A propósito de Roger Moore

En su última aparición como el mítico Q (The World Is Not Enough, 1999), Desmond Llewelyn le tira un par de consejos a James Bond, por entonces interpretado por Pierce Brosnan. Se tratan de enseñanzas que resultan especialmente entrañables debido a que Llewelyn moriría poco después del estreno de la película. De este modo el diálogo significa algo así como un testamento, un adiós definitivo.

El primer consejo es el siguiente: “Nunca dejes que te vean sangrar”. Y el segundo: “Siempre ten un plan de escape”. He ahí resumidas, de maneras sencilla, lecciones que funcionan como un manual de estilo y comportamiento. Un caballero jamás debe mostrar signos de debilidad, aunque se esté derrumbando por dentro. Y no debe dejar nada a la suerte: en su horizonte tiene que existir un lugar al cual dirigirse si es que acaso todo le sale mal.

Tales palabras vienen a la mente con el fallecimiento de Roger Moore, actor que interpretó al agente encubierto más famoso del mundo en siete películas (el récord hasta la fecha) repartidas en dos décadas diferentes.

Roger Moore no fue el mejor James Bond. Tampoco fue un actor extraordinario, labor en la que fue más bien austero; él mismo admitía que su registro como intérprete oscilaba entre “levantar la ceja izquierda o levantar la ceja derecha”. Pese a ello, Roger Moore tenía algo que no abunda, la clase y el carisma. Un don para tratar a las personas y una habilidad para saber hablar y guardar silencio en el momento adecuado. Tímido durante su adolescencia, tuvo que forjar a su propio personaje: un encanto envuelto de modestia que no era consciente (o al menos eso decía) de su estatus como símbolo de masculinidad.

Como artista, Roger Moore optaba por la delicadeza y por la discreción. Así lo deja de manifiesto una anécdota ocurrida durante el rodaje de The Man with the Golden Gun (1974). Por aquellos tiempos Roger Moore había aplicado una sutil estrategia de robo, habitual entre los actores de la época: el británico procuraba adueñarse de las prendas que usaba como James Bond para transferirlas a su guardarropa personal. Después de todo eran trajes finos que estaban hechos a su medida, nadie más los podía utilizar. Así que en los preparativos de la cinta, cuando le entregaron un traje que le gustó de manera particular, decidió que esa sería la joya de la corona; por tanto se dispuso a actuar con sumo cuidado, midiendo cada movimiento, cada paso, para que el conjunto de marras quedara impecable para su colección.

Roger Moore se sintió orgulloso luego de la última escena de acción: cuando el director gritó “¡corte!”, el traje se encontraba como nuevo, sin una sola mancha o fisura. Lo había conseguido. Un atuendo costosísimo sería incorporado a su armario. No obstante, a los pocos segundos ocurrió algo que no se esperaba. De pronto alguien le arrojó una cubeta entera de engrudo sobre la cabeza, con lo cual el traje (y su peinado) quedaron arruinados. El autor de la broma fue “Cubby” Broccoli, productor del filme, quien se había dado cuenta de las actitudes tiquismiquis de su muchacho. Todo fueron risas en el lugar.

Un referente.

Roger Moore protagoniza una de mis fotos favoritas de la cultura pop. La estampa fue inmortalizada por Peter Ruck en el año de 1968. En ella, Roger Moore bebe una copa sostenida con la misma mano en la que lleva un cigarrillo. La estrella de cine mira hacia su derecha, no sabemos dirigiéndose a qué o a quién, pero en ese gesto lo está todo, la aspiración de cualquier hombre. Un modo de saber estar en el mundo y disfrutar de la vida. Hedonismo en estado puro. Sin complicaciones, con elegancia y un toque de jugueteo.

Roger Moore envejeció con gracia. Se fue sin aspavientos y con toda la categoría a los 89 años. Siguiendo el consejo de Q, nunca dejó que lo viéramos sangrar. Se le recordará como aquel hombre de porte y cabello impoluto. Alguien sin revolturas.

moorrrr

Anuncios

Soñadores sin remedio

Entre otras cosas, La La Land (Damien Chazelle, 2016) es una película acerca de lo que implican los sueños. De cómo es que se persiguen, de cómo se fracasa y de cómo la frustración se vuelve la prueba mayor, la que mide tu temperamento, la que define lo que eres como persona. Una historia de lo que supone rendirse y apostar a lo seguro en contraposición al escenario idílico de lo que puede venir si mantienes el dedo en la tecla y no caes en la desesperación. No a modo de moraleja en colores pastel, hay que decir, en realidad es un trabajo con una cara áspera, triste y ambigua.

La película no es original ni toma riesgos, y ahí su gran fortaleza y la razón por la que resulta adorable. En una época en la que las producciones se obsesionan con impactar a través de la crudeza, los temas tabú y las reivindicaciones sociales, La La Land opta por las maniobras del viejo Hollywood (tan injustamente vilipendiando por cretinos que cargan aires de falsa intelectualidad); con todos sus tópicos (y el abuso de un recurso como la casualidad), es cierto, pero también con todo su esplendor, esa hondura emocional producto de darle voz y forma a sentimientos que viven alojados en el pecho de cada individuo.

Ryan Gosling es un tipo encantador y sin embargo no es un gran actor ni cantante. Emma Stone, por su lado, cuenta con una paleta interpretativa mucho más amplia, pero su voz tampoco es un prodigio para estar en un musical. Estos detalles, que podrían ser una losa para el proyecto, de manera paradójica son aciertos en la elección del reparto. Ambos papeles y actuaciones acaban por ser entrañables gracias a sus limitaciones y defectos, con los que es más sencillo involucrarse. Ryan Gosling es un hombre guapo que sin embargo se percibe cercano, alguien que sientes como uno de los tuyos. Y Emma Stone es una muchacha awkward con ángel; una belleza atípica, chica escarlata cuya imperfección conforma una pieza de joyería.

