Un episodio gaullista en Macron

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Cuando los amigos tradicionales se alejan, lo natural es buscar nuevos horizontes o recuperar a esos viejos contactos que estuvieron siempre al alcance de la mano sin que se les prestara la atención merecida. En la sombra se revelan aliados que ofrecen una nueva asidera.

La reciente propuesta de Emmanuel Macron de configurar un Ejército Europeo es un nuevo intento de resiliencia ante un contexto adverso que no tiene clemencia ante la pasividad. Los lazos cada vez más fuertes entre Alemania y Francia, enemigos a muerte hasta la segunda mitad del siglo XX, corresponden a un escenario geopolítico cada vez más asfixiante. Europa está reducida y tiene enemigos al acecho.

Con Estados Unidos que recupera la tradición de aislacionismo jacksonista, sumado al veneno retórico de Trump, el viejo continente se encuentra en una posición vulnerable. El Reino Unido pasa por sus propias turbulencias y con un talante rupturista. Si a ello se suma el factor Putin, con una avanzada agenda internacional de influencia contra occidente, pareciera que Macron se hartó de esperar y por ello fomenta un coletazo no tan agónico como pudiera pensarse.

El movimiento ajedrecístico de Macron tiene el aparente objetivo de mostrar músculo ante los caprichos de Trump, haciéndole saber que Francia, pese a todo, tiene un margen de maniobra al cual inclinarse. La mayor paradoja de este movimiento es lo que causa frente a Rusia. Vladimir Putin ha mostrado con sus acciones un deseo profundo de romper a la Unión Europea, así como a la OTAN (para su país será siempre preferible un occidente fragmentado), y de este modo el presidente de Francia si bien se aleja de Washington (beneficioso para Putin), podría enarbolar una fuerza transnacional considerable y sin ataduras, algo que no es beneficioso para Moscú.

Lo que es más, la movida de Macron deja patente que para Europa el Estados Unidos de Trump ya no es un aliado de fiar. Sin embargo, hay que apuntar que no es la primera vez que se da una situación similar.

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Tras la segunda guerra mundial, aunque dentro de los márgenes fraternos, Francia no ha dejado de ver con cierto recelo la posición de Estados Unidos. Para ellos fue un trauma que su lugar como gran potencia fuera desplazada por el nuevo mundo, un complejo que les ha costado encajar. Desde entonces Francia ha luchado por mantener su autonomía y seguir presente como una potencia de primer orden aunque a nivel militar o económico haya quedado rezagada respecto a las ultrapotencias que surgieron desde entonces.

La estrategia de Macron remite a lo ocurrido a finales de los años cincuenta y los sesenta con Charles de Gaulle como presidente de Francia. Ambas figuras cuentan con profundas diferencias: uno proteccionista, el otro liberal; uno pragmático y suave con Rusia en la posguerra, el otro combativo con el Kremlin… pero ante la vulnerabilidad de Francia, jugaron sus cartas de manera similar ante Estados Unidos.

Debido a la rispidez que su país vivía con Washington en aquellos días, de Gaulle subió el volumen a una idea sobre la que ya había girado en años anteriores: la urgencia de que Francia pudiera consolidar una independencia en materia defensiva. No depender tanto de los americanos. Para él, aunque Francia tuviera grandes amigos, la soberanía era bastante delicada como para estar a la merced de un país que manejaba otro idioma a miles de kilómetros de distancia.

A lo largo de la historia Francia ha pugnado por mostrarse como lo que es, un pilar de la civilización. Lo han intentado incluso en sus puntos más bajos, en los que a base de ingenio diplomático se han procurado, aunque con alfileres, una posición en la planta alta del concierto de las naciones. Nunca les ha gustado verse disminuidos.

De Gaulle ni siquiera sentía demasiado entusiasmo por la OTAN, ya que como entidad supranacional le restaba nombre y prestigio a su propia bandera. El concepto de integración en masa a nivel militar le preocupaba tanto como estar a la sombra de Estados Unidos como gran referente para resolver problemáticas internas y externas.

En 1956 la crisis del canal del Suez dejó a Francia, junto a la Gran Bretaña, totalmente rebasada. A partir de ese conflicto se asumió lo que ya todos habían adivinado. Ya solo existían dos grandes potencias. Estados Unidos y la Unión Soviética. Y aunque los norteamericanos asumieron la perspectiva y defensa de los países capitalistas, en el conflicto promovido por el hábil Abdel Nasser en Egipto quedó claro que, al menos por entonces, no estaban dispuestos a ser un brazo armado incondicional de los intereses ingleses y franceses.

Trump ha usado como argumento que Francia debe mucho a Estados Unidos por la salvación que les dieron en las guerras mundiales y que por tanto deberían doblegarse en humildad, pero como mencionó de Gaulle alguna vez, en ambas ocasiones lo hizo de manera tardía, en el caso de la segunda guerra mundial cuando los nazis ya habían tomado sus tierras.

La preocupación por el avance comunista hizo que de Gaulle tomara una postura más firme (aunque posteriormente llegó a coquetear con la Unión Soviética para balancear el tablero), de ahí que se pusiera en la mesa que Europa occidental, liderada por Francia y el Reino Unido, pudieran unirse al selecto grupo de países con armas nucleares. A Estados Unidos le parecía que entre menos países entraran en la dinámica, mejor. Pero la pérdida del monopolio atómico, con la sombra soviética a lo lejos, hizo que Europa pidiera ser salvaguarda adicional del mundo libre.

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Ante la reticencias de Eisenhower, de Gaulle incluso amagó con abandonar la OTAN. Los franceses creían que la “policía del mundo” debía ser tripartita y que cualquier decisión de la organización debía pasar por un consenso entre Washington, Londres y París.

De poco sirvieron las presiones. Estados Unidos mantuvo las reservas, y conservó, si acaso, su relación especial con el Reino Unido. No obstante, con ellos también había un serio desgaste. De Gaulle montó en cólera y ordenó que todas las armas nucleares de Estados Unidos saliera de territorio francés. Posteriormente, en 1966, Francia incluso salió del mando militar integrado de la OTAN.

