Comida al volante

Entre todos los sitios en los que es posible comer, hay uno que resulta especialmente cuestionable: el interior de un coche. Algunas películas han querido ver con romanticismo esta conducta, la de zamparse un emparedado o tentempié desde el asiento del conductor, a menudo en compañía de una dulce dama que procede a hacer lo mismo sin ningún tipo de empacho. Música romántica suena de fondo al tiempo que fuegos artificiales explotan de la nada en el cielo, una combinación idónea que el par de rebeldes culmina con un beso de textura especial, cortesía de las migajas que llevan en los labios.

No obstante, diga lo que diga Hollywood, semejante comportamiento es una guarrada total. Un yerro imperdonable a varios niveles. Comer dentro del auto es una falta de respeto a los alimentos, al ritual de la tragazón y también, desde luego, a la industria del automovilismo. Henry Ford no murió para que usaras una sofisticada pieza de ingeniería como si fuera un mantel de pícnic.

Pocos actos de soberbia se comparan al de quienes se estacionan junto a una taquería y hacen su pedido desde el asiento, sin bajarse, para que un pobre empleado les lleve la orden de pastor hasta el auto donde reposan con inmensa holgazanería. Hay establecimientos que se especializan en ese tipo de servicio, pero hay otros en los que no, en los que tal actitud rompe con la dinámica del negocio y también con la armonía, el sentido de comunidad que reina en el ambiente. El resto de los comensales suele mirar con desprecio a esta clase de sujetos que prefieren mantenerse en la nube para no juntarse con la chusma, esa que no lleva delantal ni tubos en la cabeza. Los expertos saben del error: la comida callejera se disfruta más junto al prójimo, sin aislarse, dejándose llevar por los aromas y la histeria colectiva.

Comer en el auto es, además, un acto de imprudencia, por mucho que el motor esté apagado y no exista peligro alguno de colisionar con un poste. Cualquier individuo sensato sabe que la comida y la bebida son proclives a ensuciar. Una hamburguesa con queso y un licuado de fresa son susceptibles a dejar una marca indeleble en los sitios por los que pasan. Una gotita de cátsup o de grasa es suficiente para arruinar la mejor de las camisas, ya no se diga el respaldo de un convertible último modelo. De ahí que las personas de bien opten por comer en una mesa como Dios manda, en donde los riesgos se minimizan. Comer en el auto, en especial si es ajeno, puede traer consecuencias funestas. Se ha sabido de pobres diablos que terminan en el hospital luego de haber mancillado la minivan de una suegra vengativa.

Hay actitudes erróneas que es mejor no justificar. Alguien podrá decir que la gente tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo y con sus pertenencias, pero es ahí cuando debemos levantar la voz para detener la depravación que carcome a nuestra sociedad. Urge recuperar las costumbres de antaño; tener consideración por la bondad de las mesas de plástico y aluminio que los anfitriones disponen con tanto cariño para los clientes. Quienes almuerzan en el auto cometen casi todos los pecados capitales y alguno más. Hacerlo es un acto de inconsciencia, pedantería, y nulo cuidado de las formas. Si no quieren moverse, quédense en casa y pidan una pizza. Pero no ofendan a los metiches.

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La comida mexicana como arma de resistencia

No es descabellado pensar en la comida como el recurso secreto gracias al cual el pueblo mexicano ha aguantado los múltiples sufrimientos y desgracias que ha padecido a lo largo de su historia. La gastronomía nacional cumple el papel de combustible para la resistencia diaria.

Se podría decir algo parecido sobre otros países, pero la comida mexicana cuenta con algunas particularidades. No es solo sabrosa y llenadora, también es democrática. A diferencia de lo que se vive en otros lugares, en México es muy barato comer. Con 30 pesos (alrededor de 1.50 usd) basta para apañárselas durante todo un día. Eso es lo que cuesta un huarache con carne, unos tamales o media docena de tacos de canasta, por mencionar tan solo algunos ejemplos; platillos que si bien no son del todo saludables, al menos ayudan a calmar el apetito y dan energía para una jornada más. La masa, el picante y la grasa colman el espíritu cuando no hay otro estímulo que lo alimente.

