El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

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Foto: New York Public Library
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La incertidumbre del escritor

Decía Charles Bukowski que uno puede dormirse siendo escritor y despertar no siéndolo. Se refería a lo inasible de la fuerza creativa que resulta caprichosa, inestable y que ofrece una reducida cuota de certeza. Ese impulso que como viene se va. El arroyo asociado al arte está lleno de piedras, troncos y desviaciones con las que nada queda muy claro, a diferencia de esas profesiones donde cierto mecanicismo entra en la ecuación.

Ojalá en verdad existieran las musas, pero todo es más complicado. En realidad estamos solos y tenemos que apañárnosla con lo que hay, así sea una pelusa que recorre la mente con destino a un lago de diamantes. Un sinsentido que no tiene valor alguno y que obliga a repensar, solo que ya con una presión añadida, la responsabilidad que pisa los talones y exige que uno entregue un resultado. Ahí llega la vanidad, preferir no decir nada antes que ofrecer un desperdicio que sea impropio de nuestra categoría.

Se sabe de escritores con mucho oficio que son capaces de terminar lo que se les pida sin mayores problemas, se trate de una carta, un ensayo, un informe. Una cualidad, sin duda, admirable, que no obstante carece de emoción y de vértigo. Los artistas apasionan cuando hay riesgo, un salto al vacío del que no se sabe muy bien qué saldrá. A los escritores perfectos les falta más sufrimiento e ir contra la corriente, esa serie de golpes que suelen formar el carácter y que convierten al texto en una pieza heroica no tanto por el contenido, sino por el mero hecho de haber sido terminada pese a la batalla librada contra las dudas y los vacíos del desánimo. Se vuelve un fruto de la tenacidad.

Alguna vez alguien contaba la historia de un par de escritores que al calor de una sobremesa hablaban de lo que significaba la literatura. Uno de ellos se lamentaba lo mucho que le costaba escribir; cómo sufría con cada línea y cada párrafo al que le daba vueltas y vueltas sin avanzar mucho. Terminar una página se volvía una tortura, pero un sentido de dignidad le obligaba a tomar ese camino de exigencia. No soltaba cualquier baratija. Se esforzaba. Hacía una búsqueda. Consideraba a la tinta y al papel como un ritual que merecía el mayor de los respetos.

El otro escritor se envalentonó entonces. Y ante la presencia de su mujer y la esposa de su colega se quiso lucir. Por tanto presumió que para él escribir era facilísimo como producto de su gran inteligencia. “Escribo de una sentada y no tengo que corregir”, se pavoneó. La respuesta del escritor metódico —acaso ofendido por la frivolidad de su interlocutor— fue tan brillante como demoledora: “Lo he leído y se nota”, le dijo con fina ironía. Lo dejó en evidencia. La conversación no duró mucho más.

Escribir, sin caer en exageraciones, no es cualquier cosa. La buena escritura no lo es, al menos. Resulta evidente cuando alguien mecanografía antes que producir una pieza ajustada de amplio curso estético.

Octavio Paz se dio cuenta de ello alguna vez que sorprendió a André Breton corrigiendo unos manuscritos. Ante la duda del mexicano, que se preguntaba qué estaba haciendo, el surrealista respondió: “Escritura automática”, lo cual pudo levantar alguna sonrisa por la comarca. Incluso el flujo de pensamientos requiere esmero antes de mostrarse ante el público.

El propio Paz se expresaba así de tal proceso de escritura:

«Aunque se pretende que constituye un método experimental, no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia me parece irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado de perfecta espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable, sería ese estado de inocencia. Ahora bien, si alcanzamos esa inocencia (…) ¿a qué escribir?».

Bukowski tenía claro que para ser escritor hacía falta disciplina y también cierto estado al que no se sabe muy bien cómo llegar pero al que se identifica apenas se entra en una especie de trance frente al teclado. Más de un poema memorable se le escapó por la interrupción de alguna mujer, o porque dio el sorbo inadecuado a su bebida: era imposible retomar lo que ya se había evaporado. La idea genial puede desaparecer en un segundo si no se le aprovecha.  La música clásica, el aislamiento y el alcohol parecían elementos claves para el motor espiritual del norteamericano, lo mismo que las visitas al hipódromo y las siestas, aunque no eran lo único. Muchas aspirantes han intentado seguir los mismos pasos y simplemente no logran los mismos desenlaces, solo hacen el ridículo. Bukowski se burlaba en alguno de sus versos, donde se preciaba de estar sobrio al anotarlos. El alcohol no hace ningún milagro. El talento y la experiencia de vida eran claves.

