La escena de las langostas

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Hoy en día es muy fácil despotricar contra Woody Allen. La palabrería se repite por el vecindario. Que si todas sus películas tratan de lo mismo, que si es descuidado con las formas, que si sus guiones parecen encargos turísticos. Quizás haya una pizca de verdad en ello. Woody Allen ya no es lo que era. Pero que no se nos olvide. El tipo tuvo una época de gloria e hizo uno de los más grandes estudios cinematográficos en torno al ascenso y descenso del amor. La que posiblemente sea la comedia romántica definitiva: Annie Hall (1977). Una memorable seguidilla de viñetas que no tienen desperdicio y que conviene repasar cada determinado tiempo, en especial cuando se desee reflexionar sobre nuestra propia vida sentimental y se requiera de cierta calidez para superar baches emocionales.

La cinta deja muchos fragmentos para destacar. Una de mis partes favoritas es la famosa escena de las langostas (que en realidad se divide en dos partes). En ella, los protagonistas intentan cocinar unas langostas en casa, pero todo se vuelve un caos cuando los animales en cuestión, todavía vivos, se escapan y empiezan a deambular por el suelo. Lejos de enojarse o desanimarse, la pareja disfruta de la situación. Se divierten y juegan. Incluso se toman fotos para atesorar el momento. Lo que parecía ser un inconveniente se transforma en un episodio entrañable. La química que existe entre ellos hace que lo más simple se vuelva extraordinario.

En la primera parte de la secuencia Alvy Singer convive con Annie Hall, el prototipo de mujer que siempre se queda pegada en nuestra memoria. La que hace llevaderos los episodios más bajos. La que transforma las preocupaciones en un montón de sonrisas. Esa que vuelve especial los minutos pasados frente a la estufa.

Pero transcurren los meses y ocurre lo que suele suceder. La relación se desgasta. Llega el alejamiento y la ruptura definitiva. La dinámica de conocer a otras personas e intentar seguir adelante.

Lo que venga ya nunca será lo mismo. Aunque conozcas a muchas otras personas, siempre quedará el recuerdo de esa mujer irrepetible que lo significó todo. Una sombra que danzará por tu mente por el resto de los días. Sobre todo cuando más lo necesites. Woody Allen lo refleja muy bien en apenas un par de minutos.

Al cabo de una temporada, Alvy Singer vuelve a vivir una situación parecida con otra mujer. Los planes de una comida dominical son interrumpidos por un grupo de langostas que ha decidido escapar. Y donde antes había bromas, entendimiento y cariño, no queda más que frialdad y distancia. Ella no es Annie Hall. Se muestra desapegada, fastidiada ante el suceso. No entiende los chistes ni se enternece ante los defectos de su novio.

Queda la sensación de que somos compatibles con una cantidad muy reducida de personas. Un detalle que se puedes detectar en la última mirada del protagonista.

Pinceladas propias de un talento como el de Woody Allen. Por eso le perdono todo y es una de las razones por las que veo sin queja alguna cualquiera de sus películas. Lo prefiero a casi cualquier otra cosa que esté en cartelera. Verlo a él es como estar en casa.

Solo se vive dos veces

Habría que poner una mayor atención al fenómeno de los parecidos razonables: todas esas personas comunes y corrientes que tienen una semejanza física con alguna celebridad. Ya desde los primeros años en la escuela se vislumbran relaciones entre los compañeritos del salón con algún famoso visto en la televisión o en las películas. De ahí vienen algunos apodos, asociaciones más o menos afortunadas entre lo que tenemos cerca y lo que permanece inaccesible. Determinado número de muchachos corren suerte y son señalados por parecerse a un futbolista, algún héroe de acción. En este caso el señalamiento es bien recibido ya que supone jugar en la misma liga que un ser admirable. Otros no corren con la misma fortuna ya que terminan equiparados con un espécimen ridículo o digno de todo el desprecio posible. Cuando esto ocurre, la infancia y porvenir del sujeto quedan comprometidos a un anclaje nefasto en donde la humillación de saberse emparentado con la miseria merma cualquier intento de amor propio.

Encontrar el parecido de una persona con otra sabe siempre al hallazgo de un pequeño tesoro, como cuando en los pasatiempos de una revista se identifica una de las cinco diferencias entre dos imágenes similares o cuando de pronto se recuerda la solución a una parte del crucigrama en donde había un estancamiento. Ser el primero en caer en ese tipo de cuentas confiere el estatus de buen observador y, además, un agregado de ingenio. Una demostración de que el rango de cultura permite establecer vínculos de tipo visual entre lo extraordinario y lo cotidiano, en especial cuando la referencia es más bien obscura y alejada de las obviedades de siempre.

Cuando un bebé nace surgen una serie de voces (la madre, el primo, las tías) que de inmediato comienzan a mencionar el parecido que el recién nacido tiene con alguno de los familiares. He ahí uno de los grandes misterios de la sociedad. La manera en que un grupo de personas, acaso en un cuadro de histeria, logran encontrar similitudes entre criaturas recién salidas del vientre, y las figuras de adultos ya desarrollados, sea con caderas anchas o vello en el pecho. Es así como surge el disparate de mencionar que un ser de cincuenta centímetros de altura y tres kilos de peso está igualito al abuelo de ochenta años, de barba y cabello gris, el mismo que camina con la ayuda de un bastón y que lleva una serie de cicatrices ocultas bajo el amparo de una boina.

El ambiente familiar, de cualquier manera, resulta predecible. Cuando existen lazos de sangre es normal que se encuentren paralelismos entre la descendencia y el paso de las generaciones. Habrá una nariz aguileña, un lunar, un mechón de cabello que ayuden a elaborar el informe de las equivalencias. La verdadera emoción está, por tanto, en establecer puntos en común entre personas que no tienen nada que ver entre sí. Representantes de países y tiempos distintos a los que no une ningún tipo de circunstancia.

Un panadero que tiene la cara igual a un campeón en competencias de 400 metros planos. Un bailarina de ballet con la misma mirada que una profesora de matemáticas. Un empresario con una constitución física idéntica a la de un escritor austrohúngaro nacido a finales del siglo XIX. Descubrimientos que alumbran al niño interior y que permiten llenar huecos dentro de una plática. En medio del silencio incómodo la mención de una aparente clon puede ayudar a romper el hielo.

Lo más interesante del tema se encuentra en otra categoría, cuando la semejanza ya no es moderada, sino de alto calibre, como esas veces en que entre ambas personas existe casi un efecto de hermano gemelo. Como si no existieran apenas diferencias distinguibles, salvo alguno que otro detalle (la entonación, la estatura, el aliento) que permite salvaguardar las distancia. Si no fuera por eso, convivir con uno de estos individuos, enfrentarse a su derivación, podría causar una serie de crisis incluso entre las mentes más cuerdas.

