Mourinho no está hecho para estos tiempos

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“Quiero mantener buenas relaciones con todo el mundo, pero lo más importante es mantener una buena relación conmigo mismo”.

—José Mourinho.

 

José Mourinho fue invitado a realizar el saque de honor en un partido de hockey llevado a cabo en Rusia. Aunque él no pintaba mucho ahí, fue un gesto que reconocía su estatus como figura dentro del deporte. El problema es que después de atender el protocolo, el portugués se resbaló con la alfombra roja que algún lumbreras colocó en la cancha de hielo. El bochornoso momento quedó captado por múltiples camarógrafos que apuraron la viralización de la estampa.

El traspié parecía cerrar un ciclo de horror para el entrenador luso, pero todavía venía algo peor. Un día después fue condenado a un año de cárcel (que no tendrá que sufrir, al no contar con antecedentes penales) y a una multa de tres millones de euros por fraude fiscal en España. Esta vez sí que tocaba fondo o al menos un mínimo histórico. Su estatus está más cuestionado que nunca y no queda claro cómo podrá salir de la maraña en la que está metido.

El declive viene de tiempo atrás. Mes y medio antes de la caída fue echado del Manchester United por los malos resultados obtenidos. Los jugadores simplemente no carburaban con él, aunque a su salida milagrosamente recuperaron el talento para remontar posiciones en el campeonato local.

No son buenos días para Mourinho que a últimas fechas pareciera haber perdido el rumbo. Si bien no ha caído en el desastre, ha despertado señalamientos por acabar mal en sus últimas aventuras con el Chelsea y el United. Los detractores que se ha labrado a lo largo del camino están de plácemes, desfogando la bilis acumulada por medio de insultos.

Visto con frialdad, el haber ganado la Premier League en la temporada 2014/15, en la que también ganó la Copa de la Liga, así como UEFA Europa League en la 2016/17 (que coronó con otra Copa de la Liga), no está nada mal. Cualquier otro entrenador estaría contento con el botín y aquello sería suficiente para ser candidato a dirigir cualquier club del mundo. Pero con Mourinho no es así. El técnico luso está acostumbrado a arrasar y cualquier cosa que no sea ganar una Champions más Liga le sabe a fracaso.

Después de todo es alguien que ganó dos Copas de Europa de especial kilataje por haber sido conseguidas con el Oporto y el Inter de Milán. También ganó la Liga de los récords con el Madrid y sentó las bases para que los merengues retomaran su reinado en Europa. Lo respaldan alrededor de 25 trofeos, un mérito que ha logrado sostener en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

Hubo algo más que lo marcó. Su enfrentamiento deportivo y dialéctico con Guardiola y todo lo que el Barcelona representa. Esa relación combativa dejó alguno de los episodios más memorables del futbol en el siglo XXI. El Mourinho más inspirado estuvo ahí, cuando plantó cara al falso buenismo de los catalanes a través de dureza y asumiendo el papel que se tenía que asumir. No fue sumiso ni aceptó la hegemonía culé que el resto de los clubes asumía como inapelable, con la cabeza baja y hasta de modo reverencial.

“Mourinho nos hizo espabilar. Estábamos aceptando una situación que no podía ser”, ha dicho Xabi Alonso sobre cómo Mou les ayudó a recuperar la confianza para competir con el Barcelona. El guiño también es de Álvaro Arbeloa, quien aún se muestra respetuoso con el portugués. “Fue capaz de bajar a ese Barcelona de la cima. Y no ha recibido suficiente reconocimiento por esto”, apuntó, al tiempo que recalcaba otro de los méritos del entrenador: haber dejado el ambiente de tal forma que finalmente Pep tuvo que abandonar al equipo blaugrana.

Para ello empeñó su cuerpo y alma. Fue un trabajo de 360 grados, no solo en el diseño táctico, los partidos y los entrenamientos, también en la agenda mediática, lo administrativo y el duelo ideológico. Quedó tocado por los reflectores y parecería que después de tal labor no ha vuelto a ser el mismo.

Aquel Madrid de Mourinho dejó de lado las normas sociales y regresó el futbol al fango, al sacrificio y a una manera de entender el compromiso. “Señorío es morir en el campo, no filosofía barata”, fue una de las tantas perlas que soltó ante micrófonos.

El éxito del mourinhismo recae en su primacía como jefe dentro del vestuario. Su estilo de dirección no permite la rebeldía, sino que demanda de los jugadores un compromiso y una devoción total por el entrenador. Sus mejores momentos en el banquillo han llegado cuando los futbolistas lo asumen como un comandante, más que como un gestor deportivo o un compañero de viaje.

Es el tipo duro, un tirano que debe controlar todo a su alrededor. La democracia no va con hombres así. Tal nivel de dominio es difícil de mantener a largo e incluso a mediano plazo. El nivel de exigencia y protagonismo es tan grande que pronto se erosiona. Pero sobre todo no funciona mucho con el perfil de los jugadores actuales, aspirantes a estrellas de Hollywood que buscan lucir por encima del DT y el grupo mismo. Esos que dejan de esforzarse y boicotean al jefe cuando les cae mal, les habla fuerte o los hace correr más de lo necesario.

