Kissinger, perfeccionismo y ping pong

Winston Lord es uno de los diplomáticos más eminentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Su principal aporte fue contribuir al acercamiento entre su país y China, operación que inició en la década de los setenta y que siguió maniobrando en la década siguiente, justo cuando fue designado como en el embajador de Estados Unidos en dicho país para el periodo 1985-1989.

Una figura de su calibre, que escaló distintos puestos en la jerarquía del servicio público hasta llegar a los más altos niveles, no estuvo libre de aprietos promovidos por sus superiores. El más célebre de ellos fue ni más ni menos que el polémico Henry Kissinger, secretario de Estado de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, un hombre que influyó de manera determinante en el tablero geopolítico de la época y cuyas decisiones resuenan todavía  en la actualidad.

Por aquella época, a mediados de los setenta, Winston Lord pertenecía al círculo de trabajo más íntimo de Kissinger. Se dedicada, en especial, a escribir los discursos que su jefe emitía para cimbrar la política exterior norteamericana.

En cierta ocasión, Kissinger pidió a Winston que escribiera un discurso. Tan metódico como era, Lord se empleó a fondo; elaboró y pulió un texto que le tomó días de empeño. Una vez satisfecho con el resultado, lo mostró a Kissinger, quien lo recibió sin demasiado entusiasmo. Winston abandonó la habitación, pero fue llamado un rato después. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”, le preguntó Kissinger respecto al discurso que le había entregado minutos antes. Lord respondió que eso creía, pero que lo intentaría de nuevo ante la severidad de su director.

Lord se puso a confeccionar una pieza superior a la que originalmente había realizado. Pulió algunos detalles, agregó algunas palabras, omitió otras y dotó de un mejor ritmo a cada párrafo. Era verdad, se dio cuenta, el discurso no era tan redondo como en un principio le había parecido.

Contento, ahora sí, llevó el resultado a Kissinger. Pero la reacción fue la misma. El entonces jefe de estado se quedó con el trabajo, y a los pocos minutos llamó a Winston Lord. “¿Esto es lo mejor que tienes?”, volvió a preguntar.

Lord, con el orgullo herido, tomó aquellos papeles y se encerró para buscar la reconquista con una tercera versión, la cual, creía, sería la definitiva.

De manera evidente se equivocó. Henry Kissinger le regresó el discurso otra vez. Y varias veces más. En cada una de esas ocasiones, Lord, ya desesperado, lanzó una mirada quirúrgica al discurso que en un principio le pareció perfecto pero que de a poco fue revelando sus falencias. Corrigió, corrigió y corrigió hasta quedar exhausto. Sin embargo, hasta la última ocasión, Henry Kissinger le hizo una pregunta parecida, luego de pasar un tiempo a solas con el escrito. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”.

Lord, ya harto, furioso y conflictuado por el tiempo perdido, le respondió que sí, que eso era lo mejor que podía a hacer y que no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Entonces Kissinger dio una respuesta que lo dejó atónito. “Muy bien, entonces ahora sí lo leeré”.

Hay varias versiones de la anterior anécdota. Algunas de ellas indican que el discurso en cuestión pasó por las manos de Kissinger nueve veces hasta que por fin se dignó a echarle un ojo por primera vez. Sea precisa o no, la historia pone en perspectiva lo relativo de la perfección, al menos en lo que se refiere a la escritura.

La mayoría de las veces una obra bien lograda es más bien una distorsión de nuestra mente. Lo cierto es que siempre hay margen de mejora y para alcanzarlo hay que estar dispuestos a arriesgarse a una pérdida. Existe la posibilidad de que se empeore lo que de se tenía antemano.

Es frecuente que las líneas que en determinado momento despiertan orgullo, al cabo de unos años nos provoquen un horror. ¿Cómo es posible que tremenda barbaridad nos pareciera un elemento digno en su momento? Un misterio. Queda un premio de consolación, la idea de que la repugnancia ante lo que alguna vez fuimos signifique que hemos evolucionado. Que desde entonces hemos progresado unos centímetros gracias a los cuales lo que antes era gloria se ha convertido en medianía.

