En el centenario de Salinger

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Los que de verdad me vuelven loco —decía Holden Caulfield— son esos libros que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle cuando quisieras.

El protagonista de El Guardián entre el Centeno tenía razón: “eso no pasa mucho”. Y uno de los que logró en su escasa pero expansiva obra fue precisamente su creador, J. D. Salinger.

De Salinger hay mucho que decir y a la vez es preferible no hacerlo. Quienes lo han leído a profundidad saben que con él se guarda un pacto de confianza. Pese a las altísimas ventas que aún tiene, su decisión de mantenerse a sí mismo y a su obra dentro de unos márgenes de silencio es una cuestión que se debe respetar, incluso cuando ya ha fallecido. Ni su imagen ni sus libros ni sus personajes han de vulgarizarse en la primera fantochada que se atraviese.

Cerrarse de lleno a las adaptaciones cinematográficas, así como abstenerse de dar entrevistas le dotaron de un atractivo misterio, además de que nos libró, en parte, del bochorno de verlo estampado en playeras de rebajas o en marquesinas de productos de moda, como tanto le asqueaba para lo suyo.

Que con un artista lejano (geográficamente) se adquiera una actitud tan dogmática solo queda explicado dentro de sus propios trabajos. Quien se acerca a Salinger en el momento oportuno establece con él un vínculo especial distinto al que se tiene con otros autores. Descifrar su secreto se vuelve complicado, incluso ridículo. Aun así resulta pertinente mencionar que bajo su estela encontramos elementos tan indispensables como la recuperación de algo que creíamos perdido, así como una complicidad, una voz que sale al estrado para expresar las angustias juveniles para lectores que se encontraban en la orfandad emotiva.

Era justo eso que decía el señor Antolini en una conversación con Holden, aunque este último reaccionó con cinismo:

“Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que alguna vez estuvo confundida, asustada e incluso enferma por el comportamiento humano. No estás solo de esa manera, estarás emocionado y estimulado para saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan preocupados moral y espiritualmente como ustedes ahora. Afortunadamente, algunos de ellos mantuvieron registros de sus problemas”.

Tal elemento es invaluable y posiciona a Salinger como uno de los personajes más entrañables que hubo jamás. Tanto es así que se cuece aparte en cualquier juicio literario. Era esa manera de escribir tan única la que alimentó a generaciones enteras a través de una redención personal que de algún modo ansiaba en cada línea.

La guerra se convirtió en una cicatriz que impregnó páginas enteras venidas de su pluma. Nunca pudo olvidarse del olor de la sangre. Por ello, detrás de la genialidad y la ternura se adivina un espectro inquietante, la sombra de lo que no llegó al puerto añorado y que a cada instante revela un gramo de extravío.

De cualquier modo, lejos de aventarse al precipicio, el escritor norteamericano optó por la espiritualidad y la desconexión con el medio, además de voltear a lo poco que consideraba aún impoluto: los niños y jóvenes a los que admiraba tanto. Para él, dichos seres, sin darse cuenta, contaban con la inocencia y valor que con el pasar de los años perderían en una adultez que percibía como siniestra. En el fondo, aguardaba a la oportunidad de salvar aquella pureza que contemplaba a distancia como se observa a las aves de primavera.

Era lo que ocurría cuando Holden miraba a su hermana pequeña en el carrusel. Fascinado, sí. Pero consciente de que él ya nunca podría ser parte de ello, aunque estuviera tan solo a unos metros de distancia.

Los libros de Salinger están poblados de adolescentes rebosantes en sentimientos e inteligencia. Nunca subestimó a los menores de edad y por el contrario veía en ellos fuente de una extraña sabiduría. Además, los dotaba de una fuerte carga de desprecio por un mundo exterior que se percibía como adverso y hostil, un cansancio que se extendía a círculos sociales conformados por phonies ansiosos por distinguirse e ir a alguna parte o ser de interés para el resto. Así lo exponían los integrantes de la familia Glass.

En el universo de Salinger había otro factor, sus personajes solían pasar por malas rachas o permanecían en un descarrío de amplia magnitud. Igual que él, como llegó a revelar en una carta, no logran integrarse ni hacer migas como ocurría con el resto de la sociedad. No encajaban. Lejos de lamentarse, daban a la causa la calidad de superado; estaban ya del otro lado del río donde si acaso miraban el panorama con un rastro de melancolía.

La cuestión en que los otros no se daban cuenta de ello. Todo ese colorido interno, esa agitación de la mente y las angustias varias del corazón, eran pequeñas galaxias solo perceptibles para quien entraban en la intimidad de la escena, ahí en donde ocurrían diálogos tan vivos que no venían tanto de la literatura, sino de una serie de humanos más reales que tu vecino.

Pues bien, Salinger rompía con la pared textual y guardaba cortesía al reconocer el hermoso y bullante jardín que había dentro de su audiencia, compuesta por muchos tímidos, callados, inadaptados y solos.

En Seymour: una introducción, uno de los relatos donde la relación autor-lector se vuelve más profunda a través de la guía de Buddy Glass, cabe lo mismo la filosofía que el proceso creativo. Salinger, imponiéndose al tiempo y las dimensiones, le habla directo a quien ha depositado la confianza en él; le ofrece calidez, compresión, un refugio. Para escribir aconsejaba elegir con el corazón. Recordar el tipo de creación que se quería y dejarse llevar con honestidad, buscando el punto. “Eres un artesano digno de crédito”, como decía Seymour. “Daría cualquier cosa por verte escribir algo, cualquier cosa, un cuento, un poema, un árbol que real y verdaderamente te saliera del corazón”.

Eran ese tipo de detalles que hacían a muchos derrotados y alienados sentirse importantes. Alguien por fin se dirigía a ellos. Y de una forma tierna y considerada. Un gesto que uno no siempre encuentra en las calles. A su modo era un legado con el que nadie más se podría comparar.

Franny Glass se lamentaba no tener a alguien digno de verdadera admiración. A J. D. Salinger, nacido en 1919 y fallecido en 2010 se le tenía tal tipo de respeto, pero sobre todo se le quería. Como un amigo, como un guía A cien años de su paso por la Tierra no queda más que estar agradecidos y levantar un sándwich (sin mayonesa) en su honor.

Jo.

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Amos Oz contra el fanatismo

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Foto: David Sillitoe

Amos Oz fue uno de esos escritores que hasta el final lucharon por convicciones morales acordes a la turbulencia de su época. Ya fuera a través de sus obras de ficción, sus ensayos o sus apariciones en la arena pública, fue alguien preocupado por los conflictos que acechaban en distintos flancos, en especial lo que concernía a la religión, la historia y las disputas entre colectividades.

El escritor israelí dejó varias lecciones para la posteridad, quizá la más importante de ellas tenía que ver con su estudio del fanatismo, ese veneno que inunda mentes hasta marchitarlas. Solía decir que se trataba de la peor epidemia del siglo XX… y más allá. Según sus propias palabras, el fanatismo antecedía a las religiones y era prácticamente un gen defectuoso en la naturaleza de los seres humanos.

En el libro “Contra el fanatismo”, una lectura imprescindible que debería repartirse masivamente en todos los idiomas, Amos Oz decía que la semilla del fanatismo provenía de una actitud de superioridad moral que cerraba de lleno al involucrado a entender otras posturas. Con frecuencia, aseguraba, esto venía acompañado de un culto a la personalidad, una “idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores”. Un vicio que, además, acostumbra a propagarse de boca a boca, de padre a hijo y generación a generación. Un afán de adoctrinar a los demás, de sentirse parte de una iluminación, asumirse en lo correcto por una simple convicción sin atender a criterios de objetividad alguna.

Como se puede apreciar, las ideas de Amos Oz están vigentes y reivindicarlas se antoja como una tarea muy importante en tiempos donde la política y el orden social han derivado en un torbellino que pega a todos los continentes.

Amos Oz no se dejaba engatusar por ilusiones vagas, prefería la observación pragmática y seria. Era un especialista sosegado, quien entendía que la historia no era tan simple como una guerra entre ángeles y demonios. Entre más pronto pudiera entenderse la psicología del otro, mejor. Detrás de las actitudes bélicas suele haber dolores. No se trata de deshumanizar a quien esté enfrente; por mucho que existan diferencias todas las partes son humanas, con las virtudes y defectos que acarrea su paso por la tierra.

