Mark Hollis: el hombre que no regresó

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Talk Talk inició como una banda británica de synthpop que en los ochenta buscó un espacio en las calles a través de temas resueltos de la gama OMD y Ultravox. De ese modo cosecharon The Party’s Over (1982) e It’s My Life (1984), dos discos que junto a un puñado de sencillos levantaron fuertes expectativas e hicieron a EMI relamerse los bigotes por el bombazo comercial que podían llegar a ser.

Luego llegó el tercer álbum, The Colour of Spring (1986), una transición muy contundente. Algo había cambiado, y lo había hecho de fondo. Ya no sonaban como la banda MTV de los discos anteriores. Ahora ejecutaban una operación de distinto calado que tiraba de lleno a la creación de atmósferas, si bien aún conservaban rastro del flujo de su material previo.

El modelo presentado carecía de hits evidentes. La artificialidad saltarina había sido sustituida por una paleta de recursos que entraban en otro plano dimensional. El grupo londinense renegaba de su pasado y sorprendió tanto a sus fanáticos como a los hombres de negocios. La pequeña locura fue aceptada por EMI solo porque se comportó de manera notable en ventas, alcanzando el puesto 8 en las listas de su país.

Pero aquello apenas comenzaba. El envite siguiente, titulado Spirit of Eden (1988), radicalizó la propuesta y rompió cualquier paradigma del pop. Quienes cantaban “Such a Shame” apenas cuatro años antes de pronto se habían convertido en unos apologistas de la introspección y la reserva.

EMI les había dado carta blanca para que hicieran lo que mejor convinieran. Hasta entonces se habían mostrado como una banda modélica que muchos insistían en ver como un relevo de Duran Duran. Talk Talk aprovechó para comenzar de nuevo, para romper con lo que había atrás.

“The Rainbow”, el tema que abría Spirit of Eden sorprendió a los escuchas quienes se hallaron con una pieza de casi 10 minutos que no tenía pinta de pertenecer a ninguna tradición. En la que no había coros ni ganchos, sino una verdadera travesía apegada al murmullo y la contención.

Talk Talk pasó por una metamorfosis: ya estaba más cerca de John Cage y Miles Davis que del synth que los vio nacer. A la postre se consideró que habían inaugurado el post-rock. Lo abrupto estaba anunciando, “the world’s turned upside down”, decía la primera línea del arcoiris.

La mente detrás del cambio era el genio de Mark Hollis, un condensador de géneros, un idealista, alguien que había optado por dar la vuelta y seguir sus propios designios, no los de alguien más.

El núcleo de las nuevas canciones estaba en su pausa. No en el aturdimiento, más bien en una manera de atisbar lo sublime. Hollis sabía que pocos sonidos son superiores al silencio y optó por ensimismarse y dejar patente apenas lo esencial en cada obra.

Fue así que se volvió un artesano de la agudeza. Dibujante de contornos, texturas, paisajes del sonido. En compañía de sus compañeros entregó gemas que saben a cálida sombra.El músico londinense abandonó el camino formulaico en pos de la exploración sonora.

Enamorado lo mismo del soul que de la música clásica, el jazz, la meditación y lo etéreo, aprendió que el vacío es un parte crucial de cualquier grabación. Son los espacios donde anida la maestría, donde se muestra el control que se tiene de las notas.

Lo anterior, desde luego, le importaba un pepino a EMI que puso el grito en el cielo al ver lo que sus promisorias criaturas habían lanzado a la palestra. No había en ellos ningún single que pudiera llenar estadios. Y para colmo, Mark Hollis ya no quería tocar en vivo. Las creaciones en el estudio eran incompatibles con los conciertos.

En el video “I Believe In You” se percibe la incomodidad de Hollis, quien no entiende otro lenguaje que el propio en clave musical. La industria no se acomoda a sus preceptos, tanto las giras como las imágenes promocionales se alejaban de su intención. Talk Talk acabó por romper con EMI y la compañía se vengó levantando una demanda por el fracaso comercial del álbum por el que tanto habían invertido.

Fue mejor así. El siguiente trabajo —ya con Polydor Records— era igual de enigmático e inasible. Laughing Stock (1991) fue el quinto y último álbum de la banda en donde no dieron un solo paso atrás pese a la presiones.

Visto a distancia la decisión fue un acierto. Perdieron la oportunidad de tener una fama masiva, pero por el contrario ganaron trascendencia. Las últimas composiciones carecen de explicación o de arraigo en una época y con cada nuevo repaso ofrecen nuevas lecturas. Como pasa con Joyce o Kafka, se les seguirá descubriendo en los próximos años.

Hollis fue un pequeño Bartleby que de algún modo se infiltró en la industria musical, una maquinaria que suele chupar la sangre de los artistas hasta que ya no queda más. Él no lo permitió, prefirió no hacerlo. Luchó por cada gramo de independencia que había dentro de su organismo y optó por crear lo que le dictaba el extraño orden del cosmos antes que ceder a la posibilidad latente del éxito impostado que le hubiera restado la calidad de genuino.

Tan inasible como era (incluso para sí mismo), Hollis era de hablar poco ante medios. Llevó a los instrumentos a parajes cada vez más abstractos. No necesitó llamar la atención por medio de lo efectista o rudimentario, cinceló fibras sonoras que se extendían como pistilos de una flor en primavera.

Talk Talk se despidió en la cumbre. No hicieron lo que se esperaba de ellos, hicieron lo que les daba la gana, No por una vulgar rebeldía o pueril intención de llevar la contraria, sino por una cuestión de honestidad y principios. Con un costo que asumieron con todas las letras.

A partir de entonces Mark Hollis se volvió un recluso en movimiento, alguien que tuvo la humildad de ya no añadir un solo arpegio a un mundo ya de por sí saturado. La postal de su vida tendía a lo crepuscular.

En 1998 lanzó su único álbum en solitario, llamado como él mismo. Una obra maestra que va a la saga de Spirit of Eden y Laughing Stock. Un acontecimiento que por ser el más personal acaso sea el mejor.

Fuera de eso nada más, salvo colaboraciones menores y una pieza instrumental llamada “ARB Section 1” que hizo para la serie Boss (2012).

Mark Hollis se transformó en un renegado como los Rulfo, Salinger y Walser del mundo. Y aunque se alejó de los grandes reflectores, tuvo un regalo mejor para sí: la conformación de un hito. La creación de un género que amalgama a otros y que se ha vuelto la bandera de los músicos inconformistas, aquellos herederos que le rinden tributo al experimentar y que luchan por ser auténticos dentro de cada sesión.

Muchos esperaron su vuelta, pero Mark Hollis ya no regresó. Vivió hasta sus últimos días en el sur de Londres, encaminado a la vida familiar que tanto añoraba. Murió sin hacer mucho ruido en febrero de 2019.

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Bob Dylan y Sam Shepard en la carretera

 

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One more cup of coffee for the road,
One more cup of coffee ‘fore I go…
—Bob Dylan.