Recuerdo la impresión que tuve al notar que en una tienda departamental de mi ciudad trabajaba un señor idéntico a Albert Camus. Lo vi por primera vez en la sección de ropa para caballeros y desde entonces, cada que tengo oportunidad, voy a darle un repaso a camisas y blazers con la intención de estar cerca de él e imaginar, por unos segundos, que el autor de  El hombre rebelde sigue vivo y ha a dejado las agitaciones del ambiente político e intelectual para centrarse por completo en un modo de vida tranquilo en el que las telas y los colores suavizan el paso del tiempo.

Espejos andantes que juegan con las emociones de quienes se cruzan en el camino hasta hacerlos creer que han iniciado el camino con rumbo a la locura. De un malfuncionamiento cerebral he tenido sospechas desde aquel día en que, en un mismo supermercado, vi a George Lucas y a Lorraine Bracco. El primero estaba formado en una caja, mientras que la segunda seleccionaba bolillos en la panadería ante mi total desconcierto.

No es que esas personas tuvieran cierto aire a dos famosos, sino que directamente eran ellos. Al menos eso creí. Como aquella oportunidad en que abordé un taxi conducido por Bukowski. Por George Lucas jamás he sentido devoción, y aún así tuve sentimiento de sorpresa difícil de explicar. Con Lorraine Bracco fue diferente. Se trata de una actriz a la que es fácil quedar prendado (a cualquier edad, en cualquier circunstancia, sin importar la llegada de los defectos), así que tenerla ahí enfrente, cerca de las mantecadas y buñuelos, supuso una revelación divina. Un guiño del cielo en compensación de las penurias de los últimos meses. Gesto de buena voluntad para comenzar de nuevo y confiar en el porvenir.

Gracias a quien quiera que haya planeado esto para mí, pensé, y luego abandoné el área por temor a romper el encanto. A lo mejor escuchaba una voz que me regresara a la realidad. Un aviso de que estaba ante una mujer sin relación alguna con las películas de mafiosos. Un nuevo descenso a la tierra, ahí en donde no se convive con nadie acostumbrado a las alfombras rojas.

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No decir

Ocurre en un episodio de Mad Men. Don Draper, en plena decadencia de alcohol y abandono, hiere los sentimientos de su secretaria personal: Allison, una joven dulce y amable que desde su carácter humilde ofrece sonrisas a cualquiera con quien se cruza. Luego eso cambia. Don la seduce en una noche de copas y se acuesta con ella en un encuentro libre cualquier detalle romántico. Para él, una aventura sin mayor importancia como tantas otras; para Allison, un punto de inflexión, un acontecimiento definitivo. Esta divergencia de perspectivas provoca un embrollo. A Don le sorprende encontrar que al día siguiente de la aventura, ya que el furor nocturno ha pasado, su secretaria sigue anclada a lo que vivieron juntos. Un breve encuentro físico. Allison, a fin de cuentas, es una mujer sensible, alguien con sentimientos cubiertos de algodón. Distinta a las personas con las que Don se suele relacionar, esos seres frívolos que han acentuado su soledad. Con esta veinteañera es diferente. El peso para Allison es tal, que le es imposible seguir la rutina con normalidad. Llega el punto en el que se echa a llorar en plena sesión de trabajo ante la mirada inmutable de Don que solo atina a encender un cigarro. Le ha roto el corazón. La ha tomado entre sus brazos para luego dejarla en el suelo cuando ya no la necesitaba. De esto se lamenta Allison cuando Peggy, una antigua secretaria de Don que ahora está en un puesto en alza, la intenta consolar. “No sé cómo lo soportas… la manera en que despliega su encanto durante un minuto para desaparecer después. ¿Cómo es que puedes siquiera hablar con él?”, dice entre lágrimas, y sentencia: “Ahora lo sé. Es un borracho que se sale con la suya porque el resto lo olvida todo”.

Allison deja su empleo no sin antes montar un pequeño escándalo. Luego de que Don se niegue a escribir una carta personalizada de recomendación (lo único a lo que está dispuesto es a firmar una que ella misma le disponga) con vistas a seguir un nuevo rumbo profesional, la secretaria tiene un último arranque de amor propio que desfoga con violencia: decide lanzarle un cenicero a su antiguo jefe antes de marcharse de la oficina. Aunque no alcanza a atinarle al cuerpo, el ruido del golpe sobre unos cuadros hace que el resto de los empleados de la agencia Sterling Cooper Draper Pryce se enteran de lo ocurrido. Una mujer herida es capaz de llegar al abismo sin miramientos. De poco le importa el estruendo y las consecuencias. Lo que vale es equilibrar la balanza, dejar un rasguño en la piel.

A Don le viene un instante de remordimiento. Es verdad, no se ha dado cuenta de que ha cruzado un límite. Su vida se ha transformado en una espiral descendente. Se le dificulta saber dónde está parado. Su vida ha sufrido muchos cambios en los últimos meses. Ha iniciado labores en una nueva empresa que parte de cero, con todas las presiones y retos que vienen por añadidura. Y su esposa lo ha dejado. La farsa que montó durante años se derrumbó. No tiene nadie con quien acudir. No tiene ya padres ni hermanos. También sus hijos están apartados. Las amistades que tiene son de corte superficial. Con ninguna de ellas puede abrirse en serio. Nadie lo conoce en realidad, salvo una rubia lejana a la que ha visitado poco en los últimos años. El corazón se le ha vuelto de piedra. No ha logrado medir la fuerza con la que se dirige a los demás. Está solo. Sin darse cuenta ha creado una barrera entre él y quienes lo rodean. Tiene una reputación que proteger. Una imagen que implica distancia, estar al margen de la compañía. Se le ha desarrollado una forma de ser que lo mantiene a flote y que le lastima a partes iguales. Está montado en un personaje del que ya es difícil escapar. Desearía tener el cariño que su comportamiento se encarga de ahuyentar. Vive en la contradicción. Aleja lo que echa en falta para fingir que no lo necesita. Se engaña a sí mismo, como alcanza a notar en medio del sopor de la bebida.

