Cuando el Necaxa le ganó al Santos de Pelé

Hace unos años tomé un taxi en la Central de Autobuses de Ciudad de México. Me tocó subir a uno que era conducido por un anciano de bigote y cabello cano. Le indiqué la dirección a la que íbamos e inició el camino. Al poco rato me preguntó que de dónde venía. Para no decirle que venía de San Luis Potosí (información confidencial que luego podría vender a grupos de estafadores rusos), le dije que venía de Aguascalientes.

“Ah, ahí juega el mejor equipo de México: el Necaxa”, me respondió y a partir de surgió una conversación del futbol de antaño, un ritual que por desgracia ya no existe y en donde el deporte, el honor y la pasión ocupaban un lugar preponderante, por encima de los factores extracancha que en la actualidad tanto dominan e influyen sobre la concepción del juego.

Le comenté que yo era uno de esos niños que se hicieron aficionados al Necaxa durante la década de los noventa, cuando el equipo era un portento que marcó a una generación. El Necaxa que deslumbraba con jugadores de la talla de Ivo Basay, Álex Aguinaga, Nacho Ambriz, Luis Hernández, Alberto García Aspe, Ricardo Peláez, Sergio Almaguer, “El Ratón” Zárate, Sergio Vázquez, Cuauhtémoc Blanco e incluso el crack “Popeye” Oliva. Todos ellos jugadores de primera clase, que podrían estar sin problema alguno en un hipotético 11 histórico del balompié nacional. Dirigidos, por cierto, durante algunos años por el gran Manolo Lapuente, cuyo estilo vistoso y efectivo lo llevaría al banquillo de la selección mexicana.

Con el taxista también hablé sobre la mítica participación del Necaxa (ya con Raúl Arias) en el Mundial de Clubes del año 2000, cuando los Rayos tuvieron contra las cuerdas al Manchester United de Ferguson (con Gary Neville, Beckham, Roy Keane, Stam y Ryan Giggs en el campo). Un partido que estuvo cerca de ganarse, si no hubiera sido por un gol de Dwight Yorke en el minuto 88 que puso el 1-1 en el marcador final. Unos días después, el Necaxa ganaría el partido por el tercer lugar ni más ni menos que al Real Madrid, comandado por Raúl y en el que también estaban Fernando Hierro, Karanka, Helguera, Morientes, McManaman y… ¡Samuel Eto’o! Todavía, hasta la fecha, es la participación más destacada de un club mexicano en esa competición.

Y eso nos llevó a tocar una hazaña aún mayor. Un suceso que las generaciones más jóvenes ya no recuerdan, pero que en su momento supuso un hito. La primera vez que un club de México dio un golpe mayor en el plano internacional, mucho antes que el América, Chivas, Cruz Azul, Pumas o Pachuca pudieran preciarse de ello.

El Necaxa le ganó al Santos de Brasil en 1961, una entidad que contaba entre sus filas con un tipo llamado Edson Arantes do Nascimento “Pelé”. Sí, el Necaxa le ganó a la orquesta que comandaba Pelé.

El partido ocurrió el 2 de febrero de 1961 y se llevó a cabo en el Estadio Universitario (que se volvería Olímpico por lo del 68) durante un Pentagonal en el que también participaron el Guadalajara (que a la postre se llevaría el título), el Oro e Independiente.

El Santos de aquel entonces era un monstruo temible, y uno de los mejores del mundo. Además de Pelé, el equipo contaba con jugadores campeones con la selección brasileña como Mauro Ramos, Countinho, Pepe y Zito.

Cabe destacar que el Necaxa fue la única entidad capaz de vencer al Santos en el pentagonal. Durante los días previos hubo muchas especulaciones y burlas acerca de la probable goleada que iba a llevarse el Necaxa pero, para sorpresa de los presentes, el día del partido fue muy diferente. Todos acabaron con la boca abierta cuando el Necaxa se puso 2-0 arriba del Santos. Sin embargo, luego el Santos remontó en unos minutos de vértigo hasta dejar un 2-3 sobre el tablero.

Fue ahí donde muchos se desanimaron. Era un golpe de dura realidad: la marabunta brasileña había reaccionado y si se ponían serios no había nada que hacer. Eso pensaba la generalidad, excepto por los componentes del Necaxa que no se rindieron. Fieles al espíritu de épica de la institución, lucharon hasta el final. Y no solo empataron 3-3, sino que, 20 minutos antes de que aquello acabara, Dante Juárez, quien dio un partidazo, anotó el gol del triunfo. Las crónicas de la época relatan que los últimos instantes del juego estuvieron dominados por la valentía del cuadro Necaxista que le había comido la moral al que muchos consideraban el mejor equipo del mundo. El Estadio de Ciudad Universitaria enloqueció ante el acontecimiento. Una anomalía había ocurrido ante sus narices.

Los sobrevivientes de aquel cuadro Necaxista todavía se reúnen cada 2 de febrero para recordar el día en el que cimbraron al mundo futbolístico y en donde demostraron entereza ante la adversidad.

***

El Necaxa. Una pandilla de orígenes electricistas. Siempre con humildad y con una travesía injusta y desafortunada. Conformaron un misterio: club con historia, trofeos y leyenda que, sin embargo, ha vivido a la sombra. Ninguneado, desmantelado y sin gran apoyo, se las ha ingeniado para sobrevivir a través de varias encarnaciones. Y una escuadra que ya desde los años veinte trajo modernidad al país al incorporar un sistema muy semejante a lo que ahora se conoce como tiki-taka: pases cortos, rápidos, en donde se priorizaba lo colectivo antes que lo individual, muy deudores de lo que por entonces se manejaba en la vanguardia del futbol británico.

Ya en los años treinta llegó la etapa de los míticos “11 hermanos”, caracterizados por su gran camaradería y entendimiento dentro del terreno de juego. Horacio Casarín y el “Pichojos” Pérez se volverían unas de las primeras celebridades del futbol nacional. Estrellas pop en tiempos donde inauguraron el término de “doblete” para enaltecer las vitrinas a la escuadra a la que representaban.

Luego, de manera explicable (bueno, por problemas económicos y falta de proyecto), vinieron dos desapariciones (una en 1943 y otra en 1971). La modernidad pretendía barrer con el legado de un equipo que había surgido en medio de la fantasía. No obstante la llama quedaba ahí, era un milagro tan fuerte que no se olvidaba, inclusive al escasear las voces que mantenían vivo el aliento.

El 21 de mayo de 2016 el Necaxa ganó otra final de ascenso y ese día recordé a aquel taxista, tan amable, con el que disfrute de una hora y media de trayecto. El que me contó cómo de niño, junto sus amigos, y gracias a la magia de la radio, se rindió ante el Necaxa de los 10 minutos infarto. Ese que podía ir abajo 3-0 sin darse nunca por vencido y que de algún modo se las arreglaba para dar la vuelta en los últimos suspiros del encuentro.

Lamento no recordar el nombre de aquel señor. Alguien con un vehículo viejo que seguramente no pasaría el filtro de Uber, pero que me dio una cátedra del verdadero amor por el deporte. Espero que el hombre siga vivo y que siga contemplando la enésima caída del Rayo.

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Álvaro Arbeloa. Uno de los nuestros

Álvaro Arbeloa, un hombre en toda la extensión de la palabra, se retira del futbol. Nunca fue el jugador más técnico (lo cual compensaba con pasión y disciplina), lo cual le costó muchas críticas, en especial al final de su carrera. Pero en él había un atributo poco frecuente y, por desgracia, en peligro de extinción. Me refiero al compromiso. Un compromiso dentro y fuera de la cancha. Tener a Arbeloa en tu equipo era tener a alguien dispuesto a morir por la camiseta. Un espartano que defendía al grupo hasta las últimas consecuencias, en cualquier momento, en cualquier escenario. Estaba ahí para los suyos incluso cuando ya no pertenecía a la plantilla. Nunca quiso ser políticamente correcto. No puso la otra mejilla ni volteó hacia otro lado cuando alguien cometía una falta de respeto. Eso le costó enemistades y la animadversión de figuras vomitivas, e incluso distanciamiento con compañeros de la selección española. Sin embargo Arbeloa siempre siguió a lo suyo. Plantando una sonrisa y dándolo todo de sí, fuera mucho o poco.

Ya lo he dicho en el pasado. Arbeloa está en mi top 10 de jugadores de la última década. Jugó en dos de mis tres equipos favoritos, el Liverpool y el Real Madrid (el otro es el Necaxa) y siempre vi cómo se entregaba en cuerpo y alma. Era todo corazón. Aunque se codeara con estrellas, en realidad era uno de los nuestros. Era un aficionado con los colores en la sangre. Con cualidades y limitaciones, era un embajador de todos aquellos que estaban en las gradas o de los que mirábamos por televisión.

En sus últimas entrevistas se nota que Arbeloa ya no era del todo feliz. Aunque existía la posibilidad de seguir jugando en EE.UU. o en alguna liga exótica para llenarse la cartera, ha preferido colgar los botines. Después de estar en el Real Madrid, el club de sus amores, debió resentir recalar en otro lugar muy distinto. Cualquier cosa le habría sabido a poco. De modo que ha optado por decir adiós. Por fortuna alcanzó estar ahí cuando el Madrid ganó su título más ansiado, la Décima Copa de Europa.