Hank fue alguien prolífico de quien se siguen encontrando poemas inéditos de vez en cuando. Pero ni él era infalible. Alguna vez, en un episodio de sequía, en el que las letras no fluían dentro de sí, tuvo en mente lo mencionado con anterioridad. Ya no podía escribir, según parecía. Llevaba varias semanas sin terminar un texto. Quizás había pasado eso, un día despertó y ya no era escritor. La magia se ha ido, llegó a pensar. Sin embargo eso cambió pronto y siguió con los relatos, poemas y libros. Un pestañeo le hizo recobrar el nervio con el que cosechó el renombre.

Lo importante es seguir con el dedo en la tecla.

 

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Los jardines errantes de Octavio Paz

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Jardines errantes: cartas a J.C. Lambert, 1952-1992: Seix Barral. Barcelona, 2008.

 

“Las dos artes supremas de la verdadera civilización: el jardín y la conversación”. —O.P.

 

Hace unos años  se lanzó este libro compuesto por cartas inéditas que Octavio Paz envió durante un periodo de más de cuarenta años al poeta y traductor francés Jean-Clarence Lambert. Y como suele pasar, la intimidad epistolar se vuelve un sitio donde se descubre a una personalidad sorprendente.

Octavio Paz y Jean-Clarence Lambert se conocieron en 1951 después una exposición de Rufino Tamayo presentada por André Breton en París. En aquel entonces Octavio Paz trabajaba como secretario en la embajada  mexicana y fuera de la élite cultural no era muy conocido en Europa. Su creciente obra no había sido traducida al francés, hasta que del encuentro con Lambert surgió un entendimiento lo suficientemente fuerte para que Jean-Clarence Lambert  se dedicara paulatinamente a recrear (un término que el autor de Libertad bajo palabra prefería sobre el de traducir cuando de poesía se trataba) los trabajos más importantes de Paz.

El espíritu indómito y la labor diplomática hicieron que Paz saltara de un país a otro continuamente; Japón, la India, Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, además de México, fueron algunos de los lugares en donde residió. La comunicación entre estos dos hombres tuvo que darse, entonces, por correo. La mayoría de los textos se enfocan en la toma de decisiones editoriales así como de testimonios de publicación: correcciones de las versiones al francés, conformación de antologías poéticas, pago de derechos, creación de proyectos literarios (como el de las revistas Plural y Vuelta que el mexicano relata al francés), etc.

Dicha parte puede carecer de interés para el lector casual: lo interesante está en lo que rodea a esos apuntes profesionales, concretamente las líneas que Paz dedica a la reflexión y donde confluyen  la fraternidad, la cultura, la vida y hasta los consejos amorosos realizados siempre en un tono relajado, el que distingue a un diálogo entre amigos. Seguramente Paz jamás imaginó que esta correspondencia de carácter personal terminaría por ser leída, años después, por el público general. De haberlo sabido quizás la vanidad y su sentido perfeccionista le habrían impulsado a hacer modificaciones y omisiones, no tanto de estilo, sino por el sentido: en especial para mantener intacta la imagen férrea que se suele tener de él. Lo digo porque en muchas de estas cartas se muestra como alguien inseguro respecto a su propia obra, como si casi nada le gustara (excepto por “Piedra de Sol”  del que dice: “Es lo mejor que he escrito. O, al menos, el poema en donde he querido decir todo lo que tenía que decir”) e incluso en una de ellas confiesa estar fastidiado de escribir; sin embargo, los episodios de abatimiento se alternan con  otros donde se muestra optimista, resuelto y satisfecho, confirmando así la idea de su hija, Helena Paz Garro, que lo definía como alguien fluctuante.

Se debe tener en cuenta que en cuarenta años una persona cambia mucho (¿y no se hace incluso a cada día?), por lo que la variación de ánimo presente entre una carta y otra es perfectamente entendible;  estos jardines errantes no deben tomarse como un volumen desmitificador, sino como uno de aproximación a la parte humana del que fuera uno de los actores más importantes del ambiente intelectual del siglo XX.

