Joven de nuevo

Con el paso de los años ocurren acontecimientos que te hacen sentir viejo. La sensación tiene un dejo de injusticia. Si bien cada minuto suma a la cuenta,  no por ello uno ha de sentirse acabado. Menos si apenas estás en la fase de los veintitantos, donde la situación aún no es del todo grave.

Aun así es inevitable caer en la trampa. Los golpes aparecen: dejas de tener credencial de estudiante, te sale una cana y  miembros de tu generación se casan y hasta tienen hijos… deseados.

En las calles deambulan muchos desalmados que te derrumban con su perspectiva. El drama empieza la primera vez que un escuincle te llama señor. A mí me ocurrió a los 18 años.

—Señor, ¿podría decirme dónde queda la papelería?
—A la derecha por allá —le dije.

En ese momento acabé pálido. Supe que algo dentro de mí se había roto para siempre. Los niños, al igual que los borrachos, dicen la verdad. Yo ya no era tan joven. Jamás lo volvería a ser.

Porque claro, el número de polluelos está en aumento. Cuando vas en la primaria, son pocos los seres humanos que son menores a ti. En cambio cuando estás en la universidad la cantidad de infantes es mucho mayor. Ya no eres tan especial. No formas parte de los tiernos. Has pasado al bando de los maduros, con las apenas dos décadas que llevas de vida. Sin haberla aprovechado.

Lo anterior plantea una serie de desventajas. Es verdad que el paso del tiempo trae consigo sabiduría, si es que uno se sabe mover. También llega una mayor libertad. La parte negativa del contrato es que también crecen las responsabilidades.

Hay un menor margen de error. Un niño puede romper vidrios con una piedra y no ocurre la gran catástrofe. Si acaso un regaño. Pero como adulto uno ya no se puede permitir esos lujos. Si quieres jugarle una travesura a la señora Alfonsina a lo mejor terminas por ser denunciado. Así que si quieres vengarte de ella (por esa sopa echada a perder que te regaló) tendrás que pensar en otra estrategia.

Tus tropiezos ya no causan gracia. Si anduvieras en pañales lo harían, pero a tu edad a lo más que aspiras es a provocar lástima.

No lo olvides. Tienes que comportarte de acuerdo a lo que se espera de ti. ¿A poco crees que eres un espíritu libre? Deja que me ría un rato.  Olvídate de las irresponsabilidades, de las gracietas. Lo que se te exige es que aportes a la sociedad. Con el diseño de un edificio, con lo que sea. Algo. De otro modo eres un pobre diablo que merece ser empalado en medio de la plaza monumental.

La vida entre los veinte y venticinco años es más dura de lo que se cree. Pareciera que en ese lapso se toman las decisiones que determinarán el resto de la vida. Ahí, más que nunca, llega la presión. Un paso en falso o un error pueden condenar. Un pequeño traspié puede ser la diferencia entre llegar a la cima o acabar debajo de un puente en el que te alimentarás con latas de ciruelas.

Hay que tener cuidado. Eres un adulto del que se espera seriedad. Ni se te ocurra dedicarle media hora a las caricaturas, que serás tomado por una especie de subnormal. Lo que corresponde es que estés en una oficina. Pagar recibos. Tomar un suplemento vitamínico.

Y sí, el peso de los años se te viene encima por primera vez. Avalancha incontenible. Una experiencia que nunca pensaste que te pudiera suceder. Pasa como con la muerte. Parece que es algo que solo le ocurre a los demás, pero tarde o temprano también le tocará a uno mismo y no hay forma de remediarlo.

Deprimente. Por mucho que uno quiera jugar en su propia dimensión, la presencia de los demás condiciona lo que hacemos.

Es verdad: si se quisiera, uno podría actuar como un niño hasta los noventa años. Sin embargo, hay miradas que te echan para atrás. Incluso reglas. Un señor no puede entrar al área de juegos infantiles, pese a que tenga un deseo incontenible de aventarse por la resbaladilla. Si lo hiciera, llamarían a la policía. Le daría el trato que se le da a los degenerados. Saldría en las noticias. Un ridículo nacional. Las voces aclamarían: mátenlo.

No me malinterpreten. Madurar es bonito. Siempre será preferible levantar una copa que un biberón. Vestir de traje le gana a usar un mameluco. Y ver películas clasificación C es una ventaja importante a lado de un dvd de la gatita Poppy.

Lo que digo es que los adultos también merecen un respiro. Que el juicio social sea menos riguroso y que los hombres con bigote puedan jugar Mario Kart sin ser molestados.

Menciono lo anterior a propósito de algo que ocurrió hoy: después de muchos años he vuelto a sentirme joven de nuevo.

Para conseguirlo no tuve que recurrir a una cirugía plástica, bastó con que me inscribiera en un curso.

Hoy fue mi primera clase y, para mi sorpresa, resultó que yo era el más joven de los 16 alumnos. Lo que es más: soy el único hombre y uno de los pocos que no pertenecen a la tercera edad.

Estoy rodeado de dulces damas que se refieren a mí como jovencito y que emiten comentarios del tipo estás muy chavo o eres un niño apenas.

Y es verdad. Recién acabo de nacer. Hace apenas un puñado de días que cortaron mi cordón umbilical. Soy casi un bebé. Que revisen los registros. Soy un sol en primavera, un capullo del que todavía no surgen pétalos: la espuma de las aguas.

Que me traigan la comida a la cama. Que me dejen descansar. Que me hagan piojito. Faltaba más. Todo había sido un error. Recibí un trato de adulto sin merecerlo. Con razón tenía problemas de sueño. Como buen chico, necesito que alguien me cuente un cuento para poder dormir.

Ahora entiendo por qué mi tías me siguen llamando Carlitos. Vaya desastre el de la humanidad. Si uno no investiga, se comenten equivocaciones que te hacen sufrir. Pero ya no más. Desempolvaré mi Piolín de peluche e iré a la cuna con mi mantita.

the sandlot

Anuncios

Preocupaciones por la noche

En la temporada decembrina la familia se une más que en cualquier otra época del año.  Hermanos, padres, tíos y sobrinos viajan kilómetros para estar juntos. Regalos aparte, ahí se encuentra lo mejor de la Navidad y del Año Nuevo, en el hecho de que sirven para reforzar las relaciones personales. Y por traer consigo vacaciones, no olvidemos.

