La comida mexicana como arma de resistencia

No es descabellado pensar en la comida como el recurso secreto gracias al cual el pueblo mexicano ha aguantado los múltiples sufrimientos y desgracias que ha padecido a lo largo de su historia. La gastronomía nacional cumple el papel de combustible para la resistencia diaria.

Se podría decir algo parecido sobre otros países, pero la comida mexicana cuenta con algunas particularidades. No es solo sabrosa y llenadora, también es democrática. A diferencia de lo que se vive en otros lugares, en México es muy barato comer. Con 30 pesos (alrededor de 1.50 usd) basta para apañárselas durante todo un día. Eso es lo que cuesta un huarache con carne, unos tamales o media docena de tacos de canasta, por mencionar tan solo algunos ejemplos; platillos que si bien no son del todo saludables, al menos ayudan a calmar el apetito y dan energía para una jornada más. La masa, el picante y la grasa colman el espíritu cuando no hay otro estímulo que lo alimente.

Es la salvación de la comida callejera. Una opción que,  con todos los reveses que pudiera tener, sostiene a las clases populares. En los puestos de tacos y garnachas se crea una cohesión social inusitada, donde personajes de diversos orígenes convergen en un mismo espacio que les ofrece refugio y sustento. A modo de ceremonia, hay calma y armonía. Cada uno aguarda su turno con civilidad, lo mismo a la hora de formarse en el barra de salsas.

Los tacos, igual que otros antojitos, gustan los mismo al empresario acaudalado que al obrero que gana el salario mínimo. Quien introduce un tlacoyo o gordita en su boca puede tener la seguridad de que prueba el manjar que algún millonario añora desde la mesa de un restaurante donde dispone de un triste cubo de pollo colocado sobre una cama de pepino.

Las dinámicas culinarias del tercer mundo no podrían ser de otra forma: las carencias económicas de la clase trabajadora harían impensable sostener menús como los que se ven en París, Londres o Milán. Acá no estamos para milongas. Sentarse en lugares donde se usan manteles, cubiertos y copas de cristal está de sobra. Lo que funciona es ir a las bases: comer a pie en vajillas de plástico bajo el servicio de un hombre que prepara y sirve además de cobrar.

Otra clave está en el calor. Incluso el hombre más desamparado, alguien que no tiene hogar, puede ir a lugar un puesto de comida callejera y dejarse consolar por la calidez que emana de la parrilla. Una especie de abrazo cósmico en el que se conjugan aromas y sentidos.

La comida funge como el remedio perfecto. No requiere recetas ni consultas con un especialista. Basta con dejarse querer. Al son de un taco la vida parece menos complicada, y luego de un día pesado nada mejor que desanudar la corbata y acudir al primer trompo al pastor que se cruce en el camino. Famosa es la historia de aquel suicida que fue disuadido de la muerte por un grupo de policías. La estrategia fue sencilla: después de charlar, lo llevaron a comer tacos. Así le mostraron que no todo es tan terrible como parece y que, parafraseando a Woody Allen, la vida puede ser espantosa, pero es el único sitio donde se puede pedir una orden de suadero.

México ha sido víctima de inseguridad, guerras, fraudes, pérdidas de territorio, crisis financieras, desastres naturales, muertes en masa, pobreza, abusos  y un cúmulo de tragedias… pero hay algo que templa el ambiente y evita el estallido social. Una posibilidad que surge cada noche: ahogar las angustias a base de carne, frijoles, chile y tortilla.

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En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Una cortesía muy desconsiderada

Es posible que aquellos gestos que realizamos como muestras de cortesía sean considerados como un fastidio por la persona que los recibe. Aunque suene extraño (en un principio la idea parece incluso inverosímil), en determinadas condiciones los actos caritativos pueden resultar bastante molestos. Para darse cuenta solo hace falta prestar atención o ponerse en los zapatos del otro, será entonces cuando se revele una nueva postura al respecto.

Noté lo anterior al analizar una simple costumbre que tengo: la de decir buenos días o buenas tardes a los chóferes del transporte público. Antes lo hacía sin ningún empacho; saludar a esas personas me parecía un detalle mínimo de cordialidad, en especial si tomaba como referencia a esos seres despreciables que se suben al autobús sin dirigirse a nadie, limitándose a pagar sin dar un gracias siquiera.

No obstante, la reacción de los conductores de autobuses no era tan cálida como esperaba. Recibir los buenos días parecía no agradarles tanto y reaccionaban a ello con desgana. Luego de reflexionar al respecto, comprendí la razón: el guiño de amabilidad forzaba al receptor a dar una respuesta. Y mientras para mí era fácil decir buenos días a una sola persona, para la contraparte seguro era fastidioso tener que responder a las decenas de sujetos que decidían saludar durante cada jornada laboral. Era egoísta obligarlos a desgastar las cuerdas vocales de forma innecesaria. Lo más probable es que ellos tengan una inclinación hacia el mutismo, que gusten de permanecer abstraídos en sus propios pensamientos en vez de ser interrumpidos por un tipo al que no conocen en absoluto.