Para los lectores jóvenes del presente será cuando menos curioso leer estas cartas y postales que, obviamente, se tratan de medios limitados de comunicación. Lo que ahora se puede resolver rápidamente por medio de un mensaje de celular, a mediados del siglo pasado tomaba semanas enteras. Aparte de lo que tardaba en llegar una carta de un país a otro hay que agregar el hecho de que a veces se perdían en el camino, y que un mero detalle dejado a medias equivalía a repetir el proceso hasta que los datos quedaran precisados por completo.

En el libro no se incluyen la misivas escritas  por Lambert, en parte porque éstas quedaron reducidas a cenizas en el incendio que hubo en el departamento de los Paz en 1996 y en parte porque las palabras del escritor mexicano se defienden por sí solas: él era la figura central de las mismas.

¿Autorizaría Paz la publicación de estas cartas? Imposible saberlo, lo cierto es que en el prólogo de uno de los tomos de sus obras completas (¿O fue en otro lugar? Confieso que cito de memoria),  refiriéndose a sus primeros escritos,  Octavio Paz mencionó que los publicaba a pesar de considerarlos menores, simplemente porque era preferible a que lo hiciera él, con cierto control, a que lo hiciera alguien más, sin ningún tipo de filtro, después de su muerte. Los lanzamientos póstumos son terreno peligroso, y este, aunque tambaleante por momentos, logra erigirse como un material provechoso.

La erudición en su rostro más amable, así se podría calificar a esta serie de cartas que resumen las virtudes de Octavio como amigo: profundo, cortés, atento, guía, consejero… algunas que junto a la sensibilidad y el compromiso, también conforman al poeta.

 

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Este texto fue publicado originalmente en la revista Spazz en el año 2011, aproximadamente.

Un libro que no he leído

Así comienza Rendición (2017), la novela de Ray Loriga:

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

Todavía no leo el resto del libro, pero con eso me basta para estimar su valor. Conozco otras obras de Ray Loriga y dentro del vértigo acostumbrado de su prosa aparecen estos golpes de timón que rompen la nebulosidad que a veces le domina. Son pequeñas frases que levantan del asiento, sentencias que obligan a que uno se detenga para poder asimilarlas. Son las manifestaciones de un genio intermitente que da alguna bocanada en medio del camino.  Uno debe permanecer atento para cuando ocurra. Hay novelas donde el fenómeno nunca acontece. Y hay otras donde se desliza con familiaridad. No sé aún si Rendición deviene en más momentos por el estilo. Lo evidente es que ya tiene uno, y al estar al inicio ofrece una garantía de permanencia; se buscarán más fragmentos del mismo nivel hasta la última página pese a que acaso no haya oro al final del arcoíris.

La apertura de esa novela se refiere al optimismo como engaño, un engaño que también permite mantenerse a flote. Ante los tiempos de tormenta, se apela al recuerdo de un beso, una antigua mascota, alguna copa bebida hace años entre amigos. Ahí el consuelo. El estímulo. La calidez. Los momentos de júbilo por los que hay que mantenerse en marcha. Cuando se anda a la deriva no queda otra que aferrarse a los recuerdos para no derrumbarse. Si lo placentero ocurrió alguna vez, cabe la posibilidad de que en el futuro se repita: así se renueva la esperanza aunque la derrota se encuentre establecida.

Tal idea es una de las pocas que ayudan a conservar el talante armonioso, lo que inspira a seguir luchando en las calles. Aunque de eso ya casi no nos quede, las sensaciones de las buenas épocas están guardadas en la cabeza, demandan caricias y nuevas compañías.

Nos pica el gusano de la ilusión. Si uno se rinde, se puede tener la seguridad de que la fiesta se ha terminado. No habrán más caminatas en el parque ni tardes junto a un nuevo amor. En cambio, si te continúas en la lucha, cabe la posibilidad de que el advenimiento eventualmente aparezca.

