Los escritores saben cómo es el amor

Greene, Monroe, & Miller On The Road

Los escritores suelen pasarlas canutas con aquello de los sentimientos. El acto creativo implica largas sesiones de soledad y mucha amargura. Los tipos duros no bailan, se titulaba un viejo libro. Pero incluso ellos, en algún punto, tienen que amar.

La historia de la literatura está llena de rastros sobre el tema. Charles Bukowski decía que el amor es un perro del infierno. Y ni así pudo renunciar a él. En sus palabras está más bien reflejada una extrema sensibilidad que le hacía caer en decepciones reiteradas, como el huérfano de cariño que fue desde la niñez. En términos generales era un romántico, como describió Raymond Carver en el poema que le dedicó. No sabes lo que es el amor, vociferaba Hank en una borrachera a los que nunca lo habían experimentado. Esa era la única forma en que podía saberse de qué iba en realidad. Viviéndolo.

Xavier Villaurrutia y Salvador Novo sí que lo vivieron, aunque también fueran conscientes de los pesares que acarreaba. De lo insuficiente que a veces es todo. Villaurrutia lo expresó con tino en un poema. Amar es una sed, la de la llaga / que arde sin consumirse ni cerrarse, /y el hambre de una boca atormentada / que pide más y más y no se sacia. / Amar es una insólita lujuria / y una gula voraz, siempre desierta.

Novo se mostraba más colmado, incluso a la llegada de los vacíos que le hacían apreciar aún más al objeto de su deseo. Amar es este tímido silencio / cerca de ti, sin que lo sepas, / y recordar tu voz cuando te marchas / y sentir el calor de tu saludo. […] Amar es percibir, / cuando te ausentas, / tu perfume en el aire que respiro, / y contemplar la estrella en que te alejas / cuando cierro la puerta de la noche.

Tal ausencia es una constante para quienes viven de la pluma. A muchos artistas les pesa no tener alguien que les aguante el ritmo. Alguien que se anime a quererlos. No muchos están dispuestos a llevar una relación con un novelista, no se diga ya con el que expele un puñado de versos. La sensatez indica que es preferible alejarse.

Aun así, no todo está perdido. Kurt Vonnegut ofrecía un tip para conseguir una pareja. Para enamorar, expuso en una de sus conferencias, hacían falta dos cosas: llevar ropa bonita y sonreír. Nada más. Si aquello no rendía frutos añadía que uno debía aprenderse la letra de algunas canciones. Se sabe que la música logra conectar a las personas y dentro de la música pop hay un universo de formas para entender las relaciones humanas. Sabiduría pura y dura.

Arthur Miller es un ejemplo de éxito. Cuando un escritor se sienta acomplejado por su condición, tan lejana a la de las fulgurantes ingenieros y CEO’s, basta pensar en él y su idilio con Marilyn Monroe para desbordarse en autoestima y esperanza. Quizás desde el teclado sí se pueda llegar a las grandes ligas. O no.

De cualquier modo el amor puede conducir a pasajes demoledores. Dostoievski lo sabía muy bien y, lo que es más, supo reflejarlo. Noches blancas es un testimonio de la ilusión que acompaña a los primeros amores, los más ingenuos, platónicos y que en la estocada del rechazo dan paso a la madurez.

En El idiota, el escritor ruso describió el peligro de ser vulnerable ante el otro. Aunque también las bondades que tenía el dejarse llevar. Uno de los personajes establecía que la mujer era capaz de atormentar y burlarse del hombre hasta la extrema crueldad, sin ningún remordimiento, a sabiendas de que al final podía recompensarlo con su afecto.

Encontrar a la pareja adecuada, entonces, es el verdadero reto. Una búsqueda que multitudes hacen, aunque finjan que no. Henry Miller cayó en la dinámica: aunque fuera crudo o bohemio no perdía ese lado tan emocional. “Me veo a mí mismo para siempre como el hombre ridículo, el alma solitaria, el hombre errante, el artista inquieto y frustrado, el hombre enamorado del amor, siempre en busca de lo absoluto, siempre buscando lo que no se puede aprehender”.

Alain de Botton, a la usanza de la tradición judeocristina, sugiere que la verdadera prueba del amor llega en los momentos de debilidad. Es ahí cuando queda patente si la otra persona está verdaderamente comprometida con nosotros. Casi cualquiera puede amarnos en nuestros mejores tiempos, los de salud y abundancia; los que se quedan aún cuando se entra en la decadencia son los que tienen una cercanía a prueba de bombas.

En cualquier caso, hay autores que nunca se tragaron el cuento. O al menos eso han procurado aparentar. La obra de Michel Houellebecq ha apelado a los alienados, a los que viven en doloroso aislamiento y que ven el pasar de los días sin mayor optimismo. Tanto él como el perfil de lector que ha trazado, carecen de amistad, de carisma y no terminan por encajar. Y a fuerza de rechazo opta por desmitificar lo que para otros es lo mejor que ha ocurrido. Para el francés, así de locuaz, el amor es una broma de la que la sociedad es víctima, una estafa en la que es preferible no caer.