Bob Dylan emprendió en 1975 una de las giras más míticas en la historia de la música popular. La Rolling Thunder Revue lo llevaría a visitar un puñado de ciudades en Estados Unidos en compañía de personajes que incluían los mismo a Joan Baez y Roger McGuinn, que a Joni Mitchell y Allen Ginsberg. Aquello pretendía trascender a los conciertos mismos, sería más bien una travesía que ocuparía a los involucrados en todo momento. Un gran campamento para almas vagabundas.

El ambicioso plan original incluía la producción de un filme para el cual Dylan contactó a Sam Shepard, un dramaturgo icónico de la época, quien se supone escribiría el guión. La película nunca se concretó (aunque tres años después parte del material serviría para la cinta Renaldo and Clara), pero Sam Shepard acompañó a la comitiva en todo momento y desde autobuses, butacas y bares llevó un registro, lo cual finalmente quedaría plasmado en el libro Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama).

El diario transcurre a través de pequeñas viñetas sin ilación alguna. La narración fragmentada, que chapotea entre diálogos, poemas y frases sueltas, es la esencia de la película surrealista que pretendía sustentar. Un ente sin conexión, ráfagas como la vida misma que pasan de la visión de una hamburguesa con queso de algún tugurio en California hasta las serpientes que una asistente trae dibujadas en las mejillas.

Bob Dylan quería que el proyecto tuviera el tono caótico y carnavalesco del director Marcel Carné, que la agitación de las multitudes y los escenarios se alternara con las bambalinas, los pasajes que transcurren en los camerinos. Una arquitectura en constante rompimiento.

Si bien el plan estuvo lleno de trabas, en su momento Sam Shepard sintió que la pluma fluía con extrema facilidad. El guionista norteamericano lo atribuía a la intuición de Bob Dylan para cuestiones cinematográficas. Dentro de sus letras veía una enorme fuente de imágenes coloridas. “Un cineasta del instante”, decía de él. Y atribuía al arte ese milagro que conseguía que relaciones enteras, paisajes y caminos pudieran sintetizarse en palabras.

El ambiente estaba poblado de grandes personajes. T-Bone Burnett mencionaba que durante esa gira los involucrados se divirtieron más de lo que permitía la ley. Ninguno sería el mismo después de la última fecha. En medio de descanso, de pronto podía aparecer Jack Elliott con un sabio consejo: “no dar tu dirección a las malas compañías”.

Pero al final del día era el propio Zimmerman quien dominaba el pelotón. Sam Shepard recordaba que hubo algo que le llamó la atención la primera vez que se encontró en persona con él: Bob Dylan tenía una gran proclividad por el silencio. En medio de una reunión no sentía necesidad alguna por romper con su voz los huecos que surgían dentro de la charla. Los minutos podían transcurrir e igual él permanecía callado, aunque hubiera otras personas en la habitación deseosos de escucharlo. A ellos no les quedaba otra que llenar la mente de conjeturas, una incertidumbre sobre si convenía decir cualquier tontería. Era posible estar a su lado, “pero nunca ser parte de él”.

Bob Dylan se sentía solo en el escenario, ahí cuando estaba rodeado de miles de caras que hacían ruido y lo observaban. A lo lejos dejaban de tener cara, se percibían como una ola inclemente que se queda a unos centímetros de la orilla. En realidad nadie se le puede acercar aún al compositor. Ni acólitos ni periodistas. El oriundo de Duluth, Minnesota marca distancia, de ahí parte de su magnetismo.

En cierto sentido, Bob Dylan confería a todo lo que le rodeaba de un aura especial. El espacio en el que estaba se llenaba en automático de importancia, y sobre todo de misterio. Un misterio que, como bien apunta Shepard, nunca de disipa. Pasan los años y aunque su presencia se expande a través de sus canciones, el paso del genio no acaba por descifrarse.

Tal como las versiones que toca en directo, el caso de Dylan “no se resuelve nunca”, dice una de las anotaciones del libro. Por ello es tan cautivante. La última palabra no está dicha. Al no haber conclusión el infinito se dibuja en el horizonte.

Los días de la Rolling Thunder Revue avanzaban y nadie tenía idea alguna de qué carajos ocurría, qué película estaba en marcha. Solo deambulaban como lo que eran, astros alrededor de un sol insurrecto. Dejando pasar lo que tuviera que suceder. Disfrutaron mientras pudieron. A sabiendas de que al final Bob terminaría por buscar la salida.

En 1986 Bob Dylan y Sam Shepard escribieron una canción juntos. Se trata de la épica “Brownsville Girl” que junto a “Under Your Spell” hace que el Knocked Out Loaded valga la pena. La pieza es una episodio importante de la cultura de nuestro tiempo. La sensibilidad de dos gigantes que se cruzan en el camino.

Something about that movie though, well I just can’t get it out of my head
But I can’t remember why I was in it or what part I was supposed to play…

Los escritores saben cómo es el amor

Greene, Monroe, & Miller On The Road

Los escritores suelen pasarlas canutas con aquello de los sentimientos. El acto creativo implica largas sesiones de soledad y mucha amargura. Los tipos duros no bailan, se titulaba un viejo libro. Pero incluso ellos, en algún punto, tienen que amar.

La historia de la literatura está llena de rastros sobre el tema. Charles Bukowski decía que el amor es un perro del infierno. Y ni así pudo renunciar a él. En sus palabras está más bien reflejada una extrema sensibilidad que le hacía caer en decepciones reiteradas, como el huérfano de cariño que fue desde la niñez. En términos generales era un romántico, como describió Raymond Carver en el poema que le dedicó. No sabes lo que es el amor, vociferaba Hank en una borrachera a los que nunca lo habían experimentado. Esa era la única forma en que podía saberse de qué iba en realidad. Viviéndolo.

Xavier Villaurrutia y Salvador Novo sí que lo vivieron, aunque también fueran conscientes de los pesares que acarreaba. De lo insuficiente que a veces es todo. Villaurrutia lo expresó con tino en un poema. Amar es una sed, la de la llaga / que arde sin consumirse ni cerrarse, /y el hambre de una boca atormentada / que pide más y más y no se sacia. / Amar es una insólita lujuria / y una gula voraz, siempre desierta.

Novo se mostraba más colmado, incluso a la llegada de los vacíos que le hacían apreciar aún más al objeto de su deseo. Amar es este tímido silencio / cerca de ti, sin que lo sepas, / y recordar tu voz cuando te marchas / y sentir el calor de tu saludo. […] Amar es percibir, / cuando te ausentas, / tu perfume en el aire que respiro, / y contemplar la estrella en que te alejas / cuando cierro la puerta de la noche.

Tal ausencia es una constante para quienes viven de la pluma. A muchos artistas les pesa no tener alguien que les aguante el ritmo. Alguien que se anime a quererlos. No muchos están dispuestos a llevar una relación con un novelista, no se diga ya con el que expele un puñado de versos. La sensatez indica que es preferible alejarse.

