Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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1001 maneras de vivir sin trabajar

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La añoranza de muchos es poder vivir sin trabajar, un sueño bastante lógico si pensamos que rascarse el ombligo siempre será preferible a picar piedra en una mina de carbón. Por desgracia, en la vida moderna es complicado sostenerse sin la ayuda de dinero en los bolsillos, de ahí que la mayoría de las personas se vean obligadas a conseguir un empleo donde a menudo sufren al tener que convivir con extrañas criaturas llamadas colegas y donde los jefes, unos ogros poco sutiles, acaban por pulverizar lo que alguna vez fue un espíritu idealista.

Un gran número de estudiosos han intentado descifrar el secreto para poder vivir sin trabajar. En este sentido, los vagabundos se han erigido como los mayores expertos en la asignatura, bajo una serie de estrategias que los alejan de las dinámicas del consumismo para entrar de lleno en contacto con el medio ambiente.  Este camino, sin embargo, no es fácil y son pocos los dispuestos a ir a su estela. La mayoría de las personas proclaman estar en contra del materialismo hasta que se enteran de que eso implicaría renunciar a usar el horno de microondas.

Para ellos, a los que se les complica desapegarse de las posesiones pero que al mismo tiempo quieren dejar de trabajar, queda una solución. Y la respuesta está en un libro lanzado en la agitada década de los sesenta, época en la quizás se haya presentado más concentración de locura per cápita en la historia de la humanidad.

El título en cuestión es 1001 maneras de vivir sin trabajar de Tuli Kupferberg, editado originalmente en 1961 y cuya edición definitiva fue lanzada en 1967 por la editorial Grove Press de Nueva York.

Antes de revisarlo, veamos un poco del autor.

Tuli Kupferberg (1923-2010) fue todo un personaje de la contracultura estadounidense de los sesenta. Estuvo asociado a la generación beat, aunque desde una posición aún más marginal que la de otros representantes del movimiento. El hecho de que su nombre permanezca un tanto en el olvido puede atribuirse a su propia naturaleza, un carácter indomable que le impedía asentarse y sobresalir en un solo género. Lo mismo hizo poesía que activismo por la paz; fue caricaturista, comediante, ensayista y músico. En este último apartado destaca The Fugs, la banda que fundó al lado del también poeta Ed Sanders, a quien conoció durante la proyección de una película. The Fugs fue un proyecto adelantado a su tiempo: el grupo, nacido en 1964, mostraba una actitud provocadora, letras satíricas y un albedrío musical que bien podría considerarse un antecedente de Lou ReedThe Velvet Underground. Punk en ciernes, divertimento.

Allen Ginsberg, por cierto, hizo referencia a Tuli Kupferberg en su célebre poema Aullido, a propósito de una curiosa anécdota: el día en que Kupferberg se lanzó desde el puente de Manhattan, debido a que, según sus propias palabras, había perdido la capacidad de amar. Para aquel hombre no valía la pena seguir adelante en tales circunstancias. El intento de suicidio resultó un fiasco: en determinado momento Kupferberg se dio cuenta de que estaba hundido en el agua pero que no había muerto. El inconveniente lo llevó a nadar hasta la orilla para después regresar a casa y dormir, como si nada hubiera ocurrido.

Eso era, más o menos, Tuli Kupferberg. Las pinceladas biográficas son importantes para entender los disparatados métodos que proponía para vivir sin trabajar en su libro, descatalogado y difícil de conseguir en la actualidad. En internet circulan algunas viejas copias cuyo costo está por encima de los $150 dólares. Y aunque no hay versión digital ni edición en español (el nombre original del libro es 1001 Ways to Live Without Working), me he dado a la tarea de traducir algunos de estos consejos a partir de escaneos que circulan en algunas páginas de la red.

Aquí va una selección: 18 maneras de vivir sin trabajar de acuerdo a Tuli Kupferberg. Espero les sean de provecho y les ayuden a dejar, por fin, las responsabilidades que les agobian.

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Cásate con el Presidente
Usa magia
Vive en una tienda departamental
Roba pan a las palomas
Disfrázate de paloma y espera a ser alimentado
Encuentra oro
Descubre la electricidad
Limosnea y abandona tras haber recaudado un dólar
Inventa cosas
Sé un crítico literario
Siempre camina
Vive con pigmeos (como el singular rey-gigante)
Lame tu plato
Guarda todo en tu habitación por 200 años, luego véndelo como antigüedades
Sé un caballo retirado
Busca un trabajo en Nochebuena
Inventa la televisión
Vive en un país extranjero en donde no se te permita trabajar

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*Las imágenes fueron sacadas de blogs.harvard.edu/houghtonmodern/

En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Cuerpos bajo la lluvia

Un saxofonista suena en la calle. Aún no lo veo, pero lo escucho, sé que debe estar por ahí, tocando en algún lugar. Desconozco el nombre de la pieza que toca. Nunca la había escuchado. Es, no obstante, cautivadora. Lleva la marca inconfundible de la tristeza, ideal para un instrumento tan dado a expresar las emociones que roncan en el pecho. Me dirijo hacia aquella tonada. La busco o, más bien, dejo que su magnetismo me atraiga. Avanzo una cuadra, doy vuelta, y lo encuentro. Un anciano con lentes obscuros que da un pequeño concierto en una plaza del centro de la ciudad. Está ahí, soltándose al vacío. Algunas personas lo admiran en los alrededores. Son pocas. Menos de diez. El resto de los transeúntes sigue a lo suyo, avanzan inmutables hacia el destino del que son víctimas. El hombre toca sin reparar en el éxito o en la desgracia: a sus más de setenta años ya no hay vuelta atrás. Las dificultades físicas son apenas un detalle. Su rostro al límite, rojizo, con alguna vena marcada, pasan a segundo plano cuando se trata de sacar lo que envenena por dentro. La interpretación es superior a ciertos espectáculos que se encierran en teatros cuya hermosura es lo único que justifica el costo del boleto. Decido pues compensar al maestro que ha colaborado a enaltecer el ambiente de una tarde insípida. Al acercarme, busco algún bote dedicado a recolectar las monedas de quien guste dejar una propina. No veo ninguno. El estuche de su saxofón está cerrado, así que tampoco puedo poner el dinero ahí. No hay ningún recipiente destinado a ello. El hombre ni siquiera me voltea a ver. Sigue tocando, por gusto, sin permiso, sin perseguir fines económicos. Con la ropa rota y volviéndose aún más admirable para quien que esté dispuesto a atender los detalles.

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A ver, casi cualquiera puede empezar a escribir una novela. Y digo casi por aquellos que no tienen la facultad física de apuntar una serie de palabras sobre un hoja. Para los demás no hay excusa. Pueden hacerlo. Se los recomiendo. Son capaces de empezar a escribir una novela. Otra cosa es terminarla, lo cual ya es meterse en cuestiones mayores. Sin embargo, con dar inicio es suficiente. Escribir una línea para poder decir “acabo de iniciar una novela” cada que alguien te pregunte en qué asuntos andas. Ganar así respeto, posicionarte al nivel que muchos autores de prestigio que están en las mismas.