La convivencia tiene algunas implicaciones. Tener que conversar sobre el clima con algún primo al que nunca habías visto, por ejemplo. O estar en una misma casa con otras treinta personas que no paran de hablar. Peor si solo hay tres baños a repartir. Las reuniones pueden terminar por convertirse en un caos en donde empiezan a  escasear los recursos y en donde surgen tribus que lo mismo pueden acabar con el café que monopolizar los servilleteros.

Viví eso por muchas veces, pero desde hace unos ocho años, la Navidad y la celebración de Año Nuevo la paso nada más con mis padres y mis hermanos, en cenas íntimas. No me quejo. Tiene sus ventajas. Hay más comida por cabeza y hay camas de sobra para todos. Nada de dormir en el sillón porque en el cuarto de invitados ya están recluidos seis tíos con sus respectivas esposas e hijos.

En todo caso la tranquilidad no siempre está garantizada. Puedes tener a cinco personas y será suficiente para vivir experiencias comprometedoras. Con cuatro basta incluso, o con tres. Igual con dos, aunque con un individuo se tiene para sufrir preocupaciones de diversas categorías.

Las calamidades son inminentes. Son desconsideradas con las tradiciones. Atacan sin tregua. Pueden aparecer sin inmutarse en plena Navidad, como si fuera un miércoles cualquiera. Hacen llorar a los renos, descomponen los fusibles, queman la cena. El colmo es que hasta  llegan a estropear la sagrada hora de la ducha.

Así lo he sufrido yo.

La otra noche estaba bajo el agua caliente, con los pensamientos dirigidos hacia bosques infinitos cuando un sonido interrumpió la armonía del momento. Por la lejanía tuve dificultades para identificar cuál podría ser origen de aquel ruido. Pensé en un vaso de vidrio o en un cuadro caído. Era igual. Nada importante. Debía seguir con lo mío, disfrutar del vapor. Relajar un rato el cuerpo. Olvidar las tensiones.

No pude porque a los pocos segundos escuché una voz en llanto al igual que una especie de gritos. Dios mío, pensé, alguien se ha recargado contra la ventana y se ha cortado una vena. Tal vez le ha caído un espejo encima a mi hermana como un castigo divino en contra de la vanidad. También pensé en mi hermano menor. ¿Sería posible que el candelabro sufriera una caída hasta chocar con su cráneo?

Enjuagué los restos de jabón que se posaban en mi piel. Lo hice rápido ante la situación de emergencia. Por el cabello ya había pasado el champú, ya que lo utilizo casi al inicio de cada sesión. Salí de la regadera, tomé la toalla, me envolví en ella y salí dispuesto a colaborar en lo que pudiera ante el accidente.

En el piso de abajo no vi a nadie. El nivel de alarma aumentó. Acaso ya salieron rumbo al hospital, me dije. Vaya agonía será la de esperar noticias a solas por aquí. He sido un mal hijo. No debí tomar un baño tan tarde. Pude evitar la tragedia. Merezco lo peor por abandonarlos.

En el segundo piso encontré a mi madre. Le pregunté sobre la desgracia.

—¿Qué pasó, están todos bien? —dije.
—A tu hermano se le cayó la nueva tableta —dijo mi madre.
—¿Y por eso todo el escándalo?
—Vístete, por favor.

Fui directo a mi alcoba con cierto alivio. Se les cayó la tableta, era eso. Nadie había sido trasladado a la sala de urgencias ni fue necesario utilizar un torniquete para detener una hemorragia. El máximo afectado era un simple aparatito. Todos estaban bien. Las paranoias destruyen por dentro.

Por la madrugada, antes de dormir, escucho otro ruido. Esta vez proviene de la habitación de mis padres, que está junto a la mía. Parecen que unas siete botellas de perfume han caído al suelo. A las tres de la mañana te sobresaltas si oyes algo semejante.

Imagino lo peor. Pienso que quizás mi padre ha sufrido un infarto y por intentar apoyarse en el tocador ha tirado todo aquello. Luego pienso que no. No puede ser, estás loco. Estoy consciente de que siempre pienso en la peor de las posibilidades. Un vicio muy arraigado del que me debo librar. Tienes que ser optimista, fue cualquier cosa: al mover un brazo entre sueños tiró una canasta con frascos del buró. Tranquilo, eso fue. E intento convencerme de ello, pero no puedo del todo. El optimismo es inútil esta ocasión (aunque casi siempre es preferible al pesimismo ya que al menos ofrece sosiego), a lo mejor mi padre necesita ayuda. De nada sirve hacer como que no pasa nada. Imposible descansar así.

Salgo de mi habitación y llego hasta la puerta de la suya. Está cerrada. Me quedo un minuto de pie frente a ella. La escena que podría encontrar es aterradora y me frena. En medio de la obscuridad pienso en lo que viene si paso a ver. Podría estar ante un  acontecimiento que cambie mi destino.

Al poner la mano sobre la manija de la puerta escucho unos ronquidos que traen la calma de vuelta.

casanova

Lecciones de la calle

Se le puede aprender mucho a los desconocidos.

Los que están formados en la fila del cajero. Los que están sentados en la mesa de a lado. Los que comparten elevador contigo. Los que caminan a unos metros. Los que salen de baño. De ellos se pueden extraer lecciones, sin que ellos se lo propongan, sin que ellos se den cuenta.

La calle es la mejor escuela, dicen quienes han tomado medicamentos elaborados por científicos que aprendieron el oficio gracias a un paso peatonal. Y exageran. No todo está ahí. Los profesores, los libros y los documentales, con lo pesados que en ocasiones pudieran parecer, deben estimarse por ser un sustento a partir del cual se puede llegar a un desenvolvimiento racional.

La experiencia ayuda, es verdad. La práctica es un aspecto crucial para mostrar si estamos hechos de aquello que se necesita. De nada sirve matarse horas con una lectura si a la hora de atender un parto a uno le terminan por dar agruras fulminantes por culpa de los nervios.