Allison merece una explicación. Don lo tiene en claro. Así que cuando llega a casa, se monta frente a la máquina de escribir para hacerle una carta. Tal es su determinación que ni siquiera se ha quitado el sombrero. Tiene que dejar escapar lo que lo agobia y ahí tiene una oportunidad. Que alguien lo sepa, que alguien se entere de por qué se ha comportado como un grosero en los tiempos recientes. Y anota entonces lo siguiente:

Querida Allison,

Quería que supieras que lo siento mucho. Ahora mismo mi vida es muy

Ahí cesa de teclear. Don no termina la oración. Lo único que hace es sacar el papel de la máquina para después aplastarla entre sus manos y tirarla al suelo. Ella nunca lo sabrá. Nadie sabrá lo que Don vive en el interior. Hay veces que un hombre debe hundirse en el silencio. Por orgullo, sí. Pero también por un dejo de heroísmo que ninguna otra figura percibe y que, por tanto, resulta aún más especial. Lo que ocurre es que no se quiere agobiar a nadie más con los dramas que ya de por sí envenenan a uno mismo. Ventilar los problemas significaría estropear el día a los inocentes. Y no. Mejor contenerse. Para eso está la adultez. Ya no hay espacio para el lloriqueo. Uno no puede desfogarse en el regazo de los seres queridos para siempre. Llega el tiempo en el que uno debe aprender a lidiar con la sensaciones. A dominarlas y a convivir con ellas. Don lo sabe y prefiere aguantar la fama de miserable antes que exponer el infierno que lo consume.

Déjalos, que piensen lo que quieran. Que se traguen el cuento de que te comportas como lo haces por mera diversión, por una insensibilidad ante los conflictos ajenos. Que despotriquen contra ti. Que se alejen. Que conspiren. Que den un portazo al salir. Que nunca vuelvan. Que vayan a desperdiarse a los brazos equivocados. Que rían mientras desfalleces. Nunca cometerás la verdadera canallada. La de hacer lo que necesitas. Llevarlos a la conmoción y las lágrimas al explicarles cómo te sientes.

Por mucho que una nube negra se monte sobre ti, lo único que quieres es que nadie más salga afectado.

You’ll never, never know I care. You’ll never know it, for I won’t show it. Oh, no, you’ll never, never know. You’ll never, never see me cry. You’ll never, never see me cry. Not even when you’re glancing by. For I won’t weaken, when we’re speaking Oh, no, you’ll never, never know. No, no I know I won’t reveal the way I really truely feel. But if you guess it, I’ll confess it.

No, no you’ll never
Oh, no you’ll never, ever know.

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El método de Don Draper contra los indeseables

Uno de los momentos clásicos de Mad Men ocurre en un episodio de la primera temporada. En él, Don Draper recibe un cheque de 2,500 dólares como una recompensa por su notable desempeño en la agencia Sterling Cooper. Una cantidad considerable, suficiente para nutrir la cuenta de ahorros o hacer una inversión con vistas al futuro. Sin embargo, Don Draper tiene otra idea. Lo único que quiere hacer con el dinero es despilfarrarlo con Midge, una de sus amantes. La idea es clara: irá con ella y le propondrá que vayan juntos a París. Un viaje relámpago sin mayores consideraciones para olvidar la cotidianidad (y a la esposa e hijos que lo esperan en casa) que los asfixia.  El plan parece ideal. Después de todo Midge es una mujer con inclinaciones bohemias que no podría negarse a la aventura. Así que decide ir al departamento de ella para plantearle el panorama.

Don Draper toca la puerta del lugar. Pero no le abre Midge, sino un desconocido.  Es uno de los beatniks que su amada tiene por amistad. Luego aparece un segundo hombre, Roy, a quien Don Draper conoce por un altercado en el pasado. Ambos se saludan y entonces Don Draper entra en el departamento. Hay una fiesta en el interior. Además de Midge y los dos hombres, se encuentran un par de jovencitas. Don Draper ignora lo que le rodea y va directo con la mujer que lo vuelve loco en deseo. La besa en la boca sin reparar en nadie más. Vamos a París, le dice.  Ella sonríe ante lo que parece una broma. Él le muestra el cheque. La llave a una experiencia a la cual no todos pueden acceder. Lo único que hace falta es que ella empaque algunas cosas y dejen todo atrás. O ni siquiera eso. El equipaje es lo de menos, lo vital es salir de aquel lugar de inmediato. No hay tiempo que perder ante un sueño. Pero ella le dice que espere, que baje un velocidad. La reunión con sus amigos tiene que seguir. Tienen música, marihuana y conversación. Eso es lo que quiere. Viene el silencio. Don Draper queda tocado. No se lo puede creer. Le ha ofrecido las estrellas a alguien que prefiere mirar las paredes. De cualquier forma acepta la invitación para quedarse. Todavía queda la ilusión.

El ambiente es hostil para Don Draper. Ya lo había experimentado antes. Alguien de su estilo está fuera de lugar entre una comuna de jipis que ríen por cualquier tontería. El traje y la corbata desentonan con las bermudas y mangas cortas de los demás. Ante ellos es un burgués que lleva el pecado añadido de dedicarse a la publicidad, una profesión alejada de la naturaleza y las bondades de la sanación espiritual por medio de los astros. Los dos beatniks aprovechan para lanzarle comentarios ofensivos e irónicos. Juegan en casa, tienen la oportunidad de tirar por la borda a un representante del capitalismo imperial.

Pero Don Draper ni se inmuta. Está por encima de sus enemigos y lo sabe. Por eso deja que se desenvuelvan un rato. Le da igual. Digan lo digan, ellos seguirán siendo ellos y él seguirá siendo él. El privilegio de tener detractores es que el ridículo está del otro lado. De cualquier modo Don Draper pone orden apenas nota que los berrinches se salen de control. Su táctica es puro timing, un arte maestro de la contención. La bofetadas correctivas llegan en el preciso instante en que el rival cree arribar a la cima. Es entonces cuando llega la frase lapidaria que los regresa a donde pertenecen: al fango, a un rincón en donde se acumula el polvo.

Con los necios no se pierde mucha fuerza. Se juega un rato con ellos y luego se les abandona en el submundo al que pertenecen. La distinción está en la lejanía. En no engancharse ni en lanzar lo mejor de tu repertorio en sujetos que no están a la altura. La marca de ingenio se reserva para las grandes citas. Con las personas que valen la pena y que hacen aportes que nutren el interior. Ante las mentes obtusas ni el agua. Se les hace un simple gesto simbólico que les indica la puerta de salida. Se les pone en su lugar y ya está.

Don Draper no puede seguir desperdiciando su respiración en un lugar semejante, así que decide abandonar. Antes de hacerlo, vuelve con Midge. Le plantea de nuevo la oferta. Vamos a París en este momento. Ella responde que no. No puede. Minutos antes, Don Draper se ha dado cuenta de un detalle. Midge y Roy están enamorados el uno del otro. Lo percibe en las miradas. La relación con su amante se ha perdido. La damisela prefiere al tipo sucio y desgarbado. Está inclinada hacia la vulgaridad, no al glamour. No hay nada más que hacer excepto dar un paso al costado. Dejar de insistir. No volver a conceder un solo segundo a lo que ha terminado en ruinas.

