Los cuadernos de Emil Cioran

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Si hubiera que nombrar a escritores que tiran al vacío y a la desesperación, Emil Cioran sería uno de los primeros que vendrían a la mente. Su obra, profusa y fragmentaria, es uno de los testimonios más hondos del pensamiento que se consume en el pesimismo, un abismo constante que sin embargo lanza destellos de vigor.

Aunque la muerte fue uno de los temas que más aparecieron en sus libros, y aunque era alguien que no veía el andar de los días con especial optimismo, el escritor rumano aguantó lo que pudo y falleció a los 84 años por cuestiones de salud y no por una decisión individual.

Personas de mayor alborozo se han suicidado y él, pese a su perpetua disconformidad, no lo hizo. Daba la impresión de que asumía la condena de haber nacido (ese inconveniente, como decía) y que ya puestos en este plano no quedaba otra que sacar el provecho que se pudiera.

Como describió en El ocaso del pensamiento, había un serio revés con el suicidio: poner fin a los días antes de haber alcanzado aquello a lo que se podía aspirar. No era muy honorable, a su entender, poner punto final desde la lona, y antes convenía alcanzar un grado de realización digno de encomio. Entonces sí podría proceder la coronación, la “extinción aceptada”. Al suicidio lo tuvo más como una idea que como una opción a tomar.

Es probable que a juicio de Cioran el destello no hubiera llegado para sí y por eso, sin remedio, vio consumada la vejez. O puede que, en el fondo, la vida no le pareciera tampoco un desastre y que en su más blanda intimidad hubiera encontrado el impulso necesario para mantenerse en el ruedo.

De tratarse de lo segundo, de un remoto gusto por existir, no queda duda de que Cioran lo mantuvo en secreto. La condición de un exilio humano fue un vaivén de su literatura, compuesta por sentencias que sin embargo no dictaban cátedra ni pretendían sentar una doctrina.

Más bien apartado, Cioran resumía contradicciones, y aceptaba ser un hombre lleno de equívocos sin valor para ser poeta. La derrotaba le sentaba bien y no ansiaba los grandes reflectores tanto como a exprimir cada poro en una búsqueda por la sordidez.

Piotr Rawicz compraba a Cioran con un caracol. Alguien tímido, acostumbrado a esconderse sin la posibilidad de huir a la velocidad que quisiera. Un hombre que aspiró a lo sublime y que al no encontrarlo se asfixió en la frustración de lo cotidiano.

Aunque todos sus trabajos tienden a lo autorreferencial, la confesión y la mirada personal, quizá en ningún espacio haya revelado tanto de sí como en sus cuadernos, los cuales fueron publicados de manera póstuma.

En ellos Cioran registró muchos de sus pesares, un remordimiento sostenido por capas de hierro oxidado. Acompañado por la desdicha, en algunas de sus notas se atisba la que acaso sea el motivo principal de su estilo breve: su fastidio incesante, el hartazgo que sentía por sí mismo y la desesperación de la que se veía empapado al cabo de unos minutos. “No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”, concluyó en una ocasión.

Cada una de sus anotaciones es una carrera contra el tiempo. No podía apelar a la distancia larga, ya que tenía el riesgo de desmoronarse. La concisión era una forma entregar una pieza antes de que fuera demasiado tarde, antes de que algún demonio le sugiriera a tirar el cuerpo por la borda.

De igual forma despreciaba el exceso. No toleraba a quienes inflaban lo que hubiera sido mejor abreviar. Fuera en la música, en las letras o en la arquitectura, nadie era tan grandioso como para extenderse por demasiado rato, excepto los genios universales que se miran a lo lejos.

En las entradas de sus diarios también queda en evidencia su eterna desconfianza ante al otro, esa que le llevaba a decir que no convenía consultar a nadie antes de tomar una decisión ya que, advertía, las otras personas difícilmente desean nuestro bien.

Algunas de sus frases más virulentas quedaron patentes en los cuadernos. Parte de ellas llegan a tambalearse y refulgen la mayor exageración: un error muy propio de los deterministas que tiran al aforismo.

“Todos los padres son irresponsables o asesinos. Solo los animales deberían dedicarse a procrear”, dice en unos instantes más bajos. Una sandez salvable apenas como muestra de alguien roto que en la emergencia busca desquitarse con un exabrupto.