Lo cierto es que nadie puede abstenerse. Románticos y haters se han visto influidos alguna vez por el amor o por la falta de él, situación a partir de la cual se imagina, se elucubra, se anota una palabra tras otra con la ilusión de que la persona querida lea lo escrito. Ahí la gran motivación, una pelirroja muy MM que a distancia observa las letras.

La Navidad como trinchera

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Había un chiste que le gustaba contar a Jake LaMotta. El célebre boxeador decía que su familia era tan pobre, pero tan pobre, que cuando llegaba la Navidad su padre agarraba una pistola, salía de casa, cerraba la puerta y daba un disparo al aire. Al regresar le decía a su familia que Santa Claus se había suicidado. Que no habría regalos esa Navidad.

La historia es graciosa y amarga a la vez, pero en el fondo es reveladora. La Navidad es tan importante que despierta respeto hasta entre quienes no pueden gozarla. No es posible prescindir de ella así como así. Se trata de la celebración máxima del calendario, una fecha con la que hay que involucrarse de algún modo; incluso se le confiere importancia si por alguna razón no puede disfrutarse de ella.

Aun así es cada vez más frecuente saber de personas que dicen no celebrar la Navidad. No se tratan de los autodenominados grincheanos que hacen de su disgusto un espectáculo, sino de gente que, por un motivo u otro, desechan la idea de salir de la norma el 24 y 25 de diciembre con total resignación.

Entre las justificaciones de los abstencionistas del jolgorio se encuentran cuestiones a menudo agrias. Separaciones familiares, problemas económicos, desánimo generalizado por la época. Cuestiones muy respetables, que sin embargo, salvo casos extremos (verbigracia estar inmovilizado por un accidente), deberían soslayarse por un rato en pos de un bien mayor: darse un respiro que sea reconfortante para el interior. Nos los merecemos.

Los días de diciembre pueden abatir al espíritu que creció rodeado de series de televisión según las cuales la Nochebuena eventualmente se iba a pasar en una cabaña de Aspen en compañía de un montón de gente querida y comida a rabiar. Cuando resulta que no se tiene aquello, sino una versión raquítica acorde con la realidad, es normal desmoronarse un tanto.

El drama suma enteros si acaso el rumbo de la propia existencia parece no ir a ninguna parte o si de plano se encuentra en una seria hecatombe. Los días de bonanza mediática ponen en mayor perspectiva la miseria de cada uno y varios acaban hundidos ante el sillón por haberle fallado a lo que se aspiraba en la infancia.

Para quienes se encuentren en tal estado, no queda otra que pensar en lo obvio que se ignora. De nada sirve radicalizar el pesimismo: para el alma resulta más provechoso dejarse llevar, por un rato siquiera, de un optimismo desbordado. Rara vez la cerrazón entrega recompensa. En cambio hay esperanza mientras una casa tenga arbolito de Navidad. Así sea miniatura, es una manifestación superior de los sentimientos.

No hay motivos para preocuparse. Para entrar de lleno en la experiencia no es obligatorio alcanzar el júbilo ni labrar una estampa propia de comercial televisivo.

La celebración puede ser modesta. Pueden ser pequeños gestos ante la alambrada. Se trata más de tener disposición que otra cosa.

Toca apelar a los detalles. A darse aunque sea un gusto breve. Después de un año en modo de combate todos deberían ser acreedores de un regalo, por minúsculo que sea. Si no se tiene plan ni invitación alguna, basta con comprar un bote de helado y echar la madrugada con un maratón de nuestras películas favoritas.

El objetivo es no rendirse. Ofrecer resistencia al desamparo con lo que se tenga. Poner una canción a todo volumen puede marcar la diferencia entre gozar o venirse abajo. También funciona salir a caminar a medianoche para ver los fuegos artificiales que se atraviesen en el camino. O iniciar una obra (un guión, una tonada, un libro de poemas), que eventualmente puede sacarnos de donde estamos.

Otra opción, si la ocasión lo permite, es emprender un viaje. Ya sea en lo individual o con escuderos. Cuando la cotidianidad embota, basta irse. Lejos o cerca, pero irse.

La Navidad, pues, no tiene que ser como dicta la telenovela o como hacen creer los demás desde fotografías engañosas que esconden más de lo que revelan. Haz lo que esté dentro de tus posibilidades. Eso sí, por favor, imprime unos rastros de rebeldía.

Siempre habrá amigos, familiares y seres queridos que ya no estén. Algunos optan por dejar el guateque ante su ausencia. No cometas el error. A ellos en su momento también les hizo falta alguien y no por ello se detuvieron. Los ratos vacíos están para emplearse. No esperes a nadie para dar pasos de belleza.

