Churchill y Hitler: un perro contra el diablo

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“Success is not final, failure is not fatal: it is the courage to continue that counts”.
―Winston Churchill.

Winston Churchill era un hombre lleno de defectos. Era feo, gordo y padecía de depresión y alcoholismo. Era propenso al llanto y también era en exceso belicoso y políticamente incorrecto. Su lengua afilada tiró más de una frase que indignaría a la mente más abierta. Comía como cerdo, fumaba con locura y tenía una relación poco cercana con las mujeres. Durante su extensa trayectoria cometió muchos errores y tuvo fracasos que pudieron hundir a cualquiera. Tomó decisiones que costaron vidas humanas y la evidencia muestra que rayó la atrocidad en lo que se refiere a algunos frentes a su cargo.

No obstante, tenía una cualidad muy importante. Y en el balance de la vida a veces basta con una cosa, si se aplica a fondo, para redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Winston Churchill era valiente.

Se trataba de un hombre de guerra. Alguien que sabía que en ciertos momentos la moderación no valía y que había que tomar determinaciones que, por dolorosas que fueran, eran la única ruta para salvaguardar la dignidad y el honor.

La llegada de Churchill al puesto de primer ministro del Reino Unido llegó, de hecho, gracias a una coyuntura de excepción. En tiempos de paz él no hubiera tenido cabida en el máximo rango, pero al borde del colapso mundial se necesitaba alguien como él. Alguien capaz de ir a por todas.

En cualquier caso no fue la primera opción para ocupar el hueco. Ni para el Rey ni para muchos otros. Lord Halifax pintaba como el sucesor natural tras la debacle de Neville Chamberlain. Pero la situación era tan caótica debido a la expansión de la Alemania Nazi, que de algún modo Halifax prefirió evadir una situación en la que se atisbaba el desastre. En tales circunstancias, con un Tercer Reich de aspecto invencible que campaba a sus anchas por Europa, solo quedaba una opción: liberar al kraken inglés, a la encarnación de John Bull. Winston Churchill, ni más ni menos.

El gran llamado había llegado. Winston Churchill creía que su destino estaba marcado y cada uno de sus días fue un paso hacia tal nombramiento. Obsesionado y acomplejado por la sombra de Randolph, su padre (el destacado político a quien intentó emular), Winston asumió el reto desbordado en emoción. Él no concebía fallar, aunque estuviera en los prolegómenos de una misión imposible.

Hitler arrasaba por entonces. Acumulaba una victoria tras otra y empezaba a acorralar a occidente. Tras cesiones contraproducentes de Francia y Reino Unido, los nazis se habían fortalecido. Y era momento de actuar. Con Estados Unidos temeroso de enfrascarse en el conflicto, con una Francia debilitada y sin rumbo, y con el mutis indignante de la Unión Soviética coronado por el lamentable pacto Ribbentrop-Mólotov, el Reino Unido estaba ante un momento crítico en el que debía definir qué hacer. La parálisis ya no era alternativa.

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Adolf Hitler contaba con una personalidad arrolladora que intimidaba por igual a enemigos que a su gente más cercana. De la furia ni siquiera se salvaba su pareja, Eva Braun, que sufría en carne propia el carácter del alemán. Hitler no toleraba que se le contradijera o que alguien afectara, aunque sea mínimamente, sus intereses. Cuando Eva osaba salirse un poco de la norma, Hitler le contestaba con brutal indiferencia. Dejaba de hablarle por días o semanas hasta que finalmente se calmaba. Ante tal maniático de discursos furibundos y de aspecto de hierro había pocos rivales que le pudieran batir.

Y había mucho menos que estuvieran dispuestos a hacerlo. El más destacado de ellos era Winston Churchill que se la tenía jurada a los alemanes desde muchos años atrás y que de forma constante alzó la voz contra lo que ocurría bajo la despiadada gestión de Hitler, en días donde la opinión pública y sus propios compatriotas no dimensionaban lo que se fraguaba detrás de aquel horroroso proyecto nacional-socialista.

En muchos sentidos Churchill y Hitler eran la antítesis el uno del otro. Hitler cuidaba mucho su alimentación (tenía problemas digestivos y una salud menguante) y no bebía. Winston, por otro lado, era un bebedor empedernido que comenzaba a echar tragos desde la mañana. El británico comía además sin contemplaciones, pidiendo que se sirviera todo en la mesa para ir picando a cada platillo a su antojo.

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Churchill comprendió pronto que la Segunda Guerra Mundial no iba a librarse solo con tanques y balas. Había que sostener una batalla a nivel retórico y moral. Ante las intimidaciones de Hitler no había que callarse ni bajar la mirada. El bulldog inglés decidió recurrir a su carisma para levantar a un pueblo que estaba echado a su suerte y con el peligro inminente de una invasión.

“El país y la raza tenían corazón de león. A mí me correspondió la fortuna de lanzar el rugido”, declaró alguna vez.

Ni siquiera quiso ceder a los coqueteos de Hitler, quien más de una vez tiró guiños al Reino Unido, país al que, en apariencia, no tenía entre sus prioridades de destrucción. Winston supo leer lo que ocurría. No podía confiar en alguien que arrasaba con el globo terráqueo. Ya se había perdido mucho tiempo y no se podía dar más complacencia a alguien que no parecía saciar sus ansias de poder y aniquilamiento.

Como bien señala Boris Johnson, la gran diferencia entre los discursos de ambos personajes es que Hitler hacía creer a los suyos que él, el gran líder, podía hacer lo que fuera. Churchill, en cambio, le hacía creer a su pueblo que ellos eran quienes podían lograr lo que se propusieran.

Fue así y solo así, gracias al ímpetu y el valor mostrado por Churchill en la arena pública, que el entusiasmo se empezó a contagiar entre la población. El Reino Unido pelearía hasta el final sin importar cuales fueran las consecuencias. Y no solo eso, disfrutarían del trayecto. La pelea no les iba a amedrentar. Cuando en julio de 1940 Churchill se dejó fotografiar sonriente (y con un puro en la boca) sosteniendo una ametralladora, la señal estaba clara. La guerra le enardecía y estaba en su hábitat natural.

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Pese a que los alemanes parecían más fuertes, Churchill decidió que nunca se movería desde la posición de debilidad. Nunca tuvo miedo a la perder.

Irónicamente, el primer ministro británico estaba acostumbrado al fracaso. Durante su carrera política y militar sufrió dolorosas derrotas (la más sonada, probablemente, la funesta batalla de los Dardanelos en la I Guerra Mundial) que, sin embargo, nunca lo derribaron. Tenía fijo en la mente que debía continuar. Tenía una misión superior. Caminar y caminar era su estrategia para dejar atrás el infierno.

No hay que olvidar que Churchill fue también un hombre muy sentimental. Alguien que que lloraba sin remedio cuando la situación lo ameritaba. Luego de pronunciar su famoso discurso “Lucharemos en las playas”, Churchill no pudo contenerse y dejó que las lágrimas escurrieran.

“Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos, y si esta isla, cosa que no creo ni un solo momento, o una parte importante de ella fueran sometidas y pasaran penurias, nuestro imperio allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica, continuará la lucha, hasta que, cuando Dios quiera, el Nuevo Mundo, con su poder y su fuerza, venga al rescate y la liberación del Viejo”.

En su primera aparición como primer ministro ante la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940, Churchill soltó otra de sus grandes perlas. No tenía nada que ofrecer salvo “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. La musicalidad de la frase en inglés anticipó lo que venía. Cinco años cruentos, pero que estaban respaldados con un hombre determinado a poner el puño en la mesa. Hitler al fin había topado con pared.

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El día en que The Smiths se formaron

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Ocurrió en el verano de 1982. Johnny Marr era un joven dotado por la naturaleza para tocar la guitarra. Desde que era niño, sintió el impulso de acercarse a un instrumento, algo que pudo realizar gracias al apoyo de su familia, en especial su madre, quienes eran devotos aficionados a la música. Johnny Marr aprendió a tocar gracias a una mezcla de disciplina y don de nacimiento. Eran los años setenta, en los que la música punk agitaba el pensamiento de los jóvenes que, como él, buscaban escapar de un contexto que les asfixiaba y aburría.

