Hacer al comunismo despreciable de nuevo

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“Nos engañaríamos a nosotros mismos y al pueblo si ocultáramos a las masas la necesidad de una guerra desesperada y sangrienta de exterminio, como la tarea inmediata de la acción revolucionaria venidera”.
—Vladímir Ilich Uliánov ‘Lenin’, “Lecciones del levantamiento de Moscú” (1906).

“Por lo que a nosotros se refiere, nunca hemos perdido el tiempo en las charlatanerías de los pastores kautskistas y de los cuáqueros vegetarianos acerca del «carácter sagrado» de la vida humana. Éramos revolucionarios en la oposición, ahora lo seguimos siendo en el poder. Para que la personalidad humana llegue a ser sagrada es necesario destruir primero el régimen social que la oprime. Y esta obra no puede realizarse más que a sangre y fuego”.
—León Trotski, “Terrorismo y Comunismo” (1920).

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo”.

—Ernesto ‘Che’ Guevara, mensaje a la “Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América latina (1967).

 

En diversos espacios de la actualidad es frecuente ver a personas que enarbolan al comunismo como una alternativa política viable y hasta deseada. Deambulan en redes sociales luciendo a la hoz y martillo como un estandarte y comparten memes marxistas-leninistas sin ningún pudor. También hacen apología de ideas que han sido rebasadas por la historia debido a su probada correlación con el fracaso. La frivolización y el negacionismo son su norma.

Algunos de ellos son individuos sin mala leche. Gente joven, que acaso en su idealismo y lejanía con acontecimientos claves de la historia acaban por ver en el ideario comunista un opción que podría tomarse en consideración debido a las insatisfacciones que viven en su vida diaria. Como nunca han sufrido en carne propia la miseria y la depredación que están intrínsecamente ligados a tal doctrina, es posible que se vean seducidos por la lectura adulterada que muchos manipuladores les han dado de los hechos.

Sin embargo, igual existe una ralea ya entrada en años que sabiendas de que el comunismo ha derivado en dictaduras, millones de muertes y abusos, se mantienen empecinados y negados ante la evidencia. No se ponen del lado las víctimas: prefieren mirar a otro lado ante las atrocidades que se han cometido para imponer la superstición que tienen como sueño.

Estos personajes manosean la realidad a su antojo con la intención de mover su agenda. Despotrican contra “el capital” e incentivan el caos y el alarmismo para erigir en torno a ello la fantasía de que la solución yace en ese sistema, el comunista, que más bien ha supuesto un desastre en dondequiera que se ha implantado.

De la Unión Soviética a Corea del Norte, pasando por la China de Mao, los Jemeres rojos en Camboya, la Rumanía de Ceaușescu y la Cuba castrista, el comunismo ha tendido a sostenerse por la fuerza, aniquilando de una u otra forma a los disidentes y coaccionando a los individuos para convertirlos en una especie de masa clientelar que trabaja y vive expensas de un líder que se ostenta como la encarnación del pueblo.

En nombre del comunismo y el espejismo de la “revolución”, se han creado campos de concentración, se han realizado ejecuciones sumarias, se ha robado, se han levantado muros y separado familias, se ha cortado la libertad de expresión (entre tantas otras libertades)… y sin embargo el movimiento sigue gozando de relativa buena prensa, a diferencia de otras ideologías totalitarias como el nazismo y el fascismo que afortunadamente hemos logrado encasillar como lo que son, tiranías que van contra el sentido común y que atentan contra los principios elementales a los que aspiramos como especie.

El que el comunismo se mantenga como una opción en el debate es uno de los grandes misterios de la sociología. La planificación de la economía y la supresión de la propiedad privada han llevado crisis, migraciones masivas, escasez y hambre a pueblos enteros, una cuadro ya de por sí lamentable al que hay que añadir la violencia de extracción bolchevique que se ha vuelto la única manera de conservar un cuento que evidentemente no funciona.

La permanencia del comunismo como ente válido en algunos círculos quizás radique en que sus simpatizantes han logrado instalar la idea de que detrás de ellos se encuentra una agenda del bien, una utopía que llevada a las últimas consecuencias acabará por traer un paraíso idílico que en realidad nunca llega y que más bien trae un infierno sobre el camino. Ante las fallas recurrentes la excusa sempiterna es que el credo no fue implantado correctamente. Lo que no dicen es que entre más aplican sus medidas peor sale el resultado.

Los promotores del marxismo-leninismo son, además, especialistas en crear encono y dividir, así como linchar mediáticamente a sus adversarios. En este mundo al revés, quien critica al comunismo se vuelve en automático en un facha, un ignorante, un cerdo enajenado por el imperialismo yanqui, entre otros epítetos que lanzan para anular a las voces críticas.

Pero son precisamente los comunistas los que celebran un sistema terrorista y ruin. Y no solo eso, alguno de ellos portan muy campantes las imágenes de líderes sanguinarios como Lenin, Stalin y Mao, o el que quizás sea el favorito de todos, el Che Guevara, un pobre diablo que se vio consumido por una ideología cuasi religiosa que lo hizo deambular entre el disparate, el estrépito y la barbarie.

Francis Fukuyama se equivocó en 1992 cuando lanzó el famoso libro “El fin de la Historia y el último hombre”. En él, estipulaba que la caída de la Unión Soviética, que sellaba casi un siglo de horrores y fracasos comunistas, daba cierre a la lucha ideológica. En ese entonces quedaba claro que la democracia liberal, con todo y sus imperfecciones, había ganado la partida, mostrándose como la opción más sensata de todas las disponibles.

El paso de los años ha mostrado que esa batalla no ha concluido. La lucha y defensa de la libertad deberá continuar mientras sigan existiendo brotes de deshonestidad intelectual que busquen barrer con todo lo que hemos creado como sociedad, para así levantar, una vez más, las fórmulas que tanto daño han hecho dentro los países que se han dejado seducir y vencer por una fuerza corrosiva que no admite nunca sus errores y que no tiene piedad a la hora de llegar al poder.

De algún modo los comunistas se las han arreglado para distorsionar el ambiente. Así se posicionan como lo que no son. Montados en un peldaño rojo, hablan con una pestilente superioridad moral que no les corresponde. Su presencia es habitual en las universidades, donde profesores adoctrinan a sus estudiantes para renovar la cadena del mesianismo.

Es a esos muchachos a los que hay que dirigirse. No se dejen engañar ni crear la primera versión que les cuenten sobre ningún tema. Indaguen, cuestionen, investiguen. Mantenga siempre su sentido crítico respecto a cualquier activo de la política. Duden.

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Fue el comunismo el que dio paso al muro de Berlín, el que produjo las masivas hambrunas del periodo maoísta, el que permitió la masacre de Tiananmén. Fue el comunismo el que llevó al Terror Rojo, a la Gran Purga soviética a finales de los años treinta. El de el Gulag, el de las UMAP. El que produjo el tan discutido genocidio ucraniano. El que sistematizó a las policías represivas. Cientos de miles de asesinatos se hallan detrás del telón de acero. Sus simpatizantes no están para dar lecciones ni señalar a nadie. Tampoco para burlarse de la memoria de quienes padecieron esa charlatanería. Conviene desmontar los mitos que han conformado y recordar su lamentable legado en su justa dimensión. En definitiva, hacer al comunismo despreciable de nuevo.

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Publicado originalmente el 4 de febrero de 2019.

Donald Trump no es Ronald Reagan

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Donald Trump no es Ronald Reagan. En este punto ha quedado claro para casi cualquiera, pero no está de más recalcarlo para poner en su justa dimensión a cada personaje.

Desde que Trump se erigió a sí mismo como aspirante paras las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, tanto él como algunos de sus seguidores quisieron trazar paralelismos entre su candidatura y la que en su momento representó Reagan, ambos outsiders y con notable pragmatismo en sus políticas y sencillo uso del lenguaje, muy propio de sus líneas no ortodoxas y escaso vínculo con la prudencia académica.