Ante el diálogo sordo, de Gaulle tomó la determinación de mirar hacia otro lado. Si Estados Unidos no cedía, había que buscar otras opciones. Fue así que el presidente francés se acercó a Konrad Adenauer, el canciller alemán, con quien a principios de los sesenta firmó un tratado de amistad. A pesar de que Alemania y Francia eran rivales irreconciliables hasta mediados del siglo XX, los andares de la diplomacia son volubles y cuando la combinación se dispone, un bien superior puede redituar en el entendimiento con los en otrora contrarios.

Si bien el vínculo con Alemania occidental fue fluido (basado en un resentimiento compartido por el arsenal nuclear que se les vedaba y el plan que les unía de no hacer indispensables a los Estados Unidos), el acuerdo no trascendió como hubieran querido. La posición de Estados Unidos era demasiado fuerte y más allá de la pedanterías verbales del orgulloso de Gaulle no había líder alguno que pudiera confrontarlos. Del otro lado estaban Jrushchov y Brézhnev, opciones mucho peores.

Los esfuerzos por independizar la seguridad tenían serias limitantes: no eran nada sin la anuencia de la Casa Blanca. Lo cierto es que era una época en la que la mayoría de los países temían moverse demasiado ya que con ello podrían despertar reacciones contraproducentes. Y aunque existía un fuerte anhelo de contar con armas disuasorias particulares, nadie podía hacerle segunda a Francia en lo que respectaba a un rompimiento verdadero con EE.UU.

Cerca de 60 años después, Macron voltea de nuevo a Alemania en un intento de que una Europa militarmente poderosa pueda hacer frente a los riesgos del exterior, así como eliminar la excesiva dependencia que tienen ante un Estados Unidos hostil, que con Trump a la cabeza exige subordinación y un aumento de gasto por parte de los integrantes de la OTAN.

Falta ver qué tanto de ello es un blofeo por parte del presidente de Francia. Con una Angela Merkel entusiasta pero ya en retiro, y con un cuadro adverso en cuanto a popularidad dentro de sus propios fronteras, Macron corre el riesgo de tener pólvora mojada como antes la tuvo de Gaulle. No obstante, en tiempos de sumisión, un movimiento así de audaz no es desdeñable y, se concrete o no, podría causar alguna consideración en los Estados Unidos. Macron sabe que a base de palabras es posible hacerse de un asiento de primera fila y forzar el respeto de los americanos. Eso quizá también lo aprendió del gaullismo.
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Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2018.

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Los políticos no son tus papás

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Los políticos no son tus papás. Tampoco son tus hermanos. No son ni siquiera tus tíos o primos. Y, bendito sea dios, no son tus sobrinitos ni tus amigos. Así que tranquilo, no los tienes que defender a capa y espada, como si en ello se te fuera la vida.

Los políticos están para servir. Y son merecedores de crítica. De ahí que sea tan desalentador cuando en una charla algún ciudadano se convierte en guardaespaldas del presidente, el gobernador o, habrase visto, de algún diputado en turno.

Claro, es válido apoyar a dicha estirpe cuando hacen algo bien en uno de esos eclipses de años bisiestos. El problema es cuando se vuelve un asunto pasional, ajeno a cualquier engranaje. Cuando el fanatismo es tal que no se deja que al político se le toque ni con el pétalo de una rosa.

Ante el menor comentario negativo, estos alfiles salen en defensa del poderoso en turno. Jalan para un lado y para el otro. De lo que se trata es que no le tumben una sola pluma al gallo, aunque él esté lejos y no se dé cuenta (ni le importe) que algún jovenzuelo le esté poniendo el pecho a las balas.

A la familia (que lo merezca) hay que defenderla con uñas y dientes. También a los amigos, si es que alguien osa ensuciar sus nombres. Pero no con los políticos. Ellos ya tienen suficiente con sus comitivas y con los altos sueldos que superan a la de la mayoría de sus votantes.

Los políticos, valga repetirlo, no son tus abuelitos (aunque ya anden seniles). No hay necesidad de justificar cada uno de sus tropiezos ni ponerte como alfombra para que ellos pasen entre la mugre.

Haz la prueba un día. Intenta, fuera de horarios de atención, ir a la casa de tu político de preferencia. Toca la puerta y dile que eres Agustín, el muchacho servil que lo ha defendido en redes sociales y en las sobremesas. Será difícil que te den un abrazo como agradecimiento, no se diga ya que te inviten un plato de sopa. Acaso el golpe de realidad pueda doler, tú que has sacrificado tu credibilidad por ellos, has sido desalojado por un elemento de seguridad.

Ya es hora de que te convenzas. Ellos están muy lejos. Manejan su propia agenda y provecho. Prefieren a comer con algún empresario, algún burócrata o con un párroco antes que reunirse contigo, el que tanto ha hecho por protegerlos. El que ha perdido amistades que osaron meterse con el amado líder.

Es válido tener intereses y que por tanto apoyes a determinado sujeto. Todos tenemos preferencias; filias y fobias que está bien perfilar antes de unas votaciones. Lo que es cuestionable es convertirse en un lamebotas perpetuo, que una vez concluido el proceso electoral se adopte el papel de una foca aplaudidora. Una sumisión absoluta, el arrastre como voluntariado. En efecto, las más de las veces la subordinación no te dejará un solo centavo.

Así que salvo que estés enganchado directamente a una plataforma política no tiene mucho caso hundirse en la complacencia. Recuerda que estás del lado del ciudadano. Y que como tal eres un contrapeso frente a los poderosos.

Es casi imposible, ya que pareciera ir contra cierta naturaleza humana, pero bien haríamos todos en formar un frente contra las malas acciones de quienes ostentan un cargo público. Ser inclementes y reclamar sin distinciones, mostrar especial severidad a quienes fueron beneficiarios de nuestro voto, los que con cada tropelía traicionan a quienes depositaron confianza en ellos.

