extendía mi mano franca a conocidos con los que coincidiera en la vía pública. Esto, lejos de ser correspondido con gentileza y agradecimiento, fue desalentado por gestos descortesía entre los que abundaban el voltear la cara a otro lado, dar la espalda o hacer como que la virgen les habla para fingir que no han reparado en mi presencia.

Cuando esos casos empezaron a sobrepasar al de los amables, al de los educados, desistí en la misión de saludar a gente en la calle. Quizás era mejor no interrumpirlos. Dejarlos en paz. No molestar. Y así comencé a convertirme en un fantasma que a lo sumo lanzaba una miradita de lejos antes de proceder a un acercamiento que pudiera encontrar una negativa de la otra parte.

Empecé a aplicar el protocolo con sujetos de familiaridad media-baja. Con los típicos personajes con los que no posees vínculo alguno salvo amistades en común. A ellos no era necesario acercarse. Para qué. Tampoco quise verme en aprietos adicionales, así que podía descartar de la misma forma a compañeros de los que no recordara apellidos, estado civil o que no estuvieran presentes en mis redes sociales.

Luego radicalicé la postura. Un cúmulo de decepciones (personas a las que estimaba y que llegaron a pasar olímpicamente de mí en la calle) me llevaron a ser alguien aún más reservado, con un temor permanente de incordiar o asfixiar a alguien con un saludo. La maniobra era complicada y traía angustias ya que era difícil abstenerse de interactuar con el entorno inmediato. Había que cuidarse de no fijar la mirada en alguien por más de un segundo, ante el riesgo de que ese alguien fuera un conocido al que había que evitarle las molestias de saberse identificadas.

En este cambio también influyó un factor añadido: mis problemas con la vista. En repetidas ocasiones me vi en el bochorno de saludar de lejos a perfectos desconocidos porque los había confundido con otra persona:

¿Ese de traje gris será Manuel? Sí, sí es. Levanta la mano y sonríele. No, espera. No es. Los lentes de Manuel son un poco más grandes. O no. Creo que sí, es él. Es Manuel. Está igualito. Con ese bigote no hay pierde.  Está un poco retirado, pero lanza un gesto para él o pensará que lo estás evitando. Muy bien. Con ondear la mano es suficiente. Solo que como que no le gustó. Se ve medio enojado. Ahí viene. Trae un martillo. Espera, ese no es Manuel. Camina, camina, camina, camina, camina, camina.

Un horror. Eso era ya.

Un horror que no podía seguir. Tenía que rehabilitarme. Ser el mismo de siempre. Por respeto a esas personas que sí echan de menos un hola, qué tal cuando coincides en una esquina.

Por las grandes conversaciones casuales que surgen con aquellos a los que hace tiempo no veías.

Por educación. Por un código de comportamiento al que no hay que renunciar aunque el resto del mundo se haya pasado al club de la ruindad.

Y sobre todo por mí, que está muy feo eso de no poder estrechar manos y extraer una que otra sonrisa.

dolce

Tres poemas de Robert Creeley

EL FINAL

Cuando me entero de lo que la gente piensa de mí
me hundo en la soledad. El sombrero

gris que había comprado me enferma.
Dejo  de tener propósito alguno.

La sensación de estrangulamiento
entra en mi garganta.

***

LA MUJER

Nunca
te he dado
la compañía
que has tenido para mí, tú

con
semblante disperso
no apareces en mi
sueño. Yo no sueño.

He combinado
estas sensaciones, la
acumulación de entidades
que has dejado en mí.

Siempre tus
tetas, no son pechos, sino
la dura elevación
de carne impaciente

en el abdomen —es
mío— que florece
contra la vaguedad
del aire en el que te mueves.

Caminas
tremenda pequeñez
de intentos de zancada, tu
estatura es tan baja,

en mi mano
siento el peso
que cargas ahí,
uno sobre uno

ambos, mientras
giras sobre mí, el
mismo peso crecido
como el cabello, el

segundo de tus atributos
cae para
cubrirnos. Nos
juntamos pero no somos sostenidos

por superficie alguna,
mientras de nuevo
crecías pequeña
contra mí, en

el aire. El
aire la tercera de
las señales por las
que eres conocida: un

sosiego, un silencio susurrado,
el viento en ondeo
de ligereza. Luego

tu
boca, se abre sin
hablar, toca,

húmeda, en mí. Después
yo grito, yo
canto como si
tuviera el don,  ru-

gido sin escuchar,
como mirada tensa
viéndose a sí misma
tornada

a obscuridad
Onanística,
me siento alrededor
de mí mismo lo

que has dejado
en mí,  humedad,  pozos
de humedad, mi piel
gotea.