Los éxitos y las derrotas de Mia Dolan y Sebastian Wilder, personajes principales de la cinta, pegan duro en las entrañas porque son tipos como cualquiera. La mayor parte de nosotros sabe lo que significa tener que abandonar tus pasiones porque el resto del mundo parece no valorar lo que haces. Conocemos el trago amargo de tomar un trabajo que no nos gusta debido a que el resto de las rutas parecen vedadas en el horizonte. Y tenemos presente la agria sensación que viene al pensar en el hubiera o cuando se mira hacia atrás: a nuestra versión más joven e ilusionada que veía un futuro distinto al que acabó por ocurrir.

El camino de los sueños a menudo es solitario. Lo que para uno mismo puede ser emocionante, prioritario e imprescindible, para los otros es una quimera ridícula, un motivo de burla o una invitación al desaliento. Sin embargo, no todo está perdido, por ahí andan sueltos algunos seres especiales que pueden ser un impulso, personas que representan un punto de quiebre, héroes que te animan a seguir adelante sin importar lo reducido de las posibilidades, sin importar las consecuencias que pudieran venir.

Tirarse al vacío por alcanzar un anhelo puede ser peligroso. Dejar ese anhelo de lado por miedo puede ser mucho peor e invariablemente acaba por convertirse en una espina clavada para siempre en el costado.

En la primera fracción de la película se muestra los intentos infructuosos de Mia Dolan por hacerse de un puesto en el mundo de la actuación. En las audiciones entrega su corazón y todo lo que hay dentro de ella. Para los demás eso carece de valor alguno, revisar el celular o abrir un sándwich parecen asuntos más importantes. El ninguneo es un golpe feroz que se repite una y otra vez hasta llevarla casi a abandonar. Pero hay alguien que rompe con la dinámica, alguien que le hace recuperar la esperanza. Alguien que le recuerda que vale la pena intentarlo una vez más. Nadie mejor que un enamorado del jazz (el género indómito) para hacerlo.

El mérito de La La Land está en recordarnos que los salvadores existen. Que ahí entre la gente puede estar aquel o aquella que nos haga recuperar la parte mágica que hemos perdido. (alguien en la multitud / podría ser aquel / que necesitas conocer/ el que por fin te levante del suelo, como dice una de las canciones).

Y si no encontramos a ese alguien en el mundo real, quedarán estas películas (y la música) para cumplir la función de mantenernos esperanzados, como los soñadores sin remedio que somos.

lallalala

Dos momentos de Federico Fellini

claudia-cardinale

Más de tres personas no aguanto, cuando me toca estar con más de tres personas tengo la impresión de que me ahogo, a menos que sean mujeres.
Federico Fellini

La crisis le sienta bien a los artistas. De las marañas pueden sacar la inspiración para consagrar obras que, al final, impactarán en los espectadores ya que ellos también adolecen de una serie de conflictos similares. Las creaciones ajenas nos hacen sentir menos solos, expresan de forma certera aquello que nosotros quisiéramos decir en caso de gozáramos de talento.

Las mejores obras de Federico Fellini parten del caos creativo, de un maremoto emocional e intelectual del que parece no haber salida… pero que de algún modo termina por encontrar el cauce. Era aquello que Paul Auster señalaba como muy propio de los italianos: la habilidad para sobrevivir al enredo. Durante la preparación de plato principal parece que todo se va a venir abajo: minutos antes del límite está claro que será un reverendo fracaso. La sorpresa vienen después, cuando por milagro todo funciona en armonía al sonar la campanada.

Las dos películas más importantes de Federico Fellini (La Dolce Vita) son igual de imponentes, aunque disparan hacia lugares distintos. La Dolce Vita es una especie de safari por  la Via Veneto, un recorrido a la Roma de una época en particular, la de finales de los cincuenta, en donde seres perdidos se encontraban en una ciudad que fungía como circo de amores, risas, y horrores. , por otro lado, es un viaje interior, con la amplitud que esto significa. La exploración del yo, bajo el manto de obsesiones del director italiano (la religión, las mujeres, el psicoanálisis, la infancia…), confusión que hace armonía. Un hombre al borde del colapso, la historia empujándolo hacia sí mismo.

De este par de cintas quisiera recuperar dos escenas, que en lo personal encuentro demoledoras. Ambas están protagonizadas por Marcello Mastroianni, el gran representante de Fellini ante las cámaras.

La primera, de , es una conversación entre Guido Anselmi y el personaje (la mujer ideal, la Gracia) interpretado por Claudia Cardinale. En la secuencia se mezclan hechos con fantasías, lo que sea necesario para enaltecer las inquietudes del director. La iluminación consigue crear una atmósfera de arrinconamiento  aun en el gran espacio de la noche. Aquí resulta encomiable la cinematografía de Gianni Di Venanzo, donde luces y sombras hacen un papel inquisitorio que se perdería en una versión a color.

Claudia saca a Guido de un auditorio en el que realizaba la pruebas actorales de su próxima película, un trabajo repleto de ofuscación y de dudas que parece no ir a ningún lado; pero salir de ese lugar no ofrece un respiro, es imposible huir de lo que se carga por dentro, en este caso la presión de crear una obra a la altura de las expectativas. Guido camina sobre arenas movedizas.

Luego de andar un rato en automóvil, Guido y Claudia se detienen en un rincón de la ciudad. A continuación viene una charla sobre el proyecto en el que están inmersos. Guido parece rendido. Aunque ella intenta hacerlo entrar en razón, él parece obstinado en la idea de que ya no puede salvarse. Está condenado, y lo mejor es asumirlo antes de que el daño pueda extenderse.

El diálogo es una obra maestra (lo que transcribo es una aproximación), un entendimiento brutal de la psicología humana. Un episodio que deja molido como espectador.

—No entiendo nada de la historia que me has contado. Un tipo como el que describes, que no ama a nadie, no me inspira mucha pena, ¿sabes? En el fondo todo es culpa suya, ¿qué es lo que espera de los demás?
—¿Crees que no lo sabía?  Tú también eres muy dura conmigo.
—Ah, no aguantas la menor crítica de nadie. Te ves tan gracioso con ese sobrero, hecho todo un vejete… No entiendo, ¿él se encuentra a una mujer que puede hacerlo renacer y no hace más que rechazarla?
—Porque él ya no cree más.
—Porque no sabe amar.
—Porque no es verdad que una mujer puede cambiar a un hombre.
—Porque no sabe amar.
—Y sobre todo porque no tengo ganas de contar otro montón de mentiras.
—Porque no sabe amar.

