Para una noche de junio

Con el paso de los años se modifican los temas recurrentes en las conversaciones. Al final, cuando la vejez es suficiente, la mayor parte de los encuentros entre amigos se reducen a un intercambio de achaques. Una señora cuenta que lleva un mes con dolor de rodilla, su acompañante menciona que le acaban de operar un hombro y la otra pareja recuerda que el doctor les ha mandado a hacerse unos estudios por una serie de síntomas que no los dejan en paz. Ya no se habla sobre planes a futuro. Se dejan atrás las ideas, las observaciones del mundo social. Ya ni siquiera hay espacio para las anécdotas que alguna vez vivieron juntos. La  charla termina por convertirse en un gran desahogo en el que los participantes compiten a ver quién sufre más.

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Un asunto a debate es el de los apellidos. Dan identidad y se vuelven incluso una marca. Hay quienes los presumen, otros que prefieren ocultarlos. Ufanarse de su rareza se me hace una de las actividades más patéticas que existen, pero quizás en ello influya lo ordinario de mi nombre en general.  La cuestión es que no veo mérito en ello ni razón para tirar cohetes. Peor aún son los que presumen tener un apellido proveniente de un país extranjero —bendición pura— con lo que sólo consiguen que los demás nos enteremos de su pequeñez. Aun así hay apellidos que, no se puede negar, son bonitos. Ahí están McCartney, con esa c pequeñita entre dos letras adultas; Velázquez, con un sonido que serpentea; Rivera, que remite a la delicadeza del agua; Ruvalcaba, que plantea dudas sobre la ubicación de la v y de la b… o Fitzgerald, cuya prosapia (Francis Scott, Ella, JFK…) obliga a sus portadores a tener talento para mantener la reputación. No les queda de otra. Sin embargo, los mejores apellidos que conozco son los que tenía un gato estadounidense que fue adoptado por los trabajadores de una biblioteca luego de que, con apenas dos meses de vida, fuera abandonado en la calle. Al gato lo llamaron Dewey (basados en el sistema de clasificación homónimo) y lo dejaron vivir dentro de la instalaciones del lugar, entre repisas y novelas. Al cabo de un rato, decidieron ponerle también apellidos. Un felino de tanto carisma merecía gozar de tal  distinción. Luego de pensárselo, el nombre definitivo acabó por ser Dewey Readmore Books. Algo así como Dewey Lee Máslibros. Estupendo apelativo, digno de un promotor de la literatura a base de ronroneos.

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Lo señala el gran Gay Talese en su artículo dedicado a la visita de Muhammad Ali a La Habana en 1996. Por aquel entonces el exboxeador estadounidense llevaba ya varios años  sufriendo la enfermedad de Parkinson sin que ello le impidiera realizar algunas actividades sociales, como la que desarrolló aquella vez en Cuba, con motivo de una misión humanitaria destinada a llevar suministros a los maltrechos hospitales de la isla caribeña. El físico de Ali ya no era, ni de lejos, el que alguna vez fue. Con cincuenta  y cuatro años a cuestas, su cuerpo padecía los embates de un mal que lo aquejaba en cada segundo de su vida. Los movimientos eran lentos y las palabras ya no fluían de la misma forma que antes. Era alguien diferente, aunque en su interior todavía se adivinaban los detalles que lo hicieron una leyenda en la historia del deporte. La escena relatada por Talese ocurre en el vestíbulo de un hotel, antes de que Ali salga a tomar el automóvil que lo llevará a sus compromisos oficiales con el régimen castrista. Los huéspedes del hotel se arremolinan alrededor suyo, es el deportista que marcó el siglo XX en combates imposibles de caer en el olvido. Todos quieren una foto con él, un autógrafo. Y Ali los complace. Sus desplazamientos son temblorosos, erráticos. Provocan un nudo en la garganta si te pones a recordar al joven invencible que alguna vez fue. Dar cada autógrafo le toma a Ali cerca de medio minuto. Una eternidad para un acto tan simple, que al mismo tiempo pone en perspectiva sus épocas de gloria.  Eso era más o menos lo que le duraron algunos de sus rivales (el caso de Jim RobinsonSonny Liston en la polémica segunda pelea, ambos derrumbados en el primer round). Y ahora trazar una línea era un reto mayor. Pero lo hacía. Se esforzaba. Si se tardaba tanto en cada autógrafo era porque ponía dedicación en ellos. No se conformaba con soltar cualquier garabato, ni dejar un simple Ali para salir del paso. No. Con sumo cuidado, se tomaba el tiempo para escribir Muhammad Ali, el que consideraba su nombre completo. El público, aquellos desconocidos, le merecían respeto. Estaban ahí apoyándolo y no podía defraudarlos. Aunque le costara un horror, iba a darles lo que esperaban. Una muestra más (una sutil) de la grandeza de  Muhammad Ali, un personaje que por lo demás, como todos, también tenía sus defectos.