Aun así, no todo está perdido. Kurt Vonnegut ofrecía un tip para conseguir una pareja. Para enamorar, expuso en una de sus conferencias, hacían falta dos cosas: llevar ropa bonita y sonreír. Nada más. Si aquello no rendía frutos añadía que uno debía aprenderse la letra de algunas canciones. Se sabe que la música logra conectar a las personas y dentro de la música pop hay un universo de formas para entender las relaciones humanas. Sabiduría pura y dura.

Arthur Miller es un ejemplo de éxito. Cuando un escritor se sienta acomplejado por su condición, tan lejana a la de las fulgurantes ingenieros y CEO’s, basta pensar en él y su idilio con Marilyn Monroe para desbordarse en autoestima y esperanza. Quizás desde el teclado sí se pueda llegar a las grandes ligas. O no.

De cualquier modo el amor puede conducir a pasajes demoledores. Dostoievski lo sabía muy bien y, lo que es más, supo reflejarlo. Noches blancas es un testimonio de la ilusión que acompaña a los primeros amores, los más ingenuos, platónicos y que en la estocada del rechazo dan paso a la madurez.

En El idiota, el escritor ruso describió el peligro de ser vulnerable ante el otro. Aunque también las bondades que tenía el dejarse llevar. Uno de los personajes establecía que la mujer era capaz de atormentar y burlarse del hombre hasta la extrema crueldad, sin ningún remordimiento, a sabiendas de que al final podía recompensarlo con su afecto.

Encontrar a la pareja adecuada, entonces, es el verdadero reto. Una búsqueda que multitudes hacen, aunque finjan que no. Henry Miller cayó en la dinámica: aunque fuera crudo o bohemio no perdía ese lado tan emocional. “Me veo a mí mismo para siempre como el hombre ridículo, el alma solitaria, el hombre errante, el artista inquieto y frustrado, el hombre enamorado del amor, siempre en busca de lo absoluto, siempre buscando lo que no se puede aprehender”.

Alain de Botton, a la usanza de la tradición judeocristina, sugiere que la verdadera prueba del amor llega en los momentos de debilidad. Es ahí cuando queda patente si la otra persona está verdaderamente comprometida con nosotros. Casi cualquiera puede amarnos en nuestros mejores tiempos, los de salud y abundancia; los que se quedan aún cuando se entra en la decadencia son los que tienen una cercanía a prueba de bombas.

En cualquier caso, hay autores que nunca se tragaron el cuento. O al menos eso han procurado aparentar. La obra de Michel Houellebecq ha apelado a los alienados, a los que viven en doloroso aislamiento y que ven el pasar de los días sin mayor optimismo. Tanto él como el perfil de lector que ha trazado, carecen de amistad, de carisma y no terminan por encajar. Y a fuerza de rechazo opta por desmitificar lo que para otros es lo mejor que ha ocurrido. Para el francés, así de locuaz, el amor es una broma de la que la sociedad es víctima, una estafa en la que es preferible no caer.

Lo cierto es que nadie puede abstenerse. Románticos y haters se han visto influidos alguna vez por el amor o por la falta de él, situación a partir de la cual se imagina, se elucubra, se anota una palabra tras otra con la ilusión de que la persona querida lea lo escrito. Ahí la gran motivación, una pelirroja muy MM que a distancia observa las letras.

Mourinho no está hecho para estos tiempos

mourinho

“Quiero mantener buenas relaciones con todo el mundo, pero lo más importante es mantener una buena relación conmigo mismo”.

—José Mourinho.

 

José Mourinho fue invitado a realizar el saque de honor en un partido de hockey llevado a cabo en Rusia. Aunque él no pintaba mucho ahí, fue un gesto que reconocía su estatus como figura dentro del deporte. El problema es que después de atender el protocolo, el portugués se resbaló con la alfombra roja que algún lumbreras colocó en la cancha de hielo. El bochornoso momento quedó captado por múltiples camarógrafos que apuraron la viralización de la estampa.

El traspié parecía cerrar un ciclo de horror para el entrenador luso, pero todavía venía algo peor. Un día después fue condenado a un año de cárcel (que no tendrá que sufrir, al no contar con antecedentes penales) y a una multa de tres millones de euros por fraude fiscal en España. Esta vez sí que tocaba fondo o al menos un mínimo histórico. Su estatus está más cuestionado que nunca y no queda claro cómo podrá salir de la maraña en la que está metido.

El declive viene de tiempo atrás. Mes y medio antes de la caída fue echado del Manchester United por los malos resultados obtenidos. Los jugadores simplemente no carburaban con él, aunque a su salida milagrosamente recuperaron el talento para remontar posiciones en el campeonato local.

No son buenos días para Mourinho que a últimas fechas pareciera haber perdido el rumbo. Si bien no ha caído en el desastre, ha despertado señalamientos por acabar mal en sus últimas aventuras con el Chelsea y el United. Los detractores que se ha labrado a lo largo del camino están de plácemes, desfogando la bilis acumulada por medio de insultos.

Visto con frialdad, el haber ganado la Premier League en la temporada 2014/15, en la que también ganó la Copa de la Liga, así como UEFA Europa League en la 2016/17 (que coronó con otra Copa de la Liga), no está nada mal. Cualquier otro entrenador estaría contento con el botín y aquello sería suficiente para ser candidato a dirigir cualquier club del mundo. Pero con Mourinho no es así. El técnico luso está acostumbrado a arrasar y cualquier cosa que no sea ganar una Champions más Liga le sabe a fracaso.

Después de todo es alguien que ganó dos Copas de Europa de especial kilataje por haber sido conseguidas con el Oporto y el Inter de Milán. También ganó la Liga de los récords con el Madrid y sentó las bases para que los merengues retomaran su reinado en Europa. Lo respaldan alrededor de 25 trofeos, un mérito que ha logrado sostener en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

Hubo algo más que lo marcó. Su enfrentamiento deportivo y dialéctico con Guardiola y todo lo que el Barcelona representa. Esa relación combativa dejó alguno de los episodios más memorables del futbol en el siglo XXI. El Mourinho más inspirado estuvo ahí, cuando plantó cara al falso buenismo de los catalanes a través de dureza y asumiendo el papel que se tenía que asumir. No fue sumiso ni aceptó la hegemonía culé que el resto de los clubes asumía como inapelable, con la cabeza baja y hasta de modo reverencial.

“Mourinho nos hizo espabilar. Estábamos aceptando una situación que no podía ser”, ha dicho Xabi Alonso sobre cómo Mou les ayudó a recuperar la confianza para competir con el Barcelona. El guiño también es de Álvaro Arbeloa, quien aún se muestra respetuoso con el portugués. “Fue capaz de bajar a ese Barcelona de la cima. Y no ha recibido suficiente reconocimiento por esto”, apuntó, al tiempo que recalcaba otro de los méritos del entrenador: haber dejado el ambiente de tal forma que finalmente Pep tuvo que abandonar al equipo blaugrana.

Para ello empeñó su cuerpo y alma. Fue un trabajo de 360 grados, no solo en el diseño táctico, los partidos y los entrenamientos, también en la agenda mediática, lo administrativo y el duelo ideológico. Quedó tocado por los reflectores y parecería que después de tal labor no ha vuelto a ser el mismo.

