El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

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Foto: New York Public Library
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Tom Petty y la caricia de Dylan

Tom Petty y los Heartbreakers fungieron como banda de soporte para Bob Dylan en 1986 durante el True Confessions Tour. Lo que empezó como una colaboración profesional y de amistad, pronto dejó lecciones importantes para los involucrados, quienes, pese a su larga experiencia y estatus de estrellas, todavía tenían margen de aprendizaje. La enseñanza distaba de atender a recursos técnicos (que ya dominaban) para más bien enfocarse en una forma de entender la vida sobre el escenario y la música misma, áreas en las que Bob Dylan alumbraba con su aura de genio.

Por aquel entonces la carrera de Bob Dylan pasaba por su periodo más bajo. Como a otras leyendas de su generación, los años ochenta no le cayeron nada bien. Producto de ello acumuló una serie de tropiezos discográficos que no acabarían hasta el final de la década con el notable Oh Mercy (1989) que, sin embargo, no significó un verdadero repunte, hecho que ocurrió hasta 1997 con ese renacimiento conocido como Time Out of Mind, que lo llevó de nuevo a los cielos de los que ya no se ha bajado. Desde entonces vinieron triunfos artísticos como Love and Theft y Modern Times, además de galardones uno tras otro, incluyendo un Óscar y hasta el Nobel de Literatura.

Todo eso parecía lejano a mediados de los ochenta. Bob Dylan se encontraba a la deriva tras los  álbumes fallidos de su etapa cristiana (con la excepción de Slow Train Coming) y auténticos fiascos como el Knocked Out Loaded (que igual incluye esa joya llamada “Under Your Spell”). Tenía, no obstante, esa característica tan propia de los grandes: la de tener destellos y autoridad aun en modo de capa caída.

Tom Petty reconoció que durante aquella gira aprendió mucho. Estar junto a Bob Dylan les dio una valentía con la que antes no contaba. Descubrió  otra concepción de lo que significa ser un intérprete. El autor de “Like a Rolling Stone” era un ente cambiante, igual que sus canciones, las cuales evolucionaban en concierto, como seres vivientes que pasaban de ser una pieza folk a un blues amargo o un remolino que era imposible de identificar aun para los propios fanáticos del cantante.

Tom Petty y los Heartbreakers adquirieron la intuición necesaria para seguir los pasos del maestro. Debían aprender rápido y salir a tocar sin titubeos. “Tenías que ser muy versátil porque los arreglos podían cambiar, las notas podían cambiar, no había manera de saber qué es lo que él quería hacer cada noche. Tenías que aprender el valor de la espontaneidad, de cómo un instante  de ese tipo vale más que cualquier planificación en un concierto”.

Dos años después, en 1988, ya con esa colaboración concluida, surgió el mayor supergrupo en la historia de la música popular. Los Traveling Wilburys. Un proyecto de amigos ideado por George Harrison sin mayor pretensión que la de pasarla bien y refrescar la mente; recuperar el nervio y la emoción de juventud. Junto a Jeff Lynne, el exbeatle reclutó al gran Roy Orbison y a los también cercanos Bob Dylan y Tom Petty. El reencuentro de los últimos dos dejó una lección adicional, esta vez de escritura.

Tom Petty recordaba una sesión donde tuvo que escribir la letra de un tema junto a Bob Dylan, lo cual considera un privilegio. Tom Petty estaba un tanto agobiado ya que su pluma no lograba fluir. Dylan entonces le dio un consejo que siempre atesoró. “Si te atoras, solo anota lo que quieres decir, y no te preocupes por la métrica la rima ni nada. Solo escribe la oración, y luego encuentra las palabras clave y de golpe ya tendrás la línea”.

Bob Dylan, como recordaba también Tom Petty, escribía mucho, a toneladas. De su mente salían múltiples versos que llenaban hojas sin cesar. Muchos más de los que eran requeridos, por eso muchos de ellos no se usaban. Pero a menudo ocurría un fenómeno interesante, muy propio de la dinámica creativa de Bob. De pronto, entre toda la cascada de palabras surgía una frase, una sentencia, el pincelazo definitivo por el que había valido la pena dejar la mente fluir. Era el verso que se quedaba, el que superaba a todos los demás. “Bob estaba por encima del resto”.

