1001 maneras de vivir sin trabajar

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La añoranza de muchos es poder vivir sin trabajar, un sueño bastante lógico si pensamos que rascarse el ombligo siempre será preferible a picar piedra en una mina de carbón. Por desgracia, en la vida moderna es complicado sostenerse sin la ayuda de dinero en los bolsillos, de ahí que la mayoría de las personas se vean obligadas a conseguir un empleo donde a menudo sufren al tener que convivir con extrañas criaturas llamadas colegas y donde los jefes, unos ogros poco sutiles, acaban por pulverizar lo que alguna vez fue un espíritu idealista.

Un gran número de estudiosos han intentado descifrar el secreto para poder vivir sin trabajar. En este sentido, los vagabundos se han erigido como los mayores expertos en la asignatura, bajo una serie de estrategias que los alejan de las dinámicas del consumismo para entrar de lleno en contacto con el medio ambiente.  Este camino, sin embargo, no es fácil y son pocos los dispuestos a ir a su estela. La mayoría de las personas proclaman estar en contra del materialismo hasta que se enteran de que eso implicaría renunciar a usar el horno de microondas.

Para ellos, a los que se les complica desapegarse de las posesiones pero que al mismo tiempo quieren dejar de trabajar, queda una solución. Y la respuesta está en un libro lanzado en la agitada década de los sesenta, época en la quizás se haya presentado más concentración de locura per cápita en la historia de la humanidad.

El título en cuestión es 1001 maneras de vivir sin trabajar de Tuli Kupferberg, editado originalmente en 1961 y cuya edición definitiva fue lanzada en 1967 por la editorial Grove Press de Nueva York.

Antes de revisarlo, veamos un poco del autor.

Tuli Kupferberg (1923-2010) fue todo un personaje de la contracultura estadounidense de los sesenta. Estuvo asociado a la generación beat, aunque desde una posición aún más marginal que la de otros representantes del movimiento. El hecho de que su nombre permanezca un tanto en el olvido puede atribuirse a su propia naturaleza, un carácter indomable que le impedía asentarse y sobresalir en un solo género. Lo mismo hizo poesía que activismo por la paz; fue caricaturista, comediante, ensayista y músico. En este último apartado destaca The Fugs, la banda que fundó al lado del también poeta Ed Sanders, a quien conoció durante la proyección de una película. The Fugs fue un proyecto adelantado a su tiempo: el grupo, nacido en 1964, mostraba una actitud provocadora, letras satíricas y un albedrío musical que bien podría considerarse un antecedente de Lou ReedThe Velvet Underground. Punk en ciernes, divertimento.

Allen Ginsberg, por cierto, hizo referencia a Tuli Kupferberg en su célebre poema Aullido, a propósito de una curiosa anécdota: el día en que Kupferberg se lanzó desde el puente de Manhattan, debido a que, según sus propias palabras, había perdido la capacidad de amar. Para aquel hombre no valía la pena seguir adelante en tales circunstancias. El intento de suicidio resultó un fiasco: en determinado momento Kupferberg se dio cuenta de que estaba hundido en el agua pero que no había muerto. El inconveniente lo llevó a nadar hasta la orilla para después regresar a casa y dormir, como si nada hubiera ocurrido.

Eso era, más o menos, Tuli Kupferberg. Las pinceladas biográficas son importantes para entender los disparatados métodos que proponía para vivir sin trabajar en su libro, descatalogado y difícil de conseguir en la actualidad. En internet circulan algunas viejas copias cuyo costo está por encima de los $150 dólares. Y aunque no hay versión digital ni edición en español (el nombre original del libro es 1001 Ways to Live Without Working), me he dado a la tarea de traducir algunos de estos consejos a partir de escaneos que circulan en algunas páginas de la red.

Aquí va una selección: 18 maneras de vivir sin trabajar de acuerdo a Tuli Kupferberg. Espero les sean de provecho y les ayuden a dejar, por fin, las responsabilidades que les agobian.

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Cásate con el Presidente
Usa magia
Vive en una tienda departamental
Roba pan a las palomas
Disfrázate de paloma y espera a ser alimentado
Encuentra oro
Descubre la electricidad
Limosnea y abandona tras haber recaudado un dólar
Inventa cosas
Sé un crítico literario
Siempre camina
Vive con pigmeos (como el singular rey-gigante)
Lame tu plato
Guarda todo en tu habitación por 200 años, luego véndelo como antigüedades
Sé un caballo retirado
Busca un trabajo en Nochebuena
Inventa la televisión
Vive en un país extranjero en donde no se te permita trabajar

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*Las imágenes fueron sacadas de blogs.harvard.edu/houghtonmodern/

Aforismos y pensamientos (I)

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Nada reconcilia a dos personas como el tener un enemigo en común.

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La i es un signo de admiración que no tomó leche.

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El exceso de amabilidad es de pésima educación.

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Las mejores canciones son las que se toman la molestia de hablar por nosotros.

