Resistir ante la crisis: lecciones de Albert Camus y Rocky Balboa

Aunque seamos proclives a tener una baja concepción de nosotros mismos, hay circunstancias límite que nos hacen caer en cuenta de nuestro sentido de eternidad. Así aparecía apuntado en una entrada de los cuadernos de Albert Camus a mediados de los años treinta. Una nota inspirada por el filósofo Jean Grenier, uno de los maestros del autor de El extranjero que por entonces era un joven de apenas veintipocos años de edad. De acuerdo con dicho texto, la enfermedad, la pobreza y la soledad empujan a una especie de iluminación interna.

Pensemos en las crisis. Tan difíciles como son, ofrecen una recompensa: la de forzar cambios que, por algún u otro motivo, habíamos aletargado. Estos cambios pueden ser de distinto tipo. Quizá el más importante sea el de actitud.

En la misma entrada, Camus rescató la idea de Grenier sobre los últimos bastiones. Los rincones de nosotros mismos que son irrenunciables y en los que hay que guarecerse cuando el mundo se hunde.

Si la lluvia llega y su inclemencia se prolonga por uno, dos, veinte, quinientos días, surge la tentación de desfallecer. Qué puede hacer uno contra el universo que se conjura, el que no deja que uno pueda desayunar a gusto. Queda resignarse, parece. El mal ha machacado todo a su paso. El panorama abruma al pobre individuo que desde un rincón había hecho lo que le correspondía. Cumplió con la parte que le tocaba. Y no fue suficiente.

Viene la desilusión. Se supone que si uno actúa de tal o cual modo, le corresponde determinado resultado. Pues no, uno se entera que hay decenas de variables que nos trascienden y que los chascos son la norma en algunas temporadas que se empeñan en dejar una marca de obscuridad.

El júbilo se viene abajo. Pronto la sonrisa torna a puchero y el brillo en la mirada es eclipsado hasta volverse ojera. Es triste ver a soldados caídos que tenían las mejores intenciones hasta que la vida les amargó. Pero es aquí donde ellos y todos debemos aprender la lección: a no tirar la toalla y a permanecer en la pelea.

Cuando las decepciones se acumulan, algunas personas se ven tentadas a la autoconmiseración. Le agarran el gusto al drama o a andar de víctimas. La consecuencia es fatal. Uno se rinde con cada lamento gratuito. Se posterga la recuperación. Es torpe creer que la pataleta será atendida por el cosmos. Pensar que el sufrimiento traerá piedad del universo. Uno después se entera que no. Si acaso uno obtiene algo de lástima y consuelo entre el público, lo cual no basta para recuperarse. Peor, corres el riesgo de volverte un patético espectáculo.

No está mal tener momentos de debacle y vivirlos en todo esplendor. Es parte del proceso. Y hay que pedir ayuda si lo necesitamos. Hundirse en uno mismo no trae nada bueno. Hablo de otro asunto. Al error que supone quedarse ahí, tirado en el chapoteadero; conformarse con el papel de un derrotado, cuando más bien hay que sacar la casta y levantar la cabeza.

De nada hay garantía y alzarse en lucha tampoco asegura que la fortuna llegará de inmediato. Ojalá fuera así. Lo que sí es que aumenta las probabilidades de la remontada. Y aunque esta no llegue, esforzarse al menos otorga una dignidad ante uno mismo. Un estatus mejor que el de un renacuajo que lloriquea para llamar la atención.

Los periodos críticos brindan una oportunidad para que aflore lo más excepcional de nosotros. Hablo desde luego quienes están en plenitud de facultades y que pueden hacerlo. Hay aspectos de profundidad patológica que necesitan acompañamiento profesional. Aunque, hay que decir, para ello también es necesario dar ese paso adelante, admitir que el asunto nos rebasa y darse la oportunidad de remediarlo con la ayuda de un especialista.

Quien, por otro lado, tenga margen de maniobra, quien aún pueda valerse por sí mismo, que lo haga. Y pronto. Hay que intentar apañárselas, al menos. En algún punto te darás cuenta que estabas en el suelo por creer que no quedaba de otra… y luego descubres que no era tanto así. Que la última llama viva dentro de ti es suficiente para hacer BUM. Con el ojo morado, la nariz rota y ya sin nadie a tu lado, puedes tener la determinación de Rocky Balboa y gritarle a la desgracia que aún no has escuchado la campana.