Eso lo llevo en mente. De cualquier modo no lo puedo remediar, cada que subo a un camión sigo saludando al conductor, lo cual creo que supera al mero silencio. Es una manera de oponerse a quienes entregan la cuota de pasaje sin emitir sonido alguno, como si estuvieran lidiando con una máquina. Lo que ya empiezo a moderar es otra vieja costumbre: dirigir al chofer un gracias, hasta luego cada que descendía de la unidad. Tal discurso acaso ya peque de excesivo y procuro evitarlo.

Mención aparte merece la maniobra de ceder el asiento en el transporte público, un ejercicio noble que sin embargo no funciona en toda ocasión. Traspasar tu lugar a una anciana o a mujer embarazada es válido y casi obligatorio. Pero cuidado, puedes ser ofensivo si le cedes el asiento a un hombre de, digamos, 65 años. ¿Por qué? Porque los hombres son orgullosos y a esa edad todavía se sienten fuertes. Algunos lo son, mucho más que tú. Si eres demasiado caritativo se lo llegan a tomar a modo de insulto, como si les estuvieras llamando débiles y te creyeras más ágil que ellos. Así que, antes de tomar una decisión, haz un cálculo interno para ver si ese otro individuo tiene cara de estar cansado y de necesitar reposar un rato los pies.

Del lado del automovilista hay otra costumbre que no es tan magnánima como pensamos: ceder el paso al peatón. Las más de las veces este favor añade presión al caminante, quien tiene que dar pasos rápidos (incluso correr) para no abusar de la confianza de quien ha frenado su vehículo. Como transeúnte es más cómodo esperar en completa calma hasta que la calle pueda cruzarse sin prisas y sin tener que inclinar la cabeza como agradecimiento a quien se encuentra al volante. Disgusto añadido para las mujeres es tener que soportar a los señores que ceden el paso nomás para presenciar un breve desfile de piernas bonitas.

Como puede verse, este tipo de conductas afectan en distintos escenarios. Otra de los manifestaciones más habituales llega cuando se va de visita a una casa y los anfitriones, por ser amables, pecan de sobreactuados. Como cuando insisten  que comas o bebes algo, cuando tú no quieres nada, ni un vaso de agua, y pese a tus constantes negativas (el no, gracias de regla) insisten e insisten sin respetar tu opinión hasta que finalmente, agobiado, accedes a ingerir algo de lo que no tenías ganas, al tiempo en que ellos se regodean en una supuesta gentileza que más bien fue un acoso.

Y queda uno de los casos más graves: el de la gente que no logra identificar cuando uno prefiere estar solo, en especial en momentos que transcurren en pozos de tristeza, donde conviene cierta intimidad. A menudo los otros no lo captan, y creen que estar encima de ti es una muestra de humanidad, sin reparar en que son invasivos y que hay situaciones en las que se requiere de espacio. El apoyo es importante en momentos difíciles, pero si el otro manifiesta su deseo de emprender el retiro, no queda otra que respetar, y permanecer al pendiente a unos metros de distancia.

Ten presente el dilema de la amabilidad cuando sostengas la puerta de una tienda para que un desconocido pueda entrar. Quizás lo que para ti es un movimiento de ayuda al prójimo, para el otro sea un inconveniente que lo compromete a caminar más rápido.

Pese a ello, pese a que puedas despertar alguna queja, tampoco frenes los impulsos de bondad. Antes ser molesto que ser un canalla.

 

chabrol.

Enamórese de una chica beatle

She’s the kind of girl you want so much
It makes you sorry
Still you don’t regret a single day…
The Beatles, “Girl” (1965)

Cuando surja la tentación de despotricar contra el universo (un impulso normal debido a todas las afrentas que parece cometer en nuestra contra ), es conveniente mantener la calma y pensar en lo bello que también se ofrece en la vida diaria. De verdad, tenemos muchos motivos para la celebración. Estímulos que nos salvan.  Y en este sentido, destaca la presencia de un grupo de mujeres que deambulan por el mundo para alegrarle el día a quienes andan perdidos y sin esperanza. Me refiero a las chicas beatle.

Las chicas beatle son, desde luego, admiradoras de The Beatles. Pero es aquí donde se debe prestar atención. No vale que sean escuchas casuales, de esas tantas que se ostentan como fans del cuarteto de Liverpool sin que los escuchen mucho en realidad. Las chicas beatle son devotas en serio: tienen a John, Paul, George y Ringo como faros absolutos. Recurren a ellos más que cualquier otro artista y se saben casi todo de ellos. Son esas mujeres que portan playeras de Revolver o que de pronto asombran con unos aretes del submarino amarillo.