 

***

LA FLOR

Creo que las tensiones
me crecen como flores
en un bosque
al que nadie va.

Cada cicatriz es perfecta,
se recluye en sí misma en
un breve e imperceptible retoño
provocando dolor.

El dolor es una flor como aquella.
como esta,
como esa otra,
como esta.

 

—Robert Creeley.

Traducción: Carlos LM.

gins

Robert Creeley fotografiado por Allen Ginsber, Vancouver, 1963.

Animales en huida

Una historia real. No recurrir a la verdad ni a la mentira dentro de una relación. La primera porque es muy dolorosa y la segunda porque bué, esto no se trata de engañar a nadie ni hacerle perder tiempo valioso. Tampoco se trata de que la otra persona salga lastimada igual que tú. Se toma entonces el camino del escape. El alejamiento. El plan de retirada de quien se sabe poseedor de una bomba en cuenta regresiva y que prefiere explotar en la zona más apartada posible para no afectar a nadie más. Pero tampoco es fácil. Nadie se entera que a varios kilómetros hay alguien que sufre. Alguien que pudo salvarse si se hubiera quedado a contar lo que le ocurría por dentro y que sin embargo prefirió el sacrificio en silencio. De cualquier manera la honestidad también habría provocado la catástrofe, el incendio. No había nada que hacer para remediarlo, excepto buscar que las víctimas fueran las menos posibles. Una tan solo. Pasar de largo. Irse. Una condena perpetua, porque como decía una canción de los SFA: aquellos que huyen por tristeza —los que apuestan a la evasión—, sobreviven solo para pasar un día más en… tristeza.

 

Soy un fracaso – Poema de Charles Bukowski

le puse el seguro a la puerta del auto
y al levantar la mirada vi a este tipo
caminando hacia mí
se parecía a Peter mi viejo amigo
pero no era Peter
era un hombre demacrado
en jeans y camisa azul de trabajo
y me dijo:
“oye, mi esposa y yo
necesitamos algo para comer,
morimos de hambre”
Miré detrás de él
y ahí estaba
su mujer
que me miró con ojos a punto
de lágrima.
Le di un billete de cinco.
“¡Te amo, hombre!”, gritó,
“No me lo gastaré en bebida”.
“¿Por qué no?”, le contesté,
“Es lo que yo haría…”

Me alejé para entrar a un edificio
arreglé unos cuantos asuntos
salí
regresé al auto
como siempre
pensando
si hice lo correcto
o si fui víctima de un engaño.

mientras conducía
recordé mis años
de miseria
hambriento más allá de cualquier arreglo
nunca pedí a nadie
un centavo.

esa noche, después de unos tragos,
le expliqué a la mujer con la que vivía
lo mucho que daba dinero a vagabundos
pero que yo
en los tiempos más obscuros
de hambre en mi vida
me negué a pedir nada a nadie.

“lo que pasa es que no sabías cómo hacer
ninguna cosa”, dijo ella.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

buko

Edición de poemario desata conflicto ecológico y diplomático para México

La edición del poemario Mecanismos de la tierra, obra del escritor Jean Pereira, ha creado una crisis a varios niveles para México. Por una parte, en el aspecto ecológico, y por la otra, en los entornos de la diplomacia. La llegada a este aprieto se fraguó hace apenas unos meses, cuando una pequeña editorial decidió lanzar al público el debut literario del ya mencionado artista mexicano que, a sus apenas 28 años, ha causado revuelo internacional.

A simple vista el libro parece inofensivo. Cuenta con 130 páginas, medio centenar de poemas, y una portada en la que destaca la presencia de una sirena. Nadie se alteraría por un producto así, máxime si en su interior no se incluye ninguna apología al terrorismo ni se enaltecen causas vinculadas a la segregación racial. No, la mayoría de los poemas versan, como en tantos otros volúmenes, sobre los astros, las vida silvestre  y las pasiones humanas. ¿De dónde viene entonces la agitación?