No es recomendable tampoco el golpetear por golpetear, saboteando así cualquier proyecto de gobernanza. Esta es una práctica muy habitual de las sectas políticas quienes ansían la ruina social para luego ser ellos quienes se posicionen como una salvación. Los fanáticos tienen el revés de criticar en los otros aquello que consienten en los de su propio bando. Razón y rectitud son dos palabras que combaten a la desvergüenza.

La tiranías se amparan en buena parte en la mansedumbre de quienes miran a otro lado ante el abuso. No hay dignidad en ser cómplice del autoritarismo y la opresión. La ceguera intelectual denigra nuestra imagen y orilla a quienes la tienen a la pocilga de la historia.

La crítica es sana. Y en ambientes dominados por cúpulas ajenas a la población, es necesario que pongamos el dedo en la llaga. Cerrar los ojos es contraproducente. El debate y los cuestionamientos alumbran el panorama, esa inmundicia que algunos pretenden mantener en la sombra.

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Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2018.

Carmen Aristegui está en un aprieto

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El regreso de Carmen Aristegui a la radio mexicana fue, sin lugar a dudas, una de las noticias más agradables del 2018. Más allá de que se puede coincidir o no con su línea y estilo, es una periodista importante, amena y de buena intención. Voces como la de ella son un bálsamo para ofrecer un contrapeso en una escena dominada por intereses políticos turbios y lejanos a la sociedad.

Para ella, no obstante, hay un aprieto inminente. Por primera vez en su carrera le tocará desenvolver su trabajo desde un sexenio dominado por la izquierda en el poder. Su público, que la ama y tiene como principal referencia, es de espíritu afín al nuevo gobierno. Y aunque hasta la fecha todo ese auditorio la ha celebrado por combatir desde los medios los excesos de los políticos, esta vez la tendencia se le puede revertir.

Eventualmente Aristegui y su equipo se verán ante la disyuntiva de retratar algún tropiezo mayor del gobierno federal. Y aunque en primer término lo que corresponde es emitir una crítica tan severa como la que siempre se ha dado al séquito presidencial, ahora ella tendrá que asumir el alto precio que significa ir en contra de la postura de buena parte de quienes la escuchan, un perfil muy entusiasta de todo lo que rodea a la llamada “cuarta transformación”.

El ambiente de excepción que reinará en México los próximos años, impulsado por un mandatario con un respaldo popular nunca antes visto en la historia moderna del país, pondrá en dificultades a todos los que se atrevan a ir a contracorriente. Pero quizás ningún periodista nacional pueda resentirlo en la misma medida que Carmen, una comunicadora que en todo momento ha gozado del cariño de la gente. Y quizás ninguna voz sea tan requerida como la de ella, para equilibrar a las fuerzas en juego.

De cara a la percepción ciudadana, criticar a Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón —los más inmediatos ex presidentes— hace ganar enteros, como debe ser para un periodista. Una investigación sustentada acerca de torpezas o casos de corrupción de cualquier servidor público eleva a quien lo elabora, por tratarse de un hallazgo que rompe con la inmundicia de quienes abusan de sus puestos.

Con Andrés Manuel López Obrador y su círculo íntimo, en cambio, es distinto. La crítica contra el equipo de Morena, infundada o no, conlleva un alto precio para quien la profiere. Incluso se convierte en un estigma. Una persecución discursiva que irradia desde el mandamás hasta su base electorera. No son pocos los que han sucumbido ante la presión. La autoridad moral Andrés Manuel es, en apariencia, impenetrable

Es probable que llegue el punto en que Aristegui deba decidir entre el rigor profesional y el seguir con el respaldo incondicional de su audiencia. Será ahí cuando tendrá que ser más periodista y fría que nunca y si para ello debe sacrificar la anuencia de quienes la han encumbrado, deberá hacerlo.

Hasta el 1 de diciembre, Carmen Aristegui y su equipo seguirán administrando el capital que supone la denuncia de los excesos y canalladas de la administración saliente. Pero al poco rato tendrá que voltear, analizar y poner el dedo en la llaga en los de recién ingreso.

Carmen Aristegui ha enfrentado riesgos de distinta índole a lo largo de su carrera. Presiones gubernamentales, resquemores de empresarios y afrentas a su seguridad. Pronto emprenderá una batalla con la mejor herramienta que tiene: su ética laboral. La misma con la que tendrá que decidir si va con todo, sin concesiones, o si prefiere voltear para otro lado cuando lleguen los copos de indecencia que todas las castas políticas tienen y que no necesariamente vendrán del jefe del ejecutivo.

Ya en mayo 2017 la periodista probó una dosis de lo que acaso se vuelva la norma en los próximos años. Luego de una entrevista tensa con López Obrador, a propósito de la rocambolesca atmósfera que se vivía en Veracruz (con Yunes, Duarte, Eva Cadena y otros angelitos), en redes sociales y en plataformas de YouTube hubo comentarios en su contra, por la forma severa con la que abordó el tema con el tabasqueño. Aquello solo fue una pequeña probada de lo que podría venir en el ejercicio sostenido de lo noticioso.

La cisma ocurrida por la portada de Proceso dedicada a López Obrador en noviembre de 2018 (“El fantasma del fracaso: AMLO se aísla”) es otra muestra de lo que puede ocurrir ante los críticos no tradicionales. Proceso, otro medio de alto aprecio entre los círculos de izquierda, fue de pronto vapuleada por cierto sector de seguidores ortodoxos, quienes no conciben dudas ni cuestionamientos.

Más allá de las manifestaciones provenientes del propio presidente, un sector considerable de la ciudadanía está en vena de desacreditar a cualquier voz que ose ir en contra de un movimiento que representa algo tan poderoso como lo es la esperanza.

Tal será una dimensión que los periodistas deberán tener en cuenta desde sus propios espacios. Carmen Aristegui tal vez sea quien más tiene que perder. Pero también la que más tiene que ganar en concepto de integridad.