Como un tipo nutrido de la curiosidad, era alguien que reflexionaba, cuestionaba, sonreía. Tales características, tan sencillas como parecen, conformaban un verdadero portento. Son cualidades que no muchos conservan en su vertiente más pura. Tuvo además una cara amable. Como él mismo señalaba, es el humor y la curiosidad lo que separan al intelectual del fanático. El primero duda, lanza críticas, se retracta, pregunta. El segundo vive conforme con una versión, el dogma que asumen como móvil de existencia y al que no osan contradecir para no dejar caer el castillo de naipes al que se han entregado sin miramientos; los fanáticos no ironizan, tienen miedo de faltarle el respeto a la causa, a un ente que consideran como intocable.

Su lectura del conflicto palestino-israelí era ejemplar, sin caer en posiciones extremistas ni tirar para ninguno de los lados. Entendió que la enfrentamiento no era una película del viejo oeste. “No es una lucha entre el bien y el mal”, aseguraba, más bien se trataba de una tragedia, “un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana”.

Además de ser partidario de la creación de los dos estados, apuntaba que uno de los primeros pasos para suavizar la relación era el de pactar un acercamiento y ser solidarios con los dolores y visiones ajenas.

Si bien no se definía como pacifista, ya que entendía bien que la fuerza es necesaria para contener a los tiranos y a las agresiones de los demás, también estableció que las heridas no iban a sanar a base de garrotazos.

Por ello hizo una campaña constante por la empatía. El esfuerzo para entender al otro. Y a la vez nunca quiso asumir el papel de la sumisión, el de pasar de largo ante la barbarie. Tenía un gran sentido del deber y del compromiso. Combatía, eso sí, desde las ideas. La batalla que aconsejaba debía librarse también en las conversaciones, ante esos fanáticos en potencia a los que aún se les podía hacer entrar en razón, al igual que identificar los vicios propios que pudieran derivar en una ceguera analítica.

Amos Oz honraba su propio intelecto al contar con un atributo no muy común en el orgullo de los hombres: la autocrítica y la capacidad de leer el panorama desde una óptica ecuánime, sin dejarse llevar por respuestas fáciles, reafirmantes o consoladoras. Buscaba la rigurosidad, asumía la realidad tal cual era (aunque sabía bien que no era infalible) y desde ese punto partía a dejar indicios de lo que podía abonar al debate.

Fue severo cuando debía contra gobierno israelí ya que supo bien que el amor por los suyos y por su hogar no estaba peleado con el muy sano desacuerdo. Pese a recibir una educación nacionalista y tendiente al mesianismo, supo dar espacio a la sensatez y a ver la situación bajo su propios márgenes, no los que le eran impuestos. Fue igualmente alguien que sabía expresar sus ideas sin el embuste de la pomposidad. En conferencias daba voz a aquellas personas y corrientes que de vez en cuando, en conversaciones casuales, le manifestaban sus inquietudes.

Su presencia se echará en falta en tiempos donde el caos del mundo moderno ha derivado en una pléyade de demagogos que en distintas latitudes se encargan de erigirse como salvadores a través de posturas vacías que en su hechicera sencillez no alcanzan a atender a los problemas complejos de fondo, y por el contrario echan gasolina a un incendio ya difícil de controlar.

La obra de Amos Oz es un antídoto para inmunizarse ante aquellos que polarizan, los que dividen entre blancos y negros y quienes con su dedo pretenden señalar a los inocentes como si fueran una plaga. Esta peste se manifestaba “en todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista”, dijo en una entrevista a El País.

Eran estos tiranos populistas a quienes identificaba como maniáticos de las “respuestas de una sola frase, respuestas que señalen sin ninguna duda a los culpables de todos nuestros sufrimientos, respuestas que nos aseguren que, si aniquilamos y exterminamos a los malvados, al instante desaparecerán todos nuestros problemas […] y así abrir de una vez por todas las puertas del Paraíso”, según apareció en “Queridos fanáticos”, el último de sus libros editados en español.

El fallecimiento de Amos Oz a los 79 años deja una especie de orfandad. Sus seguidores no podrán escuchar más su voz ni deleitarse con su aparición en eventos o ante medios de comunicación. El paso del tiempo jugó su papel inclemente. Queda, por fortuna, el faro de su trabajo que fluye todavía. Ahí donde cualquiera puede refugiarse y encontrar un horizonte. Un legado que muestra que la realidad está abierta. No hay sentencia definitiva que explique lo cotidiano bajo reglas universales. Queda el escrutinio, la sensibilidad y la misión que con responsabilidad debe plantearse cada día.

Donald Trump no es Ronald Reagan

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Donald Trump no es Ronald Reagan. En este punto ha quedado claro para casi cualquiera, pero no está de más recalcarlo para poner en su justa dimensión a cada personaje.

Desde que Trump se erigió a sí mismo como aspirante paras las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, tanto él como algunos de sus seguidores quisieron trazar paralelismos entre su candidatura y la que en su momento representó Reagan, ambos outsiders y con notable pragmatismo en sus políticas y sencillo uso del lenguaje, muy propio de sus líneas no ortodoxas y escaso vínculo con la prudencia académica.

La supuesta influencia quedó sellada cuando Trump eligió como eslogan de campaña el célebre (y poderoso, hay que decir) Make America Great Again, un versión del Let’s Make America Great Again que Reagan utilizó en 1979 para llegar a la presidencia en 1980, en tiempos también complicados para la economía estadounidense.

La frase, y esto es una cuestión que se comenta poco, de hecho viene de más atrás, y fue utilizada por primera vez en 1950 por el partido conservador en el Reino Unido, incluso por una de sus más jóvenes representantes: una tal Margaret Thatcher (en aquel entonces Margaret H. Roberts) que con 24 años llegó a utilizar el Make Great Britain great again, con el que no tuvo mucho éxito en las elecciones generales en las que fue derrotada por Norman Dodds en su lucha por el escaño de Dartford.

Aunque algunos siguen encontrando en Trump ese aire fresco que en su momento Reagan representó para revitalizar la imagen de Estados Unidos ante el mundo, es evidente que existe una distancia abismal entre uno y otro. Principalmente porque Ronald Reagan era un caballero.

Con sus virtudes y defectos, el espíritu religioso y de cowboy llevó a Reagan a ser alguien osado en su forma de hablar, pero al mismo tiempo respetuoso. Lo era hasta con sus adversarios contra los que utilizaba de forma recurrente el sentido del humor. De algún modo sus ataques tenían algo de afable que aunado a su carisma natural lo llevaron lejos en la carrera.

En contraste, Trump es soez, inclemente y resulta antipático en casi cualquier aspecto posible. Ronald Reagan estaba conformado por una serie de valores y una sensibilidad notable para atender la realidad. Era un hombre de familia, alguien sonriente y de alta estima por la figura de las mujeres, las minorías y aquellos en situación vulnerable.

Y hay mucho más. Dejando de lado los rasgos personales, hay puntos que separan por completo a ambas figuras, por más se les pretenda ver como equivalentes en lo que respecta al modo republicano de incentivar el capital como concepto básico de acción.

Donald Trump es proteccionista en lo económico y atiza a los peores sentimientos del pueblo norteamericano, mientras que Ronald Reagan apeló en todo momento a los valores universales de su país como una guía que pudiera alumbrar al resto de las naciones en la vertiente mesiánica que durante años caracterizó a la política exterior estadounidense.

En 1988 Ronald Reagan pronunció un mensaje en la radio que parecía premonitorio de lo que vendría con Trump años después, quien en aras de un malentendido supremacismo político-electorero ha fracturado la relación con amigos históricos, en especial en lo que respecta a Europa, Asia y México, con quienes más de una vez ha entablado verdaderas guerras comerciales.

«Todavía en la actualidad, el proteccionismo es usado por algunos políticos estadounidenses como una forma de nacionalismo barato, una cortina de humo para aquellos que no desean mantener la fortaleza militar de Estados Unidos y que carecen de la voluntad de enfrentar a nuestros verdaderos enemigos: los países que están dispuestos a usar la violencia contra nuestros aliados».

«Nuestros pacíficos socios comerciales no son nuestros enemigos; son nuestros aliados. Debemos cuidarnos de los demagogos que están preparados para declarar una guerra comercial a nuestros amigos —debilitando así nuestra propia economía, nuestra seguridad nacional y al mundo libre por completo— mientras de forma cínica ondean la bandera de los Estados Unidos».

Ronald Reagan sabía que el libre mercado y la expansión del comercio no significaba un riesgo para Estados Unidos. Más bien representaba el triunfo de los ideales americanos que llevaban prosperidad a quienes respetaban los derechos individuales y daban cauce al potencial de su gente.

