El amor se escribe con música

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Mariana con M de Música del escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba concentra la sensibilidad de un nombre que se desvive en pasión. Cada una de las páginas, compuestas en su mayoría por breves poemas, no tienen otra fuente que el sostén de la música y el sentimiento producido por una mujer.

El amor descrito es de 360 grados. De amplio alcance y repleto de intensidad, no siempre bello como sonata de Bach, sino también demoledor y maniático como el concierto para piano n.º 2 de Prokofiev.

Y así es el amor en su expresión total, el que tiene la fortaleza de contar con lo malo y lo bueno. Con la profundidad de la que carece el mero enamoramiento, ese enganche superficial de los primeros días caracterizado por la candidez de colores rosas. La relación emprendida por Eusebio Ruvalcaba es el amor en completud, sin frenos, el que llega hasta el fondo y que en su grandeza toca ambos polos, lo sórdido y lo divino.

El libro va en la línea del periodo otoñal del autor, el punto en el que su escritura alcanzó su mayor sonoridad y concisión. La música, el otro pilar que lo sostenía, es una presencia constante en el volumen como asidera espiritual. Al desconfiar de la palabra escrita, Eusebio tendía a la melodía, a la referencia de compositores que al ser evocados causan la explosión del instinto.

Eusebio Ruvalcaba rezuma honestidad y tiene un respeto tal por el lector que le abre su intimidad de un modo descarnado, sin pudor ni limitantes, dándole entrada a la habitación vacía, donde hay salpique de llanto y vidrios rotos por el añoro del cuerpo femenino.

La aparición de lo indecible hace patente las dimensiones del amor que sintió por Mariana, la protagonista de la obra. A ella apuntan cada una de las sílabas, los lectores se vuelven testigos de uno de los tributos más vehementes que un hombre ha deparado a una mujer.

La memoria es ambivalente; Eusebio Ruvalcaba danza entre el quiebre y la fascinación. Se describen tropiezos marchitos a la luz, episodios de abatimiento. Pero luego deviene la redención, la sabienda de que hay lazos que atan, vínculos que no pueden romperse pese a las circunstancias del exabrupto o la angustia de los años. Al final, el amor sobrevive al infierno y abre sus alas para disipar la enésima cicatriz o mancha que dejó el calor del algún pleito.

Mariana con M de Música pone de manifiesto el poder vital que llega a significar una mujer, aun con los reveses sufridos. Los versos se suceden uno tras otro con plena naturalidad, producto del alumbramiento constante de un vientre que palpita obsesión.

El libro como testimonio. La complejidad de un vínculo entre dos almas afines —pero también enfrentadas— que dispusieron el uno del otro para acariciar los límites que gran parte de las parejas solo alcanza a divisar en el horizonte. No hay nada unidimensional. Hay saltos, el paso de lo melodioso a la violento, lo romántico que expele crueldad. Sentido del humor y también miedo, la desesperanza, el volcán sobre una copa de vino.

Tal sensación queda. La admiración por un escritor capaz de dar testimonio de algo tan poderoso e inasible: una mujer que irradia emociones sin ofrecer al corazón tregua alguna.

Quisiera que la sábana con que te cubres
fuera de agua,
y que tu cuerpo se transparentara
como el paisaje que vemos tras la ventana
cuando llueve.

Y que ahí mismo quisiéramos estar
y empaparnos.

Cuando caía el primer aguacero de cada año,
mi padre me tomaba de la mano
y salíamos corriendo al patio.
Él, un hombre de 54 años,
y yo un niño de cuatro.
¿Cómo es posible que ahora recuerde eso?
Te lo debo a ti, Mariana,
porque evocas cosas en mí que yo suponía
ya muertas.

Eusebio Ruvalcaba, Mariana con M de Música, México, Los bastardos de la uva, 2017, 112 pp.

eusebio ruvalcaba

Foto: Eduardo Loza.
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Verano otoñal – Poema de Dorothy Parker

 

Lo daba todo cuando era joven,
ser complaciente era mi manía.
Y cambiaba con cada nuevo hombre
para encajar en sus teorías.

Pero ahora ya soy una mujer
y hago siempre lo que quiero hacer,
y si no te gusta nada acaso,
al diablo contigo, lo tengo claro.

—Dorothy Parker.

Traducción: Carlos LM.