Sin embargo, Don Draper sabe que de las derrotas se puede salir victorioso. Un movimiento adecuado puede dejarte por encima del juego mismo. Y él procede a mover una última ficha. Le regala el cheque a Midge. Cómprate un auto, le dice. El viaje a París se ha perdido para siempre. Él lo asume como tal y en automático deja de darle importancia. La fortuna no es nada para él. Ya tendrá otras oportunidades, otras mujeres y más dinero. Es hora de irse.

Unas sirenas suenan a las afueras del edificio. Es la policía. El grupo beatnik se altera. Tienen que andar con cuidado, cualquiera de ellos podría ser detenido. Para estar seguros tienen que permanecer encerrados en la habitación. Roy se lo advierte a Don Draper: “Es la policía. No puedes salir”.

Y Don Draper da una respuesta para demolerlo y acabar con las dudas. Tres simples palabras que ponen en perspectiva la diferencia que hay entre ambos. A todo nivel: cultural, estético, profesional y de genio. Porque un amor no correspondido dista de tener la palabra final. Roy podrá quedarse con la mujer. Pero hay otras cosas que importan y que están por encima. Por ejemplo, el arreglo personal y la forma de vestir. El amor propio. También el porte y la clase que van más allá de la ropa.  El aspecto sucio y descuidado podrá seducir a los incautos. Pero no a todos. No siempre funciona así.  Ser un hombre distinguido tiene sus ventajas.

La respuesta que Don Draper da antes de salir en su impecable traje color gris es muy simple:

“No, you can’t.”

El que no puede eres tú, campeón. Yo soy yo y tú eres tú. La policía detiene a tipos como y se inclina ante tipos como yo.

Donaire puro.

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Ir al cine sin compañía

La sala de cine es un sitio recomendable al cual acudir cuando se busca un cambio de ánimo. Sirve como un refugio en medio del barullo del exterior. Más allá de la película, la experiencia se sustenta en el ambiente. La obscuridad proporciona una especie de intimidad colectiva que se reafirma con el silencio, tan solo interrumpido por lo que sale de las bocinas. Después de un par de horas frente a la pantalla grande, se abandona el asiento con una sensación distinta a aquella con la que se llegó. Puede que el resultado sea alegre o triste, el caso es que algo cambia, por mínimo que sea.

Es lo bonito del cine, como pasa con otras expresiones artísticas en mayor o menor medida.

Lo anterior no quita que una actividad tan sencilla como ir al cine tenga sus complicaciones. Por una parte está la cartelera, abundante en opciones intrascendentes cuyos anuncios destacan por los colores chillantes, bromas fáciles y éxitos musicales de verano metidos con calzador. A menudo resultan una pérdida de tiempo, aunque por ningún motivo han de desestimarse las cintas que cumplan con el cometido de entretener sin mayores pretensiones. De lo uno debe cuidarse es de las alternativas que no ofrezcan ni eso. Productos de cochambre que logran su permanencia gracias a que el mal gusto es una asociación con muchos adeptos.

Luego está la cuestión de un público que no siempre está a la altura. La atmósfera idílica que planteé al principio desaparece cada tanto gracias a personas que dan rienda suelta a las múltiples manifestaciones que tiene la descortesía. A ellos me dirijo: hagan un favor al resto de los asistentes, no se pongan a platicar en medio de la función. Tampoco saquen el celular para revisar sus redes sociales cada cinco minutos. La iluminación de la pantalla es invasiva dado el contexto. Lo que para ti es un acto mínimo, puede suponer la ruina de la experiencia para los demás. Ir al cine implica entrar en una dinámica de respeto por lo que muchos consideran un ritual. A menos de que se trate de una emergencia, actúa con moderación. No estás en tu casa como para sacar lo peor de ti. Y tampoco te limites. Las risas están permitidas, lo mismo que las expresiones de asombro. Cualquier reacción espontánea resulta válida mientras entre en el campo de la civilidad. Lanza carcajadas en las películas de comedia y llora si el cuerpo te lo pide. Lo lamentable es que subas los pies a la butaca de enfrente incomodando así un señor que tiene que soportar la presencia de esa porquería a la que te empeñas en hacer pasar por calzado

Semejantes factores te hacen replantear si en verdad vale la pena salir de casa. Quedarte a ver una película en la computadora puede llegar a ser tentador. Después de todo así te libras de muchos dolores de cabeza. Pero no, damas y caballeros. Sin despreciar las sesiones domésticas (que pueden ser las ideales en algunas ocasiones), visitar una sala de cine es una actividad llena de fascinación.

La fila de la entrada. El olor a palomitas. La cartelera en letras grandes. Las máquinas atrapa peluches. La dulcería y sus precios exagerados.  Los baños limpios. Abrir la enorme  puerta de la sala. El piso alfombrado. Los avances de próximos estrenos. La luz que se apaga. El sonido del proyector. Los créditos finales. La sensación en el estómago antes de salir.

Ahora bien. Está el tema de la compañía. Hay algunos que se privan de ir al cine simplemente porque no tienen con quién ir. Considero que esto es un error. Es lindo asistir con alguien, cierto. Sobre todo porque te da un tema para conversar, además de proporcionar una marca indeleble al vínculo, ya sea de amistad, amor o de tipo familiar. Bien puedes hacer un recuento de tus relaciones a través de un listado de las películas que viste en compañía. De este modo quedas asociado a memorias cinematográficas que estarán ahí por siempre. Pasarán los años y seguirás acordándote de quien estuvo contigo cuando fuiste a ver la última de Woody Allen. Y jamás podrás olvidar a la persona que resistió a tu lado el embate de un drama soporífero.

Todo eso es bonito, cualquiera puede reconocerlo. Incluso podría considerarse la prioridad.

Sin embargo, pienso que ir al cine en plena soledad puede llegar a ser una actividad enriquecedora, en ocasiones superior a la de ir rodeado de conocidos. En especial porque se trata de una postura de amor al cine sin más. Ya no visto como justificación para una actividad en sociedad (un vil plan para salir con los amigos o con la pareja), sino como un fin en sí mismo. Ir a ver una cinta y absorber lo posible de ella. Con eso basta.

Algunas de las mayores satisfacciones cinematográficas que he tenido en años recientes han sido sin compañía alguna. Estar solo te pone en un tono más receptivo. Te da una mayor concentración. No tienes que preocuparte por nada salvo por mantener la mirada fija. Nada de distraerse al pasarle las palomitas al de a lado ni tener que preocuparse por su bienestar físico. Que les dé una combustión espontánea a los vecinos, eso a ti no te corresponde. Perderte en los ojos de Jennifer Connelly, a eso vas.