Hay que recordar que para Cioran la escritura tiene que causar un impacto. Cada una de las piezas que publicaba tenía el fin de descolocar. Las palabras deben “hurgar llagas, suscitarlas incluso”, como llegó a admitir en alguna ocasión. No solo razonaba o procuraba ser sabio, daba espacio a la salida de tono, a la inconveniencia. En su opinión lo más interesante del alma recaía en sus tormentos.

El perdón le llega por la honestidad descarnada, la culpa que asumía, una imperfección que era su propia condena. “Yo no soy escritor”, confesaba, “todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe”.

Pero de nuevo. Había que continuar. El sufrimiento ya estaba, no quedaba otra que intentar redimirse aunque el paraíso fuera tan huraño. El autor naufragaba y mientras lo hacía tiraba botellas al océano donde los chispazos se intercalaban con el desconsuelo.

Cioran creía que nunca echaría raíces en el mundo. Y acaso de algún modo haya sido así. No obstante, aunque le chocara, su obra sí que dejó un legado. Píldoras de angustia que para mentes afines no resultan lacerantes, sino reveladoras. Una palmada de coincidencia que los hace sentir menos incomprendidos y solos.

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Daniil Kharms: el chiflado que un día no escribió

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Están los escritores de intemperie y están los escritores subterráneos. Los primeros son los que eventualmente uno se topa en las calles. Están en las librerías, en la televisión, en las recomendaciones. Sin mucho esfuerzo uno acaba por llegar a ellos. Algunas veces deslumbran, en otros casos hubiera sido mejor no conocerles. Los escritores subterráneos, por su parte, son a los que cuesta trabajo encontrar. Permanecen lejos de la vista. No están en las mesas de novedades. Ningún anuncio echa un aviso de que valen la pena. Hace años están muertos y ya no se les edita. Nadie se toma la molestia de rescatarlos. Se llega a ellos por alguna casualidad, gracias a una librería de viejo o la encadenación bendita de lecturas con las que se salta de un género a otro.

Daniil Kharms pertenece al grupo de los escritores subterráneos. Nacido el 30 de diciembre de 1905 en San Petersburgo, Rusia, se trata además de una de las figuras más excéntricas que tienen un espacio en el mundo de la literatura. En la actualidad no hay muchos vestigios de él. Aunque tiene admiradores repartidos en determinados circuitos, lo cierto es que se encuentra un tanto olvidado. Su trabajo, hasta el momento, ha sido ignorado por las grandes editoriales en español y las pocas veces que se le recuerda es como una curiosidad, y no como lo que es, uno de los escritores más interesantes, rebeldes y adelantados que dejó el siglo XX.

Su nombre verdadero era Daniil Ivánovich Yuvachev, y desde pequeño tuvo en mente la importancia del absurdo. Era lo que le interesaba a la hora de despachar una hoja en blanco. No conocía de estructuras y se fastidiaba ante la imagen de seguir hilos de coherencia. Daniil Kharms tendía a la anotación en vértigo, una urgencia para cambiar sentidos de una línea a otra y no casarse nunca con la obligación que implicaba llevar una historia tradicional. Se ahogaba si se extendía demasiado.

La vida no fue fácil para él. Tuvo la mala de fortuna de coincidir en tiempo y espacio con la política totalitaria de Stalin, misma que lo sumió en el hambre y la pobreza. Fue a partir de entonces que se radicalizó. Ante lo atroz del comunismo, optó por refugiarse en el sinsentido. En sus diarios confesaba que ya no le interesaban los significados ni ser práctico. A través del absurdo podía ejercer una gran clase de libertad. Ahí, con una pluma, no debía rendir cuentas a nadie, ni siquiera a la congruencia de lo formal.

La obra de Daniil Kharms, compuesta en su mayoría por piezas caóticas y sueltas, cuenta con una particularidad. Como señala el editor y poeta Matvei Yankelevich, el absurdo no es para él una sátira o dimensión aparte. En sus pequeñas historias, el disparate es visto como un asunto perfectamente cotidiano. La aparición de un cuervo parlante de cuatro patas (que más bien tiene cinco) en una cirugía no es aspaviento dentro de su mundo interior. Y debe ser visto como lo es. Una estampa de realidad, aunque no sea parte de nuestra norma.