 

doro park

Foto: AP

 

 

 

 

 

 

Además – Poema de Raymond Carver

“Últimamente he comido mucho puerco.
Además, muchos huevos y otras cosas”,
me dijo este hombre en la oficina del médico.
“Uso mucha sal. Bebo veinte tazas de café
todos los días. Fumo.
Tengo problemas para respirar”.
Luego el hombre bajó la mirada.
“Además, no siempre limpio la mesa
cuando he terminado de cenar. Se me olvida.
Solo me levanto y me voy.
Adiós hasta la próxima vez, hermano.
Señor, ¿qué cree que está pasando conmigo?”
Él tenía los mismos síntomas que yo.
Le dije: “¿Qué crees que está pasando?
Se te están aflojando los tornillos. Y luego morirás.
O viceversa.
¿Qué hay de los dulces? ¿Eres aficionado al helado
y a los rollos de canela?”
“Además, se me antoja eso”, respondió.
Para entonces ya estábamos en un restaurante.
Miramos el menú y continuamos platicando.
Una canción sonaba en la radio
de la cocina. Era nuestra canción, sabes,
era nuestra mesa.

—Raymond Carver.

Traducción: Carlos LM.

kakar

 

Un poema casi arreglado de Charles Bukowski

te veo beber de una fuente con tus diminutas
manos azules; no, tus manos no son diminutas
son pequeñas, y la fuente está en francia
donde me escribiste aquella última carta
a la que contesté sin que jamás volviera a saber nada de ti.
solías escribir poemas demenciales acerca de
ÁNGELES Y DIOS, todo en mayúsculas, y
conocías a artistas famosos y la mayoría de ellos
eran tus amantes, y yo te escribía, está bien,
hazlo, entra en sus vidas, no estoy celoso,
no nos conocemos en persona. una vez estuvimos cerca en
nueva orleans, a medio bloque tan solo, pero no nos vimos, nunca
nos tocamos. así que fuiste con los famosos y escribiste
acerca de los famosos, y, por su puesto, lo que descubriste
fue que los famosos están preocupados por
su fama —no de la joven muchacha que está en la cama
con ellos, la que se entrega, y luego despierta
en la mañana para escribir poemas en mayúsculas acerca de
ÁNGELES Y DIOS. sabemos que dios está muerto, nos
lo dijeron, pero al escucharte ya no estuve tan seguro. quizás
fueron las mayúsculas. fuiste una de las mejores
poetas y se lo dije a las revistas, a los editores,
“publíquenla, está loca pero hay magia
en ella. no hay falsedad en su fuego”. te amé
como un hombre ama a la mujer que nunca toca, a la que
solo escribe, de la que guarda unas cuantas fotografías. te
hubiera amado más si hubiera estado en una habitación enrollando
un cigarro mientras se escuchaba tu orinar en el baño,
pero eso nunca ocurrió. tus letras se volvieron más tristes.
tus amantes te traicionaron. pequeña, te escribí, todos los
amantes traicionan. pero no ayudó.  me dijiste que tenías
una banca para llorar que estaba cerca de un puente y
el puente estaba sobre un río y tú te sentabas cada noche en la banca
del llanto  y lagrimeabas por amantes que te habían
lastimado y olvidado. te escribí de regreso pero nunca
volviste. un amigo me informó de tu suicidio
3 o 4 meses luego de que ocurriera. si te hubiera conocido
probablemente hubiera sido injusto contigo o
tú lo hubieras sido conmigo. fue mejor así.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

bul

 

Un poema de Allen Ginsberg

Siento que estoy en un callejón sin
salida y que por ello estoy acabado.
Todo aspecto espiritual —me doy cuenta—
es verdadero pero yo nunca escapo
a la sensación de estar encerrado
ni a la sordidez que significa ser uno mismo
ni a la futilidad de todo lo que he visto
hecho y dicho en alguna ocasión.
Quizás si me mantuviera de pie las cosas
podrían complacerme más pero ahora
no tengo esperanzas y estoy agotado.

—Allen Ginsberg.
Del libro “Empty Mirror: Early poems” (1961)

Traducción: Carlos LM.

gingsber

Foto: Chester Kessler (1959)

Tres poemas de Robert Creeley

EL FINAL

Cuando me entero de lo que la gente piensa de mí
me hundo en la soledad. El sombrero

gris que había comprado me enferma.
Dejo  de tener propósito alguno.

La sensación de estrangulamiento
entra en mi garganta.

***

LA MUJER

Nunca
te he dado
la compañía
que has tenido para mí, tú

con
semblante disperso
no apareces en mi
sueño. Yo no sueño.

He combinado
estas sensaciones, la
acumulación de entidades
que has dejado en mí.

