Juan Gabriel: lágrimas y lluvia

En el caso de Juan Gabriel a veces da la impresión de que el personaje se come al artista. La leyenda tejida en torno a su personalidad resulta indivisible de la valoración que se hace de su obra y el juicio a posteridad. Y es comprensible, no está del todo mal. Las estrellas de la música no lo son únicamente por la música misma, sino por cuestiones de imagen, carisma, teatralidad.

Pero si uno se concentra en las composiciones de Juan Gabriel tan solo por un rato, lo que queda es un artista de primer nivel, con una inventiva enorme para la creación de melodías, la exploración de géneros y el rompimiento de estructuras. Un innovador sobre la marcha. Un baúl inagotable de recursos. Lo podía ser todo menos un improvisado: era un profesional. Ahí están sus conciertos, en donde la capacidad le daba para hacer versiones renovadas de sus propios temas que de pronto se extendían hasta los 15 minutos y en donde los músicos seguían lo que dictaba el nervio del momento, como cuando a Bob Dylan le da por transformar algún tema de folk en un torbellino de blues sin decir agua va: reversiones que toman vida propia, una hazaña que no está al alcance de cualquiera, sino de aquellos elegidos que dominan el arte de la constitución en armonía.

Noel Gallagher habló hace tiempo del impacto que le significó ver a Morrissey en televisión por primera vez. Aquella actuación en el programa Top of the Pops fue determinante para que Noel Gallagher se dedicara de lleno la música. El baile, la apariencia y los movimientos de Morrissey le parecieron de lo más ridículos… y tremendamente geniales al mismo tiempo. Eso significaba ser una estrella. Plantarse en el escenario y desfogar los secretos de un modo tan exagerado como sólo sería posible a través del arte, del proceso creativo.

Con Juan Gabriel pasa un fenómeno parecido. Tiene momentos bastante malos y en sus canciones abunda lo que en cualquier otro contexto resultaría bochornoso. Pero funciona. Vaya que sí. Juan Gabriel logra sublimar las emociones más íntimas del oyente hispanoamericano hasta transformarlas en regocijo, en una celebración. De ahí que sea la compañía de tantas historias personales, ya sea en fiestas o en ratos de soledad.

En una sociedad tan conservadora como la mexicana, a Juan Gabriel se le perdona todo. Trasciende a generaciones y prejuicios. Juega en su propia zona de tolerancia que esperemos pronto se extienda a cada uno de los mexicanos, que tienen el derecho de vivir como les venga en gana.

Y, ante todo, Juan Gabriel era un alma a flor de piel. La calidad de sus letras es para quitarse el sombrero. A los latinoamericanos nos hermana la pesadumbre ante la derrota, el regodeo en el dolor. Pocos logran expresarlo como a él, que ofrece además el manto cálido de su compañía. Consejos para ir adelante y sacar el pecho ante la adversidad. Estoy convencido de que sus temas han hecho más por el bienestar de las minorías que mucho falso activista que sólo busca erigirse como un superhéroe para posar en la foto. También era un gran enamorado de México, un promotor orgulloso de nuestro país en el exterior.

Hace algunos años veía con recelo a Juan Gabriel. Me parecía música para telenovela, piezas con demasiada confitura, himnos para comadres que se beben su cubita. Estaba lleno de prejuicios y, en definitiva, era un idiota. Por fortuna me libré de eso y empecé a escucharlo sin aprensión. Me puse atento a lo que aquel hombre ofrecía. Y entonces todo un mundo se me reveló. Juan Gabriel resultó ser un vendaval de genialidades que sigo descubriendo a cada día.

La popularidad de Juan Gabriel se debe, en gran parte, a que era un tipo terriblemente sensible. Era el prototipo del mexicano y del latino promedio. Alguien atormentado, sentido, enamorado… alguien que padecía y que para no ahogarse se ponía a cantar. En su voz están contenidas todas las penurias que hemos sufrido. Él se encargó de darle forma y una orientación estética. Un dolor pero bello.

Como personaje es la encarnación de los mexicanos revueltos en una sola figura. Hombre y mujer. Sublime y ridículo. Melancólico y sonriente. Taciturno y colorido. Fuerte y llorón. Feo y hermoso.

Cualquiera que ceda a su impulso encontrará una canción de él con la cual identificarse. Por eso su partida fue trágica para un gran espectro de la población. En este sentido José Alfredo, Agustín Lara, Roberto Cantoral, y tantos otros grandes compositores, con lo maravillosos que pueden ser, son más unidireccionales. Sus piezas tienen una perspectiva eminentemente masculina y aunque puede gustar tanto a hombres como a mujeres, el rumbo que tienen es limitado.