Ir al cine solo también aumenta el modo reflexivo de tu interior. La película termina y te quedas ahí pasmado mientras los demás abandonan el lugar. Permaneces mudo ante lo que acabas de ver. Nadie te hace preguntas ni tienes que hacerle preguntas a nadie. Entonces piensas en una escena. En la iluminación que se colaba entre las cortinas. Una canción a la que reconociste en la parte intermedia. Y en esas palabras dichas por el protagonista que parecían dirigidas a ti, a nadie excepto a ti.

De esta manera puedes regresar a casa. Con la sensación de que cargas un secreto. Todos esos grandes actores hicieron una representación para tu bienestar. El director sabía lo escondías por dentro, así que dio lo mejor de sí. Te dio la compañía que necesitabas.

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Acuérdate de Rick Blaine

La vida es una sucesión de despedidas. Unas más dramáticas que otras.  Pierdes la juventud, pierdes la paciencia, pierdes el cabello, pierdes el entusiasmo, pierdes el dinero. Se quiera o no, el  camino se resume a desprender. Las separaciones no tienen clemencia. Llegan tarde o temprano. Atrás quedan los amigos de la infancia junto aquel vaso de leche con galletas que nunca se repetirá. Los barcos llegan y abandonan el puerto. Las pistas quedan preparadas para el despegue.

Algunas despedidas son de agradecerse, claro que sí. Las fechas de caducidad son una sentencia y hay tierras que permanecerán muertas por mucha agua o empeño que se ponga en ellas. Como las casas que nunca están limpias. Los esfuerzos quedan sin recompensa.

Prolongar la escena trae más dolor. Es lo único. Pero a veces somos aferrados. No es fácil olvidarse de lo que alguna vez trajo sonrisas. Parece una traición a todo ese tiempo invertido. A las memorias que aún juegan en el jardín.

Y, sin embargo, se ha de identificar cuando algo sobrevive más por recuerdos que por actualidad. Una parte se ha roto ya. Todavía guardas una sonrisa cuando intentas darle respiración a lo que no da más de sí. Una figura exhausta que lo único que busca es descansar en una esquina. Ser dejada en paz, para al menos producir un dulce sabor de boca. Que la puedas echar de menos, porque extrañar es un tributo preferible al fastidio.

Queda confiar en el tiempo que a veces ofrece remedios. Para las relaciones a menudo es mejor una separación que forzar una continuación llena de agotamiento. La ausencia da espacio para la reflexión. Es tomar distancia para ver el paisaje completo. Tal reposo serena el ambiente hasta dejar la posibilidad de una reconciliación ya con las fuerzas recuperadas.

O puede que no. Que en verdad todo haya llegado a su fin y que luego lleguen los lamentos de no haber realizado un intento adicional; lo cual, las más de las veces, es una ilusión. Ese intento adicional se suele dar decenas de veces hasta que la liga se rompe. De modo que se debe evitar darle muchas vueltas al asunto. El hubiera es un engaño, uno de los peores enemigos de la tranquilidad. Los hechos ocurrieron como ocurrieron y ya está. Ni para qué darle más leña al desconsuelo.

Conozco gente que sigue aferrada sin importar el pasar de los años. La obstinación por personas, lugares u objetos consume su mente a diario. Tienen una especie de ceguera ante lo que les rodea. Les importa poco o nada. Ellos solo tienen ojos para lo que ya fue. Se privan de las múltiples oportunidades que tienen en el presente porque creen que el milagro es posible, creen que todo volverá a ser como alguna vez fue. Y pueden llegar a la vejez, con sus arrugas, sin que hayan movido un pie. Confían que su pesar tiene un solo remedio, que su felicidad depende de una única combinación de dígitos y que si no es así, no podrán estar en paz. Son capaces de esperar a personas que ya ni se acuerdan de ellos.

Permanecer anclado al pasado te puede privar de conocer a seres magníficos. Te puede alejar de un lindo trabajo o de cambiar de una vez de costumbres nocivas. La ruptura conlleva conocer nuevas opciones. Abrir los sentidos al exterior. Para lo bueno y lo malo. Comenzar otra vez. Aunque no de cero, porque hay una carga que siempre permanece.

Un adiós pesa varios kilos más que un hola. Pero en ocasiones no queda otra más que decirlo. Con todas sus letras, sin medias tintas para así evitar que permanezca una sola migaja de engaño. Las despedidas, si son en serio, deben ser lo suficientemente claras para que no queden atisbos de reencuentros inútiles que al final, se sabe, lo único que consiguen es prolongar la agonía.

Sobre el adiós se pueden decir muchas cosas. Creo que una de las más importantes que tiene que ver con la dignidad. Saber cuando apartarse. Ser la clase de persona que sabe que la fiesta ha terminado y que no se rebaja a mendigar las últimas gotas del vaso.

Irte cuando tú quieres, a tu estilo. No cuando las circunstancias te pegan un tiro en la cara. Era tal cual lo decía Sinatra (hay unas cuantas lecciones detrás de su voz, toma nota de ellas), a un hombre lo conforma su propia esencia. Si no es él mismo, no es nada. Se trata de decir las cosas que en verdad sientes y no las palabras de un arrodillado. Entender que ante la desdicha no se debe ceder un solo segundo y que no hay nada mejor que dejar atrás los dimes y diretes de alguien que te quiere hacer daño. Sin prestarles más atención, sin ensuciarse las manos.

Si bien las despedidas son tristes, son necesarias también. Ya lo decía ese otro genio llamado Paddy McAloon. No estás completo hasta que algo se rompe dentro de ti. Después de eso, dale un descanso a tu mente, a tu corazón. Mantenerse ocupado siempre ayuda. Si le pides al tiempo que vuelva, toparás con pared.

No le temas al adiós. Puede que sea lo mejor para todas las partes. O más a la otra que a ti, por lo que tendrás que ser generoso. Además, como he dicho, habrá algo que se quede contigo. No arruines ese refugio personal que conserva memorias bonitas. Acuérdate de la última escena de Casablanca, que no pierde vigencia pese a estar tan manida.

Sí, acuérdate de Rick Blaine. De las últimas palabras a Ilsa antes de dejarla ir. We’ll Always Have Paris. Siempre nos quedará París, entendido como  eso que pasaron  juntos y que ahora pertenece  a su mundo interior. Todas esas noches de conversaciones. Los besos, la cercanía. Las bromas con música de fondo. Eso ya nadie te lo va a quitar. Nadie. Los pasos recorridos formarán parte de ti hasta que llegues a la tumba o hasta que tu memoria no dé más de sí. Da igual que el tablero haya cambiado. Hubo un tiempo en que las cosas fueron diferentes. En las que te entregaste sin medir las consecuencias y en que fuiste una persona feliz. Eso es lo que importa.