A eso debe abocarse. A estar a la altura de su propio nombre. A seguir haciendo periodismo, no militancia. Sea cual sea el precio. Sean cuales sean las implicaciones. Al periodista no le toca ser amigable con los poderosos. Antes que el aplauso o la complacencia, está el valor de la honradez.
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Publicado originalmente el 12 de noviembre de 2018.

La derecha se levanta (y la izquierda le ayudó)

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La victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil selló con fuego una tendencia conocida ya desde hace varios meses: la resurrección de la extrema derecha a escala global. Por tratarse de un país clave de Latinoamérica, lo de Bolsonaro significa el golpe más contundente en la materia desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en el año 2017.

Ese dúo tan infausto no está solo. A ellos hay que sumar una serie de brotes que han surgido a lo largo del mundo en los últimos años. Líderes de tendencia conservadora con ideas aislacionistas, xenófobas y directamente hostiles frente a las minorías.

Matteo Salvini como ministro de interior en Italia, Viktor Orbán como primer ministro de Hungría, Rodrigo Duterte como presidente de Filipinas, así como las fantasmales (y aterradoras) presencias que han hecho personajes como Nigel Farage, Geert Wilders y Marine Le Pen, son solo algunos ejemplos adicionales que dan cuenta de una visión extendida. Ya no es un caso aislado, se trata de un auténtico modo de hacer política que atiza a los peores sentimientos humanos para hacerse del poder.

Llegados a este punto cabe preguntarse cómo algo así es posible. Cómo es que actitudes que se creían ya superadas brotaran en serie alrededor de un planeta que se creía ya ilustrado y con un notable avance formativo.La popularidad de estas alternativas de ultraderecha próximas al fascismo solo pueden explicarse por una insatisfacción con el orden establecido que durante algunos lustros tiró, con sus variantes, a la socialdemocracia.

Si bien en términos macroeconómicos y sociales la humanidad parece ir en la ruta correcta, los baches que existen en distintas zonas, especialmente en occidente, son causantes de un efecto secundario: clases medias agotadas en busca de una redención. Una mala lectura de la problemática conduce a muchos ciudadanos a confiar en populismos que con respuestas sencillas (y erradas las más de las veces) encandilan a quienes llevan tiempo sin una satisfacción.

Tras más de una década dominada por una especie de hegemonía de la izquierda en varios sectores del globo, los excesos, torpezas y la corrupción que anidaron en lo que en su momento se presentó como una alternativa decente terminaron por decepcionar.

El fracaso del socialismo del siglo XXI comandado por Hugo Chávez es un ejemplo de ello. Si hace 10 años Sudamérica estaba dominada por gobernantes de izquierda combativa, para 2019 el panorama es inverso. Los yerros y excesos de los Kirchner y Lula Da Silva, entre otros, hicieron que los pueblos de sus respectivos países tornaran hacia opciones contrastantes. A veces moderadas y en otras extremistas, como ha ocurrido en Brasil.

Europa y Estados Unidos, por su parte, presentan particularidades. De manera especial el viejo continente se ha visto rebasado por las nuevas dinámicas del mercado internacional, en donde ya no son los actores protagónicos que alguna vez fueron, y en donde las tendencias monetarias están más bien dominadas por potencias emergentes de población joven como las que hay en Asia. Los gobiernos europeos no han sabido dar respuesta a la crisis y al paro que día a día asolan a una población cada vez más agitada, seres sedientos que, en plena vulnerabilidad, se dejan seducir por los agoreros en turno.

Ahí es donde la derecha rancia entra en todo su esplendor con su especialidad: el divisionismo, el buscar enemigos externos que son los culpables de todo; ostentando el proteccionismo y un control férreo como antídotos ante la barbarie.

Curiosamente son dogmas que, en esencia, coinciden en fondo con la extrema izquierda. Los dos contrarios se fortalecen el uno al otro. Cuando uno se descompone el otro toma la batuta y viceversa.

El descontento parece ser la norma a nivel global y en medio de la desesperación se sigue al primer flautista de Hamelin que con el carisma suficiente pueda conquistar. La gente está ansiosa de probar cosas nuevas, solo por el mero hecho de serlo. El hartazgo es tal que ya no domina la razón, sino el disparate. El dar mil tiros a ver cuál pega.

El enojo que anida en la población trasciende a lo meramente económico y está empapado por cuestiones culturales que se infiltran en la cotidianidad. El progresismo, con su agenda políticamente correcta que ha ahogado las libertades individuales y de expresión, ha contribuido también a una confrontación que acaba por salirle por la culata.

Cuando un extremismo se cree dueño de la verdad y abusa de su posición de poder, el resultado no es la desaparición de la contraparte, sino la radicalización de la misma que se alimenta y toma fuerza de su gemelo antagónico. Los extremos, en efecto, se tocan y cuando uno de ellos adquiere demasiado peso, el triste resultado es que surgen locuaces similares del otro lado, aunque con sus respectivos venenos ideológicos.

El ascenso de la derecha no llegó por generación espontánea y corresponde más bien a un proceso que desde hace años estaba marchito aunque muchos se negaran a verlo.

En esto tenemos un poco de culpa todos, por no haber creado una conciencia colectiva lo suficientemente fuerte que pudiera ofrecer un escudo contra los mesías en turno.

Durante más de un decenio nos acostumbramos a ver en acción a la demagogia provenida del socialismo más rancio. Y muchos de los que ahora saltan indignados por la victoria de Bolsonaro y los excesos de Trump (lo cual es encomiable), fueron cómplices de prácticas nocivas, pero aplicadas del otro lado de la cancha; autoritarismos y atrocidades de la izquierda regresiva que eventualmente terminaron por agotar la paciencia de gente que se dejó llevar por el primer sinvergüenza que se le atravesó.

Es el péndulo inclemente de la historia que barre con todo lo que está en medio.