Disfruta del momento pese a que parezca difícil. Sí, hay muchos problemas de todo tipo, razones para la tristeza. Siempre los ha habido y siempre los habrá. No por ello hay que desvanecerse. Date a ti mismo y a los tuyos una noche de amnistía. Relájate un rato. Come y bebe todo lo que puedas como si hubieras entrado a una dimensión en la que nada importa excepto pasarla bien.

Vida solo hay una (a menos de que seas un gato al que le dio por leer), así que aprovecha. Deja las quejas y la amargura para otro día. Aunque no la estés pasando como señala la dictadura de los regalos gigantes y las chimeneas.

Y así estés solo por la noche, envuelto en cobijas, mientras a lo lejos se escucha la fiesta de extraños que te ha sido vedada, no te quiebres en el apuro. Por el contrario celebra, en tu fuero interno al menos, que sigues en marcha. Porque como decía aquel poema de Lina Zerón, a pesar de todo, por todas partes, en todos los rincones del mundo, el amor brota de sus trincheras en Navidad.

Así no se puede morir

Hubo una época en la que consumía revistas de manera compulsiva. Los tiempos han pasado, pero de vez en cuando todavía recurro a ellas. En un librero tengo un apartado dedicado a ejemplares de ese tipo y cuando quiero alguna lectura ligera tomo uno para leer algún artículo o pasaje al azar.

Por la mañana tomé una de las revistas. Era dedicada a la literatura,  publicada por una pequeña editorial independiente. Me acosté y procedí a seleccionar una página como a tres cuartos del volumen. Ahí encontré un relato de una tal Pamela. Lo leí para pasar un rato sobre la cama. Era un texto sugerente y con vigor. Llamas contenidas en la brevedad de unos cuantos capítulos. Terminé con la voluntad de leer más. Pero el nombre de la chica no me sonaba, así que no sabía a dónde dirigirme. No era una autora famosa, sino alguien que recién empezaba a publicar.

Procedí a buscar el nombre en internet. Quizás tuviera más cosas disponibles. Algún blog, por lo menos. Pero más bien me enteré de algo triste:  Pamela había muerto en el año 2013. Lo verifiqué por la particularidad de su apellido y el contraste de varias fuentes. Me fijé en la fecha de la revista donde la conocí y era de mediados de 2012. Quizás uno de las últimos espacios en donde había publicado.

El relato de Pamela estaba lleno de vida. Y al leerlo estaba convencido de que ella estaba  con una sonrisa en algún lado. Tal como me pasa con autores fallecidos hace décadas que, sin embargo, a través de su obra respiran y siguen igual de vitales que nunca.

La vida es, sin lugar a dudas, engañosa. Sin caer en sentimentalismos creo que la vida va más allá de lo meramente orgánico. Hay pinturas, libros y películas que refulgen en esplendor y que trascienden a minucias biológicas. Kafka y Pessoa caminan cuando alguien le echa un vistazo a su obra. Y cuando ves algún clásico en el cine, todas esas estrellas siguen palpitando en blanco y negro sin importar lo que indiquen sus tumbas.

Es absurdo pensar que Marlon Brando o Marilyn Monroe pueden morir.

Pamela, en definitiva, ocupa en lugar en mi librero. Ahí junto a muchos otros espíritus que laten cada que uno recurre a su llamado.

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Un libro que no he leído

Así comienza Rendición (2017), la novela de Ray Loriga:

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

Todavía no leo el resto del libro, pero con eso me basta para estimar su valor. Conozco otras obras de Ray Loriga y dentro del vértigo acostumbrado de su prosa aparecen estos golpes de timón que rompen la nebulosidad que a veces le domina. Son pequeñas frases que levantan del asiento, sentencias que obligan a que uno se detenga para poder asimilarlas. Son las manifestaciones de un genio intermitente que da alguna bocanada en medio del camino.  Uno debe permanecer atento para cuando ocurra. Hay novelas donde el fenómeno nunca acontece. Y hay otras donde se desliza con familiaridad. No sé aún si Rendición deviene en más momentos por el estilo. Lo evidente es que ya tiene uno, y al estar al inicio ofrece una garantía de permanencia; se buscarán más fragmentos del mismo nivel hasta la última página pese a que acaso no haya oro al final del arcoíris.

La apertura de esa novela se refiere al optimismo como engaño, un engaño que también permite mantenerse a flote. Ante los tiempos de tormenta, se apela al recuerdo de un beso, una antigua mascota, alguna copa bebida hace años entre amigos. Ahí el consuelo. El estímulo. La calidez. Los momentos de júbilo por los que hay que mantenerse en marcha. Cuando se anda a la deriva no queda otra que aferrarse a los recuerdos para no derrumbarse. Si lo placentero ocurrió alguna vez, cabe la posibilidad de que en el futuro se repita: así se renueva la esperanza aunque la derrota se encuentre establecida.

