Andy Warhol: estrella de goma

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1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.

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Otra víctima del siglo XX

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El cantante chileno Alex Anwandter ha acumulado triunfos desde el surgimiento de Teleradio Donoso, su primer proyecto musical. Los años han pasado desde entonces (la banda en cuestión, formada en 2005, ya no existe: desapareció en 2009), pero en cada una de sus etapas se ha mostrado como un artista completo, alguien que se involucra hasta en el último detalle de cualquier creación que vaya firmada con su nombre. Además de componer hits a mansalva, ha fungido como productor, cineasta y como vocero de minorías que a menudo pasan desapercibidas en el contexto de la canción latinoamericana. Es, en definitiva, una de las figuras más destacadas del continente, cuyo genio parece no agotarse y cuyos lanzamientos, ahora en solitario, despiertan entusiasmo allá por donde deambulan.

Una de las facetas más interesantes de Alex Anwandter es la de director de videoclips, un área a veces polémica en lo que se refiere a la industria musical. Muchos melómanos consideran que este tipo de representaciones son prescindibles, un mero artefacto de orden comercial que rompe con la abstracción que cada espectador debería labrarse por su cuenta; la deficiencia está en someter todo a una sola interpretación visual, anulando así el caleidoscopio. Para otros, los videos musicales son ideales para enriquecer la experiencia estética. Al respecto, habrá que buscar un equilibrio. El juicio dependerá de cuál sea la propuesta en específico; en algunas obras funcionará la pantalla, en otras no.

En el caso de Alex Anwandter los videoclips distan de ser un simple complemento, son pequeñas aventuras cinematográficas que amplifican una cosmovisión muy particular. Su discurso se concentra en el lado marginal de la sociedad, aquellos que desfilan mientras las buenas conciencias duermen. Pero no se equivoquen, no siempre muestra el lado romántico en torno a ello, también señala los vacíos, las resacas, las dudas, las crisis que se intercalan con el baile, las copas, la angustia del tiempo y alguna sonrisa malinterpretada.

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En este sentido, el video que mejor lo define es el de “Casa Latina”, lanzado en 2011 bajo una entidad de nombre Odisea, que más bien fue el inicio de su aventura como solista. Esta pequeña gema, un verdadero cortometraje, retrata la historia de tres mujeres alienadas, cada una hundida en sus propios infiernos personales: el de la represión del conservadurismo, el de la asfixia laboral y el de una preferencia incomprendida. Cada una de ellas es de un estrato social diferente y son de distintas edades. Comparten, eso sí, la soledad. La sensación de estar al borde, a punto de tirar la toalla.

Una de las protagonistas se encuentra encerrada en una oficina, donde trabaja horas extra para poder sostener a su familia. Pero está deshecha. Bien sabe que no vive la vida que alguna vez deseó tener. Tuvo que renunciar a sus sueños de infancia. Ella quisiera estar de viaje en otro país, desearía estar de aventura en algún rincón de la noche. En cambio tiene un escenario deprimente, le agobian responsabilidades de las cuales parece no haber escapatoria. Tiene hijos, tiene deudas, está encadenada de por vida. Eso cree.

Un fenómeno similar ocurre con las otras dos chicas. Temerosas, aisladas, sin saber muy bien a dónde ir. Tienen dudas, viven en la celda de la incomprensión. Guardan secretos, no son aceptadas, están ancladas a la rutina.

Y entonces llega la revelación. Aunque no lo parezca, sí que hay una salida, un plan de fuga para ellas y para todos. Un recurso que es más sencillo de lo que parece. Alex Anwandter lo señala: consiste en darse un minuto. Olvidarse de todo por un rato y recurrir a la música, el salvamento por excelencia. Cuando te sientas hundido, cuando el trabajo o el estudio te estén matando, cuando tu vida personal se esté hundiendo, pon tu canción. La canción que más amas, la que te recuerda a tus mejores momentos. Y con ella de fondo, levántate y baila. Es el único remedio para salvar el espíritu. No importa la edad, no importa la circunstancia. Pon el tema que te remite a los tiempos que fueron felices. Recupera tu parte mágica y ebria, como decía un viejo escritor. Esa que es joven a perpetuidad. Y baila, baila de nuevo, por el amor de Dios.

