Un libro que no he leído

Así comienza Rendición (2017), la novela de Ray Loriga:

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

Todavía no leo el resto del libro, pero con eso me basta para estimar su valor. Conozco otras obras de Ray Loriga y dentro del vértigo acostumbrado de su prosa aparecen estos golpes de timón que rompen la nebulosidad que a veces le domina. Son pequeñas frases que levantan del asiento, sentencias que obligan a que uno se detenga para poder asimilarlas. Son las manifestaciones de un genio intermitente que da alguna bocanada en medio del camino.  Uno debe permanecer atento para cuando ocurra. Hay novelas donde el fenómeno nunca acontece. Y hay otras donde se desliza con familiaridad. No sé aún si Rendición deviene en más momentos por el estilo. Lo evidente es que ya tiene uno, y al estar al inicio ofrece una garantía de permanencia; se buscarán más fragmentos del mismo nivel hasta la última página pese a que acaso no haya oro al final del arcoíris.

La apertura de esa novela se refiere al optimismo como engaño, un engaño que también permite mantenerse a flote. Ante los tiempos de tormenta, se apela al recuerdo de un beso, una antigua mascota, alguna copa bebida hace años entre amigos. Ahí el consuelo. El estímulo. La calidez. Los momentos de júbilo por los que hay que mantenerse en marcha. Cuando se anda a la deriva no queda otra que aferrarse a los recuerdos para no derrumbarse. Si lo placentero ocurrió alguna vez, cabe la posibilidad de que en el futuro se repita: así se renueva la esperanza aunque la derrota se encuentre establecida.

Tal idea es una de las pocas que ayudan a conservar el talante armonioso, lo que inspira a seguir luchando en las calles. Aunque de eso ya casi no nos quede, las sensaciones de las buenas épocas están guardadas en la cabeza, demandan caricias y nuevas compañías.

Nos pica el gusano de la ilusión. Si uno se rinde, se puede tener la seguridad de que la fiesta se ha terminado. No habrán más caminatas en el parque ni tardes junto a un nuevo amor. En cambio, si te continúas en la lucha, cabe la posibilidad de que el advenimiento eventualmente aparezca.

Mientras tanto el espíritu exige algunas dosis de satisfacción para sobreponerse a la marea de adversidades que golpean el pecho a diario. Y para contrarrestar lo negativo hay que programarse. Quizás nunca llegue el boleto premiado de lotería, como tampoco llegará el día en que puedas montarte en un avión privado para recorrer el mundo. Quedan, empero, los milagros de toda la vida, los que cobran nuevo significado ante la mirada atenta. El oro puro de explorar una librería en domingo. Revisar tiendas de discos aunque al final no compres nada. Y queda la suavidad de la pierna de una mujer que ofrece un refugio. Y está la maravilla que supone una sopa que colma a un hombre desamparado.  Y están los perros que tienen una mirada en la que pareciera contenida toda la bondad de la que dispone el universo. Están los viajes en carretera. Mirar la lluvia desde la ventana de una cafetería. Hacer reír a alguien. Estrechar una mano franca. Mirar un partido de futbol. Comerse una pizza entera. Extender durante horas una plática sobre intrascendencias.

Es a lo que hay que aferrarse. Aunque ya no quede mucho de ello. Aunque luego el golpe sea peor.

Bresson Mouchette

 

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No hubo remedio

No dejo de acumular fracasos y lo cierto es que ya no me parece tan mal. Creo está perfecto así. Aspiro a seguir por ese camino hasta llegar al punto en el que las derrotas pierdan significado y entonces pueda acceder a un tipo de libertad, la libertad de poder hacer lo que sea sin reparar en el resultado. Acostumbrarse a los golpes, al vacío que sobreviene después del esfuerzo que no da fruto. Uno debe aprender que el valor de todo está en el acto mismo, no en una eventual recompensa o estímulo. Es un error pensar de semejante manera, o hacer cualquier cosa por complacer a los demás. Uno no está para eso, y a los otros les puede importar poco lo que pudiéramos ofrecer, por muy valioso que sea. Cada quien está en lo suyo. Es de una vanidad terrible creer que lo nuestro puede crear algún tipo de consecuencia en el exterior. Nadie está obligado a conducirse en consonancia a nuestros propios deseos. Faltaba más. De todas formas queda un consuelo para cuando nada resulta como esperábamos: pensar  que el éxito y las ovaciones tienen un toque de vulgaridad. La gente suele tener muy mal gusto, de ahí que recibir su aprobación pueda ser un síntoma calamitoso.