***

La otra escena, en La Dolce Vita, ocurre cuando Marcello Rubini, periodista de la prensa rosa, se encuentra con Steiner (personaje basado al parecer en Cesare Pavese e interpretado por Alain Cuny), un intelectual que aunque desde afuera pareciera tener una existencia envidiable (con familia, éxito e inteligencia), por dentro está consumido. Marcello no se da cuenta, e incluso intenta adentrarse más en la dinámica de aquel sujeto: se lo pide durante una fiesta en la que  acaba fascinado por aquella vida en apariencia perfecta, hasta que le acaban por revelar el secreto.

—Déjame venir a tu casa más a menudo.
—Te lo he dicho, puedes venir cuando quieras. ¿Qué es lo que pasa, Marcello?
—Debería cambiar de ambiente. Debería cambiar muchas cosas. Tu casa es un verdadero refugio… tus hijos, tu esposa, tus libros, tus extraordinarios amigos… yo, yo estoy perdiendo el tiempo. No hago nada ya. Alguna vez tuve ambiciones, pero  lo estoy perdiendo todo, lo estoy olvidando todo.
—No creas que la salvación está en permanecer en casa. No hagas lo que hice yo, Marcello. Soy demasiado serio para ser un amateur, pero no lo suficiente para ser un profesional. Créeme, la vida más miserable es preferible a una existencia protegida por una sociedad donde todo es calculado, donde todo es perfecto.

La impresión de Marcello, en la que se idealizaba el jardín del vecino, confirmaría su yerro al enterarse tiempo después del destino trágico de Steiner. Abrumado, aquel señor de aspecto idílico decide quitarle la vida a sus hijos para enseguida suicidarse. La infelicidad está en todas partes, aunque a veces creamos que únicamente posa sobre nosotros.

La oficina de papá

Vista a distancia (y si la comparas con series premium como Mad Men) la producción y narrativa de Los años maravillosos (1988-1993) es como de juguete. Aun así es una obra estupenda a la que se recuerda con cariño por haber instalado la nostalgia en toda una generación de jóvenes que no tenían ni idea de que algo así pudiera existir. La historia de la familia Arnold está plagada imágenes emotivas que se entremezclan con un repaso a la dinámica social que ocurría en la década de los sesenta, como tiempo después ocurriría en otro contexto con la serie española Cuéntame cómo pasó.

Uno de mis episodios preferidos está dedicado a la figura paterna. Se llama “La oficina de papá” y se trata de un gran ensayo televisivo de lo que significa ser padre. De cómo es que la vida laboral y las responsabilidades llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue joven. Alguien que no era distinto a nosotros pero que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llevamos madurez.

Con ese capítulo se pueden comprender muchas cosas. Sobre todo cuando eres un niño frente a la pantalla. La personalidad de nuestros padres no es gratuita. Y si de repente los notamos demasiado serios o malhumorados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (esa parte mágica y alegre) por nosotros, para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

wonder years

Pueden ver el capítulo completo con este enlace.

La escena de las langostas

Annie Hall lob

Hoy en día es muy fácil despotricar contra Woody Allen. La palabrería se repite por el vecindario. Que si todas sus películas tratan de lo mismo, que si es descuidado con las formas, que si sus guiones parecen encargos turísticos. Quizás haya una pizca de verdad en ello. Woody Allen ya no es lo que era. Pero que no se nos olvide. El tipo tuvo una época de gloria e hizo uno de los más grandes estudios cinematográficos en torno al ascenso y descenso del amor. La que posiblemente sea la comedia romántica definitiva: Annie Hall (1977). Una memorable seguidilla de viñetas que no tienen desperdicio y que conviene repasar cada determinado tiempo, en especial cuando se desee reflexionar sobre nuestra propia vida sentimental y se requiera de cierta calidez para superar baches emocionales.

La cinta deja muchos fragmentos para destacar. Una de mis partes favoritas es la famosa escena de las langostas (que en realidad se divide en dos partes). En ella, los protagonistas intentan cocinar unas langostas en casa, pero todo se vuelve un caos cuando los animales en cuestión, todavía vivos, se escapan y empiezan a deambular por el suelo. Lejos de enojarse o desanimarse, la pareja disfruta de la situación. Se divierten y juegan. Incluso se toman fotos para atesorar el momento. Lo que parecía ser un inconveniente se transforma en un episodio entrañable. La química que existe entre ellos hace que lo más simple se vuelva extraordinario.

En la primera parte de la secuencia Alvy Singer convive con Annie Hall, el prototipo de mujer que siempre se queda pegada en nuestra memoria. La que hace llevaderos los episodios más bajos. La que transforma las preocupaciones en un montón de sonrisas. Esa que vuelve especial los minutos pasados frente a la estufa.

Pero transcurren los meses y ocurre lo que suele suceder. La relación se desgasta. Llega el alejamiento y la ruptura definitiva. La dinámica de conocer a otras personas e intentar seguir adelante.

Lo que venga ya nunca será lo mismo. Aunque conozcas a muchas otras personas, siempre quedará el recuerdo de esa mujer irrepetible que lo significó todo. Una sombra que danzará por tu mente por el resto de los días. Sobre todo cuando más lo necesites. Woody Allen lo refleja muy bien en apenas un par de minutos.

Al cabo de una temporada, Alvy Singer vuelve a vivir una situación parecida con otra mujer. Los planes de una comida dominical son interrumpidos por un grupo de langostas que ha decidido escapar. Y donde antes había bromas, entendimiento y cariño, no queda más que frialdad y distancia. Ella no es Annie Hall. Se muestra desapegada, fastidiada ante el suceso. No entiende los chistes ni se enternece ante los defectos de su novio.

Queda la sensación de que somos compatibles con una cantidad muy reducida de personas. Un detalle que se puedes detectar en la última mirada del protagonista.

Pinceladas propias de un talento como el de Woody Allen. Por eso le perdono todo y es una de las razones por las que veo sin queja alguna cualquiera de sus películas. Lo prefiero a casi cualquier otra cosa que esté en cartelera. Verlo a él es como estar en casa.