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Los progresistas son los nuevos moralinos. Hubo una época en que los conservadores monopolizaban la susceptibilidad extrema a la que todo le indigna. Las personas religiosas eran, sobre todo, las que ponían el grito en el cielo ante cualquier fenómeno que se saliera de su limitada concepción de vida. Ahora, mientras ellos se mantienen en la lucha, les ha surgido competencia. Un grupo de seres que han llevado su sentido crítico y una supuesta conciencia social hasta el delirio. Varios de ellos son los que antes llamaban mojigatos,  moralinos,  mochos y santurrones  a quienes ahora se asemejan sólo que desde otro plano político e ideológico. Que no se me malinterprete. Hay muchas situaciones nocivas en la sociedad que deben ser señaladas y condenadas. El debate y la crítica racional son siempre actividades sanas, urgentes. Pero el asunto se va de las manos cuando la indignación se convierte una manía gratuita que sólo pretende erigir moralmente a quienes lanzan proclamas censoras ante la nimiedad en turno. Es en este punto cuando nos metemos en un laberinto de lo intolerante, de lo obtuso. De manera especial me preocupa la falta de humor que se percibe en el ambiente, la falta de criterio a la hora de comprender las manifestaciones populares que, por otro lado, ese mismo sector impulsa diariamente desde el espectro opuesto sin vergüenza alguna. Un horror por el que llegamos a un escenario caracterizado por el miedo a ofender, provocando así un ánimo de autocensura que hace de la existencia un flujo de aburrimiento en el que estamos todos a la defensiva. Ya cualquier cosa lo vuelve a uno un traidor, un fascista, un machista, un salvaje. Artistas de hace varias décadas como Federico Fellini o Serge Gainsbourg estarían en aprietos en una sociedad como la actual (acaso más que cuando armaron polémica en sus tiempos). Sería una pena que tuviéramos que privarnos de canciones o secuencias magistrales  por culpa de un grupejo incapaz de entender que el campo del arte juega en sus propios términos. En plena modernidad, manifestar una opinión (como esta) expone a ser etiquetado por una jauría de santurrones ansiosos por condenar y uniformar al resto de los espíritus con lo que ellos consideran como correcto. Algunas veces atinan en sus disparos, otras tantas no. Ya es bueno que apliquen su rigor crítico a una parte de sus espejos.

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A estas alturas ya cuesta trabajo tomarse en serio a las aspiradoras domésticas.

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Más de una vez uno se topa con insectos raros en el jardín. Insectos de los que no se tenía idea alguna. Quizás se traten de una especie excepcional de la que la comunidad científica no sea ha enterado todavía. En eso se piensa al ver a una especie de escarabajo que lleva pelusa en el lomo y una trompa como de cocodrilo. O cabe otra posibilidad: que estemos ante el primer contacto real con un ser extraterreste sin darnos cuenta de ello. Al final, por pereza, no se toma registro del acontecimiento. Al insecto no se le vuelve a ver y tampoco es que surja la angustia.

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Blessed are the dead that the rain falls on (Benditos sean los muertos sobre los que cae la lluvia). La frase viene en un libro de F. Scott Fitzgerald que, por medio de una sutileza, logra mejorar fonéticamente un verso del escritor británico Edward Thomas (Blessed are the dead that the rain rains on)  escrito mientras el autor combatía en la Primera Guerra Mundial (lo cual le da un matiz importante). Thomas, a su vez, se basó en un viejo proverbio inglés del siglo XVII (Happy the corpse the rain falls on) según el cual la tormenta representa una bendición para el cadáver cuando cae durante un funeral. Otra variante aparece en The Puritan (1607) una obra atribuida a Thomas Middleton (aunque perteneciente a la esfera Shakespeare Apocrypha): If blessed the corse the rain rains upon.  La imagen da para pensar, y deleitarse. Un agrio consuelo para los que se van solos. Como lo hizo Gatsby o el propio Fitzgerald.

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84, Charing Cross Road

Guardo un gran respeto por cualquier persona que se conduzca por la vida de una forma distinta a la mía. Es más, los admiro. Tendría que aprender de sus maneras y siento atracción hacia ellos. En ocasiones la compatibilidad con alguien está determinada por las diferencias, más que por los puntos en común. Uno se divierte bastante con alguien con quien no se está de acuerdo en casi nada y que, encima, se encuentra abierto al diálogo sin resentimiento. Un mínimo de coincidencias es recomendable, de cualquier modo. Nunca sobra. Tener un nivel similar de cultura o compartir ciertas aficiones permite que, a partir de ahí, se puedan poner a juego las desavenencias. Es lo que anima. Para eso están los amigos: para, además de acompañar, ofrecer un complemento en el que se hallen retos y estímulos que saquen de la aburrida comodidad.

Encontrar amistades, en cualquier caso, no es una tarea sencilla. No lo es para todos, al menos. Si eres alguien que pone unos parámetros indispensables para unir a alguien a tus filas, ten seguro que llegarán las complicaciones. Hay quienes son flexibles en este aspecto y consideran como amigos a cualquier tipo que les simpatice, lo cual puede resultar ilusorio. En las situaciones límite es cuando se echa en falta el haber tenido un mínimo de exigencia para diferenciar a una amistad de lo que fue un mero conocido. Del otro extremo, está la tendencia de ser demasiado riguroso con el proceso de selección, medida que de manera invariable conduce a la soledad. Lo importante es buscar un balance. Dar algunas concesiones hasta hacerse de un pequeño grupo de seres confiables entre los que se puede tejer una red de enriquecimiento y apoyo mutuo.

Parte de la madurez radica en entender que rara vez se consigue llegar a los ideales . Aplica en en múltiples aspectos. Casi siempre uno termina por conciliar cuando la imagen de ensueño se revela como imposible. Con esto no digo que uno se deba rendir o conformar a la primera oportunidad. Al contrario, uno debe luchar por lo que se desea hasta las últimas instancias, pero también hay que ser conscientes de hay puntos aceptables  en los que quizás convenga reposar ya que resultan preferibles al vacío. La mira entonces ha de encaminarse a levantar el listón lo más alto que se pueda: luchar por cada centímetro. Si no se llega hasta el techo, aunque sea se logrará un resultado superior al que disponen los que no ponen unos gramos de empeño.

Pienso en lo mucho que el factor circunstancial influye en lo que a formar amistades se refiere. No nos juntamos con las personalidades más afines a nosotros, sino con las que tenemos a la mano. A partir de un pequeño número de coincidencias (al otro le gusta la misma película que tú, es aficionado a tu equipo de futbol o vive a lado de la casa de tu abuela) se establece un vínculo llevadero que puede crecer hasta convertirse en una relación para atesorar. Hacemos migas con los compañeros que pertenecen al mismo entorno en el que estamos sumergidos. No los ideales, sino los que son preferibles al resto de las opciones disponibles. Es lo que ocurre, si bien hay notables excepciones. Una cuestión de mera probabilidad. De los cientos de millones de individuos que habitan el mundo, resulta inverosímil pensar que los más afines a nosotros pudieran estar en las cercanías. Ya no digamos en nuestra colonia, sino hasta en una misma ciudad.

