El amor se escribe con música

mariana23

Mariana con M de Música del escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba concentra la sensibilidad de un nombre que se desvive en pasión. Cada una de las páginas, compuestas en su mayoría por breves poemas, no tienen otra fuente que el sostén de la música y el sentimiento producido por una mujer.

El amor descrito es de 360 grados. De amplio alcance y repleto de intensidad, no siempre bello como sonata de Bach, sino también demoledor y maniático como el concierto para piano n.º 2 de Prokofiev.

Y así es el amor en su expresión total, el que tiene la fortaleza de contar con lo malo y lo bueno. Con la profundidad de la que carece el mero enamoramiento, ese enganche superficial de los primeros días caracterizado por la candidez de colores rosas. La relación emprendida por Eusebio Ruvalcaba es el amor en completud, sin frenos, el que llega hasta el fondo y que en su grandeza toca ambos polos, lo sórdido y lo divino.

El libro va en la línea del periodo otoñal del autor, el punto en el que su escritura alcanzó su mayor sonoridad y concisión. La música, el otro pilar que lo sostenía, es una presencia constante en el volumen como asidera espiritual. Al desconfiar de la palabra escrita, Eusebio tendía a la melodía, a la referencia de compositores que al ser evocados causan la explosión del instinto.

Eusebio Ruvalcaba rezuma honestidad y tiene un respeto tal por el lector que le abre su intimidad de un modo descarnado, sin pudor ni limitantes, dándole entrada a la habitación vacía, donde hay salpique de llanto y vidrios rotos por el añoro del cuerpo femenino.

La aparición de lo indecible hace patente las dimensiones del amor que sintió por Mariana, la protagonista de la obra. A ella apuntan cada una de las sílabas, los lectores se vuelven testigos de uno de los tributos más vehementes que un hombre ha deparado a una mujer.

La memoria es ambivalente; Eusebio Ruvalcaba danza entre el quiebre y la fascinación. Se describen tropiezos marchitos a la luz, episodios de abatimiento. Pero luego deviene la redención, la sabienda de que hay lazos que atan, vínculos que no pueden romperse pese a las circunstancias del exabrupto o la angustia de los años. Al final, el amor sobrevive al infierno y abre sus alas para disipar la enésima cicatriz o mancha que dejó el calor del algún pleito.

Mariana con M de Música pone de manifiesto el poder vital que llega a significar una mujer, aun con los reveses sufridos. Los versos se suceden uno tras otro con plena naturalidad, producto del alumbramiento constante de un vientre que palpita obsesión.

El libro como testimonio. La complejidad de un vínculo entre dos almas afines —pero también enfrentadas— que dispusieron el uno del otro para acariciar los límites que gran parte de las parejas solo alcanza a divisar en el horizonte. No hay nada unidimensional. Hay saltos, el paso de lo melodioso a la violento, lo romántico que expele crueldad. Sentido del humor y también miedo, la desesperanza, el volcán sobre una copa de vino.

Tal sensación queda. La admiración por un escritor capaz de dar testimonio de algo tan poderoso e inasible: una mujer que irradia emociones sin ofrecer al corazón tregua alguna.

Quisiera que la sábana con que te cubres
fuera de agua,
y que tu cuerpo se transparentara
como el paisaje que vemos tras la ventana
cuando llueve.

Y que ahí mismo quisiéramos estar
y empaparnos.

Cuando caía el primer aguacero de cada año,
mi padre me tomaba de la mano
y salíamos corriendo al patio.
Él, un hombre de 54 años,
y yo un niño de cuatro.
¿Cómo es posible que ahora recuerde eso?
Te lo debo a ti, Mariana,
porque evocas cosas en mí que yo suponía
ya muertas.

Eusebio Ruvalcaba, Mariana con M de Música, México, Los bastardos de la uva, 2017, 112 pp.

eusebio ruvalcaba

Foto: Eduardo Loza.
Anuncios

La remarcable del subrayado

elvis letters

Entre las mentes lectoras surge a menudo un debate sobre el provecho de subrayar o no los libros. Una polémica un tanto estéril que ya debería encontrar un consenso: sí, los libros deben rayarse. A ser posible también deben besarse y ofrecerles una que otra bebida.

El subrayado, como parte de la primera lectura, intenta de algún modo retener una emoción que poco a poco se disipa. Brindar una pista a nuestra versión del futuro, para que así pueda extenderse lo que causó un punto de quiebre en la niebla.

Se trata de encapsular, dar con el descubrimiento, una caza de letras. Enmarcar la genialidad. No concebimos que las palabras se pierdan al cerrar el volumen. Luego de tantas páginas recorridas viene la urgencia de tener a la vista lo camuflado.

Subrayar es, también, dar con un hallazgo similar al de un trébol de cuatro hojas o de pronto agarrarle forma a una nube que andaba desperdigada por el cielo. Pero al final el que se descubre es el propio lector. Observar los subrayados en una biblioteca revela mucho de quien la administra y es posible que lo que fue digno de atención para uno sea totalmente intrascendente para alguien más.

El cineasta japonés Akira Kurosawa era un entusiasta del arte ceremonioso del subrayado. Era tal su devoción que incluso sugería a su público nunca acometer el acto de la lectura acostado en la cama. La forma apropiada, creía, era hacerlo desde un escritorio, ya que eso permitía subrayar y tomar notas con propiedad. Para él la lectura era una actividad paralela que iba acompañada de la creación. En libretas anotaba reflexiones y sensaciones que le dejaban los libros que pasaban por sus manos, de ahí salía buena parte de la inspiración que ponía en sus películas. Al igual que con los sueños, ese dictado que le trascendía culminaba al poco rato en obras que, no obstante la raíz, eran muy personales.

