El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

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Foto: New York Public Library
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Tom Petty y la caricia de Dylan

Tom Petty y los Heartbreakers fungieron como banda de soporte para Bob Dylan en 1986 durante el True Confessions Tour. Lo que empezó como una colaboración profesional y de amistad, pronto dejó lecciones importantes para los involucrados, quienes, pese a su larga experiencia y estatus de estrellas, todavía tenían margen de aprendizaje. La enseñanza distaba de atender a recursos técnicos (que ya dominaban) para más bien enfocarse en una forma de entender la vida sobre el escenario y la música misma, áreas en las que Bob Dylan alumbraba con su aura de genio.

Por aquel entonces la carrera de Bob Dylan pasaba por su periodo más bajo. Como a otras leyendas de su generación, los años ochenta no le cayeron nada bien. Producto de ello acumuló una serie de tropiezos discográficos que no acabarían hasta el final de la década con el notable Oh Mercy (1989) que, sin embargo, no significó un verdadero repunte, hecho que ocurrió hasta 1997 con ese renacimiento conocido como Time Out of Mind, que lo llevó de nuevo a los cielos de los que ya no se ha bajado. Desde entonces vinieron triunfos artísticos como Love and Theft y Modern Times, además de galardones uno tras otro, incluyendo un Óscar y hasta el Nobel de Literatura.

Todo eso parecía lejano a mediados de los ochenta. Bob Dylan se encontraba a la deriva tras los  álbumes fallidos de su etapa cristiana (con la excepción de Slow Train Coming) y auténticos fiascos como el Knocked Out Loaded (que igual incluye esa joya llamada “Under Your Spell”). Tenía, no obstante, esa característica tan propia de los grandes: la de tener destellos y autoridad aun en modo de capa caída.

Tom Petty reconoció que durante aquella gira aprendió mucho. Estar junto a Bob Dylan les dio una valentía con la que antes no contaba. Descubrió  otra concepción de lo que significa ser un intérprete. El autor de “Like a Rolling Stone” era un ente cambiante, igual que sus canciones, las cuales evolucionaban en concierto, como seres vivientes que pasaban de ser una pieza folk a un blues amargo o un remolino que era imposible de identificar aun para los propios fanáticos del cantante.

Tom Petty y los Heartbreakers adquirieron la intuición necesaria para seguir los pasos del maestro. Debían aprender rápido y salir a tocar sin titubeos. “Tenías que ser muy versátil porque los arreglos podían cambiar, las notas podían cambiar, no había manera de saber qué es lo que él quería hacer cada noche. Tenías que aprender el valor de la espontaneidad, de cómo un instante  de ese tipo vale más que cualquier planificación en un concierto”.

Dos años después, en 1988, ya con esa colaboración concluida, surgió el mayor supergrupo en la historia de la música popular. Los Traveling Wilburys. Un proyecto de amigos ideado por George Harrison sin mayor pretensión que la de pasarla bien y refrescar la mente; recuperar el nervio y la emoción de juventud. Junto a Jeff Lynne, el exbeatle reclutó al gran Roy Orbison y a los también cercanos Bob Dylan y Tom Petty. El reencuentro de los últimos dos dejó una lección adicional, esta vez de escritura.

Tom Petty recordaba una sesión donde tuvo que escribir la letra de un tema junto a Bob Dylan, lo cual considera un privilegio. Tom Petty estaba un tanto agobiado ya que su pluma no lograba fluir. Dylan entonces le dio un consejo que siempre atesoró. “Si te atoras, solo anota lo que quieres decir, y no te preocupes por la métrica la rima ni nada. Solo escribe la oración, y luego encuentra las palabras clave y de golpe ya tendrás la línea”.

Bob Dylan, como recordaba también Tom Petty, escribía mucho, a toneladas. De su mente salían múltiples versos que llenaban hojas sin cesar. Muchos más de los que eran requeridos, por eso muchos de ellos no se usaban. Pero a menudo ocurría un fenómeno interesante, muy propio de la dinámica creativa de Bob. De pronto, entre toda la cascada de palabras surgía una frase, una sentencia, el pincelazo definitivo por el que había valido la pena dejar la mente fluir. Era el verso que se quedaba, el que superaba a todos los demás. “Bob estaba por encima del resto”.

Bob Dylan tiene fama de ser parco al hablar. No da muchas entrevistas y de manera constante da la impresión de que prefiere guardarse todo para la palabra escrita o el misterio. Pero cuando Tom Petty falleció, tuvo un gesto de cariño hacia él, su hermano Wilbury. Bob Dylan declaró que la noticia fue algo impactante  y devastador. “Pensé en el mundo de Tom. Fue un gran intérprete, lleno de luz, un amigo, y nunca le olvidaré”.

Unos días después, el 21 de octubre de 2017, Bob Dylan aprovechó uno de sus conciertos (en Broomfield, Colorado)  para realizar una versión de “Learning to Fly”, uno de los clásicos de Tom. Se trató de un tributo un día después del que hubiera sido su cumpleaños 67.