Aquella noche en Lisboa, donde el Madrid fulminó al Atleti con un dramático 4-1, Arbeloa tuvo un detalle que mostró su grandeza. Un gesto que lo convirtió en uno de los personajes más destacados del evento, sin siquiera jugar un solo minuto.

Al terminar el partido, Arbeloa se puso una camiseta para festejar la victoria. No era una camiseta relativa a una consigna política, ni tampoco alguna clase de reivindicación personal. Era una camiseta con la leyenda Live Forever, en honor a Juanan Palomino, un madridista (y devoto de Oasis) fallecido en el accidente ferroviario de Angrois, unos meses antes.

Juanan era un tipo carismático que se desvivía por el Madrid. Un fan de hueso colorado, de esos que se obsesionan por el deporte hasta el delirio. Un joven que ansiaba la llegada de la Décima Copa de Europa como lo manifestaba en sus redes sociales. Si alguien merecía estar en el estadio era él. La suya era una historia trágica que pudo caer en el olvido. Pero Arbeloa se encargó de que no fuera así. Rescató la figura de Juanan en plena celebración, cuando el resto de sus compañeros estaban centrados en sí mismos y en la gloria que les llegaba.

Juanan estuvo ahí en la mágica noche de Lisboa con una playera que lo identificaba. Todo porque Álvaro se acordó de él. Fue el único jugador de la plantilla en hacerlo. Con ese mítico Live Forever, que es un canto a la vida, pasó por la medalla y subió por la Orejona.

Xabi Alonso ha señalado las mayores características de Arbeloa: lucha y lealtad. Un espíritu que ha defendido sus creencias sin regatear un solo gramo de esfuerzo.

Lo dicho; aun con todo lo ganado, con todos los éxitos y todo el dinero, Arbeloa nunca perdió la perspectiva: era uno de los nuestros. Así lo fue mientras jugaba, y así lo seguirá haciendo en cualquier lugar al que se dirija.

Para algunos románticos, siempre será nuestro capitán.

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Ser Ancelotti ante la crisis

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Una foto famosa y medio vieja. Pertenece a la final de la Liga de Campeones de la UEFA 2013/14 entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid disputada en Lisboa. Si uno la mira con atención, en ella se reflejan las dos formas principales de reaccionar ante un conflicto. Ocurrió durante un punto determinante. Aquel partido se había puesto cuesta arriba para el Madrid debido a un gol de Godín  (error de Casillas incluido) poco antes del medio tiempo. El Atleti era un equipo rocoso que, pese al cansancio de toda una temporada, luchaba al límite cada balón disputado. Era difícil remontarles. Complicadísimo de hecho, ningún equipo de Europa le había podido plantar cara a esos espartanos de Simeone. Y el Madrid, después de mucho intentarlo y sufrir, finalmente lo consiguió cuando el partido llegaba casi a su fin. Sergio Ramos anotó de cabeza al filo del minuto 93 para empatar y mandar el juego a tiempos extra donde la balanza se inclinaría hacia los merengues con tres goles más. El Atleti estaba ya desfondado. Lo demás es leyenda.

Queda, eso sí, la estampa del área técnica. Zidane y Ancelotti. Las dos formas de entender una crisis. Simplifico bastante, pero la idea está ahí. Dos vertientes de las que parte el resto de las opciones: la serenidad y el aspaviento. Cuando el caos llega uno puede ser como el italiano o como el francés. Cada uno funcionará dependiendo el contexto, pero en lo personal considero que siempre será preferible ser como Ancelotti. Al menos para conservar el estilo. Su mirada en la foto es una perla. El equipo perdía el campeonato de mayor importancia y aun así le agobiaba que su mano derecha perdiera la cuadratura. Que ya no somos niños, parecía decirle. Que el desastre se lleve el disgusto de dejarnos inmutables.

Intolerancia a la derrota

Soy alguien que no sabe perder. Me duele encajar la derrota y tengo complicaciones para superar el mal trago. Da igual que se trate de un gran compromiso o de un simple juego amistoso. La reacción siempre se desborda en amargura.

Cuesta trabajo apropiarse de un sentimiento tan alejado de la gloria. Asumir un plano excluido al que se le niegan las flores y aplausos. Y no digo que ante el fracaso tenga la reacción de un canalla. Estoy lejos de hacer berrinches o tirar una patada al tablero en donde ocurrió la hecatombe: odio los aspavientos. Cuando el triunfo se niega procuro reaccionar con dignidad. Guardo silencio y doy un paso al costado.

Lo que señalo es que perder me sabe mal. Muy mal. Más de lo que pudiera considerarse normal. Padezco síntomas físicos incluso. No puedo sonreír ni reconocer que el resultado adverso sea definitivo. Soy incapaz de aceptar una carga semejante. De inmediato paso a la etapa de recriminaciones. Una serie de juicios y cuestionamientos contra mi propio desempeño y mi manera de ser. Le doy vueltas a las decisiones equivocadas y hago un repaso a las opciones que pudieron traer un mejor final.

Desconfío de quienes aceptan la derrota como si se tratara de un acontecimiento cualquiera. Esos que se precian de tomárselo con filosofía mientras sonríen para la foto.

Considero que un grado de consternación resulta recomendable para no acostumbrarse a la ruina. Hay aprender de las desventuras. Tomar nota de los días negros para regresar reforzado la próxima vez. De las derrotas sacar una pizca de orgullo. Ver en ella una especie de motivación. No quieres volver a sentirte igual ni darle el gusto a tus contrincantes de llevarse la gloria frente a tu cara. Así que trabajas. Te partes el lomo el tiempo que sea necesario para que la victoria se sienta atraída hacia ti.

La lección del desastre está en ese departamento. La frustración ante los resultados negativos no debe.desalentar rumbo al futuro. Eso supondría una doble derrota. Si se ha perdido, hay que volver a intentarlo. Aunque podamos perder una vez más.

Estrellarse contra la pared las veces que sean necesarias. Pase lo que pase se dejará una huella.

Se trata de no tomar la derrota a la ligera, sino verla desde otra perspectiva. Ya ni siquiera como un estado indeseable, sino poco una etapa necesaria para el progreso. Los libros están llenos de historias de redención. Y es en los puntos bajos donde nacen las historias de éxito. Recibir golpes puede derribarte pero al mismo tiempo puede llevar tus virtudes al límite. A sobreponerse a lo que sea para no tener que repetir el mismo calvario.

Para ello es vital alejarse del conformismo. De nuevo: sentirse maldito con un segundo o tercer lugar (el que otros celebrarían). Estar incómodo en el peldaño de abajo. Luchar por cada centímetro de terreno que sea posible. Los ejemplos de figuras que logran sobreponerse son fascinantes. Hay belleza en ciertas vidas de fracaso cuando los protagonistas logran sacar petroleo de la miseria. Hay mucho que aprender de los desempleados, De la gente que ha sido abandonada por sus familias. De los que perdieron los últimos ahorros en un juego de apuestas. Del borracho que sigue caminando después de haber recibido una paliza.

El deporte es un campo en donde se ilustran estas ideas. La postura ante el fracaso cobra relevancia cada fin de semana. Siempre hay que estar preparado. Y jamás habituarse a los trofeos ni a las penurias. Renovar la ambición en el día a día sin conceder tregua a la medianía. Tener muy en mente aquello que decía Luis Aragonés«Y ganar y ganar y ganar… y volver a ganar, y ganar y ganar… Eso es el fútbol».

La cumbre es el objetivo principal. Lo demás son trivialidades.

Futbol, sí. Con el paso del tiempo se ha desvanecido parte de romanticismo (no todo, por fortuna) que ha impulsado espectáculos bochornosos como el que protagonizaron algunos jugadores del Real Madrid hace unas semanas.

Resulta que el Real Madrid perdió por goleada (4-0)  contra sus vecinos del Atleti. Una humillación para los aficionados que no tardaron en manifestar un cúmulo de indignación contra sus representantes en el terreno de juego. Lo peor no quedó ahí, en la parquedad con la que los futbolistas enfrentaron una de las citas más importantes de la Liga, en donde el honor está en juego al igual que la estabilidad emocional de muchas personas.

No, lo peor tuvo que ver con lo que llegó después. Ese mismo día, varios jugadores del Real Madrid se fueron de fiesta para celebrar —con retraso— el cumpleaños de Cristiano Ronaldo y, en el caso de Iker Casillas, el de Sara Carbonero.

Todo bien con el tiempo libre. Cada quien sabrá cómo utilizarlo y los deportistas están en su derecho de divertirse cuanto puedan. Siempre y cuando no dañen a terceros, claro. Y en este caso en particular, la afrenta contra la afición es terrible. Los brincos y risas luego de una derrota catastrófica suponen una idea tristísima: que los jugadores, tus representantes en la cancha, no sienten los colores del mismo modo que tú. Que sus emociones van a medio gas y que no conciben la competencia como una cuestión de vida o muerte.