Quedan, por otro lado, las aguas movedizas de la escritura. El ansia perfeccionista es un arma de doble filo y algunas veces la corrección excesiva vuelve a la creación algo aparatoso, mecánico y sin alma. Esto se acentúa en especial en algunos géneros y con algunos autores. Basta recordar la célebre línea de John Keats, quien aseguraba que la poesía debía deslizarse con la naturalidad de una hoja que cae o no brotar en absoluto. Lo demás es artificio. Intentos por engañar, mera impostura intelectual.

Y también hay un punto en que uno debe rendirse y asumir que debemos soltar lo que tenemos, pese a que diste de ser ese diamante inalcanzable que perseguimos dentro de nuestra imaginación.

Sobre la perfección en perspectiva, Henry Kissinger le dio una lección adicional a Winston Lord.

Una tarde ambos jugaron algunas partidas en las que el segundo acabó por imponerse al primero en lo que fue una auténtica humillación. Para evitar que el pupilo perdiera el piso, Kissinger se sacó de la manga una idea: trajo a un campeón chino del tenis de mesa para que conociera a Winston Lord. Tal cual.

“Henry llegó y le dijo al campeón chino que Winston era un jugador muy bueno de ping pong”, recordaba Bette Bao, la esposa de Winston. “Eso es como decirle a los rusos que eres muy bueno para el ballet”.

Aquel campeón chino, en efecto, procedió a darle una paliza a su marido en el tenis de mesa, mientras Henry Kissinger sonreía desde algún rincón.

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Un héroe en cada hijo te dio

Es ya un lugar común mencionar el ejemplar sentido de solidaridad que los mexicanos muestran ante las tragedias y los momentos de crisis. Pero no está de más recordarlo, en especial en días de lágrimas y deriva, tanto por el embate de desastres naturales como por una espiral de podredumbre y violencia generalizada que parece cebarse con nuestra sociedad.

Hay que mencionarlo porque se tratan de manifestaciones que no ocurren en cualquier lugar, aunque algunos así lo crean. Tenemos una población con diferencias acentuadas por temas políticos y sociales, pero que al mismo tiempo sabe que hay algo más allá que nos une como personas. Aquí no hay separatismos ni trifulcas entre ciudades como pasa en otros puntos del mundo. Mientras haya una mesa o un partido de futbol, sabemos unirnos. Y, lo que es más, también hay una disposición de salir a la calle y responder con hechos cuando los embates de la vida se ensañan con los más débiles. Sabemos, como decía aquella canción, que ellos no son un peso ni una carga, son nuestros hermanos.

Más allá de los esfuerzos realizados por las autoridades, el pueblo mexicano se une y se entrega al bien común cuando hay un sismo, un huracán, un derrumbe… todo sin medir los posibles riesgos ni escatimar energía. Incluso los más humildes ofrecen sus manos o un pedazo de pan.

El destino de los mexicanos parece trazado entre el drama y la resistencia. Algo verdaderamente valioso debe tener este país como para haber aguantado tanto daño, tantos saqueos y tantas equivocaciones, como atestigua la historia. A pesar de todo, México se ha mantenido de pie con una resiliencia heroica. Esto ha brindado escenas memorables como la del señor que izó la bandera de México sobre las ruinas del Palacio Municipal de Juchitán o aquel grupo de rescatistas que cantaron  el “Cielito lindo” mientras ayudaban en las labores nocturnas de rescate tras el sismo del 19 de septiembre de 2017.

En la letra de “Cielito lindo” se encuentra uno de los atributos clave de la sociedad mexicana: ante la adversidad, el canto, la sonrisa que por unos instantes hace que se olvide el gran dolor que llevamos como cruz cuando estamos en silencio. Somos un país herido, cuya andanza resulta inverosímil bajo cualquier análisis… pero ahí sigue. Como decía Carlos Fuentes, México no se explica, no atiende a lógica ni a razones. Es más un asunto de fe. Algo en lo que se cree, con furia, con pasión y un eterno desaliento.