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Peor que el miedo a las alturas es el de no estar a la altura.

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Ser tolerante significa mantener la intolerancia en secreto.

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Los psicólogos deberían recetar canciones.

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Quiso ser profundo y acabó hundido.

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El susurro es un secreto a voces.

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El humor negro es mayoritariamente gris.

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Buena parte de la formación consiste en admirar a las personas adecuadas.

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Cierta clase de insultos denigran más a quienes los profieren que a quienes lo reciben.

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A veces la sensación de alivio hace que el dolor haya valido la pena.

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El que come ansias queda insatisfecho.

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Hay días en los que el tiempo no pasa, pesa.

 

 

Soñadores sin remedio

Entre otras cosas, La La Land (Damien Chazelle, 2016) es una película acerca de lo que implican los sueños. De cómo es que se persiguen, de cómo se fracasa y de cómo la frustración se vuelve la prueba mayor, la que mide tu temperamento, la que define lo que eres como persona. Una historia de lo que supone rendirse y apostar a lo seguro en contraposición al escenario idílico de lo que puede venir si mantienes el dedo en la tecla y no caes en la desesperación. No a modo de moraleja en colores pastel, hay que decir, en realidad es un trabajo con una cara áspera, triste y ambigua.

La película no es original ni toma riesgos, y ahí su gran fortaleza y la razón por la que resulta adorable. En una época en la que las producciones se obsesionan con impactar a través de la crudeza, los temas tabú y las reivindicaciones sociales, La La Land opta por las maniobras del viejo Hollywood (tan injustamente vilipendiando por cretinos que cargan aires de falsa intelectualidad); con todos sus tópicos (y el abuso de un recurso como la casualidad), es cierto, pero también con todo su esplendor, esa hondura emocional producto de darle voz y forma a sentimientos que viven alojados en el pecho de cada individuo.

Ryan Gosling es un tipo encantador y sin embargo no es un gran actor ni cantante. Emma Stone, por su lado, cuenta con una paleta interpretativa mucho más amplia, pero su voz tampoco es un prodigio para estar en un musical. Estos detalles, que podrían ser una losa para el proyecto, de manera paradójica son aciertos en la elección del reparto. Ambos papeles y actuaciones acaban por ser entrañables gracias a sus limitaciones y defectos, con los que es más sencillo involucrarse. Ryan Gosling es un hombre guapo que sin embargo se percibe cercano, alguien que sientes como uno de los tuyos. Y Emma Stone es una muchacha awkward con ángel; una belleza atípica, chica escarlata cuya imperfección conforma una pieza de joyería.

Los éxitos y las derrotas de Mia Dolan y Sebastian Wilder, personajes principales de la cinta, pegan duro en las entrañas porque son tipos como cualquiera. La mayor parte de nosotros sabe lo que significa tener que abandonar tus pasiones porque el resto del mundo parece no valorar lo que haces. Conocemos el trago amargo de tomar un trabajo que no nos gusta debido a que el resto de las rutas parecen vedadas en el horizonte. Y tenemos presente la agria sensación que viene al pensar en el hubiera o cuando se mira hacia atrás: a nuestra versión más joven e ilusionada que veía un futuro distinto al que acabó por ocurrir.

El camino de los sueños a menudo es solitario. Lo que para uno mismo puede ser emocionante, prioritario e imprescindible, para los otros es una quimera ridícula, un motivo de burla o una invitación al desaliento. Sin embargo, no todo está perdido, por ahí andan sueltos algunos seres especiales que pueden ser un impulso, personas que representan un punto de quiebre, héroes que te animan a seguir adelante sin importar lo reducido de las posibilidades, sin importar las consecuencias que pudieran venir.

Tirarse al vacío por alcanzar un anhelo puede ser peligroso. Dejar ese anhelo de lado por miedo puede ser mucho peor e invariablemente acaba por convertirse en una espina clavada para siempre en el costado.

En la primera fracción de la película se muestra los intentos infructuosos de Mia Dolan por hacerse de un puesto en el mundo de la actuación. En las audiciones entrega su corazón y todo lo que hay dentro de ella. Para los demás eso carece de valor alguno, revisar el celular o abrir un sándwich parecen asuntos más importantes. El ninguneo es un golpe feroz que se repite una y otra vez hasta llevarla casi a abandonar. Pero hay alguien que rompe con la dinámica, alguien que le hace recuperar la esperanza. Alguien que le recuerda que vale la pena intentarlo una vez más. Nadie mejor que un enamorado del jazz (el género indómito) para hacerlo.

El mérito de La La Land está en recordarnos que los salvadores existen. Que ahí entre la gente puede estar aquel o aquella que nos haga recuperar la parte mágica que hemos perdido. (alguien en la multitud / podría ser aquel / que necesitas conocer/ el que por fin te levante del suelo, como dice una de las canciones).