Puede que los buenos tiempos no regresen más
y puede que las rocas se fundan  y arda el mar.

Estoy aprendiendo a volar, pero no tengo alas
venirse abajo es lo más duro.

Algunos dicen que la vida te derrumbará
que romperá tu corazón y te dejará sin corona.

Así que he comenzado… solo Dios sabe dónde
Supongo que me daré cuenta cuando llegue ahí.

Estoy aprendiendo a volar por las nubes
pero todo lo que sube tiene que bajar…

 

 

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Charles Bradley, otra víctima del amor

El cantante estadounidense Charles Bradley falleció el pasado 23 de septiembre de 2017 en Brooklyn debido al cáncer que padecía desde hace tiempo. Tenía 68 años. Transcurridos unos días, conviene no centrarse en lo triste, sino en el hito que su lucha configura.

La suya fue una carrera peculiar. Al ver sus fotografías pareciera que fue un viejo lobo de mar en el negocio de la música. Así lo indicaban sus arrugas y la forma en que cantaba soul a la antigüita. Soul de verdad, del rasposo y que tiene razones honestas para lamentarse. No el que nos quieren enjaretar en versiones higiénicas de cantantes que aparecen en la portada de Vanity Fair.

Pero no, Charles Bradley no tuvo una trayectoria extensa: su primer álbum (titulado No Time For Dreaming) salió apenas en 2011, cuando él ya tenía 62 años de edad. Podría decirse que para entonces era todo un jovenzuelo en la industria, aunque ya desde finales de los noventa había probado suerte con presentaciones en pequeños lugares y a partir del 2002 también había lanzado algunos sencillos sin mayor resonancia.

La voz de Bradley recuerda un poco al gran Otis Redding o Clarence Carter, aunque sobre todo tiene ecos de un James Brown en plan resquebrajado. Y no es casualidad, ya que el acontecimiento que lo marcó fue el día en que, siendo un jovencito, su hermana lo llevó a un concierto de James Brown en el Teatro Apollo de Nueva York a principios de los años sesenta. Fue ahí donde le invadió una llama artística que no se apagó a pesar de que transcurrieran décadas antes de que diera la campanada. Después de una infancia y adolescencia errática que lo llevó a ser un vagabundo que dormía en las estaciones del metro, tuvo al fin un objetivo: ser un showman. Una meta complicada, pero meta al fin. Un lugar hacia el cual dirigirse. Ese concierto de James Brown lo salvó de hundirse: “fue lo que realmente me dio un gran impulso”, dijo en una entrevista. Fue una resurrección. Y entonces comenzó a practicar en la intimidad de su casa, sin florecer aún, simplemente cuidando lo que podría explotar algún día.

A los 19 años dio un concierto desastroso en un local de mala muerte. Para quitarse los nervios se emborrachó previo al evento. El resultado fue terrible y tuvo que ser sacado de la escena. No estaba listo todavía. Tenía que esforzarse a fondo si quería competir. Fue hasta los años noventa cuando le rindió tributo más en forma a su ídolo Brown cuando empezó a imitarlo en actuaciones de audiencia limitada.

El suyo es un ejemplo de persistencia. Fue un hombre al que los sueños se le cumplieron ya tarde, pero tuvo a bien aprovecharlo. Así lo resumía: “Debo decir que está bien soñar, pero es el trabajo lo que lo vuelve realidad. Tomó 62 años que alguien me encontrara, pero estoy agradecido con Dios. Algunas personas jamás son descubiertas”.

Bradley nunca quitó el dedo del renglón e hizo lo que le gustaba hasta las últimas consecuencias. Como otros artistas de fama postrera, apostó al todo o la nada. Si no podía conseguir el éxito a través del canto, pues se moriría con la suya. Por fortuna, un giro en el destino le permitió gozar de la calidez del público y ser aclamado en el montaje del escenario cuando la fama llegó gracias al renacimiento del soul en el siglo XXI. Pocos como él lo merecían. Llegó casi de último minuto, justo a tiempo para dejar una marca imborrable en quienes lo escucharon. Fue un gran descubrimiento, agua de mayo. Un tesoro, una reliquia, como si una leyenda hubiera quedado resguardada desde hace cincuenta años para hacer una aparición en el momento preciso, cuando ya todo parecía perdido o contaminado. La crítica y el público lo admiraron apenas se puso en serio a hacer lo que mejor hacía.

La odisea de Bradley es inspiradora. Una historia para recordar a aquellos que no cesan en el intento. Un caso similar a la de escritores o pintores que no alcanzan notoriedad hasta una etapa crepuscular. De cierto modo dan esperanza, en especial cuando llegas a sentir que quizás ya no seas lo suficientemente joven para lograr tus sueños y que quizás si no han sucedido hasta ahora es porque no sucederán jamás. Ahí están ellos para que uno se calme un poco. Sí es posible. La edad a veces pesa más de lo que debería. Hay que serenarse.

