Los celos de John Lennon sobre Cynthia

john lennon y cynthya

John Lennon era un manojo de contradicciones. Tan sublime como terrenal, transcurrió la mayor parte de sus días sumido en emociones angustiantes que no lograba aliviar. Pese a la imagen de santo que algunos le han querido erigir junto a canciones como “Imagine” o “Give Peace a Chance”, trajecito blanco incluido, lo cierto es que se trataba de alguien en constante agitación, producto probablemente de las penurias que vivió en la infancia como el abandono paterno y la muerte de su madre; unas aflicciones que solía desquitar con los demás y que influían en su visión del amor, la cual era eminentemente posesiva.

El fundador de los Beatles era un tipo celoso, vaya que sí. Él mismo lo admitió y las parejas que tuvo supieron bien cómo era en la intimidad. Lejos de tener una actitud concordante con la que reflejaba sobre los escenarios, donde parecía rebosante y confiado, en el ámbito personal era alguien lleno de inseguridades que a menudo se comportaba de la peor manera posible.

Cynthia Powell, la primera esposa de John, sabía muy bien cómo era. Lo padeció en carne propia. Ambos se conocieron en el Liverpool College of Art, en donde ella era dedicada y bien portada en comparación a él, un joven tirado a la rebeldía que buscaba una vez y otra desentonar y romper con el orden establecido.

John Lennon se acercó por primera vez a Cynthia en una clase de diseño de letras en la que ambos estaban inscritos. En la primera de las sesiones, cuando ya todos los estudiantes permanecían sentados y concentrados en la clase, un nuevo chico entró por la puerta. Se trataba de John, quien llevaba las manos dentro del abrigo y quien tenía una “actitud desafiante”, según describió la propia Cynthia. De inmediato procedió a sentarse en el pupitre que estaba detrás de ella.

Al poco rato, John le dio unos toques leves en la espalda. Cuando ella volteó, él se presentó. “Hola, soy John”. Cynthia sonrío, aunque en ese momento no encontró nada especial en aquel pretendiente. Él en cambio llegaría a verla como la Brigitte Bardot liverpudlian.

La relación se concretó al cabo de unos días. John Lennon era encantador cuando se lo proponía. Y era muy divertido. Cynthia terminó enganchada a él, estropeando por ello lo que era un promisorio perfil de alumna. Se dejó llevar por un novio poco dado a asistir a clases o hacer cualquier cosa que implicara alejarse de la música, los cigarrillos y el alcohol.

En la biografía que escribió sobre John Lennon, Cynthia retrató muy bien el espíritu atormentado y contradictorio de quien fue su pareja durante seis años turbulentos. John podía ser muy cruel cuando algo no salía como quería y Cynthia fue testigo y víctima de afrentas verbales que al cabo de un rato se apagaban para convertirse en mimos y cariños. La pobre estaba agobiada por ese comportamiento tan voluble y en más de una ocasión pensó en terminar con la relación. Sin embargo, algo la detenía. No dejaba de quererlo.

John Lennon era muy absorbente. No concebía que su pareja pudiera estar con alguien más y montaba en cólera cuando un hombre se acercaba a Cynthia.

Cierta vez, en una fiesta, Cynthia fue abordada por un chico alto, fuerte y apuesto. La música sonaba a todo volumen, el ambiente era obscuro y la bebida había fluído con precisión. El prospecto, a quien Cynthia había identificado como parte del departamento de escultura, quería sacarla a bailar,

Todo parecía casual y tranquilo. Pero John Lennon se dio cuenta a distancia. De pronto, a pesar de ser alguien de menor musculatura y con menos altura, se abalanzó sobre el grandulón que pretendía quitarle lo que él consideraba suyo. La diferencia física entre uno y otro no evitaron que la furia del celo ofreciera una compensación. Varios de los asistentes tuvieron que contener la trifulca.

John Lennon estaba traumatizado por el sentido de la pérdida. Quizás por ello reaccionaba como energúmeno apenas se atisbaba un riesgo para su círculo sentimental.

Del los delirios no se salvaba ni sus amigos. Cierta vez, en otra reunión en la que también estaba John, Stuart Sutcliffe sacó a bailar a Cynthia. John admiraba y quería tanto a Stu que a veces el mismísimo Paul McCartney se sentía desplazado. Pero de nada sirvió. En cuanto alguien le avisó a John que su gran amigo estaba bailando con Cyn, John se irrió al máximo.

Esta vez no tuvo manotear ni insultar. Le bastó lanzar una mirada demoledora a Cynthia para que ella dejara de bailar con un Sutcliffe que no tenía ninguna mala intención. Quienes estaban ahí también se extrañaron por la escena. La rubia tuvo que ir con John para asegurarle que le amaba y que no había razones para que se pusiera así.

John pareció entrar en razón. Pero al otro día, en la escuela, buscó a Cynthia en el baño de mujeres. Y sin decir palabra alguna, levantó el brazo y procedió a golpearla en la cara. John la abandonó a su suerte, sin añadir nada más, mostrando la bestia negra que cargaba por dentro.

La relación fue tortuosa. John Lennon era alguien que podía desapegarse sin contemplaciones. Había cuestiones que prefería no encarar. Fue justo eso lo que llevó el matrimonio al naufragio. Cuando John conoció a Yoko el impacto y la complicidad fueron inmediatos. Cynthia ya no pintaba más. Y a John Lennon no le importó guardar siquiera cierto decoro, aunque fuera por Julian, el hijo que habían procreado juntos. Simplemente se alejó y se alejó hasta que ya no se vieron más.

Cynthia describió en su libro el momento justo en el que supo que todo estaba perdido. Ocurrió en 1967, cuando los Beatles hicieron el funesto viaje a un seminario que el Maharishi Yogi daría en Bangor, Gales.

Para llegar, los Beatles y su comitiva tenían que tomar un tren desde Londres (que sería llamado “the Mystical Special” por la prensa). Por un retraso de George Harrison, Pattie Boyd y Ringo Starr, John y Cynthia llegaron tarde a la cita. Había que apurarse para no perder el tren. Cuando arribaron en auto a la estación, quedaban menos de 5 minutos para la hora de salida.

Todos descendieron rápido del vehículo y corrieron rumbo a la plataforma de salida. John dejó a Cynthia con las maletas, dando por sentado que era ella y los demás quienes debían hacerse cargo de sus pendientes. Cynthia cargó el equipaje y corrió lo más rápido que pudo. John no miraba hacia atrás y finalmente alcanzó a montarse en el vagón como el resto de la comitiva. Como el lugar estaba lleno de admiradoras, cuando Cynthia por fin arribó, fue confundida con una beatlefan cualquiera. Un policía le impidió el paso. “Lo siento, demasiado tarde, el tren está por irse”, escuchó.

Cynthia alzó la voz para pedir ayuda. John sacó entonces la cabeza por una ventana del tren. “Dile que vienes con nosotros”, le gritó John, “dile que te deje entrar”. Ya era demasiado tarde. Unos momentos después la locomotora inició la marcha y todo el séquito, excepto ella, se fue.

Plantada con las maletas, no pudo contener las lágrimas. Se sintió humillada, desplazada. No mucho tiempo después se enteraría de que John estaba enganchado a Yoko Ono, una peculiar artista japonesa.

Alguien se había quedado con ella. Peter Brown, el asistente de Brian Epstein, quien se ofreció en llevarla en auto hasta Bangor. Era un viaje largo, pero él estaba conmovido por lo que había presenciado.