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No hubo remedio

No dejo de acumular fracasos y lo cierto es que ya no me parece tan mal. Creo está perfecto así. Aspiro a seguir por ese camino hasta llegar al punto en el que las derrotas pierdan significado y entonces pueda acceder a un tipo de libertad, la libertad de poder hacer lo que sea sin reparar en el resultado. Acostumbrarse a los golpes, al vacío que sobreviene después del esfuerzo que no da fruto. Uno debe aprender que el valor de todo está en el acto mismo, no en una eventual recompensa o estímulo. Es un error pensar de semejante manera, o hacer cualquier cosa por complacer a los demás. Uno no está para eso, y a los otros les puede importar poco lo que pudiéramos ofrecer, por muy valioso que sea. Cada quien está en lo suyo. Es de una vanidad terrible creer que lo nuestro puede crear algún tipo de consecuencia en el exterior. Nadie está obligado a conducirse en consonancia a nuestros propios deseos. Faltaba más. De todas formas queda un consuelo para cuando nada resulta como esperábamos: pensar  que el éxito y las ovaciones tienen un toque de vulgaridad. La gente suele tener muy mal gusto, de ahí que recibir su aprobación pueda ser un síntoma calamitoso.

Empero, y sin importar lo anterior, me sorprende que todavía exista gente que apuesta por mí, gente que me apoya y da su respeto. Yo no apostaría un solo centavo en mi causa, y sin embargo ahí están ellos que me tienen fe… lo cual, desde luego, me avergüenza. Cómo decirles que ya no me interesa trascender. No tengo la fuerza suficiente para hacerlo ni la voluntad de dar el paso definitivo hacia adelante. Lo único que busco es un poco de paz mental. De verdad, ya no pido mucho salvo eso, un respiro, una isla de tranquilidad. Si alguna vez tuve un talento no cabe duda de que se ha ido, se ha ido para siempre.

De modo que no sé muy bien qué responder cuando esta chica me pide que escriba sobre ella. Le entusiasma leer algo que trate sobre ella. En su mirada y en su voz está esa ilusión que yo hace tiempo perdí. Y me da mucho gusto que la conserve. La estimo bastante. Ojalá que nunca se rinda ni deje que la marea la empuje hasta donde me encuentro. La escucho, repito, y no sé qué hacer. Nada que yo pueda decir podrá compararse a la amabilidad que ella profesa. Mi deuda con ella es impagable y lo mejor que puedo hacer es tomar la ruta del alejamiento. No complicarle ya la existencia. Soy una persona que seis días a la semana tiende al ensimismamiento, a la reclusión. Un muermo que ningún tercero debería padecer.

Aun así no puedo prescindir de la compañía femenina, no por mucho tiempo. Algo tienen las mujeres que te recargan el espíritu a través de la cercanía, si es que sabes modular la relación (como cualquier otro vínculo humano también puede llegar el punto del estrago). Hay en su dulzura, en su delicadeza, en su sonrisa, una mezcla que alivia el pesar. No hay modo de renunciar a ellas, eventualmente uno vuelve a caer, con todo y los palos que uno haya sufrido con anterioridad y con los que seguramente luego van a caer.

Intento escribir sobre ella y no puedo. Es imposible estar a la altura. Casi nunca escribo acerca de las personas que aprecio. No quiero ensuciarlas con mis líneas, no puedo dibujar ni trazar las sensaciones que ellas producen en mí.

Lo que hago, ya he dicho, es alejarme. Mi compañía tampoco aporta a la mezcla.

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Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

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El caso de Noel Gallagher

La historia es famosa. Noel Gallagher escribió la letra de “Live Forever” poco después de escuchar un tema de Nirvana titulado “I Hate Myself and Want to Die”. El mensaje de la canción de Kurt Cobain no le gustó mucho a Noel Gallagher, quien era incapaz de entender la visión tan pesimista que una persona puede tener sobre sí misma y el mundo que le rodea. A fin de cuentas vida solo hay una, y aunque tiene momentos bastante duros, también es la única oportunidad que tenemos para disfrutar y soñar.

