Con un hola no basta

Existen personas a las que asociamos a un contexto muy particular y que al encontrarlas en cualquier otro lado no cabe otra sensación que la de un estupor a punto de quiebre. Como cuando uno se topa al profesor de matemáticas (un hombre avejentado y cascarrabias) en la calle comiendo, digamos, un helado de vainilla. Es de no creer. El mito se te derrumba. Aquel señor de aspecto incorruptible, que estabas convencido no tenía necesidades fisiológicas, está de pronto ahí, disfrutando un helado con el regocijo de un niño cualquiera. La impresión se vuelve mayor al notar que el profesor no va vestido como de costumbre. El traje, el suéter, son sustituidos por ropa deportiva y una gorra que lo cubre del sol. Incluso resulta que el tipo tiene una familia que le quiere. Cuenta con toda una vida sentimental, según consta en la estampa de verlo tomado de la mano con su esposa.

Sensaciones parecidas quedan en el cuerpo cuando se avista en la tienda a uno de esos tipos que asisten a tu mismo gimnasio. Aquella figura de vigor, que cada mañana levanta pesas,  está en un pasillo tratando de elegir entre dos tipos de pastas dentales. O como también pasa con el compañero del trabajo con el que nunca hablas, pero que al divisarlo en un parque te obligas a saludar por mera cuestión de familiaridad. Es probable que ese encuentro en tierras lejanas motive una acercamiento que jamás se habría dado en el frío distanciamiento que supone ser vecinos de cubículo.

Saludar a conocidos en la calle plantea varios dilemas. Es verdad que la mayoría de las veces sobreviene una incomodidad, al menos si tienes una personalidad más bien introspectiva o si has salido con la peor pinta posible. Sobre esto último, un remedio infalible: vestirse de gala aunque sea para ir con el zapatero. De este modo no te encontrarás a nadie importante en la calle, como dictan las reglas irónicas del cosmos. Al guionista del universo le encanta el conflicto y, si andas con cautela, pocas veces te recompensará. Y al mismo tiempo, si decides distraerte un poco, lanzará el peor de sus castigos. Porque ya se sabe: si salieras en pijama, ante la misma eventualidad, ten seguro que te encontrarías a medio mundo: a un viejo compañero de la secundaria, a tu jefe del trabajo, a una antigua pareja y, desde luego, al potencial amor de tu vida. Mejor no correr riesgos e ir impecable todo el tiempo. Entonces no te verá nadie en absoluto.

Digo que el saludo es incómodo porque hay gente a la que no le gusta ser saludada. Gente que prefiere no ser interrumpida en un vaivén de aislamiento nómada. Esos que voltean la cara cuando descubren que los has reconocido o que, de plano, se dan la media vuelta para no verse en el suplicio de tener que pasar a cerca de ti y, oh tragedia, tener que estrechar tu mano.

Este tipo de conductas incivilizadas son desmoralizantes para el espíritu sensible. Hacen que te transformes y acabes convirtiéndote, sin darte cuenta, en uno de ellos.

Recuerdo aquellos días en los que yo saludaba a cuanto energúmeno se cruzara en mi camino. Lanzaba sonrisas y extendía mi mano franca a conocidos con los que coincidiera en la vía pública. Esto, lejos de ser correspondido con gentileza y agradecimiento, fue desalentado por gestos descortesía entre los que abundaban el voltear la cara a otro lado, dar la espalda o hacer como que la virgen les habla para fingir que no han reparado en mi presencia.

Cuando esos casos empezaron a sobrepasar al de los amables, al de los educados, desistí en la misión de saludar a gente en la calle. Quizás era mejor no interrumpirlos. Dejarlos en paz. No molestar. Y así comencé a convertirme en un fantasma que a lo sumo lanzaba una miradita de lejos antes de proceder a un acercamiento que pudiera encontrar una negativa de la otra parte.

Empecé a aplicar el protocolo con sujetos de familiaridad media-baja. Con los típicos personajes con los que no posees vínculo alguno salvo amistades en común. A ellos no era necesario acercarse. Para qué. Tampoco quise verme en aprietos adicionales, así que podía descartar de la misma forma a compañeros de los que no recordara apellidos, estado civil o que no estuvieran presentes en mis redes sociales.

Luego radicalicé la postura. Un cúmulo de decepciones (personas a las que estimaba y que llegaron a pasar olímpicamente de mí en la calle) me llevaron a ser alguien aún más reservado, con un temor permanente de incordiar o asfixiar a alguien con un saludo. La maniobra era complicada y traía angustias ya que era difícil abstenerse de interactuar con el entorno inmediato. Había que cuidarse de no fijar la mirada en alguien por más de un segundo, ante el riesgo de que ese alguien fuera un conocido al que había que evitarle las molestias de saberse identificadas.

En este cambio también influyó un factor añadido: mis problemas con la vista. En repetidas ocasiones me vi en el bochorno de saludar de lejos a perfectos desconocidos porque los había confundido con otra persona:

¿Ese de traje gris será Manuel? Sí, sí es. Levanta la mano y sonríele. No, espera. No es. Los lentes de Manuel son un poco más grandes. O no. Creo que sí, es él. Es Manuel. Está igualito. Con ese bigote no hay pierde.  Está un poco retirado, pero lanza un gesto para él o pensará que lo estás evitando. Muy bien. Con ondear la mano es suficiente. Solo que como que no le gustó. Se ve medio enojado. Ahí viene. Trae un martillo. Espera, ese no es Manuel. Camina, camina, camina, camina, camina, camina.

