Sergio Pitol y el arte como oxígeno

Sergio Pitol supo del levantamiento del Muro de Berlín mientras viajaba en un barco de origen alemán en el año 1961. El escritor mexicano vivió gran parte de su vida en Europa y le tocó experimentar ese episodio histórico en primera fila. Los comunistas erigían la barrera de la vergüenza que marcaría la Guerra Fría, misma que fue destruida hasta el último suspiro de los años ochenta.
El capitán le informó a los tripulantes lo que sucedía y ahí mismo anunció que por órdenes gubernamentales tendrían que regresar a un puerto alemán. Aquella travesía , originalmente dirigida a los Países Bajos, había terminado.


Sergio Pitol
mencionaba que semejante coyuntura histórica no le impactó mucho cuando la vivió. Paradójicamente estar ahí, en el momento y en el lugar, le restaba perspectiva al asunto. Nadie entendía muy bien lo que estaba pasando en realidad. Una vez en tierra, Sergio Pitol procedió muy campante a asistir a una exposición de Picasso en un museo. El lugar estaba casi vacío, pero la obra del genio malagueño lo deslumbró.

Algo similar le ocurrió en Turquía, tiempo después. El autor de “El arte de la fuga” iba dentro de un taxi cuando se percató de que alguna gente corría por las calles. El vehículo fue detenido en varias ocasiones por fuerzas de seguridad para realizar una inspección. Había griterío y cierta hostilidad. Sergio Pitol no captaba qué diablos pasaba, pero el taxista lo reconfortó diciendo que eso era normal en Estambul. Más tarde se enteraría que había presenciado un fallido golpe de Estado que, in situ, no le había parecido gran cosa.

Poco después Pitol visitó Santa Maria delle Grazie, en Milán, donde se encuentra La última cena de Leonardo da Vinci. Su agitada travesía por Europa llegó a un momento determinante. Ahí, ante el mural del gran artista italiano, se derrumbó. Estaba conmovido. Cualquier acontecimiento de orden histórico, como los que ya había experimentado, le parecía menor al lado de una verdadera obra de arte. Aquellos sucesos le parecieron nimios, casi superficiales, junto a un portento universal que trascendía a cualquier época. Eso era lo sublime. Pasarían los años y las trifulcas humanas palidecerían frente al remolino creativo y estético de un solo ser humano.

Mucho tiempo después, cuando regresó a México, ya a finales de los ochenta, Sergio Pitol se llevó gran desencanto. Se dio cuenta de que aspectos centrales no habían cambiado. Quienes eran pobres lo seguían siendo décadas después. Los vicios y problemas de siempre continuaban arraigados en la sociedad. Y a eso había que añadir un deterioro de la ciudad en la que había crecido. Un colapso ecológico y en el designio estructural.

La imagen era triste. Había contaminación, desorden vehicular y una deplorable clase política que no contribuía a la causa común. Pero había algo que le aliviaba. Era, de nuevo, el arte. Las creaciones de los propios mexicanos. Los libros de Octavio Paz, Juan Rulfo y los poemas de José Gorostiza.

Sergio Pitol confiaba en que, algún día, México se levantaría de la podredumbre. Que todo el fracaso de nuestro país algún día podría ser visto como un pasado innoble, mientras que el arte trascendería y permanecería vivo por siempre. Toda esa capa marchita se vería eclipsada al fin por “Pedro Páramo” o “Estación violenta” que, a su modo, tienen un cariz de inmortalidad y funcionan como el oxígeno que el espíritu necesita.

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Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik y la escritura

Marguerite Duras

No es tanto un asunto de escribir, sino de buscar un refugio, una asidera a la realidad y, también, una ruta de escape. Ante un ambiente hostil y ante la asfixia emocional, la empresa creativa se vuelve un desfogue tan contundente como sutil. En lugar de dar tumbos por la calle o del griterío histérico que solamente importuna al prójimo, dedicar los días a sublimar las malas sensaciones a través de la composición musical, la pintura o la vertiente literaria se vuelve un acto heroico en sí mismo, propio de gente con amplio sentido de la dignidad.

En lo que se refiere a la escritura, el proceso es el de soltar lo que interesa o agobia. En vez de arañar o tirar golpes, se procede a abalanzarse contra el papel. El resultado, si se muestra, alumbra a los lectores, en especial a quienes padecen de situaciones similares y que, al fin, encuentran un alma que comprende de qué van los pesares internos. Aquello que creíamos una conjura cebada sobre nuestra particularidad, resulta ser un óbice alojado también en un ser que, a kilómetros y años de distancia, da cuenta de lo que le sucede. Es así que uno se siente menos solo. Lo que no se revelaba a nadie y lo que se sufría en intimidad, de pronto está conectado a través de la marea del tiempo y los idiomas con algún artista que se vuelve un cómplice para nosotros.

Marguerite Duras tenía en claro que las palabras podían representar un salvamento cuando nada más parecía funcionar. En uno de sus ensayos lo señalaba a la perfección, como una salida en medio de la penumbra. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará”.

Para ella escribir era un ancla a la vida, una ocupación que se renovaba cada que uno quisiera empezar un proyecto. Aun sin ideas ni un argumento fijado, bastaba con la convicción de tener un nuevo libro, “esa inmensidad vacía” en la que todo era posible y que a través de derramar la conciencia podía redituar en una forma. El acto iba más allá de las reglas básicas de significado y ortografía. Era más cierta disposición. Una voluntad de ceñirse a ello.

Tener esa obligación le daba un sentido a sus días. Marguerite Duras era prolífica por tanto, ya que era incapaz de abandonar un libro una vez que lo había comenzado. Nada la detenía. Se sobreponía a cualquier circunstancia. Tenía claro por dónde iban los tiros desde aquel día en que Raymond Queneau le reveló su principio: “escribe, no hagas nada más”.