 

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Envejecer, recluirse. No veo otro camino.

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Los espejos guardan un secreto. Dependiendo de tus angustias, felicidad o preocupaciones, pueden mostrar una imagen muy diferente de ti. A los espejos les gusta juguetear, son de gastar bromas constantes. Así, cuando quieren burlarse, primero te muestran bello ante el reflejo. Eres un ser extraordinario según te indican. Y te sientes invencible y rebosante de confianza ante a ellos. Con esa convicción sales de casa, sin saber que ahí es cuando la asociación de espejos de coordina para estropearte la noche. Luego de ponerse de acuerdo, el espejo del restaurante al que ibas te enseñan una imagen muy distinta a la que recordabas en casa. Tus defectos empiezan a resaltar. Una cana, dos arrugas, tres deformidades que antes no aparecían. Los espejos tendieron una trampa. Se ríen para sus adentros. Una persona te espera en la mesa, en lo que se suponía tu cita soñada, pero tú ya has perdido la determinación y el respeto por ti mismo. Eres una piltrafa. Un ser horrible que no debería volver a salir a la calle. Eso piensas hasta la mañana siguiente, cuando el espejo te consuela de nuevo y descubres que tus ojos tienen lo suyo.

fenech

 

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Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

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De búsquedas, fiestas y amores

La fiestas de fin de semana… cálidas, nocturnas, se sienten como un oasis en el que se encuentran algunos rastros de arenas movedizas. Un golpe de ruleta en la que lo mismo se acaba en éxtasis o, por otro lado, en inundaciones de tristeza acentuadas por el júbilo que se respira en los alrededores.

Ambiente fascinante en donde las vidas se resquebrajan, donde se fundan parejas que luego dan a luz al próximo médico de la ciudad, donde se pierde una parte irrecuperable del espíritu y donde, en ocasiones, hasta se presenta la anomalía que significa la serenidad.

A la hora de acercarse a las reuniones de medianoche, salta el recuerdo de dos artistas asociados a los años ochenta. La cantante Rubí y la banda española Mamá, que con dos sendos temas se las arreglaron para transmitir de manera eficiente las emociones asociadas a la festividad en tono crepúsculo. Ahí en donde lo que parecía destinado a risas y amores termina en un vacío existencial.

Primero, Rubí en homenaje a Carlos Berlanga, finado compositor (y geniecillo) madrileño que le dejó una canción para el suspiro. “Un solo beso” trata sobre los encuentros de madrugada. Fiestas en departamentos a los que no se sabe cómo se llegó, en donde ya nadie se reconoce, donde ya casi nadie habla. En donde ya no existe mucho gozo pero en las que se permanece con la esperanza de que algo ocurra, lo que sea. Aunque se trate de una caída. De cualquier modo se odia lo que espera en el regreso a casa, más vale extender la velada todo lo que se pueda.

Hasta que aparece una persona agradable. La típica persona que uno se topa cuando se deambula hacia el baño o cuando se camina en soledad sin un rumbo específico. De pronto una presencia que se antoja como un espíritu afín. Un salvavidas. El inicio de una conversación en la que nace lo que aparenta ser un dejo de cariño, de romance. Y es donde uno se para en seco, en donde surgen las dudas. El corazón herido se lo piensa dos veces antes de entregarse. Acaso no valga la pena un nuevo desgaste, el cúmulo de sufrimientos que seguro vendrán a cambio de lo que será un placer pasajero.

Estar de frente al amor… y decir que no. Saber que un sentimiento semejante conlleva muchos pesares. Demasiados problemas, demasiadas escenas. Demasiado drama para un solo beso que al otro día se olvidará. Así que mejor no. Habrá que dejarlo como un amor de cuatro horas.