Lo apasionante de ellas es el contraste que ofrecen. Aunque al principio son tímidas, si logras hacerte de confianza pasarás de inmediato a caminar entre campos de fresas donde resuenan campanas. Las chicas beatle te llevan a las nubes, son un arrebato de sonrisas, un impulso para correr en el museo  y perderte en algún café perdido en la ciudad. Son compresivas y ofrecen cariño hasta el fondo: lo aprendieron todo del amor a través de canciones. Serán ellas las que te impulsen cuando estés decaído. En momentos de obscuridad te ofrecerán palabras de aliento, te dirán que no tengas miedo y que recuerdes no cargar con el peso del mundo en tus hombros. All Things Must Pass.

También son almas sensibles. Muy sensibles. Por eso debes tratarlas con delicadeza y estar con ellas cuando lo necesiten. De otro modo corres el riesgo de que alguien más las saque a pasear por la noche. Las chicas beatle lloran, lloran por deambular entre sueños y por no adaptarse del todo. De vez en cuando se vienen abajo, cuando la vida misma les recuerda que no todos llevan su misma bondad. Lloran en esas tardes grises de invierno, cuando alguien les contesta con una grosería, cuando en ninguna parte se atisban flores de celofán.

A las chicas beatle las encuentras en su hábitat natural: los conciertos, las bibliotecas, las galerías, la sección de comida rápida del centro comercial. A menudo van solas, salvo por unos audífonos que les sirven de cobija. Con ellos escuchan “Blackbird” por enésima vez.

Debes acercarte con precaución. Han sufrido mucho y las puedes asustar. Así que avanza y saluda, de su lado encontrarás cortesía. Ella entenderá que, aunque la mitad de lo que dices carece sentido, lo haces por acercarte a su corazón. Lo importante es estar al nivel, ellas no son para cualquiera, no. Prefieren estar solas que andar con un maleducado que no se detiene a contemplar las estrellas.

La relación con una chica beatle avanza con lentitud pero ofrece recompensas desde el primer encuentro. Su mera compañía basta para llenarse de entusiasmo. A cada rato te darán sorpresas. Un día te tomarán de la mano y te llevarán a un lugar que no conocías, un lugar que ni siquiera eras capaz de concebir en el radar. Ahí quedarán en silencio, no habrá necesidad de decir mucho más, con aquellos ojos te bastará para experimentar nuevas sensaciones. Nunca nadie te había mirado así, y de pronto sabrás que has llegado al lugar adecuado. Al primer beso sabrás que las penurias han valido la pena. Que no importa lo mucho que has sufrido ni el tiempo que desperdiciaste; si el largo y sinuoso camino te llevó a ella, entonces todo habrá cobrado significado.

A partir de este punto, la vorágine. Idas al cine en donde apenas y se presta atención a la película, conversaciones acerca del Rubber Soul en la banca de un parque, las mejores hamburguesas que has probado (cuyo ingrediente secreto es estar al lado de ella)… y alegría, mucha alegría. Cuando ella se vaya no podrás seguir, sentirás que mides dos pies de alto. Ella no se imagina cuánto la necesitas.

La combinación irresistible en las chicas beatle: sencillez y espontaneidad. No les hace falta arreglarse mucho para lucir espectaculares. En la naturalidad está la clave de su belleza. Y en esa forma que tienen para dotar de vitalidad a la conversación. Con ellas te sentirás más joven y sentirás que nada se agota. Con un abrazo te bastará para recargar energías. Te llenarás de planes, ambiciones, anhelos.

Eso sí, ten cuidado si las haces enojar. O si haces que cambien de actitud. Te habrás perdido de un milagro que no volverá. Te darán donde más te duele, con ataques o, lo que es peor, indiferencia. Te evitarán a toda costa. No responderán tus mensajes ni atenderán a tus llamadas. Y puede que sientas morir cuando las veas tomadas de la mano con otro hombre en el lugar que solías ocupar. Llegarás a pensar que tienen el diablo metido en el pecho.

Pero a pesar del dolor, no te arrepientes de amarlas. Las tienes en mente ocho días a la semana. Y pese a que te prometas que no caerás dos veces en la misma trampa, en el fondo sabes que volverás. La buscarás de nuevo a ella o a otra chica beatle.

Encuentra a una, es lo que recomendamos. Solo recuerda: la chica beatle se entrega en cuerpo y alma. No la vayas a decepcionar.

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Foto: Keystone/Getty Images

Conozca al hidrogato

En los primeros días de vida el hidrogato parece un gato como cualquier otro. Sin embargo, quienes conviven con ellos pronto se dan cuenta de una diferencia: los hidrogatos no comen nada en absoluto. Ni siquiera parecen sentir entusiasmo por el jamón o el atún como los demás felinos. Simplemente no prueban bocado. De lo único que se alimentan es de agua. Beben agua y ningún otro líquido.

Al principio los dueños de este tipo de mascotas agradecen tales costumbres ya que se ahorran mucho dinero en croquetas. La desgracia llega después, cuando se revela el destino del pobre animal.

