Una o dos tazas de té para empezar

refugio

La imagen de arriba fue tomada el 25 de diciembre de 1940 en Londres, Inglaterra. Es la celebración navideña de un grupo de personas que aguantaban los bombardeos nazis desde un refugio subterráneo. Lo hacían lejos de sus hogares, lejos de una ventana con vista al jardín. La operación Blitz fue el bombardeo que los alemanes lanzaron sobre tierras británicas entre septiembre de 1940 y  mayo de 1941. Durante el periodo fallecieron más de 40,000 personas inocentes y más de un millón de casas quedaron destruidas. El plan de Hitler y sus hombres era debilitar la infraestructura de los británicos con miras a una futura invasión estratégica, una vez que habían ya ocupado gran parte de Europa (incluido el norte de Francia). Pero su intención era también diezmar los ánimos de la población civil. Quebrar su moral y causar una ruptura interna. De ahí que el objetivo de sus bombardeos fuera en exceso cruel, sin apenas contemplaciones por los lugares que acabaron afectados. En ello iba contenido el enojo y la impaciencia alemana, ya que las autoridades británicas habían decido ser la excepción: se mantuvieron férreos y plantaron cara a la Wehrmacht hasta las últimas consecuencias. Eran la única presencia en Europa que se les resistía por aquel entonces. De ahí que la violencia se dirigiera a otras tantas ciudades, entre las que se encontraron LiverpoolBirminghamSouthampton. Sin embargo, el gran torbellino cayó precisamente en Londres, que terminó por sufrir cerca de 71 bombardeos. El mensaje era claro. Aplastar al Reino Unido era una prioridad de Hitler en su obsesión de dominio territorial. La intención era barrer. Barrer rápido y sin piedad.

Pero olvidemos detalles dolorosos y pongamos de nuevo atención a la foto de ilustra este artículo. En términos prácticos las personas que aparecen ahí estaban escondidas bajo tierra (el país no estaba preparado para la situación, por lo que incluso las estaciones de metro tuvieron que adaptarse como guaridas) ante un panorama desolador. Apretados, en un espacio con poca ventilación y sin la compañía de muchos seres queridos. Nótese que solo un hombre se encuentra ahí (aunque su bigote bien podría contar por una familia). La mayoría de los presentes, de hecho, son niños. El conjunto de las circunstancias por las que atravesaban ofrecía poco para la alegría. La pintura es para llorar. No obstante, una vistazo rápido nos indica lo contrario. La gente está sonriendo. Pese a todo están sonriendo. Y no se tratan de sonrisas fingidas, sino (o al menos eso parece)  sonrisas llenas de una genuina emoción. Los nazis no los estaban amedrentado. La población no les estaba dando el gusto. Mientras la superficie se deshacía, ellos habían tomado la decisión de seguir adelante. De no interrumpir la fiesta ni los momentos de gozo. Quizás ese año no tendrían regalos ni comida fastuosa. Pero se tenían los unos a los otros. Había optimismo e ilusión. Y tenían té. Ahí llevan enfrente las tazas. Eso era irrenunciable, en consonancia a lo que decía Sir Arthur Wing Pinero en aquellas famosas palabras: “Donde hay té, hay esperanza”. Los enemigos podían destruir los alrededores y llevarse sus pertenencias, pero nadie podía quitarles la voluntad de pasarlo bien, de conservar el talante.

El peor de los bombardeos llegaría cuatro días después, el 29 de diciembre de 1940. El Reino Unido sufrió en serio. Se doblegó, mas no se rompió. Fueron momentos de gran tensión. Y aunque los daños materiales fueron enormes, y en eso los alemanes habían golpeado a placer, la victoria moral fue del pueblo británico. Aquellos rivales temibles no pudieron ocupar su territorio. A la guerra le quedaba mucha historia por delante aún. El sufrimiento no se detendría. Pero de igual forma nadie escatimó (y no solo Winston Churchill) en sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Con ello queda claro que la celebración en tiempos de crisis no es una frivolidad, más bien es un recurso necesario para mantener la moral. Se trata de un modo de resistencia. El abatimiento emocional puede conducir al rendimiento, a la derrota, mientras el júbilo mantiene el don de fiesta, el entusiasmo por la victoria. El quedarse en pie dando pelea. Al respecto, recordar otra frase, esta esta vez sacada de una novela de Jasper Fforde: “(…) no hay ningún problema en la Tierra que no pueda aminorarse con un baño caliente y una taza de té”. (Cita que, por cierto, circula con ligeras variantes  en redes sociales atribuida a un tal Bernard-Pablo Héroux del que no hay referencia en ningún lado y que, en definitiva, parece no existir, por mucho que se le divulgue sin reparar en fuentes fiables)

Ante la adversidad: calma e impavidez. Cierto dejo de menosprecio a la ola de lava que se viene. Que no, aquella avalancha de piedras y fuego no se llevará el crédito de romperte los nervios. Es conveniente, desde luego, tener un plan y trabajar duro para llevar a cabo el contraataque. La negligencia tampoco deja nada positivo. Fuera de eso, los ratos libres tienen que disfrutarse ya que de ellos nace la motivación para mantenerse firme. Seguir con normalidad hasta donde se pueda contribuye a no caer en dramatismos ni en desgastes que puedan acelerar una posible rendición o agotamiento. No. Un puñado de música, unas cuantas copas de danza y una mesa poblada de conversación. Ahí un combustible para sobrellevar la tormenta. Esto último queda resumido a la perfección en un artículo de Carlos Zúmer que topé hace poco y que sirvió de inspiración para este texto. Defender al máximo el estado de normalidad es vital en tiempos de guerra, en el que todo el malestar debe estar enfocado en los acontecimientos estrictamente necesarios, sin excesos. Mantener así la ecuanimidad por el mayor tiempo posible.

Una forma de ilustrarlo queda en la portada de un grupo precisamente londinense. Me refiero al Crisis? What Crisis? (1975) de Supertramp, en el que un hombre se pone a tomar el sol, tan campante, en medio del caos. Así, sin agobiarse demasiado, a sabiendas de que ceder a los placeres acerca más al éxito de lo que lo aleja. Ni Santa Claus podría esperárselo.