Johnny Marr iba a la escuela como mera pantalla. Era bueno para las matemáticas y las letras. Sin embargo, no entraba a las clases y pronto se hizo fama de un chico rebelde. Era alguien especial también, y aunque llevaba el cabello largo y no atendía a las indicaciones, de algún modo era alguien que resultaba simpático a los profesores. En tiempos libres salía a caminar con amigos o iba de fiesta. Pero sobre todo se dedicaba a practicar la guitarra y mejorar la técnica.

Todo su dinero lo gastaba en discos y ropa. Los discos le ayudaban a nutrir su acervo de sonidos y la ropa alimentaba una faceta que ya desde entonces se le antojaba como indispensable para ser una estrella: la imagen. No bastaba con ser músico. Había que parecerlo.

Para aquel joven británico no había alternativa, tenía que dedicarse al rock. Lo intentó en cuanto pudo. Formó un proyecto con algunos de sus amigos, pero algo no terminaba de cerrar. Era consciente de su propio talento pero sabía que necesitaba algo más: un cantante, alguien que pudiera deambular por el escenario, cosa que nunca había sido su intención.

Nadie le llenaba el ojo en su entorno inmediato. Johnny Marr quería alguien que fuera bueno de verdad. Y no solo eso, alguien con quien hubiera una afinidad estética y emocional. Entre los nombres contemplados para ser cantantes de su anhelada banda desfilaron unos tales Ian Brown y Ian McCulloch. El primero fue descartado porque por esos días formó lo que a la postre sería The Stone Roses y el segundo, que amagaba con romper con Echo and The Bunnymen, finalmente continuó con los suyos.

Johnny Marr no se desanimaba y mantuvo el radar encendido. Billy Duffy, un amigo en común, le había hablado de un chico medio raruno llamado Steven Morrissey, conocido por deambular –a solas– en cuanto concierto se le cruzara. Billy Duffy había estado con Morrissey en un grupo llamado The Nosebleeds que finalmente no cuajó. En cualquier caso, reconocía que aquel cantante tenía potencial y varias coincidencias con Johnny, como el gusto obsesivo por los New York Dolls, el punk y el pop femenino de los sesenta.

Johnny Marr escuchó atento y tuvo al mentado Steven en consideración, pero no movió ficha porque no sabía cómo acercarse a él.

Una noche todo cambió. No se trató un momento épico, sino sencillo. Pero fue donde el guitarrista sintió el llamado. Marr lo contó mejor que nadie en “Set the Boy Free”, su autobiografía.

Fue como se describe a continuación.

***

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Joe Moss, el hombre que lo había acogido como mentor y que luego se volvería su representante, invitó a Johnny a ver un documental sobre Jerry Leiber y Mike Stoller, una de las parejas de composición más exitosas de la historia. Ahí ambos se enteraron cómo fue que Leiber conoció a Stoller. El primero no sabía nada del segundo, pero alguien le contó de Mike, un sujeto que componía canciones. En busca de un aliado musical, Leiber decidió que debía recurrir a Stoller. ¿Y qué hizo para conocerlo? Simple, sin decir, avisar, ni agendar cita alguna, acudió a la casa de Stoller para proponerle la idea.

Hay episodios muy simples que definen nuestra existencia de manera definitiva. Pequeña decisiones que, sin imaginarlo, dejan una huella profunda en nuestro devenir. Ese fue uno de ellos. Poner un VHS con un documental cambiaría el indiepop británico en los próximos años.

Eureka. Johnny Marr tuvo el instante de revelación. Interpretó esa historia como una señal. Tenía que hacer lo mismo que Leiber e ir a la casa de Morrissey. No había que pensárselo mucho más. Sintió emoción, ansia y vértigo. Los astros se habían alineado y había que actuar pronto. A la mañana siguiente, a través de amigos en común, consiguió la dirección de su prospecto. 384 Kings Road en Manchester, Inglaterra. Desde antes de ir supo que estaba ante el suceso que lo definiría.

Un chico llamado Pommy fue quien le sopló tal domicilio. Johnny Marr le pidió que le acompañara. ¿Cuándo irás?, preguntó Pommy. Johnny Marr le dijo que en ese mismo momento.

Johnny Marr estaba rebosante de confianza. En cuanto llegaron al hogar marcado en la dirección, procedió a tocar la puerta. En un principio nadie abrió, así que volvió a tocar. Una mujer les abrió. Pudo ser Elizabeth, la madre de Morrissey o Jackie, su hermana. Johnny preguntó por Steven. “Iré por él”, respondió ella.

Morrissey apareció al fin, como saliendo de una cueva. Los autoinvitados se presentaron. “Hola, soy Johnny… y bueno, ya conoces a Pommy”. Morrissey saludó a Pommy y después saludó a Johnny con gentileza. “Un gusto conocerte”, dijo. A Johnny le llamó la atención la dulzura de aquella voz. Decidió ser sincero y directo. “Perdona por venir a presentarnos así a tu puerta”, dijo Johnny, “pero estoy formando una banda y me preguntaba si querías ser el cantante”. Morrissey les dijo que entraran y pasaran a su habitación.

El prospecto de cantante era un joven desesperado. Morrissey se la pasaba viviendo entre libros, películas, discos y anhelos frustrados. De seguir así, lo más probable es que hubiera acabado sin mucha trascendencia. La gente le agobiaba, aunque al mismo tiempo deseaba la fama y fortuna que tenían sus ídolos. Era alguien con amigos contados y que no sabía qué hacer con su vida.

Morrissey era famoso en el circuito independiente por su carácter apartado y por sus ínfulas literarias. La mayor parte del tiempo estaba recluido en su habitación, desde donde escribía cartas a NME y configuraba poemas y letras que soñaba algún día convertir en canciones. El problema es que era muy reservado. No sabía cómo promoverse a sí mismo y llegó a vislumbrar un futuro en el que trabajaría como bibliotecario hasta morir.

La propuesta de Johnny Marr alumbró el panorama de Morrissey. Al fin tenía una oportunidad. Era la única forma en la que podía salir del marasmo en el que se encontraba: que alguien más lo impulsara a abandonar la celda familiar. Años después, Morrissey lo reconocería. Pese al distanciamiento, pese a las diferencias, admitió que Johnny estaba lleno de una energía y un entusiasmo que lo contagió. Y de no haber sido porque él se presentó a su casa, era posible que él nunca hubiera salido de su distrito postal.

Morrissey estaba inundado de inseguridades y desconfianza. Las palabras de Marr lo convencieron de que debía actuar y dejarse de tonterías. Simbólicamente, fue como si el joven guitarrista lo hubiera sacado de las greñas para que se pusiera a cantar y soltar todo aquello que guardaba en su corazón.

En realidad ellos ya se habían conocido —fugazmente— unos años atrás, en 1978, durante un concierto de Patti Smith. El propio Billy Duffy los había presentado. Johnny Marr tenía por aquel entonces apenas 14 años y se sentía tan apenado de ese primer encuentro que prefirió obviarlo aquel día, con la ilusión de que Morrissey no lo recordara. Pero vaya que Morrissey lo tenía en mente. No conocía a muchas otras personas.

La conexión entre Morrissey y Johnny se dio enseguida. Los dos compartían gustos musicales y cinematográficos, aunque también eran contrastantes. Tenían personalidades distintas. Sobre todo los unía era el amor por la música. El punk engendrado en Nueva York, así como la música pop de los años cincuenta y sesenta. Una combinación agridulce que formó a la banda más influyente de su tiempo.

