Bob Dylan y Sam Shepard en la carretera

 

DYLANSHEPARD11

One more cup of coffee for the road,
One more cup of coffee ‘fore I go…
—Bob Dylan.

Bob Dylan emprendió en 1975 una de las giras más míticas en la historia de la música popular. La Rolling Thunder Revue lo llevaría a visitar un puñado de ciudades en Estados Unidos en compañía de personajes que incluían los mismo a Joan Baez y Roger McGuinn, que a Joni Mitchell y Allen Ginsberg. Aquello pretendía trascender a los conciertos mismos, sería más bien una travesía que ocuparía a los involucrados en todo momento. Un gran campamento para almas vagabundas.

El ambicioso plan original incluía la producción de un filme para el cual Dylan contactó a Sam Shepard, un dramaturgo icónico de la época, quien se supone escribiría el guión. La película nunca se concretó (aunque tres años después parte del material serviría para la cinta Renaldo and Clara), pero Sam Shepard acompañó a la comitiva en todo momento y desde autobuses, butacas y bares llevó un registro, lo cual finalmente quedaría plasmado en el libro Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama).

El diario transcurre a través de pequeñas viñetas sin ilación alguna. La narración fragmentada, que chapotea entre diálogos, poemas y frases sueltas, es la esencia de la película surrealista que pretendía sustentar. Un ente sin conexión, ráfagas como la vida misma que pasan de la visión de una hamburguesa con queso de algún tugurio en California hasta las serpientes que una asistente trae dibujadas en las mejillas.

Bob Dylan quería que el proyecto tuviera el tono caótico y carnavalesco del director Marcel Carné, que la agitación de las multitudes y los escenarios se alternara con las bambalinas, los pasajes que transcurren en los camerinos. Una arquitectura en constante rompimiento.

Si bien el plan estuvo lleno de trabas, en su momento Sam Shepard sintió que la pluma fluía con extrema facilidad. El guionista norteamericano lo atribuía a la intuición de Bob Dylan para cuestiones cinematográficas. Dentro de sus letras veía una enorme fuente de imágenes coloridas. “Un cineasta del instante”, decía de él. Y atribuía al arte ese milagro que conseguía que relaciones enteras, paisajes y caminos pudieran sintetizarse en palabras.

El ambiente estaba poblado de grandes personajes. T-Bone Burnett mencionaba que durante esa gira los involucrados se divirtieron más de lo que permitía la ley. Ninguno sería el mismo después de la última fecha. En medio de descanso, de pronto podía aparecer Jack Elliott con un sabio consejo: “no dar tu dirección a las malas compañías”.

Pero al final del día era el propio Zimmerman quien dominaba el pelotón. Sam Shepard recordaba que hubo algo que le llamó la atención la primera vez que se encontró en persona con él: Bob Dylan tenía una gran proclividad por el silencio. En medio de una reunión no sentía necesidad alguna por romper con su voz los huecos que surgían dentro de la charla. Los minutos podían transcurrir e igual él permanecía callado, aunque hubiera otras personas en la habitación deseosos de escucharlo. A ellos no les quedaba otra que llenar la mente de conjeturas, una incertidumbre sobre si convenía decir cualquier tontería. Era posible estar a su lado, “pero nunca ser parte de él”.

Bob Dylan se sentía solo en el escenario, ahí cuando estaba rodeado de miles de caras que hacían ruido y lo observaban. A lo lejos dejaban de tener cara, se percibían como una ola inclemente que se queda a unos centímetros de la orilla. En realidad nadie se le puede acercar aún al compositor. Ni acólitos ni periodistas. El oriundo de Duluth, Minnesota marca distancia, de ahí parte de su magnetismo.

En cierto sentido, Bob Dylan confería a todo lo que le rodeaba de un aura especial. El espacio en el que estaba se llenaba en automático de importancia, y sobre todo de misterio. Un misterio que, como bien apunta Shepard, nunca de disipa. Pasan los años y aunque su presencia se expande a través de sus canciones, el paso del genio no acaba por descifrarse.

Tal como las versiones que toca en directo, el caso de Dylan “no se resuelve nunca”, dice una de las anotaciones del libro. Por ello es tan cautivante. La última palabra no está dicha. Al no haber conclusión el infinito se dibuja en el horizonte.

Los días de la Rolling Thunder Revue avanzaban y nadie tenía idea alguna de qué carajos ocurría, qué película estaba en marcha. Solo deambulaban como lo que eran, astros alrededor de un sol insurrecto. Dejando pasar lo que tuviera que suceder. Disfrutaron mientras pudieron. A sabiendas de que al final Bob terminaría por buscar la salida.

En 1986 Bob Dylan y Sam Shepard escribieron una canción juntos. Se trata de la épica “Brownsville Girl” que junto a “Under Your Spell” hace que el Knocked Out Loaded valga la pena. La pieza es una episodio importante de la cultura de nuestro tiempo. La sensibilidad de dos gigantes que se cruzan en el camino.

Something about that movie though, well I just can’t get it out of my head
But I can’t remember why I was in it or what part I was supposed to play…

Los escritores saben cómo es el amor

Greene, Monroe, & Miller On The Road

Los escritores suelen pasarlas canutas con aquello de los sentimientos. El acto creativo implica largas sesiones de soledad y mucha amargura. Los tipos duros no bailan, se titulaba un viejo libro. Pero incluso ellos, en algún punto, tienen que amar.

La historia de la literatura está llena de rastros sobre el tema. Charles Bukowski decía que el amor es un perro del infierno. Y ni así pudo renunciar a él. En sus palabras está más bien reflejada una extrema sensibilidad que le hacía caer en decepciones reiteradas, como el huérfano de cariño que fue desde la niñez. En términos generales era un romántico, como describió Raymond Carver en el poema que le dedicó. No sabes lo que es el amor, vociferaba Hank en una borrachera a los que nunca lo habían experimentado. Esa era la única forma en que podía saberse de qué iba en realidad. Viviéndolo.

Xavier Villaurrutia y Salvador Novo sí que lo vivieron, aunque también fueran conscientes de los pesares que acarreaba. De lo insuficiente que a veces es todo. Villaurrutia lo expresó con tino en un poema. Amar es una sed, la de la llaga / que arde sin consumirse ni cerrarse, /y el hambre de una boca atormentada / que pide más y más y no se sacia. / Amar es una insólita lujuria / y una gula voraz, siempre desierta.

Novo se mostraba más colmado, incluso a la llegada de los vacíos que le hacían apreciar aún más al objeto de su deseo. Amar es este tímido silencio / cerca de ti, sin que lo sepas, / y recordar tu voz cuando te marchas / y sentir el calor de tu saludo. […] Amar es percibir, / cuando te ausentas, / tu perfume en el aire que respiro, / y contemplar la estrella en que te alejas / cuando cierro la puerta de la noche.

Tal ausencia es una constante para quienes viven de la pluma. A muchos artistas les pesa no tener alguien que les aguante el ritmo. Alguien que se anime a quererlos. No muchos están dispuestos a llevar una relación con un novelista, no se diga ya con el que expele un puñado de versos. La sensatez indica que es preferible alejarse.

Aun así, no todo está perdido. Kurt Vonnegut ofrecía un tip para conseguir una pareja. Para enamorar, expuso en una de sus conferencias, hacían falta dos cosas: llevar ropa bonita y sonreír. Nada más. Si aquello no rendía frutos añadía que uno debía aprenderse la letra de algunas canciones. Se sabe que la música logra conectar a las personas y dentro de la música pop hay un universo de formas para entender las relaciones humanas. Sabiduría pura y dura.

Arthur Miller es un ejemplo de éxito. Cuando un escritor se sienta acomplejado por su condición, tan lejana a la de las fulgurantes ingenieros y CEO’s, basta pensar en él y su idilio con Marilyn Monroe para desbordarse en autoestima y esperanza. Quizás desde el teclado sí se pueda llegar a las grandes ligas. O no.

De cualquier modo el amor puede conducir a pasajes demoledores. Dostoievski lo sabía muy bien y, lo que es más, supo reflejarlo. Noches blancas es un testimonio de la ilusión que acompaña a los primeros amores, los más ingenuos, platónicos y que en la estocada del rechazo dan paso a la madurez.

En El idiota, el escritor ruso describió el peligro de ser vulnerable ante el otro. Aunque también las bondades que tenía el dejarse llevar. Uno de los personajes establecía que la mujer era capaz de atormentar y burlarse del hombre hasta la extrema crueldad, sin ningún remordimiento, a sabiendas de que al final podía recompensarlo con su afecto.

Encontrar a la pareja adecuada, entonces, es el verdadero reto. Una búsqueda que multitudes hacen, aunque finjan que no. Henry Miller cayó en la dinámica: aunque fuera crudo o bohemio no perdía ese lado tan emocional. “Me veo a mí mismo para siempre como el hombre ridículo, el alma solitaria, el hombre errante, el artista inquieto y frustrado, el hombre enamorado del amor, siempre en busca de lo absoluto, siempre buscando lo que no se puede aprehender”.