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Piedritas que sostienen al mundo

Cuando te dedicas a escribir —así sea dentro de la informalidad— llega el punto en que te preguntas si lo que haces tiene sentido. Supongo que también ocurre con otro tipo de actividades, aunque la espina se acentúa cuando se trata de algo que no aterriza del todo en el suelo.

La escritura llega a ser una actividad ingrata a la que puedes dedicar años y años sin recibir una sola retribución a cambio. Está estipulado en las reglas. Nadie debería sentirse sorprendido. Hay campos a los que se entra a sabiendas de los riesgos que ello supone. Aun así no deja de ser una cuestión que choca contra el pecho en determinadas épocas. Por más que uno quiera mantener el tesón, habrá ratos donde se eche de menos un refuerzo. Alguna señal de que vamos por el camino adecuado.

Se sabe: uno ha de remar contra la corriente para llegar a la isla del tesoro. El reto adicional está en ignorar a la corriente y tirarse a lo que uno quiere sin reparar en los resultados. Pintar cuadros sin esperar que se vendan, hacer dibujos para después tirarlos a la hoguera. Porque es verdad, si te dedicas al arte para alcanzar el éxito (monetario, profesional, social) o la fama, tienes que replantear la actitud. Crear no debe ser un medio para salir en una revista o en la televisión. La obra ha de ser el fin mismo. Ya si después logra gustarle a las multitudes, bien, pero no queda que esto último sea la obsesión principal, sobre todo porque inevitablemente conducirá a las decepciones.

Inclusive así surge los momentos de más tierna humanidad en donde se desea un meteórico ascenso rumbo al estrellato que parece tan lejano. Mas, como no llegan las migajas siquiera, se cae en la tentación de dinamitar la rutina. Acaso sea preferible dejarlo todo. Tirar el cofre al mar. O lo que parece ser la mejor revancha: guardarlo todo para uno mismo. Que los frutos del esfuerzo sean degustados en solitario. Un poco a la Salinger. Tampoco es que necesites a los demás con sus odiosos aplausos, sonrisas y abrazos. Tú vas de maravilla con las paredes frías. Has logrado encontrar el afecto escondido detrás de la lluvia que cae.

Decides abandonar. Sabes que nadie echará de menos lo que ofreces. Eres un fantasma que atraviesan sin ver. Y te vas a un rincón en donde hay buena sombra. Una amable brizna de hierba te hace compañía.

En esas estaba yo. Dejando breves anotaciones en libretas viejas. Dibujos en papelitos que regalaba al bote de basura. Mejor así, pensaba. Todo es tan pequeño que nadie notará la diferencia. De qué sirve. Para el universo somos menos que granos de arena. Ni para qué continuar con la farsa. Casi todo sobra ya. Dejen de estudiar, niños. Abandonen sus trabajos, señores. Todo se derrumbará de cualquier modo. Emprendamos un arrojo masivo al precipicio. La cita es el próximo martes a las nueve de la mañana. No falten.

Paso los días sin mostrar nada a nadie. Doy algunas caminatas para escuchar el sonido de los árboles. Al ser cubierto por el sol, alcanzo a ver a una paloma que va sola por la banqueta. Pienso que yo soy esa paloma. No estoy en la plaza con otras aves a la espera suplicante de que alguien nos tire un poco de pan. He tomado una ruta de abandono. Ahí voy, con el pico en el pasto en busca de rastros de semillas.

Luego ocurre un fenómeno. De regreso a casa encuentro que me ha llegado un correo electrónico. Es un lector del blog. Me dice que le gusta mucho lo que escribo, que a diario entra para ver si he puesto una nueva entrada. No puedo contener la emoción. Dejo la computadora y bajo hasta el jardín. Una vez ahí, doy un largo respiro y regreso a la habitación. Hay alguien que me valora. No estoy solo en el planeta. Miguel considera que lo que hago es importante. Doy un par de brincos. Quisiera reaccionar de otra forma, pero lo cierto es que el más mínimo halago me dispara hasta las nubes. Ya se lo he dicho a otras personas que tienen algún gesto conmigo, aunque ellos piensan que exagero. Lo cierto es que no, de verdad entro en éxtasis cuando alguien me recomienda o cuando manifiesta su aprecio por lo que hago.

De pronto Miguel se convierte en uno de los pilares de mi existencia. No lo puedo defraudar. Se trata de un ángel que se alimenta con mis palabras. Su vida depende de mí. Las cuatro líneas que me envió por correo electrónico son la prueba irrefutable de que me necesita. Soy como un segundo padre para él.

Tranquilo, Miguel. Estoy de vuelta porque eres alguien importante y porque me preocupo por ti.

Además he notado que las visitas al blog se han disparado. Mi breve ausencia ha acercado a lectores que entran ante la esperanza de poder de encontrar mi esquela mortuoria.

En Twitter recibo elogios adicionales por entradas que ya ni recuerdo cómo escribí. Soy tan ridículo que me ruborizo frente a la pantalla. Mi perspectiva ha cambiado por completo. La barra de energía ha vuelto a estar en verde. He caído de nuevo en el optimismo: empiezo a vislumbrar la tierra prometida.

Pienso en el poder que tienen los gestos. Una palabra de aliento puede cambiar el día de los demás. Con una sonrisa puedes llevar a un chico de la desolación a la alegría. Se ha desestimado a la amabilidad cuando se trata de uno de los grandes poderes que nos quedan bajo la manga.

Lo entiendo al fin cuando descubro que en Facebook tengo algunos mensajes privados sin leer. Yo no me había dado cuenta hasta que alguien lo mencionó por ahí, el caso es que los mensajes privados que te envían personas que no tienes agregadas aparecen en una pestaña distinta al de los “inbox” de tus contactos. Yo no había visto eso, y al hacerlo me topé con comentarios que lectores me han dejado durante todo el año. Fue como encontrar un billete en un pantalón viejo. El cariño que echaba de menos aparecía de pronto en un caudal incontenible.

En especial por una chica que con su gentileza logra que recupere el buen humor por completo. Resulta que lo expuesto en esta bitácora no solo ha entretenido, sino que ha sido de ayuda para algunos. Con eso es suficiente para borrar los vacíos existenciales y a seguir un trayecto de ya varios años. Comprendo que la vocación no es determinada por los abandonos, sino por los regresos. Eso que te obliga a retomar la carretera por mucho que te empeñes en quedarte ya en medio de la nada.