Dentro de la habitación, se dio una conversación larga y sin silencios incómodos. La empatía fue absoluta. Se contaron sus vidas y aspiraciones mutuamente. Rieron, se maravillaron, se conmovieron. Por fin había encontrado a alguien con quien entenderse. Pommy fue testigo, sentado a lo lejos en una esquina, de un encuentro bello y mágico. No quiso interrumpir.

En determinado momento, Morrissey le preguntó a Marr si quería poner un disco. Johnny procedió a explorar la colección de Morrissey, que para su sorpresa, estaba compuesta por las mismas bandas que le gustaban a él.

Johnny Marr tomó un sencillo de las Marvelettes. “Buena elección”, le dijo Morrissey. Y Johnny Marr puso el lado b. La canción se llamaba “You’re The One” (“Eres el indicado”).

Y fue así que nacieron The Smiths.

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La importancia del café

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Tomar un café por las mañanas es una actividad que ofrece más de lo que en un principio parece. En cualquiera de sus formas, se trata de un acontecimiento especial. No es como darle a cualquier otra bebida matutina como el agua, la leche o los jugos de frutas que pasan rápido y con intenciones más bien alimenticias o de combate a la sed. Con el café es distinto. En él se busca algo más. Una revitalización, un acompañamiento, un alivio. Un río de alta temperatura que reconforta nuestro interior.

Recurrir al café no se limita a dar un conjunto de tragos. La experiencia incluye todo un paquete de sensaciones. La preparación, el aroma, el último toque… todo contribuye a elevar el espíritu. El trago debe ser lento y profundo, un trance para el alma en convulsión. Incluso sostener el vaso o la taza es un placer.

¿Cómo tomarlo? Al gusto de cada quien, faltaba más. Con leche, con azúcar o con un toque de cianuro, si se prefiere. O solo, que está muy bien así. Pero conviene no convertirse en uno de esos seres despreciables que a la primera oportunidad presumen que ellos lo toman sin ningún añadido, como si por ello merecieran de una fanfarria comunal.

El café es un desayuno elegante, además. Frente la indecencia de algún plato abultado y cremoso, la simpleza de un taza muestra la distinción de quien lo porta. Una oda a la contención. Dejar la nutrición para la hora de la comida y para quienes aspiran a llevar una vida saludable. Lo único que se echa en falta es un trazo de energía. Café y la lectura del periódico, he ahí un almuerzo estupendo.

Y hay más. Basta el aroma de los granos de café recién molidos para que cualquier sitio se vuelva acogedor. Incluso un cuchitril inhóspito se torna digno si hay una fuente para beberlo.

La taza humeante es un símbolo de la civilización y un estímulo para continuar en la resistencia. El café es bebida versátil: social y también para solitarios. Quien quiera prolongar el encuentro, que pida una segunda ronda (“una taza más de café antes de que me marche”, decía Bob Dylan en una de sus canciones).

El hombre desamparado encuentra en el café un beso líquido que al quemar cierra cicatrices.

Gertrude Stein lo expresaba bien cuando decía que el café trascendía a la apariencia. No es una bebida, el café es un suceso. Una pequeña dimensión, una medida de tiempo. Balzac atribuía al café una serie de bondades, ya que al consumirlo sentía que las ideas empezaban a moverse como un batallón en tiempos de guerra. Con él, se agolpan los recuerdos y la artillería creativa suelta sus mejores inspiraciones.

Americano, espresso, latte, cappuccino, cualquier variante se escucha como una suave patria. Y en cualquier lugar donde uno se sienta perdido, la cafetería se divisa como un salvamento, un refugio donde espera la comodidad de un sillón y la dulce compañía de otros bebedores. Damas y caballeros pausados, conversadores de la justa medida.

Albert Camus: el amor y el exilio

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El exilio fue la constante en la vida de Albert Camus. Un exilio espiritual, físico y emocional. Nacido, en Argelia, nunca se libró de la sensación de “no pertenecer”. A diferencia de otras figuras de su época, él no se educó en escuelas ni universidades de élite; cursó la educación media-superior en el liceo de Argelia, una institución muy limitada en comparación al Lycée Henri IV, al Lycée Louis-le-Grand o todas esas “grandes écoles”, en donde se instruyeron Michel Foucault, Alain-Fournier, Jean-Paul Sartre o Jacques Derrida.

Camus tampoco fue aceptado en su momento para estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas de París. Acabó por cerrar su educación formal en la Universidad de Argel, la única ciudad a la que veía como un verdadero hogar.

El autor de “El extranjero” no veía su condición provinciana como algo negativo, al contrario. Siempre agradeció a todas esas personas sencillas que se atravesaron en su camino y que conformaron para él una alta concepción de la ética y la moralidad. De hecho Camus prefería juntarse con la gente de a pie antes que con la clase intelectual que tanto le aterraba y a veces asqueaba. Conversar con niños, trabajadores, campesinos y futbolistas era para él más satisfactorio e instructivo que escuchar la enésima perorata que los filósofos tiraban desde cafés citadinos. No por nada, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, decidió enviar la famosa carta de agradecimiento a Louis Germain, uno de sus profesores de la primaria a quien le agradeció por la inspiración y servicios prestados con una humildad inaudita para alguien de su calibre y estatus. Germain fue quien convenció a la familia de Camus para mantener al pequeño en la escuela y no ponerlo a trabajar, como requería la economía del hogar. La familia tuvo que hacer un enorme esfuerzo, pero finalmente hicieron caso a aquel tutor insistente que confiaba en el potencial de ese niño que acabaría por darle la razón.

“Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

***

Como no podía ser de otra forma, Albert Camus encontró el amor en otra exiliada, la actriz María Casares, quien luego de la guerra civil española tuvo que escapar a Francia, en donde llevó una prolífica carrera en el mundo del teatro. Se conocieron en marzo de 1944 y consumaron el amor el 6 de junio de ese mismo año, en los albores de la segunda guerra mundial. Unas horas antes los aliados habían llevado a cabo el histórico desembarco de Normandía para rescatar uno de los pilares de la civilización occidental que estaba invadido por nazis.

Camus estaba casado por entonces con la pianista y matemática Francine Faure. Pero Camus y Casares pudieron gozar de una relación temporal ante su ausencia. Francine se encontraba refugiada en Argelia debido a la tensión bélica que asolaba al país galo. Pero cuando ella al fin regresó a París a finales de ese mismo año, el par de amantes tuvo que cambiar la dinámica. Decidieron terminar; dejarlo así, como un amor de verano. Lo más conveniente era que cada uno siguiera a lo suyo. Ella con la actuación y él con la escritura, su esposa y los dos hijos que tendrían en septiembre de 1945.

Todo parecía acabado entre la actriz y el escritor. Acaso todo quedaría como una historia que tendrían que guardar en la memoria, como un tormento inconcluso. Pero en 1946, curiosamente otro 6 de junio, ocurrió lo extraordinario. Camus caminaba por el Boulevard Saint Germain cuando por casualidad fue topado por Maria Casares. El encuentro fortuito, luego de largo tiempo de no verse, exactamente 2 años después del ascenso de su amor, fue interpretado como una señal. El cariño y el deseo no se habían ido. Esta vez decidieron que los compromisos circunstanciales no los iban a detener. Aunque fuera en lejanía, iban a continuar con el vínculo.

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Camus y Casares tuvieron ires y venires, se veían muy esporádicamente. La cercanía se mantuvo más que nada por vía epistolar. La pareja se escribió cartas por más de 12 años. El contenido de las misivas no ha sido editado en español, pero Stephanie LaCava, editora de Small Press Books, ha recogido varios fragmentos en inglés.

Así fue posible darse cuenta que María Casares fue un soplo de aire fresco para Camus, quien confesaba sentirse embebido y fascinado por aquella chica española que le había cambiado la concepción de la realidad. El francés se había llenado de buenas sensaciones gracias a ella; odiaba menos, aceptaba más y, en sus propias palabras “había aprendido a vivir”.