Tal idea es una de las pocas que ayudan a conservar el talante armonioso, lo que inspira a seguir luchando en las calles. Aunque de eso ya casi no nos quede, las sensaciones de las buenas épocas están guardadas en la cabeza, demandan caricias y nuevas compañías.

Nos pica el gusano de la ilusión. Si uno se rinde, se puede tener la seguridad de que la fiesta se ha terminado. No habrán más caminatas en el parque ni tardes junto a un nuevo amor. En cambio, si te continúas en la lucha, cabe la posibilidad de que el advenimiento eventualmente aparezca.

Mientras tanto el espíritu exige algunas dosis de satisfacción para sobreponerse a la marea de adversidades que golpean el pecho a diario. Y para contrarrestar lo negativo hay que programarse. Quizás nunca llegue el boleto premiado de lotería, como tampoco llegará el día en que puedas montarte en un avión privado para recorrer el mundo. Quedan, empero, los milagros de toda la vida, los que cobran nuevo significado ante la mirada atenta. El oro puro de explorar una librería en domingo. Revisar tiendas de discos aunque al final no compres nada. Y queda la suavidad de la pierna de una mujer que ofrece un refugio. Y está la maravilla que supone una sopa que colma a un hombre desamparado.  Y están los perros que tienen una mirada en la que pareciera contenida toda la bondad de la que dispone el universo. Están los viajes en carretera. Mirar la lluvia desde la ventana de una cafetería. Hacer reír a alguien. Estrechar una mano franca. Mirar un partido de futbol. Comerse una pizza entera. Extender durante horas una plática sobre intrascendencias.

Es a lo que hay que aferrarse. Aunque ya no quede mucho de ello. Aunque luego el golpe sea peor.

Bresson Mouchette

 

No hubo remedio

No dejo de acumular fracasos y lo cierto es que ya no me parece tan mal. Creo está perfecto así. Aspiro a seguir por ese camino hasta llegar al punto en el que las derrotas pierdan significado y entonces pueda acceder a un tipo de libertad, la libertad de poder hacer lo que sea sin reparar en el resultado. Acostumbrarse a los golpes, al vacío que sobreviene después del esfuerzo que no da fruto. Uno debe aprender que el valor de todo está en el acto mismo, no en una eventual recompensa o estímulo. Es un error pensar de semejante manera, o hacer cualquier cosa por complacer a los demás. Uno no está para eso, y a los otros les puede importar poco lo que pudiéramos ofrecer, por muy valioso que sea. Cada quien está en lo suyo. Es de una vanidad terrible creer que lo nuestro puede crear algún tipo de consecuencia en el exterior. Nadie está obligado a conducirse en consonancia a nuestros propios deseos. Faltaba más. De todas formas queda un consuelo para cuando nada resulta como esperábamos: pensar  que el éxito y las ovaciones tienen un toque de vulgaridad. La gente suele tener muy mal gusto, de ahí que recibir su aprobación pueda ser un síntoma calamitoso.

Empero, y sin importar lo anterior, me sorprende que todavía exista gente que apuesta por mí, gente que me apoya y da su respeto. Yo no apostaría un solo centavo en mi causa, y sin embargo ahí están ellos que me tienen fe… lo cual, desde luego, me avergüenza. Cómo decirles que ya no me interesa trascender. No tengo la fuerza suficiente para hacerlo ni la voluntad de dar el paso definitivo hacia adelante. Lo único que busco es un poco de paz mental. De verdad, ya no pido mucho salvo eso, un respiro, una isla de tranquilidad. Si alguna vez tuve un talento no cabe duda de que se ha ido, se ha ido para siempre.

De modo que no sé muy bien qué responder cuando esta chica me pide que escriba sobre ella. Le entusiasma leer algo que trate sobre ella. En su mirada y en su voz está esa ilusión que yo hace tiempo perdí. Y me da mucho gusto que la conserve. La estimo bastante. Ojalá que nunca se rinda ni deje que la marea la empuje hasta donde me encuentro. La escucho, repito, y no sé qué hacer. Nada que yo pueda decir podrá compararse a la amabilidad que ella profesa. Mi deuda con ella es impagable y lo mejor que puedo hacer es tomar la ruta del alejamiento. No complicarle ya la existencia. Soy una persona que seis días a la semana tiende al ensimismamiento, a la reclusión. Un muermo que ningún tercero debería padecer.

Aun así no puedo prescindir de la compañía femenina, no por mucho tiempo. Algo tienen las mujeres que te recargan el espíritu a través de la cercanía, si es que sabes modular la relación (como cualquier otro vínculo humano también puede llegar el punto del estrago). Hay en su dulzura, en su delicadeza, en su sonrisa, una mezcla que alivia el pesar. No hay modo de renunciar a ellas, eventualmente uno vuelve a caer, con todo y los palos que uno haya sufrido con anterioridad y con los que seguramente luego van a caer.