Empero, y sin importar lo anterior, me sorprende que todavía exista gente que apuesta por mí, gente que me apoya y da su respeto. Yo no apostaría un solo centavo en mi causa, y sin embargo ahí están ellos que me tienen fe… lo cual, desde luego, me avergüenza. Cómo decirles que ya no me interesa trascender. No tengo la fuerza suficiente para hacerlo ni la voluntad de dar el paso definitivo hacia adelante. Lo único que busco es un poco de paz mental. De verdad, ya no pido mucho salvo eso, un respiro, una isla de tranquilidad. Si alguna vez tuve un talento no cabe duda de que se ha ido, se ha ido para siempre.

De modo que no sé muy bien qué responder cuando esta chica me pide que escriba sobre ella. Le entusiasma leer algo que trate sobre ella. En su mirada y en su voz está esa ilusión que yo hace tiempo perdí. Y me da mucho gusto que la conserve. La estimo bastante. Ojalá que nunca se rinda ni deje que la marea la empuje hasta donde me encuentro. La escucho, repito, y no sé qué hacer. Nada que yo pueda decir podrá compararse a la amabilidad que ella profesa. Mi deuda con ella es impagable y lo mejor que puedo hacer es tomar la ruta del alejamiento. No complicarle ya la existencia. Soy una persona que seis días a la semana tiende al ensimismamiento, a la reclusión. Un muermo que ningún tercero debería padecer.

Aun así no puedo prescindir de la compañía femenina, no por mucho tiempo. Algo tienen las mujeres que te recargan el espíritu a través de la cercanía, si es que sabes modular la relación (como cualquier otro vínculo humano también puede llegar el punto del estrago). Hay en su dulzura, en su delicadeza, en su sonrisa, una mezcla que alivia el pesar. No hay modo de renunciar a ellas, eventualmente uno vuelve a caer, con todo y los palos que uno haya sufrido con anterioridad y con los que seguramente luego van a caer.

Intento escribir sobre ella y no puedo. Es imposible estar a la altura. Casi nunca escribo acerca de las personas que aprecio. No quiero ensuciarlas con mis líneas, no puedo dibujar ni trazar las sensaciones que ellas producen en mí.

Lo que hago, ya he dicho, es alejarme. Mi compañía tampoco aporta a la mezcla.

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En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Una cortesía muy desconsiderada

Es posible que aquellos gestos que realizamos como muestras de cortesía sean considerados como un fastidio por la persona que los recibe. Aunque suene extraño (en un principio la idea parece incluso inverosímil), en determinadas condiciones los actos caritativos pueden resultar bastante molestos. Para darse cuenta solo hace falta prestar atención o ponerse en los zapatos del otro, será entonces cuando se revele una nueva postura al respecto.

Noté lo anterior al analizar una simple costumbre que tengo: la de decir buenos días o buenas tardes a los chóferes del transporte público. Antes lo hacía sin ningún empacho; saludar a esas personas me parecía un detalle mínimo de cordialidad, en especial si tomaba como referencia a esos seres despreciables que se suben al autobús sin dirigirse a nadie, limitándose a pagar sin dar un gracias siquiera.

No obstante, la reacción de los conductores de autobuses no era tan cálida como esperaba. Recibir los buenos días parecía no agradarles tanto y reaccionaban a ello con desgana. Luego de reflexionar al respecto, comprendí la razón: el guiño de amabilidad forzaba al receptor a dar una respuesta. Y mientras para mí es fácil decir buenos días a una sola persona, para la contraparte seguro es un calvario tener que responder a las decenas de sujetos que saludan durante cada jornada laboral. Era egoísta obligarlos a desgastar las cuerdas vocales de forma innecesaria. Lo más probable es que ellos tengan una inclinación hacia el mutismo, que gusten de permanecer abstraídos en sus propios pensamientos en vez de ser interrumpidos por un tipo al que no conocen en absoluto.

Eso lo llevo en mente. De cualquier modo no lo puedo remediar, cada que subo a un camión sigo saludando al conductor, lo cual creo que supera al mero silencio. Es una manera de oponerse a quienes entregan la cuota de pasaje sin emitir sonido alguno, como si estuvieran lidiando con una máquina. Lo que ya empiezo a moderar es otra vieja costumbre: dirigir al chofer un gracias, hasta luego cada que descendía de la unidad. Tal discurso acaso ya peque de excesivo y procuro evitarlo.

Mención aparte merece la maniobra de ceder el asiento en el transporte público, un ejercicio noble que sin embargo no funciona en toda ocasión. Traspasar tu lugar a una anciana o a mujer embarazada es válido y casi obligatorio. Pero cuidado, puedes ser ofensivo si le cedes el asiento a un hombre de, digamos, 65 años. ¿Por qué? Porque los hombres son orgullosos y a esa edad todavía se sienten fuertes. Algunos lo son, mucho más que tú. Si eres demasiado caritativo se lo llegan a tomar a modo de insulto, como si les estuvieras llamando débiles y te creyeras más ágil que ellos. Así que, antes de tomar una decisión, haz un cálculo interno para ver si ese otro individuo tiene cara de estar cansado y de necesitar reposar un rato los pies.

