Dean Martin en la encrucijada

Eran los tiempos de la beatlemanía durante la primera mitad de los años sesenta y, aunque casi todo el mundo estaba fascinado con el cuarteto de Liverpool, había un puñado de personas que no lo soportaban o que, cuando menos, lo veían con recelo, displicencia o envidia. El caso más representativo fue el de los crooners estadounidenses, que de pronto se vieron desplazados por esos jóvenes muchachos que venían del Reino Unido.  Frank Sinatra y Dean Martin no veían del todo bien que alguien llegara arrebatarles la atención de las mujeres y del gran público, similar a lo que también sintió Elvis Presley. Casi todos ellos cambiaron de perspectiva con el pasar de las primaveras. Sinatra cantó canciones de los Beatles, lo mismo que Bing Crosby y Elvis, quienes además gozaban de la admiración de los Fab four.

Dean Martin se cuece aparte. Fue el que más difícil tuvo aceptar que los tiempos habían cambiado. La competencia en los sesenta de pronto se vio dominada por gente extravagante de tendencias hippies, lo cual era incomprensible para un tipo chapado a la antigua como él, un hijo de inmigrantes italianos que gustaba del cabello corto y dejarse de tonterías (salvo en las noches de copas… casi todas). La animadversión fue tal que alguna vez en un programa de televisión entonó, junto a otros personajes, un tema medio en broma, medio en serio, en que se escuchaba “I hate the Beatles…“.

En 1964 el panorama era nebuloso para Dean Martin. Parecía que el futuro había barrido con tipos de su estirpe. Era imposible escapar de los nuevos fenómenos. Ni siquiera su hijo, Dino Jr., lo hacía; para colmo del cantante, en casa tenía a un gran fan de aquellos melenudos. El padre tenía que soportar a diario a ese muchacho que canturreaba “She Loves You” y otras joyas desde su habitación o en la cocina. Un simbólico acto de parricidio o un golpe a la vanidad, como cuando la chica de tu interés se ve encandilada por el nuevo alumno de la escuela para olvidarse de ti.

La crisis de Dean Martin se acentuaba por el hecho de que llevaba seis años sin conseguir un solo hit. El cuadro no invitaba al optimismo. La gente ya buscaba otras cosas. Y él tenía casi cincuenta años. Parecía que su época ya había pasado. Era un fósil, alguien que ya no pertenecía. Pero entonces llegó uno de esos momentos de reivindicación que ofrece la vida si uno mantiene el dedo en el renglón y permanece atento a las oportunidades.

Durante las sesiones de Dream with Dean (1964), el pianista Ken Lane sugirió a Dean Martin probar una canción llamada “Everybody Loves Somebody”. Se trataba de una pieza del lejano 1947 que el propio Lane había compuesto al lado de Sam Coslow e Irving Taylor. Una tonada agradable de la vieja escuela que sin embargo no había tenido mayor trascendencia hasta el momento, pese a que había sido interpretada por figuras de la talla de Frank Sinatra y Peggy Lee. No estaba presupuestado que fuera un highlight del disco,  simplemente había que buscar algo de relleno para completar las doce canciones requeridas para el proyecto. Y “Everybody Loves Somebody” podía cumplir con el cometido.  Sin ser una apuesta ambiciosa,  al reloj les faltaba una tuerca y no estaba de más practicar con una reliquia.

La prueba funcionó. Una versión austera en lo instrumental (preciosa, hay que decirlo) de “Everybody Loves Somebody” entró en el álbum. La insistencia de Jeanne Biegger —la esposa de Dean— fue clave para que fuera incluida en el corte final, como señala Javier Márquez en el libro Rat Pack. Viviendo a su manera. Fue la primera en enamorarse de la melodía.

No obstante, Dean Martin seguía con una espina clavada. Y esa canción en particular le seguía atrayendo (lo curioso es que en un principio la vio con escepticismo). Sentía un raro magnetismo hacia ella. Era posible sacarle más jugo, según creía. Si bien su carrera no pasaba por el mejor momento, el orgullo de Dean permanecía vivo, solo requería dar un golpe de autoridad en la mesa.  Acaso la invasión británica, de forma indirecta, contribuyó a sacar lo mejor de él y su equipo. El valor de un hombre se puede medir por la reacción que tiene cuando está contra las cuerdas. Y aunque la escena musical parecía relegarlo,  el cantante decidió seguir en combate por un round más.

Fue así que se decidió grabar una versión alternativa de “Everybody Loves Somebody”, esta vez con un poco más de ritmo y con orquesta. Dean Martin conocía sus debilidades y sus fortalezas; estaba en el punto en el que no podía inventar nada más. Se decidió a recurrir al estilo de toda la vida, sin experimentar pero con todo su encanto y con la mejor hechura posible. La nueva adaptación resultó mágica (la manera en que Dino pronuncia If I had it in my power es un detalle maestro: vibrante, casi un farfullo; una muestra de los caudales creativos dentro de la ejecución). Su fuerza arrolladora despertó el entusiasmo de todos y Reprise Records (la discográfica fundada por Frank Sinatra a la que pertenecía) decidió lanzarla como sencillo, además de incluirla en una recopilación de ese mismo año.

Hay que tomar en cuenta que para Dean Martin era un asunto personal. Más que efectuar el oficio, lo que intentaba era seguir vigente entre la audiencia. No ser un mero galán para abuelitas. De ahí que se esmerara tanto. El desempeño le hizo recuperar la confianza. Una mañana, mientras salía de casa para dirigirse al estudio, le advirtió a su hijo, quien escuchaba a los Beatles: “Ya verás, sacaré a tus amiguitos de la lista de popularidad”. Y al final así fue. “Everybody Loves Somebody llegó al #1 de las listas de éxitos de Estados Unidos, desbancando a la brillante “A Hard Day’s Night” de The Beatles.

Everybody loves somebody sometime
And although my dream was overdue
Your love made it well worth waiting for
For someone like you…

Fue el primer número uno de Dean Martin. El mayor clásico de su repertorio. Lo consiguió a los 47 años de edad.

dean martinFoto: Sid Avery (1961).