Alain de Botton, a la usanza de la tradición judeocristina, sugiere que la verdadera prueba del amor llega en los momentos de debilidad. Es ahí cuando queda patente si la otra persona está verdaderamente comprometida con nosotros. Casi cualquiera puede amarnos en nuestros mejores tiempos, los de salud y abundancia; los que se quedan aún cuando se entra en la decadencia son los que tienen una cercanía a prueba de bombas.

En cualquier caso, hay autores que nunca se tragaron el cuento. O al menos eso han procurado aparentar. La obra de Michel Houellebecq ha apelado a los alienados, a los que viven en doloroso aislamiento y que ven el pasar de los días sin mayor optimismo. Tanto él como el perfil de lector que ha trazado, carecen de amistad, de carisma y no terminan por encajar. Y a fuerza de rechazo opta por desmitificar lo que para otros es lo mejor que ha ocurrido. Para el francés, así de locuaz, el amor es una broma de la que la sociedad es víctima, una estafa en la que es preferible no caer.

Lo cierto es que nadie puede abstenerse. Románticos y haters se han visto influidos alguna vez por el amor o por la falta de él, situación a partir de la cual se imagina, se elucubra, se anota una palabra tras otra con la ilusión de que la persona querida lea lo escrito. Ahí la gran motivación, una pelirroja muy MM que a distancia observa las letras.

Paul Auster y la lucha por escribir

paul auster

Paul Auster llegó a los 30 años lleno de agobios e incertidumbres. Así lo relató en uno de sus libros de memorias, en donde describe cómo es que ese punto determinante en la vida de los hombres lo tomó con la guardia baja. No solo su matrimonio se desmoronaba: su aspiraciones como escritor parecían no conducirlo al puerto adecuado y los problemas monetarios le restaban la tranquilidad que soñaba tener para deambular con orgullo por las calles.

Aun así, seguía con la mente fija en la literatura. Desde muy joven ese había sido su sueño. Escribir y vivir de ello. También ser reconocido por una obra emblemática. El camino, no obstante, se le había empantanado. La segunda mitad de los años setenta lo atrapaba inmerso en las traducciones del francés que hacía para obtener algunos recursos, así como la elaboración de ensayos que de vez en cuando le eran requeridos por revistas del gremio.

En cierto punto los intentos le llevaron a la desesperación. Por más que mandara cartas, hiciera llamadas telefónicas y acudiera a entrevistas de trabajo, no acababa de ver la luz al final del túnel. Probó suerte en la docencia, en el periodismo y en cualquier cosa que le permitiera mantenerse en la lucha. A todo lo veía como una cuestión temporal, en lo que podía asentarse en sus propias pasiones. Aunque más de una vez dudó que eso al fin pudiera llegar.

Cada paso le parecía un retroceso. Era exigente consigo mismo y se exasperaba. Los empleos que conseguía aquí y allá distaban de parecerse a su ideal. Tampoco estaba satisfecho con lo que salía de su pluma. Sus ambiciones, decía, eran mucho mayores que sus capacidades.

Conforme se acercaba a la madurez el futuro le parecía más y más nebuloso. Si bien había logrado publicar un libro de poemas en un tiraje reducido con un pequeño grupo editorial, seguía con las limitaciones económicas que tanto le frustraban. No lograba dar el gran golpe o el campanazo que requería para levantar.

De cualquier modo no quitó el dedo del renglón. No quiso entrar en la dinámica de tantos otros escritores que tenían un trabajo estable que les permitiera crear en sus tiempos libres.

Paul Auster estaba negado, la idea de estar en una oficina, llevar horarios y recibir órdenes simplemente no iba con su naturaleza. Decidió apostar todo al destino y empeñarse en una carrera que lo mismo podía llevarlo a la cima que hundirlo irremediablemente a la simple subsistencia. Prefería sostenerse en buhardillas con goteras si es que ello abría algún resquicio para entrar de lleno en el panal literario.

Un punto de inflexión fue la beca que recibió por el Instituto de Bellas Artes de Nueva York. La salvación llegó en forma de 3 mil 500 dólares que le permitieron andar con holgura y centrarse así en respirar durante una temporada. La confianza que John Bernard Myers había depositado en él también contribuyó a elevar su optimismo.

De cualquier forma, poco a poco fue vaciando la cuenta bancaria. Y la presión regresó. De seguir así pronto llegaría al límite, ese que tanto le angustiaba y que llegaba a tumbarlo con alguna enfermedad. Era alguien sensible que no lograba habituarse a la mediocridad y estar inmerso en ella lo abatía física y espiritualmente.

En una noche de insomnio, propia de la ansiedad que lo mantenía en vilo, le vino una idea a la mente. Como lector voraz de novela negra urdió una trama a la que le daría forma con el paso de los días. Un sano entusiasmo se apoderó de él. Sintió que la vena literaria por fin se había adueñado de su interior. Había dado el paso definitivo. O eso creía.

En las semanas siguientes se las arregló para completar 300 páginas. Una historia que rodeaba a una misterioso asesinato que venía rodeado de un aura existencial. Ya con el volumen bajo el brazo, comenzó a moverse por editoriales. Pero no tuvo mucha suerte. Varias personas le sugirieron cambios, le dieron esperanza… y al final le decían que no, otra vez.

Un día, un hombre le llamó por teléfono. Era alguien que conocía de años atrás y al que en un principio le costó trabajo identificar. El tipo en cuestión le empezó a hablar de un proyecto que tenía en mente y al que le quería invitar. El balbuceo fue extraño pero implicaba la fundación de una casa editorial. El sujeto le preguntó a Paul Auster si tenía alguna novela que quisiera publicar. Habían pasado ya varios meses desde que en aquella noche sin dormir empezó a trazar su primera obra de largo aliento, una de la que ya casi se había olvidado. Quiso aprovecharla y dio el sí.

El libro tardó dos años en materializarse. Cuando se mandó a imprimir la empresa estaba quebrada y no había forma de siquiera distribuirlo. Había que recurrir a otra editorial, a otro agente. Paul Auster había recibido un golpe más. Lo sufrido a lo largo de toda su juventud era una verdadera masacre que tumbaría a cualquiera que no tuviera vocación.

No era su caso. Peleó por lo único que le salía bien y al cabo de un tiempo obtuvo recompensa. Siguió picando piedra y, sobre todo, siguió escribiendo. No se rindió. Eventualmente sus libros fluyeron y fueron publicados hasta convertirlo en uno de los autores más exitosos de su generación. Lanzó la apuesta y pudo fracasar o pudo dar en el blanco, pero tenía que estar ahí. Y lo estuvo. Como un artista del hambre que todavía mira hacia atrás con ingenio.

Los diarios tempranos de Susan Sontag

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Susan Sontag, 1959. Foto de Duane Michals.

Susan Sontag fue una de las ensayistas más respetadas e influyentes de su generación. Como crítica del arte, la sociedad, el mundo político y la sexualidad logró marcar tendencias y meter una mirada acuciosa en terrenos analíticos que pocos se habían atrevido a explorar. Opiniones como la suya pesan hasta la fecha y dibujan una línea lo mismo polémica que canónica.

La autora norteamericana también probó las posibilidades de la ficción. Obras de teatro y relatos salieron de la pluma espumosa que guardaba dentro de sí. Y fue igualmente una figura pública que defendió con valentía ideales de la estética y la fotografía. No fue dogmática y ahí donde muchos pregonaban teoría nebulosa y barata, ella tuvo honestidad y precisión para abordar los temas que le embargaban.

Pero ante todo, Susan Sontag fue una mujer. Caótica, brillante, arterial. Su paso por el mundo contiene varias lecciones y da muestra de la importancia de la determinación y de permanecer con la vara alta en cuanto a nuestras expectativas.

Para conocer los entresijos de ella como persona queda la alternativa de recurrir a sus diarios, editados ya hace más de una década, en los que dejó constancia del lado más tierno y contradictorio a partir del cual fluyó lo que le conocemos de obra.

Desde muy joven, Susan Sontag se impuso como norma ser fiel a sí misma, una actitud de la que partía una libertad verdadera en la que no había que constreñirse. Era consciente de una cuestión que parece evidente pero que pocos alcanzan a asumir para su propia causa, no hay nada que te impida hacer cualquier cosa, por disparatada que sea, dentro de tu margen de acción.

“¿Qué me impide recoger mis pertenencias y marcharme? Solo las presiones autoimpuestas de mi entorno”, concluía al recordar que había fuerzas omniscientes con las que costaba trabajo romper. Una de ellas era el temor a su propia familia y la particular animadversión que llegó a causarle su madre.