A lo que me refiero son a las enseñanzas de vida que se pueden sacar de las personas que andan por la calle. Lecciones a menudo veladas que de cualquier forma se encargan de cambiar la perspectiva general de lo que conocemos.

Para identificar estas lecciones hay que estar atento. No es como en la universidad, en donde hay horarios gracias a los cuales los estudiantes saben que de 8 a 9 aprenderán sobre determinada asignatura. Acá las lecciones están repartidas sin ningún orden específico, de modo tal que, en  medio de un parpadeo, pueden surgir sin que nada lo anticipara en el minuto anterior.

Tener lo sentidos en modo receptivo, eso es. Refugiarse en los audífonos y en  una lectura es fascinante. Se tratan de elementos que pueden salvar el día en contra de las inclemencias del exterior. Hay veces que salir de casa sin un iPod puede convertirse en una tortura. Igual cuando no se lleva un libro y toca aguantar horas y horas sin ningún distractor para los tiempos muertos.

Yo soy mucho de eso. De salir con los oídos tapados por música que aísla de los demás. Lo agradezco. No obstante, a veces es inevitable preguntarse de cuántas cosas no se perderá uno por estar encerrado así. En los últimos meses he procurado  mantener un balance. Todavía salgo con los audífonos puestos y cuando puedo llevo un libro bajo el brazo. Pero de vez en cuando, sobre todo cuando veo una situación que parece interesante, los dejo de lado para estar abierto a lo que pudiera ofrecer lo que está alrededor.

Ver a un anciano cargar un costal de maíz puede decir mucho más de lo que en primera instancia parece. Es una imagen que nutre de pensamientos por aquello que conlleva. Ver a un par de jóvenes que saltan una cuerda, reactiva una serie de sensaciones asociadas a los tiempos de inocencia que se vivieron hace años, cuando un mecate era suficiente para tener horas llenas de alegría.

Para detenerse a reflexionar.

Y así se puede seguir. Con el barrendero que usa una técnica que puedes implementar para limpiar las esquinas de tu habitación. Con el taxista que muestra un atajo de camino a casa o con el empleado de telemercadeo que da cátedra de cómo no hay que conducirse por la vida.

Les decía al principio. Se le puede aprender mucho a los desconocidos.

Hace tiempo caminaba por las calles de la ciudad sin ningún rumbo en específico. Eran por los rumbos del centro. Por aquel entonces yo la pasaba mal, y de cierto modo la caminata representaba lo que sentía por dentro: un ánimo deambulante a la espera de un milagro. Dentro mío se hallaban centenares de amarguras y quejas que conformaban un cuadro de angustia. Durante parte del trayecto no vi nada especial.  Cada persona a lo suyo, sin reparar en nadie más. Sin mirar siquiera a los ojos, mucho menos lanzar una sonrisa. Y caminé y caminé por esa cualidad  que tiene el caminar que es dar la impresión de que nos aleja de algo, sin importar que no sepamos muy bien de qué. Es lo que resta: avanzar, que es preferible a quedarse tirado en el rincón.

Y así llegué a una esquina en donde se hallaba la parada del camión. El semáforo estaba en verde, así que no podía cruzar. En la parada una mujer y una niña. Madre e hija. La señora estaba sentada en la banca, la niña, de unos seis años, de pie. Parecía que llevaban un buen rato a la espera del camión. Así es en provincia: no hay combis que pasen cada cuatro segundos ni rutas que garanticen el paso del transporte cada 10 minutos. Acá puede que tarden más. A veces pasa así. No siempre.

El caso es que la niña empezó a gritar. Un grito fuerte, que me impulso a quedarme en ese lado de la calle aun cuando el semáforo ya estuviera en rojo y pudiera cruzar. Ahí estaba, lo supe, algo diferente, algo que me sacaba de la espesura de ciertos pensamientos que solo empeoraban el panorama. El grito era un punto de inflexión, un parteaguas. El llamado de una sirena que presagiaba la salvación. Al fin sucedía. Era un acontecimiento enviado por los ángeles para romper con la rutina.

La niña gritaba sin detenerse, en lo que parecía un ah prolongado. Sin embargo, la enseñanza no fue esa. La idea correspondió a lo que la señora le dijo para que guardara silencio. Una frase que, a su modo, resumía sabiduría. Proveniente de una persona común y corriente que tal vez no tuviera intención alguna de aleccionar, sino más bien de hacer que la escuincla se callara de una vez.

La mujer dijo:

—No porque grites mucho el camión va a llegar antes.

La niña dejó de gritar.

Y yo me dejé de dramas internos. La frase fue un gancho al estómago. Ella no se había dirigido a mí, pero era como si me lo dijera, justo las palabras que necesitaba. Tan solo hacía falta cambiar la palabra “camión” por cualquier otra cosa, aquello que se anhela y que no llega. Y todo por lo que uno se queja, lloriquea y grita por dentro como si eso fuera a remediar algo. Cuando no. No porque uno grite el camión llegará antes. Tampoco el éxito, ni el amor, ni el dinero. A nadie le importan tus gritos. Al conductor del camión le da igual. Él conduce según le parece. Lleva a un volumen alto una estación de radio que le hace feliz. Así que no grites, no desgastes la garganta. Haz como el taxista, busca otra ruta, un atajo que en verdad ayude. No llores en el suelo por el empleo que no conseguiste. Mejor prepárate más. Acude a otra entrevistas de trabajo. No hagas escándalo si pierdes. Será tiempo gastado en vano, salvo por el desahogo razonable que pudieras permitirte.

Fracasar en el intento y volver a intentar. De eso se trata. Los gritos no le gustan a nadie. Tampoco los lloriqueos ni las pataletas ni los berrinches. Son tiempo echado a la basura. Librarse de ellos es un primer paso. Y si el camión no llega, si tarda demasiado, toca ponerse de pie y caminar con rumbo a casa. Solucionarlo uno mismo, sin depender en exclusivo de lo que hagan otros. Que la paciencia también ha de tener sus límites.

chantal kelly

Bondades de la timidez

Ser tímido está mal visto por la sociedad. Las revistas, los peatones, los programas de televisión dicen que el éxito pertenece a los intrépidos. A quienes les guste el riesgo, aquellos que sean extrovertidos. Si eres callado quedan pocas alternativas para ti. Lo que triunfa es el desenfado, los gritos: suplicar por la atención.