El caso de Alejandra Pizarnik es un tanto más delicado. Su personalidad, dominada por el fantasma de la depresión, la empujaba dentro de sí misma en una conciencia exacerbada que la mayoría de las veces no era agradable. Ella sufría y dejaba constancia del tormento, silencios desesperados que brotaban ante la mirada del lector. Ante la incapacidad de relacionarse y comunicarse con los otros —fueran amigos o prospectos de amor— de manera efectiva (siquiera sobrellevarlos, como ella misma confesaba), le quedaba el camino de la poesía, un espacio que podía moldear a su antojo y donde libraba su batalla sin demora.

Aislada desde joven, su mayor aspiración era “vivir para escribir”. Al igual que Marguerite Duras no quería otra cosa. Sobre todo porque no le quedaba alternativa. Incapaz de cultivar vínculos personales de manera sana, e inundada por constantes afectaciones propias de su hipersensibilidad, solo le restaba el relativo confort de un escritorio y una habitación vacía. Alguna vez mencionó que no aspiraba a mucho más. No pretendía la llegada del amor ni la satisfacción económica. Deseaba, más que cualquier otra cosa, la paz. Poder leer, estudiar y escribir sin preocupaciones.

Para aquella joven argentina estaba la referencia de la autora francesa; una estrella distante le demostró que aquella ruta era posible. Así lo manifestó en uno de sus diarios.

«He visto una foto de Marguerite Duras y me puse contenta. Es pequeña y gorda. “Para escribir no es imprescindible ser una belleza”, me dije. Y me alegré».

El capricho de las ideas

La diferencia entre escribir un buen texto y no concretarlo en absoluto se define a veces por la cercanía de una pluma y un papel. Hay ideas escurridizas que cometen la travesura de aparecer sin avisar. Y, si bien iluminan por un instante, son caprichosas, así que si no las atiendes rápido se van lejos para no volver. De ahí que uno deba apresurarse y acudir a anotarlas antes de que sea demasiado tarde. Por memorables que parezcan estas representaciones mentales, el olvido les sigue el juego y desaparecen con la misma facilidad con la que llegaron.

Un buen método para remediarlo, propio de artistas precavidos, es salir a la calle siempre con una libreta en el bolsillo. Con la compañía, eso sí, de un lápiz o cualquier instrumento que sirva para dibujar o trazar letras para que así sea posible materializar la abstracción.

Sin embargo, el remedio no es infalible. Algunas de las mejores ideas gustan de hacer sufrir al prójimo, así que aparecen cuando estamos en la calle justo en ese día en el que se dejó la libreta olvidada en casa. Es entonces, ante la ausencia de herramientas para registrar, cuando surge el relámpago creativo. Se trata de algo sublime, como enviado por los dioses. Parece ser el punto de partida para crear nuestra obra maestra. Ese trabajo definitivo que nos consolidará como autores y que nos catapultará a la fama como siempre merecimos.

De inmediato se emprende la búsqueda desesperada por algo que sirva para apuntar. Cualquier cosa funciona, pero de pronto los recursos escasean para completar la cruel broma del destino. Como cuando se quiere comer un cereal y no hay leche en el refrigerador. O como cuando la vejiga no aguanta más y todos los baños de la ciudad resultan estar fuera de servicio.

Después de dejar patas arriba el lugar en el que uno se encuentra, al fin se da con elementos que sirven para apañárselas: un ticket del supermercado y un marcatextos amarillo de punta chata. Se procede a escribir aquella línea que había deslumbrado, la que nos encumbraría ante la crítica y que incluso ayudaría a conquistar a la mujer de los sueños. Pero viene la falla. La Tragedia. Resulta que la idea ya no está. La hemos olvidado. Todo acaba en un derrumbe interno. El vacío de volver a la normalidad.

No a todos les obsesiona esta cuestión. Alguna vez Noel Gallagher dijo que se le ocurrían un montón de canciones antes de dormir, ya tarde por la noche. Y en vez de saltar de la cama para grabarlas o tomar notas al respecto, prefería seguir como si nada y cerrar los ojos. Las horas de sueño le servían como filtro: estaba seguro que si la canción era lo suficientemente buena la seguiría recordando al despertar. De otro modo no valía la pena siquiera.

El método de Noel Gallagher tiene riesgos que no todos están dispuestos a asumir, en especial quienes se dedican a la literatura. Los escritores son conscientes de que cada línea cuenta y que no se puede renunciar a la más mínima palabra que suponga un punto de partida para un relato o una novela.

Es el caso de Joan Didion y John Gregory Dunne, quienes acostumbraban a viajar en compañía de cuadernos u hojitas que les permitieran tomar notas que a la postre acababan en sus libros. Ambos constituyeron una obra amplía gracias a que para ellos no había algo así como vacaciones. Los ratos libres no eran más que bloques de tiempo en los que permanecían atentos a estímulos que redituaran en alguna reflexión o pensamiento que pudieran sumar a sus diarios. Procuraban no desperdiciar casi nada. Las ideas, como decía Bob Dylan, estaban flotando en el aire, solo había que estar atentos para atraparlas. Con una pluma fuente como anzuelo, de preferencia.

Es un buen ejercicio pensar en todos esos ensayos, poemas o cuentos que pudieron no existir de no haber sido porque el autor tuvo acceso a pluma y papel en el momento adecuado, en la fracción de segundo en la que todo se define y en donde surge esa primera célula creativa de la que deriva lo demás.

Es posible que El gran Gatsby nunca hubiera existido (o al menos no sería lo que es) si F. Scott Fitzgerald hubiera dejado pasar ese comienzo tan genial que tiene la novela. Si por desidia o por falta de una estilográfica hubiera postergado el chispazo para luego enterarse de que se había extinguido para la eternidad. Lo que importa es que en algún punto se llenó de determinación y acudió al llamado de la idea. Se dejó envolver por ella y estuvo a la altura de lo que se requería.