Intento escribir sobre ella y no puedo. Es imposible estar a la altura. Casi nunca escribo acerca de las personas que aprecio. No quiero ensuciarlas con mis líneas, no puedo dibujar ni trazar las sensaciones que ellas producen en mí.

Lo que hago, ya he dicho, es alejarme. Mi compañía tampoco aporta a la mezcla.

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En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Una cortesía muy desconsiderada

Es posible que aquellos gestos que realizamos como muestras de cortesía sean considerados como un fastidio por la persona que los recibe. Aunque suene extraño (en un principio la idea parece incluso inverosímil), en determinadas condiciones los actos caritativos pueden resultar bastante molestos. Para darse cuenta solo hace falta prestar atención o ponerse en los zapatos del otro, será entonces cuando se revele una nueva postura al respecto.

Noté lo anterior al analizar una simple costumbre que tengo: la de decir buenos días o buenas tardes a los chóferes del transporte público. Antes lo hacía sin ningún empacho; saludar a esas personas me parecía un detalle mínimo de cordialidad, en especial si tomaba como referencia a esos seres despreciables que se suben al autobús sin dirigirse a nadie, limitándose a pagar sin dar un gracias siquiera.

No obstante, la reacción de los conductores de autobuses no era tan cálida como esperaba. Recibir los buenos días parecía no agradarles tanto y reaccionaban a ello con desgana. Luego de reflexionar al respecto, comprendí la razón: el guiño de amabilidad forzaba al receptor a dar una respuesta. Y mientras para mí es fácil decir buenos días a una sola persona, para la contraparte seguro es un calvario tener que responder a las decenas de sujetos que saludan durante cada jornada laboral. Era egoísta obligarlos a desgastar las cuerdas vocales de forma innecesaria. Lo más probable es que ellos tengan una inclinación hacia el mutismo, que gusten de permanecer abstraídos en sus propios pensamientos en vez de ser interrumpidos por un tipo al que no conocen en absoluto.

Eso lo llevo en mente. De cualquier modo no lo puedo remediar, cada que subo a un camión sigo saludando al conductor, lo cual creo que supera al mero silencio. Es una manera de oponerse a quienes entregan la cuota de pasaje sin emitir sonido alguno, como si estuvieran lidiando con una máquina. Lo que ya empiezo a moderar es otra vieja costumbre: dirigir al chofer un gracias, hasta luego cada que descendía de la unidad. Tal discurso acaso ya peque de excesivo y procuro evitarlo.

Mención aparte merece la maniobra de ceder el asiento en el transporte público, un ejercicio noble que sin embargo no funciona en toda ocasión. Traspasar tu lugar a una anciana o a mujer embarazada es válido y casi obligatorio. Pero cuidado, puedes ser ofensivo si le cedes el asiento a un hombre de, digamos, 65 años. ¿Por qué? Porque los hombres son orgullosos y a esa edad todavía se sienten fuertes. Algunos lo son, mucho más que tú. Si eres demasiado caritativo se lo llegan a tomar a modo de insulto, como si les estuvieras llamando débiles y te creyeras más ágil que ellos. Así que, antes de tomar una decisión, haz un cálculo interno para ver si ese otro individuo tiene cara de estar cansado y de necesitar reposar un rato los pies.

Del lado del automovilista hay otra costumbre que no es tan magnánima como pensamos: ceder el paso al peatón. Las más de las veces este favor añade presión al caminante, quien tiene que dar pasos rápidos (incluso correr) para no abusar de la confianza de quien ha frenado su vehículo. Como transeúnte es más cómodo esperar en completa calma hasta que la calle pueda cruzarse sin prisas y sin tener que inclinar la cabeza como agradecimiento a quien se encuentra al volante. Disgusto añadido para las mujeres es tener que soportar a los señores que ceden el paso nomás para presenciar un breve desfile de piernas bonitas.

Como puede verse, este tipo de conductas afectan en distintos escenarios. Otra de los manifestaciones más habituales llega cuando se va de visita a una casa y los anfitriones, por ser amables, pecan de sobreactuados. Como cuando insisten  que comas o bebes algo, cuando tú no quieres nada, ni un vaso de agua, y pese a tus constantes negativas (el no, gracias de regla) insisten e insisten sin respetar tu opinión hasta que finalmente, agobiado, accedes a ingerir algo de lo que no tenías ganas, al tiempo en que ellos se regodean en una supuesta gentileza que más bien fue un acoso.

Y queda uno de los casos más graves: el de la gente que no logra identificar cuando uno prefiere estar solo, en especial en momentos que transcurren en pozos de tristeza, donde conviene cierta intimidad. A menudo los otros no lo captan, y creen que estar encima de ti es una muestra de humanidad, sin reparar en que son invasivos y que hay situaciones en las que se requiere de espacio. El apoyo es importante en momentos difíciles, pero si el otro manifiesta su deseo de emprender el retiro, no queda otra que respetar, y permanecer al pendiente a unos metros de distancia.

