Mourinho no está hecho para estos tiempos

mourinho

“Quiero mantener buenas relaciones con todo el mundo, pero lo más importante es mantener una buena relación conmigo mismo”.

—José Mourinho.

 

José Mourinho fue invitado a realizar el saque de honor en un partido de hockey llevado a cabo en Rusia. Aunque él no pintaba mucho ahí, fue un gesto que reconocía su estatus como figura dentro del deporte. El problema es que después de atender el protocolo, el portugués se resbaló con la alfombra roja que algún lumbreras colocó en la cancha de hielo. El bochornoso momento quedó captado por múltiples camarógrafos que apuraron la viralización de la estampa.

El traspié parecía cerrar un ciclo de horror para el entrenador luso, pero todavía venía algo peor. Un día después fue condenado a un año de cárcel (que no tendrá que sufrir, al no contar con antecedentes penales) y a una multa de tres millones de euros por fraude fiscal en España. Esta vez sí que tocaba fondo o al menos un mínimo histórico. Su estatus está más cuestionado que nunca y no queda claro cómo podrá salir de la maraña en la que está metido.

El declive viene de tiempo atrás. Mes y medio antes de la caída fue echado del Manchester United por los malos resultados obtenidos. Los jugadores simplemente no carburaban con él, aunque a su salida milagrosamente recuperaron el talento para remontar posiciones en el campeonato local.

No son buenos días para Mourinho que a últimas fechas pareciera haber perdido el rumbo. Si bien no ha caído en el desastre, ha despertado señalamientos por acabar mal en sus últimas aventuras con el Chelsea y el United. Los detractores que se ha labrado a lo largo del camino están de plácemes, desfogando la bilis acumulada por medio de insultos.

Visto con frialdad, el haber ganado la Premier League en la temporada 2014/15, en la que también ganó la Copa de la Liga, así como UEFA Europa League en la 2016/17 (que coronó con otra Copa de la Liga), no está nada mal. Cualquier otro entrenador estaría contento con el botín y aquello sería suficiente para ser candidato a dirigir cualquier club del mundo. Pero con Mourinho no es así. El técnico luso está acostumbrado a arrasar y cualquier cosa que no sea ganar una Champions más Liga le sabe a fracaso.

Después de todo es alguien que ganó dos Copas de Europa de especial kilataje por haber sido conseguidas con el Oporto y el Inter de Milán. También ganó la Liga de los récords con el Madrid y sentó las bases para que los merengues retomaran su reinado en Europa. Lo respaldan alrededor de 25 trofeos, un mérito que ha logrado sostener en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

Hubo algo más que lo marcó. Su enfrentamiento deportivo y dialéctico con Guardiola y todo lo que el Barcelona representa. Esa relación combativa dejó alguno de los episodios más memorables del futbol en el siglo XXI. El Mourinho más inspirado estuvo ahí, cuando plantó cara al falso buenismo de los catalanes a través de dureza y asumiendo el papel que se tenía que asumir. No fue sumiso ni aceptó la hegemonía culé que el resto de los clubes asumía como inapelable, con la cabeza baja y hasta de modo reverencial.

“Mourinho nos hizo espabilar. Estábamos aceptando una situación que no podía ser”, ha dicho Xabi Alonso sobre cómo Mou les ayudó a recuperar la confianza para competir con el Barcelona. El guiño también es de Álvaro Arbeloa, quien aún se muestra respetuoso con el portugués. “Fue capaz de bajar a ese Barcelona de la cima. Y no ha recibido suficiente reconocimiento por esto”, apuntó, al tiempo que recalcaba otro de los méritos del entrenador: haber dejado el ambiente de tal forma que finalmente Pep tuvo que abandonar al equipo blaugrana.

Para ello empeñó su cuerpo y alma. Fue un trabajo de 360 grados, no solo en el diseño táctico, los partidos y los entrenamientos, también en la agenda mediática, lo administrativo y el duelo ideológico. Quedó tocado por los reflectores y parecería que después de tal labor no ha vuelto a ser el mismo.

Aquel Madrid de Mourinho dejó de lado las normas sociales y regresó el futbol al fango, al sacrificio y a una manera de entender el compromiso. “Señorío es morir en el campo, no filosofía barata”, fue una de las tantas perlas que soltó ante micrófonos.

El éxito del mourinhismo recae en su primacía como jefe dentro del vestuario. Su estilo de dirección no permite la rebeldía, sino que demanda de los jugadores un compromiso y una devoción total por el entrenador. Sus mejores momentos en el banquillo han llegado cuando los futbolistas lo asumen como un comandante, más que como un gestor deportivo o un compañero de viaje.

Es el tipo duro, un tirano que debe controlar todo a su alrededor. La democracia no va con hombres así. Tal nivel de dominio es difícil de mantener a largo e incluso a mediano plazo. El nivel de exigencia y protagonismo es tan grande que pronto se erosiona. Pero sobre todo no funciona mucho con el perfil de los jugadores actuales, aspirantes a estrellas de Hollywood que buscan lucir por encima del DT y el grupo mismo. Esos que dejan de esforzarse y boicotean al jefe cuando les cae mal, les habla fuerte o los hace correr más de lo necesario.

Las complicaciones recientes de Mourinho tienen que ver con ese choque generacional. Le es difícil lidiar con el nuevo perfil de jugador que aspira a ser el centro de los proyectos deportivos. El pique que mantuvo con Paul Pogba como antes con Cristiano Ronaldo hablan de esa naturaleza que se nota desde el peinado. Para Mou solo debe haber un gallo en el corral. Y debe ser él, como indica su tradición futbolística, esa que lo vincula a la inclemencia y agitación de los Bill Shankly y Brian Clough.

The Special One se las ve canutas con la suavidad y lo políticamente correcto. Si Guardiola es fanático de Coldplay, Mourinho es un arrebato que no se anda con cursilerías. Antes que nada es un personaje, un hito de la cultura pop del que algún día se debe hacer un gran libro. El malestar que genera, las pullas de gracia y la pasión que genera lo consolidan como un genio más complejo que cualquier otro en el mercado.

Como aquella canción de los Beach Boys, Mourinho no está hecho para estos tiempos, tan afables, tan censores, tan aburridos. Tampoco va con futbolistas propensos a mirarse al espejo y a comer ensaladas.

El viejo lobo portugués apela al perfil de los espartanos. Materazzi, Xabi Alonso, Arbeloa, Sneijder, John Terry, Carvalho… sujetos que compensan cualquier limitante con honor y fidelidad absoluta. Hombres en serio.

A partir de hoy le tocará reinventarse. O esperar a la vuelta de un puñado de fieras. El objetivo que seguro aún tiene es volver a ser el puto amo. Que nadie lo dé por muerto.

