Estrellas sin fama

Seguro las has visto. No abundan, pero si prestas atención de vez en cuando te atravesarás con una de ellas. Son las estrellas sin fama. Personas que tienen toda el aura y esencia de una celebridad y que sin embargo, por diversos motivos, no lograron llegar a donde querían.

Las puedes encontrar en cualquier parte. Hay varios ejemplos. Como esa cajera que es una eminencia de las matemáticas y que puede llevar de memoria cuentas enormes  que le facilitan sus funciones, aunque más bien debería ser ingeniera. O el gran cantante que vende frutas y verduras en un mercado, deleitando con su voz a cada persona que se le acerca. O aquel escritor que labora en un estacionamiento, ese al que nadie ha leído y que pasa de largo para decenas de clientes que no tienen ni idea de que son atendidos por un prócer de las letras superior a muchos autores premiados, solo que nunca ha mostrado la carpeta de sus cuentos.

También está esa actriz de primera línea que, lejos de un set televisión, ve pasar sus mejores días frente a una hoja de cálculo en la computadora. O esa reina de belleza, anclada a la cocina, que renunció al glamour para hacerse cargo de sus hijos.

O el astro del futbol callejero que desde la grada mira un partido y con melancolía piensa en lo que pudo ser si hubiera tenido una oportunidad en el ámbito profesional. Una sola.

A todos ellos la vida los empujó a un derrotero distinto al que les convenía. Al que les apasionaba. Ahora se encuentran en trabajos admirables y dignos, que no obstante se alejan de lo que alguna vez trazaron en sus sueños más preciados.

Pero son seres de excepción. No necesitan de la fama, que a fin de cuentas es algo accesorio. Algunas de estas figuras ni siquiera necesitan hacer nada. De nacimiento cargan con la estrella. Con tan solo mirarlos se percibe que son diferentes. Personas que están ahí para desatar emociones, alumbrar el camino o cuando menos ofrecer un placer a la vista. Tienen cierta manera de moverse, cierto modo de estar y hablar. Una elegancia incrustada por naturaleza. Al verlos en fotos parecen leyendas de cine.

Están ahí, las estrellas sin fama. Esa chica que trabaja en una tienda de ropa independiente, con su cabello azul y blusas bonitas. Aquel tipo, encerrado en su habitación, que sin darse cuenta guarda en el escritorio algunos de los mejores poemas jamás escritos en la ciudad. O la pelirroja, plena en dulzura, que pasea a su perrita antes  de trazar una nueva pintura con ojos llenos de fulgor.

Las estrellas sin fama ponen en perspectiva la cruda realidad: el éxito es más circunstancial de lo que se cree. No basta con tener el talento, la disposición y ni siquiera con esforzarse al máximo: elementos que ayudan y cuentan. Indispensables para estar ahí, pero que por sí mismos no son suficientes para alcanzar la notoriedad. Hace falta un extra. Estar en el lugar adecuado o conocer a la persona indicada. De ahí que talentos menores a los suyos consigan trascender y ellos no, pese a contar con credenciales de sobra.

Las estrellas sin fama corren el riesgo de ser como ese árbol que cae en el bosque sin ser escuchado por nadie. Por ello la tarea de quien los tope es percibirles en todo esplendor. Invitar a que continúen con la lucha. Dar el soporte y apoyo que se pueda, reconocer su valor y brindar ese tributo tan valioso que es propagar el mensaje. Contar, a quien pueda enchufarlos, que se ha dado con una estrella, una figura con potencial que merece subir al escenario. Ya entonces les tocará mostrar de qué están hechos.

Las estrellas sin fama no gritan, no ostentan, no desquitan su frustración en otros seres. Asumen con dignidad el papel que les corresponde. Mantienen el porte, la compostura. Van en silencio, a sabiendas de su potencial, un conocimiento que en sí mismo ya es un placer.

Por desgracia algunas acaban por rendirse y pierden la mística.

Otras más sobreviven. Son las verdaderas estrellas sin fama que, pese a todo, aún guardan la ilusión de ser descubiertas.

 

estrellas brando

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Un truco infalible para escribir

Conviene alejarse de los consejos de escritura que circulan en la red. Los hay de figuras consagradas, de autores de medio pelo y también de jovenzuelos que no deberían propagar métodos que llevan a resultados tan lamentables como los suyos.

Algunos tips podrán ser inspiradores o ayudar en ciertas circunstancias, pero cada uno debe encontrar su propio camino. Lo que sirve para unos no necesariamente funciona para otros. Cada uno tenemos nuestros propios prejuicios, nuestras fobias personales. Ojalá la empresa creativa fuera tan fácil como leer un decálogo en el que estuvieran encapsulados los secretos para alcanzar el éxito. La realidad es que de poco importa seguirlos si no se lleva cierta sustancia recorriendo por las venas.

No obstante, y sin afán de contradecirme, hay un truco que me ha servido para escribir cada que paso por un bloqueo creativo. Lo comparto aquí por si de casualidad llega a ser útil para ustedes. Advierto que el siguiente método es uno de los que dejan exhausto. Requiere plena concentración y no es raro terminar al borde del desmayo cuando se utiliza. Por eso es importante saber que solo debe emplearse en casos de emergencia, cuando la fecha límite está próxima y parece que nada funciona para conseguir redactar un par de párrafos al hilo.

Sin más, presten atención.

***

Cuando no puedas escribir, cuando nada sale de tu espíritu, cuando no logres presionar las teclas, cuando temas no ser lo suficientemente bueno, cuando consideres tirar la toalla, lo que tienes que hacer es pensar en una persona en específico. Ponla fija en tu mente. Observa sus manos y sus piernas. Puede ser un miembro de tu familia o un muchacho o muchacha bonita. De preferencia tiene que ser alguien que te guste. Entonces, dentro de tu imaginación, debes mirar a esa persona a los ojos y pensar que si no escribes, él o ella morirá. Un rayo la partirá en dos. Ahora su vida depende de que te apresures y escribas.

El ejercicio debe tomarse con seriedad. Tomarlo como lo que es: un hecho. Si no terminas lo que te has propuesto, una muerte pesará sobre tu espalda de aquí hasta que tú también dejes de respirar.