Solo se vive dos veces

Habría que poner una mayor atención al fenómeno de los parecidos razonables: todas esas personas comunes y corrientes que tienen una semejanza física con alguna celebridad. Ya desde los primeros años en la escuela se vislumbran relaciones entre los compañeritos del salón con algún famoso visto en la televisión o en las películas. De ahí vienen algunos apodos, asociaciones más o menos afortunadas entre lo que tenemos cerca y lo que permanece inaccesible. Determinado número de muchachos corren suerte y son señalados por parecerse a un futbolista, algún héroe de acción. En este caso el señalamiento es bien recibido ya que supone jugar en la misma liga que un ser admirable. Otros no corren con la misma fortuna ya que terminan equiparados con un espécimen ridículo o digno de todo el desprecio posible. Cuando esto ocurre, la infancia y porvenir del sujeto quedan comprometidos a un anclaje nefasto en donde la humillación de saberse emparentado con la miseria merma cualquier intento de amor propio.

Encontrar el parecido de una persona con otra sabe siempre al hallazgo de un pequeño tesoro, como cuando en los pasatiempos de una revista se identifica una de las cinco diferencias entre dos imágenes similares o cuando de pronto se recuerda la solución a una parte del crucigrama en donde había un estancamiento. Ser el primero en caer en ese tipo de cuentas confiere el estatus de buen observador y, además, un agregado de ingenio. Una demostración de que el rango de cultura permite establecer vínculos de tipo visual entre lo extraordinario y lo cotidiano, en especial cuando la referencia es más bien obscura y alejada de las obviedades de siempre.

Cuando un bebé nace surgen una serie de voces (la madre, el primo, las tías) que de inmediato comienzan a mencionar el parecido que el recién nacido tiene con alguno de los familiares. He ahí uno de los grandes misterios de la sociedad. La manera en que un grupo de personas, acaso en un cuadro de histeria, logran encontrar similitudes entre criaturas recién salidas del vientre, y las figuras de adultos ya desarrollados, sea con caderas anchas o vello en el pecho. Es así como surge el disparate de mencionar que un ser de cincuenta centímetros de altura y tres kilos de peso está igualito al abuelo de ochenta años, de barba y cabello gris, el mismo que camina con la ayuda de un bastón y que lleva una serie de cicatrices ocultas bajo el amparo de una boina.

El ambiente familiar, de cualquier manera, resulta predecible. Cuando existen lazos de sangre es normal que se encuentren paralelismos entre la descendencia y el paso de las generaciones. Habrá una nariz aguileña, un lunar, un mechón de cabello que ayuden a elaborar el informe de las equivalencias. La verdadera emoción está, por tanto, en establecer puntos en común entre personas que no tienen nada que ver entre sí. Representantes de países y tiempos distintos a los que no une ningún tipo de circunstancia.

Un panadero que tiene la cara igual a un campeón en competencias de 400 metros planos. Un bailarina de ballet con la misma mirada que una profesora de matemáticas. Un empresario con una constitución física idéntica a la de un escritor austrohúngaro nacido a finales del siglo XIX. Descubrimientos que alumbran al niño interior y que permiten llenar huecos dentro de una plática. En medio del silencio incómodo la mención de una aparente clon puede ayudar a romper el hielo.

Lo más interesante del tema se encuentra en otra categoría, cuando la semejanza ya no es moderada, sino de alto calibre, como esas veces en que entre ambas personas existe casi un efecto de hermano gemelo. Como si no existieran apenas diferencias distinguibles, salvo alguno que otro detalle (la entonación, la estatura, el aliento) que permite salvaguardar las distancia. Si no fuera por eso, convivir con uno de estos individuos, enfrentarse a su derivación, podría causar una serie de crisis incluso entre las mentes más cuerdas.

Recuerdo la impresión que tuve al notar que en una tienda departamental de mi ciudad trabajaba un señor idéntico a Albert Camus. Lo vi por primera vez en la sección de ropa para caballeros y desde entonces, cada que tengo oportunidad, voy a darle un repaso a camisas y blazers con la intención de estar cerca de él e imaginar, por unos segundos, que el autor de  El hombre rebelde sigue vivo y ha a dejado las agitaciones del ambiente político e intelectual para centrarse por completo en un modo de vida tranquilo en el que las telas y los colores suavizan el paso del tiempo.

Espejos andantes que juegan con las emociones de quienes se cruzan en el camino hasta hacerlos creer que han iniciado el camino con rumbo a la locura. De un malfuncionamiento cerebral he tenido sospechas desde aquel día en que, en un mismo supermercado, vi a George Lucas y a Lorraine Bracco. El primero estaba formado en una caja, mientras que la segunda seleccionaba bolillos en la panadería ante mi total desconcierto.

No es que esas personas tuvieran cierto aire a dos famosos, sino que directamente eran ellos. Al menos eso creí. Como aquella oportunidad en que abordé un taxi conducido por Bukowski. Por George Lucas jamás he sentido devoción, y aún así tuve sentimiento de sorpresa difícil de explicar. Con Lorraine Bracco fue diferente. Se trata de una actriz a la que es fácil quedar prendado (a cualquier edad, en cualquier circunstancia, sin importar la llegada de los defectos), así que tenerla ahí enfrente, cerca de las mantecadas y buñuelos, supuso una revelación divina. Un guiño del cielo en compensación de las penurias de los últimos meses. Gesto de buena voluntad para comenzar de nuevo y confiar en el porvenir.