Juan Gabriel canta como si fuera un representante de ambos sexos. Es, de nuevo, un ser emotivo. Quien dice sin tapujos lo que tanto nos esforzamos en disimular. Alguien que conmueve lo mismo a una señora que a un preparatoriano o a un tipo que, con todo y bigotes y botas, llora como niño apenas comienza “Se me olvidó a otra vez”.

En un país tan tristemente homofóbico y machista como México, Juan Gabriel gozó de inmunidad y fue celebrado por todo lo alto, como uno de sus mayores ídolos. Tal fue su grandeza. Quizás debería convertirse en un estandarte para que todos nos demos cuenta que no somos tan opuestos en realidad y que no hay necesidad de discriminarnos unos a otros, sino más bien disfrutar de lo que los demás, en su diferencia, nos pueden ofrecer.

Juan Gabriel es querido por abuelitas conservadoras y por machos de la vieja escuela. Le gusta a los abogados y a los futbolistas. A las secretarias, a los sacerdotes, a los ingenieros, a los taxistas, a los barrenderos. La música del Divo hermana a la comunidad.

A Juan Gabriel le debo el haberme liberado de prejuicios artísticos. Gracias él me di cuenta que hay que ceder a las emociones y que es una tontería alejarse de las manifestaciones coloridas y populares solo porque los mentecatos las tachan de corrientes. La música de calidad está en todos lados y en cualquier género. Solo hay que tenderle una mano y dejarse llevar.

 

juanga2

Fototeca/El Universal
Anuncios

Cuñadismo a la mexicana

Hay palabras extranjeras que deberían incorporarse con urgencia a nuestro vocabulario de cada día. Ni siquiera hay que recurrir a la gama de expresiones disponibles en otros idiomas, sino a elementos escondidos dentro de países de habla hispana que se prestan muy bien para una adaptación local.

Tal es el caso de carretear, usado por los chilenos para llamar al noble arte de salir de fiesta. O mina, la forma en la que los argentinos se refieren a las muchachas… un término que aplicado en doble sentido bien podría revelar los riegos de acercarse demasiado al sexo femenino. Hay que tenerlo en claro: las mujeres lindas pueden hundirte, explotarte en la cara. Son ellas las que cavan tumbas como decía el viejo Kerouac.

Hay  una palabra en particular que urge incorporar al léxico mexicano y, si nos apuramos, al de todas las naciones del orbe, ya que designa a un tipo de personaje presente en cualquier sitio. Es un término muy usado en España, que si bien no es inédito en nuestro país,  valdría la pena extender en popularidad. La palabra en cuestión es cuñadismo, y aunque su origen, en efecto, está basado en un pariente (y por extensión al nepotismo), no necesariamente tiene que aplicarse al hermano de una pareja, ya que su significado moderno se extendió para denominar al clásico opinólogo que va de elevado al hablar de cualquier asunto que se le cruce en el camino.

El cuñado aplicado en este sentido, y al que ustedes seguro han tenido que padecer, es el típico espécimen que busca sentirse más inteligente que los demás, cuando en realidad no lo es.  En su afán de demostrarlo sueltan cuanta palabrería se les ocurra para aparentar estar muy bien informados. Son, ante todo, verborrea estéril, propia de gente que se lee los titulares que le aparecen en la bandeja de internet y que, ya por eso, se creen especialistas en geopolítica, botánica, zootecnia y ciencias aplicadas.

El destino de estos intelectuales es cruel. Ya que en vez de trabajar en la NASA, como sus ínfulas pretenden merecer, lo cierto es que en el mundo real nadie se los toma en serio. Cualquier verdadero experto los desmonta con facilidad y lo más que producen es pena ajena.

Lo más seguro es que tú conozcas a uno de estos cuñados, tan proclives a repetir datos curiosos que vieron en alguna revista y a preciarse de revelar lo que ya todos saben. A menudo van con un semblante redentor, creyéndose los más listos del barrio, poseedores de la verdad absoluta, como los apóstoles de la sabiduría. La soberbia les hace acosar a quienes opinan distinto, le piden a la muchedumbre que “despierte” y que abandonen los medios tradicionales para unirse a la verdad: medios alternativos y conspiranoicos dirigidos por gente que usa calcetines al ponerse sandalias.

Los cuñados hablan sin saber y a la vez acusan de ignorantes a quienes los contradicen, una maniobra hilarante digna de estudio. Ofenden y luego se ponen a la defensiva. No atienden a argumentos ni a la evidencia. Desestiman cualquier elemento que se les oponga.

Su especialidad es llevar la contraria, el truco más bajo para fingir  ser inteligentes y lejanos del rebaño de ovejas. Van en contra de los consensos, porque ellos ven lo que los otros no. Son inmunes al engaño, una hazaña que se han labrado a base de rascarse el ombligo doce horas frente al monitor de una computadora.