Mientras tanto el espíritu exige algunas dosis de satisfacción para sobreponerse a la marea de adversidades que golpean el pecho a diario. Y para contrarrestar lo negativo hay que programarse. Quizás nunca llegue el boleto premiado de lotería, como tampoco llegará el día en que puedas montarte en un avión privado para recorrer el mundo. Quedan, empero, los milagros de toda la vida, los que cobran nuevo significado ante la mirada atenta. El oro puro de explorar una librería en domingo. Revisar tiendas de discos aunque al final no compres nada. Y queda la suavidad de la pierna de una mujer que ofrece un refugio. Y está la maravilla que supone una sopa que colma a un hombre desamparado.  Y están los perros que tienen una mirada en la que pareciera contenida toda la bondad de la que dispone el universo. Están los viajes en carretera. Mirar la lluvia desde la ventana de una cafetería. Hacer reír a alguien. Estrechar una mano franca. Mirar un partido de futbol. Comerse una pizza entera. Extender durante horas una plática sobre intrascendencias.

Es a lo que hay que aferrarse. Aunque ya no quede mucho de ello. Aunque luego el golpe sea peor.

Bresson Mouchette

 

Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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1001 maneras de vivir sin trabajar

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La añoranza de muchos es poder vivir sin trabajar, un sueño bastante lógico si pensamos que rascarse el ombligo siempre será preferible a picar piedra en una mina de carbón. Por desgracia, en la vida moderna es complicado sostenerse sin la ayuda de dinero en los bolsillos, de ahí que la mayoría de las personas se vean obligadas a conseguir un empleo donde a menudo sufren al tener que convivir con extrañas criaturas llamadas colegas y donde los jefes, unos ogros poco sutiles, acaban por pulverizar lo que alguna vez fue un espíritu idealista.

Un gran número de estudiosos han intentado descifrar el secreto para poder vivir sin trabajar. En este sentido, los vagabundos se han erigido como los mayores expertos en la asignatura bajo una serie de estrategias que los alejan de las dinámicas del consumismo para entrar de lleno en contacto con el medio ambiente.  Este camino, sin embargo, no es fácil y son pocos los dispuestos a ir a su estela. La mayoría de las personas proclaman estar en contra del materialismo hasta que se enteran de que eso implicaría renunciar a usar el horno de microondas.

Para ellos, a los que se les complica desapegarse de las posesiones pero que al mismo tiempo quieren dejar de trabajar, queda una solución. Y la respuesta está en un libro lanzado en la agitada década de los sesenta, época en la quizás se haya presentado más concentración de locura per cápita en la historia de la humanidad.

El título en cuestión es 1001 maneras de vivir sin trabajar de Tuli Kupferberg, editado originalmente en 1961 y cuya edición definitiva fue lanzada en 1967 por la editorial Grove Press de Nueva York.

Antes de revisarlo, veamos un poco del autor.

Tuli Kupferberg (1923-2010) fue todo un personaje de la contracultura estadounidense de los sesenta. Estuvo asociado a la generación beat, aunque desde una posición aún más marginal que la de otros representantes del movimiento. El hecho de que su nombre permanezca un tanto en el olvido puede atribuirse a su propia naturaleza: un carácter indomable que le impedía asentarse y sobresalir en un solo género. Lo mismo hizo poesía que activismo por la paz; fue caricaturista, comediante, ensayista y músico. En este último apartado destaca The Fugs, la banda que fundó al lado del también poeta Ed Sanders, a quien conoció durante la proyección de una película. The Fugs fue un proyecto adelantado a su tiempo: el grupo, nacido en 1964, mostraba una actitud provocadora, letras satíricas y un albedrío musical que bien podría considerarse un antecedente de Lou ReedThe Velvet Underground. Punk en ciernes, divertimento.

Allen Ginsberg, por cierto, hizo referencia a Tuli Kupferberg en su célebre poema Aullido, a propósito de una curiosa anécdota: el día en que Kupferberg se lanzó desde el puente de Manhattan, debido a que, según sus propias palabras, había perdido la capacidad de amar. Para aquel hombre no valía la pena seguir adelante en tales circunstancias. El intento de suicidio resultó un fiasco: en determinado momento Kupferberg se dio cuenta de que estaba hundido en el agua pero que no había muerto. El inconveniente lo llevó a nadar hasta la orilla para después regresar a casa y dormir, como si nada hubiera ocurrido.