Si bien no soy patriotero ni nacionalista, México me apasiona. Me parece un caso de excepción. Me pasa lo mismo que a Fernando Savater: cuando veo una bandera de mi país es como si viera una bandera de la Cruz Roja: siento calidez, sé que se trata de un lugar en el que seré atendido y donde recibiré ayuda si lo necesito; un sitio al que le debo mi educación, mi familia y mi libertad. Por eso,  y pese a todo, si me dan a elegir… me seguiría quedando con México.  Se dice fácil pero aquí tenemos lo que por desgracia no existe en todas las naciones. No veo nada de malo en celebrarlo.

Cuando veo el color, la pluralidad, la solidaridad… cuando veo ancianos levantando piedras para salvar a los más jóvenes y a niños aguantando  lo indecible… en esos momentos añoro que un día este país pueda entrar en el esplendor que merece. Cada que alguien grita “Viva México”, la esperanza renace.

 

 

Terremoto en MéxicoFoto: AFP

Winston Churchill y la importancia del trago

Winston Churchill fue un hombre de época, uno de esos que a través de esfuerzo y determinación se encargan de cambiar el rumbo de las cosas. Desde joven, como descendiente de una familia de prosapia en el entorno británico, tuvo instalada una idea muy específica de lo que significaba el destino. Parecía que había una misión para él, o al menos así lo creía. Quería influir en el porvenir. Y en medio de un periodo crítico de la historia se encargó de abrirse el paso, sin intimidarse ni dejar que se le quebrara el pulso. La adversidad lo enardecía y en cada aspecto de su vida no temía a la hora de tomar direcciones importantes. Nunca quiso mostrar debilidad. Ni en los peores episodios le daba ese gusto al enemigo.

Churchill también tenía muchos defectos. Una serie de contraindicaciones que, de manera irónica, le ayudaban en un contexto muy particular. Era un tipo bélico y arrojado. Tomaba decisiones sin contemplar que las consecuencias pudieran ser desastrosas. Tenía una clase de optimismo que podía ser temerario y hasta imprudente, pero útil para que la mano no temblara en momentos donde la valentía era el único camino para la supervivencia. En un panorama de titubeos generalizados, alzó la voz y animó a un pueblo que de otro modo pudo acabar hundido.

Hablamos de un líder político que atravesó casi todas las esferas de primer nivel dentro del entramado estatal del Reino Unido. Era un gran histrión, un artesano de la palabra y un polemista feroz. Alguien culto y pasional. A su enorme intensidad le acompañaban algunos pozos de tristeza. En medio del maremoto político de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que lidiar con la depresión, el “perro negro” que lo arrastraba en soledad, cuando los focos no lo veían.

También estaba rendido a los placeres. En especial al del alcohol. Sobre este último existe una anécdota de relativa celebridad ocurrida unos años antes de que asumiera el cargo de Primer ministro del Reino Unido.

A principios de los años treinta Winston Churchill viaja a Estados Unidos para dar una serie de lecturas en distintos recintos. El panorama era estimulante para el hombre que tiempo después se encargaría de plantar cara Hitler cuando el tablero internacional parecía cubrirse de llamas. Era alguien que gustaba de convencer y lanzar frases lapidarias ante la audiencia. Pero para él había un gran problema: “la prohibición”. La ley seca que impedía la venta de bebidas alcohólicas en todo el territorio estadounidense se encontraba vigente por aquel entonces. Esto era trágico para Churchill que tenía una fuerte dependencia hacia la bebida. No era un consumidor casual, sino uno de excepción. Se dice que tomaba por las mañanas (champagne), en la hora de la comida (whisky) y por la noche (brandy), para dormir bien. Sin el alcohol, pues, no podía estar a gusto. Entraba en crisis, se desesperaba. Eso ponía en jaque su buen desempeño en el exterior. La gira de conferencias podría ser un fiasco si no podía recurrir a una botella de Johnnie Walker (su whisky favorito, tanto el etiqueta roja como la negra). Era una situación que lo agobiaba y que, por fortuna para él, encontraría pronta y —curiosa— solución.

Los automóviles son un caos en Nueva York. Los conductores van con un ánimo casi salvaje y a menudo cometen imprudencias. La ciudad se mueve a ritmo vertiginoso y no hay espacio de consideración para los lentos y los distraídos. Así lo es en la actualidad y así apuntaba ya en los años treinta.