La maquinaria se rompe cuando se empieza a ver en el desastre una mera anécdota. Una infamia en la actitud. Es comprensible que una fiesta organizada desde hace semanas tenga que llevarse a cabo (igual el error fue programarla en una fecha que coincidía con un evento de alta exigencia), tampoco es que se pida una cancelación de la Navidad. Lo único que uno esperaría es que la fiesta estuviera invadida por cuerpos cabizbajos, moños negros y copas llenadas con lágrimas. Mínimo.

Por el contrario, las fotografías y videos del evento muestran un cuadro social en pleno jolgorio y en donde es imposible detectar un traza de remordimiento. El sueldo millonario ahí se queda, de cualquier forma. Para qué agobiarse por lo que ocurre con una pelotita.

Frente a tal panorama, prefiero recordar a los viejos héroes. Cuando veo que se le falta al luto de la derrota, me viene a la mente el gran Bill Shankly, un hombre de carácter que no concebía peor penuria que la de privarse de la victoria («Si eres el primero eres el primero. Si eres el segundo no eres nada»). Cuenta la leyenda que cada que el Liverpool perdía, su afectación era tal que la única terapia con la que conseguía sobreponerse era regresar a casa para ponerse a limpiar el horno. Liberar las tensiones en un entorno íntimo con una actividad trivial que lograba despejar la mente. Sin grupos musicales ni serpentinas. Una reacción contraria al tumulto, en donde se regresa a las bases para agarrar fuerza de nuevo.

Luego está Mourinho y su método. De él me acuerdo mucho también. Cuando le tocó perder 5-0 contra el Barcelona en su primer año con el Real Madrid, dio una lección de cómo actuar frente a la derrota. Se comenta poco de ello ya que los ojos se dirigen al equipo triunfador que logró aquel día un brillante despliegue de juego. Pero Mourinho dejó la gran enseñanza (al menos para mí, aunque admito que en eso influyen mis preferencias futbolísticas) en la rueda de prensa posterior al partido.

La paliza no lo amedrentó. Salió y enfrentó a los reporteros con la mirada en alto sin mostrar un solo signo de debilidad. Por dentro quizás lo consumía la ira y la desesperación, no lo sé. La cuestión es que por fuera no dejó que se notara. Sus palabras —con un español medio atropellado— fueron las siguientes:

«Cuando pierdes… cuando te meten cuatro o cinco (goles) como hoy, no tienes que salir a llorar. Tienes que salir con voluntad de trabajar, con voluntad de entrenar, con voluntad de jugar el próximo partido. Jugamos el sábado… es una pena que sea (hasta) el sábado. Debería ser ya mañana. Me gustaría jugar ya mañana y no jugar el sábado… no tener que esperar tanto tiempo para jugar. Porque pienso que la gente con carácter después de un partido tan malo y de un resultado tan negativo, tiene que volver a entrenar, tiene que volver a jugar y tiene que volver a ganar».

Seguir adelante, sin más. No a través de la frivolidad, sino asumiendo el golpe y trabajar para enmendarlo. Olvidarse de los refugios. Dejar de esconderse o evadir el tema. Estar puntual para la próxima oportunidad. Impedir que los rivales te vean derrumbado. Que sepan que aún no se libran de ti.

Tiempo después Dudek ahondó en lo ocurrido en el vestuario luego de la manita que se llevó el Madrid.

«El Barcelona nos ganó 5-0. Eso había sido un desastre. Después del partido, había un caos total en el vestuario. Algunos jugadores estaban llorando, otros estaban discutiendo, algunos miraban hacia el suelo. Entonces Mourinho entró al vestuario. Él sabía que lo que había ocurrido era horrible para el equipo. Nos miró y nos dijo: “Sé que esto os duele mucho. Quizá para la mayoría de vosotros es la peor derrota de toda vuestra carrera deportiva. Ellos están felices ahora y parece que ya han ganado el campeonato, pero solo han ganado un partido. Esto es sólo el comienzo. Todavía queda un largo camino para conseguir el título. Mañana os doy el día libre, pero no os quedéis en vuestras casas. Id con vuestras familias, hijos o amigos a dar un paseo por la ciudad. Que la gente vea que podéis superarlo. Quizá la gente hable del significado de esta derrota, pero no os escondáis. Tenéis que mostrar vuestra hombría. Después de esta derrota, hay que luchar por el título».

Aquella Liga, por cierto, continúo y se le consideró como una de las mejores desde que se tiene registro. El Barcelona la ganó. Hizo en total la friolera de 96 puntos por 92 del Madrid. Un duelo titánico hasta el final.

Los de Mourinho no murieron después de la goleada de aquel día. Mejoraron y mejoraron. Al año siguiente le ganaron la partida al mejor Barcelona de todos los tiempos y se llevaron la llamada Liga de los Récords.

El Madrid hizo un total de 100 puntos y 121 goles en 38 partidos. Una proeza que nunca se había logrado en la historia.

Jose Mourinho

Ser uno mismo. En recuerdo de Brian Clough

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(Foto: REX FEATURES)

Bien se puede medir la dimensión de un personaje por medio de sus frases. Y en ese terreno, pocos pueden hacerle sombra a Brian Clough. Para entender su forma de ser, basta recurrir a sus palabras.  Las de alguien que se refería a Frank Sinatra como “el tipo que me conoció”  y que cuando Muhammad Ali lo amenazó para que cerrara la boca, respondió entre risas que no se detendría y que quería pelear con él.

Eso era Brian Clough. Ni más ni menos.

A los bravucones se les distingue porque casi siempre están por debajo de lo que pregonan. Por eso sorprende que lo conseguido por Brian Clough en el mundo del futbol esté a la altura de sus maromas verbales. Como entrenador dejó un sello que todavía se comenta y se estudia.. Alguien capaz de ganar la Liga Inglesa con el Derby County, un equipo modesto al que llevó a la cima luego de tomarlo en el hundimiento de la segunda división. Con ese equipo, acostumbrado al sufrimiento en estadios para 20 mil personas, llegó también a semifinales de la Copa de Europa, un torneo que  años después alcanzaría —ya con otro club— llevar a sus vitrinas.

En esa semifinal perdida, cayó frente a la Juventus de Turín, uno de los integrantes de la nobleza europea. En comparación el Derby County era tomado casi por un equipo de barrio. Pero luego de la derrota en el polémico partido de ida, Clough no se amilanó y dijo a los periodistas italianos que pretendían entrevistarlo que él no hablaba con “tramposos bastardos”. De este modo manifestaba su inconformidad con las artimañas empleadas por los blanquinegros dentro y fuera del terreno de juego. A su lengua afilada le importaba  más la resistencia  que los modales.

Las hazañas en su carrera continuaron. Se le recuerda en especial por su etapa con el Nottingham Forest, otro equipo que tomó de la segunda división hasta llevarlo a ganar su primera (y única hasta el momento) Liga Inglesa. Con un plantel armado con inteligencia, arrasó en los estadios y alcanzó, ahora sí, a ganar dos Copas de Europa consecutivas (la 78/79 y la 79/80) que lo catapultaron hasta las nubes.

Sus equipos se caracterizaron por tácticas ofensivas acompañado de un gran orden atrás. Un estilo vistoso que presionaba a los rivales desde la salida. Ansias por alcanzar la gloria en cada oportunidad. Una especie de alegoría de lo que Clough era como personaje. Alguien que atacaba, pero siempre partiendo de una base, de un orden interno.

Sin embargo, más allá del palmarés, la huella que Brian Clough dejó en el futbol radica en gran medida a su magnetismo como figura.  Cada una de sus entrevistas era una lección de ingenio y valor, en donde no escatimaba en palabras a la hora de expresar su punto de vista, siempre polémico. En tiempos de corrección política (instalada en la colectividad por figuras como Pep Guardiola), el recuerdo de Brian Clough resulta indispensable para entender esa actitud, ya en desuso, la de priorizar el compromiso con uno mismo y los suyos antes que llevar la fiesta en paz con el rival.

Con él ocurre un fenómeno parecido al de Bill Shankly. Su importancia, por encima de los títulos alcanzados,  está afianzada a una filosofía de juego y de vida. Si bien los trofeos que ambos acumularon no son poca cosa (en especial Clough), su marca sobrepasa a cualquier objeto que pueda guardarse en una vitrina. El legado se encuentra repartido en el campo abierto: en una concepción del deporte y del honor. Hay entrenadores que ganaron más trofeos, pero ninguno removió las aguas como ellos dos, que bien podrían considerarse (junto a Matt Busby) los pilares en los que se sostiene el área técnica del futbol británico.

Brian Clough no se cortaba. Su particular forma de ver el futbol lo impulsaba lanzar ataques a quien tuviera enfrente. Esto le costó varios enemigos. El más celebre de ellos fue Don Revie, con quien mantuvo tensiones durante años. El conflicto comenzó cuando Clough criticó la manera en que Revie dirigía al Leeds United, un equipo de tendencias bruscas que se convirtió en la sensación y referencia del futbol inglés de los años sesenta y la primera mitad de los setenta.

