Tu Nueva York particular

Los inicios de año tienden a ponerme sentimental. Me da por pensar en las pérdidas de los meses que antecedieron. Los días que se escaparon sin hacer ruido. Y lamento que no reaparezca el ánimo por las fiestas decembrinas que me abandonó en algún punto de la niñez. Una especie de ilusión ya perdida, asociada al comienzo de un nuevo ciclo. Por el contrario, lo que ha ganado terreno conforme ha pasado el tiempo es el desencanto y una indiferencia hacia las celebraciones que antes producían un revuelo interior. Un vacío que impide distinguir un primero de enero de un veinte de agosto cualquiera.

El 2015 llegó cubierto de una capa de niebla. Esperanzas que se ven apagadas por la incertidumbre y un entorno que invita a retroceder a lugares ya inaccesibles. No queda otra que seguir. El presente es lo que hay, sin que valga berrinche alguno. Lejos de las rabietas, toca probar otras manifestaciones que alivien la tensión. Mantenerse al pendiente de cualquier estímulo posible desde la perspectiva de una boca sedienta.

Me gusta, en todo caso, el entusiasmo que se respira en las calles cada que inicia un nuevo año. Los fracasos posteriores no quitan el hecho de que, por algún tiempo, las personas se animen y hagan propósitos para mejorar su existencia. Plantar cara ante lo grisáceo con una alegría desbordada sin reparar mucho por lo que viene después.

La ráfaga de acontecimientos. El brío de las doce campanadas en la radio. El brindis y la presura por masticar las uvas. Aferrarse a los deseos incumplidos de siempre con la misma intensidad que la primera vez. Comer sin miramientos (que se cuiden las servilletas), sin ni siquiera tener tanta hambre. Solo por el gusto de hacerlo. Ya te preocuparás en otra semana.

Por otro lado están las transmisiones por televisión. La llegada del año nuevo a otras partes del mundo, en donde las multitudes gritan, sonríen y buscan un beso a medianoche. Los juegos pirotécnicos. Un conductor que baila para contener el frío que le agobia. Una pausa frente al resto de los acontecimientos. Como si no ocurriera nada más.

Un par de horas antes de que el 2015 llegara a México, vi por televisión la celebración que tradicionalmente se arma en Nueva York. En Times Square, para ser precisos. Quizás el evento más famoso de la categoría. Y sentí un magnetismo por la transmisión que no sentí en otros años. Las luces de los edificios, los papelitos en el aire, los cantantes en escena… todo me deslumbró. Quise estar ahí, como otros tantos millones de personas lo sentían también.

La cuenta atrás fue emocionante. Aunque creo que lo mejor fue lo que vino después. En todo el lugar empezó a sonar el tema de New York, New York (originalmente interpretado por Liza Minnelli en la película de Scorsese) en versión de Frank Sinatra.

Nunca ha sido una de mis canciones preferidas de Sinatra, pero dado el contexto tomó un significado particular. Me dejé llevar por lo que ocurría y admiré la letra en todo su esplendor. Quería, en efecto, formar parte de ello. Ya no tanto de la ciudad en cuestión, sino del fervor, de la camaradería, de la fiesta. Caminatas sin rumbo en una noche llena de luces. La música haciéndole segunda a los tragos.

Comprendí que no se trataba de Nueva York. Era algo más. Los deseos estaban inclinados a un estado de ánimo, a un ambiente, a una disposición ante la vida. A no conformarse e ir por las cosas que nos pide el corazón. Hemos llegado a la edad en la que ya no podemos permitirnos perder el tiempo en cosas no nos gustan, como decía el gran Jep Gambardella. Es hora de aprovechar el cambio de ciclo (aunque sea ilusorio) para enfrentar lo que se viene. Dejar de esperar a que los milagros caigan del cielo y procurarse la fortuna uno mismo. Comenzar de nuevo una y otra vez hasta dar la campanada. Un golpe que se convierta en el punto de inflexión hacia la dicha.

Busca tu Nueva York particular. Pon atención a la letra de la canción e identifica las decisiones que podías adaptar a tales sentimientos. No tiene que ser el escape a una gran ciudad, ni siquiera algo material o extraordinario. Puede ser una actividad sencilla que llene tus días de diversión e interés. Puede ser un nuevo trabajo, un curso, un cambio de rutina.

Sal a correr. Aprende a tocar un instrumento musical. Inventa un nuevo platillo. Comienza un negocio. Organiza un partido de futbol con amigos a los que llevas años sin ver. Dona la ropa que lleves meses sin usar. Hazte experto en primeros auxilios. Ahorra para ir al restaurante que siempre has considerado inaccesible. Adopta un perro. Ve a un lugar en el que nunca hayas estado. Regálale un reloj a uno de tus sobrinos. Pasa un día entero con el más viejo de tu familia. Invita a comer a alguien de la calle. Viaja. A donde sea, pero viaja. Escribe un libro y mándalo a concursos. Fracasa todo lo que puedas. Gana lo que te sea posible. Enseña a alguien a conducir. Únete a algún club en el que no te chupen la sangre. Enamórate sin medir las consecuencias. Quédate despierto hasta que puedas ver de cara al amanecer. Ve al teatro y al cine. Aprende un idioma o aprende a bailar. Abandona lo que te aburra.  Deséale buenos días a una persona a la que nadie voltee a ver. Olvídate de resentimientos. Toma terapia si necesitas ayuda para resolver un problema. Regala tu libro favorito a un desconocido. Retoma el contacto con alguien a quien extrañes. Múdate a otra colonia. Bébete la juventud directo de la botella…

Repito: busca. Busca tu Nueva York particular. No te quedes derrotado entre las sábanas. Lucha por el valor de cada minuto. Llena tu existencia de placeres. Combate la tristezas que sufres por haberte limitado cuando podías dar más de ti.

Despierta y mírate al espejo hasta que llegue el día en que te hayas convertido en eso que querías ser. Déjate de excusas, llorica. Depende de ti.

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El encanto de la discreción

Los silencios se agrupan en distintas categorías. Pese a lo que pudiera creerse, no hay dos iguales, y para diferenciar a uno de otro hace falta recurrir al contexto, así como el trasfondo de aquellos que los mantienen. Estar en silencio se complica en tiempos de ajetreo. Las personas calladas son un tesoro que escasea debido a que la mayoría opta por el griterío que llama la atención. Los grandes medios están llenos de palabrería barata, que es lo que vende. Sea la declaración que busca sembrar polémica o la imbecilidad que despierta las mofas. El circo se alimenta de la basura argumental sin reparar en los daños producidos en los receptores. Lo que importa es el titular de escándalo, la vileza que atrae miradas.

Es verdad que también existe la resistencia. Hombres y mujeres que reivindican el poder de la expresión y que a través de ella consiguen cambiar mentalidades atolondradas. Son las personas que hablan con un sentido, que exponen ideas y que no se detienen a intrascendencias como la de hablar sobre el número de kilos que ha subido la vecina. Eso pertenece a los otros. A los deudores de la vulgaridad del chisme, quienes se detienen a contemplar las vivencias ajenas con tal de extraer de ellas el veneno suficiente para escupir una torre de llamas.

Urge revalorar la discreción. La gran conducta de quienes pudiendo hablar, prefieren permanecer callados. Una conducta que podrá traerles problemas o alejarlos de los reflectores, pero que prefieren mantener por un estricto sentido de la ética o, en algunos casos, del honor.

Mantenerse lejos de la verborrea es una de las manifestaciones de la elegancia. Cuando se encuentra a un ser con apego a la prudencia, resulta conveniente incorporarlo a la plantilla de amistades con las que se cuenta. Alguien discreto es alguien en quien se puede confiar. Alguien al que se le pueden decir los secretos sin temor a que los divulgue a la primera oportunidad.