Pero si hubiera que encontrar un rasgo distintivo, aquel en el que mejor queda patente la distancia entre ambos personajes, no cabe duda que tendría que apuntar a sus visiones contrapuestas en lo que respecta a la inmigración.

Trump ha enarbolado una retórica xenofóbica y antiinmigrante en su trayectoria dentro de la política. Aparte de una convicción individual, se ha tratado de una forma de llamar la atención y de lucrar estratégicamente con la parte más primitiva y prejuiciosa de su base electoral. Lo ha hecho sin contemplaciones, hablando de muros y generalizando como criminales a quienes buscan una oportunidad lejos de casa.

Ronald Reagan por el contrario fue un gran defensor de los inmigrantes y el papel imprescindible que juegan en cualquier parte del globo. Supo leer la importancia que los foráneos han tenido para fortalecer a Estados Unidos hasta convertirlo en la potencia más grande en la historia de la humanidad.

Así lo manifestó cuando luchó por la candidatura republicana frente George H. W. Bush, en tiempos donde ya había discusiones encendidas y reclamos que un sector de la población tenía contra los inmigrantes, a quienes algunos acusaban de estar quitándole sus espacios.

En uno de los debates de la campaña en 1980, ante una pregunta expresa de un ciudadano texano que le cuestionaba si había que aceptar a niños sin papeles en las escuelas de Estados Unidos, Reagan fue firme al mencionar la relación que debían tener con México.

Implantó una idea fundamental: por el bien de ambas partes, los países vecinos estaban condenados a entenderse.

«Creo que ha llegado el momento de que Estados Unidos y nuestros vecinos, en especial nuestro vecino del sur, tengan un mejor entendimiento y la mejor relación que jamás hemos tenido. […] En vez de hablar de poner una valla entre nosotros, por qué mejor no trabajamos en reconocer nuestros mutuos problemas, haciendo posible para ellos [los inmigrantes mexicanos] venir aquí legalmente con un permiso de trabajo. Y de este modo, mientras trabajan y ganan dinero aquí, también pagan impuestos aquí. Y cuando quieran regresar a sus lugares de origen puedan hacerlo y cruzar. Y abrir así la frontera en ambas vías, entendiendo sus problemas. Esta es la única válvula de seguridad que tienen en este momento, con esos niveles de desempleo que padecen… la válvula probablemente evita que colapsen».

En 1986, ya como presidente, Reagan promulgó la famosa Ley de Reforma y Control de Inmigración, que aunque puso candados a la contratación de trabajadores en situación irregular, dio amnistía y abrió las puertas a cerca de 3 millones de indocumentados que estuvieran dispuestos a llevar un modo honesto de vida.

El presidente dijo que el objetivo era establecer un sistema razonable, justo, ordenado y seguro (palabras que resuenan en el reciente Pacto Mundial sobre Migración) “sin discriminar en forma alguna alguna forma a ningún país en particular ni a su gente”.

Con el paso de los años, el también actor se volvió aún más incisivo al respecto. El 19 de enero de 1989, horas antes de dejar de ser presidente, Ronald Reagan dio su último discurso bajo la investidura del cargo. Una exposición conmovedora que dio acompañado de su esposa Nancy. En él, casi como profecía, se refirió a lo importante que sería defender a los inmigrantes como factor decisivo en la primacía de Estados Unidos como potencia.

«Como este es el último discurso que daré como presidente, creo que es adecuado dejar un pensamiento final, una observación acerca de un país que amo. La idea se entiende mejor en una carta que recibí no hace mucho. Un hombre me escribió y me dijo: “Puedes irte a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquier persona, desde cualquier rincón de la Tierra, puede venir a vivir a América y convertirse en americano».

«Sí, la antorcha de la Estatua de la Libertad […] representa nuestra herencia, el pacto con nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados», añadió Reagan. «Esa dama es la que nos da nuestro gran y especial lugar en el mundo. Porque es la gran fuerza vital de cada generación de nuevos estadounidenses que garantiza que el triunfo de Estados Unidos continuará sin igual en el próximo siglo y más allá. Otros países pueden tratar de competir con nosotros; pero en un área vital, como un faro de libertad y oportunidad que atrae a la gente del mundo, ningún país en la Tierra se acerca».

Si Estados Unidos es grande no ha sido por la cerrazón ni por hacer caso a charlatanes. Si Estados Unidos llegó a ser la gran superpotencia del siglo XX fue debido, entre otras cosas, a la apertura, al respeto de la legalidad y la justicia y a la idea de que podías hacerte de un lugar si estabas dispuesto a trabajar duro por él. Fue así como Estados Unidos logró vencer al monstruo de la Unión Soviética: respondiendo con libertad y pluralidad a la tiranía y al aislamiento.

Estados Unidos es el ejemplo de que la inmigración no debilita, al contrario, fortalece. Fue así que se convirtió algo así como en la selección de “Resto del mundo” que acogió a individuos de orígenes diversos que lograron enriquecer su tierra y sus instituciones. Trabajadores de origen europeo, latinoamericano, asiático, africano y de todos lados aportaron su respectivo grano de esfuerzo.

No, Donald Trump no es Ronald Reagan. Patti Davis, la hija de Reagan, lo manifestó hace tiempo. Su padre jamás respaldaría el comportamiento grosero, mezquino y demencial de quien ahora ocupa y deshonra a la Casa Blanca. Estaría horrorizado con él.

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La pertinencia de un cocktail

En un cocktail puede hallarse el preciosismo hecho bebida. El trago en la copa está compuesto de varios elementos que dibujan su propio ecosistema, una arquitectura compacta en la que nada debe echarse de menos. El trago exige un tono preciso. Tener propuesta o, por qué no, personalidad. Nada debe estar de sobra, aunque la rebeldía no se desdeña. El cocktail es la alquimia de alguien dispuesto a la búsqueda, ese que va más allá de lo establecido y que se atreve a dar con la combinación definitiva.

El origen del término cocktail está disputado. Una de las teorías incluso apunta Campeche, México, en donde supuestamente marineros ingleses se impresionaron cuando un cantinero utilizaba una planta llamada cola de gallo para revolver bebidas que preparaba. Así fue que, dicen unos, se popularizó el término cock’s tail para referirse a esas mezclas tan cautivantes.

En cambio otros aseguran que el colorido de esos menjurjes era el que remitía a la cola de un gallo y de ahí lo demás. Las versiones tienen igual o menor validez que tantas que se remiten a otras latitudes y a otros siglos tan lejanos como el XVIII, lo mismo en Londres que en Estados Unidos. Poco importa en realidad detenerse en ello si en cambio se puede hablar del encanto de una preparación que a lo largo de las décadas ha alumbrado días de pe a pa.

Como bien dice Javier de las Muelas, una autoridad en el ramo, el cocktail es una bebida eminentemente social. A diferencia de las ocasiones en la que se recurre a la cerveza o a los destilados sin añadidos, con la muy comprensible premura (ahí en donde no hay tiempo ni ganas por la mixología), en el cocktail hay una disposición para el encuentro, el ceder un trazo de voluptuosidad que se comparte en duelos y danzas de borrachera con la compañía, ya sea la pareja, un amigo o el bartender que cuida nuestra soledad a lo lejos.

Beber este tipo de tragos debe hacerse con cierta responsabilidad. El cocktail es una amante engañosa y tras la seducción del sabor puede llevar a quienes se acercan a una una embriaguez inconveniente o prematura. Algunas de sus versiones, como el martini seco, son una ofrenda al exceso; por eso es mejor discurrir a paso lento para que la diablura cristalina no caiga por sorpresa. Salvo que tal sea el objetivo, claro: acabar derrumbado. Muy respetable.

La baraja de opciones es tan amplia como el ingenio humano lo ha permitido. Hay cocktails para distintas horas del día y para el frío y el calor y los hay para beberse en determinados ambientes, circunstancias y locaciones específicas. Unos están destinados para la noche, otros son convenientes para disfrutarse bajo el sol en una terraza. La versatilidad es la norma y si se tiene la vena de aventurero uno mismo puede crear alguna joya disuelta que pase a la historia.

No está de más recordar que el cocktail es para rendirse al hedonismo. No hay que sentir culpa por pasar a otro plano dimensional en donde lo horrible se olvida por un rato para dar paso al disfrute. Conviene acompañar con música… con cierta música. El jazz amplifica al Whisky Sour o al Manhattan, así como soul le viene bien al mítico Gin-tonic. Más de una persona ha podido bailar gracias a las Margaritas.