Resulta ser que el poemario ha sido calificado como contaminación visual por la Liga Nacional de Protección al Ambiente (LNPA), cuyos representantes (una serie de organizaciones dedicadas a la defensa de la flora y fauna) han señalado que el contenido del libro pone en peligro la armonía estético-visual de cualquier sitio en que se exponga. La mala noticia es que el sistema de clasificación de la basura no está preparado para una anomalía de tales proporciones, por lo que una eventual eliminación de esta colección de poemas traería bastantes complicaciones. En adición a ello, el Colegio de Oculista de la Sierra Madre ha manifestado que la exposición prolongada a  los textos de Jean Pereira podrían causar daño irreversible en el primer tramo del nervio óptico, según han indicado pruebas realizadas en un conjuntos de ratones que acabaron ciegos luego de verse sometidos a dosis de ocho versos en ayunas.

Un problema extra es el de la conformación mismas de los poemarios. Amantes de la botánica insisten en que los árboles preferirían ser transformados en rollos de papel higiénico antes que acabar mancillados por una serie de estrofas cuyo movimiento deambula entre los ripios y el erotismo mal entendido. El desperdicio de recursos naturales es un asunto delicado, como señalan las normas jurídicas que se le relacionan, de ahí que la tala de árboles deba administrarse con un gran sentido de ética, evitando desperdiciar elementos que en su estado natural bien pudieron darle cobijo a una familia de ardillas.

La casa editorial Piso de Cuarta  se ha defendido bajo el supuesto de que la edición del libro consta de una tirada que no supera los mil ejemplares. Sin embargo, los especialistas afirman que basta con apenas un par de copias para derrumbar ecosistemas enteros, así como para causar daños de salud en comunidades de escasos recursos que no tiene acceso a atención especializada. Algunos voluntarios que han leído fragmentos de la obra de Jean Pereira han reportado sufrir náuseas y vómitos, así como espasmos que los impulsan a arrojarse del balcón para acabar con el suplicio.

La noticia ha dejado de ser local. Los primeros Estados en mostrar su preocupación al respecto han sido Estados Unidos, Guatemala y Belice que, al compartir frontera con México, temen que estos libros se filtren  dentro de su territorio. La cancillería mexicana ha tenido que salir al paso de las llamadas de protesta, comprometiéndose  a reforzar la seguridad en los límites del país para evitar la propagación de esta epidemia literaria que amenaza con amilanar el ya de por sí endeble  interés de los jóvenes por la lectura.

El conflicto  trasciende a cualquier barrera y orientación política. La amenaza que supone la carrera de Jean Pereira es ya tema de alarma en instancias internacionales y se prevé que se aborde el tema en la próxima Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas en la búsqueda de una salida multilateral. Por ahora ya se han tomado algunas medidas preventivas:  la traducción de Mecanismos de la tierra  está prohibida en más de 20 idiomas y media docena de autores han decidido retirarse de la escritura para no ser colegas de alguien como Jean Pereira. Del otro lado de la moneda están los oportunistas que buscan lucrar con el fenómeno:  se comenta en algunos círculos que el cineasta iraní M. Sight Chichalaman se ha asegurado ya los derechos del libro para un proyecto cinematográfico del género de horror.

No obstante, algunos voces coinciden en que el caso se ha magnificado. El antropólogo Juan Clop recalca que la situación se encuentra bajo control y ha lanzado unas palabras de tranquilidad para quienes temen a una segunda edición de Mecanismos de la tierra: “El riesgo de que eso suceda es menor, por no decir que inexistente. La industria editorial se mueve según las lógicas del mercado y la evidencia indica  que  Jean Pereira es un pobre diablo cuyas ventas se limitan a las adquisiciones de compromiso que realizan sus amistades, más  la veintena de volúmenes que ha reservado su abuela para repartir entre sus compañeras del bingo. Por lo demás, solo habría que tener cuidado ante un posible efecto de morbo, con el cual muchos curiosos podrían adquirir la obra con la intención de tentar la suerte y burlar al destino“.