Es importante recordar el ejemplo anterior. Hay que tener cuidado de una clase de resistencia muy propia de la pereza y el desánimo. Caer en la trampa de pensar que cierta idea no es lo suficiente buena como para tomarse la molestia de escribirla. Es posible que nuestro juicio esté equivocado y que de ese modo dejemos ir un flechazo de inspiración que convenía elegir. Es posible que seamos demasiado severos con nosotros mismos y que debido a ello se deje pasar una gran oportunidad.

En otras ocasiones la percepción juega al engaño. Una persona despierta a medianoche y tiene un verso que parece magnífico en la cabeza. Una línea de oro que hay que plasmar en algún lado sí o sí. Se procede hacerlo, se trata de un obsequio del mundo onírico. Por fortuna, con todo y modorra, cada sílaba acaba estampada en algún sitio. Una vez que el frenesí ha sido aliviado, se vuelve a dormir.

Al despertar viene el recuerdo de ese verso. La joya de la corona. La octava maravilla del mundo. El cáliz de las letras hispánicas. El mismo que se desinfla apenas damos la primera lectura. Lo que se ha escrito es una incoherencia muy lejana a lo que recordábamos. Más vale quemarla o cederla a un bote de basura en situación de calle.

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El espejito de sobreanalizar

“Not everyone is an artist but everyone is a fucking critic”
Marcel Duchamp

En la tarea de la crítica existe una especie que resulta particularmente graciosa. Son aquellos opinólogos que tienden a sobreanalizar cuanta obra se cruce en su camino. El objeto analizado es una mera excusa para que ellos den rienda suelta a la portentosa erudición que cargan y que ofrecen a los lectores en un ejercicio de magnanimidad por el cual deberíamos estar agradecidos.

Este tipo de emisarios de la intelectualidad se encuentran encumbrados en los medios y en la academia. Son, además. grandes reivindicadores del lenguaje ya que usan palabras que han sido discriminadas durante años para ponerlas de nuevo sobre la palestra.

Les da igual que nadie les entienda, eso no les va a arruinar la oportunidad de hacerse los listos ante las mentes inocentes de turno. Por ello usan estructuras enrevesadas y toman prestados tecnicismos de otras disciplinas como la botánica y la geofísica para aplicarlas a estudios comparativos sobre películas de Marvel y Cantinflas.

Los sobreanalistas ven cosas donde no las hay. Por ejemplo, para ellos alguien que usa capucha resulta ser una representación de la Virgen y el paso de una hoja seca en un cortometraje tiene, a su parecer, un anclaje con la mitología nórdica.

Hay que decirlo: estas figuras a menudo le hacen un favor a lo que pretenden revisar ya que les dotan de una profundidad que no tenían de antemano. Los autores son los primeros sorprendidos: aquellas líneas que tiraron de relleno en una noche de resaca están compuestas, según los cuentistas, de una complejidad que ellos nunca vislumbraron a la hora de dar un par de tecleos poco inspirados.

En una conversación con John O’Brien, David Foster Wallace hacía referencia a esa manía de algunos críticos por examinar, de manera casi onanista, las novelas ajenas. Ambos coincidían en que era difícil tomarse en serio a tales personajes. Foster Wallace decía que no los entendía, que era incapaz de seguir los razonamientos que hacían sobre sus trabajos. «No soy capaz de ver en mi versión de mi texto ninguna de las cosas que ellos ven; en ocasiones son bastante impresionantes, de un modo me pregunto: de qué diablos están hablando».

El escritor estadounidense decía que con ellos no tenía problema porque, de verdad, no les captaba ni una sílaba. No sabía ni qué reclamar.

Es válido tomar una obra y a partir de ella recrear significados y expandir la imaginación, muchas veces superando en calidad al objeto de estudio. A menudo resultan lecturas admirables que conllevan mayor grado de creatividad que aquello de lo que partieron sin que nadie le dé la etiqueta de genio a los críticos, esa estirpe tan frecuentemente minusvalorada.

Otra cosa es que pretendan que tomemos en serio todo lo que dicen y que busquen erigir, en algunas ocasiones, un canon que limita un libro o una cinta a una versión retorcida que ni siquiera casa con la cosmovisión de quien hizo la propuesta original. Al final se vuelven enemigos de la cultura. En lugar de promover, desincentivan el acercamiento al producto que destruyen.

O peor aún, y eso sí es más condenable, que por una simple vanidad compliquen las realidad con palabrería que no va a ningún lado. En ese caso el objetivo no es el de iluminar la perspectiva sobre una obra, agregar capas conceptuales ni ofrecer nuevas rutas para debatir, se trata de un bochornoso truco que trata de exhibir una alta cultura que no es tal.

La persona sensata sabe medir las palabras y abordar un tema sin perderse en ínfulas masturbatorias como hacen los esnobs. Esos que buscan un protagonismo insoportable y mantenerse enchufados a los congresos de provincia.

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Estrellas sin fama

Seguro las has visto. No abundan, pero si prestas atención de vez en cuando te atravesarás con una de ellas. Son las estrellas sin fama. Personas que tienen toda el aura y esencia de una celebridad y que sin embargo, por diversos motivos, no lograron llegar a donde querían.

Las puedes encontrar en cualquier parte. Hay varios ejemplos. Como esa cajera que es una eminencia de las matemáticas y que puede llevar de memoria cuentas enormes  que le facilitan sus funciones, aunque más bien debería ser ingeniera. O el gran cantante que vende frutas y verduras en un mercado, deleitando con su voz a cada persona que se le acerca. O aquel escritor que labora en un estacionamiento, ese al que nadie ha leído y que pasa de largo para decenas de clientes que no tienen ni idea de que son atendidos por un prócer de las letras superior a muchos autores premiados, solo que nunca ha mostrado la carpeta de sus cuentos.

También está esa actriz de primera línea que, lejos de un set televisión, ve pasar sus mejores días frente a una hoja de cálculo en la computadora. O esa reina de belleza, anclada a la cocina, que renunció al glamour para hacerse cargo de sus hijos.