La lectura permite un trance mental a partir del cual surgen nuevas posibilidades de acción. Leer lápiz en mano se vuelve una necesidad por si acaso llega el instante de alumbramiento, una ráfaga que conlleve la escritura al margen de la hoja.

Algunos conservadores creen que hay que respetar al libro dejándolo inmaculado. Y aunque esto bien podría aplicarse a ediciones de alto valor histórico (no va uno a rayonear una primera edición de Valle-Inclán heredada por el bisabuelo), lo mejor es respetar al contenido ofrecido por el autor, no al material en donde viene impreso. Así, hacer anotaciones al margen implica honrar a la literatura poniendo en vitrina las perlas que ofrece.

Dejar la pasividad, simular un diálogo. Contrapuntear al escritor a través de las páginas. Poner flechas, dibujos, algún garabato de insinuación. Leer un libro sin apenas intervenirlo es dejarlo vestido y alborotado, sobreprotegerlo. Dejar encerrada en su casa a una mujer que se había perfumado y puesto ropa interior bonita.

Dicho esto, para subrayar hace falta un mínimo de criterio. En el caso de los libros hay que abstenerse de los marcatextos, aunque por su nomenclatura parezcan destinado para la tarea. El lápiz se erige como el instrumento idóneo. Permite escribir, subrayar con precisión y dejar un rastro delicadeza, sin que el papel se vuelva la sucursal de un payaso. Con el noble grafito incluso se puede borrar el rastro de alguna torpeza.

Si lo que se pretende resaltar supera las tres líneas, lo mejor no es en sí el subrayado que en su prolongación podría quedar chueco, sino poner un asterisco al margen para destacar al párrafo o emitir una llave, línea sinuosa acostumbrada a la programación y a la matemática, aburrida de tanto sostener conjuntos, a la que, al fin, se le puede dar un respiro en el mundo del literario.

El subrayado exige buen ojo crítico, espíritu de cazatalento, don para elegir. Al leer a un genio surgirá la tentación de subrayar páginas enteras (a todos pasa), pero no se trata de eso, la tarea va más en plan aforístico que de coloreo.

Si no se cuenta con algún marcador, se está desarmado ante la lectura. Nos pasa sobre todo a los de poca memoria. El avance de cada línea se siente similar al salir a pescar sin una caña, un paseo por el campo sin que se permita recolectar una sola fruta.

Subrayar es, en definitiva, establecer un vínculo con el autor. Una extraña forma de abrazo que trasciende al espacio y al tiempo. Un reconocimiento en miniatura a lo escrito por el ser admirado. Y ofrece conveniencia a la par. La vida es corta y no da tiempo para releer mucho los libros, las marcas que dejamos es una forma de simplificar el proceso y así, cuando se vuelva a cierto título, tener un recordatorio de aquello que alguna vez nos transformó en lo que somos ahora.

Roberto Bolaño, aquel perro romántico

RobertoBolaño

Roberto Bolaño era un hombre enamorado. Un hombre enamorado de las mujeres, enamorado de los amigos, enamorado de sus hijos. Al amor por las mujeres lo predisponía de un modo particular, un tanto como lo hacía en general con su propia vida, un tormento deliberado al que el chileno tenía por un motor de la literatura. Bolaño guardaba una idea romántica del dolor, creía que pasarlo mal era parte de la condena que un escritor debía estar dispuesto a pagar. La pobreza, el abandono, la autodestrucción, eran elementos de una ecuación formada para sí. Una manera de labrar una mitología personal que lo sigue persiguiendo años después de su muerte.

El escritor chileno comía poco, fumaba mucho y escribía bastante más. En eso se le iban los días. Los pequeños huecos libres que le restaban en cada jornada eran destinados para otra de las fuentes de su inspiración: conversar con amigos, enviar cartas, hablar por teléfono con gente que llevaba años sin ver. A partir de los intercambios elaboraba historias. Quienes le conocían de verdad estaban seguros de que eventualmente algunas de las anécdotas compartidas podrían aparecer en sus libros. Sería fácil verse reflejados en páginas que deambulaban por las librerías, solo había que esperar.

Hubo una aparición que cambió a Bolaño de lleno. Fue Lisa Johnson, uno de sus primeros amores. La encontró en los tiempos de juventud transcurridos en la Ciudad de México. Sería una relación corta e intensa, la paleta emocional que le conformaría. Ella era hija de una señora estadounidense, gente de intelectualidad y prosapia en días donde Bolaño no era más que un muchachillo de aspecto harapiento. Un soñador que robaba libros para alimentarse. Bolaño se enamoró de Lisa y se la robó, como se suele decir. Se fue con ella a vivir al cuartucho de una casita donde todo fue hermoso hasta que, una buena mañana, la madre llegó para recuperar a su jovencita. Le hizo saber a su hija que tal tipito era un escritor y que eso no le dejaría nada bueno. ‘Qué ganas con un escritor que no tiene nada’, le decía. Probablemente tenía razón.

Bolaño quedó demolido tras la ruptura. Regresó a la soledad y al abandono de la habitación. Un día su madre escuchó unos ruidos raros que provenía de aquella alcoba, una especie de murmullo que la preocupó. Tocó la puerta y aguardó unos segundos. Como el hijo no abrió, decidió entrar. Ahí estaba Robertito, retorciéndose en la cama, doliéndose con quejidos, echando espuma por la boca: se había empastillado en un torpe intento de suicidio. Tuvieron que llevarlo al hospital para un lavado de estómago, como se recuerda en el libro El hijo de Míster Playa de Mónica Maristain.