Luego está Mamá, una de las bandas más infravaloradas del pop español (El último bar de 1981 es una joya de cinco estrellas), acaso culpa del pésimo nombre que eligieron para llamarse. Aun así dejaron piezas emblemáticas que habría que rescatar del olvido, indispensables para comprender un movimiento, el de los ochenta, repleto de sensaciones agridulces con las que rompían en llanto.

“Búscandote a ti” habla de la llegada de un viernes al que se aguardaba con desesperación. Ansia por ver a una persona que supone la única manera de darse un respiro, de hacer que los golpes de la cotidianidad puedan curarse. Pero también es un reflejo de los problemas de la comunicación. El orgullo que impide contactar a otra persona para acordar una cita, y dejar en cambio todo a la suerte. Ir de paseo a las fiestas de la zona con la intención de encontrar al ser amado. Y fracasar en el intento, como podría se podía adivinar (era hallar una aguja en un pajar) en una medida que tuvo poco de racional. Tan fácil que hubiera sido llamarle por teléfono, como hicieron los que te sacaron de farra.

Acabar entonces en movidas que no son del todo gratas. Con gente con la que se guarda poco en común: conversaciones sin sentido, mentalidades tibias, mujeres que no. Lo cierto es que hay un solo ser con el que se es compatible y fuera de ello uno es un inepto social: de ahí la expedición a la desesperada. Buscándote a ti, la única coincidencia que podría salvar de la ruina inminente.

Salir a las multitudes en busca de una sola persona. Alguien que alivie el candor de una noche hasta transformar el bochorno de la vida en un espectáculo llevadero.

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Carlos. Hundido, con el agua hasta el cuello.

Arruine con éxito su vida

En caso de que seas alguien interesado en la autodestrucción, alguien que gusta de acercarse a los dolores y quiere ver su vida arruinada, tengo un consejo para ti con tal de que lo consigas.

Olvídate de los recursos anticuados, tan gastados y aburridos. La autoflagelación y la asfixia con calcetas son métodos que han dejado de estar a la vanguardia desde hace muchos años. Igual que privarse de la comida. Lo de hoy es tomar alternativas de mayor creatividad para torturarse. Boicotearse hasta conducirse al vacío, aquel lugar en el que invariablemente van a parar los seres faltos de confianza y optimismo como lo eres tú.

De modo que para llegar con éxito al fracaso se debe seguir una estrategia apropiada que impida a toda costa una posible redención. El esfuerzo tiene que ser tal que ni siquiera haya espacio para el milagro. Para ello uno ha de estar convencido y tener una vocación genuina para la derrota. No vale ser el clásico ejemplar que nada más busca llamar atención a través del aspaviento. Los impostores que juegan al llanto y la penuria con el deseo oculto de recibir el consuelo de los demás, porque en el fondo, lejos de ser degenerados con integridad, son unos cursis de primera.

Hundirse en la desgracia implica un compromiso con la miseria, estar dispuesto a ir hasta el límite con tal de volverse alguien digno del peor de los desprecios, título al alcance de casi cualquier ser humano que se deje llevar por su naturaleza. Accesible y difícil a la vez. Quien quiera estropearse tiene que seguir unas instrucciones bastante simples. Otra cosa es conseguirlo.

Ya lo decía un viejo pensador romano:  caer es fácil, basta con no hacer nada.

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En mis tiempos más vulnerables aprendí a expresar el desprecio que sentía por aquello en lo que me había convertido. Un reproche que le lanzaba hacia mi propia personalidad con la esperanza de que espabilara y me convirtiera en alguien de provecho. Empresa que, hay que decir,  nunca llegó a buen puerto pero que al menos sirvió para que me mantuviera ocupado.

Para ello eché mano de un plan que conocí en uno de los primeros libros que tuve a bien leer. Una obra de la cual no recuerdo el título exacto, aunque era algo así como Contracorriente, En la corriente o Un frasco suelto en Beverly Hills. La cuestión es que en uno de los pasajes venía el castigo que un marinero se inflingía a sí mismo luego de asumirse como el  único culpable del desmoronamiento de su trayectoria amorosa.

“Alguien que ha hecho tanto daño no merece vivir en paz”, se decía, y en un acto de humildad tomaba la decisión de darse un golpe simbólico a modo de justicia. Una reprimenda que, sabía, no iba a darle el sistema legal ni tampoco sus antiguas amantes, todas ellas nobles, dulces figuras que no merecían el trato que él les había hecho sufrir.