Al menos así lo veo. Yo sé que miles de ustedes claman haber encontrado a su alma gemela del otro lado de la pasillo. Y está bien. Creo que es posible. No voy a ser yo el encargado de romper las globos y doblar las serpentinas. Por el contrario: los felicito. Sin embargo, desde mi perspectiva particular, me he enfrentado a una conclusión que es bella y dolorosa a la vez. Gran parte de las personas con las que podría tener un vínculo profundo, se encuentran a cientos de kilómetros de distancia. No es una regla infalible, desde luego. He conocido a seres extraordinarios en los lugares en donde he habitado y estoy agradecido de compartir el código postal con ellos. Lo único que señalo es una obviedad: en el planeta hay seres extraordinarios que están repartidos fuera de nuestro alcance inmediato.

Muy triste, sí. Nunca te enterarás de la existencia de muchas de esas personas. No sabrás cómo se llaman, dónde viven ni cuál es su corte de cabello. Tampoco los acompañarás a tomar un café. No formarán parte de tu trayectoria. Peor aún resulta cuando descubres (ya sea gracias a internet u otros medios) que sí tienes semejantes que andan respirando en parajes remotos. Por una parte disfrutarás de saber de ellos, contactarlos y conocerlos aunque sea a distancia. Por el otro, te quedará el dolor de recordar eso, que están muy lejos de ti y que el encuentro es prácticamente imposible.

Hace poco leí un libro que me hizo reflexionar al respecto. Se llama 84, Charing Cross Road de Helene Hanff. Un volumen muy especial que recopila las cartas que la autora intercambió desde Nueva York con los empleados de una librería ubicada en Londres, Inglaterra. Un vínculo que  comenzó en 1949, cuando la escritora hizo caso a un anuncio publicitario de la librería Marks & Co que ofrecía sus servicios para compra y venta de libros de segunda mano. Helene Hanff, en una búsqueda de ediciones difíciles de conseguir,  se animó entonces a contactarlos, pese a que los separara un océano. A partir de entonces, y durante casi veinte años, se estableció una amistad por correspondencia entre ella y los empleados de la librería. Fue así que  una mujer solitaria pudo encontrar mentes afines a sus intereses, en especial la de Frank Doel, el jefe de ventas de la tienda con quien intercambió la mayor parte del material. Lo único malo es que estos camaradas estaban en otro continente.

Los británicos padecían las medidas de austeridad de la posguerra, por lo que Helene les enviaba regalos alimenticios que se suponían una pequeña gloria. Del otro lado recibía cartas y paquetes que, además de libros, le ofrecían calidez, amabilidad y comprensión. Siempre desde las diferencias de una cultura y otra. Frank Doel era el típico caballero de Inglaterra. Flemático y no libre de pasiones como la de la comida y el futbol. Helene, por su parte, era relajada: tenía un gran sentido del humor muy en el tono tongue-in-cheek para meter en aprietos a sus amigos.

Con el transcurso de los años y la profundización de la amistad, surgen las tentativas de que Helene haga un viaje hasta Londres para visitar la librería. Los empleados del lugar le insisten con invitaciones y ella les manifiesta sus ganas de ir. La idea es emocionante porque la esperarían con los brazos abiertos, con el cariño de gente que la estimaba y vivía con una curiosidad enorme de tenerla de frente. Sin embargo, los planes se posponen una y otra vez por la falta de dinero y, sobre todo, por ese inagotable número de compromisos a los que conocemos como vida. Ya será el próximo año, piensan una y otra vez sin reparar que el paso del tiempo lo cambia todo. Algunos empleados Marks & Co dejan su puesto y otros más desaparecen. El caso más demoledor es el que da fin a la correspondencia. Frank Doel muere de forma sorpresiva sin haber visto nunca a Helen. Así se lo hacen saber con un pequeño mensaje.

Una de las tantas historias que terminan a golpe. La amistad profunda que deja un fragmento inconcluso. Una espina clavada para la autora que pasó el resto de sus días con un espacio en blanco en donde el tormento instaló sus pertenencias.

Gracias a la publicación de estas cartas, Helene Hanff consiguió el éxito literario que tanto se le había resistido.El contenido de las misivas era entrañable y conquistó a un público que todavía le guarda cariño. Incluso se de adaptó para teatro y hay una versión cinematográfica protagonizada por Anthony Hopkins y la gran Anne Bancroft. Su valor no hace sino aumentar en la actualidad. En tiempos donde los libros se han convertido en meros archivos digitales que pueden bajarse a montones sin ninguna dificultad, uno se conmueve ante una época donde las complicaciones logísticas no pudieron vencer la fuerza de voluntad entre dos figuras hermanadas por el corazón y la literatura.

Helene Hanff  pudo visitar Londres después del éxito del libro. Ya no fue lo que esperaba. Sus amigos se habían ido. La familia con la que intercambió correspondencia ya no estaba. Marks & Co había cerrado sus puertas.  Durante años (y mientras pudo) entregó sin falta las regalías correspondientes a la hijas de Frankie por los conceptos derivados de 84, Charing Cross Road.

A pesar de haber enamorado a oleadas de lectores y de haber cosechado cierta celebridad durante dos décadas, Helene Hanff murió en 1997. Su fin llegó en medio de problemas económicos y una profunda soledad.

El lugar en donde se encontraba la librería Marks & Co es ocupado ahora por un restaurante.

«Es muy consolador sentir que hay alguien a muchísimos kilómetros de distancia capaz de ser tan generosa y amable con personas a las que ni siquiera conoce».
—Bill Humphries.

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«Querida Katherine:

Interrumpo la tarea de limpiar mis estanterías y me siento en la alfombra, rodeada de libros por todas partes, para escribirte unas letras y desearos un buen viaje. Espero que tú y Brian lo paséis muy bien en Londres. El otro día me preguntó por teléfono: “¿Vendrías con nosotros si tuvieras dinero para el viaje?”, y a mí se me saltaron las lágrimas.

Pero… no sé…, tal vez sea mejor que nunca haya estado allí. Soñé tanto con ello y durante tantísimos años… Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaría la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: “Está allí”.

Tal vez sea cierto, o tal vez no. Porque ahora, al mirar a mi alrededor en la alfombra, siento una certeza: está aquí.

El hombre, ¡Dios lo bendiga!, que me vendió todos mis libros murió hace pocos meses. Y el dueño de la tienda, el señor Marks, ha muerto también. Pero Marks & Co sigue allí todavía. Si por casualidad pasas por el 84 de Charing Cross Road, ¿querrás depositar un beso en mi nombre? ¡Le debo tantísimo…!»

—Helen Hanff.

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Marks & Co en 1969. La foto es de Alec Bolton y la Librería Nacional de Australia.

15 apuntes sobre la lectura y la escritura

Para escribir un texto largo a veces basta con un buen primer párrafo. Lo demás ya se hace por compromiso. Para no fallarle a esas primeras palabras que están con la ilusión de ver la obra redonda. Ni cómo dejarlas plantadas.

Hasta con la literatura llega la tentación de promiscuidad. Se puede estar en medio de una lectura amena, pero aun así los ojos  se distraen con ese otro libro ubicado en el buró que clama ser repasado también. Si uno resiste ante tal seducción es por respeto a la pareja actual, porque ha aguantado nuestro tacto ya por un largo tiempo y porque ofrece lo mejor de sí. Sería cruel tirar una relación a la basura luego de que estuvo ahí cuando la necesitamos. Se llama fidelidad.