Que se te meta hasta las entrañas, siente la culpa. Imagina el remordimiento que vendrá si no cumples la meta; si por tu flojera o cobardía una persona pierde la posibilidad de cumplir sus anhelos, aquellas ilusiones que trazó desde la más tierna infancia. No dejes que ocurra.

Escribir. Lo has hecho antes, puedes hacerlo ahora. Se trata solo de poner una palabra tras otra hasta que el punto final se atreviese en el camino. Es muy poca cosa, lo es para ti. La persona que está en tu cabeza lo sabe también. Su doppelgänger  cósmico te eligió entre miles de personas para que salvaras su vida. Confió en ti. Sabe que eres bueno con la pluma, que te besaría si la timidez fuera pasajera. Entró en tus pensamientos para que rompieras el hechizo. Está en busca de un héroe y lo único que necesitas hacer es aporrear el teclado.

¿No es acaso sencillo? Otros leyendas tienen que volar, asesinar centauros o detener trenes en movimiento. Lo único que tú debes hacer es escribir lo que ha rondado antes por tu cerebro. Desde la comunidad de una silla. En un escritorio hecho de árboles que fueron talados especialmente para ti.

No, no te rindas. A veces parece difícil cuando no lo es. ¿A qué le tienes miedo? ¿A realizar tu cometido? ¿A salvar a una mujer atractiva? Hazlo por ella. Hazlo por ti. Mira de nuevo sus ojos, dile que no le vas a fallar.

Entonces escribe. Como lo has hecho miles de veces. Y cuando lo consigas, duerme tranquilo. Sonríe. Tarde o temprano volverás a ver a esa persona, ahora en la calle. De carne y hueso. Puede que no te salude y que ni siquiera te voltee a ver. No se ha dado cuenta. Los ángeles no le han avisado aún. No sabe que le has salvado la vida. Que has ofrecido tu corazón para que ella esté ahí ahora platicando con alguien más. Puede que sea duro saberlo. No le digas nada. Manda al diablo los reflectores. Eres un héroe que debe mantener su identidad en secreto.

La misión está completada. Quedará para siempre entre nosotros, colega.

escribir

Foto: Joel Meyerowitz.

Kissinger, perfeccionismo y ping pong

Winston Lord es uno de los diplomáticos más eminentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Su principal aporte fue contribuir al acercamiento entre su país y China, operación que inició en la década de los setenta y que siguió maniobrando en la década siguiente, justo cuando fue designado como en el embajador de Estados Unidos en dicho país para el periodo 1985-1989.

Una figura de su calibre, que escaló distintos puestos en la jerarquía del servicio público hasta llegar a los más altos niveles, no estuvo libre de aprietos promovidos por sus superiores. El más célebre de ellos fue ni más ni menos que el polémico Henry Kissinger, secretario de Estado de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, un hombre que influyó de manera determinante en el tablero geopolítico de la época y cuyas decisiones resuenan todavía  en la actualidad.

Por aquella época, a mediados de los setenta, Winston Lord pertenecía al círculo de trabajo más íntimo de Kissinger. Se dedicada, en especial, a escribir los discursos que su jefe emitía para cimbrar la política exterior norteamericana.

En cierta ocasión, Kissinger pidió a Winston que escribiera un discurso. Tan metódico como era, Lord se empleó a fondo; elaboró y pulió un texto que le tomó días de empeño. Una vez satisfecho con el resultado, lo mostró a Kissinger, quien lo recibió sin demasiado entusiasmo. Winston abandonó la habitación, pero fue llamado un rato después. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”, le preguntó Kissinger respecto al discurso que le había entregado minutos antes. Lord respondió que eso creía, pero que lo intentaría de nuevo ante la severidad de su director.

Lord se puso a confeccionar una pieza superior a la que originalmente había realizado. Pulió algunos detalles, agregó algunas palabras, omitió otras y dotó de un mejor ritmo a cada párrafo. Era verdad, se dio cuenta, el discurso no era tan redondo como en un principio le había parecido.

Contento, ahora sí, llevó el resultado a Kissinger. Pero la reacción fue la misma. El entonces jefe de estado se quedó con el trabajo, y a los pocos minutos llamó a Winston Lord. “¿Esto es lo mejor que tienes?”, volvió a preguntar.

Lord, con el orgullo herido, tomó aquellos papeles y se encerró para buscar la reconquista con una tercera versión, la cual, creía, sería la definitiva.

De manera evidente se equivocó. Henry Kissinger le regresó el discurso otra vez. Y varias veces más. En cada una de esas ocasiones, Lord, ya desesperado, lanzó una mirada quirúrgica al discurso que en un principio le pareció perfecto pero que de a poco fue revelando sus falencias. Corrigió, corrigió y corrigió hasta quedar exhausto. Sin embargo, hasta la última ocasión, Henry Kissinger le hizo una pregunta parecida, luego de pasar un tiempo a solas con el escrito. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”.

Lord, ya harto, furioso y conflictuado por el tiempo perdido, le respondió que sí, que eso era lo mejor que podía a hacer y que no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Entonces Kissinger dio una respuesta que lo dejó atónito. “Muy bien, entonces ahora sí lo leeré”.

Hay varias versiones de la anterior anécdota. Algunas de ellas indican que el discurso en cuestión pasó por las manos de Kissinger nueve veces hasta que por fin se dignó a echarle un ojo por primera vez. Sea precisa o no, la historia pone en perspectiva lo relativo de la perfección, al menos en lo que se refiere a la escritura.

La mayoría de las veces una obra bien lograda es más bien una distorsión de nuestra mente. Lo cierto es que siempre hay margen de mejora y para alcanzarlo hay que estar dispuestos a arriesgarse a una pérdida. Existe la posibilidad de que se empeore lo que de se tenía antemano.

Es frecuente que las líneas que en determinado momento despiertan orgullo, al cabo de unos años nos provoquen un horror. ¿Cómo es posible que tremenda barbaridad nos pareciera un elemento digno en su momento? Un misterio. Queda un premio de consolación, la idea de que la repugnancia ante lo que alguna vez fuimos signifique que hemos evolucionado. Que desde entonces hemos progresado unos centímetros gracias a los cuales lo que antes era gloria se ha convertido en medianía.