En días recientes un misterio se ha sumado al festín: el desconocimiento del paradero de Jean Pereira. Nadie sabe dónde está. Decenas de periodistas se pelean por entrevistar al hombre del momento y ninguno logra dar con él. Según las últimas versiones, el joven poeta se ha exiliado en Sudamérica para alejarse del escándalo. Su familia se niega a revelar la ubicación exacta en la que se encuentra. “Mi hijo volverá, ténganlo por seguro“, se limita a decir la madre del muchacho.

El contenido de Mecanismos de la tierra queda como reflexión. Es una leyenda. Quienes lo han leído quedan trastocados de algún modo u otro. A los demás, los que evitamos el contacto, nos queda la especulación, el misterio. ¿Qué contendrá ese objeto que ha desequilibrado al ecosistema y que ha causado daños irreparables en sus lectores? Difícil saberlo. Hasta la fecha sólo se sabe de un lector que ha salido indemne de la experiencia. Se trata de un anciano nacido en Chihuahua que logró leer varias sílabas de Jean Pereira sin sufrir ningún efecto adverso. “Creo que las cataratas me protegieron. No veía muy claro, pero juro que vi unas letras. Hablaban de semillas, semillas de luz. Mencionaba a un cascabel en tus piernas“.

bloxk

 

No lo merecen

José Vasconcelos es una de las figuras claves del siglo XX mexicano. Bajo su tutela se tejió una parte importante de la formación de un pueblo que se encontraba tambaleante tras un proceso revolucionario y que requería de una estructura que le permitiera un desarrollo sostenido, el mismo que poco a poco dio equilibrio a la nación. El tino de sus decisiones permitió crear un ambiente cultural que llegaba a las clases populares y que rompía con la tradición histórica de mantener al arte y la educación en manos de las élites y los intelectuales del régimen.

La influencia de Vasconcelos es tan profunda que se adivina todavía en el México actual. Una impronta alojada en paredes, en escuelas, en museos y, de manera especial, en el pensamiento comunal. Generaciones que aun sin haberlo conocido, sin saber quién fue, cargan con esa herencia educativa que pasó de una multitud a otra.

Y pese a las grandes contribuciones, Vasconcelos no dejó de ser un ser humano con pasiones y bajos instintos como cualquier otro. La vasta  cultura que poseía, las toneladas de lecturas que le corrían por las venas, el refinamiento… no quitaban que tuviera equivocaciones y posturas lamentables, como las que cargó en el último tercio de su vida, cuando acentuó posiciones cercanas a la ideología nazi que, aunque deben ser revisadas desde su contexto, no dejan de ser una mancha  en el legado que conformó.

Con ello no pretendo quitarle un solo gramo del mérito que tuvo como Secretario de Educación Pública y como Rector de la UNAM, así como a su valía como escritor e intelectual. Lo señalo para ilustrar cómo es que los prejuicios y la obcecación persiguen a seres de alto calibre, figuras de prosapia y con erudición de las que se esperaría un comportamiento racional y sin baches, cuando a menudo ocurre lo contrario. La exigencia es un tanto injusta ya que de las sombras nadie se libra: en cualquier instante amenazan con consumir a su dueño.

Pareciera que a Vasconcelos se sumió de lleno en el radicalismo en 1929, luego del fracaso político que le supuso el intento de ser Presidente de México. Luego de ahí, el exilio, un cambio de aires necesario para alguien que se hallaba decepcionado del sistema que había ayudado a conformar. Al respecto, se le atribuyen unas palabras que al parecer pronunció ese mismo año poco antes de partir rumbo a Estados Unidos, un país por el que tampoco predicaba demasiado amor:

“Este pueblo mexicano no merece que yo sacrifique una sola hora de mi sueño. ¡Es un pueblo de traidores y de cobardes que no me merece! Demasiado he hecho por redimirlo. No volveré a ocuparme de él”.

La declaración la tomaría con pinzas. Primero porque provienen de alguien que pasaba por un trago amargo, idóneo para soltar la primera tontería que sirviera para el desahogo. Segundo, porque en lo personal no podría asegurar la veracidad de la misma, cuyo origen está trazado en la Crónica De La Revolución Mexicana de Roberto Blanco Moheno sin que existan muchas más fuentes a consultar.