La coctelería es al fin el campo de recreo de hombres y mujeres tirados al gusto. Su aparición es una constante en la obra de escritores como John Cheever o F. Scott Fitzgerald, quienes entendieron bien sus propiedades y calidad como brebaje estiloso (los años de la prohibición estimularon la popularidad de mezclas con las que se disimulaba el feo sabor del alcohol de contrabando). Un personaje del primero estipulaba que los cócteles eran el eje de la vida adulta y el segundo dijo alguna vez que gracias a ellos, tomados en suficiencia, era posible soportar las conversaciones que tanto le agotaban en las reuniones a medias.

Una buena elección en el bar de confianza confiere clase aun en la decadencia. Incluso cuando se sobrepasa el límite un buen cocktail debe verse como un líquido lejos de la vulgaridad. No es para apagarse, sino para sacar algo que se creía perdido pero que solo estaba oculto. Esa parte nuestra que, como decía Hank, es mágica y ebria y lucha todavía por un rincón en la penumbra desde donde se pueda gozar.

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Aristócratas a la vuelta de la esquina

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Hace tiempo, refiriéndose a los plagios cometidos por el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (que no impidieron que de manera funesta se le entregara el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2012), el gran Jorge F. Hernández señalaba un tipo particular de aristocracia: la de los que se comportan con decencia.

Pertenecemos a la aristocracia, decía el escritor mexicano, “quienes tuvimos la suerte de que yo ni mi padre, ni abuelo tuviésemos que recurrir al plagio, a la mentira o a la lucha entre la necesidad y la conciencia. Nunca necesitamos envidiar ni suplicar a nadie, no conocimos la necesidad de adjudicarnos para conseguir dinero, artículos periodísticos ajenos, una posición en la alta sociedad de los Premios con mayúsculas y otras pruebas similares a las que se exponen los pobres de espíritu”.

Ante el detrito de amplios sectores dentro de la sociedad (el cochambre halló un gran nicho de mercado), bien haríamos en reivindicar la rectitud como un medio para ascender a un plano superior y evitar así que el eje del mal siga campando a sus anchas con su dinámica de gandallismo que bajo la trampa se hace de recompensas inmediatas pero indignas.

El actuar con honorabilidad confiere un tipo de nobleza distinta al derecho hereditario, supone más bien la elevación construída. Un logro mayor del individuo que a base de voluntad decide abandonar el esperpento para conducirse con generosidad.

Pertenecen también a la aristocracia los que no hacen escarnio de los débiles, los que no escupen en las calles, los que no se portan sumisos antes los abusos de los poderosos, los que aún hacen sonar a Bach, Mozart y Beethoven. Merecen título nobiliario los que alzan la voz ante la injusticia sin importar que ello les cause apuros personales, los que no ventilan intimidades ajenas y los que saben guardar secretos de los que alguna vez fueron amigos.

Quien sale a rescatar perros y gatitos bien podría ser un duque o duquesa. Lo mismo que el principado de los platican con la anciana del mercado que está ansiosa de un oído sincero. Que conviertan en marqués al que no viola la privacidad de las mujeres con las que ha estado y al que llega hasta la tumba reservando para sí sus hazañas dentro de la alcoba.

Es aristócrata quien lleva a su sobrina a ver el Cascanueces y quien regala un libro definitorio para quien se hundía en la pereza del castigo. Lo es, igualmente, el hombre que se parte el lomo para llevar el pan a casa y la madre que por cuenta solitaria enfrenta miles de adversidades para sacar adelante a sus hijos.

En alguna dimensión del universo la corona es para quienes sufren en silencio, los que apechugan en pos del bien ajeno y asumen las consecuencias de sus actos. Reciban el título de conde los que donan órganos y sangre, los que van de día de campo sin dejar el pasto hecho un basurero.

El que se abstiene de mentar la madre con el claxon está cerca de los príncipes como alteza serenísima se vuelve quien planta cara mientras el resto voltea hacia otro lado.

Dejemos como vizcondesa a la que pone un disco de jazz en el trabajo, a la que abre una cafetería afrancesada a sabiendas de que va a tener difícil competencia y demos un señorío a aquel que hace feliz a la gente.

No olvidemos al que se niega a ser parte del círculo de la corrupción, aunque sea en una parte mínima. A los que no son mezquino y rectifican errores. Los que contribuyen con un grano de arena para sostener al mundo desde sus espacios. Los que guardan silencio cuando hace falta, los que no se aprovechan de la inocencia de los otros. Los que limitan al máximo la chabacanería. Al que tiene el cariño de alguna mujer.

Y cómo negarle la entrada al Olimpo a los que guardan las normas de limpieza. Los que ceden paso a las damas. Los que conservan tradiciones sin temor a los modernos. Los que leen historias a los niños antes de dormir. Los que abren y comparten una botella de vino. Los que pagan las deudas a tiempo. Los que visitan a la abuela. Los que no usan lentes obscuros dentro de lugares cerrados (ni gorras). Los que nunca traicionan y mueren por los suyos. Los que desprecian la vulgaridad y los que se retiran de donde hay poca clase. De todos ellos se hace un reino en la tierra.

No abundan, pero si uno abre bien los ojos, alrededor de la comarca se encuentran algunos aristócratas de cara discreta. Gente sin capas ni cetros, que actúan como se debe sin otro motivo que el de respetar el legado de quienes conforman la familia. Son los hombres y mujeres educados, los que no dan la nota de vergüenza gracias a un elegante porte libre de vanagloria.

Los cuadernos de Emil Cioran

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Si hubiera que nombrar a escritores que tiran al vacío y a la desesperación, Emil Cioran sería uno de los primeros que vendrían a la mente. Su obra, profusa y fragmentaria, es uno de los testimonios más hondos del pensamiento que se consume en el pesimismo, un abismo constante que sin embargo lanza destellos de vigor.

Aunque la muerte fue uno de los temas que más aparecieron en sus libros, y aunque era alguien que no veía el andar de los días con especial optimismo, el escritor rumano aguantó lo que pudo y falleció a los 84 años por cuestiones de salud y no por una decisión individual.

Personas de mayor alborozo se han suicidado y él, pese a su perpetua disconformidad, no lo hizo. Daba la impresión de que asumía la condena de haber nacido (ese inconveniente, como decía) y que ya puestos en este plano no quedaba otra que sacar el provecho que se pudiera.

Como describió en El ocaso del pensamiento, había un serio revés con el suicidio: poner fin a los días antes de haber alcanzado aquello a lo que se podía aspirar. No era muy honorable, a su entender, poner punto final desde la lona, y antes convenía alcanzar un grado de realización digno de encomio. Entonces sí podría proceder la coronación, la “extinción aceptada”. Al suicidio lo tuvo más como una idea que como una opción a tomar.

Es probable que a juicio de Cioran el destello no hubiera llegado para sí y por eso, sin remedio, vio consumada la vejez. O puede que, en el fondo, la vida no le pareciera tampoco un desastre y que en su más blanda intimidad hubiera encontrado el impulso necesario para mantenerse en el ruedo.

De tratarse de lo segundo, de un remoto gusto por existir, no queda duda de que Cioran lo mantuvo en secreto. La condición de un exilio humano fue un vaivén de su literatura, compuesta por sentencias que sin embargo no dictaban cátedra ni pretendían sentar una doctrina.

Más bien apartado, Cioran resumía contradicciones, y aceptaba ser un hombre lleno de equívocos sin valor para ser poeta. La derrotaba le sentaba bien y no ansiaba los grandes reflectores tanto como a exprimir cada poro en una búsqueda por la sordidez.

Piotr Rawicz compraba a Cioran con un caracol. Alguien tímido, acostumbrado a esconderse sin la posibilidad de huir a la velocidad que quisiera. Un hombre que aspiró a lo sublime y que al no encontrarlo se asfixió en la frustración de lo cotidiano.

Aunque todos sus trabajos tienden a lo autorreferencial, la confesión y la mirada personal, quizá en ningún espacio haya revelado tanto de sí como en sus cuadernos, los cuales fueron publicados de manera póstuma.

En ellos Cioran registró muchos de sus pesares, un remordimiento sostenido por capas de hierro oxidado. Acompañado por la desdicha, en algunas de sus notas se atisba la que acaso sea el motivo principal de su estilo breve: su fastidio incesante, el hartazgo que sentía por sí mismo y la desesperación de la que se veía empapado al cabo de unos minutos. “No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”, concluyó en una ocasión.

Cada una de sus anotaciones es una carrera contra el tiempo. No podía apelar a la distancia larga, ya que tenía el riesgo de desmoronarse. La concisión era una forma entregar una pieza antes de que fuera demasiado tarde, antes de que algún demonio le sugiriera a tirar el cuerpo por la borda.