El cuñado busca adoctrinar e imponer sus ideas ya que ello supone erigirse como el faro intelectual de la región. Y en tiempos donde la caballada no es muy robusta, puede llegar a escalar varios puestos en las dinámicas sociales, hasta que un día se topan con un oponente documentado y se desploman. Es por eso que se ceban con los débiles, con los tímidos, con los que no saben sobre un tema. A ellos los atosigan con palabras, mientras que a los sabios los evitan: no vaya a ser que descubran su condición de tigres de papel.

El cuñadismo, aunque en un principio parece gracioso, debe ser detenido si se presenta la oportunidad. Estos embaucadores distorsionan el debate y perpetúan mitos que hacen eco hasta producir la sordera generalizada.

Los cuñadismos más habituales son el deportivo y el político. El cuñado deportivo vocifera contra atletas de alto rendimiento y los acusa de ser una basura antes de proseguir a tomar la botana que tienen puesta sobre la barriga. También se sienten calificados estrategas capaces de refutar las decisiones tomadas por Joachim Löw, José Mourinho y Diego Simeone, a quienes tienen por completos improvisados. Si el cuñado tomara a cualquier equipo lo llevaría a una era dorada de campeonatos a raudales.

El cuñado aplicado a la política se siente facultado para opinar sobre cualquier conflicto o suceso que ocurra en el globo. En especial le interesan los acontecimientos de países exóticos y lejanos, para así dárselas de enterado y muy consciente, en comparación al vulgo, a quienes solo les preocupa lo que ocurre en Francia y en otros países bonitos. Además cualquier versión oficial o consensuada les repele; no se fían de la norma establecida y prefieren armar castillos mentales en donde todo es parte de una confabulación realizada por una élite que lo decide todo en lo obscurito.

A los cuñados les gana el afán de protagonismo. Les encanta interrumpir y suben la voz a donde quiera que llegan. En las reuniones instalan el conflicto cuando todos querían pasar un rato de tranquilidad. Si bien pueden irritar, lo mejor que puede hacerse es reírse e ironizar con ellos.

En definitiva, los cuñados son todo en uno: pedagogos, filántropos, activistas, poetas, psicoanalistas, gastrónomos, filósofos, mecánicos, economistas, científicos, pediatras, ingenieros de audio, teólogos, veterinarios… pero, antes que nada, son imbéciles. Y las redes sociales son su paraíso.

____________

Nota: la quintaesencia del cuñado puede encontrarse en la famosa escena de Annie Hall en la que aparece Marshall McLuhan. Sirve muy bien para ilustrarlo. La vocecilla molesta que de vez en cuando nos rompe los oídos y nos deja al borde de un ataque de nervios.

cuñado

 

 

 

 

Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

kerouac3

Volantes, esa ficción

Hay un elemento curioso dentro del mundo publicitario: los volantes, breves folletos que nadie quiere, que de nada sirven y que sin embargo llevan décadas asolando a comunidades enteras. Seguro has topado con ellos. En cualquier centro urbano es posible encontrar repartidores que te ofrecen rectángulos de papel que llevan impresa alguna oferta. La mayoría de las veces una espectacular rebaja del 10% en el producto que menos necesitas en el momento. El resto del espacio es rellenado por colores chillantes y un listado de los servicios disponibles en el negocio en cuestión. El promedio de vida de estos anuncios es de aproximadamente minuto y medio, tiempo suficiente para que el receptor alcance a localizar el basurero más cercano.

El prestigio de los volantes es tan bajo que la gente los desecha sin siquiera leerlos. En ellos bien podría venir inscrita la receta de la eterna juventud o una propuesta matrimonial y daría lo mismo. Nadie les presta mayor atención. Hay un estigma muy fuerte en su contra. Solo hay dos circunstancias que prolongan la existencia de lo que pudo ser un desperdicio instantáneo: la aparición de un niño que aproveche el recurso para hacer un barquito de papel y el calor que puede transformar al volante en un abanico improvisado.

En vista de su exiguo rendimiento, ¿cómo es que algunos emprendedores siguen recurriendo a semejante artimaña para promover sus servicios? La explicación es sencilla. Por una convención internacional, por una tomadura de pelo de la que todos somos cómplices.

Piensa en la enorme cantidad de personas que se dedican a la industria del volanteo. En ella están involucrados impresores, transportistas, repartidores, cocineros, diseñadores, barrenderos, beisbolistas y un montón de especies añadidas. Si de pronto los folletos se abolieran el ecosistema capitalista podría colapsar, un acontecimiento inadmisible para todos aquellos que aspiran adquirir una pantalla de 60 pulgadas en abonos chiquitos.

De ahí que todos le hagamos al cuento, sostenemos la ficción según la cual los volantes son útiles e interesantes. Los recibimos con cara de que vamos a comprar lo que impulsan. Pero lo cierto es que no. Simplemente sostenemos un ritual que fue heredado por nuestros antepasados para así apoyar la economía de familias enteras.