Un horror. Eso era ya.

Un horror que no podía seguir. Tenía que rehabilitarme. Ser el mismo de siempre. Por respeto a esas personas que sí echan de menos un hola, qué tal cuando coincides en una esquina.

Por las grandes conversaciones casuales que surgen con aquellos a los que hace tiempo no veías.

Por educación. Por un código de comportamiento al que no hay que renunciar aunque el resto del mundo se haya pasado al club de la ruindad.

Y sobre todo por mí, que está muy feo eso de no poder estrechar manos y extraer una que otra sonrisa.

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Por un café

De casi todo me he hartado excepto de la música. Hasta las mayores pasiones pueden llegar a desgastar. Ni siquiera la literatura funciona de manera permanente. Es posible cansarse de ella. Leer por horas y luego sentirse agotado, sin ganas de seguir. Lo mismo con las películas y los espectáculos en general. Es posible incluso saturarse del ser amado. Pero la música se erige como algo mayor. Un placer perpetuo que funciona sin ambages en cualquier contexto. La música está ahí cuando leo, cuando entro a la cocina, cuando acabo de despertar. La uso para dormir y también cuando necesito un desahogo. La música funciona en las sesiones de ejercicio, en las caminatas sin rumbo por la ciudad. Combina a la perfección con los trayectos en auto o cuando quieres recordar a una vieja persona en un momento de soledad. A la música no renuncio. En las buenas y en las malas está ahí, apenas por debajo de la respiración y los alimentos como medio de subsistencia.

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Que los cretinos no te detengan. Ellos siempre se quejarán y cada movimiento que hagas será una fuente de alimentación para que descarguen sus propias frustraciones. No les queda mucho más. Es la actividad que les reditúa mayor satisfacción, lo cual, a su modo, representa un panorama vergonzoso y deprimente a partes iguales. Retraerse por ellos es un error. No temas a sus críticas ni a sus burlas. Sigue a lo tuyo: pintando, escribiendo, cantando, actuando, bailando y cuanto gerundio se te ocurra. Vendrán abucheos, gente que quiera bajarte del escenario. Y ahí el truco, dejar que sigan odiando.

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El buzón, en otros tiempo un cofre de tesoros, se ha vuelto un verdadero depósito de desechos. Ni una postal ni carta de amor se encuentra ya dentro de ellos. Todo son recibos, cuentas, reclamaciones. Listado de cifras que se han de pagar. El panorama sería insostenible (digno de clausurarse) si no fuera porque de vez en cuando aparecen pequeñas recompensas: algún folleto de comida, la promoción que se antoja irresistible ante el martirio que significa tener que hacer las cosas uno mismo.

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Una cuestión irrelevante que a la gente le encanta presumir: el tomar el café sin azúcar. Cuando alguien lo menciona, con altivez y grandilocuencia, pareciera que aspiraran a recibir un reconocimiento, a salir del lugar cargados en hombros como si no vaciar un sobrecito en una taza los convirtiera en gladiadores modernos equiparables a los antiguos héroes que con una espada eran capaces de conquistar poblaciones enteras. Lo mismo con los que se jactan de preferir las bebidas alcohólicas en estado puro, sin añadirles nada, sintiéndose así los seres de mayor masculinidad sobre el orbe, a la espera de un aplauso de la multitud. Ninguna de las dos preferencias es incorrecta, de hecho son recomendables en la mayoría de los casos. Pero sacar el pecho por ello es ridículo, de la misma forma en que resulta patético ver a alguien que se precia de tener buena ortografía. En este tipo de asuntos lo mejor es actuar según se guste sin más; predicar con el silencio, un tipo de distinción que por desgracia ha caído en desuso.

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Hay sensaciones que se pierden con los años pero que eventualmente se homologan en otros escenarios. Por ejemplo, la alegría y liberación que supone la campana de la escuela cuando es la hora del recreo o la hora de salida. Un arrebato similar surge años después, cuando aparecen los créditos finales de una película que se percibía aburrida e intolerable. La pantalla en negro con los nombres del equipo de producción se convierte en un alivio que funge de campanazo.

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Guardo en la memoria a las personas que hicieron algún bien en mí como muestra de gratitud. Un homenaje privado.

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Creo que he perdido el toque. Me percibo errático, confuso, sin gracia alguna. Los comentarios que realizo carecen de frescura. Soy incapaz ya de relacionarme con nadie, al menos con fluidez y permanencia. No logro conectar. Actuar con naturalidad está fuera de mi alcance. Me lo pienso todo veinte veces antes de que los acontecimientos sucedan e imagino escenarios excepcionales que a la postre chocan con lo decepcionante de la realidad.

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Rechazo cualquier halago que se me haga, aunque por dentro suelto los fuegos artificiales.

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Una frase de Charles Lamb mencionada por J. M. Coetzee en una de sus cartas: “Se puede tener amigos y no querer verlos”.