De igual forma despreciaba el exceso. No toleraba a quienes inflaban lo que hubiera sido mejor abreviar. Fuera en la música, en las letras o en la arquitectura, nadie era tan grandioso como para extenderse por demasiado rato, excepto los genios universales que se miran a lo lejos.

En las entradas de sus diarios también queda en evidencia su eterna desconfianza ante al otro, esa que le llevaba a decir que no convenía consultar a nadie antes de tomar una decisión ya que, advertía, las otras personas difícilmente desean nuestro bien.

Algunas de sus frases más virulentas quedaron patentes en los cuadernos. Parte de ellas llegan a tambalearse y refulgen la mayor exageración: un error muy propio de los deterministas que tiran al aforismo.

“Todos los padres son irresponsables o asesinos. Solo los animales deberían dedicarse a procrear”, dice en unos instantes más bajos. Una sandez salvable apenas como muestra de alguien roto que en la emergencia busca desquitarse con un exabrupto.

Hay que recordar que para Cioran la escritura tiene que causar un impacto. Cada una de las piezas que publicaba tenía el fin de descolocar. Las palabras deben “hurgar llagas, suscitarlas incluso”, como llegó a admitir en alguna ocasión. No solo razonaba o procuraba ser sabio, daba espacio a la salida de tono, a la inconveniencia. En su opinión lo más interesante del alma recaía en sus tormentos.

El perdón le llega por la honestidad descarnada, la culpa que asumía, una imperfección que era su propia condena. “Yo no soy escritor”, confesaba, “todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe”.

Pero de nuevo. Había que continuar. El sufrimiento ya estaba, no quedaba otra que intentar redimirse aunque el paraíso fuera tan huraño. El autor naufragaba y mientras lo hacía tiraba botellas al océano donde los chispazos se intercalaban con el desconsuelo.

Cioran creía que nunca echaría raíces en el mundo. Y acaso de algún modo haya sido así. No obstante, aunque le chocara, su obra sí que dejó un legado. Píldoras de angustia que para mentes afines no resultan lacerantes, sino reveladoras. Una palmada de coincidencia que los hace sentir menos incomprendidos y solos.

Daniil Kharms: el chiflado que un día no escribió

Daniil Kharms1

Están los escritores de intemperie y están los escritores subterráneos. Los primeros son los que eventualmente uno se topa en las calles. Están en las librerías, en la televisión, en las recomendaciones. Sin mucho esfuerzo uno acaba por llegar a ellos. Algunas veces deslumbran, en otros casos hubiera sido mejor no conocerles. Los escritores subterráneos, por su parte, son a los que cuesta trabajo encontrar. Permanecen lejos de la vista. No están en las mesas de novedades. Ningún anuncio echa un aviso de que valen la pena. Hace años están muertos y ya no se les edita. Nadie se toma la molestia de rescatarlos. Se llega a ellos por alguna casualidad, gracias a una librería de viejo o la encadenación bendita de lecturas con las que se salta de un género a otro.

Daniil Kharms pertenece al grupo de los escritores subterráneos. Nacido el 30 de diciembre de 1905 en San Petersburgo, Rusia, se trata además de una de las figuras más excéntricas que tienen un espacio en el mundo de la literatura. En la actualidad no hay muchos vestigios de él. Aunque tiene admiradores repartidos en determinados circuitos, lo cierto es que se encuentra un tanto olvidado. Su trabajo, hasta el momento, ha sido ignorado por las grandes editoriales en español y las pocas veces que se le recuerda es como una curiosidad, y no como lo que es, uno de los escritores más interesantes, rebeldes y adelantados que dejó el siglo XX.

Su nombre verdadero era Daniil Ivánovich Yuvachev, y desde pequeño tuvo en mente la importancia del absurdo. Era lo que le interesaba a la hora de despachar una hoja en blanco. No conocía de estructuras y se fastidiaba ante la imagen de seguir hilos de coherencia. Daniil Kharms tendía a la anotación en vértigo, una urgencia para cambiar sentidos de una línea a otra y no casarse nunca con la obligación que implicaba llevar una historia tradicional. Se ahogaba si se extendía demasiado.

La vida no fue fácil para él. Tuvo la mala de fortuna de coincidir en tiempo y espacio con la política totalitaria de Stalin, misma que lo sumió en el hambre y la pobreza. Fue a partir de entonces que se radicalizó. Ante lo atroz del comunismo, optó por refugiarse en el sinsentido. En sus diarios confesaba que ya no le interesaban los significados ni ser práctico. A través del absurdo podía ejercer una gran clase de libertad. Ahí, con una pluma, no debía rendir cuentas a nadie, ni siquiera a la congruencia de lo formal.

La obra de Daniil Kharms, compuesta en su mayoría por piezas caóticas y sueltas, cuenta con una particularidad. Como señala el editor y poeta Matvei Yankelevich, el absurdo no es para él una sátira o dimensión aparte. En sus pequeñas historias, el disparate es visto como un asunto perfectamente cotidiano. La aparición de un cuervo parlante de cuatro patas (que más bien tiene cinco) en una cirugía no es aspaviento dentro de su mundo interior. Y debe ser visto como lo es. Una estampa de realidad, aunque no sea parte de nuestra norma.

En una carta dirigida a una amiga, Kharms estipulaba que a la hora de escribir poesía, lo importante para él no eran las ideas, ni el contenido ni la voluble concepción de “calidad”. Le importaba, en todo caso, la idea de pulcritud, limpieza. Algo extravagante, pero real. Para el escritor ruso las palabras pueden arrojarse y romper cristales si tienen la fuerza suficiente.

De este modo Daniil Kharms logra reinventarse en cada concepto, cada sílaba. Su gran compromiso es con la narrativa, y si hay cierto atisbo que quiera perseguir, no tiene miedo de derribar cualquier estructura. Una visión irónica le permitió un sano alejamiento de ataduras que contuvieran su palpitación artística.

No es que fuera alguien cínico o irrespetuoso. Al contrario, veía a la creación como un ejercicio ceremonial. Escribía mucho y con disciplina. Eso sí, no descartaba nada. No cumplía con el estándar de aquel que destruye lo que no funciona o lo que no le satisface. Él escribía y si no estaba convencido, ni hablar. Había que conservarlo y asumir que aquello era parte de la existencia. Como cualquier otra de nuestras acciones, era algo con lo que había que cargar. Las palabras, incluso las malas, merecían una consideración.

De ahí la particularidad de algunos de sus escritos que ni siquiera tienen un clímax ni un final como pudiera esperarse. Algunos de sus relatos comienzan con la aparición de un personaje. Y ya está, no añadía ningún complemento. Quizás hubiera un brío inicial, el cual no era correspondido al segundo siguiente. Así que prefería dejarlo como estaba. No todo en la vida tiene que ramificar.

LA REUNIÓN

Un día un hombre fue a trabajar y en el camino se encontró a otro hombre quien, luego de comprar una hogaza de pan polaco, se dirigía de vuelta a la casa de donde venía.
Y eso es todo, más o menos.

***

Perteneciente a una familia peculiar que en un principio gozó de relativa comodidad económica (su padre Iván fue un revolucionario que estuvo encarcelado con Aleksandr Uliánov, el hermano de Lenin; mientras que su madre pertenecía a la aristocracia), Daniil se inclinó al arte desde una tierna edad. Le gustaba actuar, dibujar y sentía una fascinación especial por la música, aunque finalmente se inclinó por la escritura y obtuvo un prestigio inicial cuando se dedicó a escribir obras infantiles (antes había fracasado con sus poemas), en las que aún no profundizaba en el eje avant-garde que finalmente adoptaría, y que en la obtusidad propia de los comunistas acabaría por ser tomado como de raíz “anti-soviética”.

El desenvolvimiento llegó en los años veinte, cuando junto a otros amigos fundó el colectivo OBERIU (palabra sin significado alguno), un grupo multidisciplinar en el que el delirio era el único consenso. Acróbatas, músicos, poetas y bailarines se conjuntaron para remover el pantano cultural.

Más allá de lo que dejaba entrever desde sus publicaciones, Kharms era todo un personaje en sí mismo que llamaba la atención en cualquier lugar en el que se presentaba. De altura considerable y rostro duro, vestía a la usanza inglesa, pipa incluida que le daba la pinta de una criatura extraña cubierta por la refinación de las telas.