Desconfía de los seres desalmados que rechazan los volantes. Son individuos sin consideración por el prójimo: traidores de la regla no escrita. El volante se acepta siempre, aunque sea para contribuir a que el pobre repartidor pueda regresar temprano a casa. Piénsalo, entregar un millar de papeletas relativas a una tienda de almohadas es muy complicado, una hazaña equiparable a anotar un gol de chilena. Los empleados del sector tienen que distribuir cada ejemplar antes de poder recibir un mísero sueldo que apenas y justifica las quemaduras del sol.  Lo mejor es ayudarles a cumplir con la tarea. Tomar lo que obsequian es, literal, quitarles un peso de encima, reducir una raya a su condena.

Aun así, dentro del mundo del volante hay dos extremos. El día y la noche. Uno es la excepción que funciona, el otro el que de plano se excede en su cualidad de inservible. En la primera categoría están los restaurantes. Un volante que promete alguna promoción de comida no está nada mal (sobre todo si incluye el número telefónico para pedir a domicilio), de hecho se atesora aunque nunca se utilice: el drama absoluto llega cuando la pizzería te informa que el cupón que habías reservado caducó en el lejano 2014.

El contraste, el colmo de lo vano e ineficaz,  está en esos tabloides gratuitos que únicamente ofrecen anuncios clasificados. En efecto, ni siquiera se esmeran en incluir un horóscopo o articulito para disimular. Se limitan a promover productos chatarra en al menos una docena de páginas, con lo cual el desastre ecológico se multiplica. Los materiales que utilizan para la elaboración del infame catálogo son tan pobres, tan descuidados, que el periódico espurio tiene un olor particular, como a veneno que podría intoxicar a un roedor desprevenido. Una abominación que no tiene perdón y que se cuece aparte, tanto así que no entra dentro del pacto de caballeros del que gozan los volantes tradicionales. Ni siquiera son aptos para cubrir la pipí de los perros.

No olvidemos la dinámica del volante clásico, el que se merece un respeto. Una bonita ficción. Al principio podrá calificarse como una molestia y en cierto modo lo es. Pero también es una costumbre de la que sería difícil prescindir. Sigamos simulando en su favor. A fin de cuentas el repartidor nos hacen sentir importantes, solicitados, nos da la atención que a menudo se niega en las calles.  Si nadie te extiende la mano ni tampoco escuchas una palabra de aliento, al menos es lindo saber que alguien repara en tu presencia quitándote la duda de si acaso no serás un fantasma. Tal es la cuestión: para ellos existes, tienes cara de ser alguien pudiente. Un halago que ya casi nadie te da.

arnold

Andy Warhol: estrella de goma

warhol

1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.

Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

pulp

A propósito de Roger Moore

En su última aparición como el mítico Q (The World Is Not Enough, 1999), Desmond Llewelyn le tira un par de consejos a James Bond, por entonces interpretado por Pierce Brosnan. Se tratan de enseñanzas que resultan especialmente entrañables debido a que Llewelyn moriría poco después del estreno de la película. De este modo el diálogo significa algo así como un testamento, un adiós definitivo.

El primer consejo es el siguiente: “Nunca dejes que te vean sangrar”. Y el segundo: “Siempre ten un plan de escape”. He ahí resumidas, de maneras sencilla, lecciones que funcionan como un manual de estilo y comportamiento. Un caballero jamás debe mostrar signos de debilidad, aunque se esté derrumbando por dentro. Y no debe dejar nada a la suerte: en su horizonte tiene que existir un lugar al cual dirigirse si es que acaso todo le sale mal.

Tales palabras vienen a la mente con el fallecimiento de Roger Moore, actor que interpretó al agente encubierto más famoso del mundo en siete películas (el récord hasta la fecha) repartidas en dos décadas diferentes.

Roger Moore no fue el mejor James Bond. Tampoco fue un actor extraordinario, labor en la que fue más bien austero; él mismo admitía que su registro como intérprete oscilaba entre “levantar la ceja izquierda o levantar la ceja derecha”. Pese a ello, Roger Moore tenía algo que no abunda, la clase y el carisma. Un don para tratar a las personas y una habilidad para saber hablar y guardar silencio en el momento adecuado. Tímido durante su adolescencia, tuvo que forjar a su propio personaje: un encanto envuelto de modestia que no era consciente (o al menos eso decía) de su estatus como símbolo de masculinidad.