Aun con lo dramático de la escena, el episodio le dejó una lección importante. A partir de entonces, el autor de “Los detectives salvajes” dejó de derrumbarse en cada nueva relación. Optó, más bien, por ver en los noviazgos a un parque de diversiones en donde podía desfogar lo más intenso. Las mujeres, los amigos y la gente de la calle nutrían su pulso creativo. León Bolaño, padre del flamante escritor, recordaba el impacto que Lisa Johnson supuso en la percepción de Roberto. «Vivieron juntos, pero la madre de ella los separó.. Quedó muy mal. No dormía, estaba muy enamorado y pensó matarse. Lo convencí de que matarse por una mujer es una pendejada», relató en una entrevista para La Tercera.

El fantasma de Lisa Johnson le acompañó toda la vida. De algún modo sentía que le había fallado, que la había tratado mal. Pese a la separación, el paso del tiempo y los kilómetros de circunstancias que los alejaron (Bolaño se asentaría en Europa de forma definitiva hasta su muerte en 2003), intentó siempre una reconciliación. De manera desesperada, sobre todo cuando su salud se deterioró, preguntaba entre compañeros por ella, quería pedirle perdón, remediar lo que ya no podía zanjarse en absoluto. Nunca lo consiguió. Lisa Johnson no quiso saber más de su antigua pareja y hasta la fecha, a diferencia de muchos otros oportunistas, no ha soltado ni una palabra sobre lo que vivió con el ahora tan afamado autor.

La relación de Bolaño con México fue la que marcó con fuego su literatura. Sus dos obras cumbre están íntimamente ligadas al país en donde pasó el auge de la juventud y el sitio al que reconstruyó para elaborar relatos y novelas. Pese a ello, luego de mudarse a Barcelona, nunca quiso volver a habitar de manera prolongada las tierras mexicanas. Se dice que lo hizo para no borrar el encanto. Prefería mantener la imagen que tuvo alguna vez de todas esas calles que tenía vivas en imaginaciones, antes de regresar e intentar recobrar lo que ya no estaba ni estaría más allí. Sabía que la realidad siempre perdería ante las dulces memorias a las que era mejor dejar intactas antes que estroperlas con golpes de actualidad.

De nuevo, Bolaño era un enamoradizo. Se enamoraba de las ciudades y no de su lado amable, sino de la sordidez, lo mismo que le ocurría con las personas. Tendía a poner la mirada ante los derrotados, los enfermos, las ciudades caóticas y de caras múltiples. De ahí que en su momento abortara el plan que tenía de vivir en Suecia; se quedó en Barcelona, un poco más compatible con su temblor interior.

Pero a fin de cuentas lo que sentía era amor, un amor que buscaba dirigir ante quien pudiera. No dejaba pasar a ninguna dama de largo, sentía que no podía dejarlas ir así como así. Coqueteaba, les planteaba retos, buscaba dejar una marca en ellas. Al final todo quedaba en un plan más o menos superficial. Salvo por casos contados, como el de Carolina López, la madre de sus dos hijos, con quien al final llevó una relación abierta. También el de Carmen Pérez Vega, la última mujer de su vida. “[Roberto] era una persona seductora, con una especie de misterio que no sabes definir” decía ella. La conoció fortuitamente en un tren; era la época en la que preparaba “Los detectives salvajes” que lo dispararía a la fama. Su forma de conquistarla iba en consonancia con lo que hacía desde la pluma. Por casualidad, Bolaño llevaba una copia de su novela “Estrella distante”, y se la dedicó. Carmen lo había prendado, aunque al final conversaron muy poco. Ella no lo conocía, no le había leído nunca, la atrajo no obstante por aquella personalidad y porque en el camino de regreso a casa, ya a solas, se vio maravillada por “Estrella distante” que le había obsequiado aquel latinoamericano tan raruno. En una entrevista de Mónica Maristain contó cómo se enlazaron. “No me digas por qué, pero yo anoté su dirección y él mi número telefónico. Le dije que cuando acabara el libro le iba a escribir. Al cabo de tres semanas, eso hice. Y él, a los quince días, me llamó. Al principio no lo reconocí para nada y él se reía con una risa que era cascada como su voz, una risa rota. “¿No sabes quién soy?”, me preguntaba. “Soy Roberto.”

Era el perro romántico, como se titulaba uno de sus libros. El nervio, el malnutrido, el rabioso y tierno, como decía un poema. En el camino de los perros mi alma encontró/ a mi corazón. Destrozado, pero vivo, / sucio, mal vestido y lleno de amor.

Sergio Pitol y el arte como oxígeno

Sergio Pitol supo del levantamiento del Muro de Berlín mientras viajaba en un barco de origen alemán en el año 1961. El escritor mexicano vivió gran parte de su vida en Europa y le tocó experimentar ese episodio histórico en primera fila. Los comunistas erigían la barrera de la vergüenza que marcaría la Guerra Fría, misma que fue destruida hasta el último suspiro de los años ochenta.
El capitán le informó a los tripulantes lo que sucedía y ahí mismo anunció que por órdenes gubernamentales tendrían que regresar a un puerto alemán. Aquella travesía , originalmente dirigida a los Países Bajos, había terminado.