Y me acuerdo de una escena de La Strada (1954) de Federico Fellini (el más grande) en la que Gelsomina platica con Il Matto acerca de lo inútil que se siente en medio de la inmensidad que la rodea. Ella piensa que su presencia es inútil y que lo mismo daría si no estuviera más entre los vivos. Entonces él la anima diciéndole que todo lo que existe tiene un motivo para estar aquí. Aunque no lo conozcamos todavía. Todo aporta, todo mueve. Incluso las pequeñas piedras a las que pisamos.

Se trata de un fragmento que veo cada tanto cuando necesito recuperar la perspectiva. En los días más duros conviene recordar —sin caer en misticismos ni supersticiones— que estamos aquí por algo. Y así sea mínimo, vale la pena seguir adelante por ello.

Lo refuerzo ahora con un detalle adicional. Esta es la publicación número 100 de este blog. Vendrán muchas más, amenazo.

la strada gesolmina

La mirada de Tony Soprano

Yo soy de Tony Soprano. De James Gandolfini en general. Gran hombre. Uno de los actores que dejan una huella en la que dan ganas de pasear. Haces unas semanas, sin ir más lejos, cuando vi la película Enough Said (2013), su mera presencia en la pantalla logró que me estremeciera. Es uno de los pocos que consiguen eso. Marcello Mastroainni es otro. Así que verlo junto a Julia Louis-Dreyfus (otra adorada gracias a una serie) fue conmovedor. A pesar de que lo que tenía enfrente era una comedia, en varias partes no pude evitar caer en un estado de melancolía, a sabiendas de que lo que veía era uno de los últimos trabajos en los que aquel gordo entrañable participó antes de morir. Con seguridad la última vez que podría encontrarlo en una sala de cine.

James Gandolfini tiene la particularidad de mostrar mucho de sí mismo cuando le toca hacerse cargo de un personaje. Pareciera que los papeles se amoldan a él más que él a los personajes. Lo especial de su carácter le permite darse ese lujo. Esto se puede notar en algunos de sus comportamientos. Cuando come, por ejemplo. Lo hace de una forma inconfundible que expresa mucho de su naturaleza.  Un detalle pequeño en el que dice bastante de sí.

Si pones atención te darás cuenta. De forma específica está la forma en que mueve los cubiertos entre la comida  hasta conseguir atrapar la combinación exacta que quiere llevarse a la boca. Son los detalles. Ahí está lo crucial. Él lo sabía. No es lo mismo que el tenedor lleve dos espárragos y una patata a que lleve un espárrago y dos patatas. La experiencia es completamente distinta. Así que hay que luchar. Arrastrarse por el plato, y maniobrar entre caídas y subidas hasta conseguir la porción que se desea. Lo mismo con la cuchara. Con los postres hay que ir hasta el límite. Agarras un pedacito de pastel, un poco de cereza y luego una tajada de helado de vainilla. Las proporciones exactas para que la mezcla sume puntos a la degustación. Y la forma en que se mastica es importante también. Una forma de hablar sin palabras. La comida es demasiado importante como para reducirla a un mero plano nutricional. Hablamos de un ritual que delata nuestro interior.

Les digo. Soy de Tony Soprano. El protagonista de la serie que más me ha cautivado jamás. Es curioso porque, a pesar de ser protagonizada por un mafioso de Nueva Jersey, su historia deja mucho para que la gente común pueda identificarse. Era muy sentimental, muy humano. A diferencia de otros productos televisivos, podías centrarte en su figura como si se tratara de alguien real. Podías olvidar que estabas ante una obra de ficción e involucrarte. A Tony siempre lo sentí como alguien cercano. Un tipo muy familiar en el que hallé rasgos distintivos cercanos a los míos. Aquel carácter ambivalente me recordaba mucho al de mi padre, que de alguna manera se traspasó  a mí.

En ciertas partes  podían presentarse muchas diferencias con el espectador. Pero eran cuestiones sobre todo circunstanciales y de superficie. En lo que se refiere a la esencia, en Tony Soprano se esconde mucho de lo que puede conformar a cualquier hijo de vecino. Una manera particular de afrontar lo que se tiene por delante. En su caso a un negocio ilegal. En otros,  lo mismo aplicado a un empleo y a un modo de vida normal.

Momentos de este gran antihéroe recuerdo muchos. Cada episodio de las seis temporadas (la última de ellas es doble) contenía al menos una escena para el recuerdo. Sucesos para atesorar por siempre. Lecciones de éxito o fracaso de las cuales se podía extraer algo que te hiciera más fuerte.

De todas esas fracciones, puedo distinguir dos que están por encima del resto. Fueron, a decir verdad, los que consiguieron que pusiera a los Soprano sobre cualquier otra serie que haya visto antes o después. Puntos de amarre con los cuales se consolidó mi amor por aquella odisea, y en Tony en particular. Sobre todo porque fueron acontecimientos que sentí como propios, que me hicieron decir: “él sí sabe cómo va esto de la vida”. Manías de las que yo creía que nadie más era presa. Obsesiones que no pensé que nadie más padeciera. Debilidades que eran mostradas son suma facilidad cuando si uno se lo piensa son complicadísimas de sacar a relucir.

Los dos momentos a los que me refiero ocurren en la cuarta temporada. Y ambos tienen que ver con la forma en que Tony Soprano se relaciona con las mujeres. Faltaba más.

El primero ocurre cuando Tony se siente atraído por Valentina, la nueva novia de Ralph Cifaretto, un golfo de cinco estrellas. Valentina es bellísima y también siente atracción por Tony. Pero a este último algo lo detiene. Y no es que ella sea la pareja de su compañero de negocios, ni mucho menos. No se trata de un dilema moral, sino algo mucho más profundo. Cuando ella le pregunta por qué no profundizan en su aventura amorosa, Tony le dice, sin más rodeos: “Porque no quiero tener lo mismo que tuvo Ralph Cifaretto“. Valentina es la mujer de sus sueños, alguien que lo tiene fascinado. Pero en su valoración hay algo que está por encima. Los principios, la dignidad, un sentido de exclusividad. Estar con ella no es solo estar con ella. Es estar con su pasado. Es pensar que sus labios han recorrido a un tipo que a Tony le causa un enorme desprecio. Celos por los caminos cruzados.

El debate personal de Tony es inmenso. Hay una parte en donde lo vemos a solas dentro de su auto. Y con su celular llama a Valentina. Por fin parece comprender que quizás lo suyo sea una exageración. Que puede darle una oportunidad a esa chica sin importar que esté relacionada a un ser repugnante como Cifaretto. Cuando ella contesta, Tony guarda silencio. Sus intenciones se vienen abajo cuando por su mente comienzan a pasar las imágenes de aquellos dos en escenas románticas. Besos, caricias, abrazos. Siente repulsión. Ganas de tirarlo todo por la borda. Entonces decide colgar. Al carajo con todo. A tomar por el saco. Prefiere seguir a solas su camino.