De ahí salió uno de los grandes clásicos del britpop. Una oda a la subsistencia. La invitación a marcar distancia y a guardar optimismo por lo que viene. Noel la dedicó a su propia madre, pero el tema tiene un cariz universal. Ya las primeras líneas merecen un monumento por sí solas:

Maybe I don’t really wanna know
How your garden grows
‘Cause I just wanna fly…

Lo maravilloso de Oasis como banda es que evoca un montón de sentimientos, la mayoría de ellos positivos. Los hermanos Gallagher son dos tipos surgidos de la clase baja que padecieron en serio durante su infancia y juventud. El sufrimiento fue a todo nivel; en lo familiar, en lo económico, en lo sentimental. Y pese a ello, tomaron la determinación de responder de la mejor manera posible, sin tirar la toalla ni dejarse hundir. Optaron por salir adelante y dar pelea. De nada les servía encerrarse a lloriquear en una habitación. Tampoco guardar un rencor que les envenenara las tripas. Si querían abandonar el infierno tenían que brillar, voltear hacia arriba. Y así lo hicieron, con canciones que producen adrenalina, que apelan encarar lo que hay como sea y mirar de frente sin complejos.

La historia nos mostró que la actitud de Kurt Cobain era honesta. Su destino trágico, como el de otras figuras del grunge, invita al análisis. La depresión es un tema delicado que debe atenderse por profesionales y quienes la padecen tienen que recibir toda la ayuda y comprensión que les podamos dar. Por fortuna hay avances en la materia y con un tratamiento adecuado hay formas de mantenerse a flote.

Por otro lado, he de decir que resulta ridículo ver a músicos que hacen de la tristeza una mera pantalla para hacerse de aplausos y aumentar las ventas de discos. Es insoportable. Me refiero a supuestos artistas que se hacen los sufridos en el escenario, donde hacen berrinche por cualquier cosa, pero que al cabo de un rato se van entre risas de regreso a una mansión donde gozan de lo lindo sin ningún empacho. Deleitarse no tiene nada de malo: frivolizar y lucrar con un falso desaliento sí lo es. El público, por desgracia, no tiene escapatoria alguna. Esa música impostora prolonga su pesar y, a diferencia de lo que pueden permitirse aquellos farsantes, ningún viaje a las Bahamas podrá aliviarlos.

En cambio lo de Noel Gallagher es de admirar. Nunca quiso sacar tajada de los pesares. Nunca quiso transmitir malas sensaciones a los demás. Ni siquiera quiso darle vueltas. Hizo lo mejor que podía hacer. Siguió caminando y no le dio gusto a todos aquellos que en su momento trataron de derrumbarlo. Rompió con el círculo de desdicha y no fue rehén de las circunstancias. Y así su valor logró levantar a miles de seres que lo escuchaban desde sus propios infiernos personales.

Recientemente Noel Gallagher cumplió años. Y más allá de cuestiones musicales, siempre lo veré como un ejemplo y una lección de vida. Le agradezco por todas sus canciones y porque gracias a él conocí a grandes amigos.

noel.gallagher_06_08Foto: Jörg Steinmetz (2008).

Cincuenta años de corazones solitarios

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No creo que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) sea el mejor disco de The Beatles. Creo que ni siquiera entraría en los primeros cuatro puestos, que estarían repartidos entre el Rubber Soul, Revolver, The Beatles y Abbey Road. Aun así reconozco y respeto la mística de ese trabajo, que de alguna manera se las arregló para posicionarse como la gran carta presentación del cuarteto y como uno de los grandes acontecimientos de la música popular. En ello debió influir la grandiosa portada y la onda conceptual que contiene, la cual ayudó a consolidar el formato del álbum de manera definitiva, aunque ya en la práctica no terminó de cuajar, salvo por los dos primeros temas.