Sergio Pitol
mencionaba que semejante coyuntura histórica no le impactó mucho cuando la vivió. Paradójicamente estar ahí, en el momento y en el lugar, le restaba perspectiva al asunto. Nadie entendía muy bien lo que estaba pasando en realidad. Una vez en tierra, Sergio Pitol procedió muy campante a asistir a una exposición de Picasso en un museo. El lugar estaba casi vacío, pero la obra del genio malagueño lo deslumbró.

Algo similar le ocurrió en Turquía, tiempo después. El autor de “El arte de la fuga” iba dentro de un taxi cuando se percató de que alguna gente corría por las calles. El vehículo fue detenido en varias ocasiones por fuerzas de seguridad para realizar una inspección. Había griterío y cierta hostilidad. Sergio Pitol no captaba qué diablos pasaba, pero el taxista lo reconfortó diciendo que eso era normal en Estambul. Más tarde se enteraría que había presenciado un fallido golpe de Estado que, in situ, no le había parecido gran cosa.

Poco después Pitol visitó Santa Maria delle Grazie, en Milán, donde se encuentra La última cena de Leonardo da Vinci. Su agitada travesía por Europa llegó a un momento determinante. Ahí, ante el mural del gran artista italiano, se derrumbó. Estaba conmovido. Cualquier acontecimiento de orden histórico, como los que ya había experimentado, le parecía menor al lado de una verdadera obra de arte. Aquellos sucesos le parecieron nimios, casi superficiales, junto a un portento universal que trascendía a cualquier época. Eso era lo sublime. Pasarían los años y las trifulcas humanas palidecerían frente al remolino creativo y estético de un solo ser humano.

Mucho tiempo después, cuando regresó a México, ya a finales de los ochenta, Sergio Pitol se llevó gran desencanto. Se dio cuenta de que aspectos centrales no habían cambiado. Quienes eran pobres lo seguían siendo décadas después. Los vicios y problemas de siempre continuaban arraigados en la sociedad. Y a eso había que añadir un deterioro de la ciudad en la que había crecido. Un colapso ecológico y en el designio estructural.

La imagen era triste. Había contaminación, desorden vehicular y una deplorable clase política que no contribuía a la causa común. Pero había algo que le aliviaba. Era, de nuevo, el arte. Las creaciones de los propios mexicanos. Los libros de Octavio Paz, Juan Rulfo y los poemas de José Gorostiza.

Sergio Pitol confiaba en que, algún día, México se levantaría de la podredumbre. Que todo el fracaso de nuestro país algún día podría ser visto como un pasado innoble, mientras que el arte trascendería y permanecería vivo por siempre. Toda esa capa marchita se vería eclipsada al fin por “Pedro Páramo” o “Estación violenta” que, a su modo, tienen un cariz de inmortalidad y funcionan como el oxígeno que el espíritu necesita.

pitol

Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik y la escritura

Marguerite Duras

No es tanto un asunto de escribir, sino de buscar un refugio, una asidera a la realidad y, también, una ruta de escape. Ante un ambiente hostil y ante la asfixia emocional, la empresa creativa se vuelve un desfogue tan contundente como sutil. En lugar de dar tumbos por la calle o del griterío histérico que solamente importuna al prójimo, dedicar los días a sublimar las malas sensaciones a través de la composición musical, la pintura o la vertiente literaria se vuelve un acto heroico en sí mismo, propio de gente con amplio sentido de la dignidad.

En lo que se refiere a la escritura, el proceso es el de soltar lo que interesa o agobia. En vez de arañar o tirar golpes, se procede a abalanzarse contra el papel. El resultado, si se muestra, alumbra a los lectores, en especial a quienes padecen de situaciones similares y que, al fin, encuentran un alma que comprende de qué van los pesares internos. Aquello que creíamos una conjura cebada sobre nuestra particularidad, resulta ser un óbice alojado también en un ser que, a kilómetros y años de distancia, da cuenta de lo que le sucede. Es así que uno se siente menos solo. Lo que no se revelaba a nadie y lo que se sufría en intimidad, de pronto está conectado a través de la marea del tiempo y los idiomas con algún artista que se vuelve un cómplice para nosotros.

Marguerite Duras tenía en claro que las palabras podían representar un salvamento cuando nada más parecía funcionar. En uno de sus ensayos lo señalaba a la perfección, como una salida en medio de la penumbra. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará”.

Para ella escribir era un ancla a la vida, una ocupación que se renovaba cada que uno quisiera empezar un proyecto. Aun sin ideas ni un argumento fijado, bastaba con la convicción de tener un nuevo libro, “esa inmensidad vacía” en la que todo era posible y que a través de derramar la conciencia podía redituar en una forma. El acto iba más allá de las reglas básicas de significado y ortografía. Era más cierta disposición. Una voluntad de ceñirse a ello.

Tener esa obligación le daba un sentido a sus días. Marguerite Duras era prolífica por tanto, ya que era incapaz de abandonar un libro una vez que lo había comenzado. Nada la detenía. Se sobreponía a cualquier circunstancia. Tenía claro por dónde iban los tiros desde aquel día en que Raymond Queneau le reveló su principio: “escribe, no hagas nada más”.

El caso de Alejandra Pizarnik es un tanto más delicado. Su personalidad, dominada por el fantasma de la depresión, la empujaba dentro de sí misma en una conciencia exacerbada que la mayoría de las veces no era agradable. Ella sufría y dejaba constancia del tormento, silencios desesperados que brotaban ante la mirada del lector. Ante la incapacidad de relacionarse y comunicarse con los otros —fueran amigos o prospectos de amor— de manera efectiva (siquiera sobrellevarlos, como ella misma confesaba), le quedaba el camino de la poesía, un espacio que podía moldear a su antojo y donde libraba su batalla sin demora.