Ahora bien. En esa frase se refleja muy bien la penuria que supone el saberse traicionado por aquellos a quienes creías haber impulsado. Si le quitas las dimensiones políticas y sociales te queda un fragmento propio de quien ha sido defraudado por la pareja o el de un espíritu que se siente víctima de la deslealtad de los amigos. Aquellos a los que se dedicó tiempo y esfuerzo, sin saber que desaparecerían cuando la vulnerabilidad cambiara de bando.

La ingratitud. Ofrecer palabras, consejos. Dar lo que se tiene sin chistar a quienes no comprenden el gran trabajo que hubo detrás de lo que se toma como una minucia. Acabar agotado de la conjura que celebra la infamia y se encarga de mantener hundidos a muchos talentos, a esos a quienes perciben como competencia.

Mezquindad con los que dieron un aporte del que muchos se aprovecharon, bebiendo cada gota de sangre hasta dejar seco al proveedor original cuyo cadáver queda tirado, consumido por cientos de hormigas. Sin ningún tributo ni reconocimiento.

Las rémoras de siempre, adheridas a cuerpos tambaleantes que avanzan sin muchas ilusiones con la convicción de que quienes se les cuelgan desaparecerán en cuanto alguien más les eche un silbido.

Y —si los hay— agradecimientos en voz baja, a modo de susurro, para que nadie se percate de la fuente de donde han sacado todos los recursos. Los elementos y ganchos con los que se lucen ante las masas; ahí sí, a gritos, bajo el tono rojizo de los reflectores. Al que influyó ni el agua. Que se ahogue en la sombra porque su eventual reconocimiento supondría el tener que dejar de saquear su cosecha, tener que buscar otra figura de la cual servirse. Otra figura a la cual copiar.

Retomo aquí lo que decía Enrique Jardiel Poncela acerca de Miguel Mihura (que firmaba entonces como Miguel Santos), al sentirse atracado por él en el aspecto creativo:

La contumacia con que Santos viene utilizando en sus cuentos aquellos resortes, sorpresas, trucos, giros, mecanismos, equivalencias y desplantes que yo ideé para mis propios cuentos, me obliga ya a decirlo en público, pues necesito tranquilizar mi espíritu, conturbado por la idea de que algún día surgiese un lector nuevo que, desconociendo mi labor antigua, llegare a suponer que era yo el influido por Santos, lo que me sería intolerable. […] Ni llevo mala fe, ni he pensado nunca en hacer a Santos la trepanación: simplemente defiendo lo que es mío.

La búsqueda del beneficio a secas, sin ofrecer nunca un detalle, una sonrisa, un guiño. Creyendo que el otro no se da cuenta de la ruindad, solo porque permanece en silencio. Sin saber que no es así, que la mina explotada está a la espera de que venga el momento justo para soltar la tierra, donde caerá también una lluvia con todas las piedras que se cargaban en la espalda. Sentimientos de los que no se salvan ni los seres más racionales.

Lo que vale es no perder la sensatez.  No mucha, al menos.

fellini w

Casa de paja, perro de paja – Poema de Richard Siken

1

Miré la televisón. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro sueños al hilo
en los que estabas quemada, apunto de ser quemada, o aún en llamas.
Miré la televisión. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro cocas,
cuatro sueños al hilo.

Aquí estás en la casa de paja, alimentado al perro de paja. Aquí estás
en la casa equivocada, alimentando al perro incorrecto. Yo tomé coca con hielo.
Tuve cuatro años en la televisión. Tú tienes una sonría fría fría.
Tú estabas quemada, estabas por ser quemada, aún estabas en llamas.

Aquí estás en la casa de paja, alimentando al perro con hielo, y querías
una aventura, así que dije Ten una aventura.
La paja a punto de incendiarse, la paja incendiada. Aquí estás en la televisión,
diciendo Mírame, solo mírame.

2

Cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo,
cayeron justo aquí. Yo quería caer justo ahí pero supe
que no me atraparías porque estás muerta. Tragué hielo molido
fingiendo que era vidrio y tú estás muerta. Cenizas a las cenizas.

Querías ser cremada así que te cremamos y querías una aventura
de modo que corrí y supe que no me alcanzarías.
Eres una fiebre con la que estoy aprendiendo a vivir, y todo ocurre
en lado equivocado de un túnel muy largo.