Ten presente el dilema de la amabilidad cuando sostengas la puerta de una tienda para que un desconocido pueda entrar. Quizás lo que para ti es un movimiento de ayuda al prójimo, para el otro sea un inconveniente que lo compromete a caminar más rápido.

Pese a ello, pese a que puedas despertar alguna queja, tampoco frenes los impulsos de bondad. Antes ser molesto que ser un canalla.

 

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El desayuno del domingo

No es la sorpresa ni el sobresalto. Tampoco lo insólito o la épica. Acaso lo más entrañable de la vida radique en los pequeños detalles, como la sencillez del desayuno en los domingos. Esos que transcurren en la comodidad de la casa: bajar en pijama a la cocina, y con toda la calma del mundo poner música para prepararse un omelette, un panecillo y el jugo de preferencia. Sentarse en la mesa y leer la primera plana del periódico mientras se le da el trago inaugural a la taza de café. Ahí la verdadera dicha, sumirse en la tranquilidad sin ningún tipo de presión, dejar el tiempo correr por el mero placer de no hacer nada.

Afuera ya puede haber un invierno nuclear, mientras el olor del café recién hecho invada el interior de un hogar, habrá valido la pena nacer. Que no te engañen los quejicas (mucho menos yo). En esta dimensión podrán presentarse un montón de desgracias, pero en la cotidianidad hay tesoros por los que hay que aguantar lo más que se pueda.

Deja de lado la riqueza y los lujos que se tambalean cuando se respira en medio de angustias. A lo máximo que uno puede aspirar es a vivir sin preocupaciones. Comer pan tostado con mantequilla y  mermelada en un día soleado. Dejarse llevar: creer que así será siempre la historia.

Bendito sea el domingo. Resistir a las complicaciones de toda una semana hace indispensable que durante un día nos olvidemos de que existe lo malo.

Y a las once de la mañana de un domingo comprendes que no cambiarías la permanencia en tu cama por ir en ese instante a los Pirineos. Que te basta con un libro en el buró, un poco de té y la compañía de tu mascota. No pides nada excepto un respiro. Un rebanada de paz.

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Con un hola no basta

Existen personas a las que asociamos a un contexto muy particular y que al encontrarlas en cualquier otro lado no cabe otra sensación que la de un estupor a punto de quiebre. Como cuando uno se topa al profesor de matemáticas (un hombre avejentado y cascarrabias) en la calle comiendo, digamos, un helado de vainilla. Es de no creer. El mito se te derrumba. Aquel señor de aspecto incorruptible, que estabas convencido no tenía necesidades fisiológicas, está de pronto ahí, disfrutando un helado con el regocijo de un niño cualquiera. La impresión se vuelve mayor al notar que el profesor no va vestido como de costumbre. El traje, el suéter, son sustituidos por ropa deportiva y una gorra que lo cubre del sol. Incluso resulta que el tipo tiene una familia que le quiere. Cuenta con toda una vida sentimental, según consta en la estampa de verlo tomado de la mano con su esposa.

Sensaciones parecidas quedan en el cuerpo cuando se avista en la tienda a uno de esos tipos que asisten a tu mismo gimnasio. Aquella figura de vigor, que cada mañana levanta pesas,  está en un pasillo tratando de elegir entre dos tipos de pastas dentales. O como también pasa con el compañero del trabajo con el que nunca hablas, pero que al divisarlo en un parque te obligas a saludar por mera cuestión de familiaridad. Es probable que ese encuentro en tierras lejanas motive una acercamiento que jamás se habría dado en el frío distanciamiento que supone ser vecinos de cubículo.

Saludar a conocidos en la calle plantea varios dilemas. Es verdad que la mayoría de las veces sobreviene una incomodidad, al menos si tienes una personalidad más bien introspectiva o si has salido con la peor pinta posible. Sobre esto último, un remedio infalible: vestirse de gala aunque sea para ir con el zapatero. De este modo no te encontrarás a nadie importante en la calle, como dictan las reglas irónicas del cosmos. Al guionista del universo le encanta el conflicto y, si andas con cautela, pocas veces te recompensará. Y al mismo tiempo, si decides distraerte un poco, lanzará el peor de sus castigos. Porque ya se sabe: si salieras en pijama, ante la misma eventualidad, ten seguro que te encontrarías a medio mundo: a un viejo compañero de la secundaria, a tu jefe del trabajo, a una antigua pareja y, desde luego, al potencial amor de tu vida. Mejor no correr riesgos e ir impecable todo el tiempo. Entonces no te verá nadie en absoluto.