Y si no encontramos a ese alguien en el mundo real, quedarán estas películas (y la música) para cumplir la función de mantenernos esperanzados, como los soñadores sin remedio que somos.

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Bailando entre punkies

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Escaneo sacado de cajondevinilos

El inicio oficial de la Movida Madrileña se suele trazar en 1980, exactamente en el concierto homenaje a José Enrique Canito Leal, un integrante fallecido de la banda Tos (que a la postre se transformaría en Los Secretos). En aquel festival tocaron, entre otros, Nacha Pop, Mamá, Tos y unos tipos raros llamados Alaska y los Pegamoides (que fueron un poco un desastre). Por primera vez, las figuras emergentes de la música española se reunían y formaban lo que parecía ser una escena, aunque cada intérprete tenía una propuesta distinta a la de los demás. No había homogeneidad de sonido, solo una voluntad compartida de expresarse a través de la canción. En aquel lugar destacaba la imagen de Alaska y los Pegamoides, unos tipos punkies y estrafalarios, a medio camino entre Siouxsie and the Banshees, los Ramones y algún fiesta organizada por Almodóvar.

De cualquier modo, me atrevo a decir que la verdadera Movida Madrileña empezó cuatro años antes, con el cadáver de Franco todavía fresco. Y en este aspecto, Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut (con esa pinta a la Sid Vicious) pueden preciarse de haber cimentado el camino para lo que se consolidó después.

En 1976 el punk explotaba en EE.UU. y el Reino Unido. En los países de habla hispana era en  un género de minorías: el puñado de rebeldes que conseguían discos importados, ya fuera robando, gastando los ahorros o, en el caso de los más acomodados, a través de los viajes realizados a Londres o Nueva York, El punk no era masivo (y quizás nunca lo haya sido), la sociedad española era acartonada, como pasaba también en las grandes capitales de Latinoamérica, cuyo sonido más peligroso provenía del rock sucio heredero del blues.

Ya en 1977, se da un movimiento curioso. María Olvido es una niña de 14 años, conocida entre sus círculos por excéntrica y ser una enamorada de la cultura popular: fetichista de la imagen y del cine gore. La típica adolescente dark que vive apartada en la escuela y que no acaba por adaptarse del todo con sus compañeros. Ella necesitaba rodearse de otro tipo de gente, personas que compartieran sus pasiones. Gente alocada, ansiosa de trascendencia y de tener noches infinitas.

Fue así que la joven María Olvido conoció a Fernando Márquez en las trincheras de un fanzine y colectivo underground. Con él tiene afinidad espiritual e inicia un deseo, un impulso: el de ir más allá, centrarse en el mundo del cómic, pero también, y por qué no, fundar una banda de música. Que ninguno de los dos supiera tocar un instrumento, importaba poco. Eran dos muchachos motivados a tope por la efervescencia del punk, en donde lo que más valía era la estética y la actitud. Quizás con la determinación suficiente podrían llegar lejos. Aunque antes necesitaban reclutar a otros escuderos.

Fue así que toparon con dos muchachos que se dedicaban a vender discos y memorabilia en un mercado dominical (al modo top manta). Sus nombres eran Carlos Berlanga y Nacho Canut, dos amigos formados a la estela de Alice Cooper y David Bowie.

En aquel encuentro quedó en claro la compatibilidad de caracteres. Ese grupo de desconocidos compartía el gusto por el punk, las historietas y el cine de serie B. Al calor de la charla, María Olvido y Fernando Márquez le propusieron a Carlos Berlanga y Nacho Canut unirse al proyecto musical en ciernes. Necesitaban refuerzos instrumentales. Ellos aceptaron en medio del blofeo. Lo cierto es que ellos tampoco sabían tocar ni una sola nota. “Tocar nos parecía una cosa accesoria”, decía Carlos Berlanga.

Los otros integrantes que conformaron el núcleo de la agrupación (que llegó a tener siete miembros) fueron Manolo Campoamor (un tipo locuaz, introducido por María Olvido) y Enrique Sierra, lo más cercano a un músico nato que tenían y que acaso por lo mismo nunca se adaptó del todo a la onda de sus compañeros, lo cual eventualmente lo llevaría a apartarse y formar Radio Futura.

En un principio el nombre elegido para el conjunto fue Shit de Luxe, que a insistencia de Carlos Berlanga fue españolizado para quedar como Kaka de Luxe, una declaración de identidad: descaro, gritos de diversión y una afrenta contra lo políticamente correcto.

Aquellos jóvenes eran dibujantes, pintores, periodistas y (sobre todo) fans que de algún modo se las ingeniaron a refrescar la radio de su tiempo. Amantes de lo superficial, de los Ramones, de Divine, de la extravagancia y de las revistas del corazón, dieron el golpe clave con el que se ha de entender la Movida Madrileña: la liberación. Una liberación integral, que parte desde la vestimenta hasta el discurso, pasando por la sexualidad.

