La ceguera voluntaria que favorece a los políticos

blind hamster

Hay una condición ante la cual queda poco que hacer cuando llega la hora del debate político. Esto ocurre cuando una de las partes se niega a atender los hechos y evade la realidad, prefiriendo echar los brazos a explicaciones tan disparatadas como consoladoras.

Se trata de la ceguera voluntaria a la que se adscriben muchas personas que por motivos de interés, estrategia o vana esperanza, optan por tirar los hechos por la borda. Convierten el análisis un asunto de fe ante el que las razones o los argumentos valen casi nada.

El miope intelectual ha decidido que todo aquello que vaya contra la concepción previamente establecida será descartado en automático, será escuchado pero no atendido. Da igual, el susodicho se mantiene en el burro hasta mimetizarse con él.

En lo anterior yace la gran desgracia del intercambio de ideas. Lo importante ya no es llegar a la verdad. En cambio se opta por tomar un bando y a partir de pasiones y prejuicios se desmonta cualquier idea que ose contradecir lo que se asume como la correcta, aunque los únicos indicios de ello sean las palabras del líder al que se da el estatus de único referente.

La renuncia a las facultades críticas acaba en una candorosa sumisión. El ciudadano cede su voluntad al son que le mande la nomenklatura.

Llegado a este punto la única fuente válida para ellos es la que viene del poder hegemónico. Un tanto a la usanza de Fidel Castro, siguen el dogma que no admite matices. “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Cada quien puede tomar la postura que desee y hacer consigo mismo y su discurso lo que mejor le venga en gana. Faltaba más. Por fortuna dentro del mundo occidental no se vive bajo totalitarismos que obliguen a los individuos a comportarse de determinada forma y mal haríamos como sociedad si exigiéramos alguien tomar la conducta que mejor nos parezca.

Simplemente es triste ver que personajes en apariencia ilustrados tiren por la borda sus posibilidades intelectuales para, en cambio, asumir el papel de ovejas amaestradas.

Las figuras políticas desfilan muy campantes con una población así, una que no cuestiona, una que no levanta la voz y que encima funge como cuerpo de defensores frente a los mavericks que tienen a la desfachatez de la protesta.

Sin estar dentro de la nómina ni tener cargos honorarios dentro del gobierno, estas personas se asumen como parte de un movimiento del que en realidad no forman parte, o en el que si acaso tienen la jerarquía de un isóptero. Se olvidan del lugar de donde vienen y la tribu que los echa en falta: la ciudadanía.

Los políticos cuentan con un poder enorme. Hay circunstancias en las que pueden pasearse a placer. Si nadie les pone un alto comen y comen espacio para aumentar su margen de maniobra hasta asfixiar un posible balance.

Frente al aparato de un gobierno que cuenta con el monopolio de la fuerza y a distintos poderes dentro de su jurisdicción, queda tan solo la posición ciudadana para acotar, aunque sea una fracción, los posibles abusos que pudieran cometer.

La crítica, la movilización, la burla y la protesta en cualquier magnitud son armas en disposición de los habitantes de un país. Ante ellas, las autoridades que acaparan las instituciones se lo piensan dos veces antes de incurrir en prácticas nocivas de gobernanza. Saben que hay un costo político ante cada agandalle, cada torpeza. En cambio, si perciben hay entes pasivos y complicidad de parte de los votantes, poco o nada les importa exprimir lo que les plazca.

Quienes se inclinan a la ceguera voluntaria, los que cierran los ojos ante los traspiés de lo idolatrado y ponen un escudo ante los denunciantes, hacen un favor a regímenes que a final de cuentas no retribuirán los servicios desde las alturas.

No se trata de torpedear ningún proyecto ni caer en el vituperio gratuito: cuando una administración lo haga bien habrá que reconocerlo. Igual que cuando se equivoque, donde incluso conviene alzar el volumen.
____________
Publicado originalmente el 11 de febrero de 2019.

En el centenario de Salinger

salinger223

Los que de verdad me vuelven loco —decía Holden Caulfield— son esos libros que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle cuando quisieras.

El protagonista de El Guardián entre el Centeno tenía razón: “eso no pasa mucho”. Y uno de los que logró en su escasa pero expansiva obra fue precisamente su creador, J. D. Salinger.

De Salinger hay mucho que decir y a la vez es preferible no hacerlo. Quienes lo han leído a profundidad saben que con él se guarda un pacto de confianza. Pese a las altísimas ventas que aún tiene, su decisión de mantenerse a sí mismo y a su obra dentro de unos márgenes de silencio es una cuestión que se debe respetar, incluso cuando ya ha fallecido. Ni su imagen ni sus libros ni sus personajes han de vulgarizarse en la primera fantochada que se atraviese.