Gracias a quien quiera que haya planeado esto para mí, pensé, y luego abandoné el área por temor a romper el encanto. A lo mejor escuchaba una voz que me regresara a la realidad. Un aviso de que estaba ante una mujer sin relación alguna con las películas de mafiosos. Un nuevo descenso a la tierra, ahí en donde no se convive con nadie acostumbrado a las alfombras rojas.

krays4

No decir

Ocurre en un episodio de Mad Men. Don Draper, en plena decadencia de alcohol y abandono, hiere los sentimientos de su secretaria personal: Allison, una joven dulce y amable que desde su carácter humilde ofrece sonrisas a cualquiera con quien se cruza. Luego eso cambia. Don la seduce en una noche de copas y se acuesta con ella en un encuentro libre cualquier detalle romántico. Para él, una aventura sin mayor importancia como tantas otras; para Allison, un punto de inflexión, un acontecimiento definitivo. Esta divergencia de perspectivas provoca un embrollo. A Don le sorprende encontrar que al día siguiente de la aventura, ya que el furor nocturno ha pasado, su secretaria sigue anclada a lo que vivieron juntos. Un breve encuentro físico. Allison, a fin de cuentas, es una mujer sensible, alguien con sentimientos cubiertos de algodón. Distinta a las personas con las que Don se suele relacionar, esos seres frívolos que han acentuado su soledad. Con esta veinteañera es diferente. El peso para Allison es tal, que le es imposible seguir la rutina con normalidad. Llega el punto en el que se echa a llorar en plena sesión de trabajo ante la mirada inmutable de Don que solo atina a encender un cigarro. Le ha roto el corazón. La ha tomado entre sus brazos para luego dejarla en el suelo cuando ya no la necesitaba. De esto se lamenta Allison cuando Peggy, una antigua secretaria de Don que ahora está en un puesto en alza, la intenta consolar. “No sé cómo lo soportas… la manera en que despliega su encanto durante un minuto para desaparecer después. ¿Cómo es que puedes siquiera hablar con él?”, dice entre lágrimas, y sentencia: “Ahora lo sé. Es un borracho que se sale con la suya porque el resto lo olvida todo”.

Allison deja su empleo no sin antes montar un pequeño escándalo. Luego de que Don se niegue a escribir una carta personalizada de recomendación (lo único a lo que está dispuesto es a firmar una que ella misma le disponga) con vistas a seguir un nuevo rumbo profesional, la secretaria tiene un último arranque de amor propio que desfoga con violencia: decide lanzarle un cenicero a su antiguo jefe antes de marcharse de la oficina. Aunque no alcanza a atinarle al cuerpo, el ruido del golpe sobre unos cuadros hace que el resto de los empleados de la agencia Sterling Cooper Draper Pryce se enteran de lo ocurrido. Una mujer herida es capaz de llegar al abismo sin miramientos. De poco le importa el estruendo y las consecuencias. Lo que vale es equilibrar la balanza, dejar un rasguño en la piel.

A Don le viene un instante de remordimiento. Es verdad, no se ha dado cuenta de que ha cruzado un límite. Su vida se ha transformado en una espiral descendente. Se le dificulta saber dónde está parado. Su vida ha sufrido muchos cambios en los últimos meses. Ha iniciado labores en una nueva empresa que parte de cero, con todas las presiones y retos que vienen por añadidura. Y su esposa lo ha dejado. La farsa que montó durante años se derrumbó. No tiene nadie con quien acudir. No tiene ya padres ni hermanos. También sus hijos están apartados. Las amistades que tiene son de corte superficial. Con ninguna de ellas puede abrirse en serio. Nadie lo conoce en realidad, salvo una rubia lejana a la que ha visitado poco en los últimos años. El corazón se le ha vuelto de piedra. No ha logrado medir la fuerza con la que se dirige a los demás. Está solo. Sin darse cuenta ha creado una barrera entre él y quienes lo rodean. Tiene una reputación que proteger. Una imagen que implica distancia, estar al margen de la compañía. Se le ha desarrollado una forma de ser que lo mantiene a flote y que le lastima a partes iguales. Está montado en un personaje del que ya es difícil escapar. Desearía tener el cariño que su comportamiento se encarga de ahuyentar. Vive en la contradicción. Aleja lo que echa en falta para fingir que no lo necesita. Se engaña a sí mismo, como alcanza a notar en medio del sopor de la bebida.

Allison merece una explicación. Don lo tiene en claro. Así que cuando llega a casa, se monta frente a la máquina de escribir para hacerle una carta. Tal es su determinación que ni siquiera se ha quitado el sombrero. Tiene que dejar escapar lo que lo agobia y ahí tiene una oportunidad. Que alguien lo sepa, que alguien se entere de por qué se ha comportado como un grosero en los tiempos recientes. Y anota entonces lo siguiente:

Querida Allison,

Quería que supieras que lo siento mucho. Ahora mismo mi vida es muy

Ahí cesa de teclear. Don no termina la oración. Lo único que hace es sacar el papel de la máquina para después aplastarla entre sus manos y tirarla al suelo. Ella nunca lo sabrá. Nadie sabrá lo que Don vive en el interior. Hay veces que un hombre debe hundirse en el silencio. Por orgullo, sí. Pero también por un dejo de heroísmo que ninguna otra figura percibe y que, por tanto, resulta aún más especial. Lo que ocurre es que no se quiere agobiar a nadie más con los dramas que ya de por sí envenenan a uno mismo. Ventilar los problemas significaría estropear el día a los inocentes. Y no. Mejor contenerse. Para eso está la adultez. Ya no hay espacio para el lloriqueo. Uno no puede desfogarse en el regazo de los seres queridos para siempre. Llega el tiempo en el que uno debe aprender a lidiar con la sensaciones. A dominarlas y a convivir con ellas. Don lo sabe y prefiere aguantar la fama de miserable antes que exponer el infierno que lo consume.

Déjalos, que piensen lo que quieran. Que se traguen el cuento de que te comportas como lo haces por mera diversión, por una insensibilidad ante los conflictos ajenos. Que despotriquen contra ti. Que se alejen. Que conspiren. Que den un portazo al salir. Que nunca vuelvan. Que vayan a desperdiarse a los brazos equivocados. Que rían mientras desfalleces. Nunca cometerás la verdadera canallada. La de hacer lo que necesitas. Llevarlos a la conmoción y las lágrimas al explicarles cómo te sientes.

Por mucho que una nube negra se monte sobre ti, lo único que quieres es que nadie más salga afectado.

You’ll never, never know I care. You’ll never know it, for I won’t show it. Oh, no, you’ll never, never know. You’ll never, never see me cry. You’ll never, never see me cry. Not even when you’re glancing by. For I won’t weaken, when we’re speaking Oh, no, you’ll never, never know. No, no I know I won’t reveal the way I really truely feel. But if you guess it, I’ll confess it.