O el astro del futbol callejero que desde la grada mira un partido y con melancolía piensa en lo que pudo ser si hubiera tenido una oportunidad en el ámbito profesional. Una sola.

A todos ellos la vida los empujó a un derrotero distinto al que les convenía. Al que les apasionaba. Ahora se encuentran en trabajos admirables y dignos, que no obstante se alejan de lo que alguna vez trazaron en sus sueños más preciados.

Pero son seres de excepción. No necesitan de la fama, que a fin de cuentas es algo accesorio. Algunas de estas figuras ni siquiera necesitan hacer nada. De nacimiento cargan con la estrella. Con tan solo mirarlos se percibe que son diferentes. Personas que están ahí para desatar emociones, alumbrar el camino o cuando menos ofrecer un placer a la vista. Tienen cierta manera de moverse, cierto modo de estar y hablar. Una elegancia incrustada por naturaleza. Al verlos en fotos parecen leyendas de cine.

Están ahí, las estrellas sin fama. Esa chica que trabaja en una tienda de ropa independiente, con su cabello azul y blusas bonitas. Aquel tipo, encerrado en su habitación, que sin darse cuenta guarda en el escritorio algunos de los mejores poemas jamás escritos en la ciudad. O la pelirroja, plena en dulzura, que pasea a su perrita antes  de trazar una nueva pintura con ojos llenos de fulgor.

Las estrellas sin fama ponen en perspectiva la cruda realidad: el éxito es más circunstancial de lo que se cree. No basta con tener el talento, la disposición y ni siquiera con esforzarse al máximo: elementos que ayudan y cuentan. Indispensables para estar ahí, pero que por sí mismos no son suficientes para alcanzar la notoriedad. Hace falta un extra. Estar en el lugar adecuado o conocer a la persona indicada. De ahí que talentos menores a los suyos consigan trascender y ellos no, pese a contar con credenciales de sobra.

Las estrellas sin fama corren el riesgo de ser como ese árbol que cae en el bosque sin ser escuchado por nadie. Por ello la tarea de quien los tope es percibirles en todo esplendor. Invitar a que continúen con la lucha. Dar el soporte y apoyo que se pueda, reconocer su valor y brindar ese tributo tan valioso que es propagar el mensaje. Contar, a quien pueda enchufarlos, que se ha dado con una estrella, una figura con potencial que merece subir al escenario. Ya entonces les tocará mostrar de qué están hechos.

Las estrellas sin fama no gritan, no ostentan, no desquitan su frustración en otros seres. Asumen con dignidad el papel que les corresponde. Mantienen el porte, la compostura. Van en silencio, a sabiendas de su potencial, un conocimiento que en sí mismo ya es un placer.

Por desgracia algunas acaban por rendirse y pierden la mística.

Otras más sobreviven. Son las verdaderas estrellas sin fama que, pese a todo, aún guardan la ilusión de ser descubiertas.

 

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Un truco infalible para escribir

Conviene alejarse de los consejos de escritura que circulan en la red. Los hay de figuras consagradas, de autores de medio pelo y también de jovenzuelos que no deberían propagar métodos que llevan a resultados tan lamentables como los suyos.

Algunos tips podrán ser inspiradores o ayudar en ciertas circunstancias, pero cada uno debe encontrar su propio camino. Lo que sirve para unos no necesariamente funciona para otros. Cada uno tenemos nuestros propios prejuicios, nuestras fobias personales. Ojalá la empresa creativa fuera tan fácil como leer un decálogo en el que estuvieran encapsulados los secretos para alcanzar el éxito. La realidad es que de poco importa seguirlos si no se lleva cierta sustancia recorriendo por las venas.

No obstante, y sin afán de contradecirme, hay un truco que me ha servido para escribir cada que paso por un bloqueo creativo. Lo comparto aquí por si de casualidad llega a ser útil para ustedes. Advierto que el siguiente método es uno de los que dejan exhausto. Requiere plena concentración y no es raro terminar al borde del desmayo cuando se utiliza. Por eso es importante saber que solo debe emplearse en casos de emergencia, cuando la fecha límite está próxima y parece que nada funciona para conseguir redactar un par de párrafos al hilo.

Sin más, presten atención.

***

Cuando no puedas escribir, cuando nada sale de tu espíritu, cuando no logres presionar las teclas, cuando temas no ser lo suficientemente bueno, cuando consideres tirar la toalla, lo que tienes que hacer es pensar en una persona en específico. Ponla fija en tu mente. Observa sus manos y sus piernas. Puede ser un miembro de tu familia o un muchacho o muchacha bonita. De preferencia tiene que ser alguien que te guste. Entonces, dentro de tu imaginación, debes mirar a esa persona a los ojos y pensar que si no escribes, él o ella morirá. Un rayo la partirá en dos. Ahora su vida depende de que te apresures y escribas.

El ejercicio debe tomarse con seriedad. Tomarlo como lo que es: un hecho. Si no terminas lo que te has propuesto, una muerte pesará sobre tu espalda de aquí hasta que tú también dejes de respirar.

Que se te meta hasta las entrañas, siente la culpa. Imagina el remordimiento que vendrá si no cumples la meta; si por tu flojera o cobardía una persona pierde la posibilidad de cumplir sus anhelos, aquellas ilusiones que trazó desde la más tierna infancia. No dejes que ocurra.

Escribir. Lo has hecho antes, puedes hacerlo ahora. Se trata solo de poner una palabra tras otra hasta que el punto final se atreviese en el camino. Es muy poca cosa, lo es para ti. La persona que está en tu cabeza lo sabe también. Su doppelgänger  cósmico te eligió entre miles de personas para que salvaras su vida. Confió en ti. Sabe que eres bueno con la pluma, que te besaría si la timidez fuera pasajera. Entró en tus pensamientos para que rompieras el hechizo. Está en busca de un héroe y lo único que necesitas hacer es aporrear el teclado.