De cualquier manera la prudencia debe estar en ambos lados. Que alguien sepa guardar nuestros secretos no significa que se los tengamos que contar. Esto por dos razones: primero porque las declaraciones tienen un peso que puede agobiar y, segundo, porque en ocasiones podemos confundir a alguien discreto con alguien que no lo es. La búsqueda no es infalible, hay riesgo de darle la llave de nuestro interior a un ladronzuelo. Así que hay cosas que debemos mantener para nosotros y nadie más, en la zona de mayor exclusividad: nuestra propia mente, un sitio a prueba de robos.

Mantener la lengua a raya es, en definitiva, una medida que te ahorrará conflictos y que te dará un toque de distinción. La habladuría es lo que separa al sujeto del caballero. Lo que separa a la tipa de la dama.

Cuídate de los que hablen mal de otras personas a sus espaldas. Aunque ataquen a personas que no te caigan bien o que ni siquiera conozcas. Si lo hacen con ellos, pueden hacerlo contigo. Igualmente desconfía de quienes revelen confidencias de terceras personas. Si lo hacen con ellos lo pueden hacer con cualquiera, lo cual, por mucho que duela, te incluye a ti.

Desde hace tiempo decidí alejarme de ese tipo de personas. Cuando me entero que alguien ha traicionado mi confianza, de inmediato procedo a borrarla de mi vida sin mayor aspaviento. Ni siquiera se los comunico. Simplemente dejan de saber de mí, como lo hacían antes. No hay vuelta atrás. La travesía es demasiado corta como para compartirla con quienes carecen de la mínima cota de respeto por tu intimidad.

Hablar con un chismoso es hablarle a otras ocho personas. O más. Los propensos a cotillear son especialistas en formar cadenas de murmullos. Se relacionan con otros seres de su calaña que a su vez transmiten el mensaje a su círculo con algún añadido malintencionado de su cosecha.

Se trata de una costumbre arraigada entre quienes no tienen nada importante que decir. Malos conversadores que se ven obligados a discurrir sobre existencias que no les incumben porque carecen de un acervo personal con el cual mantenerse a flote. De ahí que en vez de contar sus impresiones de un libro o de un viaje, prefieran chismorrear acerca de los dramas amorosos de alguien más.

Tenlo en consideración. Contar intimidades por las calles hace que tu imagen personal se vaya hasta el suelo. Y es aún peor. Disminuye tu calidad como ser humano. Nadie quiere rodearse de filtradores de información. Individuos capaces de ser desleales a sus amigos con tal de rellenar un hueco dentro de una plática cualquiera.

Sobre los temas de mayor confidencialidad, mejor no contarlos ni a las amistades cercanas, a menos de que se esté dispuesto a asumir una posible pérdida. Somos seres que cometen errores. Estamos expuestos a tener un desliz, por lo que es preferible no fiarse de nadie. Procura mantener tus contraseñas, enigmas y pertenencias dentro de cajas fuertes a cuatro metros bajo tierra. Te ahorrarás chantajes y decepciones.

Ya se lo preguntaba François de La Rochefoucauld: “¿Cómo pretendes que otro guarde tu secreto si tú mismo, al confiárselo, no los has sabido guardar?”. No te vuelvas rehén de las confidencias. Son como esferas de cristal sujetas al fino hilo de las relaciones sociales que en cualquier momento se puede romper. Si un día te enemistas con alguien a quien habías hecho grandes revelaciones, te verás presa de angustias, sin importar que el otro mantenga su voto de silencio hasta el final.

En pocas palabras, no te traiciones a ti mismo. Y tampoco traiciones a los demás. Si alguien deposita un secreto personal en tus oídos, es porque confía en ti. Procura estar a la altura. Por otra parte, haz oídos sordos a los chismes. Abandona la habitación en cuanto comiencen con tales vilezas. Sé digno. Salir a comer una naranja es preferible a quedarte en un nido que compromete tu integridad.

Quien revela un secreto no merecía recibirlo. Tómalo en cuenta cuando alguien te falle. Si lo hace, si expone tus sentimientos, corta de inmediato. No vale la pena conceder una palabra más a ellos.

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Si me necesitas, llámame

Las herramientas que facilitan la vida diaria tienen un revés que las caracteriza: pueden también arruinar la existencia. Ya se sabe, una parte es la funcionalidad y otro el uso que se le dé. Por tal particularidad, es posible que con una pluma lo mismo se pueda firmar un cheque que escribir una carta llena de odio. Un simple cuchillo con el que se rebana la carne puede ser tomado como un arma por algún asaltante, y un fenómeno parecido ocurre en otros espacios. El teléfono es uno de ellos.

Un aparato ambivalente. Así como ofrece grandes ventajas, a la vez puede volverse una molestia que ataca cuando más duele. Sus bondades se conocen bien.  Una de ellas es que permite establecer contacto con personas lejanas. Posibilita el tener una plática con la abuelita que vive en otro país o hacer enojar a los padres cuando en el recibo aparezcan todas esas llamadas hechas a la novia durante las madrugadas. El dispositivo en cuestión sirve como puente para los reclusos. Cuando no quieres salir, es la opción para pedir comida de alguna pizzería cercana. Y es un ancla de seguridad cuando ocurre una emergencia. Basta presionar tres botones para avisar a la policía que alguien intenta robar la poca paciencia que te queda.

De los inconvenientes relacionados con el teléfono también se ha hablado mucho ya. Pero conviene recordarlos para mantener el aura negativa que este espacio se ha forjado a base de amargura en polvo.  En lo que a mí respecta, el teléfono es un aparato al que prefiero evitar. Rara vez hago llamadas y cuando lo hago casi nunca superan el minuto de duración. Mi récord personal está en una conversación que duró dos segundos.

Hay quienes todavía tienen arraigada la costumbre de pasarse horas con el auricular en la oreja hasta que se les empieza a hinchar. Todo para hablar de frivolidades que bien se podría dejar de lado. Si las personas involucradas viven en la misma ciudad es preferible que se reúnan a tomar un café o una copa y entonces sí, platiquen a gusto durante semanas. Confieso que antes veía cierta mística en el asunto de prescindir del aspecto visual. Cierto es que otorga ciertas libertades y que transmite una intimidad en compañía. Pero ya no, la verdad es que no. Cualquier asunto importante merece otro tratamiento. Ya cuando el intercambio le da la vuelta al segundero conviene pararse a pensar si el espectáculo es necesario.

Tengo la esperanza de que el futuro depare brevedad a tal medio. La cotidianidad será tan demandante que las palabras se reducirán a lo mínimo. No habrá tiempo que perder. Uno tendrá que pensar cada letra con el mayor cuidado posible, para que así con una frase al otro le quede claro qué hora es, cómo estamos, qué fue lo que comimos, nuestra actualidad laboral,  el nombre del gato y una idea general de nuestras aspiraciones en lo que respecta a la próxima década. Un combo verbal.

La aversión hacia el mundillo de la telefonía, no obstante, supera los aspectos de carácter sustancial, Hay un montón de razones por las que poco a poco fui tomándole animadversión. Ya desde mis primeros años tuve que soportar algunas bromas telefónicas que me hicieron lamentar que algunos sujetos tuvieran el privilegio de hablar. La impotencia era grande cuando te dabas cuenta de que no podías soltarle una bofetada al imbécil que estaba del otro lado: quedaba muy lejos, era un anónimo.

Quién sabe de dónde provenían esas almas sin ocupación que se desquitaban con el prójimo. Sospecho que de las cloacas. Por fortuna los bromistas telefónicos disminuyeron con los años. No es que la estupidez se haya erradicado, sino que se ha dirigido a otros derroteros en los que puede obtener una mayor resonancia. Tal es el caso de los videos que se suben a internet, en donde la exhibición impúdica deja de dirigirse a una sola persona para pasar a un público que puede, en algunos casos, llegar a los millones. Por eso resultan conmovedores los tipos que, todavía hoy, apelan a la vieja costumbre de exhibir sus miserias en una llamada. Son seres que se quedaron atrapados en el tiempo y que no supieron adaptarse a la transición. Si un día topas con uno de ellos, hazles saber que valoras su respeto por las tradiciones y que, si es necesario, puedes donarles una colchoneta con la cual inicien una nueva etapa bajo algún puente cercano.