 

En defensa del automóvil

stevemc

El automóvil tiene muchos enemigos a últimas fechas. Pareciera que andar sobre un vehículo motorizado le convierte a uno en un demonio que no se preocupa por la ecología y el porvenir de la humanidad. Se habla mucho de las bondades del transporte público, las bicicletas y, esto es el colmo, hasta los patines del diablo. Algunos en pleno delirio incluso reivindican la pertinencia de caminar, como si todos estos años de evolución científica no pudieran darnos el gusto de mover el cuerpo lo menos posible.

Sí, la demonización de los automóviles ha entrado en una etapa radical. Las críticas se extienden a lo insostenible que resulta continuar con ellos en un mundo en apariencia saturado como el que tenemos ahora.

Es verdad, en ocasiones los atascos que se presentan en la calles llegan a desesperar. Padecer de un embotellamiento provoca que te salga una cana. Igual que los baches (topar con uno causa dolor en las muelas, no preguntes cómo) y el tránsito local que está conformado por múltiples memos que hacen de las ciudades verdaderas junglas de asfalto por las que no se quisiera volver a pasar.

Aún así, que no te engañen. El auto sigue siendo el medio de transporte con mayor encanto de todos. La simbiosis que a lo largo de varias décadas ha logrado con los seres humanos lo ubican en un plano superior.

Es más que una máquina con la que puedes ir de un lugar a otro. En la secuencia hay mucho de emotivo y de estatus. Aprender a conducir es un acontecimiento importante para los seres humanos. También llevar la reliquia fue legada por los familiares o adquirir al fin el modelo que tanto se ha deseado.

Está la cuestión del confort experimentada ya desde la infancia cuando se subía al asiento trasero del auto sin la menor preocupación. Los adultos se preocupan de todo adelante como protectores y choferes que configuraban un cuadro entrañable. La proximidad de los mayores con los pequeños es un ecosistema íntimo que se percibe como hogar.

Los beneficios van también por cuestiones de imagen. Dentro de un coche no caerás en despropósitos como el del cansancio, el asoleo y la sudoración que ocurren en otros tipos de transporte en donde los usuarios se ven obligados a padecer auténticas torturas como pedaleos y movimientos de rodillas, por no mencionar los apretones dados en las horas pico.

El auto confiere un gran margen de libertad. Si tienes uno puedes ir a donde quieras. Abandonarlo todo y comenzar de nuevo en otra parte. No necesitas verte hacinado en un autobús o combi con otras personas que llegan a ser agresivas e inclementes en un mal día y en donde, encima, tienes que seguir rutas pactadas de antemano, así como padecer de paradas constantes que frenan el flujo de los sueños.

En cambio el motor y las cuatro ruedas ofrecen la posibilidad de tomar tu equipaje y elaborar tu propia ruta. O poner música y andar sin rumbo como ofrece el amparo de la noche en uno de los actos de relajación más cautivantes de todos.

Con el auto se emprenden viajes de carretera. Se abandona el ajetreo del lugar de origen para ir y venir entre pueblos y rutas desconocidas. Probar atajos, perdiciones y hallazgos sobre la marcha.

Tomar el volante es uno de los grandes actos de control que pueden experimentarse desde los márgenes de lo socialmente aceptable. Años de innovación quedan a merced de nuestras manos y ante los ojos solo queda el horizonte dispuesto para explorar.

Transciende a cualquier transporte. Es un refugio en varios sentidos. Una guarida lo mismo para la lluvia que para las decepciones y en donde, si todo sale mal, incluso cabe la opción de echarse a dormir.

Nada de lo anterior ocurre del mismo modo entre los inventos que aspiran a hacerle competencia. El Segway no es un Mustang.

Es innegable que conforme pasan los años se vuelve indispensable recurrir a alternativas que ofrezcan un alivio a las vías de desplazamiento. El metro, los camiones, las bicicletas y los scooters son opciones que muchos hemos tomado y que, además de tener ventajas, resultan respetables para quienes gusten de ellas si representan una mejora para sus vidas.

Pero no. No son el automóvil. Carecen de su belleza, de su candor, de su mística. Nunca será igual llegar agitado y sucio debido al uso de medios distintos al automóvil, ese que permite llegar en la comodidad desde donde se tiene a disposición un largo terreno.

Llevar de copiloto a la persona deseada es otro de los factores que cuentan. Y mucho. Al auto es acogedor y solo se deja entrar a seres de confianza. Abrir la puerta ya es de por sí una ceremonia. Avanzar en compañía, en ese breve universo personal, le añade lo maravilloso a una estampa en donde se dibujan recuerdos que algún día habrán de rugir.

Una última consideración al NAIM, por favor

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El tema del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) volvió a la palestra en días recientes. Aunque parecía un asunto ya cerrado e incluso agotado, hay elementos para tenerlo en mente. Y no solo eso, también para pensar que el gobierno de México debe reconsiderar su postura y hacer un viraje histórico que, aunque complicado, permita continuar con su construcción.

El presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que el terreno donde aspiraba ubicarse el NAIM estará destinado a convertirse en un especie de parque ecológico y deportivo. El mensaje llegó casi al mismo tiempo que la polémica sembrada por dos noticias que dieron la vuelta en distintos medios: los 34 mil millones de pesos pagados a inversionistas por el concepto Fideicomiso de Inversión y Bienes Raíces al que obligaba la cancelación del proyecto, así como la postura de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés), la unión multinacional que agrupa a más de 260 líneas áreas (casi la totalidad de las compañías que existen el mundo), que ha reiterado con severidad lo inviable de tener tres aeropuertos como ha propuesto el gobierno federal, así como las pérdidas multimillonarias que implicaría seguir con un esquema que hasta el momento es más voluntarioso que firme en lo que se refiere a la logística.

En realidad mucho lo anterior ya se sabía. El costo económico, operativo y social del adiós al NAIM fue expuesto hace meses. Decenas de argumentos han sido mencionados a favor y en contra de la obra. Los primeros más pragmáticos y apegados a la técnica y al desarrollo, los segundos orientados a una cuestión relativa a la renovación del sistema y la lucha contra los malos manejos. No obstante, hasta ahora no ha sido posible procesar a nadie por la presunta corrupción y el INAI ya ha empezado a presionar en este sentido pidiendo a Presidencia sustentar con solidez los dichos al respecto.

Hay, sin embargo, otro eje que muestra lo delicado del panorama. La calificadora de riesgo Standard & Poors bajó a ‘negativa’ la perspectiva sobre calificación de México que se mantiene en BBB+, pero cuyo horizonte podría cambiar debido principalmente a la incertidumbre generada por el manejo de Pemex.

Aunque el NAIM se cuece aparte, en el plano internacional se empieza a fraguar una imagen de un México poco serio que no es conveniente tener. Y si hay una forma de retomar confianza y un aura de limpieza en el exterior, esa sería el rescate de la mega plataforma que supone tener uno de los mayores aeropuertos a nivel global.