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Decir “tengo hambre” cuando eres niño y remover las aguas. La familia se desplaza en busca de soluciones. Se prepara algún platillo o se pide alguna opción a domicilio. En el peor de los casos se recurre a un recurso pasajero en lo que llega la hora de la comida: te compran unas galletas. De adulto la expresión se vuelve estéril. Lo más cerca que estuvimos de ser reyes quedó en el pasado, cuando usábamos un pañal.

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Pese a lo contraproducentes e irracionales que sean, hay que admitir que las supersticiones tienen su gracia. Ahí está la costumbre de enterrar un cuchillo en la tierra para evitar que llueva en un fecha especial (una boda, digamos). Una especie de amenaza a la naturaleza. Como se te ocurra arruinarnos la fiesta, vendrán otras medidas. Cuidado con pasarte de la raya o lo próximo que sabrás es que te habremos golpeado  en un árbol con el martillo.

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El acto de compartir ideas tiene su nobleza.Sentarse a expresar lo que se lleva por dentro, con el esfuerzo y desgaste involucrados, no en busca del reconocimiento, sino para contribuir al flujo de la sociedad. Sin esperar nada a cambio, ni una sola retribución excepto ser un grano de arena.

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Un hombre de la ciudad dice vender sus poemas. Lleva un maletín lleno de papelitos y se acerca en las noches para ofrecerlos. “Soy escritor, le vendo un poema”. No estoy interesado y sin embargo le pregunto cuál es el precio. “Veinte pesos cada uno”, dice él. Le ofrezco la mitad y se niega. Es complicado determinar si su actitud es digna de admiración o desprecio. La cuestión es que al comprar un libro de Ezra Pound cada poema acaba por costar menos que su tarifa, y no voy yo a contravenir a los clásicos.

Alice in den Städten

El libro de Claire

Problemas de sueño, la gran pesadilla. Dar vueltas en la cama sin poder dormir da una sensación parecida a la de ser un prisionero. Frustración, encierro, sin opciones de escape. A la espera de que el cansancio haga de una vez su trabajo. Mi situación empeora cada noche al respecto. Los desvelos lúdicos de la adolescencia han derivado en una maraña que ya es imposible de revertir. Estoy incapacitado para la tarea. No puedo dormir de la manera adecuada. Si pudiera pedirle tres deseos al genio de una lámpara consideraría incluir entre ellos la súplica de descansar con placidez todos los días, aunque al final sé que terminaría por pedirle alguna otra cuestión mucho menos útil. Recurrir a la ayuda divina no sería descabellado dado que la situación ha alcanzado niveles insoportables. Con tal de conciliar el sueño sigo rituales rocambolescos propios de la dinámica bola de nieve en la que me he involucrado. La maraña dio comienzo con elementos inocentes: poner una canción para conseguir dormir o usar una cobija con determinadas características. Luego entraron inclinaciones más puntillosas: solo caer rendido en caso recostar el cuerpo del lado derecho, abrazar una almohada y usar tapones en los oídos. Las condiciones se van acumulando. El otro día descubrí que nomás puedo dormir si me pego a la pared que tengo a un costado de la cama. Con ello he llegado a la conclusión de que el próximo año necesitaré del auxilio de una orquesta sinfónica en mi habitación e insertar una aceituna en el ombligo para caer en los consabidos brazos de Morfeo.

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En el área de la literatura ya se publica tanta porquería que hasta no hacer nada empieza a dar caché.

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Un misterio es el de localización de los juguetes con los que pasamos la infancia. A los ocho años parece que tenemos montones de pertenencias —inagotables, perpetuas— y llega el punto en que, sin saber cómo, aquello ha desaparecido. Los muñecos, los autos de plástico, las chucherías dejan de estar ahí, sin más. Soldados caídos en una mudanza o tirados a la basura sin que nadie se haga responsable. O también otra posibilidad, una mucho más creíble, la difuminación de una era. Juventud marchita, vejez al acecho. La confirmación de que hay que ingeniárselas con lo que se tiene. No hay manera de volver. Nada nos acompañará hasta el final.

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Despertar temprano y por algún tipo de embote psicológico quedarse con la mirada puesta en el suelo o en la pared, sin apenas pensar, como si el resto del entorno careciera de importancia. La mente en blanco. Dudo que algún tipo de doctrina espiritual pueda causar un trance tan profundo.

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Tremenda desventaja la de acostumbrarse a estar vivos. Alguien que se sabe con un tiempo límite en la faz de la Tierra (digamos, 2 años), se esfuerza por aprovechar cada segundo. Gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes (decía Kerouac). Alguien que, en cambio, transcurre sin tales presiones, se queda acostado en un sillón, como si no hubiera límites, sin saber que en ese mismo instante podría ponerse unos zapatos y salir a la calle con la consigna de ser feliz.

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Hay una cosa que tomo como infidelidad: prestarle un libro a una mujer y que esa mujer le preste ese libro a otro hombre. De solo pensar en tal panorama se me revuelve el estómago y siento ganas de vomitar. Perdonen la cursilería.

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Angustia: cargar con un billete que se sabe defectuoso por alguna mancha o  rotura . Cargar con él en la cartera, en el bolsillo, e intentar pagar con él en algún lado  pesar del remordimiento. Temer al rechazo del tendero o, peor, que el billete sea recibido y esa persona quede con la maldición; que sufra de penurias por intentar cambiarlo a su vez. Y la aflicción de no haber tenido el suficiente cuidado (el suficiente carácter en ocasiones) para haber rechazado aquel billete en su momento, por mucho que las normas de los bancos centrales indiquen que sigue teniendo validez.