Las circunstancias de la vida pusieron a Charles Bradley contra las cuerdas. La pobreza que vivió durante gran parte de su existencia lo obligó a aceptar trabajos miserables que se alejaban de su ideal. Pero nunca, ni en los momentos más bajos, dejó de tener el ojo puesto en esa luz lejana, la de un teatro en donde pudiera ser aplaudido. Un lugar donde pudiera desbordar todo lo que le inundaba por dentro.

Quienes busquen aproximarse a la obra de Bradley lo tienen sencillo: sus tres álbumes de estudio son destacados, así que no hay pierde. En todos ellos va reforzado por el soporte de la Menahan Street Band. Me permito, eso sí, recomendar dos temas en particular. “You Think I Don’t Know (But I Know)” de Changes (2016), su último álbum, que trata sobre una relación desgastada en la que el protagonista ya no quiere jugar al tonto. Y “Victim Of Love”, la canción con la que lo conocí en 2013. Una joya que expone una idea tan certera como demoledora: quien se enamora, a veces sin darse cuenta, se convierte en una víctima. No en una víctima de otra persona, sino del amor mismo.

Descanse en paz, Charles Bradley.

 

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Foto: Rich Fury

Juan Gabriel: lágrimas y lluvia

En el caso de Juan Gabriel a veces da la impresión de que el personaje se come al artista. La leyenda tejida en torno a su personalidad resulta indivisible de la valoración que se hace de su obra y el juicio a posteridad. Y es comprensible, no está del todo mal. Las estrellas de la música no lo son únicamente por la música misma, sino por cuestiones de imagen, carisma, teatralidad.

Pero si uno se concentra en las composiciones de Juan Gabriel tan solo por un rato, lo que queda es un artista de primer nivel, con una inventiva enorme para la creación de melodías, la exploración de géneros y el rompimiento de estructuras. Un innovador sobre la marcha. Un baúl inagotable de recursos. Lo podía ser todo menos un improvisado: era un profesional. Ahí están sus conciertos, en donde la capacidad le daba para hacer versiones renovadas de sus propios temas que de pronto se extendían hasta los 15 minutos y en donde los músicos seguían lo que dictaba el nervio del momento, como cuando a Bob Dylan le da por transformar algún tema de folk en un torbellino de blues sin decir agua va: reversiones que toman vida propia, una hazaña que no está al alcance de cualquiera, sino de aquellos elegidos que dominan el arte de la constitución en armonía.

Noel Gallagher habló hace tiempo del impacto que le significó ver a Morrissey en televisión por primera vez. Aquella actuación en el programa Top of the Pops fue determinante para que Noel Gallagher se dedicara de lleno la música. El baile, la apariencia y los movimientos de Morrissey le parecieron de lo más ridículos… y tremendamente geniales al mismo tiempo. Eso significaba ser una estrella. Plantarse en el escenario y desfogar los secretos de un modo tan exagerado como sólo sería posible a través del arte, del proceso creativo.

Con Juan Gabriel pasa un fenómeno parecido. Tiene momentos bastante malos y en sus canciones abunda lo que en cualquier otro contexto resultaría bochornoso. Pero funciona. Vaya que sí. Juan Gabriel logra sublimar las emociones más íntimas del oyente hispanoamericano hasta transformarlas en regocijo, en una celebración. De ahí que sea la compañía de tantas historias personales, ya sea en fiestas o en ratos de soledad.

En una sociedad tan conservadora como la mexicana, a Juan Gabriel se le perdona todo. Trasciende a generaciones y prejuicios. Juega en su propia zona de tolerancia que esperemos pronto se extienda a cada uno de los mexicanos, que tienen el derecho de vivir como les venga en gana.

Y, ante todo, Juan Gabriel era un alma a flor de piel. La calidad de sus letras es para quitarse el sombrero. A los latinoamericanos nos hermana la pesadumbre ante la derrota, el regodeo en el dolor. Pocos logran expresarlo como a él, que ofrece además el manto cálido de su compañía. Consejos para ir adelante y sacar el pecho ante la adversidad. Estoy convencido de que sus temas han hecho más por el bienestar de las minorías que mucho falso activista que sólo busca erigirse como un superhéroe para posar en la foto. También era un gran enamorado de México, un promotor orgulloso de nuestro país en el exterior.

Hace algunos años veía con recelo a Juan Gabriel. Me parecía música para telenovela, piezas con demasiada confitura, himnos para comadres que se beben su cubita. Estaba lleno de prejuicios y, en definitiva, era un idiota. Por fortuna me libré de eso y empecé a escucharlo sin aprensión. Me puse atento a lo que aquel hombre ofrecía. Y entonces todo un mundo se me reveló. Juan Gabriel resultó ser un vendaval de genialidades que sigo descubriendo a cada día.

La popularidad de Juan Gabriel se debe, en gran parte, a que era un tipo terriblemente sensible. Era el prototipo del mexicano y del latino promedio. Alguien atormentado, sentido, enamorado… alguien que padecía y que para no ahogarse se ponía a cantar. En su voz están contenidas todas las penurias que hemos sufrido. Él se encargó de darle forma y una orientación estética. Un dolor pero bello.