La supuesta influencia quedó sellada cuando Trump eligió como eslogan de campaña el célebre (y poderoso, hay que decir) Make America Great Again, un versión del Let’s Make America Great Again que Reagan utilizó en 1979 para llegar a la presidencia en 1980, en tiempos también complicados para la economía estadounidense.

La frase, y esto es una cuestión que se comenta poco, de hecho viene de más atrás, y fue utilizada por primera vez en 1950 por el partido conservador en el Reino Unido, incluso por una de sus más jóvenes representantes: una tal Margaret Thatcher (en aquel entonces Margaret H. Roberts) que con 24 años llegó a utilizar el Make Great Britain great again, con el que no tuvo mucho éxito en las elecciones generales en las que fue derrotada por Norman Dodds en su lucha por el escaño de Dartford.

Aunque algunos siguen encontrando en Trump ese aire fresco que en su momento Reagan representó para revitalizar la imagen de Estados Unidos ante el mundo, es evidente que existe una distancia abismal entre uno y otro. Principalmente porque Ronald Reagan era un caballero.

Con sus virtudes y defectos, el espíritu religioso y de cowboy llevó a Reagan a ser alguien osado en su forma de hablar, pero al mismo tiempo respetuoso. Lo era hasta con sus adversarios contra los que utilizaba de forma recurrente el sentido del humor. De algún modo sus ataques tenían algo de afable que aunado a su carisma natural lo llevaron lejos en la carrera.

En contraste, Trump es soez, inclemente y resulta antipático en casi cualquier aspecto posible. Ronald Reagan estaba conformado por una serie de valores y una sensibilidad notable para atender la realidad. Era un hombre de familia, alguien sonriente y de alta estima por la figura de las mujeres, las minorías y aquellos en situación vulnerable.

Y hay mucho más. Dejando de lado los rasgos personales, hay puntos que separan por completo a ambas figuras, por más se les pretenda ver como equivalentes en lo que respecta al modo republicano de incentivar el capital como concepto básico de acción.

Donald Trump es proteccionista en lo económico y atiza a los peores sentimientos del pueblo norteamericano, mientras que Ronald Reagan apeló en todo momento a los valores universales de su país como una guía que pudiera alumbrar al resto de las naciones en la vertiente mesiánica que durante años caracterizó a la política exterior estadounidense.

En 1988 Ronald Reagan pronunció un mensaje en la radio que parecía premonitorio de lo que vendría con Trump años después, quien en aras de un malentendido supremacismo político-electorero ha fracturado la relación con amigos históricos, en especial en lo que respecta a Europa, Asia y México, con quienes más de una vez ha entablado verdaderas guerras comerciales.

«Todavía en la actualidad, el proteccionismo es usado por algunos políticos estadounidenses como una forma de nacionalismo barato, una cortina de humo para aquellos que no desean mantener la fortaleza militar de Estados Unidos y que carecen de la voluntad de enfrentar a nuestros verdaderos enemigos: los países que están dispuestos a usar la violencia contra nuestros aliados».

«Nuestros pacíficos socios comerciales no son nuestros enemigos; son nuestros aliados. Debemos cuidarnos de los demagogos que están preparados para declarar una guerra comercial a nuestros amigos —debilitando así nuestra propia economía, nuestra seguridad nacional y al mundo libre por completo— mientras de forma cínica ondean la bandera de los Estados Unidos».

Ronald Reagan sabía que el libre mercado y la expansión del comercio no significaba un riesgo para Estados Unidos. Más bien representaba el triunfo de los ideales americanos que llevaban prosperidad a quienes respetaban los derechos individuales y daban cauce al potencial de su gente.

Pero si hubiera que encontrar un rasgo distintivo, aquel en el que mejor queda patente la distancia entre ambos personajes, no cabe duda que tendría que apuntar a sus visiones contrapuestas en lo que respecta a la inmigración.

Trump ha enarbolado una retórica xenofóbica y antiinmigrante en su trayectoria dentro de la política. Aparte de una convicción individual, se ha tratado de una forma de llamar la atención y de lucrar estratégicamente con la parte más primitiva y prejuiciosa de su base electoral. Lo ha hecho sin contemplaciones, hablando de muros y generalizando como criminales a quienes buscan una oportunidad lejos de casa.

Ronald Reagan por el contrario fue un gran defensor de los inmigrantes y el papel imprescindible que juegan en cualquier parte del globo. Supo leer la importancia que los foráneos han tenido para fortalecer a Estados Unidos hasta convertirlo en la potencia más grande en la historia de la humanidad.

Así lo manifestó cuando luchó por la candidatura republicana frente George H. W. Bush, en tiempos donde ya había discusiones encendidas y reclamos que un sector de la población tenía contra los inmigrantes, a quienes algunos acusaban de estar quitándole sus espacios.

En uno de los debates de la campaña en 1980, ante una pregunta expresa de un ciudadano texano que le cuestionaba si había que aceptar a niños sin papeles en las escuelas de Estados Unidos, Reagan fue firme al mencionar la relación que debían tener con México.

Implantó una idea fundamental: por el bien de ambas partes, los países vecinos estaban condenados a entenderse.

«Creo que ha llegado el momento de que Estados Unidos y nuestros vecinos, en especial nuestro vecino del sur, tengan un mejor entendimiento y la mejor relación que jamás hemos tenido. […] En vez de hablar de poner una valla entre nosotros, por qué mejor no trabajamos en reconocer nuestros mutuos problemas, haciendo posible para ellos [los inmigrantes mexicanos] venir aquí legalmente con un permiso de trabajo. Y de este modo, mientras trabajan y ganan dinero aquí, también pagan impuestos aquí. Y cuando quieran regresar a sus lugares de origen puedan hacerlo y cruzar. Y abrir así la frontera en ambas vías, entendiendo sus problemas. Esta es la única válvula de seguridad que tienen en este momento, con esos niveles de desempleo que padecen… la válvula probablemente evita que colapsen».

En 1986, ya como presidente, Reagan promulgó la famosa Ley de Reforma y Control de Inmigración, que aunque puso candados a la contratación de trabajadores en situación irregular, dio amnistía y abrió las puertas a cerca de 3 millones de indocumentados que estuvieran dispuestos a llevar un modo honesto de vida.

El presidente dijo que el objetivo era establecer un sistema razonable, justo, ordenado y seguro (palabras que resuenan en el reciente Pacto Mundial sobre Migración) “sin discriminar en forma alguna alguna forma a ningún país en particular ni a su gente”.

Con el paso de los años, el también actor se volvió aún más incisivo al respecto. El 19 de enero de 1989, horas antes de dejar de ser presidente, Ronald Reagan dio su último discurso bajo la investidura del cargo. Una exposición conmovedora que dio acompañado de su esposa Nancy. En él, casi como profecía, se refirió a lo importante que sería defender a los inmigrantes como factor decisivo en la primacía de Estados Unidos como potencia.

«Como este es el último discurso que daré como presidente, creo que es adecuado dejar un pensamiento final, una observación acerca de un país que amo. La idea se entiende mejor en una carta que recibí no hace mucho. Un hombre me escribió y me dijo: “Puedes irte a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquier persona, desde cualquier rincón de la Tierra, puede venir a vivir a América y convertirse en americano».

«Sí, la antorcha de la Estatua de la Libertad […] representa nuestra herencia, el pacto con nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados», añadió Reagan. «Esa dama es la que nos da nuestro gran y especial lugar en el mundo. Porque es la gran fuerza vital de cada generación de nuevos estadounidenses que garantiza que el triunfo de Estados Unidos continuará sin igual en el próximo siglo y más allá. Otros países pueden tratar de competir con nosotros; pero en un área vital, como un faro de libertad y oportunidad que atrae a la gente del mundo, ningún país en la Tierra se acerca».