Bob Dylan tiene fama de ser parco al hablar. No da muchas entrevistas y de manera constante da la impresión de que prefiere guardarse todo para la palabra escrita o el misterio. Pero cuando Tom Petty falleció, tuvo un gesto de cariño hacia él, su hermano Wilbury. Bob Dylan declaró que la noticia fue algo impactante  y devastador. “Pensé en el mundo de Tom. Fue un gran intérprete, lleno de luz, un amigo, y nunca le olvidaré”.

Unos días después, el 21 de octubre de 2017, Bob Dylan aprovechó uno de sus conciertos (en Broomfield, Colorado)  para realizar una versión de “Learning to Fly”, uno de los clásicos de Tom. Se trató de un tributo un día después del que hubiera sido su cumpleaños 67.

Puede que los buenos tiempos no regresen más
y puede que las rocas se fundan  y arda el mar.

Estoy aprendiendo a volar, pero no tengo alas
venirse abajo es lo más duro.

Algunos dicen que la vida te derrumbará
que romperá tu corazón y te dejará sin corona.

Así que he comenzado… solo Dios sabe dónde
Supongo que me daré cuenta cuando llegue ahí.

Estoy aprendiendo a volar por las nubes
pero todo lo que sube tiene que bajar…

 

 

bob dylan petty

La incertidumbre del escritor

Decía Charles Bukowski que uno puede dormirse siendo escritor y despertar no siéndolo. Se refería a lo inasible de la fuerza creativa que resulta caprichosa, inestable y que ofrece una reducida cuota de certeza. Ese impulso que como viene se va. El arroyo asociado al arte está lleno de piedras, troncos y desviaciones con las que nada queda muy claro, a diferencia de esas profesiones donde cierto mecanicismo entra en la ecuación.

Ojalá en verdad existieran las musas, pero todo es más complicado. En realidad estamos solos y tenemos que apañárnosla con lo que hay, así sea una pelusa que recorre la mente con destino a un lago de diamantes. Un sinsentido que no tiene valor alguno y que obliga a repensar, solo que ya con una presión añadida, la responsabilidad que pisa los talones y exige que uno entregue un resultado. Ahí llega la vanidad, preferir no decir nada antes que ofrecer un desperdicio que sea impropio de nuestra categoría.

Se sabe de escritores con mucho oficio que son capaces de terminar lo que se les pida sin mayores problemas, se trate de una carta, un ensayo, un informe. Una cualidad, sin duda, admirable, que no obstante carece de emoción y de vértigo. Los artistas apasionan cuando hay riesgo, un salto al vacío del que no se sabe muy bien qué saldrá. A los escritores perfectos les falta más sufrimiento e ir contra la corriente, esa serie de golpes que suelen formar el carácter y que convierten al texto en una pieza heroica no tanto por el contenido, sino por el mero hecho de haber sido terminada pese a la batalla librada contra las dudas y los vacíos del desánimo. Se vuelve un fruto de la tenacidad.

Alguna vez alguien contaba la historia de un par de escritores que al calor de una sobremesa hablaban de lo que significaba la literatura. Uno de ellos se lamentaba lo mucho que le costaba escribir; cómo sufría con cada línea y cada párrafo al que le daba vueltas y vueltas sin avanzar mucho. Terminar una página se volvía una tortura, pero un sentido de dignidad le obligaba a tomar ese camino de exigencia. No soltaba cualquier baratija. Se esforzaba. Hacía una búsqueda. Consideraba a la tinta y al papel como un ritual que merecía el mayor de los respetos.