Otra víctima del siglo XX

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El cantante chileno Alex Anwandter ha acumulado triunfos desde el surgimiento de Teleradio Donoso, su primer proyecto musical. Los años han pasado desde entonces (la banda en cuestión, formada en 2005, ya no existe: desapareció en 2009), pero en cada una de sus etapas se ha mostrado como un artista completo, alguien que se involucra hasta en el último detalle de cualquier creación que vaya firmada con su nombre. Además de componer hits a mansalva, ha fungido como productor, cineasta y como vocero de minorías que a menudo pasan desapercibidas en el contexto de la canción latinoamericana. Es, en definitiva, una de las figuras más destacadas del continente, cuyo genio parece no agotarse y cuyos lanzamientos, ahora en solitario, despiertan entusiasmo allá por donde deambulan.

Una de las facetas más interesantes de Alex Anwandter es la de director de videoclips, un área a veces polémica en lo que se refiere a la industria musical. Muchos melómanos consideran que este tipo de representaciones son prescindibles, un mero artefacto de orden comercial que rompe con la abstracción que cada espectador debería labrarse por su cuenta; la deficiencia está en someter todo a una sola interpretación visual, anulando así el caleidoscopio. Para otros, los videos musicales son ideales para enriquecer la experiencia estética. Al respecto, habrá que buscar un equilibrio. El juicio dependerá de cuál sea la propuesta en específico; en algunas obras funcionará la pantalla, en otras no.

En el caso de Alex Anwandter los videoclips distan de ser un simple complemento, son pequeñas aventuras cinematográficas que amplifican una cosmovisión muy particular. Su discurso se concentra en el lado marginal de la sociedad, aquellos que desfilan mientras las buenas conciencias duermen. Pero no se equivoquen, no siempre muestra el lado romántico en torno a ello, también señala los vacíos, las resacas, las dudas, las crisis que se intercalan con el baile, las copas, la angustia del tiempo y alguna sonrisa malinterpretada.

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En este sentido, el video que mejor lo define es el de “Casa Latina”, lanzado en 2011 bajo una entidad de nombre Odisea, que más bien fue el inicio de su aventura como solista. Esta pequeña gema, un verdadero cortometraje, retrata la historia de tres mujeres alienadas, cada una hundida en sus propios infiernos personales: el de la represión del conservadurismo, el de la asfixia laboral y el de una preferencia incomprendida. Cada una de ellas es de un estrato social diferente y son de distintas edades. Comparten, eso sí, la soledad. La sensación de estar al borde, a punto de tirar la toalla.

Una de las protagonistas se encuentra encerrada en una oficina, donde trabaja horas extra para poder sostener a su familia. Pero está deshecha. Bien sabe que no vive la vida que alguna vez deseó tener. Tuvo que renunciar a sus sueños de infancia. Ella quisiera estar de viaje en otro país, desearía estar de aventura en algún rincón de la noche. En cambio tiene un escenario deprimente, le agobian responsabilidades de las cuales parece no haber escapatoria. Tiene hijos, tiene deudas, está encadenada de por vida. Eso cree.

Un fenómeno similar ocurre con las otras dos chicas. Temerosas, aisladas, sin saber muy bien a dónde ir. Tienen dudas, viven en la celda de la incomprensión. Guardan secretos, no son aceptadas, están ancladas a la rutina.

Y entonces llega la revelación. Aunque no lo parezca, sí que hay una salida, un plan de fuga para ellas y para todos. Un recurso que es más sencillo de lo que parece. Alex Anwandter lo señala: consiste en darse un minuto. Olvidarse de todo por un rato y recurrir a la música, el salvamento por excelencia. Cuando te sientas hundido, cuando el trabajo o el estudio te estén matando, cuando tu vida personal se esté hundiendo, pon tu canción. La canción que más amas, la que te recuerda a tus mejores momentos. Y con ella de fondo, levántate y baila. Es el único remedio para salvar el espíritu. No importa la edad, no importa la circunstancia. Pon el tema que te remite a los tiempos que fueron felices. Recupera tu parte mágica y ebria, como decía un viejo escritor. Esa que es joven a perpetuidad. Y baila, baila de nuevo, por el amor de Dios.

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Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

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El caso de Noel Gallagher

La historia es famosa. Noel Gallagher escribió la letra de “Live Forever” poco después de escuchar un tema de Nirvana titulado “I Hate Myself and Want to Die”. El mensaje de la canción de Kurt Cobain no le gustó mucho a Noel Gallagher, quien era incapaz de entender la visión tan pesimista que una persona puede tener sobre sí misma y el mundo que le rodea. A fin de cuentas vida solo hay una, y aunque tiene momentos bastante duros, también es la única oportunidad que tenemos para disfrutar y soñar.

De ahí salió uno de los grandes clásicos del britpop. Una oda a la subsistencia. La invitación a marcar distancia y a guardar optimismo por lo que viene. Noel la dedicó a su propia madre, pero el tema tiene un cariz universal. Ya las primeras líneas merecen un monumento por sí solas:

Maybe I don’t really wanna know
How your garden grows
‘Cause I just wanna fly…

Lo maravilloso de Oasis como banda es que evoca un montón de sentimientos, la mayoría de ellos positivos. Los hermanos Gallagher son dos tipos surgidos de la clase baja que padecieron en serio durante su infancia y juventud. El sufrimiento fue a todo nivel; en lo familiar, en lo económico, en lo sentimental. Y pese a ello, tomaron la determinación de responder de la mejor manera posible, sin tirar la toalla ni dejarse hundir. Optaron por salir adelante y dar pelea. De nada les servía encerrarse a lloriquear en una habitación. Tampoco guardar un rencor que les envenenara las tripas. Si querían abandonar el infierno tenían que brillar, voltear hacia arriba. Y así lo hicieron, con canciones que producen adrenalina, que apelan encarar lo que hay como sea y mirar de frente sin complejos.

La historia nos mostró que la actitud de Kurt Cobain era honesta. Su destino trágico, como el de otras figuras del grunge, invita al análisis. La depresión es un tema delicado que debe atenderse por profesionales y quienes la padecen tienen que recibir toda la ayuda y comprensión que les podamos dar. Por fortuna hay avances en la materia y con un tratamiento adecuado hay formas de mantenerse a flote.