3

Desperté por la mañana y no quise hacer nada, no hice nada,
no lo podía hacer de cualquier manera,
solo me quedé acostado y escuché la sangre corriendo a través de mí y nunca tuvo
ningún sentido, nada.

Y no puedo comer, no puedo dormir, no puedo estar sentado o arreglar las cosas y despierto y me levanto y tú sigues muerta, estás bajo la mesa, todavía le das de comer
al maldito perro, estás quebrando la habitación a la mitad.
Da igual. Aliméntalo con lo que quieras. Quema la casa de paja.

4

No te culpo por estar muerta pero no puedes tener tu suéter de vuelta.
De modo que, yo dije, ahora que  tenemos nuestra muerte, ¿qué vas a hacer con ellos?
Hay un perro negro y hay un perro blanco, depende de cuál alimentes,
depende cuál sea el maldito perro con el que decidas vivir.

5

Aquí estamos
en el túnel equivocado, quema O quema, pero hace frío, tengo ropa
sobre todo mi cuerpo, y llueve, no se supone que fuera así . Y hay nieve
en la televisión, un paisaje lleno de nieve, cayendo de un cielo pintado de brasas.

Pero gracias, gracias por llamarlo el cielo azul
Ahora puedes dormir, dijiste. Puedes dormir ahora. Dijiste eso.
Tuve un sueño donde lo decías. Gracias por decir eso.
No estabas obligada a hacerlo.

 

—Richard Siken.

Traducción: Carlos LM.

Richard SikenBecause, (2005).Pintura tomada de richardsiken.com

tuya es la música de ningún instrumento – Poema de E. E. Cummings

tuya es la música de ningún instrumento
tuyo es el absurdo color sin ser descubierto

—mío el intento que nadie compra
hasta que esta, nuestra piel, pueda sobresalir
al hablar en clave de flor
…………………………(si yo he compuesto canciones

no es de gran relevancia para el sol,
ni a la lluvia le importará
 ………………..con cautela que prolonga
un crepúsculo etéreo) Sombras dieron inicio

al serpenteo del cabello enorme, emocionado,  veloz…

tuyos son los poemas que no escribo.

En esto al menos ponemos un obstáculo a la muerte,
silencio, y la penetrante luz musical

de la nada repentina… la bocca mia “él
besó en absoluto temblor”

 ………………………..o eso fue lo que la dama pensó.

—E.E. Cummings.

Traducción: Carlos LM.

 

cummings E.E. Cummings en 1938 (AP)

Por un café

De casi todo me he hartado excepto de la música. Hasta las mayores pasiones pueden llegar a desgastar. Ni siquiera la literatura funciona de manera permanente. Es posible cansarse de ella. Leer por horas y luego sentirse agotado, sin ganas de seguir. Lo mismo con las películas y los espectáculos en general. Es posible incluso saturarse del ser amado. Pero la música se erige como algo mayor. Un placer perpetuo que funciona sin ambages en cualquier contexto. La música está ahí cuando leo, cuando entro a la cocina, cuando acabo de despertar. La uso para dormir y también cuando necesito un desahogo. La música funciona en las sesiones de ejercicio, en las caminatas sin rumbo por la ciudad. Combina a la perfección con los trayectos en auto o cuando quieres recordar a una vieja persona en un momento de soledad. A la música no renuncio. En las buenas y en las malas está ahí, apenas por debajo de la respiración y los alimentos como medio de subsistencia.

***

Que los cretinos no te detengan. Ellos siempre se quejarán y cada movimiento que hagas será una fuente de alimentación para que descarguen sus propias frustraciones. No les queda mucho más. Es la actividad que les reditúa mayor satisfacción, lo cual, a su modo, representa un panorama vergonzoso y deprimente a partes iguales. Retraerse por ellos es un error. No temas a sus críticas ni a sus burlas. Sigue a lo tuyo: pintando, escribiendo, cantando, actuando, bailando y cuanto gerundio se te ocurra. Vendrán abucheos, gente que quiera bajarte del escenario. Y ahí el truco, dejar que sigan odiando.

***

El buzón, en otros tiempo un cofre de tesoros, se ha vuelto un verdadero depósito de desechos. Ni una postal ni carta de amor se encuentra ya dentro de ellos. Todo son recibos, cuentas, reclamaciones. Listado de cifras que se han de pagar. El panorama sería insostenible (digno de clausurarse) si no fuera porque de vez en cuando aparecen pequeñas recompensas: algún folleto de comida, la promoción que se antoja irresistible ante el martirio que significa tener que hacer las cosas uno mismo.