Algunos de los que reivindicaron la idea de frenar el NAIM, pese a todo lo negativo que ello conllevaba, adujeron que, ante todo, se trataba una cuestión simbólica que implicaba romper con las malas prácticas del régimen anterior.

Si bien esta cuestión es estimable, el costo es demasiado alto como para asumirlo por mera alegoría. Y aquí es en donde acaso se abra una brecha de oportunidad.

Ningún punto como el actual es mejor para refrendar el camino. López Obrador ya obtuvo el triunfo que buscaba: mostrar músculo ante una clase política y empresarial que se contraponía con su ideario de lo que significaba la nación. Enseñó a nivel local y territorios foráneos que es capaz de tomar decisiones de cualquier clase sin titubeos y que cualquier detalle que escape a su visión de honestidad puede echarse para atrás, cualesquiera que sean los embates.

Si se anima a volver a la construcción del NAIM, Andrés Manuel podría catapultarse como un líder sensato que sabe enmendar e ir con la cabeza fría, emularía a los mejores tiempos de otro prócer de la izquierda, Lula da Silva, quien supo maniobrar y convencer a sectores tanto populares como empresariales e internacionales, aunque a la postre se caería por otros factores.

La rectificación añadiría una victoria adicional a su bolsillo. Traería una tranquilidad que urge a su sexenio y podría tratarse del punto de inflexión que le haría cerrar uno de sus frentes más enredados. Si bien podría recibir reclamos del ala más radical de su movimiento, en términos generales su trayectoria ha mostrado que sus seguidores saben comprender y defender cualquiera de sus determinaciones.

La idea parece remota, tal vez disparatada. Más un deseo que una sustantividad que pueda concretarse. Pero si así fuera, si el presidente quiere marcar una pauta con aire de jugada maestra, que reconsidere el NAIM. En especial porque la alternativa no lleva avance alguno y su viabilidad ni siquiera tiene el aire de certeza.
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Publicado originalmente el 4 de marzo de 2019.

Ser rico no es malo

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“Ser rico es malo, es inhumano”, dijo alguna vez Hugo Chávez. Fue una de sus frases más famosas, una perspectiva de algún modo ha anidado históricamente en algunos círculos de la sociedad, quienes han tomado a las clases altas como los enemigos del pueblo, un antagonismo que parte de conclusiones no siempre acertadas.

Tal postura atiza a algunos de los peores sentimientos humanos. Una posición prejuiciosa que pone en el mismo bote a todos los que cometen el pecado destacar en el plano económico.

La riqueza no tiene nada de malo en realidad. Siempre y cuando la fortuna haya sido generada de forma honesta y legal no habría que reprochar a nadie que posea dinero y lo gaste como mejor le convenga.

Es importante desechar la idea de que los ricos son entes malévolos a los que hay que combatir; condenar el éxito y la prosperidad son síntomas de una sociedad que cree al tirar a los demás de algún modo logrará subir un par de peldaños en su camino personal. Nada más lejos de ello.

En lugar de demonizar a las personas de altos recursos, habría que quitar trabas y encadenamientos para que cada vez más personas puedan incorporarse al sector acomodado. La pobreza es una condición dolorosa que no es conveniente sacralizar y, por el contrario, hay que ingeniárselas para que la población aumente su poder adquisitivo.

Tal vez el sector empresarial debería ser autocrítico ya que existe una percepción de su carácter endogámico que rara vez deja subir a aquellos que no pertenecen a sus propios círculos y que no invierte ni apuesta con la suficiente audacia como para impulsar al territorio en el que se encuentran. En ello también influye un estatismo desbordado que condiciona a los emprendedores y les hace avanzar a pasos tibios.

La retórica de la condena a los ricos ha sido enarbolada habitualmente por cierto sector de la izquierda. En México se ha convertido en una de las banderas más recurrentes entre los políticos, en un discurso que eventualmente les habrá de estallar en la cara.

Aunque los funcionarios de gobierno se llenen la boca hablando de austeridad o asuman el papel de los clanes populares, lo cierto es que todos ellos gozan de sueldos privilegiados y de excepción por mucho que los recorten o recurran a argucias para aparentar estar lejos de la opulencia.

La endeblez de semejante criterio queda evidenciado constantemente. Cuando se reveló que Olga Sánchez Cordero poseía un departamento en Houston con valor de 11 millones de pesos más de una voz clamó por la incongruencia que la autoproclamada Cuarta Transformación, que ha erigido la “justa medianía” como una de sus credenciales.

De manera injusta, la secretaria de Gobernación fue estigmatizada y el enredo que su declaración patrimonial provocó se convirtió en una pequeña crisis dentro del gabinete presidencial.

Lo cierto que como ex ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y como alguien ha trabajado en alto nivel a lo largo de varias décadas la mujer está en todo su derecho de adquirir propiedades tal como le venga en gana. De nuevo, no tiene nada de malo.

Sánchez Cordero ha sido víctima de un discurso insostenible en la realidad que ya ha afectado a varios funcionarios (señalados incluso cuando van a restaurantes de caché o cuando conducen autos que superan al vocho de Mujica) y que seguramente seguirá atormentando a más de un empleado público que no podrá apenas lucir de lo que gana bajo los márgenes de la ley solo porque ya se ha instalado la idea de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre.

La discusión llegó a su punto más elevado al inicio del actual sexenio cuando la Presidencia de la República se confrontó con el Poder Judicial debido a que los primeros consideraban que los segundos recibían pagos excesivos por su trabajo, algo que chocaba de lleno con la modestia republicana y la idea de que nadie puede ganar más que el mandatario de la nación.

A ello hay que añadir las decisiones que se tomaron respecto al avión presidencial, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México y el Gran Premio de México de la Fórmula Uno, entre otros, todos ellos desechados por considerarse un dispendio, pese a los probados beneficios que suponían.

En la era en el que el término fifí se ha expandido medio en broma, medio en condena, bien convendría serenar el ambiente y asumir la cultura del bon vivant sin complejos. El criterio que se pone a los servidores públicos puede variar respecto al sector empresarial porque ahí se involucra dinero que proviene de los bolsillos de todos, incluso de aquellos que viven a duras penas.

Pero de poco o nada sirve que, ya instalados en un sistema como el que se tiene, pensemos que quienes se encuentran en el poder deben verse sumidos en una moderación asfixiante. La austeridad es digna y deseable, pero debe aplicarse cortando aquello que no funciona y aquellos que no desquitan salario. Los que aportan, los que reditúan en mayores ingresos, a ellos se les debe pagar bien para que se mantengan dentro de las filas que benefician a todos.