Es la salvación de la comida callejera. Una opción que,  con todos los reveses que pudiera tener, sostiene a las clases populares.

En los puestos de tacos y garnachas se crea una cohesión social inusitada, donde personajes de diversos orígenes convergen en un mismo espacio que les ofrece refugio y sustento. A modo de ceremonia, hay calma y armonía. Cada uno aguarda su turno con civilidad, lo mismo a la hora de formarse en el barra de salsas.

Los tacos, igual que otros antojitos, gustan los mismo al empresario acaudalado que al obrero que gana el salario mínimo. Quien introduce un tlacoyo o gordita en su boca puede tener la seguridad de que prueba el manjar que algún millonario añora desde la mesa de un restaurante donde dispone de un triste cubo de pollo colocado sobre una cama de pepino.

Las dinámicas culinarias del tercer mundo no podrían ser de otra forma: las carencias económicas de la clase trabajadora harían impensable costear menús como los que se ven en París, Londres o Milán. Acá no estamos para milongas. Sentarse en lugares donde se usan manteles, cubiertos y copas de cristal está de sobra. Lo que funciona es ir a las bases: comer a pie en vajillas de plástico bajo el servicio de un hombre que prepara y sirve además de cobrar.

Otra clave está en el calor. Incluso el hombre más desamparado, alguien que no tiene hogar, puede ir a lugar un puesto de comida callejera y dejarse consolar por la calidez que emana de la parrilla. Una especie de abrazo cósmico en el que se conjugan aromas y sentidos.

La comida funge como el remedio perfecto. No requiere recetas ni consultas con un especialista. Basta con dejarse querer. Al son de un taco la vida parece menos complicada, y luego de un día pesado nada mejor que desanudar la corbata y acudir al primer trompo al pastor que se cruce en el camino. Famosa es la historia de aquel suicida que fue disuadido de la muerte por un grupo de policías. La estrategia fue sencilla: después de charlar, lo llevaron a comer tacos. Así le mostraron que no todo es tan terrible como parece y que, parafraseando a Woody Allen, la vida puede ser espantosa, pero es el único sitio donde se puede pedir una orden de suadero.

México ha sido víctima de inseguridad, guerras, fraudes, pérdidas de territorio, crisis financieras, desastres naturales, muertes en masa, pobreza, abusos  y un cúmulo de tragedias… pero hay algo que templa el ambiente y evita el estallido social. Una posibilidad que surge cada noche: ahogar las angustias a base de carne, frijoles, chile y tortilla.

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El desayuno del domingo

No es la sorpresa ni el sobresalto. Tampoco lo insólito o la épica. Acaso lo más entrañable de la vida radique en los pequeños detalles, como la sencillez del desayuno en los domingos. Esos que transcurren en la comodidad de la casa: bajar en pijama a la cocina, y con toda la calma del mundo poner música para prepararse un omelette, un panecillo y el jugo de preferencia. Sentarse en la mesa y leer la primera plana del periódico mientras se le da el trago inaugural a la taza de café. Ahí la verdadera dicha, sumirse en la tranquilidad sin ningún tipo de presión, dejar el tiempo correr por el mero placer de no hacer nada.

Afuera ya puede haber un invierno nuclear, mientras el olor del café recién hecho invada el interior de un hogar, habrá valido la pena nacer. Que no te engañen los quejicas (mucho menos yo). En esta dimensión podrán presentarse un montón de desgracias, pero en la cotidianidad hay tesoros por los que hay que aguantar lo más que se pueda.

Deja de lado la riqueza y los lujos que se tambalean cuando se respira en medio de angustias. A lo máximo que uno puede aspirar es a vivir sin preocupaciones. Comer pan tostado con mantequilla y  mermelada en un día soleado. Dejarse llevar: creer que así será siempre la historia.

Bendito sea el domingo. Resistir a las complicaciones de toda una semana hace indispensable que durante un día nos olvidemos de que existe lo malo.

Y a las once de la mañana de un domingo comprendes que no cambiarías la permanencia en tu cama por ir en ese instante a los Pirineos. Que te basta con un libro en el buró, un poco de té y la compañía de tu mascota. No pides nada excepto un respiro. Un rebanada de paz.

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