¿No es acaso sencillo? Otros leyendas tienen que volar, asesinar centauros o detener trenes en movimiento. Lo único que tú debes hacer es escribir lo que ha rondado antes por tu cerebro. Desde la comunidad de una silla. En un escritorio hecho de árboles que fueron talados especialmente para ti.

No, no te rindas. A veces parece difícil cuando no lo es. ¿A qué le tienes miedo? ¿A realizar tu cometido? ¿A salvar a una mujer atractiva? Hazlo por ella. Hazlo por ti. Mira de nuevo sus ojos, dile que no le vas a fallar.

Entonces escribe. Como lo has hecho miles de veces. Y cuando lo consigas, duerme tranquilo. Sonríe. Tarde o temprano volverás a ver a esa persona, ahora en la calle. De carne y hueso. Puede que no te salude y que ni siquiera te voltee a ver. No se ha dado cuenta. Los ángeles no le han avisado aún. No sabe que le has salvado la vida. Que has ofrecido tu corazón para que ella esté ahí ahora platicando con alguien más. Puede que sea duro saberlo. No le digas nada. Manda al diablo los reflectores. Eres un héroe que debe mantener su identidad en secreto.

La misión está completada. Quedará para siempre entre nosotros, colega.

escribir

Foto: Joel Meyerowitz.

Kissinger, perfeccionismo y ping pong

Winston Lord es uno de los diplomáticos más eminentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Su principal aporte fue contribuir al acercamiento entre su país y China, operación que inició en la década de los setenta y que siguió maniobrando en la década siguiente, justo cuando fue designado como en el embajador de Estados Unidos en dicho país para el periodo 1985-1989.

Una figura de su calibre, que escaló distintos puestos en la jerarquía del servicio público hasta llegar a los más altos niveles, no estuvo libre de aprietos promovidos por sus superiores. El más célebre de ellos fue ni más ni menos que el polémico Henry Kissinger, secretario de Estado de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, un hombre que influyó de manera determinante en el tablero geopolítico de la época y cuyas decisiones resuenan todavía  en la actualidad.

Por aquella época, a mediados de los setenta, Winston Lord pertenecía al círculo de trabajo más íntimo de Kissinger. Se dedicada, en especial, a escribir los discursos que su jefe emitía para cimbrar la política exterior norteamericana.

En cierta ocasión, Kissinger pidió a Winston que escribiera un discurso. Tan metódico como era, Lord se empleó a fondo; elaboró y pulió un texto que le tomó días de empeño. Una vez satisfecho con el resultado, lo mostró a Kissinger, quien lo recibió sin demasiado entusiasmo. Winston abandonó la habitación, pero fue llamado un rato después. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”, le preguntó Kissinger respecto al discurso que le había entregado minutos antes. Lord respondió que eso creía, pero que lo intentaría de nuevo ante la severidad de su director.

Lord se puso a confeccionar una pieza superior a la que originalmente había realizado. Pulió algunos detalles, agregó algunas palabras, omitió otras y dotó de un mejor ritmo a cada párrafo. Era verdad, se dio cuenta, el discurso no era tan redondo como en un principio le había parecido.

Contento, ahora sí, llevó el resultado a Kissinger. Pero la reacción fue la misma. El entonces jefe de estado se quedó con el trabajo, y a los pocos minutos llamó a Winston Lord. “¿Esto es lo mejor que tienes?”, volvió a preguntar.

Lord, con el orgullo herido, tomó aquellos papeles y se encerró para buscar la reconquista con una tercera versión, la cual, creía, sería la definitiva.

De manera evidente se equivocó. Henry Kissinger le regresó el discurso otra vez. Y varias veces más. En cada una de esas ocasiones, Lord, ya desesperado, lanzó una mirada quirúrgica al discurso que en un principio le pareció perfecto pero que de a poco fue revelando sus falencias. Corrigió, corrigió y corrigió hasta quedar exhausto. Sin embargo, hasta la última ocasión, Henry Kissinger le hizo una pregunta parecida, luego de pasar un tiempo a solas con el escrito. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”.

Lord, ya harto, furioso y conflictuado por el tiempo perdido, le respondió que sí, que eso era lo mejor que podía a hacer y que no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Entonces Kissinger dio una respuesta que lo dejó atónito. “Muy bien, entonces ahora sí lo leeré”.

Hay varias versiones de la anterior anécdota. Algunas de ellas indican que el discurso en cuestión pasó por las manos de Kissinger nueve veces hasta que por fin se dignó a echarle un ojo por primera vez. Sea precisa o no, la historia pone en perspectiva lo relativo de la perfección, al menos en lo que se refiere a la escritura.

La mayoría de las veces una obra bien lograda es más bien una distorsión de nuestra mente. Lo cierto es que siempre hay margen de mejora y para alcanzarlo hay que estar dispuestos a arriesgarse a una pérdida. Existe la posibilidad de que se empeore lo que de se tenía antemano.

Es frecuente que las líneas que en determinado momento despiertan orgullo, al cabo de unos años nos provoquen un horror. ¿Cómo es posible que tremenda barbaridad nos pareciera un elemento digno en su momento? Un misterio. Queda un premio de consolación, la idea de que la repugnancia ante lo que alguna vez fuimos signifique que hemos evolucionado. Que desde entonces hemos progresado unos centímetros gracias a los cuales lo que antes era gloria se ha convertido en medianía.

Quedan, por otro lado, las aguas movedizas de la escritura. El ansia perfeccionista es un arma de doble filo y algunas veces la corrección excesiva vuelve a la creación algo aparatoso, mecánico y sin alma. Esto se acentúa en especial en algunos géneros y con algunos autores. Basta recordar la célebre línea de John Keats, quien aseguraba que la poesía debía deslizarse con la naturalidad de una hoja que cae o no brotar en absoluto. Lo demás es artificio. Intentos por engañar, mera impostura intelectual.