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Descarto a cualquier persona que no le pida al empleado del supermercado  que su jamón sea cortado en rebanadas delgadas. Manifestar cierta delicadeza, cierta finura, es un detalle de importancia. Para seres toscos mejor regresarse a las cavernas.

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Si algún tipo de ley pidiera comprobar y sustentar cualquier aseveración que se haga en público, tengan la seguridad de que las redes sociales se librarían de toneladas de bravuconería y desinformación que van de ilustradoras cuando más bien contribuyen a la confusión y el delirio.

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La humillación y la valentía se entremezclan a la hora de comer un alimento caducado.

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Los niños juegan futbol hasta que la pelota se poncha o acaba fuera del alcance, volada en alguna casa desconocida o en el tejado de una tienda hostil. El desánimo toca el fondo. Dar de este modo los primeros pasos hacia la desilusión que eventualmente se radicalizará hasta dejarte en el suelo.

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Lo cuenta Bukowksi en alguno de sus libros. Está una noche frente a la máquina de escribir en plena soledad cuando de pronto alguien toca la puerta de su departamento. Son dos jovencitas alemanas que no pasan de los 23 años. Son admiradoras suyas que quieren conocerlo antes de continuar su ruta de viaje alrededor de Estados Unidos. Él acepta, las invita a pasar. Lo malo es que no tiene nada qué ofrecerles, sus reservas se han agotado. Recurre entonces al teléfono, llama a licorería de confianza y pide que le lleven un par de botellas a domicilio. Mientras tanto, la plática fluye. Bukowski y las chicas entran en confianza, se llevan de maravilla. En apenas unos minutos hay caricias, carcajeos. Un viejo con deformaciones en la cara disfruta de la compañía de dos bellas mujeres. La puerta suena de nuevo. El alcohol ha llegado. Bukowski abre y recibe la entrega. El repartidor aprovecha la oportunidad para echar una mirada al interior del departamento, desde donde salen las vocecitas. Ahí ve a las dos alemanas, con ropa provocativa, en plena efervescencia. “Señor Bukowski, ¿cómo le hace?”, le pregunta. “Mecanografiando”, responde él.

clara

Para una noche de junio

Con el paso de los años se modifican los temas recurrentes en las conversaciones. Al final, cuando la vejez es suficiente, la mayor parte de los encuentros entre amigos se reducen a un intercambio de achaques. Una señora cuenta que lleva un mes con dolor de rodilla, su acompañante menciona que le acaban de operar un hombro y la otra pareja recuerda que el doctor les ha mandado a hacerse unos estudios por una serie de síntomas que no los dejan en paz. Ya no se habla sobre planes a futuro. Se dejan atrás las ideas, las observaciones del mundo social. Ya ni siquiera hay espacio para las anécdotas que alguna vez vivieron juntos. La  charla termina por convertirse en un gran desahogo en el que los participantes compiten a ver quién sufre más.

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Un asunto a debate es el de los apellidos. Dan identidad y se vuelven incluso una marca. Hay quienes los presumen, otros que prefieren ocultarlos. Ufanarse de su rareza se me hace una de las actividades más patéticas que existen, pero quizás en ello influya lo ordinario de mi nombre en general.  La cuestión es que no veo mérito en ello ni razón para tirar cohetes. Peor aún son los que presumen tener un apellido proveniente de un país extranjero —bendición pura— con lo que sólo consiguen que los demás nos enteremos de su pequeñez. Aun así hay apellidos que, no se puede negar, son bonitos. Ahí están McCartney, con esa c pequeñita entre dos letras adultas; Velázquez, con un sonido que serpentea; Rivera, que remite a la delicadeza del agua; Ruvalcaba, que plantea dudas sobre la ubicación de la v y de la b… o Fitzgerald, cuya prosapia (Francis Scott, Ella, JFK…) obliga a sus portadores a tener talento para mantener la reputación. No les queda de otra. Sin embargo, los mejores apellidos que conozco son los que tenía un gato estadounidense que fue adoptado por los trabajadores de una biblioteca luego de que, con apenas dos meses de vida, fuera abandonado en la calle. Al gato lo llamaron Dewey (basados en el sistema de clasificación homónimo) y lo dejaron vivir dentro de la instalaciones del lugar, entre repisas y novelas. Al cabo de un rato, decidieron ponerle también apellidos. Un felino de tanto carisma merecía gozar de tal  distinción. Luego de pensárselo, el nombre definitivo acabó por ser Dewey Readmore Books. Algo así como Dewey Lee Máslibros. Estupendo apelativo, digno de un promotor de la literatura a base de ronroneos.