O recuerda lo que decía otro viejo sabio:

[…] un ángel que se encuentra detrás de ti. Si alguna vez te hieren y sientes que vas a caer, este ángel te susurrará en el oído; te dirá… ¡DE PIE, HIJO DE PERRA! Porque Mickey te ama.

Breves apuntes sobre no dormir

No dormir, y querer hacerlo, se parece bastante a estar en prisión. Preso de uno mismo, de la vida, de esa noche que a cada segundo se vuelve más espesa. Si a eso sumamos el confinamiento, ya ni te digo.

Llevaba días con el intento de un párrafo. Cómo dar con la tecla, no sé. Recordé una historia de Haruki Murakami en la que una mujer pasa días sin dormir. El resultado es ambiguo; pese a tal condición, el personaje no pierde la capacidad de llevar tareas con relativa destreza. Por ello marca contraste con el insomnio tradicional, el que todos conocemos, un asunto peor.

La faena que refería Kafka: dar vueltas en la cama hasta alcanzar unos minutos de sueño que no son sueño y un dormir que no es dormir. La pesadilla que implica rozar el borde de la siesta sin acceder durante horas al otro lado del río.

Las mujer en el relato de Murakami recordaba que el insomnio la tenía en un estado de alerta. El cansancio la llevó a perder sensibilidad, a ser torpe. La impotencia sobrevenía. Pese a necesitarlo, no podía dormir. Era lo que llamaba “la gélida sombra de la vigilia”. Lamentaba tener “la cabeza envuelta en una niebla permanente”, hasta que un buen día todo terminó y durmió veintisiete horas seguidas.

Regreso a lo mío. Yo no duermo sino por agotamiento total. No basta la fatiga o tener sueño: mi cuerpo se toma el bostezo como una provocación para seguir a tambor batiente. Necesito el borde del desmayo para caer rendido al fin.

La mente es un enemigo fatal ante tal empresa. Cualquier pensamiento es una chispa que aviva de nuevo el desvelo. Las imágenes no llegan, asaltan. Puedo estar cercano a la meta, ya casi del otro lado, y de pronto algún recuerdo irrumpe. La intentona por arrullarse entonces se reinicia. Es el inconveniente de hacerle caso a la voz interior.

Algo que me ha servido es leer. Lejos quedaron los tiempos en que podía avanzar cien páginas de tirón. Recurrir a un libro mientras estoy sobre la almohada me arrulla. A las quince, veinte páginas, quedo hipnotizado por las palabras ajenas. Los pestañeos aumentan. Es imprescindible tener una lámpara en el buró (pararse a apagar la luz es anticlimático). Ya después el sobresalto de una memoria lo puede arruinar, pero al menos así me acerco a la meta. Lamento disminuir mi ritmo de lectura, aunque en la balanza me inclino por dormir.

Pasa también que todo es un poco más tranquilo a altas horas de la noche. Es la tregua del día (nadie molesta, hay un silencio romántico). Uno puede encandilarse con la madrugada sin darse cuenta de que es una amante que profesa ingratitud. Dormir hasta tarde paga poco. Acostumbrarse a despertar después de las once a.m. lo trastoca todo. Lo descubres eventualmente. Casi siempre cuando es demasiado tarde.

El insomnio está ligado a la soledad. Decía un viejo poeta que a las tres de la mañana estás tan solo que hasta el sueño te ha abandonado. En la intimidad de la madrugada de un lunes cualquiera no tienes otra que revolcarte en las sábanas. No vas a estropear el descanso de nadie para ponerte a platicar. Al otro día, cuando saltas a la cotidianidad, el resto del mundo va en una frecuencia distinta a la tuya. Vas ojeroso donde los demás son sonrisas. Adormilado, aferrándote a un café para sobrevivir ante la energía que desfila a tus costados.

Por ello hay que acostarse y levantarse temprano. A nivel personal tal vez sea la madre de todas las batallas. Decenas de variables se abren o cierran a partir de este hecho fundamental: dormir bien y ponerse en marcha lo antes posible. No hay que escatimar en esfuerzos para superar un pozo que nos vuelve tan vulnerables.