Por una ironía del destino, cuando Revie dejó al Leeds (equipo al que mantuvo entre el primer y segundo lugar durante casi una década) para dirigir a la selección inglesa (que venía de fracasar en el objetivo de clasificar al mundial de Alemania 74), el sustituto sería el mismísimo Clough, el gran detractor histórico de la institución. El resultado fue un choque de trenes. Clough duró apenas 44 días en el cargo. Los malos resultados, unidos a un ambiente hostil en el vestuario inclinaron la balanza hacia la ruptura. Los jugadores del Leeds, que le guardaban devoción a Revie, le tendieron la cama a un sucesor que desde el primer día les plantó cara. Lejos de retractarse de las críticas que les hizo en el pasado desde el banquillo del Derby County, Clough atizó a la menor oportunidad. Recién tuvo por primera vez a sus nuevos jugadores enfrente, les advirtió: “Por mí pueden tirar todas las medallas que han ganado, porque las consiguieron a base de trampas”.

Clough era un promotor del juego limpio, de permanecer lejos de la infamia. Un idealista. Al contrario de la virulencia frente a los micrófonos, sobre el terreno de juego se cedía al futbol amable con el espectador. Valoraba que el balón rodara por la cancha (“Si Dios hubiera querido que jugáramos en el cielo, le habría puesto césped”) y que los jugadores no simularan ni recurrieran a la pillería. Y era un hombre de principios. Alguien con un alto aprecio por la lealtad y experto ensalzar su propia figura para que todo el mundo supiera quién mandaba en la sala. Con él en la dirección era inconcebible la existencia de los jugadores vanidosos, especie tan común hoy en día caracterizada por su propensión a los espejos y portadas de revistas.

El mal trago en el Leeds llevó a Clough a establecer sus planes con la premisa de que nadie debe estar por encima del entrenador. Cuando menos en lo que se refiere a materia deportiva. Al respecto, conviene mencionar una declaración que hizo unos meses antes de morir. En ella se refería a José Mourinho, a quien por entonces (2004) la prensa comenzó a comparar con él gracias a los crecientes éxitos que el portugués tuvo con el Chelsea:

Hay un poco del joven Clough en él. Para empezar, es alguien apuesto y, como yo, no cree en el sistema de estrellas. Está consumido por la disciplina y el espíritu de equipo. Los futbolistas tienen que encajar en su particular visión y patrón de juego, lo cual está bien.

Para ilustrar su obsesión con la lealtad, hay una anécdota de sus tiempos con el Nottingham Forest. Por aquel entonces era habitual que despidiera a empleados del club debido a su bajo margen de tolerancia en lo que respecta a la conducta. Cuenta la leyenda que en cierta ocasión se encargó de despedir a un par de secretarias porque las descubrió cometiendo un pecado flagrante: reír en las horas posteriores a una derrota del equipo. En cuanto Clough las sorprendió en estado de júbilo, para él quedaba claro que no podían estar en su mismo barco, en donde todos flotaban o todos se hundían al mismo tiempo.

Su debilidad por la utopía lo mantenía en un estado de reproches constantes de los que nadie se libraba. Ni siquiera su propia afición, a la que echaba en cara la falta de apoyo en tiempos difíciles.  La realidad pocas veces se acercaba a los designios de su imaginación, sin embargo, lo alto de sus miras también estiraba las posibilidades al máximo, plantando así su huella en los lugares que otros consideraban inaccesibles.

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(Foto: Peter Robinson)

Cabe destacar que en el plano táctico, Clough distaba de ser un dotado o un estudioso. De hecho su éxito está ligado de manera irremediable a la figura de Peter Taylor, un viejo portero a quien tuvo por compañero durante su época como jugador. Él era su mano derecha, pese a que sus temperamentos tuvieran rasgos incompatibles. Eventualmente no se soportaron más y separaron sus caminos de forma definitiva luego de muchos coquetos con la ruptura. Un vistazo a la trayectoria de la dupla, muestra de manera tajante cómo el uno sin el otro caían en la mediocridad o en el fracaso. Pero cuando estuvieron juntos eran dinamita. Clough con una personalidad arrolladora que llevaba a los suyos hasta el límite, y Taylor alguien reservado (su hija ha mencionado que detestaba ser reconocido y que prefería el perfil de las sombras) que hacia malabares con la estrategia. Ambos, además, con gran tino para el tema de los fichajes. Tanto así, que su enemistad se consumó el día en que Taylor se llevo a John Robertson lejos de las manos de Clough. El golpe fue especial porque se trataba del jugador que anotó el gol de la victoria contra el Hamburgo en la segunda Copa de Europa ganada por el Nottingham Forest. La relación nunca se compuso, hasta la muerte de Taylor en 1990. Durante los años siguientes Clough se lamentó no haber remediado viejas rencillas y reconoció lo determinante que su viejo amigo fue en su carrera. Como pequeña compensación histórica, ambos están unidos en una estatua de bronce que el Derby County develó en 2010 a las afueras del estadio Pride Park.

La historia de Clough con el Nottingham Forest terminó en 1993, donde dieciocho años antes firmó un contrato que lo llevaría a caminar sobre las aguas del Río Trent. Después de conseguir la segunda Copa de Europa y de romper con Peter Taylor, su trayectoria vino a menos, si bien todavía alcanzó a ganar un par de títulos menores como lo eran las Copas de la Liga. Se despidió cuando el Nottingham Forest descendió a segunda división.  Dejó a los suyos en la categoría en donde los había tomado. Pero con un legado para las enciclopedias. Suficiente para permanecer por siempre en el corazón de la afición.

Filmaciones de sus sesiones de entrenamiento muestran el carácter duro y a la vez carismático de Clough. Un punto intermedio que conseguía ganarse el respeto de los futbolistas sin llegar al extremo de que ellos le tomaran rencor. Incluso los jugadores con los que tuvo desavenencia le reconocieron siempre sus méritos. Aquel cascarrabias que les gritaba “son una jodida desgracia” era, a su modo, encantador.

En cierta ocasión, luego de una mala tarde. Clough encontró una particular manera de reprender a Nigel Jenson, uno de sus jugadores.“¿Alguna vez te han golpeado en el estómago, jovencito?” le preguntó. El futbolista respondió que no, sin adivinar lo que venía a continuación: un puñetazo de aquel hombre entrado en años “Bueno, pues ahora sí”, sentenció Clough.

El ahora DT Martin O’Neill, que alguna vez  formó parte de la plantilla del Nottingham Forest, cuenta que incluso los tipos más duros se escondían de Clough cuando merodeaba en los pasillos. De tal temor no se salvaban ni figuras de fama explosiva como Roy Keane, quien también conoció el puño de su entrenador, aunque “no con la suficiente fuerza, porque logró levantarse”, según se preció.

Quizás el único punto desagradable de ese apartado social fue el relacionado con Justin Fashanu, el primer jugador inglés en reconocer públicamente su homosexualidad. Clough, un hombre proveniente de una cultura cerrada, no pudo asimilar la noticia cuando se enteró de las preferencias de su pupilo (sus compañeros y entorno cercano lo sabían desde los años ochenta, aunque Fashanu lo admitiría ante la prensa hasta 1990). Desde que comenzaron los rumores al respecto le incomodó contar con un elemento de tales inclinaciones dentro de sus filas y no temía hacérselo saber ni apartarlo en algunos de los entrenamientos. Si bien no se le puede justificar (es terrible y triste con todas las letras), hay que entender que Clough era una consecuencias de su cultura y su época. Por fortuna con el paso de los años la situación cambió, sin bien todavía hay mucho que mejorar al respecto. Sin ir más lejos, la historia de Justin Fashanu acabó de manera trágica años después de su retiro de las canchas, cuando se suicidó luego de ser acusado (aparentemente de forma injusta) por tener relaciones sexuales con un joven de Estados Unidos.

De cualquier manera, fuera de ciertas lagunas,  la herencia de Clough está llena de aspectos luminosos. Un montón de anécdotas divertidas quedaron en el camino. Destaco otra de ellas: en al menos un par de veces en su etapa en el Nottingham Forest (la final de Copa de la Liga contra el Southampton en 1979 y el enfrentamiento de vuelta en la Copa de Europa contra el Liverpool en la 78/79), se cuenta que Clough le dio cervezas a sus jugadores para que bebieran en el autobús con rumbo al estadio. El objetivo era  que estuvieran más relajados. Ambas citas eran de alta tensión, por lo que su apuesta era confiar en una pequeña borrachera para quitar los nervios. Contrario a lo que pudiera pensarse, en ambas ocasiones el tiro le salió bien. Al Southampton le ganaron 3-2, que se tradujo así  en el título y con el Liverpool empataron 0-0, un resultado suficiente para pasar a la siguiente ronda del torneo.