Cerrarse de lleno a las adaptaciones cinematográficas, así como abstenerse de dar entrevistas le dotaron de un atractivo misterio, además de que nos libró, en parte, del bochorno de verlo estampado en playeras de rebajas o en marquesinas de productos de moda, como tanto le asqueaba para lo suyo.

Que con un artista lejano (geográficamente) se adquiera una actitud tan dogmática solo queda explicado dentro de sus propios trabajos. Quien se acerca a Salinger en el momento oportuno establece con él un vínculo especial distinto al que se tiene con otros autores. Descifrar su secreto se vuelve complicado, incluso ridículo. Aun así resulta pertinente mencionar que bajo su estela encontramos elementos tan indispensables como la recuperación de algo que creíamos perdido, así como una complicidad, una voz que sale al estrado para expresar las angustias juveniles para lectores que se encontraban en la orfandad emotiva.

Era justo eso que decía el señor Antolini en una conversación con Holden, aunque este último reaccionó con cinismo:

“Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que alguna vez estuvo confundida, asustada e incluso enferma por el comportamiento humano. No estás solo de esa manera, estarás emocionado y estimulado para saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan preocupados moral y espiritualmente como ustedes ahora. Afortunadamente, algunos de ellos mantuvieron registros de sus problemas”.

Tal elemento es invaluable y posiciona a Salinger como uno de los personajes más entrañables que hubo jamás. Tanto es así que se cuece aparte en cualquier juicio literario. Era esa manera de escribir tan única la que alimentó a generaciones enteras a través de una redención personal que de algún modo ansiaba en cada línea.

La guerra se convirtió en una cicatriz que impregnó páginas enteras venidas de su pluma. Nunca pudo olvidarse del olor de la sangre. Por ello, detrás de la genialidad y la ternura se adivina un espectro inquietante, la sombra de lo que no llegó al puerto añorado y que a cada instante revela un gramo de extravío.

De cualquier modo, lejos de aventarse al precipicio, el escritor norteamericano optó por la espiritualidad y la desconexión con el medio, además de voltear a lo poco que consideraba aún impoluto: los niños y jóvenes a los que admiraba tanto. Para él, dichos seres, sin darse cuenta, contaban con la inocencia y valor que con el pasar de los años perderían en una adultez que percibía como siniestra. En el fondo, aguardaba a la oportunidad de salvar aquella pureza que contemplaba a distancia como se observa a las aves de primavera.

Era lo que ocurría cuando Holden miraba a su hermana pequeña en el carrusel. Fascinado, sí. Pero consciente de que él ya nunca podría ser parte de ello, aunque estuviera tan solo a unos metros de distancia.

Los libros de Salinger están poblados de adolescentes rebosantes en sentimientos e inteligencia. Nunca subestimó a los menores de edad y por el contrario veía en ellos fuente de una extraña sabiduría. Además, los dotaba de una fuerte carga de desprecio por un mundo exterior que se percibía como adverso y hostil, un cansancio que se extendía a círculos sociales conformados por phonies ansiosos por distinguirse e ir a alguna parte o ser de interés para el resto. Así lo exponían los integrantes de la familia Glass.

En el universo de Salinger había otro factor, sus personajes solían pasar por malas rachas o permanecían en un descarrío de amplia magnitud. Igual que él, como llegó a revelar en una carta, no logran integrarse ni hacer migas como ocurría con el resto de la sociedad. No encajaban. Lejos de lamentarse, daban a la causa la calidad de superado; estaban ya del otro lado del río donde si acaso miraban el panorama con un rastro de melancolía.

La cuestión en que los otros no se daban cuenta de ello. Todo ese colorido interno, esa agitación de la mente y las angustias varias del corazón, eran pequeñas galaxias solo perceptibles para quien entraban en la intimidad de la escena, ahí en donde ocurrían diálogos tan vivos que no venían tanto de la literatura, sino de una serie de humanos más reales que tu vecino.

Pues bien, Salinger rompía con la pared textual y guardaba cortesía al reconocer el hermoso y bullante jardín que había dentro de su audiencia, compuesta por muchos tímidos, callados, inadaptados y solos.