Un jardín donde no entran los políticos

Ya no se salva la cotidianidad. A dondequiera que volteas hay un rastro de veneno. Los políticos desperdigan sus gérmenes y apenas reacciones verás que están ahí. En un anuncio afuera de tu casa, en la conversación con los seres queridos, cuando enciendes la radio y en vez de una melodía encuentras el jingle tropical que se repite hasta la náusea. Tus oídos y ojos no dan para más. Poco a poco esta gentuza ha cercenado lo que alguna vez fue un ambiente proclive a lo digno, en donde la intrascendencia de los agentes gubernamentales era un signo de sofisticación. Ahora no. Cada vez están más insertos en tus días. Una sociedad politizada conduce a una espiral decadente. Echas de menos los tiempos en los que podías centrarte en lo verdaderamente importante. En ti mismo. En la reflexión de la mejor marca de café, en pensar en un museo. En salir a correr una tarde de sábado. Ahora la propaganda se extiende. Es un virus que ha tomado como huésped a gente cercana. A tu familia, a tus amigos… a ti mismo que despiertas por la mañana y, de nuevo, piensas en tal o cual funcionario. En lo que dijo o en lo que debió haber hecho.

Parece que no hay escapatoria. Y no la habrá hasta que recuerdes que la vida es más que eso. Que los políticos son poca cosa y que si bien tienen cierto poder, no debes conferirles el poder de invadir tu intimidad. Es clave entenderlo. Solo así podrás contrarrestar la fatiga, el abatimiento que produce la actualidad. Es hora de que vuelvas a tu jardín secreto. Y si no lo tienes, que plantes en él la primera flor. Un espacio en donde no entren los políticos, donde no llegue su bruma espiritual. En donde no dejes que su presencia tumefacta haga eco en ningún grado de separación.

Este jardín puede adoptar la forma que sea. No te preocupes si no tienes patio ni el mar al alcance. El jardín es un momento del día. Un rincón de tu habitación. Un trazo en la memoria. Dale la encarnación que prefieras, pero ten ese lugar. Defiéndelo a muerte. Dedícale al menos un hora cada día. Que sea una disposición irrenunciable. Un rato donde te olvides de lo malo, del achaque cósmico con forma de presidente, senador o diputado.

Conforma la guarida en donde solo entra la belleza. Un corredor edulcorado por Beethoven o las Dixie Chicks, tú decide. En donde los versos de Cavafis marcan la pauta y en donde la única patrona sea Lauren Bacall y el arco de su ceja. Ninguna otra condena salvo el recuerdo de niñez. No seas siervo de ningún demagogo ni rindas pleitesía a quien pretende llevar el control de tu existencia. Nunca te sometas. Permanece con un ojo en la noticia, claro. Mantente siempre al tanto de los movimientos que los impresentables quieren dar para acuchillarte. Reclama y critica. No des paso libre a su sombra inmunda.

Pero vuelve siempre a tu jardín. Atiende al arte del desprendimiento. Olvídate de la partidocracia mientras preparas pasta en la cocina. Lee libros viejos: es un acto de resistencia. Lo mismo que abrir una cerveza para disfrutar un partido de futbol. La música, las películas de Billy Wilder, una tira cómica, una persona que te quiera y su voz . Solo ellos deben entrar en tu reino particular. No te dejes contaminar por la ordinariez. Salva lo que vale la pena. No sucumbas a la fuerzas bruta del eslogan ni al intelectual que cree saber lo que te conviene desde una oficina en el piso 9. Tampoco al hombre que se cree afortunado por haber vendido su alma a cambio de ser un peón desde el teclado. ¿Qué tienes tú que ver con ellos? Nada, vuelve a refugiarte detrás del manto cálido de tu ejército. Ese puñado de canciones. Las relectura de un poema. Un postre recién horneado. Un beso.

Que no te engañen. Lo valioso está ahí. No en la ocurrencia de un hombre gris, mucho menos en su hatajo de sirvientes.

Por qué soy un hombre de perros

Soy un hombre de perros por un asunto de, digamos, temperatura. Los prefiero sobre cualquier otro animal porque van en la misma sintonía que nosotros. Mientras una cabra o un pez están en lo suyo, el perro tiene una conexión especial con el espíritu humano. Lo sabrá quien, en medio de la penuria, haya recibido la bendición de un lengüetazo que súbitamente mejora un ánimo que parecía perdido. Nunca estás solo si tienes un perro cerca. No es perogrullada: hay multitudes que no quitan la sensación de soledad. Los perros permanecen aunque seas un barco que se hunde, aunque seas una desdicha a la que no le queda nada que ofrecer. Decía Jardiel Poncela que los gatos son los animales de quienes necesitan amar y los perros las mascotas de quienes necesitan ser amados. Difiero del querido maestro. Los perros conjugan la entrega y el encanto. Permiten vivir al máximo ambas experiencias. Cómo no adorar a quien ladra para protegerte. Al que se arrima a tu lado para dar una calidez que te sostiene en la lucha. Son lo contrario a un fantasma: su aparición ilumina cualquier espacio. Dan alegría, quitan la bruma a la cotidianidad. Verlos con la lengua de fuera es una fuente de inspiración. Su manera de levantar la pata al orinar o rascarse es una estética cómica. Sobre todo, el perro es un ancla a la vida, como lo mostró Umberto D.