En la noche de su primer cumpleaños, el hidrogato sale de casa y empieza a llorar mientras pone la mirada fija en la luna. Llora sin parar, se le saltan lágrimas a borbotones sin que nada ni nadie lo pueda detener.

Al cabo de unos minutos, el hidrogato se desvanece. En su lugar queda tan solo un pequeño charco. Un charco que a lo lejos parece una bola de estambre.

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El desayuno del domingo

No es la sorpresa ni el sobresalto. Tampoco lo insólito o la épica. Acaso lo más entrañable de la vida radique en los pequeños detalles, como la sencillez del desayuno en los domingos. Esos que transcurren en la comodidad de la casa: bajar en pijama a la cocina, y con toda la calma del mundo poner música para prepararse un omelette, un panecillo y el jugo de preferencia. Sentarse en la mesa y leer la primera plana del periódico mientras se le da el trago inaugural a la taza de café. Ahí la verdadera dicha, sumirse en la tranquilidad sin ningún tipo de presión, dejar el tiempo correr por el mero placer de no hacer nada.

Afuera ya puede haber un invierno nuclear, mientras el olor del café recién hecho invada el interior de un hogar, habrá valido la pena nacer. Que no te engañen los quejicas (mucho menos yo). En esta dimensión podrán presentarse un montón de desgracias, pero en la cotidianidad hay tesoros por los que hay que aguantar lo más que se pueda.

Deja de lado la riqueza y los lujos que se tambalean cuando se respira en medio de angustias. A lo máximo que uno puede aspirar es a vivir sin preocupaciones. Comer pan tostado con mantequilla y  mermelada en un día soleado. Dejarse llevar: creer que así será siempre la historia.

Bendito sea el domingo. Resistir a las complicaciones de toda una semana hace indispensable que durante un día nos olvidemos de que existe lo malo.

Y a las once de la mañana de un domingo comprendes que no cambiarías la permanencia en tu cama por ir en ese instante a los Pirineos. Que te basta con un libro en el buró, un poco de té y la compañía de tu mascota. No pides nada excepto un respiro. Un rebanada de paz.

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Dos momentos de Federico Fellini

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Más de tres personas no aguanto, cuando me toca estar con más de tres personas tengo la impresión de que me ahogo, a menos que sean mujeres.
Federico Fellini

La crisis le sienta bien a los artistas. De las marañas pueden sacar la inspiración para consagrar obras que, al final, impactarán en los espectadores ya que ellos también adolecen de una serie de conflictos similares. Las creaciones ajenas nos hacen sentir menos solos, expresan de forma certera aquello que nosotros quisiéramos decir en caso de gozáramos de talento.

Las mejores obras de Federico Fellini parten del caos creativo, de un maremoto emocional e intelectual del que parece no haber salida… pero que de algún modo termina por encontrar el cauce. Era aquello que Paul Auster señalaba como muy propio de los italianos: la habilidad para sobrevivir al enredo. Durante la preparación de plato principal parece que todo se va a venir abajo: minutos antes del límite está claro que será un reverendo fracaso. La sorpresa vienen después, cuando por milagro todo funciona en armonía al sonar la campanada.

Las dos películas más importantes de Federico Fellini (La Dolce Vita) son igual de imponentes, aunque disparan hacia lugares distintos. La Dolce Vita es una especie de safari por  la Via Veneto, un recorrido a la Roma de una época en particular, la de finales de los cincuenta, en donde seres perdidos se encontraban en una ciudad que fungía como circo de amores, risas, y horrores. , por otro lado, es un viaje interior, con la amplitud que esto significa. La exploración del yo, bajo el manto de obsesiones del director italiano (la religión, las mujeres, el psicoanálisis, la infancia…), confusión que hace armonía. Un hombre al borde del colapso, la historia empujándolo hacia sí mismo.

De este par de cintas quisiera recuperar dos escenas, que en lo personal encuentro demoledoras. Ambas están protagonizadas por Marcello Mastroianni, el gran representante de Fellini ante las cámaras.

La primera, de , es una conversación entre Guido Anselmi y el personaje (la mujer ideal, la Gracia) interpretado por Claudia Cardinale. En la secuencia se mezclan hechos con fantasías, lo que sea necesario para enaltecer las inquietudes del director. La iluminación consigue crear una atmósfera de arrinconamiento  aun en el gran espacio de la noche. Aquí resulta encomiable la cinematografía de Gianni Di Venanzo, donde luces y sombras hacen un papel inquisitorio que se perdería en una versión a color.

Claudia saca a Guido de un auditorio en el que realizaba la pruebas actorales de su próxima película, un trabajo repleto de ofuscación y de dudas que parece no ir a ningún lado; pero salir de ese lugar no ofrece un respiro, es imposible huir de lo que se carga por dentro, en este caso la presión de crear una obra a la altura de las expectativas. Guido camina sobre arenas movedizas.