En Seymour: una introducción, uno de los relatos donde la relación autor-lector se vuelve más profunda a través de la guía de Buddy Glass, cabe lo mismo la filosofía que el proceso creativo. Salinger, imponiéndose al tiempo y las dimensiones, le habla directo a quien ha depositado la confianza en él; le ofrece calidez, compresión, un refugio. Para escribir aconsejaba elegir con el corazón. Recordar el tipo de creación que se quería y dejarse llevar con honestidad, buscando el punto. “Eres un artesano digno de crédito”, como decía Seymour. “Daría cualquier cosa por verte escribir algo, cualquier cosa, un cuento, un poema, un árbol que real y verdaderamente te saliera del corazón”.

Eran ese tipo de detalles que hacían a muchos derrotados y alienados sentirse importantes. Alguien por fin se dirigía a ellos. Y de una forma tierna y considerada. Un gesto que uno no siempre encuentra en las calles. A su modo era un legado con el que nadie más se podría comparar.

Franny Glass se lamentaba no tener a alguien digno de verdadera admiración. A J. D. Salinger, nacido en 1919 y fallecido en 2010 se le tenía tal tipo de respeto, pero sobre todo se le quería. Como un amigo, como un guía A cien años de su paso por la Tierra no queda más que estar agradecidos y levantar un sándwich (sin mayonesa) en su honor.

Jo.

Amos Oz contra el fanatismo

amos oz 2

Foto: David Sillitoe

Amos Oz fue uno de esos escritores que hasta el final lucharon por convicciones morales acordes a la turbulencia de su época. Ya fuera a través de sus obras de ficción, sus ensayos o sus apariciones en la arena pública, fue alguien preocupado por los conflictos que acechaban en distintos flancos, en especial lo que concernía a la religión, la historia y las disputas entre colectividades.

El escritor israelí dejó varias lecciones para la posteridad, quizá la más importante de ellas tenía que ver con su estudio del fanatismo, ese veneno que inunda mentes hasta marchitarlas. Solía decir que se trataba de la peor epidemia del siglo XX… y más allá. Según sus propias palabras, el fanatismo antecedía a las religiones y era prácticamente un gen defectuoso en la naturaleza de los seres humanos.

En el libro “Contra el fanatismo”, una lectura imprescindible que debería repartirse masivamente en todos los idiomas, Amos Oz decía que la semilla del fanatismo provenía de una actitud de superioridad moral que cerraba de lleno al involucrado a entender otras posturas. Con frecuencia, aseguraba, esto venía acompañado de un culto a la personalidad, una “idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores”. Un vicio que, además, acostumbra a propagarse de boca a boca, de padre a hijo y generación a generación. Un afán de adoctrinar a los demás, de sentirse parte de una iluminación, asumirse en lo correcto por una simple convicción sin atender a criterios de objetividad alguna.

Como se puede apreciar, las ideas de Amos Oz están vigentes y reivindicarlas se antoja como una tarea muy importante en tiempos donde la política y el orden social han derivado en un torbellino que pega a todos los continentes.

Amos Oz no se dejaba engatusar por ilusiones vagas, prefería la observación pragmática y seria. Era un especialista sosegado, quien entendía que la historia no era tan simple como una guerra entre ángeles y demonios. Entre más pronto pudiera entenderse la psicología del otro, mejor. Detrás de las actitudes bélicas suele haber dolores. No se trata de deshumanizar a quien esté enfrente; por mucho que existan diferencias todas las partes son humanas, con las virtudes y defectos que acarrea su paso por la tierra.

Como un tipo nutrido de la curiosidad, era alguien que reflexionaba, cuestionaba, sonreía. Tales características, tan sencillas como parecen, conformaban un verdadero portento. Son cualidades que no muchos conservan en su vertiente más pura. Tuvo además una cara amable. Como él mismo señalaba, es el humor y la curiosidad lo que separan al intelectual del fanático. El primero duda, lanza críticas, se retracta, pregunta. El segundo vive conforme con una versión, el dogma que asumen como móvil de existencia y al que no osan contradecir para no dejar caer el castillo de naipes al que se han entregado sin miramientos; los fanáticos no ironizan, tienen miedo de faltarle el respeto a la causa, a un ente que consideran como intocable.

Su lectura del conflicto palestino-israelí era ejemplar, sin caer en posiciones extremistas ni tirar para ninguno de los lados. Entendió que la enfrentamiento no era una película del viejo oeste. “No es una lucha entre el bien y el mal”, aseguraba, más bien se trataba de una tragedia, “un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana”.

Además de ser partidario de la creación de los dos estados, apuntaba que uno de los primeros pasos para suavizar la relación era el de pactar un acercamiento y ser solidarios con los dolores y visiones ajenas.