En una carta dirigida a una amiga, Kharms estipulaba que a la hora de escribir poesía, lo importante para él no eran las ideas, ni el contenido ni la voluble concepción de “calidad”. Le importaba, en todo caso, la idea de pulcritud, limpieza. Algo extravagante, pero real. Para el escritor ruso las palabras pueden arrojarse y romper cristales si tienen la fuerza suficiente.

De este modo Daniil Kharms logra reinventarse en cada concepto, cada sílaba. Su gran compromiso es con la narrativa, y si hay cierto atisbo que quiera perseguir, no tiene miedo de derribar cualquier estructura. Una visión irónica le permitió un sano alejamiento de ataduras que contuvieran su palpitación artística.

No es que fuera alguien cínico o irrespetuoso. Al contrario, veía a la creación como un ejercicio ceremonial. Escribía mucho y con disciplina. Eso sí, no descartaba nada. No cumplía con el estándar de aquel que destruye lo que no funciona o lo que no le satisface. Él escribía y si no estaba convencido, ni hablar. Había que conservarlo y asumir que aquello era parte de la existencia. Como cualquier otra de nuestras acciones, era algo con lo que había que cargar. Las palabras, incluso las malas, merecían una consideración.

De ahí la particularidad de algunos de sus escritos que ni siquiera tienen un clímax ni un final como pudiera esperarse. Algunos de sus relatos comienzan con la aparición de un personaje. Y ya está, no añadía ningún complemento. Quizás hubiera un brío inicial, el cual no era correspondido al segundo siguiente. Así que prefería dejarlo como estaba. No todo en la vida tiene que ramificar.

LA REUNIÓN

Un día un hombre fue a trabajar y en el camino se encontró a otro hombre quien, luego de comprar una hogaza de pan polaco, se dirigía de vuelta a la casa de donde venía.
Y eso es todo, más o menos.

***

Perteneciente a una familia peculiar que en un principio gozó de relativa comodidad económica (su padre Iván fue un revolucionario que estuvo encarcelado con Aleksandr Uliánov, el hermano de Lenin; mientras que su madre pertenecía a la aristocracia), Daniil se inclinó al arte desde una tierna edad. Le gustaba actuar, dibujar y sentía una fascinación especial por la música, aunque finalmente se inclinó por la escritura y obtuvo un prestigio inicial cuando se dedicó a escribir obras infantiles (antes había fracasado con sus poemas), en las que aún no profundizaba en el eje avant-garde que finalmente adoptaría, y que en la obtusidad propia de los comunistas acabaría por ser tomado como de raíz “anti-soviética”.

El desenvolvimiento llegó en los años veinte, cuando junto a otros amigos fundó el colectivo OBERIU (palabra sin significado alguno), un grupo multidisciplinar en el que el delirio era el único consenso. Acróbatas, músicos, poetas y bailarines se conjuntaron para remover el pantano cultural.

Más allá de lo que dejaba entrever desde sus publicaciones, Kharms era todo un personaje en sí mismo que llamaba la atención en cualquier lugar en el que se presentaba. De altura considerable y rostro duro, vestía a la usanza inglesa, pipa incluida que le daba la pinta de una criatura extraña cubierta por la refinación de las telas.

Cuando visitaba algún bar o restaurante acostumbraba llevar sus propios cucharas, cuchillos y tenedores para afianzar su individualidad. Según Yankelevich, nuestro héroe se tomaba el papel de la extrañeza muy en serio y a veces se tiraba en la calle interrumpiendo así el flujo peatonal. Cuando la gente se acercaba para ayudarle o preguntar qué había ocurrido, él simplemente se ponía de pie y volvía a ponerse en marcha.

La fiesta, empero, pronto llegó a su fin cuando el marxismo-leninismo echó raíces en la comunidad soviética. Ante la visión totalitaria de los bolcheviques no había espacio para bufones como los del grupo OBERIU, quienes debieron andar con renovadas precauciones. Ni siquiera los chiflados podían soslayar una dictadura de semejante calado.

En 1931 Daniil Kharms fue detenido. Su idealismo y ensoñaciones chocaron de lleno con el materialismo stalinista. Las autoridades temían que sus campanas surrealistas pudieran contaminar a los niños, quienes debían estar concentrados en el pragmatismo que beneficiaba al régimen sanguinario en el poder.