Hace falta seriedad en el ambiente. Hoy en día los referentes son los estrafalarios. Se ha perdido el gusto por lo clásico, lo elegante, lo discreto.  En la actualidad si quieres sobresalir, el camino efectivo es el de exponerse a lo grotesco. Salir disfrazado de brócoli a una entrega de premios, por decir una idea. O bailar entre gritos obscenos al invadir una librería.

Así nos va.

Habría que revalorizar a los tímidos. Con urgencia, a decir verdad. Se echa de menos su presencia. Se tratan de ejemplares ya escasos. El sistema se ha encargado de instalar la idea de que hay que vencer la timidez. Lo cierto es que el mundo funcionaría un poco mejor si se quitara el estigma que hay sobre ella. Por el contrario, se debería celebrar a los héroes que está refugiados en la modestia. Los que son apocados, introspectivos. Vivan todos ellos.

Son los que no molestan al prójimo. Los que están a lo suyo. Los que no salen de casa y que con ello contribuyen a no aumentar el tránsito vehicular.

Jamás escucharás un insulto venir de ellos. No se acercarán a ti para pedir que te calles ni para agobiarte con improperios. Los tímidos están en la mesa del fondo acompañados de un libro que les tapa la cara. Su nobleza les lleva al extremo de estar dispuestos a esconder sus mandíbulas.

Olvídate de tener que compartir tu comida. Si te rodeas de tímidos ninguno de ellos te pedirá un solo trozo de zanahoria. Tampoco demandarán un trago de tu botella. Es probable que incluso lleven consigo suficientes provisiones como para no tener que depender de los demás.

Esta especie no pide favores, pero los da. Van tan abatidos por las banquetas que se les hace imposible decir no. De cualquier forma no abuses. Los tímidos son una flor delicada que ha de recibir cuidados. Dales tu cariño. Lo necesitan más que nadie, aunque no lo digan. Prefieren morir por dentro que ser una carga.

Son, en resumen, diamantes. Habitantes llenos de pureza. Puedes tropezar enfrente de ellos, ten por seguro que no se burlarán, como haría el ser promedio. Quizás no ayuden a que te levantes (temen ser demasiado atrevidos si te toman de la mano), sin embargo tendrán el suficiente tacto para lanzar una mirada de compasión.

Sí, cada noche que pasa estoy más convencido de la importancia de los tímidos. Lo compruebo  a cada rato. Como hace unos días cuando fui a tomar un café a Starbucks.

Estoy acostumbrado al trato que dan ahí. Sé que los empleados procuran ser amables en los detalles. Sonríen, te llaman por tu nombre: hacen que te sientas en casa. No me quejo. Lo entiendo y me gusta. Siempre dentro de unos límites, desde luego. Y en esa visita vi algo que no me gustó. Les cuento.

Entré y me formé para pedir una bebida. Lo usual es que pida un espresso, un latte o un té. Esta vez opté por toffee nut latte para aprovechar la oportunidad de ordenar algo con un nombre tan ridículo.Necesitaba una bebida que durara un buen rato ya que llevaba conmigo un libro al que deseaba concluir luego de un largo tiempo.

Después de recibir el pedido, me senté en un rincón. Era la una de la tarde. En el área interior solo estaban ocupadas dos mesas. En una se encontraban un hombre y una mujer con varias carpetas llenas de papeles enfrente. Cada uno sostenía una llamada en el celular sobre algún tema de negocios.

En la otra mesa estaban tres chicas con uniformes de una secundaria o preparatoria privada. Sus vasos ya estaban vacíos. Eran de los transparentes, donde sirven las mezclas frappé.  Llevaban consigo  varios libros y unas cuadernos donde tomaban notas. Al parecer era una reunión para estudiar. Hay que respetar a la gente que se reúne para estudiar cuando bien podrían reunirse para otras actividades más divertidas. Ellas eran de otra clase. Alumnas aplicadas. Preocupadas por obtener calificaciones sobresalientes, si bien cada quince minutos podían hacer una pausa para hacer algún comentario sobre One Direction. Perfecto por ellas. Lo tienen merecido.

Hice la inspección en quince segundos. Tampoco es que observe lo que hacen los otros como si de un espectáculo se tratara. No. Casi de inmediato regresé a lo mío. Di un trago al vaso y retomé la lectura donde la había dejado la noche anterior.

Solo conseguí leer cuatro páginas. Hay cuestiones que lo estropean todo. Están sueltas en la atmósfera para atacar en el minuto menos esperado.

Un tipo de unos 25-28 años se acercó a la zona para barrer. Llevaba una escoba color amarillo. Tuve que interrumpir la lectura cuando se puso  a limpiar la base del sillón en donde tuve la ocurrencia de sentarme.

Aplaudo al corporativo por preparar a sus elementos de tal forma que mantengan impecables las instalaciones. Lo que no soporté fue lo que vino a enseguida .

El sujeto en cuestión siguió con la operación en otras dos mesas, hasta que de pronto dejó la escoba recargada en una pared. Ya con las manos libres, trotó hasta la mesa donde estaban las tres estudiantes.

—Oye, ¿tienes novio? Dime cuántos… ¿cuatro, cinco? —le dijo a una de ellas.
—No… ninguno.
—¿Y ustedes, tienen novio?

Ninguna respondió.

—¿Se fueron de pinta o qué onda? ¿Le gusta andar de fiesta, no?
—Es… estamos en finales. Ya no tenemos clases. Nada más tenemos que ir a los exámenes —dijo una de las que no había hablado.
—¿Y de aquí a dónde van? Están muy guapas como para andar solas. ¿Dónde están sus novios? Yo a las acompaño a donde quieran.
—No, gracias —dijo la primera.
—¿Cuántos años tienes?
—17.
—¿Y tú?
—16.
—Déjame adivinar. Tú tienes 15.
—No.
—¿Cuántos años tienes?
—17.

