El PRI y el PAN siguen en la lona

peña anaya

Andrés Manuel López Obrador permanece en estado de gracia. Con sus errores y aciertos, sabe que aún se encuentra en un día de campo prolongado. Algunas de sus decisiones han causado crítica en redes sociales y entre determinados especialistas; e igualmente algunas de las medidas de su partido han sido frenadas por las minorías que hay en las cámaras y por el cortocircuito que tienen con las leyes… pero en el fondo sigue teniendo un crédito enorme tanto por la popularidad que lo respalda, como por otro hecho fundamental: el resto de los partidos sigue a la deriva a nivel discursivo e incluso ideológico.

El declive del PRI, PAN y PRD, otrora los grandes partidos, no comenzó en las pasadas elecciones federales. El desgaste vino de años atrás, en un consabido proceso de descomposición que la ciudadanía no soportó más. Tras décadas de succionar lo que se podía desde posiciones de poder, los políticos de dichos partidos entraron en una dinámica en la que la práctica del despilfarre se convirtió para ellos en la normalidad.

La pillería, el influyentismo y el agandalle eran la pauta, una cotidianidad que probablemente ni siquiera los políticos percibían en su justa dimensión de tan habituados como estaban a ella. Tal conducta es lamentable y aunque los ciudadanos lo vieron como una realidad durante décadas, jamás se acostumbraron a ser dominados por un régimen corrupto.

Si hay algo que hay que agradecer a la irrupción de Morena —más allá de sus evidentes yerros metodológicos— es que como formación rompieron de tajo una forma de entender la política. Habrá que ver si al final cumplen (se están estrenando en las grandes ligas y el paso del tiempo tiende a marchitar los ideales), pero al menos discursivamente instalaron la idea de que ellos no iba a abusar de sus privilegios y que, por el contrario, iban a reducirlos en beneficio de quienes a final de cuentas ponen el dinero: los mexicanos de a pie, esos que están a la espera de algún estímulo a sus esfuerzos.

Por ahora hay síntomas preocupantes que desmontan la pantalla. Morena no es un partido conformado precisamente por jóvenes y en la cúpula del mismo hay algunas figuras cuestionables que por su larga trayectoria tienen una cola con la que pueden tropezar. También hay quienes se niegan a renunciar a sus prerrogativas, no al menos de forma radical. Hay otros elementos, en cambio, que sí representan, al menos, un rostro fresco. Sea como sea, el movimiento de López Obrador ha sabido capitalizar la idea de austeridad y no son pocos los que se la compran.

Por tal motivo los partidos tradicionales tienen complicado resurgir. Más allá de algún chispazo que puedan tener en entrevistas o en tribuna (Romero Hicks, Claudia Anaya y Enrique Alfaro los tienen y los tendrán), es difícil que la mayoría les crea. El agotamiento es tan grande que, sin importar las reformas o los cambios de dirigencia, es poco viable romper un estigma ya muy arraigado. En cuanto a percepción, cualquier voluntad queda anulada por la sombra de un pasado que fue ingrato para los votantes.

Las élites de cada formación, además, no han sabido dar un paso al costado y, muy al contrario, mueven aún hilos a la sombra, sin que por ello sea invisibles al escrutinio público. Es por aquello que Andrés Manuel y su comitiva les tienen comida la moral.

Para el PRI, PAN y PRD parece haber solo una forma de volver a la vida: esperar a que Morena caiga en equivocaciones y excesos para erigirse, entonces sí, como la antigüedad confiable. Se trata de una de las tretas más tradicionales y siniestras de la política (en la que izquierda y derecha han caído, en mayor o menor medida), confiar en el fracaso ajeno —y promoverlo— para así cobrar con intereses. La jugada, habitual en varios países, implica torpedear años enteros en los que se desperdician oportunidades para el mejoramiento del país en pos de conseguir un ascenso faccioso. Durante el período de México dentro de la democracia, consolidado hace uno 20 años, se han dilapidado proyectos importantes de ese modo. En Morena lo saben.

Ahora bien, el descrédito de los partidos tradicionales es tan grande que ni siquiera esa movida podría ser suficiente. Incluso podría hundirlos más si se crea la percepción de que están yendo contra los intereses del pueblo, mismos que Morena logró asociar a sus colores.

A largo plazo la manera más probable de ofrecer una competencia real y un contrapeso dentro de la partidocracia, es establecer una nueva formación. Un partido que, al menos en apariencia, esté desligado de huellas de infamia, esas con las que el poder dominante logra desarticular fácilmente cualquier propuesta ajena con la autoridad ética que proclaman tener.

Por ahora los únicos que han levantado la mano son Felipe Calderón y Margarita Zavala, con una posible evolución de Libre, la asociación que fundaron hace meses. Habrá que ver si logran un proyecto seductor e incluyente que pueda conjugar nuevos simpatizantes y agrupar a los inconformistas que ahora mismo se encuentra desperdigados.
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Publicado originalmente el 10 de diciembre de 2018.