“Mi llanto no era solo por haber perdido el tren. Lloré porque el incidente parecía un símbolo de lo que estaba pasando con nuestro matrimonio. John estaba en el tren, dirigiéndose hacia el futuro, y yo había sido dejada atrás. Mientras estaba parada ahí, mirando desaparecer el tren que se alejaba, sentí que la soledad que estaba experimentando en esa plataforma un día sería permanente”.

Al final fue Neil Aspinall, el fiel escudero de la banda, quien la que llevó hasta Bangor por carretera.

Cuando alcanzaron al grupo, John Lennon se acercó. “¿Por qué eres siempre la última Cyn? ¿Cómo es posible que te las hayas arreglado para perder el tren?”, le reprochó entre jugueteos que no le gustaron a ella.

Lo anterior resultó premonitorio sobre lo que resultaría un viaje terrible. Brian Epstein murió mientras todos estaban en Gales. Una sobredosis de barbitúricos (a los que se había hecho adicto) le había cobrado factura. Los Beatles tuvieron que regresar antes de tiempo. Además de ser el representante de la banda, Brian era el padrino de Julian Lennon y el testigo en la boda de John y Cyn. La historia se había partido en más de una forma.

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El día en que The Smiths se formaron

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Ocurrió en el verano de 1982. Johnny Marr era un joven dotado por la naturaleza para tocar la guitarra. Desde que era niño, sintió el impulso de acercarse a un instrumento, algo que pudo realizar gracias al apoyo de su familia, en especial su madre, quienes eran devotos aficionados a la música. Johnny Marr aprendió a tocar gracias a una mezcla de disciplina y don de nacimiento. Eran los años setenta, en los que la música punk agitaba el pensamiento de los jóvenes que, como él, buscaban escapar de un contexto que les asfixiaba y aburría.

Johnny Marr iba a la escuela como mera pantalla. Era bueno para las matemáticas y las letras. Sin embargo, no entraba a las clases y pronto se hizo fama de un chico rebelde. Era alguien especial también, y aunque llevaba el cabello largo y no atendía a las indicaciones, de algún modo era alguien que resultaba simpático a los profesores. En tiempos libres salía a caminar con amigos o iba de fiesta. Pero sobre todo se dedicaba a practicar la guitarra y mejorar la técnica.

Todo su dinero lo gastaba en discos y ropa. Los discos le ayudaban a nutrir su acervo de sonidos y la ropa alimentaba una faceta que ya desde entonces se le antojaba como indispensable para ser una estrella: la imagen. No bastaba con ser músico. Había que parecerlo.

Para aquel joven británico no había alternativa, tenía que dedicarse al rock. Lo intentó en cuanto pudo. Formó un proyecto con algunos de sus amigos, pero algo no terminaba de cerrar. Era consciente de su propio talento pero sabía que necesitaba algo más: un cantante, alguien que pudiera deambular por el escenario, cosa que nunca había sido su intención.

Nadie le llenaba el ojo en su entorno inmediato. Johnny Marr quería alguien que fuera bueno de verdad. Y no solo eso, alguien con quien hubiera una afinidad estética y emocional. Entre los nombres contemplados para ser cantantes de su anhelada banda desfilaron unos tales Ian Brown y Ian McCulloch. El primero fue descartado porque por esos días formó lo que a la postre sería The Stone Roses y el segundo, que amagaba con romper con Echo and The Bunnymen, finalmente continuó con los suyos.

Johnny Marr no se desanimaba y mantuvo el radar encendido. Billy Duffy, un amigo en común, le había hablado de un chico medio raruno llamado Steven Morrissey, conocido por deambular –a solas– en cuanto concierto se le cruzara. Billy Duffy había estado con Morrissey en un grupo llamado The Nosebleeds que finalmente no cuajó. En cualquier caso, reconocía que aquel cantante tenía potencial y varias coincidencias con Johnny, como el gusto obsesivo por los New York Dolls, el punk y el pop femenino de los sesenta.

Johnny Marr escuchó atento y tuvo al mentado Steven en consideración, pero no movió ficha porque no sabía cómo acercarse a él.

Una noche todo cambió. No se trató un momento épico, sino sencillo. Pero fue donde el guitarrista sintió el llamado. Marr lo contó mejor que nadie en “Set the Boy Free”, su autobiografía.

Fue como se describe a continuación.

***

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Joe Moss, el hombre que lo había acogido como mentor y que luego se volvería su representante, invitó a Johnny a ver un documental sobre Jerry Leiber y Mike Stoller, una de las parejas de composición más exitosas de la historia. Ahí ambos se enteraron cómo fue que Leiber conoció a Stoller. El primero no sabía nada del segundo, pero alguien le contó de Mike, un sujeto que componía canciones. En busca de un aliado musical, Leiber decidió que debía recurrir a Stoller. ¿Y qué hizo para conocerlo? Simple, sin decir, avisar, ni agendar cita alguna, acudió a la casa de Stoller para proponerle la idea.

Hay episodios muy simples que definen nuestra existencia de manera definitiva. Pequeña decisiones que, sin imaginarlo, dejan una huella profunda en nuestro devenir. Ese fue uno de ellos. Poner un VHS con un documental cambiaría el indiepop británico en los próximos años.

Eureka. Johnny Marr tuvo el instante de revelación. Interpretó esa historia como una señal. Tenía que hacer lo mismo que Leiber e ir a la casa de Morrissey. No había que pensárselo mucho más. Sintió emoción, ansia y vértigo. Los astros se habían alineado y había que actuar pronto. A la mañana siguiente, a través de amigos en común, consiguió la dirección de su prospecto. 384 Kings Road en Manchester, Inglaterra. Desde antes de ir supo que estaba ante el suceso que lo definiría.

Un chico llamado Pommy fue quien le sopló tal domicilio. Johnny Marr le pidió que le acompañara. ¿Cuándo irás?, preguntó Pommy. Johnny Marr le dijo que en ese mismo momento.

Johnny Marr estaba rebosante de confianza. En cuanto llegaron al hogar marcado en la dirección, procedió a tocar la puerta. En un principio nadie abrió, así que volvió a tocar. Una mujer les abrió. Pudo ser Elizabeth, la madre de Morrissey o Jackie, su hermana. Johnny preguntó por Steven. “Iré por él”, respondió ella.

Morrissey apareció al fin, como saliendo de una cueva. Los autoinvitados se presentaron. “Hola, soy Johnny… y bueno, ya conoces a Pommy”. Morrissey saludó a Pommy y después saludó a Johnny con gentileza. “Un gusto conocerte”, dijo. A Johnny le llamó la atención la dulzura de aquella voz. Decidió ser sincero y directo. “Perdona por venir a presentarnos así a tu puerta”, dijo Johnny, “pero estoy formando una banda y me preguntaba si querías ser el cantante”. Morrissey les dijo que entraran y pasaran a su habitación.

El prospecto de cantante era un joven desesperado. Morrissey se la pasaba viviendo entre libros, películas, discos y anhelos frustrados. De seguir así, lo más probable es que hubiera acabado sin mucha trascendencia. La gente le agobiaba, aunque al mismo tiempo deseaba la fama y fortuna que tenían sus ídolos. Era alguien con amigos contados y que no sabía qué hacer con su vida.

Morrissey era famoso en el circuito independiente por su carácter apartado y por sus ínfulas literarias. La mayor parte del tiempo estaba recluido en su habitación, desde donde escribía cartas a NME y configuraba poemas y letras que soñaba algún día convertir en canciones. El problema es que era muy reservado. No sabía cómo promoverse a sí mismo y llegó a vislumbrar un futuro en el que trabajaría como bibliotecario hasta morir.