Con apenas 15 años, Sontag ya era una persona muy sensible, con todas las angustias, pesimismos y aflicciones que acompañan a la ya de por sí embrollada juventud.

Como lo reflejan sus primeros cuadernos, Susan Sontag era muy exigente consigo misma; era consciente de sus aspiraciones y de las limitaciones que aún tenía. Por ello no temía ironizar sobre su condición: lo que llamaba el luto personal, aunque igual permanecía expectante el talento pudiera ofrecerle algún día.

Sontag confiaba mucho del camino que podía labrarse por su cuenta. Era independiente y reivindicaba la calidad de individuo. Tenía un alta estima por lo privado, al tiempo que apelaba por el mantenimiento de la cultura como medio de salvación colectivo. La Universidad, en contraparte, no le despertaba el menor entusiasmo, ya que estaba segura de que podía aprender todo lo que requería a través de la lectura. Consideraba a la música, como es pertinente, el arte mayor.

La vida académica que alguna vez fue opción le causaba aburrimiento. Le aterraba llegar a la vejez dentro de una universidad a la que solo serviría a través de papers de temas extravagantes que nadie leería. Ser profesora ofrecía algunas comodidades, pero le obligaba a rendirse, algo que no estaba dispuesta a hacer. De nuevo, primero estaba el amor propio.

La narradora neoyorquina tenía un voraz apetito intelectual (“riego mi mente con libros”, mencionaba, al tiempo que hacía listas de títulos en sus libretas). Temía por ello que su potencial pudiera quedar desperdiciado. Como quinceañera buscaba encontrar un rumbo, un sitio en donde pudiera desarrollar su destreza.

Era evidente que la escritura sería el móvil adecuado. Le atraía la idea de producir textos, pero sobre todo estaba interesada en ser una escritora, aun más que escribir en sí. Lo atribuía al ego, ese impulso por ser alguien y acabar con el reconocimiento que merecía.

Sin embargo, escribir propiamente dicho no siempre le era fácil y tenía esos días en los que incluso se cansaba de hacerlo, se tratara de un artículo de fondo o incluso una breve línea en su diario. Dejaba mucho de inconcluso en hojas de papel que guardaba por días hasta que eventualmente les definía un destino. La ansiedad finalmente estimulaba su vena creativa.

En Susan Sontag había un fuerte debate entre el lado intelectual y las emociones. Esas dos caras de la moneda le conflictuaban, le dolían, una situación a la que le encontraba provecho. La tensión de la cuerda era, a su modo, un estímulo creativo, en el que a menudo ganaban los sentimientos. Susan Sontag admitía ser una apasionada, nada más le faltaba un canal para que aquello le ofreciera una recompensa.

En sus diarios hay un punto de quiebre: el día en que contrajo nupcias con el sociólogo Philip Rieff cuando ella apenas tenía 17 años y él contaba ya con cerca de 28. La adopción de una nueva condición afectiva y social no cambió su postura tirada a la independencia intelectual. En sus apuntes decía que el matrimonio era sobre todo una cuestión de inercia, y no buscaba el contacto permanente sino lapsos de soledad que eran el descanso y el alivio.

El matrimonio no duró mucho, la pareja se divorció al cabo de nueve años. Susan Sontag no se volvería a casar. No iba con su temperamento ni con sus inclinaciones personales. “Dos personas esposadas la una a la otra junto a un estercolero no deberían pelear”, reflexionaba. “Solo consiguen que el estercolero aumente unos milímetros, tienen que vivir con él hediendo bajo sus narices”.

En la adolescencia descubrió su bisexualidad y fuera del periodo en el que estuvo casada con Rieff y con quien tuvo hijo, estuvo más encaminada a su relación con las mujeres. En sus años de juventud admitía tender a amores egoístas y ser presa constante de los celos. “Mi amor la quiere incorporar plenamente, quiere devorarla”, decía sobre María Irene Fornés con quien sostuvo un fuerte vínculo.

Así tan avanzada a su tiempo como llegó a ser, el asunto de la sexualidad llegó a provocarle episodios de conflicto interno. A finales de los cincuenta para una chica de su edad no era fácil tener aproximaciones con otras mujeres; aún no llegaba la liberación que en la segunda mitad de la siguiente década comenzaría a dar un respiro a lo que muchos como ella transcurrían en silencio. En una entrada daba reflejo de lo difícil que era vivir con atracción a seres de su propio sexo. “Me hace sentir vulnerable. Aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos”.

Los diarios de Susan Sontag, disponibles en varios volúmenes, tanto en inglés como en español, son testimonio del corazón palpitante que hay detrás de la severidad de una intelectual pública. Una auténtica figura de las letras y de la cultura popular que años después de su muerte permanece como una referencia y una guía de admirable actualidad.

Los cuadernos de Emil Cioran

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Si hubiera que nombrar a escritores que tiran al vacío y a la desesperación, Emil Cioran sería uno de los primeros que vendrían a la mente. Su obra, profusa y fragmentaria, es uno de los testimonios más hondos del pensamiento que se consume en el pesimismo, un abismo constante que sin embargo lanza destellos de vigor.

Aunque la muerte fue uno de los temas que más aparecieron en sus libros, y aunque era alguien que no veía el andar de los días con especial optimismo, el escritor rumano aguantó lo que pudo y falleció a los 84 años por cuestiones de salud y no por una decisión individual.

Personas de mayor alborozo se han suicidado y él, pese a su perpetua disconformidad, no lo hizo. Daba la impresión de que asumía la condena de haber nacido (ese inconveniente, como decía) y que ya puestos en este plano no quedaba otra que sacar el provecho que se pudiera.

Como describió en El ocaso del pensamiento, había un serio revés con el suicidio: poner fin a los días antes de haber alcanzado aquello a lo que se podía aspirar. No era muy honorable, a su entender, poner punto final desde la lona, y antes convenía alcanzar un grado de realización digno de encomio. Entonces sí podría proceder la coronación, la “extinción aceptada”. Al suicidio lo tuvo más como una idea que como una opción a tomar.

Es probable que a juicio de Cioran el destello no hubiera llegado para sí y por eso, sin remedio, vio consumada la vejez. O puede que, en el fondo, la vida no le pareciera tampoco un desastre y que en su más blanda intimidad hubiera encontrado el impulso necesario para mantenerse en el ruedo.

De tratarse de lo segundo, de un remoto gusto por existir, no queda duda de que Cioran lo mantuvo en secreto. La condición de un exilio humano fue un vaivén de su literatura, compuesta por sentencias que sin embargo no dictaban cátedra ni pretendían sentar una doctrina.

Más bien apartado, Cioran resumía contradicciones, y aceptaba ser un hombre lleno de equívocos sin valor para ser poeta. La derrotaba le sentaba bien y no ansiaba los grandes reflectores tanto como a exprimir cada poro en una búsqueda por la sordidez.

Piotr Rawicz compraba a Cioran con un caracol. Alguien tímido, acostumbrado a esconderse sin la posibilidad de huir a la velocidad que quisiera. Un hombre que aspiró a lo sublime y que al no encontrarlo se asfixió en la frustración de lo cotidiano.

Aunque todos sus trabajos tienden a lo autorreferencial, la confesión y la mirada personal, quizá en ningún espacio haya revelado tanto de sí como en sus cuadernos, los cuales fueron publicados de manera póstuma.

En ellos Cioran registró muchos de sus pesares, un remordimiento sostenido por capas de hierro oxidado. Acompañado por la desdicha, en algunas de sus notas se atisba la que acaso sea el motivo principal de su estilo breve: su fastidio incesante, el hartazgo que sentía por sí mismo y la desesperación de la que se veía empapado al cabo de unos minutos. “No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”, concluyó en una ocasión.

Cada una de sus anotaciones es una carrera contra el tiempo. No podía apelar a la distancia larga, ya que tenía el riesgo de desmoronarse. La concisión era una forma entregar una pieza antes de que fuera demasiado tarde, antes de que algún demonio le sugiriera a tirar el cuerpo por la borda.

De igual forma despreciaba el exceso. No toleraba a quienes inflaban lo que hubiera sido mejor abreviar. Fuera en la música, en las letras o en la arquitectura, nadie era tan grandioso como para extenderse por demasiado rato, excepto los genios universales que se miran a lo lejos.

En las entradas de sus diarios también queda en evidencia su eterna desconfianza ante al otro, esa que le llevaba a decir que no convenía consultar a nadie antes de tomar una decisión ya que, advertía, las otras personas difícilmente desean nuestro bien.

Algunas de sus frases más virulentas quedaron patentes en los cuadernos. Parte de ellas llegan a tambalearse y refulgen la mayor exageración: un error muy propio de los deterministas que tiran al aforismo.