Si Estados Unidos es grande no ha sido por la cerrazón ni por hacer caso a charlatanes. Si Estados Unidos llegó a ser la gran superpotencia del siglo XX fue debido, entre otras cosas, a la apertura, al respeto de la legalidad y la justicia y a la idea de que podías hacerte de un lugar si estabas dispuesto a trabajar duro por él. Fue así como Estados Unidos logró vencer al monstruo de la Unión Soviética: respondiendo con libertad y pluralidad a la tiranía y al aislamiento.

Estados Unidos es el ejemplo de que la inmigración no debilita, al contrario, fortalece. Fue así que se convirtió algo así como en la selección de “Resto del mundo” que acogió a individuos de orígenes diversos que lograron enriquecer su tierra y sus instituciones. Trabajadores de origen europeo, latinoamericano, asiático, africano y de todos lados aportaron su respectivo grano de esfuerzo.

No, Donald Trump no es Ronald Reagan. Patti Davis, la hija de Reagan, lo manifestó hace tiempo. Su padre jamás respaldaría el comportamiento grosero, mezquino y demencial de quien ahora ocupa y deshonra a la Casa Blanca. Estaría horrorizado con él.

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El dilema de la no intervención

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El gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador decidió cambiar la postura de México respecto a lo que ocurre con el régimen de Nicolás Maduro. Al negarse a firmar la declaración condenatoria del Grupo de Lima que desconoce el mandato del presidente venezolano, causó una polémica en distintos círculos de opinión. Algunas de las conclusiones han sido apresuradas y por ello habrá estar pendientes de la evolución de lo ocurrido. Falta dimensionar si el nuevo planteamiento, dentro de su discreción, puede redituar beneficios mayores que el de las ofensivas que hasta el momento han sido un tanto estériles.

En 2019 la cancillería finalmente tomó distancia del Grupo de Lima que desde hace año y medio ha tomado determinaciones multilaterales sobre la crisis democrática en Venezuela y que en los últimos meses aumentó su severidad hasta rechazar el nuevo periodo de la administración madurista en el gobierno debido a las irregularidades y vicios que hubo en el último proceso electoral, así como las constantes violaciones a los derechos humanos que se presentan en el territorio.

En cualquier caso, aunque pudiera parecerlo, López Obrador no se olvida de Venezuela. Más bien ha instado al diálogo y a una solución negociada, una estrategia de mayor suavidad que acaso pueda equilibrar un balanza cada vez más preocupante, en la que Bolsonaro y Trump hacen temer por una intromisión militar que sería contraproducente.

Desde su periodo como candidato a la presidencia, el tabasqueño manifestó su interés por llevar una visión diplomática de bajo perfil. Ante un panorama interno ya de por sí agitado, proclamaba la inconveniencia de meterse en asuntos ajenos. “La mejor política exterior es la interior”, dijo como uno de sus mantras socorridos, para de paso evadir cualquier aprieto en la materia debido a las equivalencias que por lustros se han hecho entre el chavismo y él.

López Obrador reivindica así la Doctrina Estrada y, sobre todo, la Doctrina Carranza que ha sido a lo largo del último siglo el eje rector de la Política Exterior mexicana, en especial en lo que se refiere a su idea de la no intervención. Pero, ¿cuáles son sus implicaciones y límites?

En años recientes, intensos en globalización, la vigencia de la doctrina ha sido puesta en tela de juicio. Los cuestionamientos se han acentuado debido a la coyuntura por la que nuestro país atraviesa, en donde pareciera que es necesario establecer un mayor margen de acción en un mundo cambiante y lleno de desafíos.

Si bien la Doctrina Carranza es estimable, no debe tomarse como un dogma ni una imposición, sino como la expresión de algo más profundo: el arquetipo para mantener nuestra soberanía; empresa que, esa sí, debe seguir como una obligación para cualquier administración federal y que por tanto requiere a adaptar la pauta carrancista a la realidad del presente.

Los fundamentos de la doctrina que Venustiano Carranza pronunció ante el congreso hace más de cien años, en septiembre de 1918, fue antecedida por la Doctrina Calvo y Doctrina Drago que también tenían una disposición similar para enfrentar las agresiones exteriores desde las limitantes que padecían los países latinoamericanos.

Estos principios conducirían la política exterior del naciente país como ente moderno. Esencialmente consistían en la igualdad. Igualdad jurídica de los estados, igualdad de nacionales y extranjeros ante la legislación del país en el que se encuentran, leyes justas y sin distinciones dentro de la nación, así como una diplomacia que velara por los intereses universales y la no intervención.

La Doctrina Carranza fue más que nada una política de defensa. México fue vulnerable en su tiempo por su vecindad con Estados Unidos, lo cual era un riesgo por los proyectos expansionistas de las grandes potencias, como ocurrió con la traumática pérdida de la mitad de nuestro territorio tras la guerra México-estadounidense de mediados del siglo XIX.

Por lo anterior, apelar a la igualdad soberana de los estados, como una vertiente del multilateralismo, era una posición de contención. Un escudo o carta de ingenio en la lucha por la supervivencia.

Durante los primeros años del siglo XX la vulneración del territorio mexicano se había hecho patente en actos como la expedición punitiva contra Pancho Villa comandada por John J. Pershing y el desembarco de tropas estadounidenses en Veracruz. Esa enorme presión hizo que México buscara una solidaridad en América Latina. La igualdad soberana de los Estados podría traer un equilibrio en el concierto de las naciones.

Si bien México se abstuvo de participar de forma directa en la Primera Guerra Mundial, lo cual impidió su acceso inmediato ante la naciente Sociedad de Naciones, ya se vislumbraba como una pieza estratégica e importante por ser un referente petrolero y por su posición geográfica.

México no podía inmiscuirse en un conflicto de proporciones internacionales toda vez que a nivel interno no gozaba de condiciones mínimas de estabilidad. De este modo la actitud de Carranza tendió a lo neutro, pero a una neutralidad activa que marcaba el pulso en tiempos de turbulencia.

La igualdad jurídica de los estados, atribuida a la doctrina Carranza, tenía raíces en el ideario de Matías Romero, quien ya 30 años antes apuntaba a que el desequilibrio entre los estados debería desaparecer. En 1888 México firmó con Japón un tratado de igualdad jurídica. Una forma de apuntar a una labor imprescindible para el porvenir: resolver la asimetría entre los estados.

No obstante, la perspectiva de la Doctrina Carranza debe verse como un producto de su tiempo, una guía que sirve más como fundamento que como una ficha de estricta ortodoxia para resolver nuestras problemáticas geopolíticas.

Cabe destacar que con la reforma constitucional de 2011, el artículo 89 fracción X estipula la “protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales” como uno de los ejes rectores de la política exterior mexicana, un punto de igual a mayor validez que cualquier tradición anterior. México debe empezar a retomar su liderazgo a nivel regional y global.

Además, lo ocurrido a lo largo del siglo XX mostró que la política de no intervención se flexibilizó en momentos puntuales, como ocurrió durante la guerra civil española, cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas (al que López Obrador tiene como referente) tomó partido abiertamente a favor del bando republicano. Se creía que la supervivencia del régimen socialista era importante para, a su vez, salvaguardar el vínculo nacional frente a España, con quien llevábamos una relación ambivalente desde la independencia.

Entre los otros casos donde México se tomó licencias respecto a la Doctrina Carranza se puede destacar la reacción ante la dictadura de Pinochet (rompiendo relaciones y dando asilo a perseguidos políticos, incluyendo a la familia del finado Salvador Allende), el posicionamiento sobre los conflictos guerrilleros en Centroamérica coronados por la declaración franco-mexicana de 1981, así como la permisividad que se dio ante los revolucionarios cubanos liderados por los hermanos Castro a su paso por nuestro país.