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Lo señala el gran Gay Talese en su artículo dedicado a la visita de Muhammad Ali a La Habana en 1996. Por aquel entonces el exboxeador estadounidense llevaba ya varios años  sufriendo la enfermedad de Parkinson sin que ello le impidiera realizar algunas actividades sociales, como la que desarrolló aquella vez en Cuba, con motivo de una misión humanitaria destinada a llevar suministros a los maltrechos hospitales de la isla caribeña. El físico de Ali ya no era, ni de lejos, el que alguna vez fue. Con cincuenta  y cuatro años a cuestas, su cuerpo padecía los embates de un mal que lo aquejaba en cada segundo de su vida. Los movimientos eran lentos y las palabras ya no fluían de la misma forma que antes. Era alguien diferente, aunque en su interior todavía se adivinaban los detalles que lo hicieron una leyenda en la historia del deporte. La escena relatada por Talese ocurre en el vestíbulo de un hotel, antes de que Ali salga a tomar el automóvil que lo llevará a sus compromisos oficiales con el régimen castrista. Los huéspedes del hotel se arremolinan alrededor suyo, es el deportista que marcó el siglo XX en combates imposibles de caer en el olvido. Todos quieren una foto con él, un autógrafo. Y Ali los complace. Sus desplazamientos son temblorosos, erráticos. Provocan un nudo en la garganta si te pones a recordar al joven invencible que alguna vez fue. Dar cada autógrafo le toma a Ali cerca de medio minuto. Una eternidad para un acto tan simple, que al mismo tiempo pone en perspectiva sus épocas de gloria.  Eso era más o menos lo que le duraron algunos de sus rivales (el caso de Jim RobinsonSonny Liston en la polémica segunda pelea, ambos derrumbados en el primer round). Y ahora trazar una línea era un reto mayor. Pero lo hacía. Se esforzaba. Si se tardaba tanto en cada autógrafo era porque ponía dedicación en ellos. No se conformaba con soltar cualquier garabato, ni dejar un simple Ali para salir del paso. No. Con sumo cuidado, se tomaba el tiempo para escribir Muhammad Ali, el que consideraba su nombre completo. El público, aquellos desconocidos, le merecían respeto. Estaban ahí apoyándolo y no podía defraudarlos. Aunque le costara un horror, iba a darles lo que esperaban. Una muestra más (una sutil) de la grandeza de  Muhammad Ali, un personaje que por lo demás, como todos, también tenía sus defectos.

 

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Envejecer, recluirse. No veo otro camino.

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Los espejos guardan un secreto. Dependiendo de tus angustias, felicidad o preocupaciones, pueden mostrar una imagen muy diferente de ti. A los espejos les gusta juguetear, son de gastar bromas constantes. Así, cuando quieren burlarse, primero te muestran bello ante el reflejo. Eres un ser extraordinario según te indican. Y te sientes invencible y rebosante de confianza ante a ellos. Con esa convicción sales de casa, sin saber que ahí es cuando la asociación de espejos de coordina para estropearte la noche. Luego de ponerse de acuerdo, el espejo del restaurante al que ibas te enseñan una imagen muy distinta a la que recordabas en casa. Tus defectos empiezan a resaltar. Una cana, dos arrugas, tres deformidades que antes no aparecían. Los espejos tendieron una trampa. Se ríen para sus adentros. Una persona te espera en la mesa, en lo que se suponía tu cita soñada, pero tú ya has perdido la determinación y el respeto por ti mismo. Eres una piltrafa. Un ser horrible que no debería volver a salir a la calle. Eso piensas hasta la mañana siguiente, cuando el espejo te consuela de nuevo y descubres que tus ojos tienen lo suyo.

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Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

harem

 

De búsquedas, fiestas y amores

La fiestas de fin de semana… cálidas, nocturnas, se sienten como un oasis en el que se encuentran algunos rastros de arenas movedizas. Un golpe de ruleta en la que lo mismo se acaba en éxtasis o, por otro lado, en inundaciones de tristeza acentuadas por el júbilo que se respira en los alrededores.

Ambiente fascinante en donde las vidas se resquebrajan, donde se fundan parejas que luego dan a luz al próximo médico de la ciudad, donde se pierde una parte irrecuperable del espíritu y donde, en ocasiones, hasta se presenta la anomalía que significa la serenidad.

A la hora de acercarse a las reuniones de medianoche, salta el recuerdo de dos artistas asociados a los años ochenta. La cantante Rubí y la banda española Mamá, que con dos sendos temas se las arreglaron para transmitir de manera eficiente las emociones asociadas a la festividad en tono crepúsculo. Ahí en donde lo que parecía destinado a risas y amores termina en un vacío existencial.

Primero, Rubí en homenaje a Carlos Berlanga, finado compositor (y geniecillo) madrileño que le dejó una canción para el suspiro. “Un solo beso” trata sobre los encuentros de madrugada. Fiestas en departamentos a los que no se sabe cómo se llegó, en donde ya nadie se reconoce, donde ya casi nadie habla. En donde ya no existe mucho gozo pero en las que se permanece con la esperanza de que algo ocurra, lo que sea. Aunque se trate de una caída. De cualquier modo se odia lo que espera en el regreso a casa, más vale extender la velada todo lo que se pueda.

Hasta que aparece una persona agradable. La típica persona que uno se topa cuando se deambula hacia el baño o cuando se camina en soledad sin un rumbo específico. De pronto una presencia que se antoja como un espíritu afín. Un salvavidas. El inicio de una conversación en la que nace lo que aparenta ser un dejo de cariño, de romance. Y es donde uno se para en seco, en donde surgen las dudas. El corazón herido se lo piensa dos veces antes de entregarse. Acaso no valga la pena un nuevo desgaste, el cúmulo de sufrimientos que seguro vendrán a cambio de lo que será un placer pasajero.