Si bien no se definía como pacifista, ya que entendía bien que la fuerza es necesaria para contener a los tiranos y a las agresiones de los demás, también estableció que las heridas no iban a sanar a base de garrotazos.

Por ello hizo una campaña constante por la empatía. El esfuerzo para entender al otro. Y a la vez nunca quiso asumir el papel de la sumisión, el de pasar de largo ante la barbarie. Tenía un gran sentido del deber y del compromiso. Combatía, eso sí, desde las ideas. La batalla que aconsejaba debía librarse también en las conversaciones, ante esos fanáticos en potencia a los que aún se les podía hacer entrar en razón, al igual que identificar los vicios propios que pudieran derivar en una ceguera analítica.

Amos Oz honraba su propio intelecto al contar con un atributo no muy común en el orgullo de los hombres: la autocrítica y la capacidad de leer el panorama desde una óptica ecuánime, sin dejarse llevar por respuestas fáciles, reafirmantes o consoladoras. Buscaba la rigurosidad, asumía la realidad tal cual era (aunque sabía bien que no era infalible) y desde ese punto partía a dejar indicios de lo que podía abonar al debate.

Fue severo cuando debía contra gobierno israelí ya que supo bien que el amor por los suyos y por su hogar no estaba peleado con el muy sano desacuerdo. Pese a recibir una educación nacionalista y tendiente al mesianismo, supo dar espacio a la sensatez y a ver la situación bajo su propios márgenes, no los que le eran impuestos. Fue igualmente alguien que sabía expresar sus ideas sin el embuste de la pomposidad. En conferencias daba voz a aquellas personas y corrientes que de vez en cuando, en conversaciones casuales, le manifestaban sus inquietudes.

Su presencia se echará en falta en tiempos donde el caos del mundo moderno ha derivado en una pléyade de demagogos que en distintas latitudes se encargan de erigirse como salvadores a través de posturas vacías que en su hechicera sencillez no alcanzan a atender a los problemas complejos de fondo, y por el contrario echan gasolina a un incendio ya difícil de controlar.

La obra de Amos Oz es un antídoto para inmunizarse ante aquellos que polarizan, los que dividen entre blancos y negros y quienes con su dedo pretenden señalar a los inocentes como si fueran una plaga. Esta peste se manifestaba “en todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista”, dijo en una entrevista a El País.

Eran estos tiranos populistas a quienes identificaba como maniáticos de las “respuestas de una sola frase, respuestas que señalen sin ninguna duda a los culpables de todos nuestros sufrimientos, respuestas que nos aseguren que, si aniquilamos y exterminamos a los malvados, al instante desaparecerán todos nuestros problemas […] y así abrir de una vez por todas las puertas del Paraíso”, según apareció en “Queridos fanáticos”, el último de sus libros editados en español.

El fallecimiento de Amos Oz a los 79 años deja una especie de orfandad. Sus seguidores no podrán escuchar más su voz ni deleitarse con su aparición en eventos o ante medios de comunicación. El paso del tiempo jugó su papel inclemente. Queda, por fortuna, el faro de su trabajo que fluye todavía. Ahí donde cualquiera puede refugiarse y encontrar un horizonte. Un legado que muestra que la realidad está abierta. No hay sentencia definitiva que explique lo cotidiano bajo reglas universales. Queda el escrutinio, la sensibilidad y la misión que con responsabilidad debe plantearse cada día.

Hacer al comunismo despreciable de nuevo

lenin23

“Nos engañaríamos a nosotros mismos y al pueblo si ocultáramos a las masas la necesidad de una guerra desesperada y sangrienta de exterminio, como la tarea inmediata de la acción revolucionaria venidera”.
—Vladímir Ilich Uliánov ‘Lenin’, “Lecciones del levantamiento de Moscú” (1906).

“Por lo que a nosotros se refiere, nunca hemos perdido el tiempo en las charlatanerías de los pastores kautskistas y de los cuáqueros vegetarianos acerca del «carácter sagrado» de la vida humana. Éramos revolucionarios en la oposición, ahora lo seguimos siendo en el poder. Para que la personalidad humana llegue a ser sagrada es necesario destruir primero el régimen social que la oprime. Y esta obra no puede realizarse más que a sangre y fuego”.
—León Trotski, “Terrorismo y Comunismo” (1920).

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo”.

—Ernesto ‘Che’ Guevara, mensaje a la “Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América latina (1967).

 

En diversos espacios de la actualidad es frecuente ver a personas que enarbolan al comunismo como una alternativa política viable y hasta deseada. Deambulan en redes sociales luciendo a la hoz y martillo como un estandarte y comparten memes marxistas-leninistas sin ningún pudor. También hacen apología de ideas que han sido rebasadas por la historia debido a su probada correlación con el fracaso. La frivolización y el negacionismo son su norma.