Eso era, más o menos, Tuli Kupferberg. Las pinceladas biográficas son importantes para entender los disparatados métodos que proponía para vivir sin trabajar en un libro descatalogado y difícil de conseguir en la actualidad. En internet circulan algunas viejas copias cuyo costo está por encima de los $150 dólares. Y aunque no hay versión digital ni edición en español (el nombre original del libro es 1001 Ways to Live Without Working), me he dado a la tarea de traducir algunos de estos consejos a partir de escaneos que circulan en algunas páginas de la red.

Aquí va una selección: 18 maneras de vivir sin trabajar de acuerdo a Tuli Kupferberg. Espero les sean de provecho y les ayuden a dejar, por fin, las responsabilidades que les agobian.

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Cásate con el Presidente
Usa magia
Vive en una tienda departamental
Roba pan a las palomas
Disfrázate de paloma y espera a ser alimentado
Encuentra oro
Descubre la electricidad
Limosnea y abandona tras haber recaudado un dólar
Inventa cosas
Sé un crítico literario
Siempre camina
Vive con pigmeos (como el singular rey-gigante)
Lame tu plato
Guarda todo en tu habitación por 200 años, luego véndelo como antigüedades
Sé un caballo retirado
Busca un trabajo en Nochebuena
Inventa la televisión
Vive en un país extranjero en donde no se te permita trabajar

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*Las imágenes fueron sacadas de blogs.harvard.edu/houghtonmodern/

En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

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84, Charing Cross Road

Guardo un gran respeto por cualquier persona que se conduzca por la vida de una forma distinta a la mía. Es más, los admiro. Tendría que aprender de sus maneras y siento atracción hacia ellos. En ocasiones la compatibilidad con alguien está determinada por las diferencias, más que por los puntos en común. Uno se divierte bastante con alguien con quien no se está de acuerdo en casi nada y que, encima, se encuentra abierto al diálogo sin resentimiento. Un mínimo de coincidencias es recomendable, de cualquier modo. Nunca sobra. Tener un nivel similar de cultura o compartir ciertas aficiones permite que, a partir de ahí, se puedan poner a juego las desavenencias. Es lo que anima. Para eso están los amigos: para, además de acompañar, ofrecer un complemento en el que se hallen retos y estímulos que saquen de la aburrida comodidad.

Encontrar amistades, en cualquier caso, no es una tarea sencilla. No lo es para todos, al menos. Si eres alguien que pone unos parámetros indispensables para unir a alguien a tus filas, ten seguro que llegarán las complicaciones. Hay quienes son flexibles en este aspecto y consideran como amigos a cualquier tipo que les simpatice, lo cual puede resultar ilusorio. En las situaciones límite es cuando se echa en falta el haber tenido un mínimo de exigencia para diferenciar a una amistad de lo que fue un mero conocido. Del otro extremo, está la tendencia de ser demasiado riguroso con el proceso de selección, medida que de manera invariable conduce a la soledad. Lo importante es buscar un balance. Dar algunas concesiones hasta hacerse de un pequeño grupo de seres confiables entre los que se puede tejer una red de enriquecimiento y apoyo mutuo.

Parte de la madurez radica en entender que rara vez se consigue llegar a los ideales . Aplica en en múltiples aspectos. Casi siempre uno termina por conciliar cuando la imagen de ensueño se revela como imposible. Con esto no digo que uno se deba rendir o conformar a la primera oportunidad. Al contrario, uno debe luchar por lo que se desea hasta las últimas instancias, pero también hay que ser conscientes de hay puntos aceptables  en los que quizás convenga reposar ya que resultan preferibles al vacío. La mira entonces ha de encaminarse a levantar el listón lo más alto que se pueda: luchar por cada centímetro. Si no se llega hasta el techo, aunque sea se logrará un resultado superior al que disponen los que no ponen unos gramos de empeño.

Pienso en lo mucho que el factor circunstancial influye en lo que a formar amistades se refiere. No nos juntamos con las personalidades más afines a nosotros, sino con las que tenemos a la mano. A partir de un pequeño número de coincidencias (al otro le gusta la misma película que tú, es aficionado a tu equipo de futbol o vive a lado de la casa de tu abuela) se establece un vínculo llevadero que puede crecer hasta convertirse en una relación para atesorar. Hacemos migas con los compañeros que pertenecen al mismo entorno en el que estamos sumergidos. No los ideales, sino los que son preferibles al resto de las opciones disponibles. Es lo que ocurre, si bien hay notables excepciones. Una cuestión de mera probabilidad. De los cientos de millones de individuos que habitan el mundo, resulta inverosímil pensar que los más afines a nosotros pudieran estar en las cercanías. Ya no digamos en nuestra colonia, sino hasta en una misma ciudad.