Paralelo a esos lamentables espectáculos, están quienes hacen del fastidio un ocupación profesional. Hablo de quienes se dedican a las ventas telefónicas o a los seres abominables que promueven servicios bancarios sin considerar las normas fundamentales de civilidad. Con ellos el no estoy interesado, gracias se queda corto. Son individuos con fetiches extraños para quienes la negativa supone un aumento de la excitación. De modo que insisten. Te dicen que los escuches, que les des un minuto que te cambiará de opinión. Debes hacerles caso: aunque no lo parezca, a ti te urge asegurar el jardín de tu casa. Las lluvias han empeorado y los tréboles se podrían arruinar. Además, nadie en su sano juicio despreciaría la oferta del verano: con la apertura de una nueva cuenta se te hará acreedor a una playera con el logo de la institución bancaria que te asfixiará apenas tenga oportunidad. Tú te lo pierdes si te atreves a colgar.

El rasgo que define la perversidad de los teléfonos está en su capacidad de sonar cuando menos quieres escucharlos. Esto es, mientras intentas tener una plácida siesta. Pero ya sabemos cómo es. Uno ya no puede dormir en paz en estos tiempos. Siempre hay algún obstáculo que lo impide. Las interrupciones están a la orden del día. Si no es el timbre de la casa, el ladrido del perro o una alarma que se olvidó desactivar, entonces ataca el trastornado reloj biológico para el cual las cuatro de la mañana es el momento idóneo para que los párpados se abran.

Sin embargo, según he experimentado en horas bajas, ser levantado por el teléfono implica un fastidio superior al de casi toda la competencia. Hay un elemento de terror en esos pitidos que emite el aparatejo. En especial porque implican una responsabilidad. Uno bien podría desconectar la línea para no ser molestado. Pero entonces llegan las paranoias, los remordimientos. A lo mejor el que llama necesita ayuda. Quizás se trate de un tema importante. La oportunidad por la que he esperado durante años. Nunca se sabe. Mejor dejarlo todo como está y atender en cuanto se pueda.

Y claro, siempre te enteras que no. La llamada que te despertó a las siete de la mañana de un domingo era de un número equivocado. O era la compañía de gas que pregunta si necesitas sus servicios. O, esas veces que de plano duelen en el alma, cuando haces un esfuerzo titánico por llegar al teléfono (has luchado por abandonar la cama, esquivar los objetos que están tirados en el suelo —igual te das un golpe en el meñique del pie— y corrido por las escaleras) para al final llegar y descubrir que, quien haya sido, ya te ha colgado. Es entonces cuando lo comprendes, que de eso se trata: darle tus nervios a un tono que permanece inmutable.

E intentar dormir de nuevo. Para fallar, como otras tantas veces.

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Personas de las que es preferible alejarse

Los días avanzan a tal velocidad que lo mejor es no desperdiciarlos. Miren el calendario, un número tras otro sin una sola pausa. Quienes le tienen fobia a la vejez quisieran que existieran lagunas. Días y meses que no sumaran. Años, si fuera posible. La realidad en cambio indica que no: el tiempo es inclemente. Toca asumirlo y a partir de ahí tomar medidas para hacer que el camino ofrezca los mayores frutos posibles.

Conviene aprovechar lo que se tiene. Ya se sabe, vida solo hay una (a menos de que quien lea esto sea un gato o una batería recargable). Así que hay que exprimirla al máximo sin ceder un solo segundo a la miseria. Si uno ha de comer, lo mejor es consentirse a uno mismo y no zamparse el primer mosco que pase enfrente. Con la bebida y el entretenimiento más de lo mismo: toca ir, en la medida de lo posible, por las opciones de primera clase. Aprovechar las posibilidades de los cinco sentidos con los que venimos cargados.

Algo parecido aplica a las personas. A la compañía, quiero decir. Conforme te salgan arrugas caerás en cuenta de la importancia de rodearte de gente que valga la pena, sin más. Tendrás algún otro error durante el trayecto. Se te pegará alguna rémora o tendrás que soportar algún ingrato. Te dolerá cuando lleguen las decepciones. Porque eres alguien noble que vive con la ilusión de que el otro mejore.  Pensarás que sus fobias y manías son pasajeras. E incluso caerás en el error típico de pensar que tú lo puedes cambiar.

Está bien. Puedes intentarlo. La experiencia nadie te la quita. Si sale bien o sale mal, lo mismo sacarás una lección. En todo caso, lo que te recomiendo es que guardes unos cuidados mínimos para evitar que a la postre los golpes te dejen en la lona. No te lo merecerías. Cuida tu frágil corazón.

Basado en mi experiencia personal, he reunido algunas categorías de personas de las que es preferible alejarse. Advierto que no se trata de un listado infalible ni mucho menos definitivo. Habrá excepciones y omisiones por las que se tendrán que mantener los ojos abiertos. De cualquier forma, son una base de la que bien vale la pena partir. Con ello te ahorrarás más de un disgusto.

Es verdad que una alta exigencia implica quedarse con pocas opciones de socialización. Si eres de los que optan por cantidad antes que por la calidad, no queda otra que desearte suerte. Mereces ser como eres. Si por el contrario, prefieres acercarte a individuos valiosos, mantén siempre elevados tus parámetros. Créeme, de nada sirve estar rodeado de miles de personas si a la hora de la verdad todas desaparecen para dejarte moribundo en el suelo.

Por ello, presta atención.

Aléjate de las personas que solo te buscan cuando necesitan desahogarse o cuando necesitan un favor. Escucha y ofrece un hombro a tus amigos, siempre. Pero si se trata de un personaje que aparece únicamente cuando le conviene, y que nunca está para ti, da media vuelta y métete en un restaurante en el que no lo dejen entrar. Esta clase de gente es la que se acuerda de ti cuando cae en un problema o en un cuadro de tristeza. En cambio, cuando están contentos ni piensan en ti. Incluso te mantienen lejos de sus círculos y prefieren salir de fiesta con una albóndiga antes que contigo. Ten un poco de respeto por tu propio ser: deja de ser un simple osito de peluche, un confesionario. Quizás si desapareces lo que ellos dan por sentado, empiecen a valorar lo que has hecho en su honor. Aunque existe una verdad que debería estar grabada en cada habitación: hagas lo que hagas, no esperes una recompensa. La mayoría de las veces te llevarás un chasco. Actuar de forma correcta sin más, de eso se trata. Lo demás es una ruleta.

También conviene estar alejado de personas que tienen alguna adicción. Sea a las drogas, al juego, a la bebida, a crear barquitos de papel… a lo que sea. Claro, hay que ayudarles. Tratar de sacarlos del hoyo en el que se encuentran. Sobre todo con la asistencia de profesionales. Después de todo, por mucho cariño lleves dentro de ti, tienes tus limitaciones.  No eres un especialista como para cargar el peso de otra vida encima de ti. Hablo, desde luego, de adicciones verdaderas, de las que rompen con las promesas; no de tropezones casuales.  Apoya al máximo, pero no dejes que te jalen a sus terrenos. Sea de forma directa o indirecta (pidiéndote dinero, por ejemplo). Tarde o temprano  la bomba te explotará en la cara.