Camus, sin embargo, se sentía agobiado. Creía que no estaba ofreciendo lo suficiente. A sabiendas de la distancia, de la vida matrimonial que llevaba y las responsabilidades que tenía por condena, Camus estaba apenado por lo que ofrecía a una chica tan extraordinaria. “Este amor desafortunado no es lo que mereces”, le dijo en una memorable línea de sus cartas.

En muchos sentidos, Camus veía la relación con Casares como algo irracional, casi tonto. Tenía a dos mujeres (y otros deslices pasajeros) a cada extremo de una cadena irresoluble que avanzaba sin más. Otras veces Camus asumía tal condición. La vida era absurda de cualquier modo. Qué más daba dejarse llevar por ello si había placer y amor de por medio. “En ti encontré una fuerza de vida que creí haber perdido. Eres el único ser que me ha reducido a lágrimas”, le confesaba a María.

Pese a todo, Albert Camus no se divorció por el respeto ceremonioso que sentía ante el compromiso. Había establecido una proximidad oficial con su mujer y había que ir hasta las últimas consecuencias. Albert Camus se negaba a renunciar, sin saber que en el amor eso podía tener un doloroso efecto secundario. Francine Faure sufrió por la simulación más de lo que probablemente hubiera padecido con una separación. La esposa de Camus sabía de la infidelidad que su marido sostenía a larga distancia. No reclamó demasiado y más bien interiorizó la aflicción hasta caer en un cuadro depresivo que la llevó a un intento de suicidio. Lo más probable es que María Casares fuera el amor definitivo de Camus.

Y vaya que necesitaba de un fuerte amor. A mediados de siglo Albert Camus se encontraba en un momento complicado. Pese al aura estelar que le había otorgado el éxito de “El extranjero” y “La peste”, pronto la confrontación con Sartre lo convertiría en un proscrito de la intelectualidad francesa, tan sumida en dogmas en esos días. Camus rechazaba el compromiso político y defendía la duda a ultranza, el alejamiento. La posibilidad de decir “no”.

Por eso rompió con la izquierda, la que demandaba el aceptar un liderazgo y llevar una postura comunal. Camus tenía el desapego como núcleo. Se negó rotundamente a apoyar a regímenes totalitarios por más novedosos o deslumbrantes que parecieran en un principio. Las intenciones no bastaban, había que exigir resultados. Para él había que criticar y no dejarse embaucar por lo que decía una panda de demagogos.

Por lo anterior fue cada vez más apartado por otros escritores de su generación. De algún modo no pertenecía. Era ajeno. En plena batalla ideológica a escala mundial, la mayor parte de los intelectuales franceses, a la estela de Sartre, mantenían la obsesión por una revolución malentendida a la que había que apoyar a toda costa.

No había compromiso intelectual, sino militancia. Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros cerraron los ojos y callaron ante los excesos del imperio soviético y sus satélites. Cualquier francés que no aceptara tales condiciones era purgado de los círculos sociales. Fue el caso de Camus, cuyos trabajos fueron criticados con severidad por parte de Sartre hasta casi vetarlo cualquier medio en el que tuviera influencia.

Camus, en cambio, se refugiaba en la duda y en la individualidad. Visto a distancia, no parecer francés lo vuelve un ejemplo destacado de lo que significa el proyecto francés en su ideal de incluyentismo. Ya en “El mito de Sísifo”, Camus había mostrado su parecer sobre el extranjero, aquel que ante un mundo indiferente y sin luces se siente desposeído. Una división entre el ser humano y lo que tiene. Un desajuste. Una perpetua anomalía.

Camus vivía agobiado por inseguridades y el enorme peso de la responsabilidad, como definía Tony Judt en un ensayo brillante. El amor entonces era un alivio. Maria Casares lo animaba y a través de cartas y postales lo impulsaba a seguir. “Escribe y escribe”, le pedía, al tiempo que le remarcaba lo importante que sus letras eran para que ella, a su vez, aguantara sus pesares.

La vida como absurdo, en esa cruel indiferencia deparó un abrupto final para la relación. El 4 de enero de 1960 Camus se dirigió a María Casares para anunciarle su ansiado encuentro que llegaría pronto. Llevaban largo tiempo sin verse. “Bien. Última carta. Solo para decirte que llego el martes. Pronto… mi espléndida”.

El abrazo ya nunca llegaría. Camus murió en un accidente automovilístico antes de emprender el viaje. En uno de sus bolsillos iba el boleto de tren que estaba destinado a llevarlo con su amada.

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El PRI y el PAN siguen en la lona

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Andrés Manuel López Obrador permanece en estado de gracia. Con sus errores y aciertos, sabe que aún se encuentra en un día de campo prolongado. Algunas de sus decisiones han causado crítica en redes sociales y entre determinados especialistas; e igualmente algunas de las medidas de su partido han sido frenadas por las minorías que hay en las cámaras y por el cortocircuito que tienen con las leyes… pero en el fondo sigue teniendo un crédito enorme tanto por la popularidad que lo respalda, como por otro hecho fundamental: el resto de los partidos sigue a la deriva a nivel discursivo e incluso ideológico.

El declive del PRI, PAN y PRD, otrora los grandes partidos, no comenzó en las pasadas elecciones federales. El desgaste vino de años atrás, en un consabido proceso de descomposición que la ciudadanía no soportó más. Tras décadas de succionar lo que se podía desde posiciones de poder, los políticos de dichos partidos entraron en una dinámica en la que la práctica del despilfarre se convirtió para ellos en la normalidad.

La pillería, el influyentismo y el agandalle eran la pauta, una cotidianidad que probablemente ni siquiera los políticos percibían en su justa dimensión de tan habituados como estaban a ella. Tal conducta es lamentable y aunque los ciudadanos lo vieron como una realidad durante décadas, jamás se acostumbraron a ser dominados por un régimen corrupto.

Si hay algo que hay que agradecer a la irrupción de Morena —más allá de sus evidentes yerros metodológicos— es que como formación rompieron de tajo una forma de entender la política. Habrá que ver si al final cumplen (se están estrenando en las grandes ligas y el paso del tiempo tiende a marchitar los ideales), pero al menos discursivamente instalaron la idea de que ellos no iba a abusar de sus privilegios y que, por el contrario, iban a reducirlos en beneficio de quienes a final de cuentas ponen el dinero: los mexicanos de a pie, esos que están a la espera de algún estímulo a sus esfuerzos.

Por ahora hay síntomas preocupantes que desmontan la pantalla. Morena no es un partido conformado precisamente por jóvenes y en la cúpula del mismo hay algunas figuras cuestionables que por su larga trayectoria tienen una cola con la que pueden tropezar. También hay quienes se niegan a renunciar a sus prerrogativas, no al menos de forma radical. Hay otros elementos, en cambio, que sí representan, al menos, un rostro fresco. Sea como sea, el movimiento de López Obrador ha sabido capitalizar la idea de austeridad y no son pocos los que se la compran.

Por tal motivo los partidos tradicionales tienen complicado resurgir. Más allá de algún chispazo que puedan tener en entrevistas o en tribuna (Romero Hicks, Claudia Anaya y Enrique Alfaro los tienen y los tendrán), es difícil que la mayoría les crea. El agotamiento es tan grande que, sin importar las reformas o los cambios de dirigencia, es poco viable romper un estigma ya muy arraigado. En cuanto a percepción, cualquier voluntad queda anulada por la sombra de un pasado que fue ingrato para los votantes.

Las élites de cada formación, además, no han sabido dar un paso al costado y, muy al contrario, mueven aún hilos a la sombra, sin que por ello sea invisibles al escrutinio público. Es por aquello que Andrés Manuel y su comitiva les tienen comida la moral.