La propuesta de Johnny Marr alumbró el panorama de Morrissey. Al fin tenía una oportunidad. Era la única forma en la que podía salir del marasmo en el que se encontraba: que alguien más lo impulsara a abandonar la celda familiar. Años después, Morrissey lo reconocería. Pese al distanciamiento, pese a las diferencias, admitió que Johnny estaba lleno de una energía y un entusiasmo que lo contagió. Y de no haber sido porque él se presentó a su casa, era posible que él nunca hubiera salido de su distrito postal.

Morrissey estaba inundado de inseguridades y desconfianza. Las palabras de Marr lo convencieron de que debía actuar y dejarse de tonterías. Simbólicamente, fue como si el joven guitarrista lo hubiera sacado de las greñas para que se pusiera a cantar y soltar todo aquello que guardaba en su corazón.

En realidad ellos ya se habían conocido —fugazmente— unos años atrás, en 1978, durante un concierto de Patti Smith. El propio Billy Duffy los había presentado. Johnny Marr tenía por aquel entonces apenas 14 años y se sentía tan apenado de ese primer encuentro que prefirió obviarlo aquel día, con la ilusión de que Morrissey no lo recordara. Pero vaya que Morrissey lo tenía en mente. No conocía a muchas otras personas.

La conexión entre Morrissey y Johnny se dio enseguida. Los dos compartían gustos musicales y cinematográficos, aunque también eran contrastantes. Tenían personalidades distintas. Sobre todo los unía era el amor por la música. El punk engendrado en Nueva York, así como la música pop de los años cincuenta y sesenta. Una combinación agridulce que formó a la banda más influyente de su tiempo.

Dentro de la habitación, se dio una conversación larga y sin silencios incómodos. La empatía fue absoluta. Se contaron sus vidas y aspiraciones mutuamente. Rieron, se maravillaron, se conmovieron. Por fin había encontrado a alguien con quien entenderse. Pommy fue testigo, sentado a lo lejos en una esquina, de un encuentro bello y mágico. No quiso interrumpir.

En determinado momento, Morrissey le preguntó a Marr si quería poner un disco. Johnny procedió a explorar la colección de Morrissey, que para su sorpresa, estaba compuesta por las mismas bandas que le gustaban a él.

Johnny Marr tomó un sencillo de las Marvelettes. “Buena elección”, le dijo Morrissey. Y Johnny Marr puso el lado b. La canción se llamaba “You’re The One” (“Eres el indicado”).

Y fue así que nacieron The Smiths.

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El amor se escribe con música

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Mariana con M de Música del escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba concentra la sensibilidad de un nombre que se desvive en pasión. Cada una de las páginas, compuestas en su mayoría por breves poemas, no tienen otra fuente que el sostén de la música y el sentimiento producido por una mujer.

El amor descrito es de 360 grados. De amplio alcance y repleto de intensidad, no siempre bello como sonata de Bach, sino también demoledor y maniático como el concierto para piano n.º 2 de Prokofiev.

Y así es el amor en su expresión total, el que tiene la fortaleza de contar con lo malo y lo bueno. Con la profundidad de la que carece el mero enamoramiento, ese enganche superficial de los primeros días caracterizado por la candidez de colores rosas. La relación emprendida por Eusebio Ruvalcaba es el amor en completud, sin frenos, el que llega hasta el fondo y que en su grandeza toca ambos polos, lo sórdido y lo divino.

El libro va en la línea del periodo otoñal del autor, el punto en el que su escritura alcanzó su mayor sonoridad y concisión. La música, el otro pilar que lo sostenía, es una presencia constante en el volumen como asidera espiritual. Al desconfiar de la palabra escrita, Eusebio tendía a la melodía, a la referencia de compositores que al ser evocados causan la explosión del instinto.

Eusebio Ruvalcaba rezuma honestidad y tiene un respeto tal por el lector que le abre su intimidad de un modo descarnado, sin pudor ni limitantes, dándole entrada a la habitación vacía, donde hay salpique de llanto y vidrios rotos por el añoro del cuerpo femenino.

La aparición de lo indecible hace patente las dimensiones del amor que sintió por Mariana, la protagonista de la obra. A ella apuntan cada una de las sílabas, los lectores se vuelven testigos de uno de los tributos más vehementes que un hombre ha deparado a una mujer.

La memoria es ambivalente; Eusebio Ruvalcaba danza entre el quiebre y la fascinación. Se describen tropiezos marchitos a la luz, episodios de abatimiento. Pero luego deviene la redención, la sabienda de que hay lazos que atan, vínculos que no pueden romperse pese a las circunstancias del exabrupto o la angustia de los años. Al final, el amor sobrevive al infierno y abre sus alas para disipar la enésima cicatriz o mancha que dejó el calor del algún pleito.

Mariana con M de Música pone de manifiesto el poder vital que llega a significar una mujer, aun con los reveses sufridos. Los versos se suceden uno tras otro con plena naturalidad, producto del alumbramiento constante de un vientre que palpita obsesión.

El libro como testimonio. La complejidad de un vínculo entre dos almas afines —pero también enfrentadas— que dispusieron el uno del otro para acariciar los límites que gran parte de las parejas solo alcanza a divisar en el horizonte. No hay nada unidimensional. Hay saltos, el paso de lo melodioso a la violento, lo romántico que expele crueldad. Sentido del humor y también miedo, la desesperanza, el volcán sobre una copa de vino.

Tal sensación queda. La admiración por un escritor capaz de dar testimonio de algo tan poderoso e inasible: una mujer que irradia emociones sin ofrecer al corazón tregua alguna.

Quisiera que la sábana con que te cubres
fuera de agua,
y que tu cuerpo se transparentara
como el paisaje que vemos tras la ventana
cuando llueve.

Y que ahí mismo quisiéramos estar
y empaparnos.

Cuando caía el primer aguacero de cada año,
mi padre me tomaba de la mano
y salíamos corriendo al patio.
Él, un hombre de 54 años,
y yo un niño de cuatro.
¿Cómo es posible que ahora recuerde eso?
Te lo debo a ti, Mariana,
porque evocas cosas en mí que yo suponía
ya muertas.

Eusebio Ruvalcaba, Mariana con M de Música, México, Los bastardos de la uva, 2017, 112 pp.

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Foto: Eduardo Loza.

Leonard Cohen: memorias de un amante sinuoso

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En algún punto de los años ochenta, el siguiente anuncio apareció en la sección de Anuncios Clasificados en un periódico de San Francisco:

SIN MIEDO

Soltera, blanca, 30 años, atractiva (eso creo), busca la nobleza de Leonard Cohen, la severa crudeza de Iggy Pop. Un hombre que sea atractivo para sí mismo. Intuición sin súplicas. Alguien que haga sus propios planes, sin importar a lo que se dedique

Una mujer desconocida buscaba a su pareja ideal. Un hombre que combinara la clase del poeta canadiense con la rudeza del rockero americano. Sonaba bien, desde luego, aunque ambos tipos eran tan irrepetibles que era difícil de dar con alguien así. El mensaje añadía un modo de contacto. El asunto se hubiera quedado en poco, de no haber sido por un detalle: el mensaje llegó a los ojos de Leonard Cohen.

En vez de pasar la oferta, el flamante artista con años de trayectoria y prestigio internacional se emocionó. Decidió llamar por teléfono a Iggy Pop, quien se encontraba en Los Ángeles y a quien conocía de años atrás.

Era tarde por la noche, Iggy Pop levantó el teléfono extrañado, no sabía quién podría llamarle a esas horas. Pero de inmediato reconoció aquella voz profunda del otro lado. “Ven, tengo el anuncio personal de una chica que busca un amante que conjunte la energía salvaje de Iggy Pop con la elegancia de Leonard Cohen. Creo que debemos responder juntos como equipo”.