Del lado del automovilista hay otra costumbre que no es tan magnánima como pensamos: ceder el paso al peatón. Las más de las veces este favor añade presión al caminante, quien tiene que dar pasos rápidos (incluso correr) para no abusar de la confianza de quien ha frenado su vehículo. Como transeúnte es más cómodo esperar en completa calma hasta que la calle pueda cruzarse sin prisas y sin tener que inclinar la cabeza como agradecimiento a quien se encuentra al volante. Disgusto añadido para las mujeres es tener que soportar a los señores que ceden el paso nomás para presenciar un breve desfile de piernas bonitas.

Como puede verse, este tipo de conductas afectan en distintos escenarios. Otra de los manifestaciones más habituales llega cuando se va de visita a una casa y los anfitriones, por ser amables, pecan de sobreactuados. Como cuando insisten  que comas o bebes algo, cuando tú no quieres nada, ni un vaso de agua, y pese a tus constantes negativas (el no, gracias de regla) insisten e insisten sin respetar tu opinión hasta que finalmente, agobiado, accedes a ingerir algo de lo que no tenías ganas, al tiempo en que ellos se regodean en una supuesta gentileza que más bien fue un acoso.

Y queda uno de los casos más graves: el de la gente que no logra identificar cuando uno prefiere estar solo, en especial en momentos que transcurren en pozos de tristeza, donde conviene cierta intimidad. A menudo los otros no lo captan, y creen que estar encima de ti es una muestra de humanidad, sin reparar en que son invasivos y que hay situaciones en las que se requiere de espacio. El apoyo es importante en momentos difíciles, pero si el otro manifiesta su deseo de emprender el retiro, no queda otra que respetar, y permanecer al pendiente a unos metros de distancia.

Ten presente el dilema de la amabilidad cuando sostengas la puerta de una tienda para que un desconocido pueda entrar. Quizás lo que para ti es un movimiento de ayuda al prójimo, para el otro sea un inconveniente que lo compromete a caminar más rápido.

Pese a ello, pese a que puedas despertar alguna queja, tampoco frenes los impulsos de bondad. Antes ser molesto que ser un canalla.

 

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El desayuno del domingo

No es la sorpresa ni el sobresalto. Tampoco lo insólito o la épica. Acaso lo más entrañable de la vida radique en los pequeños detalles, como la sencillez del desayuno en los domingos. Esos que transcurren en la comodidad de la casa: bajar en pijama a la cocina, y con toda la calma del mundo poner música para prepararse un omelette, un panecillo y el jugo de preferencia. Sentarse en la mesa y leer la primera plana del periódico mientras se le da el trago inaugural a la taza de café. Ahí la verdadera dicha, sumirse en la tranquilidad sin ningún tipo de presión, dejar el tiempo correr por el mero placer de no hacer nada.

Afuera ya puede haber un invierno nuclear, mientras el olor del café recién hecho invada el interior de un hogar, habrá valido la pena nacer. Que no te engañen los quejicas (mucho menos yo). En esta dimensión podrán presentarse un montón de desgracias, pero en la cotidianidad hay tesoros por los que hay que aguantar lo más que se pueda.

Deja de lado la riqueza y los lujos que se tambalean cuando se respira en medio de angustias. A lo máximo que uno puede aspirar es a vivir sin preocupaciones. Comer pan tostado con mantequilla y  mermelada en un día soleado. Dejarse llevar: creer que así será siempre la historia.

Bendito sea el domingo. Resistir a las complicaciones de toda una semana hace indispensable que durante un día nos olvidemos de que existe lo malo.

Y a las once de la mañana de un domingo comprendes que no cambiarías la permanencia en tu cama por ir en ese instante a los Pirineos. Que te basta con un libro en el buró, un poco de té y la compañía de tu mascota. No pides nada excepto un respiro. Un rebanada de paz.

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Con un hola no basta

Existen personas a las que asociamos a un contexto muy particular y que al encontrarlas en cualquier otro lado no cabe otra sensación que la de un estupor a punto de quiebre. Como cuando uno se topa al profesor de matemáticas (un hombre avejentado y cascarrabias) en la calle comiendo, digamos, un helado de vainilla. Es de no creer. El mito se te derrumba. Aquel señor de aspecto incorruptible, que estabas convencido no tenía necesidades fisiológicas, está de pronto ahí, disfrutando un helado con el regocijo de un niño cualquiera. La impresión se vuelve mayor al notar que el profesor no va vestido como de costumbre. El traje, el suéter, son sustituidos por ropa deportiva y una gorra que lo cubre del sol. Incluso resulta que el tipo tiene una familia que le quiere. Cuenta con toda una vida sentimental, según consta en la estampa de verlo tomado de la mano con su esposa.