Estar de frente al amor… y decir que no. Saber que un sentimiento semejante conlleva muchos pesares. Demasiados problemas, demasiadas escenas. Demasiado drama para un solo beso que al otro día se olvidará. Así que mejor no. Habrá que dejarlo como un amor de cuatro horas.

Luego está Mamá, una de las bandas más infravaloradas del pop español (El último bar de 1981 es una joya de cinco estrellas), acaso culpa del pésimo nombre que eligieron para llamarse. Aun así dejaron piezas emblemáticas que habría que rescatar del olvido, indispensables para comprender un movimiento, el de los ochenta, repleto de sensaciones agridulces con las que rompían en llanto.

“Búscandote a ti” habla de la llegada de un viernes al que se aguardaba con desesperación. Ansia por ver a una persona que supone la única manera de darse un respiro, de hacer que los golpes de la cotidianidad puedan curarse. Pero también es un reflejo de los problemas de la comunicación. El orgullo que impide contactar a otra persona para acordar una cita, y dejar en cambio todo a la suerte. Ir de paseo a las fiestas de la zona con la intención de encontrar al ser amado. Y fracasar en el intento, como podría se podía adivinar (era hallar una aguja en un pajar) en una medida que tuvo poco de racional. Tan fácil que hubiera sido llamarle por teléfono, como hicieron los que te sacaron de farra.

Acabar entonces en movidas que no son del todo gratas. Con gente con la que se guarda poco en común: conversaciones sin sentido, mentalidades tibias, mujeres que no. Lo cierto es que hay un solo ser con el que se es compatible y fuera de ello uno es un inepto social: de ahí la expedición a la desesperada. Buscándote a ti, la única coincidencia que podría salvar de la ruina inminente.

Salir a las multitudes en busca de una sola persona. Alguien que alivie el candor de una noche hasta transformar el bochorno de la vida en un espectáculo llevadero.

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Carlos. Hundido, con el agua hasta el cuello.

Arruine con éxito su vida

En caso de que seas alguien interesado en la autodestrucción, alguien que gusta de acercarse a los dolores y quiere ver su vida arruinada, tengo un consejo para ti con tal de que lo consigas.

Olvídate de los recursos anticuados, tan gastados y aburridos. La autoflagelación y la asfixia con calcetas son métodos que han dejado de estar a la vanguardia desde hace muchos años. Igual que privarse de la comida. Lo de hoy es tomar alternativas de mayor creatividad para torturarse. Boicotearse hasta conducirse al vacío, aquel lugar en el que invariablemente van a parar los seres faltos de confianza y optimismo como lo eres tú.

De modo que para llegar con éxito al fracaso se debe seguir una estrategia apropiada que impida a toda costa una posible redención. El esfuerzo tiene que ser tal que ni siquiera haya espacio para el milagro. Para ello uno ha de estar convencido y tener una vocación genuina para la derrota. No vale ser el clásico ejemplar que nada más busca llamar atención a través del aspaviento. Los impostores que juegan al llanto y la penuria con el deseo oculto de recibir el consuelo de los demás, porque en el fondo, lejos de ser degenerados con integridad, son unos cursis de primera.

Hundirse en la desgracia implica un compromiso con la miseria, estar dispuesto a ir hasta el límite con tal de volverse alguien digno del peor de los desprecios, título al alcance de casi cualquier ser humano que se deje llevar por su naturaleza. Accesible y difícil a la vez. Quien quiera estropearse tiene que seguir unas instrucciones bastante simples. Otra cosa es conseguirlo.

Ya lo decía un viejo pensador romano:  caer es fácil, basta con no hacer nada.

***

En mis tiempos más vulnerables aprendí a expresar el desprecio que sentía por aquello en lo que me había convertido. Un reproche que le lanzaba hacia mi propia personalidad con la esperanza de que espabilara y me convirtiera en alguien de provecho. Empresa que, hay que decir,  nunca llegó a buen puerto pero que al menos sirvió para que me mantuviera ocupado.

Para ello eché mano de un plan que conocí en uno de los primeros libros que tuve a bien leer. Una obra de la cual no recuerdo el título exacto, aunque era algo así como Contracorriente, En la corriente o Un frasco suelto en Beverly Hills. La cuestión es que en uno de los pasajes venía el castigo que un marinero se inflingía a sí mismo luego de asumirse como el  único culpable del desmoronamiento de su trayectoria amorosa.

“Alguien que ha hecho tanto daño no merece vivir en paz”, se decía, y en un acto de humildad tomaba la decisión de darse un golpe simbólico a modo de justicia. Una reprimenda que, sabía, no iba a darle el sistema legal ni tampoco sus antiguas amantes, todas ellas nobles, dulces figuras que no merecían el trato que él les había hecho sufrir.

Ocurre en el noveno capítulo de la novela. El protagonista de la historia va a un supermercado y compra seis costales de azúcar para llevárselos a casa. Costales que pesan cincuenta kilos cada uno.

Este es el punto donde los lectores se inclinan a la obviedad e intuyen que el hombre consumirá el contenido de los costales a base de cucharaditas mientras mira el Campeonato Mundial de Snooker por televisión. Aquel era un castigo habitual en la tradición de la época, deudora del bolchevismo a principios del siglo. Pero lo que termina por suceder es muy diferente, mucho peor.