Siempre tus
tetas, no son pechos, sino
la dura elevación
de carne impaciente

en el abdomen —es
mío— que florece
contra la vaguedad
del aire en el que te mueves.

Caminas
tremenda pequeñez
de intentos de zancada, tu
estatura es tan baja,

en mi mano
siento el peso
que cargas ahí,
uno sobre uno

ambos, mientras
giras sobre mí, el
mismo peso crecido
como el cabello, el

segundo de tus atributos
cae para
cubrirnos. Nos
juntamos pero no somos sostenidos

por superficie alguna,
mientras de nuevo
crecías pequeña
contra mí, en

el aire. El
aire la tercera de
las señales por las
que eres conocida: un

sosiego, un silencio susurrado,
el viento en ondeo
de ligereza. Luego

tu
boca, se abre sin
hablar, toca,

húmeda, en mí. Después
yo grito, yo
canto como si
tuviera el don,  ru-

gido sin escuchar,
como mirada tensa
viéndose a sí misma
tornada

a obscuridad
Onanística,
me siento alrededor
de mí mismo lo

que has dejado
en mí,  humedad,  pozos
de humedad, mi piel
gotea.

 

***

LA FLOR

Creo que las tensiones
me crecen como flores
en un bosque
al que nadie va.

Cada cicatriz es perfecta,
se recluye en sí misma en
un breve e imperceptible retoño
provocando dolor.

El dolor es una flor como aquella.
como esta,
como esa otra,
como esta.

 

—Robert Creeley.

Traducción: Carlos LM.

gins

Robert Creeley fotografiado por Allen Ginsber, Vancouver, 1963.

Soy un fracaso – Poema de Charles Bukowski

le puse el seguro a la puerta del auto
y al levantar la mirada vi a este tipo
caminando hacia mí
se parecía a Peter mi viejo amigo
pero no era Peter
era un hombre demacrado
en jeans y camisa azul de trabajo
y me dijo:
“oye, mi esposa y yo
necesitamos algo para comer,
morimos de hambre”
Miré detrás de él
y ahí estaba
su mujer
que me miró con ojos a punto
de lágrima.
Le di un billete de cinco.
“¡Te amo, hombre!”, gritó,
“No me lo gastaré en bebida”.
“¿Por qué no?”, le contesté,
“Es lo que yo haría…”

Me alejé para entrar a un edificio
arreglé unos cuantos asuntos
salí
regresé al auto
como siempre
pensando
si hice lo correcto
o si fui víctima de un engaño.

mientras conducía
recordé mis años
de miseria
hambriento más allá de cualquier arreglo
nunca pedí a nadie
un centavo.

esa noche, después de unos tragos,
le expliqué a la mujer con la que vivía
lo mucho que daba dinero a vagabundos
pero que yo
en los tiempos más obscuros
de hambre en mi vida
me negué a pedir nada a nadie.

“lo que pasa es que ni para eso
servías”, dijo ella.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

buko

Casa de paja, perro de paja – Poema de Richard Siken

1

Miré la televisón. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro sueños al hilo
en los que estabas quemada, apunto de ser quemada, o aún en llamas.
Miré la televisión. Tomé una coca en el bar. Tuve cuatro cocas,
cuatro sueños al hilo.

Aquí estás en la casa de paja, alimentado al perro de paja. Aquí estás
en la casa equivocada, alimentando al perro incorrecto. Yo tomé coca con hielo.
Tuve cuatro años en la televisión. Tú tienes una sonría fría fría.
Tú estabas quemada, estabas por ser quemada, aún estabas en llamas.

Aquí estás en la casa de paja, alimentando al perro con hielo, y querías
una aventura, así que dije Ten una aventura.
La paja a punto de incendiarse, la paja incendiada. Aquí estás en la televisión,
diciendo Mírame, solo mírame.

2

Cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo, cuatro sueños al hilo,
cayeron justo aquí. Yo quería caer justo ahí pero supe
que no me atraparías porque estás muerta. Tragué hielo molido
fingiendo que era vidrio y tú estás muerta. Cenizas a las cenizas.

Querías ser cremada así que te cremamos y querías una aventura
de modo que corrí y supe que no me alcanzarías.
Eres una fiebre con la que estoy aprendiendo a vivir, y todo ocurre
en lado equivocado de un túnel muy largo.

3

Desperté por la mañana y no quise hacer nada, no hice nada,
no lo podía hacer de cualquier manera,
solo me quedé acostado y escuché la sangre corriendo a través de mí y nunca tuvo
ningún sentido, nada.