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Halcones y palomas en el equipo de AMLO

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En el ámbito político los términos “halcones” y “palomas” se utilizan para designar a dos tipos de posturas dentro de la acción administrativa. Los halcones están tirados a la guerra, al conflicto, mientras que las palomas son, como es obvio, quienes se manejan de forma pacífica.

Ampliando el espectro, los halcones pueden ser tomados como figuras propensas a una astucia maquiavélica que se mueve, sobre todo, en función de intereses. Son aquellos de tendencias obscuras, cazadores que no son de fiar y que dentro de sí guardan inquina, una doble cara y una habilidad para picotear (la traición) a quien sea si ello implica un ascenso del poder. Hay que tener cuidado, para ellos la política es un móvil para conseguir objetivos no siempre loables, sino que convienen a lo que ellos pretenden empotrar. Sus plumas están presentes en bandos enemigos y no temen usar recursos deshonestos para trascender. No es raro que se vean envueltos en conflictos fratricidas en su desesperado intento por subir en el organigrama.

Las palomas, por otro lado, son quienes, con sus luces y sombras, ven la política como lo que debería ser, una manera de servir a la ciudadanía. Guardan dentro de sí, o al menos eso parece (nunca hay que meter las manos al fuego por un político), un genuino interés por contribuir al desarrollo de la nación, si bien en el trayecto también cosechan ganancias personales. Son los que se sacrifican si ello trae un beneficio y son los de trato suave. Pueden tener ideas equivocadas y el espectador puede no estar de acuerdo con ellos en aspectos centrales, pero en esencia sus movimientos perfilan un encomiable esfuerzo por mejorar lo que hay.

Las palomas saben detectar a los halcones y viceversa. Dentro del equipo tienen que convivir. Se miran con reservas los unos a los otros. Hay apretones de manos y sonrisas entre ellos. No suelen mezclarse, eso sí: se miran con recelo. El líder los pone juntos porque no le queda de otra. Las circunstancias son apremiantes y es imposible prescindir de alguno de los dos extremos.

El estadista, si es sabio, habrá de identificar a los halcones y a las palomas que tiene cerca. Y debe colocar a sus aves de forma tal que exista un balance. De los halcones es difícil deshacerse ya que son aún más peligrosos cuando están despechados. La tarea es darles un poco de carne que los tenga satisfechos y que al mismo tiempo limite su margen de maniobra.

Hay una tragedia. Las más de las veces los halcones acaban por imponerse a las palomas. Los primeros llevan la ventaja de no temerle a la sangre. Atacan y hacen uso de la trampa para ganar. Las palomas, por su sentido ético, son mesurados, no cruzan una línea que tristemente las pone en desventaja.

Andrés Manuel López Obrador tuvo el gran acierto de conformar un gabinete rebosante de palomas. Buena parte de las Secretarías de Estado serán encabezadas por académicos y profesionales con los que, aunque uno no siempre coincida en línea ideológica, son gente ajena a la inmundicia.

No obstante, en el árbol genealógico hay espacio para lo tétrico. Y no conforme con eso, ocupan posiciones clave que pueden causar cismas a placer. No siempre están al frente de Secretarías, están más bien en sectores tirados a la directiva burocrática, planos en donde influyen bastante en el devenir colectivo. La grilla para ellos está puesta en la mesa. Quisiera pensar que el tabasqueño los puso en donde están por aquella sabia lección que tiraban los Corleone. “Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca de tus enemigos”. O, lo que es lo mismo, mantén cerca a los halcones para que no acechen en las afueras hasta hacer carroña del proyecto naciente.

Durante el presente sexenio habrá que estar pendiente de los movimientos que se den dentro de los círculos de Morena y del Gobierno Federal en particular. Será preocupante si los halcones ganan demasiado terreno. Las palomas deberán ser astutas y hacer nuevas incorporaciones ya que, al menos a priori, están en desventaja numérica contra su depredador natural.

En este caso la palabra final la tendrá el presidente que mayor respaldo ciudadano ha tenido en la historia moderna de México. Un factor que si se usa con sabiduría puede domar a cualquier especie que se alborote en el camino.

Halcones: Ricardo Monreal, Yeidckol Polevnsky, Héctor Díaz Polanco, Gerardo Fernández Noroña, Manuel Bartlett, Martí Batres, Dolores Padierna, Javier Jiménez Espriú, Mario Delgado, José Manuel Mireles, Napoleón Gómez Urrutia, Nestora Salgado, Félix Salgado Macedonio, José María Riobóo, Paco Ignacio Taibo II, Alejandro Encinas, Germán Martínez, John M. Ackerman.

Probables palomas: Marcelo Ebrard, Maria Luisa Albores, Luis Cresencio Sandoval, Héctor Vasconcelos, Tatiana Clouthier, Carlos Urzúa, Jesús Seade, Delfina Gómez, Alfonso Romo, Luisa María Alcalde, Graciela Márquez Colín, Jorge Alcocer Varela, Gerardo Esquivel.