Ocurre en el noveno capítulo de la novela. El protagonista de la historia va a un supermercado y compra seis costales de azúcar para llevárselos a casa. Costales que pesan cincuenta kilos cada uno.

Este es el punto donde los lectores se inclinan a la obviedad e intuyen que el hombre consumirá el contenido de los costales a base de cucharaditas mientras mira el Campeonato Mundial de Snooker por televisión. Aquel era un castigo habitual en la tradición de la época, deudora del bolchevismo a principios del siglo. Pero lo que termina por suceder es muy diferente, mucho peor.

Y es lo que debes hacer tú, si es que quieres arruinarte la vida por un rato.

El marinero vuelve al lugar en donde habita y lo primero que hace es vaciar el contenido de los costales en cada una de las habitaciones de esa pocilga que tiene por hogar. Suelta una cantidad importante de azúcar en los espacios que se cruzan en su ruta y luego, con la ayuda de un pequeño ventilador, esparce los granos hasta que quedan repartidos de manera imperceptible por todo el suelo y parte de los muebles.

El azúcar está ahí. Ha invadido el lugar en el que ha pasado los años. Y aunque en un primer vistazo no se alcance a divisar (partículas dulces y transparentes le juegan la burla), basta con dar un paso para escuchar el crujido. Un sonido molesto que está ahí para atormentar en cada pisada. Un recordatorio del monstruo que es.

El volumen de azúcar, así como su repartición estratégica, complican los labores de limpieza. Así uno se previene de posibles arrepentimientos. La penitencia tiene que pisar a fondo el acelerador. Una pesadilla que no termina si se hace un llamado de emergencia a los servicios de una escoba.

Por más que se intente trapear, entre las decenas de miles de granos quedarán siempre algunos rebeldes que chillarán entre las esquinas una mañana cualquiera cuando los infortunios parezcan superados.

La memoria traerá de nuevo el peso de la pobreza. Eso que en un primer término hizo que cayéramos en el fastidio que significa estar en donde estamos.

grido

Cómo escribir sin tener nada de que escribir

Te sientas sobre la silla y te pones a escribir. Así de fácil. Así de sencillo. Anotas algunas palabras como jabón o pimienta aunque no vengan a cuento y luego esperas a que algún otro anzuelo se cuele en tu cabeza. A lo mejor terminas hablando sobre una receta de cocina aprendida hace unos veranos en la casa de tu abuelita, en cuyo caso no hace falta más que soltar otros ingredientes y la instrucción más o menos escueta sobre cómo evitar que la carne quede demasiado dura para el paladar. Tienes que tener cuidado de no distraerte mucho ya que podrías empezar a mencionar a un satélite soviético mientras dabas las indicaciones de cómo picar la cebolla. El lector se descolocaría. Pero tampoco te preocupes tanto. No es que lo que hagas sea tan importante. Tiene menos valor que una fruta. Así que puedes darte alguna que otra libertad. Por ejemplo, recuerda el día en que quisiste aprender a andar en patines. Que aquello fue un fracaso y que no te explicas cómo es que hay meseras que transportan charolas llenas de alimentos en esos zapatos con ruedas abajo. Eso sí que es admirable, no lo tuyo. Cualquiera se puede poner frente a un teclado y soltar una palabra tras otra. En cambio no todos pueden balancear cuatro vasos sin que el líquido se derrame sobra las albóndigas… Aguarda, ahí has vuelto a la comida. Estás escribiendo sobre la comida otra vez. Será mejor que desvíes el rumbo. No quieres ser reiterativo. La baraja es amplia. De lo que se trata es de escribir cuando no tienes nada de que escribir. Aunque es una forma de decirlo, porque siempre hay cosas que contar. Si pones atención todo vale. El único error es creer que uno ha de ser interesante, lo cual presiona y cohíbe.  Si piensas así, te tengo buenas noticias: no es verdad. No tiene que ser así. Uno puede ser aburrido, tienes el derecho a ello. En ocasiones es hasta preferible. Estamos saturados de personas que viven obsesionadas con relatar hazañas, acontecimientos extraordinarios. Gente que clama por la caída de un meteoro para pensar que tiene un tema sobre el que escribir. Lo cierto es que las ideas no son tan importantes. Vale más la cadencia, el tratamiento de las líneas. Se lo decía Mallarmé a Degas, cuando este último se lamentaba el hecho de que no pudiera desenvolverse en el arte de los poemas aunque estuviera rebosante de ideas para hacerlo: “Querido Degas, los poemas no están hechos de ideas. Están hechos de palabras” (las comillas son más bien simbólicas, en torno a aquella declaración hay ligeras variables según la fuente consultada). Claro está que Mallarmé se refería —quiero pensarlo— a que el fuerte de la poesía está en el juego que se hace con el lenguaje, la exploración de recursos y sonidos para lograr fenómenos verbales. Un asunto de oficio, genio e imaginación. La ocurrencia es lo de menos, es abominable incluso cuando piensas en aquellos escritores que basan su obra en el ingenio malentendido o, peor aún, en la originalidad impostada. Ahora bien, retomando el asunto de la escritura podríamos ampliar aquella posición (extrapolarlo a la narrativa y cualquier otro género) y darle un giro. Decir que la escritura en general está hecha de palabras, sí. Y aunque parezca una perogrullada no lo es. La mayoría de las personas viven enclavadas ante la perspectiva de que para escribir hace falta inspiración, talento o un dominio conceptual de la realidad. Y no. En el sentido más estricto sólo hacen falta palabras, las que todos tenemos. Ya no vistas sólo como un laboratorio lingüístico, sino como una manifestación. Puedes escribir siempre que gustes si estás con la disposición de apilar las palabras como fin supremo por encima del discurso o la calidad misma. Decir algo, lo que sea, para mostrar que estás vivo. Que puedes hacerlo. Tirar por la borda tu propia desidia y las inseguridades que llevan a creer esa tontería de que no eres lo suficientemente bueno. Porque lo eres, lo eres al momento de tomar un papel, una pluma o desbordar tu corazón frente a una pantalla como si en ello se te fuera la vida.