Para el PRI, PAN y PRD parece haber solo una forma de volver a la vida: esperar a que Morena caiga en equivocaciones y excesos para erigirse, entonces sí, como la antigüedad confiable. Se trata de una de las tretas más tradicionales y siniestras de la política (en la que izquierda y derecha han caído, en mayor o menor medida), confiar en el fracaso ajeno —y promoverlo— para así cobrar con intereses. La jugada, habitual en varios países, implica torpedear años enteros en los que se desperdician oportunidades para el mejoramiento del país en pos de conseguir un ascenso faccioso. Durante el período de México dentro de la democracia, consolidado hace uno 20 años, se han dilapidado proyectos importantes de ese modo. En Morena lo saben.

Ahora bien, el descrédito de los partidos tradicionales es tan grande que ni siquiera esa movida podría ser suficiente. Incluso podría hundirlos más si se crea la percepción de que están yendo contra los intereses del pueblo, mismos que Morena logró asociar a sus colores.

A largo plazo la manera más probable de ofrecer una competencia real y un contrapeso dentro de la partidocracia, es establecer una nueva formación. Un partido que, al menos en apariencia, esté desligado de huellas de infamia, esas con las que el poder dominante logra desarticular fácilmente cualquier propuesta ajena con la autoridad ética que proclaman tener.

Por ahora los únicos que han levantado la mano son Felipe Calderón y Margarita Zavala, con una posible evolución de Libre, la asociación que fundaron hace meses. Habrá que ver si logran un proyecto seductor e incluyente que pueda conjugar nuevos simpatizantes y agrupar a los inconformistas que ahora mismo se encuentra desperdigados.
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Publicado originalmente el 10 de diciembre de 2018.

Halcones y palomas en el equipo de AMLO

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En el ámbito político los términos “halcones” y “palomas” se utilizan para designar a dos tipos de posturas dentro de la acción administrativa. Los halcones están tirados a la guerra, al conflicto, mientras que las palomas son, como es obvio, quienes se manejan de forma pacífica.

Ampliando el espectro, los halcones pueden ser tomados como figuras propensas a una astucia maquiavélica que se mueve, sobre todo, en función de intereses. Son aquellos de tendencias obscuras, cazadores que no son de fiar y que dentro de sí guardan inquina, una doble cara y una habilidad para picotear (la traición) a quien sea si ello implica un ascenso del poder. Hay que tener cuidado, para ellos la política es un móvil para conseguir objetivos no siempre loables, sino que convienen a lo que ellos pretenden empotrar. Sus plumas están presentes en bandos enemigos y no temen usar recursos deshonestos para trascender. No es raro que se vean envueltos en conflictos fratricidas en su desesperado intento por subir en el organigrama.

Las palomas, por otro lado, son quienes, con sus luces y sombras, ven la política como lo que debería ser, una manera de servir a la ciudadanía. Guardan dentro de sí, o al menos eso parece (nunca hay que meter las manos al fuego por un político), un genuino interés por contribuir al desarrollo de la nación, si bien en el trayecto también cosechan ganancias personales. Son los que se sacrifican si ello trae un beneficio y son los de trato suave. Pueden tener ideas equivocadas y el espectador puede no estar de acuerdo con ellos en aspectos centrales, pero en esencia sus movimientos perfilan un encomiable esfuerzo por mejorar lo que hay.

Las palomas saben detectar a los halcones y viceversa. Dentro del equipo tienen que convivir. Se miran con reservas los unos a los otros. Hay apretones de manos y sonrisas entre ellos. No suelen mezclarse, eso sí: se miran con recelo. El líder los pone juntos porque no le queda de otra. Las circunstancias son apremiantes y es imposible prescindir de alguno de los dos extremos.

El estadista, si es sabio, habrá de identificar a los halcones y a las palomas que tiene cerca. Y debe colocar a sus aves de forma tal que exista un balance. De los halcones es difícil deshacerse ya que son aún más peligrosos cuando están despechados. La tarea es darles un poco de carne que los tenga satisfechos y que al mismo tiempo limite su margen de maniobra.

Hay una tragedia. Las más de las veces los halcones acaban por imponerse a las palomas. Los primeros llevan la ventaja de no temerle a la sangre. Atacan y hacen uso de la trampa para ganar. Las palomas, por su sentido ético, son mesurados, no cruzan una línea que tristemente las pone en desventaja.

Andrés Manuel López Obrador tuvo el gran acierto de conformar un gabinete rebosante de palomas. Buena parte de las Secretarías de Estado serán encabezadas por académicos y profesionales con los que, aunque uno no siempre coincida en línea ideológica, son gente ajena a la inmundicia.

No obstante, en el árbol genealógico hay espacio para lo tétrico. Y no conforme con eso, ocupan posiciones clave que pueden causar cismas a placer. No siempre están al frente de Secretarías, están más bien en sectores tirados a la directiva burocrática, planos en donde influyen bastante en el devenir colectivo. La grilla para ellos está puesta en la mesa. Quisiera pensar que el tabasqueño los puso en donde están por aquella sabia lección que tiraban los Corleone. “Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca de tus enemigos”. O, lo que es lo mismo, mantén cerca a los halcones para que no acechen en las afueras hasta hacer carroña del proyecto naciente.

Durante el presente sexenio habrá que estar pendiente de los movimientos que se den dentro de los círculos de Morena y del Gobierno Federal en particular. Será preocupante si los halcones ganan demasiado terreno. Las palomas deberán ser astutas y hacer nuevas incorporaciones ya que, al menos a priori, están en desventaja numérica contra su depredador natural.

En este caso la palabra final la tendrá el presidente que mayor respaldo ciudadano ha tenido en la historia moderna de México. Un factor que si se usa con sabiduría puede domar a cualquier especie que se alborote en el camino.

Halcones: Ricardo Monreal, Yeidckol Polevnsky, Héctor Díaz Polanco, Gerardo Fernández Noroña, Manuel Bartlett, Martí Batres, Dolores Padierna, Javier Jiménez Espriú, Mario Delgado, José Manuel Mireles, Napoleón Gómez Urrutia, Nestora Salgado, Félix Salgado Macedonio, José María Riobóo, Paco Ignacio Taibo II, Alejandro Encinas, Germán Martínez, John M. Ackerman.

Probables palomas: Marcelo Ebrard, Maria Luisa Albores, Luis Cresencio Sandoval, Héctor Vasconcelos, Tatiana Clouthier, Carlos Urzúa, Jesús Seade, Delfina Gómez, Alfonso Romo, Luisa María Alcalde, Graciela Márquez Colín, Jorge Alcocer Varela, Gerardo Esquivel.

Un episodio gaullista en Macron

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Cuando los amigos tradicionales se alejan, lo natural es buscar nuevos horizontes o recuperar a esos viejos contactos que estuvieron siempre al alcance de la mano sin que se les prestara la atención merecida. En la sombra se revelan aliados que ofrecen una nueva asidera.

La reciente propuesta de Emmanuel Macron de configurar un Ejército Europeo es un nuevo intento de resiliencia ante un contexto adverso que no tiene clemencia ante la pasividad. Los lazos cada vez más fuertes entre Alemania y Francia, enemigos a muerte hasta la segunda mitad del siglo XX, corresponden a un escenario geopolítico cada vez más asfixiante. Europa está reducida y tiene enemigos al acecho.

Con Estados Unidos que recupera la tradición de aislacionismo jacksonista, sumado al veneno retórico de Trump, el viejo continente se encuentra en una posición vulnerable. El Reino Unido pasa por sus propias turbulencias y con un talante rupturista. Si a ello se suma el factor Putin, con una avanzada agenda internacional de influencia contra occidente, pareciera que Macron se hartó de esperar y por ello fomenta un coletazo no tan agónico como pudiera pensarse.

El movimiento ajedrecístico de Macron tiene el aparente objetivo de mostrar músculo ante los caprichos de Trump, haciéndole saber que Francia, pese a todo, tiene un margen de maniobra al cual inclinarse. La mayor paradoja de este movimiento es lo que causa frente a Rusia. Vladimir Putin ha mostrado con sus acciones un deseo profundo de romper a la Unión Europea, así como a la OTAN (para su país será siempre preferible un occidente fragmentado), y de este modo el presidente de Francia si bien se aleja de Washington (beneficioso para Putin), podría enarbolar una fuerza transnacional considerable y sin ataduras, algo que no es beneficioso para Moscú.