María Olvido se convirtió en Alaska. Y aun siendo menor de edad, escribió la letra de “La tentación”, una creación rompedora para la época (incluso ahora lo sería): el relato de un one night stand con un tipo sadomasoquista (Todo en cuero negro / un látigo sacó, / entonces me dijo / que me iba a dar mi merecido, / que todo esto me pasaba / por ser una puta guarra…) que luego adereza con sentido del humor al sumar el elemento religioso (Eso está mal, no es natural, / fornicar es un pecado mortal. / He rezado padrenuestros, / oraciones a María, / entraré en algún convento, / así veréis que me arrepiento). El acierto adicional fue el hecho de que el tema no fuera cantado por Alaska, sino por Manolo Campoamor, lo cual le dio una pizca añadida de escándalo, donde se juega con la ambigüedad del género.

El paso de Kaka de Luxe duró pocos meses, pero dejaron marca en toda una generación. A partir de ellos surge la edad de oro del pop español, ya sin cobardía ni limitaciones. A ellos se les puede atribuir que se perdiera el miedo al ridículo. Quitaron solemnidad, no temían burlarse de su público y de ellos mismos. Mostraron que cualquiera podría montarse en una furgoneta e ir en busca de un sueño.

En lo que respecta a la personalidad, cabe decir que mientras sus compañeros eran extrovertidos, Carlos Berlanga era el tímido de la pandilla. Le costaba enfrentarse al escenario, a pesar del talento que guardaba dentro de sí. Admitía que le avergonzaba lo que hacía.

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Foto de autor desconocido, sacada del fotolog costureras1980

Luego vino Alaska y Los Pegamoides, una especie de supergrupo conformado por Alaska, Nacho Canut, Carlos Berlanga + Ana Curra y Eduardo Benavente. Los últimos dos mutarían en los míticos Parálisis Permanente. Cinco tipos de gran alcance es una misma banda trajeron la consolidación; ya más confiados en sí mismos y dominando los instrumentos y métodos de composición, se dedicaron a lanzar pequeñas obras maestras que permanecen como hitos del pop en español hasta la actualidad. Redujeron la agresividad de Kaka de Luxe, a cambio de mayor ingenio y amplitud. En esa breve temporada nacieron hits como “Horror en el hipermercado”, “El Hospital” y, en especial, “Bailando”, un éxito rotundo que incluso les llevó a explorar el mercado anglosajón.

A diferencia de otras letras en donde los Pegamoides trataban historias de muerte, sangre y terror, herederas de las viñetas de cómics, “Bailando” destaca por su hedonismo puro (que para algunos es una ironía), un toque de genio salido de Carlos Berlanga que optó por un camino peculiar, el de mezclar el punk y el new wave con el funk y la música disco (con una gran deuda a los Gibson Brothers a los que prácticamente versionaron, hay que decir). Una bomba que estalla en las pistas de discoteca dejando a todos rendidos, de paso con una marca existencial muy propia de la época: la de alguien que se sume en los excesos como único remedio para resistir un camino que parece no llevar a ninguna parte.

Versos que deambulantes en sintonía con “Perdido en mi habitación” de Mecano, también de esa temporada. Una aparente superficialidad que esconde  las angustias de la libertad.

Bailando.
Me paso el día bailando.
Y los vecinos mientras tanto
no paran de molestar.

Bebiendo.
Me paso el día bebiendo.
La cocktelera agitando
llena de Soda y Vermut.
Tengo los huesos desencajados,
el fémur tengo muy dislocado;
tengo el cuerpo muy mal,
pero una gran vida social.

La comida mexicana como arma de resistencia

No es descabellado pensar en la comida como el recurso secreto gracias al cual el pueblo mexicano ha aguantado los múltiples sufrimientos y desgracias que ha padecido a lo largo de su historia. La gastronomía nacional cumple el papel de combustible para la resistencia diaria.

Se podría decir algo parecido sobre otros países, pero la comida mexicana cuenta con algunas particularidades. No es solo sabrosa y llenadora, también es democrática. A diferencia de lo que se vive en otros lugares, en México es muy barato comer. Con 30 pesos (alrededor de 1.50 usd) basta para apañárselas durante todo un día. Eso es lo que cuesta un huarache con carne, unos tamales o media docena de tacos de canasta, por mencionar tan solo algunos ejemplos; platillos que si bien no son del todo saludables, al menos ayudan a calmar el apetito y dan energía para una jornada más. La masa, el picante y la grasa colman el espíritu cuando no hay otro estímulo que lo alimente.

Es la salvación de la comida callejera. Una opción que,  con todos los reveses que pudiera tener, sostiene a las clases populares.

En los puestos de tacos y garnachas se crea una cohesión social inusitada, donde personajes de diversos orígenes convergen en un mismo espacio que les ofrece refugio y sustento. A modo de ceremonia, hay calma y armonía. Cada uno aguarda su turno con civilidad, lo mismo a la hora de formarse en el barra de salsas.