El Everton padeció otra de las lecciones de Clough luego de un enfrentamiento en la Copa de la Liga. Los toffees terminaron enojados luego de perder en su visita al Nottingham Forest por culpa de un gol polémico. Para desquitar su frustración, los jugadores decidieron causar destrozos en el vestuario que se les había asignado hasta dejarlo como un basurero. Cuando esto llegó a sus oídos, Clough ordenó a los encargados del aseo que no limpiaran nada. Tenía un as bajo la manga: el Everton volvería a su estadio tres días después para un enfrentamiento de Liga. Y cuando llegaron para prepararse con vistas al nuevo encuentro, hallaron el vestuario hecho un desastre, tal y como lo habían dejado.

Los últimos años de Clough fueron amargos. Un creciente alcoholismo afectó su salud y su carrera profesional. Desde 1993 al día de su muerte en 2004 no volvió a dirigir a ningún equipo. Hubo posibilidad de tomar el mando del Wolverhampton, pero su estado físico, sumado a unos escándalos de corrupción (relacionados con unos pagos), lo alejaron en definitiva. Aún tuvo presencia en televisión, al igual que en columnas de la revista FourFourTwo. En 2003 los doctores le advirtieron que le quedaban pocas semanas de vida si no recurría a un trasplante de hígado, al que finalmente sería sometido. Esto le permitió vivir unos meses más en compañía de familiares y amigos a los cuales lamentaba haber hecho sufrir por la afición a la bebida.

Poco después del trasplante de hígado, Clough soltó otra de sus perlas. Una sentencia de valoración a la vida y a quienes tenemos a un lado en este momento. Unas palabras que invitan a la reflexión, a replantear nuestra relación con quienes un día podrían dejarnos:

“No me envíen flores cuando haya muerto, si me quieren, mándelas ahora que estoy vivo”.

Genio y figura hasta el final. Hizo y deshizo a su manera en consonancia con lo dicho en una entrevista que le hicieron luego de abandonar el Derby County. En ella se le puso junto a Don Revie, esa figura de apariencia inalcanzable. Nadie creía que se le pudiera superar. Brian Clough, en cambio, dijo que se podía. Que se podían obtener los mismos resultados pero con un mejor estilo de juego. Que era posible. Que él era un soñador. Que él creía en las hadas. Y que no quería ser como Revie, pese a que era alguien que lo tenía todo en comparación a él.

“I want to be like me”, dijo para la posteridad.

Y eso fue, ni más ni menos: Brian Clough. De eso se trataba. Querer ser uno mismo. Nadie más.

clough 3

***

Algunas frases de Brian Clough:

“No digo yo que fuera el mejor entrenador del mundo. Pero siempre estuve en el Top uno”

“Si discutiera con un jugador, nos sentaríamos juntos unos veinte minutos, hablaríamos del asunto y al final decidiríamos que yo tengo razón”.

“Una de las cosas más difíciles en un partido es darle la mano al entrenador rival si has perdido”.

“A mis jugadores les daba una variante del mismo mensaje todos los sábados a las tres menos de diez: ‘Ahora mismo le pegaría un tiro a mi abuela con tal de conseguir los tres puntos esta tarde’. Así sabían lo importante que era que se dejaran la piel por la causa. Siempre sin excepción. Por eso mi abuela vivió más vidas que mi gato”.

“No quiero epitafios de frases profundas ni nada de ese rollo. He aportado algo. Espero que eso sea lo que digan de mí, y ojalá le haya gustado a alguien.”

“Nuestra afición solo empezó a cantar al final, cuando ya íbamos ganando por un gol. Quiero oírlos cuando estemos perdiendo. Son vergonzosos”.

“Por muchos caballos, títulos de caballero y campeonatos que tenga, él no tiene dos que yo sí que tengo. Y no me refiero a pelotas” (Sobre Alex Ferguson, que entonces solo había ganado una Copa de Europa, en comparación al par que tenía él).

“Quiero que mis mujeres sean femeninas, no que tiren barridas y estén cubiertas de lodo”.

“Pedirle a un jugador que se corte el cabello cuenta como entrenamiento, hasta donde sé”.

“¿Éxito? Dime la fecha en que se publicará mi obituario y entonces te diré si he sido exitoso o no. Si llego a los 60 significa que lo he hecho muy bien”.

“Ni siquiera puedo deletrear spaghetti, ya no hablemos de hablar italiano. ¿Cómo podría pedirle a un italiano que agarrara la pelota? Podría agarrar una de las mías”.

“Cuando ingresé a la unidad coronaria, recibí un telegrama de ánimo que decía: ‘no sabíamos que tuvieras uno'”.

Referencias:
The Guardian
BBC Sport
Dailymail
colgadosporelfutbol.com
Telegraph
The Special Juan
Fiebre Maldini
futboldecafe.com
Mirror
“Frases de futbol” de  Miguel Gutiérrez
“The Damned United” (película y libro)
“Provided You Don’t Kiss Me: 20 Years with Brian Clough” de Duncan Hamilton.
brianclough.com
elfutboldebarrio.blogspot.mx
 .

Pensamientos en torno a la participación de México en los mundiales

Puedo recordar todos los goles con los que México ha quedado eliminado en los últimos mundiales. Tengo claro en la mente cómo los viví. Incluso lo sucedido en Estados Unidos 94, el primer torneo que experimenté con cierto grado de conciencia. La imagen de Letchkov tirando el último penal a favor de Bulgaria pasa ante mí en cámara lenta. Aquella vez estaba en Acapulco junto a mi familia. Tenía menos de seis años.

También recuerdo el cabezazo de Bierhoff que minó todas nuestras aspiraciones en Francia 98, luego de que las expectativas llegaron a lo más alto con un gol de Luis Hernández que parecía romper con cualquier maldición. Eso ocurrió en los últimos minutos de juego, para darle una mayor carga al dolor.

Lo de Corea/Japón 2002 fue una gran frustración. El rival era Estados Unidos. Muchos creíamos que era un rival asequible, sobre todo si lo comparábamos con potencias anteriormente enfrentadas. Al fin el destino ofrecía un encuentro contra una escuadra que conocíamos. Ni siquiera teníamos que apelar a la hazaña. Un resultado a favor era lógico. Pero al final resultó que no. Errores y una parálisis general se adueño de los jugadores, condimentado con un par de puñaladas de Donovan y McBride que dejaron el ánimo por los suelos. No exagero si digo que aquel partido me dejó trastocado para siempre.

En Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 la caída fue contra Argentina. La primera de ellas fue más dolorosa, porque hubo tiempos extras y la gloría parecía estar ahí, no muy lejos del camino. Aun así, creo que se concede estima excesiva a la actuación de aquella selección de La Volpe. La primera fase la pasamos con pobreza: una victoria contra Irán, un empate contra Angola y una derrota contra una alineación alterna de Portugal. Contra Argentina se jugó bien, pero el gol tricolor cayó a balón parado gracias a un defensa. Fuera de eso no se volvió a agobiar a la portería contraria. Un detalle comprensible si se toma en cuenta que las figuras de aquella delantera eran Fonseca, Omar Bravo y un Borgetti en etapa crepuscular. Así que cuando llegó el golazo de Maxi Rodríguez, quedaron nulas esperanzas de una remontada. Se trató de un golpe de otra galaxia, con un balón que siguió una trayectoria para demoler el corazón.

En 2010 la victoria albicelete fue de mayor contundencia. Tanto así que no dolió tanto. O sea, sí, mucho. Pero como nunca estuvimos cerca de conseguir el pase, al menos no se formaron quimeras que luego pudieran estallar en el interior.

Lo que me queda claro de todo ese historial de fiascos es que hay elementos que se repiten. La impotencia, las equivocaciones, las injusticias. Siempre aparecen factores que se nos escapan y que hacen de la derrota un trauma absoluto. Cuestión de perspectiva: ante la caída surgen las especulaciones. Qué hubiera pasado si Lara hubiera hecho bien la marca contra los alemanes.  Por qué Aguirre hizo tan mal los cambios. Tal vez si Osorio no se hubiera entregado a Higuaín o si La Volpe hubiera convocado a Cuauhtémoc. Y los árbitros. Por qué no marcaron eso como penal, por qué no detuvo la jugada antes, por qué pitaron esa falta en nuestra contra. Carajo.

Es el mero desquite. Como es difícil asimilar las carencias, toca desahogarlas de alguna forma. Se busca repartir las culpas. Aunque no haya ni siquiera una base coherente para lograrlo.

Todo eso es pura tortura que no sirve de nada. De esas que se adueñan de ti durante años. Lo sé porque lo he padecido.

Con eso en mente, intenté abordar mi sexta copa del mundo (Brasil 2014) con una mayor madurez. Lo conseguí mientras los buenos resultados llegaron. La victoria apretada contra Camerún hizo de lado cualquier reproche. Incluso los dos goles que se anularon injustamente se ven lejanos ahora, sin apenas dolor; más aún: se vieron como un impulso para el orgullo. Nos habíamos sobrepuesto a la adversidad.