El otro escritor se envalentonó entonces. Y ante la presencia de su mujer y la esposa de su colega se quiso lucir. Por tanto presumió que para él escribir era facilísimo como producto de su gran inteligencia. “Escribo de una sentada y no tengo que corregir”, se pavoneó. La respuesta del escritor metódico —acaso ofendido por la frivolidad de su interlocutor— fue tan brillante como demoledora: “Lo he leído y se nota”, le dijo con fina ironía. Lo dejó en evidencia. La conversación no duró mucho más.

Escribir, sin caer en exageraciones, no es cualquier cosa. La buena escritura no lo es, al menos. Resulta evidente cuando alguien mecanografía antes que producir una pieza ajustada de amplio curso estético.

Octavio Paz se dio cuenta de ello alguna vez que sorprendió a André Breton corrigiendo unos manuscritos. Ante la duda del mexicano, que se preguntaba qué estaba haciendo, el surrealista respondió: “Escritura automática”, lo cual pudo levantar alguna sonrisa por la comarca. Incluso el flujo de pensamientos requiere esmero antes de mostrarse ante el público.

El propio Paz se expresaba así de tal proceso de escritura:

«Aunque se pretende que constituye un método experimental, no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia me parece irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado de perfecta espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable, sería ese estado de inocencia. Ahora bien, si alcanzamos esa inocencia (…) ¿a qué escribir?».

Bukowski tenía claro que para ser escritor hacía falta disciplina y también cierto estado al que no se sabe muy bien cómo llegar pero al que se identifica apenas se entra en una especie de trance frente al teclado. Más de un poema memorable se le escapó por la interrupción de alguna mujer, o porque dio el sorbo inadecuado a su bebida: era imposible retomar lo que ya se había evaporado. La idea genial puede desaparecer en un segundo si no se le aprovecha.  La música clásica, el aislamiento y el alcohol parecían elementos claves para el motor espiritual del norteamericano, lo mismo que las visitas al hipódromo y las siestas, aunque no eran lo único. Muchas aspirantes han intentado seguir los mismos pasos y simplemente no logran los mismos desenlaces, solo hacen el ridículo. Bukowski se burlaba en alguno de sus versos, donde se preciaba de estar sobrio al anotarlos. El alcohol no hace ningún milagro. El talento y la experiencia de vida eran claves.

Hank fue alguien prolífico de quien se siguen encontrando poemas inéditos de vez en cuando. Pero ni él era infalible. Alguna vez, en un episodio de sequía, en el que las letras no fluían dentro de sí, tuvo en mente lo mencionado con anterioridad. Ya no podía escribir, según parecía. Llevaba varias semanas sin terminar un texto. Quizás había pasado eso, un día despertó y ya no era escritor. La magia se ha ido, llegó a pensar. Sin embargo eso cambió pronto y siguió con los relatos, poemas y libros. Un pestañeo le hizo recobrar el nervio con el que cosechó el renombre.

Lo importante es seguir con el dedo en la tecla.

 

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Juan Gabriel: lágrimas y lluvia

En el caso de Juan Gabriel a veces da la impresión de que el personaje se come al artista. La leyenda tejida en torno a su personalidad resulta indivisible de la valoración que se hace de su obra y el juicio a posteridad. Y es comprensible, no está del todo mal. Las estrellas de la música no lo son únicamente por la música misma, sino por cuestiones de imagen, carisma, teatralidad.

Pero si uno se concentra en las composiciones de Juan Gabriel tan solo por un rato, lo que queda es un artista de primer nivel, con una inventiva enorme para la creación de melodías, la exploración de géneros y el rompimiento de estructuras. Un innovador sobre la marcha. Un baúl inagotable de recursos. Lo podía ser todo menos un improvisado: era un profesional. Ahí están sus conciertos, en donde la capacidad le daba para hacer versiones renovadas de sus propios temas que de pronto se extendían hasta los 15 minutos y en donde los músicos seguían lo que dictaba el nervio del momento, como cuando a Bob Dylan le da por transformar algún tema de folk en un torbellino de blues sin decir agua va: reversiones que toman vida propia, una hazaña que no está al alcance de cualquiera, sino de aquellos elegidos que dominan el arte de la constitución en armonía.