Aquellos que solaparon a Fidel Castro y a Hugo Chávez, y todos aquellos que voltearon a otro lado cuando la corrupción hizo raíces en los políticos que alguna vez apoyaron, tienen que hacer serio ejercicio de autocrítica. Igual los que defendieron en su momento a Daniel Ortega o los que le ríen las gracias a Putin o a Kim Jong-un. Ese relativismo es el culpable de que gente con las mismas convicciones nocivas (pero desde el otro extremo ideológico) haya tomado fuerza.

El ascenso de los Trump, Rodrigo Duterte o Bolsonaro procede de una insatisfacción y una rabia similares a las que llevaron a los Chávez y a tantos otros al poder, con los resultados que están a la vista. No nos olvidemos que todos ellos, nos guste o no, recibieron el respaldo de millones de personas.

Es indudable que hubo muchos otros factores en juego, pero esa confrontación y ruptura —promovida por muchos charlatanes— ha jugado un papel importante para vernos inmersos en estos pelotazos entre populismos de derecha a izquierda que no nos dejan bien parados.

Decía Henry Kissinger que la demagogia reside en la capacidad de infundir emoción y amargura al mismo tiempo. A partir de ahí se podría proponer una solución y, por disparatada que esta fuera, se lograría obtener la bendición popular. La estrategia de siempre: buscarse de un enemigo y luego erigirse como el salvador, aquel que tiene el poder mágico para resolverlo y acabar de un plumazo con él. A ellos hay que combatir.

En la medida de nuestras posibilidades toca permanecer alertas y apelar a costumbres desgraciadamente un tanto en el olvido como son la razón, la seriedad y la mesura. Ser críticos con los poderosos, sean quienes sean. Hacer la sensatez grande de nuevo.
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Publicado originalmente el 5 de noviembre de 2018.

Un amargo adiós a Texcoco

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La consulta sobre Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) realizada en días pasados dejó más derrotados que ganadores. La opción elegida terminó por ser la de Santa Lucía (con un 70 por ciento de las preferencias), la favorita del presidente electo y de varios de sus principales colaboradores, dejando en segundo plano a Texcoco. Sin embargo, el ejercicio dejó quemados a todos los bandos en disputa, por lo que se trata de una argucia política de mucha fricción y poca ganancia.

Aunque falta ver si Andrés Manuel López Obrador toma la consulta como un instrumento vinculante en cuanto llegue a la presidencia, todo parece indicar que así será, sobre todo porque refuerza su postura de inicio, la que manejó durante la campaña. Aún queda, no obstante, una ligera posibilidad de que, contra todo pronóstico, se eche para atrás en algún punto de su sexenio y opte por una decisión contraria a la que hasta el momento ha impulsado. Por ahora, en conferencia de prensa ha confirmado a Santa Lucía-Toluca-Benito Juárez como su gallo aeronáutico.

En cualquiera de los dos escenarios, la consulta dejó tras de sí una serie de implicaciones negativas que levantan cuestionamientos sobre su conveniencia como ejercicio de referencia.

En primera instancia, las votaciones estuvieron mal organizadas y realizadas con prisas. No hubo garantías y se evidenciaron los errores detrás del experimento realizado por Morena, el partido que sostenía una agenda contraria a una de las opciones y que por tanto carecía de imparcialidad para llevar a cabo una actividad de importancia determinante para el futuro del país.

Tampoco hubo candados ni protección de datos personales. Ni siquiera certeza en cuanto el almacenamiento de las boletas marcadas por la población. La nebulosidad no solo fue producto de imprevistos o de la improvisación, fue igualmente un vicio de origen ya que estableció como argumento una “elección” sin mecanismos de validación en la que se instalaron apenas un poco más de mil casillas que no representan ni el 1 por ciento de las que hubo en las últimas elecciones presidenciales.

Para ilustrar lo minúsculo y endeble de la muestra, de acuerdo a la ley vigente, si la consulta hubiera sido realizado en forma (iniciada por el presidente, no auspiciada por un partido político) la participación debería ser de al menos el 40 por ciento del electorado para tener un efecto vinculante y contar con la suficiente credibilidad como posición ciudadana. En esta ocasión la chapuza no se ajustó a ello (ni lo pretendía), se acercó más bien a una ocurrencia que apenas logró un millón de votos (que no de participantes, ya que en varios medios se evidenció la posibilidad de votar en más de una ocasión). No hubo seriedad estadística que permitiera darle al menos la fiabilidad de una encuesta profesional.

Lo anterior provocó un efecto secundario: la animosidad de una parte de la población que por un rato se concentró más en la falta de rigor en la consulta misma que en los proyectos en juego. Se reprochó que se dejara a lo popular por encima de lo técnico, a la emoción por encima de la razón.

El presidente electo tiene las facultades para tomar decisiones (equivocadas, incluso) una vez que llegue al poder. Por eso el añadido de una consulta sobre algo en lo que ya tenía una opinión clara solo abonó para el empeoramiento. Extendió así una confrontación política entre la ciudadanía que fue agotadora y que parecía culminada con el 1 de julio, saliendo raspado en la maniobra.

Lo que es más, la consulta se trató, en esencia, de una votación adulterada por el enojo (justificado) contra la administración de Enrique Peña Nieto y todo lo que haya emanado de él, sin contemplar que un nuevo aeropuerto es más bien una necesidad que se ha considerado a lo largo de varios sexenios y que, por primera vez en décadas, logró arrancar con todo y los claroscuros que se debían analizar (y castigar si así correspondía), pero no tirar todo por la borda. en especial cuando ya había un avance aproximado de un 30 por ciento de construcción.

Parte de la culpa debe extenderse, eso sí, a la corrupción y los abusos que reinaron en el país durante los últimos años. Esos mismos que han derivado en un clima de hartazgo, caldo de cultivo para dogmas e inclemencias.