La respuesta de Iggy Pop no fue positiva y reveló la diferencia que había entre superficie e interior. Mientras el de Michigan había labrado una carrera a través una supuesta imagen de valentía y desenfreno, la realidad no era tan así. “Leonard, no puedo. Estoy casado, vas a tener que hacer esto por tu cuenta”, le advirtió, y no dio seguimiento a lo ocurrido. Ya no supo si aquel viejo amigo había conseguido acostarse con una doncella anónima.

El hecho es que Leonard sí le contestó a aquella mujer. Y no solo eso, le envío una foto instantánea donde él e Iggy salían juntos en una cocina. Así le dio credibilidad a la misiva. Y aunque nunca terminaron por verse frente a frente, Cohen sí que le habló por teléfono y platicó un rato con ella.

El episodio da cuenta de la personalidad de Leonard Cohen. Un conquistador permanente que contaba con la debilidad de enamorarse de casi cualquier mujer que se cruzara en su camino. Esa inclinación nunca desapareció del todo. Sin importar el paso de los años ni la llegada de la fama, el canadiense mantuvo en todo momento un espacio en el corazón para cualquier mujer que pasara cerca de donde estaba.

No es casualidad que su obra lírica se centre, sobre todo, en el erotismo, la espiritualidad y lo íntimo, ahí en donde vivía las sensaciones de mayor intensidad.

Muy pronto en la vida quedó marcado por la suave caricia que representa la aparición de lo femenino. Cuando era un completo desconocido se enamoró de la empleada de una tienda de ropa. Se trataba de una mujer mayor llamada Marita La Fleche; él era un simple muchacho. Leonard intentó acercarse a ella: la cortejó, la invitó a salir, pero sus intentos lo condujeron invariablemente al fracaso. Había una distancia insalvable entre ambos. La dependienta un día lo paró en seco. No podían continuar, él era demasiado joven para ella. Le pidió que la buscara cuando creciera.

El contacto se perdió. No supo más de ella, pero la siguió pensando, le siguió guardando un rincón en la memoria. Años después, a modo de tributo y en un especie de grito desesperado, Leonard Cohen aprovechó su estancia en un café/bar de estilo parisino llamado Le Bristo para escribir un poema en una de las paredes:

MARITA,

POR FAVOR ENCUÉNTRAME

TENGO CASI 30 AÑOS

Quizás algún día ella lo vería, pensó. Sin embargo, el local cerró definitivamente en 1982.

El naufragio amoroso fue una constante en la vida de Leonard Cohen. Un hombre que jugaba las cartas de seductor, pero que no temía mostrarse como alguien vulnerable en sus creaciones. Alguien que a menudo se quedaba sin obtener lo que quería.

Una de sus mejores composiciones, quizás la principal de ellas, “Famous Blue Raincoat”, trata sobre un triángulo amoroso donde el protagonista agradece al amante de su mujer por haber logrado lo que él nunca pudo, quitarle la preocupación de la mirada.

El abandono fue más habitual en Leonard Cohen de lo que podía llegar a aparentar. “Mi fama de mujeriego fue un chiste que me hizo reír con amargura durante esas diez mil noches que pasé en soledad”, confesó en uno de sus poemas. Gran parte de sus ligues y flirteos provenían de un deseo que permanecía reprimido. Buscaba que de algún modo alguien saciara la sed que le removía el corazón. Y no obstante su estatus, talento y estilo, tenía más fracasos que éxitos. En alguna otra de sus líneas mencionaba que podía notar cómo su presencia pasaba de largo para las mujeres. Percibía el desprecio en sus ojos.

Eso sí, nunca dejó de intentarlo. Veía al sexo opuesto de un modo casi ceremonial. “Si necesitas de un amante,/ haré todo lo que me pidas./ Y si necesitas otro tipo de amor, / me cubriré con una máscara”, prometía en una de sus canciones más famosas, en donde también acababa por admitir lo mal que le iba, lo mucho que fallaba. “He avanzado a través de promesas hacia a ti, / promesas que no he logrado cumplir”.

Cohen no tenía la mejor concepción de sí mismo. Detrás de la humildad escondía inseguridades y dudas sobre el papel que jugaba en el mundo. El ser aclamado por multitudes no lo cambió en absoluto y pese a lo enamoradizo y a la debilidad que guardó en general para las mujeres, tuvo un respeto religioso por aquellas musas que le brindaron atención y cariño.

La más célebre de ellas fue Marianne Ihlen, la inspiración de una buena cantidad de sus escritos. La conoció en Grecia, ella tenía un hijo de siete años y pasaba por una ruptura sentimental que la dejó abatida. Fue el poeta canadiense quien la sacó adelante. En cuanto se cruzaron hubo complicidad compartida. Y aunque no duraron siempre juntos, guardaron aprecio el uno por el otro hasta el final.

En 2016, cuando informaron a Leonard Cohen que Marianne estaba muy enferma y en las últimas, decidió enviarle una carta… que no era de despedida.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. (…) Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino”.

Marianne alcanzó a leer la carta poco antes de morir. Testigos afirman que sonrió y alzó la mano al concluirla. Leonard Cohen tardaría todavía unos meses en alcanzarla. Lo cual cumplió finalmente como todo un caballero.

Nos conocimos cuando éramos jóvenes

en el fondo de un parque de lilas

me tomaste como si fuera un crucifijo

mientras arrodillados atravesábamos la obscuridad…

—Leonard Cohen, “So Long, Marianne” (1967).

Sibylle Baier. El tesoro de la intimidad

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A principios de los años setenta una chica alemana llamada Sibylle Baier se puso a grabar de forma casera algunas canciones que tenía en mente. Pequeñas viñetas acústicas que remiten a Jean Ritchie y al primer Leonard Cohen.

Los temas quedaron grabados para sí misma y poco más. Los repartió entre familiares y amigos cercanos. No tenía mayores pretensiones. Por aquella época también coqueteó con el cine e hizo un papel menor en una película de Wim Wenders, quien era parte de su círculo íntimo, el de un grupo de jóvenes germánicos interesados en el arte. Luego desapareció. No quiso seguir una carrera artística y se centró en llevar una vida común y corriente al lado de su esposo e hijos en un nuevo lugar: Estados Unidos.

No queda muy claro por qué tomó tal decisión. Se convirtió en una figura anónima durante décadas. Hasta que en el año 2006 uno de sus hijos, Robby, encontró aquellas cintas que su madre había grabado de joven 35 años atrás.

Al escuchar las canciones Robby quedó pasmado. El material era de una calidad sorprendente, como si perteneciera a un artista consagrado. Pero no. Era simplemente su madre. Una genio que no había alardeado por lo que ella consideraba un simple divertimento de juventud. El juicio de Robby distaba de ser una distorsión sentimental; él tenía la autoridad para juzgarlo con oído objetivo. Después de todo se había educado en América, en donde tuvo la formación de músico y productor.

La gran cualidad de aquellas piezas registradas a lo largo de tres años era precisamente que nunca buscaron llegar a un gran público. En ellas está el juego de quien es libre y puede dejar que el pecho cante sin presiones. Sin el ansia de tener que llenar expectativa alguna, cada línea funcionaba a modo de un diario íntimo aderezado por la suavidad de quien persigue el tono apropiado para que brote la miel.

El comienzo de la aventura musical estuvo relacionado con la depresión que Sibylle Baier padeció en la adolescencia. Sin saber muy bien de qué trataba todo aquello que le hacía cuestionar sobre la importancia de vivir o morir, se recluyó en la comodidad de una habitación propia hasta que sus amigos, preocupados, la forzaron a salir de la cama para emprender un viaje por Estrasburgo. Algo cambió entonces. A su regreso compuso la primera de sus canciones. Se titulaba “Remember the Day”, en donde ya veía el pesar como un asunto zanjado. Recordaba los días que fueron malos con la ternura de quien sabe del sufrir.