Noel Gallagher habló hace tiempo del impacto que le significó ver a Morrissey en televisión por primera vez. Aquella actuación en el programa Top of the Pops fue determinante para que Noel Gallagher se dedicara de lleno la música. El baile, la apariencia y los movimientos de Morrissey le parecieron de lo más ridículos… y tremendamente geniales al mismo tiempo. Eso significaba ser una estrella. Plantarse en el escenario y desfogar los secretos de un modo tan exagerado como sólo sería posible a través del arte, del proceso creativo.

Con Juan Gabriel pasa un fenómeno parecido. Tiene momentos bastante malos y en sus canciones abunda lo que en cualquier otro contexto resultaría bochornoso. Pero funciona. Vaya que sí. Juan Gabriel logra sublimar las emociones más íntimas del oyente hispanoamericano hasta transformarlas en regocijo, en una celebración. De ahí que sea la compañía de tantas historias personales, ya sea en fiestas o en ratos de soledad.

En una sociedad tan conservadora como la mexicana, a Juan Gabriel se le perdona todo. Trasciende a generaciones y prejuicios. Juega en su propia zona de tolerancia que esperemos pronto se extienda a cada uno de los mexicanos, que tienen el derecho de vivir como les venga en gana.

Y, ante todo, Juan Gabriel era un alma a flor de piel. La calidad de sus letras es para quitarse el sombrero. A los latinoamericanos nos hermana la pesadumbre ante la derrota, el regodeo en el dolor. Pocos logran expresarlo como a él, que ofrece además el manto cálido de su compañía. Consejos para ir adelante y sacar el pecho ante la adversidad. Estoy convencido de que sus temas han hecho más por el bienestar de las minorías que mucho falso activista que sólo busca erigirse como un superhéroe para posar en la foto. También era un gran enamorado de México, un promotor orgulloso de nuestro país en el exterior.

Hace algunos años veía con recelo a Juan Gabriel. Me parecía música para telenovela, piezas con demasiada confitura, himnos para comadres que se beben su cubita. Estaba lleno de prejuicios y, en definitiva, era un idiota. Por fortuna me libré de eso y empecé a escucharlo sin aprensión. Me puse atento a lo que aquel hombre ofrecía. Y entonces todo un mundo se me reveló. Juan Gabriel resultó ser un vendaval de genialidades que sigo descubriendo a cada día.

La popularidad de Juan Gabriel se debe, en gran parte, a que era un tipo terriblemente sensible. Era el prototipo del mexicano y del latino promedio. Alguien atormentado, sentido, enamorado… alguien que padecía y que para no ahogarse se ponía a cantar. En su voz están contenidas todas las penurias que hemos sufrido. Él se encargó de darle forma y una orientación estética. Un dolor pero bello.

Como personaje es la encarnación de los mexicanos revueltos en una sola figura. Hombre y mujer. Sublime y ridículo. Melancólico y sonriente. Taciturno y colorido. Fuerte y llorón. Feo y hermoso.

Cualquiera que ceda a su impulso encontrará una canción de él con la cual identificarse. Por eso su partida fue trágica para un gran espectro de la población. En este sentido José Alfredo, Agustín Lara, Roberto Cantoral, y tantos otros grandes compositores, con lo maravillosos que pueden ser, son más unidireccionales. Sus piezas tienen una perspectiva eminentemente masculina y aunque puede gustar tanto a hombres como a mujeres, el rumbo que tienen es limitado.

Juan Gabriel canta como si fuera un representante de ambos sexos. Es, de nuevo, un ser emotivo. Quien dice sin tapujos lo que tanto nos esforzamos en disimular. Alguien que conmueve lo mismo a una señora que a un preparatoriano o a un tipo que, con todo y bigotes y botas, llora como niño apenas comienza “Se me olvidó a otra vez”.