La remarcable del subrayado

elvis letters

Entre las mentes lectoras surge a menudo un debate sobre el provecho de subrayar o no los libros. Una polémica un tanto estéril que ya debería encontrar un consenso: sí, los libros deben rayarse. A ser posible también deben besarse y ofrecerles una que otra bebida.

El subrayado, como parte de la primera lectura, intenta de algún modo retener una emoción que poco a poco se disipa. Brindar una pista a nuestra versión del futuro, para que así pueda extenderse lo que causó un punto de quiebre en la niebla.

Se trata de encapsular, dar con el descubrimiento, una caza de letras. Enmarcar la genialidad. No concebimos que las palabras se pierdan al cerrar el volumen. Luego de tantas páginas recorridas viene la urgencia de tener a la vista lo camuflado.

Subrayar es, también, dar con un hallazgo similar al de un trébol de cuatro hojas o de pronto agarrarle forma a una nube que andaba desperdigada por el cielo. Pero al final el que se descubre es el propio lector. Observar los subrayados en una biblioteca revela mucho de quien la administra y es posible que lo que fue digno de atención para uno sea totalmente intrascendente para alguien más.

El cineasta japonés Akira Kurosawa era un entusiasta del arte ceremonioso del subrayado. Era tal su devoción que incluso sugería a su público nunca acometer el acto de la lectura acostado en la cama. La forma apropiada, creía, era hacerlo desde un escritorio, ya que eso permitía subrayar y tomar notas con propiedad. Para él la lectura era una actividad paralela que iba acompañada de la creación. En libretas anotaba reflexiones y sensaciones que le dejaban los libros que pasaban por sus manos, de ahí salía buena parte de la inspiración que ponía en sus películas. Al igual que con los sueños, ese dictado que le trascendía culminaba al poco rato en obras que, no obstante la raíz, eran muy personales.

La lectura permite un trance mental a partir del cual surgen nuevas posibilidades de acción. Leer lápiz en mano se vuelve una necesidad por si acaso llega el instante de alumbramiento, una ráfaga que conlleve la escritura al margen de la hoja.

Algunos conservadores creen que hay que respetar al libro dejándolo inmaculado. Y aunque esto bien podría aplicarse a ediciones de alto valor histórico (no va uno a rayonear una primera edición de Valle-Inclán heredada por el bisabuelo), lo mejor es respetar al contenido ofrecido por el autor, no al material en donde viene impreso. Así, hacer anotaciones al margen implica honrar a la literatura poniendo en vitrina las perlas que ofrece.

Dejar la pasividad, simular un diálogo. Contrapuntear al escritor a través de las páginas. Poner flechas, dibujos, algún garabato de insinuación. Leer un libro sin apenas intervenirlo es dejarlo vestido y alborotado, sobreprotegerlo. Dejar encerrada en su casa a una mujer que se había perfumado y puesto ropa interior bonita.

Dicho esto, para subrayar hace falta un mínimo de criterio. En el caso de los libros hay que abstenerse de los marcatextos, aunque por su nomenclatura parezcan destinado para la tarea. El lápiz se erige como el instrumento idóneo. Permite escribir, subrayar con precisión y dejar un rastro delicadeza, sin que el papel se vuelva la sucursal de un payaso. Con el noble grafito incluso se puede borrar el rastro de alguna torpeza.

Si lo que se pretende resaltar supera las tres líneas, lo mejor no es en sí el subrayado que en su prolongación podría quedar chueco, sino poner un asterisco al margen para destacar al párrafo o emitir una llave, línea sinuosa acostumbrada a la programación y a la matemática, aburrida de tanto sostener conjuntos, a la que, al fin, se le puede dar un respiro en el mundo del literario.

El subrayado exige buen ojo crítico, espíritu de cazatalento, don para elegir. Al leer a un genio surgirá la tentación de subrayar páginas enteras (a todos pasa), pero no se trata de eso, la tarea va más en plan aforístico que de coloreo.

Si no se cuenta con algún marcador, se está desarmado ante la lectura. Nos pasa sobre todo a los de poca memoria. El avance de cada línea se siente similar al salir a pescar sin una caña, un paseo por el campo sin que se permita recolectar una sola fruta.

Subrayar es, en definitiva, establecer un vínculo con el autor. Una extraña forma de abrazo que trasciende al espacio y al tiempo. Un reconocimiento en miniatura a lo escrito por el ser admirado. Y ofrece conveniencia a la par. La vida es corta y no da tiempo para releer mucho los libros, las marcas que dejamos es una forma de simplificar el proceso y así, cuando se vuelva a cierto título, tener un recordatorio de aquello que alguna vez nos transformó en lo que somos ahora.

El valor de lo innecesario

Parte importante de la vida se encuentra en aquello que no se necesita. Tan sentimentales como somos, no vamos a conformarnos con lo funcional. Ni que fuéramos máquinas soviéticas. Lo extra guarda mucho valor. En ocasiones viene de maravilla recurrir a la floritura, al encanto añadido. Hacer de la acción una artesanía, cual futbolista que pudiendo rematar de primera, prefiere hacer un recorte o una pirueta antes de anotar el gol. Ahí el toque mágico, una rimbombancia que no era requisito y que por ese motivo se vuelve una ofrenda para el espectador.