“Todos los padres son irresponsables o asesinos. Solo los animales deberían dedicarse a procrear”, dice en unos instantes más bajos. Una sandez salvable apenas como muestra de alguien roto que en la emergencia busca desquitarse con un exabrupto.

Hay que recordar que para Cioran la escritura tiene que causar un impacto. Cada una de las piezas que publicaba tenía el fin de descolocar. Las palabras deben “hurgar llagas, suscitarlas incluso”, como llegó a admitir en alguna ocasión. No solo razonaba o procuraba ser sabio, daba espacio a la salida de tono, a la inconveniencia. En su opinión lo más interesante del alma recaía en sus tormentos.

El perdón le llega por la honestidad descarnada, la culpa que asumía, una imperfección que era su propia condena. “Yo no soy escritor”, confesaba, “todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe”.

Pero de nuevo. Había que continuar. El sufrimiento ya estaba, no quedaba otra que intentar redimirse aunque el paraíso fuera tan huraño. El autor naufragaba y mientras lo hacía tiraba botellas al océano donde los chispazos se intercalaban con el desconsuelo.

Cioran creía que nunca echaría raíces en el mundo. Y acaso de algún modo haya sido así. No obstante, aunque le chocara, su obra sí que dejó un legado. Píldoras de angustia que para mentes afines no resultan lacerantes, sino reveladoras. Una palmada de coincidencia que los hace sentir menos incomprendidos y solos.

Daniil Kharms: el chiflado que un día no escribió

Daniil Kharms1

Están los escritores de intemperie y están los escritores subterráneos. Los primeros son los que eventualmente uno se topa en las calles. Están en las librerías, en la televisión, en las recomendaciones. Sin mucho esfuerzo uno acaba por llegar a ellos. Algunas veces deslumbran, en otros casos hubiera sido mejor no conocerles. Los escritores subterráneos, por su parte, son a los que cuesta trabajo encontrar. Permanecen lejos de la vista. No están en las mesas de novedades. Ningún anuncio echa un aviso de que valen la pena. Hace años están muertos y ya no se les edita. Nadie se toma la molestia de rescatarlos. Se llega a ellos por alguna casualidad, gracias a una librería de viejo o la encadenación bendita de lecturas con las que se salta de un género a otro.

Daniil Kharms pertenece al grupo de los escritores subterráneos. Nacido el 30 de diciembre de 1905 en San Petersburgo, Rusia, se trata además de una de las figuras más excéntricas que tienen un espacio en el mundo de la literatura. En la actualidad no hay muchos vestigios de él. Aunque tiene admiradores repartidos en determinados circuitos, lo cierto es que se encuentra un tanto olvidado. Su trabajo, hasta el momento, ha sido ignorado por las grandes editoriales en español y las pocas veces que se le recuerda es como una curiosidad, y no como lo que es, uno de los escritores más interesantes, rebeldes y adelantados que dejó el siglo XX.

Su nombre verdadero era Daniil Ivánovich Yuvachev, y desde pequeño tuvo en mente la importancia del absurdo. Era lo que le interesaba a la hora de despachar una hoja en blanco. No conocía de estructuras y se fastidiaba ante la imagen de seguir hilos de coherencia. Daniil Kharms tendía a la anotación en vértigo, una urgencia para cambiar sentidos de una línea a otra y no casarse nunca con la obligación que implicaba llevar una historia tradicional. Se ahogaba si se extendía demasiado.

La vida no fue fácil para él. Tuvo la mala de fortuna de coincidir en tiempo y espacio con la política totalitaria de Stalin, misma que lo sumió en el hambre y la pobreza. Fue a partir de entonces que se radicalizó. Ante lo atroz del comunismo, optó por refugiarse en el sinsentido. En sus diarios confesaba que ya no le interesaban los significados ni ser práctico. A través del absurdo podía ejercer una gran clase de libertad. Ahí, con una pluma, no debía rendir cuentas a nadie, ni siquiera a la congruencia de lo formal.

La obra de Daniil Kharms, compuesta en su mayoría por piezas caóticas y sueltas, cuenta con una particularidad. Como señala el editor y poeta Matvei Yankelevich, el absurdo no es para él una sátira o dimensión aparte. En sus pequeñas historias, el disparate es visto como un asunto perfectamente cotidiano. La aparición de un cuervo parlante de cuatro patas (que más bien tiene cinco) en una cirugía no es aspaviento dentro de su mundo interior. Y debe ser visto como lo es. Una estampa de realidad, aunque no sea parte de nuestra norma.

En una carta dirigida a una amiga, Kharms estipulaba que a la hora de escribir poesía, lo importante para él no eran las ideas, ni el contenido ni la voluble concepción de “calidad”. Le importaba, en todo caso, la idea de pulcritud, limpieza. Algo extravagante, pero real. Para el escritor ruso las palabras pueden arrojarse y romper cristales si tienen la fuerza suficiente.

De este modo Daniil Kharms logra reinventarse en cada concepto, cada sílaba. Su gran compromiso es con la narrativa, y si hay cierto atisbo que quiera perseguir, no tiene miedo de derribar cualquier estructura. Una visión irónica le permitió un sano alejamiento de ataduras que contuvieran su palpitación artística.

No es que fuera alguien cínico o irrespetuoso. Al contrario, veía a la creación como un ejercicio ceremonial. Escribía mucho y con disciplina. Eso sí, no descartaba nada. No cumplía con el estándar de aquel que destruye lo que no funciona o lo que no le satisface. Él escribía y si no estaba convencido, ni hablar. Había que conservarlo y asumir que aquello era parte de la existencia. Como cualquier otra de nuestras acciones, era algo con lo que había que cargar. Las palabras, incluso las malas, merecían una consideración.

De ahí la particularidad de algunos de sus escritos que ni siquiera tienen un clímax ni un final como pudiera esperarse. Algunos de sus relatos comienzan con la aparición de un personaje. Y ya está, no añadía ningún complemento. Quizás hubiera un brío inicial, el cual no era correspondido al segundo siguiente. Así que prefería dejarlo como estaba. No todo en la vida tiene que ramificar.

LA REUNIÓN

Un día un hombre fue a trabajar y en el camino se encontró a otro hombre quien, luego de comprar una hogaza de pan polaco, se dirigía de vuelta a la casa de donde venía.
Y eso es todo, más o menos.

***

Perteneciente a una familia peculiar que en un principio gozó de relativa comodidad económica (su padre Iván fue un revolucionario que estuvo encarcelado con Aleksandr Uliánov, el hermano de Lenin; mientras que su madre pertenecía a la aristocracia), Daniil se inclinó al arte desde una tierna edad. Le gustaba actuar, dibujar y sentía una fascinación especial por la música, aunque finalmente se inclinó por la escritura y obtuvo un prestigio inicial cuando se dedicó a escribir obras infantiles (antes había fracasado con sus poemas), en las que aún no profundizaba en el eje avant-garde que finalmente adoptaría, y que en la obtusidad propia de los comunistas acabaría por ser tomado como de raíz “anti-soviética”.

El desenvolvimiento llegó en los años veinte, cuando junto a otros amigos fundó el colectivo OBERIU (palabra sin significado alguno), un grupo multidisciplinar en el que el delirio era el único consenso. Acróbatas, músicos, poetas y bailarines se conjuntaron para remover el pantano cultural.

Más allá de lo que dejaba entrever desde sus publicaciones, Kharms era todo un personaje en sí mismo que llamaba la atención en cualquier lugar en el que se presentaba. De altura considerable y rostro duro, vestía a la usanza inglesa, pipa incluida que le daba la pinta de una criatura extraña cubierta por la refinación de las telas.

Cuando visitaba algún bar o restaurante acostumbraba llevar sus propios cucharas, cuchillos y tenedores para afianzar su individualidad. Según Yankelevich, nuestro héroe se tomaba el papel de la extrañeza muy en serio y a veces se tiraba en la calle interrumpiendo así el flujo peatonal. Cuando la gente se acercaba para ayudarle o preguntar qué había ocurrido, él simplemente se ponía de pie y volvía a ponerse en marcha.

La fiesta, empero, pronto llegó a su fin cuando el marxismo-leninismo echó raíces en la comunidad soviética. Ante la visión totalitaria de los bolcheviques no había espacio para bufones como los del grupo OBERIU, quienes debieron andar con renovadas precauciones. Ni siquiera los chiflados podían soslayar una dictadura de semejante calado.

En 1931 Daniil Kharms fue detenido. Su idealismo y ensoñaciones chocaron de lleno con el materialismo stalinista. Las autoridades temían que sus campanas surrealistas pudieran contaminar a los niños, quienes debían estar concentrados en el pragmatismo que beneficiaba al régimen sanguinario en el poder.

Pasada una temporada que se vio obligado a pasar en el exilio, las cosas ya no volvieron a ser las mismas. Rusia había cambiado en un corto periodo de tiempo. El utilitarismo era la norma y ya no había espacio para sujetos como él. De algún modo el sistema lo había boicoteado y ya no encontraba espacio para colocar sus escritos. La sociedad, cada vez más aprensiva, le cerraba las puertas.