En un país tan tristemente homofóbico y machista como México, Juan Gabriel gozó de inmunidad y fue celebrado por todo lo alto, como uno de sus mayores ídolos. Tal fue su grandeza. Quizás debería convertirse en un estandarte para que todos nos demos cuenta que no somos tan opuestos en realidad y que no hay necesidad de discriminarnos unos a otros, sino más bien disfrutar de lo que los demás, en su diferencia, nos pueden ofrecer.

Juan Gabriel es querido por abuelitas conservadoras y por machos de la vieja escuela. Le gusta a los abogados y a los futbolistas. A las secretarias, a los sacerdotes, a los ingenieros, a los taxistas, a los barrenderos. La música del Divo hermana a la comunidad.

A Juan Gabriel le debo el haberme liberado de prejuicios artísticos. Gracias él me di cuenta que hay que ceder a las emociones y que es una tontería alejarse de las manifestaciones coloridas y populares solo porque los mentecatos las tachan de corrientes. La música de calidad está en todos lados y en cualquier género. Solo hay que tenderle una mano y dejarse llevar.

 

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Fototeca/El Universal

Cuñadismo a la mexicana

Hay palabras extranjeras que deberían incorporarse con urgencia a nuestro vocabulario de cada día. Ni siquiera hay que recurrir a la gama de expresiones disponibles en otros idiomas, sino a elementos escondidos dentro de países de habla hispana que se prestan muy bien para una adaptación local.

Tal es el caso de carretear, usado por los chilenos para llamar al noble arte de salir de fiesta. O mina, la forma en la que los argentinos se refieren a las muchachas… un término que aplicado en doble sentido bien podría revelar los riegos de acercarse demasiado al sexo femenino. Hay que tenerlo en claro: las mujeres lindas pueden hundirte, explotarte en la cara. Son ellas las que cavan tumbas como decía el viejo Kerouac.

Hay  una palabra en particular que urge incorporar al léxico mexicano y, si nos apuramos, al de todas las naciones del orbe, ya que designa a un tipo de personaje presente en cualquier sitio. Es un término muy usado en España, que si bien no es inédito en nuestro país,  valdría la pena extender en popularidad. La palabra en cuestión es cuñadismo, y aunque su origen, en efecto, está basado en un pariente (y por extensión al nepotismo), no necesariamente tiene que aplicarse al hermano de una pareja, ya que su significado moderno se extendió para denominar al clásico opinólogo que va de elevado al hablar de cualquier asunto que se le cruce en el camino.

El cuñado aplicado en este sentido, y al que ustedes seguro han tenido que padecer, es el típico espécimen que busca sentirse más inteligente que los demás, cuando en realidad no lo es.  En su afán de demostrarlo sueltan cuanta palabrería se les ocurra para aparentar estar muy bien informados. Son, ante todo, verborrea estéril, propia de gente que se lee los titulares que le aparecen en la bandeja de internet y que, ya por eso, se creen especialistas en geopolítica, botánica, zootecnia y ciencias aplicadas.

El destino de estos intelectuales es cruel. Ya que en vez de trabajar en la NASA, como sus ínfulas pretenden merecer, lo cierto es que en el mundo real nadie se los toma en serio. Cualquier verdadero experto los desmonta con facilidad y lo más que producen es pena ajena.

Lo más seguro es que tú conozcas a uno de estos cuñados, tan proclives a repetir datos curiosos que vieron en alguna revista y a preciarse de revelar lo que ya todos saben. A menudo van con un semblante redentor, creyéndose los más listos del barrio, poseedores de la verdad absoluta, como los apóstoles de la sabiduría. La soberbia les hace acosar a quienes opinan distinto, le piden a la muchedumbre que “despierte” y que abandonen los medios tradicionales para unirse a la verdad: medios alternativos y conspiranoicos dirigidos por gente que usa calcetines al ponerse sandalias.

Los cuñados hablan sin saber y a la vez acusan de ignorantes a quienes los contradicen, una maniobra hilarante digna de estudio. Ofenden y luego se ponen a la defensiva. No atienden a argumentos ni a la evidencia. Desestiman cualquier elemento que se les oponga.