Digo que el saludo es incómodo porque hay gente a la que no le gusta ser saludada. Gente que prefiere no ser interrumpida en un vaivén de aislamiento nómada. Esos que voltean la cara cuando descubren que los has reconocido o que, de plano, se dan la media vuelta para no verse en el suplicio de tener que pasar a cerca de ti y, oh tragedia, tener que estrechar tu mano.

Este tipo de conductas incivilizadas son desmoralizantes para el espíritu sensible. Hacen que te transformes y acabes convirtiéndote, sin darte cuenta, en uno de ellos.

Recuerdo aquellos días en los que yo saludaba a cuanto energúmeno se cruzara en mi camino. Lanzaba sonrisas y extendía mi mano franca a conocidos con los que coincidiera en la vía pública. Esto, lejos de ser correspondido con gentileza y agradecimiento, fue desalentado por gestos descortesía entre los que abundaban el voltear la cara a otro lado, dar la espalda o hacer como que la virgen les habla para fingir que no han reparado en mi presencia.

Cuando esos casos empezaron a sobrepasar al de los amables, al de los educados, desistí en la misión de saludar a gente en la calle. Quizás era mejor no interrumpirlos. Dejarlos en paz. No molestar. Y así comencé a convertirme en un fantasma que a lo sumo lanzaba una miradita de lejos antes de proceder a un acercamiento que pudiera encontrar una negativa de la otra parte.

Empecé a aplicar el protocolo con sujetos de familiaridad media-baja. Con los típicos personajes con los que no posees vínculo alguno salvo amistades en común. A ellos no era necesario acercarse. Para qué. Tampoco quise verme en aprietos adicionales, así que podía descartar de la misma forma a compañeros de los que no recordara apellidos, estado civil o que no estuvieran presentes en mis redes sociales.

Luego radicalicé la postura. Un cúmulo de decepciones (personas a las que estimaba y que llegaron a pasar olímpicamente de mí en la calle) me llevaron a ser alguien aún más reservado, con un temor permanente de incordiar o asfixiar a alguien con un saludo. La maniobra era complicada y traía angustias ya que era difícil abstenerse de interactuar con el entorno inmediato. Había que cuidarse de no fijar la mirada en alguien por más de un segundo, ante el riesgo de que ese alguien fuera un conocido al que había que evitarle las molestias de saberse identificadas.

En este cambio también influyó un factor añadido: mis problemas con la vista. En repetidas ocasiones me vi en el bochorno de saludar de lejos a perfectos desconocidos porque los había confundido con otra persona:

¿Ese de traje gris será Manuel? Sí, sí es. Levanta la mano y sonríele. No, espera. No es. Los lentes de Manuel son un poco más grandes. O no. Creo que sí, es él. Es Manuel. Está igualito. Con ese bigote no hay pierde.  Está un poco retirado, pero lanza un gesto para él o pensará que lo estás evitando. Muy bien. Con ondear la mano es suficiente. Solo que como que no le gustó. Se ve medio enojado. Ahí viene. Trae un martillo. Espera, ese no es Manuel. Camina, camina, camina, camina, camina, camina.

Un horror. Eso era ya.

Un horror que no podía seguir. Tenía que rehabilitarme. Ser el mismo de siempre. Por respeto a esas personas que sí echan de menos un hola, qué tal cuando coincides en una esquina.

Por las grandes conversaciones casuales que surgen con aquellos a los que hace tiempo no veías.

Por educación. Por un código de comportamiento al que no hay que renunciar aunque el resto del mundo se haya pasado al club de la ruindad.

Y sobre todo por mí, que está muy feo eso de no poder estrechar manos y extraer una que otra sonrisa.

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Por un café

De casi todo me he hartado excepto de la música. Hasta las mayores pasiones pueden llegar a desgastar. Ni siquiera la literatura funciona de manera permanente. Es posible cansarse de ella. Leer por horas y luego sentirse agotado, sin ganas de seguir. Lo mismo con las películas y los espectáculos en general. Es posible incluso saturarse del ser amado. Pero la música se erige como algo mayor. Un placer perpetuo que funciona sin ambages en cualquier contexto. La música está ahí cuando leo, cuando entro a la cocina, cuando acabo de despertar. La uso para dormir y también cuando necesito un desahogo. La música funciona en las sesiones de ejercicio, en las caminatas sin rumbo por la ciudad. Combina a la perfección con los trayectos en auto o cuando quieres recordar a una vieja persona en un momento de soledad. A la música no renuncio. En las buenas y en las malas está ahí, apenas por debajo de la respiración y los alimentos como medio de subsistencia.

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Que los cretinos no te detengan. Ellos siempre se quejarán y cada movimiento que hagas será una fuente de alimentación para que descarguen sus propias frustraciones. No les queda mucho más. Es la actividad que les reditúa mayor satisfacción, lo cual, a su modo, representa un panorama vergonzoso y deprimente a partes iguales. Retraerse por ellos es un error. No temas a sus críticas ni a sus burlas. Sigue a lo tuyo: pintando, escribiendo, cantando, actuando, bailando y cuanto gerundio se te ocurra. Vendrán abucheos, gente que quiera bajarte del escenario. Y ahí el truco, dejar que sigan odiando.