Quedan, por otro lado, las aguas movedizas de la escritura. El ansia perfeccionista es un arma de doble filo y algunas veces la corrección excesiva vuelve a la creación algo aparatoso, mecánico y sin alma. Esto se acentúa en especial en algunos géneros y con algunos autores. Basta recordar la célebre línea de John Keats, quien aseguraba que la poesía debía deslizarse con la naturalidad de una hoja que cae o no brotar en absoluto. Lo demás es artificio. Intentos por engañar, mera impostura intelectual.

Y también hay un punto en que uno debe rendirse y asumir que debemos soltar lo que tenemos, pese a que diste de ser ese diamante inalcanzable que perseguimos dentro de nuestra imaginación.

Sobre la perfección en perspectiva, Henry Kissinger le dio una lección adicional a Winston Lord.

Una tarde ambos jugaron algunas partidas en las que el segundo acabó por imponerse al primero en lo que fue una auténtica humillación. Para evitar que el pupilo perdiera el piso, Kissinger se sacó de la manga una idea: trajo a un campeón chino del tenis de mesa para que conociera a Winston Lord. Tal cual.

“Henry llegó y le dijo al campeón chino que Winston era un jugador muy bueno de ping pong”, recordaba Bette Bao, la esposa de Winston. “Eso es como decirle a los rusos que eres muy bueno para el ballet”.

Aquel campeón chino, en efecto, procedió a darle una paliza a su marido en el tenis de mesa, mientras Henry Kissinger sonreía desde algún rincón.

kissinger ping ponh

Películas del colegio

Dios bendiga a los profesores que le ponen alguna película a sus alumnos de vez en cuando. Al menos en una ocasión dentro del curso, los niños necesitan de ese bálsamo espiritual. En los años noventa pocas sensaciones se podían comparar a la de ver llegar a un maestro con la mesita de la tele y la videocasetera. Era la gloria. Lo mismo que las palabras mágicas: “Muchachos, vamos al auditorio a ver una película”. Esos episodios eran un escape que le devolvía la humanidad a estudiantes que minutos antes estaban desesperados entre operaciones matemáticas y fórmulas de física. Gracias a una pantalla te dabas cuenta de que todavía era posible soñar.

Recuerdo más las películas que llegué a ver en la secundaria que cualquier clase en particular. No digo que las materias fueran inútiles, siempre es importante adquirir conocimiento de cualquier tipo. Pero sin lugar a dudas el cine gana en eso de dejar una marca en el corazón.

Hay una película de colegio que recuerdo en especial. Se trata de Sea of Love(1989) que un profesor de psicología nos puso en la preparatoria. Más allá de la obra en sí, lo que más cautivador fue que el filme distaba de ofrecer algo valioso bajo cualquier perspectiva académica. Eso me encantó. Lejos de poner un documental, cine de arte o un clásico de Fritz Lang relativo a la asignatura, el profesor, muy campante, decidió poner una película políticamente incorrecta que ni siquiera era apropiada para menores de edad.

El maestro se justificó brevemente diciendo que la sesión nos serviría para conocer la “psicología de un personaje trastornado” o algo así. Yo sabía que no era tanto eso. Sino que se trataba de una película que le gustaba y ya. Se lo sacó de la manga. Muy probablemente el tipo no había preparado su clase y quizás estaba demasiado desvelado como para articular una hora de docencia. Daba igual. Lo que agradecí fue que rompiera la monotonía con una proyección que nunca nadie esperaba ver en un aula.

Sea of Love ni siquiera es una cinta de primer nivel. Sin embargo está llena de escenas memorables y de tensión. La protagoniza Al Pacino, quien interpreta a Frank Keller, un detective alcohólico con serios problemas personales como la soledad y una crisis de edad. El mundo se le vino abajo desde que su esposa lo abandonó para casarse con uno de sus colegas del cuerpo policial de Nueva York.

A él, con una vida que se desmorona, le toca investigar el caso de un presunto asesino serial. En la primera escena del crimen, donde se halla un hombre muerto, las únicas pistas encontradas son un cigarrillo marcado con lápiz labial y el recorte de un periódico.

La primera sospechosa es una rubia a la que Frank Keller debe seguir por el mundo subterráneo de las citas para solteros. Se trata de Ellen Barkin, plena en atractivo. Al parecer es una viuda negra que se encarga de aniquilar a sus amantes una vez que ha colmado sus deseos.

Por cierto, hay un detalle clave en la habitación donde ocurrió el primer homicidio. Al lado del cuerpo sin vida, un tocadiscos repite el sencillo “Sea of Love” de Phil Phillips una y otra vezLa pericia del director  Harold Becker logra que la aparición de dicho tema dote al instante de un gran magnetismo con el cual uno se olvida por un rato del acto sangriento para pensar en lo que hay más allá.

El profesor que puso la película era un enamorado de la música. Un verdadero melómano. En determinado momento, cuando sonaba esa canción, lo volteé a ver y en el brillo de su mirada descubrí que él era uno de los nuestros.

 

Come with me, my love

To the sea, the sea of love

I want to tell you

How much I love you

Do you remember when we met

That’s the day I knew you were my pet

I want to tell you

How much I love you…

 

seaoflove.jpg

John Lennon y la revolución escéptica

La mejor canción de John Lennon en materia política salió a mediados de 1968. Al menos es la que mejor refleja la importancia de mantenerse despierto y con independencia intelectual. Está muy por encima de “Imagine” o “Give Peace a Chance”, que pecan de ingenuas e incluso de incongruentes respecto a la personalidad que el autor ostentaba en su vida íntima.

El tema al que me refiero se trata de “Revolution“, surgida en un principio como una tonada lenta llamada “Revolution 1” (la versión que aparece en el Álbum Blanco), pero que a instancias de Paul McCartney y George Harrison fue reconfigurada para ser más eléctrica y movida con vista para su lanzamiento como sencillo.

La gran relevancia de esta composición (además de ese inicio frenético y el sonido robusto de la guitarra en todo momento) es que la letra invita a una actitud que debería ser más frecuente a la hora de analizar la realidad: el escepticismo.