Y ellos deberán gozar el fruto de su trabajo. Ser rico no tiene nada de malo si el botín se ha conseguido con justicia. Desde el oficialismo hasta la opinión pública habrían que tenerlo en cuenta o tarde o temprano terminarán por morderse la cola.

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Publicado originalmente el 25 de febrero de 2019.

La pantomima del Mijis y su desdén hacia San Luis

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San Luis Potosí le queda chico a esa eminencia conocida como El Mijis. O al menos eso es lo que él parece creer. No es solo el diputado local con más faltas a las sesiones del Congreso, y el que más sale de la entidad para sostener una agenda mediática paralela a sus responsabilidades como servidor público. También es alguien cada vez más insatisfecho e incómodo con la tierra que tuvo la fortuna de verlo crecer.

La cuestión quedó bien retratada hace unos días cuando el diputado viajero estalló ante un grupo de reporteros potosinos a los que pretendió dar cátedra de cómo hacer su trabajo. La faceta de gurú periodístico en Pedro Carrizales era hasta entonces desconocida, pero ahora se ha sumado a su particular estuche de monerías que lo destaca como activista, político, chavo banda, voz de los excluidos y adalid de la justicia universal.

Durante su exposición, como un verdadero lord de Polanco, El Mijis amenazó con abandonar San Luis Potosí si es que los comunicadores de provincia no trabajan como él considera correcto.“Les voy a decir de una vez y que quede bien claro, si me llegan hacer una canallada, se los juro que voy a pedir licencia”, dijo. Y luego sacó a relucir su condición de superestrella, para imponer con el estatus de ser superior. “Voy a hacer un llamado a nivel internacional”, explicó, aduciendo que su vida estaba en peligro.

Más de un reportero seguramente se lo pensará dos veces antes de escribir la próxima nota sobre el susodicho, no vaya a ser que el diputado cumpla su palabra y abandone la ciudad privándonos así de su honorable presencia, el único astro con el que por ahora contamos para iluminar la región.

La actitud que tuvo con los medios locales contrasta con el afecto y conexión espiritual que tiene con las cadenas nacionales a las que tiene como prioritarias. Carrizales aparece en cuanta entrevista o show le sea propuesta, a las que anima con su notable gracia y don de gentes.

La estrategia es entendible. El Mijis se encuentra cada vez más desacreditado en San Luis Potosí, mientras que en otras latitudes, donde no conocen sus mañas, es aún visto como impoluto, como una marca o atracción, en vez de ser tomado como lo que es: un hombre complejo, con virtudes y defectos. Con algunos aciertos, limitaciones y tantos otros traspiés.

La verdad es que aunque El Mijis se haga el representante de las clases populares, sus actos lo muestran como un tipo más fascinado por el glamour de la Ciudad de México y el extranjero, esos nichos de mercado en los que ha encontrado una forma de propagar su magia como parte de un plan de dimensiones aún desconocidas.

Lo anterior es respetable. Todos están en su derecho de explotar su imagen y buscar una proyección internacional. Ojalá lo consiga y logre aportar a la nación. Lo curioso es la impostura. Una forma de entender la política que es difícil sostener en la práctica.

Allá donde su trayectoria no ha sido analizada puede seguir con la pantomima que tiene de outsider. Una actitud que le ha granjeado muchos simpatizantes —incluso dentro de círculos que son críticos de la izquierda— que lo ven como un ente luminoso, una figura refrescante lejano a las viejas prácticas de las que muchos están agotados.

El Mijis ha sabido manejar bien la oportunidad. Pero se le notan las costuras. En sus propuestas hay mucho de pirotecnia, un hambre voraz por llamar la atención e instalar al buenísmo de lleno en la agenda. Mientras en su localidad se muestra déspota con los reporteros, a quienes condiciona en su trabajo, por otro lado en redes sociales aprovechó un insulto de Ricardo Alemán para pavonearse por una iniciativa de protección a periodistas. “Mientras tú me atacas, yo te defiendo a ti, con mi iniciativa para mejorar el sistema de protección a periodistas”, dijo el magnánimo.

En su propia cuenta de Twitter, Carrizales Becerra ostenta la coherencia como una de sus mayores virtudes. “15 años de lucha por mis ideales, no es solo un discurso, es un principio  que llevo tatuado en mi corazón. En mi vida no hay traición ni incongruencia”.

Sin embargo, a veces da la impresión de que, aunque lo niegue, mucho de él sí que se queda en el mero discurso. A principios de 2019, El Mijis se manifestó en contra las tropelías de Nicolás Maduro en Venezuela y pidió al gobierno mexicano reconsiderar el principio de no intervención debido a las violaciones de derechos humanos que ocurren en el país sudamericano.

Aquel mensaje fue sin duda admirable y despertó comentarios halagadores en la opinión pública. Lo que muchos de ellos no sabían es que el reputado legislador tiene a dos asesores, David Reyes Medrano y Víctor García-Mata, que son abiertamente defensores y admiradores de la revolución bolivariana y que hace apenas unos meses estuvieron en la embajada de Venezuela en México mostrando su respaldo al régimen chavista.

La bandera que El Mijis ha tomado recientemente es la de ir a contracorriente respecto a la coalición que le dio la oportunidad de adentrarse en el servicio público. En redes ha mostrado crítico con las que a su juicio son algunas decisiones equivocadas de la 4T. Esto es muy valeroso y merece un reconocimiento, ya que aparenta una independencia intelectual.

Lo malo es que se queda corto: a menudo se trata de un mera acrobacia discursiva contraria a la actitud que toma cuando tiene encuentros con los jerarcas de la 4T ante los que se muestra lambiscón, complaciente y ante los que lanza piropos dignos de Waylon Smithers. A Mario Delgado lo ha llamado “el mero machín”, el mismo epíteto que le puso en su momento al presidente Andrés Manuel López Obrador. A Yeidckol Polevnsky, por otra parte, le llama “jefaza”.

El lujo y los grandes reflectores son una gran tentación. El Mijis debe aprovecharlo mientras alguien se la siga comprando. Solo tendría que serenarse un poco y no desatender sus responsabilidades en San Luis Potosí ni desmerecer a la sociedad que, a fin de cuentas, fue la que lo encumbró. Y gracias a la cual goza de un jugoso salario de élite, por cierto. Si quiere irse, que lo haga. Está en todo su derecho de expandirse. Lo extrañaremos. Pero que mientras tanto no extienda la mano solo cuando le conviene, como el pasado 9 de febrero, cuando pidió un préstamo de 162 mil pesos al Congreso del Estado. Una cantidad que seguramente no le darían sus amigos de Harvard por los que tanto se desvivió.

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Publicado originalmente el 18 de febrero de 2019.