Y también hay un punto en que uno debe rendirse y asumir que debemos soltar lo que tenemos, pese a que diste de ser ese diamante inalcanzable que perseguimos dentro de nuestra imaginación.

Sobre la perfección en perspectiva, Henry Kissinger le dio una lección adicional a Winston Lord.

Una tarde ambos jugaron algunas partidas en las que el segundo acabó por imponerse al primero en lo que fue una auténtica humillación. Para evitar que el pupilo perdiera el piso, Kissinger se sacó de la manga una idea: trajo a un campeón chino del tenis de mesa para que conociera a Winston Lord. Tal cual.

“Henry llegó y le dijo al campeón chino que Winston era un jugador muy bueno de ping pong”, recordaba Bette Bao, la esposa de Winston. “Eso es como decirle a los rusos que eres muy bueno para el ballet”.

Aquel campeón chino, en efecto, procedió a darle una paliza a su marido en el tenis de mesa, mientras Henry Kissinger sonreía desde algún rincón.

kissinger ping ponh

La llama en Charles Bukowski

A principios de la década de los sesenta Charles Bukowski estaba en un trabajo asfixiante como cartero del servicio postal de Estados Unidos. Ya antes había pasado por empleos y ocupaciones desgastantes, lo mismo en tareas de campo que en bodegas, almacenes o como empleado de limpieza. Se trataban de puestos humillantes para alguien que se sabía con talento. Alguien que estaba hecho de otra pasta. Pero al que no le quedaba otro remedio que sucumbir si es que deseaba llevar, de vez en cuando, algún alimento a la boca. Era alguien que conocía el hambre de cerca. Alguien que llegó a dormir en bancas de parques y a sobrevivir días enteros alimentándose solo con algún caramelo de mantequilla.

La situación para él era desesperada. Trabajar como cartero lo consumía a nivel físico y, sobre todo, espiritual. Estaba perdiendo la parte más valiosa de sí mismo, esa ilusión que todos llevamos dentro y que nos hace luchar por nuestros ideales, la que invita a no rendirse. Eso que eventualmente la mayoría pierde en el camino para conformarse con lo que hay.

“No estoy entrenado en absoluto y el empleo como empleo no significa nada, desde luego, salvo la posibilidad de mantenerme respirando y comiendo para poder escribir algún poema”, dijo en esa época a un amigo.

Hank no entendía cómo la gente podía someterse a lo que él consideraba un infierno. Le aterraba ver a los trabajadores sumisos consumiéndose en la nada. Para él cada minuto en tales circunstancias era un golpe difícil de soportar. La sensación era similar a la de ver mutilado su interior, ese pájaro azul que empezaba a agonizar.

La condena que Bukowski vivió durante años lo empujaba cada vez más al abismo. Lo único que le salvaba eran aquellos escasos momentos donde podía escuchar música clásica, beber alcohol… y escribir. La combinación que funcionaba como escapatoria.

Incluso un tipo duro como él, habituado a la adversidad, no podía continuar así. Un día reflexionó al respecto y se dio cuenta de que tenía que elegir entre dos opciones. Quedarse en la oficina postal y perder la razón o dedicarse a escribir y morir de hambre. Eligió lo segundo. Prefería abandonar la certeza de una existencia mediocre con tal de salvar algo más preciado: su alma.

En una carta dirigida a John William Corrington escrita el 12 de enero de 1962 mencionó algo en tal sentido:

“Sigo aguantando porque (…) me estaba desvaneciendo por un lugar en donde ganaba 55 centavos la hora, donde empacaba vestidos de mujer en cajas para envío, mientras un judío gordo reía con su cara amarilla porque yo estaba en una jaula mientras él tenía una casa de 12 habitaciones y una mujer más bella de lo que yo podría siquiera soñar.

Decidí que estaba perdiendo,

No la cuestión monetaria,

al carajo con eso,

Sino que, y quizás suene cursi —una parte de mi alma estaba siendo empacada en cajas y soltada lejos de mí (…); decidí que,

dado que estaba perdiendo

PODÍA RENDIRME Y PERDERLO TODO

O PERDERLO CASI TODO

PERO SALVAR

SALVAR LO POCO QUE ME QUEDABA DENTRO.

Esta revelación no suena como gran cosa; no parece mucho, pero esa noche mientras caminaba hacia mi habitación entre los fríos árboles de St. Louis, me pareció lo correcto, era mi salvación que crecía y algo que caminaba junto a mí, una pequeña llama. Cobró sentido entonces y lo hace hoy todavía”.

Para Bukowski la consolidación literaria llegó de manera tardía. La primera de sus novelas se publicó cuando él ya tenía más de 50 años de edad, un punto en el que muchas personas ya se han rendido y asumen la condena en la que están inmersos. Su caso fue diferente y por eso es inspirador. Nunca quitó el dedo de la tecla y continúo con la escritura sin atender a las posibles consecuencias. Si había que hacerlo, se moriría con la suya, pero de ningún modo iba a volver a una dinámica que lo ahogaba y que lo convertía en un muerto en vida. John Martin, editor de Black Sparrow Press, permitió que sucediera, cuando le ofreció a Bukowski una mensualidad de 100 dólares para que abandonara sus funciones como cartero y se metiera de lleno en su faceta como escritor.

Eventualmente el éxito llegó. Quizás con retraso, pero finalmente pudo llevar una vida (o vejez) digna con una cuenta bancaria nutrida y un BMW en el estacionamiento. No todos lo logran. Fue un caso de excepción. Aun así, resulta notable que nunca haya renunciado a lo que el corazón le dictaba. Lo de él es un ejemplo. Y por eso su obra resulta más que mera literatura. Es algo más. Nos recuerda que incluso en la derrota hay una ruta de salida. Una luz que invita a no perder esa parte mágica y ebria que permanece en escondida en alguna parte de nosotros. Una luz pequeña pero que existe al fin.