Como personaje es la encarnación de los mexicanos revueltos en una sola figura. Hombre y mujer. Sublime y ridículo. Melancólico y sonriente. Taciturno y colorido. Fuerte y llorón. Feo y hermoso.

Cualquiera que ceda a su impulso encontrará una canción de él con la cual identificarse. Por eso su partida fue trágica para un gran espectro de la población. En este sentido José Alfredo, Agustín Lara, Roberto Cantoral, y tantos otros grandes compositores, con lo maravillosos que pueden ser, son más unidireccionales. Sus piezas tienen una perspectiva eminentemente masculina y aunque puede gustar tanto a hombres como a mujeres, el rumbo que tienen es limitado.

Juan Gabriel canta como si fuera un representante de ambos sexos. Es, de nuevo, un ser emotivo. Quien dice sin tapujos lo que tanto nos esforzamos en disimular. Alguien que conmueve lo mismo a una señora que a un preparatoriano o a un tipo que, con todo y bigotes y botas, llora como niño apenas comienza “Se me olvidó a otra vez”.

En un país tan tristemente homofóbico y machista como México, Juan Gabriel gozó de inmunidad y fue celebrado por todo lo alto, como uno de sus mayores ídolos. Tal fue su grandeza. Quizás debería convertirse en un estandarte para que todos nos demos cuenta que no somos tan opuestos en realidad y que no hay necesidad de discriminarnos unos a otros, sino más bien disfrutar de lo que los demás, en su diferencia, nos pueden ofrecer.

Juan Gabriel es querido por abuelitas conservadoras y por machos de la vieja escuela. Le gusta a los abogados y a los futbolistas. A las secretarias, a los sacerdotes, a los ingenieros, a los taxistas, a los barrenderos. La música del Divo hermana a la comunidad.

A Juan Gabriel le debo el haberme liberado de prejuicios artísticos. Gracias él me di cuenta que hay que ceder a las emociones y que es una tontería alejarse de las manifestaciones coloridas y populares solo porque los mentecatos las tachan de corrientes. La música de calidad está en todos lados y en cualquier género. Solo hay que tenderle una mano y dejarse llevar.

 

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Fototeca/El Universal

Dean Martin en la encrucijada

Eran los tiempos de la beatlemanía durante la primera mitad de los años sesenta y, aunque casi todo el mundo estaba fascinado con el cuarteto de Liverpool, había un puñado de personas que no lo soportaban o que, cuando menos, lo veían con recelo, displicencia o envidia. El caso más representativo fue el de los crooners estadounidenses, que de pronto se vieron desplazados por esos jóvenes muchachos que venían del Reino Unido.  Frank Sinatra y Dean Martin no veían del todo bien que alguien llegara arrebatarles la atención de las mujeres y del gran público, similar a lo que también sintió Elvis Presley. Casi todos ellos cambiaron de perspectiva con el pasar de las primaveras. Sinatra cantó canciones de los Beatles, lo mismo que Bing Crosby y Elvis, quienes además gozaban de la admiración de los Fab four.

Dean Martin se cuece aparte. Fue el que más difícil tuvo aceptar que los tiempos habían cambiado. La competencia en los sesenta de pronto se vio dominada por gente extravagante de tendencias hippies, lo cual era incomprensible para un tipo chapado a la antigua como él, un hijo de inmigrantes italianos que gustaba del cabello corto y dejarse de tonterías (salvo en las noches de copas… casi todas). La animadversión fue tal que alguna vez en un programa de televisión entonó, junto a otros personajes, un tema medio en broma, medio en serio, en que se escuchaba “I hate the Beatles…“.

En 1964 el panorama era nebuloso para Dean Martin. Parecía que el futuro había barrido con tipos de su estirpe. Era imposible escapar de los nuevos fenómenos. Ni siquiera su hijo, Dino Jr., lo hacía; para colmo del cantante, en casa tenía a un gran fan de aquellos melenudos. El padre tenía que soportar a diario a ese muchacho que canturreaba “She Loves You” y otras joyas desde su habitación o en la cocina. Un simbólico acto de parricidio o un golpe a la vanidad, como cuando la chica de tu interés se ve encandilada por el nuevo alumno de la escuela para olvidarse de ti.

La crisis de Dean Martin se acentuaba por el hecho de que llevaba seis años sin conseguir un solo hit. El cuadro no invitaba al optimismo. La gente ya buscaba otras cosas. Y él tenía casi cincuenta años. Parecía que su época ya había pasado. Era un fósil, alguien que ya no pertenecía. Pero entonces llegó uno de esos momentos de reivindicación que ofrece la vida si uno mantiene el dedo en el renglón y permanece atento a las oportunidades.