Sensaciones parecidas quedan en el cuerpo cuando se avista en la tienda a uno de esos tipos que asisten a tu mismo gimnasio. Aquella figura de vigor, que cada mañana levanta pesas,  está en un pasillo tratando de elegir entre dos tipos de pastas dentales. O como también pasa con el compañero del trabajo con el que nunca hablas, pero que al divisarlo en un parque te obligas a saludar por mera cuestión de familiaridad. Es probable que ese encuentro en tierras lejanas motive una acercamiento que jamás se habría dado en el frío distanciamiento que supone ser vecinos de cubículo.

Saludar a conocidos en la calle plantea varios dilemas. Es verdad que la mayoría de las veces sobreviene una incomodidad, al menos si tienes una personalidad más bien introspectiva o si has salido con la peor pinta posible. Sobre esto último, un remedio infalible: vestirse de gala aunque sea para ir con el zapatero. De este modo no te encontrarás a nadie importante en la calle, como dictan las reglas irónicas del cosmos. Al guionista del universo le encanta el conflicto y, si andas con cautela, pocas veces te recompensará. Y al mismo tiempo, si decides distraerte un poco, lanzará el peor de sus castigos. Porque ya se sabe: si salieras en pijama, ante la misma eventualidad, ten seguro que te encontrarías a medio mundo: a un viejo compañero de la secundaria, a tu jefe del trabajo, a una antigua pareja y, desde luego, al potencial amor de tu vida. Mejor no correr riesgos e ir impecable todo el tiempo. Entonces no te verá nadie en absoluto.

Digo que el saludo es incómodo porque hay gente a la que no le gusta ser saludada. Gente que prefiere no ser interrumpida en un vaivén de aislamiento nómada. Esos que voltean la cara cuando descubren que los has reconocido o que, de plano, se dan la media vuelta para no verse en el suplicio de tener que pasar a cerca de ti y, oh tragedia, tener que estrechar tu mano.

Este tipo de conductas incivilizadas son desmoralizantes para el espíritu sensible. Hacen que te transformes y acabes convirtiéndote, sin darte cuenta, en uno de ellos.

Recuerdo aquellos días en los que yo saludaba a cuanto energúmeno se cruzara en mi camino. Lanzaba sonrisas y extendía mi mano franca a conocidos con los que coincidiera en la vía pública. Esto, lejos de ser correspondido con gentileza y agradecimiento, fue desalentado por gestos descortesía entre los que abundaban el voltear la cara a otro lado, dar la espalda o hacer como que la virgen les habla para fingir que no han reparado en mi presencia.

Cuando esos casos empezaron a sobrepasar al de los amables, al de los educados, desistí en la misión de saludar a gente en la calle. Quizás era mejor no interrumpirlos. Dejarlos en paz. No molestar. Y así comencé a convertirme en un fantasma que a lo sumo lanzaba una miradita de lejos antes de proceder a un acercamiento que pudiera encontrar una negativa de la otra parte.

Empecé a aplicar el protocolo con sujetos de familiaridad media-baja. Con los típicos personajes con los que no posees vínculo alguno salvo amistades en común. A ellos no era necesario acercarse. Para qué. Tampoco quise verme en aprietos adicionales, así que podía descartar de la misma forma a compañeros de los que no recordara apellidos, estado civil o que no estuvieran presentes en mis redes sociales.

Luego radicalicé la postura. Un cúmulo de decepciones (personas a las que estimaba y que llegaron a pasar olímpicamente de mí en la calle) me llevaron a ser alguien aún más reservado, con un temor permanente de incordiar o asfixiar a alguien con un saludo. La maniobra era complicada y traía angustias ya que era difícil abstenerse de interactuar con el entorno inmediato. Había que cuidarse de no fijar la mirada en alguien por más de un segundo, ante el riesgo de que ese alguien fuera un conocido al que había que evitarle las molestias de saberse identificadas.

En este cambio también influyó un factor añadido: mis problemas con la vista. En repetidas ocasiones me vi en el bochorno de saludar de lejos a perfectos desconocidos porque los había confundido con otra persona:

¿Ese de traje gris será Manuel? Sí, sí es. Levanta la mano y sonríele. No, espera. No es. Los lentes de Manuel son un poco más grandes. O no. Creo que sí, es él. Es Manuel. Está igualito. Con ese bigote no hay pierde.  Está un poco retirado, pero lanza un gesto para él o pensará que lo estás evitando. Muy bien. Con ondear la mano es suficiente. Solo que como que no le gustó. Se ve medio enojado. Ahí viene. Trae un martillo. Espera, ese no es Manuel. Camina, camina, camina, camina, camina, camina.