Las tres tenían la cara roja. Se miraban las unas a las otras. Una sacó el celular y lo empezó a revisar. Según interpreté las señales, se encontraban incómodas. Los de la otra mesa seguían pegados a los celulares. El empleado seductor no cesaba en el intento.

—¿Y qué les gusta hacer? ¿Se la han de pasar en el antro, verdad?
—No, no nos gusta.
—Huy, yo que las iba a invitar a un lugar que conozco. ¿Y al cine? Vamos a ver una película. Yo las invito.
—No, muchas gracias. Estamos ocupadas con los exámenes y cosas de la escuela —dijo la líder.
—Hay que divertirse.
—De verdad, estamos ocupadas… gracias.
—Qué aburridas son. Jaja. No se crean. ¿Oigan, y cuántos novios han tenido? ¿Ya son expertas en el amor o tengo que darles unas lecciones? Denme unos minutos y le llamo a unos amigos para estar parejos…

Las preguntas no cesaban. Lo que comenzó como un intercambio cualquiera, tornaba a una especie de hostigamiento. No es que yo me asuste. Sé que hay mujeres a las que les gusta ser abordadas así. A las que les emocionan los hombres atrevidos y que rebosen en confianza en sí mismos. Pero no era el caso. Ellas eran unas pobres chicas que respondían  otras preguntas con monosílabos. Es probable que jamás en el pasado hubieran tenido una experiencia similar. La tenían por primera vez, no en un centro nocturno: en la supuesta tranquilidad de un café. No con Harry Styles de protagonista, sino con un desconocido con una cara sin gracia alguna.

 Y por falta de tablas y por educación no sabían cómo detenerlo. Y yo ya no me podía concentrar en el libro. Y di un sorbo a la bebida. Era agradable. Me acordé de los tímidos. Pensé que los establecimientos deberían contratar a personal cohibido que por ningún motivo traspasara la barrera de la cordialidad. Igual los clientes, todos deberían guardar ciertas reservas.

Se agradecen los buenos deseos, las preguntas intrascendentes y cualquier gesto de cortesía. Lo que no funciona es el acoso, arruinar la tranquilidad. Interrumpir las actividades ajenas.

Las tres amiguitas habían ido a estudiar. Tal vez sus madres estuvieran en casa al pendientes del teléfono, a la espera de que ellas se reportaran para que las fueran a recoger. Relajadas, a sabiendas de que sus mayores tesoros estaban en un sitio seguro, sin lobos desesperados por tirar un mordisco.

La escena me pesó. ¿Dónde estaba el gerente? Yo soy de los tímidos, así que el tipo ese me cayó aún peor. Los extrovertidos y los introvertidos le van a equipos de futbol opuestos. Son aficiones que se llevan mal. Que apenas se aguantan. Son incompatibles.

Y a pesar de que no me gusta hablar con extraños y de que no soy policía y de que no me gusta ser entrometido, me puse de pie y fui a donde estaban la chicas.

Dije una sola línea dirigida hombre:

—Son una niñas.

Los cuatro me miraron. Vinieron unos segundos de silencio. Asentí con la cabeza y me alejé rumbo al baño sin añadir nada más.

Cuando regresé, las tres chicas se habían ido. El empleado barría.

sandy sh

Mis problemas con la Feria del Libro

El fin de semana pasado asistí a la FIL del Zócalo, una experiencia que sirvió para recordar por qué odio las ferias del libro.

Todo bien con los esfuerzos por promover la cultura, con los esfuerzos de las pequeñas editoriales para darse a conocer. Tampoco tengo nada en contra de los libros, más allá de que para su creación se tengan que sacrificar algunos árboles. Al final vale la pena. Si hay que elegir entre Lolita de Nabokov y un eucalipto, me quedo con la novela, aunque en ello influya el hecho de no ser un koala.

Y aquí vengo a mencionar mi principal problema con las ferias del libro: la gente que va. Las personas en sí pueden ser agradables. Si bien no todas, conozco algunas con las que es posible convivir  e incluso platicar y decirles que tienen unos calcetines bonitos. Lo que sí, ya noté, es que no tolero las multitudes. Ya cuando hablamos de más de cien sujetos en un espacio determinado, empiezo a ponerme de malas. El Zócalo es grande, claro está, pero la asistencia también lo era, de modo tal que era complicado caminar sin rozar el hombro de extraños y percibir el aroma propio de una semana sin probar el jabón.

Supongo que esto es normal. Pasa en todas las partes del mundo. Tampoco me voy a poner exquisito. Seguramente mi presencia igual fue ingrata para algunos asistentes que hubieran preferido que en mi lugar estuviera algún futbolista. Pero qué le vamos a hacer. En el fondo lo que quisiera que las Ferias Internacionales del Libro se llevaran a cabo en el jardín de mi casa. Sé que no es el lugar con mayor proyección. Los servicios serían limitados (solo hay una cafetera, una cocina, y tres baños, uno de ellos a media capacidad) pero a cambio me comprometo a comprar al menos cinco libros que confío sirvan para amortiguar los gastos de operación,  logística, y conceptos por pago a personal y escritores invitados. Mi comodidad debería ser prioridad a la hora de organizar esta clase de eventos.

Que no se me tache de egoísta. Es verdad que los libros se deben acercar a las masas y que si las próximas ediciones de la feria se desarrollan en el jardín de mi casa, serán pocas las personas que puedan entrar. Pero déjenme decirles algo. A las ferias del libro va, sobre todo, gente que no lee. Gente a la que, encima, les gusta hacerse pasar por lectores. Y van, cafecito en mano, por cada puesto, preguntando por precios de libros que ni les interesan con tal de parecer cultos. Algunos con tal de darle realismo a su actuación, compran libros que ni van a leer. O están los decoradores de interiores, que compran volúmenes con portadas bonitas para que puedan lucir en las salas de sus hogares y que los invitados digan: “Oh, Gustavo es un ávido lector”, aunque el susodicho apenas haya ojeado el índice.

Luego en la FIL me tocó ver a una fauna que provoca especial irritación: los que van a comprar best sellers. Que sí, están en su derecho de leer lo que quieran, así sea un ladrillo raspado. Es su dinero, después de todo. Lo que no entiendo es que den la vuelta hasta el centro para pedir libros que podrían hallar en cualquier librería de la esquina o hasta en un Sanborns.