Al menos así lo veo. Yo sé que miles de ustedes claman haber encontrado a su alma gemela del otro lado de la pasillo. Y está bien. Creo que es posible. No voy a ser yo el encargado de romper las globos y doblar las serpentinas. Por el contrario: los felicito. Sin embargo, desde mi perspectiva particular, me he enfrentado a una conclusión que es bella y dolorosa a la vez. Gran parte de las personas con las que podría tener un vínculo profundo, se encuentran a cientos de kilómetros de distancia. No es una regla infalible, desde luego. He conocido a seres extraordinarios en los lugares en donde he habitado y estoy agradecido de compartir el código postal con ellos. Lo único que señalo es una obviedad: en el planeta hay seres extraordinarios que están repartidos fuera de nuestro alcance inmediato.

Muy triste, sí. Nunca te enterarás de la existencia de muchas de esas personas. No sabrás cómo se llaman, dónde viven ni cuál es su corte de cabello. Tampoco los acompañarás a tomar un café. No formarán parte de tu trayectoria. Peor aún resulta cuando descubres (ya sea gracias a internet u otros medios) que sí tienes semejantes que andan respirando en parajes remotos. Por una parte disfrutarás de saber de ellos, contactarlos y conocerlos aunque sea a distancia. Por el otro, te quedará el dolor de recordar eso, que están muy lejos de ti y que el encuentro es prácticamente imposible.

Hace poco leí un libro que me hizo reflexionar al respecto. Se llama 84, Charing Cross Road de Helene Hanff. Un volumen muy especial que recopila las cartas que la autora intercambió desde Nueva York con los empleados de una librería ubicada en Londres, Inglaterra. Un vínculo que  comenzó en 1949, cuando la escritora hizo caso a un anuncio publicitario de la librería Marks & Co que ofrecía sus servicios para compra y venta de libros de segunda mano. Helene Hanff, en una búsqueda de ediciones difíciles de conseguir,  se animó entonces a contactarlos, pese a que los separara un océano. A partir de entonces, y durante casi veinte años, se estableció una amistad por correspondencia entre ella y los empleados de la librería. Fue así que  una mujer solitaria pudo encontrar mentes afines a sus intereses, en especial la de Frank Doel, el jefe de ventas de la tienda con quien intercambió la mayor parte del material. Lo único malo es que estos camaradas estaban en otro continente.

Los británicos padecían las medidas de austeridad de la posguerra, por lo que Helene les enviaba regalos alimenticios que se suponían una pequeña gloria. Del otro lado recibía cartas y paquetes que, además de libros, le ofrecían calidez, amabilidad y comprensión. Siempre desde las diferencias de una cultura y otra. Frank Doel era el típico caballero de Inglaterra. Flemático y no libre de pasiones como la de la comida y el futbol. Helene, por su parte, era relajada: tenía un gran sentido del humor muy en el tono tongue-in-cheek para meter en aprietos a sus amigos.

Con el transcurso de los años y la profundización de la amistad, surgen las tentativas de que Helene haga un viaje hasta Londres para visitar la librería. Los empleados del lugar le insisten con invitaciones y ella les manifiesta sus ganas de ir. La idea es emocionante porque la esperarían con los brazos abiertos, con el cariño de gente que la estimaba y vivía con una curiosidad enorme de tenerla de frente. Sin embargo, los planes se posponen una y otra vez por la falta de dinero y, sobre todo, por ese inagotable número de compromisos a los que conocemos como vida. Ya será el próximo año, piensan una y otra vez sin reparar que el paso del tiempo lo cambia todo. Algunos empleados Marks & Co dejan su puesto y otros más desaparecen. El caso más demoledor es el que da fin a la correspondencia. Frank Doel muere de forma sorpresiva sin haber visto nunca a Helen. Así se lo hacen saber con un pequeño mensaje.

Una de las tantas historias que terminan a golpe. La amistad profunda que deja un fragmento inconcluso. Una espina clavada para la autora que pasó el resto de sus días con un espacio en blanco en donde el tormento instaló sus pertenencias.