No se trata, desde luego, de celebrar el exceso de mal gusto, una costumbre tan dada entre quienes carecen de brújula espiritual. Es, más bien, celebrar el plus que da justo en el blanco, la temperatura adecuada que eleva nuestro destino.

La estética en general va por tal rumbo. De ir más allá y causar deleite en lo que antes era simple herramienta. Un ejemplo básico es el uso de la corbata, artilugio poco científico que, sin embargo, lleva a quien lo usa a otro nivel. Quienes deliberadamente reniegan de ella en eventos formales, así sea por cuestiones de comodidad, pierden de vista que el tren se les va por desidia y por no atender a rituales que en lo frívolo consiguen sostener la gracia social.

Pasa también con el reloj de pulsera, cuyo uso está en peligro de extinción, un síntoma inequívoco de la decadencia de la humanidad. Para qué gastar dinero —piensan algunos mocosos— en un instrumento que, además de pesar en la muñeca, ofrece la misma información que se puede obtener de un celular dosmilero. Craso error. El reloj no solo ofrece la hora, se trata de un símbolo, una encapsulación del tiempo, una manifestación de estilo y posición ante la realidad. No es necesario, es mucho más.

Las mujeres son especialistas en el tema. Sobre todo aquellas que a diario alumbran el camino gracias a los detalles que, pudiendo no tener, lucen ante ante la mirada atenta sin griterío. Ese moñito que tienen de adorno en el cabello es una de las bases de la civilización, al igual que los aretes coquetos con los que resumen pura ternura.

Habla muy bien de la especie el hecho de que algunas chicas usen perfumes y cremas en rincones exclusivos para el amante, un guiño que realizan a diario aunque acabe por descubrirse apenas en algunas fechas al año. Ellas, sin darse cuenta, están salvando el mundo. Que Borges lo ampare.

Esta gente es la que inspira. El niño que, además de ir a la escuela, decide inscribirse en clases de música por la tarde. Tocar una sonata de Grieg no es condición para entrar a ningún lado, pero él no lo hace por tal recompensa o un objetivo concreto; no busca la mera supervivencia, lo hace por convicción, por acariciar lo sublime. Porque dentro de sí hay una llama que le pide salir de la inmediatez. Se mueve por la actitud que distingue al hombre de la bestia.

Alguna joven de Puebla transcurre en algo similar. Va y compra pinceles especiales para crear un retrato. No se conforma. Tiene mucho que decir y por tanto se esmera. No usa una brocha aleatoria, no apuesta por la ocurrencia. Sabe de sutilidades, del universo que existe entre el Serie 2 y el Serie 7, entre el 1.2 y el 1.3, de la diferencia que significa usar una marca u otra, una vocación milimétrica. Quizás nadie lo note, salvo los de su propia naturaleza, pero la satisfacción personal es lo que la separa del resto.

Por si fuera poco, la actividad innecesaria da espacio al milagro. Es asunto de probabilidad, entre más se haga al tonto, más opciones hay de que de pronto suceda lo extraordinario. Los genios y los artistas parten de ello. No hay que hacer solo lo que se requiere. Hay que estar ahí picando piedra, hacer el ridículo con algún trapo para ver si en un chispazo ocurre la combinación exitosa.

Ludwig Wittgenstein lo expresaba de manera puntual. Decía que gran parte de lo que escribía no aportaba mucho si se le aislaba, aun así era contenido indispensable porque era lo que daba pie, de pronto, a un instante de luminosidad. Esas palabras inocuas eran “como el ruido de las tijeras del peluquero, que debe mantenerlas en movimiento para hacer con ellas un corte en el momento preciso”. Lo innecesario era, pues, importantísimo.

Wittgenstein

El espejito de sobreanalizar

“Not everyone is an artist but everyone is a fucking critic”
Marcel Duchamp

En la tarea de la crítica existe una especie que resulta particularmente graciosa. Son aquellos opinólogos que tienden a sobreanalizar cuanta obra se cruce en su camino. El objeto analizado es una mera excusa para que ellos den rienda suelta a la portentosa erudición que cargan y que ofrecen a los lectores en un ejercicio de magnanimidad por el cual deberíamos estar agradecidos.

Este tipo de emisarios de la intelectualidad se encuentran encumbrados en los medios y en la academia. Son, además. grandes reivindicadores del lenguaje ya que usan palabras que han sido discriminadas durante años para ponerlas de nuevo sobre la palestra.

Les da igual que nadie les entienda, eso no les va a arruinar la oportunidad de hacerse los listos ante las mentes inocentes de turno. Por ello usan estructuras enrevesadas y toman prestados tecnicismos de otras disciplinas como la botánica y la geofísica para aplicarlas a estudios comparativos sobre películas de Marvel y Cantinflas.

Los sobreanalistas ven cosas donde no las hay. Por ejemplo, para ellos alguien que usa capucha resulta ser una representación de la Virgen y el paso de una hoja seca en un cortometraje tiene, a su parecer, un anclaje con la mitología nórdica.