Todos esos capítulos de nuestra historia correspondieron al sistema de equilibrio de poderes. Y aunque no siguieron al dedillo la Doctrina Carranza como se establecía en 1918, sí que buscaban un objetivo similar: la defensa de nuestros intereses y la contención de fuerzas adversas en nuestras zonas de influencia.

La política internacional ha variado, igual que las dinámicas de convivencia. La inmovilidad internacional ha probado ser catastrófica en casos como el del genocidio de Ruanda, mismo que dio pasos a conceptos de excepción como lo es la responsabilidad de proteger.

Durante años México se negó a participar en las operaciones de mantenimiento de la paz por parte de las Naciones Unidas, pero esto cambió durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, cuando se empezó a colaborar en el desarrollo democrático, económico y social de otros países, pero siempre teniendo en cuenta que nunca se haría desde un lado de fuerza militar.

Todo lo anterior es digno de considerar en lo que respecta a lo que ocurre con Venezuela, en donde hay más laberinto que claridad. La nueva postura de México tiene más aristas de lo que parece. Desde la Presidencia y la Secretaría de Relaciones Exteriores se ha dado un paso a una nueva vía que no se compromete con la virulencia del Grupo Lima, pero que tampoco tiene concesiones tangibles contra la dictadura de Maduro.

Habrá que ver si se toman acciones adicionales en un espacio medio, por no decir ambiguo. Quizás convenga explorar la vía del diálogo, ya que por ahora la afrenta solo ha llevado a una radicalización del gobierno bolivariano. Será entonces que se pueda revelar la utilidad de una neutralidad activa a la usanza carrancista. Igual habrá que hacer adaptaciones sobre la marcha. Eso sí, cualquier ánimo voluntarioso debe estar condicionado a una serie de compromisos que impliquen una eventual despedida de un mandatario torpe, sanguinario y demencial como es el heredero de Chávez, Nicolás Maduro. La situación es insostenible a mediano y largo plazo. Urge un cambio profundo y el gobierno bolivariano no parece estar en la labor de realizarlo.

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Publicado originalmente el 7 de enero de 2019.

 

Churchill y Hitler: un perro contra el diablo

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“Success is not final, failure is not fatal: it is the courage to continue that counts”.
―Winston Churchill.

Winston Churchill era un hombre lleno de defectos. Era feo, gordo y padecía de depresión y alcoholismo. Era propenso al llanto y también era en exceso belicoso y políticamente incorrecto. Su lengua afilada tiró más de una frase que indignaría a la mente más abierta. Comía como cerdo, fumaba con locura y tenía una relación poco cercana con las mujeres. Durante su extensa trayectoria cometió muchos errores y tuvo fracasos que pudieron hundir a cualquiera. Tomó decisiones que costaron vidas humanas y la evidencia muestra que rayó la atrocidad en lo que se refiere a algunos frentes a su cargo.

No obstante, tenía una cualidad muy importante. Y en el balance de la vida a veces basta con una cosa, si se aplica a fondo, para redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Winston Churchill era valiente.

Se trataba de un hombre de guerra. Alguien que sabía que en ciertos momentos la moderación no valía y que había que tomar determinaciones que, por dolorosas que fueran, eran la única ruta para salvaguardar la dignidad y el honor.

La llegada de Churchill al puesto de primer ministro del Reino Unido llegó, de hecho, gracias a una coyuntura de excepción. En tiempos de paz él no hubiera tenido cabida en el máximo rango, pero al borde del colapso mundial se necesitaba alguien como él. Alguien capaz de ir a por todas.

En cualquier caso no fue la primera opción para ocupar el hueco. Ni para el Rey ni para muchos otros. Lord Halifax pintaba como el sucesor natural tras la debacle de Neville Chamberlain. Pero la situación era tan caótica debido a la expansión de la Alemania Nazi, que de algún modo Halifax prefirió evadir una situación en la que se atisbaba el desastre. En tales circunstancias, con un Tercer Reich de aspecto invencible que campaba a sus anchas por Europa, solo quedaba una opción: liberar al kraken inglés, a la encarnación de John Bull. Winston Churchill, ni más ni menos.

El gran llamado había llegado. Winston Churchill creía que su destino estaba marcado y cada uno de sus días fue un paso hacia tal nombramiento. Obsesionado y acomplejado por la sombra de Randolph, su padre (el destacado político a quien intentó emular), Winston asumió el reto desbordado en emoción. Él no concebía fallar, aunque estuviera en los prolegómenos de una misión imposible.

Hitler arrasaba por entonces. Acumulaba una victoria tras otra y empezaba a acorralar a occidente. Tras cesiones contraproducentes de Francia y Reino Unido, los nazis se habían fortalecido. Y era momento de actuar. Con Estados Unidos temeroso de enfrascarse en el conflicto, con una Francia debilitada y sin rumbo, y con el mutis indignante de la Unión Soviética coronado por el lamentable pacto Ribbentrop-Mólotov, el Reino Unido estaba ante un momento crítico en el que debía definir qué hacer. La parálisis ya no era alternativa.

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Adolf Hitler contaba con una personalidad arrolladora que intimidaba por igual a enemigos que a su gente más cercana. De la furia ni siquiera se salvaba su pareja, Eva Braun, que sufría en carne propia el carácter del alemán. Hitler no toleraba que se le contradijera o que alguien afectara, aunque sea mínimamente, sus intereses. Cuando Eva osaba salirse un poco de la norma, Hitler le contestaba con brutal indiferencia. Dejaba de hablarle por días o semanas hasta que finalmente se calmaba. Ante tal maniático de discursos furibundos y de aspecto de hierro había pocos rivales que le pudieran batir.

Y había mucho menos que estuvieran dispuestos a hacerlo. El más destacado de ellos era Winston Churchill que se la tenía jurada a los alemanes desde muchos años atrás y que de forma constante alzó la voz contra lo que ocurría bajo la despiadada gestión de Hitler, en días donde la opinión pública y sus propios compatriotas no dimensionaban lo que se fraguaba detrás de aquel horroroso proyecto nacional-socialista.

En muchos sentidos Churchill y Hitler eran la antítesis el uno del otro. Hitler cuidaba mucho su alimentación (tenía problemas digestivos y una salud menguante) y no bebía. Winston, por otro lado, era un bebedor empedernido que comenzaba a echar tragos desde la mañana. El británico comía además sin contemplaciones, pidiendo que se sirviera todo en la mesa para ir picando a cada platillo a su antojo.

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Churchill comprendió pronto que la Segunda Guerra Mundial no iba a librarse solo con tanques y balas. Había que sostener una batalla a nivel retórico y moral. Ante las intimidaciones de Hitler no había que callarse ni bajar la mirada. El bulldog inglés decidió recurrir a su carisma para levantar a un pueblo que estaba echado a su suerte y con el peligro inminente de una invasión.

“El país y la raza tenían corazón de león. A mí me correspondió la fortuna de lanzar el rugido”, declaró alguna vez.

Ni siquiera quiso ceder a los coqueteos de Hitler, quien más de una vez tiró guiños al Reino Unido, país al que, en apariencia, no tenía entre sus prioridades de destrucción. Winston supo leer lo que ocurría. No podía confiar en alguien que arrasaba con el globo terráqueo. Ya se había perdido mucho tiempo y no se podía dar más complacencia a alguien que no parecía saciar sus ansias de poder y aniquilamiento.

Como bien señala Boris Johnson, la gran diferencia entre los discursos de ambos personajes es que Hitler hacía creer a los suyos que él, el gran líder, podía hacer lo que fuera. Churchill, en cambio, le hacía creer a su pueblo que ellos eran quienes podían lograr lo que se propusieran.