Pasada una temporada que se vio obligado a pasar en el exilio, las cosas ya no volvieron a ser las mismas. Rusia había cambiado en un corto periodo de tiempo. El utilitarismo era la norma y ya no había espacio para sujetos como él. De algún modo el sistema lo había boicoteado y ya no encontraba espacio para colocar sus escritos. La sociedad, cada vez más aprensiva, le cerraba las puertas.

Nunca alcanzó a ver su obra adulta publicada. Lo suyo era incompatible con el comunismo que censuraba cualquier palabreja que se saliera de los designios de “el tío Pepe”. Por fortuna, sus diarios y algunos textos sueltos fueron conservados por amigos y familiares para ser dados a conocer un par de décadas después de su muerte. Una selección notable fue reunida y traducida al inglés por Yankelevich: “Today I Wrote Nothing: The Selected Writings” (Overlook Books, 2007).

De cualquier modo, mientras vivió, Daniil intentó continuar con el minúsculo margen de maniobra que le quedaba. Disminuido y sin holgura económica, en 1941 fue otra vez detenido, esta vez por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (el temible NKVD). Hubo algo que lo salvó de terminar en un campo de concentración: su comportamiento, el cual fue juzgado como propio de alguien con problemas mentales.

Condenado a terminar en la división psiquiátrica de la cárcel Krestí, el cuadro empeoró cuando le tocó vivir desde el encierro un acontecimiento histórico: el sitio de Leningrado. El asedio de los nazis sumió a la actual San Petersburgo en la peor de las hambrunas. Quienes no estaba recluidos podían salvarse al comer ratas o incluso recurriendo al canibalismo. Daniil Kharms desde su celda no podía hacer lo mismo (ni siquiera los guardias gozaban de alimento digno ). Murió de hambre en su celda el 2 de febrero de 1942, a los 36 años. El absurdo fue batido por la crueldad objetiva.

***

A continuación una breve selección de los escritos de Daniil Kharms.

DEL CUADERNO AZUL

Del álbum de recortes

Una vez vi a una mosca y a una chiche enfrascarse en una pelea. Fue tan aterrador que corrí hacia a la calle y corrí lo más lejos que pude.

Lo mismo pasa con el álbum de recortes: haz alguna cosa sucia y de pronto ya es demasiado tarde.

11.

Una abuela tenía solo cuatro dientes en la boca. Tres dientes arriba, y uno más abajo. La abuela no podía masticar con estos dientes. A decir verdad, eran inservibles para ella. Debido a lo anterior, la abuela decidió quitarse todos los dientes e insertó un sacacorchos en su encías inferiores y minúsculas tenazas en las superiores. La abuela bebía tinta, comía betabeles y se limpiaba los oídos con fósforos. La abuela tenía cuatro conejos. Tres arriba y uno abajo. La abuela solía atrapar conejos a manos limpias y luego los ponía en jaulas. Los conejos lloraban y se rascaban las orejas con las patas posteriores. Los conejos bebían tinta y comían betables. ¡Sha-ha-ha! ¡Los conejos bebían tinta y comían betabeles!

16.

Hoy no escribí nada. No importa.

Sin título

Odio a los niños, a los ancianos y a las viejitas e individuos mayores razonables.

Envenenar niños es cruel. ¡Pero algo debe hacerse con ellos!

Solo respeto a las jóvenes y saludables muchachas rechonchas. A cualquier otro representante de la humanidad lo trato con reservas.

Las mujeres viejas que andan con pensamientos sensibles deberían ser aprehendidas con trampas para los osos.

Cualquiera cara con determinado sentido de moda despierta en mí las sensaciones más repugnantes.

¿Por qué hay tanto alboroto por las flores? Hay un aroma mucho mejor entre las piernas de las mujeres. Esa es la naturaleza para ti, y por ello nadie se atreve a tomar mis palabras como desagradables.

—Daniil Kharms.

[Traducciones propias a partir de las versiones en inglés de Matvei Yankelevich)

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Alejandra Pizarnik a quemarropa

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Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

—Alejandra Pizarnik.