La ceguera voluntaria que favorece a los políticos

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Hay una condición ante la cual queda poco que hacer cuando llega la hora del debate político. Esto ocurre cuando una de las partes se niega a atender los hechos y evade la realidad, prefiriendo echar los brazos a explicaciones tan disparatadas como consoladoras.

Se trata de la ceguera voluntaria a la que se adscriben muchas personas que por motivos de interés, estrategia o vana esperanza, optan por tirar los hechos por la borda. Convierten el análisis un asunto de fe ante el que las razones o los argumentos valen casi nada.

El miope intelectual ha decidido que todo aquello que vaya contra la concepción previamente establecida será descartado en automático, será escuchado pero no atendido. Da igual, el susodicho se mantiene en el burro hasta mimetizarse con él.

En lo anterior yace la gran desgracia del intercambio de ideas. Lo importante ya no es llegar a la verdad. En cambio se opta por tomar un bando y a partir de pasiones y prejuicios se desmonta cualquier idea que ose contradecir lo que se asume como la correcta, aunque los únicos indicios de ello sean las palabras del líder al que se da el estatus de único referente.

La renuncia a las facultades críticas acaba en una candorosa sumisión. El ciudadano cede su voluntad al son que le mande la nomenklatura.

Llegado a este punto la única fuente válida para ellos es la que viene del poder hegemónico. Un tanto a la usanza de Fidel Castro, siguen el dogma que no admite matices. “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Cada quien puede tomar la postura que desee y hacer consigo mismo y su discurso lo que mejor le venga en gana. Faltaba más. Por fortuna dentro del mundo occidental no se vive bajo totalitarismos que obliguen a los individuos a comportarse de determinada forma y mal haríamos como sociedad si exigiéramos alguien tomar la conducta que mejor nos parezca.

Simplemente es triste ver que personajes en apariencia ilustrados tiren por la borda sus posibilidades intelectuales para, en cambio, asumir el papel de ovejas amaestradas.

Las figuras políticas desfilan muy campantes con una población así, una que no cuestiona, una que no levanta la voz y que encima funge como cuerpo de defensores frente a los mavericks que tienen a la desfachatez de la protesta.

Sin estar dentro de la nómina ni tener cargos honorarios dentro del gobierno, estas personas se asumen como parte de un movimiento del que en realidad no forman parte, o en el que si acaso tienen la jerarquía de un isóptero. Se olvidan del lugar de donde vienen y la tribu que los echa en falta: la ciudadanía.

Los políticos cuentan con un poder enorme. Hay circunstancias en las que pueden pasearse a placer. Si nadie les pone un alto comen y comen espacio para aumentar su margen de maniobra hasta asfixiar un posible balance.

Frente al aparato de un gobierno que cuenta con el monopolio de la fuerza y a distintos poderes dentro de su jurisdicción, queda tan solo la posición ciudadana para acotar, aunque sea una fracción, los posibles abusos que pudieran cometer.

La crítica, la movilización, la burla y la protesta en cualquier magnitud son armas en disposición de los habitantes de un país. Ante ellas, las autoridades que acaparan las instituciones se lo piensan dos veces antes de incurrir en prácticas nocivas de gobernanza. Saben que hay un costo político ante cada agandalle, cada torpeza. En cambio, si perciben hay entes pasivos y complicidad de parte de los votantes, poco o nada les importa exprimir lo que les plazca.

Quienes se inclinan a la ceguera voluntaria, los que cierran los ojos ante los traspiés de lo idolatrado y ponen un escudo ante los denunciantes, hacen un favor a regímenes que a final de cuentas no retribuirán los servicios desde las alturas.

No se trata de torpedear ningún proyecto ni caer en el vituperio gratuito: cuando una administración lo haga bien habrá que reconocerlo. Igual que cuando se equivoque, donde incluso conviene alzar el volumen.
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Publicado originalmente el 11 de febrero de 2019.

Aristócratas a la vuelta de la esquina

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Hace tiempo, refiriéndose a los plagios cometidos por el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (que no impidieron que de manera funesta se le entregara el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2012), el gran Jorge F. Hernández señalaba un tipo particular de aristocracia: la de los que se comportan con decencia.

Pertenecemos a la aristocracia, decía el escritor mexicano, “quienes tuvimos la suerte de que yo ni mi padre, ni abuelo tuviésemos que recurrir al plagio, a la mentira o a la lucha entre la necesidad y la conciencia. Nunca necesitamos envidiar ni suplicar a nadie, no conocimos la necesidad de adjudicarnos para conseguir dinero, artículos periodísticos ajenos, una posición en la alta sociedad de los Premios con mayúsculas y otras pruebas similares a las que se exponen los pobres de espíritu”.

Ante el detrito de amplios sectores dentro de la sociedad (el cochambre halló un gran nicho de mercado), bien haríamos en reivindicar la rectitud como un medio para ascender a un plano superior y evitar así que el eje del mal siga campando a sus anchas con su dinámica de gandallismo que bajo la trampa se hace de recompensas inmediatas pero indignas.

El actuar con honorabilidad confiere un tipo de nobleza distinta al derecho hereditario, supone más bien la elevación construída. Un logro mayor del individuo que a base de voluntad decide abandonar el esperpento para conducirse con generosidad.

Pertenecen también a la aristocracia los que no hacen escarnio de los débiles, los que no escupen en las calles, los que no se portan sumisos antes los abusos de los poderosos, los que aún hacen sonar a Bach, Mozart y Beethoven. Merecen título nobiliario los que alzan la voz ante la injusticia sin importar que ello les cause apuros personales, los que no ventilan intimidades ajenas y los que saben guardar secretos de los que alguna vez fueron amigos.

Quien sale a rescatar perros y gatitos bien podría ser un duque o duquesa. Lo mismo que el principado de los platican con la anciana del mercado que está ansiosa de un oído sincero. Que conviertan en marqués al que no viola la privacidad de las mujeres con las que ha estado y al que llega hasta la tumba reservando para sí sus hazañas dentro de la alcoba.

Es aristócrata quien lleva a su sobrina a ver el Cascanueces y quien regala un libro definitorio para quien se hundía en la pereza del castigo. Lo es, igualmente, el hombre que se parte el lomo para llevar el pan a casa y la madre que por cuenta solitaria enfrenta miles de adversidades para sacar adelante a sus hijos.

En alguna dimensión del universo la corona es para quienes sufren en silencio, los que apechugan en pos del bien ajeno y asumen las consecuencias de sus actos. Reciban el título de conde los que donan órganos y sangre, los que van de día de campo sin dejar el pasto hecho un basurero.

El que se abstiene de mentar la madre con el claxon está cerca de los príncipes como alteza serenísima se vuelve quien planta cara mientras el resto voltea hacia otro lado.

Dejemos como vizcondesa a la que pone un disco de jazz en el trabajo, a la que abre una cafetería afrancesada a sabiendas de que va a tener difícil competencia y demos un señorío a aquel que hace feliz a la gente.