La izquierda tomó este tema como una traición ya que su discurso va, de cierto modo, en contra del pensamiento de masas, esas protestas sociales que son más viscera que cerebro.  Y, como suele pasar, el progresismo casi desafilia al buen John Lennon de la Liga de la Justicia. Pero en su contenido no es hay nada de malo, al contrario. El Beatle invita a algo tan sano como dudar y no tragarse el discurso del enésimo iluminado que dice tener la fórmula mágica para cambiar el mundo.

Las líneas memorables en “Revolution” se suceden una tras otra. En términos generales promueven el uso de la razón. A no ir tan fácil con las multitudes y a cuestionar como individuos.

El camino al infierno está lleno de buenas intenciones. No basta con tener deseos bondadosos y decir que todo será paz, armonía y felicidad. Hay que mostrar cómo se llegará a eso. De otro modo esas “revoluciones” que pretenden cambiarlo todo de golpe más bien acaban por empeorar la situación. La historia nos ha mostrado que casi siempre es así. Cualquiera que derrumba todo lo que hubo antes sin ningún tipo de distinción deriva en un desastre.

Aplica también para las ofertas políticas. Es necesario tenerlo en cuenta en una época donde abundan los caudillos modernos, quienes creen que la suya es la única vía y que con su llegada al poder todo mejorará solo porque sí.

Hay que temer de aquellos que buscan imponer medidas milagrosas. La realidad es compleja y no atiende a ocurrencias ni a improvisaciones. Los mejores resultados para la humanidad han llegado a través de las instituciones, la coordinación entre fuerzas opuestas y el análisis serio. No a través de mesías que creen que todo se remedia por medio de la voluntad.

Lo cierto es que las cosas no van tan mal en el mundo como a veces creemos. De hecho van por buen camino. Falta mucho por mejorar y quedan aspectos urgentes por cubrir, pero quien no vea el avance que ha ocurrido con el paso de las décadas (en asuntos tan fundamentales como la reducción de hambre y pobreza, así como los pasos enormes en materia de salud) simplemente está cegado ante la realidad.

Los mayores logros de la humanidad han llegado a través del trabajo duro, la sensatez y el apego a la ciencia. No a revueltas estériles promovidas por gente inmadura que va de genio por la vida cuando más bien deberían ponerse a reflexionar.

Todos queremos cambiar al mundo, pero como menciona John Lennon: no son enchiladas (bueno, más o menos algo así dice). A todos aquellos que digan tener la “solución” y que te piden contribuir con la causa, hay que pedirles que muestren su plan para revisarlo. No hay que tirarse al vacío por seguir al charlatán en turno. A fin de cuentas todos aportamos desde nuestras minúsculas trincheras y no debemos sentirnos culpables por ello.

Desde luego no hay que conformarse ni sentirse satisfechos con lo que hay. De nuevo: hay mucho trabajo por hacer. Todavía hay gente que muere de hambre en el mundo (menos que antes, pero sigue siendo un número aterrador) y mientras eso suceda hay que redoblar los esfuerzos. No desmontando todo, sino seguir las prácticas que han mostrado resultados positivos y desechando lo que no funciona.

Una de las mejores partes de “Revolution” es la parte que señala: “Dices que quieres cambiar la constitución… bueno, nosotros queremos cambiar tu cabeza”. Con esa gran ironía John Lennon nos muestra cómo hay que actuar ante esos embusteros que conocemos en nuestro entorno: burlándonos de ellos. No idolatrando como hacen algunos ni tampoco siguiéndolos con fe ciega, como los que andan por ahí (¡todavía!) a la estela de las consignas de Mao.

Con el pasar del tiempo la visión de John Lennon cambiaría. Y de hecho se desdijo un tanto del contenido de “Revolution” para ser una presa más del ambiente utópico de los setenta (era un idealista un tanto contradictorio). Pero en la entrevista que dio a Playboy en 1980, poco antes de morir, la reivindicaría como respuesta ante las revueltas destructivas.  “La letra sigue vigente. Sigue siendo mi postura respecto a la política. Quiero ver el plan. (…) Ya sea un derrocamiento en nombre del cristianismo o del marxismo, quiero saber qué vas a hacer después de derribarlo todo. Quiero decir, ¿no podíamos usar algo de lo que había antes? ¿Qué sentido tiene bombardear Wall Street? Si quieres cambiar el sistema, cambia el sistema. No está bien dispararle a la gente”.

El John Lennon maduro le lanzaba un guiño a quien fue en la juventud. El muchacho que todavía en 1968 se reía en la cara de todos aquellos que pretendían arreglarlo todo con mera palabrería.

Su mensaje es válido y actual. Resuena todavía en casi cualquier espectro de la geopolítica. De Cataluña a Estados Unidos, pasando por México y Venezuela. Todo resumido en una canción tan genial que hizo gritar a Paul McCartney de la emoción.

revolution beatles

La llama en Charles Bukowski

A principios de la década de los sesenta Charles Bukowski estaba en un trabajo asfixiante como cartero del servicio postal de Estados Unidos. Ya antes había pasado por empleos y ocupaciones desgastantes, lo mismo en tareas de campo que en bodegas, almacenes o como empleado de limpieza. Se trataban de puestos humillantes para alguien que se sabía con talento. Alguien que estaba hecho de otra pasta. Pero al que no le quedaba otro remedio que sucumbir si es que deseaba llevar, de vez en cuando, algún alimento a la boca. Era alguien que conocía el hambre de cerca. Alguien que llegó a dormir en bancas de parques y a sobrevivir días enteros alimentándose solo con algún caramelo de mantequilla.

La situación para él era desesperada. Trabajar como cartero lo consumía a nivel físico y, sobre todo, espiritual. Estaba perdiendo la parte más valiosa de sí mismo, esa ilusión que todos llevamos dentro y que nos hace luchar por nuestros ideales, la que invita a no rendirse. Eso que eventualmente la mayoría pierde en el camino para conformarse con lo que hay.

“No estoy entrenado en absoluto y el empleo como empleo no significa nada, desde luego, salvo la posibilidad de mantenerme respirando y comiendo para poder escribir algún poema”, dijo en esa época a un amigo.