Algunos de ellos son individuos sin mala leche. Gente joven, que acaso en su idealismo y lejanía con acontecimientos claves de la historia acaban por ver en el ideario comunista un opción que podría tomarse en consideración debido a las insatisfacciones que viven en su vida diaria. Como nunca han sufrido en carne propia la miseria y la depredación que están intrínsecamente ligados a tal doctrina, es posible que se vean seducidos por la lectura adulterada que muchos manipuladores les han dado de los hechos.

Sin embargo, igual existe una ralea ya entrada en años que sabiendas de que el comunismo ha derivado en dictaduras, millones de muertes y abusos, se mantienen empecinados y negados ante la evidencia. No se ponen del lado las víctimas: prefieren mirar a otro lado ante las atrocidades que se han cometido para imponer la superstición que tienen como sueño.

Estos personajes manosean la realidad a su antojo con la intención de mover su agenda. Despotrican contra “el capital” e incentivan el caos y el alarmismo para erigir en torno a ello la fantasía de que la solución yace en ese sistema, el comunista, que más bien ha supuesto un desastre en dondequiera que se ha implantado.

De la Unión Soviética a Corea del Norte, pasando por la China de Mao, los Jemeres rojos en Camboya, la Rumanía de Ceaușescu y la Cuba castrista, el comunismo ha tendido a sostenerse por la fuerza, aniquilando de una u otra forma a los disidentes y coaccionando a los individuos para convertirlos en una especie de masa clientelar que trabaja y vive expensas de un líder que se ostenta como la encarnación del pueblo.

En nombre del comunismo y el espejismo de la “revolución”, se han creado campos de concentración, se han realizado ejecuciones sumarias, se ha robado, se han levantado muros y separado familias, se ha cortado la libertad de expresión (entre tantas otras libertades)… y sin embargo el movimiento sigue gozando de relativa buena prensa, a diferencia de otras ideologías totalitarias como el nazismo y el fascismo que afortunadamente hemos logrado encasillar como lo que son, tiranías que van contra el sentido común y que atentan contra los principios elementales a los que aspiramos como especie.

El que el comunismo se mantenga como una opción en el debate es uno de los grandes misterios de la sociología. La planificación de la economía y la supresión de la propiedad privada han llevado crisis, migraciones masivas, escasez y hambre a pueblos enteros, una cuadro ya de por sí lamentable al que hay que añadir la violencia de extracción bolchevique que se ha vuelto la única manera de conservar un cuento que evidentemente no funciona.

La permanencia del comunismo como ente válido en algunos círculos quizás radique en que sus simpatizantes han logrado instalar la idea de que detrás de ellos se encuentra una agenda del bien, una utopía que llevada a las últimas consecuencias acabará por traer un paraíso idílico que en realidad nunca llega y que más bien trae un infierno sobre el camino. Ante las fallas recurrentes la excusa sempiterna es que el credo no fue implantado correctamente. Lo que no dicen es que entre más aplican sus medidas peor sale el resultado.

Los promotores del marxismo-leninismo son, además, especialistas en crear encono y dividir, así como linchar mediáticamente a sus adversarios. En este mundo al revés, quien critica al comunismo se vuelve en automático en un facha, un ignorante, un cerdo enajenado por el imperialismo yanqui, entre otros epítetos que lanzan para anular a las voces críticas.

Pero son precisamente los comunistas los que celebran un sistema terrorista y ruin. Y no solo eso, alguno de ellos portan muy campantes las imágenes de líderes sanguinarios como Lenin, Stalin y Mao, o el que quizás sea el favorito de todos, el Che Guevara, un pobre diablo que se vio consumido por una ideología cuasi religiosa que lo hizo deambular entre el disparate, el estrépito y la barbarie.

Francis Fukuyama se equivocó en 1992 cuando lanzó el famoso libro “El fin de la Historia y el último hombre”. En él, estipulaba que la caída de la Unión Soviética, que sellaba casi un siglo de horrores y fracasos comunistas, daba cierre a la lucha ideológica. En ese entonces quedaba claro que la democracia liberal, con todo y sus imperfecciones, había ganado la partida, mostrándose como la opción más sensata de todas las disponibles.