Aislada desde joven, su mayor aspiración era “vivir para escribir”. Al igual que Marguerite Duras no quería otra cosa. Sobre todo porque no le quedaba alternativa. Incapaz de cultivar vínculos personales de manera sana, e inundada por constantes afectaciones propias de su hipersensibilidad, solo le restaba el relativo confort de un escritorio y una habitación vacía. Alguna vez mencionó que no aspiraba a mucho más. No pretendía la llegada del amor ni la satisfacción económica. Deseaba, más que cualquier otra cosa, la paz. Poder leer, estudiar y escribir sin preocupaciones.

Para aquella joven argentina estaba la referencia de la autora francesa; una estrella distante le demostró que aquella ruta era posible. Así lo manifestó en uno de sus diarios.

«He visto una foto de Marguerite Duras y me puse contenta. Es pequeña y gorda. “Para escribir no es imprescindible ser una belleza”, me dije. Y me alegré».

El capricho de las ideas

La diferencia entre escribir un buen texto y no concretarlo en absoluto se define a veces por la cercanía de una pluma y un papel. Hay ideas escurridizas que cometen la travesura de aparecer sin avisar. Y, si bien iluminan por un instante, son caprichosas, así que si no las atiendes rápido se van lejos para no volver. De ahí que uno deba apresurarse y acudir a anotarlas antes de que sea demasiado tarde. Por memorables que parezcan estas representaciones mentales, el olvido les sigue el juego y desaparecen con la misma facilidad con la que llegaron.

Un buen método para remediarlo, propio de artistas precavidos, es salir a la calle siempre con una libreta en el bolsillo. Con la compañía, eso sí, de un lápiz o cualquier instrumento que sirva para dibujar o trazar letras para que así sea posible materializar la abstracción.

Sin embargo, el remedio no es infalible. Algunas de las mejores ideas gustan de hacer sufrir al prójimo, así que aparecen cuando estamos en la calle justo en ese día en el que se dejó la libreta olvidada en casa. Es entonces, ante la ausencia de herramientas para registrar, cuando surge el relámpago creativo. Se trata de algo sublime, como enviado por los dioses. Parece ser el punto de partida para crear nuestra obra maestra. Ese trabajo definitivo que nos consolidará como autores y que nos catapultará a la fama como siempre merecimos.

De inmediato se emprende la búsqueda desesperada por algo que sirva para apuntar. Cualquier cosa funciona, pero de pronto los recursos escasean para completar la cruel broma del destino. Como cuando se quiere comer un cereal y no hay leche en el refrigerador. O como cuando la vejiga no aguanta más y todos los baños de la ciudad resultan estar fuera de servicio.

Después de dejar patas arriba el lugar en el que uno se encuentra, al fin se da con elementos que sirven para apañárselas: un ticket del supermercado y un marcatextos amarillo de punta chata. Se procede a escribir aquella línea que había deslumbrado, la que nos encumbraría ante la crítica y que incluso ayudaría a conquistar a la mujer de los sueños. Pero viene la falla. La Tragedia. Resulta que la idea ya no está. La hemos olvidado. Todo acaba en un derrumbe interno. El vacío de volver a la normalidad.

No a todos les obsesiona esta cuestión. Alguna vez Noel Gallagher dijo que se le ocurrían un montón de canciones antes de dormir, ya tarde por la noche. Y en vez de saltar de la cama para grabarlas o tomar notas al respecto, prefería seguir como si nada y cerrar los ojos. Las horas de sueño le servían como filtro: estaba seguro que si la canción era lo suficientemente buena la seguiría recordando al despertar. De otro modo no valía la pena siquiera.

El método de Noel Gallagher tiene riesgos que no todos están dispuestos a asumir, en especial quienes se dedican a la literatura. Los escritores son conscientes de que cada línea cuenta y que no se puede renunciar a la más mínima palabra que suponga un punto de partida para un relato o una novela.

Es el caso de Joan Didion y John Gregory Dunne, quienes acostumbraban a viajar en compañía de cuadernos u hojitas que les permitieran tomar notas que a la postre acababan en sus libros. Ambos constituyeron una obra amplía gracias a que para ellos no había algo así como vacaciones. Los ratos libres no eran más que bloques de tiempo en los que permanecían atentos a estímulos que redituaran en alguna reflexión o pensamiento que pudieran sumar a sus diarios. Procuraban no desperdiciar casi nada. Las ideas, como decía Bob Dylan, estaban flotando en el aire, solo había que estar atentos para atraparlas. Con una pluma fuente como anzuelo, de preferencia.

Es un buen ejercicio pensar en todos esos ensayos, poemas o cuentos que pudieron no existir de no haber sido porque el autor tuvo acceso a pluma y papel en el momento adecuado, en la fracción de segundo en la que todo se define y en donde surge esa primera célula creativa de la que deriva lo demás.

Es posible que El gran Gatsby nunca hubiera existido (o al menos no sería lo que es) si F. Scott Fitzgerald hubiera dejado pasar ese comienzo tan genial que tiene la novela. Si por desidia o por falta de una estilográfica hubiera postergado el chispazo para luego enterarse de que se había extinguido para la eternidad. Lo que importa es que en algún punto se llenó de determinación y acudió al llamado de la idea. Se dejó envolver por ella y estuvo a la altura de lo que se requería.