No olvidemos al que se niega a ser parte del círculo de la corrupción, aunque sea en una parte mínima. A los que no son mezquino y rectifican errores. Los que contribuyen con un grano de arena para sostener al mundo desde sus espacios. Los que guardan silencio cuando hace falta, los que no se aprovechan de la inocencia de los otros. Los que limitan al máximo la chabacanería. Al que tiene el cariño de alguna mujer.

Y cómo negarle la entrada al Olimpo a los que guardan las normas de limpieza. Los que ceden paso a las damas. Los que conservan tradiciones sin temor a los modernos. Los que leen historias a los niños antes de dormir. Los que abren y comparten una botella de vino. Los que pagan las deudas a tiempo. Los que visitan a la abuela. Los que no usan lentes obscuros dentro de lugares cerrados (ni gorras). Los que nunca traicionan y mueren por los suyos. Los que desprecian la vulgaridad y los que se retiran de donde hay poca clase. De todos ellos se hace un reino en la tierra.

No abundan, pero si uno abre bien los ojos, alrededor de la comarca se encuentran algunos aristócratas de cara discreta. Gente sin capas ni cetros, que actúan como se debe sin otro motivo que el de respetar el legado de quienes conforman la familia. Son los hombres y mujeres educados, los que no dan la nota de vergüenza gracias a un elegante porte libre de vanagloria.

Una lección de Hitchens

hitchens

Qué mal estamos llevando la discrepancia. La discusión honorable parece haber quedado millas atrás y lo que queda ahora es la demonización de cualquier opinión que resulte distinta.

Un grupo de sujetos —que ya conforman una masa pestilente— ha consolidado, al fin, un objetivo añorado desde la Francia del siglo XVIII. La de dividir todo entre buenos y malos (ellos pertenecen al primer bando, desde luego). La pluralidad es negada e ir contracorriente es más riesgoso que nunca. Para ellos lo importante ya no es llegar a la verdad, sino mantener el dogma, ostentarse como los héroes de la película. Por eso solo se juntan con los de la misma especie; para reafirmarse, no para enriquecerse. Por tener simpatizantes llegan a creer que a cada instante llevan la razón.

Duele ya no poder dar una opinión fuera de la norma porque de inmediato salen las fauces llenas de espuma dispuestas a etiquetar. No hay la menor reflexión, sale más fácil (y redituable) decirle al otro que es un facho, un conservador, un machista, una loca, una histérica antes que pararse elaborar un discurso prudente.

Y también es de lamentar que no haya deportividad en el debate. Si alguien tiene una opinión política determinada corre el riesgo de que parte de las amistades se le derrumben porque ellos apoyan a un demagogo muy adorable.

Ante tal panorama algunos optan por el silencio. Así se evita uno las enemistades, la tirria del hatajo de tercos. Abstenerse es una opción digna y elegante, sin dudas. Lo que pasa es que existe un efecto secundario: los necios creen haber ganado la disputa, siguen montados en su pila de pañales carcomidos. Tal estirpe incestuosa que se revuelca en el lodo que considera la cima del mundo.

Mucho tiempo callé. Prefería ignorar a los comentarios obtusos y guardar opiniones que de cualquier modo no iba a cambiarles el modo de pensar. Si algo es cierto es que ellos están poco dispuestos a rectificar. Aceptar el equívoco supondría para ellos asumir que han entregado años de su vida a lo que resultó ser un fraude. Sería muy duro de encajar una evidencia semejante. Prefieren seguir viviendo del cuento, engañarse a sí mismos y cobijarse con el manto protector de los camaradas.

Si he cambiado de postura, y si ahora doy mi opinión cuando lo creo necesario, es porque he llegado a la conclusión de que no hay que ceder. No hay que dejar campo libre a la inmundicia o aquellos que pretenden cercenar y coartar las libertades ajenas. Quizás los testarudos sean inmunes a la lógica y hagan oídos sordos a los razonamientos que les contradigan. La batalla, sin embargo, no se da por ellos, sino por terceras personas que en algún lugar, habitualmente callados, leen o escuchan. Un público que, aunque pequeño, es testigo de lo que pasa y que pese a no estar aún dispuestos a tomar el micrófono, poco a poco se van formando de un criterio.

Es por este segmento por el que vale la pena darle unos minutos al teclado en redes sociales y por los que viene bien tomar la palabra en alguna tertulia. Si uno se calla es probable que los indefinidos piensen que solo existe una versión de los hechos, esa que tanto vociferan palurdos que deberían permanecer en los retretes.

Es triste, porque tomar una postura activa, como se ha dicho, te hará perder amistades. A nivel cultural no estamos tan acostumbrados a convivir con el que lleva la contraria. Más de una vez externar un pensamiento hará que aquella chica que te gustaba se aleje para siempre. O que alguien que pareciera un tipo valioso te bloquee o retire la palabra. Ojalá pronto podamos madurar y sentirnos libres de polemizar los unos con los otros, arrojarnos ideas sin piedad, estrujarnos… y al finalizar irnos tan campantes a beber un trago sin el menor de los rencores.

Tomar partido podría llevarte incluso a quedarte solo. A ser tomado como un indeseable por el colectivo. Pero si tus convicciones son fuertes, si luchas por los principios de la honradez y la justicia, no hay otro camino que el de asumir la responsabilidad. No son tiempos para tibiezas. Ante la tiranía de los poderosos y la verborrea de los mentirosos, lo menos que se puede hacer es marcar un alto, plantar cara ante la servidumbre. No tomar el papel de alfombra ni ser reducido a la sumisión.

Crítica y no asientas en automático. No tienes que estar siempre de acuerdo, aunque veas que todos los demás respetan a la gran eminencia o la autoridad. Al carajo la consecuencias y el linchamiento de los cangrejos. A menudo quienes van de tiernos ángeles son los grandes tiranos de nuestra era. Detrás de las buenas causas que pretenden erigir a veces se esconde un truco siniestro. No temas a la polémica ni a quedarte solo, porque en la medida de que algunos te abandonen, otros más se acercarán si es que luchas por ideales éticos con valentía e integridad.

En momentos de titubeo, debilidad o cuando surjan las dudas, recuerda las sabias palabras del viejo Christopher Hitchens en sus Cartas a un joven disidente. Una perla de inspiración propia de alguien nunca temió defender lo que consideraba correcto, cualquiera que fueran los costos.

Tenlo en mente: con la cabeza gacha jamás podrías lucir tus lindos ojos, darling.