Hay indicios de que movimientos respecto al NAIM fueron un auténtico cochinero. Ahí está como ejemplo Aldesa, la constructora responsable del fatídico Paso Exprés, que se encargó la Torre De Control, quitando así confiabilidad al complejo de terminales. Ante ello debió aplicarse una revisión a los contratos y adjudicaciones. El error fue desechar lo que necesitaba limpieza.

La alternativa no es halagüeña y si hubiera sensatez no debió ni entrar en el mismo plano que el de Texcoco. El debate fue más bien conceptual. La opción de Santa Lucía es una quimera, una figura simbólica que se presentó como alternativa a lo que se asocia como corrupto. Así era obvio su triunfo. Detrás de ella no había un proyecto, sólido, más allá de la intención y la selección de argumentos a la medida (incluyendo la manipulación que Grupo Riobóo hizo llegar hasta Navblue). A Santa Lucía le faltan meses de trabajo, pruebas y estudios firmes para que sea factible. Aunque lo logre, en el mejor de los casos tendrá menos capacidad que Texcoco. Será otro parche que solo posterga la actuación que debe darse de raíz.

Si de ahorrar se trata, la cancelación del nuevo aeropuerto traerá costos difíciles de cuantificar. No solo habrá que aceptar la pérdida de más de cien mil millones de pesos ya invertidos en Texcoco. A ello se tendrá que sumar la desconfianza de los inversionistas extranjeros que a lo largo de los próximos años tendrá consecuencias. Venezuela, Argentina, Grecia y muchos otros países son ejemplos de lo que ocurre con países que no cumplen con lo pactado y que se muestran volubles con el dinero ajeno.

El aumento de la tasa de interés puede lastrar a naciones enteras por más que sean aclamados por el pueblo. Los mercados son inclementes; no son nuestros amigos y no tendrán consideración si actuamos contra sus utilidades. Es imposible salir airosos de una guerra contra ellos. Es una lección dura que, nos guste o no, hay que asumir.

Resulta lamentable que por calenturas y necedades políticas se haya desestimado un aeropuerto como el de Texcoco, respaldado por verdaderas autoridades en la materia (la IATA, MITRE, la OACI y el Colegio de Ingenieros Civiles de México, entre otros) para preferir en cambio a Santa Lucía que no cuenta todavía con plan que lo certifique. Se minimizó a los estudios y a la ciencia. Se satanizó a quienes buscaban un nuevo aeropuerto y como resultado tenemos una mera ilusión.

México es el sexto país en turismo a nivel mundial. Prácticamente tenemos más visitantes que todo Latinoamérica junta y nos encontramos un punto estratégico para ser un eje de comercio global entre el Atlántico y Asia-Pacífico, a donde el futuro se dirige. Pese a ello, no contamos con un solo aeropuerto de cinco estrellas. Ninguno entre los cien mejores del mundo. Si finalmente se concreta el adiós de Texcoco, habremos dejado pasar una oportunidad para convertirnos en un polo de desarrollo que irradie prosperidad e inversión a todo nuestro territorio. Mientras sigamos con una mentalidad pequeña, nos mantendremos pequeños. Tal complejo se ha adueñado de nuestra visión en el escenario internacional.

Quedará entonces el sabor amargo del adiós. El abandono de la obra en Texcoco quedaría como una dolorosa cicatriz. Un recordatorio del enorme tamaño de nuestras aspiraciones, ahogadas por las deficiencias de nuestra clase política.

A la frustración han contribuido las administraciones anteriores y la que está por entrar.
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Publicado originalmente el 29 de octubre de 2018.

Qué hacer con la crisis migratoria centroamericana

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La caravana migratoria con la que miles de hondureños intentaron cruzar las fronteras mexicanas causó un gran revuelo social y mediático. Las imágenes y testimonios dados a conocer fueron conmovedores y encendieron el debate en la escena local, dividida entre aquellos que solicitaban que se les diera paso a los centroamericanos, y quienes exigían que se les cerrara el camino. ¿Qué debe hacer el gobierno mexicano ante este panorama? La respuesta no es sencilla, pero a continuación se plantea una hoja de ruta.

En primer término se debe asumir que cualquier decisión que sea tomada tendrá costos políticos, pero como toda democracia que pretenda serlo, México debe estar dispuesto a asumirlos, cualquiera que sean las implicaciones, cualquiera que sean los riesgos. Tenemos el deber moral de hacerlo, como una tierra que a lo largo de su historia ha enviado a hermanos y hermanas al exterior.

No basta mirar con lo que tenemos ante nuestras narices. La caravana, con todo lo importante que es, no deja de ser un capítulo de un volumen más grande. Un síntoma, pequeño incluso, que proviene de una catástrofe mayor: el núcleo es la tragedia socioeconómica que desde hace al menos treinta años se ha radicalizado en llamado Triángulo Norte de Centroamérica (El Salvador, Guatemala y Honduras).

Tristemente la violencia y pobreza en la región terminó por darse por sentada, como si fuera algo normal, cuando en realidad es una urgencia humanitaria que tarde o temprano nos iba a explotar en la cara. Las consecuencias de tal rezago no son aún cuantificables y lo ocurrido con la caravana, con todo lo sonada y considerable que es, resulta apenas una fracción de lo que debe tomarse en cuenta en un plano general.

Tan solo en el año 2014, el Triángulo Norte de Centroamérica dejó al menos 392 mil desplazados. Gente que, presa de la desesperación ante la falta de oportunidades y un ambiente cada vez más violento, se vio obligada a buscar un futuro mejor en otras latitudes.

Ese mismo año, la patrulla fronteriza en Estados Unidos detuvo a cerca de 240 mil centroamericanos, superando por primera vez a las detenciones de mexicanos (226 mil, ese año) que desde el año 2000 disminuyeron su flujo migratorio.