Los tacos, igual que otros antojitos, gustan los mismo al empresario acaudalado que al obrero que gana el salario mínimo. Quien introduce un tlacoyo o gordita en su boca puede tener la seguridad de que prueba el manjar que algún millonario añora desde la mesa de un restaurante donde dispone de un triste cubo de pollo colocado sobre una cama de pepino.

Las dinámicas culinarias del tercer mundo no podrían ser de otra forma: las carencias económicas de la clase trabajadora harían impensable costear menús como los que se ven en París, Londres o Milán. Acá no estamos para milongas. Sentarse en lugares donde se usan manteles, cubiertos y copas de cristal está de sobra. Lo que funciona es ir a las bases: comer a pie en vajillas de plástico bajo el servicio de un hombre que prepara y sirve además de cobrar.

Otra clave está en el calor. Incluso el hombre más desamparado, alguien que no tiene hogar, puede ir a lugar un puesto de comida callejera y dejarse consolar por la calidez que emana de la parrilla. Una especie de abrazo cósmico en el que se conjugan aromas y sentidos.

La comida funge como el remedio perfecto. No requiere recetas ni consultas con un especialista. Basta con dejarse querer. Al son de un taco la vida parece menos complicada, y luego de un día pesado nada mejor que desanudar la corbata y acudir al primer trompo al pastor que se cruce en el camino. Famosa es la historia de aquel suicida que fue disuadido de la muerte por un grupo de policías. La estrategia fue sencilla: después de charlar, lo llevaron a comer tacos. Así le mostraron que no todo es tan terrible como parece y que, parafraseando a Woody Allen, la vida puede ser espantosa, pero es el único sitio donde se puede pedir una orden de suadero.

México ha sido víctima de inseguridad, guerras, fraudes, pérdidas de territorio, crisis financieras, desastres naturales, muertes en masa, pobreza, abusos  y un cúmulo de tragedias… pero hay algo que templa el ambiente y evita el estallido social. Una posibilidad que surge cada noche: ahogar las angustias a base de carne, frijoles, chile y tortilla.

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En memoria de Eusebio Ruvalcaba

Ha fallecido Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), un enamorado. Un amante de la bebida, de las mujeres y de la música. Sobre todo de la música. Pese al desconcierto que le provocaba la podredumbre de la vida, aquellos eran los ejes que le hacían resistir.

También estaban las letras: con la escritura nunca cesaba. Escribía a diario a como diera lugar. Lo que más le motivaba era mantener presente el apellido de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. “Lloro cada que evoco a mi padre”, decía.

Empecé a leer a Eusebio Ruvalcaba durante la adolescencia, pero lo conocí personalmente hasta el año 2014 gracias a un taller literario. Aprendí mucho de él. De literatura, sí. Pero sobre todo de la vida.

De él aprendías a beberte la noche, a exprimirla hasta el máximo, a luchar por ese minuto adicional. Aprendías a dirigirte a la mujer de tus sueños y luego a caerte en pedazos por ella.

Lo mejor de la obra de Eusebio Ruvalcaba no estaba en sus libros, sino en su conversación. Escucharlo, estar cerca de él… así dejaba una marca imborrable. De él te quedaba una lección muy valiosa: la literatura no es tanto escritura como una actitud ante la vida, una manera de afrontar lo que se tiene. Una manera de caminar, una manera de pensar, una manera de mirar un insecto.

Pero en los libros Eusebio también era entrañable, en ellos fluía una enseñanza no pretendida.

Su obra es extensa, las ediciones se acumulan y otras tantas se encuentran perdidas. Si tuviera que destacar un título optaría por Una cerveza de nombre derrota (2005), ensayos breves donde se encapsula lo que Eusebio era como ser humano, con todas sus pasiones, vicios y aciertos.

Por cierto, una vez me señaló que pedir una cerveza en una cantina era de tibios. Terminé pidiendo lo mismo que él: vodka con agua mineral y un chorrito de limón.

En un medio lleno de envidias y ególatras, Eusebio destacaba a base de sencillez, generosidad y un gran don de gentes. No tenía reservas en compartir lo mucho que sabía, aunque él le restaba importancia. Sobre uno de sus últimos libros decía: “es publicado por conmiseración, no por méritos literarios”. No le hacía falta pavonearse. Quienes lo leíamos nos dábamos cuenta del mérito que tenía.

Pude comer y beber con Eusebio. Era un remolino de reflexiones y anécdotas sin que por ello monopolizara la charla. Sabía escuchar y poner atención. Tenía la respuesta justa en el momento preciso.

Eusebio Ruvalcaba me ayudó a colocar el único relato mío que se ha publicado en un medio impreso decente. Y él fue el que se acercó a mí para proponerlo, además de dedicarle una amabilísima presentación . Es algo que no olvido  y que siempre le voy a agradecer. Eso significó mucho para alguien que, como yo, es incapaz promoverse y levantar la voz por uno de sus escritos. Sé además que el mío no es un caso único, así ha impulsado a muchos otros jóvenes que lo necesitaban.