Hay que decirlo: estas figuras a menudo le hacen un favor a lo que pretenden revisar ya que les dotan de una profundidad que no tenían de antemano. Los autores son los primeros sorprendidos: aquellas líneas que tiraron de relleno en una noche de resaca están compuestas, según los cuentistas, de una complejidad que ellos nunca vislumbraron a la hora de dar un par de tecleos poco inspirados.

En una conversación con John O’Brien, David Foster Wallace hacía referencia a esa manía de algunos críticos por examinar, de manera casi onanista, las novelas ajenas. Ambos coincidían en que era difícil tomarse en serio a tales personajes. Foster Wallace decía que no los entendía, que era incapaz de seguir los razonamientos que hacían sobre sus trabajos. «No soy capaz de ver en mi versión de mi texto ninguna de las cosas que ellos ven; en ocasiones son bastante impresionantes, de un modo me pregunto: de qué diablos están hablando».

El escritor estadounidense decía que con ellos no tenía problema porque, de verdad, no les captaba ni una sílaba. No sabía ni qué reclamar.

Es válido tomar una obra y a partir de ella recrear significados y expandir la imaginación, muchas veces superando en calidad al objeto de estudio. A menudo resultan lecturas admirables que conllevan mayor grado de creatividad que aquello de lo que partieron sin que nadie le dé la etiqueta de genio a los críticos, esa estirpe tan frecuentemente minusvalorada.

Otra cosa es que pretendan que tomemos en serio todo lo que dicen y que busquen erigir, en algunas ocasiones, un canon que limita un libro o una cinta a una versión retorcida que ni siquiera casa con la cosmovisión de quien hizo la propuesta original. Al final se vuelven enemigos de la cultura. En lugar de promover, desincentivan el acercamiento al producto que destruyen.

O peor aún, y eso sí es más condenable, que por una simple vanidad compliquen las realidad con palabrería que no va a ningún lado. En ese caso el objetivo no es el de iluminar la perspectiva sobre una obra, agregar capas conceptuales ni ofrecer nuevas rutas para debatir, se trata de un bochornoso truco que trata de exhibir una alta cultura que no es tal.

La persona sensata sabe medir las palabras y abordar un tema sin perderse en ínfulas masturbatorias como hacen los esnobs. Esos que buscan un protagonismo insoportable y mantenerse enchufados a los congresos de provincia.

duchamp

John Lennon y la revolución escéptica

La mejor canción de John Lennon en materia política salió a mediados de 1968. Al menos es la que mejor refleja la importancia de mantenerse despierto y con independencia intelectual. Está muy por encima de “Imagine” o “Give Peace a Chance”, que pecan de ingenuas e incluso de incongruentes respecto a la personalidad que el autor ostentaba en su vida íntima.

El tema al que me refiero se trata de “Revolution“, surgida en un principio como una tonada lenta llamada “Revolution 1” (la versión que aparece en el Álbum Blanco), pero que a instancias de Paul McCartney y George Harrison fue reconfigurada para ser más eléctrica y movida con vista para su lanzamiento como sencillo.

La gran relevancia de esta composición (además de ese inicio frenético y el sonido robusto de la guitarra en todo momento) es que la letra invita a una actitud que debería ser más frecuente a la hora de analizar la realidad: el escepticismo.

La izquierda tomó este tema como una traición ya que su discurso va, de cierto modo, en contra del pensamiento de masas, esas protestas sociales que son más viscera que cerebro.  Y, como suele pasar, el progresismo casi desafilia al buen John Lennon de la Liga de la Justicia. Pero en su contenido no es hay nada de malo, al contrario. El Beatle invita a algo tan sano como dudar y no tragarse el discurso del enésimo iluminado que dice tener la fórmula mágica para cambiar el mundo.

Las líneas memorables en “Revolution” se suceden una tras otra. En términos generales promueven el uso de la razón. A no ir tan fácil con las multitudes y a cuestionar como individuos.

El camino al infierno está lleno de buenas intenciones. No basta con tener deseos bondadosos y decir que todo será paz, armonía y felicidad. Hay que mostrar cómo se llegará a eso. De otro modo esas “revoluciones” que pretenden cambiarlo todo de golpe más bien acaban por empeorar la situación. La historia nos ha mostrado que casi siempre es así. Cualquiera que derrumba todo lo que hubo antes sin ningún tipo de distinción deriva en un desastre.

Aplica también para las ofertas políticas. Es necesario tenerlo en cuenta en una época donde abundan los caudillos modernos, quienes creen que la suya es la única vía y que con su llegada al poder todo mejorará solo porque sí.

Hay que temer de aquellos que buscan imponer medidas milagrosas. La realidad es compleja y no atiende a ocurrencias ni a improvisaciones. Los mejores resultados para la humanidad han llegado a través de las instituciones, la coordinación entre fuerzas opuestas y el análisis serio. No a través de mesías que creen que todo se remedia por medio de la voluntad.