Gracias a la publicación de estas cartas, Helene Hanff consiguió el éxito literario que tanto se le había resistido.El contenido de las misivas era entrañable y conquistó a un público que todavía le guarda cariño. Incluso se de adaptó para teatro y hay una versión cinematográfica protagonizada por Anthony Hopkins y la gran Anne Bancroft. Su valor no hace sino aumentar en la actualidad. En tiempos donde los libros se han convertido en meros archivos digitales que pueden bajarse a montones sin ninguna dificultad, uno se conmueve ante una época donde las complicaciones logísticas no pudieron vencer la fuerza de voluntad entre dos figuras hermanadas por el corazón y la literatura.

Helene Hanff  pudo visitar Londres después del éxito del libro. Ya no fue lo que esperaba. Sus amigos se habían ido. La familia con la que intercambió correspondencia ya no estaba. Marks & Co había cerrado sus puertas.  Durante años (y mientras pudo) entregó sin falta las regalías correspondientes a la hijas de Frankie por los conceptos derivados de 84, Charing Cross Road.

A pesar de haber enamorado a oleadas de lectores y de haber cosechado cierta celebridad durante dos décadas, Helene Hanff murió en 1997. Su fin llegó en medio de problemas económicos y una profunda soledad.

El lugar en donde se encontraba la librería Marks & Co es ocupado ahora por un restaurante.

«Es muy consolador sentir que hay alguien a muchísimos kilómetros de distancia capaz de ser tan generosa y amable con personas a las que ni siquiera conoce».
—Bill Humphries.

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«Querida Katherine:

Interrumpo la tarea de limpiar mis estanterías y me siento en la alfombra, rodeada de libros por todas partes, para escribirte unas letras y desearos un buen viaje. Espero que tú y Brian lo paséis muy bien en Londres. El otro día me preguntó por teléfono: “¿Vendrías con nosotros si tuvieras dinero para el viaje?”, y a mí se me saltaron las lágrimas.

Pero… no sé…, tal vez sea mejor que nunca haya estado allí. Soñé tanto con ello y durante tantísimos años… Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaría la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: “Está allí”.

Tal vez sea cierto, o tal vez no. Porque ahora, al mirar a mi alrededor en la alfombra, siento una certeza: está aquí.

El hombre, ¡Dios lo bendiga!, que me vendió todos mis libros murió hace pocos meses. Y el dueño de la tienda, el señor Marks, ha muerto también. Pero Marks & Co sigue allí todavía. Si por casualidad pasas por el 84 de Charing Cross Road, ¿querrás depositar un beso en mi nombre? ¡Le debo tantísimo…!»

—Helen Hanff.

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Marks & Co en 1969. La foto es de Alec Bolton y la Librería Nacional de Australia.

15 apuntes sobre la lectura y la escritura

Para escribir un texto largo a veces basta con un buen primer párrafo. Lo demás ya se hace por compromiso. Para no fallarle a esas primeras palabras que están con la ilusión de ver la obra redonda. Ni cómo dejarlas plantadas.

Hasta con la literatura llega la tentación de promiscuidad. Se puede estar en medio de una lectura amena, pero aun así los ojos  se distraen con ese otro libro ubicado en el buró que clama ser repasado también. Si uno resiste ante tal seducción es por respeto a la pareja actual, porque ha aguantado nuestro tacto ya por un largo tiempo y porque ofrece lo mejor de sí. Sería cruel tirar una relación a la basura luego de que estuvo ahí cuando la necesitamos. Se llama fidelidad.

Luego están las tiendas. Da igual el número de lecturas pendientes que tengamos en casa (que puede equivaler a una montaña), siempre está la atracción de comprometerse con una nueva elección.

Los libros nunca se acaban. Incluso los más ávidos lectores se van con frustración. Es imposible leerlo todo. Y no solo eso: es imposible leer todo lo que se quiere. Quedará siempre alguna deuda que acompañará hasta el último día.

Está la cuestión de la relectura. Para algunos es una perdida de tiempo (preferible pasar a la novedad), para otros es más que recomendable. Lo cierto es que nunca se lee dos veces el mismo libro. Puede ser la misma edición, con las mismas letras y la misma portada. Pero la segunda lectura será diferente. Ya no somos los mismos. El riesgo en este caso es que se nos rompa la imagen que teníamos de cierto autor: que ya no impacte como antes. Quizás hasta se pueda estropear el cariño, Toca decidir si se toma esa ruta o si es mejor quedarse con la imagen que todavía conmueve en los recuerdos.