Durante las sesiones de Dream with Dean (1964), el pianista Ken Lane sugirió a Dean Martin probar una canción llamada “Everybody Loves Somebody”. Se trataba de una pieza del lejano 1947 que el propio Lane había compuesto al lado de Sam Coslow e Irving Taylor. Una tonada agradable de la vieja escuela que sin embargo no había tenido mayor trascendencia hasta el momento, pese a que había sido interpretada por figuras de la talla de Frank Sinatra y Peggy Lee. No estaba presupuestado que fuera un highlight del disco,  simplemente había que buscar algo de relleno para completar las doce canciones requeridas para el proyecto. Y “Everybody Loves Somebody” podía cumplir con el cometido.  Sin ser una apuesta ambiciosa,  al reloj les faltaba una tuerca y no estaba de más practicar con una reliquia.

La prueba funcionó. Una versión austera en lo instrumental (preciosa, hay que decirlo) de “Everybody Loves Somebody” entró en el álbum. La insistencia de Jeanne Biegger —la esposa de Dean— fue clave para que fuera incluida en el corte final, como señala Javier Márquez en el libro Rat Pack. Viviendo a su manera. Fue la primera en enamorarse de la melodía.

No obstante, Dean Martin seguía con una espina clavada. Y esa canción en particular le seguía atrayendo (lo curioso es que en un principio la vio con escepticismo). Sentía un raro magnetismo hacia ella. Era posible sacarle más jugo, según creía. Si bien su carrera no pasaba por el mejor momento, el orgullo de Dean permanecía vivo, solo requería dar un golpe de autoridad en la mesa.  Acaso la invasión británica, de forma indirecta, contribuyó a sacar lo mejor de él y su equipo. El valor de un hombre se puede medir por la reacción que tiene cuando está contra las cuerdas. Y aunque la escena musical parecía relegarlo,  el cantante decidió seguir en combate por un round más.

Fue así que se decidió grabar una versión alternativa de “Everybody Loves Somebody”, esta vez con un poco más de ritmo y con orquesta. Dean Martin conocía sus debilidades y sus fortalezas; estaba en el punto en el que no podía inventar nada más. Se decidió a recurrir al estilo de toda la vida, sin experimentar pero con todo su encanto y con la mejor hechura posible. La nueva adaptación resultó mágica (la manera en que Dino pronuncia If I had it in my power es un detalle maestro: vibrante, casi un farfullo; una muestra de los caudales creativos dentro de la ejecución). Su fuerza arrolladora despertó el entusiasmo de todos y Reprise Records (la discográfica fundada por Frank Sinatra a la que pertenecía) decidió lanzarla como sencillo, además de incluirla en una recopilación de ese mismo año.

Hay que tomar en cuenta que para Dean Martin era un asunto personal. Más que efectuar el oficio, lo que intentaba era seguir vigente entre la audiencia. No ser un mero galán para abuelitas. De ahí que se esmerara tanto. El desempeño le hizo recuperar la confianza. Una mañana, mientras salía de casa para dirigirse al estudio, le advirtió a su hijo, quien escuchaba a los Beatles: “Ya verás, sacaré a tus amiguitos de la lista de popularidad”. Y al final así fue. “Everybody Loves Somebody llegó al #1 de las listas de éxitos de Estados Unidos, desbancando a la brillante “A Hard Day’s Night” de The Beatles.

Everybody loves somebody sometime
And although my dream was overdue
Your love made it well worth waiting for
For someone like you…

Fue el primer número uno de Dean Martin. El mayor clásico de su repertorio. Lo consiguió a los 47 años de edad.

dean martinFoto: Sid Avery (1961).

Otra víctima del siglo XX

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El cantante chileno Alex Anwandter ha acumulado triunfos desde el surgimiento de Teleradio Donoso, su primer proyecto musical. Los años han pasado desde entonces (la banda en cuestión, formada en 2005, ya no existe: desapareció en 2009), pero en cada una de sus etapas se ha mostrado como un artista completo, alguien que se involucra hasta en el último detalle de cualquier creación que vaya firmada con su nombre. Además de componer hits a mansalva, ha fungido como productor, cineasta y como vocero de minorías que a menudo pasan desapercibidas en el contexto de la canción latinoamericana. Es, en definitiva, una de las figuras más destacadas del continente, cuyo genio parece no agotarse y cuyos lanzamientos, ahora en solitario, despiertan entusiasmo allá por donde deambulan.

Una de las facetas más interesantes de Alex Anwandter es la de director de videoclips, un área a veces polémica en lo que se refiere a la industria musical. Muchos melómanos consideran que este tipo de representaciones son prescindibles, un mero artefacto de orden comercial que rompe con la abstracción que cada espectador debería labrarse por su cuenta; la deficiencia está en someter todo a una sola interpretación visual, anulando así el caleidoscopio. Para otros, los videos musicales son ideales para enriquecer la experiencia estética. Al respecto, habrá que buscar un equilibrio. El juicio dependerá de cuál sea la propuesta en específico; en algunas obras funcionará la pantalla, en otras no.

En el caso de Alex Anwandter los videoclips distan de ser un simple complemento, son pequeñas aventuras cinematográficas que amplifican una cosmovisión muy particular. Su discurso se concentra en el lado marginal de la sociedad, aquellos que desfilan mientras las buenas conciencias duermen. Pero no se equivoquen, no siempre muestra el lado romántico en torno a ello, también señala los vacíos, las resacas, las dudas, las crisis que se intercalan con el baile, las copas, la angustia del tiempo y alguna sonrisa malinterpretada.