Hank no entendía cómo la gente podía someterse a lo que él consideraba un infierno. Le aterraba ver a los trabajadores sumisos consumiéndose en la nada. Para él cada minuto en tales circunstancias era un golpe difícil de soportar. La sensación era similar a la de ver mutilado su interior, ese pájaro azul que empezaba a agonizar.

La condena que Bukowski vivió durante años lo empujaba cada vez más al abismo. Lo único que le salvaba eran aquellos escasos momentos donde podía escuchar música clásica, beber alcohol… y escribir. La combinación que funcionaba como escapatoria.

Incluso un tipo duro como él, habituado a la adversidad, no podía continuar así. Un día reflexionó al respecto y se dio cuenta de que tenía que elegir entre dos opciones. Quedarse en la oficina postal y perder la razón o dedicarse a escribir y morir de hambre. Eligió lo segundo. Prefería abandonar la certeza de una existencia mediocre con tal de salvar algo más preciado: su alma.

En una carta dirigida a John William Corrington escrita el 12 de enero de 1962 mencionó algo en tal sentido:

“Sigo aguantando porque (…) me estaba desvaneciendo por un lugar en donde ganaba 55 centavos la hora, donde empacaba vestidos de mujer en cajas para envío, mientras un judío gordo reía con su cara amarilla porque yo estaba en una jaula mientras él tenía una casa de 12 habitaciones y una mujer más bella de lo que yo podría siquiera soñar.

Decidí que estaba perdiendo,

No la cuestión monetaria,

al carajo con eso,

Sino que, y quizás suene cursi —una parte de mi alma estaba siendo empacada en cajas y soltada lejos de mí (…); decidí que,

dado que estaba perdiendo

PODÍA RENDIRME Y PERDERLO TODO

O PERDERLO CASI TODO

PERO SALVAR

SALVAR LO POCO QUE ME QUEDABA DENTRO.

Esta revelación no suena como gran cosa; no parece mucho, pero esa noche mientras caminaba hacia mi habitación entre los fríos árboles de St. Louis, me pareció lo correcto, era mi salvación que crecía y algo que caminaba junto a mí, una pequeña llama. Cobró sentido entonces y lo hace hoy todavía”.

Para Bukowski la consolidación literaria llegó de manera tardía. La primera de sus novelas se publicó cuando él ya tenía más de 50 años de edad, un punto en el que muchas personas ya se han rendido y asumen la condena en la que están inmersos. Su caso fue diferente y por eso es inspirador. Nunca quitó el dedo de la tecla y continúo con la escritura sin atender a las posibles consecuencias. Si había que hacerlo, se moriría con la suya, pero de ningún modo iba a volver a una dinámica que lo ahogaba y que lo convertía en un muerto en vida. John Martin, editor de Black Sparrow Press, permitió que sucediera, cuando le ofreció a Bukowski una mensualidad de 100 dólares para que abandonara sus funciones como cartero y se metiera de lleno en su faceta como escritor.

Eventualmente el éxito llegó. Quizás con retraso, pero finalmente pudo llevar una vida (o vejez) digna con una cuenta bancaria nutrida y un BMW en el estacionamiento. No todos lo logran. Fue un caso de excepción. Aun así, resulta notable que nunca haya renunciado a lo que el corazón le dictaba. Lo de él es un ejemplo. Y por eso su obra resulta más que mera literatura. Es algo más. Nos recuerda que incluso en la derrota hay una ruta de salida. Una luz que invita a no perder esa parte mágica y ebria que permanece en escondida en alguna parte de nosotros. Una luz pequeña pero que existe al fin.

Todo queda resumido en uno de sus poemas:

sabía que estaba muriendo
algo en mí decía, adelante, muere, duerme, conviértete
en uno de ellos, acepta.
luego algo más en mí decía, no, salva
esa parte pequeña
aunque sea.
no se necesitaba mucho, solo una chispa.
una chispa puede incendiar un bosque
entero.

silla buko

Una guitarra que llora

Las sesiones del llamado Álbum Blanco (1968) fueron, en términos generales, anárquicas y con un ambiente individualista para The Beatles. Las duras jornadas del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band del año anterior habían dejado agotada a la banda. No en lo creativo pero sí en lo que se refiere a la disposición a laborar en conjunto. De ahí que el sucesor haya sido más bien una pieza tirada a la libertad en donde cada integrante podía hacer lo que quisiera. Una atmósfera de cierta dejadez que, contra lo que pudiera creerse, trajo resultados extraordinarios.

El Álbum Blanco es un compendio de música popular que explora un gran número de géneros. Hay baladas, folk, rock pesado, jazz,  música country, soul, una canción de cuna, avant-garde y hasta una tonada para celebrar cumpleaños. Cada tema es muy distinto al anterior. John, Paul, George y Ringo se dieron la oportunidad de experimentar sin limitaciones. El disco doble es una locura sin armonía, un caos genial. Y ahí su mayor atributo: el cuarteto de Liverpool tiene obras más pulidas y redondas, pero ninguna tan amplia y en la que demuestren su genio con más versatilidad.

Aún dentro del viaje lúdico tirado al vértigo hay algunas canciones muy bien trabajadas a las que se dedicó especial esmero y atención como “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Hapiness is a Warm Gun” y “While My Guitar Gently Weeps”.

La última de ellas representa una gran historia en sí misma ya que en un principio le costó arrancar. George Harrison tenía cierta reserva. Sabía que tenía una composición extraordinaria y temía soltarla en un proyecto en el que ninguno de sus compañeros parecía demasiado implicado. A diferencia de discos anteriores donde cada tema se estudiaba y se repetía hasta el cansancio, en el Álbum Blanco había más bien una proclividad a la escritura rápida y la grabación en masa. George Harrison temía desperdiciar una de sus mejores flechas en una marea inmensa mientras Paul andaba en lo suyo y John se preocupaba más por Yoko que por cooperar con alguna melodía ajena. Corría el riesgo de que su mejor disparo pasara inadvertido.

«Intentamos grabarla», dijo alguna vez George Harrison refiriéndose a “While My Guitar Gently Weeps”, «pero Paul y John estaban muy acostumbrados a impulsar sus canciones y a veces era difícil ponerse serios y  grabar una de las mías. No estaba sucediendo. No la estaban tomando en cuenta… así que me fui a casa esa noche pensando, ‘bueno, es una lástima’, porque yo sabía que la canción era muy buena».