Parecido a lo vivido ante Brasil y Croacia. Hubieron detalles que se pusieron en contra. Externos e internos. Pero te olvidabas de ellos porque al final el objetivo se conseguía. Estábamos de nuevo al borde de la gloria, de romper esa muralla que nos ha limitado y atormentado durante décadas. Ese monstruo que desde niño ha estado ahí para amargar la existencia. El escudo a vencer era Holanda, o los Países Bajos, para los puristas.

Y resultó que no. Que otra vez quedamos fuera. Una derrota a la mexicana: con dramatismo, grandilocuencia y crueldad. El guión de la historia parecía escrito por un adepto al sadismo, alguien especializado en mover las piezas de tal forma que provocaran el desenlace más devastador posible. Al igual que en el 98, un gol a favor hizo sentir que la victoria era cuestión de tiempo. Pero un golpe del rival nos regresaba al suelo, y uno más nos enterraba a seis metros bajo tierra.

El calvario.

Lo peor fue la sensación de repetición. Alguien nos decía: por más que lo intentes jamás va a suceder. Estás condenado. No importa que hayas esperado por cuatro largos años para redimir todas las penas. Eso da igual. Regresa al lugar que te corresponde. La fiesta es para los mayores, muy lejos de ti.

Tuve la impresión de que la selección mexicana, y todos sus aficionados, estábamos hundidos en uno de los episodios más truculentos de La Dimensión Desconocida. La miel entraba en nuestras bocas solo para que segundos después fuéramos atacados por los aguijones de millones de avispas.

Llegaron de nuevo los hubiera. Quizás si nos hubiéramos enfrentado a Chile estaríamos en cuartos de final. Si hubiéramos ganado a Holanda, casi casi estaríamos instalados en semis, porque a Costa Rica y Grecia seguro que los vencíamos. De no haber salido, Gio hubiera anotado otro gol. Si Márquez hubiera retrasado la pierna, el penal estaría fuera de realidad. Y si alguien hubiera despejado o controlado el balón, no existiría el tiro de esquina que derivó en el fatídico gol de Sneijder.

Qué más da. Perdimos. Otra vez.

Algunos ingenuos buscan consuelo en los tópicos de siempre. Les jugamos de tú a tú, caímos con la frente en alto, hay que estar orgullosos  ya será la próxima vez. Lo mismo que se dice en cada uno de los ciclos.  Siempre para terminar por fracasar otra vez.

Lo cierto es que el futbol es horrible. Lo tengo claro. Es un deporte que me ha ofrecido más decepciones que alegrías. El balance en contra es brutal. Sin embargo, continúo en el barco. Porque lo del futbol, más que una afición, es una condena. Imposible huir. Le ofreces años de tu vida en espera de una satisfacción que no llegará jamás. Eso sí, te ofrece emociones y le da cauce a sentimientos que de otra manera no tendrían escapatoria. En todo caso hay dolor. Siempre. Eso hay que tenerlo claro antes de considerar entrar a la secta. Al menos si quieres hacerlo de forma seria, y no aparecer solo en los mundiales.

Las ilusiones son mujeres solitarias que rara vez encuentran correspondencia en el amor. Nosotros lo sabemos y las instigamos a continuar con el coqueteo. A ir a los bares, a sacar un boleto de la caja. Que nos sepan perdonar. Pero es que se ven tan bellas así…

luis garcía

Ver partidos en streaming

El futbol es un deporte democrático. Eso pensaba cuando era un niño. Para jugarlo no necesitabas ser fuerte, veloz, alto o adinerado. Bastaba con la disposición. Era un espacio de encuentro que podía practicarse con los recursos mínimos. Ni siquiera hacía falta un balón. Se podía improvisar con un bote de plástico relleno de basura. Y a patear. Fuera con amigos o en solitario contra la pared.

Esa visión romántica e inocente no ha desaparecido del todo. Todavía está conmigo en algún rincón del pecho. Revive cada que veo a un niño gordito tras una pelota o cuando descubro que varios de los mejores jugadores de la historia parecen personas comunes y corrientes. Sin músculos. Pasados de peso o bajos en masa corporal. Gente como uno, que no miden dos metros y que son incapaces de aplastar una sandía con las manos.

No obstante, hay días en las que el futbol me decepciona. No como deporte (que también), pero sí como institución. Me asqueo cuando se prioriza lo comercial sobre lo deportivo o cuando veo a futbolistas más preocupados por aparecer en revistas de moda que en un entrenamiento adicional.

Aclaro que no soy alguien que esté en contra del dinero o de los intereses personales. Me parece respetable que cada quien encamine sus miras a donde mejor le convenga. Tengo claro también que de lo comercial parte mucho de lo que hace del deporte una experiencia de alcance global que avanza a pasos agigantados. Es solo que a veces la balanza se descompensa a niveles descabellados.

Está, por ejemplo, un hecho que a mí me ha dado dolores de cabeza desde hace años. Me refiero a los partidos que son transmitidos en exclusiva por alguna cadena de televisión. Entiendo que hay mucho trabajo de por medio y que tampoco es algo tan siniestro como para escandalizarse. Hay acuerdos y movimientos estratégicos para mantener la maquinaria en funcionamiento. Hablo simplemente desde la visión romántica e ingenua con la cual suelo abordar el deporte.

Me duele no poder partidos desde mi televisión. En especial aquellos importantes que pueden definir una vida. Si volteo hacia atrás, sería una persona muy distinta a la que soy si me hubiera perdido algunos eventos deportivos que, por fortuna, fueron accesibles para mí en su momento.

Por fortuna, en años recientes está la posibilidad de recurrir a la computadora para poder ver juegos en streaming. Hay páginas que incluyen un menú amplio de opciones que ofrecen consuelo al fanático que vive en el desamparo.

Sin embargo, recurrir a este tipo de alternativas tiene muchas desventajas. No todo lo que hay en internet es maravilloso, aunque en este caso se cumpla el viejo adagio de “peor es nada”.

Lo primero que llama la atención de las aventuras en streaming es la falta de sincronía con el evento original. Las páginas te indican que se trata de una transmisión “en vivo”, pero lo cierto es que la mayoría de las veces llevan un retraso respecto a lo que podrías encontrar en televisión. De ello te enteras por redes sociales, cuando ves a la gente celebrar un gol que para ti todavía no llega. O cuando escuchas los gritos del vecino cuando tú apenas observas un saque de banda. La variación puede ir de uno o hasta veinte segundos, con casos extremos en donde la diferencia llega a ser hasta de un minuto.

También está el incoveniente de la calidad en la imagen. Hay algunos streamings que van en alta calidad, pero tienen la pega de que se ralentizan  en el momento menos oportuno. Casi siempre cuando está por culminar una jugada emocionante. Es así como te puedes perder los tres goles de un partido porque la imagen se congeló en cada punto preciso para arruinarte la existencia. Pareciera que los hilos de la tecnología son manejados por un ser despiadado que tiene la intención de privarte de la gloria. Es así como saltas de ver un centro al área chica, a tener la celebración de un gol que no viste. Te faltó el punto intermedio. Lo que habías esperado durante toda la semana.

Por eso lo más recomendable es ir a lo modesto. Opciones con una baja tasa de bits para tener una mayor fluidez. Y a veces lo obtienes, sí. Con el añadido de que todo se ve tan pixeleado que te cuesta distinguir a un jugador de otro, o hasta reconocer cuál de ellos es el árbitro.

Encima está la cuestión de los narradores. Cuando quieres ver un partido de, digamos, pretemporada de la Liga Inglesa, tienes que olvidarte de los comentaristas estelares. Nada de Víctor Hugo Morales ni  artistas de la palabra. A menudo ni siquiera hay transmisiones en español, gracias a lo cual descubres que los narradores de Estados Unidos y Turquía pueden llegar a ser más aburridos que los que tenemos en Latinoamérica. Entonces valoras los excesos de la escena local, que si bien llegan a provocar aturdimiento, al menos ofrecen cierta carga de emoción.

Ver partidos en la computadora es triste, sí. Un monitor de 15 pulgadas no ofrece las bondades que una pantalla plana del tamaño de una pared. Ahí en donde los ricos miran el deporte para luego lanzarse a la piscina. El sonido de las pequeñas bocinas de una laptop jamás envolverá igual que la presencia en un estadio o bajo la guía de un teatro en casa.

Todo eso es verdad. Pero también hay algo bello en recurrir a la computadora para ver futbol. Permítanme volver al romanticismo inicial. Pocas manifestaciones tan puras de amor por el deporte como ver partidos por streaming. Ir al estadio gana, por supuesto. Sin embargo, levantarte a las seis de la mañana para ver un partido a solas desde tu pequeña computadora, lo reduce todo a lo más esencial. Se trata de un ritual íntimo que lucha contra las adversidades. Las restricciones de los conglomerados televisivos no pueden contigo. Tampoco los horarios ni la soledad. El amor por tu equipo es mucho más grande. Y ahí vas, desvelado a ver ese partido que a ninguno de tus amigos le importa. Con un vaso de agua. Porque reunirse para tomar cerveza y comer botanas para ver una final lo hace cualquiera. Incluso los que no sienten los colores de verdad. Eso es lo fácil. La apariencia, la postura. Ir al restaurante. Lo tuyo va más allá. Eres casi un reportero de guerra, que desde una pequeña pantalla acompaña a los suyos y lleva un registro de los sucesos. Un fenómeno que, aunque no parezca, te hermana con un niño en Brasil que hace lo mismo. Y con una muchacha en Indonesia. Y un señor más que vive en un poblado de Escocia. Almas afines que nunca se conocerán. Pero que de algún modo están unidas.