Todo queda resumido en uno de sus poemas:

sabía que estaba muriendo
algo en mí decía, adelante, muere, duerme, conviértete
en uno de ellos, acepta.
luego algo más en mí decía, no, salva
esa parte pequeña
aunque sea.
no se necesitaba mucho, solo una chispa.
una chispa puede incendiar un bosque
entero.

silla buko

Fellini nos cuenta de sí

El periodista Costanzo Costantini conoció a Federico Fellini cuando este último apenas comenzaba su carrera. Eran días de poco dinero, en los que el director italiano se las veía negras y en los que a veces estaba obligado a salir de los restaurantes sin pagar. Lo que en un principio se trató de encuentros profesionales entre reportero y cineasta, pronto se convirtió en una amistad estrecha que perduraría por décadas; hasta 1993, cuando Federico Fellini falleció.

La relación entre ambos hace de Fellini, les cuento de mí: conversaciones con Constanzo Constantini (Sexto Piso), un volumen de entrevistas excepcional.

Las aproximaciones con la prensa suelen ser, para muchos artistas, un fastidio donde las respuestas se dan casi de manera automática para salir del paso; un ejercicio impuesto por el entretenimiento como industria que muchos preferirían evitar. Mas, cuando el encuentro se da entre un par de amigos, la dinámica cambia y la entrevista pasa a ser una conversación, como señala el subtítulo del libro. Y eso son: charlas, intercambios, aun cuando el protagonista principal quede claro desde el principio.

La confianza que Fellini deposita en Costantini conlleva dos elementos deseables en cualquier entrevista, liberación y comodidad. Gracias a ello brotan revelaciones que solo se reservan para el círculo más íntimo.

Les cuento de mí constituye una biografía fragmentada, porque aunque se pudiera decir que los temas tratados se centran en la obra cinematográfica (y por tanto profesional) del autor, la esencia autorreferencial de esos trabajos hacen que, al comentarlos, el maestro cuente paralelamente su vida personal.

Fellini era un ávido conversador. Entre las varias anécdotas compartidas por Costantini hay una que lo demuestra. Narra que en una ocasión, a mediados de los años setenta, y con motivo del Oscar ganado por Amarcord, concretó una cita con Federico para hacerle unas preguntas. El autor de la película se mostró indispuesto: la noche previa, mientras confirmaba la cita, había comentado que no se le ocurría nada importante qué decir y que bastarían cinco minutos para terminar la sesión; aceptó de mala gana sólo para echarle la mano a su amigo periodista que necesitaba escribir algo para el medio en el que trabajaba. Al otro día cuando se encontraron en Vía Sistina, Fellini habló sin parar por cuatro horas y media. Su lengua era incontenible incluso en días malos.

De la primera a la última página apenas se notan cambios en la personalidad de Fellini. Sobra decir que los temas tratados son variados y que cada respuesta está cargada de genio profundo, pero aun con la llegada de los premios y renombre mundial, siguió siendo el ser sencillo, supersticioso y humilde de siempre. En la parte trasera del libro viene una frase de Orson Welles que lo refleja a la perfección: “Fellini es, esencialmente, un muchacho provinciano que nunca llegó realmente a Roma. No, todavía está soñando. Y todos deberíamos estarle agradecidos por sus sueños”. En las palabras que pronuncia, entonces, siempre se percibe la añoranza por su tierra natal, Rímini, fusionada con las impresiones causadas por la gran Roma a la que denominó como “una ciudad para esperar el fin del mundo”.

Federico Fellini padeció de insomnio durante su toda vida. Ante la frustración, al despertar optaba por dibujar los vívidos sueños que tenía para luego transformarlos en películas. Su carrera es una travesía onírica que pronto lo separó de la generación del neorrealismo italiano. Ya desde las primeras películas se notan las pinceladas de distinción que luego, con la llegada de los sesenta y de la libertad que otorga el prestigio, se hacen más evidentes hasta convertirlo en el autor de un estilo o, para ser justos, de un mundo, que se cuece aparte de las convenciones de sus contemporáneos.

El hombre detrás de proyectos tan complejos como 8 1/2 o Satyricon en el trato de persona a persona era elemental y espontáneo. Cuando se le cuestionaba sobre las comparaciones con Proust y Joyce que algunos críticos hicieron respecto a sus cintas, confesaba apenado nunca haberlos leído y además agregaba que los artistas deberían mantenerse alejados de las bibliotecas. También se relata cómo Anita Ekberg estuvo reacia a aceptar el papel que se le ofrecía para La Dolce Vita por lo poco serio que le parecía Fellini, tomando en cuenta que cuando se le acercó para hablarle del proyecto no tenía siquiera un guión. Fellini incluso le ofreció a ella que lo escribiera, para poco después entregarle unas cuentas líneas redactadas en un pésimo inglés que simplemente la hicieron reír. Por fortuna su agente ya se había comprometido, por lo que se vio orillada a actuar para pasar a la historia con esa otra figura central del mundo felliniano: Marcello Mastroianni. A él lo eligió por algo difícil de encontrar dentro del menú de actores: una cara común y corriente.

Otro dato: en la mítica escena de la Fontana di Trevi, para aguantar el enorme frío que hacía, Marcello se tomó una botella entera de vodka y llevaba por debajo del traje un conjunto especial para buzo. Al momento de la llamada estaba completamente borracho.

Lo anterior es una pequeña muestra de lo que se encuentra en Fellini, les cuento de mí, recomendado para los admiradores del cineasta y también para quienes no lo conozcan en absoluto, ya que por ameno y ligero alimenta las ganas de aproximarse a sus películas, las cuales son revisadas cronológicamente, incluyendo los proyectos inconclusos de El Viaje de G. Mastorna (cancelado por complicaciones y supersticiones del autor) y Viaje a Tulum (para el cual visitó México), además de La ciudad de las mujeres, a la que consideró “maldita” ya que durante su filmación ocurrieron varias tragedias, la más sensible de ellas la muerte de su sentido del oído: Nino Rota.