A cualquiera que se sienta abandonado habría que recomendarle la adopción de un cachorro. No solo te brindan su compañía, al cuidarlos adquirimos un sentido y nos salvamos a nosotros mismos. Limpiarlo, darle de comer, sacarlo a pasear, ahí una gran responsabilidad ante el cosmos. No podemos rendirnos tan fácil mientras ellos dependan de nuestra presencia. Hay que esforzarse y cumplir. Estos animales confieren una alta clase de dignidad. Por eso, entre alguien que va solo en la calle y alguien que va paseando a su perro, me fío más del que va con el perro. Uno puede ser flor marchita, estar en el peor momento posible y ser blanco de la decadencia irremediable de los días. Da igual, el perro que espera en casa nos recibe como campeones del mundo. De su mundo. Que un perrito te mueva la cola cuenta como condecoración de la naturaleza. Y el sonido de un perro que olfatea cerca de tu oído es música divina. Ni siquiera ahondé en la lealtad que ofrecen sin pedir nada a cambio. Por eso soy un hombre de perros.

La melancolía del encierro

Son días de jazz. El blue de Miles, el blue de Coltrane, el blue de Kenny Burrell, el blue de Tina Brooks, el blue de Paul Desmond. Qué mejor descripción de la melancolía del encierro que la leve guitarra de Jim Hall en “When Joanna Loved Me”, como si los dedos fueran un susurro en las cuerdas. Canela en rama junto al saxo que quiso ser un martini seco, una delicada recreación instrumental de las palabras de Jack Segal: el recuerdo de la persona amada cuando ella era recíproca, presencia que hacía de cualquier muladar un rincón de París, que cada instante a su lado fuera una tarde soleada de mayo, que cualquier sonido supiera a Mozart.

Queda poco de eso, salvo en la memoria. A falta de contacto y del efecto rejuvenecedor de las distracciones, las paredes aumentan la dimensión tiránica. La tarde de mayo es de pronto un chubasco de agosto, y es probable que al cabo de unos días dé un brinco al otoño más triste. Tal vez llegue el mes que suponga la resurrección, aunque no se sabe si será este mismo año o el siguiente o el que va después. Y muchos ya no estarán (o estaremos) para presenciarlo.

Un truco para no caer en desesperación está en transitar en piloto automático. Ir de la habitación a la cocina (el nuevo éxodo diario) sin pensar más que lo mínimo. No traer a colación las semanas de confinamiento acumulado ni el tiempo perdido e ir libres del espeso guirigay, fingir que la incertidumbre es un espejismo, un instinto legado por los ancestros como cualquier otro fastidio. Renegar; ni futuro ni pasado, tan solo el instante perpetuo en la que te las apañas para guardar el talante. Pensar que la vida es esta minucia y así, tal vez, dejar de angustiarse por lo que a fin de cuentas ya se ha vuelto la nada.

El engaño, claro, dura poco. Ahí están los recuerdos que se niegan a morir. No se rinden, contrario a lo que tenías planeado. Te arrastran con ellos, como en la canción de Joanna. Apenas se agolpa en la mente aquel viejo paseo, la minúscula charla, y de nuevo estás ahí, lamentando lo que ya no encuentras, lo que por ahora no puedes hacer. Y aunque eso duele a rabiar, también te remite por un instante a ese mayo remoto. Te brinda un fragmento del París nunca visitado. Una sonrisa de ella. Una caricia de Paul Desmond y del jazz todo, en sus tonos blue, tan lúgubre como romántico. Valores todos que, pese a la tristeza, te invitan a seguir en la lucha. A mantenerte esperanzado. La ansiada vuelta se acerca cada día.

Publicado originalmente el 13 de agosto de 2020.