Un horror. Eso era ya.

Un horror que no podía seguir. Tenía que rehabilitarme. Ser el mismo de siempre. Por respeto a esas personas que sí echan de menos un hola, qué tal cuando coincides en una esquina.

Por las grandes conversaciones casuales que surgen con aquellos a los que hace tiempo no veías.

Por educación. Por un código de comportamiento al que no hay que renunciar aunque el resto del mundo se haya pasado al club de la ruindad.

Y sobre todo por mí, que está muy feo eso de no poder estrechar manos y extraer una que otra sonrisa.

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Por un café

De casi todo me he hartado excepto de la música. Hasta las mayores pasiones pueden llegar a desgastar. Ni siquiera la literatura funciona de manera permanente. Es posible cansarse de ella. Leer por horas y luego sentirse agotado, sin ganas de seguir. Lo mismo con las películas y los espectáculos en general. Es posible incluso saturarse del ser amado. Pero la música se erige como algo mayor. Un placer perpetuo que funciona sin ambages en cualquier contexto. La música está ahí cuando leo, cuando entro a la cocina, cuando acabo de despertar. La uso para dormir y también cuando necesito un desahogo. La música funciona en las sesiones de ejercicio, en las caminatas sin rumbo por la ciudad. Combina a la perfección con los trayectos en auto o cuando quieres recordar a una vieja persona en un momento de soledad. A la música no renuncio. En las buenas y en las malas está ahí, apenas por debajo de la respiración y los alimentos como medio de subsistencia.

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Que los cretinos no te detengan. Ellos siempre se quejarán y cada movimiento que hagas será una fuente de alimentación para que descarguen sus propias frustraciones. No les queda mucho más. Es la actividad que les reditúa mayor satisfacción, lo cual, a su modo, representa un panorama vergonzoso y deprimente a partes iguales. Retraerse por ellos es un error. No temas a sus críticas ni a sus burlas. Sigue a lo tuyo: pintando, escribiendo, cantando, actuando, bailando y cuanto gerundio se te ocurra. Vendrán abucheos, gente que quiera bajarte del escenario. Y ahí el truco, dejar que sigan odiando.

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El buzón, en otros tiempo un cofre de tesoros, se ha vuelto un verdadero depósito de desechos. Ni una postal ni carta de amor se encuentra ya dentro de ellos. Todo son recibos, cuentas, reclamaciones. Listado de cifras que se han de pagar. El panorama sería insostenible (digno de clausurarse) si no fuera porque de vez en cuando aparecen pequeñas recompensas: algún folleto de comida, la promoción que se antoja irresistible ante el martirio que significa tener que hacer las cosas uno mismo.

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Una cuestión irrelevante que a la gente le encanta presumir: el tomar el café sin azúcar. Cuando alguien lo menciona, con altivez y grandilocuencia, pareciera que aspiraran a recibir un reconocimiento, a salir del lugar cargados en hombros como si no vaciar un sobrecito en una taza los convirtiera en gladiadores modernos equiparables a los antiguos héroes que con una espada eran capaces de conquistar poblaciones enteras. Lo mismo con los que se jactan de preferir las bebidas alcohólicas en estado puro, sin añadirles nada, sintiéndose así los seres de mayor masculinidad sobre el orbe, a la espera de un aplauso de la multitud. Ninguna de las dos preferencias es incorrecta, de hecho son recomendables en la mayoría de los casos. Pero sacar el pecho por ello es ridículo, de la misma forma en que resulta patético ver a alguien que se precia de tener buena ortografía. En este tipo de asuntos lo mejor es actuar según se guste sin más; predicar con el silencio, un tipo de distinción que por desgracia ha caído en desuso.

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Hay sensaciones que se pierden con los años pero que eventualmente se homologan en otros escenarios. Por ejemplo, la alegría y liberación que supone la campana de la escuela cuando es la hora del recreo o la hora de salida. Un arrebato similar surge años después, cuando aparecen los créditos finales de una película que se percibía aburrida e intolerable. La pantalla en negro con los nombres del equipo de producción se convierte en un alivio que funge de campanazo.

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Guardo en la memoria a las personas que hicieron algún bien en mí como muestra de gratitud. Un homenaje privado.

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Creo que he perdido el toque. Me percibo errático, confuso, sin gracia alguna. Los comentarios que realizo carecen de frescura. Soy incapaz ya de relacionarme con nadie, al menos con fluidez y permanencia. No logro conectar. Actuar con naturalidad está fuera de mi alcance. Me lo pienso todo veinte veces antes de que los acontecimientos sucedan e imagino escenarios excepcionales que a la postre chocan con lo decepcionante de la realidad.