Por otro lado, he de decir que resulta ridículo ver a músicos que hacen de la tristeza una mera pantalla para hacerse de aplausos y aumentar las ventas de discos. Es insoportable. Me refiero a supuestos artistas que se hacen los sufridos en el escenario, donde hacen berrinche por cualquier cosa, pero que al cabo de un rato se van entre risas de regreso a una mansión donde gozan de lo lindo sin ningún empacho. Deleitarse no tiene nada de malo: frivolizar y lucrar con un falso desaliento sí lo es. El público, por desgracia, no tiene escapatoria alguna. Esa música impostora prolonga su pesar y, a diferencia de lo que pueden permitirse aquellos farsantes, ningún viaje a las Bahamas podrá aliviarlos.

En cambio lo de Noel Gallagher es de admirar. Nunca quiso sacar tajada de los pesares. Nunca quiso transmitir malas sensaciones a los demás. Ni siquiera quiso darle vueltas. Hizo lo mejor que podía hacer. Siguió caminando y no le dio gusto a todos aquellos que en su momento trataron de derrumbarlo. Rompió con el círculo de desdicha y no fue rehén de las circunstancias. Y así su valor logró levantar a miles de seres que lo escuchaban desde sus propios infiernos personales.

Recientemente Noel Gallagher cumplió años. Y más allá de cuestiones musicales, siempre lo veré como un ejemplo y una lección de vida. Le agradezco por todas sus canciones y porque gracias a él conocí a grandes amigos.

noel.gallagher_06_08Foto: Jörg Steinmetz (2008).

Cincuenta años de corazones solitarios

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No creo que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) sea el mejor disco de The Beatles. Creo que ni siquiera entraría en los primeros cuatro puestos, que estarían repartidos entre el Rubber Soul, Revolver, The Beatles y Abbey Road. Aun así reconozco y respeto la mística de ese trabajo, que de alguna manera se las arregló para posicionarse como la gran carta presentación del cuarteto y como uno de los grandes acontecimientos de la música popular. En ello debió influir la grandiosa portada y la onda conceptual que contiene, la cual ayudó a consolidar el formato del álbum de manera definitiva, aunque ya en la práctica no terminó de cuajar, salvo por los dos primeros temas.

La razón por la que Sgt. Pepper’s no está entre mi top de discos (lo cual no quiere decir que me desagrade, al contrario, es una gran obra, solo que hay otras mejores), es porque lo veo como un proyecto cargado de lleno al lado de Paul McCartney. Esto no debería ser del todo malo, si consideramos que se trata de uno de los compositores más importantes del siglo XX, sin embargo se resiente el flojo aporte de John Lennon, que por entonces pasaba por un ligero bache creativo, manifestado incluso en una de las canciones del álbum (“I’ve got nothing to say but it’s OK”).

Ya por entonces Paul McCartney intentaba asumir el liderazgo del grupo, algo que nunca le pareció muy bien a los demás integrantes de los Fab. Quizás debido a ello, se puede percibir cierto desinterés tanto de John Lennon como de George Harrison. No hubo una implicación (aunque sí profesionalismo) de su parte como la hubo en otros trabajos.

Si el álbum anterior (Revolver) era una maravilla porque los tres compositores aportaban al máximo nivel (tanto John Lennon y como Paul McCartney entregaron clásicos uno tras otro y George Harrison se destapó como gran creador con tres canciones), en Sgt. Pepper’s es notable una capa caída tanto de John Lennon como de George Harrison (que solo aporta un tema). Las contribuciones de John son de hecho un tanto menores, con la excepción de “Lucy in the Sky with Diamonds” y “A Day in the Life”, que además tuvo que ser completada con metraje de sus compañeros. Se puede decir que Sgt. Pepper’s fue el disco menos protagónico de John Lennon en la carrera de The Beatles hasta ese momento, un perfil bajo que se repetiría tan solo (y de manera más acentuada) en Let It Be (1970).

De cualquier modo John Lennon tenía el atributo propio de los genios: el de poder salvar las castañas con tan solo realizar un pequeño gesto, a veces sin proponérselo. Ahí donde los otros requieren esfuerzo y dedicación para deslumbrar, a los elegidos les basta con sacar un poco de lo que llevan por dentro. Acaso las primeras líneas de “A Day in the Life” sean superiores por sí mismas a todo lo que Paul hizo para ese disco. Solo por esa voz, esa magnífica voz que pone la piel de gallina; como en esa parte de “Strawberry Fields Forever” (No one I think is in my tree…) que es para tirarse a llorar en el suelo.

En el perfil mccartniano del Sgt. Pepper’s influyeron también algunas decisiones de la producción. George Martin siempre se arrepintió de no haber incluido el combo “Penny Lane / Strawberry Fields Forever” en el álbum, piezas clave que tuvo que ceder para el lanzamiento de un sencillo que calmara las presiones comerciales que exigían material nuevo luego que las grabaciones del nuevo LP se prolongaran durante meses. “Only a Northern Song” de George Harrison es otro descarte de esa época que igual pudo ser  un gran refuerzo.

Por eso no lo tengo al Sgt. Pepper’s entre mis consentidos, aunque no deja de ser una obra única y portentosa. El comienzo y el cierre son emocionantes a mares. Cada tema tiene algún arreglo o detalle que un día inesperado se revela con toda su genialidad. Y sí, Paul se luce en lo suyo, con temas que envidiaría el mismísimo Ray Davies (aunque el muy amargo nunca lo admitiría). En especial cosas como “She’s Leaving Home”, “When I’m Sixty-Four” y la que quizás sea mi preferida: “Fixing a Hole”.

Como sea, felicidades por los 50 años cumplidos. Si esta maravilla no es lo mejor de The Beatles, imaginen como está lo demás. Larga vida al Sargento Pimienta y a la banda de los corazones solitarios que somos todos nosotros.

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Foto: John Downing.

Ni tú ni nadie

El álbum Deseo carnal (1984) fue el gran salto adelante en la carrera de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut. El golpe de autoridad con el que ganaron el estatus que ya nunca los abandonaría. En apenas un sexenio pasaron de ser unos punks sin nociones musicales (Kaka de Luxe) a ser una cuadrilla sofisticada, llena de recursos y con una amplia paleta de sonidos bajo el nombre de Alaska y Dinarama. Dejaron la carnada de la ocurrencia estrafalaria para centrarse en la composición de himnos inmortales, piezas de relojería que se quedarían para siempre instaladas en el medio cultural en español.