El aprieto tomó proporciones dantescas desde hace tiempo. No se trata una novedad. La asfixia es tal que en 2017 las solicitudes de asilo por parte de centroamericanos (292 mil) subieron un 58 por ciento respecto al año anterior, según dio a conocer la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Mención aparte merece el drama en ascenso de las mujeres migrantes que viajan con sus hijos (bebés algunos de ellos) y los menores no acompañados, quienes cada vez se sueltan más a una aventura que rara vez paga de buena forma. No son casos aislados o anecdóticos, sino un fenómeno en pleno proceso de ebullición. Entre 2013 y 2014, 68 mil menores no acompañados (alguno de ellos adolescentes que no pasaban de 12 años) fueron interceptados en la frontera de Estados Unidos. Y de acuerdo a Unicef, entre 2016 y 2017, 60 mil niños migrantes fueron detenidos mientras intentaban cumplir su meta. Todos ellos fueron devueltos a sus países de origen.

Dos estadísticas ayudan a comprender esta desgracia. 1) Menos de la mitad de los niños hondureños (apenas el 46 por ciento) se encuentran matriculados en escuelas. 2) El 76 por ciento de los menores hondureños viven en hogares considerados como pobres.

Debido a lo anterior, en primer término se debe decir que no hay un camino fácil ni inmediato para resolver el problema de raíz. Hay, eso sí, medidas que han de tomarse como una primera reacción, sin pensar que por ello el incendio se ha disipado.

El asunto no se resuelve, como algunos creen, con el paso descontrolado y en masa de la población centroamericana por el territorio mexicano. Esto pondría en riesgo principalmente a los propios migrantes quienes quedarían expuestos a zonas hostiles e igualmente peligrosas para quienes las transitan sin una estructura adecuada. La primera masacre de San Fernando en Tamaulipas en donde al menos 70 centroamericanos (21 de ellos hondureños) fueron ejecutados por el crimen organizado es un triste recordatorio de ello.

Quienes viajan en clandestinidad por el interior de la república están expuestos a convertirse en carne de cañón para grupos del narcotráfico.

No, abrir una puerta no basta. Hay que atender a dimensiones sociales, económicas y de cooperación internacional para el desarrollo.

A la tragedia humanitaria se debe sumar un asunto no menor como lo es la política. Nos guste o no, la posición mexicana está condicionada por la perspectiva de Estados Unidos, país que mantiene una línea dura que se percibe inclemente e inflexible. La retórica agresiva del presidente Donald Trump se trata de un factor a tener en cuenta, pero de ningún modo nos debe orillar a estrépitos. El reto de México, por tanto, es saber malabarear, como ya ha hecho en otras épocas, entre las visiones de nuestros vecinos al norte y al sur, para así hallar el equilibrio más sensato y humano posible.

La lucha debe darse desde el rigor y el pulso soberano. México debe convencerse de su papel como líder en materia de derechos humanos y por ningún motivo debe someterse como un simple país tapón que está ahí para hacer el trabajo sucio de mandatarios hostiles en el extranjero.

Por otro lado, México no puede ceder a las tentaciones de la improvisación y las meras buenas intenciones. Lo que toca es ser responsables y creativos, pensar en el largo plazo, aunque tomando también determinaciones de actualidad. Toca admitir que hemos descuidado nuestra relación en Centroamérica y que ello tiene consecuencias. La prosperidad de El Salvador, Guatemala y Honduras es también un elemento de seguridad para nosotros y, por otro lado, sus penurias tienen efecto en nuestro organismo.

Desde hace varios sexenios México dejó de actuar como hizo en los años ochenta para atender los rezagos y problemáticas de nuestros hermanos del sur. Lejos quedaron los días en los que se vendía petróleo a precio preferencial a Centroamérica, cuando se hacían gestiones para la pacificación de sus ciudades y cuando, en épocas que excepción, se les ofreció refugio masivo.

En resumen, tomar acciones en la materia no sería nuevo para nuestro país. A principios de los años ochenta más de 200 mil guatemaltecos accedieron a territorio nacional a modo de refugiados. Incluso se construyeron asentamientos en estados como Campeche y Quintana Roo para que ellos pudieran estar seguros ahí, en donde además recibían alimentación y servicios de salud. Aquella vez el proyecto no prosperó como pudo ser, pero fue un ejemplo que no debe ser desestimado, sino perfeccionado, añadiendo permisos de trabajo temporales y una atención especial a mujeres y niños que deben ser vistos como prioridad y sin mayores condicionamientos.

Que el cauce no se desvíe. Lo anterior debe ser visto como una paliativo, una determinación considerable, pero superficial. La verdadera mirada debe estar puesta en un esquema integral en alianza con las naciones de origen. Su recuperación suavizará lo que ocurre en las fronteras mexicanas y estadounidenses. Es tiempo de redoblar esfuerzos y pensar bien antes de dar cualquier paso. Intentonas anteriores como el Plan Puebla Panamá y el Proyecto Mesoamérica se han quedado a medias. Toca el turno darle un giro a lo que hay y probar nuevos horizontes. No será fácil, desde luego.

Como ciudadanos bien nos vendría luchar contra esa tendencia tan en boga de deshumanizar al otro. Tal postura conduce invariablemente al desastre. Convendría, en vez de ello, llevar una estrategia seria para ver cómo toda esa fuerza de valor humano podría adaptarse y contribuir a nuestro crecimiento. En México hay trabajo, hay necesidades y hay espacio. Tenemos además lazos históricos y culturales con la población que pisa al sur de nuestras fronteras. Con ellos la afinidad es mayor a la que tenemos con nuestros amigos del norte, algo que la xenofóbicos y los acomplejados se niegan a ver. No tenemos la capacidad de resolver la totalidad de los problemas en el exterior, pero sí para formar parte de un esquema global que permita un arreglo conjunto.

Por eso el flujo anárquico de inmigrantes no resuelve nada. Hay que buscar versiones más sólidas de movimiento que ofrezcan garantías a quienes forman parte de las caravanas, si bien también hay que prestar auxilio a las emergencias. Hay quienes no pueden seguir esperando a que nos pongamos de acuerdo.