No, no you’ll never
Oh, no you’ll never, ever know.

vlcsnap-2015-04-29-22h24m16s152

El método de Don Draper contra los indeseables

Uno de los momentos clásicos de Mad Men ocurre en un episodio de la primera temporada. En él, Don Draper recibe un cheque de 2,500 dólares como una recompensa por su notable desempeño en la agencia Sterling Cooper. Una cantidad considerable, suficiente para nutrir la cuenta de ahorros o hacer una inversión con vistas al futuro. Sin embargo, Don Draper tiene otra idea. Lo único que quiere hacer con el dinero es despilfarrarlo con Midge, una de sus amantes. La idea es clara: irá con ella y le propondrá que vayan juntos a París. Un viaje relámpago sin mayores consideraciones para olvidar la cotidianidad (y a la esposa e hijos que lo esperan en casa) que los asfixia.  El plan parece ideal. Después de todo Midge es una mujer con inclinaciones bohemias que no podría negarse a la aventura. Así que decide ir al departamento de ella para plantearle el panorama.

Don Draper toca la puerta del lugar. Pero no le abre Midge, sino un desconocido.  Es uno de los beatniks que su amada tiene por amistad. Luego aparece un segundo hombre, Roy, a quien Don Draper conoce por un altercado en el pasado. Ambos se saludan y entonces Don Draper entra en el departamento. Hay una fiesta en el interior. Además de Midge y los dos hombres, se encuentran un par de jovencitas. Don Draper ignora lo que le rodea y va directo con la mujer que lo vuelve loco en deseo. La besa en la boca sin reparar en nadie más. Vamos a París, le dice.  Ella sonríe ante lo que parece una broma. Él le muestra el cheque. La llave a una experiencia a la cual no todos pueden acceder. Lo único que hace falta es que ella empaque algunas cosas y dejen todo atrás. O ni siquiera eso. El equipaje es lo de menos, lo vital es salir de aquel lugar de inmediato. No hay tiempo que perder ante un sueño. Pero ella le dice que espere, que baje un velocidad. La reunión con sus amigos tiene que seguir. Tienen música, marihuana y conversación. Eso es lo que quiere. Viene el silencio. Don Draper queda tocado. No se lo puede creer. Le ha ofrecido las estrellas a alguien que prefiere mirar las paredes. De cualquier forma acepta la invitación para quedarse. Todavía queda la ilusión.

El ambiente es hostil para Don Draper. Ya lo había experimentado antes. Alguien de su estilo está fuera de lugar entre una comuna de jipis que ríen por cualquier tontería. El traje y la corbata desentonan con las bermudas y mangas cortas de los demás. Ante ellos es un burgués que lleva el pecado añadido de dedicarse a la publicidad, una profesión alejada de la naturaleza y las bondades de la sanación espiritual por medio de los astros. Los dos beatniks aprovechan para lanzarle comentarios ofensivos e irónicos. Juegan en casa, tienen la oportunidad de tirar por la borda a un representante del capitalismo imperial.

Pero Don Draper ni se inmuta. Está por encima de sus enemigos y lo sabe. Por eso deja que se desenvuelvan un rato. Le da igual. Digan lo digan, ellos seguirán siendo ellos y él seguirá siendo él. El privilegio de tener detractores es que el ridículo está del otro lado. De cualquier modo Don Draper pone orden apenas nota que los berrinches se salen de control. Su táctica es puro timing, un arte maestro de la contención. La bofetadas correctivas llegan en el preciso instante en que el rival cree arribar a la cima. Es entonces cuando llega la frase lapidaria que los regresa a donde pertenecen: al fango, a un rincón en donde se acumula el polvo.

Con los necios no se pierde mucha fuerza. Se juega un rato con ellos y luego se les abandona en el submundo al que pertenecen. La distinción está en la lejanía. En no engancharse ni en lanzar lo mejor de tu repertorio en sujetos que no están a la altura. La marca de ingenio se reserva para las grandes citas. Con las personas que valen la pena y que hacen aportes que nutren el interior. Ante las mentes obtusas ni el agua. Se les hace un simple gesto simbólico que les indica la puerta de salida. Se les pone en su lugar y ya está.

Don Draper no puede seguir desperdiciando su respiración en un lugar semejante, así que decide abandonar. Antes de hacerlo, vuelve con Midge. Le plantea de nuevo la oferta. Vamos a París en este momento. Ella responde que no. No puede. Minutos antes, Don Draper se ha dado cuenta de un detalle. Midge y Roy están enamorados el uno del otro. Lo percibe en las miradas. La relación con su amante se ha perdido. La damisela prefiere al tipo sucio y desgarbado. Está inclinada hacia la vulgaridad, no al glamour. No hay nada más que hacer excepto dar un paso al costado. Dejar de insistir. No volver a conceder un solo segundo a lo que ha terminado en ruinas.

Sin embargo, Don Draper sabe que de las derrotas se puede salir victorioso. Un movimiento adecuado puede dejarte por encima del juego mismo. Y él procede a mover una última ficha. Le regala el cheque a Midge. Cómprate un auto, le dice. El viaje a París se ha perdido para siempre. Él lo asume como tal y en automático deja de darle importancia. La fortuna no es nada para él. Ya tendrá otras oportunidades, otras mujeres y más dinero. Es hora de irse.

Unas sirenas suenan a las afueras del edificio. Es la policía. El grupo beatnik se altera. Tienen que andar con cuidado, cualquiera de ellos podría ser detenido. Para estar seguros tienen que permanecer encerrados en la habitación. Roy se lo advierte a Don Draper: “Es la policía. No puedes salir”.

Y Don Draper da una respuesta para demolerlo y acabar con las dudas. Tres simples palabras que ponen en perspectiva la diferencia que hay entre ambos. A todo nivel: cultural, estético, profesional y de genio. Porque un amor no correspondido dista de tener la palabra final. Roy podrá quedarse con la mujer. Pero hay otras cosas que importan y que están por encima. Por ejemplo, el arreglo personal y la forma de vestir. El amor propio. También el porte y la clase que van más allá de la ropa.  El aspecto sucio y descuidado podrá seducir a los incautos. Pero no a todos. No siempre funciona así.  Ser un hombre distinguido tiene sus ventajas.