Winston Churchill lo descubriría al bajarse de un taxi, durante aquel tour que realizaba por suelo americano. Confiado ante la civilidad de la gente, no reparó en mirar hacia ambos lados al cruzar la calle. El descuido tuvo consecuencias: un auto que pasaba cerca lo arrolló. El ritmo del nuevo mundo no era igual que en Europa.

El cosmos parecía cebarse con Churchill, quien se encontraba en un periodo bajo de su carrera (parte de sus famosos “años en el desierto”), en el que fue apartado de las altos estratos políticos. Su fuerte personalidad y espíritu férreo le hicieron ganar enemigos. Y ya desde entonces se procuró aislarlo y mantenerlo lejos de las grandes resoluciones. Su posiciones alarmistas respecto a la geopolítica tardarían todavía unos años en ser aceptadas, pero eventualmente se convertirían en un eje crucial en la historia de la humanidad, cuando fue el primer gran líder opositor del expansionismo nazi.

Churchill acabó en el hospital con diversas lesiones debido al atropello. El conductor que lo impactó iba a tan solo 56 km/h, por lo que pudo ser dado de alta poco después. E incluso llegó un beneficio inesperado para él. Si bien sufrió daños considerables, fueron menores dentro de lo que se podía esperar. Y lo mejor vino durante la consulta con el doctor, ya que durante la ley seca se podían hacer excepciones para aquellos que tuvieran algún justificante que diera carta libre para que el paciente consumiera alcohol, en caso de que su padecimiento así lo requiriera.

Así ocurrió con Churchill que obtuvo un certificado médico con el que, al fin, pudo tener acceso a la bebida sin restricciones. Esto era lo que expresaba el documento:

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Esto es para certificar que la convalecencia post-accidente del H. Winston S. Churchill requiere del uso de bebidas alcohólicas, especialmente durante la hora de la comida. La cantidad es naturalmente indefinida, pero el requerimiento mínimo sería de 250 centímetros cúbicos.

Firmado: OTTO C. PICKHARDT, M.D.
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250 centímetros cúbicos es el equivalente a unos 6 shots de alcohol puro. Y eso era el mínimo requerido por Winston Churchill, quien poco después se iría de vacaciones para completar su recuperación.

Tengan por seguro que aprovechó la oferta ilimitada.

 

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Una o dos tazas de té para empezar

refugio

La imagen de arriba fue tomada el 25 de diciembre de 1940 en Londres, Inglaterra. Es la celebración navideña de un grupo de personas que aguantaban los bombardeos nazis desde un refugio subterráneo. Lo hacían lejos de sus hogares, lejos de una ventana con vista al jardín. La operación Blitz fue el bombardeo que los alemanes lanzaron sobre tierras británicas entre septiembre de 1940 y  mayo de 1941. Durante el periodo fallecieron más de 40,000 personas inocentes y más de un millón de casas quedaron destruidas. El plan de Hitler y sus hombres era debilitar la infraestructura de los británicos con miras a una futura invasión estratégica, una vez que habían ya ocupado gran parte de Europa (incluido el norte de Francia). Pero su intención era también diezmar los ánimos de la población civil. Quebrar su moral y causar una ruptura interna. De ahí que el objetivo de sus bombardeos fuera en exceso cruel, sin apenas contemplaciones por los lugares que acabaron afectados. En ello iba contenido el enojo y la impaciencia alemana, ya que las autoridades británicas habían decido ser la excepción: se mantuvieron férreos y plantaron cara a la Wehrmacht hasta las últimas consecuencias. Eran la única presencia en Europa que se les resistía por aquel entonces. De ahí que la violencia se dirigiera a otras tantas ciudades, entre las que se encontraron LiverpoolBirminghamSouthampton. Sin embargo, el gran torbellino cayó precisamente en Londres, que terminó por sufrir cerca de 71 bombardeos. El mensaje era claro. Aplastar al Reino Unido era una prioridad de Hitler en su obsesión de dominio territorial. La intención era barrer. Barrer rápido y sin piedad.