Fue la naturaleza, el dejar de pensar tanto, lo que le ayudó a salir adelante. Dejó la conciencia de sí misma —ese agobio—  para centrarse en los estímulos que ofrece el mundo exterior. El viaje la hizo espabilar. Como indica en la letra de “Remember the Day”, ya no se preguntaba lo que era bueno o lo que era malo, se limitó a contemplar la inmensidad del mar, se dejó llevar por el placer de la lejanía y el olor del agua que dominaba el ambiente. Una emoción difícil de comunicar.

El hijo tenía ante sí un tesoro. Procedió a digitalizar el material y a quemar CD’s para repartirlos entre la familia.El resto de su círculo debía enterarse de lo que esa mujer era capaz. Lo demás es historia. Uno de los CD’s fue a parar a manos de J Mascis de Dinosaur Jr, quien intercedió para que un pequeño sello independiente (Orange Twin), lo publicara bajo el título “Colour Green”.

Así eran las canciones, de color verde. Rastros de dulzura en la vegetación. Taciturna calidez para escuchar en la soledad de una tarde de otoño. O, como máximo, en compañía de una persona nada más, alguien que debe ser especial, sensible, en sintonía con el manto de emociones que se desbordan.

El contenido del álbum se disfruta por la brevedad. Cada palabra está medida. No hay nada que sobre y en consonancia con la secrecía de la autora, se mantiene lejos de la egolatría, a sabiendas de que el silencio y los espacios en blanco son el arma secreta del estilo. Por ello, aun cuando el gran público supo de ella, no cedió a la tentación de los reflectores. Se mantuvo callada, sin ofrecer entrevista alguna ni protagonizar un documental reivindicativo sobre su legado, al que algunos comparan con el de Nick Drake. La respuesta definitiva está acaso en una de sus composiciones que, no por casualidad, es la última del disco. “Descansamos más allá de las palabras / Así que deja lo mejor sin decir”.

Hubo, no obstante, una excepción. En el año 2006, Wim Wenders, ya como un cineasta consagrado y ganador de la Palma de Oro, entre otros galardones, caminaba por la calle, cuando en una tienda de discos topó con una imagen promocional de alguien que él conocía. Era ella: Sibylle Baier, su amiga de juventud. Alguien había lanzado un disco con las canciones que él poseía dentro de su arcón de joyas. Después de enterarse de aquello, Wenders contactó a la compositora y la convenció para que escribiera una canción para el que sería su siguiente largometraje (Palermo Shooting). Sibylle accedió a hacerle el favor a su viejo amigo y compuso la preciosa “Let Us Know”. El tiempo había pasado, se le notaba en la voz, pero el instinto seguía intacto.

Sibylle Baier es un talento enorme que nunca fue consciente del valor que tenía o que simplemente prefirió darle la espalda en pos de horizontes de menor resonancia pero que son igual de válidos. Una historia similar a la de muchas mujeres que por diversos factores y circunstancias se dejan llevar por otra corriente, privándonos así, por desgracia, del hermoso jardín interior que llevan a cuestas.

Una noche con James Richardson

No hace mucho tiempo James Richardson tocaba ante decenas de miles de personas como parte de MGMT en el festival de Glastonbury. Aquello era una fiesta. La multitud gritaba y se movía al ritmo de las canciones; aun como masa, la ropa colorida y estrafalaria hacía que cada uno de los presentes luciera como alguien peculiar, si es que se tenía la disposición de prestarles atención con una mirada fija. Una bailarina hawaiana por aquí, algún dandy con glitter por allá, un bufón que repartía flores en algún otro lado. Un pequeño universo se conjugaba en torno a la magia de unas canciones.

Esta vez, una noche de abril de 2018, James Richardson se encontraba en un bar de San Luis Potosí que había sido inaugurado apenas tres semanas antes, seleccionando canciones desde una computadora para un grupo reducido de bebedores que platicaban entre ellos sin prestar demasiada atención desde sus respectivas mesas. Pero James Richardson no lucía insatisfecho ni atendía a su trabajo con desgana. Él, habituado a grandes audiencias, estaba centrado en lo suyo, disparando algunas piezas desde la barra para las quince personas que estábamos ahí.

Dada la imagen, era necesario preguntarse cómo aquello era posible. Cómo es que él había llegado de pronto a una ciudad de provincia mexicana para poner “New York City Boy” de los Pet Shop Boys en un local llamado “La taberna del minero”, antes de que los dueños del lugar apagaran las luces por temor a que las autoridades les clausuraran el negocio por sobrepasarse del horario reglamentario.

La respuesta tenía nombre. El evento era auspiciado por Stoned Valley, una compañía local organizadora de eventos que se ha dado a la tarea de traer artistas que hacen las delicias de aquellos que gustan de la música alternativa. La estrategia logística es tan compleja como astuta: se toma provecho de la red que a nivel nacional se ha establecido entre productores afines a la noche.

Raúl González, un joven empresario potosino, es parte de ese equipo. Una noche antes logró junto a sus socios llevar a James Richardson y Bosco Delrey a otro recinto de San Luis Potosí, donde ambos, con éxito, dieron sesiones de DJ. Un grupo nutrido de jóvenes pudieron deleitarse con una selección de música que, a modo de travesía, movió sus figuras de un lado a otro.

La labor de un pinchadiscos tiene mucho poder, a base de pocos movimientos es capaz de manejar las emociones del público a su antojo. Pasarlos de la euforia al temple, de la agresividad a la dulzura. Del llanto al amor. La clave es atinar en la ruta. Ascender al frenesí sin turbulencias o descender a los instintos sin pausa alguna. La tarea implica mucha responsabilidad. Puede catapultar a una persona, como decía Indeep en esa vieja composición titulada “anoche un DJ salvó mi vida”. Pero una mala actuación también puede estropear la mejor de las veladas, como apuntaba Morrissey en aquellas memorables líneas:  “cuelguen al aclamado DJ porque la música que pone constantemente no dice nada acerca de mi vida”.

James Richardson es un tipo afable, de cabello largo  y piel levemente rosada. Tiene la cara de un niño, un conjunto que lo hace parecer un personaje que bien pudo salir en That ’70s Show. Quienes lo conocen destacan su carisma. Un coolness con el que ha logrado de hacerse de grandes amistades. No es casualidad que la mancuerna creativa de MGMT (Andrew VanWyngarden/Ben Goldwasser) le haya dedicado una canción en el último de sus álbumes (Little Dark Age, 2018), y que pese a su presencia no regular en  las labores de estudio de la banda, todavía sea requerido en las actuaciones en vivo como un indispensable, desenvolviéndose desde la guitarra o la teclados.

“James, si necesitas de un amigo / ven por aquí / ni siquiera necesitas tocar / estaré en casa / y la puerta estará siempre abierta para ti”, dice la letra que le dedicaron. James es alguien entrañable a quien deseas tener dentro de tu equipo.

En aquella primera presentación en San Luis Potosí ya era posible percibir, a distancia, que James Richardson era un tipo simpático. Alguien sin imposturas ni soberbia. Alguien que sabía del estatus de “Kids” como un himno, y que por ello la puso a sonar en las bocinas, por choteada que esté, evitándose así la horrible esnobería de omitirla. Más aún, sonrió al ver las reacciones de los espectadores, quienes de pronto se catapultaron al escucharla.