Es importante recordar el ejemplo anterior. Hay que tener cuidado de una clase de resistencia muy propia de la pereza y el desánimo. Caer en la trampa de pensar que cierta idea no es lo suficiente buena como para tomarse la molestia de escribirla. Es posible que nuestro juicio esté equivocado y que de ese modo dejemos ir un flechazo de inspiración que convenía elegir. Es posible que seamos demasiado severos con nosotros mismos y que debido a ello se deje pasar una gran oportunidad.

En otras ocasiones la percepción juega al engaño. Una persona despierta a medianoche y tiene un verso que parece magnífico en la cabeza. Una línea de oro que hay que plasmar en algún lado sí o sí. Se procede hacerlo, se trata de un obsequio del mundo onírico. Por fortuna, con todo y modorra, cada sílaba acaba estampada en algún sitio. Una vez que el frenesí ha sido aliviado, se vuelve a dormir.

Al despertar viene el recuerdo de ese verso. La joya de la corona. La octava maravilla del mundo. El cáliz de las letras hispánicas. El mismo que se desinfla apenas damos la primera lectura. Lo que se ha escrito es una incoherencia muy lejana a lo que recordábamos. Más vale quemarla o cederla a un bote de basura en situación de calle.

fitzgerald writing

La llama en Charles Bukowski

A principios de la década de los sesenta Charles Bukowski estaba en un trabajo asfixiante como cartero del servicio postal de Estados Unidos. Ya antes había pasado por empleos y ocupaciones desgastantes, lo mismo en tareas de campo que en bodegas, almacenes o como empleado de limpieza. Se trataban de puestos humillantes para alguien que se sabía con talento. Alguien que estaba hecho de otra pasta. Pero al que no le quedaba otro remedio que sucumbir si es que deseaba llevar, de vez en cuando, algún alimento a la boca. Era alguien que conocía el hambre de cerca. Alguien que llegó a dormir en bancas de parques y a sobrevivir días enteros alimentándose solo con algún caramelo de mantequilla.

La situación para él era desesperada. Trabajar como cartero lo consumía a nivel físico y, sobre todo, espiritual. Estaba perdiendo la parte más valiosa de sí mismo, esa ilusión que todos llevamos dentro y que nos hace luchar por nuestros ideales, la que invita a no rendirse. Eso que eventualmente la mayoría pierde en el camino para conformarse con lo que hay.

“No estoy entrenado en absoluto y el empleo como empleo no significa nada, desde luego, salvo la posibilidad de mantenerme respirando y comiendo para poder escribir algún poema”, dijo en esa época a un amigo.

Hank no entendía cómo la gente podía someterse a lo que él consideraba un infierno. Le aterraba ver a los trabajadores sumisos consumiéndose en la nada. Para él cada minuto en tales circunstancias era un golpe difícil de soportar. La sensación era similar a la de ver mutilado su interior, ese pájaro azul que empezaba a agonizar.

La condena que Bukowski vivió durante años lo empujaba cada vez más al abismo. Lo único que le salvaba eran aquellos escasos momentos donde podía escuchar música clásica, beber alcohol… y escribir. La combinación que funcionaba como escapatoria.

Incluso un tipo duro como él, habituado a la adversidad, no podía continuar así. Un día reflexionó al respecto y se dio cuenta de que tenía que elegir entre dos opciones. Quedarse en la oficina postal y perder la razón o dedicarse a escribir y morir de hambre. Eligió lo segundo. Prefería abandonar la certeza de una existencia mediocre con tal de salvar algo más preciado: su alma.

En una carta dirigida a John William Corrington escrita el 12 de enero de 1962 mencionó algo en tal sentido:

“Sigo aguantando porque (…) me estaba desvaneciendo por un lugar en donde ganaba 55 centavos la hora, donde empacaba vestidos de mujer en cajas para envío, mientras un judío gordo reía con su cara amarilla porque yo estaba en una jaula mientras él tenía una casa de 12 habitaciones y una mujer más bella de lo que yo podría siquiera soñar.

Decidí que estaba perdiendo,

No la cuestión monetaria,

al carajo con eso,

Sino que, y quizás suene cursi —una parte de mi alma estaba siendo empacada en cajas y soltada lejos de mí (…); decidí que,

dado que estaba perdiendo

PODÍA RENDIRME Y PERDERLO TODO

O PERDERLO CASI TODO

PERO SALVAR

SALVAR LO POCO QUE ME QUEDABA DENTRO.

Esta revelación no suena como gran cosa; no parece mucho, pero esa noche mientras caminaba hacia mi habitación entre los fríos árboles de St. Louis, me pareció lo correcto, era mi salvación que crecía y algo que caminaba junto a mí, una pequeña llama. Cobró sentido entonces y lo hace hoy todavía”.

Para Bukowski la consolidación literaria llegó de manera tardía. La primera de sus novelas se publicó cuando él ya tenía más de 50 años de edad, un punto en el que muchas personas ya se han rendido y asumen la condena en la que están inmersos. Su caso fue diferente y por eso es inspirador. Nunca quitó el dedo de la tecla y continúo con la escritura sin atender a las posibles consecuencias. Si había que hacerlo, se moriría con la suya, pero de ningún modo iba a volver a una dinámica que lo ahogaba y que lo convertía en un muerto en vida. John Martin, editor de Black Sparrow Press, permitió que sucediera, cuando le ofreció a Bukowski una mensualidad de 100 dólares para que abandonara sus funciones como cartero y se metiera de lleno en su faceta como escritor.