Otro grupo del que se debe huir es de los aburridos. Procura a los seres que te aporten en algún sentido. Sea en lo intelectual o en materia de entretenimiento. El deleite visual también es válido. Lo que sea, mientras sume. Presta atención a quienes sean divertidos, tiernos, inspiradores. Las mentalidades grises no se ayudan ni a sí mismas, por lo que es probable que tu compañía no les suponga tampoco gran cosa. Eso sí, cuídate de los exagerados, que también te hartarán. Me refiero a los que ríen todo el tiempo. Los que no hacen más que hablar sobre libros. Los que son mera apariencia. La repugnancia que se mueve en una sola dimensión.

Dile adiós a los que huelan mal.  A los que no te saludan en la calle. A los que son incapaces de respetar un no. Igualmente evita a los que repiten las mismas historias de siempre. Los que le falten el respeto a los demás, aunque contigo sean buenos. Llegará el día en que te meterán en el saco de su desprecio, en donde atacarán sin piedad. Igual aléjate de la gente chismosa. Esos que hablan de otras personas a sus espaldas. Seguro lo hacen contigo también. Que se queden lejos con sus conversaciones, limitadas  a ser un viboreo tras otro. La vulgaridad es incompatible contigo.

Si alguien te da un golpe por la espalda, desaparécelo de tu vida. Borra su contacto de tu teléfono y no lo vuelvas a tomar en cuenta. Ser parte de tu círculo debe considerarse un privilegio al que no cualquiera puede entrar. No te fíes de nadie. Sé cuidadoso con las traiciones.  Ni siquiera te enfades con quien te sea desleal, ni le guardes rencor. Simplemente quítalos de tu cabeza. No les otorgues uno solo de tus pensamientos. Mejor invierte esos segundos en imaginar una montaña de algodón.

 La confianza vale mucho como para dársela a cualquiera.

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Un asunto sin importancia

Pocas cosas me alteran tanto como cuando, por accidente, piso a un perro. Dar un paso sobre lo que parece ser una pobre patita y luego escuchar un chillido provenir desde abajo. ¿La víctima? Una mascota que cometió la imprudencia de no medir nuestra falta de cuidado. La criatura que te da un recibimiento de campeón cada que regresas de la calle, se ve de pronto violentada sin merecerlo. Se remuerde entonces la conciencia, aunque lo hayas hecho sin querer. La nobleza del perro impulsa a que te sientas fatal. El que te siga dando su cariño, a pesar de la equivocación, lo hace aún peor: sería preferible recibir un gruñido o hasta un mordisco, para quedar a mano. Pero no, el perro se aleja un poco y luego empieza a mover la cola, con una especie de gentileza. Has lastimado a quien te quiere y no hay ningún reproche. Una combinación que quizás nunca experimentes con alguien de tu propia especie.

Lo que dije al principio es en serio. Pisar a un animal me duele en el alma. El otro día, mientras bajaba a la cocina por un vaso de agua, pisé uno de los perros que tenemos en casa y el recuerdo me atormenta todavía. Lo hace con una intensidad mayor a lo que producen hechos que podrían considerarse más graves.

Pienso en ello a menudo. De cómo problemáticas insignificantes para el resto de la sociedad son puntos capitales de la existencia de uno. Porque tengo que hacer una confesión que me avergüenza. Las grandes tragedias de la humanidad me importan y me preocupan, pero palidecen ante mis propios dramas personales.

Por ejemplo, sé que en el mundo hay muchas guerras, injusticias y calamidades. Sin embargo, mi mayor angustia en el último mes fue haber perdido mi cortauñas. Es la verdad. Pasé la una semana entera con un gran peso encima porque no lo encontraba. Un día desapareció del buró y por más que busqué no conseguí hallarlo. En lo sucesivo, tuve complicaciones para conciliar el sueño y sonreír frente quienes estaban alrededor. Hasta que por fin compré uno nuevo.

A pesar de la enorme cantidad de tragedias que ocurren a cada minuto, la pérdida de un objeto ordinario representó un infierno. Y no sé por qué. Ni siquiera tengo que hacer comparativos de alcance universal. Yo mismo tengo problemas peores que el de las uñas sin que por ello llegue a la misma reacción disparatada.

Es probable que muchos me critiquen, lo cual entiendo. Dirán que soy un insensible, que debería tener una mayor empatía, que cómo se me ocurre. A ellos les digo que se equivocan: soy alguien que siempre procura por quienes le rodean y que, incluso, tiene una sensibilidad mayor a la recomendable. Casi todo me afecta en algún nivel. Lo único que hago con esto es ser sincero. Es probable que ustedes lleguen a las mismas conclusiones si también lo son.

Claro que deseo que el hambre sea erradicada del mundo. Si de mí dependiera, cada persona tendría asegurada la alimentación, la educación, la vivienda y el acceso al sistema de salud. No solo eso. También los niños de todos los países recibirían una barra de chocolate cada quincena, que eso siempre aligera los pesares. En el caso de los adultos, una taza de té. Tal vez una caricia.

Lo único que indico es que los dramas personales merecen un respeto. Da igual lo que opinen los vecinos. Cuando una minucia te duele, es por algo. A menos de que engañes a tu interior. Y ya estamos viejos para eso.

Apuesto a que cuando se te ha caído el celular al suelo has tenido un agobio superior al que sientes cuando se anuncia en las noticias que una avalancha dejó varios heridos en algún país lejano. Que al menos durante unos pocos segundos, un relámpago te ha erizado la piel mientras ves cómo el aparatejo se dirige irremediablemente hacia un impacto brutal. Si bien tu mente indica que la avalancha con heridos es mucho peor, el incidente individual es el que te hunde.

Es lo que se conoce como dramas del primer mundo o white people problems. Aunque, creo, se trata de una cuestión que afecta a casi cualquiera. Menos a los santos, desde luego, o esos personajes admirables que dan su vida entera por servir a los demás. Los que ahora mismo atienden a enfermos que ni conocen en zonas aisladas en donde no tienen televisión por cable.

Tendemos a defender a nuestras minucias. Aventuro una explicación: concentrarse en las trivialidades distrae la atención de sufrir por las cosas que están fuera de nuestras manos. Armar escándalo por el paso de una mosca logra que nos olvidemos del incendio que hay a nuestras espaldas. El mecanismo de defensa  enfoca los pensamientos en aquello que se puede controlar, para así librarse de las frustraciones que conllevan las desgracias que se nos escapan, que se le escapan a cualquiera. Las que parecen irremediables y que reaparecen cada tanto en el horizonte para recordar que estamos perdidos.

De cualquier modo, las reacciones no dejan de ser síntomas espontáneos de los que es complicado tener control. Lo que sí es posible es sobreponerse a ellos. En una valoración profunda, la cabeza termina por decantarse por lo que, en un plano objetivo, resulta lo mejor. Que todos mis cortaúñas se pierdan hasta la eternidad si con ello un niño cualquiera se salva de algún peligro.

A fin de cuentas lo que tenemos, por pequeño que sea, es lo que ayuda a enfrentar ese exterior caótico y cruel. Es el equivalente a una manta a la que nos aferramos desde la orilla de la habitación. Ancla a la que apretamos hasta que no más de sí, mientras allá afuera la tragedia acecha, con sus guardianes a la espera de que cometamos un error. Que nos confiemos y salgamos del refugio, para entonces sí enterrar sus colmillos y dejarnos tirados en la tierra, sin ganas de volver a levantar la mirada una vez más.

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La foto es de Winson Muldrow.

Acuérdate de Rick Blaine

La vida es una sucesión de despedidas. Unas más dramáticas que otras.  Pierdes la juventud, pierdes la paciencia, pierdes el cabello, pierdes el entusiasmo, pierdes el dinero. Se quiera o no, el  camino se resume a desprender. Las separaciones no tienen clemencia. Llegan tarde o temprano. Atrás quedan los amigos de la infancia junto aquel vaso de leche con galletas que nunca se repetirá. Los barcos llegan y abandonan el puerto. Las pistas quedan preparadas para el despegue.