Cuando visitaba algún bar o restaurante acostumbraba llevar sus propios cucharas, cuchillos y tenedores para afianzar su individualidad. Según Yankelevich, nuestro héroe se tomaba el papel de la extrañeza muy en serio y a veces se tiraba en la calle interrumpiendo así el flujo peatonal. Cuando la gente se acercaba para ayudarle o preguntar qué había ocurrido, él simplemente se ponía de pie y volvía a ponerse en marcha.

La fiesta, empero, pronto llegó a su fin cuando el marxismo-leninismo echó raíces en la comunidad soviética. Ante la visión totalitaria de los bolcheviques no había espacio para bufones como los del grupo OBERIU, quienes debieron andar con renovadas precauciones. Ni siquiera los chiflados podían soslayar una dictadura de semejante calado.

En 1931 Daniil Kharms fue detenido. Su idealismo y ensoñaciones chocaron de lleno con el materialismo stalinista. Las autoridades temían que sus campanas surrealistas pudieran contaminar a los niños, quienes debían estar concentrados en el pragmatismo que beneficiaba al régimen sanguinario en el poder.

Pasada una temporada que se vio obligado a pasar en el exilio, las cosas ya no volvieron a ser las mismas. Rusia había cambiado en un corto periodo de tiempo. El utilitarismo era la norma y ya no había espacio para sujetos como él. De algún modo el sistema lo había boicoteado y ya no encontraba espacio para colocar sus escritos. La sociedad, cada vez más aprensiva, le cerraba las puertas.

Nunca alcanzó a ver su obra adulta publicada. Lo suyo era incompatible con el comunismo que censuraba cualquier palabreja que se saliera de los designios de “el tío Pepe”. Por fortuna, sus diarios y algunos textos sueltos fueron conservados por amigos y familiares para ser dados a conocer un par de décadas después de su muerte. Una selección notable fue reunida y traducida al inglés por Yankelevich: “Today I Wrote Nothing: The Selected Writings” (Overlook Books, 2007).

De cualquier modo, mientras vivió, Daniil intentó continuar con el minúsculo margen de maniobra que le quedaba. Disminuido y sin holgura económica, en 1941 fue otra vez detenido, esta vez por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (el temible NKVD). Hubo algo que lo salvó de terminar en un campo de concentración: su comportamiento, el cual fue juzgado como propio de alguien con problemas mentales.

Condenado a terminar en la división psiquiátrica de la cárcel Krestí, el cuadro empeoró cuando le tocó vivir desde el encierro un acontecimiento histórico: el sitio de Leningrado. El asedio de los nazis sumió a la actual San Petersburgo en la peor de las hambrunas. Quienes no estaba recluidos podían salvarse al comer ratas o incluso recurriendo al canibalismo. Daniil Kharms desde su celda no podía hacer lo mismo (ni siquiera los guardias gozaban de alimento digno ). Murió de hambre en su celda el 2 de febrero de 1942, a los 36 años. El absurdo fue batido por la crueldad objetiva.

***

A continuación una breve selección de los escritos de Daniil Kharms.

DEL CUADERNO AZUL

Del álbum de recortes

Una vez vi a una mosca y a una chiche enfrascarse en una pelea. Fue tan aterrador que corrí hacia a la calle y corrí lo más lejos que pude.

Lo mismo pasa con el álbum de recortes: haz alguna cosa sucia y de pronto ya es demasiado tarde.

11.

Una abuela tenía solo cuatro dientes en la boca. Tres dientes arriba, y uno más abajo. La abuela no podía masticar con estos dientes. A decir verdad, eran inservibles para ella. Debido a lo anterior, la abuela decidió quitarse todos los dientes e insertó un sacacorchos en su encías inferiores y minúsculas tenazas en las superiores. La abuela bebía tinta, comía betabeles y se limpiaba los oídos con fósforos. La abuela tenía cuatro conejos. Tres arriba y uno abajo. La abuela solía atrapar conejos a manos limpias y luego los ponía en jaulas. Los conejos lloraban y se rascaban las orejas con las patas posteriores. Los conejos bebían tinta y comían betables. ¡Sha-ha-ha! ¡Los conejos bebían tinta y comían betabeles!

16.

Hoy no escribí nada. No importa.

Sin título

Odio a los niños, a los ancianos y a las viejitas e individuos mayores razonables.

Envenenar niños es cruel. ¡Pero algo debe hacerse con ellos!

Solo respeto a las jóvenes y saludables muchachas rechonchas. A cualquier otro representante de la humanidad lo trato con reservas.

Las mujeres viejas que andan con pensamientos sensibles deberían ser aprehendidas con trampas para los osos.

Cualquiera cara con determinado sentido de moda despierta en mí las sensaciones más repugnantes.

¿Por qué hay tanto alboroto por las flores? Hay un aroma mucho mejor entre las piernas de las mujeres. Esa es la naturaleza para ti, y por ello nadie se atreve a tomar mis palabras como desagradables.

—Daniil Kharms.

[Traducciones propias a partir de las versiones en inglés de Matvei Yankelevich)

Daniil Kharms2

Alejandra Pizarnik a quemarropa

pizarnik2

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

—Alejandra Pizarnik.

Los diarios de Alejandra Pizarnik son de lectura pesada y angustiosa. No hay tregua en ellos y al transcurrir por sus páginas queda la sensación de impotencia, la de no poder hacer nada por ayudar ni para levantar a la mujer del pozo en el que se encuentra. La escritora ya no está, y su testimonio, en donde la sinceridad puede confundirse con regodeo depresivo, solo puede verse, como es natural, con resignación. Un paño de lágrimas que se exprime para sacar la belleza que aparece cada tanto en esas reflexiones llenas de aflicción que, oh sorpresa, no son nada ajenas para algunos lectores (con esa familiaridad que ella experimentó al leer a Pavese). Pizarnik estaba en el abismo y tuvo un talante heroico para dar cuenta de ello.

Lo de Pizarnik es un grito delicado, una desesperación que trasluce con suavidad. Cada una de las entradas nos hace partícipes de sus miedos. Los de un pobre ser encaminado a un fin abrupto, anticipado. Cabe preguntarse cómo es que en medio del decaimiento ella encontraba fuerza o disposición para llevar un registro de la hecatombe.

Da la impresión de que en su escritura hay una clase de búsqueda, y que al menos durante un tiempo llevaba dentro de sí una pequeña llama que no se terminaba de apagar. Una luz que, aunque tenue, bastaba para dar pinceladas de vida. Una sensibilidad enmarcada por el desgarro espiritual.

Lo más probable es que la literatura fuera para Pizarnik un elemento de compensación. En uno de sus apuntes cita a Apollinaire, para quien la escritura era llenar un vacío. Palabra tras palabra se derrotaba así a la página en blanco. En el caso de la argentina, lo que se confrontaba no era una página en blanco, era el abandono que le embargaba por dentro. Hablamos de alguien que bordeaba la muerte de cerca como una afirmación. Sola ante el límite podía percibir mejor sus pensamientos, miraba el precipicio como un hábitat natural.

Sin la escritura se asfixiaba. Lo consideraba un acto bello, rebosante de magia. Un cuaderno marchito podía volverse en caleidoscopio si una pluma se deslizaba con tino en sus páginas.

Para Alejandra Pizarnik cada día era una batalla, una aventura de la que no saldría indemne. Presenciar su agonía duele y se deambula por los párrafos con la ilusión de que de pronto sobrevenga un respiro, alguna tarde que le ofrezca un consuelo a la autora, un instante que redima su triste destino. El episodio no llega o al menos no fue hecho patente en los diarios. La lámpara nunca encendió. Los planes se desvanecen poco a poco y cada nuevo coletazo de entusiasmo encuentra pronto el desasosiego.

El combate librado contra sí misma era casi tan intenso como el que sentía contra un exterior al que percibía adverso y hostil. Ni siquiera lograba la redención a través de sus poemas, esos que a veces le despertaban orgullo, pero que eventualmente le resultaban un eclipse, un mancha de lo que pudo ser y nunca fue. Simplemente no podía gozar de lo que había. No podía “vivir como un ser humano”.

El fin se adivina cerca en los versos y líneas y, sin embargo, no llega tan pronto como se pudiera atisbar. El sufrir se prolonga. La angustia derramada representa supervivencia también.

En determinado punto, Pizarnik lamenta “la incapacidad de hilar un pensamiento”. Describe su actividad mental como un verdadero caos, un “suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas”.

Tanto llanto, tanto agobio, era un ritmo que solo podía sostener en soledad. En el más radical decadencia, Pizarnik decidió aislarse, aunque eso le apretara el corazón. No quería molestar más. Los cuadernos fueron los últimos cómplices, ante ellos se podía desahogar sin afectar a terceros. Como ella misma admitía, la ansiedad era su estado genuino, “ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”.