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En este sentido, el video que mejor lo define es el de “Casa Latina”, lanzado en 2011 bajo una entidad de nombre Odisea, que más bien fue el inicio de su aventura como solista. Esta pequeña gema, un verdadero cortometraje, retrata la historia de tres mujeres alienadas, cada una hundida en sus propios infiernos personales: el de la represión del conservadurismo, el de la asfixia laboral y el de una preferencia incomprendida. Cada una de ellas es de un estrato social diferente y son de distintas edades. Comparten, eso sí, la soledad. La sensación de estar al borde, a punto de tirar la toalla.

Una de las protagonistas se encuentra encerrada en una oficina, donde trabaja horas extra para poder sostener a su familia. Pero está deshecha. Bien sabe que no vive la vida que alguna vez deseó tener. Tuvo que renunciar a sus sueños de infancia. Ella quisiera estar de viaje en otro país, desearía estar de aventura en algún rincón de la noche. En cambio tiene un escenario deprimente, le agobian responsabilidades de las cuales parece no haber escapatoria. Tiene hijos, tiene deudas, está encadenada de por vida. Eso cree.

Un fenómeno similar ocurre con las otras dos chicas. Temerosas, aisladas, sin saber muy bien a dónde ir. Tienen dudas, viven en la celda de la incomprensión. Guardan secretos, no son aceptadas, están ancladas a la rutina.

Y entonces llega la revelación. Aunque no lo parezca, sí que hay una salida, un plan de fuga para ellas y para todos. Un recurso que es más sencillo de lo que parece. Alex Anwandter lo señala: consiste en darse un minuto. Olvidarse de todo por un rato y recurrir a la música, el salvamento por excelencia. Cuando te sientas hundido, cuando el trabajo o el estudio te estén matando, cuando tu vida personal se esté hundiendo, pon tu canción. La canción que más amas, la que te recuerda a tus mejores momentos. Y con ella de fondo, levántate y baila. Es el único remedio para salvar el espíritu. No importa la edad, no importa la circunstancia. Pon el tema que te remite a los tiempos que fueron felices. Recupera tu parte mágica y ebria, como decía un viejo escritor. Esa que es joven a perpetuidad. Y baila, baila de nuevo, por el amor de Dios.

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Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

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El caso de Noel Gallagher

La historia es famosa. Noel Gallagher escribió la letra de “Live Forever” poco después de escuchar un tema de Nirvana titulado “I Hate Myself and Want to Die”. El mensaje de la canción de Kurt Cobain no le gustó mucho a Noel Gallagher, quien era incapaz de entender la visión tan pesimista que una persona puede tener sobre sí misma y el mundo que le rodea. A fin de cuentas vida solo hay una, y aunque tiene momentos bastante duros, también es la única oportunidad que tenemos para disfrutar y soñar.

De ahí salió uno de los grandes clásicos del britpop. Una oda a la subsistencia. La invitación a marcar distancia y a guardar optimismo por lo que viene. Noel la dedicó a su propia madre, pero el tema tiene un cariz universal. Ya las primeras líneas merecen un monumento por sí solas:

Maybe I don’t really wanna know
How your garden grows
‘Cause I just wanna fly…

Lo maravilloso de Oasis como banda es que evoca un montón de sentimientos, la mayoría de ellos positivos. Los hermanos Gallagher son dos tipos surgidos de la clase baja que padecieron en serio durante su infancia y juventud. El sufrimiento fue a todo nivel; en lo familiar, en lo económico, en lo sentimental. Y pese a ello, tomaron la determinación de responder de la mejor manera posible, sin tirar la toalla ni dejarse hundir. Optaron por salir adelante y dar pelea. De nada les servía encerrarse a lloriquear en una habitación. Tampoco guardar un rencor que les envenenara las tripas. Si querían abandonar el infierno tenían que brillar, voltear hacia arriba. Y así lo hicieron, con canciones que producen adrenalina, que apelan encarar lo que hay como sea y mirar de frente sin complejos.

La historia nos mostró que la actitud de Kurt Cobain era honesta. Su destino trágico, como el de otras figuras del grunge, invita al análisis. La depresión es un tema delicado que debe atenderse por profesionales y quienes la padecen tienen que recibir toda la ayuda y comprensión que les podamos dar. Por fortuna hay avances en la materia y con un tratamiento adecuado hay formas de mantenerse a flote.

Por otro lado, he de decir que resulta ridículo ver a músicos que hacen de la tristeza una mera pantalla para hacerse de aplausos y aumentar las ventas de discos. Es insoportable. Me refiero a supuestos artistas que se hacen los sufridos en el escenario, donde hacen berrinche por cualquier cosa, pero que al cabo de un rato se van entre risas de regreso a una mansión donde gozan de lo lindo sin ningún empacho. Deleitarse no tiene nada de malo: frivolizar y lucrar con un falso desaliento sí lo es. El público, por desgracia, no tiene escapatoria alguna. Esa música impostora prolonga su pesar y, a diferencia de lo que pueden permitirse aquellos farsantes, ningún viaje a las Bahamas podrá aliviarlos.