Lo cierto es que las cosas no van tan mal en el mundo como a veces creemos. De hecho van por buen camino. Falta mucho por mejorar y quedan aspectos urgentes por cubrir, pero quien no vea el avance que ha ocurrido con el paso de las décadas (en asuntos tan fundamentales como la reducción de hambre y pobreza, así como los pasos enormes en materia de salud) simplemente está cegado ante la realidad.

Los mayores logros de la humanidad han llegado a través del trabajo duro, la sensatez y el apego a la ciencia. No a revueltas estériles promovidas por gente inmadura que va de genio por la vida cuando más bien deberían ponerse a reflexionar.

Todos queremos cambiar al mundo, pero como menciona John Lennon: no son enchiladas (bueno, más o menos algo así dice). A todos aquellos que digan tener la “solución” y que te piden contribuir con la causa, hay que pedirles que muestren su plan para revisarlo. No hay que tirarse al vacío por seguir al charlatán en turno. A fin de cuentas todos aportamos desde nuestras minúsculas trincheras y no debemos sentirnos culpables por ello.

Desde luego no hay que conformarse ni sentirse satisfechos con lo que hay. De nuevo: hay mucho trabajo por hacer. Todavía hay gente que muere de hambre en el mundo (menos que antes, pero sigue siendo un número aterrador) y mientras eso suceda hay que redoblar los esfuerzos. No desmontando todo, sino seguir las prácticas que han mostrado resultados positivos y desechando lo que no funciona.

Una de las mejores partes de “Revolution” es la parte que señala: “Dices que quieres cambiar la constitución… bueno, nosotros queremos cambiar tu cabeza”. Con esa gran ironía John Lennon nos muestra cómo hay que actuar ante esos embusteros que conocemos en nuestro entorno: burlándonos de ellos. No idolatrando como hacen algunos ni tampoco siguiéndolos con fe ciega, como los que andan por ahí (¡todavía!) a la estela de las consignas de Mao.

Con el pasar del tiempo la visión de John Lennon cambiaría. Y de hecho se desdijo un tanto del contenido de “Revolution” para ser una presa más del ambiente utópico de los setenta (era un idealista un tanto contradictorio). Pero en la entrevista que dio a Playboy en 1980, poco antes de morir, la reivindicaría como respuesta ante las revueltas destructivas.  “La letra sigue vigente. Sigue siendo mi postura respecto a la política. Quiero ver el plan. (…) Ya sea un derrocamiento en nombre del cristianismo o del marxismo, quiero saber qué vas a hacer después de derribarlo todo. Quiero decir, ¿no podíamos usar algo de lo que había antes? ¿Qué sentido tiene bombardear Wall Street? Si quieres cambiar el sistema, cambia el sistema. No está bien dispararle a la gente”.

El John Lennon maduro le lanzaba un guiño a quien fue en la juventud. El muchacho que todavía en 1968 se reía en la cara de todos aquellos que pretendían arreglarlo todo con mera palabrería.

Su mensaje es válido y actual. Resuena todavía en casi cualquier espectro de la geopolítica. De Cataluña a Estados Unidos, pasando por México y Venezuela. Todo resumido en una canción tan genial que hizo gritar a Paul McCartney de la emoción.

revolution beatles

Un héroe en cada hijo te dio

Es ya un lugar común mencionar el ejemplar sentido de solidaridad que los mexicanos muestran ante las tragedias y los momentos de crisis. Pero no está de más recordarlo, en especial en días de lágrimas y deriva, tanto por el embate de desastres naturales como por una espiral de podredumbre y violencia generalizada que parece cebarse con nuestra sociedad.

Hay que mencionarlo porque se tratan de manifestaciones que no ocurren en cualquier lugar, aunque algunos así lo crean. Tenemos una población con diferencias acentuadas por temas políticos y sociales, pero que al mismo tiempo sabe que hay algo más allá que nos une como personas. Aquí no hay separatismos ni trifulcas entre ciudades como pasa en otros puntos del mundo. Mientras haya una mesa o un partido de futbol, sabemos unirnos. Y, lo que es más, también hay una disposición de salir a la calle y responder con hechos cuando los embates de la vida se ensañan con los más débiles. Sabemos, como decía aquella canción, que ellos no son un peso ni una carga, son nuestros hermanos.

Más allá de los esfuerzos realizados por las autoridades, el pueblo mexicano se une y se entrega al bien común cuando hay un sismo, un huracán, un derrumbe… todo sin medir los posibles riesgos ni escatimar energía. Incluso los más humildes ofrecen sus manos o un pedazo de pan.

El destino de los mexicanos parece trazado entre el drama y la resistencia. Algo verdaderamente valioso debe tener este país como para haber aguantado tanto daño, tantos saqueos y tantas equivocaciones, como atestigua la historia. A pesar de todo, México se ha mantenido de pie con una resiliencia heroica. Esto ha brindado escenas memorables como la del señor que izó la bandera de México sobre las ruinas del Palacio Municipal de Juchitán o aquel grupo de rescatistas que cantaron  el “Cielito lindo” mientras ayudaban en las labores nocturnas de rescate tras el sismo del 19 de septiembre de 2017.