La respuesta que Don Draper da antes de salir en su impecable traje color gris es muy simple:

“No, you can’t.”

El que no puede eres tú, campeón. Yo soy yo y tú eres tú. La policía detiene a tipos como y se inclina ante tipos como yo.

Donaire puro.

vlcsnap-2015-03-28-17h21m09s27

Ir al cine sin compañía

La sala de cine es un sitio recomendable al cual acudir cuando se busca un cambio de ánimo. Sirve como un refugio en medio del barullo del exterior. Más allá de la película, la experiencia se sustenta en el ambiente. La obscuridad proporciona una especie de intimidad colectiva que se reafirma con el silencio, tan solo interrumpido por lo que sale de las bocinas. Después de un par de horas frente a la pantalla grande, se abandona el asiento con una sensación distinta a aquella con la que se llegó. Puede que el resultado sea alegre o triste, el caso es que algo cambia, por mínimo que sea.

Es lo bonito del cine, como pasa con otras expresiones artísticas en mayor o menor medida.

Lo anterior no quita que una actividad tan sencilla como ir al cine tenga sus complicaciones. Por una parte está la cartelera, abundante en opciones intrascendentes cuyos anuncios destacan por los colores chillantes, bromas fáciles y éxitos musicales de verano metidos con calzador. A menudo resultan una pérdida de tiempo, aunque por ningún motivo han de desestimarse las cintas que cumplan con el cometido de entretener sin mayores pretensiones. De lo uno debe cuidarse es de las alternativas que no ofrezcan ni eso. Productos de cochambre que logran su permanencia gracias a que el mal gusto es una asociación con muchos adeptos.

Luego está la cuestión de un público que no siempre está a la altura. La atmósfera idílica que planteé al principio desaparece cada tanto gracias a personas que dan rienda suelta a las múltiples manifestaciones que tiene la descortesía. A ellos me dirijo: hagan un favor al resto de los asistentes, no se pongan a platicar en medio de la función. Tampoco saquen el celular para revisar sus redes sociales cada cinco minutos. La iluminación de la pantalla es invasiva dado el contexto. Lo que para ti es un acto mínimo, puede suponer la ruina de la experiencia para los demás. Ir al cine implica entrar en una dinámica de respeto por lo que muchos consideran un ritual. A menos de que se trate de una emergencia, actúa con moderación. No estás en tu casa como para sacar lo peor de ti. Y tampoco te limites. Las risas están permitidas, lo mismo que las expresiones de asombro. Cualquier reacción espontánea resulta válida mientras entre en el campo de la civilidad. Lanza carcajadas en las películas de comedia y llora si el cuerpo te lo pide. Lo lamentable es que subas los pies a la butaca de enfrente incomodando así un señor que tiene que soportar la presencia de esa porquería a la que te empeñas en hacer pasar por calzado

Semejantes factores te hacen replantear si en verdad vale la pena salir de casa. Quedarte a ver una película en la computadora puede llegar a ser tentador. Después de todo así te libras de muchos dolores de cabeza. Pero no, damas y caballeros. Sin despreciar las sesiones domésticas (que pueden ser las ideales en algunas ocasiones), visitar una sala de cine es una actividad llena de fascinación.

La fila de la entrada. El olor a palomitas. La cartelera en letras grandes. Las máquinas atrapa peluches. La dulcería y sus precios exagerados.  Los baños limpios. Abrir la enorme  puerta de la sala. El piso alfombrado. Los avances de próximos estrenos. La luz que se apaga. El sonido del proyector. Los créditos finales. La sensación en el estómago antes de salir.

Ahora bien. Está el tema de la compañía. Hay algunos que se privan de ir al cine simplemente porque no tienen con quién ir. Considero que esto es un error. Es lindo asistir con alguien, cierto. Sobre todo porque te da un tema para conversar, además de proporcionar una marca indeleble al vínculo, ya sea de amistad, amor o de tipo familiar. Bien puedes hacer un recuento de tus relaciones a través de un listado de las películas que viste en compañía. De este modo quedas asociado a memorias cinematográficas que estarán ahí por siempre. Pasarán los años y seguirás acordándote de quien estuvo contigo cuando fuiste a ver la última de Woody Allen. Y jamás podrás olvidar a la persona que resistió a tu lado el embate de un drama soporífero.

Todo eso es bonito, cualquiera puede reconocerlo. Incluso podría considerarse la prioridad.

Sin embargo, pienso que ir al cine en plena soledad puede llegar a ser una actividad enriquecedora, en ocasiones superior a la de ir rodeado de conocidos. En especial porque se trata de una postura de amor al cine sin más. Ya no visto como justificación para una actividad en sociedad (un vil plan para salir con los amigos o con la pareja), sino como un fin en sí mismo. Ir a ver una cinta y absorber lo posible de ella. Con eso basta.

Algunas de las mayores satisfacciones cinematográficas que he tenido en años recientes han sido sin compañía alguna. Estar solo te pone en un tono más receptivo. Te da una mayor concentración. No tienes que preocuparte por nada salvo por mantener la mirada fija. Nada de distraerse al pasarle las palomitas al de a lado ni tener que preocuparse por su bienestar físico. Que les dé una combustión espontánea a los vecinos, eso a ti no te corresponde. Perderte en los ojos de Jennifer Connelly, a eso vas.

Ir al cine solo también aumenta el modo reflexivo de tu interior. La película termina y te quedas ahí pasmado mientras los demás abandonan el lugar. Permaneces mudo ante lo que acabas de ver. Nadie te hace preguntas ni tienes que hacerle preguntas a nadie. Entonces piensas en una escena. En la iluminación que se colaba entre las cortinas. Una canción a la que reconociste en la parte intermedia. Y en esas palabras dichas por el protagonista que parecían dirigidas a ti, a nadie excepto a ti.