Al hablar de Deseo Carnal, nos referimos a un trabajo de alta manufactura, una entidad afilada que en su momento compitió de frente con lo mejor que se hacía en EE.UU. y el Reino Unido. Aquellos jóvenes rarunos salieron sin complejos y a base de ambición se instalaron en el olimpo que antes presenciaban desde casa por televisión. El disco fue una de las patadas definitivas de la Movida Madrileña. Fue la llegada del éxito masivo; no ya marginalidad, sino un fenómeno que invadía todos los rincones de Hispanoamérica.

Entre todos los temas que la obra contiene, que más bien parece una recopilación de grandes éxitos, destaca en especial “Ni tú ni nadie”, que a la postre se convertiría en  una de las dos o tres canciones más famosas del tridente (y la música popular española en general). También es una muestra del gran equipo que hacían.

Carlos-Berlanga-

Para que un grupo sea relevante, le basta con tener un genio entre sus filas. Con ello se puede hacer una carrera nutrida y espectacular. Pero Alaska y Dinarama no solo tenía un genio, sino tres figuras de primera línea en acción. Nacho Canut, Carlos Berlanga y la propia Alaska, cada uno de ellos irrepetibles con sus filias y fobias. Tres tipos que se conocieron a finales de los años setenta gracias al amor compartido por los cómics, el horror, la superficialidad y el punk al que se dedicaron con su primera encarnación, Kaka de Luxe, un proyecto con el que no se les auguraba mayor trascendencia. En 1978 nadie habría apostado por ellos. En aquel entonces a duras penas sabían tocar sus instrumentos: pero no importaba, aquello pasaba a segundo plano, lo valioso era la actitud, la imagen, el contar historias extravagantes y tener una innegable capacidad para enganchar a través de pinceladas que trascendían a los tecnicismos. Tenían personalidad y tenían estilo, particularidades con las que bastaba para hacerse de un lugar. Eran el banquete esperado por una sociedad en pleno proceso de liberación.

“Ni tú ni nadie” emociona hasta el tuétano porque refleja la esencia de cada uno de los integrantes de la banda. Una combinación explosiva que logró saltar hasta el cielo en esa obra maestra llamada Deseo carnal. Por un lado, Nacho Canut con su evidente vena punky y los guitarrazos iniciales que son en sí mismos un toque de magia, un especie de campanazo que abre de lleno la puerta a un nuevo sitio. Esos trazos ramoneros son su gran aporte, el sostén que se vuelve clave para catapultar el plato principal que viene después: la revelación del mundo interior de Carlos Berlanga envuelto en versos y melodías memorables. Lo maravilloso es que eso se nos revela en voz Alaska, que es algo así como opuesto del compositor. Mientras Berlanga es un joven tímido, frustrado, tirado al drama y al fatalismo (con una capacidad asombrosa para crear relatos), la cantante es extrovertida, salvaje, sin reparo alguno para realizar el movimiento más atrevido posible, como esos suspiros orgásmicos que se suman a otros tantos detalles que hacen un festín auditivo.

La letra habla de una relación que se cae a pedazos. Pero Carlos Berlanga recurre a su especialidad: la defensa a muerte de los ideales. El derecho a morirse con la suya y mandar al diablo a los demás. Ni la peor de las rupturas puede derrumbarte si tienes los pies bien plantados en el suelo. “Ni tú ni nadie puede cambiarme” es en sí misma una línea dorada, una filosofía de la individualidad, de resistencia, de superación. Y la marca de la casa; el lamento, los reclamos, el despecho, la confusión, el regodeo ante la adversidad, las tristezas… y el amor propio como rastro de luminosidad.

Eran dinamita en acción.

Haces muy mal
en elevar mi tensión
en aplastar mi ambición
tú sigue así, ya verás

Miro el reloj
mucho más tarde que ayer
te esperaría otra vez
No lo haré, no lo haré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Vete de aquí,
no me supiste entender
yo sólo pienso en tu piel
no es necesario mentir.

Qué fácil es atormentarse después,
pero sobreviviré
sé que podré, sobreviviré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme…

 

carlos canut

Bruce Springsteen, remedio contra la adversidad

Bruce Springsteen podría ser la encarnación perfecta del sueño americano. Un tipo surgido de las sombras que llegó hasta  lo más alto. Lo curioso es que el éxito y la fama no le hicieron olvidar sus raíces ni tampoco el lado amargo de su propio país. Contrario a la percepción generalizada, no es un patriotero al uso, sino un crítico del sistema que, no obstante, sigue amando a sus orígenes. He ahí la oscilación de su propuesta, una cuerda floja en la que siempre tuvo a bien balancearse.

Miembro de una familia humilde, Bruce Springsteen nació en Long Branch, una pequeña ciudad de Nueva Jersey, lugar donde no hay espacio para heroísmos ni grandes hazañas. Fue el amor a la música y el deseo de trascender lo que lo llevó a salir de ahí en busca de la tierra prometida, manteniendo siempre la perspectiva de un hijo del tercer mundo que hay dentro del primer mundo. Sus álbumes, proclives a la grandilocuencia, pueden llegar a  resultar exagerados para algunos, pero otra veces, cuando estás en el modo, cuando te urge escuchar una respuesta, cuando estás ansioso de llevar las emociones hasta la cima y, sobre todo, cuando esperas a un artista que lo haga con sinceridad, es entonces cuando se erige sobre el resto de la multitud,  con toda la determinación de alguien ha surgido desde abajo.

La importancia de Bruce Springsteen quedó bien ilustrada por Jon Stewart en un discurso de homenaje en el año 2009. Aunque en la actualidad Jon Stewart es uno de los comediantes y conductores más famosos del planeta, hubo una época en la que estuvo lleno de angustias y en la que se vio obligado a trabajar en un bar de mala muerte. Fue una racha llena de pobreza, dificultades y desilusiones que lo mantuvieron al borde de la lona. Pero hubo algo que lo salvó. Fue la música. En concreto la de Bruce Springsteen, que a través de las bocinas del auto (un horrible Gremlin del año 1976) lo acompañaba en el camino de regreso a casa después de cada jornada.