El paso de los años ha mostrado que esa batalla no ha concluido. La lucha y defensa de la libertad deberá continuar mientras sigan existiendo brotes de deshonestidad intelectual que busquen barrer con todo lo que hemos creado como sociedad, para así levantar, una vez más, las fórmulas que tanto daño han hecho dentro los países que se han dejado seducir y vencer por una fuerza corrosiva que no admite nunca sus errores y que no tiene piedad a la hora de llegar al poder.

De algún modo los comunistas se las han arreglado para distorsionar el ambiente. Así se posicionan como lo que no son. Montados en un peldaño rojo, hablan con una pestilente superioridad moral que no les corresponde. Su presencia es habitual en las universidades, donde profesores adoctrinan a sus estudiantes para renovar la cadena del mesianismo.

Es a esos muchachos a los que hay que dirigirse. No se dejen engañar ni crear la primera versión que les cuenten sobre ningún tema. Indaguen, cuestionen, investiguen. Mantenga siempre su sentido crítico respecto a cualquier activo de la política. Duden.

muro berlin

Fue el comunismo el que dio paso al muro de Berlín, el que produjo las masivas hambrunas del periodo maoísta, el que permitió la masacre de Tiananmén. Fue el comunismo el que llevó al Terror Rojo, a la Gran Purga soviética a finales de los años treinta. El de el Gulag, el de las UMAP. El que produjo el tan discutido genocidio ucraniano. El que sistematizó a las policías represivas. Cientos de miles de asesinatos se hallan detrás del telón de acero. Sus simpatizantes no están para dar lecciones ni señalar a nadie. Tampoco para burlarse de la memoria de quienes padecieron esa charlatanería. Conviene desmontar los mitos que han conformado y recordar su lamentable legado en su justa dimensión. En definitiva, hacer al comunismo despreciable de nuevo.

___________
Publicado originalmente el 4 de febrero de 2019.

La mezquindad de algunos mexicanos con Venezuela

vene

La crisis presidencial que asola a Venezuela ha revelado la miseria humana de un sector importante de la población que lejos de involucrarse ha preferido pasar de largo ante una tragedia que afecta a uno de los países que tienen mayores lazos históricos con México.

No son tiempos para la tibieza, y ante el rompimiento del orden democrático en un país tan cercano, el sentido común indica que hay que pronunciarse desde nuestras respectivas trincheras para condenar lo que, sin lugar a dudas, es un régimen demencial comandado por un Nicolás Maduro cada vez más errado y lejano a la realidad.

El mandatario venezolano no solo ha mostrado su incapacidad como estadista al aplicar fórmulas probadamente fracasadas como el control de precios y el ahogo del sector privado que desde hace años tienen hundida a su nación en una hecatombe sin precedentes, también ha cerrado de tajo la vía democrática que se necesita para hacer cambios de raíz que implican, desde luego, barrer al chavismo del poder.

El establecimiento de la Constituyente en 2017 quebró definitivamente lo que era una administración torpe y vil, pero con cierto anclaje institucional, para convertir de lleno al chavismo en una dictadura con todas las letras. Con tal decisión arbitraria, Maduro decidió tirar por la borda la voluntad del pueblo venezolano que había dado una abrumadora mayoría a la oposición en el legislativo e impuso a un monstruo legado por su antecesor: la Constituyente, conformada por el oficialismo que ahora tiene facultades por encima de los otros poderes públicos del Estado sin haber sido elegida por la ciudadanía.

La situación en Venezuela muestra lo que sucede cuando un gobierno monopoliza el poder en un país. El comunismo depreda cualquier contrapeso que se le cruce en el camino. Asfixian al sector empresarial, y por medio de subterfugios van amilanando a los medios de comunicación y al individuo en general. Si no vas con su proyecto, en automático te transformas en un “traidor”, en un “gusano”, en un “enemigo de la patria”.

Una de las estrategias más socorridas por los comunistas es erigirse como la voluntad del pueblo. Engañan a la gente y pretenden mostrarse como la encarnación de un país y no como lo que son, administradores temporales. Se convierten así en sátrapas que pretenden sostener a toda costa su delirante superstición internacionalista. Solo ellos pueden, nadie más.

Ante ello, muchos mexicanos han preferido callar o tomar la desgracia como objeto de burla. Peores aún son los que solapan la barbarie o los que hasta la celebran. Un sector retrógrado de la izquierda se ha quitado la máscara al guardar silencio ante violaciones de derechos humanos y la deriva del sistema de justicia del país sudamericano. Eso que tanto les hace bramar contra sus enemigos locales, les parece permisible en el exterior cuando se trata de encubrir a sus aliados ideológicos.