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Rechazo cualquier halago que se me haga, aunque por dentro suelto los fuegos artificiales.

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Una frase de Charles Lamb mencionada por J. M. Coetzee en una de sus cartas: “Se puede tener amigos y no querer verlos”.

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Decir “tengo hambre” cuando eres niño y remover las aguas. La familia se desplaza en busca de soluciones. Se prepara algún platillo o se pide alguna opción a domicilio. En el peor de los casos se recurre a un recurso pasajero en lo que llega la hora de la comida: te compran unas galletas. De adulto la expresión se vuelve estéril. Lo más cerca que estuvimos de ser reyes quedó en el pasado, cuando usábamos un pañal.

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Pese a lo contraproducentes e irracionales que sean, hay que admitir que las supersticiones tienen su gracia. Ahí está la costumbre de enterrar un cuchillo en la tierra para evitar que llueva en un fecha especial (una boda, digamos). Una especie de amenaza a la naturaleza. Como se te ocurra arruinarnos la fiesta, vendrán otras medidas. Cuidado con pasarte de la raya o lo próximo que sabrás es que te habremos golpeado  en un árbol con el martillo.

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El acto de compartir ideas tiene su nobleza.Sentarse a expresar lo que se lleva por dentro, con el esfuerzo y desgaste involucrados, no en busca del reconocimiento, sino para contribuir al flujo de la sociedad. Sin esperar nada a cambio, ni una sola retribución excepto ser un grano de arena.

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Un hombre de la ciudad dice vender sus poemas. Lleva un maletín lleno de papelitos y se acerca en las noches para ofrecerlos. “Soy escritor, le vendo un poema”. No estoy interesado y sin embargo le pregunto cuál es el precio. “Veinte pesos cada uno”, dice él. Le ofrezco la mitad y se niega. Es complicado determinar si su actitud es digna de admiración o desprecio. La cuestión es que al comprar un libro de Ezra Pound cada poema acaba por costar menos que su tarifa, y no voy yo a contravenir a los clásicos.

Alice in den Städten

El libro de Claire

Problemas de sueño, la gran pesadilla. Dar vueltas en la cama sin poder dormir da una sensación parecida a la de ser un prisionero. Frustración, encierro, sin opciones de escape. A la espera de que el cansancio haga de una vez su trabajo. Mi situación empeora cada noche al respecto. Los desvelos lúdicos de la adolescencia han derivado en una maraña que ya es imposible de revertir. Estoy incapacitado para la tarea. No puedo dormir de la manera adecuada. Si pudiera pedirle tres deseos al genio de una lámpara consideraría incluir entre ellos la súplica de descansar con placidez todos los días, aunque al final sé que terminaría por pedirle alguna otra cuestión mucho menos útil. Recurrir a la ayuda divina no sería descabellado dado que la situación ha alcanzado niveles insoportables. Con tal de conciliar el sueño sigo rituales rocambolescos propios de la dinámica bola de nieve en la que me he involucrado. La maraña dio comienzo con elementos inocentes: poner una canción para conseguir dormir o usar una cobija con determinadas características. Luego entraron inclinaciones más puntillosas: solo caer rendido en caso recostar el cuerpo del lado derecho, abrazar una almohada y usar tapones en los oídos. Las condiciones se van acumulando. El otro día descubrí que nomás puedo dormir si me pego a la pared que tengo a un costado de la cama. Con ello he llegado a la conclusión de que el próximo año necesitaré del auxilio de una orquesta sinfónica en mi habitación e insertar una aceituna en el ombligo para caer en los consabidos brazos de Morfeo.

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En el área de la literatura ya se publica tanta porquería que hasta no hacer nada empieza a dar caché.

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Un misterio es el de localización de los juguetes con los que pasamos la infancia. A los ocho años parece que tenemos montones de pertenencias —inagotables, perpetuas— y llega el punto en que, sin saber cómo, aquello ha desaparecido. Los muñecos, los autos de plástico, las chucherías dejan de estar ahí, sin más. Soldados caídos en una mudanza o tirados a la basura sin que nadie se haga responsable. O también otra posibilidad, una mucho más creíble, la difuminación de una era. Juventud marchita, vejez al acecho. La confirmación de que hay que ingeniárselas con lo que se tiene. No hay manera de volver. Nada nos acompañará hasta el final.

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Despertar temprano y por algún tipo de embote psicológico quedarse con la mirada puesta en el suelo o en la pared, sin apenas pensar, como si el resto del entorno careciera de importancia. La mente en blanco. Dudo que algún tipo de doctrina espiritual pueda causar un trance tan profundo.