Luego de andar un rato en automóvil, Guido y Claudia se detienen en un rincón de la ciudad. A continuación viene una charla sobre el proyecto en el que están inmersos. Guido parece rendido. Aunque ella intenta hacerlo entrar en razón, él parece obstinado en la idea de que ya no puede salvarse. Está condenado, y lo mejor es asumirlo antes de que el daño pueda extenderse.

El diálogo es una obra maestra (lo que transcribo es una aproximación), un entendimiento brutal de la psicología humana. Un episodio que deja molido como espectador.

—No entiendo nada de la historia que me has contado. Un tipo como el que describes, que no ama a nadie, no me inspira mucha pena, ¿sabes? En el fondo todo es culpa suya, ¿qué es lo que espera de los demás?
—¿Crees que no lo sabía?  Tú también eres muy dura conmigo.
—Ah, no aguantas la menor crítica de nadie. Te ves tan gracioso con ese sobrero, hecho todo un vejete… No entiendo, ¿él se encuentra a una mujer que puede hacerlo renacer y no hace más que rechazarla?
—Porque él ya no cree más.
—Porque no sabe amar.
—Porque no es verdad que una mujer puede cambiar a un hombre.
—Porque no sabe amar.
—Y sobre todo porque no tengo ganas de contar otro montón de mentiras.
—Porque no sabe amar.

***

La otra escena, en La Dolce Vita, ocurre cuando Marcello Rubini, periodista de la prensa rosa, se encuentra con Steiner (personaje basado al parecer en Cesare Pavese e interpretado por Alain Cuny), un intelectual que aunque desde afuera pareciera tener una existencia envidiable (con familia, éxito e inteligencia), por dentro está consumido. Marcello no se da cuenta, e incluso intenta adentrarse más en la dinámica de aquel sujeto: se lo pide durante una fiesta en la que  acaba fascinado por aquella vida en apariencia perfecta, hasta que le acaban por revelar el secreto.

—Déjame venir a tu casa más a menudo.
—Te lo he dicho, puedes venir cuando quieras. ¿Qué es lo que pasa, Marcello?
—Debería cambiar de ambiente. Debería cambiar muchas cosas. Tu casa es un verdadero refugio… tus hijos, tu esposa, tus libros, tus extraordinarios amigos… yo, yo estoy perdiendo el tiempo. No hago nada ya. Alguna vez tuve ambiciones, pero  lo estoy perdiendo todo, lo estoy olvidando todo.
—No creas que la salvación está en permanecer en casa. No hagas lo que hice yo, Marcello. Soy demasiado serio para ser un amateur, pero no lo suficiente para ser un profesional. Créeme, la vida más miserable es preferible a una existencia protegida por una sociedad donde todo es calculado, donde todo es perfecto.

La impresión de Marcello, en la que se idealizaba el jardín del vecino, confirmaría su yerro al enterarse tiempo después del destino trágico de Steiner. Abrumado, aquel señor de aspecto idílico decide quitarle la vida a sus hijos para enseguida suicidarse. La infelicidad está en todas partes, aunque a veces creamos que únicamente posa sobre nosotros.

La bendición de vivir insatisfecho

Qué grima dan las personas que parecen estar felices todo el tiempo, propulsores de colores pastel bailando un son eufórico que parece venir de otro planeta. Una ventura tan chillante que resulta inferior a la discreción que implica el desgano.

Hay cierta elegancia en quien sabe llevar una dosis moderada de insatisfacción. Ser de los que contienen la marcha aun en los momentos en que abundan los globos y las sonrisas. No por soberbia ni altivez, sino por ubicar la atención en el escalón que sigue, tener la conciencia de que hay siempre margen de mejora.

Desde luego no se trata de volverse un ente insufrible que se niega a sonreír para la foto. Hay que expresar los sentimientos en momentos puntuales, pero no volverse un rehén del júbilo gratuito, mantener de este modo un código de exigencia antes de soltar las campanas al vuelo.

Y no es materia de magnitud, más bien de equilibrio. Es posible enamorarse de una hormiga. Quedar encantado con su paso y celebrar en grande cuando la vemos llegar a su destino. Es normal, también, el festejo por los éxitos profesionales. Lo que usted quiera puede ser excusa para el regocijo, aunque visto como una agitación excepcional que en su misma naturaleza le da aura única. El contento de 24 horas no es solo agotador, sino que le resta significado a sensaciones que deberían ser especiales.

La manifestación de cualquier emoción pierde credibilidad si es permanente, se vuelve un insulto a quien se le dirige ya que equivale a coquetear con cualquiera. No quiero un elogio que es lanzado a todo el mundo.

Está además el hecho de nunca darse por realizado ya que conllevaría el inicio de la descomposición. El inconformismo parte de una visión amplia que conoce el potencial de las esferas; lo que en muchos es la culminación, en algunos deja hambre todavía. Tener metas en el horizonte es lo que permite mantenerse activo y con ánimos de superación.