Fue así y solo así, gracias al ímpetu y el valor mostrado por Churchill en la arena pública, que el entusiasmo se empezó a contagiar entre la población. El Reino Unido pelearía hasta el final sin importar cuales fueran las consecuencias. Y no solo eso, disfrutarían del trayecto. La pelea no les iba a amedrentar. Cuando en julio de 1940 Churchill se dejó fotografiar sonriente (y con un puro en la boca) sosteniendo una ametralladora, la señal estaba clara. La guerra le enardecía y estaba en su hábitat natural.

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Pese a que los alemanes parecían más fuertes, Churchill decidió que nunca se movería desde la posición de debilidad. Nunca tuvo miedo a la perder.

Irónicamente, el primer ministro británico estaba acostumbrado al fracaso. Durante su carrera política y militar sufrió dolorosas derrotas (la más sonada, probablemente, la funesta batalla de los Dardanelos en la I Guerra Mundial) que, sin embargo, nunca lo derribaron. Tenía fijo en la mente que debía continuar. Tenía una misión superior. Caminar y caminar era su estrategia para dejar atrás el infierno.

No hay que olvidar que Churchill fue también un hombre muy sentimental. Alguien que que lloraba sin remedio cuando la situación lo ameritaba. Luego de pronunciar su famoso discurso “Lucharemos en las playas”, Churchill no pudo contenerse y dejó que las lágrimas escurrieran.

“Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos, y si esta isla, cosa que no creo ni un solo momento, o una parte importante de ella fueran sometidas y pasaran penurias, nuestro imperio allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica, continuará la lucha, hasta que, cuando Dios quiera, el Nuevo Mundo, con su poder y su fuerza, venga al rescate y la liberación del Viejo”.

En su primera aparición como primer ministro ante la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940, Churchill soltó otra de sus grandes perlas. No tenía nada que ofrecer salvo “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. La musicalidad de la frase en inglés anticipó lo que venía. Cinco años cruentos, pero que estaban respaldados con un hombre determinado a poner el puño en la mesa. Hitler al fin había topado con pared.

Un episodio gaullista en Macron

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Cuando los amigos tradicionales se alejan, lo natural es buscar nuevos horizontes o recuperar a esos viejos contactos que estuvieron siempre al alcance de la mano sin que se les prestara la atención merecida. En la sombra se revelan aliados que ofrecen una nueva asidera.

La reciente propuesta de Emmanuel Macron de configurar un Ejército Europeo es un nuevo intento de resiliencia ante un contexto adverso que no tiene clemencia ante la pasividad. Los lazos cada vez más fuertes entre Alemania y Francia, enemigos a muerte hasta la segunda mitad del siglo XX, corresponden a un escenario geopolítico cada vez más asfixiante. Europa está reducida y tiene enemigos al acecho.

Con Estados Unidos que recupera la tradición de aislacionismo jacksonista, sumado al veneno retórico de Trump, el viejo continente se encuentra en una posición vulnerable. El Reino Unido pasa por sus propias turbulencias y con un talante rupturista. Si a ello se suma el factor Putin, con una avanzada agenda internacional de influencia contra occidente, pareciera que Macron se hartó de esperar y por ello fomenta un coletazo no tan agónico como pudiera pensarse.

El movimiento ajedrecístico de Macron tiene el aparente objetivo de mostrar músculo ante los caprichos de Trump, haciéndole saber que Francia, pese a todo, tiene un margen de maniobra al cual inclinarse. La mayor paradoja de este movimiento es lo que causa frente a Rusia. Vladimir Putin ha mostrado con sus acciones un deseo profundo de romper a la Unión Europea, así como a la OTAN (para su país será siempre preferible un occidente fragmentado), y de este modo el presidente de Francia si bien se aleja de Washington (beneficioso para Putin), podría enarbolar una fuerza transnacional considerable y sin ataduras, algo que no es beneficioso para Moscú.

Lo que es más, la movida de Macron deja patente que para Europa el Estados Unidos de Trump ya no es un aliado de fiar. Sin embargo, hay que apuntar que no es la primera vez que se da una situación similar.

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Tras la segunda guerra mundial, aunque dentro de los márgenes fraternos, Francia no ha dejado de ver con cierto recelo la posición de Estados Unidos. Para ellos fue un trauma que su lugar como gran potencia fuera desplazada por el nuevo mundo, un complejo que les ha costado encajar. Desde entonces Francia ha luchado por mantener su autonomía y seguir presente como una potencia de primer orden aunque a nivel militar o económico haya quedado rezagada respecto a las ultrapotencias que surgieron desde entonces.

La estrategia de Macron remite a lo ocurrido a finales de los años cincuenta y los sesenta con Charles de Gaulle como presidente de Francia. Ambas figuras cuentan con profundas diferencias: uno proteccionista, el otro liberal; uno pragmático y suave con Rusia en la posguerra, el otro combativo con el Kremlin… pero ante la vulnerabilidad de Francia, jugaron sus cartas de manera similar ante Estados Unidos.

Debido a la rispidez que su país vivía con Washington en aquellos días, de Gaulle subió el volumen a una idea sobre la que ya había girado en años anteriores: la urgencia de que Francia pudiera consolidar una independencia en materia defensiva. No depender tanto de los americanos. Para él, aunque Francia tuviera grandes amigos, la soberanía era bastante delicada como para estar a la merced de un país que manejaba otro idioma a miles de kilómetros de distancia.

A lo largo de la historia Francia ha pugnado por mostrarse como lo que es, un pilar de la civilización. Lo han intentado incluso en sus puntos más bajos, en los que a base de ingenio diplomático se han procurado, aunque con alfileres, una posición en la planta alta del concierto de las naciones. Nunca les ha gustado verse disminuidos.

De Gaulle ni siquiera sentía demasiado entusiasmo por la OTAN, ya que como entidad supranacional le restaba nombre y prestigio a su propia bandera. El concepto de integración en masa a nivel militar le preocupaba tanto como estar a la sombra de Estados Unidos como gran referente para resolver problemáticas internas y externas.

En 1956 la crisis del canal del Suez dejó a Francia, junto a la Gran Bretaña, totalmente rebasada. A partir de ese conflicto se asumió lo que ya todos habían adivinado. Ya solo existían dos grandes potencias. Estados Unidos y la Unión Soviética. Y aunque los norteamericanos asumieron la perspectiva y defensa de los países capitalistas, en el conflicto promovido por el hábil Abdel Nasser en Egipto quedó claro que, al menos por entonces, no estaban dispuestos a ser un brazo armado incondicional de los intereses ingleses y franceses.

Trump ha usado como argumento que Francia debe mucho a Estados Unidos por la salvación que les dieron en las guerras mundiales y que por tanto deberían doblegarse en humildad, pero como mencionó de Gaulle alguna vez, en ambas ocasiones lo hizo de manera tardía, en el caso de la segunda guerra mundial cuando los nazis ya habían tomado sus tierras.

La preocupación por el avance comunista hizo que de Gaulle tomara una postura más firme (aunque posteriormente llegó a coquetear con la Unión Soviética para balancear el tablero), de ahí que se pusiera en la mesa que Europa occidental, liderada por Francia y el Reino Unido, pudieran unirse al selecto grupo de países con armas nucleares. A Estados Unidos le parecía que entre menos países entraran en la dinámica, mejor. Pero la pérdida del monopolio atómico, con la sombra soviética a lo lejos, hizo que Europa pidiera ser salvaguarda adicional del mundo libre.

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Ante la reticencias de Eisenhower, de Gaulle incluso amagó con abandonar la OTAN. Los franceses creían que la “policía del mundo” debía ser tripartita y que cualquier decisión de la organización debía pasar por un consenso entre Washington, Londres y París.