Luego están las tiendas. Da igual el número de lecturas pendientes que tengamos en casa (que puede equivaler a una montaña), siempre está la atracción de comprometerse con una nueva elección.

Los libros nunca se acaban. Incluso los más ávidos lectores se van con frustración. Es imposible leerlo todo. Y no solo eso: es imposible leer todo lo que se quiere. Quedará siempre alguna deuda que acompañará hasta el último día.

Está la cuestión de la relectura. Para algunos es una perdida de tiempo (preferible pasar a la novedad), para otros es más que recomendable. Lo cierto es que nunca se lee dos veces el mismo libro. Puede ser la misma edición, con las mismas letras y la misma portada. Pero la segunda lectura será diferente. Ya no somos los mismos. El riesgo en este caso es que se nos rompa la imagen que teníamos de cierto autor: que ya no impacte como antes. Quizás hasta se pueda estropear el cariño, Toca decidir si se toma esa ruta o si es mejor quedarse con la imagen que todavía conmueve en los recuerdos.

A la hora de regalar un libro no hay que pensar únicamente en los gustos propios ni en los ajenos. Se ha de buscar un punto intermedio. Algo que le pueda gustar  a la otra persona, pero que también la pueda sorprender. Dar la oportunidad a que se le abra un campo nuevo.

La aburrición que provoca un libro bien puede medirse por la cantidad de veces que hace voltear la mirada hacia el número de página.

El libro electrónico tiene grandes ventajas,  ya casi nadie lo niega. Incluso lo empiezan a reconocer los fetichistas del papel. Uno de los puntos clave es la disponibilidad. Adiós a conformarse con los títulos que se encuentran en la librería cercana. Las opciones aumentan con lo disponible a través de internet.

Una de las grandes desventajas (que las hay) tiene que ver con la falta de flexibilidad. Antes si un libro desagradaba, uno podía agarrar y tirárselo en la cabeza al vecino. Otros optaban por quemarlo o lanzarlo al bote de basura. Así, incluso los malos tragos ofrecían la posibilidad del desahogo físico. Ahora no. Uno se lo piensa dos veces antes de darle de martillazos a la tableta en donde se leyó una porquería.

Son pocos los consejos de escritura que funcionan. Pasa que se carece de una receta universal. Cada quien tiene sus propios métodos y vicios que rara vez son compatibles con los demás. De cualquier modo hay pautas esenciales que valen la recomendación. Una que se me ocurre tiene que ver con la comodidad. Una buena silla y un escritorio son de gran ayuda para las jornadas maratónicas frente al teclado. Hay, sin embargo, quienes prefieren escribir mientras están acostados en la cama. Es el caso de Truman Capote, quien decía no poder pensar con claridad en otra posición. Su estrategia era hacer borradores primero en una libreta y luego pulir en sucesivas transcripciones hasta llegar a la piedra final. Esto es, cuando no queda nada más que quitar o agregar. Mimar un texto hasta la muerte, aunque quizás nadie lo lea jamás.

Fuera de cuestiones prácticas, hay un elemento que hace extrañar el auge de los manuscritos. Hace años uno podía ver la letra de alguien más y a partir de ello adivinar rasgos de su personalidad. Si bien la grafología es propio de charlatanes, al menos  se tenían señales que eran mejor a nada. Mirabas la carta de una chica y casi podías notar que estaba enamorada de ti por ese empeño puesto en cada trazo y pequeños detalles como un corazoncito a modo de punto o un arcoiris que hacía la función de una coma.

Sin tener sustento alguno para afirmarlo, me atrevo a decir que los más cursis en materia literaria son los lectores casuales. A los que más se les llena la boca con las bondades de las novelas y los escritores son esos que apenas leen cuando no les queda de otra. Según mis impresiones, los más ávidos lectores prefieren mantener una relación íntima con su pasión. Sin hablar mucho de ella, sin hacer aspavientos. Deleitándose y sufriendo en un rincón al que nadie más entra. Lo mismo aplica para la música, el cine o el futbol. Las faramalla intenta compensar lo que honestidad no emite.

Para que la satisfacción desaparezca basta con esperar el paso del tiempo. Aquel texto que parecía redondo, poco a poco se revela a sí mismo como un despojo lleno de errores y carencias. El disgusto es mayor porque, aunque se proceda a corregir, ya muchos ojos se llevaron una impresión negativa. Dentro de todo cabe un consuelo: detectar la debilidades de nuestras versiones pasadas, implica que hemos mejorado. Acaso lo terrible sea releer lo que se escribió hace un año y encontrarlo perfecto. Entonces nos habremos estancado.

Me considero un voyerista de libros.  Apenas veo en la calle a alguien que lee,  no puedo evitar lanzar una mirada indiscreta para ver la portada de aquella obra. Un placer mayor: echarle un vistazo a la biblioteca personal de algún conocido. Sacar conclusiones a partir de la selección de los títulos. Si vale la pena quedarse a tomar un café o si más bien hay que huir a toda prisa.

Subrayar es darle una caricia a las líneas bonitas.

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La autobiografía de Morrissey

Hubo una época en que leí toneladas de entrevistas a Morrissey. Por aquel entonces tenía una lentísima conexión a internet a la que solo podía acceder un par de horas al día. Así que cuando encontré una página en la que se recopilaban artículos y entrevistas dedicados a Morrissey, decidí que era buena idea copiarlas todas en un documento de Word que almacenaba para leer por la madrugada.

La recopilación en cuestión terminó por superar las 140 páginas, un pequeño libro que se convirtió en una referencia y en donde aprendí mucho acerca de la personalidad de mi cantante favorito. Lo cierto es que incluso así era insuficiente. Por mucho que leyera, siempre permanecía un velo de misterio. Había temas que Morrissey nunca trataba pese a que le insistieran.

Lo suyo era una gran habilidad para evadir los cuestionamientos, aun cuando daba respuestas. Las mayores confesiones las reservaba para las letras de sus canciones, en donde lograba un efecto muy particular en donde una sinceridad descarnada dejaba intacto un fondo indescifrable.

La vida privada de Morrissey era eso, privada. Llevada con una cautela tal que en vez de producir certezas, era rodeada por especulaciones. La rumorología en torno al hombre se transformó en una de las catapultas mediáticas del artista que prefería verse afectado por ellas que aclararlas, ya que esto suponía el tener que revelar sus secretos.

Un gran juego de cartas. Lo que permanece oculto atrae, y si la situación se prolonga por años, se transforma en obsesión. Lo más revelador eran los discos: diarios personales llevados al ambiente musical. Llaves que conseguían abrir los candados internos hasta elevar la devoción de los escuchas.

Muchos intentaron contar la historia de Morrissey, sin embargo él se guardó el privilegio de la última palabra. Puro timing. Dejó a la semilla tranquila con el fin de que aflorara en el momento oportuno. Ni más ni menos que en un libro de casi quinientas páginas lanzado en 2013.

Aún cuando deseaba tener la autobiografía en mis manos y devorarla en cuanto pudiera, una parte de mí no estaba tan segura. Quizás era preferible mantener el misterio. Ese sano espacio entre el artista y la persona que impedía ensuciar cada uno de los mundos.