Los diarios de Alejandra Pizarnik son de lectura pesada y angustiosa. No hay tregua en ellos y al transcurrir por sus páginas queda la sensación de impotencia, la de no poder hacer nada por ayudar ni para levantar a la mujer del pozo en el que se encuentra. La escritora ya no está, y su testimonio, en donde la sinceridad puede confundirse con regodeo depresivo, solo puede verse, como es natural, con resignación. Un paño de lágrimas que se exprime para sacar la belleza que aparece cada tanto en esas reflexiones llenas de aflicción que, oh sorpresa, no son nada ajenas para algunos lectores (con esa familiaridad que ella experimentó al leer a Pavese). Pizarnik estaba en el abismo y tuvo un talante heroico para dar cuenta de ello.

Lo de Pizarnik es un grito delicado, una desesperación que trasluce con suavidad. Cada una de las entradas nos hace partícipes de sus miedos. Los de un pobre ser encaminado a un fin abrupto, anticipado. Cabe preguntarse cómo es que en medio del decaimiento ella encontraba fuerza o disposición para llevar un registro de la hecatombe.

Da la impresión de que en su escritura hay una clase de búsqueda, y que al menos durante un tiempo llevaba dentro de sí una pequeña llama que no se terminaba de apagar. Una luz que, aunque tenue, bastaba para dar pinceladas de vida. Una sensibilidad enmarcada por el desgarro espiritual.

Lo más probable es que la literatura fuera para Pizarnik un elemento de compensación. En uno de sus apuntes cita a Apollinaire, para quien la escritura era llenar un vacío. Palabra tras palabra se derrotaba así a la página en blanco. En el caso de la argentina, lo que se confrontaba no era una página en blanco, era el abandono que le embargaba por dentro. Hablamos de alguien que bordeaba la muerte de cerca como una afirmación. Sola ante el límite podía percibir mejor sus pensamientos, miraba el precipicio como un hábitat natural.

Sin la escritura se asfixiaba. Lo consideraba un acto bello, rebosante de magia. Un cuaderno marchito podía volverse en caleidoscopio si una pluma se deslizaba con tino en sus páginas.

Para Alejandra Pizarnik cada día era una batalla, una aventura de la que no saldría indemne. Presenciar su agonía duele y se deambula por los párrafos con la ilusión de que de pronto sobrevenga un respiro, alguna tarde que le ofrezca un consuelo a la autora, un instante que redima su triste destino. El episodio no llega o al menos no fue hecho patente en los diarios. La lámpara nunca encendió. Los planes se desvanecen poco a poco y cada nuevo coletazo de entusiasmo encuentra pronto el desasosiego.

El combate librado contra sí misma era casi tan intenso como el que sentía contra un exterior al que percibía adverso y hostil. Ni siquiera lograba la redención a través de sus poemas, esos que a veces le despertaban orgullo, pero que eventualmente le resultaban un eclipse, un mancha de lo que pudo ser y nunca fue. Simplemente no podía gozar de lo que había. No podía “vivir como un ser humano”.

El fin se adivina cerca en los versos y líneas y, sin embargo, no llega tan pronto como se pudiera atisbar. El sufrir se prolonga. La angustia derramada representa supervivencia también.

En determinado punto, Pizarnik lamenta “la incapacidad de hilar un pensamiento”. Describe su actividad mental como un verdadero caos, un “suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas”.

Tanto llanto, tanto agobio, era un ritmo que solo podía sostener en soledad. En el más radical decadencia, Pizarnik decidió aislarse, aunque eso le apretara el corazón. No quería molestar más. Los cuadernos fueron los últimos cómplices, ante ellos se podía desahogar sin afectar a terceros. Como ella misma admitía, la ansiedad era su estado genuino, “ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”.

El erotismo era una asidera que de tanto en tanto la mantenía a flote. De vez en cuando tenía esos episodios febriles en donde se derretía en deseo. No tenía complejos para manifestarlo. “Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. […] Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso”.

Alejandra Pizarnik se suicidó en 1972. Tenía 36 años. Estaba marcado en su camino. Era inevitable. Desde pequeña cargó con una cruz. Minada de antemano, decidió quitarse la vida luego de salir del hospital en donde estaba internada por la depresión. No le quedó de otra. Se atiborró de pastillas en el adiós definitivo. Un final ni lindo ni floreado, no muy idóneo. Pero así son las cosas. Como ella misma señaló, es difícil morir bien.