Tom Sharpe

Tom Sharpe (Evening Standard/Getty Images)

Tercera plana

De los medios informativos locales ya nada me sorprende. El plagio, el nulo rigor y bananerismo son el pan de cada día. Un cuadro casi generalizado (hay excepciones que se esfuerzan por enaltecer el periodismo) no visto solo en periódicos pequeños, sino también en los de supuesta grandeza y tradición. Me pregunto qué habrá sido de aquel puesto heroico que antes conocíamos como editor. Alguien (o un equipo) que revisa, selecciona y ayuda a mejorar el contenido que le ofrecen los redactores. Pareciera que ya no hay preocupación por ofrecer un trabajo de calidad. Lo que importa es conseguir el mayor número de clics  que se puedan (comprensible), así se tengan que hacer las cosas al aventón (esto no). De cualquier modo, hay que admitir, abundan los lectores conformistas, más interesados en notas con memes que en verificar y manifestarse sobre lo que llega ante sus ojos. De ahí que los periódicos jueguen con cierta libertad: se han acostumbrado a subir tonterías a sus respectivas plataformas. Al cabo que nadie se da cuenta, o no reclaman. Total. Para ahorrarse dinero, mejor recurrir a gente sin talento que está dispuesta a llenar espacios a cambio de cualquier chuchería. O replicar en beneficio propio lo que alguien más se tuvo que currar a base de sudor y lágrimas. Esto no ocurre solo en ciudades pequeñas. El problema es de alcance nacional y global. En mayor o menor medida el periodismo pasa por una especie de crisis. La situación puede ser risible (uno se entretiene bastante con el ridículo ajeno), pero si uno lo analiza de fondo, estamos ante un punto delicado. Sobre todo cuando los medios se encargan de tratar de manera frívola asuntos relativos a la salud o cuestiones que inciden directamente en su bienestar. Mucha gente está acostumbrada a creerse todo lo que leen. Es así. Si lo hacen con una cadenita que les llegó al correo, con más razón actúan con credulidad cuando ven una noticia publicada en el periódico. Después de todo se supone que ahí trabajan especialistas, seres preparados que leen y se documentan bastante. ¿No es así? Pues no. Hay que tener cuidado hasta cuando se leen publicaciones de supuesto prestigio. La labor periodística está condicionada por muchos factores y entre sus filas se encuentran figuras incapaces y sin escrúpulos. Pasa como con cualquier otra profesión. Nunca hay que fiarse. Repito: todavía hay (y no son pocos) escritores y periodistas admirables que por fortuna están a dos clics de distancia de nosotros. Aun y con todas sus carencias, los portales de noticias son un oasis frente la rumorología que abunda en redes sociales. Señalo, eso sí, que por desgracia nos ha tocado presenciar el deterioro de una profesión antes bellísima. Se ha perdido el decoro y la elegancia. Y la culpa, de cierto modo, es de todos (de este lado por no exigir, por habituarse y hasta por celebrar). O de nadie. Hay que entender las nuevas dinámicas del mercado. La obsesión por la rapidez tiene muchísimas ventajas, pero tiene también un lado obscuro. La lucha por ser el primero en recibir un clic lleva a reducir la clase hasta los mínimos. Notas realizadas con base al chisme. Información reciclada en decenas y decenas de blogs con ínfulas de revista. Revanchismo de reporteros a costa de la veracidad. Artículos de ocho líneas… un desastre.