Aquella secuencia es magistral.  Entendí a la perfección los sentimientos de Tony. Los suyo podrá parecer irracional, machista y exagerado. Pero es honesto. Es real. Más de una vez he pasado por sensaciones parecidas. Considero que las personas deberían cuidar al máximo la elección de sus parejas. Porque son una especie de trayectoria. Un novio o novia repulsivo se vuelve una mancha en el currículum que puede repeler a futuros prospectos. Da lo mismo que seas bellísimo. Si estuviste con alguien asqueroso, tu imagen pierde varios enteros.

Lo curioso es que la relación entre Tony y Valentina sí se consuma. Lo hace apenas ella le aclara que jamás ha tenido sexo con Ralph Cifaretto, ya que él en realidad tiene algunas costumbres muy raras en la cama, más bien orientadas a la pasividad del masoquismo.

No recuerdo si el segundo episodio al que hago referencia ocurre antes o después del que he descrito acá arriba. Lo que sí sé es que se trata del momento cumbre de James Gandolfini como actor. A decir verdad, no es una interpretación demasiado llamativa en un primer acercamiento. En su carrera hay ejemplos de mayor resonancia. Esta que digo es bastante discreta en algunos sentidos. Lo interesante es que, a la vez, llega hasta el tuétano.

Tony está en los vestidores de un club luego de tomar un baño de sauna. Ya se ha puesto los pantalones. Le falta abotonar su camisa. En eso está cuando se le acerca Ronald Zellman, uno de sus contactos principales dentro del mundo de la ley y la política. Un funcionario corrupto que le ha ayudado en diversas cuestiones, siempre a cambio de retribuciones económicas. También son amigos. Así que cuando Ronald le pide platicar sobre una cuestión que lo agobia, Tony le dice que adelante.

Resulta que Ronald ha empezado a salir con Irina, una ex amante de Tony. Ronald quiere ser franco. Ella le gusta mucho. Quiere estar con ella. Aunque entiende que para Toný podría ser un asunto conflictivo. Por eso quiere decírselo directamente, para evitar embrollos futuros y dejar el tema en claro. Tony se ríe. Le dice que no se preocupe. Que Irina es parte de su pasado. Es una buena chica y le desea lo mejor a ambos. Que sean muy felices. Ronald se lo agradece con una sonrisa. Cierran la plática con un apretón de manos.

Desde luego el asunto no acaba ahí. Tony es un hombre de obsesiones. Alguien que no se puede controlar. Una característica de su personalidad que a través de su carrera lo ha metido en muchos problemas.Un rasgo que pone en un riesgo constante a su figura como líder de un grupo delictivo.

Tony está al tanto de sus propios defectos. Sabe que hay algo mal dentro de él. Pero estar consciente de ello no es suficiente. Es un vicio que no puede dominar. Por más que lo intente, cualquier pequeñez puede detonar su lado más obscuro. E intenta controlarse. De verdad que lo hace. Dios, ha pasado mucho tiempo desde que estuvo por última vez con Irina. Que tenga un nuevo novio no debería importarle. Después de todo se alejó de ella porque era una chica que empezaba a abrumarlo. Además, él es un hombre casado. Una bella esposa lo espera en casa con sus dos hijos. Sí, es verdad. Tiene a la familia. Mejor ir con ellos. No hay razones para pensar más en una antigua comàre.

Tony ya va dentro de su camioneta. La jornada de trabajo ha finalizado. Es de noche y toca disfrutar el camino de regreso al hogar. Como todavía quedan muchos kilómetros por recorrer, decide amenizar el trayecto con música. En la radio suena “You Ain’t Seen Nothing Yet” de Bachman–Turner Overdrive, una canción que lo  anima tanto que se pone a cantar.

Y es ahí donde comienza la clase de actuación de Gandolfini. En donde pone al resto de las estrellas de televisión a la altura del betún. También en donde queda en claro el poder evocador de la música. Porque, apenas termina “You Ain’t Seen Nothing Yet”, empieza una canción que cambia por completo el semblante de Tony.  Es “Oh Girl” de The Chi-Lites. Desde la primera frase del cantante, no le queda otra que recordar a Irina. Lo mucho que ha echado de menos su compañía en el ajetreo de las últimas semanas. En lo irónico de la situación. Que le duela que ella pueda ser feliz con alguien más, pese a que él mismo la haya alejado de sí. Y Tony canta, pero ahora con lágrimas contenidas en los ojos. Con la voz entrecortada. Hay palabras que jamás saldrán de paseo.

Solo por esa parte, la actuación merecería los mayores aplausos. Sin embargo, todavía falta lo mejor.

Tony da un volantazo. Ha decidido cambiar de ruta. Lo siguiente que vemos es que está afuera de la casa de Ronald. Tony ya no llora, su actitud ha pasado a ser dura. Toca el timbre. Unos segundos después, Irina abre la puerta. Es casi media noche y ella está en pijama. La visita sorpresa le da un susto de muerte.  Tony decide pasar sin esperar a ser invitado. Lo único que le dice a la pobre mujer es: “¿Tienes algo de tomar?”.

Pero para qué contarlo. Mejor dejo que ustedes mismos vean lo que pasa.

 

Atención a la transformación que sufre el personaje. De nuevo, Tony pasa de todo. Le da lo mismo los problemas que su actitud le pueda acarrear. Más si tomamos en cuenta que Ronald es un contacto clave para varias operaciones ilegales. Alguien que, sin ir más lejos, trabaja para el gobierno. Pero en ese momento da igual. Él solo quiere desquitarse. Así que va y golpea a su viejo amigo con un cinturón, como se golpea a los niños traviesos. Hasta hacerlo llorar.

Al diablo con lo que venga. Hay momentos en la vida en que uno se debe dejar llevar. Actuar sin medir las consecuencias. Que por algo se tiene una vida para arriesgar.

Recién consumada la venganza, Tony ha vuelto a la serenidad. Está calmado, quizás con el pensamiento fijado en los conflictos que vendrán luego de ese incidente en donde se olvidó de su parte racional.

Y se acerca a Irina por última vez. La tiene cara a cara. Después de todo lo que han vivido juntos, un abismo los separa. Ella llora. Y podrían decirse tantas cosas que es imposible decir una sola palabra. Da igual. Porque, antes de irse, Tony le lanza esa mirada. La mirada definitiva. La que lo dice todo. Ante la cual no cabe otra opción que rendir silencio. La que merecía que se se rompieran todos los protocolos. La que merecía un Óscar. La que merecía un Pulitzer. El jodido premio Nobel de Medicina.

Esa mirada.tony soprano

Esa.