Así que cuando Karla tuvo la gentileza de regalarme el libro, tardé varios días en decidirme a empezarlo. Temía que con ello se pudiera caer una imagen que tardé años en conformar. Corría el riesgo de encontrar detalles que chocaran con lo que ya tenía bien establecido. Con los ídolos a veces conviene mantener una distancia prudencial para no salir decepcionado.  No era como leer cualquier otra historia. Esto era diferente porque  se trataba de nosotros.

De cualquier modo, en un instante de valentía, decidí iniciar la lectura. Y no me arrepentí. Cada página sumó y en ningún momento restó. Conozco bien la forma de ser de Morrissey, de modo tal que no resultó raro ver el tono egocéntrico y trágico que puso en su versión de los hechos.

Lo que sí me llamó la atención fue la forma en que está escrito, en un bloque enorme de texto sin división en capítulos y con párrafos del tamaño de un rascacielos. Para alguien conocido por letras de líneas breves y con tendencia a la sencillez fue un cambio drástico que demuestra que su habilidad con la pluma no es fruto de la ocurrencia o del apunte emocional, sino de una particular concepción de las ideas y del lenguaje que no está peleada con un arrojo lleno de urgencia.

Da la impresión que la densidad de la estructura no es un casualidad. Pienso más bien que se trata de una manifestación adicional: la vida vista como un todo. No fragmentada por acontecimientos, sino por la perspectiva de quien la lleva a cuestas. Un solo torrente que acumula dentro de sí a las personas, las anécdotas y las reflexiones.

Las primeras 150 páginas son oro puro para los admiradores ya que en ellas transcurren los años de formación. Una infancia de que la existían pocas referencias fiables y que muestran que más allá de ser una estrella, Steven es un hombre de familia cuyo ambiente cercano llevó a convertirlo en un alma sensible. Son los detalles aquí revelados los que conformaron al artista, con el acento puesto en la tortuosa etapa escolar que lo orilló más y más a la individualidad.

El estilo que imprime a su relato provoca ternura al mismo tiempo que fascinación. Un hombre maduro es el encargado de contar su propia infancia, y en vez de hacerlo con la serenidad de la adultez, lo hace desde la inocencia del niño. No lo hace desde la mirada de quien es, lo hace desde la mirada de quien fue. Alguien que se transporta a una serie de circunstancias que aún le son incomprensibles.

Un refugio ante tal panorama resulta ser el arte. El cine, los literatura y, sobre todo, la música. El pequeño Steven consume discos, películas y libros como una forma de mantenerse a flote. Los New York Dolls le muestran que hay alternativas para manifestarse y que otra existencia es posible. La fascina el peligro del punk a la vez que siente debilidad por las canciones de pop romántico. La devoción por Iggy Pop convive con el apego a Shirley Bassey.

El punto de quiebre llega cuando Johnny Marr hace aparición. Es su entusiasmo el que, de cierto modo, logra salvar la vida de Morrissey. Un día el joven guitarrista se presenta a su puerta con la intención de que ambos formen una banda. El contacto lo establece Billy Duffy. Son los inicios de los años ochenta.

En el plano musical, las palabras de Morrissey son amables con su antiguo compañero. Le reconoce un talento casi sobrenatural y una disposición que logra mantener la relación a flote. También concede halagos a las habilidades de Andy Rourke y Mike Joyce en sus respectivos instrumentos. Sin embargo, cuando se trata del tema personal, Morrissey no tiene piedad y ataca parejo. A Johnny lo acusa de haber sentido celos por el protagonismo que él adquirió como cantante, y a los otros dos los pone como seres ambiciosos cuyo más grande mérito en la vida fue cruzarse en su camino.

Lo anterior se vuelve una constante. Morrissey tiende a separar lo profesional de lo humano. A partir de eso, concede elogios a personajes como David Bowie, Sandie ShawDavid Johansen por lo alcanzado en su trabajo, pero luego los vapulea por lo que, desde su punto de vista, son rasgos imperdonables que terminaron por afectarlo. Morrissey es dramático y no teme ponerse una y otra vez como víctima. Sus penurias son siempre consecuencia de lo hecho por otros, jamás por su propia culpa.

Para los detractores esta posición podrá resultar molesta. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que se trata de una manifestación propia del genio. Sus admiradores, por otra parte, están acostumbrados a la dinámica, que de hecho fue una de las razones que en primer término los impulsaron a seguirlo.

A decir verdad, casi ninguno de las decenas de personajes mencionados se salva de su afilada pluma. Morrissey carga contra la mayor parte de la población mundial. Esto incluye a Tony Wilson, John PeelSiouxsie, Stephen StreetGeoff TravisCraig Gannon, Alain WhyteBryan Ferry, Sarah Ferguson, Neil Aspinall y una larga lista que bien podría equivaler a un directorio telefónico.

Como era de esperarse, la peor parte se la lleva Mike Joyce por aquel juicio (ya en los años noventa) en el que el baterista reclamó regalías atrasadas por su participación en The Smiths. El muy cínico pidió un 25% de las ganancias en concepto de conciertos y lanzamientos del conjunto, como si su aportación hubiera tenido la misma importancia que la de Morrissey & Marr. El proceso fue polémico y llevado a cabo desde una aparente ineficiencia en los tribunales, lo cual derivó en un triunfo para Mike Joyce el cual Morrissey no perdona ni perdonará jamás. El incidente en cuestión ocupa cerca de 60 páginas del libro, superando a cualquier otro de los temas tratados. En ellos hay palabras llenas de amargura con un único consuelo: Morrissey sabe que por encima del dinero está el legado, y que mientras él ha seguido con un estatus de héroe pop, aquel suceso relegó a Mike Joyce a una condición de paria. Ningún intérprete de prestigio trabajaría con un traidor a sabiendas de que podría recaer en el vicio. Por si fuera poco, entre los fans de The Smiths, Mike Joyce siempre quedará en la peor de las cuatro posiciones.

De Johnny Marr también habla con amargura. Lo culpa de ser el causante de la ruptura de The Smiths, que de otro modo habrían grabado otros 30 álbumes. En particular a Morrissey le enfureció que Johnny Marr empezara a trabajar con otras bandas y proyectos mientras The Smiths todavía estaban en activo. Retrata aquello como si fuera una infidelidad y un insulto directo a su persona. Y declara que al final el tiro le salió mal ya que jamás pudo alcanzar una fama ni un nivel como el que tuvo a su lado. Incluso se anima a presumir que Viva Hate llegó al primer lugar de las listas del Reino Unido mientras Naked de los Talking Heads (en donde Johnny Marr participó) quedó en cuarto.

No obstante, no todo es amargura. La acidez es intercalada con un exquisito sentido del humor y con un abanico amplio de anécdotas. Morrissey declara haber entrado a la escuela en la que estuvo James Dean (en los días en que visitó Fairmount, Indiana para la grabación del videoclip de “Suedehead”), situación que aprovechó para robar dos sillas que se llevó en avión como souvenir. También cuenta que alguna vez le ofrecieron aparecer en un episodio de la serie Friends, pero se negó cuando le indicaron que su papel consistiría en ser hostigado por Phoebe que le insistiría que cantara con su voz depresiva en medio de una cafetería .