Como artista, Roger Moore optaba por la delicadeza y por la discreción. Así lo deja de manifiesto una anécdota ocurrida durante el rodaje de The Man with the Golden Gun (1974). Por aquellos tiempos Roger Moore había aplicado una sutil estrategia de robo, habitual entre los actores de la época: el británico procuraba adueñarse de las prendas que usaba como James Bond para transferirlas a su guardarropa personal. Después de todo eran trajes finos que estaban hechos a su medida, nadie más los podía utilizar. Así que en los preparativos de la cinta, cuando le entregaron un traje que le gustó de manera particular, decidió que esa sería la joya de la corona; por tanto se dispuso a actuar con sumo cuidado, midiendo cada movimiento, cada paso, para que el conjunto de marras quedara impecable para su colección.

Roger Moore se sintió orgulloso luego de la última escena de acción: cuando el director gritó “¡corte!”, el traje se encontraba como nuevo, sin una sola mancha o fisura. Lo había conseguido. Un atuendo costosísimo sería incorporado a su armario. No obstante, a los pocos segundos ocurrió algo que no se esperaba. De pronto alguien le arrojó una cubeta entera de engrudo sobre la cabeza, con lo cual el traje (y su peinado) quedaron arruinados. El autor de la broma fue “Cubby” Broccoli, productor del filme, quien se había dado cuenta de las actitudes tiquismiquis de su muchacho. Todo fueron risas en el lugar.

Un referente.

Roger Moore protagoniza una de mis fotos favoritas de la cultura pop. La estampa fue inmortalizada por Peter Ruck en el año de 1968. En ella, Roger Moore bebe una copa sostenida con la misma mano en la que lleva un cigarrillo. La estrella de cine mira hacia su derecha, no sabemos dirigiéndose a qué o a quién, pero en ese gesto lo está todo, la aspiración de cualquier hombre. Un modo de saber estar en el mundo y disfrutar de la vida. Hedonismo en estado puro. Sin complicaciones, con elegancia y un toque de jugueteo.

Roger Moore envejeció con gracia. Se fue sin aspavientos y con toda la categoría a los 89 años. Siguiendo el consejo de Q, nunca dejó que lo viéramos sangrar. Se le recordará como aquel hombre de porte y cabello impoluto. Alguien sin revolturas.

moorrrr

1001 maneras de vivir sin trabajar

tulip

La añoranza de muchos es poder vivir sin trabajar, un sueño bastante lógico si pensamos que rascarse el ombligo siempre será preferible a picar piedra en una mina de carbón. Por desgracia, en la vida moderna es complicado sostenerse sin la ayuda de dinero en los bolsillos, de ahí que la mayoría de las personas se vean obligadas a conseguir un empleo donde a menudo sufren al tener que convivir con extrañas criaturas llamadas colegas y donde los jefes, unos ogros poco sutiles, acaban por pulverizar lo que alguna vez fue un espíritu idealista.

Un gran número de estudiosos han intentado descifrar el secreto para poder vivir sin trabajar. En este sentido, los vagabundos se han erigido como los mayores expertos en la asignatura, bajo una serie de estrategias que los alejan de las dinámicas del consumismo para entrar de lleno en contacto con el medio ambiente.  Este camino, sin embargo, no es fácil y son pocos los dispuestos a ir a su estela. La mayoría de las personas proclaman estar en contra del materialismo hasta que se enteran de que eso implicaría renunciar a usar el horno de microondas.

Para ellos, a los que se les complica desapegarse de las posesiones pero que al mismo tiempo quieren dejar de trabajar, queda una solución. Y la respuesta está en un libro lanzado en la agitada década de los sesenta, época en la quizás se haya presentado más concentración de locura per cápita en la historia de la humanidad.

El título en cuestión es 1001 maneras de vivir sin trabajar de Tuli Kupferberg, editado originalmente en 1961 y cuya edición definitiva fue lanzada en 1967 por la editorial Grove Press de Nueva York.

Antes de revisarlo, veamos un poco del autor.

Tuli Kupferberg (1923-2010) fue todo un personaje de la contracultura estadounidense de los sesenta. Estuvo asociado a la generación beat, aunque desde una posición aún más marginal que la de otros representantes del movimiento. El hecho de que su nombre permanezca un tanto en el olvido puede atribuirse a su propia naturaleza, un carácter indomable que le impedía asentarse y sobresalir en un solo género. Lo mismo hizo poesía que activismo por la paz; fue caricaturista, comediante, ensayista y músico. En este último apartado destaca The Fugs, la banda que fundó al lado del también poeta Ed Sanders, a quien conoció durante la proyección de una película. The Fugs fue un proyecto adelantado a su tiempo: el grupo, nacido en 1964, mostraba una actitud provocadora, letras satíricas y un albedrío musical que bien podría considerarse un antecedente de Lou ReedThe Velvet Underground. Punk en ciernes, divertimento.