«Cuídate de lo irracional, sin importar lo seductor que sea. Rehúye de los “trascendentes” y a todo aquel que te invite a subordinarte o aniquilarte. Recela de la compasión; prefiere la dignidad para ti mismo y para los demás. No tengas miedo de que te consideren arrogante o egoísta. Piensa en todos los expertos como si fuesen mamíferos. Nunca seas un espectador de la injusticia o la estupidez. Busca la discusión y la disputa por sí mismas; en la tumba tendrás tiempo para el silencio. Sospecha de tus propios motivos y de todas las excusas. No vivas para los demás más de lo que pudieras esperar que los otros vivieran para ti».

En defensa del padre cascarrabias

años maravillosos

A los padres malhumorados se les ha hecho mala fama. La muchedumbre los considera personajes no muy deseables en la sociedad y constantemente reciben reproches por esa actitud tan propia de ellos que consiste en asumir que se los lleva el diablo. Son célebres por llegar trinando a casa luego de haber pasado un día en la oficina. Vociferan, suspiran y utilizan cualquier pretexto para mentar madres. Una pizca de su leyenda negra.

Los padres cascarrabias son especialistas en detectar detalles a partir de los cuales pueden detonar maremotos. Una migaja les basta. O que una toalla esté fuera de lugar. En cuanto ello ocurre, comienza el tornado. Un remolino de disgustos que algunos no entienden pero que en realidad tiene una fácil explicación.

Algunos ingenuos creen que el comportamiento de estos hombre es gratuito y que siempre han sido así; tipos que odian a cualquier ave que se les atraviesa. Oh, ellos se equivocan. Quien sea atento puede descubrir lo que hay detrás de los gruñidos, de esas llegadas por la noche en donde cualquier mínimo resoplo en el ambiente puede causarles un arranque de furia, ahí donde se les reclaman sonrisas o caireles de miel.

Lo que algunos no quieren ver es el trasfondo de las pataletas. Los padres cascarrabias cargan responsabilidades que nadie en la casa puede siquiera vislumbrar. A ellos les corresponde sostener económicamente a la familia y en ocasiones tienen que someterse a trabajos infernales porque no tienen escapatoria. Tienen que cumplir con lo que les toca. Si para ello deben sacrificar por completo su tranquilidad, lo hacen sin titubeos.

Cuando te veas tentado a juzgar a un padre cascarrabias, será mejor que detengas un momento el embate y pienses en los tiempos en que los ahora ogros fueron jóvenes. En efecto, ese jefe del hogar que parece la oxidación perpetua, alguna vez tuvo piel lozana y cabello abundante. Fue alguien que acostumbraba a lanzar bromas entre los amigos y alguien que acudía a fiestas para bailar. Alguien que gastaba su dinero en discos que ahora tú atesoras y alguien que posiblemente renunció a sus sueños para darle un sustento a su pareja e hijos.

La vida es jodida, no hay forma de negarlo. Lo es al menos para una parte considerable de la humanidad. Y eventualmente llega ese punto en el que uno debe definirse. Se trata de la crisis donde los senderos se bifurcan. El momento en donde un hombre debe decidir entre perseguir lo que le ilusiona o ceder ante sus responsabilidades, aquello que le corresponde.

Algunos son afortunados y logran labrarse un camino, en el mejor de los términos, en el área que aman y les colma el espíritu. Tristemente la mayoría no son así. Es el caso de los padres cascarrabias, quienes tuvieron que renunciar de manera definitiva a las fantasías que alguna vez tuvieron. Dedicarse a la música. Viajar por el mundo. Cumplir la misión de escribir un gran libro… todo eso de pronto desaparece. La dureza de la realidad los orilla de conseguir un trabajo que no les gusta, en donde tienen que ser parte de cadenas alimenticias injustas, un pequeño infierno que no obstante les ofrece el dinero con el cual han de sostener a sus descendientes. Los que acaso, con suerte, puedan alcanzar lo que a ellos se les privó.

Visto así, el padre cascarrabias es un héroe velado. Alguien que sufre por dentro y que nunca expresa directamente lo que le acongoja. Detrás de sus rabietas se esconden esos días perdidos. La conciencia de que no les queda mucho más, salvo continuar durante años en una dinámica que a cada paso les carcome más y más el alma.

El abandono no es posible. No pueden dejarlo todo e iniciar de nuevo en otra ciudad. Ya no son jóvenes ni solteros. Tienen deudas y seres pequeños que dependen de ellos. Niños inocentes que van a la escuela sin saber que alguien se parte el lomo para que ellos puedan tener uniforme y un conjunto de libretas.

Bruce Springsteen padeció mucho de la sombra paterna. Una situación extrema que nadie debería experimentar. En todo hay límites y desde luego no deben tolerarse a los padres que maltratan ni asfixian a sus familias. El autor de “Born to Run” sufrió en serio por un señor que lo atormentaba y que de diversos modos le aplastaba el corazón. El recuerdo fue una maldición que Bruce cargó durante años y para la cual tuvo que tomar terapia, aunque nunca pudo dejar de estimar a su viejo. En “My father’s House”, una de sus canciones más personales, revelaba cómo los recuerdos de su padre y de su infancia continuaban junto a él, acompañándolo. Con todo y el bacanal de emociones que ello supone. Un vacío muy complejo.

La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche
Llamándome y llamándome, tan fría y solitaria
Brillando al otro lado de esta oscura autopista donde nuestros pecados yacen sin expiar…

En una entrevista Steven Van Zandt, el mítico guitarrista de la E Street Band, describió como Doug, el padre de Springsteen, era alguien que inspiraba verdadero terror entre todos. Era un tipo que quedó trastocado después de haber participado como conductor en la Segunda Guerra Mundial. A menudo desempleado, Doug nunca se recuperó una vez que volvió a sus tierras. Al coctel había que sumar un temperamento fuerte producto de sus orígenes irlandeses y escoceses que eran verdadera dinamita en su concepción de entender lo que le rodeaba.

Van Zandt ofrecía una explicación a carácter explosivo de Doug y de todos aquellos hombres que pertenecieron a la generación anterior a la de él y Bruce. Básicamente era una forma de entender a los padres cascarrabias y la lógica que hay detrás de ellos, con las variaciones que suelen presentarse de código postal a otro.

“En aquellos tiempos todos los padres daban miedo”, dijo Van Zandt. “Si lo piensas ahora, hay que ver el tormento que les hicimos pasar. Mi padre, el padre de Bruce… aquellos pobres tipos jamás tuvieron una oportunidad”.

Para esos padres de familia, que venían de trabajar en el campo, las fábricas o de pelear en la guerra, debía ser una verdadera calamidad ver que sus vástagos se negaban a atender a las más mínimas indicaciones. “Que sus hijos se convirtieran en aquellos freaks melenudos que no querían participar en el mundo que habían construido para ellos… ¿te lo puedes imaginar?”.