La situación del joven Stewart podía desanimar a cualquiera, pero la música de Bruce Springsteen supuso un impulso, una píldora de resistencia: “Me subía a mi auto cada noche y ponía la música de Bruce Springsteen… y todo cambió. Nunca más me sentí un perdedor. Cuando escuchas la música de Bruce no eres un perdedor […] él siempre vacía el tanque. Y lo maravilloso de este hombre es que vacía el tanque por su familia, vacía el tanque por su arte, vacía el tanque por su audiencia y vacía el tanque por su país. Y nosotros al final nos vemos rejuvenecidos, si no es que redimidos, por este hermoso regalo”.

Hay una composición en particular que refleja la magia de Bruce Springsteen. Se llama “Badlands” y pertenece a Darkness on the Edge of Town (1978), el cuarto álbum de su carrera cuando la fama ya lo bendecía.

En “Badlands”, que podría traducirse como “Tierras yermas” o —como en lo personal prefiero— “Tierras adversas”, Bruce Springsteen no se desapega  de su pasado, tal como nunca ha hecho hasta ahora. La letra habla de un tema que quizás a muchos les pegue en la parte emocional;  cualquiera que haya sentido la frustración de vivir en un lugar que no te ofrece lo necesario para cumplir tus expectativas encontrará en ella una palmada comprensiva en la espalda.

La cotidianidad llega a ser terriblemente desmoralizante, hay gente que trabaja duro esperando durante años algo que simplemente no llega jamás. ¿A qué apela entonces la canción? Bueno, a seguir empujando, a no conformarse, a salir de ahí, a remediarlo. A saber reclamar, incluso a lo que amas, porque sabes que las cosas pueden ir mejor. A exigir a esas tierras adversas  que te entreguen lo que mereces. A no ceder a la desesperanza, a mantener vivos los sentimientos que sirven de combustible y seguir con el triunfo metido en la cabeza.

Bruce Springsteen tiene algo increíblemente inspirador: es una referencia, alguien que se sobrepuso a esas badlands personales y que sigue haciéndole frente a las de los demás.  Así queda de manifiesto en una gran canción que amalgama la profundidad del singer/songwriter con la vitalidad del power pop. Y, ante todo, un golpe de actitud ante las fuerzas opresoras de la que cualquier sociedad debería aprender. Una invitación a seguir presionando hasta que estas tierras empiecen a tratarnos bien.

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Bruce Springsteen (1978) fotografiado por Frank Stefanko.

Bailando entre punkies

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Escaneo sacado de cajondevinilos

El inicio oficial de la Movida Madrileña se suele trazar en 1980, exactamente en el concierto homenaje a José Enrique Canito Leal, un integrante fallecido de la banda Tos (que a la postre se transformaría en Los Secretos). En aquel festival tocaron, entre otros, Nacha Pop, Mamá, Tos y unos tipos raros llamados Alaska y los Pegamoides (que fueron un poco un desastre). Por primera vez, las figuras emergentes de la música española se reunían y formaban lo que parecía ser una escena, aunque cada intérprete tenía una propuesta distinta a la de los demás. No había homogeneidad de sonido, solo una voluntad compartida de expresarse a través de la canción. En aquel lugar destacaba la imagen de Alaska y los Pegamoides, unos tipos punkies y estrafalarios, a medio camino entre Siouxsie and the Banshees, los Ramones y algún fiesta organizada por Almodóvar.

De cualquier modo, me atrevo a decir que la verdadera Movida Madrileña empezó cuatro años antes, con el cadáver de Franco todavía fresco. Y en este aspecto, Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut (con esa pinta a la Sid Vicious) pueden preciarse de haber cimentado el camino para lo que se consolidó después.

En 1976 el punk explotaba en EE.UU. y el Reino Unido. En los países de habla hispana era en  un género de minorías: el puñado de rebeldes que conseguían discos importados, ya fuera robando, gastando los ahorros o, en el caso de los más acomodados, a través de los viajes realizados a Londres o Nueva York, El punk no era masivo (y quizás nunca lo haya sido), la sociedad española era acartonada, como pasaba también en las grandes capitales de Latinoamérica, cuyo sonido más peligroso provenía del rock sucio heredero del blues.

Ya en 1977, se da un movimiento curioso. María Olvido es una niña de 14 años, conocida entre sus círculos por excéntrica y ser una enamorada de la cultura popular: fetichista de la imagen y del cine gore. La típica adolescente dark que vive apartada en la escuela y que no acaba por adaptarse del todo con sus compañeros. Ella necesitaba rodearse de otro tipo de gente, personas que compartieran sus pasiones. Gente alocada, ansiosa de trascendencia y de tener noches infinitas.

Fue así que la joven María Olvido conoció a Fernando Márquez en las trincheras de un fanzine y colectivo underground. Con él tiene afinidad espiritual e inicia un deseo, un impulso: el de ir más allá, centrarse en el mundo del cómic, pero también, y por qué no, fundar una banda de música. Que ninguno de los dos supiera tocar un instrumento, importaba poco. Eran dos muchachos motivados a tope por la efervescencia del punk, en donde lo que más valía era la estética y la actitud. Quizás con la determinación suficiente podrían llegar lejos. Aunque antes necesitaban reclutar a otros escuderos.

Fue así que toparon con dos muchachos que se dedicaban a vender discos y memorabilia en un mercado dominical (al modo top manta). Sus nombres eran Carlos Berlanga y Nacho Canut, dos amigos formados a la estela de Alice Cooper y David Bowie.

En aquel encuentro quedó en claro la compatibilidad de caracteres. Ese grupo de desconocidos compartía el gusto por el punk, las historietas y el cine de serie B. Al calor de la charla, María Olvido y Fernando Márquez le propusieron a Carlos Berlanga y Nacho Canut unirse al proyecto musical en ciernes. Necesitaban refuerzos instrumentales. Ellos aceptaron en medio del blofeo. Lo cierto es que ellos tampoco sabían tocar ni una sola nota. “Tocar nos parecía una cosa accesoria”, decía Carlos Berlanga.