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Tremenda desventaja la de acostumbrarse a estar vivos. Alguien que se sabe con un tiempo límite en la faz de la Tierra (digamos, 2 años), se esfuerza por aprovechar cada segundo. Gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes (decía Kerouac). Alguien que, en cambio, transcurre sin tales presiones, se queda acostado en un sillón, como si no hubiera límites, sin saber que en ese mismo instante podría ponerse unos zapatos y salir a la calle con la consigna de ser feliz.

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Hay una cosa que tomo como infidelidad: prestarle un libro a una mujer y que esa mujer le preste ese libro a otro hombre. De solo pensar en tal panorama se me revuelve el estómago y siento ganas de vomitar. Perdonen la cursilería.

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Angustia: cargar con un billete que se sabe defectuoso por alguna mancha o  rotura . Cargar con él en la cartera, en el bolsillo, e intentar pagar con él en algún lado  pesar del remordimiento. Temer al rechazo del tendero o, peor, que el billete sea recibido y esa persona quede con la maldición; que sufra de penurias por intentar cambiarlo a su vez. Y la aflicción de no haber tenido el suficiente cuidado (el suficiente carácter en ocasiones) para haber rechazado aquel billete en su momento, por mucho que las normas de los bancos centrales indiquen que sigue teniendo validez.

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Descarto a cualquier persona que no le pida al empleado del supermercado  que su jamón sea cortado en rebanadas delgadas. Manifestar cierta delicadeza, cierta finura, es un detalle de importancia. Para seres toscos mejor regresarse a las cavernas.

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Si algún tipo de ley pidiera comprobar y sustentar cualquier aseveración que se haga en público, tengan la seguridad de que las redes sociales se librarían de toneladas de bravuconería y desinformación que van de ilustradoras cuando más bien contribuyen a la confusión y el delirio.

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La humillación y la valentía se entremezclan a la hora de comer un alimento caducado.

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Los niños juegan futbol hasta que la pelota se poncha o acaba fuera del alcance, volada en alguna casa desconocida o en el tejado de una tienda hostil. El desánimo toca el fondo. Dar de este modo los primeros pasos hacia la desilusión que eventualmente se radicalizará hasta dejarte en el suelo.

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Lo cuenta Bukowksi en alguno de sus libros. Está una noche frente a la máquina de escribir en plena soledad cuando de pronto alguien toca la puerta de su departamento. Son dos jovencitas alemanas que no pasan de los 23 años. Son admiradoras suyas que quieren conocerlo antes de continuar su ruta de viaje alrededor de Estados Unidos. Él acepta, las invita a pasar. Lo malo es que no tiene nada qué ofrecerles, sus reservas se han agotado. Recurre entonces al teléfono, llama a licorería de confianza y pide que le lleven un par de botellas a domicilio. Mientras tanto, la plática fluye. Bukowski y las chicas entran en confianza, se llevan de maravilla. En apenas unos minutos hay caricias, carcajeos. Un viejo con deformaciones en la cara disfruta de la compañía de dos bellas mujeres. La puerta suena de nuevo. El alcohol ha llegado. Bukowski abre y recibe la entrega. El repartidor aprovecha la oportunidad para echar una mirada al interior del departamento, desde donde salen las vocecitas. Ahí ve a las dos alemanas, con ropa provocativa, en plena efervescencia. “Señor Bukowski, ¿cómo le hace?”, le pregunta. “Mecanografiando”, responde él.

clara

Para una noche de junio

Con el paso de los años se modifican los temas recurrentes en las conversaciones. Al final, cuando la vejez es suficiente, la mayor parte de los encuentros entre amigos se reducen a un intercambio de achaques. Una señora cuenta que lleva un mes con dolor de rodilla, su acompañante menciona que le acaban de operar un hombro y la otra pareja recuerda que el doctor les ha mandado a hacerse unos estudios por una serie de síntomas que no los dejan en paz. Ya no se habla sobre planes a futuro. Se dejan atrás las ideas, las observaciones del mundo social. Ya ni siquiera hay espacio para las anécdotas que alguna vez vivieron juntos. La  charla termina por convertirse en un gran desahogo en el que los participantes compiten a ver quién sufre más.