Sus padres había tenido que derramar sangre y lágrimas desde los campos de batalla para defender a su país, mientras ellos se dejaban el cabello largo, se despertaban tarde y vagaban con amigos y chicas sin asumir ninguna encomienda salvo el rock and roll, tal postura chocaba por completo con lo que sus antecesores genealógicos podían encajar.

Nadie es responsable de la felicidad ajena y estamos aquí para hacer lo que nos venga en gana. Pero conocer ese tipo de detalles hace que comprendamos a los papás, tan poco valorados e incluso vilipendiados como los malos de la película, cuando merecerían más bien un reconocimiento.

Hay un episodio de la serie “Los años maravillosos” que lo refleja a la perfección. Se llama “La oficina de papá”, un gran ensayo televisivo de lo que significa ser jefe de familia. De cómo el ambiente laboral y las obligaciones llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue como nosotros. Alguien que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llamamos madurez.

La personalidad de nuestros padres no es casualidad. Y si de repente los notamos demasiado serios o enojados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (ese lado mágico y ebrio) para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

El auge de los tontos útiles

tontosútiles

En el ámbito político se conoce como tontos útiles a aquellos seres que, sin darse cuenta, le hacen el juego a determinados grupos políticos que a través de sutiles hilos de adoctrinamiento, logran hacerse de un séquito de luchadores; peones involuntarios que sin retribución alguna dan la vida por causas más siniestras de lo que sus apologistas alcanzan a ver.

El origen del término no queda claro. A nivel popular se le atribuye al dictador e ideólogo Vladimir Lenin, pero no existe constancia seria de que él la haya utilizado alguna vez. En cualquier caso, suele aplicarse a simpatizantes del socialismo o del comunismo más rancio, quienes sin reparar en su condición acaban nutridos por consignas por las que luchan ahí a donde quiera que van.

Aquí hay que marcar una diferencia. No toda la izquierda puede encapsularse en dicha categoría. Dentro de ese espectro hay seres pensantes quienes se apegan a la evidencia y que saben identificar cuando los de su propio campo se equivocan. No temen cuestionarse a sí mismos ni a los además. Saben rectificar y elevan la voz cuando aquellos a los que apoyaron terminan por fallarles. Su voto no confiere una carta blanca a nadie y desde el primer día se convierten en opositores de lo errado. Ojalá todos fueran así.

El tonto útil en cambio es un duendecillo voluble que cambia de marcha dependiendo del son que le marque la élite a la que se subordinan. Un día son entusiastas de la soberanía de la educación pública, pero al otro día solapan la baja presupuestaria de las universidades y pueden menoscabar su autonomía si es que así conviene a los intereses de los camaradas en el poder.

El tonto útil podrá haber sido en el pasado un férreo detractor de las Fuerzas Armadas, pero pronto hallará alguna acrobacia discursiva para defender su posición como garantes de la seguridad pública si es que así lo dispone la nueva directriz de la administración.

Detectar a un tonto útil es muy sencillo en la actualidad. Se encuentran repartidos en amplios espectros de la vida en sociedad, defendiendo causas (en teoría) indefendibles a través de torpedos dialécticos que dirigen sobre aquellos que les ha marcado alguien de más arriba.

Se suman a campañas virales, golpetean desde sus espacios de hormigas obreras, reciben aplausos de los camaradas. Se entronan en una pedantería bastante chueca.

Estos reclutas de la política apuntan contra las instituciones, así como se enfrentan a las voces críticas y a los inconformistas que osen ir contra la corriente del amado líder. Lo hacen con un manto de supuesta independencia intelectual ya que se ven a sí mismos como entes ajenos a la manipulación. No se dan cuenta que ellos mismos llevan enraizado un virus que les fue inoculado a través de refinadas maniobras de ingeniería política por parte de la cúpula.

Los tontos útiles que mejor saben moverse en la indecencia son absorbidos por la jefatura. Su vocación de lamebotas encuentra al fin una recompensa cuando entran en la nómina del sistema. A veces acaban por darse cuenta de su condición. Pero por orgullo o conveniencia les cuesta trabajo rectificar. Permanecen montados en el burro, atendiendo únicamente a lo que favorece a la doctrina. Callan frente a lo que antes les hacía saltar como babuinos.

Eso sí, estos jornaleros no suelen subir demasiado en el organigrama. Los beneficiarios de su sacrificio, los que en verdad mandan, saben que lo mejor es dejarlos en el coliseo de la podredumbre, ahí donde luchan con ferocidad y ponen el pecho al estercolero. Todo sin reclamar ni tocar nunca con el pétalo de rosa a quienes les tienen ahí.

Son ellos los más repudiables y siniestros, también los más hábiles. Los que pululan en redes sociales y medios de comunicación: la primera línea de la barbarie con una impostada superioridad moral que, por desgracia, muchos les compran.

A la par existe otra estirpe. Ludwig von Mises los llamaba “inocentes útiles” (aunque igual lo atribuía a la jerga comunista). El economista consideraba que ellos eran simpatizantes “confundidos y mal orientados” quienes se horrorizarían si vieran los fines últimos de aquellos a los que secundan. Se podría decir que son demócratas auténticos que desafortunadamente se dejan seducir por figuras que solo son rectos en la superficie. Gente bienintencionada, que apela a las causas justas de fondo, que sin embargo sirven a lobos vestidos de corderos.

Con ellos vale la pena entablar un acercamiento y dar la lucha. Hay que respetar sus posiciones y encontrar los puntos en común a partir de los cuales se puede establecer un diálogo fructífero.

Es difícil que cedan en un principio e incluso es difícil que rectifiquen a largo plazo. Han entregado años de su vidas y convicciones a causas que de pronto pueden revelarse como fraudulentas. Es complicado encajar algo así. Por eso pueden parecer irracionales en algunas ocasiones, cegados ante una realidad que se convierte en un balde de agua fría para su idealismo.

Y aun así son los que pueden llegar a reaccionar a la altura de su nobleza, los que guardan dignidad en el pecho. Si el debate es respetuoso y adecuado, se convierten en insurgentes capaces de dar la vuelta y decir ‘no’ a quienes han traicionado los principios de la honradez y la justicia.

Quienes conforman la regencia no tienen que recurrir a la vulgaridad de las contrataciones en masa. Tampoco tienen que amenazar. Ni siquiera tienen que ceder un pedazo del pastel si es que logran imbuir la distorsión en una parte del pueblo.

Identificar dicha dinámica es pertinente en una época como la actual, donde desde distintos flancos en el mundo se conforma un frente lleno de abyección en donde ya no importa tanto la benevolencia sin distinciones, sino causar división y encono entre hermanos.

Los individuos haremos bien si les amargamos la fiesta. Si en vez de pelear, nos unimos como ese contrapeso tan útil que es la lucha como ciudadanía. Esa que sabe que por encima de cualquier político está el país que nos pertenece a todos.