Los otros integrantes que conformaron el núcleo de la agrupación (que llegó a tener siete miembros) fueron Manolo Campoamor (un tipo locuaz, introducido por María Olvido) y Enrique Sierra, lo más cercano a un músico nato que tenían y que acaso por lo mismo nunca se adaptó del todo a la onda de sus compañeros, lo cual eventualmente lo llevaría a apartarse y formar Radio Futura.

En un principio el nombre elegido para el conjunto fue Shit de Luxe, que a insistencia de Carlos Berlanga fue españolizado para quedar como Kaka de Luxe, una declaración de identidad: descaro, gritos de diversión y una afrenta contra lo políticamente correcto.

Aquellos jóvenes eran dibujantes, pintores, periodistas y (sobre todo) fans que de algún modo se las ingeniaron a refrescar la radio de su tiempo. Amantes de lo superficial, de los Ramones, de Divine, de la extravagancia y de las revistas del corazón, dieron el golpe clave con el que se ha de entender la Movida Madrileña: la liberación. Una liberación integral, que parte desde la vestimenta hasta el discurso, pasando por la sexualidad.

María Olvido se convirtió en Alaska. Y aun siendo menor de edad, escribió la letra de “La tentación”, una creación rompedora para la época (incluso ahora lo sería): el relato de un one night stand con un tipo sadomasoquista (Todo en cuero negro / un látigo sacó, / entonces me dijo / que me iba a dar mi merecido, / que todo esto me pasaba / por ser una puta guarra…) que luego adereza con sentido del humor al sumar el elemento religioso (Eso está mal, no es natural, / fornicar es un pecado mortal. / He rezado padrenuestros, / oraciones a María, / entraré en algún convento, / así veréis que me arrepiento). El acierto adicional fue el hecho de que el tema no fuera cantado por Alaska, sino por Manolo Campoamor, lo cual le dio una pizca añadida de escándalo, donde se juega con la ambigüedad del género.

El paso de Kaka de Luxe duró pocos meses, pero dejaron marca en toda una generación. A partir de ellos surge la edad de oro del pop español, ya sin cobardía ni limitaciones. A ellos se les puede atribuir que se perdiera el miedo al ridículo. Quitaron solemnidad, no temían burlarse de su público y de ellos mismos. Mostraron que cualquiera podría montarse en una furgoneta e ir en busca de un sueño.

En lo que respecta a la personalidad, cabe decir que mientras sus compañeros eran extrovertidos, Carlos Berlanga era el tímido de la pandilla. Le costaba enfrentarse al escenario, a pesar del talento que guardaba dentro de sí. Admitía que le avergonzaba lo que hacía.

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Foto de autor desconocido, sacada del fotolog costureras1980

Luego vino Alaska y Los Pegamoides, una especie de supergrupo conformado por Alaska, Nacho Canut, Carlos Berlanga + Ana Curra y Eduardo Benavente. Los últimos dos mutarían en los míticos Parálisis Permanente. Cinco tipos de gran alcance es una misma banda trajeron la consolidación; ya más confiados en sí mismos y dominando los instrumentos y métodos de composición, se dedicaron a lanzar pequeñas obras maestras que permanecen como hitos del pop en español hasta la actualidad. Redujeron la agresividad de Kaka de Luxe, a cambio de mayor ingenio y amplitud. En esa breve temporada nacieron hits como “Horror en el hipermercado”, “El Hospital” y, en especial, “Bailando”, un éxito rotundo que incluso les llevó a explorar el mercado anglosajón.

A diferencia de otras letras en donde los Pegamoides trataban historias de muerte, sangre y terror, herederas de las viñetas de cómics, “Bailando” destaca por su hedonismo puro (que para algunos es una ironía), un toque de genio salido de Carlos Berlanga que optó por un camino peculiar, el de mezclar el punk y el new wave con el funk y la música disco (con una gran deuda a los Gibson Brothers a los que prácticamente versionaron, hay que decir). Una bomba que estalla en las pistas de discoteca dejando a todos rendidos, de paso con una marca existencial muy propia de la época: la de alguien que se sume en los excesos como único remedio para resistir un camino que parece no llevar a ninguna parte.

Versos que deambulantes en sintonía con “Perdido en mi habitación” de Mecano, también de esa temporada. Una aparente superficialidad que esconde  las angustias de la libertad.

Bailando.
Me paso el día bailando.
Y los vecinos mientras tanto
no paran de molestar.

Bebiendo.
Me paso el día bebiendo.
La cocktelera agitando
llena de Soda y Vermut.
Tengo los huesos desencajados,
el fémur tengo muy dislocado;
tengo el cuerpo muy mal,
pero una gran vida social.

La música en sí

La música sirve casi  para cualquier momento. Tiene la versatilidad suficiente para recubrir al espíritu que lo requiera en diversos escenarios. Una canción puede acompañar en momentos de júbilo, como también en espacios de introspección. Lo que importa es saber elegir lo adecuado para cada contexto. Incluso los mejores compositores e intérpretes se vienen abajo si se les expone a un ambiente que no les va.

Muchos no lo saben, pero es así. El otro día, en el gimnasio al que voy para perder el tiempo, topé con un jovenzuelo que cometió varias tropelías con el resto de los presentes. De entrada, el muchacho tenía un aspecto muy poco agradable, lo cual siempre le amarga el día a uno. Sobre todo si eres de los que se han propuesto mantener a tope los estímulos visuales. No es un asunto de belleza ni de fealdad (hay feos que son un deleite), es un fenómeno que trasciende a etiquetas; hay gente que produce malestar con su mera aparición. Ya pueden ser guapos o feos, eso no es lo que importa, sino una proyección general que es difícil definir.

Pues bien, el tipo en cuestión estaba en el área de caminadoras, la que yo frecuento por estos días. El horror fue inmediato: aquella existencia, insolente en sí misma, era coronada por un detalle ofensivo: en vez de hacer como los demás, que llevábamos audífonos, él llevaba su música expuesta en una bocina portátil que invadía la atmósfera del lugar.

Si acaso su elección musical hubiera sido digna, la afrenta habría sido menos grave. Lo terrible es que aquel ser vivo nos obligaba a escuchar Pink Floyd mientras intentábamos remediar el estado de nuestros tristes cuerpos.