***

Una cuestión irrelevante que a la gente le encanta presumir: el tomar el café sin azúcar. Cuando alguien lo menciona, con altivez y grandilocuencia, pareciera que aspiraran a recibir un reconocimiento, a salir del lugar cargados en hombros como si no vaciar un sobrecito en una taza los convirtiera en gladiadores modernos equiparables a los antiguos héroes que con una espada eran capaces de conquistar poblaciones enteras. Lo mismo con los que se jactan de preferir las bebidas alcohólicas en estado puro, sin añadirles nada, sintiéndose así los seres de mayor masculinidad sobre el orbe, a la espera de un aplauso de la multitud. Ninguna de las dos preferencias es incorrecta, de hecho son recomendables en la mayoría de los casos. Pero sacar el pecho por ello es ridículo, de la misma forma en que resulta patético ver a alguien que se precia de tener buena ortografía. En este tipo de asuntos lo mejor es actuar según se guste sin más; predicar con el silencio, un tipo de distinción que por desgracia ha caído en desuso.

***

Hay sensaciones que se pierden con los años pero que eventualmente se homologan en otros escenarios. Por ejemplo, la alegría y liberación que supone la campana de la escuela cuando es la hora del recreo o la hora de salida. Un arrebato similar surge años después, cuando aparecen los créditos finales de una película que se percibía aburrida e intolerable. La pantalla en negro con los nombres del equipo de producción se convierte en un alivio que funge de campanazo.

***

Guardo en la memoria a las personas que hicieron algún bien en mí como muestra de gratitud. Un homenaje privado.

***

Creo que he perdido el toque. Me percibo errático, confuso, sin gracia alguna. Los comentarios que realizo carecen de frescura. Soy incapaz ya de relacionarme con nadie, al menos con fluidez y permanencia. No logro conectar. Actuar con naturalidad está fuera de mi alcance. Me lo pienso todo veinte veces antes de que los acontecimientos sucedan e imagino escenarios excepcionales que a la postre chocan con lo decepcionante de la realidad.

***

Rechazo cualquier halago que se me haga, aunque por dentro suelto los fuegos artificiales.

***

Una frase de Charles Lamb mencionada por J. M. Coetzee en una de sus cartas: “Se puede tener amigos y no querer verlos”.

***

Decir “tengo hambre” cuando eres niño y remover las aguas. La familia se desplaza en busca de soluciones. Se prepara algún platillo o se pide alguna opción a domicilio. En el peor de los casos se recurre a un recurso pasajero en lo que llega la hora de la comida: te compran unas galletas. De adulto la expresión se vuelve estéril. Lo más cerca que estuvimos de ser reyes quedó en el pasado, cuando usábamos un pañal.

***

Pese a lo contraproducentes e irracionales que sean, hay que admitir que las supersticiones tienen su gracia. Ahí está la costumbre de enterrar un cuchillo en la tierra para evitar que llueva en un fecha especial (una boda, digamos). Una especie de amenaza a la naturaleza. Como se te ocurra arruinarnos la fiesta, vendrán otras medidas. Cuidado con pasarte de la raya o lo próximo que sabrás es que te habremos golpeado  en un árbol con el martillo.

***

El acto de compartir ideas tiene su nobleza.Sentarse a expresar lo que se lleva por dentro, con el esfuerzo y desgaste involucrados, no en busca del reconocimiento, sino para contribuir al flujo de la sociedad. Sin esperar nada a cambio, ni una sola retribución excepto ser un grano de arena.

***

Un hombre de la ciudad dice vender sus poemas. Lleva un maletín lleno de papelitos y se acerca en las noches para ofrecerlos. “Soy escritor, le vendo un poema”. No estoy interesado y sin embargo le pregunto cuál es el precio. “Veinte pesos cada uno”, dice él. Le ofrezco la mitad y se niega. Es complicado determinar si su actitud es digna de admiración o desprecio. La cuestión es que al comprar un libro de Ezra Pound cada poema acaba por costar menos que su tarifa, y no voy yo a contravenir a los clásicos.

Alice in den Städten