Algunas despedidas son de agradecerse, claro que sí. Las fechas de caducidad son una sentencia y hay tierras que permanecerán muertas por mucha agua o empeño que se ponga en ellas. Como las casas que nunca están limpias. Los esfuerzos quedan sin recompensa.

Prolongar la escena trae más dolor. Es lo único. Pero a veces somos aferrados. No es fácil olvidarse de lo que alguna vez trajo sonrisas. Parece una traición a todo ese tiempo invertido. A las memorias que aún juegan en el jardín.

Y, sin embargo, se ha de identificar cuando algo sobrevive más por recuerdos que por actualidad. Una parte se ha roto ya. Todavía guardas una sonrisa cuando intentas darle respiración a lo que no da más de sí. Una figura exhausta que lo único que busca es descansar en una esquina. Ser dejada en paz, para al menos producir un dulce sabor de boca. Que la puedas echar de menos, porque extrañar es un tributo preferible al fastidio.

Queda confiar en el tiempo que a veces ofrece remedios. Para las relaciones a menudo es mejor una separación que forzar una continuación llena de agotamiento. La ausencia da espacio para la reflexión. Es tomar distancia para ver el paisaje completo. Tal reposo serena el ambiente hasta dejar la posibilidad de una reconciliación ya con las fuerzas recuperadas.

O puede que no. Que en verdad todo haya llegado a su fin y que luego lleguen los lamentos de no haber realizado un intento adicional; lo cual, las más de las veces, es una ilusión. Ese intento adicional se suele dar decenas de veces hasta que la liga se rompe. De modo que se debe evitar darle muchas vueltas al asunto. El hubiera es un engaño, uno de los peores enemigos de la tranquilidad. Los hechos ocurrieron como ocurrieron y ya está. Ni para qué darle más leña al desconsuelo.

Conozco gente que sigue aferrada sin importar el pasar de los años. La obstinación por personas, lugares u objetos consume su mente a diario. Tienen una especie de ceguera ante lo que les rodea. Les importa poco o nada. Ellos solo tienen ojos para lo que ya fue. Se privan de las múltiples oportunidades que tienen en el presente porque creen que el milagro es posible, creen que todo volverá a ser como alguna vez fue. Y pueden llegar a la vejez, con sus arrugas, sin que hayan movido un pie. Confían que su pesar tiene un solo remedio, que su felicidad depende de una única combinación de dígitos y que si no es así, no podrán estar en paz. Son capaces de esperar a personas que ya ni se acuerdan de ellos.

Permanecer anclado al pasado te puede privar de conocer a seres magníficos. Te puede alejar de un lindo trabajo o de cambiar de una vez de costumbres nocivas. La ruptura conlleva conocer nuevas opciones. Abrir los sentidos al exterior. Para lo bueno y lo malo. Comenzar otra vez. Aunque no de cero, porque hay una carga que siempre permanece.

Un adiós pesa varios kilos más que un hola. Pero en ocasiones no queda otra más que decirlo. Con todas sus letras, sin medias tintas para así evitar que permanezca una sola migaja de engaño. Las despedidas, si son en serio, deben ser lo suficientemente claras para que no queden atisbos de reencuentros inútiles que al final, se sabe, lo único que consiguen es prolongar la agonía.

Sobre el adiós se pueden decir muchas cosas. Creo que una de las más importantes que tiene que ver con la dignidad. Saber cuando apartarse. Ser la clase de persona que sabe que la fiesta ha terminado y que no se rebaja a mendigar las últimas gotas del vaso.

Irte cuando tú quieres, a tu estilo. No cuando las circunstancias te pegan un tiro en la cara. Era tal cual lo decía Sinatra (hay unas cuantas lecciones detrás de su voz, toma nota de ellas), a un hombre lo conforma su propia esencia. Si no es él mismo, no es nada. Se trata de decir las cosas que en verdad sientes y no las palabras de un arrodillado. Entender que ante la desdicha no se debe ceder un solo segundo y que no hay nada mejor que dejar atrás los dimes y diretes de alguien que te quiere hacer daño. Sin prestarles más atención, sin ensuciarse las manos.

Si bien las despedidas son tristes, son necesarias también. Ya lo decía ese otro genio llamado Paddy McAloon. No estás completo hasta que algo se rompe dentro de ti. Después de eso, dale un descanso a tu mente, a tu corazón. Mantenerse ocupado siempre ayuda. Si le pides al tiempo que vuelva, toparás con pared.

No le temas al adiós. Puede que sea lo mejor para todas las partes. O más a la otra que a ti, por lo que tendrás que ser generoso. Además, como he dicho, habrá algo que se quede contigo. No arruines ese refugio personal que conserva memorias bonitas. Acuérdate de la última escena de Casablanca, que no pierde vigencia pese a estar tan manida.

Sí, acuérdate de Rick Blaine. De las últimas palabras a Ilsa antes de dejarla ir. We’ll Always Have Paris. Siempre nos quedará París, entendido como  eso que pasaron  juntos y que ahora pertenece  a su mundo interior. Todas esas noches de conversaciones. Los besos, la cercanía. Las bromas con música de fondo. Eso ya nadie te lo va a quitar. Nadie. Los pasos recorridos formarán parte de ti hasta que llegues a la tumba o hasta que tu memoria no dé más de sí. Da igual que el tablero haya cambiado. Hubo un tiempo en que las cosas fueron diferentes. En las que te entregaste sin medir las consecuencias y en que fuiste una persona feliz. Eso es lo que importa.

casablanca

Un asunto importante llamado dignidad

Los italianos saben unas cuantas cosas sobre la vida. Lo puedes percibir en diversos aspectos de la tradición que los conforma.  En su cine, en los zapatos que llevan y en la forma en que sus defensas se empuñan en un campo de futbol. Mucho que aprender de ellos. También de su ropa. En cómo la traen encima con plena distinción y en la forma con que la elaboran, con calidad en cada milímetro.

No obstante, la parte clave de ellos es menos evidente. Se  esconde entre focaccias y panforte.

Hace tiempo leí unas palabras del gran Brunello Cucinelli, un diseñador de modas y empresario que jamás ha dejado de lado la sensibilidad humana que avanza por su trabajo y en el trato con quienes caminan junto a él. La ética y la responsabilidad social son parte clave de su estilo, el de una empresa de lujo que labora desde un castillo en Solomeo,  un pequeño poblado medieval en Perugia desde donde se ha hecho acreedor al título de rey de la cachemira.

Hablamos de un hombre en toda la extensión de la palabra que, sin perder la vena capitalista (sus prendas cuestan miles y miles de pesos), ha procurado mantener una armonía con el entorno humano del que forma parte. Los cientos de trabajadores que lo acompañan tienen un horario flexible, al igual que un ambiente laboral relajado en donde la buena comida no les hace falta.

Y sobre comida son las palabras que recuerdo de él. Llegaron a mí hace tiempo y aun así las tengo siempre presentes. Creo que son  una manera práctica de mostrar una idea de amplia sabiduría. Aquella frase la soltó para un entrevistador, mientras hablaban de las bases que lo habían llevado hasta la cima. Para  Brunello Cucinelli un punto central radicaba en la dignidad. Fue ahí cuando mencionó lo que tengo grabado y que quizás algún día mande a enmarcar:

Cuando terminas de comer, las sobras dispuestas en el plato deben reflejar tu propia dignidad.

Cito de memoria. Alguna de las palabras podría variar. La cuestión era, sin embargo, muy clara. Esa importancia de los detalles y en el respeto por uno mismo reflejado en cada segundo de la vida. En eso estaba el secreto. En la dignidad. En hacer las cosas con la máxima calidad por amor a la belleza. Ser íntegro. Estar a la altura de uno mismo. Dar respuesta a lo que somos capaces de hacer. Sea aplicado a la hora de visitar un restaurante o cuando se hace la costura de una prenda fina.