Pero olvidemos detalles dolorosos y pongamos de nuevo atención a la foto de ilustra este artículo. En términos prácticos las personas que aparecen ahí estaban escondidas bajo tierra (el país no estaba preparado para la situación, por lo que incluso las estaciones de metro tuvieron que adaptarse como guaridas) ante un panorama desolador. Apretados, en un espacio con poca ventilación y sin la compañía de muchos seres queridos. Nótese que solo un hombre se encuentra ahí (aunque su bigote bien podría contar por una familia). La mayoría de los presentes, de hecho, son niños. El conjunto de las circunstancias por las que atravesaban ofrecía poco para la alegría. La pintura es para llorar. No obstante, una vistazo rápido nos indica lo contrario. La gente está sonriendo. Pese a todo están sonriendo. Y no se tratan de sonrisas fingidas, sino (o al menos eso parece)  sonrisas llenas de una genuina emoción. Los nazis no los estaban amedrentado. La población no les estaba dando el gusto. Mientras la superficie se deshacía, ellos habían tomado la decisión de seguir adelante. De no interrumpir la fiesta ni los momentos de gozo. Quizás ese año no tendrían regalos ni comida fastuosa. Pero se tenían los unos a los otros. Había optimismo e ilusión. Y tenían té. Ahí llevan enfrente las tazas. Eso era irrenunciable, en consonancia a lo que decía Sir Arthur Wing Pinero en aquellas famosas palabras: “Donde hay té, hay esperanza”. Los enemigos podían destruir los alrededores y llevarse sus pertenencias, pero nadie podía quitarles la voluntad de pasarlo bien, de conservar el talante.

El peor de los bombardeos llegaría cuatro días después, el 29 de diciembre de 1940. El Reino Unido sufrió en serio. Se doblegó, mas no se rompió. Fueron momentos de gran tensión. Y aunque los daños materiales fueron enormes, y en eso los alemanes habían golpeado a placer, la victoria moral fue del pueblo británico. Aquellos rivales temibles no pudieron ocupar su territorio. A la guerra le quedaba mucha historia por delante aún. El sufrimiento no se detendría. Pero de igual forma nadie escatimó (y no solo Winston Churchill) en sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Con ello queda claro que la celebración en tiempos de crisis no es una frivolidad, más bien es un recurso necesario para mantener la moral. Se trata de un modo de resistencia. El abatimiento emocional puede conducir al rendimiento, a la derrota, mientras el júbilo mantiene el don de fiesta, el entusiasmo por la victoria. El quedarse en pie dando pelea. Al respecto, recordar otra frase, esta esta vez sacada de una novela de Jasper Fforde: “(…) no hay ningún problema en la Tierra que no pueda aminorarse con un baño caliente y una taza de té”. (Cita que, por cierto, circula con ligeras variantes  en redes sociales atribuida a un tal Bernard-Pablo Héroux del que no hay referencia en ningún lado y que, en definitiva, parece no existir, por mucho que se le divulgue sin reparar en fuentes fiables)

Ante la adversidad: calma e impavidez. Cierto dejo de menosprecio a la ola de lava que se viene. Que no, aquella avalancha de piedras y fuego no se llevará el crédito de romperte los nervios. Es conveniente, desde luego, tener un plan y trabajar duro para llevar a cabo el contraataque. La negligencia tampoco deja nada positivo. Fuera de eso, los ratos libres tienen que disfrutarse ya que de ellos nace la motivación para mantenerse firme. Seguir con normalidad hasta donde se pueda contribuye a no caer en dramatismos ni en desgastes que puedan acelerar una posible rendición o agotamiento. No. Un puñado de música, unas cuantas copas de danza y una mesa poblada de conversación. Ahí un combustible para sobrellevar la tormenta. Esto último queda resumido a la perfección en un artículo de Carlos Zúmer que topé hace poco y que sirvió de inspiración para este texto. Defender al máximo el estado de normalidad es vital en tiempos de guerra, en el que todo el malestar debe estar enfocado en los acontecimientos estrictamente necesarios, sin excesos. Mantener así la ecuanimidad por el mayor tiempo posible.

Una forma de ilustrarlo queda en la portada de un grupo precisamente londinense. Me refiero al Crisis? What Crisis? (1975) de Supertramp, en el que un hombre se pone a tomar el sol, tan campante, en medio del caos. Así, sin agobiarse demasiado, a sabiendas de que ceder a los placeres acerca más al éxito de lo que lo aleja. Ni Santa Claus podría esperárselo.