Y es lo que debes hacer tú, si es que quieres arruinarte la vida por un rato.

El marinero vuelve al lugar en donde habita y lo primero que hace es vaciar el contenido de los costales en cada una de las habitaciones de esa pocilga que tiene por hogar. Suelta una cantidad importante de azúcar en los espacios que se cruzan en su ruta y luego, con la ayuda de un pequeño ventilador, esparce los granos hasta que quedan repartidos de manera imperceptible por todo el suelo y parte de los muebles.

El azúcar está ahí. Ha invadido el lugar en el que ha pasado los años. Y aunque en un primer vistazo no se alcance a divisar (partículas dulces y transparentes le juegan la burla), basta con dar un paso para escuchar el crujido. Un sonido molesto que está ahí para atormentar en cada pisada. Un recordatorio del monstruo que es.

El volumen de azúcar, así como su repartición estratégica, complican los labores de limpieza. Así uno se previene de posibles arrepentimientos. La penitencia tiene que pisar a fondo el acelerador. Una pesadilla que no termina si se hace un llamado de emergencia a los servicios de una escoba.

Por más que se intente trapear, entre las decenas de miles de granos quedarán siempre algunos rebeldes que chillarán entre las esquinas una mañana cualquiera cuando los infortunios parezcan superados.

La memoria traerá de nuevo el peso de la pobreza. Eso que en un primer término hizo que cayéramos en el fastidio que significa estar en donde estamos.

grido

Cómo escribir sin tener nada de que escribir

Te sientas sobre la silla y te pones a escribir. Así de fácil. Así de sencillo. Anotas algunas palabras como jabón o pimienta aunque no vengan a cuento y luego esperas a que algún otro anzuelo se cuele en tu cabeza. A lo mejor terminas hablando sobre una receta de cocina aprendida hace unos veranos en la casa de tu abuelita, en cuyo caso no hace falta más que soltar otros ingredientes y la instrucción más o menos escueta sobre cómo evitar que la carne quede demasiado dura para el paladar. Tienes que tener cuidado de no distraerte mucho ya que podrías empezar a mencionar a un satélite soviético mientras dabas las indicaciones de cómo picar la cebolla. El lector se descolocaría. Pero tampoco te preocupes tanto. No es que lo que hagas sea tan importante. Tiene menos valor que una fruta. Así que puedes darte alguna que otra libertad. Por ejemplo, recuerda el día en que quisiste aprender a andar en patines. Que aquello fue un fracaso y que no te explicas cómo es que hay meseras que transportan charolas llenas de alimentos en esos zapatos con ruedas abajo. Eso sí que es admirable, no lo tuyo. Cualquiera se puede poner frente a un teclado y soltar una palabra tras otra. En cambio no todos pueden balancear cuatro vasos sin que el líquido se derrame sobra las albóndigas… Aguarda, ahí has vuelto a la comida. Estás escribiendo sobre la comida otra vez. Será mejor que desvíes el rumbo. No quieres ser reiterativo. La baraja es amplia. De lo que se trata es de escribir cuando no tienes nada de que escribir. Aunque es una forma de decirlo, porque siempre hay cosas que contar. Si pones atención todo vale. El único error es creer que uno ha de ser interesante, lo cual presiona y cohíbe.  Si piensas así, te tengo buenas noticias: no es verdad. No tiene que ser así. Uno puede ser aburrido, tienes el derecho a ello. En ocasiones es hasta preferible. Estamos saturados de personas que viven obsesionadas con relatar hazañas, acontecimientos extraordinarios. Gente que clama por la caída de un meteoro para pensar que tiene un tema sobre el que escribir. Lo cierto es que las ideas no son tan importantes. Vale más la cadencia, el tratamiento de las líneas. Se lo decía Mallarmé a Degas, cuando este último se lamentaba el hecho de que no pudiera desenvolverse en el arte de los poemas aunque estuviera rebosante de ideas para hacerlo: “Querido Degas, los poemas no están hechos de ideas. Están hechos de palabras” (las comillas son más bien simbólicas, en torno a aquella declaración hay ligeras variables según la fuente consultada). Claro está que Mallarmé se refería —quiero pensarlo— a que el fuerte de la poesía está en el juego que se hace con el lenguaje, la exploración de recursos y sonidos para lograr fenómenos verbales. Un asunto de oficio, genio e imaginación. La ocurrencia es lo de menos, es abominable incluso cuando piensas en aquellos escritores que basan su obra en el ingenio malentendido o, peor aún, en la originalidad impostada. Ahora bien, retomando el asunto de la escritura podríamos ampliar aquella posición (extrapolarlo a la narrativa y cualquier otro género) y darle un giro. Decir que la escritura en general está hecha de palabras, sí. Y aunque parezca una perogrullada no lo es. La mayoría de las personas viven enclavadas ante la perspectiva de que para escribir hace falta inspiración, talento o un dominio conceptual de la realidad. Y no. En el sentido más estricto sólo hacen falta palabras, las que todos tenemos. Ya no vistas sólo como un laboratorio lingüístico, sino como una manifestación. Puedes escribir siempre que gustes si estás con la disposición de apilar las palabras como fin supremo por encima del discurso o la calidad misma. Decir algo, lo que sea, para mostrar que estás vivo. Que puedes hacerlo. Tirar por la borda tu propia desidia y las inseguridades que llevan a creer esa tontería de que no eres lo suficientemente bueno. Porque lo eres, lo eres al momento de tomar un papel, una pluma o desbordar tu corazón frente a una pantalla como si en ello se te fuera la vida.