Su especialidad es llevar la contraria, el truco más bajo para fingir  ser inteligentes y lejanos al rebaño de ovejas. Van en contra de los consensos, porque ellos ven lo que los otros no. Son inmunes al engaño, una hazaña que se han labrado a base de rascarse el ombligo doce horas frente al monitor de una computadora.

El cuñado busca adoctrinar e imponer sus ideas ya que ello supone erigirse como el faro intelectual de la región. Y en tiempos donde la caballada no es muy robusta, puede llegar a escalar varios puestos en las dinámicas sociales, hasta que un día se topan con un oponente documentado y se desploman. Es por eso que se ceban con los débiles, con los tímidos, con los que no saben sobre un tema. A ellos los atosigan con palabras, mientras que a los sabios los evitan: no vaya a ser que descubran su condición de tigres de papel.

El cuñadismo, aunque en un principio parece gracioso, debe ser detenido si se presenta la oportunidad. Estos embaucadores distorsionan el debate y perpetúan mitos que hacen eco hasta producir la sordera generalizada.

Los cuñadismos más habituales son el deportivo y el político. El cuñado deportivo vocifera contra atletas de alto rendimiento y los acusa de ser una basura antes de proseguir a tomar la botana que tienen puesta sobre la barriga. También se sienten calificados estrategas capaces de refutar las decisiones tomadas por Joachim Löw, José Mourinho y Diego Simeone, a quienes tienen por completos improvisados. Si el cuñado tomara a cualquier equipo lo llevaría a una era dorada de campeonatos a raudales.

El cuñado aplicado a la política se siente facultado para opinar sobre cualquier conflicto o suceso que ocurra en el globo. En especial le interesan los acontecimientos de países exóticos y lejanos, para así dárselas de enterado y muy consciente, en comparación al vulgo, a quienes solo les preocupa lo que ocurre en Francia y en otros países bonitos. Además cualquier versión oficial o consensuada les repele; no se fían de la norma establecida y prefieren armar castillos mentales en donde todo es parte de una confabulación realizada por una élite que lo decide todo en lo obscurito.

A los cuñados les gana el afán de protagonismo. Les encanta interrumpir y suben la voz a donde quiera que llegan. En las reuniones instalan el conflicto cuando todos querían pasar un rato de tranquilidad. Si bien pueden irritar, lo mejor que puede hacerse es reírse e ironizar con ellos.

En definitiva, los cuñados son todo en uno: pedagogos, filántropos, activistas, poetas, psicoanalistas, gastrónomos, filósofos, mecánicos, economistas, científicos, pediatras, ingenieros de audio, teólogos, veterinarios… pero, antes que nada, son imbéciles. Y las redes sociales son su paraíso.

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Nota: la quintaesencia del cuñado puede encontrarse en la famosa escena de Annie Hall en la que aparece Marshall McLuhan. Sirve muy bien para ilustrarlo. La vocecilla molesta que de vez en cuando nos rompe los oídos y nos deja al borde de un ataque de nervios.

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Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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Volantes, esa ficción

Hay un elemento curioso dentro del mundo publicitario: los volantes, breves folletos que nadie quiere, que de nada sirven y que sin embargo llevan décadas asolando a comunidades enteras. Seguro has topado con ellos. En cualquier centro urbano es posible encontrar repartidores que te ofrecen rectángulos de papel que llevan impresa alguna oferta. La mayoría de las veces una espectacular rebaja del 10% en el producto que menos necesitas en el momento. El resto del espacio es rellenado por colores chillantes y un listado de los servicios disponibles en el negocio en cuestión. El promedio de vida de estos anuncios es de aproximadamente minuto y medio, tiempo suficiente para que el receptor alcance a localizar el basurero más cercano.