Nunca alcanzó a ver su obra adulta publicada. Lo suyo era incompatible con el comunismo que censuraba cualquier palabreja que se saliera de los designios de “el tío Pepe”. Por fortuna, sus diarios y algunos textos sueltos fueron conservados por amigos y familiares para ser dados a conocer un par de décadas después de su muerte. Una selección notable fue reunida y traducida al inglés por Yankelevich: “Today I Wrote Nothing: The Selected Writings” (Overlook Books, 2007).

De cualquier modo, mientras vivió, Daniil intentó continuar con el minúsculo margen de maniobra que le quedaba. Disminuido y sin holgura económica, en 1941 fue otra vez detenido, esta vez por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (el temible NKVD). Hubo algo que lo salvó de terminar en un campo de concentración: su comportamiento, el cual fue juzgado como propio de alguien con problemas mentales.

Condenado a terminar en la división psiquiátrica de la cárcel Krestí, el cuadro empeoró cuando le tocó vivir desde el encierro un acontecimiento histórico: el sitio de Leningrado. El asedio de los nazis sumió a la actual San Petersburgo en la peor de las hambrunas. Quienes no estaba recluidos podían salvarse al comer ratas o incluso recurriendo al canibalismo. Daniil Kharms desde su celda no podía hacer lo mismo (ni siquiera los guardias gozaban de alimento digno ). Murió de hambre en su celda el 2 de febrero de 1942, a los 36 años. El absurdo fue batido por la crueldad objetiva.

***

A continuación una breve selección de los escritos de Daniil Kharms.

DEL CUADERNO AZUL

Del álbum de recortes

Una vez vi a una mosca y a una chiche enfrascarse en una pelea. Fue tan aterrador que corrí hacia a la calle y corrí lo más lejos que pude.

Lo mismo pasa con el álbum de recortes: haz alguna cosa sucia y de pronto ya es demasiado tarde.

11.

Una abuela tenía solo cuatro dientes en la boca. Tres dientes arriba, y uno más abajo. La abuela no podía masticar con estos dientes. A decir verdad, eran inservibles para ella. Debido a lo anterior, la abuela decidió quitarse todos los dientes e insertó un sacacorchos en su encías inferiores y minúsculas tenazas en las superiores. La abuela bebía tinta, comía betabeles y se limpiaba los oídos con fósforos. La abuela tenía cuatro conejos. Tres arriba y uno abajo. La abuela solía atrapar conejos a manos limpias y luego los ponía en jaulas. Los conejos lloraban y se rascaban las orejas con las patas posteriores. Los conejos bebían tinta y comían betables. ¡Sha-ha-ha! ¡Los conejos bebían tinta y comían betabeles!

16.

Hoy no escribí nada. No importa.

Sin título

Odio a los niños, a los ancianos y a las viejitas e individuos mayores razonables.

Envenenar niños es cruel. ¡Pero algo debe hacerse con ellos!

Solo respeto a las jóvenes y saludables muchachas rechonchas. A cualquier otro representante de la humanidad lo trato con reservas.

Las mujeres viejas que andan con pensamientos sensibles deberían ser aprehendidas con trampas para los osos.

Cualquiera cara con determinado sentido de moda despierta en mí las sensaciones más repugnantes.

¿Por qué hay tanto alboroto por las flores? Hay un aroma mucho mejor entre las piernas de las mujeres. Esa es la naturaleza para ti, y por ello nadie se atreve a tomar mis palabras como desagradables.

—Daniil Kharms.

[Traducciones propias a partir de las versiones en inglés de Matvei Yankelevich)

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Alejandra Pizarnik a quemarropa

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Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

—Alejandra Pizarnik.

Los diarios de Alejandra Pizarnik son de lectura pesada y angustiosa. No hay tregua en ellos y al transcurrir por sus páginas queda la sensación de impotencia, la de no poder hacer nada por ayudar ni para levantar a la mujer del pozo en el que se encuentra. La escritora ya no está, y su testimonio, en donde la sinceridad puede confundirse con regodeo depresivo, solo puede verse, como es natural, con resignación. Un paño de lágrimas que se exprime para sacar la belleza que aparece cada tanto en esas reflexiones llenas de aflicción que, oh sorpresa, no son nada ajenas para algunos lectores (con esa familiaridad que ella experimentó al leer a Pavese). Pizarnik estaba en el abismo y tuvo un talante heroico para dar cuenta de ello.

Lo de Pizarnik es un grito delicado, una desesperación que trasluce con suavidad. Cada una de las entradas nos hace partícipes de sus miedos. Los de un pobre ser encaminado a un fin abrupto, anticipado. Cabe preguntarse cómo es que en medio del decaimiento ella encontraba fuerza o disposición para llevar un registro de la hecatombe.

Da la impresión de que en su escritura hay una clase de búsqueda, y que al menos durante un tiempo llevaba dentro de sí una pequeña llama que no se terminaba de apagar. Una luz que, aunque tenue, bastaba para dar pinceladas de vida. Una sensibilidad enmarcada por el desgarro espiritual.

Lo más probable es que la literatura fuera para Pizarnik un elemento de compensación. En uno de sus apuntes cita a Apollinaire, para quien la escritura era llenar un vacío. Palabra tras palabra se derrotaba así a la página en blanco. En el caso de la argentina, lo que se confrontaba no era una página en blanco, era el abandono que le embargaba por dentro. Hablamos de alguien que bordeaba la muerte de cerca como una afirmación. Sola ante el límite podía percibir mejor sus pensamientos, miraba el precipicio como un hábitat natural.

Sin la escritura se asfixiaba. Lo consideraba un acto bello, rebosante de magia. Un cuaderno marchito podía volverse en caleidoscopio si una pluma se deslizaba con tino en sus páginas.

Para Alejandra Pizarnik cada día era una batalla, una aventura de la que no saldría indemne. Presenciar su agonía duele y se deambula por los párrafos con la ilusión de que de pronto sobrevenga un respiro, alguna tarde que le ofrezca un consuelo a la autora, un instante que redima su triste destino. El episodio no llega o al menos no fue hecho patente en los diarios. La lámpara nunca encendió. Los planes se desvanecen poco a poco y cada nuevo coletazo de entusiasmo encuentra pronto el desasosiego.

El combate librado contra sí misma era casi tan intenso como el que sentía contra un exterior al que percibía adverso y hostil. Ni siquiera lograba la redención a través de sus poemas, esos que a veces le despertaban orgullo, pero que eventualmente le resultaban un eclipse, un mancha de lo que pudo ser y nunca fue. Simplemente no podía gozar de lo que había. No podía “vivir como un ser humano”.

El fin se adivina cerca en los versos y líneas y, sin embargo, no llega tan pronto como se pudiera atisbar. El sufrir se prolonga. La angustia derramada representa supervivencia también.

En determinado punto, Pizarnik lamenta “la incapacidad de hilar un pensamiento”. Describe su actividad mental como un verdadero caos, un “suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas”.

Tanto llanto, tanto agobio, era un ritmo que solo podía sostener en soledad. En el más radical decadencia, Pizarnik decidió aislarse, aunque eso le apretara el corazón. No quería molestar más. Los cuadernos fueron los últimos cómplices, ante ellos se podía desahogar sin afectar a terceros. Como ella misma admitía, la ansiedad era su estado genuino, “ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”.

El erotismo era una asidera que de tanto en tanto la mantenía a flote. De vez en cuando tenía esos episodios febriles en donde se derretía en deseo. No tenía complejos para manifestarlo. “Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. […] Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso”.

Alejandra Pizarnik se suicidó en 1972. Tenía 36 años. Estaba marcado en su camino. Era inevitable. Desde pequeña cargó con una cruz. Minada de antemano, decidió quitarse la vida luego de salir del hospital en donde estaba internada por la depresión. No le quedó de otra. Se atiborró de pastillas en el adiós definitivo. Un final ni lindo ni floreado, no muy idóneo. Pero así son las cosas. Como ella misma señaló, es difícil morir bien.

El periodismo no es para cínicos

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Para el reportero polaco Ryszard Kapuscinski, el periodismo era un gran ejercicio de resistencia. A su juicio, quien se dedique al oficio debe ser capaz de aguantar más allá de lo que se toleraría en cualquier otro trabajo más o menos del rango. ¿Qué otro chiflado se metería a una zona de guerra sin fusil por un sueldo mediocre, pudiendo renunciar sin sufrir consecuencias legales? Solo los empecinados como él, quien a lo largo de una extensa carrera recorrió áreas en conflicto como África, América Latina y Europa del Este.