Nos esperan los bares

Si empieza usted a despotricar sobre alguna cosa como la pena de muerte, la economía rusa o esa idea de que «la belleza salvará al mundo»… en ese caso me divertiré infinitamente y me reiré muchísimo…
—Fiódor Dostoievski, “Memorias del subsuelo” (1869).

Llaman la atención los agoreros que ante la Covid‑19 lanzan pronósticos a diestra y siniestra sin el menor pudor. No estimaciones razonables como podría ser una evidente crisis (ya en marcha) o aspiraciones modestas como la de necesidad de cambiar algunos hábitos en lo que la situación mejora, si es que alguna vez lo hace. Sino aquellos que ya se lanzan a hablar del fin de un sistema económico o que plantean metamorfosis en la condición humana al ahí se va. Pareciera que entre mayor sea su apuesta el intelectual siente más satisfacción. El wishful thinking de quien apetece que una pandemia haga realidad la fantasía que el destino tanto le ha vedado.

Me sumo, pues, a la dinámica del pronóstico estéril, a la profecía impúdica: asumiendo que tarde o temprano el coronavirus nos dejará medianamente en paz (lo cual dependiendo del minuto me parece más o menos probable), el deseo mayor entre las personas no será el de un cambio radical de los propios designios, más bien será el de regresar con espacial ahínco a aquello que había antes de que el virus nos estropeara el desayuno. Habrá cambios significativos, sí. Muchos. Sobre todo para aquellos que tuvieron una pérdida de cualquier tipo, en especial la de un ser querido. A ellos abrazo con solidaridad. Igual habrá nuevas reflexiones, medidas, precauciones. Pero sobre todo estará, creo, el ansia de volver a un centro comercial, el sueño de viajar a París, ver un partido de futbol, ir a conciertos y de sí, ingeniárselas para hacer dinero. Regresar a todo eso que hace no mucho estaba ahí y que no era tan malo. No es casualidad que extrañemos el exterior, tanto por los árboles y las nubes, como por todo lo que estaba dispuesto por un sistema que algunos quieren ver en cenizas.

La voluntad que percibo en el ambiente es más la de recuperar que la de trastrocar las lógicas previamente arraigadas. Puede que tome años (o que sea imposible a cabalidad) y sin embargo el deseo está en movimiento. Otras pandemias han pasado y tragedias mayores cimbraron a la humanidad. Pese a todo, un halo de fondo se sostiene. Los hábitos tienen su peso. Dudo que de pronto surja la fraternidad universal o que, al contrario, nos odiemos todos a muerte. Habrá, sí, matices: acercamientos y distancias, los pecados de siempre. Y dudo también que, así como así, abandonemos todo un sistema económico en el corto o mediano plazo, como si hubiera alguno probadamente mejor o que ofreciera garantías a la larga (tampoco se sabe de muchos chicos que estén abandonando Fornite y Minecraft para aprenderse “La Internacional”, qué les digo).

No desestimo la resiliencia ni la capacidad de adaptación de formas que duraron décadas. E igual confío en la cooperación espontánea que aflora para beneficio generalizado. Entre el escenario apocalíptico, la quimera y la falta de imaginación, le apuesto a lo último. A la eventual vuelta a los restaurantes, a la próxima cita en la butaca de cine, a un picnic en cualquier parte. Ya sé que peco de frívolo, de generalizador y de simple, y que puede que todo eso tarde en llegar si es que un día lo hace… y, sin embargo, son las aparentes superficialidades a las difícilmente vamos a renunciar. Quizás al final sí sea la belleza la que nos salve, la búsqueda de ella para ser exactos. Junto a los médicos y científicos, claro. Y qué difícil será. Pero si logramos sobrevivir nos esperan los bares.

Publicado originalmente el 4 de mayo de 2020.

El peso de volver a las calles

Otro fenómeno a considerar es el regreso a las calles después de un aislamiento prolongado. No es una liberación tan jubilosa como uno esperaría. Si bien existe cierta satisfacción, el deseo de volver a la normalidad carga con un peso, el del alejamiento ya arraigado. Un noséqué difícil de describir.

Se ha perdido el ritmo, la noción del exterior, queda una hipersensibilidad. El aire se siente distinto, incluso caminar por la banqueta supone una breve faena. Eso que antes era imperceptible, tan normal, luego de meses de encierro se manifiesta como una extrañeza, algo que no termina de cuadrar. Es, quizá, una exageración; tampoco es que uno se reincorpore después de un Vietnam o de haber estado en una isla de desierta, pero se resiente y no está de más admitirlo.