De poco sirvieron las presiones. Estados Unidos mantuvo las reservas, y conservó, si acaso, su relación especial con el Reino Unido. No obstante, con ellos también había un serio desgaste. De Gaulle montó en cólera y ordenó que todas las armas nucleares de Estados Unidos saliera de territorio francés. Posteriormente, en 1966, Francia incluso salió del mando militar integrado de la OTAN.

Ante el diálogo sordo, de Gaulle tomó la determinación de mirar hacia otro lado. Si Estados Unidos no cedía, había que buscar otras opciones. Fue así que el presidente francés se acercó a Konrad Adenauer, el canciller alemán, con quien a principios de los sesenta firmó un tratado de amistad. A pesar de que Alemania y Francia eran rivales irreconciliables hasta mediados del siglo XX, los andares de la diplomacia son volubles y cuando la combinación se dispone, un bien superior puede redituar en el entendimiento con los en otrora contrarios.

Si bien el vínculo con Alemania occidental fue fluido (basado en un resentimiento compartido por el arsenal nuclear que se les vedaba y el plan que les unía de no hacer indispensables a los Estados Unidos), el acuerdo no trascendió como hubieran querido. La posición de Estados Unidos era demasiado fuerte y más allá de la pedanterías verbales del orgulloso de Gaulle no había líder alguno que pudiera confrontarlos. Del otro lado estaban Jrushchov y Brézhnev, opciones mucho peores.

Los esfuerzos por independizar la seguridad tenían serias limitantes: no eran nada sin la anuencia de la Casa Blanca. Lo cierto es que era una época en la que la mayoría de los países temían moverse demasiado ya que con ello podrían despertar reacciones contraproducentes. Y aunque existía un fuerte anhelo de contar con armas disuasorias particulares, nadie podía hacerle segunda a Francia en lo que respectaba a un rompimiento verdadero con EE.UU.

Cerca de 60 años después, Macron voltea de nuevo a Alemania en un intento de que una Europa militarmente poderosa pueda hacer frente a los riesgos del exterior, así como eliminar la excesiva dependencia que tienen ante un Estados Unidos hostil, que con Trump a la cabeza exige subordinación y un aumento de gasto por parte de los integrantes de la OTAN.

Falta ver qué tanto de ello es un blofeo por parte del presidente de Francia. Con una Angela Merkel entusiasta pero ya en retiro, y con un cuadro adverso en cuanto a popularidad dentro de sus propios fronteras, Macron corre el riesgo de tener pólvora mojada como antes la tuvo de Gaulle. No obstante, en tiempos de sumisión, un movimiento así de audaz no es desdeñable y, se concrete o no, podría causar alguna consideración en los Estados Unidos. Macron sabe que a base de palabras es posible hacerse de un asiento de primera fila y forzar el respeto de los americanos. Eso quizá también lo aprendió del gaullismo.
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Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2018.

Kissinger, perfeccionismo y ping pong

Winston Lord es uno de los diplomáticos más eminentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Su principal aporte fue contribuir al acercamiento entre su país y China, operación que inició en la década de los setenta y que siguió maniobrando en la década siguiente, justo cuando fue designado como en el embajador de Estados Unidos en dicho país para el periodo 1985-1989.

Una figura de su calibre, que escaló distintos puestos en la jerarquía del servicio público hasta llegar a los más altos niveles, no estuvo libre de aprietos promovidos por sus superiores. El más célebre de ellos fue ni más ni menos que el polémico Henry Kissinger, secretario de Estado de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, un hombre que influyó de manera determinante en el tablero geopolítico de la época y cuyas decisiones resuenan todavía  en la actualidad.

Por aquella época, a mediados de los setenta, Winston Lord pertenecía al círculo de trabajo más íntimo de Kissinger. Se dedicada, en especial, a escribir los discursos que su jefe emitía para cimbrar la política exterior norteamericana.

En cierta ocasión, Kissinger pidió a Winston que escribiera un discurso. Tan metódico como era, Lord se empleó a fondo; elaboró y pulió un texto que le tomó días de empeño. Una vez satisfecho con el resultado, lo mostró a Kissinger, quien lo recibió sin demasiado entusiasmo. Winston abandonó la habitación, pero fue llamado un rato después. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”, le preguntó Kissinger respecto al discurso que le había entregado minutos antes. Lord respondió que eso creía, pero que lo intentaría de nuevo ante la severidad de su director.

Lord se puso a confeccionar una pieza superior a la que originalmente había realizado. Pulió algunos detalles, agregó algunas palabras, omitió otras y dotó de un mejor ritmo a cada párrafo. Era verdad, se dio cuenta, el discurso no era tan redondo como en un principio le había parecido.

Contento, ahora sí, llevó el resultado a Kissinger. Pero la reacción fue la misma. El entonces jefe de estado se quedó con el trabajo, y a los pocos minutos llamó a Winston Lord. “¿Esto es lo mejor que tienes?”, volvió a preguntar.

Lord, con el orgullo herido, tomó aquellos papeles y se encerró para buscar la reconquista con una tercera versión, la cual, creía, sería la definitiva.

De manera evidente se equivocó. Henry Kissinger le regresó el discurso otra vez. Y varias veces más. En cada una de esas ocasiones, Lord, ya desesperado, lanzó una mirada quirúrgica al discurso que en un principio le pareció perfecto pero que de a poco fue revelando sus falencias. Corrigió, corrigió y corrigió hasta quedar exhausto. Sin embargo, hasta la última ocasión, Henry Kissinger le hizo una pregunta parecida, luego de pasar un tiempo a solas con el escrito. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”.

Lord, ya harto, furioso y conflictuado por el tiempo perdido, le respondió que sí, que eso era lo mejor que podía a hacer y que no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Entonces Kissinger dio una respuesta que lo dejó atónito. “Muy bien, entonces ahora sí lo leeré”.

Hay varias versiones de la anterior anécdota. Algunas de ellas indican que el discurso en cuestión pasó por las manos de Kissinger nueve veces hasta que por fin se dignó a echarle un ojo por primera vez. Sea precisa o no, la historia pone en perspectiva lo relativo de la perfección, al menos en lo que se refiere a la escritura.

La mayoría de las veces una obra bien lograda es más bien una distorsión de nuestra mente. Lo cierto es que siempre hay margen de mejora y para alcanzarlo hay que estar dispuestos a arriesgarse a una pérdida. Existe la posibilidad de que se empeore lo que de se tenía antemano.

Es frecuente que las líneas que en determinado momento despiertan orgullo, al cabo de unos años nos provoquen un horror. ¿Cómo es posible que tremenda barbaridad nos pareciera un elemento digno en su momento? Un misterio. Queda un premio de consolación, la idea de que la repugnancia ante lo que alguna vez fuimos signifique que hemos evolucionado. Que desde entonces hemos progresado unos centímetros gracias a los cuales lo que antes era gloria se ha convertido en medianía.

Quedan, por otro lado, las aguas movedizas de la escritura. El ansia perfeccionista es un arma de doble filo y algunas veces la corrección excesiva vuelve a la creación algo aparatoso, mecánico y sin alma. Esto se acentúa en especial en algunos géneros y con algunos autores. Basta recordar la célebre línea de John Keats, quien aseguraba que la poesía debía deslizarse con la naturalidad de una hoja que cae o no brotar en absoluto. Lo demás es artificio. Intentos por engañar, mera impostura intelectual.

Y también hay un punto en que uno debe rendirse y asumir que debemos soltar lo que tenemos, pese a que diste de ser ese diamante inalcanzable que perseguimos dentro de nuestra imaginación.

Sobre la perfección en perspectiva, Henry Kissinger le dio una lección adicional a Winston Lord.

Una tarde ambos jugaron algunas partidas en las que el segundo acabó por imponerse al primero en lo que fue una auténtica humillación. Para evitar que el pupilo perdiera el piso, Kissinger se sacó de la manga una idea: trajo a un campeón chino del tenis de mesa para que conociera a Winston Lord. Tal cual.