Ya lo decía Oscar Wilde, siempre vigente: “Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de personajes sin educación, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad”.

new york

En la imagen sale la redacción del New York Times en 1942. No encontré el nombre del fotógrafo.

La oficina de papá

Vista a distancia (y si la comparas con series premium como Mad Men) la producción y narrativa de Los años maravillosos (1988-1993) es como de juguete. Aun así es una obra estupenda a la que se recuerda con cariño por haber instalado la nostalgia en toda una generación de jóvenes que no tenían ni idea de que algo así pudiera existir. La historia de la familia Arnold está plagada imágenes emotivas que se entremezclan con un repaso a la dinámica social que ocurría en la década de los sesenta, como tiempo después ocurriría en otro contexto con la serie española Cuéntame cómo pasó.

Uno de mis episodios preferidos está dedicado a la figura paterna. Se llama “La oficina de papá” y se trata de un gran ensayo televisivo de lo que significa ser padre. De cómo es que la vida laboral y las responsabilidades llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue joven. Alguien que no era distinto a nosotros pero que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llevamos madurez.

Con ese capítulo se pueden comprender muchas cosas. Sobre todo cuando eres un niño frente a la pantalla. La personalidad de nuestros padres no es gratuita. Y si de repente los notamos demasiado serios o malhumorados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (esa parte mágica y alegre) por nosotros, para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

wonder years

Pueden ver el capítulo completo con este enlace.

Un idiota entrañable

El 21 de septiembre es un día especial. En él cumplen años muchas personas talentosas. De Bill Murray a H. G. Wells, pasando por Stephen King y Leonard Cohen. Pero en esta ocasión quiero enfocar mis comentarios a un idiota. Sí, a un imbécil. Se llama Liam Gallagher y también nació ese día. El personaje en cuestión no es ningún jovenzuelo; dejó la lozanía muy atrás. Y a pesar de lo que pudiera pensarse por la forma en la que lo he llamado, lo aprecio muchísimo. Sí, como dije, es un idiota. Basta ver cualquiera de sus entrevistas para darse cuenta. No puede hilar una sola frase inteligente y no descarto que se le dificulte entender el más simple de los conceptos. Sin embargo, es un tipo encantador. Y cuando lo insulto lo hago desde el cariño absoluto. En realidad le debo mucho y lo considero un tipo genial.

Se trata de un hombre privilegiado que llegó a la Tierra con un solo don (el de cantar) y que basado en ello conformó su camino hasta las nubes. Su capacidad no le da para más, pero lo único que sabe hacer, lo sabe hacer a la perfección. Al menos en sus mejores épocas cuando logró darle corazón a los temas compuestos por su hermano Noel. Es lo que tiene Liam y Oasis en general: corazón. Sus canciones son de lo más sencillas y repetitivas. Y pese a ello uno se los perdona y se les celebra por encima de intérpretes más virtuosos porque tienen algo que no abunda: determinación y sentimiento. Soy de los que prefieren eso a cualquier clase de pirotecnia.