Con eso en mente, George decidió recurrir a uno de sus amigos. Y no cualquiera, sino Eric Clapton ni más ni menos. Se trataba de un movimiento inteligente, aunque con cierta polémica. Era raro que una figura externa se colara en una grabación de los Beatles, por más dios de la guitarra que fuera.

George Harrison hizo mención del caso en el proyecto The Beatles Anthology. «Al día siguiente estaba manejando rumbo a Londres junto a Eric Clapton y le dije: ‘¿Qué vas a hacer hoy? ¿Por qué no vienes al estudio de grabación y tocas en esta canción que tengo?’ Él respondió: ‘Oh, no, no puedo hacer eso. Nadie ha tocado antes en una grabación de los Beatles y a los otros integrantes no les gustaría algo así’ Yo le dije, ‘Mira, es mi canción y me gustaría que tocaras en ella».

Al final la colaboración se concretó. Y como pasaría unos meses más tarde con la incorporación de Billy Preston a las grabaciones de Let It Be, la llegada de un invitado relajó el ambiente y unió a los cuatro viejos amigos de Liverpool que cada vez tiraban más hacia  su propio molino.

El resultado es memorable. Si de origen “While My Guitar Gently Weeps” ya era un portento (la versión demo hace llegar hasta las lágrimas), con la suma de cinco de los más grandes talentos de la generación se volvió un manifestación digna de enciclopedias.

Ya mucho se ha dicho del gran solo ejecutado por Eric Clapton en el tema. Un deleite que está entre sus momentos más inspirados. Pero en cuanto finaliza, en el minuto 2:29, sobreviene un instante casi milagroso, en la que los últimos rastros de la guitarra se funden con el órgano Hammond y la voz de George en una mezcla muy parecida a la gloria divina.

Lo que hace Paul McCartney también es digno de destacar. Si bien en un principio había externado desidia, acaso motivado por la presencia de un músico como Clapton, no quiso quedarse atrás e hizo dos grandes aportaciones. Primero ese piano que ya desde el comienzo dota al tema de un aura obscura y épica y, segundo, ese bajo tan heavy y machacón que lleva todo hasta las nubes.

George Harrison, además de ser la mente detrás de todo, entrega uno de sus mayores despliegues vocales que, sumados trabajo instrumental, hacen de esto una cascada plenamente emotiva y llena de sensibilidad. Se trata de una letra enfocada a un pesar que mira lo que le rodea con abatimiento, un lamento por la causa perdida a la que uno sigue enganchado. La escritura de la tonada surgió en la casa de la madre George en Warrington, Inglaterra, y tomó vuelo durante la temporada que los Fab pasaron en Rishikesh, India, en el retiro espiritual del Maharishi Yogi que resultaría un fiasco a la postre.

David Quantick decía que George Harrison nunca había sonado tan confiado en sí mismo como en “While my Guitar Gently Weeps” y que nunca antes había pisado a fondo sus propias habilidades. Se trata de una verdadera revelación que descubre a un músico en esplendor, alguien que logró anticipar en rock de los setenta según agregó el periodista británico.

Una joya que está al nivel de lo mejor de Lennon & McCartney. Lo cual se dice fácil, pero que muy pocos han logrado en realidad. Hay que recordarla (y escucharla) en cualquier tarde que se disponga.

georgie harrison

Fellini nos cuenta de sí

El periodista Costanzo Costantini conoció a Federico Fellini cuando este último apenas comenzaba su carrera. Eran días de poco dinero, en los que el director italiano se las veía negras y en los que a veces estaba obligado a salir de los restaurantes sin pagar. Lo que en un principio se trató de encuentros profesionales entre reportero y cineasta, pronto se convirtió en una amistad estrecha que perduraría por décadas; hasta 1993, cuando Federico Fellini falleció.

La relación entre ambos hace de Fellini, les cuento de mí: conversaciones con Constanzo Constantini (Sexto Piso), un volumen de entrevistas excepcional.

Las aproximaciones con la prensa suelen ser, para muchos artistas, un fastidio donde las respuestas se dan casi de manera automática para salir del paso; un ejercicio impuesto por el entretenimiento como industria que muchos preferirían evitar. Mas, cuando el encuentro se da entre un par de amigos, la dinámica cambia y la entrevista pasa a ser una conversación, como señala el subtítulo del libro. Y eso son: charlas, intercambios, aun cuando el protagonista principal quede claro desde el principio.

La confianza que Fellini deposita en Costantini conlleva dos elementos deseables en cualquier entrevista, liberación y comodidad. Gracias a ello brotan revelaciones que solo se reservan para el círculo más íntimo.

Les cuento de mí constituye una biografía fragmentada, porque aunque se pudiera decir que los temas tratados se centran en la obra cinematográfica (y por tanto profesional) del autor, la esencia autorreferencial de esos trabajos hacen que, al comentarlos, el maestro cuente paralelamente su vida personal.

Fellini era un ávido conversador. Entre las varias anécdotas compartidas por Costantini hay una que lo demuestra. Narra que en una ocasión, a mediados de los años setenta, y con motivo del Oscar ganado por Amarcord, concretó una cita con Federico para hacerle unas preguntas. El autor de la película se mostró indispuesto: la noche previa, mientras confirmaba la cita, había comentado que no se le ocurría nada importante qué decir y que bastarían cinco minutos para terminar la sesión; aceptó de mala gana sólo para echarle la mano a su amigo periodista que necesitaba escribir algo para el medio en el que trabajaba. Al otro día cuando se encontraron en Vía Sistina, Fellini habló sin parar por cuatro horas y media. Su lengua era incontenible incluso en días malos.