Aquel Madrid de Mourinho dejó de lado las normas sociales y regresó el futbol al fango, al sacrificio y a una manera de entender el compromiso. “Señorío es morir en el campo, no filosofía barata”, fue una de las tantas perlas que soltó ante micrófonos.

El éxito del mourinhismo recae en su primacía como jefe dentro del vestuario. Su estilo de dirección no permite la rebeldía, sino que demanda de los jugadores un compromiso y una devoción total por el entrenador. Sus mejores momentos en el banquillo han llegado cuando los futbolistas lo asumen como un comandante, más que como un gestor deportivo o un compañero de viaje.

Es el tipo duro, un tirano que debe controlar todo a su alrededor. La democracia no va con hombres así. Tal nivel de dominio es difícil de mantener a largo e incluso a mediano plazo. El nivel de exigencia y protagonismo es tan grande que pronto se erosiona. Pero sobre todo no funciona mucho con el perfil de los jugadores actuales, aspirantes a estrellas de Hollywood que buscan lucir por encima del DT y el grupo mismo. Esos que dejan de esforzarse y boicotean al jefe cuando les cae mal, les habla fuerte o los hace correr más de lo necesario.

Las complicaciones recientes de Mourinho tienen que ver con ese choque generacional. Le es difícil lidiar con el nuevo perfil de jugador que aspira a ser el centro de los proyectos deportivos. El pique que mantuvo con Paul Pogba como antes con Cristiano Ronaldo hablan de esa naturaleza que se nota desde el peinado. Para Mou solo debe haber un gallo en el corral. Y debe ser él, como indica su tradición futbolística, esa que lo vincula a la inclemencia y agitación de los Bill Shankly y Brian Clough.

The Special One se las ve canutas con la suavidad y lo políticamente correcto. Si Guardiola es fanático de Coldplay, Mourinho es un arrebato que no se anda con cursilerías. Antes que nada es un personaje, un hito de la cultura pop del que algún día se debe hacer un gran libro. El malestar que genera, las pullas de gracia y la pasión que genera lo consolidan como un genio más complejo que cualquier otro en el mercado.

Como aquella canción de los Beach Boys, Mourinho no está hecho para estos tiempos, tan afables, tan censores, tan aburridos. Tampoco va con futbolistas propensos a mirarse al espejo y a comer ensaladas.

El viejo lobo portugués apela al perfil de los espartanos. Materazzi, Xabi Alonso, Arbeloa, Sneijder, John Terry, Carvalho… sujetos que compensan cualquier limitante con honor y fidelidad absoluta. Hombres en serio.

A partir de hoy le tocará reinventarse. O esperar a la vuelta de un puñado de fieras. El objetivo que seguro aún tiene es volver a ser el puto amo. Que nadie lo dé por muerto.

 

Paul Auster y la lucha por escribir

paul auster

Paul Auster llegó a los 30 años lleno de agobios e incertidumbres. Así lo relató en uno de sus libros de memorias, en donde describe cómo es que ese punto determinante en la vida de los hombres lo tomó con la guardia baja. No solo su matrimonio se desmoronaba: su aspiraciones como escritor parecían no conducirlo al puerto adecuado y los problemas monetarios le restaban la tranquilidad que soñaba tener para deambular con orgullo por las calles.

Aun así, seguía con la mente fija en la literatura. Desde muy joven ese había sido su sueño. Escribir y vivir de ello. También ser reconocido por una obra emblemática. El camino, no obstante, se le había empantanado. La segunda mitad de los años setenta lo atrapaba inmerso en las traducciones del francés que hacía para obtener algunos recursos, así como la elaboración de ensayos que de vez en cuando le eran requeridos por revistas del gremio.

En cierto punto los intentos le llevaron a la desesperación. Por más que mandara cartas, hiciera llamadas telefónicas y acudiera a entrevistas de trabajo, no acababa de ver la luz al final del túnel. Probó suerte en la docencia, en el periodismo y en cualquier cosa que le permitiera mantenerse en la lucha. A todo lo veía como una cuestión temporal, en lo que podía asentarse en sus propias pasiones. Aunque más de una vez dudó que eso al fin pudiera llegar.

Cada paso le parecía un retroceso. Era exigente consigo mismo y se exasperaba. Los empleos que conseguía aquí y allá distaban de parecerse a su ideal. Tampoco estaba satisfecho con lo que salía de su pluma. Sus ambiciones, decía, eran mucho mayores que sus capacidades.

Conforme se acercaba a la madurez el futuro le parecía más y más nebuloso. Si bien había logrado publicar un libro de poemas en un tiraje reducido con un pequeño grupo editorial, seguía con las limitaciones económicas que tanto le frustraban. No lograba dar el gran golpe o el campanazo que requería para levantar.

De cualquier modo no quitó el dedo del renglón. No quiso entrar en la dinámica de tantos otros escritores que tenían un trabajo estable que les permitiera crear en sus tiempos libres.

Paul Auster estaba negado, la idea de estar en una oficina, llevar horarios y recibir órdenes simplemente no iba con su naturaleza. Decidió apostar todo al destino y empeñarse en una carrera que lo mismo podía llevarlo a la cima que hundirlo irremediablemente a la simple subsistencia. Prefería sostenerse en buhardillas con goteras si es que ello abría algún resquicio para entrar de lleno en el panal literario.

Un punto de inflexión fue la beca que recibió por el Instituto de Bellas Artes de Nueva York. La salvación llegó en forma de 3 mil 500 dólares que le permitieron andar con holgura y centrarse así en respirar durante una temporada. La confianza que John Bernard Myers había depositado en él también contribuyó a elevar su optimismo.

De cualquier forma, poco a poco fue vaciando la cuenta bancaria. Y la presión regresó. De seguir así pronto llegaría al límite, ese que tanto le angustiaba y que llegaba a tumbarlo con alguna enfermedad. Era alguien sensible que no lograba habituarse a la mediocridad y estar inmerso en ella lo abatía física y espiritualmente.

En una noche de insomnio, propia de la ansiedad que lo mantenía en vilo, le vino una idea a la mente. Como lector voraz de novela negra urdió una trama a la que le daría forma con el paso de los días. Un sano entusiasmo se apoderó de él. Sintió que la vena literaria por fin se había adueñado de su interior. Había dado el paso definitivo. O eso creía.

En las semanas siguientes se las arregló para completar 300 páginas. Una historia que rodeaba a una misterioso asesinato que venía rodeado de un aura existencial. Ya con el volumen bajo el brazo, comenzó a moverse por editoriales. Pero no tuvo mucha suerte. Varias personas le sugirieron cambios, le dieron esperanza… y al final le decían que no, otra vez.