Brunello Cucinelli bebe de la filosofía tanto como de la literatura. En su esencia está incorporado Dostoievski lo mismo que  Jenófanes o Marco Aurelio. Es importante señalar lo anterior porque es algo que va más allá de un acervo cultural. Se trata de una manera de entender el mundo, incorporándolo a la ropa de modo tal que se convierten ya no en meras prendas para cubrir del frío o para presumir en una pasarela, sino una vía para manifestar un interior que valora el esfuerzo que hay detrás de cada uno de los involucrados en el proceso.

Una lección para llevar siempre en la cabeza y aplicarla cuando se necesite. Sobre todo para reforzarse en momentos de flaqueza, en los cuales uno esté a punto de ceder a la vulgaridad.

Mantener la dignidad no es fácil. De hecho es un elemento que priva de mucho. Puede suponer la pérdida de oportunidades irrepetibles: declinar la llegada de los sueños si estos no se ajustan al código personal. A menudo significa quedarse solo en el campo con un pedazo de carne seca, mientras el resto de la manada se va por el camino fácil o con el vendedor de espejos en turno.

Defender los ideales puede llevarte a la reclusión, sí. A dejar ir montones de dinero solo porque fueron tocados por manos sucias. Tenerle fidelidad a los principios es limitarse a lo más esencial. Aquello con lo que creciste. Eso que inculcaron tus padres como el último bastión de la esperanza familiar. No aquello que fuera conveniente para el modelo de éxito retratado en la ficción, más bien para esa parte invaluable que va más allá de cualquier concepto material.

Y aun así, la dignidad, pese a ser inculcada de fuentes externas, tiene mucho de egoísta. No en un sentido negativo, desde luego. Es sacar el orgullo por encima de lo demás. Es decirle no a un ascenso o a la fortuna deshonesta porque hay algo más valioso: uno mismo y esa manera en la que fuimos enseñados a crecer. Que ningún fajo de billetes se compara con el placer de saberse por encima de todo lo que es ruin.

Invitaciones al lado obscuro las habrá. Seducirán en especial cuando se vive con alguna carencia. Mas, salvo situaciones extremas, ninguna de esas manzanas envenenadas puede vencer a la convicción individual. Esa tierra firme en donde reposa todo un ideal.

Ni siquiera las tentaciones pueden con una dignidad bien establecida. La más bella de las mujeres sucumbe ante el poderío de una constitución interna.  Que no, no te irás a arrastrar solo porque alguien de piernas bonitas te lo pide. Si te has de humillar para conquistar a la figura de tus fantasías, pues olvídalo. Prefieres quedarte con el abandono de una habitación fría y con la comida enlatada que compraste el invierno pasado.

Respeto por uno mismo. De eso se trata. Manifestado en el vestir, en la forma de hablar y la postura que se tiene al tomar asiento. En todo. Es probable que nadie se dé cuenta y que otros tantos, por llegar al estrellato, tomen esas fichas que tú despreciaste. No importa.  Allá ellos.

Al final, como decían lo Kinks, hay que aferrarse a una convicción: no eres como cualquiera. No eres alguien que se rinde ante el envilecimiento. No tienes que llevar tu destino como lo hace el resto de las personas. Porque no eres ellos. Eres tú. Alguien que está hecho de una materia diferente. Nunca lo vayas a olvidar.

Porque créanme, hay mucha diferencia entre dejar las sobras bien dispuestas en el plato, que dejar todo embadurnado sobre la mesa.

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Las personas normales

Me gustan las personas normales.

Me gustan sus conversaciones llenas de tópicos, sus peinados discretos y el cuidado con el que planean su futuro. El discurso simple. Estudiar, trabajar, ahorrar. Divertirse los fines de semana. Y luego regresar a la rutina.

Respeto que echen de lado las fantasías. Para ellos una cena es suficiente. La comida, la bebida y las pláticas: en conjunto forman una sólido placer.  Reforzar con un libro en el buró. Con las caminatas de banqueta hasta que caiga la noche. Y escuchar los grandes éxitos de las bandas clásicas.

Sí, son los que escuchan de todo. A los que por mucho tiempo desprecié y que ahora tengo por divinidades. Es de admirar que no se enganchen con ningún conjunto musical y que por el contrario apenas puedan mencionar uno o dos títulos de canciones que se cruzaron por la radio. Andar de obsesivo con rarezas, conciertos y datos biográficos llega a lo ridículo. Los que se abstienen consiguen estar en equilibrio. No hay por qué entrar en fanatismos cuando se trata de sujetos que llevan una guitarra sobre las piernas.

Los normales son personas que van de frente. Tienen la casa limpia y te invitan a desayunar con lo que aprendieron en las clases de cocina. Usan ingredientes de primera calidad. Advierten que no hay que echar demasiada sal a los alimentos porque es malo para salud. Saben de las bondades del tomate y de la berenjena. Usan poco aceite —de ajonjolí o de oliva— y no permiten que les ayudes a recoger la mesa. Odian el picante.

Las normales van sin aspavientos. Evitan caer en las emociones fuertes. Se dedican a la jardinería en vez de recurrir a los deportes extremos. No lo necesitan. Te ahorras los videos de sus vacaciones en las islas de Palau. Ellos fueron a una playa cercana bajo el cobijo de un guía experto en primeros auxilios.

Puedes estar a lado suyo en paz. Jamás gritan ni se carcajean. No te gastarán bromas pesadas ni se burlarán de tus desgracias. Pueden escucharte. Te lanzarán algún consejo lleno de obviedades acompañado de un abrazo cauteloso.

Puedes platicarles sobre tu trabajo. Les encantan los temas profesionales. Sin caer en los chismes, desde luego. Sería una falta de respeto hablar de alguien a sus espaldas y según su perspectiva eso está prohibidísimo. Recuerda, estás con seres honorables, no con cualquier chusma.

Son fantásticos. Ahí lo paradójico. Normales y extraordinarios a la vez. Los normales han pasado a escasear. Los principios han quedado en desuso al igual que el mínimo sentido de dignidad.

Hubo un tiempo —errores de juventud— en el que deseaba rodearme de personajes raros, excéntricos. Creía que ahí estaba el camino a la gloria. La obscuridad, lo estrafalario, la ruptura con la norma. Quería conocer a maniáticos en potencia. A pintores surrealistas. Ansiaba tener a lado una antigua sirena. Quizás así podría convertirme en uno de ellos. Alguien único.

Hoy, en cambio, puedo decir que prefiero rodearme de una ama de casa. De un oficinista. De alguien que paga a tiempo sus impuestos. Gente que viste con sencillez. Sin burbujas encima de la cabeza ni gansos alrededor del cuello.

Me interesan sus dramas. Cuando, por ejemplo, te cuentan que el camión de la basura pasa a las cinco de la tarde en sus colonias. Un problema importante ya que a esa hora deben llevar al hijo a las clases de natación y no les queda otra que dejar las bolsas de basura en la banqueta desde el mediodía. A veces los pájaros y los perros callejeros abren las bolsas y dejan un tiradero. Se extrañan los días en que todo funcionaba gracias a un contenedor fijo en una de las esquinas. Ahí todos depositaban sus desechos. Hasta que alguien reportó que había visto a una rata.

El cambio de perspectiva tiene fácil explicación. Conforme envejezco deseo más la tranquilidad, ese gran tesoro. Ansío la compañía de automovilistas precavidos. Conversar acerca de los vasos de unicel.

Que vengan a mí los que respetan las filas. Los héroes que jamás comprometen su límite de crédito.

Le he dicho adiós a quienes se consideran diferentes. Que se queden lejos con sus barbas irónicas. No me interesa conocer sus historias en Marruecos. Lo siento. Me atrae más una abuelita que habla sobre las propiedades de la guayaba.