Sin embargo, sobre todo pude darme cuenta de que era un buen tipo al día siguiente, en ese bar de quince personas, donde lo pude conocer de cerca gracias a la intercesión del propio Raúl González, quien me invitó a departir con ellos. Al terminar con el compromiso caminamos por las calles del Centro Histórico de San Luis Potosí en busca de algún otro plan. También nos acompañaba Bosco Delrey, un socio de Raúl y una chica de Puebla muy agradable cuyo nombre no recuerdo.

Al final no encontramos nada decente donde proseguir la fiesta. James Richardson y Bosco Delrey manifestaron estar cansados, y preferían regresar a su hotel para beber algo en comodidad. Teníamos que acompañarlos. El trayecto fue a pie, por la avenida Carranza. Y fue entonces que aproveché para platicar con los dos invitados extranjeros.

Recordé que Bosco Delrey era de Nueva Jersey, así que para borrar el silencio apliqué un recurso, preguntarle sobre algunos de sus paisanos: Bruce Springsteen y Tony Soprano. El hielo se rompió así. James Richardson también era fanático de la serie de David Chase y procedimos a comentar sobre algunos personajes, en especial sobre las señoritas que despertaban igual encanto entre los presentes. Meadow Soprano y Adriana La Cerva fueron evocadas en aquel par de kilómetros emprendidos por la comitiva. Bosco Delrey valoró a Bruce Springsteen, en especial, como cabía esperarse, por sus actuaciones en directo.

Al llegar al hotel Bosco Delrey se disculpó y se retiró a su habitación. Estaba agotado. James Richardson también lo estaba, luego de varios días de viaje y fiesta, pero por alguna razón nos acompañó un rato más. En una sala procedimos a platicar. Y fue entonces cuando se reveló lo mejor de la personalidad de aquel músico, quien después de haber convivido con un montón de celebridades, charlaba con nosotros como uno más, escuchando atento lo que decíamos e hilando historias y frases cuando lo creía necesario. En algún momento dijo noséqué de Corea del Norte, país que le gustaría visitar. Y celebró la comida de alguna otra ciudad. Mencionó su cerveza favorita, a pregunta expresa… la réplica se disipó entre muchas otras memorias.

Para amenizar el momento, y ante la falta de alguna radio o bocinas decentes, puse algunas canciones en el celular. James Richardson conoció así a Hombres G y Alaska y Dinarama. En cierto momento sonó “In Dreams” de Roy Orbison. Y desde los primeros acordes James Richardson imitó al gran Frank Booth de Dennis Hopper. “Blue Velvet”, dijimos al unísono, en otra complicidad del mundo pop. Un poco más al rato sonó “He venido A Pedirte Perdón” de Juan Gabriel. El DJ ya era otro.

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John Lennon y la revolución escéptica

La mejor canción de John Lennon en materia política salió a mediados de 1968. Al menos es la que mejor refleja la importancia de mantenerse despierto y con independencia intelectual. Está muy por encima de “Imagine” o “Give Peace a Chance”, que pecan de ingenuas e incluso de incongruentes respecto a la personalidad que el autor ostentaba en su vida íntima.

El tema al que me refiero se trata de “Revolution“, surgida en un principio como una tonada lenta llamada “Revolution 1” (la versión que aparece en el Álbum Blanco), pero que a instancias de Paul McCartney y George Harrison fue reconfigurada para ser más eléctrica y movida con vista para su lanzamiento como sencillo.

La gran relevancia de esta composición (además de ese inicio frenético y el sonido robusto de la guitarra en todo momento) es que la letra invita a una actitud que debería ser más frecuente a la hora de analizar la realidad: el escepticismo.

La izquierda tomó este tema como una traición ya que su discurso va, de cierto modo, en contra del pensamiento de masas, esas protestas sociales que son más viscera que cerebro.  Y, como suele pasar, el progresismo casi desafilia al buen John Lennon de la Liga de la Justicia. Pero en su contenido no es hay nada de malo, al contrario. El Beatle invita a algo tan sano como dudar y no tragarse el discurso del enésimo iluminado que dice tener la fórmula mágica para cambiar el mundo.

Las líneas memorables en “Revolution” se suceden una tras otra. En términos generales promueven el uso de la razón. A no ir tan fácil con las multitudes y a cuestionar como individuos.

El camino al infierno está lleno de buenas intenciones. No basta con tener deseos bondadosos y decir que todo será paz, armonía y felicidad. Hay que mostrar cómo se llegará a eso. De otro modo esas “revoluciones” que pretenden cambiarlo todo de golpe más bien acaban por empeorar la situación. La historia nos ha mostrado que casi siempre es así. Cualquiera que derrumba todo lo que hubo antes sin ningún tipo de distinción deriva en un desastre.

Aplica también para las ofertas políticas. Es necesario tenerlo en cuenta en una época donde abundan los caudillos modernos, quienes creen que la suya es la única vía y que con su llegada al poder todo mejorará solo porque sí.

Hay que temer de aquellos que buscan imponer medidas milagrosas. La realidad es compleja y no atiende a ocurrencias ni a improvisaciones. Los mejores resultados para la humanidad han llegado a través de las instituciones, la coordinación entre fuerzas opuestas y el análisis serio. No a través de mesías que creen que todo se remedia por medio de la voluntad.

Lo cierto es que las cosas no van tan mal en el mundo como a veces creemos. De hecho van por buen camino. Falta mucho por mejorar y quedan aspectos urgentes por cubrir, pero quien no vea el avance que ha ocurrido con el paso de las décadas (en asuntos tan fundamentales como la reducción de hambre y pobreza, así como los pasos enormes en materia de salud) simplemente está cegado ante la realidad.

Los mayores logros de la humanidad han llegado a través del trabajo duro, la sensatez y el apego a la ciencia. No a revueltas estériles promovidas por gente inmadura que va de genio por la vida cuando más bien deberían ponerse a reflexionar.

Todos queremos cambiar al mundo, pero como menciona John Lennon: no son enchiladas (bueno, más o menos algo así dice). A todos aquellos que digan tener la “solución” y que te piden contribuir con la causa, hay que pedirles que muestren su plan para revisarlo. No hay que tirarse al vacío por seguir al charlatán en turno. A fin de cuentas todos aportamos desde nuestras minúsculas trincheras y no debemos sentirnos culpables por ello.

Desde luego no hay que conformarse ni sentirse satisfechos con lo que hay. De nuevo: hay mucho trabajo por hacer. Todavía hay gente que muere de hambre en el mundo (menos que antes, pero sigue siendo un número aterrador) y mientras eso suceda hay que redoblar los esfuerzos. No desmontando todo, sino seguir las prácticas que han mostrado resultados positivos y desechando lo que no funciona.

Una de las mejores partes de “Revolution” es la parte que señala: “Dices que quieres cambiar la constitución… bueno, nosotros queremos cambiar tu cabeza”. Con esa gran ironía John Lennon nos muestra cómo hay que actuar ante esos embusteros que conocemos en nuestro entorno: burlándonos de ellos. No idolatrando como hacen algunos ni tampoco siguiéndolos con fe ciega, como los que andan por ahí (¡todavía!) a la estela de las consignas de Mao.

Con el pasar del tiempo la visión de John Lennon cambiaría. Y de hecho se desdijo un tanto del contenido de “Revolution” para ser una presa más del ambiente utópico de los setenta (era un idealista un tanto contradictorio). Pero en la entrevista que dio a Playboy en 1980, poco antes de morir, la reivindicaría como respuesta ante las revueltas destructivas.  “La letra sigue vigente. Sigue siendo mi postura respecto a la política. Quiero ver el plan. (…) Ya sea un derrocamiento en nombre del cristianismo o del marxismo, quiero saber qué vas a hacer después de derribarlo todo. Quiero decir, ¿no podíamos usar algo de lo que había antes? ¿Qué sentido tiene bombardear Wall Street? Si quieres cambiar el sistema, cambia el sistema. No está bien dispararle a la gente”.