De la primera a la última página apenas se notan cambios en la personalidad de Fellini. Sobra decir que los temas tratados son variados y que cada respuesta está cargada de genio profundo, pero aun con la llegada de los premios y renombre mundial, siguió siendo el ser sencillo, supersticioso y humilde de siempre. En la parte trasera del libro viene una frase de Orson Welles que lo refleja a la perfección: “Fellini es, esencialmente, un muchacho provinciano que nunca llegó realmente a Roma. No, todavía está soñando. Y todos deberíamos estarle agradecidos por sus sueños”. En las palabras que pronuncia, entonces, siempre se percibe la añoranza por su tierra natal, Rímini, fusionada con las impresiones causadas por la gran Roma a la que denominó como “una ciudad para esperar el fin del mundo”.

Federico Fellini padeció de insomnio durante su toda vida. Ante la frustración, al despertar optaba por dibujar los vívidos sueños que tenía para luego transformarlos en películas. Su carrera es una travesía onírica que pronto lo separó de la generación del neorrealismo italiano. Ya desde las primeras películas se notan las pinceladas de distinción que luego, con la llegada de los sesenta y de la libertad que otorga el prestigio, se hacen más evidentes hasta convertirlo en el autor de un estilo o, para ser justos, de un mundo, que se cuece aparte de las convenciones de sus contemporáneos.

El hombre detrás de proyectos tan complejos como 8 1/2 o Satyricon en el trato de persona a persona era elemental y espontáneo. Cuando se le cuestionaba sobre las comparaciones con Proust y Joyce que algunos críticos hicieron respecto a sus cintas, confesaba apenado nunca haberlos leído y además agregaba que los artistas deberían mantenerse alejados de las bibliotecas. También se relata cómo Anita Ekberg estuvo reacia a aceptar el papel que se le ofrecía para La Dolce Vita por lo poco serio que le parecía Fellini, tomando en cuenta que cuando se le acercó para hablarle del proyecto no tenía siquiera un guión. Fellini incluso le ofreció a ella que lo escribiera, para poco después entregarle unas cuentas líneas redactadas en un pésimo inglés que simplemente la hicieron reír. Por fortuna su agente ya se había comprometido, por lo que se vio orillada a actuar para pasar a la historia con esa otra figura central del mundo felliniano: Marcello Mastroianni. A él lo eligió por algo difícil de encontrar dentro del menú de actores: una cara común y corriente.

Otro dato: en la mítica escena de la Fontana di Trevi, para aguantar el enorme frío que hacía, Marcello se tomó una botella entera de vodka y llevaba por debajo del traje un conjunto especial para buzo. Al momento de la llamada estaba completamente borracho.

Lo anterior es una pequeña muestra de lo que se encuentra en Fellini, les cuento de mí, recomendado para los admiradores del cineasta y también para quienes no lo conozcan en absoluto, ya que por ameno y ligero alimenta las ganas de aproximarse a sus películas, las cuales son revisadas cronológicamente, incluyendo los proyectos inconclusos de El Viaje de G. Mastorna (cancelado por complicaciones y supersticiones del autor) y Viaje a Tulum (para el cual visitó México), además de La ciudad de las mujeres, a la que consideró “maldita” ya que durante su filmación ocurrieron varias tragedias, la más sensible de ellas la muerte de su sentido del oído: Nino Rota.

La edición es estupenda. Una maravilla que, por si fuera poco, incluye líneas sobre el amor entre Federico y Giulietta Masina, la relación ambivalente con Pasolini y variados recuerdos íntimos de los protagonistas de la época. Indispensable para los enamorados del verdadero cine.

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Costanzo Costantini, Fellini, les cuento de mí, España, Sexto piso, 2006, 292 pp.

La nota de George Harrison

En algún lugar estaban John, Paul, George y Ringo. John y Paul acaparaban las miradas. Ringo las sonrisas. Quedaba George, el típico muchacho serio de la escuela que se descubre como un gran conversador cuando te animas a conocerlo. Entre los cuatro formarían uno de los fenómenos populares más importantes del siglo XX. Aunque las cosas no fueron sencillas para ninguno de ellos.

George Harrison, por ejemplo, padeció una presión particular desde el principio, cuando John Lennon tuvo reservas para aceptar a un quinceañero en su proyecto musical entonces llamado The Quarrymen. Bastó que George tocara la complicada “Raunchy” de Bill Justis en una audición improvisada dentro de un autobús para lograr convencerlo.

Con el pasar de los años vendrían otras presiones; con los reflectores encima, llegó el juicio de la prensa y el público. Una vez alcanzada la fama, en lugar de ser halagado por sus aportaciones en la guitarra, hubo cierto sector que le tiraba dardos ante la falta de composiciones propias. Para ellos llegó la primera de sus canciones: “Don’t Bother Me”, una declaración de principios que ya da muestra de lo diferente que era de sus compañeros. Sabio, obscuro, ácido, respondía a los detractores.

Todavía tuvo que enfrentarse a una evaluación más rigurosa: la que había en el seno de The Beatles. En más de una ocasión varias de sus composiciones fueron relegadas en pos de otras menores. Ante los oídos de John Lennon, Paul McCartney y George Martin, el establishment al interior de la agrupación, pasaron las primeras versiones de joyas como “All Things Must Pass” y “Not Guilty” que, con la atención requerida, bien pudieron tratarse de highlights en la discografía del cuarteto. Parecía que los temas de John Lennon eran a los que más se les echaba la mano. George mismo apuntaló y perfeccionó decenas de temas que no cerraban del todo, un favor que no siempre se le devolvía. A cambio se le ofrecía la oportunidad de tener una o dos canciones en cada nueva obra.

En el llamado Álbum Blanco (1968), ante a la apatía de sus compañeros, decidió invitar a Eric Clapton para reforzar la preciosa “While My Guitar Gently Weeps”, que se convirtió en uno de los mejores piezas del cuarteto. La amistad entre ambos duraría varias décadas más.

En las sesiones de Let it Be (1970), George Harrison discutió con Paul McCartney y se hartó de John Lennon. Cumplir órdenes quedaba corto para sus expectativas. El material que reserva, lo sabe, le da para mucho. No era tan prolífico, mas la calidad de los temas estaba al nivel de cualquiera gracias al esmero artesanal que ponía en ellos.

En una pequeña crisis George decidió, por fin, abandonar la banda, pero a las pocas semanas regresó para contribuir con el que sería el último trabajo de The Beatles: Abbey Road (1969; grabado después de Let it Be pero lanzado antes que este). Además de aportar dos de los tres temas más famosos del LP, logra por primera vez, colocar una de las suyas como lado A de un sencillo. Se trata de “Something” la enésima canción de amor del cuarteto que logró conquistar a la audiencia.