El prestigio de los volantes es tan bajo que la gente los desecha sin siquiera leerlos. En ellos bien podría venir inscrita la receta de la eterna juventud o una propuesta matrimonial y daría lo mismo. Nadie les presta mayor atención. Hay un estigma muy fuerte en su contra. Solo hay dos circunstancias que prolongan la existencia de lo que pudo ser un desperdicio instantáneo: la aparición de un niño que aproveche el recurso para hacer un barquito de papel y el calor que puede transformar al volante en un abanico improvisado.

En vista de su exiguo rendimiento, ¿cómo es que algunos emprendedores siguen recurriendo a semejante artimaña para promover sus servicios? La explicación es sencilla. Por una convención internacional, por una tomadura de pelo de la que todos somos cómplices.

Piensa en la enorme cantidad de personas que se dedican a la industria del volanteo. En ella están involucrados impresores, transportistas, repartidores, cocineros, diseñadores, barrenderos, beisbolistas y un montón de especies añadidas. Si de pronto los folletos se abolieran el ecosistema capitalista podría colapsar, un acontecimiento inadmisible para todos aquellos que aspiran adquirir una pantalla de 60 pulgadas en abonos chiquitos.

De ahí que todos le hagamos al cuento, sostenemos la ficción según la cual los volantes son útiles e interesantes. Los recibimos con cara de que vamos a comprar lo que impulsan. Pero lo cierto es que no. Simplemente sostenemos un ritual que fue heredado por nuestros antepasados para así apoyar la economía de familias enteras.

Desconfía de los seres desalmados que rechazan los volantes. Son individuos sin consideración por el prójimo: traidores de la regla no escrita. El volante se acepta siempre, aunque sea para contribuir a que el pobre repartidor pueda regresar temprano a casa. Piénsalo, entregar un millar de papeletas relativas a una tienda de almohadas es muy complicado, una hazaña equiparable a anotar un gol de chilena. Los empleados del sector tienen que distribuir cada ejemplar antes de poder recibir un mísero sueldo que apenas y justifica las quemaduras del sol.  Lo mejor es ayudarles a cumplir con la tarea. Tomar lo que obsequian es, literal, quitarles un peso de encima, reducir una raya a su condena.

Aun así, dentro del mundo del volante hay dos extremos. El día y la noche. Uno es la excepción que funciona, el otro el que de plano se excede en su cualidad de inservible. En la primera categoría están los restaurantes. Un volante que promete alguna promoción de comida no está nada mal (sobre todo si incluye el número telefónico para pedir a domicilio), de hecho se atesora aunque nunca se utilice: el drama absoluto llega cuando la pizzería te informa que el cupón que habías reservado caducó en el lejano 2014.

El contraste, el colmo de lo vano e ineficaz,  está en esos tabloides gratuitos que únicamente ofrecen anuncios clasificados. En efecto, ni siquiera se esmeran en incluir un horóscopo o articulito para disimular. Se limitan a promover productos chatarra en al menos una docena de páginas, con lo cual el desastre ecológico se multiplica. Los materiales que utilizan para la elaboración del infame catálogo son tan pobres, tan descuidados, que el periódico espurio tiene un olor particular, como a veneno que podría intoxicar a un roedor desprevenido. Una abominación que no tiene perdón y que se cuece aparte, tanto así que no entra dentro del pacto de caballeros del que gozan los volantes tradicionales. Ni siquiera son aptos para cubrir la pipí de los perros.

No olvidemos la dinámica del volante clásico, el que se merece un respeto. Una bonita ficción. Al principio podrá calificarse como una molestia y en cierto modo lo es. Pero también es una costumbre de la que sería difícil prescindir. Sigamos simulando en su favor. A fin de cuentas el repartidor nos hacen sentir importantes, solicitados, nos da la atención que a menudo se niega en las calles.  Si nadie te extiende la mano ni tampoco escuchas una palabra de aliento, al menos es lindo saber que alguien repara en tu presencia quitándote la duda de si acaso no serás un fantasma. Tal es la cuestión: para ellos existes, tienes cara de ser alguien pudiente. Un halago que ya casi nadie te da.

arnold

Andy Warhol: estrella de goma

warhol

1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.

Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

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A propósito de Roger Moore

En su última aparición como el mítico Q (The World Is Not Enough, 1999), Desmond Llewelyn le tira un par de consejos a James Bond, por entonces interpretado por Pierce Brosnan. Se tratan de enseñanzas que resultan especialmente entrañables debido a que Llewelyn moriría poco después del estreno de la película. De este modo el diálogo significa algo así como un testamento, un adiós definitivo.

El primer consejo es el siguiente: “Nunca dejes que te vean sangrar”. Y el segundo: “Siempre ten un plan de escape”. He ahí resumidas, de maneras sencilla, lecciones que funcionan como un manual de estilo y comportamiento. Un caballero jamás debe mostrar signos de debilidad, aunque se esté derrumbando por dentro. Y no debe dejar nada a la suerte: en su horizonte tiene que existir un lugar al cual dirigirse si es que acaso todo le sale mal.

Tales palabras vienen a la mente con el fallecimiento de Roger Moore, actor que interpretó al agente encubierto más famoso del mundo en siete películas (el récord hasta la fecha) repartidas en dos décadas diferentes.

Roger Moore no fue el mejor James Bond. Tampoco fue un actor extraordinario, labor en la que fue más bien austero; él mismo admitía que su registro como intérprete oscilaba entre “levantar la ceja izquierda o levantar la ceja derecha”. Pese a ello, Roger Moore tenía algo que no abunda, la clase y el carisma. Un don para tratar a las personas y una habilidad para saber hablar y guardar silencio en el momento adecuado. Tímido durante su adolescencia, tuvo que forjar a su propio personaje: un encanto envuelto de modestia que no era consciente (o al menos eso decía) de su estatus como símbolo de masculinidad.

Como artista, Roger Moore optaba por la delicadeza y por la discreción. Así lo deja de manifiesto una anécdota ocurrida durante el rodaje de The Man with the Golden Gun (1974). Por aquellos tiempos Roger Moore había aplicado una sutil estrategia de robo, habitual entre los actores de la época: el británico procuraba adueñarse de las prendas que usaba como James Bond para transferirlas a su guardarropa personal. Después de todo eran trajes finos que estaban hechos a su medida, nadie más los podía utilizar. Así que en los preparativos de la cinta, cuando le entregaron un traje que le gustó de manera particular, decidió que esa sería la joya de la corona; por tanto se dispuso a actuar con sumo cuidado, midiendo cada movimiento, cada paso, para que el conjunto de marras quedara impecable para su colección.

Roger Moore se sintió orgulloso luego de la última escena de acción: cuando el director gritó “¡corte!”, el traje se encontraba como nuevo, sin una sola mancha o fisura. Lo había conseguido. Un atuendo costosísimo sería incorporado a su armario. No obstante, a los pocos segundos ocurrió algo que no se esperaba. De pronto alguien le arrojó una cubeta entera de engrudo sobre la cabeza, con lo cual el traje (y su peinado) quedaron arruinados. El autor de la broma fue “Cubby” Broccoli, productor del filme, quien se había dado cuenta de las actitudes tiquismiquis de su muchacho. Todo fueron risas en el lugar.

Un referente.

Roger Moore protagoniza una de mis fotos favoritas de la cultura pop. La estampa fue inmortalizada por Peter Ruck en el año de 1968. En ella, Roger Moore bebe una copa sostenida con la misma mano en la que lleva un cigarrillo. La estrella de cine mira hacia su derecha, no sabemos dirigiéndose a qué o a quién, pero en ese gesto lo está todo, la aspiración de cualquier hombre. Un modo de saber estar en el mundo y disfrutar de la vida. Hedonismo en estado puro. Sin complicaciones, con elegancia y un toque de jugueteo.

Roger Moore envejeció con gracia. Se fue sin aspavientos y con toda la categoría a los 89 años. Siguiendo el consejo de Q, nunca dejó que lo viéramos sangrar. Se le recordará como aquel hombre de porte y cabello impoluto. Alguien sin revolturas.

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