Durante el tiempo que caminé entre las carpas, tuve que escuchar que se pedían como pan caliente títulos como

Cincuenta sombras de Grey
El alquimista
Pequeño cerdo capitalista
Inferno
Aura

que bien podrían buscar en un supermercado para así librarnos de su estorbosa presencia. Lo mismo con los que van para comprar MurakamisPalahniuks o Rayuelas. Repito: pueden encontrar esos títulos, más baratos, en otros lados .

Y aquí es donde va la siguiente queja: los precios. Yo lo que pido a una Feria del Libro, ante todo, son rebajas monstruosas. Al diablo con todo los demás. Las pláticas con escritores me dan lo mismo a menos de que sean de primera línea, cosa difícil porque ya quedan poquitos autores valiosos que, además de estar vivos, cumplan con el requisito de venir a México.

Quiten los talleres, las actividades, las firmas de autógrafos. A mí denme libros de pasta dura a cincuenta centavos. Ediciones conmemorativas de a tres por veinte. Los descuentos de 10% no sirven y hasta son un insulto.

Algunas editoriales sí que tenían ofertas interesantes. Sin embargo muchas otras no. Sexto Piso, por ejemplo, daba incluso más caro en su módulo en comparación a como puedes encontrar su catálogo en una librería cualquiera.

Lo que sí me sorprendió es cómo se la arreglaban los pobres expositores para evitar que les roben la mercancía. Entre los mares de gente, era francamente sencillo embolsarse algún poemario sin que nadie se diera cuenta. Eran miles de individuos (con el peligro añadido de que varios tenían cara de ser real visceralistas) contra dos o tres personas por puesto a las que obvio mucho se les podría pasar de largo. Yo porque soy torpe y no me va eso del hurto, pero de haber querido no habría tenido mucho problema para salir de ahí con mercancía que aspiraba a ser intercambiada por dinero.

Total, que nada más estuve por ahí alrededor de dos horas. Eran demasiados locales para visitarlos todos. Decenas, quizás cientos de ellos. No daba tanto para explorar, sino para hacer una selección basada a partir de editoriales. Es probable que me perdiera de ciertos detalles valiosos. Es el riesgo que se tiene cuando hay tantas opciones.

Lo que sí agradezco es haber podido visitar el stand de una revista que hace tiempo publicó un cuento mío. Los saludé y me regalaron varios ejemplares para repartir entre mis conocidos. Les compré otros números para devolverles el favor y salí de ahí satisfecho. También compré libros que ya tenía. No lo pude evitar. Es una costumbre que tengo, si de repente veo abandonada a una de mis obras preferidas, me da por comprarlas para darles cobijo en mi librero o regalarlas a quienes crea que pueden apreciarlas.

Dicho lo anterior, sin importar cuánto me queje, siempre acabo por asistir a cuanta Feria del Libro se cruce en el camino. Este año he ido a cuatro. Mis favoritas son las que no tienen tanta asistencia. En una de ellas encontré una joya. Una antología con lo mejor del humorismo mundial, una edición viejita en pasta dura presentada por Wenceslao Fernández Flórez. Son dos tomos, en los que se incluyen escritores italianos, rumanos, húngaros y de otros lugares que ya ni existen. Un tesoro con relatos, aforismos y crónicas inconseguibles de cualquier otra forma.

Es más, este año me gustaría ir a la FIL de Guadalajara  donde sí estarán varios personajes con los que sí me gustaría compartir oxígeno: Vargas Llosa, KeretYves Bonnefoy, Alessandro Baricco,  y la querida Guadalupe Nettel. Exageraciones aparte, los eventos literarios dan esperanza para pasar un lindo rato.

Ya les contaré si voy. Advierto que la amargura no cesa.

Volver como gato

Vuelvo a casa después de una visita a la universidad.  Conforme me acerco a la puerta, noto que arriba de una de las bardas se encuentra el gato de las vecinas. No sé cómo se llame. Es de color blanco con manches cafés. Una característica de la especie es que vienen en diversas presentaciones. Puedes ver gatos negros, rubios, castaños, de rayas o de color crema. Son diferentes entre sí. Ofrecen una riqueza mayor a la de, digamos, las cebras que mucho no cambian unas de otras.

Antes eran dos gatos, pero uno murió. Alguien lo envenenó, según dijo la vecina. La noticia fue triste ya que considero a los gatos seres hermosos que hacen de la tierra una planeta que ha valido la pena, a pesar de todo.

También me alarmé.  ¿Y si la vecina pensaba que yo lo había envenenado? Vivo justo a lado suyo, así que, cuando menos me habrán considerado sospechoso. Pero yo nunca haría algo así. Soy un hombre de gatos. Me caen bien. Que prefiera a los perros (el animal mayor), no quita que disfrute de la presencia de los mininos. En la casa donde vivía antes, llegamos a tener más de 15 gatos. Al principio eran un par, pero se reprodujeron y se les unieron otros amigos que encontraron en nuestro jardín una fuente permanente de recursos alimenticios. Los gatos no nos hacían caso. No dejaban que los acariciáramos y apenas dábamos unos pasos en su dirección huían los malagradecidos. Igual nunca dejamos de ofrecerles croquetas, agua y otros servicios como tapetes para que durmieran. Todavía tenemos muchas de estas mascotas por allá.

En donde estoy actualmente no tenemos ninguna mascota. Así que me preocupó que eso me sumara puntos de sospecha sobre el lamentable incidente del gato vecino. Porque, además, verán: debe haber algo en mí que hace pensar a las personas que soy mala onda o lo que sea, cuando no es así. De verdad. No es presunción, ni nada, pero no soy alguien que de manera deliberada actúe para afectar a los demás. Por el contrario, procuro ser amable y cordial hasta donde la introversión me lo permite. Aunque esto último se suele malinterpretar. Debido a la timidez,  en ocasiones acabo por pasar como alguien cerrado y que no se fija demasiado en los demás. Fuera de eso, no. Nunca actúo con malicia. Tanto así que hay gente que ha tenido que difundir falsedades sobre mí para de un modo afectarme. Porque por hechos concretos, reales, no se puede.