A Pink Floyd no le guardo ningún odio. No hablamos de una propuesta abominable o insípida. Me parece que tiene lo suyo. Si bien han dejado de pertenecer a mi altar personal, les tengo por un acto decente, al que se puede escuchar sin que ello represente calvario.

El problema no era Roger Waters. No era la música en sí, que podía estar de maravilla para poner en el auto o un rincón del dormitorio. El problema era el contexto, la clase de sensatez a la que me refería. Pink Floyd no es música de gimnasio, mucho menos si se tratan de canciones como  “The Great Gig in the Sky” y “High Hopes”. Hay cosas que simplemente no van. Yo amo a Bob Dylan, pero bajo ningún motivo pondría el John Wesley Hardin cuando alguien hace su rutina de cardio.

Más grave aún era la cara del tipo, con altivez… como si estuviera orgulloso de su oferta sonora, seguramente sintiéndose un DJ de gusto sublime, aleccionando al hatajo de ovejas que se conforman con los éxitos del momento, sin darse cuenta de que la vulgaridad venía de su lado al mezclar peras con rinocerontes.

El buen gusto no consiste en elegir de manera gratuita lo que se considera de alta cultura, sino dar los tiros apropiados dependiendo del entorno en particular. Un concierto dirigido por von Karajan no da para una fiesta infantil del mismo modo en que Baccara no fluye en un funeral. Aun así es posible que von Karajan sirva en las horas de estudio y que Baccara ayude a poner a bailar a tus tías. Es materia de timing.

Ya en otras ocasiones he tenido que padecer a individuos que no comprenden esta regla tan fundamental, cenutrios que por alguna clase de distorsión (con la que buscan erigirse como gente refinada) terminan por hacer el ridículo. Cito dos ejemplos: la vez que asistí a una fiesta mexicana del 15 de septiembre en la que los anfitriones pusieron una selección de Nirvana, Pearl Jam y Metallica, y una funesta cena de Navidad en la que unos familiares lejanos pusieron el OK Computer de Radiohead para deleitarnos con música elevada, esa que es para gente muy lista como ellos, Einsteins que no cometen la desfachatez de escuchar “La Marimorena”.

Cada quien es libre de hacer de su vida lo que le venga en gana, siempre y cuando no se afecte a terceros. Con eso en mente deberían optar por los más sensato, como dar pasos hasta hundirse en el océano, allá donde un cúmulo de piedras los espera con los brazos abiertos.

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Foto: Sirkka-Liisa Konttinen (1971)

Mis 10 canciones favoritas de The Smiths

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Hace 10 años todavía era difícil encontrar a personas que gustaran de The Smiths. Encontrarlas era un pequeño milagro, un acontecimiento muy especial del que casi siempre salía un vínculo duradero. Con el paso de los años (y de las películas que los han manoseado), su fama aumentó. Hoy en día podemos asegurar que se trata de una banda mainstream (al menos por las tres o cuatro canciones que  suelen ser conocidas), aunque de manera curiosa la carrera en solitario de Morrissey sigue sin recibir la atención que merece.

The Smiths son junto con The Beatles mi banda favorita del todos los tiempos. Afirmo sin rubor que todas sus canciones me gustan, incluso las que son consideradas como menores (aprendí a agarrarle la onda a “Golden Lights”), así que hacer un top 10 no tiene demasiado sentido: en el próximo mes podría mencionar otras diferentes. Esta lista, sin embargo, es un pequeño homenaje a un conjunto que me acompañó en momentos donde nadie más lo hacía. Cuatro salvajes a los que miro con cariño por todo lo que me ofrecieron.

Gracias a ellos por estas canciones que me mantuvieron a flote, como se indicaban en esa joya llamada “Rubber Ring”.

(Den clic en los títulos si quieren escuchar el audio de los temas en youtube)

***

10. “Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me”

El último sencillo lanzado por The Smiths en activo (sin contar “Stop Me If You Think You’ve Heard This One Before” que tuvo una distribución limitada) resume el espíritu que los conformó durante una breve, pero intensa carrera. Los sollozos de un alma que se lamenta ante una vida social insatisfactoria, sin que por ello se pierda la esperanza cada noche, en donde la fantasía de los sueños ofrece una calidez que empieza a quemar la piel por la mañana, una vez que se regresa a la realidad de una habitación vacía.

9. “Stretch Out and Wait”

Jim StarkPlato Crawford en la intimidad que ofrece la luz de las estrellas:  Do you think the end of the world will come at nighttime? Los pensamientos alojados en la mente de la adolescencia. El temor a las torpezas e incapacidades que se puedan tener en el primer encuentro, los cuales —se añora— puedan ser subsanadas por los designios naturales. Y toda esa emoción carnal, de la que ni siquiera se libran quienes han padecido años de ausencias, cuando los dos cuerpos caen sobre la cama y todas las dudas y dilemas pasan a segundo plano. Comprender, tendidos, que lo único que importante es el aquí y el ahora.

8. “The Boy With The Thorn In His Side”

Ante el ejercicio de identificarse con una canción, me inclinaría por “The Boy With The Thorn In His Side”, si bien las obras completas de Morrissey aplicarían por el puesto. En este tema  se aborda la angustia de quien se sabe incomprendido e ignorado. El chico con la espina en el costado va en confusión, no concibe cómo es que nadie puede ver aquello que guarda en la mirada, ¿cómo alguien no podría creerle? Ya sería hora de que cayeran en cuenta de que detrás de todas esas actitudes, en apariencia reclusivas, yacen deseos asesinos de amar.

Johnny Marr empieza por una ruta para luego retroceder e iniciar por otra; al fin y al cabo está rebosante de ideas, no hay temor al agotamiento; mientras allá, del otro lado, alguien se pregunta qué es lo que hay que hacer cuando por fin se quiere vivir. ¿Con quién vas? ¿A dónde te tienes que dirigir?

7. “Still Ill”

Un amor que se desvanece, una relación irrecuperable aunque todavía exista cercanía territorial. Besos bajo un puente de acero  que ya no tienen el significado que alguna vez tuvieron. No, ya no es como en los viejos tiempos. El duro golpe de asumir que no puedes permanecer aferrado a los sueños de antaño.