De esta manera puedes regresar a casa. Con la sensación de que cargas un secreto. Todos esos grandes actores hicieron una representación para tu bienestar. El director sabía lo escondías por dentro, así que dio lo mejor de sí. Te dio la compañía que necesitabas.

cairo

Acuérdate de Rick Blaine

La vida es una sucesión de despedidas. Unas más dramáticas que otras.  Pierdes la juventud, pierdes la paciencia, pierdes el cabello, pierdes el entusiasmo, pierdes el dinero. Se quiera o no, el  camino se resume a desprender. Las separaciones no tienen clemencia. Llegan tarde o temprano. Atrás quedan los amigos de la infancia junto aquel vaso de leche con galletas que nunca se repetirá. Los barcos llegan y abandonan el puerto. Las pistas quedan preparadas para el despegue.

Algunas despedidas son de agradecerse, claro que sí. Las fechas de caducidad son una sentencia y hay tierras que permanecerán muertas por mucha agua o empeño que se ponga en ellas. Como las casas que nunca están limpias. Los esfuerzos quedan sin recompensa.

Prolongar la escena trae más dolor. Es lo único. Pero a veces somos aferrados. No es fácil olvidarse de lo que alguna vez trajo sonrisas. Parece una traición a todo ese tiempo invertido. A las memorias que aún juegan en el jardín.

Y, sin embargo, se ha de identificar cuando algo sobrevive más por recuerdos que por actualidad. Una parte se ha roto ya. Todavía guardas una sonrisa cuando intentas darle respiración a lo que no da más de sí. Una figura exhausta que lo único que busca es descansar en una esquina. Ser dejada en paz, para al menos producir un dulce sabor de boca. Que la puedas echar de menos, porque extrañar es un tributo preferible al fastidio.

Queda confiar en el tiempo que a veces ofrece remedios. Para las relaciones a menudo es mejor una separación que forzar una continuación llena de agotamiento. La ausencia da espacio para la reflexión. Es tomar distancia para ver el paisaje completo. Tal reposo serena el ambiente hasta dejar la posibilidad de una reconciliación ya con las fuerzas recuperadas.

O puede que no. Que en verdad todo haya llegado a su fin y que luego lleguen los lamentos de no haber realizado un intento adicional; lo cual, las más de las veces, es una ilusión. Ese intento adicional se suele dar decenas de veces hasta que la liga se rompe. De modo que se debe evitar darle muchas vueltas al asunto. El hubiera es un engaño, uno de los peores enemigos de la tranquilidad. Los hechos ocurrieron como ocurrieron y ya está. Ni para qué darle más leña al desconsuelo.

Conozco gente que sigue aferrada sin importar el pasar de los años. La obstinación por personas, lugares u objetos consume su mente a diario. Tienen una especie de ceguera ante lo que les rodea. Les importa poco o nada. Ellos solo tienen ojos para lo que ya fue. Se privan de las múltiples oportunidades que tienen en el presente porque creen que el milagro es posible, creen que todo volverá a ser como alguna vez fue. Y pueden llegar a la vejez, con sus arrugas, sin que hayan movido un pie. Confían que su pesar tiene un solo remedio, que su felicidad depende de una única combinación de dígitos y que si no es así, no podrán estar en paz. Son capaces de esperar a personas que ya ni se acuerdan de ellos.

Permanecer anclado al pasado te puede privar de conocer a seres magníficos. Te puede alejar de un lindo trabajo o de cambiar de una vez de costumbres nocivas. La ruptura conlleva conocer nuevas opciones. Abrir los sentidos al exterior. Para lo bueno y lo malo. Comenzar otra vez. Aunque no de cero, porque hay una carga que siempre permanece.

Un adiós pesa varios kilos más que un hola. Pero en ocasiones no queda otra más que decirlo. Con todas sus letras, sin medias tintas para así evitar que permanezca una sola migaja de engaño. Las despedidas, si son en serio, deben ser lo suficientemente claras para que no queden atisbos de reencuentros inútiles que al final, se sabe, lo único que consiguen es prolongar la agonía.

Sobre el adiós se pueden decir muchas cosas. Creo que una de las más importantes que tiene que ver con la dignidad. Saber cuando apartarse. Ser la clase de persona que sabe que la fiesta ha terminado y que no se rebaja a mendigar las últimas gotas del vaso.

Irte cuando tú quieres, a tu estilo. No cuando las circunstancias te pegan un tiro en la cara. Era tal cual lo decía Sinatra (hay unas cuantas lecciones detrás de su voz, toma nota de ellas), a un hombre lo conforma su propia esencia. Si no es él mismo, no es nada. Se trata de decir las cosas que en verdad sientes y no las palabras de un arrodillado. Entender que ante la desdicha no se debe ceder un solo segundo y que no hay nada mejor que dejar atrás los dimes y diretes de alguien que te quiere hacer daño. Sin prestarles más atención, sin ensuciarse las manos.

Si bien las despedidas son tristes, son necesarias también. Ya lo decía ese otro genio llamado Paddy McAloon. No estás completo hasta que algo se rompe dentro de ti. Después de eso, dale un descanso a tu mente, a tu corazón. Mantenerse ocupado siempre ayuda. Si le pides al tiempo que vuelva, toparás con pared.

No le temas al adiós. Puede que sea lo mejor para todas las partes. O más a la otra que a ti, por lo que tendrás que ser generoso. Además, como he dicho, habrá algo que se quede contigo. No arruines ese refugio personal que conserva memorias bonitas. Acuérdate de la última escena de Casablanca, que no pierde vigencia pese a estar tan manida.

Sí, acuérdate de Rick Blaine. De las últimas palabras a Ilsa antes de dejarla ir. We’ll Always Have Paris. Siempre nos quedará París, entendido como  eso que pasaron  juntos y que ahora pertenece  a su mundo interior. Todas esas noches de conversaciones. Los besos, la cercanía. Las bromas con música de fondo. Eso ya nadie te lo va a quitar. Nadie. Los pasos recorridos formarán parte de ti hasta que llegues a la tumba o hasta que tu memoria no dé más de sí. Da igual que el tablero haya cambiado. Hubo un tiempo en que las cosas fueron diferentes. En las que te entregaste sin medir las consecuencias y en que fuiste una persona feliz. Eso es lo que importa.

casablanca