En más de una ocasión, he terminado por inspeccionar partes de mi cuerpo. Miro en el espejo las orejas, las pestañas, las palmas de las manos. Y busco algún detalle que influya en la forma en que soy visto. Busco algún cicatriz intimidante, alguna marca diabólica de nacimiento, y nada. No veo nada fuera de lo normal. Quizás sean paranoias mías. Lo cual tampoco daría para sorprender a nadie.

Y hoy, cuando estaba en la universidad, me encontré con una de las vecinas. Y le pregunté por el viejo gato, sobre el cual no había platicado directamente con ella.

“Hace unas semanas lo vimos entrar por la ventana. Se movía raro. Me asusté así que intenté acariciarlo para ver si se la pasaba. Y no. Se retorció y murió ahí conmigo”, me dijo.

Le dije que lo sentía.  Le platiqué lo de mis gatos.

“Sé lo doloroso que es. Una vez a nosotros nos envenenaron a unos gatos. Unos niños les aventaban comida con quién sabe qué y al poco tiempo resultó que teníamos unas bajas en la familia. Hay gente que no tiene empatía con los animales. Así que cuida mucho al que te quedó”

Me contó que recién había adoptado a un gato más, este otro de color gris. La noticia me dio gusto. Hay mucho animal que necesita de un hogar.

Un rato después nos despedimos. Sentí un alivio. Menos mal que no creía que había sido yo. Ya sea ha visto muchas veces como a veces los inocentes pasan por culpables sin que nadie lo pueda solucionar.

Antes de entrar a casa, les decía, vi al gato blanco con manchas café. Lo vi sano, fuerte, sin nada que le agobiara. Su mirada estaba dirigida hacia el horizonte. Antes de meter la llave a la puerta, vi como levantaba una de sus patas y se empezaba a lamer. Una vida plena, al parecer. Tanto, que para mis adentros llegué a desear que la reencarnación existiera. El no creer en ella, y de hecho considerarla un disparate, no evitó que al menos pensara en la posibilidad. No estaría mal ser un gato domestico. Uno que comiera y recibiera caricias como única actividad antes de dormir.

Sí, sería maravilloso reencarnar en uno de esos gatos felices. Y que los que envenenan animales reencarnen en un gusano que tenga que devorar el horrible cuerpo que recién abandonaron.

Consejo para borrachos

Si toman no manejen.

Habrán escuchado esas palabras cientos de veces. Las suficientes para que perdieran cualquier significado, tal como sucede con las advertencias en las cajetillas de cigarrillos.

Pero de verdad. Si toman no manejen.

Así haya sido una sola gota, olviden el volante. Recurran a los taxis. De paso les servirán para socializar con quienes los conduzcan. Una oportunidad para contarles su vida, lo mucho que odian levantarse por las mañanas y que están muy decepcionados del rumbo que ha tomado su existencia.

La clave es la misma. Si toman no manejen.

Es más, aquí va repetido 49 veces para que quede claro para todos.

Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen. Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.  Si toman no manejen. Si toman no manejen.
Si toman no manejen.

Sé que en el público abundan los despistados, Dedicado a ellos aquí  van otras 7 repeticiones:

Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.

Tal vez  no sea suficiente. No soy ingenuo ni mucho menos. Es probable que nadie haga caso a lo que digo, por lo que tendré que poner el mensaje otras 80 veces.

Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.
Si toman no manejen.

Ya sé. Puede que a nadie le interese que estés vivo o no, lo cual te da cierta impunidad sobre lo que puedas hacer con tu cuerpo. Solamente piensa que no estás solo en este mundo, para beneplácito de la naturaleza.

Seguro los has visto cuando sales a pasear. Son los otros humanos que respiran como tú. Quizás no te caigan bien. Muchos de ellos son molestos, crueles incluso. Pero también hay gente que los quiere. Y hay muchas personas importantes allá afuera. No importantes en el sentido de que sean científicos que estén a punto de encontrar la cura de una enfermedad. No siempre es así. Digamos simplemente que son importantes para otras personas. Para sus madres, padres y abuelitas. Lo cual ya es decir bastante.

De modo que olvídalo. Si tomas no manejes. Aunque haya sido solo una cerveza. Aunque estés convencido de que eres muy bueno en el volante, Aunque sepas burlar el alcoholímetro. Aunque por años no hayas sufrido un solo accidente mientras estás bebido.

Si tomas no manejes. Que luego le estropeas la noche a alguien tan honorable como yo.

Sucedió ayer. Eran las 11:50 de la noche. Yo venía de una reunión a la que abandoné prematuramente debido a la sintomatología de un cuadro gripal. Pensé en llamar un taxi. Luego de esperar unos minutos,  para no exponerme más al frío, decidí mejor llamar a un familiar para que me recogiera. Un ejemplo de civismo, vamos, alguien que consciente de su entorno y sus propias circunstancias.  Lo cual no siempre es suficiente. No. Porque sobra decir que las ciudades son junglas donde hay muchos salvajes sueltos.

Vamos por una venida a la velocidad permitida. Voy en el asiento del copiloto. Platicamos sobre los planes del lunes. Intento buscar música en la radio. Nada digno. Es hasta desesperante. Las estaciones locales llevan años sin renovar sus contenidos, continúan con las mismas canciones de siempre. Los grandes éxitos que no les permiten conocer otros rumbos. Resignado, apago el aparato. Saco el ipod y pongo un tema que creo que va con el ambiente. Es “Moonlight Mile” de los Stones.

El volumen es bajo dada la miserabilidad del aparatito. Aun así es suficiente para que se escuche y supere a las otras opciones. Ya hemos dejado de hablar. Solo miramos para el camino que viene enfrente. La escena es preciosa porque también en una esquina se alcanza a ver la luna. Y pienso en el tema, especial para…

Alguien nos impacta por detrás. El golpe es fuerte. Agradezco usar el cinturón de seguridad de manera religiosa cada que abordo un automóvil. Todo se mueve. El iPod se ha caído al suelo. Desde donde está, no deja de tocar a los Stones. Lo intrépido de mis reflejos me hace voltear hacia atrás.