Desde luego que también habla del terreno más íntimo, el de su vida amorosa. El gran pez por el que decenas de periodistas se pelearon sin conseguir la captura. Y por fin, el protagonista mismo salía a disfrutar del banquete, pero no de manera explícita sino bajo el resguardo de una elegante utilización de las palabras. En todo caso no teme afirmar que a los 35 años tuvo lo que se podría considerar su primera pareja. Un fotógrafo con el que vivió durante dos años. No se especifica la naturaleza de la relación, lo que se deja en claro es el soporte que supuso para su vida, que por fin tuvo una figura complementaria a la cual sostenerse. El tiempo pasa y ya en su etapa en Los Ángeles, resulta que conoce a una mujer con la que se podría decir caer enamorado. Un espíritu cálido que le hace replantear algunos asuntos y con quien incluso surge un efímero deseo de formar una familia.

El cierre de la autobiografía se vuelve un regalo a los lectores. Es ahí en donde el egocentrismo cede el paso al cariño que Morrissey siente por sus admiradores. Las últimas páginas son un repaso a sus sensaciones respecto a los conciertos. La mención de las ciudades va acompañada de un aliento que destila gratitud. A destacar el espacio que dedica a México, país en el que se detiene y al que le brinda algo más que palabras diplomáticas. Lo que manifiesta es un genuino aprecio e inclusive un apoyo frente a las injusticias a la que sus ciudadanos deben enfrentarse a diario. En el carácter del mexicano se refleja ese interior  atormentado —al que conoce en plenitud— que sin embargo tiene la fuerza suficiente para cantar y sonreír.

Al final, la autobiografía consigue su cometido. Ni cae en la trampa de alimentar al morbo ni deja espacio a la dejadez. Lo que se le podría reprochar es que a ratos parece una obra más pensada en la autocomplacencia que en dejar un registro global. Una revancha postergada contra sus enemigos. En lo personal lamento que no incluyera más comentarios acerca de sus álbumes de estudio  y de los procesos de grabación. Algunos de ellos los repasa apenas en medio párrafo y los hace parecer más bien una mera plataforma para atizar a la siguiente víctima. Lo mismo con las canciones a las que toca con la fuerza de un pétalo.

Un puñado de fichas se quedan bajo la manga. La figura de Shelagh Delaney queda en la nada, acaso para protegerla de los lectores casuales, como también esa amiga de la infancia que se suicidó de la que no hace ningún apunte siquiera.

Morrissey siempre se reserva el derecho a la conclusión. Ofrece algunas monedas, pero se queda con el botín. Te deja ver la casa mientras te mantengas del otro lado de la cerca. Sabe que así funcionan las figuras de culto. Dando algunas respuestas solo para que a partir de ellas surjan más preguntas. Y así mantenernos pegados a sus palabras durante el próximo siglo lleno de flores.

Morrissey kidMorrissey con su hermana Jackie.

Eleanor & Park

Leer a un autor por vez primera tiene mucho de apuesta. Tienes que arriesgar tu tiempo sin saber si la inversión valdrá la pena. Y toca hacerlo de vez en cuando, ya que hay que ampliar la paleta de lecturas. Hay tantos libros disponibles que encerrarse en un puñado de escritores puede resultar contraproducente. Hay que explorar. Ver si por ahí anda suelto alguien que podría ser fundamental para tu mente.

En el camino uno se encuentra de todo. Lecturas provechosas y otras que no lo son. El instinto se aplica en la búsqueda. Se pasan horas por la librería hasta encontrar los títulos que resaltan sobre el resto. Habrá veces que se vaya con un listado en mano, pero algunas de las adquisiciones más valiosas se realizan cuando uno acude sin nada específico en la cabeza. Y en donde se revisan todas las repisas y se le echa un vistazo en los pasillos para ver si por ahí se encuentra la sorpresa. Tal vez una novela tirada en una esquina, o un poemario que acaba de ser abandonado por una mujer que solo ilusionó a las páginas con una compra que al final no concretó. Y te lo llevas para que no se le rompan los versos.

Luego están los libros que venden mucho. Esos que encuentras en todas las tiendas y que son mencionados por todas las revistas. Escritores de los que no escapas. Aquellos que son conocidos incluso por aquellos que nunca leen. Son los que dominan las mesas de novedades. Las listas de recomendaciones.

Fue así que conocí Eleanor & Park, una novela de una tal Rainbow Rowell.

Fue imposible pasarla de largo. La editorial le hizo una gran campaña de publicidad. Esto, más que ayudar, hizo despertar mi desconfianza. Hay que dudar de los best sellers. No por una actitud esnob, sino porque las masas suelen tener gustos espantosos. No siempre, pero pasa a menudo. Así que hay que ir con cuidado, no vaya a ser que por seguir la corriente acabes por gastar tu sueldo en un libro de Dan Brown.

Decidí abstenerme de aquel libro. Le di tan poca importancia que leí su contraportada, algo que nunca hago con aquello que despierta mi interés. Y vi un diálogo entre los dos protagonistas, en donde el amor se mezclaba con una mención musical.

Y ahí reafirmé mi posición. En otros tiempos hubiera sido al revés: la referencia me habría impulsado a realizar la compra. Ahora ya no, estoy cansado de todos las obras que echan mano de la música pop para llamar la atención o dotar a sus personajes de una personalidad outsider. Antes causaba gracia, sin embargo terminó por convertirse en un recurso facilón para captar a ese público que se siente especial por bajar canciones indie a granel.

A mi mente vino Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky. Vaya decepción me produjo en su momento. Una experiencia que no me dejó nada, excepto cierto asqueo por la forma en que algunos autores han estandarizado el perfil de los marginados.

Eleanor & Park daba la pinta de ser lo mismo. O hasta peor, ya que en el diálogo aquel se mencionaba a Bono. Un horror. Vale rescatar la opinión de Rob Fleming, que en Alta Fidelidad pone a U2 en su top 5 de bandas que deberían ser masacradas en caso de que se estallara una revolución musical.

Nick Hornby, se cuece a parte, por cierto. Sus libros están llenos de referencias a la cultura pop, pero lo salva el hecho de que lo suyo sí aporta al platillo. No se tratan de menciones gratuitas, sino alusiones obscuras que contribuyen a poner en perspectiva el nivel de obsesión que mueve a sus personajes. Una estilo propio de alguien que sabe de lo que habla y que, a diferencia de otros, no juega al postureo.

De vuelta a Rainbow Rowell, decir que las semanas pasaron y mantuve la terquedad de no querer adentrarme en su obra. Aún así, tuve sentimientos encontrados. Seguía con el pensamiento fijo en aquella portada y en en la figura de los dos protagonistas. Llegué al extremo de pensar en ellos antes de dormir y mientras me daba una ducha. Ambos daban martillazos a mi conciencia y no había nada que pudiera hacer, salvo ceder a ellos. Darles una oportunidad para que la obsesión desapareciera.

Así que en cuanto pude lo compré. Total, ya qué, peores cosas he hecho en el pasado. En una de esas hasta podía gustarme. Todavía estuve cerca de echar marcha atrás cuando vi que en Gandhi tenían Eleanor & Park  en la sección infantil/juvenil, lo cual era para producir bochorno. Soy viejo para andar entre crayolas.  Si opté por seguir adelante, fue porque en las noches previas supe que el libro  había sido votado como uno de los mejores de 2013 por parte de los usuarios de Goodreads, algo que si bien no era garantía (muchos de los que visitan esa página son los mismos que veneran a Stephenie Meyer), al menos invitaba a darle el beneficio de la duda.