El erotismo era una asidera que de tanto en tanto la mantenía a flote. De vez en cuando tenía esos episodios febriles en donde se derretía en deseo. No tenía complejos para manifestarlo. “Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. […] Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso”.

Alejandra Pizarnik se suicidó en 1972. Tenía 36 años. Estaba marcado en su camino. Era inevitable. Desde pequeña cargó con una cruz. Minada de antemano, decidió quitarse la vida luego de salir del hospital en donde estaba internada por la depresión. No le quedó de otra. Se atiborró de pastillas en el adiós definitivo. Un final ni lindo ni floreado, no muy idóneo. Pero así son las cosas. Como ella misma señaló, es difícil morir bien.

El periodismo no es para cínicos

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Para el reportero polaco Ryszard Kapuscinski, el periodismo era un gran ejercicio de resistencia. A su juicio, quien se dedique al oficio debe ser capaz de aguantar más allá de lo que se toleraría en cualquier otro trabajo más o menos del rango. ¿Qué otro chiflado se metería a una zona de guerra sin fusil por un sueldo mediocre, pudiendo renunciar sin sufrir consecuencias legales? Solo los empecinados como él, quien a lo largo de una extensa carrera recorrió áreas en conflicto como África, América Latina y Europa del Este.

Resulta recomendable, por tanto, que un reportero sea alguien templado y fuerte más allá de la inteligencia o don con la pluma que pudiera tener; de otro modo el talento podría desmoronarse en tiempos de crisis que es donde más se necesita lanzar artículos. Un corresponsal, decía Kapuscinski, debía tener ese balance físico y mental, ya que caer en pozos depresivos no resulta recomendable cuando hay que entregar notas a mansalva. Los acontecimientos no esperan, llegan y como tornado se van, no hay tiempo para los titubeos y más vale estar apto para plasmarlo en papel cualesquiera que sean las circunstancias personales por las que pase el autor.

De ahí que muchos de los mejores periodistas sean arrojados (aunque no todos, hay uno que otro que se desenvuelve bien desde la comodidad del sillón, pero hace falta mucha sensibilidad y cultura para lograrlo). Tal característica puede compensar lo demás. Quizás esa persona no redacte muy bien y carezca elementos mínimos para contextualizar lo que percibe. En cualquier caso, si está ahí en el momento adecuado y lo registra, puede entregar una verdadera joya que un editor hábil podrá convertir en una pieza memorable.

El periodismo, además, es un poco ingrato y funciona como un boxeo acelerado. No basta con obtener una gran victoria. Pronto hay que ir por una más. Los pugilistas tienen meses para preparar el próximo combate. En cambio quien lucha dentro de la prensa tiene que ponerse los guantes al día siguiente ya que pronto queda rebasado por el tiempo. No hay demasiado espacio para celebrar: la experiencia y la jerarquía se quiebran si no hay una renovación. Un escritor joven puede desplazar al viejo si este último se instala en el conformismo. El escritor debe permanecer en pie de lucha y no creer que su tarea está cumplida jamás, salvo cuando se retire y admita de algún modo la muerte.

Las salas de redacción de muchos periódicos están atrofiadas por viejas figuras que creen, en su confortable soberbia, que los años acumulados les ofrecen un especie de derecho. Esta gente no se actualiza y son tan pagados de sí mismos que no escuchan a los jóvenes quien bien les podrían ayudar a refrescar la mente que ya tienen tan marchita.

Muchos directores generales, por desgracia, se les compra a estos veteranos. Y así el lector percibe que la oferta de determinados diarios expide un aroma similar a la de la madera que no ha recibido el tratamiento requerido.

Lo viejos lobos de mar se cuecen aparte. Son los que ya con canas y arrugas siguen con el instinto activado. Ellos preguntan, están al tanto de las novedades y no temen rodearse de gente recién graduada que, con todos sus errores y limitaciones, cuenta con un tesoro preciado como lo es la chispa y la naturalidad. Estos hombres y mujeres mayores son los que crecen en armonía, los que adoptan el papel de un antiguo capitán que, ya sin un ojo y con una pata de palo, logra dirigir una embarcación donde bellas doncellas y jóvenes mozos ayudan a sobrellevar el embate de las olas.

Kapuscinski tiraba un sabio consejo para quien se inicia en el periodismo: si había que escribir sobre alguien, había que compartir aunque fuera un poco de la vida con él. Estar ahí. Permanecer cerca de aquello que se intenta retratar y no estar al margen de los seres humanos que componen el paisaje. Vivir en carne propia aquello que se busca plasmar por escrito. Esto implica riesgos, sin dudas, pero es la única forma de entregar algo medianamente real a la vez que permite no dejarse engatusar por testimonios viciados por el interés de un individuo.

Si se va a escribir sobre una plantación de algodón, la excelencia pide apersonarse en el sitio y mirar. Y no solo eso, si se aspira a conseguir la mayor exactitud posible, conviene incluso realizar labores por una jornada para atisbar, apenas levemente, lo que los trabajadores experimentan de sol a sol no solo un día, sino la profundidad de los años, los instantes más preciados de sus respectivas existencias.

Sacrificio y sacrificio. Esa era la posición que, a juicio del reportero polaco, debía ser asumida por los periodistas. Se trata de una profesión muy exigente, decía. “Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Este es un trabajo que ocupa toda nuestra vida. No hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto”.

Uno podría pensar que un empleo tan demandante tendría que conllevar grandes beneficios. Pero no es así, no al menos en el plano económico, aunque hay satisfacciones de otra índole que sin duda son alimento para el espíritu (no así para la cuenta bancaria). Una vocación auténtica es vital en este punto, sobre todo en los primeros años, cuando los aspirantes ganan poco por más que se esfuercen. Podría decirse que la frustración se vuelve una constante. El trabajo no termina nunca y las recompensas son pequeñas y fugaces. Sin embargo, hay una capa que empuja a estos servidores. Una fuerza inasible y no del todo explicable.

Por eso la vocación era tan importante. Los cínicos no sirven para este oficio, decía Kapuscinski en una entrevista recogida en un libro con el mismo nombre (Anagrama, 2006). El periodismo exige integridad en cada poro. Y el polaco añadía que las malas personas no pueden ser buenos en el ramo. Quien es noble tiende a ser honesto, a ser preciso, intenta comprender a los demás. No utiliza las tragedias como artificio y recurre en cambio a la empatía, una forma de entender la psicología de los personajes, esa gente a pie a quien se da voz en en lugar de caer en la tentación del reportero ególatra que asoma una y otra vez la cabeza en los textos como para el lector se acuerde que él estuvo tras los párrafos.

Curiosamente Kapuscinski no estuvo libre de la polémica. Pese a su estatus de leyenda y recibir múltiples galardones a lo largo de su vida, tras su fallecimiento en 2007 crecieron los cuestionamientos en torno a su obra que, en opinión de algunos, se tomaba demasiadas licencias. Su prosa, de tan redonda y pulida, despertó sospechas. Sus libros y reportajes eran demasiado estilizados como para corresponder a la realidad. Más de un periodista sabe que ante la carrera a contrarreloj no hay muchas posibilidades de perfección. La realidad tiene esos inconvenientes y por ello algunos terminan por aderezar con algo de ficción amistosa. Así se llenan huecos de otro modo insalvables, pero se pierde a cambio autenticidad. Se ha traicionado el pacto con el lector, quien espera no una novela, sino la máxima fidelidad del periodista respecto a lo que ocurre a kilómetros de su hogar.

Adicionalmente, poco a poco se desveló la relación laboral entre Kapuscinski y los servicios de inteligencia de su país, que aunado a una juventud marcada por la filiación comunista (llegó a escribir poemas dedicados a Stalin) disipada después, terminó por develar errores y sesgos ideológicos en su trabajo, propenso igualmente a fiarse mucho de la versión del pueblo antes que del rigor analítico. Ryszard tampoco escatimó en detalles para fortalecer su propio mito, aunque para ello dejara que se deslizaran falsedades.

Sus libros, de cualquier manera, no tienen desperdicio. Son plenamente disfrutables y continúan como referencia. Eso sí, hay que verlos con ojo crítico, como todo. El periodismo no es para cínicos, pero sí para seres humanos, con las contradicciones y los claroscuros que nos vienen de nacimiento.