El cuadro empeora por la desconfianza aumentada en el otro, aquel desconocido que camina por la acera y que comete la desfachatez de acercarse unos centímetros a donde estamos. Una precaución cruel, aunque precaución a fin de cuentas, que obliga a no confiar, a irse, a no entablar el mínimo riesgo si aquel sujeto lleva el cubrebocas una pulgada por debajo de la zona requerida. O incluso si tiene puesta una escafandra.

La suspicacia se extiende a las ideas y planes alguna vez trazados. Aquello que se daba por hecho para el futuro inmediato de repente no está y uno ya no quiere ilusionarse de nuevo. Todo es tan endeble que soñar parece una dolorosa pérdida de tiempo. Ni siquiera hablo de escenarios de cinco estrellas, como el pensamiento de que uno estaría viajando por el mundo el próximo verano; el impacto del vacío es mayor porque ya ni lo sencillo se realiza.

Aquella visita planeada al museo o a la cafetería ahora en bancarrota, estrenar la ropa que se tenía preparada para la fiesta o el objetivo que se tenía de ir al gimnasio… pautas en apariencia asequibles que al final ya no se pueden concretar y que dejan en cambio una capa de aprensión. La cicatriz del confinamiento —vaya secuela— invita a no hacerse de fantasías, a asumir que las ilusiones son luego un golpe que regresa con el doble de ímpetu y que por tanto conviene ser más reservado.

El ánimo queda maltrecho tras ver como los deseos obtienen como única respuesta el propio eco cargado de esquirlas. Es probable que sea mejor no soñar, se piensa, así te ahorras disgustos. Vivir en lo inmediato nada más, pensar solo en el próximo segundo, ese que no tiene tiempo de reunir fuerzas suficientes para decepcionar con soltura.

Y va a ser que no, pronto uno descubre que reprimir el espíritu tampoco es que ofrezca demasiados dividendos. Queda pues la opción de continuar con la cursilería de la imaginación, de los propósitos, y, pese a todo, mantenerse ilusionado con ese futuro donde todo es el no va más del placer. El punto que has esperado toda la vida y que nunca llega pero que de cierto modo es el faro que te mantiene en marcha, con la esperanza de que un día todo va a cambiar (para bien).

Una brisa de verano que protege la ecuanimidad y que, se materialice o no, representa por su misma imagen mental un goce privado, un consuelo que nadie debe quitarte, mucho menos tú mismo, cuando la cotidianidad se esfuerza por estropear una y otra vez la avanzada que tenías por modelo. Corresponde continuar al dibujo de castillos en el aire. Si se acaban los planes nos quedamos huérfanos de nuestra parte mágica. Los sueños sacan lo mejor nosotros.

Publicado originalmente el 9 de julio de 2020.

Modos de resistir a la cuarentena

Las personas que se bañan y arreglan aunque vayan a permanecer en casa todo el día. La mujer que adapta su rutina del gimnasio con la ayuda de una pelota y el borde de las escaleras. El joven que piensa en la virtud de los viajes mientras queda atado a una silla. El que manda por celular saludos a los amigos. La que escribe su primer poema y sonríe. La madre que calma a sus niños. El que no se inmuta y ya vio diez películas. Esos que arman un rompecabezas de 15 mil piezas. Los que siguen cantando en la ducha. Los que meten al horno unas galletas con chispas.

Todos ellos son la resistencia. Los que no claudican ante la presión del confinamiento. Los que se abstienen, los que saben que hay un bien supremo más allá del impulso a salir. Los que tienen momentos aciagos, pero no se derrumban. Los que mantienen viva la esperanza.Los que exploran el lado prudente de la vida. Los que no conciben la derrota. Los que saben que ya llegará el tiempo de comerse las calles. Que al resarcimiento llegará más rápido si se va lento.

Muchas hazañas ocurren tras bambalinas. Nunca nadie las conocerá, pero por ellas el equilibrio subsiste. El mundo está poblado de estrellas a la sombra. La discreción suma puntos a su grandeza imperceptible. Ante la crisis de una pandemia tiene mérito dar un paso al costado. Asumir el papel de actor secundario para que las figuras estelares lo tengan un poco menos difícil.

Los enfermeros, los médicos, los repartidores, los voluntarios, los guardias, los científicos… todos ellos son los héroes, sin duda. Pero vale reivindicar a los que comprenden su papel: el de no empeorar nada.  No cualquiera; esta vez hace falta valor para cruzarse de brazos.