Las personas cambian y la nostalgia se convierte en un espectro. El sonido jangle en “Still Ill” lo recuerda con plácidas puñaladas.

6.”I Don’t Owe You Anything”

Un sentimiento constante en la carrera de Morrissey es la desesperación. El nervio que se colapsa ante la falta de incentivos. Y esa búsqueda incesante por alcanzar lo que se cree merecido: la plenitud, el amor, el estrellato. Este paroxismo se hace presente de manera singular en “I Don’t Owe You Anything”, en donde el ansia  se convierte en reclamo. El protagonista de la historia siente que la persona a la que ha dedicado sus empeños le debe algo, y que debe pagárselo cuanto antes. “¿En verdad he recorrido a pie todo este camino solo para escucharte decir que no quieres salir esta noche?”. El tipo de historias que eran posibles cuando la comunicación a distancia era difícil, sin tener aún la coordinación tecnológica.

Aquí discrepo con Morrissey  que, por el contrario, desprecia esta composición.

 

5. “William, It Was Really Nothing”

Johnny Marr obra el milagro de hacer sonar la guitara como si fuera la caída de lluvia para ir a la zaga de su compañero en esta historia sobre un lugar que te tira para abajo. Ciudad sin estímulos que ha empujado al conformismo… y una voz que te dice que no, que no tiene que ser así, que hay salvación, que hay otro camino. Es hora de que vivas tu vida.

Una proeza musical que en apenas dos minutos da en varios blancos.  I don’t dream about anyone except myself…

 

4. “This Night Has Opened My Eyes”

Quienes piensen que The Smiths eran únicamente Morrissey y Johnny Marr… tienen razón, pero atención a lo que Andy Rourke hizo desde el bajo en varias canciones, donde se convirtió en el amarre perfecto para redondear lo que disponían esos dos genios. Tal es el caso de”This Night Has Opened My Eyes”, que viene a ser Shelagh Delaney (la gran inspiración de Morrissey en los primeros años de The Smiths) sintetizada en una viñeta. El kitchen sink drama de quienes están sumidos en un contexto del que no solo es imposible escapar, sino que influye —para mal— en cada uno de los órdenes de la vida.

El “I’m not happy and I’m not sad” como declaración de principios. La celda de la vida diaria, arenas movedizas de las cuales hay que salvarse con la única oportunidad disponible.

3. “Hand in Glove”

The Smiths eran esto y no otra cosa. La garra, la pasión de quien se levanta luego de haber sido tundido una y otra vez. Una de las canciones de amor más bellas en toda la historia, en donde no importan géneros ni condiciones, enfocada a cualquier relación que viva en la adversidad. Morrissey daba así el primer paso de contundencia en su carrera como letrista, soltando líneas memorables una tras otra luego de haber pasado años en aislamiento. Era el león enjaulado que salía por fin a la superficie. Con este primer sencillo, el grupo se despegó de la competencia. Esta demostración  dejó en claro a lo que ellos eran diferentes. Eran de los nuestros.

Podemos ir a donde sea, lo que importa es que estés cerca de mí. Quizás estemos ocultos bajo harapos pero tenemos algo que ellos nunca tendrán. La buena vida está escondida allá afuera en alguna parte, así que permanece a mi lado, pequeño encanto. Pero conozco mi suerte muy bien y sé que probablemente no te vuelva a ver…

 

2. “I Know It’s Over”

Jamás he comprado esa visión superficial según la cual The Smiths es una banda triste y hasta depresiva. Creo que en la carrera del grupo abunda una ironía por la cual varios de sus temas acaban por ser malinterpretados. Hay, eso sí, una buena dosis de trazos melancólicos, una tendencia a la aflicción… pero siempre cargándola de belleza. Como si en esos baches se pudiera dar con un campo de flores. Si no se puede vencer los pesares queda la opción de hacerlos llevaderos (e incluso disfrutables) a través de la música.

Tal vez “I Know It’s Over” sea el trabajo más dolido y dramático de The Smiths, pero  Morrissey y Johnny Marr (contrario a la frialdad que podría encontrarse en, digamos, una pieza de Joy Division) logran ofrecer cobijo a quien lo escucha, un especie de consuelo, pese a que a la par tiren líneas que son verdades dolorosas.

Un himno a la sensibilidad y a todos esos atributos que, lejos de ayudar, complican el desarrollo de las personas (“Love is natural and real / But not for you, my love”). Los espíritus más profundos son a veces los que más sufren, a los que más se les dificulta tirarse al vacío.

1.”Half a Person”

Conocí a The Smiths en el mejor momento posible: en la complicada etapa de la adolescencia. Aquellos días en los que nadie te parece entender y en los que sientes que a nadie le pasa lo mismo que a ti. Deambulas desesperado con la ilusión de encontrar una guía, un refugio, para a más bien hallar barreras y nuevas desgracias.

Lo cierto es que si se va a encontrar una salvación es a través de un artista. Cada quien tendrá el suyo. El mío en particular fue Morrissey, con quien de inmediato establecí una conexión única. El copetudo era alguien diferente. No era la típica estrella de rock que cae en excesos de sexo y drogas, sino un tipo marginal que observaba con agudeza las dinámicas sociales, despreciándolas y queriendo entrar en ellas al mismo tiempo.

Recuerdo cuando la comunión se consolidó. Fue con “Half a Person”.

Vaya emoción al escuchar “Sixteen, clumsy and shy…”. Yo tenía dieciséis, era torpe y tímido. Y supe entonces (como con otras canciones), que The Smiths serían una de las bandas de mi vida. No solo una más, como tantas a otras a las que se escucha de vez en cuando, sino una de esas contadas (dos o tres nada más) con las que me obsesionaría. Era inevitable hacerlo. Los paralelos eran muchos, acabe conmovido sin poder remediarlo.

El muchacho aquel que estuvo seis años a la estela de otra… y que a cambio solo pedía cinco minutos para contar su propia historia. El que genio que solicitaba trabajo como un simple Back-scrubber.

“In the days when you were
hopelessly poor
I just liked you more…”

No tengo duda, ellos eran la historia de mi vida.

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