El John Lennon maduro le lanzaba un guiño a quien fue en la juventud. El muchacho que todavía en 1968 se reía en la cara de todos aquellos que pretendían arreglarlo todo con mera palabrería.

Su mensaje es válido y actual. Resuena todavía en casi cualquier espectro de la geopolítica. De Cataluña a Estados Unidos, pasando por México y Venezuela. Todo resumido en una canción tan genial que hizo gritar a Paul McCartney de la emoción.

revolution beatles

Una guitarra que llora

Las sesiones del llamado Álbum Blanco (1968) fueron, en términos generales, anárquicas y con un ambiente individualista para The Beatles. Las duras jornadas del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band del año anterior habían dejado agotada a la banda. No en lo creativo pero sí en lo que se refiere a la disposición a laborar en conjunto. De ahí que el sucesor haya sido más bien una pieza tirada a la libertad en donde cada integrante podía hacer lo que quisiera. Una atmósfera de cierta dejadez que, contra lo que pudiera creerse, trajo resultados extraordinarios.

El Álbum Blanco es un compendio de música popular que explora un gran número de géneros. Hay baladas, folk, rock pesado, jazz,  música country, soul, una canción de cuna, avant-garde y hasta una tonada para celebrar cumpleaños. Cada tema es muy distinto al anterior. John, Paul, George y Ringo se dieron la oportunidad de experimentar sin limitaciones. El disco doble es una locura sin armonía, un caos genial. Y ahí su mayor atributo: el cuarteto de Liverpool tiene obras más pulidas y redondas, pero ninguna tan amplia y en la que demuestren su genio con más versatilidad.

Aún dentro del viaje lúdico tirado al vértigo hay algunas canciones muy bien trabajadas a las que se dedicó especial esmero y atención como “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Hapiness is a Warm Gun” y “While My Guitar Gently Weeps”.

La última de ellas representa una gran historia en sí misma ya que en un principio le costó arrancar. George Harrison tenía cierta reserva. Sabía que tenía una composición extraordinaria y temía soltarla en un proyecto en el que ninguno de sus compañeros parecía demasiado implicado. A diferencia de discos anteriores donde cada tema se estudiaba y se repetía hasta el cansancio, en el Álbum Blanco había más bien una proclividad a la escritura rápida y la grabación en masa. George Harrison temía desperdiciar una de sus mejores flechas en una marea inmensa mientras Paul andaba en lo suyo y John se preocupaba más por Yoko que por cooperar con alguna melodía ajena. Corría el riesgo de que su mejor disparo pasara inadvertido.

«Intentamos grabarla», dijo alguna vez George Harrison refiriéndose a “While My Guitar Gently Weeps”, «pero Paul y John estaban muy acostumbrados a impulsar sus canciones y a veces era difícil ponerse serios y  grabar una de las mías. No estaba sucediendo. No la estaban tomando en cuenta… así que me fui a casa esa noche pensando, ‘bueno, es una lástima’, porque yo sabía que la canción era muy buena».

Con eso en mente, George decidió recurrir a uno de sus amigos. Y no cualquiera, sino Eric Clapton ni más ni menos. Se trataba de un movimiento inteligente, aunque con cierta polémica. Era raro que una figura externa se colara en una grabación de los Beatles, por más dios de la guitarra que fuera.

George Harrison hizo mención del caso en el proyecto The Beatles Anthology. «Al día siguiente estaba manejando rumbo a Londres junto a Eric Clapton y le dije: ‘¿Qué vas a hacer hoy? ¿Por qué no vienes al estudio de grabación y tocas en esta canción que tengo?’ Él respondió: ‘Oh, no, no puedo hacer eso. Nadie ha tocado antes en una grabación de los Beatles y a los otros integrantes no les gustaría algo así’ Yo le dije, ‘Mira, es mi canción y me gustaría que tocaras en ella».

Al final la colaboración se concretó. Y como pasaría unos meses más tarde con la incorporación de Billy Preston a las grabaciones de Let It Be, la llegada de un invitado relajó el ambiente y unió a los cuatro viejos amigos de Liverpool que cada vez tiraban más hacia  su propio molino.

El resultado es memorable. Si de origen “While My Guitar Gently Weeps” ya era un portento (la versión demo hace llegar hasta las lágrimas), con la suma de cinco de los más grandes talentos de la generación se volvió un manifestación digna de enciclopedias.

Ya mucho se ha dicho del gran solo ejecutado por Eric Clapton en el tema. Un deleite que está entre sus momentos más inspirados. Pero en cuanto finaliza, en el minuto 2:29, sobreviene un instante casi milagroso, en la que los últimos rastros de la guitarra se funden con el órgano Hammond y la voz de George en una mezcla muy parecida a la gloria divina.

Lo que hace Paul McCartney también es digno de destacar. Si bien en un principio había externado desidia, acaso motivado por la presencia de un músico como Clapton, no quiso quedarse atrás e hizo dos grandes aportaciones. Primero ese piano que ya desde el comienzo dota al tema de un aura obscura y épica y, segundo, ese bajo tan heavy y machacón que lleva todo hasta las nubes.

George Harrison, además de ser la mente detrás de todo, entrega uno de sus mayores despliegues vocales que, sumados trabajo instrumental, hacen de esto una cascada plenamente emotiva y llena de sensibilidad. Se trata de una letra enfocada a un pesar que mira lo que le rodea con abatimiento, un lamento por la causa perdida a la que uno sigue enganchado. La escritura de la tonada surgió en la casa de la madre George en Warrington, Inglaterra, y tomó vuelo durante la temporada que los Fab pasaron en Rishikesh, India, en el retiro espiritual del Maharishi Yogi que resultaría un fiasco a la postre.

David Quantick decía que George Harrison nunca había sonado tan confiado en sí mismo como en “While my Guitar Gently Weeps” y que nunca antes había pisado a fondo sus propias habilidades. Se trata de una verdadera revelación que descubre a un músico en esplendor, alguien que logró anticipar en rock de los setenta según agregó el periodista británico.

Una joya que está al nivel de lo mejor de Lennon & McCartney. Lo cual se dice fácil, pero que muy pocos han logrado en realidad. Hay que recordarla (y escucharla) en cualquier tarde que se disponga.

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La nota de George Harrison

En algún lugar estaban John, Paul, George y Ringo. John y Paul acaparaban las miradas. Ringo las sonrisas. Quedaba George, el típico muchacho serio de la escuela que se descubre como un gran conversador cuando te animas a conocerlo. Entre los cuatro formarían uno de los fenómenos populares más importantes del siglo XX. Aunque las cosas no fueron sencillas para ninguno de ellos.

George Harrison, por ejemplo, padeció una presión particular desde el principio, cuando John Lennon tuvo reservas para aceptar a un quinceañero en su proyecto musical entonces llamado The Quarrymen. Bastó que George tocara la complicada “Raunchy” de Bill Justis en una audición improvisada dentro de un autobús para lograr convencerlo.

Con el pasar de los años vendrían otras presiones; con los reflectores encima, llegó el juicio de la prensa y el público. Una vez alcanzada la fama, en lugar de ser halagado por sus aportaciones en la guitarra, hubo cierto sector que le tiraba dardos ante la falta de composiciones propias. Para ellos llegó la primera de sus canciones: “Don’t Bother Me”, una declaración de principios que ya da muestra de lo diferente que era de sus compañeros. Sabio, obscuro, ácido, respondía a los detractores.