En 2018 la ONU lanzó el Pacto Mundial sobre Migración que busca resolver una cuestión ancestral que cada vez se torna más conflictiva. La meta es llegar a un acuerdo que permita una migración regular, ordenada y segura, sin violar la soberanía de los estados.

El pacto será formalmente adoptado en diciembre de este año en Marrakech, Marruecos por más de 190 países. Pero habrá una notable ausencia: Estados Unidos, que se retiró del proyecto en 2017.

México tiene serias limitaciones. No obstante, lo que ocurre en nuestras fronteras puede ser visto como una oportunidad de oro para mostrar a la comunidad internacional cómo se debe lidiar correcta y responsablemente con una situación de crisis humanitaria. Si marcamos la pauta, nuestra diáspora en el exterior se verá eventualmente beneficiada y estaremos dando pinceladas de ilusión que harán eco en otros continentes.

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Publicado originalmente el 22 de octubre de 2018.

El activismo como negocio

Los últimos años han visto el auge de una fauna muy especial: los activistas. Gran parte de ellos (aunque no todos) son seres que se ostentan como partidarios de cualquier empresa que les traiga respaldo popular, pero que en el fondo esconden intenciones por demás obscuras.

Seguro los has visto, son oportunistas que abrazan cuanta causa se les atraviese en el camino y rápidamente trepan hasta las esferas de liderazgo, aun si para ello deben pisotear a los que sí realizan acciones útiles. A menudo son tipos desempleados incapaces de hacer nada productivo pero que encuentran una cruzada que se vuelve una mina de oro para ellos.

Sin apenas experiencias de éxito ni estudios en ningún ramo, salvo los libelos radicales que adoptan como Biblia (citan mucho a autores franceses y argentinos), se sienten de pronto autoridades y referencias en cualquier materia, merecedores de contaminar el ambiente con megáfonos desde donde sueltan proclamas que algunos ingenuos toman como la verdad.

Los activistas de tiempo completo hacen poco en realidad. Su vida entera consiste en salir a echar bronca. Quejarse de lo mal que va todo es una fuente inagotable de pasatiempo. Pero lo que buscan no es alcanzar objetivos concretos, sino sostener la arenga perpetua. En el fondo todo es una estrategia para el bien último: recibir becas o recursos de los gobiernos a los que atacan con una mano para luego recoger los beneficios con la otra.

Tal es su truco. El botín político que consiguen a través de la sutil extorsión de la protesta. Presionan y presionan hasta que el sistema, fastidiado ya, los absorbe y les brinda el hueso que tanto ansían. Otros más, solo buscan vengarse de sus enemigos.

Van siempre como los listos del barrio. Superhéroes que están conscientes de lo que los demás ignoran. Por eso gritan y gritan. Vociferan obviedades sin ofrecer soluciones ni planes medianamente coherentes para cambiar lo que no funciona. Su ideario se basa en doctrinas fracasadas que fueron echadas al basurero de la historia. Hablan además en nombre de la ciudadanía, aunque muy pocos ciudadanos les permitirían entrar a la sala de sus casas.

El alimento preferido del activista es similar al de los políticos: el presupuesto. Maman de él de una forma u otra, exigiendo apoyos para eventos de pacotilla, como festivales que profundizan en el mal gusto o montando talleres en donde insertan su veneno ideológico a los más jóvenes.

También son proclives a dar conferencias. Dar charlas ante público donde cuentan sus penurias y experiencias y en donde a menudo buscan pasar como seres excepcionales, ejemplos para la sociedad que conjugan dentro de sí lo mejor de Malala Yousafzai, Martin Luther King y Nick Vujicic.

El activista moderno se aprovecha de la gente bienintencionada. Tal es el caso de jóvenes idealistas o personas de buen corazón quienes anhelan un mejor país. Ellos, por desgracia, se dejan embaucar y dejan su destino en manos de charlatanes que en realidad persiguen otra cosa; el beneficio personal enmascarado en una retórica colectivista.

Los activistas se apoyan entre ellos. Tienden lazos y hacen crecer la simulación. Forman frentes comunes para reforzar un carnaval del patetismo.

Que no se malinterprete. Hay espíritus muy valiosos que luchan genuinamente por un mundo mejor. Los que trabajan, los que arman proyectos, los que se arriesgan, los que se sacrifican, los que comparten su riqueza con los más desfavorecidos, los que lo abandonan todo para luchar sin esperar beneficios. Son ellos a los que hay que respetar, a los altruistas que se parten el lomo, no al enésimo parásito que busca hacerse de dinero o de fama a costa de la desgracia ajena.

Los activistas son expertos, eso sí, en justificarse. A fin de cuentas es lo único que les permite vivir del cuento. Se inventan numerosos embustes para llevar recursos a sus bolsillos. No tienen ningún escrúpulo con ello. En sus ecuaciones meten a gente de escasos recursos, con serios problemas de adicciones o a quienes desesperados están en busca de justicia. Los usan como rehenes, ¿qué desalmado va negarles un moche o una cooperación si se amparan en ellos?

Los impostores forman brigadas y promueven ferias de arte, conciertos y prometen agendas supuestamente incluyentes. ¿El triste revés? No consiguen beneficios tangibles, cuantificables y que iluminen el panorama a largo plazo. Juegan al tonto, y tiran el dinero de terceros que podría ser funcional en manos de verdaderos profesionales.

Su hábitat natural es la plaza pública a la que acaparan con pancartas y reclamos vacíos. También gustan de escribir poemas nutridos de demagogia y cursilería. No dudan en usar la trova cuando es necesario pisar el acelerador.

El activismo, junto a la política, se ha vuelto el más frecuente refugio de los impresentables. Arribistas sin ninguna otra ocupación que se aprovechan de situaciones que urge componer, pero que más bien empeoran a través de revanchismo, intereses ególatras y confrontación rancia. Ya es hora de quitarles los reflectores y mejor voltear hacia contrapesos reales que ponen un freno a quienes abusan del poder.

 

commi