Albert Camus: el amor y el exilio

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El exilio fue la constante en la vida de Albert Camus. Un exilio espiritual, físico y emocional. Nacido, en Argelia, nunca se libró de la sensación de “no pertenecer”. A diferencia de otras figuras de su época, él no se educó en escuelas ni universidades de élite; cursó la educación media-superior en el liceo de Argelia, una institución muy limitada en comparación al Lycée Henri IV, al Lycée Louis-le-Grand o todas esas “grandes écoles”, en donde se instruyeron Michel Foucault, Alain-Fournier, Jean-Paul Sartre o Jacques Derrida.

Camus tampoco fue aceptado en su momento para estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas de París. Acabó por cerrar su educación formal en la Universidad de Argel, la única ciudad a la que veía como un verdadero hogar.

El autor de “El extranjero” no veía su condición provinciana como algo negativo, al contrario. Siempre agradeció a todas esas personas sencillas que se atravesaron en su camino y que conformaron para él una alta concepción de la ética y la moralidad. De hecho Camus prefería juntarse con la gente de a pie antes que con la clase intelectual que tanto le aterraba y a veces asqueaba. Conversar con niños, trabajadores, campesinos y futbolistas era para él más satisfactorio e instructivo que escuchar la enésima perorata que los filósofos tiraban desde cafés citadinos. No por nada, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, decidió enviar la famosa carta de agradecimiento a Louis Germain, uno de sus profesores de la primaria a quien le agradeció por la inspiración y servicios prestados con una humildad inaudita para alguien de su calibre y estatus. Germain fue quien convenció a la familia de Camus para mantener al pequeño en la escuela y no ponerlo a trabajar, como requería la economía del hogar. La familia tuvo que hacer un enorme esfuerzo, pero finalmente hicieron caso a aquel tutor insistente que confiaba en el potencial de ese niño que acabaría por darle la razón.

“Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

***

Como no podía ser de otra forma, Albert Camus encontró el amor en otra exiliada, la actriz María Casares, quien luego de la guerra civil española tuvo que escapar a Francia, en donde llevó una prolífica carrera en el mundo del teatro. Se conocieron en marzo de 1944 y consumaron el amor el 6 de junio de ese mismo año, en los albores de la segunda guerra mundial. Unas horas antes los aliados habían llevado a cabo el histórico desembarco de Normandía para rescatar uno de los pilares de la civilización occidental que estaba invadido por nazis.

Camus estaba casado por entonces con la pianista y matemática Francine Faure. Pero Camus y Casares pudieron gozar de una relación temporal ante su ausencia. Francine se encontraba refugiada en Argelia debido a la tensión bélica que asolaba al país galo. Pero cuando ella al fin regresó a París a finales de ese mismo año, el par de amantes tuvo que cambiar la dinámica. Decidieron terminar; dejarlo así, como un amor de verano. Lo más conveniente era que cada uno siguiera a lo suyo. Ella con la actuación y él con la escritura, su esposa y los dos hijos que tendrían en septiembre de 1945.

Todo parecía acabado entre la actriz y el escritor. Acaso todo quedaría como una historia que tendrían que guardar en la memoria, como un tormento inconcluso. Pero en 1946, curiosamente otro 6 de junio, ocurrió lo extraordinario. Camus caminaba por el Boulevard Saint Germain cuando por casualidad fue topado por Maria Casares. El encuentro fortuito, luego de largo tiempo de no verse, exactamente 2 años después del ascenso de su amor, fue interpretado como una señal. El cariño y el deseo no se habían ido. Esta vez decidieron que los compromisos circunstanciales no los iban a detener. Aunque fuera en lejanía, iban a continuar con el vínculo.

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Camus y Casares tuvieron ires y venires, se veían muy esporádicamente. La cercanía se mantuvo más que nada por vía epistolar. La pareja se escribió cartas por más de 12 años. El contenido de las misivas no ha sido editado en español, pero Stephanie LaCava, editora de Small Press Books, ha recogido varios fragmentos en inglés.

Así fue posible darse cuenta que María Casares fue un soplo de aire fresco para Camus, quien confesaba sentirse embebido y fascinado por aquella chica española que le había cambiado la concepción de la realidad. El francés se había llenado de buenas sensaciones gracias a ella; odiaba menos, aceptaba más y, en sus propias palabras “había aprendido a vivir”.

Camus, sin embargo, se sentía agobiado. Creía que no estaba ofreciendo lo suficiente. A sabiendas de la distancia, de la vida matrimonial que llevaba y las responsabilidades que tenía por condena, Camus estaba apenado por lo que ofrecía a una chica tan extraordinaria. “Este amor desafortunado no es lo que mereces”, le dijo en una memorable línea de sus cartas.