Resulta recomendable, por tanto, que un reportero sea alguien templado y fuerte más allá de la inteligencia o don con la pluma que pudiera tener; de otro modo el talento podría desmoronarse en tiempos de crisis que es donde más se necesita lanzar artículos. Un corresponsal, decía Kapuscinski, debía tener ese balance físico y mental, ya que caer en pozos depresivos no resulta recomendable cuando hay que entregar notas a mansalva. Los acontecimientos no esperan, llegan y como tornado se van, no hay tiempo para los titubeos y más vale estar apto para plasmarlo en papel cualesquiera que sean las circunstancias personales por las que pase el autor.

De ahí que muchos de los mejores periodistas sean arrojados (aunque no todos, hay uno que otro que se desenvuelve bien desde la comodidad del sillón, pero hace falta mucha sensibilidad y cultura para lograrlo). Tal característica puede compensar lo demás. Quizás esa persona no redacte muy bien y carezca elementos mínimos para contextualizar lo que percibe. En cualquier caso, si está ahí en el momento adecuado y lo registra, puede entregar una verdadera joya que un editor hábil podrá convertir en una pieza memorable.

El periodismo, además, es un poco ingrato y funciona como un boxeo acelerado. No basta con obtener una gran victoria. Pronto hay que ir por una más. Los pugilistas tienen meses para preparar el próximo combate. En cambio quien lucha dentro de la prensa tiene que ponerse los guantes al día siguiente ya que pronto queda rebasado por el tiempo. No hay demasiado espacio para celebrar: la experiencia y la jerarquía se quiebran si no hay una renovación. Un escritor joven puede desplazar al viejo si este último se instala en el conformismo. El escritor debe permanecer en pie de lucha y no creer que su tarea está cumplida jamás, salvo cuando se retire y admita de algún modo la muerte.

Las salas de redacción de muchos periódicos están atrofiadas por viejas figuras que creen, en su confortable soberbia, que los años acumulados les ofrecen un especie de derecho. Esta gente no se actualiza y son tan pagados de sí mismos que no escuchan a los jóvenes quien bien les podrían ayudar a refrescar la mente que ya tienen tan marchita.

Muchos directores generales, por desgracia, se les compra a estos veteranos. Y así el lector percibe que la oferta de determinados diarios expide un aroma similar a la de la madera que no ha recibido el tratamiento requerido.

Lo viejos lobos de mar se cuecen aparte. Son los que ya con canas y arrugas siguen con el instinto activado. Ellos preguntan, están al tanto de las novedades y no temen rodearse de gente recién graduada que, con todos sus errores y limitaciones, cuenta con un tesoro preciado como lo es la chispa y la naturalidad. Estos hombres y mujeres mayores son los que crecen en armonía, los que adoptan el papel de un antiguo capitán que, ya sin un ojo y con una pata de palo, logra dirigir una embarcación donde bellas doncellas y jóvenes mozos ayudan a sobrellevar el embate de las olas.

Kapuscinski tiraba un sabio consejo para quien se inicia en el periodismo: si había que escribir sobre alguien, había que compartir aunque fuera un poco de la vida con él. Estar ahí. Permanecer cerca de aquello que se intenta retratar y no estar al margen de los seres humanos que componen el paisaje. Vivir en carne propia aquello que se busca plasmar por escrito. Esto implica riesgos, sin dudas, pero es la única forma de entregar algo medianamente real a la vez que permite no dejarse engatusar por testimonios viciados por el interés de un individuo.

Si se va a escribir sobre una plantación de algodón, la excelencia pide apersonarse en el sitio y mirar. Y no solo eso, si se aspira a conseguir la mayor exactitud posible, conviene incluso realizar labores por una jornada para atisbar, apenas levemente, lo que los trabajadores experimentan de sol a sol no solo un día, sino la profundidad de los años, los instantes más preciados de sus respectivas existencias.

Sacrificio y sacrificio. Esa era la posición que, a juicio del reportero polaco, debía ser asumida por los periodistas. Se trata de una profesión muy exigente, decía. “Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Este es un trabajo que ocupa toda nuestra vida. No hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto”.

Uno podría pensar que un empleo tan demandante tendría que conllevar grandes beneficios. Pero no es así, no al menos en el plano económico, aunque hay satisfacciones de otra índole que sin duda son alimento para el espíritu (no así para la cuenta bancaria). Una vocación auténtica es vital en este punto, sobre todo en los primeros años, cuando los aspirantes ganan poco por más que se esfuercen. Podría decirse que la frustración se vuelve una constante. El trabajo no termina nunca y las recompensas son pequeñas y fugaces. Sin embargo, hay una capa que empuja a estos servidores. Una fuerza inasible y no del todo explicable.

Por eso la vocación era tan importante. Los cínicos no sirven para este oficio, decía Kapuscinski en una entrevista recogida en un libro con el mismo nombre (Anagrama, 2006). El periodismo exige integridad en cada poro. Y el polaco añadía que las malas personas no pueden ser buenos en el ramo. Quien es noble tiende a ser honesto, a ser preciso, intenta comprender a los demás. No utiliza las tragedias como artificio y recurre en cambio a la empatía, una forma de entender la psicología de los personajes, esa gente a pie a quien se da voz en en lugar de caer en la tentación del reportero ególatra que asoma una y otra vez la cabeza en los textos como para el lector se acuerde que él estuvo tras los párrafos.

Curiosamente Kapuscinski no estuvo libre de la polémica. Pese a su estatus de leyenda y recibir múltiples galardones a lo largo de su vida, tras su fallecimiento en 2007 crecieron los cuestionamientos en torno a su obra que, en opinión de algunos, se tomaba demasiadas licencias. Su prosa, de tan redonda y pulida, despertó sospechas. Sus libros y reportajes eran demasiado estilizados como para corresponder a la realidad. Más de un periodista sabe que ante la carrera a contrarreloj no hay muchas posibilidades de perfección. La realidad tiene esos inconvenientes y por ello algunos terminan por aderezar con algo de ficción amistosa. Así se llenan huecos de otro modo insalvables, pero se pierde a cambio autenticidad. Se ha traicionado el pacto con el lector, quien espera no una novela, sino la máxima fidelidad del periodista respecto a lo que ocurre a kilómetros de su hogar.

Adicionalmente, poco a poco se desveló la relación laboral entre Kapuscinski y los servicios de inteligencia de su país, que aunado a una juventud marcada por la filiación comunista (llegó a escribir poemas dedicados a Stalin) disipada después, terminó por develar errores y sesgos ideológicos en su trabajo, propenso igualmente a fiarse mucho de la versión del pueblo antes que del rigor analítico. Ryszard tampoco escatimó en detalles para fortalecer su propio mito, aunque para ello dejara que se deslizaran falsedades.

Sus libros, de cualquier manera, no tienen desperdicio. Son plenamente disfrutables y continúan como referencia. Eso sí, hay que verlos con ojo crítico, como todo. El periodismo no es para cínicos, pero sí para seres humanos, con las contradicciones y los claroscuros que nos vienen de nacimiento.

Albert Camus: el amor y el exilio

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El exilio fue la constante en la vida de Albert Camus. Un exilio espiritual, físico y emocional. Nacido, en Argelia, nunca se libró de la sensación de “no pertenecer”. A diferencia de otras figuras de su época, él no se educó en escuelas ni universidades de élite; cursó la educación media-superior en el liceo de Argelia, una institución muy limitada en comparación al Lycée Henri IV, al Lycée Louis-le-Grand o todas esas “grandes écoles”, en donde se instruyeron Michel Foucault, Alain-Fournier, Jean-Paul Sartre o Jacques Derrida.

Camus tampoco fue aceptado en su momento para estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas de París. Acabó por cerrar su educación formal en la Universidad de Argel, la única ciudad a la que veía como un verdadero hogar.

El autor de “El extranjero” no veía su condición provinciana como algo negativo, al contrario. Siempre agradeció a todas esas personas sencillas que se atravesaron en su camino y que conformaron para él una alta concepción de la ética y la moralidad. De hecho Camus prefería juntarse con la gente de a pie antes que con la clase intelectual que tanto le aterraba y a veces asqueaba. Conversar con niños, trabajadores, campesinos y futbolistas era para él más satisfactorio e instructivo que escuchar la enésima perorata que los filósofos tiraban desde cafés citadinos. No por nada, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, decidió enviar la famosa carta de agradecimiento a Louis Germain, uno de sus profesores de la primaria a quien le agradeció por la inspiración y servicios prestados con una humildad inaudita para alguien de su calibre y estatus. Germain fue quien convenció a la familia de Camus para mantener al pequeño en la escuela y no ponerlo a trabajar, como requería la economía del hogar. La familia tuvo que hacer un enorme esfuerzo, pero finalmente hicieron caso a aquel tutor insistente que confiaba en el potencial de ese niño que acabaría por darle la razón.

“Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

***

Como no podía ser de otra forma, Albert Camus encontró el amor en otra exiliada, la actriz María Casares, quien luego de la guerra civil española tuvo que escapar a Francia, en donde llevó una prolífica carrera en el mundo del teatro. Se conocieron en marzo de 1944 y consumaron el amor el 6 de junio de ese mismo año, en los albores de la segunda guerra mundial. Unas horas antes los aliados habían llevado a cabo el histórico desembarco de Normandía para rescatar uno de los pilares de la civilización occidental que estaba invadido por nazis.

Camus estaba casado por entonces con la pianista y matemática Francine Faure. Pero Camus y Casares pudieron gozar de una relación temporal ante su ausencia. Francine se encontraba refugiada en Argelia debido a la tensión bélica que asolaba al país galo. Pero cuando ella al fin regresó a París a finales de ese mismo año, el par de amantes tuvo que cambiar la dinámica. Decidieron terminar; dejarlo así, como un amor de verano. Lo más conveniente era que cada uno siguiera a lo suyo. Ella con la actuación y él con la escritura, su esposa y los dos hijos que tendrían en septiembre de 1945.

Todo parecía acabado entre la actriz y el escritor. Acaso todo quedaría como una historia que tendrían que guardar en la memoria, como un tormento inconcluso. Pero en 1946, curiosamente otro 6 de junio, ocurrió lo extraordinario. Camus caminaba por el Boulevard Saint Germain cuando por casualidad fue topado por Maria Casares. El encuentro fortuito, luego de largo tiempo de no verse, exactamente 2 años después del ascenso de su amor, fue interpretado como una señal. El cariño y el deseo no se habían ido. Esta vez decidieron que los compromisos circunstanciales no los iban a detener. Aunque fuera en lejanía, iban a continuar con el vínculo.

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Camus y Casares tuvieron ires y venires, se veían muy esporádicamente. La cercanía se mantuvo más que nada por vía epistolar. La pareja se escribió cartas por más de 12 años. El contenido de las misivas no ha sido editado en español, pero Stephanie LaCava, editora de Small Press Books, ha recogido varios fragmentos en inglés.

Así fue posible darse cuenta que María Casares fue un soplo de aire fresco para Camus, quien confesaba sentirse embebido y fascinado por aquella chica española que le había cambiado la concepción de la realidad. El francés se había llenado de buenas sensaciones gracias a ella; odiaba menos, aceptaba más y, en sus propias palabras “había aprendido a vivir”.

Camus, sin embargo, se sentía agobiado. Creía que no estaba ofreciendo lo suficiente. A sabiendas de la distancia, de la vida matrimonial que llevaba y las responsabilidades que tenía por condena, Camus estaba apenado por lo que ofrecía a una chica tan extraordinaria. “Este amor desafortunado no es lo que mereces”, le dijo en una memorable línea de sus cartas.

En muchos sentidos, Camus veía la relación con Casares como algo irracional, casi tonto. Tenía a dos mujeres (y otros deslices pasajeros) a cada extremo de una cadena irresoluble que avanzaba sin más. Otras veces Camus asumía tal condición. La vida era absurda de cualquier modo. Qué más daba dejarse llevar por ello si había placer y amor de por medio. “En ti encontré una fuerza de vida que creí haber perdido. Eres el único ser que me ha reducido a lágrimas”, le confesaba a María.

Pese a todo, Albert Camus no se divorció por el respeto ceremonioso que sentía ante el compromiso. Había establecido una proximidad oficial con su mujer y había que ir hasta las últimas consecuencias. Albert Camus se negaba a renunciar, sin saber que en el amor eso podía tener un doloroso efecto secundario. Francine Faure sufrió por la simulación más de lo que probablemente hubiera padecido con una separación. La esposa de Camus sabía de la infidelidad que su marido sostenía a larga distancia. No reclamó demasiado y más bien interiorizó la aflicción hasta caer en un cuadro depresivo que la llevó a un intento de suicidio. Lo más probable es que María Casares fuera el amor definitivo de Camus.

Y vaya que necesitaba de un fuerte amor. A mediados de siglo Albert Camus se encontraba en un momento complicado. Pese al aura estelar que le había otorgado el éxito de “El extranjero” y “La peste”, pronto la confrontación con Sartre lo convertiría en un proscrito de la intelectualidad francesa, tan sumida en dogmas en esos días. Camus rechazaba el compromiso político y defendía la duda a ultranza, el alejamiento. La posibilidad de decir “no”.

Por eso rompió con la izquierda, la que demandaba el aceptar un liderazgo y llevar una postura comunal. Camus tenía el desapego como núcleo. Se negó rotundamente a apoyar a regímenes totalitarios por más novedosos o deslumbrantes que parecieran en un principio. Las intenciones no bastaban, había que exigir resultados. Para él había que criticar y no dejarse embaucar por lo que decía una panda de demagogos.

Por lo anterior fue cada vez más apartado por otros escritores de su generación. De algún modo no pertenecía. Era ajeno. En plena batalla ideológica a escala mundial, la mayor parte de los intelectuales franceses, a la estela de Sartre, mantenían la obsesión por una revolución malentendida a la que había que apoyar a toda costa.

No había compromiso intelectual, sino militancia. Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros cerraron los ojos y callaron ante los excesos del imperio soviético y sus satélites. Cualquier francés que no aceptara tales condiciones era purgado de los círculos sociales. Fue el caso de Camus, cuyos trabajos fueron criticados con severidad por parte de Sartre hasta casi vetarlo cualquier medio en el que tuviera influencia.

Camus, en cambio, se refugiaba en la duda y en la individualidad. Visto a distancia, no parecer francés lo vuelve un ejemplo destacado de lo que significa el proyecto francés en su ideal de incluyentismo. Ya en “El mito de Sísifo”, Camus había mostrado su parecer sobre el extranjero, aquel que ante un mundo indiferente y sin luces se siente desposeído. Una división entre el ser humano y lo que tiene. Un desajuste. Una perpetua anomalía.

Camus vivía agobiado por inseguridades y el enorme peso de la responsabilidad, como definía Tony Judt en un ensayo brillante. El amor entonces era un alivio. Maria Casares lo animaba y a través de cartas y postales lo impulsaba a seguir. “Escribe y escribe”, le pedía, al tiempo que le remarcaba lo importante que sus letras eran para que ella, a su vez, aguantara sus pesares.

La vida como absurdo, en esa cruel indiferencia deparó un abrupto final para la relación. El 4 de enero de 1960 Camus se dirigió a María Casares para anunciarle su ansiado encuentro que llegaría pronto. Llevaban largo tiempo sin verse. “Bien. Última carta. Solo para decirte que llego el martes. Pronto… mi espléndida”.

El abrazo ya nunca llegaría. Camus murió en un accidente automovilístico antes de emprender el viaje. En uno de sus bolsillos iba el boleto de tren que estaba destinado a llevarlo con su amada.

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Hemingway y Fitzgerald: amienemigos y malditos

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La sinuosa relación entre F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway es uno de los ejemplos más significativos de lo relativo que es la amistad y cómo es que una rivalidad, aunque sea velada y diplomática, puede resquebrajar lo que alguna vez fue bello.

Ambos se conocieron en 1925. Eran ya entonces, y lo serían siempre, dos figuras contrastantes en personalidad pero que a su modo compartían una debacle interna con las que les costaba trabajo lidiar. Uno reaccionaba a la penuria con megalomanía, el otro con una irremediable melancolía. Ciertas afinidades los unieron, pero el choque de caracteres eventualmente los separó.

En aquel primer encuentro, Hemingway era un escritor sin mucho renombre, mientras que Fitzgerald ya se había consolidado con grandes relatos y las novelas A este lado del paraíso, Hermosos y malditos, además de ese as bajo la manga (que durante su tiempo de vida no lo fue tanto) llamado El Gran Gatsby que había sido lanzado unas semanas antes.

Con el paso del tiempo la fortuna se invertiría; la trayectoria de Hemingway tomaría un constante ascenso mientras que la de Fitzgerald se estancaría y hundiría por una serie de factores asociados a sus problemas personales y profesionales, dos caras de una misma moneda: su naturaleza terriblemente sentimental e insegura.

Hemingway contó en el libro París era una fiesta (concebido para ser publicado póstumamente) lo ocurrido en la primera fase de su amistad, en donde no tardó en destacar las vulnerabilidades de Scott, a quien describió como un hombre tímido al que le faltaba vivir. En la historia queda claro que les unía el amor por el alcohol y el sueño de resonar en la literatura. Aun así, Hemingway no desaprovechó la oportunidad para señalar el poco aguante de su colega para la bebida, además de remarcar un punto que a él le parecía muy significativo. “Mi sospecha es que Scott no había nunca bebido vino directamente de la botella”, decía al describir la emoción que aquel escritor consolidado tuvo al tener contacto con él, más joven, libre y salvaje, al tiempo que criticaba la insana dependencia que Scott tenía por su esposa Zelda, como si fuera un niño pequeño.