¿Quién fue?

No alcanzo a ver. La cajuela está levantada. Lo intrépido de mis reflejos no alcanza a ver las placas de la camioneta que nos rebasa y se da a la fuga como a 160 kilómetros por hora.

El familiar va bien. Cinturones de seguridad. Ahí tienen otro consejo. Utilícenlos siempre. Aunque sean unos excelentes conductores. Aunque sean prudentes al volante. Nunca se sabe. Algún día puede llegar algún desconocido a sacudirte cuando menos lo esperas. Y si tienes suerte, el cinturón podrá salvarte de una fractura de nariz o tragedias peores.

Nos orillamos. Extrañamente no estoy demasiado agitado ni emocionado. La indiferencia ha llegado a estos extremos. Mi familiar, quien conducía (mujer), sí que va un poco de nervios.

Una patrulla se acerca. El policía se baja. Pregunta qué pasó. Una camioneta gris chocó nuestro auto por detrás, le digo. Me pregunta si vimos las placas. Le digo que no, iba demasiado rápido. Dio vuelta en esa calle, agrego.

El policía se va en la patrulla en ese rumbo. No lo volvemos a ver.

Toca llamar al seguro. Lo hago desde el celular. Tercer tip: nunca salgan de casa a menos de que su teléfono tenga crédito y la batería cargada al máximo.

Luego de pedir alguna información, el operador dice que enviarán a uno de sus hombres. Pasan unos quince minutos hasta que lo conocemos. Primero pregunta por nuestro estado físico. Después de algunas declaraciones, nos dice que lo mejor es que vayamos a una consulta médica. Nos da unos pases para el hospital con el que tienen convenio.

La revisión del auto concluye que la parte trasera es un desastre. Habrá que llevárselo en grúa. La llaman, tarda una media hora en llegar. Creí que sería una de las que enganchan a los vehículos, pero es una de las de plataforma. He tomado fotografías de lo ocurrido. El ajustador nos explica algunas formalidades. Hay que pagar un deducible. Los gastos del taller van cubiertos. Nos da tres opciones, elegimos la más cercana. Puede estar arreglado en ocho días, nos dice el hombre. Le decimos que muy bien.

Ya son como las dos de la mañana. Quisiera estar dormido. La cama es el lugar que más se extraña en los días pesados. Hay veces que preferiría estar en ella que en París.

Sucede que todavía no podemos ir a casa. Toca la consulta. Agarramos un taxi de por ahí que nos lleva hasta el hospital.

En la sala de urgencias vemos a seis jóvenes vestidos como si vinieran de una fiesta. Mientras nosotros nos registramos, vemos cómo le piden a la recepcionista información sobre su amigo. Yo, en lo que nos pasan, voy al baño. Me miro al espejo. No parece que haya ocurrido nada grave conmigo. Es solo el dolor de cabeza y una ligera sensación en el cuello, por no mencionar los deseos de que ya sea otro día.

Cuando regreso a urgencias, ya no veo a mi familiar. Una enfermera me pide que la acompañe. Me lleva hasta un pequeño cuarto donde me dice que debo esperar. Saco el iPod. Sirve de maravilla. Benditas fundas.  La racha de buenas noticias continúa cuando veo que hay internet. Aprovecho para revisar las redes sociales. Contesto un mensaje que me llegó. No digo que estoy en un hospital, vaya lugar más aburrido para pasar las primeras horas del domingo.

Un señor de bigote entra con una silla de ruedas.

“Suba”, me dice.
“No hace falta, estoy bien para caminar”.
“Suba”.

Subo a la silla de ruedas. La primera experiencia que tengo en ese tipo de desplazamiento. El señor me lleva hasta la sala de radiografías. Allí, una mujer me pide que me quite el saco y camisa y que me ponga una bata. Es de florecitas. Menos mal que no soy famoso. Un paparazzi podría aprovecharse de la situación para tomar fotografías que dañarían mi imagen pública para siempre. Luego me dice que me pare en una pequeña plataforma y que no me mueva para tomar las radiografías. Más o menos cuando lo dice, siento que algo pequeño truena en mi cuello.

Una vez terminado el procedimiento, el señor de la silla de ruedas entra de nuevo.

“Suba”, me dice”.
“No hace falta, estoy bien para caminar”.
“Suba”.

Ahora estoy en un especie de consultorio. Un médico entra. Me dice que las radiografías están bien, que solo deberé tomar unas pastillas y tomar precauciones por una semana. Ah, también tendrá que usar un collarín, me dice.

Magnífico. Los del hospital no solo me obligan a usar una bata ridícula, también me imponen usar un collarín que no combina con ningún elemento de mi guardarropa.

“Es por precaución”.

También me informan que mi familiar está bien, pero que tuvo un pequeño esguince. Le tomará un poco más  recuperarse.

Cuando camino de vuelta hacia la sala de espera, veo que en el consultorio de a lado está un chico con la cara ensangrentada.

“¿Tomaste?”, le pregunta un doctor.
“Sí, un poco”, responde el muchacho.
“La herida es delicada, tienes que tener cuidado cuando manejes”.

Y ya fuera del hospital, pienso en el conductor de la camioneta. Quizás no iba borracho. No puedo asegurarlo. Son prejuicios míos. Aun así, no creo que alguien conduzca con semejante torpeza como para chocar contra un auto que va en línea recta, en un carril central a una velocidad de menos de 80 km/h. Así que dejemos que esta vez ganen los prejuicios; es un hecho avalado por la ONU: el conductor aquel era un alcohólico que seguro le va al Manchester United y al Barcelona.

Con todo, puede decirse que se trató de un incidente menor. A pesar de ello, no dejó de ser un fastidio enorme que invita a reflexionar sobre las conductas que se tienen en las calles. Tengan cuidado por ustedes y por los suyos. También por los demás. El chico accidentado seguro se va a recuperar, pero antes de irnos vimos llegar a una señora y a un señor, ella con vestido de noche y él con un traje, Su cara de preocupación era enorme. Por detalles así vale la pena pensárselo antes de tomar las llaves del auto en los días de fiesta.

Por si no le leyeron todo lo anterior, solo una cosa:

Si toman no manejen.