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El buzón, en otros tiempo un cofre de tesoros, se ha vuelto un verdadero depósito de desechos. Ni una postal ni carta de amor se encuentra ya dentro de ellos. Todo son recibos, cuentas, reclamaciones. Listado de cifras que se han de pagar. El panorama sería insostenible (digno de clausurarse) si no fuera porque de vez en cuando aparecen pequeñas recompensas: algún folleto de comida, la promoción que se antoja irresistible ante el martirio que significa tener que hacer las cosas uno mismo.

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Una cuestión irrelevante que a la gente le encanta presumir: el tomar el café sin azúcar. Cuando alguien lo menciona, con altivez y grandilocuencia, pareciera que aspiraran a recibir un reconocimiento, a salir del lugar cargados en hombros como si no vaciar un sobrecito en una taza los convirtiera en gladiadores modernos equiparables a los antiguos héroes que con una espada eran capaces de conquistar poblaciones enteras. Lo mismo con los que se jactan de preferir las bebidas alcohólicas en estado puro, sin añadirles nada, sintiéndose así los seres de mayor masculinidad sobre el orbe, a la espera de un aplauso de la multitud. Ninguna de las dos preferencias es incorrecta, de hecho son recomendables en la mayoría de los casos. Pero sacar el pecho por ello es ridículo, de la misma forma en que resulta patético ver a alguien que se precia de tener buena ortografía. En este tipo de asuntos lo mejor es actuar según se guste sin más; predicar con el silencio, un tipo de distinción que por desgracia ha caído en desuso.

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Hay sensaciones que se pierden con los años pero que eventualmente se homologan en otros escenarios. Por ejemplo, la alegría y liberación que supone la campana de la escuela cuando es la hora del recreo o la hora de salida. Un arrebato similar surge años después, cuando aparecen los créditos finales de una película que se percibía aburrida e intolerable. La pantalla en negro con los nombres del equipo de producción se convierte en un alivio que funge de campanazo.

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Guardo en la memoria a las personas que hicieron algún bien en mí como muestra de gratitud. Un homenaje privado.

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Creo que he perdido el toque. Me percibo errático, confuso, sin gracia alguna. Los comentarios que realizo carecen de frescura. Soy incapaz ya de relacionarme con nadie, al menos con fluidez y permanencia. No logro conectar. Actuar con naturalidad está fuera de mi alcance. Me lo pienso todo veinte veces antes de que los acontecimientos sucedan e imagino escenarios excepcionales que a la postre chocan con lo decepcionante de la realidad.

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Rechazo cualquier halago que se me haga, aunque por dentro suelto los fuegos artificiales.

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Una frase de Charles Lamb mencionada por J. M. Coetzee en una de sus cartas: “Se puede tener amigos y no querer verlos”.

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Decir “tengo hambre” cuando eres niño y remover las aguas. La familia se desplaza en busca de soluciones. Se prepara algún platillo o se pide alguna opción a domicilio. En el peor de los casos se recurre a un recurso pasajero en lo que llega la hora de la comida: te compran unas galletas. De adulto la expresión se vuelve estéril. Lo más cerca que estuvimos de ser reyes quedó en el pasado, cuando usábamos un pañal.

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Pese a lo contraproducentes e irracionales que sean, hay que admitir que las supersticiones tienen su gracia. Ahí está la costumbre de enterrar un cuchillo en la tierra para evitar que llueva en un fecha especial (una boda, digamos). Una especie de amenaza a la naturaleza. Como se te ocurra arruinarnos la fiesta, vendrán otras medidas. Cuidado con pasarte de la raya o lo próximo que sabrás es que te habremos golpeado  en un árbol con el martillo.

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El acto de compartir ideas tiene su nobleza.Sentarse a expresar lo que se lleva por dentro, con el esfuerzo y desgaste involucrados, no en busca del reconocimiento, sino para contribuir al flujo de la sociedad. Sin esperar nada a cambio, ni una sola retribución excepto ser un grano de arena.

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Un hombre de la ciudad dice vender sus poemas. Lleva un maletín lleno de papelitos y se acerca en las noches para ofrecerlos. “Soy escritor, le vendo un poema”. No estoy interesado y sin embargo le pregunto cuál es el precio. “Veinte pesos cada uno”, dice él. Le ofrezco la mitad y se niega. Es complicado determinar si su actitud es digna de admiración o desprecio. La cuestión es que al comprar un libro de Ezra Pound cada poema acaba por costar menos que su tarifa, y no voy yo a contravenir a los clásicos.

Alice in den Städten