La razón por la que Sgt. Pepper’s no está entre mi top de discos (lo cual no quiere decir que me desagrade, al contrario, es una gran obra, solo que hay otras mejores), es porque lo veo como un proyecto cargado de lleno al lado de Paul McCartney. Esto no debería ser del todo malo, si consideramos que se trata de uno de los compositores más importantes del siglo XX, sin embargo se resiente el flojo aporte de John Lennon, que por entonces pasaba por un ligero bache creativo, manifestado incluso en una de las canciones del álbum (“I’ve got nothing to say but it’s OK”).

Ya por entonces Paul McCartney intentaba asumir el liderazgo del grupo, algo que nunca le pareció muy bien a los demás integrantes de los Fab. Quizás debido a ello, se puede percibir cierto desinterés tanto de John Lennon como de George Harrison. No hubo una implicación (aunque sí profesionalismo) de su parte como la hubo en otros trabajos.

Si el álbum anterior (Revolver) era una maravilla porque los tres compositores aportaban al máximo nivel (tanto John Lennon y como Paul McCartney entregaron clásicos uno tras otro y George Harrison se destapó como gran creador con tres canciones), en Sgt. Pepper’s es notable una capa caída tanto de John Lennon como de George Harrison (que solo aporta un tema). Las contribuciones de John son de hecho un tanto menores, con la excepción de “Lucy in the Sky with Diamonds” y “A Day in the Life”, que además tuvo que ser completada con metraje de sus compañeros. Se puede decir que Sgt. Pepper’s fue el disco menos protagónico de John Lennon en la carrera de The Beatles hasta ese momento, un perfil bajo que se repetiría tan solo (y de manera más acentuada) en Let It Be (1970).

De cualquier modo John Lennon tenía el atributo propio de los genios: el de poder salvar las castañas con tan solo realizar un pequeño gesto, a veces sin proponérselo. Ahí donde los otros requieren esfuerzo y dedicación para deslumbrar, a los elegidos les basta con sacar un poco de lo que llevan por dentro. Acaso las primeras líneas de “A Day in the Life” sean superiores por sí mismas a todo lo que Paul hizo para ese disco. Solo por esa voz, esa magnífica voz que pone la piel de gallina; como en esa parte de “Strawberry Fields Forever” (No one I think is in my tree…) que es para tirarse a llorar en el suelo.

En el perfil mccartniano del Sgt. Pepper’s influyeron también algunas decisiones de la producción. George Martin siempre se arrepintió de no haber incluido el combo “Penny Lane / Strawberry Fields Forever” en el álbum, piezas clave que tuvo que ceder para el lanzamiento de un sencillo que calmara las presiones comerciales que exigían material nuevo luego que las grabaciones del nuevo LP se prolongaran durante meses. “Only a Northern Song” de George Harrison es otro descarte de esa época que igual pudo ser  un gran refuerzo.

Por eso no lo tengo al Sgt. Pepper’s entre mis consentidos, aunque no deja de ser una obra única y portentosa. El comienzo y el cierre son emocionantes a mares. Cada tema tiene algún arreglo o detalle que un día inesperado se revela con toda su genialidad. Y sí, Paul se luce en lo suyo, con temas que envidiaría el mismísimo Ray Davies (aunque el muy amargo nunca lo admitiría). En especial cosas como “She’s Leaving Home”, “When I’m Sixty-Four” y la que quizás sea mi preferida: “Fixing a Hole”.

Como sea, felicidades por los 50 años cumplidos. Si esta maravilla no es lo mejor de The Beatles, imaginen como está lo demás. Larga vida al Sargento Pimienta y a la banda de los corazones solitarios que somos todos nosotros.

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Foto: John Downing.

Comida al volante

Entre todos los sitios en los que es posible comer, hay uno que resulta especialmente cuestionable: el interior de un coche. Algunas películas han querido ver con romanticismo esta conducta, la de zamparse un emparedado o tentempié desde el asiento del conductor, a menudo en compañía de una dulce dama que procede a hacer lo mismo sin ningún tipo de empacho. Música romántica suena de fondo al tiempo que fuegos artificiales explotan de la nada en el cielo, una combinación idónea que el par de rebeldes culmina con un beso de textura especial, cortesía de las migajas que llevan en los labios.