Volví a ver a Eusebio en 2015, cuando asistió a San Luis Potosí para dar una conferencia sobre Silvestre Revueltas y presentar el libro Embajadores de la música: Correspondencia apócrifa entre compositores. Al terminar el segundo evento, Eusebio se quedó bebiendo vino a solas en la mesa, mientras el público se dispersaba. Yo permanecí sentado a unos metros, quería acercármele, pero la timidez me lo impedía. Él fue, de nuevo, el que tuvo la cortesía. Me llamó y dijo:  “Carlos, ven, tómate algo conmigo, ya mañana me voy y luego ya no te veo”.

Durante los meses siguiente mantuvimos contacto por correo electrónico (él se distinguía por responder a quienes lo contactaban). El último mensaje que me mandó decía lo siguiente:

no tienes nada que agradecerme. valoro tu trabajo, y te respeto como hombre.
ojalá nos veamos pronto.
va un abrazo apretado.

Descansa en paz, Eusebio. Quienes tuvimos el placer de conocerte nos quedamos con las ganas de echar otro trago contigo. Pero llevamos tus enseñanzas por dentro. Aquí seguiremos brindado por ti.

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Con Eusebio Ruvalcaba en el Centro de las Artes de San Luis Potosí, junio de 2014. Foto de Oswaldo Ramos.

Una cortesía muy desconsiderada

Es posible que aquellos gestos que realizamos como muestras de cortesía sean considerados como un fastidio por la persona que los recibe. Aunque suene extraño (en un principio la idea parece incluso inverosímil), en determinadas condiciones los actos caritativos pueden resultar bastante molestos. Para darse cuenta solo hace falta prestar atención o ponerse en los zapatos del otro, será entonces cuando se revele una nueva postura al respecto.

Noté lo anterior al analizar una simple costumbre que tengo: la de decir buenos días o buenas tardes a los chóferes del transporte público. Antes lo hacía sin ningún empacho; saludar a esas personas me parecía un detalle mínimo de cordialidad, en especial si tomaba como referencia a esos seres despreciables que se suben al autobús sin dirigirse a nadie, limitándose a pagar sin dar un gracias siquiera.

No obstante, la reacción de los conductores de autobuses no era tan cálida como esperaba. Recibir los buenos días parecía no agradarles tanto y reaccionaban a ello con desgana. Luego de reflexionar al respecto, comprendí la razón: el guiño de amabilidad forzaba al receptor a dar una respuesta. Y mientras para mí es fácil decir buenos días a una sola persona, para la contraparte seguro es un calvario tener que responder a las decenas de sujetos que saludan durante cada jornada laboral. Era egoísta obligarlos a desgastar las cuerdas vocales de forma innecesaria. Lo más probable es que ellos tengan una inclinación hacia el mutismo, que gusten de permanecer abstraídos en sus propios pensamientos en vez de ser interrumpidos por un tipo al que no conocen en absoluto.

Eso lo llevo en mente. De cualquier modo no lo puedo remediar, cada que subo a un camión sigo saludando al conductor, lo cual creo que supera al mero silencio. Es una manera de oponerse a quienes entregan la cuota de pasaje sin emitir sonido alguno, como si estuvieran lidiando con una máquina. Lo que ya empiezo a moderar es otra vieja costumbre: dirigir al chofer un gracias, hasta luego cada que descendía de la unidad. Tal discurso acaso ya peque de excesivo y procuro evitarlo.

Mención aparte merece la maniobra de ceder el asiento en el transporte público, un ejercicio noble que sin embargo no funciona en toda ocasión. Traspasar tu lugar a una anciana o a mujer embarazada es válido y casi obligatorio. Pero cuidado, puedes ser ofensivo si le cedes el asiento a un hombre de, digamos, 65 años. ¿Por qué? Porque los hombres son orgullosos y a esa edad todavía se sienten fuertes. Algunos lo son, mucho más que tú. Si eres demasiado caritativo se lo llegan a tomar a modo de insulto, como si les estuvieras llamando débiles y te creyeras más ágil que ellos. Así que, antes de tomar una decisión, haz un cálculo interno para ver si ese otro individuo tiene cara de estar cansado y de necesitar reposar un rato los pies.

Del lado del automovilista hay otra costumbre que no es tan magnánima como pensamos: ceder el paso al peatón. Las más de las veces este favor añade presión al caminante, quien tiene que dar pasos rápidos (incluso correr) para no abusar de la confianza de quien ha frenado su vehículo. Como transeúnte es más cómodo esperar en completa calma hasta que la calle pueda cruzarse sin prisas y sin tener que inclinar la cabeza como agradecimiento a quien se encuentra al volante. Disgusto añadido para las mujeres es tener que soportar a los señores que ceden el paso nomás para presenciar un breve desfile de piernas bonitas.