En cambio lo de Noel Gallagher es de admirar. Nunca quiso sacar tajada de los pesares. Nunca quiso transmitir malas sensaciones a los demás. Ni siquiera quiso darle vueltas. Hizo lo mejor que podía hacer. Siguió caminando y no le dio gusto a todos aquellos que en su momento trataron de derrumbarlo. Rompió con el círculo de desdicha y no fue rehén de las circunstancias. Y así su valor logró levantar a miles de seres que lo escuchaban desde sus propios infiernos personales.

Recientemente Noel Gallagher cumplió años. Y más allá de cuestiones musicales, siempre lo veré como un ejemplo y una lección de vida. Le agradezco por todas sus canciones y porque gracias a él conocí a grandes amigos.

noel.gallagher_06_08Foto: Jörg Steinmetz (2008).

Cincuenta años de corazones solitarios

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No creo que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) sea el mejor disco de The Beatles. Creo que ni siquiera entraría en los primeros cuatro puestos, que estarían repartidos entre el Rubber Soul, Revolver, The Beatles y Abbey Road. Aun así reconozco y respeto la mística de ese trabajo, que de alguna manera se las arregló para posicionarse como la gran carta presentación del cuarteto y como uno de los grandes acontecimientos de la música popular. En ello debió influir la grandiosa portada y la onda conceptual que contiene, la cual ayudó a consolidar el formato del álbum de manera definitiva, aunque ya en la práctica no terminó de cuajar, salvo por los dos primeros temas.

La razón por la que Sgt. Pepper’s no está entre mi top de discos (lo cual no quiere decir que me desagrade, al contrario, es una gran obra, solo que hay otras mejores), es porque lo veo como un proyecto cargado de lleno al lado de Paul McCartney. Esto no debería ser del todo malo, si consideramos que se trata de uno de los compositores más importantes del siglo XX, sin embargo se resiente el flojo aporte de John Lennon, que por entonces pasaba por un ligero bache creativo, manifestado incluso en una de las canciones del álbum (“I’ve got nothing to say but it’s OK”).

Ya por entonces Paul McCartney intentaba asumir el liderazgo del grupo, algo que nunca le pareció muy bien a los demás integrantes de los Fab. Quizás debido a ello, se puede percibir cierto desinterés tanto de John Lennon como de George Harrison. No hubo una implicación (aunque sí profesionalismo) de su parte como la hubo en otros trabajos.

Si el álbum anterior (Revolver) era una maravilla porque los tres compositores aportaban al máximo nivel (tanto John Lennon y como Paul McCartney entregaron clásicos uno tras otro y George Harrison se destapó como gran creador con tres canciones), en Sgt. Pepper’s es notable una capa caída tanto de John Lennon como de George Harrison (que solo aporta un tema). Las contribuciones de John son de hecho un tanto menores, con la excepción de “Lucy in the Sky with Diamonds” y “A Day in the Life”, que además tuvo que ser completada con metraje de sus compañeros. Se puede decir que Sgt. Pepper’s fue el disco menos protagónico de John Lennon en la carrera de The Beatles hasta ese momento, un perfil bajo que se repetiría tan solo (y de manera más acentuada) en Let It Be (1970).

De cualquier modo John Lennon tenía el atributo propio de los genios: el de poder salvar las castañas con tan solo realizar un pequeño gesto, a veces sin proponérselo. Ahí donde los otros requieren esfuerzo y dedicación para deslumbrar, a los elegidos les basta con sacar un poco de lo que llevan por dentro. Acaso las primeras líneas de “A Day in the Life” sean superiores por sí mismas a todo lo que Paul hizo para ese disco. Solo por esa voz, esa magnífica voz que pone la piel de gallina; como en esa parte de “Strawberry Fields Forever” (No one I think is in my tree…) que es para tirarse a llorar en el suelo.

En el perfil mccartniano del Sgt. Pepper’s influyeron también algunas decisiones de la producción. George Martin siempre se arrepintió de no haber incluido el combo “Penny Lane / Strawberry Fields Forever” en el álbum, piezas clave que tuvo que ceder para el lanzamiento de un sencillo que calmara las presiones comerciales que exigían material nuevo luego que las grabaciones del nuevo LP se prolongaran durante meses. “Only a Northern Song” de George Harrison es otro descarte de esa época que igual pudo ser  un gran refuerzo.

Por eso no lo tengo al Sgt. Pepper’s entre mis consentidos, aunque no deja de ser una obra única y portentosa. El comienzo y el cierre son emocionantes a mares. Cada tema tiene algún arreglo o detalle que un día inesperado se revela con toda su genialidad. Y sí, Paul se luce en lo suyo, con temas que envidiaría el mismísimo Ray Davies (aunque el muy amargo nunca lo admitiría). En especial cosas como “She’s Leaving Home”, “When I’m Sixty-Four” y la que quizás sea mi preferida: “Fixing a Hole”.