No obstante, diga lo que diga Hollywood, semejante comportamiento es una guarrada total. Un yerro imperdonable a varios niveles. Comer dentro del auto es una falta de respeto a los alimentos, al ritual de la tragazón y también, desde luego, a la industria del automovilismo. Henry Ford no murió para que usaras una sofisticada pieza de ingeniería como si fuera un mantel de pícnic.

Pocos actos de soberbia se comparan al de quienes se estacionan junto a una taquería y hacen su pedido desde el asiento, sin bajarse, para que un pobre empleado les lleve la orden de pastor hasta el auto donde reposan con inmensa holgazanería. Hay establecimientos que se especializan en ese tipo de servicio, pero hay otros en los que no, en los que tal actitud rompe con la dinámica del negocio y también con la armonía, el sentido de comunidad que reina en el ambiente. El resto de los comensales suele mirar con desprecio a esta clase de sujetos que prefieren mantenerse en la nube para no juntarse con la chusma, esa que no lleva delantal ni tubos en la cabeza. Los expertos saben del error: la comida callejera se disfruta más junto al prójimo, sin aislarse, dejándose llevar por los aromas y la histeria colectiva.

Comer en el auto es, además, un acto de imprudencia, por mucho que el motor esté apagado y no exista peligro alguno de colisionar con un poste. Cualquier individuo sensato sabe que la comida y la bebida son proclives a ensuciar. Una hamburguesa con queso y un licuado de fresa son susceptibles a dejar una marca indeleble en los sitios por los que pasan. Una gotita de cátsup o de grasa es suficiente para arruinar la mejor de las camisas, ya no se diga el respaldo de un convertible último modelo. De ahí que las personas de bien opten por comer en una mesa como Dios manda, en donde los riesgos se minimizan. Comer en el auto, en especial si es ajeno, puede traer consecuencias funestas. Se ha sabido de pobres diablos que terminan en el hospital luego de haber mancillado la minivan de una suegra vengativa.

Hay actitudes erróneas que es mejor no justificar. Alguien podrá decir que la gente tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo y con sus pertenencias, pero es ahí cuando debemos levantar la voz para detener la depravación que carcome a nuestra sociedad. Urge recuperar las costumbres de antaño; tener consideración por la bondad de las mesas de plástico y aluminio que los anfitriones disponen con tanto cariño para los clientes. Quienes almuerzan en el auto cometen casi todos los pecados capitales y alguno más. Hacerlo es un acto de inconsciencia, pedantería, y nulo cuidado de las formas. Si no quieren moverse, quédense en casa y pidan una pizza. Pero no ofendan a los metiches.

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Ni tú ni nadie

El álbum Deseo carnal (1984) fue el gran salto adelante en la carrera de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut. El golpe de autoridad con el que ganaron el estatus que ya nunca los abandonaría. En apenas un sexenio pasaron de ser unos punks sin nociones musicales (Kaka de Luxe) a ser una cuadrilla sofisticada, llena de recursos y con una amplia paleta de sonidos bajo el nombre de Alaska y Dinarama. Dejaron la carnada de la ocurrencia estrafalaria para centrarse en la composición de himnos inmortales, piezas de relojería que se quedarían para siempre instaladas en el medio cultural en español.

Al hablar de Deseo Carnal, nos referimos a un trabajo de alta manufactura, una entidad afilada que en su momento compitió de frente con lo mejor que se hacía en EE.UU. y el Reino Unido. Aquellos jóvenes rarunos salieron sin complejos y a base de ambición se instalaron en el olimpo que antes presenciaban desde casa por televisión. El disco fue una de las patadas definitivas de la Movida Madrileña. Fue la llegada del éxito masivo; no ya marginalidad, sino un fenómeno que invadía todos los rincones de Hispanoamérica.