La edición es estupenda. Una maravilla que, por si fuera poco, incluye líneas sobre el amor entre Federico y Giulietta Masina, la relación ambivalente con Pasolini y variados recuerdos íntimos de los protagonistas de la época. Indispensable para los enamorados del verdadero cine.

fellini lati

Costanzo Costantini, Fellini, les cuento de mí, España, Sexto piso, 2006, 292 pp.

La nota de George Harrison

En algún lugar estaban John, Paul, George y Ringo. John y Paul acaparaban las miradas. Ringo las sonrisas. Quedaba George, el típico muchacho serio de la escuela que se descubre como un gran conversador cuando te animas a conocerlo. Entre los cuatro formarían uno de los fenómenos populares más importantes del siglo XX. Aunque las cosas no fueron sencillas para ninguno de ellos.

George Harrison, por ejemplo, padeció una presión particular desde el principio, cuando John Lennon tuvo reservas para aceptar a un quinceañero en su proyecto musical entonces llamado The Quarrymen. Bastó que George tocara la complicada “Raunchy” de Bill Justis en una audición improvisada dentro de un autobús para lograr convencerlo.

Con el pasar de los años vendrían otras presiones; con los reflectores encima, llegó el juicio de la prensa y el público. Una vez alcanzada la fama, en lugar de ser halagado por sus aportaciones en la guitarra, hubo cierto sector que le tiraba dardos ante la falta de composiciones propias. Para ellos llegó la primera de sus canciones: “Don’t Bother Me”, una declaración de principios que ya da muestra de lo diferente que era de sus compañeros. Sabio, obscuro, ácido, respondía a los detractores.

Todavía tuvo que enfrentarse a una evaluación más rigurosa: la que había en el seno de The Beatles. En más de una ocasión varias de sus composiciones fueron relegadas en pos de otras menores. Ante los oídos de John Lennon, Paul McCartney y George Martin, el establishment al interior de la agrupación, pasaron las primeras versiones de joyas como “All Things Must Pass” y “Not Guilty” que, con la atención requerida, bien pudieron tratarse de highlights en la discografía del cuarteto. Parecía que los temas de John Lennon eran a los que más se les echaba la mano. George mismo apuntaló y perfeccionó decenas de temas que no cerraban del todo, un favor que no siempre se le devolvía. A cambio se le ofrecía la oportunidad de tener una o dos canciones en cada nueva obra.

En el llamado Álbum Blanco (1968), ante a la apatía de sus compañeros, decidió invitar a Eric Clapton para reforzar la preciosa “While My Guitar Gently Weeps”, que se convirtió en uno de los mejores piezas del cuarteto. La amistad entre ambos duraría varias décadas más.

En las sesiones de Let it Be (1970), George Harrison discutió con Paul McCartney y se hartó de John Lennon. Cumplir órdenes quedaba corto para sus expectativas. El material que reserva, lo sabe, le da para mucho. No era tan prolífico, mas la calidad de los temas estaba al nivel de cualquiera gracias al esmero artesanal que ponía en ellos.

En una pequeña crisis George decidió, por fin, abandonar la banda, pero a las pocas semanas regresó para contribuir con el que sería el último trabajo de The Beatles: Abbey Road (1969; grabado después de Let it Be pero lanzado antes que este). Además de aportar dos de los tres temas más famosos del LP, logra por primera vez, colocar una de las suyas como lado A de un sencillo. Se trata de “Something” la enésima canción de amor del cuarteto que logró conquistar a la audiencia.

Cuesta pensar en un final digno para The Beatles sin la aparición de “Something” y “Here Comes The Sun”, por no mencionar sus invaluables contribuciones como arreglista a la sombra. También es difícil pensar en la carrera de los Fab sin su presencia.

George era la diagonal que unía y afianzaba a Lennon/McCartney. Siempre tuvo un solo, un arpegio, un riff que catapultaba a sus compañeros. Uno de los ejemplos más notorios está en “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, donde el aporte que hizo con el sitar disimula el aire Dylaniano o, cuando menos, lo eleva a otros niveles: le convierte en un tema Beatle genuino. La fascinación por el instrumento y la cultura hindú fue producto de la búsqueda constante que desarrolló, un viaje que se concentraba en especial en su propio interior.

Mencionar el resto de las contribuciones de George Harrison a The Beatles sería un trabajo agotador; muchas de ellas pasan desapercibidas por elementos más obvios como lo son los coros o las letras; simplemente debe decirse que sin ellas tendríamos productos anémicos; que sin el cuidado del George perderían un valor que cuesta precisar con exactitud. Cuando se hacen listas de los mejores guitarristas de la historia parte importante de los puestos siguen reservados para los instrumentistas pirotécnicos, de esos que creen que tocar es una carrera de velocidad. Si los parámetros fueran otros, como la sensibilidad y el cuidado de cada nota, George debería ocupar uno de los primeros lugares.

Debe destacarse que el perfil bajo que mantuvo se debe también a su tendencia introspectiva. Al ser parte de la banda más popular del mundo, y estar activo activo en un periodo de tiempo donde el Guitar Hero vivió un auge, se le debe reconocer que nunca cedió al protagonismo fácil. Era lo contrario al exceso: era un músico de la contención. Se ha dicho ya que jamás tocó una nota de más. Falta hacer hincapié en que tampoco hubo una de menos. El resultado no era producto del esfuerzo y la repetición tanto como del instinto. La delicadeza.

Cuando se conoce a George en profundidad quedan borrados los menosprecios y aparece la estimación, la sorpresa. Surge la duda de por qué su talento permanecerá un tanto a la sombra y eclipsado por el peso de The Beatles, cuando la realidad es que en algunas ocasiones llegó a superar lo que hacía el tándem Lennon/McCartneyEn todo caso, cualquier día se presta para empezar a descubrirlo.

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