Y al final el tiro no salió tan mal. Si bien pude detectar deficiencias (en la manera en que se desarrollan los diálogos, sobre todo) y una superficialidad rampante, acabé por disfrutar lo que tuve ante los ojos. La bella historia de amor entre dos chicos que vivieron (y padecieron) los años ochenta.

Cierto que las referencias musicales a ratos eran hasta de mal gusto. Metidas con calzador, nada más para complacer a los admiradores de (500) Days of Summer. Como cuando Eleanor menciona en una parte que la voz de Park le recuerda a la de Peter Gabriel, solo que sin las melodías y sin el acento inglés, que es como decir que tu sobrino habla parecido a Barry White, solo que sin la voz ronca y el acento texano. Porque claro, de lo que se trataba era colgarse de una estrella,  de que el fantasma de Genesis estuviera presente, igual que las playeras de Fugazi que rondaban por el jardín.

Lo que importa es que, a pesar de ello, el relato sobrevive porque contiene la esencia de lo que distingue al primer amor. Aquel en donde hay ternura y descubrimiento, con toda esa inocencia que el paso de los años vuelve irrecuperable.

Eleanor & Park hace recordar al primer noviazgo, a la primera persona por la que sentiste cariño. A su modo eso es grandeza. Todo lo demás da igual. Cuando un libro consigue despertar en ti una serie de gratos recuerdos, qué más da que sea cursi, que esté mal traducido (de pena ajena el poco cuidado que Alfaguara le puso a la edición en español) o que sea un superventas leído por miles de imbéciles. Lo importante es que ha funcionado para ti, que al menos por un tiempo logró reactivar memorias y sensaciones que creías desaparecidas.

La clave está en algo que Park reflexiona en un capítulo a propósito de por qué Romeo y Julieta es una obra tan popular:

Porque todo el mundo quiere recordar lo que significa ser joven y estar enamorado.

Eso es, guardando proporciones, lo que hace de Eleanor & Park un trabajo que cautiva: pone en sintonía con un pasado que, con similitudes y diferencias, casi todos atravesamos.

Verán, conforme se envejece, uno termina por volverse inmune a ciertos sentimientos. Sensaciones que en la niñez brotaban con facilidad,  con el tiempo dejan de funcionar. Ya sea por culpa de las decepciones, del dolor o porque nunca obtuvieron lo que que requerían.

Es triste tener que separarse de emociones que fueron bellísimas, que alguna vez iluminaron el interior. Impresiones que te hicieron sonreír, que te hicieron sentir vivo. Y que un día se marchitan. Imágenes que asocias al pasado, a lugares, a personas que ya no están.

Es de agradecer que la literatura logre reactivar partes de ti que estaban desaparecidas. Darse cuenta de que todavía se encuentran refugiadas por ahí. Respiran incluso, pese a estar débiles y sofocadas.

De algún modo el niño que fuimos se encuentra ahí dentro. No se ha ido. No del todo. En ocasiones le da por latir. Lo único que pide es que te acuerdes de él, que le des algún estímulo. Para que entonces salga del escondite y te recuerde aquella vez que la ilusión estaba a tope. Cuando un simple mensaje te hizo saltar de alegría. Sí, en esa noche que parecía la mejor de tu vida. En donde la existencia de alguien te bastaba para ser feliz. Nada más. Y cuando por tu cabeza rondaban las ideas de un futuro en donde la historia de ambos se convertía en una sola. Suficiente para ir a dormir con una idea fija: que ojalá al despertar la sensación siguiera contigo.

Más allá de lo criticable y de las deficiencias, en eso radica la magia de Eleanor & Park. Créanme, no es poca cosa.

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Julieta al desnudo

Recién terminé de leer Juliet, Naked, la última novela de Nick Hornby, uno de mis escritores favoritos. Lo leí en inglés, porque la edición de Anagrama es mucho más cara. Hay casos en donde lo conveniente es comprar lo que viene del exterior. Sale a mejor precio y hasta la presentación es más bonita. En español tradujeron el título como Juliet, desnuda, tal vez por una cuestión comercial que implicara enganchar a lectores que buscaran material erótico. En realidad, Juliet es el nombre de un álbum lanzado por Tucker Crowe, uno de los protagonistas de la novela. Tucker es una vieja estrella musical que durante los años setenta fue calificado como una combinación de Bob Dylan, Bruce Springsteen y Leonard Cohen, pero que un día, en medio de una gira, decidió abandonarlo todo sin dejar ninguna huella a sus admiradores.

Con el paso de los años el público se olvidó de él, salvo por un puñado de seguidores que le permanecieron fieles sin importar las inclemencias de la ausencia. Ahí es de donde Hornby hace un retrato certero y gracioso de lo que significa el fanatismo musical. Aquel que impulsa a las personas a realizar viajes de varios horas con tal de conocer lugares por donde pasaron sus ídolos, así se trate de un baño público en donde se le vio por última vez.

Con internet el fenómeno se amplifica. Como señala Hornby, solo hace falta que un tipo de Canadá, cuatro de Londres, seis de Estados Unidos y un par de Australianos tengan una misma pasión para que terminen por encontrarse en una comunidad en línea en donde pasarán metidos gran parte del año sumidos en discusiones sobre las mismas canciones de siempre.

Duncan es uno de esos freaks. Un sujeto que admira a Tucker y que invierte su tiempo en pasear por los foros de la comunidad en donde suelta comentarios,  datos, anécdotas y toda clase de material relacionado con su héroe.

La música absorbe. Igual que con el futbol, si eres un verdadero apasionado, se trata de un germen que se filtra en todos los órdenes de tu vida. Annie, la pareja de Duncan, lo sabe. La novela cobra vida cuando surge una pelea entre ambos a propósito de un incidente que a ojos ajenos parecerá menor, pero que para un fanático como Duncan no tiene perdón alguno.

Resulta que a Annie se le ocurre escuchar el primer lanzamiento oficial de Tucker en más de 20 años antes de que Duncan lo haga. Eso lo hace sentir traicionado, humillado… sensaciones que apenas los melómanos extremos comprenderán. El disco en cuestión se trata de Juliet, Naked, que contiene las versiones demo de Juliet, el mejor trabajo lanzado por el artista allá por 1986, antes de retirarse. De ahí que la traducción del título propuesto por Anagrama no me parezca del todo acertada. Una referencia estaría en el Let it Be… Naked (2003) de The Beatles. Fuera de una posible insinuación en el nombre, la palabra “naked” hace alusión a la naturaleza del lanzamiento. Juliet, al desnudo, o Julieta al desnudo, más bien.

El caso es que ese pequeño hecho derrama la gota en una relación que parecía ir a ningún lado, a pesar de que los dos llevaran juntos ya muchos años. Lo que es más, Duncan explota al saber que Annie ha escrito una crítica negativa del álbum y que ha decidido subirla a la página web de la que él es miembro.

La historia, hasta ese punto, se desenvuelve con gracia. A partir de ahí medio se pierde, cuando Tucker surge de las cenizas para contactar a Annie luego de que le gustara leer la reseña que escribió. Sí, a pesar de hacer un exilio digno de Salinger, Tucker aún googleaba su nombre y era un ávido lector del foro en línea en donde sus admiradores se congregaban.