Entre todos los temas que la obra contiene, que más bien parece una recopilación de grandes éxitos, destaca en especial “Ni tú ni nadie”, que a la postre se convertiría en  una de las dos o tres canciones más famosas del tridente (y la música popular española en general). También es una muestra del gran equipo que hacían.

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Para que un grupo sea relevante, le basta con tener un genio entre sus filas. Con ello se puede hacer una carrera nutrida y espectacular. Pero Alaska y Dinarama no solo tenía un genio, sino tres figuras de primera línea en acción. Nacho Canut, Carlos Berlanga y la propia Alaska, cada uno de ellos irrepetibles con sus filias y fobias. Tres tipos que se conocieron a finales de los años setenta gracias al amor compartido por los cómics, el horror, la superficialidad y el punk al que se dedicaron con su primera encarnación, Kaka de Luxe, un proyecto con el que no se les auguraba mayor trascendencia. En 1978 nadie habría apostado por ellos. En aquel entonces a duras penas sabían tocar sus instrumentos: pero no importaba, aquello pasaba a segundo plano, lo valioso era la actitud, la imagen, el contar historias extravagantes y tener una innegable capacidad para enganchar a través de pinceladas que trascendían a los tecnicismos. Tenían personalidad y tenían estilo, particularidades con las que bastaba para hacerse de un lugar. Eran el banquete esperado por una sociedad en pleno proceso de liberación.

“Ni tú ni nadie” emociona hasta el tuétano porque refleja la esencia de cada uno de los integrantes de la banda. Una combinación explosiva que logró saltar hasta el cielo en esa obra maestra llamada Deseo carnal. Por un lado, Nacho Canut con su evidente vena punky y los guitarrazos iniciales que son en sí mismos un toque de magia, un especie de campanazo que abre de lleno la puerta a un nuevo sitio. Esos trazos ramoneros son su gran aporte, el sostén que se vuelve clave para catapultar el plato principal que viene después: la revelación del mundo interior de Carlos Berlanga envuelto en versos y melodías memorables. Lo maravilloso es que eso se nos revela en voz Alaska, que es algo así como opuesto del compositor. Mientras Berlanga es un joven tímido, frustrado, tirado al drama y al fatalismo (con una capacidad asombrosa para crear relatos), la cantante es extrovertida, salvaje, sin reparo alguno para realizar el movimiento más atrevido posible, como esos suspiros orgásmicos que se suman a otros tantos detalles que hacen un festín auditivo.

La letra habla de una relación que se cae a pedazos. Pero Carlos Berlanga recurre a su especialidad: la defensa a muerte de los ideales. El derecho a morirse con la suya y mandar al diablo a los demás. Ni la peor de las rupturas puede derrumbarte si tienes los pies bien plantados en el suelo. “Ni tú ni nadie puede cambiarme” es en sí misma una línea dorada, una filosofía de la individualidad, de resistencia, de superación. Y la marca de la casa; el lamento, los reclamos, el despecho, la confusión, el regodeo ante la adversidad, las tristezas… y el amor propio como rastro de luminosidad.

Eran dinamita en acción.

Haces muy mal
en elevar mi tensión
en aplastar mi ambición
tú sigue así, ya verás

Miro el reloj
mucho más tarde que ayer
te esperaría otra vez
No lo haré, no lo haré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Vete de aquí,
no me supiste entender
yo sólo pienso en tu piel
no es necesario mentir.

Qué fácil es atormentarse después,
pero sobreviviré
sé que podré, sobreviviré.

¿Dónde está nuestro error sin solución?
¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo?
Ni tú, ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Mil campanas suenan en mi corazón
Qué difícil es pedir perdón
Ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme…

 

carlos canut

A propósito de Roger Moore

En su última aparición como el mítico Q (The World Is Not Enough, 1999), Desmond Llewelyn le tira un par de consejos a James Bond, por entonces interpretado por Pierce Brosnan. Se tratan de enseñanzas que resultan especialmente entrañables debido a que Llewelyn moriría poco después del estreno de la película. De este modo el diálogo significa algo así como un testamento, un adiós definitivo.