La proeza hoy está en la modestia. La hazaña es no moverse tanto, no jugar a la loquera. Permanecer unidos a distancia. Una sintonía del sacrificio.

Los que siguen las indicaciones de los expertos, los que apechugan y aceptan el encierro por mucho que duela. Los que reman desde sus propios espacios. Los que cancelaron los planes que tanto deseaban. Los que toman un curso de música en línea. Los que tienen que salir a trabajar, pero se cuidan al máximo. Los jóvenes que han decidido estudiar medicina. Los que pasan semanas sin recibir besos y abrazos.

Como cerraba aquel poema de Borges, esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

buñuel

Las ventajas de permanecer en casa

Es frecuente que uno salga a buscar aquello que ya se tiene dentro de casa. El ansia por romper con la normalidad lleva a una clase de distorsión. La aburrición es cuestión de tiempo, claro. Al asomarse al exterior las posibilidades se extienden ante los ojos y sobreviene la esperanza de que un milagro suceda. Quizá allá afuera esté el golpe de suerte, el punto de inflexión de una existencia que te lleva a rastras. La mujer de vestido floreado que acabe con tu propensión a la melancolía. Una fiesta donde puedas sentir, de una vez, la condición de ser vivo que tanto se te atribuye.

Hay un ímpetu frecuente que invita a salir, un nervio que lleva a tomar la ducha y ponerse más o menos presentable para andar por la banqueta. Y ver qué pasa. En ocasiones el esfuerzo tiene su recompensa. Pasas por una librería y encuentras algún descuento. O vas a una reunión de buena charla (o al menos así parece al calor de la bebida). Conoces a alguien interesante y refuerzas la plantilla de seres entrañables. Rompes la rutina de la sopa de pasta en algún restaurante donde un mesero extiende los alcances de la amabilidad. Disfrutas el placer recurrente de caminar sin rumbo por una plaza soleada (tanto echas de menos ahora a los organilleros).

También están esos días en los que el bálsamo no llega. En los que sobreviene un vacío al volver sobre los pasos. La travesía no ofreció consuelo: el desgaste tuvo signos de vano. Ya no te sirve el aire fresco. Tampoco la gente. Llega entonces la reflexión. Hubiera sido mejor permanecer en casa. Así lo confirmas al hundir la cabeza en el epicentro cósmico de tu cama. Lo anterior es digno de recordarse en días de reclusión obligatoria. Estar encerrado no está tan mal. Tiene sus ventajas, incluso. La seguridad. El confort. El ahorro continuo. Darle uso al sillón y acudir a una vieja película.

Quién de allá afuera podría ganarle a Billy Wilder. Qué conversación podría vencer a Chaplin. Recuerdas que tu tierna morada es el sitio donde están tus lecturas, la libreta, el bonche de discos. Eres el rey de tu propio espacio. Un estatus que no tienes en ningún otro lado. Lo acogedor está asociado a eso, a tu trinchera y a la posibilidad de hacer lo que dispongas sin dar explicaciones a nadie. ¿Dónde más podrías leer hasta quedar dormido?

Reivindicar la vida hogareña es urgente en tiempos donde no queda otra que resignarse al encierro. Aunque al decirlo haya un twist de autoengaño. Uno que desaparece al beber el primer café de la mañana (ese extracto del paraíso) o al servirse una copa y poner las Variaciones Goldberg que hace tiempo no suenan en las pistas de baile.

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Los escritores saben cómo es el amor

Greene, Monroe, & Miller On The Road

Los escritores suelen pasarlas canutas con aquello de los sentimientos. El acto creativo implica largas sesiones de soledad y mucha amargura. Los tipos duros no bailan, se titulaba un viejo libro. Pero incluso ellos, en algún punto, tienen que amar.

La historia de la literatura está llena de rastros sobre el tema. Charles Bukowski decía que el amor es un perro del infierno. Y ni así pudo renunciar a él. En sus palabras está más bien reflejada una extrema sensibilidad que le hacía caer en decepciones reiteradas, como el huérfano de cariño que fue desde la niñez. En términos generales era un romántico, como describió Raymond Carver en el poema que le dedicó. No sabes lo que es el amor, vociferaba Hank en una borrachera a los que nunca lo habían experimentado. Esa era la única forma en que podía saberse de qué iba en realidad. Viviéndolo.