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Un asunto a debate es el de los apellidos. Dan identidad y se vuelven incluso una marca. Hay quienes los presumen, otros que prefieren ocultarlos. Ufanarse de su rareza se me hace una de las actividades más patéticas que existen, pero quizás en ello influya lo ordinario de mi nombre en general.  La cuestión es que no veo mérito en ello ni razón para tirar cohetes. Peor aún son los que presumen tener un apellido proveniente de un país extranjero —bendición pura— con lo que sólo consiguen que los demás nos enteremos de su pequeñez. Aun así hay apellidos que, no se puede negar, son bonitos. Ahí están McCartney, con esa c pequeñita entre dos letras adultas; Velázquez, con un sonido que serpentea; Rivera, que remite a la delicadeza del agua; Ruvalcaba, que plantea dudas sobre la ubicación de la v y de la b… o Fitzgerald, cuya prosapia (Francis Scott, Ella, JFK…) obliga a sus portadores a tener talento para mantener la reputación. No les queda de otra. Sin embargo, los mejores apellidos que conozco son los que tenía un gato estadounidense que fue adoptado por los trabajadores de una biblioteca luego de que, con apenas dos meses de vida, fuera abandonado en la calle. Al gato lo llamaron Dewey (basados en el sistema de clasificación homónimo) y lo dejaron vivir dentro de la instalaciones del lugar, entre repisas y novelas. Al cabo de un rato, decidieron ponerle también apellidos. Un felino de tanto carisma merecía gozar de tal  distinción. Luego de pensárselo, el nombre definitivo acabó por ser Dewey Readmore Books. Algo así como Dewey Lee Máslibros. Estupendo apelativo, digno de un promotor de la literatura a base de ronroneos.

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Lo señala el gran Gay Talese en su artículo dedicado a la visita de Muhammad Ali a La Habana en 1996. Por aquel entonces el exboxeador estadounidense llevaba ya varios años  sufriendo la enfermedad de Parkinson sin que ello le impidiera realizar algunas actividades sociales, como la que desarrolló aquella vez en Cuba, con motivo de una misión humanitaria destinada a llevar suministros a los maltrechos hospitales de la isla caribeña. El físico de Ali ya no era, ni de lejos, el que alguna vez fue. Con cincuenta  y cuatro años a cuestas, su cuerpo padecía los embates de un mal que lo aquejaba en cada segundo de su vida. Los movimientos eran lentos y las palabras ya no fluían de la misma forma que antes. Era alguien diferente, aunque en su interior todavía se adivinaban los detalles que lo hicieron una leyenda en la historia del deporte. La escena relatada por Talese ocurre en el vestíbulo de un hotel, antes de que Ali salga a tomar el automóvil que lo llevará a sus compromisos oficiales con el régimen castrista. Los huéspedes del hotel se arremolinan alrededor suyo, es el deportista que marcó el siglo XX en combates imposibles de caer en el olvido. Todos quieren una foto con él, un autógrafo. Y Ali los complace. Sus desplazamientos son temblorosos, erráticos. Provocan un nudo en la garganta si te pones a recordar al joven invencible que alguna vez fue. Dar cada autógrafo le toma a Ali cerca de medio minuto. Una eternidad para un acto tan simple, que al mismo tiempo pone en perspectiva sus épocas de gloria.  Eso era más o menos lo que le duraron algunos de sus rivales (el caso de Jim RobinsonSonny Liston en la polémica segunda pelea, ambos derrumbados en el primer round). Y ahora trazar una línea era un reto mayor. Pero lo hacía. Se esforzaba. Si se tardaba tanto en cada autógrafo era porque ponía dedicación en ellos. No se conformaba con soltar cualquier garabato, ni dejar un simple Ali para salir del paso. No. Con sumo cuidado, se tomaba el tiempo para escribir Muhammad Ali, el que consideraba su nombre completo. El público, aquellos desconocidos, le merecían respeto. Estaban ahí apoyándolo y no podía defraudarlos. Aunque le costara un horror, iba a darles lo que esperaban. Una muestra más (una sutil) de la grandeza de  Muhammad Ali, un personaje que por lo demás, como todos, también tenía sus defectos.

 

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Envejecer, recluirse. No veo otro camino.

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Los espejos guardan un secreto. Dependiendo de tus angustias, felicidad o preocupaciones, pueden mostrar una imagen muy diferente de ti. A los espejos les gusta juguetear, son de gastar bromas constantes. Así, cuando quieren burlarse, primero te muestran bello ante el reflejo. Eres un ser extraordinario según te indican. Y te sientes invencible y rebosante de confianza ante a ellos. Con esa convicción sales de casa, sin saber que ahí es cuando la asociación de espejos de coordina para estropearte la noche. Luego de ponerse de acuerdo, el espejo del restaurante al que ibas te enseñan una imagen muy distinta a la que recordabas en casa. Tus defectos empiezan a resaltar. Una cana, dos arrugas, tres deformidades que antes no aparecían. Los espejos tendieron una trampa. Se ríen para sus adentros. Una persona te espera en la mesa, en lo que se suponía tu cita soñada, pero tú ya has perdido la determinación y el respeto por ti mismo. Eres una piltrafa. Un ser horrible que no debería volver a salir a la calle. Eso piensas hasta la mañana siguiente, cuando el espejo te consuela de nuevo y descubres que tus ojos tienen lo suyo.

fenech

 

Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

harem