Hemingway decía que tener una pareja como Zelda era una condena para Scott. Un lastre que, en su opinión, significaba una desventaja respecto a otros escritores. “Pienso que Scott, en su extraña mezcla de catolicismo irlandés, escribió para Zelda y cuando perdió toda la esperanza en ella y ella destruyó su confianza en sí mismo, todo se terminó”, diría en alguna carta.

Estas indiscreciones e impertinencias no eran una mera casualidad. Parten más bien de un plan deliberado de Hemingway para marcar territorio. Una postura que tomaba frente a quienes rivalizaban con él en cuanto a calidad. Si Fitzgerald trataba mal a quienes consideraba inferiores, Hemingway se ensañaba con sus iguales o quienes estaban por encima; era su forma de posicionarse a la cabeza.

La actitud de Hemingway resulta extraña e injusta, toda vez que su primera novela, The Sun Also Rises (o Fiesta, como se lanzó en español), salió, en parte, gracias la notable colaboración de Fitzgerald, quien fue siempre atento y amable con él, y a quien incluso dio consejos para que mejorara en su labor narrativa, además de mover sus influencias para que el trabajo de Hem pudiera ser editado y publicado.

Fiesta se volvió una bomba y derivaría en un éxito tras otro, un torbellino de popularidad que se vería fortalecido por la arrolladora personalidad del autor. Al cabo de poco tiempo Hemingway cambió su perspectiva hacia Fitzgerald, por quien tuvo un respeto y admiración en un principio. Después de unos años, se distinguió por ser condescendiente, severo e incluso cruel con Fitzgerald, quien empezaba a vivir su proceso de demolición envuelto por dilemas amorosos, literarios y financieros.

En “París era una fiesta” queda constancia de ello. Hemingway utiliza a Fitzgerald como personaje, dejándolo muy mal parado, salvo por unas líneas que aparecen esporádicamente en el texto. Hemingway no tenía ninguna piedad, la lealtad a un amigo le importaba poco si es que la traición le dejaba algún rédito como autor. Si le apetecía erigir su imagen de macho alfa, Ernest no tenía ningún empacho en distorsionar la realidad a su favor, aunque para ello tuviera que atacar a quien fue dulce con él.

Acaso por su gusto por el boxeo y la tauromaquia (sumado a su contacto con la guerra), pareciera que Hemingway vivía instalado en una dinámica de competencia. Y por ello entendía que para ganar había que suprimir o cuando menos aplastar al otro. Era una forma de mantener el estatus, un ego que al final se confirmaría como más blando de lo que decía la leyenda. Era una criatura inestable escondida bajo un caparazón gastado.

Hemingway tenía una manía por imponerse. Ni siquiera en los años más decadentes de Fitzgerald, Hemingway tuvo el gesto de echarle una mano a quien lo había impulsado en el momento crudo, cuando nadie más apostaba un centavo por él. Se puede decir que fue ingrato con su mentor, menospreciando lo que Fitzgerald en su momento le dio y negándose a reconocer la importancia que aquel dandy tuvo en su curso.

En efecto, la mente tras El viejo y el mar no tuvo la honra de evocar el respaldo de su amigo, y de no haber sido por investigaciones postreras realizadas por académicos, no sabríamos, por ejemplo, que Fitzgerald tuvo un papel crucial para el estilo conciso y la brevedad que caracterizaron a Hemingway.

Guillermo Niño de Guzmán lo apunta en un artículo. En una carta de Fitzgerald, descubierta entre las pertenencias de Hemingway después de su muerte, el creador de Benjamin Button recomendó a Hem eliminar dos capítulos de su primera novela, algo que este último hizo sin que nunca reconociera la valía que tuvieron las sugerencias del autor de Gatsby para su carrera. Una cicatería que, por cierto, también tuvo con Gertrude Stein.

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Scott tenía un corazón vulnerable en más de un sentido. Con menos de cuarenta años se sentía ya acabado y amagaba con renunciar a todo. Se dolía, pero también se regodeaba en su fracaso, un asunto en el que quizás encontraba cierto aire de romanticismo. Hemingway estaba consciente de ello y no tuvo pudor en airear el tipo de dinámica que imponía en el vínculo. “Siempre he tenido un estúpido e infantil sentimiento de superioridad ante Scott, como el de un chico duro y resistente que desprecia a otro, más delicado quizá, pero con talento”.

El que quizás haya sido el punto de ruptura definitiva llegó en 1936, con la publicación del cuento “Las nieves del Kilimanjaro”, en donde, además de minimizarlo, Hemingway hace mofa de la manera tan ceremoniosa con la que Fitzgerald veía a las clases altas. “Se acordó del pobre Scott Fitzgerald y de su romántico, reverencial respeto por esa gente. […] Pensaba que los ricos formaban una clase social de singular encanto. Por eso, cuando descubrió lo contrario, sufrió una decepción totalmente nueva”.

Scott se apresuró a mandar una carta para reclamar tal atrevimiento, pero incluso ahí mostró una digna elegancia y deferencia por quien, en contraparte, lo había sobajado ya en más de una ocasión.

“Querido Ernest:

Por favor, no hables de mí en tus libros. (Directo y al grano). Si a veces decido escribir de profundis, eso no significa que quiera que los amigos (¿así que seguían siendo amigos?) recen en voz alta sobre mi cadáver. Sin duda que tu intención fue buena (¿cómo podía ser de otra manera?), pero me costó una noche de insomnio (solo una noche: soy más fuerte de lo que tú te crees). Y cuando incorpores el relato a un libro, ¿te molestaría quitar mi nombre? […]. Es un bello relato, uno de los mejores que has escrito (absolutamente cierto y, dadas las circunstancias, perspicaz y generoso) aunque eso del “pobre Scott Fitzgerald, etc” más bien (por no decir algo peor) me lo haya estropeado.

Siempre tu amigo (a pesar de todo) Scott”.

Llegó así el distanciamiento. Fitzgerald prefirió ya no tener a Hemingway como prioridad. De hecho solo se encontraron personalmente cuatro o cinco veces a lo largo de la década de los años 30, si bien mantuvieron contacto vía postal.

El periodista Scott Donaldson dio cuenta de todo ello en el libro Hemingway contra Fitzgerald: auge y decadencia de una amistad literaria (Editorial Siglo XXI), en donde queda reflejado el resultado explosivo de mezclar a alguien agresivo con alguien tortuoso.

Un mes antes de su muerte, acaecida el 21 de diciembre de 1940, Scott mandó una carta a Hemingway en la que lo felicitaba por su más reciente novela, Por quién doblan las campanas. Pese a todo, siguió cortés con su amienemigo hasta el final. “Es una gran novela”, le dijo. “Felicidades también por el gran éxito de tu nuevo libro”, añadió. “Nunca te había dicho cuánto me gustó ‘Tener y no tener’. Tiene tales observaciones y está tan bien escrita que los chicos la imitarán con toda su alma, hay parágrafos y frases comparables a Dostoievski por su deslumbrante intensidad. Te envidio terriblemente y no hay ninguna ironía en ello. Siempre me gustó Dostoievski más que ningún otro escritor europeo por su gran universalidad; y envidio el tiempo que te dejará para hacer lo que quieras”.

No obstante, en los mensajes privados se conoce la verdadera cosmovisión que alguien tiene de un tercero. Unos días antes, Scott había mandado una carta a Zelda en donde expuso su opinión sobre “Por quién doblan las campanas”. Esa vez fue mucho menos elogioso con la obra de Hemingway, aunque admitió que aún no lo terminaba.

“Ernest me mandó su libro y voy por la mitad. No es tan bueno como ‘Adiós a las armas’. Creo que no tiene la misma intensidad, ni la frescura, ni los momentos de inspiración poética. Pero supongo que complacerá al lector medio…”.

Fitzgerald moriría semanas después. Un ataque cardiaco acabó con su vida, que desde hace mucho había dejado de ser un festín. Se fue derrotado, frustrado y en el abandono. El gran público lo había dejado de leer y nadie creía más en su repunte. Ya no pudo saber de la fama que le llegaría con el pasar de las décadas.

Parece que a Hemingway no le agradó mucho el éxito póstumo que llegó para Scott y en repetidas ocasiones siguió poniéndole el pie a su legado. Tampoco tuvo la consideración de asistir a su funeral, aunque para ser justos casi nadie lo hizo.

De toda esta maraña, de todo este enfrentamiento, quizás haya que seguir el consejo de Tony Soprano y quedarse con los momentos que fueron buenos. Hemingway escribió algo conmovedor y certero sobre Fitzgerald. Fue el comienzo del capítulo dedicado a Scott del ya mencionado “París era una fiesta”, el libro que dejó preparado antes de pegarse un tiro.

“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

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