El texto desfavorable que ella le dedicó, le causó un placer mayor que el de todos aquellos subnormales que lo amaban, y de los que estaba fastidiado ya. Luego de intercambiar una serie de correos, ambos personajes deciden reunirse. ¿Para Duncan sería un honor que su música favorito le bajara la novia?

Leí este libro con entusiasmo. Las expectativas eran altas, ya que los comentarios que había leído al respecto lo señalaban como un regreso de Hornby a sus raíces, las de aquel hombre aguerrido  que para combatir tiraba de la música pop y del futbol, sus armas predilectas. El que lanzó esas dos joyas llamadas Fiebre en las gradas y Alta fidelidad. Y aunque en Juliet, Naked hay fragmentos destacados, la verdad es que nunca termina por despegar. Permanece en él un ánimo disfrutable que produce la suficiente adicción para que termines las 400 páginas en pocas sesiones, sin embargo me da la impresión que, desde Un gran chico, ninguna de sus obras termina por ser redonda.

De cualquier forma yo a Nick Hornby lo defiendo a muerte. Leo todo lo de él que se cruce en el camino. Se trata de un referente generacional que me ha dado algunas de las lecturas más provechosas que he tenido. Si señalo que no me deslumbró en esta entrega, es solo para ponerlo en perspectiva. Porque he de agregar que no se trata de un trabajo despreciable, ni mucho menos. Es, debo apuntar, una novela que proporciona una cálida compañía para esos días en los que se está en busca de algo ligero.

Varias veces incluso tuve que contener las carcajadas, fuera por el humor característico del autor o porque había partes en donde me identificaba cual espejo. Ya saben, el clásico es gracioso porque es cierto del que SeinfeldGeorge Carlin fueron maestros.

Aparte Hornby tiene ese carácter agridulce que siempre lo vuelve entrañable. Posee una habilidad que yo valoro bastante: la de poder hacer reír y conmover al mismo tiempo.

Rescato varias partes. Hay una, por ejemplo, en donde Annie empieza a lamentar todo el tiempo que perdió a lado de Duncan. Todos esos años juntos en un noviazgo que al final no trajo nada extraordinario consigo. Entra en una crisis existencial: está cerca de cumplir cuarenta años y no ha tenido un solo hijo ni ha alcanzado éxito alguno que la justifique como ser humano. Vamos, el típico bache por el que todos llegamos a pasar algún día, en donde el pasado y el presente carecen del valor suficiente como para que el futuro pueda entusiasmar. Entonces alguien le dice algo muy cierto: muchas veces pensamos en términos dramáticos: “Oh, he tirado 15 años a la basura”, “Oh, estoy condenado por haber tenido tantas equivocaciones”.  Somos demasiado duros con nosotros mismos bajo una óptica distorsionada. Se llega a pensar que para ser felices todo tiene que ser digno de una película. Que para que nuestra existencia sea respetable tuvimos que habernos lanzado de un paracaídas, trabajado en una isla paradisíaca o quedar inconscientes en centros nocturnos de Berlín. Basamos nuestras expectativas en lo que en términos reales son más bien fantasías. Las vidas ajenas parecen perfectas porque solo vemos los highlights, lo que los demás nos dejan ver, cuando en la mayor parte de los casos, si tuviéramos la oportunidad de analizarlo por completo, caeríamos en cuenta de que todos tienen sus propios problemas y una cotidianidad que no siempre es satisfactoria. Una vida llena de puntos altos es impensable. Y no se necesita de acontecimientos legendarios para que la travesía haya valido la pena. A esos 15 años “perdidos” se le pueden restar muchos meses si de pronto uno se pone a pensar en aquellas películas que vimos y nos deslumbraron, o esos libros que removieron nuestras entrañas de una manera que nadie más en el mundo ha experimentado. Se trata pues, de apelar a los placeres sencillos. Una filosofía que desde hace un tiempo para acá he procurado adoptar, sin perder de vista tampoco las sanas ambiciones que impulsan a progresar.

Ver una serie de televisión, coleccionar discos de jazz, salir a jugar con un sobrinito. Ahí están algunas bendiciones que olvidamos al hacer un recuento de las propias trayectorias personales. Razones por las que respirar vale la pena. En parte por eso es que el futbol se convierte en un refugio para algunos, pese que existan quienes no lo comprendan. Hacer que se te vaya la vida por un juego entre sujetos que ni conoces se vuelve un catalizador de emociones que de algún modo mueve sentimientos que de otro modo no tendrían salida alguna. Hey, si nunca ganaré veinte millones en la lotería, al menos deja que grite ese gol. Puede que sea el único asidero que permita una alegría semejante.

Otro fragmento destacado llega cuando Duncan, en medio de la ruptura amorosa, intenta acercarse a Annie a partir de una noticia acerca de Tucker que ha leído por ahí. Le dice que no es un mero pretexto para contactarla. Los artistas favoritos de una pareja son de cierto modo una especie de “hijos” que mantienen unidas a las personas, a pesar de que estén separadas. Es el fenómeno que se presenta cuando escuchas a una banda que le gustaba a alguien que conociste. Cuando salen en la radio, no solo escuchas a ellos y a su canción, en el paquete también vienen incluidas las memorias que relacionas a una antigua compañera o compañero que ahora estará por siempre a tu lado por medio de elementos que están fuera de control y que pueden aparecer en cualquier instante.

Disfruto de pensar en cosas así. Cuando veo jugar al Liverpool se que hay alguien más que lo está haciendo al mismo tiempo que yo. Lejos, a kilómetros de distancia, pero hay algo que nos une, y es el hábito de estar ambos de forma religiosa frente a la pantalla de la computadora. Igual cuando leo una noticia importante de Morrissey, Bob Dylan o The Beatles. Mientras lo hago, pienso que con seguridad esa persona especial lo estará haciendo también. Y que cabe la posibilidad de que desde su terreno, se acuerde igual de mí.

Es lo que tiene Hornby. Pone en sintonía con las relaciones humanas a un nivel muy emotivo. Incluso en sus trabajos de media tabla. No cualquiera.

Y eso me recuerda que cerca del final, uno de los adeptos a la doctrina de Tucker Crowe proclama que la “la felicidad es un veneno”. Lo dice luego de escuchar el nuevo álbum de temas inéditos que le parece terrible. El compositor es ahora un hombre feliz, en plenitud. Ya no es aquel joven atormentado que en los años setenta y en los ochenta cantaba canciones llenas de desdicha con las que era posible encontrar afinidad. El arte se resiente por culpa del regocijo. Muchas de las mejores creaciones tienen su origen en los peores sentimientos. ¿Se imaginan a un Ian Curtis optimista? Sentaría fatal. Es la misma razón por la que Years of Refusal me parece un álbum medio flojo del otro mancuniano, ya no tiene tantos motivos para quejarse. En el fondo somos crueles con quienes adoramos. Hasta se echan de menos los tiempos de aflicciones que sacaban lo más intenso de ellos.

Quién sabe, tal vez Hornby en la actualidad esté en la cumbre de su plano personal y por ello su obra se resienta. Habrá que esperar a que la esposa lo abandone para que saque una gran colección de relatos.

juliet