Xavier Villaurrutia y Salvador Novo sí que lo vivieron, aunque también fueran conscientes de los pesares que acarreaba. De lo insuficiente que a veces es todo. Villaurrutia lo expresó con tino en un poema. Amar es una sed, la de la llaga / que arde sin consumirse ni cerrarse, /y el hambre de una boca atormentada / que pide más y más y no se sacia. / Amar es una insólita lujuria / y una gula voraz, siempre desierta.

Novo se mostraba más colmado, incluso a la llegada de los vacíos que le hacían apreciar aún más al objeto de su deseo. Amar es este tímido silencio / cerca de ti, sin que lo sepas, / y recordar tu voz cuando te marchas / y sentir el calor de tu saludo. […] Amar es percibir, / cuando te ausentas, / tu perfume en el aire que respiro, / y contemplar la estrella en que te alejas / cuando cierro la puerta de la noche.

Tal ausencia es una constante para quienes viven de la pluma. A muchos artistas les pesa no tener alguien que les aguante el ritmo. Alguien que se anime a quererlos. No muchos están dispuestos a llevar una relación con un novelista, no se diga ya con el que expele un puñado de versos. La sensatez indica que es preferible alejarse.

Aun así, no todo está perdido. Kurt Vonnegut ofrecía un tip para conseguir una pareja. Para enamorar, expuso en una de sus conferencias, hacían falta dos cosas: llevar ropa bonita y sonreír. Nada más. Si aquello no rendía frutos añadía que uno debía aprenderse la letra de algunas canciones. Se sabe que la música logra conectar a las personas y dentro de la música pop hay un universo de formas para entender las relaciones humanas. Sabiduría pura y dura.

Arthur Miller es un ejemplo de éxito. Cuando un escritor se sienta acomplejado por su condición, tan lejana a la de las fulgurantes ingenieros y CEO’s, basta pensar en él y su idilio con Marilyn Monroe para desbordarse en autoestima y esperanza. Quizás desde el teclado sí se pueda llegar a las grandes ligas. O no.

De cualquier modo el amor puede conducir a pasajes demoledores. Dostoievski lo sabía muy bien y, lo que es más, supo reflejarlo. Noches blancas es un testimonio de la ilusión que acompaña a los primeros amores, los más ingenuos, platónicos y que en la estocada del rechazo dan paso a la madurez.

En El idiota, el escritor ruso describió el peligro de ser vulnerable ante el otro. Aunque también las bondades que tenía el dejarse llevar. Uno de los personajes establecía que la mujer era capaz de atormentar y burlarse del hombre hasta la extrema crueldad, sin ningún remordimiento, a sabiendas de que al final podía recompensarlo con su afecto.

Encontrar a la pareja adecuada, entonces, es el verdadero reto. Una búsqueda que multitudes hacen, aunque finjan que no. Henry Miller cayó en la dinámica: aunque fuera crudo o bohemio no perdía ese lado tan emocional. “Me veo a mí mismo para siempre como el hombre ridículo, el alma solitaria, el hombre errante, el artista inquieto y frustrado, el hombre enamorado del amor, siempre en busca de lo absoluto, siempre buscando lo que no se puede aprehender”.

Alain de Botton, a la usanza de la tradición judeocristina, sugiere que la verdadera prueba del amor llega en los momentos de debilidad. Es ahí cuando queda patente si la otra persona está verdaderamente comprometida con nosotros. Casi cualquiera puede amarnos en nuestros mejores tiempos, los de salud y abundancia; los que se quedan aún cuando se entra en la decadencia son los que tienen una cercanía a prueba de bombas.

En cualquier caso, hay autores que nunca se tragaron el cuento. O al menos eso han procurado aparentar. La obra de Michel Houellebecq ha apelado a los alienados, a los que viven en doloroso aislamiento y que ven el pasar de los días sin mayor optimismo. Tanto él como el perfil de lector que ha trazado, carecen de amistad, de carisma y no terminan por encajar. Y a fuerza de rechazo opta por desmitificar lo que para otros es lo mejor que ha ocurrido. Para el francés, así de locuaz, el amor es una broma de la que la sociedad es víctima, una estafa en la que es preferible no caer.

Lo cierto es que nadie puede abstenerse. Románticos y haters se han visto influidos alguna vez por el amor o por la falta de él, situación a partir de la cual se imagina, se elucubra, se anota una palabra tras otra con la ilusión de que la persona querida lea lo escrito. Ahí la gran motivación, una pelirroja muy MM que a distancia observa las letras.