Un día, un hombre le llamó por teléfono. Era alguien que conocía de años atrás y al que en un principio le costó trabajo identificar. El tipo en cuestión le empezó a hablar de un proyecto que tenía en mente y al que le quería invitar. El balbuceo fue extraño pero implicaba la fundación de una casa editorial. El sujeto le preguntó a Paul Auster si tenía alguna novela que quisiera publicar. Habían pasado ya varios meses desde que en aquella noche sin dormir empezó a trazar su primera obra de largo aliento, una de la que ya casi se había olvidado. Quiso aprovecharla y dio el sí.

El libro tardó dos años en materializarse. Cuando se mandó a imprimir la empresa estaba quebrada y no había forma de siquiera distribuirlo. Había que recurrir a otra editorial, a otro agente. Paul Auster había recibido un golpe más. Lo sufrido a lo largo de toda su juventud era una verdadera masacre que tumbaría a cualquiera que no tuviera vocación.

No era su caso. Peleó por lo único que le salía bien y al cabo de un tiempo obtuvo recompensa. Siguió picando piedra y, sobre todo, siguió escribiendo. No se rindió. Eventualmente sus libros fluyeron y fueron publicados hasta convertirlo en uno de los autores más exitosos de su generación. Lanzó la apuesta y pudo fracasar o pudo dar en el blanco, pero tenía que estar ahí. Y lo estuvo. Como un artista del hambre que todavía mira hacia atrás con ingenio.

En defensa del automóvil

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El automóvil tiene muchos enemigos a últimas fechas. Pareciera que andar sobre un vehículo motorizado le convierte a uno en un demonio que no se preocupa por la ecología y el porvenir de la humanidad. Se habla mucho de las bondades del transporte público, las bicicletas y, esto es el colmo, hasta los patines del diablo. Algunos en pleno delirio incluso reivindican la pertinencia de caminar, como si todos estos años de evolución científica no pudieran darnos el gusto de mover el cuerpo lo menos posible.

Sí, la demonización de los automóviles ha entrado en una etapa radical. Las críticas se extienden a lo insostenible que resulta continuar con ellos en un mundo en apariencia saturado como el que tenemos ahora.

Es verdad, en ocasiones los atascos que se presentan en la calles llegan a desesperar. Padecer de un embotellamiento provoca que te salga una cana. Igual que los baches (topar con uno causa dolor en las muelas, no preguntes cómo) y el tránsito local que está conformado por múltiples memos que hacen de las ciudades verdaderas junglas de asfalto por las que no se quisiera volver a pasar.

Aún así, que no te engañen. El auto sigue siendo el medio de transporte con mayor encanto de todos. La simbiosis que a lo largo de varias décadas ha logrado con los seres humanos lo ubican en un plano superior.

Es más que una máquina con la que puedes ir de un lugar a otro. En la secuencia hay mucho de emotivo y de estatus. Aprender a conducir es un acontecimiento importante para los seres humanos. También llevar la reliquia fue legada por los familiares o adquirir al fin el modelo que tanto se ha deseado.

Está la cuestión del confort experimentada ya desde la infancia cuando se subía al asiento trasero del auto sin la menor preocupación. Los adultos se preocupan de todo adelante como protectores y choferes que configuraban un cuadro entrañable. La proximidad de los mayores con los pequeños es un ecosistema íntimo que se percibe como hogar.

Los beneficios van también por cuestiones de imagen. Dentro de un coche no caerás en despropósitos como el del cansancio, el asoleo y la sudoración que ocurren en otros tipos de transporte en donde los usuarios se ven obligados a padecer auténticas torturas como pedaleos y movimientos de rodillas, por no mencionar los apretones dados en las horas pico.

El auto confiere un gran margen de libertad. Si tienes uno puedes ir a donde quieras. Abandonarlo todo y comenzar de nuevo en otra parte. No necesitas verte hacinado en un autobús o combi con otras personas que llegan a ser agresivas e inclementes en un mal día y en donde, encima, tienes que seguir rutas pactadas de antemano, así como padecer de paradas constantes que frenan el flujo de los sueños.

En cambio el motor y las cuatro ruedas ofrecen la posibilidad de tomar tu equipaje y elaborar tu propia ruta. O poner música y andar sin rumbo como ofrece el amparo de la noche en uno de los actos de relajación más cautivantes de todos.

Con el auto se emprenden viajes de carretera. Se abandona el ajetreo del lugar de origen para ir y venir entre pueblos y rutas desconocidas. Probar atajos, perdiciones y hallazgos sobre la marcha.

Tomar el volante es uno de los grandes actos de control que pueden experimentarse desde los márgenes de lo socialmente aceptable. Años de innovación quedan a merced de nuestras manos y ante los ojos solo queda el horizonte dispuesto para explorar.

Transciende a cualquier transporte. Es un refugio en varios sentidos. Una guarida lo mismo para la lluvia que para las decepciones y en donde, si todo sale mal, incluso cabe la opción de echarse a dormir.

Nada de lo anterior ocurre del mismo modo entre los inventos que aspiran a hacerle competencia. El Segway no es un Mustang.

Es innegable que conforme pasan los años se vuelve indispensable recurrir a alternativas que ofrezcan un alivio a las vías de desplazamiento. El metro, los camiones, las bicicletas y los scooters son opciones que muchos hemos tomado y que, además de tener ventajas, resultan respetables para quienes gusten de ellas si representan una mejora para sus vidas.

Pero no. No son el automóvil. Carecen de su belleza, de su candor, de su mística. Nunca será igual llegar agitado y sucio debido al uso de medios distintos al automóvil, ese que permite llegar en la comodidad desde donde se tiene a disposición un largo terreno.

Llevar de copiloto a la persona deseada es otro de los factores que cuentan. Y mucho. Al auto es acogedor y solo se deja entrar a seres de confianza. Abrir la puerta ya es de por sí una ceremonia. Avanzar en compañía, en ese breve universo personal, le añade lo maravilloso a una estampa en donde se dibujan recuerdos que algún día habrán de rugir.

Los diarios tempranos de Susan Sontag

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Susan Sontag, 1959. Foto de Duane Michals.

Susan Sontag fue una de las ensayistas más respetadas e influyentes de su generación. Como crítica del arte, la sociedad, el mundo político y la sexualidad logró marcar tendencias y meter una mirada acuciosa en terrenos analíticos que pocos se habían atrevido a explorar. Opiniones como la suya pesan hasta la fecha y dibujan una línea lo mismo polémica que canónica.

La autora norteamericana también probó las posibilidades de la ficción. Obras de teatro y relatos salieron de la pluma espumosa que guardaba dentro de sí. Y fue igualmente una figura pública que defendió con valentía ideales de la estética y la fotografía. No fue dogmática y ahí donde muchos pregonaban teoría nebulosa y barata, ella tuvo honestidad y precisión para abordar los temas que le embargaban.

Pero ante todo, Susan Sontag fue una mujer. Caótica, brillante, arterial. Su paso por el mundo contiene varias lecciones y da muestra de la importancia de la determinación y de permanecer con la vara alta en cuanto a nuestras expectativas.

Para conocer los entresijos de ella como persona queda la alternativa de recurrir a sus diarios, editados ya hace más de una década, en los que dejó constancia del lado más tierno y contradictorio a partir del cual fluyó lo que le conocemos de obra.