Esa es la magia del futbol.

liverpool fc 1977

Circunstancias en las que el tiempo se pasa volando

El tiempo permite poner orden a los acontecimientos. Gracias él es posible que los seres humanos coordinemos nuestras actividades. De este modo se puede acordar una cita a determinada hora sin que existan mayores confusiones. Otra cosa es que en ocasiones el otro llegue tarde o que miles de obstáculos se interpongan en el encuentro.

Es curioso, porque el tiempo, con todo y los parámetros bajo los que se sujeta, llega a ser bastante engañoso. Será cuestión más bien de percepciones individuales, el caso es que hay de minutos a minutos… no todos son iguales, aunque se suponga que siempre han de tener sesenta segundos. No es lo mismo un minuto pasado a solas con un policía como aquel minuto que añoras poder añadir a tus sueños. El minuto que se resiste sumergido en el agua es muy distinto al que se pasa sobre la arena en la playa. Y así, otros patrones con los cuales la óptica cambia.

Cuántas veces no has atravesado escenas que parecen ir en cámara lenta. Y cuántas veces no te han ocurrido acontecimientos van a toda velocidad sin que puedas poner un freno.

El tiempo es cruel, no cabe duda. No por sí mismo, sino por lo que ocurre mientras transcurre. El paso es inclemente. La piel se arruga, los sueños se marchitan, las personas se transforman. Sin un botón de pausa estamos condenados a seguir dentro de una corriente que desprende con su avance lo que considerábamos indispensable.

En el presente texto, expondré cinco circunstancias que ponen en evidencia lo engañoso del tiempo. Algunos ya lo habrán notado y hasta denunciado. Me uno a ellos, a  esos valientes, para desenmascarar lo voluble de sus designios. A continuación les presento aquellas circunstancias en las que el tiempo parece ir más rápido de lo normal, en donde se desvanece a una velocidad que pone en jaque a los sentimientos. Bribonadas que juegan con las mentes. Que hacen breve lo que debería ser prolongado.

Sin más, aquí van.

  • Durante el recreo de la escuela

La campana suena. Es hora de disfrutar de un descanso luego de haber tomado el dictado suficiente para volver loco a un monje. Corres hasta al patio para aprovechar cada instante. Sacas la comida que te preparó tu mamá y le das de mordidas en lo que le preguntas al niño de a lado que cómo le ha ido. Él responde que bien, te ofrece una papa y le dices que no, que vas a la tiendita. Te acomodas en la fila, y cuando llega tu turno, pides un jugo de naranja. En eso escuchas una oleada de pasos y lo que parece ser otra campanada. Apenas le das un sorbo a tu bebida, resulta que el recreo ha terminado. Los minutos se deshicieron de forma casi inmediata. Ni siquiera tuviste oportunidad de jugar un rato, ya tienes que volver a las aulas, en donde sí, tendrás clases que durarán una eternidad.

  • Cuando en un partido de futbol  tu equipo necesita remontar un gol

Se le atribuye  a Fernando Marcos (un viejo jugador, entrenador y comentarista deportivo) aquella frase que reza “El ultimo minuto, también tiene 60 segundos”. En la actualidad los narradores de fultbol la mencionan como un golpe esperanzador  cuando a un equipo le queda poco tiempo para remontar. Es ahí donde recuerdan esa sentencia, para dejar en claro que todavía es posible ir por la victoria, o el empate, dado el caso. No obstante, el origen de la frase fue más bien un lamento, cuando un partido de México contra España en el mundial de 1962 se definió a favor de los españoles gracias a un gol anotado por Joaquín Peiró en el minuto 90. Los espectadores confiaban ya tener en la bolsa el resultado para pasar a la siguiente ronda y de repente, BUM, olvídenlo. Aquellas palabras fueron un plañido que escondía una verdad brutal: hay que estar alerta hasta el último soplo, no importa lo seguro que parezca el ambiente. Cerca del final puede llegar algo que lo arruine todo.

Aquel descalabro contribuyó a que la selección nacional…

Ya desvariaba, lo siento. Lo que deseaba decir es que la frase de don Fernando Marcos es relativo. Depende mucho del contexto y del desarrollo del juego. Lo sabrá cualquier aficionado que haya visto a su equipo abajo en el marcador cuando apenas queda un cuarto de hora para que termine el juego. Entonces los minutos dejan de tener 60 segundos. Transcurren a una velocidad asombrosa que los convierte en minutos de 15 o 30 segundos cada uno. Un desastre que se invierte en el caso de los rivales, que llegan a ver asediada su portería bajo el testimonio de un reloj que da la impresión de no avanzar.

  • En una reunión divertida

La plática, la comida, la bebida. Las sonrisas. Pasarlo bien. Parecen los ingredientes que contribuyen en una receta que aceleran la tarde/noche hasta consumirla por completo. En presencia de gente agradable las manecillas vuelan. Entran en modo turbo. Se disfrutan hasta que un vistazo a la hora pone en perspectiva que es momento de retirarse. Es ahí en donde duele, porque uno quisiera extender al máximo aquellas vivencias que se irán para en cuanto se emprenda el camino de vuelta a casa. Lo interesante es que de algún modo la celeridad se agradece. Alguien podría pensar que la vida hay que llevarla a paso lento para disfrutarla lo más posible. Pero si ello implicara llevarlo en un tono aburrido, no gracias. Quizás la vida en esplendor podría caber en un puñado de noches. En un mes, apenas. Semanas pasadas a lado de los que importan en serio. Los amables, los graciosos, los que dan cariño, los que están locos. Los únicos, esos que llevan a la plenitud emocional.

  • Previo a la entrega de un trabajo

En el horizonte, un texto de veinte cuartillas. El encargo del cual depende pasar una materia o conservar el empleo. Tienes hasta el lunes para completarlo. Eso es una semana entera. Sabes que es suficiente. Que no hay problema. Con escribir tres cuartillas al día bastará para que lo consigas. Lo malo es que se atraviesan las propuestas. La comida. Los compromisos. La hora de la siesta. Ver una película. Pasar un rato en el parque. Visitar la verdulería. Del remolino resulta una noticia: ya es sábado… no, es domingo. Es domingo a las once de la noche y no llevas nada. El tiempo transcurrió sin ofrecer advertencias. Con tres  parpadeos se consumieron las horas de reserva, Y estás demolido en frente de la computadora, Con la hoja en blanco igual que la cabeza. La conciencia se retuerce. Desearías viajar hacia atrás. Poder rechazar ir a la fiesta que impidió que leyeras. Eres un tonto. Un idiota de remate. La única alternativa es bajar por una jarra de café. Poner música que active las neuronas. Y suspirar porque se viene una noche —esta vez sí— larguísima.

  • En un concierto

Ver a tu banda favorita sobre un escenario desata sensaciones de una intensidad que ningún instrumento puede medir. Se trata de un evento determinante en lo personal. Pueden pasar años hasta que suceda. Meses de escuchar discos, aprender letras y realizar actividades como leer libros y toneladas de entrevistas de tu artista preferido. Así hasta que se anuncia que vendrá a tu ciudad. Una presentación irrepetible a la que tienes que asistir sí o sí. Compras los boletos en preventa bajo un operativo que asegure tu presencia. Sabes que faltar sería un error que te atormentaría hasta llegar a la tumba. Tienes que hacerlo ahora que puedes, que conforme envejeces surgen complicaciones. Además no sabes si un retiro de la industria podría arruinar oportunidades futuras. Has de tomar el tren. Y lo consigues. Tienes una entrada para el concierto. Toca aguantar la tortura de esperar medio año para que llegue la fecha esperada. Ese periodo es una avance lento, con días prescindibles que nomás estorban. Lo único que quieres es que sea el 21 de noviembre para estar ahí, en primera fila para escuchar las canciones que te definieron como persona. Lo pasas mal mientras tanto. Cada mañana en la que despiertas te hace mirar el calendario para ver cuánto falta. Frustra saber que apenas han pasado unas semanas.  Te mantienes en vilo. Porque de igual forma sabes que la espera también ayuda a aumentar tu emoción. Así que cuando llega el día prometido, estás a reventar. Por fin, después de tantas penurias serás recompensado con un acto en vivo que estará siempre en tu memoria. El concierto es magnífico. Te deja al borde de un colapso sentimental gracias a melodías que evocan en ti una serie de recuerdos que aguardaban una oportunidad para resurgir. Gritas e intentas disfrutar, salvo por una inquietud que surge en medio de un tema del último álbum que no te gusta tanto: el setilist ha entrado en su racha final. Conoces al artista desde hace una década, y el encuentro en directo se ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Tratas de que eso no te afecte. Disfrutas el encore. Luego ha terminado. Y cuando las luces del recinto se encienden, estás contrariado. Hubieras querido que el recital durara por siglos, igual que otros hitos que has experimentado. Ni hablar. Sales del lugar. El frío del exterior te pega. Ahí es donde te viene a la mente aquel lado b que echaste de menos en el repertorio. Es inevitable que falte alguna. Para ti un consuelo, repetir el viejo adagio: “La satisfacción es la muerte del deseo”. La obra ausente te deja una razón para seguir ilusionado. Esperar a que las guitarras vuelvan para dejar lo que te deben, lo aún te produce inspiración. Lleguen o no, el tiempo invertido te mantendrá vibrante: dará un motivo para continuar de pie.