“Henry llegó y le dijo al campeón chino que Winston era un jugador muy bueno de ping pong”, recordaba Bette Bao, la esposa de Winston. “Eso es como decirle a los rusos que eres muy bueno para el ballet”.

Aquel campeón chino, en efecto, procedió a darle una paliza a su marido en el tenis de mesa, mientras Henry Kissinger sonreía desde algún rincón.

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Un héroe en cada hijo te dio

Es ya un lugar común mencionar el ejemplar sentido de solidaridad que los mexicanos muestran ante las tragedias y los momentos de crisis. Pero no está de más recordarlo, en especial en días de lágrimas y deriva, tanto por el embate de desastres naturales como por una espiral de podredumbre y violencia generalizada que parece cebarse con nuestra sociedad.

Hay que mencionarlo porque se tratan de manifestaciones que no ocurren en cualquier lugar, aunque algunos así lo crean. Tenemos una población con diferencias acentuadas por temas políticos y sociales, pero que al mismo tiempo sabe que hay algo más allá que nos une como personas. Aquí no hay separatismos ni trifulcas entre ciudades como pasa en otros puntos del mundo. Mientras haya una mesa o un partido de futbol, sabemos unirnos. Y, lo que es más, también hay una disposición de salir a la calle y responder con hechos cuando los embates de la vida se ensañan con los más débiles. Sabemos, como decía aquella canción, que ellos no son un peso ni una carga, son nuestros hermanos.

Más allá de los esfuerzos realizados por las autoridades, el pueblo mexicano se une y se entrega al bien común cuando hay un sismo, un huracán, un derrumbe… todo sin medir los posibles riesgos ni escatimar energía. Incluso los más humildes ofrecen sus manos o un pedazo de pan.

El destino de los mexicanos parece trazado entre el drama y la resistencia. Algo verdaderamente valioso debe tener este país como para haber aguantado tanto daño, tantos saqueos y tantas equivocaciones, como atestigua la historia. A pesar de todo, México se ha mantenido de pie con una resiliencia heroica. Esto ha brindado escenas memorables como la del señor que izó la bandera de México sobre las ruinas del Palacio Municipal de Juchitán o aquel grupo de rescatistas que cantaron  el “Cielito lindo” mientras ayudaban en las labores nocturnas de rescate tras el sismo del 19 de septiembre de 2017.

En la letra de “Cielito lindo” se encuentra uno de los atributos clave de la sociedad mexicana: ante la adversidad, el canto, la sonrisa que por unos instantes hace que se olvide el gran dolor que llevamos como cruz cuando estamos en silencio. Somos un país herido, cuya andanza resulta inverosímil bajo cualquier análisis… pero ahí sigue. Como decía Carlos Fuentes, México no se explica, no atiende a lógica ni a razones. Es más un asunto de fe. Algo en lo que se cree, con furia, con pasión y un eterno desaliento.

Si bien no soy patriotero ni nacionalista, México me apasiona. Me parece un caso de excepción. Me pasa lo mismo que a Fernando Savater: cuando veo una bandera de mi país es como si viera una bandera de la Cruz Roja: siento calidez, sé que se trata de un lugar en el que seré atendido y donde recibiré ayuda si lo necesito; un sitio al que le debo mi educación, mi familia y mi libertad. Por eso,  y pese a todo, si me dan a elegir… me seguiría quedando con México.  Se dice fácil pero aquí tenemos lo que por desgracia no existe en todas las naciones. No veo nada de malo en celebrarlo.

Cuando veo el color, la pluralidad, la solidaridad… cuando veo ancianos levantando piedras para salvar a los más jóvenes y a niños aguantando  lo indecible… en esos momentos añoro que un día este país pueda entrar en el esplendor que merece. Cada que alguien grita “Viva México”, la esperanza renace.

 

 

Terremoto en MéxicoFoto: AFP

Winston Churchill y la importancia del trago

Winston Churchill fue un hombre de época, uno de esos que a través de esfuerzo y determinación se encargan de cambiar el rumbo de las cosas. Desde joven, como descendiente de una familia de prosapia en el entorno británico, tuvo instalada una idea muy específica de lo que significaba el destino. Parecía que había una misión para él, o al menos así lo creía. Quería influir en el porvenir. Y en medio de un periodo crítico de la historia se encargó de abrirse el paso, sin intimidarse ni dejar que se le quebrara el pulso. La adversidad lo enardecía y en cada aspecto de su vida no temía a la hora de tomar direcciones importantes. Nunca quiso mostrar debilidad. Ni en los peores episodios le daba ese gusto al enemigo.

Churchill también tenía muchos defectos. Una serie de contraindicaciones que, de manera irónica, le ayudaban en un contexto muy particular. Era un tipo bélico y arrojado. Tomaba decisiones sin contemplar que las consecuencias pudieran ser desastrosas. Tenía una clase de optimismo que podía ser temerario y hasta imprudente, pero útil para que la mano no temblara en momentos donde la valentía era el único camino para la supervivencia. En un panorama de titubeos generalizados, alzó la voz y animó a un pueblo que de otro modo pudo acabar hundido.

Hablamos de un líder político que atravesó casi todas las esferas de primer nivel dentro del entramado estatal del Reino Unido. Era un gran histrión, un artesano de la palabra y un polemista feroz. Alguien culto y pasional. A su enorme intensidad le acompañaban algunos pozos de tristeza. En medio del maremoto político de la Segunda Guerra Mundial, tuvo que lidiar con la depresión, el “perro negro” que lo arrastraba en soledad, cuando los focos no lo veían.

También estaba rendido a los placeres. En especial al del alcohol. Sobre este último existe una anécdota de relativa celebridad ocurrida unos años antes de que asumiera el cargo de Primer ministro del Reino Unido.

A principios de los años treinta Winston Churchill viaja a Estados Unidos para dar una serie de lecturas en distintos recintos. El panorama era estimulante para el hombre que tiempo después se encargaría de plantar cara Hitler cuando el tablero internacional parecía cubrirse de llamas. Era alguien que gustaba de convencer y lanzar frases lapidarias ante la audiencia. Pero para él había un gran problema: “la prohibición”. La ley seca que impedía la venta de bebidas alcohólicas en todo el territorio estadounidense se encontraba vigente por aquel entonces. Esto era trágico para Churchill que tenía una fuerte dependencia hacia la bebida. No era un consumidor casual, sino uno de excepción. Se dice que tomaba por las mañanas (champagne), en la hora de la comida (whisky) y por la noche (brandy), para dormir bien. Sin el alcohol, pues, no podía estar a gusto. Entraba en crisis, se desesperaba. Eso ponía en jaque su buen desempeño en el exterior. La gira de conferencias podría ser un fiasco si no podía recurrir a una botella de Johnnie Walker (su whisky favorito, tanto el etiqueta roja como la negra). Era una situación que lo agobiaba y que, por fortuna para él, encontraría pronta y —curiosa— solución.

Los automóviles son un caos en Nueva York. Los conductores van con un ánimo casi salvaje y a menudo cometen imprudencias. La ciudad se mueve a ritmo vertiginoso y no hay espacio de consideración para los lentos y los distraídos. Así lo es en la actualidad y así apuntaba ya en los años treinta.

Winston Churchill lo descubriría al bajarse de un taxi, durante aquel tour que realizaba por suelo americano. Confiado ante la civilidad de la gente, no reparó en mirar hacia ambos lados al cruzar la calle. El descuido tuvo consecuencias: un auto que pasaba cerca lo arrolló. El ritmo del nuevo mundo no era igual que en Europa.