Ser así trae muchos dolores de cabeza. Qué fácil sería conformarse. Darse por bien servido ante un plato de migajas. Pero creo con firmeza que comparado a ello es preferible ser un poco infeliz.

Es sencillo reconocer a las personas que no ceden, los que declinan la vulgaridad del frenesí con tal de conservar intactos sus principios. Ellos van con la mira puesta hacia adelante y son además poco dados a olvidar las pérdidas. En el alma sensible se agolpan las emociones: incluso la más delicada de las afrentas les produce una crisis en el interior.

He ahí el revés trágico de quienes cargan una perspectiva extensa del entorno, en donde el peso de una serie de capas (donde se incluye el pasado y los condicionales) termina  por agobiar, lo cual da un aire distante, de incómoda estancia en el campo.

Es el costo de reservarse para lo que en verdad importa. El futbol (ver partidos como si en ello se fuera la vida), el arte, el amor y tirarse como niño a reír con las mascotas.

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La música en sí

La música sirve casi  para cualquier momento. Tiene la versatilidad suficiente para recubrir al espíritu que lo requiera en diversos escenarios. Una canción puede acompañar en momentos de júbilo, como también en espacios de introspección. Lo que importa es saber elegir lo adecuado para cada contexto. Incluso los mejores compositores e intérpretes se vienen abajo si se les expone a un ambiente que no les va.

Muchos no lo saben, pero es así. El otro día, en el gimnasio al que voy para perder el tiempo, topé con un jovenzuelo que cometió varias tropelías con el resto de los presentes. De entrada, el muchacho tenía un aspecto muy poco agradable, lo cual siempre le amarga el día a uno. Sobre todo si eres de los que se han propuesto mantener a tope los estímulos visuales. No es un asunto de belleza ni de fealdad (hay feos que son un deleite), es un fenómeno que trasciende a etiquetas; hay gente que produce malestar con su mera aparición. Ya pueden ser guapos o feos, eso no es lo que importa, sino una proyección general que es difícil definir.

Pues bien, el tipo en cuestión estaba en el área de caminadoras, la que yo frecuento por estos días. El horror fue inmediato: aquella existencia, insolente en sí misma, era coronada por un detalle ofensivo: en vez de hacer como los demás, que llevábamos audífonos, él llevaba su música expuesta en una bocina portátil que invadía la atmósfera del lugar.

Si acaso su elección musical hubiera sido digna, la afrenta habría sido menos grave. Lo terrible es que aquel ser vivo nos obligaba a escuchar Pink Floyd mientras intentábamos remediar el estado de nuestros tristes cuerpos.

A Pink Floyd no le guardo ningún odio. No hablamos de una propuesta abominable o insípida. Me parece que tiene lo suyo. Si bien han dejado de pertenecer a mi altar personal, les tengo por un acto decente, al que se puede escuchar sin que ello represente calvario.

El problema no era Roger Waters. No era la música en sí, que podía estar de maravilla para poner en el auto o un rincón del dormitorio. El problema era el contexto, la clase de sensatez a la que me refería. Pink Floyd no es música de gimnasio, mucho menos si se tratan de canciones como  “The Great Gig in the Sky” y “High Hopes”. Hay cosas que simplemente no van. Yo amo a Bob Dylan, pero bajo ningún motivo pondría el John Wesley Hardin cuando alguien hace su rutina de cardio.

Más grave aún era la cara del tipo, con altivez… como si estuviera orgulloso de su oferta sonora, seguramente sintiéndose un DJ de gusto sublime, aleccionando al hatajo de ovejas que se conforman con los éxitos del momento, sin darse cuenta de que la vulgaridad venía de su lado al mezclar peras con rinocerontes.

El buen gusto no consiste en elegir de manera gratuita lo que se considera de alta cultura, sino dar los tiros apropiados dependiendo del entorno en particular. Un concierto dirigido por von Karajan no da para una fiesta infantil del mismo modo en que Baccara no fluye en un funeral. Aun así es posible que von Karajan sirva en las horas de estudio y que Baccara ayude a poner a bailar a tus tías. Es materia de timing.

Ya en otras ocasiones he tenido que padecer a individuos que no comprenden esta regla tan fundamental, cenutrios que por alguna clase de distorsión (con la que buscan erigirse como gente refinada) terminan por hacer el ridículo. Cito dos ejemplos: la vez que asistí a una fiesta mexicana del 15 de septiembre en la que los anfitriones pusieron una selección de Nirvana, Pearl Jam y Metallica, y una funesta cena de Navidad en la que unos familiares lejanos pusieron el OK Computer de Radiohead para deleitarnos con música elevada, esa que es para gente muy lista como ellos, Einsteins que no cometen la desfachatez de escuchar “La Marimorena”.

Cada quien es libre de hacer de su vida lo que le venga en gana, siempre y cuando no se afecte a terceros. Con eso en mente deberían optar por los más sensato, como dar pasos hasta hundirse en el océano, allá donde un cúmulo de piedras los espera con los brazos abiertos.