Desde el primer día los gamberros de Oasis tipos salieron a romperse el lomo creyéndose los mejores del mundo. Aunque no lo fueran era la única alternativa que tenían: convencerse de ello. Y al hacerlo, convencieron al resto del mundo. Se pusieron de tú a tú con cualquiera sin temor a la derrota. Rebosantes de confianza y amor por la vida siguieron avanzando. Era eso o seguir robando autopartes en los barrios bajos de Manchester.

Quizás por eso lo consiguieron, porque son tipos que saben lo que significa sufrir, como aquel futbolista salido de uno de los peores barrios que se desvive por conseguir ese gol que lo saque de donde está. Un destello que lo lleve a conseguir un contrato profesional que le permita llevar un poco de comida a casa. Para ellos la música no es un hobbie ni un entretenimiento cualquiera. Es un asunto de vida o muerte como lo fue para John Lennon o Bob Dylan. Por eso lo dan todo de sí, como si este día fuera el último. Porque es lo que ocurrirá si no pelean.

De ahí que me emocione tanto con “Live Forever”, una canción que los Gallagher dedicaron a su madre, llenos de ternura y juventud.

Vamos a vivir para siempre, le dicen, y de nuevo intentan convencerse de ello. Porque somos especiales, agregan con todas sus fuerzas. Vemos lo que nadie más ve. Así que no te preocupes. Vamos a vivir para siempre. No me hables de jardines porque lo que yo quiero es volar.

Palabras dichas por alguien que es tan común y corriente como quienes lo escuchan, los que también han sentido el dolor mientras la fría lluvia de la mañana les cala hasta los huesos.

Por eso amo a este idiota. No hay más.

La escena de las langostas

Annie Hall lob

Hoy en día es muy fácil despotricar contra Woody Allen. La palabrería se repite por el vecindario. Que si todas sus películas tratan de lo mismo, que si es descuidado con las formas, que si sus guiones parecen encargos turísticos. Quizás haya una pizca de verdad en ello. Woody Allen ya no es lo que era. Pero que no se nos olvide. El tipo tuvo una época de gloria e hizo uno de los más grandes estudios cinematográficos en torno al ascenso y descenso del amor. La que posiblemente sea la comedia romántica definitiva: Annie Hall (1977). Una memorable seguidilla de viñetas que no tienen desperdicio y que conviene repasar cada determinado tiempo, en especial cuando se desee reflexionar sobre nuestra propia vida sentimental y se requiera de cierta calidez para superar baches emocionales.

La cinta deja muchos fragmentos para destacar. Una de mis partes favoritas es la famosa escena de las langostas (que en realidad se divide en dos partes). En ella, los protagonistas intentan cocinar unas langostas en casa, pero todo se vuelve un caos cuando los animales en cuestión, todavía vivos, se escapan y empiezan a deambular por el suelo. Lejos de enojarse o desanimarse, la pareja disfruta de la situación. Se divierten y juegan. Incluso se toman fotos para atesorar el momento. Lo que parecía ser un inconveniente se transforma en un episodio entrañable. La química que existe entre ellos hace que lo más simple se vuelva extraordinario.

En la primera parte de la secuencia Alvy Singer convive con Annie Hall, el prototipo de mujer que siempre se queda pegada en nuestra memoria. La que hace llevaderos los episodios más bajos. La que transforma las preocupaciones en un montón de sonrisas. Esa que vuelve especial los minutos pasados frente a la estufa.

Pero transcurren los meses y ocurre lo que suele suceder. La relación se desgasta. Llega el alejamiento y la ruptura definitiva. La dinámica de conocer a otras personas e intentar seguir adelante.

Lo que venga ya nunca será lo mismo. Aunque conozcas a muchas otras personas, siempre quedará el recuerdo de esa mujer irrepetible que lo significó todo. Una sombra que danzará por tu mente por el resto de los días. Sobre todo cuando más lo necesites. Woody Allen lo refleja muy bien en apenas un par de minutos.

Al cabo de una temporada, Alvy Singer vuelve a vivir una situación parecida con otra mujer. Los planes de una comida dominical son interrumpidos por un grupo de langostas que ha decidido escapar. Y donde antes había bromas, entendimiento y cariño, no queda más que frialdad y distancia. Ella no es Annie Hall. Se muestra desapegada, fastidiada ante el suceso. No entiende los chistes ni se enternece ante los defectos de su novio.

Queda la sensación de que somos compatibles con una cantidad muy reducida de personas. Un detalle que se puedes detectar en la última mirada del protagonista.