Tampoco quiero conocer a la salamandra que tienen por mascota. No, que muestren a su pez dorado. No admito otra cosa.

Me tomó tiempo comprender todo lo anterior. Pero al fin he nacido. Aplica a casi todos los niveles. Los gustos son pistas clave para entender.

Las fanáticas de Morrissey y The Cure tienen un tornillo mal ajustado, tienen que saberlo. Años de experiencia así lo dictan. Confío más en quienes escuchan a Shakira. O las que adoran a Coldplay. Gente decente, casi siempre. Sin ningún desequilibrio mental.

Ni qué decir de los expertos en pintura. Hay que tener cuidado con quienes te hablan de AlechinskyMasson. Algo esconden. Hay locura dentro de ellos. Efecto parecido a los obsesos de la música clásica. De esos ya ni te hablo. Lo has de saber ya: para ellos la diversión consiste en degollar a pequeños conejos bajo el ritmo de una ópera de Wagner.

Es vital dejar de ser alguien que se impresiona con facilidad. No faltará el embaucador que empezará a contar anécdotas relacionadas con el consumo de absenta. Qué intrépido, pensarán algunos. Pero tú no. Eres alguien sabio. Pocas cosas merecen causar sorpresa. Así que pídele a ese hombre que se cubra el pecho. A ti no te interesa conocer el significado de su tatuaje de inspiración tribal.

Mejor ir con el señor de la tiendita. Por favor, cuénteme cada cuándo le vienen a surtir los chicles mentolados. Si no le molesta me gustaría saber cómo le hace para trapear tan rápido el local. Quiero fortalecerme como humano.

Despedir a los lanzamientos en paracaídas. Darle la bienvenida a tomar una siesta en el sillón. Dejemos de explorar el mundo. Vayamos al mismo bar eficiente de toda la vida. Bendita sea la normalidad. La rutina.

Un poco lo que explicaba Jarvis Cocker en “Common People”. Esa gran reivindicación de lo que significa ser normal o común. Un estatus muy especial  si lo miras a distancia.

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Piedritas que sostienen al mundo

Cuando te dedicas a escribir —así sea dentro de la informalidad— llega el punto en que te preguntas si lo que haces tiene sentido. Supongo que también ocurre con otro tipo de actividades, aunque la espina se acentúa cuando se trata de algo que no aterriza del todo en el suelo.

La escritura llega a ser una actividad ingrata a la que puedes dedicar años y años sin recibir una sola retribución a cambio. Está estipulado en las reglas. Nadie debería sentirse sorprendido. Hay campos a los que se entra a sabiendas de los riesgos que ello supone. Aun así no deja de ser una cuestión que choca contra el pecho en determinadas épocas. Por más que uno quiera mantener el tesón, habrá ratos donde se eche de menos un refuerzo. Alguna señal de que vamos por el camino adecuado.

Se sabe: uno ha de remar contra la corriente para llegar a la isla del tesoro. El reto adicional está en ignorar a la corriente y tirarse a lo que uno quiere sin reparar en los resultados. Pintar cuadros sin esperar que se vendan, hacer dibujos para después tirarlos a la hoguera. Porque es verdad, si te dedicas al arte para alcanzar el éxito (monetario, profesional, social) o la fama, tienes que replantear la actitud. Crear no debe ser un medio para salir en una revista o en la televisión. La obra ha de ser el fin mismo. Ya si después logra gustarle a las multitudes, bien, pero no queda que esto último sea la obsesión principal, sobre todo porque inevitablemente conducirá a las decepciones.

Inclusive así surge los momentos de más tierna humanidad en donde se desea un meteórico ascenso rumbo al estrellato que parece tan lejano. Mas, como no llegan las migajas siquiera, se cae en la tentación de dinamitar la rutina. Acaso sea preferible dejarlo todo. Tirar el cofre al mar. O lo que parece ser la mejor revancha: guardarlo todo para uno mismo. Que los frutos del esfuerzo sean degustados en solitario. Un poco a la Salinger. Tampoco es que necesites a los demás con sus odiosos aplausos, sonrisas y abrazos. Tú vas de maravilla con las paredes frías. Has logrado encontrar el afecto escondido detrás de la lluvia que cae.

Decides abandonar. Sabes que nadie echará de menos lo que ofreces. Eres un fantasma que atraviesan sin ver. Y te vas a un rincón en donde hay buena sombra. Una amable brizna de hierba te hace compañía.

En esas estaba yo. Dejando breves anotaciones en libretas viejas. Dibujos en papelitos que regalaba al bote de basura. Mejor así, pensaba. Todo es tan pequeño que nadie notará la diferencia. De qué sirve. Para el universo somos menos que granos de arena. Ni para qué continuar con la farsa. Casi todo sobra ya. Dejen de estudiar, niños. Abandonen sus trabajos, señores. Todo se derrumbará de cualquier modo. Emprendamos un arrojo masivo al precipicio. La cita es el próximo martes a las nueve de la mañana. No falten.

Paso los días sin mostrar nada a nadie. Doy algunas caminatas para escuchar el sonido de los árboles. Al ser cubierto por el sol, alcanzo a ver a una paloma que va sola por la banqueta. Pienso que yo soy esa paloma. No estoy en la plaza con otras aves a la espera suplicante de que alguien nos tire un poco de pan. He tomado una ruta de abandono. Ahí voy, con el pico en el pasto en busca de rastros de semillas.

Luego ocurre un fenómeno. De regreso a casa encuentro que me ha llegado un correo electrónico. Es un lector del blog. Me dice que le gusta mucho lo que escribo, que a diario entra para ver si he puesto una nueva entrada. No puedo contener la emoción. Dejo la computadora y bajo hasta el jardín. Una vez ahí, doy un largo respiro y regreso a la habitación. Hay alguien que me valora. No estoy solo en el planeta. Miguel considera que lo que hago es importante. Doy un par de brincos. Quisiera reaccionar de otra forma, pero lo cierto es que el más mínimo halago me dispara hasta las nubes. Ya se lo he dicho a otras personas que tienen algún gesto conmigo, aunque ellos piensan que exagero. Lo cierto es que no, de verdad entro en éxtasis cuando alguien me recomienda o cuando manifiesta su aprecio por lo que hago.

De pronto Miguel se convierte en uno de los pilares de mi existencia. No lo puedo defraudar. Se trata de un ángel que se alimenta con mis palabras. Su vida depende de mí. Las cuatro líneas que me envió por correo electrónico son la prueba irrefutable de que me necesita. Soy como un segundo padre para él.

Tranquilo, Miguel. Estoy de vuelta porque eres alguien importante y porque me preocupo por ti.

Además he notado que las visitas al blog se han disparado. Mi breve ausencia ha acercado a lectores que entran ante la esperanza de poder de encontrar mi esquela mortuoria.

En Twitter recibo elogios adicionales por entradas que ya ni recuerdo cómo escribí. Soy tan ridículo que me ruborizo frente a la pantalla. Mi perspectiva ha cambiado por completo. La barra de energía ha vuelto a estar en verde. He caído de nuevo en el optimismo: empiezo a vislumbrar la tierra prometida.

Pienso en el poder que tienen los gestos. Una palabra de aliento puede cambiar el día de los demás. Con una sonrisa puedes llevar a un chico de la desolación a la alegría. Se ha desestimado a la amabilidad cuando se trata de uno de los grandes poderes que nos quedan bajo la manga.

Lo entiendo al fin cuando descubro que en Facebook tengo algunos mensajes privados sin leer. Yo no me había dado cuenta hasta que alguien lo mencionó por ahí, el caso es que los mensajes privados que te envían personas que no tienes agregadas aparecen en una pestaña distinta al de los “inbox” de tus contactos. Yo no había visto eso, y al hacerlo me topé con comentarios que lectores me han dejado durante todo el año. Fue como encontrar un billete en un pantalón viejo. El cariño que echaba de menos aparecía de pronto en un caudal incontenible.