Allen Ginsberg, por cierto, hizo referencia a Tuli Kupferberg en su célebre poema Aullido, a propósito de una curiosa anécdota: el día en que Kupferberg se lanzó desde el puente de Manhattan, debido a que, según sus propias palabras, había perdido la capacidad de amar. Para aquel hombre no valía la pena seguir adelante en tales circunstancias. El intento de suicidio resultó un fiasco: en determinado momento Kupferberg se dio cuenta de que estaba hundido en el agua pero que no había muerto. El inconveniente lo llevó a nadar hasta la orilla para después regresar a casa y dormir, como si nada hubiera ocurrido.

Eso era, más o menos, Tuli Kupferberg. Las pinceladas biográficas son importantes para entender los disparatados métodos que proponía para vivir sin trabajar en su libro, descatalogado y difícil de conseguir en la actualidad. En internet circulan algunas viejas copias cuyo costo está por encima de los $150 dólares. Y aunque no hay versión digital ni edición en español (el nombre original del libro es 1001 Ways to Live Without Working), me he dado a la tarea de traducir algunos de estos consejos a partir de escaneos que circulan en algunas páginas de la red.

Aquí va una selección: 18 maneras de vivir sin trabajar de acuerdo a Tuli Kupferberg. Espero les sean de provecho y les ayuden a dejar, por fin, las responsabilidades que les agobian.

tulip2

***

Cásate con el Presidente
Usa magia
Vive en una tienda departamental
Roba pan a las palomas
Disfrázate de paloma y espera a ser alimentado
Encuentra oro
Descubre la electricidad
Limosnea y abandona tras haber recaudado un dólar
Inventa cosas
Sé un crítico literario
Siempre camina
Vive con pigmeos (como el singular rey-gigante)
Lame tu plato
Guarda todo en tu habitación por 200 años, luego véndelo como antigüedades
Sé un caballo retirado
Busca un trabajo en Nochebuena
Inventa la televisión
Vive en un país extranjero en donde no se te permita trabajar

_________________________
*Las imágenes fueron sacadas de blogs.harvard.edu/houghtonmodern/

En contra de la pizza hawaiana

La corrección política ha conseguido que las atrocidades campen a sus anchas con total impunidad. Un sector de la población camina con el temor de denunciar prácticas que deberían ser condenadas sin miramientos ya que esto podría llevarlos a ser tachados de intolerantes por una manada de inspectores que lo permiten todo en un afán secreto de destruir lo que en otrora fue la época dorada de la cultura.

Varios personajes y distintas conductas se han aprovechado de la situación para imponerse dentro de la sociedad. Lo hacen de una manera tan intensa que lo espantoso acaba por verse con condescendencia y como si fuera normal, cuando lo justo sería que la barbarie desapareciera de un plumazo y para siempre de la historia humana.

Quizás el caso más significativo de la cruzada anti-finura sea el de la pizza hawaiana. Desde su creación, ideada por científicos enfermos que buscaron destruir a occidente desde adentro, de algún modo se las ingenió para ganar terreno en  las preferencias de la gente a pesar de ser, digámoslo claro, una salvajada gastronómica.

Algunos lectores saltarán de su asiento para decir que la pizza hawaiana no está tan mal. Dirán que existen cosas peores de las cuales quejarse y que dedicar un texto a lanzar una diatriba contra un simple platillo es una muestra de frivolidad. Nada más lejano de la sensatez. Por culpa de mentalidades tan livianas como la de ustedes es que la pizza hawaiana  ha logrado apoderarse de la modernidad. Nadie le ha puesto un alto. Y si bien alguna vez existió un valeroso grupo de resistencia que denunciaba la presencia de semejante bodrio culinario, con el paso de los años este se ha debilitado hasta quedar en ruinas.

En la actualidad vociferar contra la pizza hawaiana se ha vuelto de mal gusto y lo condena a uno al ostracismo social. Y debería ser al contrario. La ironía ataca de nuevo: el mundo al revés en el que estamos sumidos hasta el mareo.

Combinar piña y jamón es ya de por sí un asunto que revuelve el estómago, sin embargo al involucrar a un plato tan noble —como es la pizza— la ofensa se vuelve mayor. La ordinariez no tiene respeto por lo sagrado e invade con su manto pestilente cuanto lugar le sea posible. Si no ofrecemos resistencia, pronto veremos otros sacrilegios. ¿Se imaginan un taco hawaiano? Tortilla de maíz rellena de queso, jamón y piña que harían revolcar a nuestros ancestros desde sus respectivas tumbas. No, no podemos dejarlos. Aparten sus sucias manos de nuestra comida.