El primer consejo es el siguiente: “Nunca dejes que te vean sangrar”. Y el segundo: “Siempre ten un plan de escape”. He ahí resumidas, de maneras sencilla, lecciones que funcionan como un manual de estilo y comportamiento. Un caballero jamás debe mostrar signos de debilidad, aunque se esté derrumbando por dentro. Y no debe dejar nada a la suerte: en su horizonte tiene que existir un lugar al cual dirigirse si es que acaso todo le sale mal.

Tales palabras vienen a la mente con el fallecimiento de Roger Moore, actor que interpretó al agente encubierto más famoso del mundo en siete películas (el récord hasta la fecha) repartidas en dos décadas diferentes.

Roger Moore no fue el mejor James Bond. Tampoco fue un actor extraordinario, labor en la que fue más bien austero; él mismo admitía que su registro como intérprete oscilaba entre “levantar la ceja izquierda o levantar la ceja derecha”. Pese a ello, Roger Moore tenía algo que no abunda, la clase y el carisma. Un don para tratar a las personas y una habilidad para saber hablar y guardar silencio en el momento adecuado. Tímido durante su adolescencia, tuvo que forjar a su propio personaje: un encanto envuelto de modestia que no era consciente (o al menos eso decía) de su estatus como símbolo de masculinidad.

Como artista, Roger Moore optaba por la delicadeza y por la discreción. Así lo deja de manifiesto una anécdota ocurrida durante el rodaje de The Man with the Golden Gun (1974). Por aquellos tiempos Roger Moore había aplicado una sutil estrategia de robo, habitual entre los actores de la época: el británico procuraba adueñarse de las prendas que usaba como James Bond para transferirlas a su guardarropa personal. Después de todo eran trajes finos que estaban hechos a su medida, nadie más los podía utilizar. Así que en los preparativos de la cinta, cuando le entregaron un traje que le gustó de manera particular, decidió que esa sería la joya de la corona; por tanto se dispuso a actuar con sumo cuidado, midiendo cada movimiento, cada paso, para que el conjunto de marras quedara impecable para su colección.

Roger Moore se sintió orgulloso luego de la última escena de acción: cuando el director gritó “¡corte!”, el traje se encontraba como nuevo, sin una sola mancha o fisura. Lo había conseguido. Un atuendo costosísimo sería incorporado a su armario. No obstante, a los pocos segundos ocurrió algo que no se esperaba. De pronto alguien le arrojó una cubeta entera de engrudo sobre la cabeza, con lo cual el traje (y su peinado) quedaron arruinados. El autor de la broma fue “Cubby” Broccoli, productor del filme, quien se había dado cuenta de las actitudes tiquismiquis de su muchacho. Todo fueron risas en el lugar.

Un referente.

Roger Moore protagoniza una de mis fotos favoritas de la cultura pop. La estampa fue inmortalizada por Peter Ruck en el año de 1968. En ella, Roger Moore bebe una copa sostenida con la misma mano en la que lleva un cigarrillo. La estrella de cine mira hacia su derecha, no sabemos dirigiéndose a qué o a quién, pero en ese gesto lo está todo, la aspiración de cualquier hombre. Un modo de saber estar en el mundo y disfrutar de la vida. Hedonismo en estado puro. Sin complicaciones, con elegancia y un toque de jugueteo.

Roger Moore envejeció con gracia. Se fue sin aspavientos y con toda la categoría a los 89 años. Siguiendo el consejo de Q, nunca dejó que lo viéramos sangrar. Se le recordará como aquel hombre de porte y cabello impoluto. Alguien sin revolturas.

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Bruce Springsteen, remedio contra la adversidad

Bruce Springsteen podría ser la encarnación perfecta del sueño americano. Un tipo surgido de las sombras que llegó hasta  lo más alto. Lo curioso es que el éxito y la fama no le hicieron olvidar sus raíces ni tampoco el lado amargo de su propio país. Contrario a la percepción generalizada, no es un patriotero al uso, sino un crítico del sistema que, no obstante, sigue amando a sus orígenes. He ahí la oscilación de su propuesta, una cuerda floja en la que siempre tuvo a bien balancearse.