Como puede verse, este tipo de conductas afectan en distintos escenarios. Otra de los manifestaciones más habituales llega cuando se va de visita a una casa y los anfitriones, por ser amables, pecan de sobreactuados. Como cuando insisten  que comas o bebes algo, cuando tú no quieres nada, ni un vaso de agua, y pese a tus constantes negativas (el no, gracias de regla) insisten e insisten sin respetar tu opinión hasta que finalmente, agobiado, accedes a ingerir algo de lo que no tenías ganas, al tiempo en que ellos se regodean en una supuesta gentileza que más bien fue un acoso.

Y queda uno de los casos más graves: el de la gente que no logra identificar cuando uno prefiere estar solo, en especial en momentos que transcurren en pozos de tristeza, donde conviene cierta intimidad. A menudo los otros no lo captan, y creen que estar encima de ti es una muestra de humanidad, sin reparar en que son invasivos y que hay situaciones en las que se requiere de espacio. El apoyo es importante en momentos difíciles, pero si el otro manifiesta su deseo de emprender el retiro, no queda otra que respetar, y permanecer al pendiente a unos metros de distancia.

Ten presente el dilema de la amabilidad cuando sostengas la puerta de una tienda para que un desconocido pueda entrar. Quizás lo que para ti es un movimiento de ayuda al prójimo, para el otro sea un inconveniente que lo compromete a caminar más rápido.

Pese a ello, pese a que puedas despertar alguna queja, tampoco frenes los impulsos de bondad. Antes ser molesto que ser un canalla.

 

chabrol.

Enamórese de una chica beatle

She’s the kind of girl you want so much
It makes you sorry
Still you don’t regret a single day…
The Beatles, “Girl” (1965)

Cuando surja la tentación de despotricar contra el universo (un impulso normal debido a todas las afrentas que parece cometer en nuestra contra ), es conveniente mantener la calma y pensar en lo bello que también se ofrece en la vida diaria. De verdad, tenemos muchos motivos para la celebración. Estímulos que nos salvan.  Y en este sentido, destaca la presencia de un grupo de mujeres que deambulan por el mundo para alegrarle el día a quienes andan perdidos y sin esperanza. Me refiero a las chicas beatle.

Las chicas beatle son, desde luego, admiradoras de The Beatles. Pero es aquí donde se debe prestar atención. No vale que sean escuchas casuales, de esas tantas que se ostentan como fans del cuarteto de Liverpool sin que los escuchen mucho en realidad. Las chicas beatle son devotas en serio: tienen a John, Paul, George y Ringo como faros absolutos. Recurren a ellos más que cualquier otro artista y se saben casi todo de ellos. Son esas mujeres que portan playeras de Revolver o que de pronto asombran con unos aretes del submarino amarillo.

Lo apasionante de ellas es el contraste que ofrecen. Aunque al principio son tímidas, si logras hacerte de confianza pasarás de inmediato a caminar entre campos de fresas donde resuenan campanas. Las chicas beatle te llevan a las nubes, son un arrebato de sonrisas, un impulso para correr en el museo  y perderte en algún café perdido en la ciudad. Son compresivas y ofrecen cariño hasta el fondo: lo aprendieron todo del amor a través de canciones. Serán ellas las que te impulsen cuando estés decaído. En momentos de obscuridad te ofrecerán palabras de aliento, te dirán que no tengas miedo y que recuerdes no cargar con el peso del mundo en tus hombros. All Things Must Pass.

También son almas sensibles. Muy sensibles. Por eso debes tratarlas con delicadeza y estar con ellas cuando lo necesiten. De otro modo corres el riesgo de que alguien más las saque a pasear por la noche. Las chicas beatle lloran, lloran por deambular entre sueños y por no adaptarse del todo. De vez en cuando se vienen abajo, cuando la vida misma les recuerda que no todos llevan su misma bondad. Lloran en esas tardes grises de invierno, cuando alguien les contesta con una grosería, cuando en ninguna parte se atisban flores de celofán.

A las chicas beatle las encuentras en su hábitat natural: los conciertos, las bibliotecas, las galerías, la sección de comida rápida del centro comercial. A menudo van solas, salvo por unos audífonos que les sirven de cobija. Con ellos escuchan “Blackbird” por enésima vez.

Debes acercarte con precaución. Han sufrido mucho y las puedes asustar. Así que avanza y saluda, de su lado encontrarás cortesía. Ella entenderá que, aunque la mitad de lo que dices carece sentido, lo haces por acercarte a su corazón. Lo importante es estar al nivel, ellas no son para cualquiera, no. Prefieren estar solas que andar con un maleducado que no se detiene a contemplar las estrellas.