Lo que es más, la movida de Macron deja patente que para Europa el Estados Unidos de Trump ya no es un aliado de fiar. Sin embargo, hay que apuntar que no es la primera vez que se da una situación similar.

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Tras la segunda guerra mundial, aunque dentro de los márgenes fraternos, Francia no ha dejado de ver con cierto recelo la posición de Estados Unidos. Para ellos fue un trauma que su lugar como gran potencia fuera desplazada por el nuevo mundo, un complejo que les ha costado encajar. Desde entonces Francia ha luchado por mantener su autonomía y seguir presente como una potencia de primer orden aunque a nivel militar o económico haya quedado rezagada respecto a las ultrapotencias que surgieron desde entonces.

La estrategia de Macron remite a lo ocurrido a finales de los años cincuenta y los sesenta con Charles de Gaulle como presidente de Francia. Ambas figuras cuentan con profundas diferencias: uno proteccionista, el otro liberal; uno pragmático y suave con Rusia en la posguerra, el otro combativo con el Kremlin… pero ante la vulnerabilidad de Francia, jugaron sus cartas de manera similar ante Estados Unidos.

Debido a la rispidez que su país vivía con Washington en aquellos días, de Gaulle subió el volumen a una idea sobre la que ya había girado en años anteriores: la urgencia de que Francia pudiera consolidar una independencia en materia defensiva. No depender tanto de los americanos. Para él, aunque Francia tuviera grandes amigos, la soberanía era bastante delicada como para estar a la merced de un país que manejaba otro idioma a miles de kilómetros de distancia.

A lo largo de la historia Francia ha pugnado por mostrarse como lo que es, un pilar de la civilización. Lo han intentado incluso en sus puntos más bajos, en los que a base de ingenio diplomático se han procurado, aunque con alfileres, una posición en la planta alta del concierto de las naciones. Nunca les ha gustado verse disminuidos.

De Gaulle ni siquiera sentía demasiado entusiasmo por la OTAN, ya que como entidad supranacional le restaba nombre y prestigio a su propia bandera. El concepto de integración en masa a nivel militar le preocupaba tanto como estar a la sombra de Estados Unidos como gran referente para resolver problemáticas internas y externas.

En 1956 la crisis del canal del Suez dejó a Francia, junto a la Gran Bretaña, totalmente rebasada. A partir de ese conflicto se asumió lo que ya todos habían adivinado. Ya solo existían dos grandes potencias. Estados Unidos y la Unión Soviética. Y aunque los norteamericanos asumieron la perspectiva y defensa de los países capitalistas, en el conflicto promovido por el hábil Abdel Nasser en Egipto quedó claro que, al menos por entonces, no estaban dispuestos a ser un brazo armado incondicional de los intereses ingleses y franceses.

Trump ha usado como argumento que Francia debe mucho a Estados Unidos por la salvación que les dieron en las guerras mundiales y que por tanto deberían doblegarse en humildad, pero como mencionó de Gaulle alguna vez, en ambas ocasiones lo hizo de manera tardía, en el caso de la segunda guerra mundial cuando los nazis ya habían tomado sus tierras.

La preocupación por el avance comunista hizo que de Gaulle tomara una postura más firme (aunque posteriormente llegó a coquetear con la Unión Soviética para balancear el tablero), de ahí que se pusiera en la mesa que Europa occidental, liderada por Francia y el Reino Unido, pudieran unirse al selecto grupo de países con armas nucleares. A Estados Unidos le parecía que entre menos países entraran en la dinámica, mejor. Pero la pérdida del monopolio atómico, con la sombra soviética a lo lejos, hizo que Europa pidiera ser salvaguarda adicional del mundo libre.

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Ante la reticencias de Eisenhower, de Gaulle incluso amagó con abandonar la OTAN. Los franceses creían que la “policía del mundo” debía ser tripartita y que cualquier decisión de la organización debía pasar por un consenso entre Washington, Londres y París.

De poco sirvieron las presiones. Estados Unidos mantuvo las reservas, y conservó, si acaso, su relación especial con el Reino Unido. No obstante, con ellos también había un serio desgaste. De Gaulle montó en cólera y ordenó que todas las armas nucleares de Estados Unidos saliera de territorio francés. Posteriormente, en 1966, Francia incluso salió del mando militar integrado de la OTAN.

Ante el diálogo sordo, de Gaulle tomó la determinación de mirar hacia otro lado. Si Estados Unidos no cedía, había que buscar otras opciones. Fue así que el presidente francés se acercó a Konrad Adenauer, el canciller alemán, con quien a principios de los sesenta firmó un tratado de amistad. A pesar de que Alemania y Francia eran rivales irreconciliables hasta mediados del siglo XX, los andares de la diplomacia son volubles y cuando la combinación se dispone, un bien superior puede redituar en el entendimiento con los en otrora contrarios.

Si bien el vínculo con Alemania occidental fue fluido (basado en un resentimiento compartido por el arsenal nuclear que se les vedaba y el plan que les unía de no hacer indispensables a los Estados Unidos), el acuerdo no trascendió como hubieran querido. La posición de Estados Unidos era demasiado fuerte y más allá de la pedanterías verbales del orgulloso de Gaulle no había líder alguno que pudiera confrontarlos. Del otro lado estaban Jrushchov y Brézhnev, opciones mucho peores.

Los esfuerzos por independizar la seguridad tenían serias limitantes: no eran nada sin la anuencia de la Casa Blanca. Lo cierto es que era una época en la que la mayoría de los países temían moverse demasiado ya que con ello podrían despertar reacciones contraproducentes. Y aunque existía un fuerte anhelo de contar con armas disuasorias particulares, nadie podía hacerle segunda a Francia en lo que respectaba a un rompimiento verdadero con EE.UU.

Cerca de 60 años después, Macron voltea de nuevo a Alemania en un intento de que una Europa militarmente poderosa pueda hacer frente a los riesgos del exterior, así como eliminar la excesiva dependencia que tienen ante un Estados Unidos hostil, que con Trump a la cabeza exige subordinación y un aumento de gasto por parte de los integrantes de la OTAN.

Falta ver qué tanto de ello es un blofeo por parte del presidente de Francia. Con una Angela Merkel entusiasta pero ya en retiro, y con un cuadro adverso en cuanto a popularidad dentro de sus propios fronteras, Macron corre el riesgo de tener pólvora mojada como antes la tuvo de Gaulle. No obstante, en tiempos de sumisión, un movimiento así de audaz no es desdeñable y, se concrete o no, podría causar alguna consideración en los Estados Unidos. Macron sabe que a base de palabras es posible hacerse de un asiento de primera fila y forzar el respeto de los americanos. Eso quizá también lo aprendió del gaullismo.
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Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2018.

Los políticos no son tus papás

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Los políticos no son tus papás. Tampoco son tus hermanos. No son ni siquiera tus tíos o primos. Y, bendito sea dios, no son tus sobrinitos ni tus amigos. Así que tranquilo, no los tienes que defender a capa y espada, como si en ello se te fuera la vida.

Los políticos están para servir. Y son merecedores de crítica. De ahí que sea tan desalentador cuando en una charla algún ciudadano se convierte en guardaespaldas del presidente, el gobernador o, habrase visto, de algún diputado en turno.

Claro, es válido apoyar a dicha estirpe cuando hacen algo bien en uno de esos eclipses de años bisiestos. El problema es cuando se vuelve un asunto pasional, ajeno a cualquier engranaje. Cuando el fanatismo es tal que no se deja que al político se le toque ni con el pétalo de una rosa.

Ante el menor comentario negativo, estos alfiles salen en defensa del poderoso en turno. Jalan para un lado y para el otro. De lo que se trata es que no le tumben una sola pluma al gallo, aunque él esté lejos y no se dé cuenta (ni le importe) que algún jovenzuelo le esté poniendo el pecho a las balas.