El cosmos parecía cebarse con Churchill, quien se encontraba en un periodo bajo de su carrera (parte de sus famosos “años en el desierto”), en el que fue apartado de las altos estratos políticos. Su fuerte personalidad y espíritu férreo le hicieron ganar enemigos. Y ya desde entonces se procuró aislarlo y mantenerlo lejos de las grandes resoluciones. Su posiciones alarmistas respecto a la geopolítica tardarían todavía unos años en ser aceptadas, pero eventualmente se convertirían en un eje crucial en la historia de la humanidad, cuando fue el primer gran líder opositor del expansionismo nazi.

Churchill acabó en el hospital con diversas lesiones debido al atropello. El conductor que lo impactó iba a tan solo 56 km/h, por lo que pudo ser dado de alta poco después. E incluso llegó un beneficio inesperado para él. Si bien sufrió daños considerables, fueron menores dentro de lo que se podía esperar. Y lo mejor vino durante la consulta con el doctor, ya que durante la ley seca se podían hacer excepciones para aquellos que tuvieran algún justificante que diera carta libre para que el paciente consumiera alcohol, en caso de que su padecimiento así lo requiriera.

Así ocurrió con Churchill que obtuvo un certificado médico con el que, al fin, pudo tener acceso a la bebida sin restricciones. Esto era lo que expresaba el documento:

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Esto es para certificar que la convalecencia post-accidente del H. Winston S. Churchill requiere del uso de bebidas alcohólicas, especialmente durante la hora de la comida. La cantidad es naturalmente indefinida, pero el requerimiento mínimo sería de 250 centímetros cúbicos.

Firmado: OTTO C. PICKHARDT, M.D.
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250 centímetros cúbicos es el equivalente a unos 6 shots de alcohol puro. Y eso era el mínimo requerido por Winston Churchill, quien poco después se iría de vacaciones para completar su recuperación.

Tengan por seguro que aprovechó la oferta ilimitada.

 

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Una o dos tazas de té para empezar

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La imagen de arriba fue tomada el 25 de diciembre de 1940 en Londres, Inglaterra. Es la celebración navideña de un grupo de personas que aguantaban los bombardeos nazis desde un refugio subterráneo. Lo hacían lejos de sus hogares, lejos de una ventana con vista al jardín. La operación Blitz fue el bombardeo que los alemanes lanzaron sobre tierras británicas entre septiembre de 1940 y  mayo de 1941. Durante el periodo fallecieron más de 40,000 personas inocentes y más de un millón de casas quedaron destruidas. El plan de Hitler y sus hombres era debilitar la infraestructura de los británicos con miras a una futura invasión estratégica, una vez que habían ya ocupado gran parte de Europa (incluido el norte de Francia). Pero su intención era también diezmar los ánimos de la población civil. Quebrar su moral y causar una ruptura interna. De ahí que el objetivo de sus bombardeos fuera en exceso cruel, sin apenas contemplaciones por los lugares que acabaron afectados. En ello iba contenido el enojo y la impaciencia alemana, ya que las autoridades británicas habían decido ser la excepción: se mantuvieron férreos y plantaron cara a la Wehrmacht hasta las últimas consecuencias. Eran la única presencia en Europa que se les resistía por aquel entonces. De ahí que la violencia se dirigiera a otras tantas ciudades, entre las que se encontraron LiverpoolBirminghamSouthampton. Sin embargo, el gran torbellino cayó precisamente en Londres, que terminó por sufrir cerca de 71 bombardeos. El mensaje era claro. Aplastar al Reino Unido era una prioridad de Hitler en su obsesión de dominio territorial. La intención era barrer. Barrer rápido y sin piedad.

Pero olvidemos detalles dolorosos y pongamos de nuevo atención a la foto de ilustra este artículo. En términos prácticos las personas que aparecen ahí estaban escondidas bajo tierra (el país no estaba preparado para la situación, por lo que incluso las estaciones de metro tuvieron que adaptarse como guaridas) ante un panorama desolador. Apretados, en un espacio con poca ventilación y sin la compañía de muchos seres queridos. Nótese que solo un hombre se encuentra ahí (aunque su bigote bien podría contar por una familia). La mayoría de los presentes, de hecho, son niños. El conjunto de las circunstancias por las que atravesaban ofrecía poco para la alegría. La pintura es para llorar. No obstante, una vistazo rápido nos indica lo contrario. La gente está sonriendo. Pese a todo están sonriendo. Y no se tratan de sonrisas fingidas, sino (o al menos eso parece)  sonrisas llenas de una genuina emoción. Los nazis no los estaban amedrentado. La población no les estaba dando el gusto. Mientras la superficie se deshacía, ellos habían tomado la decisión de seguir adelante. De no interrumpir la fiesta ni los momentos de gozo. Quizás ese año no tendrían regalos ni comida fastuosa. Pero se tenían los unos a los otros. Había optimismo e ilusión. Y tenían té. Ahí llevan enfrente las tazas. Eso era irrenunciable, en consonancia a lo que decía Sir Arthur Wing Pinero en aquellas famosas palabras: “Donde hay té, hay esperanza”. Los enemigos podían destruir los alrededores y llevarse sus pertenencias, pero nadie podía quitarles la voluntad de pasarlo bien, de conservar el talante.

El peor de los bombardeos llegaría cuatro días después, el 29 de diciembre de 1940. El Reino Unido sufrió en serio. Se doblegó, mas no se rompió. Fueron momentos de gran tensión. Y aunque los daños materiales fueron enormes, y en eso los alemanes habían golpeado a placer, la victoria moral fue del pueblo británico. Aquellos rivales temibles no pudieron ocupar su territorio. A la guerra le quedaba mucha historia por delante aún. El sufrimiento no se detendría. Pero de igual forma nadie escatimó (y no solo Winston Churchill) en sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Con ello queda claro que la celebración en tiempos de crisis no es una frivolidad, más bien es un recurso necesario para mantener la moral. Se trata de un modo de resistencia. El abatimiento emocional puede conducir al rendimiento, a la derrota, mientras el júbilo mantiene el don de fiesta, el entusiasmo por la victoria. El quedarse en pie dando pelea. Al respecto, recordar otra frase, esta esta vez sacada de una novela de Jasper Fforde: “(…) no hay ningún problema en la Tierra que no pueda aminorarse con un baño caliente y una taza de té”. (Cita que, por cierto, circula con ligeras variantes  en redes sociales atribuida a un tal Bernard-Pablo Héroux del que no hay referencia en ningún lado y que, en definitiva, parece no existir, por mucho que se le divulgue sin reparar en fuentes fiables)

Ante la adversidad: calma e impavidez. Cierto dejo de menosprecio a la ola de lava que se viene. Que no, aquella avalancha de piedras y fuego no se llevará el crédito de romperte los nervios. Es conveniente, desde luego, tener un plan y trabajar duro para llevar a cabo el contraataque. La negligencia tampoco deja nada positivo. Fuera de eso, los ratos libres tienen que disfrutarse ya que de ellos nace la motivación para mantenerse firme. Seguir con normalidad hasta donde se pueda contribuye a no caer en dramatismos ni en desgastes que puedan acelerar una posible rendición o agotamiento. No. Un puñado de música, unas cuantas copas de danza y una mesa poblada de conversación. Ahí un combustible para sobrellevar la tormenta. Esto último queda resumido a la perfección en un artículo de Carlos Zúmer que topé hace poco y que sirvió de inspiración para este texto. Defender al máximo el estado de normalidad es vital en tiempos de guerra, en el que todo el malestar debe estar enfocado en los acontecimientos estrictamente necesarios, sin excesos. Mantener así la ecuanimidad por el mayor tiempo posible.

Una forma de ilustrarlo queda en la portada de un grupo precisamente londinense. Me refiero al Crisis? What Crisis? (1975) de Supertramp, en el que un hombre se pone a tomar el sol, tan campante, en medio del caos. Así, sin agobiarse demasiado, a sabiendas de que ceder a los placeres acerca más al éxito de lo que lo aleja. Ni Santa Claus podría esperárselo.