En especial por una chica que con su gentileza logra que recupere el buen humor por completo. Resulta que lo expuesto en esta bitácora no solo ha entretenido, sino que ha sido de ayuda para algunos. Con eso es suficiente para borrar los vacíos existenciales y a seguir un trayecto de ya varios años. Comprendo que la vocación no es determinada por los abandonos, sino por los regresos. Eso que te obliga a retomar la carretera por mucho que te empeñes en quedarte ya en medio de la nada.

Y me acuerdo de una escena de La Strada (1954) de Federico Fellini (el más grande) en la que Gelsomina platica con Il Matto acerca de lo inútil que se siente en medio de la inmensidad que la rodea. Ella piensa que su presencia es inútil y que lo mismo daría si no estuviera más entre los vivos. Entonces él la anima diciéndole que todo lo que existe tiene un motivo para estar aquí. Aunque no lo conozcamos todavía. Todo aporta, todo mueve. Incluso las pequeñas piedras a las que pisamos.

Se trata de un fragmento que veo cada tanto cuando necesito recuperar la perspectiva. En los días más duros conviene recordar —sin caer en misticismos ni supersticiones— que estamos aquí por algo. Y así sea mínimo, vale la pena seguir adelante por ello.

Lo refuerzo ahora con un detalle adicional. Esta es la publicación número 100 de este blog. Vendrán muchas más, amenazo.

la strada gesolmina

Los libros ‘meh’

De los libros se habla con mucha nobleza. Es posible que no haya otro tipo de objeto que reciba un nivel similar de aclamaciones. Referirse a ellos se hace como una generalidad. Los libros. Los libros son buenos. Te van ayudar. Aumentan tu inteligencia. Si quieres ser alguien de provecho más vale que leas unos cuantos. Si no lees estás condenado a ser una lacra de la sociedad. Así que si no lo haces, al menos finge que sí. Amo la lectura, diles a los que veas. Y cuando te pregunten por tus favoritos sal con la respuesta clásica. No sé, leo de todo. Cualquier género me gusta. No tengo preferencia por ninguno en particular.

Caso contrario es la televisión. Su mera mención tiene una connotación que si no llega ser peyorativa, al menos pasa a ser de segunda clase. Tal vez sea porque al ponerla sobre la mesa, no se suele asociar a The Wire, Cosmos Fawlty Towers. O tal vez sí, pero la balanza se descompone por la presencia de mucha basura que se transmite a diario en pantalla. Digamos que es un terreno con baches y la mayoría de las personas están al tanto de ello.

Pero los libros tampoco son infalibles. De hecho también suelen contener inmundicias. Ni siquiera es que sea raro. Basta darse una vuelta por las tiendas para encontrar títulos que son insulto a la respiración. Lo interesante es que nadie parece tomarlo en cuenta. Las toneladas de malas publicaciones no le restan un solo pelo de prestigio a los libros.

El trato para ellos es privilegiado. Ni siquiera el cine, la pintura o el teatro gozan de tal cobijo por parte del público. Agradézcanle a Shakespeare, a Cervantes, a Tolstói y a tantos otros que dejaron una impresión tan honda que resulta a prueba de balas. Da igual que a partir de mañana las editoriales se dediquen a publicar páginas inservibles una tras otra. Lo que hubo en siglos pasados es suficiente para mantener el estatus para siempre. Crearon fama suficiente con tal de irse a dormir.

Dicho esto, quiero aclarar que, aunque parezca, no tengo nada en contra de los libros malos. Al contrario, los amo. Soy aficionado a leer novelas de baja calidad. Lo mismo con los cuentos y la poesía. A veces incluso los prefiero por encima de los clásicos. Estos últimos pueden llegar abrumar. Es leerlos y quedarte en blanco. Deprimirte. Cómo es que un humano fue capaz de escribir todas esas líneas. Está fuera de mi alcance. Jamás me atreveré a garabatear una sola letra a partir de ahora. Para ser escritor hay que ser un superdotado. Adiós al sueño de ser un autor exitoso. La magia se quedó con Joyce y con Ibsen. No tiene sentido intentarlo. Páseme la cápsula de cianuro, oficial.

Cuestión de sensibilidad. Así como los grandes ejemplos pueden inspirar al principiante, también lo pueden derrumbar.

De ahí que los libros malos no sea tan malos. Acudir a ellos puede resultar saludable, incluso. No en un plano didáctico, sino de perspectiva. Con ellos se aprende a cómo no escribir. Y hasta pueden resultar un estímulo para quien duda de su propio talento. Ya se sabe, despierta la vieja motivación conocida como: “si él puede, por qué yo no”.

Así se ilumina la vena operacional. Si la baja calidad consigue llenar los estantes, por qué uno no habría de intentarlo. La vanidad se pone de pie. Quizás no seas el heredero directo de Nabokov, pero al menos puedes superar esos remedos de letras que han invadido a las librerías. Voy por papel y lápiz, mamá, soy la nueva promesa de la narrativa hispánica.

En efecto. Los libros malos tienen su punto. Dentro de su miseria albergan un propósito, un sentido de existencia. Habría que dejar de condenarlos y darles una oportunidad. Son ideales para cuando los ánimos andan bajos, para esos días en los que necesitas reafirmar la confianza en ti mismo.

Cierto es que tampoco hay espacio para exageraciones. Los libros malos funcionan dentro de su contexto, sin que ello implique una superioridad sobre los que tienen calidad. Hay que tenerlo en claro. Lo que sí quiero señalar es que los libros malos están por encima de lo que llamaremos libros meh que procedo a explicar.

Los libros meh son los que se quedan a medio camino. Los que ni apasionan ni levantan arcadas. Lo común es que los recorras sin mayores turbulencias. Puede que estén escritos con oficio y que no les encuentres nada digno de criticar, el problema es que tampoco contienen nada especialmente digno de admiración.

Como he dicho, los trabajos deplorables al menos te levantan el ánimo. Puedes echarte unas risas con ellos por lo ridículos que son. Con los libros meh ni eso. Lo único que haces es avanzar por ellos en una línea sin subidas ni bajadas que al cabo de un rato te comienza a aburrir.

El recorrido es engañoso. Cada tanto los libros meh sueltan alguna combinación que ilusiona. La reivindicación llega casi siempre cuanto estás a punto de abandonar la lectura. Cuando vas por la página ochenta ya sin mayor esperanza de que el aquello funcione. Entonces, antes de que arrojes el ejemplar por la ventana, aparece una palabra, una línea que te ata. Entre toda la neblina parece haber un rayo de esperanza. Un beso en los labios que te condena a la permanencia. El infortunio radica en que lo que parecía ser la luz, es más bien una trampa. Lo siguiente que sabes es que ya llevas doscientas páginas de una obra que te ha nutrido menos que una pelusa. Decides llegar hasta el fin por mera disciplina. Porque, como diría Otis Redding, has invertido mucho tiempo como para detenerte ahora.

Similar a lo que ocurre en otras latitudes. Procuren rodearse de belleza. Que lo sublime les entre por los poros hasta elevarlos. También conozcan la podredumbre, los barrios bajos. Hay tardes es las que conviene arremangarse la camisa para meterse en la suciedad. Sean presas de los mejores perfumes, húndanse en el lodo. Corran de arriba abajo. Conozcan todo lo que puedan para tener una visión de 360 grados. Lo único que se ha de evitar es permanecer en las medianías. En lo que no aporta. Lo que ni alegra ni enoja. El circuito del bostezo, en donde no hay aspavientos dignos de gritos. Enojarse, entristecerse. Agonizar en el suelo. Reír, brincar por la pradera. Lo que sea, excepto rendirse a la apatía.

JAMES DEAN ON LOCATION FOR THE FILM "GIANT" IN MARFA, TEXAS. 1955