Desde muy joven, Susan Sontag se impuso como norma ser fiel a sí misma, una actitud de la que partía una libertad verdadera en la que no había que constreñirse. Era consciente de una cuestión que parece evidente pero que pocos alcanzan a asumir para su propia causa, no hay nada que te impida hacer cualquier cosa, por disparatada que sea, dentro de tu margen de acción.

“¿Qué me impide recoger mis pertenencias y marcharme? Solo las presiones autoimpuestas de mi entorno”, concluía al recordar que había fuerzas omniscientes con las que costaba trabajo romper. Una de ellas era el temor a su propia familia y la particular animadversión que llegó a causarle su madre.

Con apenas 15 años, Sontag ya era una persona muy sensible, con todas las angustias, pesimismos y aflicciones que acompañan a la ya de por sí embrollada juventud.

Como lo reflejan sus primeros cuadernos, Susan Sontag era muy exigente consigo misma; era consciente de sus aspiraciones y de las limitaciones que aún tenía. Por ello no temía ironizar sobre su condición: lo que llamaba el luto personal, aunque igual permanecía expectante el talento pudiera ofrecerle algún día.

Sontag confiaba mucho del camino que podía labrarse por su cuenta. Era independiente y reivindicaba la calidad de individuo. Tenía un alta estima por lo privado, al tiempo que apelaba por el mantenimiento de la cultura como medio de salvación colectivo. La Universidad, en contraparte, no le despertaba el menor entusiasmo, ya que estaba segura de que podía aprender todo lo que requería a través de la lectura. Consideraba a la música, como es pertinente, el arte mayor.

La vida académica que alguna vez fue opción le causaba aburrimiento. Le aterraba llegar a la vejez dentro de una universidad a la que solo serviría a través de papers de temas extravagantes que nadie leería. Ser profesora ofrecía algunas comodidades, pero le obligaba a rendirse, algo que no estaba dispuesta a hacer. De nuevo, primero estaba el amor propio.

La narradora neoyorquina tenía un voraz apetito intelectual (“riego mi mente con libros”, mencionaba, al tiempo que hacía listas de títulos en sus libretas). Temía por ello que su potencial pudiera quedar desperdiciado. Como quinceañera buscaba encontrar un rumbo, un sitio en donde pudiera desarrollar su destreza.

Era evidente que la escritura sería el móvil adecuado. Le atraía la idea de producir textos, pero sobre todo estaba interesada en ser una escritora, aun más que escribir en sí. Lo atribuía al ego, ese impulso por ser alguien y acabar con el reconocimiento que merecía.

Sin embargo, escribir propiamente dicho no siempre le era fácil y tenía esos días en los que incluso se cansaba de hacerlo, se tratara de un artículo de fondo o incluso una breve línea en su diario. Dejaba mucho de inconcluso en hojas de papel que guardaba por días hasta que eventualmente les definía un destino. La ansiedad finalmente estimulaba su vena creativa.

En Susan Sontag había un fuerte debate entre el lado intelectual y las emociones. Esas dos caras de la moneda le conflictuaban, le dolían, una situación a la que le encontraba provecho. La tensión de la cuerda era, a su modo, un estímulo creativo, en el que a menudo ganaban los sentimientos. Susan Sontag admitía ser una apasionada, nada más le faltaba un canal para que aquello le ofreciera una recompensa.

En sus diarios hay un punto de quiebre: el día en que contrajo nupcias con el sociólogo Philip Rieff cuando ella apenas tenía 17 años y él contaba ya con cerca de 28. La adopción de una nueva condición afectiva y social no cambió su postura tirada a la independencia intelectual. En sus apuntes decía que el matrimonio era sobre todo una cuestión de inercia, y no buscaba el contacto permanente sino lapsos de soledad que eran el descanso y el alivio.

El matrimonio no duró mucho, la pareja se divorció al cabo de nueve años. Susan Sontag no se volvería a casar. No iba con su temperamento ni con sus inclinaciones personales. “Dos personas esposadas la una a la otra junto a un estercolero no deberían pelear”, reflexionaba. “Solo consiguen que el estercolero aumente unos milímetros, tienen que vivir con él hediendo bajo sus narices”.

En la adolescencia descubrió su bisexualidad y fuera del periodo en el que estuvo casada con Rieff y con quien tuvo hijo, estuvo más encaminada a su relación con las mujeres. En sus años de juventud admitía tender a amores egoístas y ser presa constante de los celos. “Mi amor la quiere incorporar plenamente, quiere devorarla”, decía sobre María Irene Fornés con quien sostuvo un fuerte vínculo.

Así tan avanzada a su tiempo como llegó a ser, el asunto de la sexualidad llegó a provocarle episodios de conflicto interno. A finales de los cincuenta para una chica de su edad no era fácil tener aproximaciones con otras mujeres; aún no llegaba la liberación que en la segunda mitad de la siguiente década comenzaría a dar un respiro a lo que muchos como ella transcurrían en silencio. En una entrada daba reflejo de lo difícil que era vivir con atracción a seres de su propio sexo. “Me hace sentir vulnerable. Aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos”.

Los diarios de Susan Sontag, disponibles en varios volúmenes, tanto en inglés como en español, son testimonio del corazón palpitante que hay detrás de la severidad de una intelectual pública. Una auténtica figura de las letras y de la cultura popular que años después de su muerte permanece como una referencia y una guía de admirable actualidad.

Una última consideración al NAIM, por favor

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El tema del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) volvió a la palestra en días recientes. Aunque parecía un asunto ya cerrado e incluso agotado, hay elementos para tenerlo en mente. Y no solo eso, también para pensar que el gobierno de México debe reconsiderar su postura y hacer un viraje histórico que, aunque complicado, permita continuar con su construcción.

El presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que el terreno donde aspiraba ubicarse el NAIM estará destinado a convertirse en un especie de parque ecológico y deportivo. El mensaje llegó casi al mismo tiempo que la polémica sembrada por dos noticias que dieron la vuelta en distintos medios: los 34 mil millones de pesos pagados a inversionistas por el concepto Fideicomiso de Inversión y Bienes Raíces al que obligaba la cancelación del proyecto, así como la postura de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés), la unión multinacional que agrupa a más de 260 líneas áreas (casi la totalidad de las compañías que existen el mundo), que ha reiterado con severidad lo inviable de tener tres aeropuertos como ha propuesto el gobierno federal, así como las pérdidas multimillonarias que implicaría seguir con un esquema que hasta el momento es más voluntarioso que firme en lo que se refiere a la logística.

En realidad mucho lo anterior ya se sabía. El costo económico, operativo y social del adiós al NAIM fue expuesto hace meses. Decenas de argumentos han sido mencionados a favor y en contra de la obra. Los primeros más pragmáticos y apegados a la técnica y al desarrollo, los segundos orientados a una cuestión relativa a la renovación del sistema y la lucha contra los malos manejos. No obstante, hasta ahora no ha sido posible procesar a nadie por la presunta corrupción y el INAI ya ha empezado a presionar en este sentido pidiendo a Presidencia sustentar con solidez los dichos al respecto.