Cuesta pensar en un final digno para The Beatles sin la aparición de “Something” y “Here Comes The Sun”, por no mencionar sus invaluables contribuciones como arreglista a la sombra. También es difícil pensar en la carrera de los Fab sin su presencia.

George era la diagonal que unía y afianzaba a Lennon/McCartney. Siempre tuvo un solo, un arpegio, un riff que catapultaba a sus compañeros. Uno de los ejemplos más notorios está en “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, donde el aporte que hizo con el sitar disimula el aire Dylaniano o, cuando menos, lo eleva a otros niveles: le convierte en un tema Beatle genuino. La fascinación por el instrumento y la cultura hindú fue producto de la búsqueda constante que desarrolló, un viaje que se concentraba en especial en su propio interior.

Mencionar el resto de las contribuciones de George Harrison a The Beatles sería un trabajo agotador; muchas de ellas pasan desapercibidas por elementos más obvios como lo son los coros o las letras; simplemente debe decirse que sin ellas tendríamos productos anémicos; que sin el cuidado del George perderían un valor que cuesta precisar con exactitud. Cuando se hacen listas de los mejores guitarristas de la historia parte importante de los puestos siguen reservados para los instrumentistas pirotécnicos, de esos que creen que tocar es una carrera de velocidad. Si los parámetros fueran otros, como la sensibilidad y el cuidado de cada nota, George debería ocupar uno de los primeros lugares.

Debe destacarse que el perfil bajo que mantuvo se debe también a su tendencia introspectiva. Al ser parte de la banda más popular del mundo, y estar activo activo en un periodo de tiempo donde el Guitar Hero vivió un auge, se le debe reconocer que nunca cedió al protagonismo fácil. Era lo contrario al exceso: era un músico de la contención. Se ha dicho ya que jamás tocó una nota de más. Falta hacer hincapié en que tampoco hubo una de menos. El resultado no era producto del esfuerzo y la repetición tanto como del instinto. La delicadeza.

Cuando se conoce a George en profundidad quedan borrados los menosprecios y aparece la estimación, la sorpresa. Surge la duda de por qué su talento permanecerá un tanto a la sombra y eclipsado por el peso de The Beatles, cuando la realidad es que en algunas ocasiones llegó a superar lo que hacía el tándem Lennon/McCartneyEn todo caso, cualquier día se presta para empezar a descubrirlo.

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La sonrisa de Michael Rother

Michael Rother sonreía mientras se instalaba en un pequeño escenario de un salón en San Luis Potosí. Desde el restaurante ubicado a un lado se alcanzaba a colar la música dispuesta para los comensales, pero él se lo tomó con humor. Es un hombre sencillo que ve la incomodidad más como una aventura que como un fastidio. Es probable que después de cerca de cincuenta años de trayectoria, que lo llevaron a influir de manera determinante en la música occidental a través de Neu! y proyectos como Harmonia, nunca hubiera afrontado una situación parecida. Aquel que fue admirado por David Bowie y que colaboró de cerca con Brian Eno estaba ahí, perdido en una ciudad mexicana, en un espacio en el que apenas se podía mover, con la misión de tapar aquellos murmullos de muzak que provenían del local vecino. Le acompañaban en la tarea el carismático Hans Lampe y Franz Bargmann.

Tampoco es que Michael Rother sea ajeno al imprevisto. Ha vivido en Pakistán, en Reino Unido y ha recorrido gran parte del mundo gracias a su carrera. Comenzó en 1971, y desde entonces se ha mantenido en la palestra con distintos proyectos. Primero con Kraftwerk (en donde tuvo una participación más bien testimonial), luego con Neu! y luego con su carrera en solitario. Pese a su innegable influencia, en él hay algo de anonimato. Una parte importante de la música popular del siglo XX tiene su impronta, y sin embargo él tiene un aspecto apegado a la normalidad.  Pantalones de mezclilla, camiseta negra y una chaqueta de algodón, de esas que luego uno se topa en el supermercado.

El aura de hombre promedio se borra cuando comienza a tocar. Entonces es posible darse cuenta de que Michael Rother es de otra pasta. Un digno representante de lo que significa ser alemán. Se trata de un estilo de música muy identitario, que alguna vez miró hacia el futuro y que acabó sepultando por la realidad. El krautrock presente en Neu! se regodea en la reiteración: a partir de cada círculo va adivinándose un nuevo significado. Se trata de una competencia contra del interior, una confirmación de lo que se tiene, de la esencia que merece ser recordada una y otra vez.

Michael Rother no se encierra dentro de sí mismo. Agradeció a la audiencia y mencionó que se trató de un público adorable. Luego siguió tocando un set impecable que mostró el alcance de su propuesta. Una modernidad congelada en el tiempo. La matriz de donde salen ecos presentes igual en The Horrors, que en Radiohead, Stereolab o Wire. La vanguardia bien entendida. Un clásico sin arrugas.

El evento fue traído por los organizadores de Futuro Festival en asociación con el Goethe-Institut Mexiko. Todo un acierto de personas partidarias de mirar más allá.

En el público hubo de todo. Conocedores de la música alemana, viejos nostálgicos. Jóvenes atentos a la historia. Hubo un tipo que no sabía a quién tiene enfrente, así que lo googleaba y se ponía  a ver fotos de él en su celular, en vez de atender a la actuación que tenía a unos pocos centímetros de distancia.

Había una joven. Tenía el cabello violeta y no debía tener más de 21 años. Era una de las personas más entusiastas en el recinto. Entendió a la perfección el instante y se dejó llevar por el mismo, permitiendo que los sonidos se apoderaran de ella en pasos de baile que no tendrían explicación de otro modo. Ella no se dio cuenta, tenía los ojos cerrados, pero Michael Rother la observó durante más de una ocasión. Y volvió a soltar una sonrisa, como si él fuera el fascinado. En ella estaba la música. La chica de cabello violeta contenía la magia del momento y él había soltado la chispa que dio en el clavo.

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