Los celos de John Lennon sobre Cynthia

john lennon y cynthya

John Lennon era un manojo de contradicciones. Tan sublime como terrenal, transcurrió la mayor parte de sus días sumido en emociones angustiantes que no lograba aliviar. Pese a la imagen de santo que algunos le han querido erigir junto a canciones como “Imagine” o “Give Peace a Chance”, trajecito blanco incluido, lo cierto es que se trataba de alguien en constante agitación, producto probablemente de las penurias que vivió en la infancia como el abandono paterno y la muerte de su madre; unas aflicciones que solía desquitar con los demás y que influían en su visión del amor, la cual era eminentemente posesiva.

El fundador de los Beatles era un tipo celoso, vaya que sí. Él mismo lo admitió y las parejas que tuvo supieron bien cómo era en la intimidad. Lejos de tener una actitud concordante con la que reflejaba sobre los escenarios, donde parecía rebosante y confiado, en el ámbito personal era alguien lleno de inseguridades que a menudo se comportaba de la peor manera posible.

Cynthia Powell, la primera esposa de John, sabía muy bien cómo era. Lo padeció en carne propia. Ambos se conocieron en el Liverpool College of Art, en donde ella era dedicada y bien portada en comparación a él, un joven tirado a la rebeldía que buscaba una vez y otra desentonar y romper con el orden establecido.

John Lennon se acercó por primera vez a Cynthia en una clase de diseño de letras en la que ambos estaban inscritos. En la primera de las sesiones, cuando ya todos los estudiantes permanecían sentados y concentrados en la clase, un nuevo chico entró por la puerta. Se trataba de John, quien llevaba las manos dentro del abrigo y quien tenía una “actitud desafiante”, según describió la propia Cynthia. De inmediato procedió a sentarse en el pupitre que estaba detrás de ella.

Al poco rato, John le dio unos toques leves en la espalda. Cuando ella volteó, él se presentó. “Hola, soy John”. Cynthia sonrío, aunque en ese momento no encontró nada especial en aquel pretendiente. Él en cambio llegaría a verla como la Brigitte Bardot liverpudlian.

La relación se concretó al cabo de unos días. John Lennon era encantador cuando se lo proponía. Y era muy divertido. Cynthia terminó enganchada a él, estropeando por ello lo que era un promisorio perfil de alumna. Se dejó llevar por un novio poco dado a asistir a clases o hacer cualquier cosa que implicara alejarse de la música, los cigarrillos y el alcohol.

En la biografía que escribió sobre John Lennon, Cynthia retrató muy bien el espíritu atormentado y contradictorio de quien fue su pareja durante seis años turbulentos. John podía ser muy cruel cuando algo no salía como quería y Cynthia fue testigo y víctima de afrentas verbales que al cabo de un rato se apagaban para convertirse en mimos y cariños. La pobre estaba agobiada por ese comportamiento tan voluble y en más de una ocasión pensó en terminar con la relación. Sin embargo, algo la detenía. No dejaba de quererlo.

John Lennon era muy absorbente. No concebía que su pareja pudiera estar con alguien más y montaba en cólera cuando un hombre se acercaba a Cynthia.

Cierta vez, en una fiesta, Cynthia fue abordada por un chico alto, fuerte y apuesto. La música sonaba a todo volumen, el ambiente era obscuro y la bebida había fluído con precisión. El prospecto, a quien Cynthia había identificado como parte del departamento de escultura, quería sacarla a bailar,

Todo parecía casual y tranquilo. Pero John Lennon se dio cuenta a distancia. De pronto, a pesar de ser alguien de menor musculatura y con menos altura, se abalanzó sobre el grandulón que pretendía quitarle lo que él consideraba suyo. La diferencia física entre uno y otro no evitaron que la furia del celo ofreciera una compensación. Varios de los asistentes tuvieron que contener la trifulca.

John Lennon estaba traumatizado por el sentido de la pérdida. Quizás por ello reaccionaba como energúmeno apenas se atisbaba un riesgo para su círculo sentimental.

Del los delirios no se salvaba ni sus amigos. Cierta vez, en otra reunión en la que también estaba John, Stuart Sutcliffe sacó a bailar a Cynthia. John admiraba y quería tanto a Stu que a veces el mismísimo Paul McCartney se sentía desplazado. Pero de nada sirvió. En cuanto alguien le avisó a John que su gran amigo estaba bailando con Cyn, John se irrió al máximo.

Esta vez no tuvo manotear ni insultar. Le bastó lanzar una mirada demoledora a Cynthia para que ella dejara de bailar con un Sutcliffe que no tenía ninguna mala intención. Quienes estaban ahí también se extrañaron por la escena. La rubia tuvo que ir con John para asegurarle que le amaba y que no había razones para que se pusiera así.

John pareció entrar en razón. Pero al otro día, en la escuela, buscó a Cynthia en el baño de mujeres. Y sin decir palabra alguna, levantó el brazo y procedió a golpearla en la cara. John la abandonó a su suerte, sin añadir nada más, mostrando la bestia negra que cargaba por dentro.

La relación fue tortuosa. John Lennon era alguien que podía desapegarse sin contemplaciones. Había cuestiones que prefería no encarar. Fue justo eso lo que llevó el matrimonio al naufragio. Cuando John conoció a Yoko el impacto y la complicidad fueron inmediatos. Cynthia ya no pintaba más. Y a John Lennon no le importó guardar siquiera cierto decoro, aunque fuera por Julian, el hijo que habían procreado juntos. Simplemente se alejó y se alejó hasta que ya no se vieron más.

Cynthia describió en su libro el momento justo en el que supo que todo estaba perdido. Ocurrió en 1967, cuando los Beatles hicieron el funesto viaje a un seminario que el Maharishi Yogi daría en Bangor, Gales.

Para llegar, los Beatles y su comitiva tenían que tomar un tren desde Londres (que sería llamado “the Mystical Special” por la prensa). Por un retraso de George Harrison, Pattie Boyd y Ringo Starr, John y Cynthia llegaron tarde a la cita. Había que apurarse para no perder el tren. Cuando arribaron en auto a la estación, quedaban menos de 5 minutos para la hora de salida.

Todos descendieron rápido del vehículo y corrieron rumbo a la plataforma de salida. John dejó a Cynthia con las maletas, dando por sentado que era ella y los demás quienes debían hacerse cargo de sus pendientes. Cynthia cargó el equipaje y corrió lo más rápido que pudo. John no miraba hacia atrás y finalmente alcanzó a montarse en el vagón como el resto de la comitiva. Como el lugar estaba lleno de admiradoras, cuando Cynthia por fin arribó, fue confundida con una beatlefan cualquiera. Un policía le impidió el paso. “Lo siento, demasiado tarde, el tren está por irse”, escuchó.

Cynthia alzó la voz para pedir ayuda. John sacó entonces la cabeza por una ventana del tren. “Dile que vienes con nosotros”, le gritó John, “dile que te deje entrar”. Ya era demasiado tarde. Unos momentos después la locomotora inició la marcha y todo el séquito, excepto ella, se fue.

Plantada con las maletas, no pudo contener las lágrimas. Se sintió humillada, desplazada. No mucho tiempo después se enteraría de que John estaba enganchado a Yoko Ono, una peculiar artista japonesa.

Alguien se había quedado con ella. Peter Brown, el asistente de Brian Epstein, quien se ofreció en llevarla en auto hasta Bangor. Era un viaje largo, pero él estaba conmovido por lo que había presenciado.

“Mi llanto no era solo por haber perdido el tren. Lloré porque el incidente parecía un símbolo de lo que estaba pasando con nuestro matrimonio. John estaba en el tren, dirigiéndose hacia el futuro, y yo había sido dejada atrás. Mientras estaba parada ahí, mirando desaparecer el tren que se alejaba, sentí que la soledad que estaba experimentando en esa plataforma un día sería permanente”.

Al final fue Neil Aspinall, el fiel escudero de la banda, quien la que llevó hasta Bangor por carretera.

Cuando alcanzaron al grupo, John Lennon se acercó. “¿Por qué eres siempre la última Cyn? ¿Cómo es posible que te las hayas arreglado para perder el tren?”, le reprochó entre jugueteos que no le gustaron a ella.

Lo anterior resultó premonitorio sobre lo que resultaría un viaje terrible. Brian Epstein murió mientras todos estaban en Gales. Una sobredosis de barbitúricos (a los que se había hecho adicto) le había cobrado factura. Los Beatles tuvieron que regresar antes de tiempo. Además de ser el representante de la banda, Brian era el padrino de Julian Lennon y el testigo en la boda de John y Cyn. La historia se había partido en más de una forma.