Como sea, felicidades por los 50 años cumplidos. Si esta maravilla no es lo mejor de The Beatles, imaginen como está lo demás. Larga vida al Sargento Pimienta y a la banda de los corazones solitarios que somos todos nosotros.

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Foto: John Downing.

Ni tú ni nadie

El álbum Deseo carnal (1984) fue el gran salto adelante en la carrera de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut. El golpe de autoridad con el que ganaron el estatus que ya nunca los abandonaría. En apenas un sexenio pasaron de ser unos punks sin nociones musicales (Kaka de Luxe) a ser una cuadrilla sofisticada, llena de recursos y con una amplia paleta de sonidos bajo el nombre de Alaska y Dinarama. Dejaron la carnada de la ocurrencia estrafalaria para centrarse en la composición de himnos inmortales, piezas de relojería que se quedarían para siempre instaladas en el medio cultural en español.

Al hablar de Deseo Carnal, nos referimos a un trabajo de alta manufactura, una entidad afilada que en su momento compitió de frente con lo mejor que se hacía en EE.UU. y el Reino Unido. Aquellos jóvenes rarunos salieron sin complejos y a base de ambición se instalaron en el olimpo que antes presenciaban desde casa por televisión. El disco fue una de las patadas definitivas de la Movida Madrileña. Fue la llegada del éxito masivo; no ya marginalidad, sino un fenómeno que invadía todos los rincones de Hispanoamérica.

Entre todos los temas que la obra contiene, que más bien parece una recopilación de grandes éxitos, destaca en especial “Ni tú ni nadie”, que a la postre se convertiría en  una de las dos o tres canciones más famosas del tridente (y la música popular española en general). También es una muestra del gran equipo que hacían.

Carlos-Berlanga-

Para que un grupo sea relevante, le basta con tener un genio entre sus filas. Con ello se puede hacer una carrera nutrida y espectacular. Pero Alaska y Dinarama no solo tenía un genio, sino tres figuras de primera línea en acción. Nacho Canut, Carlos Berlanga y la propia Alaska, cada uno de ellos irrepetibles con sus filias y fobias. Tres tipos que se conocieron a finales de los años setenta gracias al amor compartido por los cómics, el horror, la superficialidad y el punk al que se dedicaron con su primera encarnación, Kaka de Luxe, un proyecto con el que no se les auguraba mayor trascendencia. En 1978 nadie habría apostado por ellos. En aquel entonces a duras penas sabían tocar sus instrumentos: pero no importaba, aquello pasaba a segundo plano, lo valioso era la actitud, la imagen, el contar historias extravagantes y tener una innegable capacidad para enganchar a través de pinceladas que trascendían a los tecnicismos. Tenían personalidad y tenían estilo, particularidades con las que bastaba para hacerse de un lugar. Eran el banquete esperado por una sociedad en pleno proceso de liberación.

“Ni tú ni nadie” emociona hasta el tuétano porque refleja la esencia de cada uno de los integrantes de la banda. Una combinación explosiva que logró saltar hasta el cielo en esa obra maestra llamada Deseo carnal. Por un lado, Nacho Canut con su evidente vena punky y los guitarrazos iniciales que son en sí mismos un toque de magia, un especie de campanazo que abre de lleno la puerta a un nuevo sitio. Esos trazos ramoneros son su gran aporte, el sostén que se vuelve clave para catapultar el plato principal que viene después: la revelación del mundo interior de Carlos Berlanga envuelto en versos y melodías memorables. Lo maravilloso es que eso se nos revela en voz Alaska, que es algo así como opuesto del compositor. Mientras Berlanga es un joven tímido, frustrado, tirado al drama y al fatalismo (con una capacidad asombrosa para crear relatos), la cantante es extrovertida, salvaje, sin reparo alguno para realizar el movimiento más atrevido posible, como esos suspiros orgásmicos que se suman a otros tantos detalles que hacen un festín auditivo.

La letra habla de una relación que se cae a pedazos. Pero Carlos Berlanga recurre a su especialidad: la defensa a muerte de los ideales. El derecho a morirse con la suya y mandar al diablo a los demás. Ni la peor de las rupturas puede derrumbarte si tienes los pies bien plantados en el suelo. “Ni tú ni nadie puede cambiarme” es en sí misma una línea dorada, una filosofía de la individualidad, de resistencia, de superación. Y la marca de la casa; el lamento, los reclamos, el despecho, la confusión, el regodeo ante la adversidad, las tristezas… y el amor propio como rastro de luminosidad.

Eran dinamita en acción.

Haces muy mal
en elevar mi tensión
en aplastar mi ambición
tú sigue así, ya verás

Miro el reloj
mucho más tarde que ayer
te esperaría otra vez
No lo haré, no lo haré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Vete de aquí,
no me supiste entender
yo sólo pienso en tu piel
no es necesario mentir.

Qué fácil es atormentarse después,
pero sobreviviré
sé que podré, sobreviviré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme…

 

carlos canut