Pinceladas propias de un talento como el de Woody Allen. Por eso le perdono todo y es una de las razones por las que veo sin queja alguna cualquiera de sus películas. Lo prefiero a casi cualquier otra cosa que esté en cartelera. Verlo a él es como estar en casa.

El desamor de Jim

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“Jim” es una vieja canción cuya música fue compuesta por James PetrilloEdward Ross. Originalmente fue lanzada en el lejano 1941, y a pesar de haber sido interpretada por leyendas del jazz vocal como Billie HolidaySarah Vaughan (además de otras figuras de la época como Dinah Shore o Bob Eberly) es un tema más bien obscuro que no logró mayor trascendencia. Una injusticia, ya que se trata de una melodía de muy buen gusto que logra colorear a cualquier tarde que requiera de un impulso para volverse especial. El mayor atributo, más allá de la interpretación, es el que supone la letra, escrita por Nelson Shawn, un autor perdido en el camino del que no queda mayor referencia. El arte deja pequeños registros de figuras que permanecen en el anonimato. Obras a través de las que siguen sujetados a la vida, pero desde una postura casi invisible, como fantasmas que ofrecen pequeños placeres a generaciones que nunca les prestarán mayor atención. Desde aquí un reconocimiento a todos ellos. Los que vemos y escuchamos, pero de los que no sabemos casi nada y por los que muchas veces no existe una intención de averiguar.

La letra de “Jim” va sobre un caso amargo. El del típico amor no correspondido en el que la mujer se entrega en cuerpo y alma a un hombre que no le retribuye todo ese cariño. Y, a pesar de ello, el amor no se desvanece, por el contrario, aumenta y aumenta, con ese desajuste muy propio del corazón que no entiende a la lógica ni a ningún tipo de argumento. En cuestiones sentimentales todo se rige por el misterio. Nos enamoramos por razones obscuras muy alejadas de lo racional. Fuera de los ejemplos de personas interesadas (como los que se casan con alguien por el dinero) que corresponden a otro plano, el vínculo honesto entre seres humanos se distingue por una serie de circunstancias que, en un vistazo retrospectivo, se antojan confusas, caóticas. No estamos con quien más nos conviene y a veces tampoco estamos ante la mejor de las opciones. Simplemente quedamos a la merced de un flechazo, una herida para la cual ya no existe marcha atrás. Un mar de parejas sufre en lo disfuncional. Pero al final no hay forma de remediarlo. Es así como el engranaje se mueve, con un apego que carece de razones y que se sustenta en una especie de fe mal entendida.

La mejor versión de “Jim”, en mi opinión, es la de Ella Fitzgerald, dicho sea con el perdón de la de Sarah Vaughan que incluye el trabajo en trompeta del gran Clifford BrownElla Fitzgerald parece ser las más identificada con la historia detrás de la letra. En su voz se percibe un tono confesional en la que las palabras se suceden con dolor al mismo tiempo que con una dulzura muy propia de esa paradoja romántica a la que me refería en el párrafo anterior. Aun así, aun con toda esa calidez, hay líneas que resultan tristísimas. La mujer ha entregado los mejores días de su vida a un hombre que no ha hecho otra cosa que tirarlos a la basura a base de maltrato e indiferencia. En cierto momento ella lo dice; por mucho que lo intenta no logra que el amor de él acabe por encender. No ocurre nada en absoluto. “Lo único que ha pasado son los años que desperdicié con él”.

Sin embargo su amor es genuino. Una parte cerebral le indica que debe dejarlo, y en verdad piensa que lo hará así. No obstante, tarde o temprano siempre termina por continuar. Sus emociones han echado raíces. El peso de la costumbre y las pasiones es demasiado grande como para pensar en echar el vuelo. Ella misma lo reconoce en ese cierre brutal. Un gesto humillante y heroico a la vez.

Sé que algún día Jim se pondrá de pie y me abandonará
pero, créeme, incluso si eso sucede,
Iré tras él con una antorcha para alumbrarlo.

La resignación del amor. A veces no resta otra que entregarse de manera incondicional sin importar la reciprocidad ni los resultados. Un gesto de una sola vía. Solo se busca dar lo mejor a quien se estima, aunque del otro lado solo llegue un eco. Un golpe de frialdad que cala hasta los huesos.