Hay, sin embargo, otro eje que muestra lo delicado del panorama. La calificadora de riesgo Standard & Poors bajó a ‘negativa’ la perspectiva sobre calificación de México que se mantiene en BBB+, pero cuyo horizonte podría cambiar debido principalmente a la incertidumbre generada por el manejo de Pemex.

Aunque el NAIM se cuece aparte, en el plano internacional se empieza a fraguar una imagen de un México poco serio que no es conveniente tener. Y si hay una forma de retomar confianza y un aura de limpieza en el exterior, esa sería el rescate de la mega plataforma que supone tener uno de los mayores aeropuertos a nivel global.

Algunos de los que reivindicaron la idea de frenar el NAIM, pese a todo lo negativo que ello conllevaba, adujeron que, ante todo, se trataba una cuestión simbólica que implicaba romper con las malas prácticas del régimen anterior.

Si bien esta cuestión es estimable, el costo es demasiado alto como para asumirlo por mera alegoría. Y aquí es en donde acaso se abra una brecha de oportunidad.

Ningún punto como el actual es mejor para refrendar el camino. López Obrador ya obtuvo el triunfo que buscaba: mostrar músculo ante una clase política y empresarial que se contraponía con su ideario de lo que significaba la nación. Enseñó a nivel local y territorios foráneos que es capaz de tomar decisiones de cualquier clase sin titubeos y que cualquier detalle que escape a su visión de honestidad puede echarse para atrás, cualesquiera que sean los embates.

Si se anima a volver a la construcción del NAIM, Andrés Manuel podría catapultarse como un líder sensato que sabe enmendar e ir con la cabeza fría, emularía a los mejores tiempos de otro prócer de la izquierda, Lula da Silva, quien supo maniobrar y convencer a sectores tanto populares como empresariales e internacionales, aunque a la postre se caería por otros factores.

La rectificación añadiría una victoria adicional a su bolsillo. Traería una tranquilidad que urge a su sexenio y podría tratarse del punto de inflexión que le haría cerrar uno de sus frentes más enredados. Si bien podría recibir reclamos del ala más radical de su movimiento, en términos generales su trayectoria ha mostrado que sus seguidores saben comprender y defender cualquiera de sus determinaciones.

La idea parece remota, tal vez disparatada. Más un deseo que una sustantividad que pueda concretarse. Pero si así fuera, si el presidente quiere marcar una pauta con aire de jugada maestra, que reconsidere el NAIM. En especial porque la alternativa no lleva avance alguno y su viabilidad ni siquiera tiene el aire de certeza.
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Publicado originalmente el 4 de marzo de 2019.

Ser rico no es malo

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“Ser rico es malo, es inhumano”, dijo alguna vez Hugo Chávez. Fue una de sus frases más famosas, una perspectiva de algún modo ha anidado históricamente en algunos círculos de la sociedad, quienes han tomado a las clases altas como los enemigos del pueblo, un antagonismo que parte de conclusiones no siempre acertadas.

Tal postura atiza a algunos de los peores sentimientos humanos. Una posición prejuiciosa que pone en el mismo bote a todos los que cometen el pecado destacar en el plano económico.

La riqueza no tiene nada de malo en realidad. Siempre y cuando la fortuna haya sido generada de forma honesta y legal no habría que reprochar a nadie que posea dinero y lo gaste como mejor le convenga.

Es importante desechar la idea de que los ricos son entes malévolos a los que hay que combatir; condenar el éxito y la prosperidad son síntomas de una sociedad que cree al tirar a los demás de algún modo logrará subir un par de peldaños en su camino personal. Nada más lejos de ello.

En lugar de demonizar a las personas de altos recursos, habría que quitar trabas y encadenamientos para que cada vez más personas puedan incorporarse al sector acomodado. La pobreza es una condición dolorosa que no es conveniente sacralizar y, por el contrario, hay que ingeniárselas para que la población aumente su poder adquisitivo.

Tal vez el sector empresarial debería ser autocrítico ya que existe una percepción de su carácter endogámico que rara vez deja subir a aquellos que no pertenecen a sus propios círculos y que no invierte ni apuesta con la suficiente audacia como para impulsar al territorio en el que se encuentran. En ello también influye un estatismo desbordado que condiciona a los emprendedores y les hace avanzar a pasos tibios.

La retórica de la condena a los ricos ha sido enarbolada habitualmente por cierto sector de la izquierda. En México se ha convertido en una de las banderas más recurrentes entre los políticos, en un discurso que eventualmente les habrá de estallar en la cara.

Aunque los funcionarios de gobierno se llenen la boca hablando de austeridad o asuman el papel de los clanes populares, lo cierto es que todos ellos gozan de sueldos privilegiados y de excepción por mucho que los recorten o recurran a argucias para aparentar estar lejos de la opulencia.

La endeblez de semejante criterio queda evidenciado constantemente. Cuando se reveló que Olga Sánchez Cordero poseía un departamento en Houston con valor de 11 millones de pesos más de una voz clamó por la incongruencia que la autoproclamada Cuarta Transformación, que ha erigido la “justa medianía” como una de sus credenciales.

De manera injusta, la secretaria de Gobernación fue estigmatizada y el enredo que su declaración patrimonial provocó se convirtió en una pequeña crisis dentro del gabinete presidencial.

Lo cierto que como ex ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y como alguien ha trabajado en alto nivel a lo largo de varias décadas la mujer está en todo su derecho de adquirir propiedades tal como le venga en gana. De nuevo, no tiene nada de malo.

Sánchez Cordero ha sido víctima de un discurso insostenible en la realidad que ya ha afectado a varios funcionarios (señalados incluso cuando van a restaurantes de caché o cuando conducen autos que superan al vocho de Mujica) y que seguramente seguirá atormentando a más de un empleado público que no podrá apenas lucir de lo que gana bajo los márgenes de la ley solo porque ya se ha instalado la idea de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre.

La discusión llegó a su punto más elevado al inicio del actual sexenio cuando la Presidencia de la República se confrontó con el Poder Judicial debido a que los primeros consideraban que los segundos recibían pagos excesivos por su trabajo, algo que chocaba de lleno con la modestia republicana y la idea de que nadie puede ganar más que el mandatario de la nación.

A ello hay que añadir las decisiones que se tomaron respecto al avión presidencial, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México y el Gran Premio de México de la Fórmula Uno, entre otros, todos ellos desechados por considerarse un dispendio, pese a los probados beneficios que suponían.

En la era en el que el término fifí se ha expandido medio en broma, medio en condena, bien convendría serenar el ambiente y asumir la cultura del bon vivant sin complejos. El criterio que se pone a los servidores públicos puede variar respecto al sector empresarial porque ahí se involucra dinero que proviene de los bolsillos de todos, incluso de aquellos que viven a duras penas.