Tom Sharpe

Tom Sharpe (Evening Standard/Getty Images)

Tercera plana

De los medios informativos locales ya nada me sorprende. El plagio, el nulo rigor y bananerismo son el pan de cada día. Un cuadro casi generalizado (hay excepciones que se esfuerzan por enaltecer el periodismo) no visto solo en periódicos pequeños, sino también en los de supuesta grandeza y tradición. Me pregunto qué habrá sido de aquel puesto heroico que antes conocíamos como editor. Alguien (o un equipo) que revisa, selecciona y ayuda a mejorar el contenido que le ofrecen los redactores. Pareciera que ya no hay preocupación por ofrecer un trabajo de calidad. Lo que importa es conseguir el mayor número de clics  que se puedan (comprensible), así se tengan que hacer las cosas al aventón (esto no). De cualquier modo, hay que admitir, abundan los lectores conformistas, más interesados en notas con memes que en verificar y manifestarse sobre lo que llega ante sus ojos. De ahí que los periódicos jueguen con cierta libertad: se han acostumbrado a subir tonterías a sus respectivas plataformas. Al cabo que nadie se da cuenta, o no reclaman. Total. Para ahorrarse dinero, mejor recurrir a gente sin talento que está dispuesta a llenar espacios a cambio de cualquier chuchería. O replicar en beneficio propio lo que alguien más se tuvo que currar a base de sudor y lágrimas. Esto no ocurre solo en ciudades pequeñas. El problema es de alcance nacional y global. En mayor o menor medida el periodismo pasa por una especie de crisis. La situación puede ser risible (uno se entretiene bastante con el ridículo ajeno), pero si uno lo analiza de fondo, estamos ante un punto delicado. Sobre todo cuando los medios se encargan de tratar de manera frívola asuntos relativos a la salud o cuestiones que inciden directamente en su bienestar. Mucha gente está acostumbrada a creerse todo lo que leen. Es así. Si lo hacen con una cadenita que les llegó al correo, con más razón actúan con credulidad cuando ven una noticia publicada en el periódico. Después de todo se supone que ahí trabajan especialistas, seres preparados que leen y se documentan bastante. ¿No es así? Pues no. Hay que tener cuidado hasta cuando se leen publicaciones de supuesto prestigio. La labor periodística está condicionada por muchos factores y entre sus filas se encuentran figuras incapaces y sin escrúpulos. Pasa como con cualquier otra profesión. Nunca hay que fiarse. Repito: todavía hay (y no son pocos) escritores y periodistas admirables que por fortuna están a dos clics de distancia de nosotros. Aun y con todas sus carencias, los portales de noticias son un oasis frente la rumorología que abunda en redes sociales. Señalo, eso sí, que por desgracia nos ha tocado presenciar el deterioro de una profesión antes bellísima. Se ha perdido el decoro y la elegancia. Y la culpa, de cierto modo, es de todos (de este lado por no exigir, por habituarse y hasta por celebrar). O de nadie. Hay que entender las nuevas dinámicas del mercado. La obsesión por la rapidez tiene muchísimas ventajas, pero tiene también un lado obscuro. La lucha por ser el primero en recibir un clic lleva a reducir la clase hasta los mínimos. Notas realizadas con base al chisme. Información reciclada en decenas y decenas de blogs con ínfulas de revista. Revanchismo de reporteros a costa de la veracidad. Artículos de ocho líneas… un desastre.

Ya lo decía Oscar Wilde, siempre vigente: “Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de personajes sin educación, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad”.

new york

En la imagen sale la redacción del New York Times en 1942. No encontré el nombre del fotógrafo.

La oficina de papá

Vista a distancia (y si la comparas con series premium como Mad Men) la producción y narrativa de Los años maravillosos (1988-1993) es como de juguete. Aun así es una obra estupenda a la que se recuerda con cariño por haber instalado la nostalgia en toda una generación de jóvenes que no tenían ni idea de que algo así pudiera existir. La historia de la familia Arnold está plagada imágenes emotivas que se entremezclan con un repaso a la dinámica social que ocurría en la década de los sesenta, como tiempo después ocurriría en otro contexto con la serie española Cuéntame cómo pasó.

Uno de mis episodios preferidos está dedicado a la figura paterna. Se llama “La oficina de papá” y se trata de un gran ensayo televisivo de lo que significa ser padre. De cómo es que la vida laboral y las responsabilidades llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue joven. Alguien que no era distinto a nosotros pero que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llevamos madurez.

Con ese capítulo se pueden comprender muchas cosas. Sobre todo cuando eres un niño frente a la pantalla. La personalidad de nuestros padres no es gratuita. Y si de repente los notamos demasiado serios o malhumorados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (esa parte mágica y alegre) por nosotros, para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

wonder years

Pueden ver el capítulo completo con este enlace.