Lo anterior solo es explicable porque lo suyo tiene tintes de religión. De ahí que no les importen los hechos ni la evidencia que contradiga a sus intereses. Permanecerán siempre encerrados en sus ideas y nunca asumirán culpas, pese a que todo se caiga a pedazos.

Por eso los herederos de la doctrina bolchevique son peligrosos y por eso hay que evitar en la medida de lo posible que estén a cargo de una nación. Una vez que llegan, es muy difícil quitártelos de encima. No importa la miseria que acumulen ni las tragedias que provoquen. Seguirán defendiendo su fantasía revolucionaria sin considerar ninguna otra perspectiva. Maduro entiende su lugar como un papel mesiánico, como si él representara el “bien” que debe imponerse en la partida, aunque los actos lo confirmen como un tirano.

La cerrazón de los simpatizantes del chavismo es preocupante, pero no es nueva. Es la ceguera clásica de un ala de socialistas tirada hacia el negacionismo. Una especie que todavía defiende de Lenin, Stalin, Mao y Fidel Castro, pese a que llevaron a la muerte y represión a millones de personas. En comparación Maduro es un juego de niños. De ahí que no conviene tener esperanzas de que enmienden el camino.

Para sostener la farsa, los embajadores no oficiales del chavismo que pululan en México recurren a trucos propios del mago Chen Kai (aunque sin la misma gracia). Esta gente clama que detrás de las presiones internacionales contra Maduro se encuentran los intereses de Estados Unidos por el petróleo venezolano. Y no cabe duda que Estados Unidos tiene deseos y estrategias geopolíticas cuestionables (como muchos otros países), pero la idea no se sostiene si se toma en cuenta que el nacionalismo chavista nunca ha sido impedimento para que los estadounidenses compren a placer hidrocarburos venezolanos, representando actualmente el 20 por ciento de sus exportaciones. La economía de Venezuela, de hecho, es dependiente en exceso de Estados Unidos, su mayor socio comercial, por lo que tampoco se sostiene lo del “bloqueo” que ya aducen como una caricatura argumental que tanto han usado, ahí sí con cierta lógica, respecto a Cuba. Estados Unidos, además, es desde hace unos meses el máximo productor de petróleo en todo el mundo.

El gobierno mexicano tomó una postura de neutralidad activa respecto a la disputa entre Nicolás Maduro y Juan Guaidó, el líder de la oposición, el cual no se “autoproclamó” presidente en un acto de delirio, como vociferan los simpatizantes del chavismo, sino que como figura democrática actúo en consonancia a una interpretación de los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución de Venezuela. Guste o no su maniobra tiene mayor legitimidad que una presidencia impuesta a la fuerza, con elecciones fraudulentas en las que hubo una participación reducida, en la que no participó la oposición y en la que no hubo una junta electoral independiente que diera certeza a los resultados. El adelanto del proceso electoral que el oficialismo aplicó a modo de madruguete, rompió de tajo con las gestiones diplomáticas internacionales que había en aquellos días. El chavismo con la anuencia de la cúpula militar simplemente quiso imponerse.

En México, la línea tomada por la administración de Andrés Manuel López Obrador puede ser criticable, pero corresponde a una ideario político que, en teoría, busca algún fin estratégico. De ahí que que la decisiones estén condicionadas por las posibles consecuencias, como la escalada del conflicto. Lo verdaderamente inmoral es que la población, que puede emitir su solidaridad con la víctima de un gobierno tiránico en Venezuela, no lo haga, ni siquiera porque gozan de una oportunidad histórica para expresarse total libertad y sin cortapisas frente a lo que agobia a nuestros similares a tan solo unos kilómetros de distancia. Tal mezquindad es indigna de nuestra historia y del liderazgo ciudadano que los mexicanos debería representar en una región tan golpeada como en la que estamos. La solidaridad nunca sobra, en especial cuando se trata de nuestros hermanos. Si toleramos esto, podríamos ser los siguientes. Venezuela, más que nunca, no debe quedarse sola.
___________

Publicado originalmente el 28 de enero de 2019.

 

La pesadilla laberíntica del huachicol

huachic

El actual sexenio no ofrece tregua. Tras cismas como el de la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, el fallecimiento de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle, el avance de la Guardia Nacional y la difusión de la polémica Cartilla Moral por parte del gobierno federal, entre otros episodios, un acontecimiento escalofriante selló el panorama desafiante para el país en los próximos años.

La explosión de una toma clandestina de combustible en el municipio de Tlahuelilpan, por la que murieron al menos 125 personas, disminuye una vez más el optimismo que iluminaba el ambiente cuando Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia, punto en el cual muchos vislumbraban bienestares que de ningún modo serán inmediatos sino que, si se dan, será a través de procesos paulatinos, esfuerzos titánicos y serios sacrificios.