Todavía tuvo que enfrentarse a una evaluación más rigurosa: la que había en el seno de The Beatles. En más de una ocasión varias de sus composiciones fueron relegadas en pos de otras menores. Ante los oídos de John Lennon, Paul McCartney y George Martin, el establishment al interior de la agrupación, pasaron las primeras versiones de joyas como “All Things Must Pass” y “Not Guilty” que, con la atención requerida, bien pudieron tratarse de highlights en la discografía del cuarteto. Parecía que los temas de John Lennon eran a los que más se les echaba la mano. George mismo apuntaló y perfeccionó decenas de temas que no cerraban del todo, un favor que no siempre se le devolvía. A cambio se le ofrecía la oportunidad de tener una o dos canciones en cada nueva obra.

En el llamado Álbum Blanco (1968), ante a la apatía de sus compañeros, decidió invitar a Eric Clapton para reforzar la preciosa “While My Guitar Gently Weeps”, que se convirtió en uno de los mejores piezas del cuarteto. La amistad entre ambos duraría varias décadas más.

En las sesiones de Let it Be (1970), George Harrison discutió con Paul McCartney y se hartó de John Lennon. Cumplir órdenes quedaba corto para sus expectativas. El material que reserva, lo sabe, le da para mucho. No era tan prolífico, mas la calidad de los temas estaba al nivel de cualquiera gracias al esmero artesanal que ponía en ellos.

En una pequeña crisis George decidió, por fin, abandonar la banda, pero a las pocas semanas regresó para contribuir con el que sería el último trabajo de The Beatles: Abbey Road (1969; grabado después de Let it Be pero lanzado antes que este). Además de aportar dos de los tres temas más famosos del LP, logra por primera vez, colocar una de las suyas como lado A de un sencillo. Se trata de “Something” la enésima canción de amor del cuarteto que logró conquistar a la audiencia.

Cuesta pensar en un final digno para The Beatles sin la aparición de “Something” y “Here Comes The Sun”, por no mencionar sus invaluables contribuciones como arreglista a la sombra. También es difícil pensar en la carrera de los Fab sin su presencia.

George era la diagonal que unía y afianzaba a Lennon/McCartney. Siempre tuvo un solo, un arpegio, un riff que catapultaba a sus compañeros. Uno de los ejemplos más notorios está en “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, donde el aporte que hizo con el sitar disimula el aire Dylaniano o, cuando menos, lo eleva a otros niveles: le convierte en un tema Beatle genuino. La fascinación por el instrumento y la cultura hindú fue producto de la búsqueda constante que desarrolló, un viaje que se concentraba en especial en su propio interior.

Mencionar el resto de las contribuciones de George Harrison a The Beatles sería un trabajo agotador; muchas de ellas pasan desapercibidas por elementos más obvios como lo son los coros o las letras; simplemente debe decirse que sin ellas tendríamos productos anémicos; que sin el cuidado del George perderían un valor que cuesta precisar con exactitud. Cuando se hacen listas de los mejores guitarristas de la historia parte importante de los puestos siguen reservados para los instrumentistas pirotécnicos, de esos que creen que tocar es una carrera de velocidad. Si los parámetros fueran otros, como la sensibilidad y el cuidado de cada nota, George debería ocupar uno de los primeros lugares.

Debe destacarse que el perfil bajo que mantuvo se debe también a su tendencia introspectiva. Al ser parte de la banda más popular del mundo, y estar activo activo en un periodo de tiempo donde el Guitar Hero vivió un auge, se le debe reconocer que nunca cedió al protagonismo fácil. Era lo contrario al exceso: era un músico de la contención. Se ha dicho ya que jamás tocó una nota de más. Falta hacer hincapié en que tampoco hubo una de menos. El resultado no era producto del esfuerzo y la repetición tanto como del instinto. La delicadeza.

Cuando se conoce a George en profundidad quedan borrados los menosprecios y aparece la estimación, la sorpresa. Surge la duda de por qué su talento permanecerá un tanto a la sombra y eclipsado por el peso de The Beatles, cuando la realidad es que en algunas ocasiones llegó a superar lo que hacía el tándem Lennon/McCartneyEn todo caso, cualquier día se presta para empezar a descubrirlo.

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La sonrisa de Michael Rother

Michael Rother sonreía mientras se instalaba en un pequeño escenario de un salón en San Luis Potosí. Desde el restaurante ubicado a un lado se alcanzaba a colar la música dispuesta para los comensales, pero él se lo tomó con humor. Es un hombre sencillo que ve la incomodidad más como una aventura que como un fastidio. Es probable que después de cerca de cincuenta años de trayectoria, que lo llevaron a influir de manera determinante en la música occidental a través de Neu! y proyectos como Harmonia, nunca hubiera afrontado una situación parecida. Aquel que fue admirado por David Bowie y que colaboró de cerca con Brian Eno estaba ahí, perdido en una ciudad mexicana, en un espacio en el que apenas se podía mover, con la misión de tapar aquellos murmullos de muzak que provenían del local vecino. Le acompañaban en la tarea el carismático Hans Lampe y Franz Bargmann.

Tampoco es que Michael Rother sea ajeno al imprevisto. Ha vivido en Pakistán, en Reino Unido y ha recorrido gran parte del mundo gracias a su carrera. Comenzó en 1971, y desde entonces se ha mantenido en la palestra con distintos proyectos. Primero con Kraftwerk (en donde tuvo una participación más bien testimonial), luego con Neu! y luego con su carrera en solitario. Pese a su innegable influencia, en él hay algo de anonimato. Una parte importante de la música popular del siglo XX tiene su impronta, y sin embargo él tiene un aspecto apegado a la normalidad.  Pantalones de mezclilla, camiseta negra y una chaqueta de algodón, de esas que luego uno se topa en el supermercado.

El aura de hombre promedio se borra cuando comienza a tocar. Entonces es posible darse cuenta de que Michael Rother es de otra pasta. Un digno representante de lo que significa ser alemán. Se trata de un estilo de música muy identitario, que alguna vez miró hacia el futuro y que acabó sepultando por la realidad. El krautrock presente en Neu! se regodea en la reiteración: a partir de cada círculo va adivinándose un nuevo significado. Se trata de una competencia contra del interior, una confirmación de lo que se tiene, de la esencia que merece ser recordada una y otra vez.

Michael Rother no se encierra dentro de sí mismo. Agradeció a la audiencia y mencionó que se trató de un público adorable. Luego siguió tocando un set impecable que mostró el alcance de su propuesta. Una modernidad congelada en el tiempo. La matriz de donde salen ecos presentes igual en The Horrors, que en Radiohead, Stereolab o Wire. La vanguardia bien entendida. Un clásico sin arrugas.

El evento fue traído por los organizadores de Futuro Festival en asociación con el Goethe-Institut Mexiko. Todo un acierto de personas partidarias de mirar más allá.

En el público hubo de todo. Conocedores de la música alemana, viejos nostálgicos. Jóvenes atentos a la historia. Hubo un tipo que no sabía a quién tiene enfrente, así que lo googleaba y se ponía  a ver fotos de él en su celular, en vez de atender a la actuación que tenía a unos pocos centímetros de distancia.

Había una joven. Tenía el cabello violeta y no debía tener más de 21 años. Era una de las personas más entusiastas en el recinto. Entendió a la perfección el instante y se dejó llevar por el mismo, permitiendo que los sonidos se apoderaran de ella en pasos de baile que no tendrían explicación de otro modo. Ella no se dio cuenta, tenía los ojos cerrados, pero Michael Rother la observó durante más de una ocasión. Y volvió a soltar una sonrisa, como si él fuera el fascinado. En ella estaba la música. La chica de cabello violeta contenía la magia del momento y él había soltado la chispa que dio en el clavo.

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