En la letra de “Cielito lindo” se encuentra uno de los atributos clave de la sociedad mexicana: ante la adversidad, el canto, la sonrisa que por unos instantes hace que se olvide el gran dolor que llevamos como cruz cuando estamos en silencio. Somos un país herido, cuya andanza resulta inverosímil bajo cualquier análisis… pero ahí sigue. Como decía Carlos Fuentes, México no se explica, no atiende a lógica ni a razones. Es más un asunto de fe. Algo en lo que se cree, con furia, con pasión y un eterno desaliento.

Si bien no soy patriotero ni nacionalista, México me apasiona. Me parece un caso de excepción. Me pasa lo mismo que a Fernando Savater: cuando veo una bandera de mi país es como si viera una bandera de la Cruz Roja: siento calidez, sé que se trata de un lugar en el que seré atendido y donde recibiré ayuda si lo necesito; un sitio al que le debo mi educación, mi familia y mi libertad. Por eso,  y pese a todo, si me dan a elegir… me seguiría quedando con México.  Se dice fácil pero aquí tenemos lo que por desgracia no existe en todas las naciones. No veo nada de malo en celebrarlo.

Cuando veo el color, la pluralidad, la solidaridad… cuando veo ancianos levantando piedras para salvar a los más jóvenes y a niños aguantando  lo indecible… en esos momentos añoro que un día este país pueda entrar en el esplendor que merece. Cada que alguien grita “Viva México”, la esperanza renace.

 

 

Terremoto en MéxicoFoto: AFP

La bendición de vivir insatisfecho

Qué grima dan las personas que parecen estar felices todo el tiempo, propulsores de colores pastel bailando un son eufórico que parece venir de otro planeta. Una ventura tan chillante que resulta inferior a la discreción que implica el desgano.

Hay cierta elegancia en quien sabe llevar una dosis moderada de insatisfacción. Ser de los que contienen la marcha aun en los momentos en que abundan los globos y las sonrisas. No por soberbia ni altivez, sino por ubicar la atención en el escalón que sigue, tener la conciencia de que hay siempre margen de mejora.

Desde luego no se trata de volverse un ente insufrible que se niega a sonreír para la foto. Hay que expresar los sentimientos en momentos puntuales, pero no volverse un rehén del júbilo gratuito, mantener de este modo un código de exigencia antes de soltar las campanas al vuelo.

Y no es materia de magnitud, más bien de equilibrio. Es posible enamorarse de una hormiga. Quedar encantado con su paso y celebrar en grande cuando la vemos llegar a su destino. Es normal, también, el festejo por los éxitos profesionales. Lo que usted quiera puede ser excusa para el regocijo, aunque visto como una agitación excepcional que en su misma naturaleza le da aura única. El contento de 24 horas no es solo agotador, sino que le resta significado a sensaciones que deberían ser especiales.

La manifestación de cualquier emoción pierde credibilidad si es permanente, se vuelve un insulto a quien se le dirige ya que equivale a coquetear con cualquiera. No quiero un elogio que es lanzado a todo el mundo.

Está además el hecho de nunca darse por realizado ya que conllevaría el inicio de la descomposición. El inconformismo parte de una visión amplia que conoce el potencial de las esferas; lo que en muchos es la culminación, en algunos deja hambre todavía. Tener metas en el horizonte es lo que permite mantenerse activo y con ánimos de superación.

Ser así trae muchos dolores de cabeza. Qué fácil sería conformarse. Darse por bien servido ante un plato de migajas. Pero creo con firmeza que comparado a ello es preferible ser un poco infeliz.

Es sencillo reconocer a las personas que no ceden, los que declinan la vulgaridad del frenesí con tal de conservar intactos sus principios. Ellos van con la mira puesta hacia adelante y son además poco dados a olvidar las pérdidas. En el alma sensible se agolpan las emociones: incluso la más delicada de las afrentas les produce una crisis en el interior.

He ahí el revés trágico de quienes cargan una perspectiva extensa del entorno, en donde el peso de una serie de capas (donde se incluye el pasado y los condicionales) termina  por agobiar, lo cual da un aire distante, de incómoda estancia en el campo.

Es el costo de reservarse para lo que en verdad importa. El futbol (ver partidos como si en ello se fuera la vida), el arte, el amor y tirarse como niño a reír con las mascotas.

boulan

Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

harem

 

Un cúmulo de sensaciones placenteras

Regresar a la habitación del hotel y encontrar que ya la han limpiado y que han puesto toallas nuevas.

Untar queso crema sobre el pan tostado (sin romperlo).

Quitarte los calcetines luego de un largo día y arrojarlos hacia cualquier parte.

Cuando el volante del auto se desliza entre tus dedos al regresar a su posición original luego de haber dado una vuelta.

Abrir la llave de agua y encontrar que todavía hay agua caliente después de diez minutos de ducha.

Pasar de un pantalón de mezclilla a la ligereza de la pijama antes de tirarte a dormir.

Un gato que camina sobre ti con toda su delicadeza.