En muchos sentidos, Camus veía la relación con Casares como algo irracional, casi tonto. Tenía a dos mujeres (y otros deslices pasajeros) a cada extremo de una cadena irresoluble que avanzaba sin más. Otras veces Camus asumía tal condición. La vida era absurda de cualquier modo. Qué más daba dejarse llevar por ello si había placer y amor de por medio. “En ti encontré una fuerza de vida que creí haber perdido. Eres el único ser que me ha reducido a lágrimas”, le confesaba a María.

Pese a todo, Albert Camus no se divorció por el respeto ceremonioso que sentía ante el compromiso. Había establecido una proximidad oficial con su mujer y había que ir hasta las últimas consecuencias. Albert Camus se negaba a renunciar, sin saber que en el amor eso podía tener un doloroso efecto secundario. Francine Faure sufrió por la simulación más de lo que probablemente hubiera padecido con una separación. La esposa de Camus sabía de la infidelidad que su marido sostenía a larga distancia. No reclamó demasiado y más bien interiorizó la aflicción hasta caer en un cuadro depresivo que la llevó a un intento de suicidio. Lo más probable es que María Casares fuera el amor definitivo de Camus.

Y vaya que necesitaba de un fuerte amor. A mediados de siglo Albert Camus se encontraba en un momento complicado. Pese al aura estelar que le había otorgado el éxito de “El extranjero” y “La peste”, pronto la confrontación con Sartre lo convertiría en un proscrito de la intelectualidad francesa, tan sumida en dogmas en esos días. Camus rechazaba el compromiso político y defendía la duda a ultranza, el alejamiento. La posibilidad de decir “no”.

Por eso rompió con la izquierda, la que demandaba el aceptar un liderazgo y llevar una postura comunal. Camus tenía el desapego como núcleo. Se negó rotundamente a apoyar a regímenes totalitarios por más novedosos o deslumbrantes que parecieran en un principio. Las intenciones no bastaban, había que exigir resultados. Para él había que criticar y no dejarse embaucar por lo que decía una panda de demagogos.

Por lo anterior fue cada vez más apartado por otros escritores de su generación. De algún modo no pertenecía. Era ajeno. En plena batalla ideológica a escala mundial, la mayor parte de los intelectuales franceses, a la estela de Sartre, mantenían la obsesión por una revolución malentendida a la que había que apoyar a toda costa.

No había compromiso intelectual, sino militancia. Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros cerraron los ojos y callaron ante los excesos del imperio soviético y sus satélites. Cualquier francés que no aceptara tales condiciones era purgado de los círculos sociales. Fue el caso de Camus, cuyos trabajos fueron criticados con severidad por parte de Sartre hasta casi vetarlo cualquier medio en el que tuviera influencia.

Camus, en cambio, se refugiaba en la duda y en la individualidad. Visto a distancia, no parecer francés lo vuelve un ejemplo destacado de lo que significa el proyecto francés en su ideal de incluyentismo. Ya en “El mito de Sísifo”, Camus había mostrado su parecer sobre el extranjero, aquel que ante un mundo indiferente y sin luces se siente desposeído. Una división entre el ser humano y lo que tiene. Un desajuste. Una perpetua anomalía.

Camus vivía agobiado por inseguridades y el enorme peso de la responsabilidad, como definía Tony Judt en un ensayo brillante. El amor entonces era un alivio. Maria Casares lo animaba y a través de cartas y postales lo impulsaba a seguir. “Escribe y escribe”, le pedía, al tiempo que le remarcaba lo importante que sus letras eran para que ella, a su vez, aguantara sus pesares.

La vida como absurdo, en esa cruel indiferencia deparó un abrupto final para la relación. El 4 de enero de 1960 Camus se dirigió a María Casares para anunciarle su ansiado encuentro que llegaría pronto. Llevaban largo tiempo sin verse. “Bien. Última carta. Solo para decirte que llego el martes. Pronto… mi espléndida”.

El abrazo ya nunca llegaría. Camus murió en un accidente automovilístico antes de emprender el viaje. En uno de sus bolsillos iba el boleto de tren que estaba destinado a llevarlo con su amada.

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