Miembro de una familia humilde, Bruce Springsteen nació en Long Branch, una pequeña ciudad de Nueva Jersey, lugar donde no hay espacio para heroísmos ni grandes hazañas. Fue el amor a la música y el deseo de trascender lo que lo llevó a salir de ahí en busca de la tierra prometida, manteniendo siempre la perspectiva de un hijo del tercer mundo que hay dentro del primer mundo. Sus álbumes, proclives a la grandilocuencia, pueden llegar a  resultar exagerados para algunos, pero otra veces, cuando estás en el modo, cuando te urge escuchar una respuesta, cuando estás ansioso de llevar las emociones hasta la cima y, sobre todo, cuando esperas a un artista que lo haga con sinceridad, es entonces cuando se erige sobre el resto de la multitud,  con toda la determinación de alguien ha surgido desde abajo.

La importancia de Bruce Springsteen quedó bien ilustrada por Jon Stewart en un discurso de homenaje en el año 2009. Aunque en la actualidad Jon Stewart es uno de los comediantes y conductores más famosos del planeta, hubo una época en la que estuvo lleno de angustias y en la que se vio obligado a trabajar en un bar de mala muerte. Fue una racha llena de pobreza, dificultades y desilusiones que lo mantuvieron al borde de la lona. Pero hubo algo que lo salvó. Fue la música. En concreto la de Bruce Springsteen, que a través de las bocinas del auto (un horrible Gremlin del año 1976) lo acompañaba en el camino de regreso a casa después de cada jornada.

La situación del joven Stewart podía desanimar a cualquiera, pero la música de Bruce Springsteen supuso un impulso, una píldora de resistencia: “Me subía a mi auto cada noche y ponía la música de Bruce Springsteen… y todo cambió. Nunca más me sentí un perdedor. Cuando escuchas la música de Bruce no eres un perdedor […] él siempre vacía el tanque. Y lo maravilloso de este hombre es que vacía el tanque por su familia, vacía el tanque por su arte, vacía el tanque por su audiencia y vacía el tanque por su país. Y nosotros al final nos vemos rejuvenecidos, si no es que redimidos, por este hermoso regalo”.

Hay una composición en particular que refleja la magia de Bruce Springsteen. Se llama “Badlands” y pertenece a Darkness on the Edge of Town (1978), el cuarto álbum de su carrera cuando la fama ya lo bendecía.

En “Badlands”, que podría traducirse como “Tierras yermas” o —como en lo personal prefiero— “Tierras adversas”, Bruce Springsteen no se desapega  de su pasado, tal como nunca ha hecho hasta ahora. La letra habla de un tema que quizás a muchos les pegue en la parte emocional;  cualquiera que haya sentido la frustración de vivir en un lugar que no te ofrece lo necesario para cumplir tus expectativas encontrará en ella una palmada comprensiva en la espalda.

La cotidianidad llega a ser terriblemente desmoralizante, hay gente que trabaja duro esperando durante años algo que simplemente no llega jamás. ¿A qué apela entonces la canción? Bueno, a seguir empujando, a no conformarse, a salir de ahí, a remediarlo. A saber reclamar, incluso a lo que amas, porque sabes que las cosas pueden ir mejor. A exigir a esas tierras adversas  que te entreguen lo que mereces. A no ceder a la desesperanza, a mantener vivos los sentimientos que sirven de combustible y seguir con el triunfo metido en la cabeza.

Bruce Springsteen tiene algo increíblemente inspirador: es una referencia, alguien que se sobrepuso a esas badlands personales y que sigue haciéndole frente a las de los demás.  Así queda de manifiesto en una gran canción que amalgama la profundidad del singer/songwriter con la vitalidad del power pop. Y, ante todo, un golpe de actitud ante las fuerzas opresoras de la que cualquier sociedad debería aprender. Una invitación a seguir presionando hasta que estas tierras empiecen a tratarnos bien.

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Bruce Springsteen (1978) fotografiado por Frank Stefanko.