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Foto: Sirkka-Liisa Konttinen (1971)

Mis 10 canciones favoritas de The Smiths

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Hace 10 años todavía era difícil encontrar a personas que gustaran de The Smiths. Encontrarlas era un pequeño milagro, un acontecimiento muy especial del que casi siempre salía un vínculo duradero. Con el paso de los años (y de las películas que los han manoseado), su fama aumentó. Hoy en día podemos asegurar que se trata de una banda mainstream (al menos por las tres o cuatro canciones que  suelen ser conocidas), aunque de manera curiosa la carrera en solitario de Morrissey sigue sin recibir la atención que merece.

The Smiths son junto con The Beatles mi banda favorita del todos los tiempos. Afirmo sin rubor que todas sus canciones me gustan, incluso las que son consideradas como menores (aprendí a agarrarle la onda a “Golden Lights”), así que hacer un top 10 no tiene demasiado sentido: en el próximo mes podría mencionar otras diferentes. Esta lista, sin embargo, es un pequeño homenaje a un conjunto que me acompañó en momentos donde nadie más lo hacía. Cuatro salvajes a los que miro con cariño por todo lo que me ofrecieron.

Gracias a ellos por estas canciones que me mantuvieron a flote, como se indicaban en esa joya llamada “Rubber Ring”.

(Den clic en los títulos si quieren escuchar el audio de los temas en youtube)

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10. “Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me”

El último sencillo lanzado por The Smiths en activo (sin contar “Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before” que tuvo una distribución limitada) resume el espíritu que los conformó durante una breve, pero intensa carrera. Los sollozos de un alma que se lamenta ante una vida social insatisfactoria, sin que por ello se pierda la esperanza cada noche, en donde la fantasía de los sueños ofrece una calidez que empieza a quemar la piel por la mañana, una vez que se regresa a la realidad de una habitación vacía.

9. “Stretch Out and Wait”

Jim StarkPlato Crawford en la intimidad que ofrece la luz de las estrellas:  Do you think the end of the world will come at nighttime? Los pensamientos alojados en la mente de la adolescencia. El temor a las torpezas e incapacidades que se puedan tener en el primer encuentro, los cuales —se añora— puedan ser subsanadas por los designios naturales. Y toda esa emoción carnal, de la que ni siquiera se libran quienes han padecido años de ausencias, cuando los dos cuerpos caen sobre la cama y todas las dudas y dilemas pasan a segundo plano. Comprender, tendidos, que lo único que importante es el aquí y el ahora.

8. “The Boy With The Thorn In His Side”

Ante el ejercicio de identificarse con una canción, me inclinaría por “The Boy With The Thorn In His Side”, si bien las obras completas de Morrissey aplicarían por el puesto. En este tema  se aborda la angustia de quien se sabe incomprendido e ignorado. El chico con la espina en el costado va en confusión, no concibe cómo es que nadie puede ver aquello que guarda en la mirada, ¿cómo alguien no podría creerle? Ya sería hora de que cayeran en cuenta de que detrás de todas esas actitudes, en apariencia reclusivas, yacen deseos asesinos de amar.

Johnny Marr empieza por una ruta para luego retroceder e iniciar por otra; al fin y al cabo está rebosante de ideas, no hay temor al agotamiento; mientras allá, del otro lado, alguien se pregunta qué es lo que hay que hacer cuando por fin se quiere vivir. ¿Con quién vas? ¿A dónde te tienes que dirigir?

7. “Still Ill”

Un amor que se desvanece, una relación irrecuperable aunque todavía exista cercanía territorial. Besos bajo un puente de acero  que ya no tienen el significado que alguna vez tuvieron. No, ya no es como en los viejos tiempos. El duro golpe de asumir que no puedes permanecer aferrado a los sueños de antaño.

Las personas cambian y la nostalgia se convierte en un espectro. El sonido jangle en “Still Ill” lo recuerda con plácidas puñaladas.

6.”I Don’t Owe You Anything”

Un sentimiento constante en la carrera de Morrissey es la desesperación. El nervio que se colapsa ante la falta de incentivos. Y esa búsqueda incesante por alcanzar lo que se cree merecido: la plenitud, el amor, el estrellato. Este paroxismo se hace presente de manera singular en “I Don’t Owe You Anything”, en donde el ansia  se convierte en reclamo. El protagonista de la historia siente que la persona a la que ha dedicado sus empeños le debe algo, y que debe pagárselo cuanto antes. “¿En verdad he recorrido a pie todo este camino solo para escucharte decir que no quieres salir esta noche?”. El tipo de historias que eran posibles cuando la comunicación a distancia era difícil, sin tener aún la coordinación tecnológica.

Aquí discrepo con Morrissey  que, por el contrario, desprecia esta composición.

 

5. “William, It Was Really Nothing”

Johnny Marr obra el milagro de hacer sonar la guitara como si fuera la caída de lluvia para ir a la zaga de su compañero en esta historia sobre un lugar que te tira para abajo. Ciudad sin estímulos que ha empujado al conformismo… y una voz que te dice que no, que no tiene que ser así, que hay salvación, que hay otro camino. Es hora de que vivas tu vida.