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Quiero que la selección mexicana clasifique al mundial

El título de esta entrada puede parecer una obviedad. La mayor parte de los mexicanos, aunque no sean nacionalistas, han de tener el mismo anhelo. Por cuestiones de cercanía o lo que sea, se trata de una meta en común. Aunque sea solo para tener un motivo para la fiesta.

Pasa que en meses recientes me contagié de cierto espíritu de amargura. Me uní al bando de quienes deseaban que México no clasificara al mundial. Para ello fue determinante toda la peste que rodea al futbol: televisoras, patrocinadores, jugadores con nula noción de la decencia y otros impulsores del desencanto.

Y si tuve ese deseo negativo también fue porque creí que a la postre sería lo mejor. No ir a un mundial podría ser lo mejor que le podría pasar al futbol mexicano. Las pérdidas millonarias invitarían a las figuras de poder a buscar otro camino para no volver a pasar por una nueva catástrofe en el futuro. Sería la oportunidad para voltear a un modelo de mayor compromiso deportivo y de mayor cuidado en lo comercial.

Verán, el futbol trae muchas decepciones. Más decepciones que alegrías. Si eres un aficionado de tiempo completo, ten por seguro que la pasarás mal. Y aun así la atracción se queda. Da la sensación de que con cada partido se pueden desfogar los sufrimientos que se alojan en las profundidades del cuerpo. Hay liberación. No solo de cosas asociadas a tu equipo, sino con la vida misma. Un derrota, un gol en contra, se vuelven oportunidades perfectas para dejar salir esos agobios. Darles un cauce.

El futbol es frustrante también. Te puede arruinar el mes entero sin que puedas hacer nada para remediarlo. Desde el sillón se es testigo de la derrota, de cómo el balón no entra la portería contraria y de que personajes antipáticos celebren mientras tú quedas hundido.

Cuando era pequeño, tenía un remedio para aminorar el dolor. Recurría a los videojuegos. Cada que mi equipo perdía, agarraba el FIFA o el International Superstar Soccer para intentar cambiar la historia, al menos en ese mundo paralelo.

Así, la vez que México quedó eliminado frente a Alemania en el mundial de Francia, luego de unas horas de duelo, prendí la consola para empezar a jugar. Y ahí sí ganamos con un contundente 3-0 que nos llevó a unos cuartos de final alternos que fueron superados contra Uruguay.

La operación la repetí decenas de veces. Las derrotas abundan, no queda otra que trabajarlas. A cada descalabro del Liverpool o de la selección, iba a conectar el control. Y a pelear, por que si los jugadores reales no podían hacerlo, había que encontrar el camino por nuestra cuenta. Un alivio pasajero que hacía posible salir a la calle sin lágrimas en los ojos.

Eran otros tiempos. Cuando era más joven, de verdad creía que México podía ganar un mundial y que así se solucionarían la mayor parte de los problemas que teníamos como nación. No importaba lo que nadie dijera, yo estaba convencido de que era posible, curiosamente el  primero de los pasos para llegar a las decepciones.

Así, eventualmente recibí una cantidad enorme de golpes futbolísticos que, uno tras otro, dolieron, dejaron marca. Pero que no fueron suficientes para vencer a esos pocos momentos de felicidad que también el futbol me dio. Como aquella copa Confederaciones frente a Brasil, la victoria del Liverpool sobre el Milán en Estambul o cuando el Real Madrid de Mourinho plantó cara al Barcelona y se llevó la liga de los récords, Acontecimientos que llevo por dentro como demostración de que, sin importar la cantidad de tropiezos, hay un ranuras de esperanza.

Decía que parte de mí quería que México no clasificara al mundial, Toda la parafernalia alrededor de El Tri consiguió que me mareara como muchos otros mexicanos. Con tristeza caí en la cuenta de que los máximos beneficiados de los alcances deportivos son personas que no ven mucho más allá del dinero. Una asignatura importante, es cierto, pero no la única.

Pensaba así hasta hace unas semanas cuando México fue derrotado por Estados Unidos por 2-0 en Columbus. El resultado en sí no me afectó. De hecho extrañé los viejos tiempos cuando algo así suponía una descarga incontenible de emociones. Ahora hasta me daba risa, y gusto por algunos jugadores que considero antipáticos. Era ya baja  en el camino.

La cuestión es que, a la mañana siguiente, mi postura cambió. Desperté a eso de las 10. Tenía mucha sed. Aún medio dormido, salí de la habitación con rumbo a la cocina, en donde tomaría agua. Pero antes de bajar las escaleras, escuché el sonido de unos narradores provenir de un televisor. Celebraban un gol. Al principio creí que era algún juego en directo, pero cuando me asomé a la habitación de mi hermano menor, vi que todo provenía de un X-box. Con sus manos, acababa de poner un 0-2 en el marcador a favor de México. El rival era Estados Unidos.

Entonces me acordé de lo que la selección mexicana significa para los niños. Una cuestión que va más allá de las palabras. Si con el tiempo me he alejado de ello para seguir la estela de clubes (Liverpool y Real Madrid), en ese momento comprendí que, a pesar de todo, el futbol está por encima de lo que le rodea. La pelota no se mancha, diría Maradona. Y aunque todavía me den asco las televisoras de nuestro país, aunque desprecie a quienes dirigen el deporte en nuestras fronteras, no puedo dejar de pensar que también hay una generación de jóvenes entusiasmados por ver a sus jugadores favoritos contra figuras de España, Brasil y Argentina. No me olvido de eso, no me olvido de lo bello que es poder presenciar un espectáculo semejante. Sentir que el estómago se agita cuando ves salir a los tuyos en una competencia internacional.

Y no olvido las horas que yo también pasé enfrente de los videojuegos con la ilusión de llegar a la felicidad.

Por eso quiero que México califique. Para no quitarle ese regalo a quienes lo esperan para tener una salvación.

Bill Shankly

En 2013, Bill Shankly habría cumplido 100 años. O los cumplió. Después de todo sigue presente de manera indivisible del futbol inglés y del Liverpool en particular. Gracias a él, el Liverpool pasó de ser un equipo que naufragaba en la intrascendencia de la segunda división, a lo más alto con la obtención de tres ligas y una copa de la UEFA. Pero sus aportaciones van más allá de los títulos. Hay muchos entrenadores con un mayor palmarés que, sin embargo, jamás tendrán su nivel de relevancia e influencia. Bill Shankly le dio al Liverpool algo más importante que cualquier trofeo: le dio identidad, le dio filosofía, le dio esencia. Inculcó el valor del trabajo en equipo, de jugar a través de lo simple. Y dotó a los jugadores de un aspecto clave: actitud. Sé que puede sonar demasiado romántico en los tiempos actuales en donde los futbolistas parecen divas del cine. Pero hubo un tiempo en donde el físico no lo era todo y en donde habían otros factores que determinaban el juego. Shankly dio eso: confianza. Mentalizó a los jugadores para salir siempre con la cabeza alta, a darlo todo en el terreno de juego. Lo manejó todo desde las bases. Por ejemplo, el uniforme. Fue él quien pidió que el uniforme del Liverpool pasara a ser rojo por completo (antes de su llegada, el el jersey era rojo y los shorts blancos). El color de la pasión, el color de la sangre. Los jugadores del club son los “reds”, el rojo por entero. Sin complementos. Sin especificar. Nada de “diablos rojos” ni fantochadas semejantes. Es el rojo con el que hay que hervir en la cancha.

Después lo sustituiría Bob Paisley, su mano derecha con quien el Liverpool se convertiría en el mejor equipo de Europa. En su periodo se ganaron seis ligas y tres títulos de lo que ahora conocemos como Champions League. Un récord todavía vigente para un solo entrenador. Sin embargo, todo eso y todo lo que vino después, estuvo sustentado en lo que Bill Shankly dejó. Enseñanzas que aplican más allá del futbol mismo. Alguien con una forma de ser que te levantaba para hacerte sentir como el mejor. Luchando, claro está. Porque hay que tenerlo presente en una de sus célebres frases: “Si eres el primero eres el primero. Si eres el segundo no eres nada.” O con aquella otra que invita a la fidelidad y a seguir con los nuestros en tiempos difíciles (como le ha pasado al Liverpool en los últimos años): “Si no puedes apoyarnos cuando perdemos o empatamos, no nos apoyes cuando ganemos”

Un hombre para recordar.