La relación con una chica beatle avanza con lentitud pero ofrece recompensas desde el primer encuentro. Su mera compañía basta para llenarse de entusiasmo. A cada rato te darán sorpresas. Un día te tomarán de la mano y te llevarán a un lugar que no conocías, un lugar que ni siquiera eras capaz de concebir en el radar. Ahí quedarán en silencio, no habrá necesidad de decir mucho más, con aquellos ojos te bastará para experimentar nuevas sensaciones. Nunca nadie te había mirado así, y de pronto sabrás que has llegado al lugar adecuado. Al primer beso sabrás que las penurias han valido la pena. Que no importa lo mucho que has sufrido ni el tiempo que desperdiciaste; si el largo y sinuoso camino te llevó a ella, entonces todo habrá cobrado significado.

A partir de este punto, la vorágine. Idas al cine en donde apenas y se presta atención a la película, conversaciones acerca del Rubber Soul en la banca de un parque, las mejores hamburguesas que has probado (cuyo ingrediente secreto es estar al lado de ella)… y alegría, mucha alegría. Cuando ella se vaya no podrás seguir, sentirás que mides dos pies de alto. Ella no se imagina cuánto la necesitas.

La combinación irresistible en las chicas beatle: sencillez y espontaneidad. No les hace falta arreglarse mucho para lucir espectaculares. En la naturalidad está la clave de su belleza. Y en esa forma que tienen para dotar de vitalidad a la conversación. Con ellas te sentirás más joven y sentirás que nada se agota. Con un abrazo te bastará para recargar energías. Te llenarás de planes, ambiciones, anhelos.

Eso sí, ten cuidado si las haces enojar. O si haces que cambien de actitud. Te habrás perdido de un milagro que no volverá. Te darán donde más te duele, con ataques o, lo que es peor, indiferencia. Te evitarán a toda costa. No responderán tus mensajes ni atenderán a tus llamadas. Y puede que sientas morir cuando las veas tomadas de la mano con otro hombre en el lugar que solías ocupar. Llegarás a pensar que tienen el diablo metido en el pecho.

Pero a pesar del dolor, no te arrepientes de amarlas. Las tienes en mente ocho días a la semana. Y pese a que te prometas que no caerás dos veces en la misma trampa, en el fondo sabes que volverás. La buscarás de nuevo a ella o a otra chica beatle.

Encuentra a una, es lo que recomendamos. Solo recuerda: la chica beatle se entrega en cuerpo y alma. No la vayas a decepcionar.

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Foto: Keystone/Getty Images

Conozca al hidrogato

En los primeros días de vida el hidrogato parece un gato como cualquier otro. Sin embargo, quienes conviven con ellos pronto se dan cuenta de una diferencia: los hidrogatos no comen nada en absoluto. Ni siquiera parecen sentir entusiasmo por el jamón o el atún como los demás felinos. Simplemente no prueban bocado. De lo único que se alimentan es de agua. Beben agua y ningún otro líquido.

Al principio los dueños de este tipo de mascotas agradecen tales costumbres ya que se ahorran mucho dinero en croquetas. La desgracia llega después, cuando se revela el destino del pobre animal.

En la noche de su primer cumpleaños, el hidrogato sale de casa y empieza a llorar mientras pone la mirada fija en la luna. Llora sin parar, se le saltan lágrimas a borbotones sin que nada ni nadie lo pueda detener.

Al cabo de unos minutos, el hidrogato se desvanece. En su lugar queda tan solo un pequeño charco. Un charco que a lo lejos parece una bola de estambre.

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El desayuno del domingo

No es la sorpresa ni el sobresalto. Tampoco lo insólito o la épica. Acaso lo más entrañable de la vida radique en los pequeños detalles, como la sencillez del desayuno en los domingos. Esos que transcurren en la comodidad de la casa: bajar en pijama a la cocina, y con toda la calma del mundo poner música para prepararse un omelette, un panecillo y el jugo de preferencia. Sentarse en la mesa y leer la primera plana del periódico mientras se le da el trago inaugural a la taza de café. Ahí la verdadera dicha, sumirse en la tranquilidad sin ningún tipo de presión, dejar el tiempo correr por el mero placer de no hacer nada.

Afuera ya puede haber un invierno nuclear, mientras el olor del café recién hecho invada el interior de un hogar, habrá valido la pena nacer. Que no te engañen los quejicas (mucho menos yo). En esta dimensión podrán presentarse un montón de desgracias, pero en la cotidianidad hay tesoros por los que hay que aguantar lo más que se pueda.

Deja de lado la riqueza y los lujos que se tambalean cuando se respira en medio de angustias. A lo máximo que uno puede aspirar es a vivir sin preocupaciones. Comer pan tostado con mantequilla y  mermelada en un día soleado. Dejarse llevar: creer que así será siempre la historia.

Bendito sea el domingo. Resistir a las complicaciones de toda una semana hace indispensable que durante un día nos olvidemos de que existe lo malo.

Y a las once de la mañana de un domingo comprendes que no cambiarías la permanencia en tu cama por ir en ese instante a los Pirineos. Que te basta con un libro en el buró, un poco de té y la compañía de tu mascota. No pides nada excepto un respiro. Un rebanada de paz.

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