Eventualmente el éxito llegó. Quizás con retraso, pero finalmente pudo llevar una vida (o vejez) digna con una cuenta bancaria nutrida y un BMW en el estacionamiento. No todos lo logran. Fue un caso de excepción. Aun así, resulta notable que nunca haya renunciado a lo que el corazón le dictaba. Lo de él es un ejemplo. Y por eso su obra resulta más que mera literatura. Es algo más. Nos recuerda que incluso en la derrota hay una ruta de salida. Una luz que invita a no perder esa parte mágica y ebria que permanece en escondida en alguna parte de nosotros. Una luz pequeña pero que existe al fin.

Todo queda resumido en uno de sus poemas:

sabía que estaba muriendo
algo en mí decía, adelante, muere, duerme, conviértete
en uno de ellos, acepta.
luego algo más en mí decía, no, salva
esa parte pequeña
aunque sea.
no se necesitaba mucho, solo una chispa.
una chispa puede incendiar un bosque
entero.

silla buko

Rius, un viejo amigo

Yo de niño quería ser monero. Me parecía el trabajo ideal. Podrías divertir a la gente y a la vez entrar en el debate nacional. Por aquellos días yo estaba muy influido por Eduardo del Río, “Rius”, una de mis primeras lecturas. Devoré todos los libros que encontré de él. Los títulos de Rius abordaron cualquier temática que se pudiera ocurrir. Desde la filosofía, hasta la religión, pasando por la economía, la política, la música, la tauromaquia, el sexo y la nutrición.

Visto a distancia, la obra de Rius está llena de imprecisiones, sesgos y recomendaciones nocivas con las que mucha gente se formó y que todavía son vistas como una norma por los miles de lectores que tuvo. A menudo la borrachera ideológica le jugaba malas pasadas. En sus libros hay tanto conspiranoia política, como una perspectiva que llega al límite de la anticiencia (era un crítico irracional de la medicina) y tenía una inclinación constante a la falacia naturalista.

Sin embargo, a la vez, los libros de Rius contenían unos cuantos apuntes válidos que nunca deben ser vistos como una biblia (de la que él mismo tanto ironizó), sino como un punto de partida. El error es conferir rigurosidad a lo que hay que ver como una pequeña noción, una base a partir de la cual forjar una ruta más seria. Su mérito fue imbuir la sed de conocimiento. La enorme capacidad de síntesis. Mostrar que la educación podía ser entretenida. Rius podía equivocarse, pero nunca era aburrido.

Recuerdo haber llenado mis cuadernos de la secundaria con monitos. Les ponía grandes globos de texto y ahí escribía los resúmenes que dictaban los profesores. También añadía chistes y cuanta locura se me ocurriera. Quería ser como Rius. Una vez el maestro de historia se dio cuenta de lo que hacía. Tomó mi cuaderno para una revisión durante el recreo y empezó a hojearlo; ante él pasaron todos esos personajes, mal dibujados, entre los cuales destacaban futbolistas, taqueros, monjas y perros. Todos ellos hablando de los temas que habían sido abordados durante las clases. El virreinato, la independencia, la revolución… Sin decir nada más, mi profesor tomó el cuaderno y fue a mostrárselo al director, que pasaba cerca de ahí por el pasillo. Ambos solían ser solemnes y estrictos. Pensé que me iban a regañar. Pero más bien se rieron. Soltaron una carcajada por unas cosas que había puesto. Los vi comentarse algo al oído y lanzar una sonrisa de complicidad. Luego se acercaron a mí para devolverme la libreta añadiendo un simple: “Te pasas, eh, pero muy buenos resúmenes” o algo así. La memoria me falla. Lo que sí sé es que en ese momento se reveló ante mí la gran posibilidad que ofrece el humor.

Conforme crecí dejé de leer a Rius. Ya al final yo no coincidía en casi nada con él. No obstante le reconozco que al menos tuvo la humildad de sacar un libro llamado Lástima de Cuba, dedicado a señalar el gran fracaso de los hermanos Castro. No todos los socialistas tienen detalles así.

De cualquier modo, volteo hacia atrás y recuerdo lo importante que Rius fue alguna vez en mi formación. Esa gran habilidad que tenía para explicar lo complejo de forma sencilla: una lección invaluable. Y aunque mucho de lo que mencionaba no era del todo preciso (y a menudo estaba de plano equivocado), proporcionaba un abanico de temas a los que, de no ser por él, no me habría acercado en absoluto. A partir de ahí ya le correspondía a uno seguir explorando y formarse de su propio criterio. Eso es lo que hice y de manera indirecta el maestro Rius también contribuyó para que yo me dedicara a contrastar la información, aun cuando tal cosa supusiera apartarme de él.

Les digo. Hace años no leía a Rius. Nuestras posiciones políticas e ideológicas se alejaron de manera irremediable. Pero hace poco fui al Museo del Estanquillo y quedé prendado con las piezas relativas de aquel viejo maestro. La colección del museo no me gustó tanto, pero sentí nostalgia al ver dibujos de Rius. Me puse a pensar en aquellas tardes donde sus caricaturas me pusieron en contacto con el gusano del conocimiento.

El único cuadro con el que me tomé foto en el Estanquillo fue con la parodia de Rius de La última cena, protagonizada por los míticos personajes de Los Supermachos y Los Agachados, obras corales que son un retrato indispensable de la sociedad mexicana. Me atrevo a decir que son la versión mexicana que anticipó a Los Simpson, así como su serie “para principiantes” se adelantó a la colección millonaria de libros “para dummies”

En esos días estuve pensando mucho en él. Un amigo de la infancia. Quizás ya nunca lo volvería a leer, pero mi cariño lo tenía asegurado. Cuando supe que falleció sentí un hueco en el estómago, el mismo órgano que en alguna época se sometió a las horribles dietas sugeridas en La panza es primero.