La pizza hawaiana, por cierto, no es de Hawaii. Sus orígenes al parecer se encuentran en Alemania, país acostumbrado a legar lo mejor y lo peor del siglo XX. De esto se supo hasta hace no mucho, cuando el alcalde de Honolulu inició una campaña para deslindar al archipiélago de cualquier implicación en la invención de dicha variante de pizza. Temeroso de que la imagen de su territorio se viera mancillada, procedió a rechazar las acusaciones que pesaban sobre un lugar que tenía fama de paradisíaco. La pizza hawaiana era lo único que alejaba a Hawaii de la perfección, de modo que la acción conjunta de funcionarios culturales, económicos y diplomáticos fue vital para salvaguardar el prestigio de uno de los mayores atractivos geográficos que existen en el Pacífico. Pese a los esfuerzos, la campaña “Stop ham and pinepple” (“Aole au e olelo aku i pizza me ka hama a me pineapple” en hawaiano) tuvo alcances limitados. Mucha gente todavía asiste a la isla con la intención de probar un platillo típico que nunca lo fue, aunque algunos pobladores han lucrado con el malentendido bajo una dinámica de venta de ropa y sombreros que ha potenciado la economía de la localidad.

Tocar el tema de la pizza hawaiana trae complicaciones. Es una cuestión polémica que puede herir susceptibilidades y traer consecuencias para quien se atreva a oponerse al consumo de semejante engendro. Hacerlo implica echarse encima a millones de admiradores y a un lobby de poderosos que a lo largo de las últimas décadas ya ha silenciado a quienes se atreven a criticar a su alimento preferido. Basta recordar el caso de Xavi Stokes, un joven empresario barcelonés que en 1994 vio arruinado su local de comida rápida luego de negarse a vender pizza hawaiana dentro de sus instalaciones. “En el negocio de mis abuelos no va entrar esa basura“, dijo a los medios de comunicación, poco antes de aparecer muerto en circunstancias sospechosas. El cadáver del pobre hombre fue encontrado en una bodega con rodajas de piña metidas en las cavidades oculares. Aquello era una señal. Una amenaza velada. Desde entonces nadie en Cataluña se ha atrevido a cerrar las puertas a la pizza hawaiana por temor a recibir castigos similares a cuenta de la mafia en el poder.

Igual no todo es obscuro. Me consta que existe gente noble entre los consumidores de pizza hawaiana. A varios de ellos los estimo y algunos incluso pertenecen a mi familia. Esto no impide que mire el fenómeno de manera objetiva y pueda concluir que todos ellos merecen ser condenados a la pena capital, con el aseguramiento previo de que ninguno de ellos haya dejado descendencia.

Ante el ambiente de depravación al que estamos sujetos, no queda otra que tomar medidas severas. Y hay que hacerlo de manera urgente, antes de que una raza alienígena  venga a darse cuenta de lo bajo que hemos caído como especie. Es necesario instalar un plan de contingencia a escala global, pero antes se deberá promover un proyecto sólido en la agenda de las mayores cumbres de política internacional. Ha llegado el momento en el que los Caballeros del Pepperoni se unan para plantar cara al eje del mal.

Cierro con una confesión: alguna vez yo fui consumidor de pizza hawaiana. En los alocados años noventa, cuando la vida era rebelión y desenfreno. Era común que en las fiestas infantiles aparecieran estos personajes: niños que surgían de entre la sombras con sus ojos rojos para preguntar “¿quieres darle una mordidita?” mientras extendían la mano para ofrecerte un triángulo de pan con queso, piña y jamón encima. A veces uno aceptaba la oferta, presa de la emoción, aunque tarde o temprano acababas por darte cuenta de las consecuencias. Al degenere había que decirle que no.

pizza2

Vino a decir que se iba

Más vale tener talento si es que no eres agraciado físicamente. Lo sabía Serge Gainsbourg, héroe de la chanson francesa, que desde sus primeros años se dedicó por entero al arte no sólo como medio de expresión, sino también para quitarse el estigma de fealdad  que tuvo que cargar en la espalda. Un rechazo social del que fue víctima hasta que la celebridad logró poner en perspectiva el gran valor de su interior. Una personalidad arrolladora, llena de ideas, gracias a la cual pudo conquistar (y perturbar) al público y a una serie de mujeres provenientes de un sueño profundo.

La  travesía de Gainsbourg fue complicada. Si llegó a la cumbre fue debido a un espíritu indómito con el que se sobrepuso a la adversidad. Ya en la adolescencia supo lo que era el miedo y la persecución cuando tuvo que huir de París junto a su familia (inmigrantes judíos) durante la Segunda Guerra Mundial. Malos augurios con los que, lejos de derrumbarse, se fortaleció.

El contexto en el que creció lo predispuso a estar a la defensiva ya en la madurez, cuestión que le sirvió para no rendirse en el terreno musical. Fue alguien que batalló en lo profesional hasta cumplir los 30 años, momento en el que su nombre empezó a tener cierta notoriedad en la escena de París sin que esto supusiera una consolidación definitiva.