Las complicaciones recientes de Mourinho tienen que ver con ese choque generacional. Le es difícil lidiar con el nuevo perfil de jugador que aspira a ser el centro de los proyectos deportivos. El pique que mantuvo con Paul Pogba como antes con Cristiano Ronaldo hablan de esa naturaleza que se nota desde el peinado. Para Mou solo debe haber un gallo en el corral. Y debe ser él, como indica su tradición futbolística, esa que lo vincula a la inclemencia y agitación de los Bill Shankly y Brian Clough.

The Special One se las ve canutas con la suavidad y lo políticamente correcto. Si Guardiola es fanático de Coldplay, Mourinho es un arrebato que no se anda con cursilerías. Antes que nada es un personaje, un hito de la cultura pop del que algún día se debe hacer un gran libro. El malestar que genera, las pullas de gracia y la pasión que genera lo consolidan como un genio más complejo que cualquier otro en el mercado.

Como aquella canción de los Beach Boys, Mourinho no está hecho para estos tiempos, tan afables, tan censores, tan aburridos. Tampoco va con futbolistas propensos a mirarse al espejo y a comer ensaladas.

El viejo lobo portugués apela al perfil de los espartanos. Materazzi, Xabi Alonso, Arbeloa, Sneijder, John Terry, Carvalho… sujetos que compensan cualquier limitante con honor y fidelidad absoluta. Hombres en serio.

A partir de hoy le tocará reinventarse. O esperar a la vuelta de un puñado de fieras. El objetivo que seguro aún tiene es volver a ser el puto amo. Que nadie lo dé por muerto.

 

El consuelo del Mundial

El tiempo es cruel. Cada nuevo Mundial nos toma más viejos y con más responsabilidades. El adulto rememora con añoranza aquellas primeras justas deportivas que podía ver en televisión casi en su totalidad, al igual que cualquier resumen deportivo o programa que se atravesara ante sus ojos. Ahora ya no es tan fácil. El trabajo, la familia y las presiones de los años se acumulan y es imposible mirar uno que otro juego… la mayoría de ellos, de hecho. Hay otras urgencias. Labores impostergables que reafirman que estamos condenados a lo que nos rodea.

Queda, si acaso, la posibilidad de ver ciertos partidos, en especial los de la propia Selección. Ya no pedimos más. Y cuando eso ocurre, cuando al fin puede verse un juego del Mundial, todo se rompe. La emoción renace; somos de nuevo niños que en cualquier momento pueden desplomarse si es que una victoria o una derrota llega en el punto justo. Así recordamos que no somos máquinas ni esclavos de un trabajo. Somos otra cosa. Un regate, una asistencia, una buena narración, son elementos que pueden regresarnos la humanidad al pecho. Reanimar al niño interior que creíamos perdido por culpa de los horarios de oficina y los sucios golpes del destino.

Gracias al futbol podemos desfogar las palabras que teníamos ahogadas. Recordar, una vez más, que no todo es la rutina. Que no todo es aguantar y bajar la mirada. Al menos por un mes mantendremos esa ilusión. El llanto: saber que todo sucumbe ante un gol.

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Vicente Blanco, una fiera del ciclismo

La historia de Vicente Blanco Echevarría representa una de las hazañas más significativas del deporte español. Lo es tanto por resultados como por el empeño necesario para llegar a ellos.

Nacido en 1884 en el Deusto, Bilbao, Vicente Blanco Echeverría creció en una familia de profundas limitaciones económicas. Por ello desde chico tuvo que dedicarse a oficios que moldean el cuerpo y el espíritu, como lo fueron las labores que llevó a cabo dentro de un barco. Ahí hizo de todo. Fue ayudante de cocina, realizó tareas de limpieza y se dedicó a palear carbón en la sala de máquinas. Aquellas condiciones lo adiestraron a resistir en situaciones extremas, lo cual conectaría con un deporte donde lo sobrehumano es requisito.

Más allá de lo profesional, de lo que era un modo de vida, Vicente Blanco tenía una ilusión: ser ciclista. Lo tenía entre ceja y ceja. No solo se conformaba con practicar como un cualquiera que se pasea por las calles. Él quería algo más. Quería competir. Vencer a otros seres humanos. Ser el mejor.

Pero no iba a ser fácil. Pese a su gran forma física, pronto quedó tendido en la lona. Con apenas 20 años, mientras trabajaba en una fábrica siderúrgica, una barra de acero incandescente le perforó y arruinó el pie izquierdo. El talón y los dedos le quedaron destrozados. Meses después, debido a un accidente con los engranajes de una máquina, los dedos de su pie derecho también se trituraron, esta vez cuando trabajaba en los famosos astilleros Euskalduna en el centro de Vizcaya.