Llegar a la última página de un libro que estaba resultando demasiado pesado.

Las piernas de una mujer a través de las medias.

Entrar a un lugar en donde tienen aire acondicionado mientras en el exterior el mundo se empieza derretir.

Descubrir que lo que ibas a pagar en la caja tiene un descuento inesperado.

Tomar una taza de té durante una tarde lluviosa.

Ser el niño que ha terminado los deberes con todo un fin de semana por delante.

Aquella campana en la escuela que indicaba la hora de salida.

Escuchar el olfateo de un perro cuando pasa la nariz cerca de tu oreja.

Morder la  parte final del cono que encierra una porción perfecta de helado.

Encontrar dinero en un pantalón viejo justo en una tarde donde querías comprar alguna tontería.

Ser el niño que ve llegar a un adulto con una caja de pizza entre las manos.

El momento en que la sala del cine se sume en obscuridad momentos previos al inicio de la película.

Tomar un vaso de agua para terminar con una crisis de sed. Agua natural, sin más. La bebida perfecta en tales circunstancias.

Dar un bostezo sin moderación. En una habitación apartada de cualquier testigo posible.

Queda absorto ante una pecera. Olvidarse de cualquier factor externo. Mirar a esos animalitos en el agua: ahí el secreto de la tranquilidad.

Cuando te retiran una venda después de un largo tiempo.

La frescura en la boca luego del lavado de dientes. La satisfacción es tal que uno se pregunta por qué no nos los lavamos al menos diez veces al día.

Pisar una hoja seca y aplastar un plástico de burbuja al mismo tiempo. Experiencias para atesorar con rumbo a la vejez.

Saber que todavía tienes por delante muchos capítulos de tus serie favorita.

Romper la envoltura de un regalo sin ningún tipo de piedad.

Esa primera taza de café por la mañana.

El triunfo que supone hacer reír a un bebé.

Observar el vuelo de un avión de papel. O la travesía de un barco de papel elaborado por un niño.

Abrir el buzón (el de la casa, el tradicional) y encontrar una carta o un pequeño paquete de carácter personal.

Irse a dormir con la certeza de que la alarma del despertador ha sido desactivada.

Los pies hundidos en la arena mojada.

Dar por fin con las llaves perdidas.

Una lata aplastada con un pisotón. Sentir que el siguiente paso es el dominio del mundo.

Una ensalada saludable que, de manera extraña, tiene un sabor estupendo.

Anotar un gol durante un partido entre amigos. O en un torneo de alcance internacional, según cuentan los expertos en la materia.

Cuando la abeja que amenazaba con picar se aleja de la mesa.

Quedar despierto durante toda la noche e ir a dormir con el comienzo del amanecer.

Llevar a un niño a ver una película. Una vez terminada, ir por un helado para comentar las escenas favoritas.

El olor interior de un auto nuevo.

La aparición de tu artista favorito en el escenario donde dará un concierto.

Ganar en el piedra, papel o tijera. Lo mismo con un volado. Sentir que eres un estratega de talla global.

Salir victorioso del cajero automático con un puñado de dinero. Varios de los momentos más dulces de la vida ocurren ahí, con el perdón superficial.

Devolver a un perro perdido a su dueño.

Encontrar una razón para salir de la cama cada día.

La travesía por una librería de viejo. Dar con joyas que cuestan menos que una botella de agua.

El refugio de una sombra en medio de la asfixia de un día soleado.

Ser el encargado de abrir un frasco que una persona mayor (tu abuelita) no pudo abrir. Y conseguirlo.

Encestar una bolita de papel en el bote de basura.

Despertar en la plenitud de la madrugada, mirar el reloj y caer en cuenta de que todavía hay tiempo para dormir tres o cuatro horas más.

La vida se aligera después de un buen corte de uñas.

Un partido de futbol y nada más. Poder sumirse en lo que pasa por la televisión sin ninguna otra preocupación. Ya se tiene suficiente con el contragolpe que arma el equipo contrario.

La llegada un obsequio inesperado. Una simple paleta lo puede significa todo si aparece en el momento adecuado.

El inicio de las vacaciones. Adiós a los pendientes, concentrarse en disfrutar. La cuenta empieza de nuevo.

El silencio que impera dentro de un museo. Los pasos provenientes de una sala que parece dictar un mensaje secreto.

Visitar el centro histórico de cualquier ciudad, perderse en las calles sin agobio alguno y terminar en algún tugurio con meseros amables.

Una banda de jazz — de las buenas— en vivo.

Pasar los dedos por las teclas de un piano, aunque no sepas tocar nada que resulte placentero al oído.

Despreciar las aventuras y deportes extremos de la comodidad de un sillón reclinable.

Leer un cuento para que alguien pueda dormir.

Ir a una cafetería sin ningún acompañante. Disfrutar de la bebida y la lectura de un libro, periódico o revista. Tener una libreta a la mano por si de pronto surge una idea importante.

Platicar con alguien que viene de un país lejano.

Cuando el trayecto ha terminado y el destino se revela ante los ojos.

Llegar al final. Al punto final.

pasar o no