Y no puedo comer, no puedo dormir, no puedo estar sentado o arreglar las cosas y despierto y me levanto y tú sigues muerta, estás bajo la mesa, todavía le das de comer
al maldito perro, estás quebrando la habitación a la mitad.
Da igual. Aliméntalo con lo que quieras. Quema la casa de paja.

4

No te culpo por estar muerta pero no puedes tener tu suéter de vuelta.
De modo que, yo dije, ahora que  tenemos nuestra muerte, ¿qué vas a hacer con ellos?
Hay un perro negro y hay un perro blanco, depende de cuál alimentes,
depende cuál sea el maldito perro con el que decidas vivir.

5

Aquí estamos
en el túnel equivocado, quema O quema, pero hace frío, tengo ropa
sobre todo mi cuerpo, y llueve, no se supone que fuera así . Y hay nieve
en la televisión, un paisaje lleno de nieve, cayendo de un cielo pintado de brasas.

Pero gracias, gracias por llamarlo el cielo azul
Ahora puedes dormir, dijiste. Puedes dormir ahora. Dijiste eso.
Tuve un sueño donde lo decías. Gracias por decir eso.
No estabas obligada a hacerlo.

 

—Richard Siken.

Traducción: Carlos LM.

Richard SikenBecause, (2005).Pintura tomada de richardsiken.com

tuya es la música de ningún instrumento – Poema de E. E. Cummings

tuya es la música de ningún instrumento
tuyo es el absurdo color sin ser descubierto

—mío el intento que nadie compra
hasta que esta, nuestra piel, pueda sobresalir
al hablar en clave de flor
…………………………(si yo he compuesto canciones

no es de gran relevancia para el sol,
ni a la lluvia le importará
 ………………..con cautela que prolonga
un crepúsculo etéreo) Sombras dieron inicio

al serpenteo del cabello enorme, emocionado,  veloz…

tuyos son los poemas que no escribo.

En esto al menos ponemos un obstáculo a la muerte,
silencio, y la penetrante luz musical

de la nada repentina… la bocca mia “él
besó en absoluto temblor”

 ………………………..o eso fue lo que la dama pensó.

—E.E. Cummings.

Traducción: Carlos LM.

 

cummings E.E. Cummings en 1938 (AP)

Dos poemas de Kim Addonizio

COMIENDO JUNTAS

Sé que mi amiga se está yendo,
aunque todavía esté sentada ahí
frente a mí en el restaurante,
y se incline sobre la mesa para humedecer
su pan en el aceite de oliva en mi plato; yo sé
lo grueso que solía ser su cabello,
y lo mucho que le cuesta apartar
un poco la gorra de su esposo durante la comida,
para poder mirar de frente al joven mesero
y sonreír cuando él le pregunta
si todo va bien. Ella mastica como
si muriera de hambre —pollo, dolmades,
los copos de mantequilla en hojaldre—
y lo que la está matando
come también. La veo levantar
una aceituna negra brillante y rascar
la carne de la semilla, veo
sus dedos largos y finos, y su cara,
hinchada por los medicamentos. Ella baja
la mirada hacia su plato, finge
no darse cuenta de que lo sé. Que ella se desvanece.
Y continuamos comiendo.

***

¿QUÉ QUIEREN LAS MUJERES?

Quiero un vestido rojo.
Lo quiero barato y delgado,
lo quiero muy ajustado, lo quiero usar
hasta que alguien me lo arranque.
Lo quiero sin mangas y de espalda abierta
para que nadie tenga que adivinar
qué es lo que guardo debajo. Quiero caminar
por la calle de la heladería  y la tienda de computación
con todas esas llaves brillando en las vitrinas,
pasar por la cafetería del Sr. y la Sra. Wong donde venden
donas del día anterior, pasar cerca de los hermanos Guerra
que pasan a los cerdos amarrados del camión a la carretilla,
alzando los hocicos manchados por encima de sus hombros.
Quiero caminar como si fuera la única
mujer en la Tierra y pudiera elegir a quien me plazca.
Quiero ese vestido rojo de verdad.
Quiero confirmar
los peores miedos que tengo de mí,
para enseñarte lo poco que me importas
o cualquier cosa excepto
lo que deseo. Cuando lo encuentre, lo tomaré
del gancho como si estuviera eligiendo un cuerpo
que me llevará por este mundo, a través
de los llantos de nacimiento y los llantos de amor,
y lo portaré como huesos, como piel,
será el maldito vestido
con el que sea enterrada al final.

—Kim Addonizio.

Traducción: Carlos LM.

 

kim-addonizio

Foto de Joe Allen.