A la familia (que lo merezca) hay que defenderla con uñas y dientes. También a los amigos, si es que alguien osa ensuciar sus nombres. Pero no con los políticos. Ellos ya tienen suficiente con sus comitivas y con los altos sueldos que superan a la de la mayoría de sus votantes.

Los políticos, valga repetirlo, no son tus abuelitos (aunque ya anden seniles). No hay necesidad de justificar cada uno de sus tropiezos ni ponerte como alfombra para que ellos pasen entre la mugre.

Haz la prueba un día. Intenta, fuera de horarios de atención, ir a la casa de tu político de preferencia. Toca la puerta y dile que eres Agustín, el muchacho servil que lo ha defendido en redes sociales y en las sobremesas. Será difícil que te den un abrazo como agradecimiento, no se diga ya que te inviten un plato de sopa. Acaso el golpe de realidad pueda doler, tú que has sacrificado tu credibilidad por ellos, has sido desalojado por un elemento de seguridad.

Ya es hora de que te convenzas. Ellos están muy lejos. Manejan su propia agenda y provecho. Prefieren a comer con algún empresario, algún burócrata o con un párroco antes que reunirse contigo, el que tanto ha hecho por protegerlos. El que ha perdido amistades que osaron meterse con el amado líder.

Es válido tener intereses y que por tanto apoyes a determinado sujeto. Todos tenemos preferencias; filias y fobias que está bien perfilar antes de unas votaciones. Lo que es cuestionable es convertirse en un lamebotas perpetuo, que una vez concluido el proceso electoral se adopte el papel de una foca aplaudidora. Una sumisión absoluta, el arrastre como voluntariado. En efecto, las más de las veces la subordinación no te dejará un solo centavo.

Así que salvo que estés enganchado directamente a una plataforma política no tiene mucho caso hundirse en la complacencia. Recuerda que estás del lado del ciudadano. Y que como tal eres un contrapeso frente a los poderosos.

Es casi imposible, ya que pareciera ir contra cierta naturaleza humana, pero bien haríamos todos en formar un frente contra las malas acciones de quienes ostentan un cargo público. Ser inclementes y reclamar sin distinciones, mostrar especial severidad a quienes fueron beneficiarios de nuestro voto, los que con cada tropelía traicionan a quienes depositaron confianza en ellos.

No es recomendable tampoco el golpetear por golpetear, saboteando así cualquier proyecto de gobernanza. Esta es una práctica muy habitual de las sectas políticas quienes ansían la ruina social para luego ser ellos quienes se posicionen como una salvación. Los fanáticos tienen el revés de criticar en los otros aquello que consienten en los de su propio bando. Razón y rectitud son dos palabras que combaten a la desvergüenza.

La tiranías se amparan en buena parte en la mansedumbre de quienes miran a otro lado ante el abuso. No hay dignidad en ser cómplice del autoritarismo y la opresión. La ceguera intelectual denigra nuestra imagen y orilla a quienes la tienen a la pocilga de la historia.

La crítica es sana. Y en ambientes dominados por cúpulas ajenas a la población, es necesario que pongamos el dedo en la llaga. Cerrar los ojos es contraproducente. El debate y los cuestionamientos alumbran el panorama, esa inmundicia que algunos pretenden mantener en la sombra.

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Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2018.

Carmen Aristegui está en un aprieto

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El regreso de Carmen Aristegui a la radio mexicana fue, sin lugar a dudas, una de las noticias más agradables del 2018. Más allá de que se puede coincidir o no con su línea y estilo, es una periodista importante, amena y de buena intención. Voces como la de ella son un bálsamo para ofrecer un contrapeso en una escena dominada por intereses políticos turbios y lejanos a la sociedad.

Para ella, no obstante, hay un aprieto inminente. Por primera vez en su carrera le tocará desenvolver su trabajo desde un sexenio dominado por la izquierda en el poder. Su público, que la ama y tiene como principal referencia, es de espíritu afín al nuevo gobierno. Y aunque hasta la fecha todo ese auditorio la ha celebrado por combatir desde los medios los excesos de los políticos, esta vez la tendencia se le puede revertir.

Eventualmente Aristegui y su equipo se verán ante la disyuntiva de retratar algún tropiezo mayor del gobierno federal. Y aunque en primer término lo que corresponde es emitir una crítica tan severa como la que siempre se ha dado al séquito presidencial, ahora ella tendrá que asumir el alto precio que significa ir en contra de la postura de buena parte de quienes la escuchan, un perfil muy entusiasta de todo lo que rodea a la llamada “cuarta transformación”.

El ambiente de excepción que reinará en México los próximos años, impulsado por un mandatario con un respaldo popular nunca antes visto en la historia moderna del país, pondrá en dificultades a todos los que se atrevan a ir a contracorriente. Pero quizás ningún periodista nacional pueda resentirlo en la misma medida que Carmen, una comunicadora que en todo momento ha gozado del cariño de la gente. Y quizás ninguna voz sea tan requerida como la de ella, para equilibrar a las fuerzas en juego.

De cara a la percepción ciudadana, criticar a Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón —los más inmediatos ex presidentes— hace ganar enteros, como debe ser para un periodista. Una investigación sustentada acerca de torpezas o casos de corrupción de cualquier servidor público eleva a quien lo elabora, por tratarse de un hallazgo que rompe con la inmundicia de quienes abusan de sus puestos.

Con Andrés Manuel López Obrador y su círculo íntimo, en cambio, es distinto. La crítica contra el equipo de Morena, infundada o no, conlleva un alto precio para quien la profiere. Incluso se convierte en un estigma. Una persecución discursiva que irradia desde el mandamás hasta su base electorera. No son pocos los que han sucumbido ante la presión. La autoridad moral Andrés Manuel es, en apariencia, impenetrable

Es probable que llegue el punto en que Aristegui deba decidir entre el rigor profesional y el seguir con el respaldo incondicional de su audiencia. Será ahí cuando tendrá que ser más periodista y fría que nunca y si para ello debe sacrificar la anuencia de quienes la han encumbrado, deberá hacerlo.

Hasta el 1 de diciembre, Carmen Aristegui y su equipo seguirán administrando el capital que supone la denuncia de los excesos y canalladas de la administración saliente. Pero al poco rato tendrá que voltear, analizar y poner el dedo en la llaga en los de recién ingreso.

Carmen Aristegui ha enfrentado riesgos de distinta índole a lo largo de su carrera. Presiones gubernamentales, resquemores de empresarios y afrentas a su seguridad. Pronto emprenderá una batalla con la mejor herramienta que tiene: su ética laboral. La misma con la que tendrá que decidir si va con todo, sin concesiones, o si prefiere voltear para otro lado cuando lleguen los copos de indecencia que todas las castas políticas tienen y que no necesariamente vendrán del jefe del ejecutivo.

Ya en mayo 2017 la periodista probó una dosis de lo que acaso se vuelva la norma en los próximos años. Luego de una entrevista tensa con López Obrador, a propósito de la rocambolesca atmósfera que se vivía en Veracruz (con Yunes, Duarte, Eva Cadena y otros angelitos), en redes sociales y en plataformas de YouTube hubo comentarios en su contra, por la forma severa con la que abordó el tema con el tabasqueño. Aquello solo fue una pequeña probada de lo que podría venir en el ejercicio sostenido de lo noticioso.

La cisma ocurrida por la portada de Proceso dedicada a López Obrador en noviembre de 2018 (“El fantasma del fracaso: AMLO se aísla”) es otra muestra de lo que puede ocurrir ante los críticos no tradicionales. Proceso, otro medio de alto aprecio entre los círculos de izquierda, fue de pronto vapuleada por cierto sector de seguidores ortodoxos, quienes no conciben dudas ni cuestionamientos.