A la hora de regalar un libro no hay que pensar únicamente en los gustos propios ni en los ajenos. Se ha de buscar un punto intermedio. Algo que le pueda gustar  a la otra persona, pero que también la pueda sorprender. Dar la oportunidad a que se le abra un campo nuevo.

La aburrición que provoca un libro bien puede medirse por la cantidad de veces que hace voltear la mirada hacia el número de página.

El libro electrónico tiene grandes ventajas,  ya casi nadie lo niega. Incluso lo empiezan a reconocer los fetichistas del papel. Uno de los puntos clave es la disponibilidad. Adiós a conformarse con los títulos que se encuentran en la librería cercana. Las opciones aumentan con lo disponible a través de internet.

Una de las grandes desventajas (que las hay) tiene que ver con la falta de flexibilidad. Antes si un libro desagradaba, uno podía agarrar y tirárselo en la cabeza al vecino. Otros optaban por quemarlo o lanzarlo al bote de basura. Así, incluso los malos tragos ofrecían la posibilidad del desahogo físico. Ahora no. Uno se lo piensa dos veces antes de darle de martillazos a la tableta en donde se leyó una porquería.

Son pocos los consejos de escritura que funcionan. Pasa que se carece de una receta universal. Cada quien tiene sus propios métodos y vicios que rara vez son compatibles con los demás. De cualquier modo hay pautas esenciales que valen la recomendación. Una que se me ocurre tiene que ver con la comodidad. Una buena silla y un escritorio son de gran ayuda para las jornadas maratónicas frente al teclado. Hay, sin embargo, quienes prefieren escribir mientras están acostados en la cama. Es el caso de Truman Capote, quien decía no poder pensar con claridad en otra posición. Su estrategia era hacer borradores primero en una libreta y luego pulir en sucesivas transcripciones hasta llegar a la piedra final. Esto es, cuando no queda nada más que quitar o agregar. Mimar un texto hasta la muerte, aunque quizás nadie lo lea jamás.

Fuera de cuestiones prácticas, hay un elemento que hace extrañar el auge de los manuscritos. Hace años uno podía ver la letra de alguien más y a partir de ello adivinar rasgos de su personalidad. Si bien la grafología es propio de charlatanes, al menos  se tenían señales que eran mejor a nada. Mirabas la carta de una chica y casi podías notar que estaba enamorada de ti por ese empeño puesto en cada trazo y pequeños detalles como un corazoncito a modo de punto o un arcoiris que hacía la función de una coma.

Sin tener sustento alguno para afirmarlo, me atrevo a decir que los más cursis en materia literaria son los lectores casuales. A los que más se les llena la boca con las bondades de las novelas y los escritores son esos que apenas leen cuando no les queda de otra. Según mis impresiones, los más ávidos lectores prefieren mantener una relación íntima con su pasión. Sin hablar mucho de ella, sin hacer aspavientos. Deleitándose y sufriendo en un rincón al que nadie más entra. Lo mismo aplica para la música, el cine o el futbol. Las faramalla intenta compensar lo que honestidad no emite.

Para que la satisfacción desaparezca basta con esperar el paso del tiempo. Aquel texto que parecía redondo, poco a poco se revela a sí mismo como un despojo lleno de errores y carencias. El disgusto es mayor porque, aunque se proceda a corregir, ya muchos ojos se llevaron una impresión negativa. Dentro de todo cabe un consuelo: detectar la debilidades de nuestras versiones pasadas, implica que hemos mejorado. Acaso lo terrible sea releer lo que se escribió hace un año y encontrarlo perfecto. Entonces nos habremos estancado.

Me considero un voyerista de libros.  Apenas veo en la calle a alguien que lee,  no puedo evitar lanzar una mirada indiscreta para ver la portada de aquella obra. Un placer mayor: echarle un vistazo a la biblioteca personal de algún conocido. Sacar conclusiones a partir de la selección de los títulos. Si vale la pena quedarse a tomar un café o si más bien hay que huir a toda prisa.

Subrayar es darle una caricia a las líneas bonitas.

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