Pero de poco o nada sirve que, ya instalados en un sistema como el que se tiene, pensemos que quienes se encuentran en el poder deben verse sumidos en una moderación asfixiante. La austeridad es digna y deseable, pero debe aplicarse cortando aquello que no funciona y aquellos que no desquitan salario. Los que aportan, los que reditúan en mayores ingresos, a ellos se les debe pagar bien para que se mantengan dentro de las filas que benefician a todos.

Y ellos deberán gozar el fruto de su trabajo. Ser rico no tiene nada de malo si el botín se ha conseguido con justicia. Desde el oficialismo hasta la opinión pública habrían que tenerlo en cuenta o tarde o temprano terminarán por morderse la cola.

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Publicado originalmente el 25 de febrero de 2019.

La pantomima del Mijis y su desdén hacia San Luis

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San Luis Potosí le queda chico a esa eminencia conocida como El Mijis. O al menos eso es lo que él parece creer. No es solo el diputado local con más faltas a las sesiones del Congreso, y el que más sale de la entidad para sostener una agenda mediática paralela a sus responsabilidades como servidor público. También es alguien cada vez más insatisfecho e incómodo con la tierra que tuvo la fortuna de verlo crecer.

La cuestión quedó bien retratada hace unos días cuando el diputado viajero estalló ante un grupo de reporteros potosinos a los que pretendió dar cátedra de cómo hacer su trabajo. La faceta de gurú periodístico en Pedro Carrizales era hasta entonces desconocida, pero ahora se ha sumado a su particular estuche de monerías que lo destaca como activista, político, chavo banda, voz de los excluidos y adalid de la justicia universal.

Durante su exposición, como un verdadero lord de Polanco, El Mijis amenazó con abandonar San Luis Potosí si es que los comunicadores de provincia no trabajan como él considera correcto.“Les voy a decir de una vez y que quede bien claro, si me llegan hacer una canallada, se los juro que voy a pedir licencia”, dijo. Y luego sacó a relucir su condición de superestrella, para imponer con el estatus de ser superior. “Voy a hacer un llamado a nivel internacional”, explicó, aduciendo que su vida estaba en peligro.

Más de un reportero seguramente se lo pensará dos veces antes de escribir la próxima nota sobre el susodicho, no vaya a ser que el diputado cumpla su palabra y abandone la ciudad privándonos así de su honorable presencia, el único astro con el que por ahora contamos para iluminar la región.

La actitud que tuvo con los medios locales contrasta con el afecto y conexión espiritual que tiene con las cadenas nacionales a las que tiene como prioritarias. Carrizales aparece en cuanta entrevista o show le sea propuesta, a las que anima con su notable gracia y don de gentes.

La estrategia es entendible. El Mijis se encuentra cada vez más desacreditado en San Luis Potosí, mientras que en otras latitudes, donde no conocen sus mañas, es aún visto como impoluto, como una marca o atracción, en vez de ser tomado como lo que es: un hombre complejo, con virtudes y defectos. Con algunos aciertos, limitaciones y tantos otros traspiés.

La verdad es que aunque El Mijis se haga el representante de las clases populares, sus actos lo muestran como un tipo más fascinado por el glamour de la Ciudad de México y el extranjero, esos nichos de mercado en los que ha encontrado una forma de propagar su magia como parte de un plan de dimensiones aún desconocidas.

Lo anterior es respetable. Todos están en su derecho de explotar su imagen y buscar una proyección internacional. Ojalá lo consiga y logre aportar a la nación. Lo curioso es la impostura. Una forma de entender la política que es difícil sostener en la práctica.

Allá donde su trayectoria no ha sido analizada puede seguir con la pantomima que tiene de outsider. Una actitud que le ha granjeado muchos simpatizantes —incluso dentro de círculos que son críticos de la izquierda— que lo ven como un ente luminoso, una figura refrescante lejano a las viejas prácticas de las que muchos están agotados.

El Mijis ha sabido manejar bien la oportunidad. Pero se le notan las costuras. En sus propuestas hay mucho de pirotecnia, un hambre voraz por llamar la atención e instalar al buenísmo de lleno en la agenda. Mientras en su localidad se muestra déspota con los reporteros, a quienes condiciona en su trabajo, por otro lado en redes sociales aprovechó un insulto de Ricardo Alemán para pavonearse por una iniciativa de protección a periodistas. “Mientras tú me atacas, yo te defiendo a ti, con mi iniciativa para mejorar el sistema de protección a periodistas”, dijo el magnánimo.

En su propia cuenta de Twitter, Carrizales Becerra ostenta la coherencia como una de sus mayores virtudes. “15 años de lucha por mis ideales, no es solo un discurso, es un principio  que llevo tatuado en mi corazón. En mi vida no hay traición ni incongruencia”.

Sin embargo, a veces da la impresión de que, aunque lo niegue, mucho de él sí que se queda en el mero discurso. A principios de 2019, El Mijis se manifestó en contra las tropelías de Nicolás Maduro en Venezuela y pidió al gobierno mexicano reconsiderar el principio de no intervención debido a las violaciones de derechos humanos que ocurren en el país sudamericano.

Aquel mensaje fue sin duda admirable y despertó comentarios halagadores en la opinión pública. Lo que muchos de ellos no sabían es que el reputado legislador tiene a dos asesores, David Reyes Medrano y Víctor García-Mata, que son abiertamente defensores y admiradores de la revolución bolivariana y que hace apenas unos meses estuvieron en la embajada de Venezuela en México mostrando su respaldo al régimen chavista.

La bandera que El Mijis ha tomado recientemente es la de ir a contracorriente respecto a la coalición que le dio la oportunidad de adentrarse en el servicio público. En redes ha mostrado crítico con las que a su juicio son algunas decisiones equivocadas de la 4T. Esto es muy valeroso y merece un reconocimiento, ya que aparenta una independencia intelectual.

Lo malo es que se queda corto: a menudo se trata de un mera acrobacia discursiva contraria a la actitud que toma cuando tiene encuentros con los jerarcas de la 4T ante los que se muestra lambiscón, complaciente y ante los que lanza piropos dignos de Waylon Smithers. A Mario Delgado lo ha llamado “el mero machín”, el mismo epíteto que le puso en su momento al presidente Andrés Manuel López Obrador. A Yeidckol Polevnsky, por otra parte, le llama “jefaza”.

El lujo y los grandes reflectores son una gran tentación. El Mijis debe aprovecharlo mientras alguien se la siga comprando. Solo tendría que serenarse un poco y no desatender sus responsabilidades en San Luis Potosí ni desmerecer a la sociedad que, a fin de cuentas, fue la que lo encumbró. Y gracias a la cual goza de un jugoso salario de élite, por cierto. Si quiere irse, que lo haga. Está en todo su derecho de expandirse. Lo extrañaremos. Pero que mientras tanto no extienda la mano solo cuando le conviene, como el pasado 9 de febrero, cuando pidió un préstamo de 162 mil pesos al Congreso del Estado. Una cantidad que seguramente no le darían sus amigos de Harvard por los que tanto se desvivió.

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Publicado originalmente el 18 de febrero de 2019.