La crítica se le solía echar encima a la menor oportunidad (no era un bendecido, tuvo que cargar con la cruz hasta el último día) y por ello en un principio optó por componer para otros intérpretes: prefería que fueran ellos los que se expusieran a las balas y a los reflectores. Serge Gainsbourg era reservado por naturaleza (“la seguridad es la soledad”, diría en una de sus últimas entrevistas).

La hostilidad ajena lo hizo refugiarse dentro de sí mismo y en su pasión de juventud: la pintura. En aquellos días, antes de dar el paso al oficio de la canción, firmó una cantidad considerable de cuadros, dignos de alguien que seguía la estela de BonnardCézanne, tarea a la que renunció al no encontrar los resultados deseados. Su gran sentido autocrítico lo llevó a destruir casi todas sus pinturas (se salvaron un puñado de trabajos, incluyendo uno que había obsequiado a Juliette Gréco). Para él no había medias tintas, o se era sublime o había que renunciar.

Ya luego se desataría en su faceta de compositor. Serge Gainsbourg se inició en el piano desde los cinco años por la influencia de su padre, dado a la música clásica y al arte en conjunto. En el hogar de la familia desfilaban los ecos de Ravel, Debussy y Fauré que poco a poco configuraron el estilo del pequeño hijo. Después viene el jazz. Cole Porter lo marca para la eternidad.

De ahí en adelante no se detiene, absorbe de donde se pueda, atraído de manera especial por los figuras resquebrajadas, los ambientes nocturnos, lo estético del pesar. La gran intuición melódica y lírica lo convirtieron en una especie de Apollinaire de la música pop. No temía experimentar, soltar onomatopeyas y expresiones intraducibles a otros idiomas. Juegos verbales, burlas. Escatología rampante para ponerse al nivel de la humanidad.

En algún punto de los cincuenta Serge Gainsbourg conoce a Boris Vian, que le sirve como faro en más de un sentido. En la parte creativa, social, íntima e intelectual Lo que necesitaba era ganar confianza. Que alguien respetable le confirmara las sospechas con una palmada en la nuca. Los esfuerzos que tiraba tenían algún valor. No era un tipo cualquiera.

Era en realidad una figura de época. Un maldito que pisó a fondo el pedal de los excesos.   El Gainsbarre con barba de tres días levantando la falda de alguna mesera. El que transfería chistes vulgares a modo de respiración. Estrellarse de lleno contra el muro era el único destino en figuras de su linaje, tan incompatible con el algodón y las luces. Un ser embebido por el alcohol y el tabaco, vicios a los que no abandonó ni siquiera después de su primer infarto. Las facturas a pagar le importaban poco. Con su habitual descaro manifestaba la idea de que debía seguir fumando y bebiendo para no sufrir más problemas en el corazón. Una receta que, como cabía esperar, fallaría con estrépito en los meses subsecuentes.

Le daba igual. Estaba condenado. No tenía remedio. Hizo de su propia existencia un lienzo negruzco donde la sangre tejía un halo de muerte.

La caída, desde luego, había que darla con estilo: entre humo, vino y mujeres. El placer era una de las bases de su filosofía. Disfrutar a tope mientras era posible y bajo cualquier circunstancia. Ejemplos hay varios, casi todos conocidos por la mayoría. Lo cuenta la leyenda: en medio de uno de sus infartos, ante el cual tuvo que arribar una ambulancia de emergencia, pidió a los paramédicos que le cubrieran el cuerpo con una sábana Hermès que guardaba en su habitación, ya que las que tenían en el hospital no eran de la calidad ni el confort suficiente. La crisis cardíaca podía esperar.

Al prestigio artístico que le acompañaba desde finales de los años cincuenta se le sumó la fama internacional cuando en 1965 compone “Poupée de cire, poupée de son” hit instantáneo con el que France Gall consigue el primer lugar en el Festival de Eurovisión. A partir de ahí todos quieren trabajar con él. Brigitte Bardot y Jane Birkin caen en sus brazos. Radicaliza su propuesta y a lo largo de su carrera escandaliza al Vaticano, a la (supuesta) progresista sociedad francesa e incluso hace enfurecer a Bob Marley. En su etapa tardía abandona el jazz y el pop con el objetivo de explorar el reggae, la electrónica y  la música ambiental. Al final el cuerpo no le aguanta el ritmo y muere en 1991 a los 62 años, dejando tras de sí un cúmulo de perlas para el recuerdo.

Era el ocaso, a donde se dirigía cada uno de sus movimientos. Lo anticipaba en algunas canciones:

 Habrá velas que se consumirán como una esperanza ardiente.
Y por ti sin esfuerzo mis ojos estarán abiertos.

 Poco a poco me desmorono víctima de tu crueldad.
Entonces volverás pero yo me habré ido*.

*Versión al español de Guillermo López Gallego

Serge Gainsbourg

(Foto: RDA/Getty Images, 1987)