Se tratan de dos sucesos que serían suficientes para arruinar cualquier vida, sobre todo una que aspiraba al ciclismo. Pero no la suya, que nunca cedió al cansancio ni al confort amargo de la rendición. Decidió continuar sobre los pedales, aun con sus maltrechos muñones. Sus pies estaban fuera de combate, él no.

Para explicar el milagro habría que recordar el origen de este hombre que se ganó el apelativo de El Cojo en tiempos donde la corrección política era un chiste lejano.  Vicente Blanco era de Bilbao, una tierra acostumbrada al infortunio y a personajes  que no se andan con delicadezas. Para alguien de tal municipio las cosas se hacen a como dé lugar. Aunque el precio sea alto. Aunque haya que emplearse a fondo.

Seguir en marcha ya no solo era una cuestión deportiva: significaba derrotar a la adversidad que parecía cebarse con él.  Si el destino le había trazado una ruta, él había rechazado seguirla. Una simple incapacidad física no iba a orillarlo a renegar de sus sueños.

Cuenta la leyenda que, ante las carencias económicas, la primera bicicleta de Vicente Blanco fue una que él mismo rescató de la basura. La bicicleta no tenía llantas, pero para alguien de su calibre eso era otra minucia. A modo de refacción, usó sogas atadas como sustituto de las ruedas lo cual le permitió dar tumbos por ahí.

Sin darse cuenta, el capacitarse en condiciones de excepción le ayudó a ser un competidor notable una vez que tuvo una bicicleta decente dispuesta para lo que le quedaba de extremidades. Gracias a ello pudo competir y destacar en campeonatos españoles, como los que ganó en 1908 y 1909. Poco después, en 1910, se codearía con el ciclismo de élite al ser el segundo español en competir en el Tour de Francia.

La suya es una historia de rudeza que por fortuna dista de integrarse en esos cursis libros de superación personal que al cabo de unas décadas se convertirían en una industria lacrimógena. Vicente Blanco era un joven borracho y un bravucón de primera. Nunca pretendió mostrar lo suyo como un acto lastimero o digno de admiración y por el contrario a menudo era condescendiente y burlón con sus rivales. Comía mal y en exceso. Cuando le ofrecían alimentos saludables decía “la fruta pa’ los monos” y procedía al siguiente bocado de carne. Era un provocador e incluso llegó a cometer alguna trampa.

Como ejemplo está la treta que, según relata Ander Izagirre, le ayudó a conseguir su campeonato de España en 1908, la competencia que lo consagró. 

De acuerdo al periodista donostiarra, a mitad del recorrido los ciclistas debían firmar un documento de paso antes de poder proseguir la carrera. Vicente Blanco iba a la cabeza junto a otros tres ciclistas, así que cuando llegó a ese punto se apresuró a ser el primero en dejar su rúbrica. En cuanto terminó el trámite, montó su bici y sin decir nada continuó con la ruta. La sorpresa llegó cuando los otros competidores quisieron firmar: se dieron cuenta de que el bilbaíno había roto adrede la punta del lápiz dispuesto para tal propósito. El encargado del puesto de control no tenía repuesto. Y en lo que buscaba un sacapuntas el reloj seguía corriendo y Blanco se alejaba cada vez más. Finalmente alguien consiguió una navaja para sacarle punta al instrumento. Pero ya era muy tarde. Ante la furia del resto de los participantes, El Cojo ya iba imparable para ser campeón nacional.

Su gran mérito no estaba tan solo en la pillería. Prueba de ello es que al año siguiente ganó la misma prueba con media hora de ventaja sobre sus rivales y ya con una organización más prevenida contra vivales como él.

Caso aparte fue el Tour de Francia, en donde El Cojo fracasó estrepitosamente. En parte la culpa fue suya y, de nuevo, de las limitaciones. Pero no las propias, sino las económicas. Debido a que no contaba con ningún patrocinio ni apoyo, decidió ir a Francia en bicicleta. Cerca de mil kilómetros entre París y Bilbao que recorrió en cinco días. Arribó menos de 24 horas antes de comenzar la etapa inaugural, a la que llegó exhausto, adolorido y sin dormir. No fue capaz de dar la pelea que hubiera querido. Y ante el fracaso se negó a volver a hablar del Tour de Francia que se convirtió en un tabú para él.

La gloria mayor le había sido denegada y a modo de respuesta decidió hacer como si nunca hubiera existido. Optó por refugiarse en el ámbito local, en donde siguió obteniendo algunos resultados favorables que no obstante fueron insuficientes para salvarlo de la perdición. Murió pobre y en el abandono en 1957. Pero dejó una estampa para el recuerdo. Una conducta ejemplar que no pretendía serlo. Sin intención de conmover ni de protagonizar dramas de autoayuda. Simplemente hizo lo que quería. Y no permitió que la vida le dijera que no.

 

vicenteblanco