Lo tendré siempre como ese viejito loco entrañable.

Descanse en paz, Eduardo del Río.

 

rius2

Foto: Pedro Valtierra /Cuartoscuro

El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

lettere

Foto: New York Public Library

La incertidumbre del escritor

Decía Charles Bukowski que uno puede dormirse siendo escritor y despertar no siéndolo. Se refería a lo inasible de la fuerza creativa que resulta caprichosa, inestable y que ofrece una reducida cuota de certeza. Ese impulso que como viene se va. El arroyo asociado al arte está lleno de piedras, troncos y desviaciones con las que nada queda muy claro, a diferencia de esas profesiones donde cierto mecanicismo entra en la ecuación.

Ojalá en verdad existieran las musas, pero todo es más complicado. En realidad estamos solos y tenemos que apañárnosla con lo que hay, así sea una pelusa que recorre la mente con destino a un lago de diamantes. Un sinsentido que no tiene valor alguno y que obliga a repensar, solo que ya con una presión añadida, la responsabilidad que pisa los talones y exige que uno entregue un resultado. Ahí llega la vanidad, preferir no decir nada antes que ofrecer un desperdicio que sea impropio de nuestra categoría.

Se sabe de escritores con mucho oficio que son capaces de terminar lo que se les pida sin mayores problemas, se trate de una carta, un ensayo, un informe. Una cualidad, sin duda, admirable, que no obstante carece de emoción y de vértigo. Los artistas apasionan cuando hay riesgo, un salto al vacío del que no se sabe muy bien qué saldrá. A los escritores perfectos les falta más sufrimiento e ir contra la corriente, esa serie de golpes que suelen formar el carácter y que convierten al texto en una pieza heroica no tanto por el contenido, sino por el mero hecho de haber sido terminada pese a la batalla librada contra las dudas y los vacíos del desánimo. Se vuelve un fruto de la tenacidad.

Alguna vez alguien contaba la historia de un par de escritores que al calor de una sobremesa hablaban de lo que significaba la literatura. Uno de ellos se lamentaba lo mucho que le costaba escribir; cómo sufría con cada línea y cada párrafo al que le daba vueltas y vueltas sin avanzar mucho. Terminar una página se volvía una tortura, pero un sentido de dignidad le obligaba a tomar ese camino de exigencia. No soltaba cualquier baratija. Se esforzaba. Hacía una búsqueda. Consideraba a la tinta y al papel como un ritual que merecía el mayor de los respetos.

El otro escritor se envalentonó entonces. Y ante la presencia de su mujer y la esposa de su colega se quiso lucir. Por tanto presumió que para él escribir era facilísimo como producto de su gran inteligencia. “Escribo de una sentada y no tengo que corregir”, se pavoneó. La respuesta del escritor metódico —acaso ofendido por la frivolidad de su interlocutor— fue tan brillante como demoledora: “Lo he leído y se nota”, le dijo con fina ironía. Lo dejó en evidencia. La conversación no duró mucho más.

Escribir, sin caer en exageraciones, no es cualquier cosa. La buena escritura no lo es, al menos. Resulta evidente cuando alguien mecanografía antes que producir una pieza ajustada de amplio curso estético.

Octavio Paz se dio cuenta de ello alguna vez que sorprendió a André Breton corrigiendo unos manuscritos. Ante la duda del mexicano, que se preguntaba qué estaba haciendo, el surrealista respondió: “Escritura automática”, lo cual pudo levantar alguna sonrisa por la comarca. Incluso el flujo de pensamientos requiere esmero antes de mostrarse ante el público.

El propio Paz se expresaba así de tal proceso de escritura:

«Aunque se pretende que constituye un método experimental, no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia me parece irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado de perfecta espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable, sería ese estado de inocencia. Ahora bien, si alcanzamos esa inocencia (…) ¿a qué escribir?».

Bukowski tenía claro que para ser escritor hacía falta disciplina y también cierto estado al que no se sabe muy bien cómo llegar pero al que se identifica apenas se entra en una especie de trance frente al teclado. Más de un poema memorable se le escapó por la interrupción de alguna mujer, o porque dio el sorbo inadecuado a su bebida: era imposible retomar lo que ya se había evaporado. La idea genial puede desaparecer en un segundo si no se le aprovecha.  La música clásica, el aislamiento y el alcohol parecían elementos claves para el motor espiritual del norteamericano, lo mismo que las visitas al hipódromo y las siestas, aunque no eran lo único. Muchas aspirantes han intentado seguir los mismos pasos y simplemente no logran los mismos desenlaces, solo hacen el ridículo. Bukowski se burlaba en alguno de sus versos, donde se preciaba de estar sobrio al anotarlos. El alcohol no hace ningún milagro. El talento y la experiencia de vida eran claves.

Hank fue alguien prolífico de quien se siguen encontrando poemas inéditos de vez en cuando. Pero ni él era infalible. Alguna vez, en un episodio de sequía, en el que las letras no fluían dentro de sí, tuvo en mente lo mencionado con anterioridad. Ya no podía escribir, según parecía. Llevaba varias semanas sin terminar un texto. Quizás había pasado eso, un día despertó y ya no era escritor. La magia se ha ido, llegó a pensar. Sin embargo eso cambió pronto y siguió con los relatos, poemas y libros. Un pestañeo le hizo recobrar el nervio con el que cosechó el renombre.

Lo importante es seguir con el dedo en la tecla.

 

bukos