Más allá de las manifestaciones provenientes del propio presidente, un sector considerable de la ciudadanía está en vena de desacreditar a cualquier voz que ose ir en contra de un movimiento que representa algo tan poderoso como lo es la esperanza.

Tal será una dimensión que los periodistas deberán tener en cuenta desde sus propios espacios. Carmen Aristegui tal vez sea quien más tiene que perder. Pero también la que más tiene que ganar en concepto de integridad.

A eso debe abocarse. A estar a la altura de su propio nombre. A seguir haciendo periodismo, no militancia. Sea cual sea el precio. Sean cuales sean las implicaciones. Al periodista no le toca ser amigable con los poderosos. Antes que el aplauso o la complacencia, está el valor de la honradez.
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Publicado originalmente el 12 de noviembre de 2018.

La derecha se levanta (y la izquierda le ayudó)

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La victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil selló con fuego una tendencia conocida ya desde hace varios meses: la resurrección de la extrema derecha a escala global. Por tratarse de un país clave de Latinoamérica, lo de Bolsonaro significa el golpe más contundente en la materia desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en el año 2017.

Ese dúo tan infausto no está solo. A ellos hay que sumar una serie de brotes que han surgido a lo largo del mundo en los últimos años. Líderes de tendencia conservadora con ideas aislacionistas, xenófobas y directamente hostiles frente a las minorías.

Matteo Salvini como ministro de interior en Italia, Viktor Orbán como primer ministro de Hungría, Rodrigo Duterte como presidente de Filipinas, así como las fantasmales (y aterradoras) presencias que han hecho personajes como Nigel Farage, Geert Wilders y Marine Le Pen, son solo algunos ejemplos adicionales que dan cuenta de una visión extendida. Ya no es un caso aislado, se trata de un auténtico modo de hacer política que atiza a los peores sentimientos humanos para hacerse del poder.

Llegados a este punto cabe preguntarse cómo algo así es posible. Cómo es que actitudes que se creían ya superadas brotaran en serie alrededor de un planeta que se creía ya ilustrado y con un notable avance formativo.La popularidad de estas alternativas de ultraderecha próximas al fascismo solo pueden explicarse por una insatisfacción con el orden establecido que durante algunos lustros tiró, con sus variantes, a la socialdemocracia.

Si bien en términos macroeconómicos y sociales la humanidad parece ir en la ruta correcta, los baches que existen en distintas zonas, especialmente en occidente, son causantes de un efecto secundario: clases medias agotadas en busca de una redención. Una mala lectura de la problemática conduce a muchos ciudadanos a confiar en populismos que con respuestas sencillas (y erradas las más de las veces) encandilan a quienes llevan tiempo sin una satisfacción.

Tras más de una década dominada por una especie de hegemonía de la izquierda en varios sectores del globo, los excesos, torpezas y la corrupción que anidaron en lo que en su momento se presentó como una alternativa decente terminaron por decepcionar.

El fracaso del socialismo del siglo XXI comandado por Hugo Chávez es un ejemplo de ello. Si hace 10 años Sudamérica estaba dominada por gobernantes de izquierda combativa, para 2019 el panorama es inverso. Los yerros y excesos de los Kirchner y Lula Da Silva, entre otros, hicieron que los pueblos de sus respectivos países tornaran hacia opciones contrastantes. A veces moderadas y en otras extremistas, como ha ocurrido en Brasil.

Europa y Estados Unidos, por su parte, presentan particularidades. De manera especial el viejo continente se ha visto rebasado por las nuevas dinámicas del mercado internacional, en donde ya no son los actores protagónicos que alguna vez fueron, y en donde las tendencias monetarias están más bien dominadas por potencias emergentes de población joven como las que hay en Asia. Los gobiernos europeos no han sabido dar respuesta a la crisis y al paro que día a día asolan a una población cada vez más agitada, seres sedientos que, en plena vulnerabilidad, se dejan seducir por los agoreros en turno.

Ahí es donde la derecha rancia entra en todo su esplendor con su especialidad: el divisionismo, el buscar enemigos externos que son los culpables de todo; ostentando el proteccionismo y un control férreo como antídotos ante la barbarie.

Curiosamente son dogmas que, en esencia, coinciden en fondo con la extrema izquierda. Los dos contrarios se fortalecen el uno al otro. Cuando uno se descompone el otro toma la batuta y viceversa.

El descontento parece ser la norma a nivel global y en medio de la desesperación se sigue al primer flautista de Hamelin que con el carisma suficiente pueda conquistar. La gente está ansiosa de probar cosas nuevas, solo por el mero hecho de serlo. El hartazgo es tal que ya no domina la razón, sino el disparate. El dar mil tiros a ver cuál pega.

El enojo que anida en la población trasciende a lo meramente económico y está empapado por cuestiones culturales que se infiltran en la cotidianidad. El progresismo, con su agenda políticamente correcta que ha ahogado las libertades individuales y de expresión, ha contribuido también a una confrontación que acaba por salirle por la culata.

Cuando un extremismo se cree dueño de la verdad y abusa de su posición de poder, el resultado no es la desaparición de la contraparte, sino la radicalización de la misma que se alimenta y toma fuerza de su gemelo antagónico. Los extremos, en efecto, se tocan y cuando uno de ellos adquiere demasiado peso, el triste resultado es que surgen locuaces similares del otro lado, aunque con sus respectivos venenos ideológicos.

El ascenso de la derecha no llegó por generación espontánea y corresponde más bien a un proceso que desde hace años estaba marchito aunque muchos se negaran a verlo.

En esto tenemos un poco de culpa todos, por no haber creado una conciencia colectiva lo suficientemente fuerte que pudiera ofrecer un escudo contra los mesías en turno.

Durante más de un decenio nos acostumbramos a ver en acción a la demagogia provenida del socialismo más rancio. Y muchos de los que ahora saltan indignados por la victoria de Bolsonaro y los excesos de Trump (lo cual es encomiable), fueron cómplices de prácticas nocivas, pero aplicadas del otro lado de la cancha; autoritarismos y atrocidades de la izquierda regresiva que eventualmente terminaron por agotar la paciencia de gente que se dejó llevar por el primer sinvergüenza que se le atravesó.

Es el péndulo inclemente de la historia que barre con todo lo que está en medio.

Aquellos que solaparon a Fidel Castro y a Hugo Chávez, y todos aquellos que voltearon a otro lado cuando la corrupción hizo raíces en los políticos que alguna vez apoyaron, tienen que hacer serio ejercicio de autocrítica. Igual los que defendieron en su momento a Daniel Ortega o los que le ríen las gracias a Putin o a Kim Jong-un. Ese relativismo es el culpable de que gente con las mismas convicciones nocivas (pero desde el otro extremo ideológico) haya tomado fuerza.

El ascenso de los Trump, Rodrigo Duterte o Bolsonaro procede de una insatisfacción y una rabia similares a las que llevaron a los Chávez y a tantos otros al poder, con los resultados que están a la vista. No nos olvidemos que todos ellos, nos guste o no, recibieron el respaldo de millones de personas.

Es indudable que hubo muchos otros factores en juego, pero esa confrontación y ruptura —promovida por muchos charlatanes— ha jugado un papel importante para vernos inmersos en estos pelotazos entre populismos de derecha a izquierda que no nos dejan bien parados.

Decía Henry Kissinger que la demagogia reside en la capacidad de infundir emoción y amargura al mismo tiempo. A partir de ahí se podría proponer una solución y, por disparatada que esta fuera, se lograría obtener la bendición popular. La estrategia de siempre: buscarse de un enemigo y luego erigirse como el salvador, aquel que tiene el poder mágico para resolverlo y acabar de un plumazo con él. A ellos hay que combatir.

En la medida de nuestras posibilidades toca permanecer alertas y apelar a costumbres desgraciadamente un tanto en el olvido como son la razón, la seriedad y la mesura. Ser críticos con los poderosos, sean quienes sean. Hacer la sensatez grande de nuevo.
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Publicado originalmente el 5 de noviembre de 2018.