Una proeza musical que en apenas dos minutos da en varios blancos.  I don’t dream about anyone except myself…

 

4. “This Night Has Opened My Eyes”

Quienes piensen que The Smiths eran únicamente Morrissey y Johnny Marr… tienen razón, pero atención a lo que Andy Rourke hizo desde el bajo en varias canciones, donde se convirtió en el amarre perfecto para redondear lo que disponían esos dos genios. Tal es el caso de”This Night Has Opened My Eyes”, que viene a ser Shelagh Delaney (la gran inspiración de Morrissey en los primeros años de The Smiths) sintetizada en una viñeta. El kitchen sink drama de quienes están sumidos en un contexto del que no solo es imposible escapar, sino que influye —para mal— en cada uno de los órdenes de la vida.

El “I’m not happy and I’m not sad” como declaración de principios. La celda de la vida diaria, arenas movedizas de las cuales hay que salvarse con la única oportunidad disponible.

3. “Hand in Glove”

The Smiths eran esto y no otra cosa. La garra, la pasión de quien se levanta luego de haber sido tundido una y otra vez. Una de las canciones de amor más bellas en toda la historia, en donde no importan géneros ni condiciones, enfocada a cualquier relación que viva en la adversidad. Morrissey daba así el primer paso de contundencia en su carrera como letrista, soltando líneas memorables una tras otra luego de haber pasado años en aislamiento. Era el león enjaulado que salía por fin a la superficie. Con este primer sencillo, el grupo se despegó de la competencia. Esta demostración  dejó en claro a lo que ellos eran diferentes. Eran de los nuestros.

Podemos ir a donde sea, lo que importa es que estés cerca de mí. Quizás estemos ocultos bajo harapos pero tenemos algo que ellos nunca tendrán. La buena vida está escondida allá afuera en alguna parte, así que permanece a mi lado, pequeño encanto. Pero conozco mi suerte muy bien y sé que probablemente no te vuelva a ver…

 

2. “I Know It’s Over”

Jamás he comprado esa visión superficial según la cual The Smiths es una banda triste y hasta depresiva. Creo que en la carrera del grupo abunda una ironía por la cual varios de sus temas acaban por ser malinterpretados. Hay, eso sí, una buena dosis de trazos melancólicos, una tendencia a la aflicción… pero siempre cargándola de belleza. Como si en esos baches se pudiera dar con un campo de flores. Si no se puede vencer los pesares queda la opción de hacerlos llevaderos (e incluso disfrutables) a través de la música.

Tal vez “I Know It’s Over” sea el trabajo más dolido y dramático de The Smiths, pero  Morrissey y Johnny Marr (contrario a la frialdad que podría encontrarse en, digamos, una pieza de Joy Division) logran ofrecer cobijo a quien lo escucha, un especie de consuelo, pese a que a la par tiren líneas que son verdades dolorosas.

Un himno a la sensibilidad y a todos esos atributos que, lejos de ayudar, complican el desarrollo de las personas (“Love is natural and real / But not for you, my love”). Los espíritus más profundos son a veces los que más sufren, a los que más se les dificulta tirarse al vacío.

1.”Half a Person”

Conocí a The Smiths en el mejor momento posible: en la complicada etapa de la adolescencia. Aquellos días en los que nadie te parece entender y en los que sientes que a nadie le pasa lo mismo que a ti. Deambulas desesperado con la ilusión de encontrar una guía, un refugio, para a más bien hallar barreras y nuevas desgracias.

Lo cierto es que si se va a encontrar una salvación es a través de un artista. Cada quien tendrá el suyo. El mío en particular fue Morrissey, con quien de inmediato establecí una conexión única. El copetudo era alguien diferente. No era la típica estrella de rock que cae en excesos de sexo y drogas, sino un tipo marginal que observaba con agudeza las dinámicas sociales, despreciándolas y queriendo entrar en ellas al mismo tiempo.

Recuerdo cuando la comunión se consolidó. Fue con “Half a Person”.

Vaya emoción al escuchar “Sixteen, clumsy and shy…”. Yo tenía dieciséis, era torpe y tímido. Y supe entonces (como con otras canciones), que The Smiths serían una de las bandas de mi vida. No solo una más, como tantas a otras a las que se escucha de vez en cuando, sino una de esas contadas (dos o tres nada más) con las que me obsesionaría. Era inevitable hacerlo. Los paralelos eran muchos, acabe conmovido sin poder remediarlo.

El muchacho aquel que estuvo seis años a la estela de otra… y que a cambio solo pedía cinco minutos para contar su propia historia. El que genio que solicitaba trabajo como un simple Back-scrubber.

“In the days when you were
hopelessly poor
I just liked you more…”

No tengo duda, ellos eran la historia de mi vida.

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