La guerra contra el huachicoleo se trata de una de las medidas más fuertes tomadas por el gobierno federal y conforme transcurren las semanas se comprueba que se trata de una batalla mucha más complicada de lo que en un principio se creía. A diferencia de otros frentes, este es difuso y no existe siquiera un enemigo claro al cual perseguir.

Es evidente que lo del huachicol es un reto profundo y complejo que dista de ser una actividad realizada por simples bandoleros como alguna vez se creyó. El alcance de los delincuentes, así como sus cúpulas y ramificaciones, no queda aún definido del todo y parece incluir lo mismo al crimen organizado que a ladrones independientes de distinto calado que han hecho de dicha actividad un modo de vida.

Por ello son días difíciles para López Obrador que con cada minuto en el cargo da cuenta de que el trabajo no será tan idílico como alguna vez vislumbró en su fuero interno. Si durante la campaña aseguró que el problema del huachicoleo, como tantos otros, se resolvería a través de voluntarismo y a través de la renovación que su misma figura irradiaría al resto del país, hoy en día los retos se aculan en una especie de rompecabezas que a cada movimiento deriva en un nuevo hueco por llenar.

Omisiones históricas de anteriores administraciones le heredaron una auténtica maraña de Estado. Aunque él debe admitir que se comprometió a enfrentar la tarea y que si quiere ganarse una posición en el Olimpo de la historia será a través de hazañas cumplidas y no con decretos como el que lo posicionan al lado de Benito Juárez, Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero.

En ocasiones da la impresión de que el nuevo gobierno actúa con demasiada prisa. En menos de dos meses se han abierto varias líneas de acción cada una de ellas inmensa y con implicaciones costosas tanto a nivel económico como político. Todas ellas, hasta ahora, asumibles de cara al público gracias un crédito tan grande como el que posee la autoproclamada Cuarta Transformación, pero que en términos de desgaste, incluso físico, podría ser insostenible en un plazo tan agotador como el de seis años en el cargo.

Un ejemplo de ello son las conferencias matutinas que aun con sus beneficios (como el de llevar la batuta de la agenda mediática), en el fondo representan anacrónicas y demenciales en lo que respecta a cuestiones tan básicas como las biológicas. El gabinete entero debe administrarse de tal modo que pueda aguantar una carrera que tiene más de maratón que de 100 metros planos. El descanso razonable no tiene nada de malo y permite tomar mejores decisiones.

Es obvio que México enfrenta crisis severas, así como urgencias que resultan apremiantes de atender, pero para lograrlo es pertinente encauzar las buenas intenciones con planes sostenibles que no provoquen pequeñas turbulencias adicionales como en su momento pasó con la cancelación del NAIM y como a últimas fechas ocurrió con el desabasto de combustible y una histeria colectiva por la distribución que avanzó en algunos estados.

El combate al huachicoleo se encuentra en una etapa inicial. Lo preocupante es que no queda claro hasta dónde podría llegar la campaña. El gobierno y las fuerzas armadas han entrado en terreno pantanoso, en un laberinto que irán descubriendo sobre la marcha y del que, por el bien de todos, ojalá salgan avantes.

Andrés Manuel deberá también tomar precauciones añadidas y apelar a los consejos de viejos lobos de mar. No puede confiarse ni creer que su particular carisma y bonhomía serán suficientes para cumplir con los objetivos y salvarse de cualquier inclemencia. Ante un enemigo no definido en toda su magnitud como el que representan quienes están detrás del robo de combustible, no queda otra que reforzar su propia seguridad sin importar los recursos que tengan que emplearse ni la austeridad que tenga que tirarse por la borda.

En la misión emprendida por el presidente y su equipo hay mucho de valentía, aunque también ha habido errores que no deben ignorarse y que, por el contrario, deben servir como reflexión. La acción política no es sencilla y quien espere milagros o soluciones sencillas acabará por llevarse dolorosas embestidas de objetividad.

La retórica de “abrazos, no balazos” y la permisividad antes quienes delinquen, así se trate del ‘pueblo bueno’, debe detenerse y entrar de lleno en un esquema que brinde verdadera reforma en materia de seriedad como país.

El asunto suma en desgracia debido a esa sempiterna falta de estado derecho en un México acostumbrado a pillería y al ventajismo que no atiende razones y en donde la autoridad está condicionada en su actuar debido a las presiones de una opinión pública que sigue sumida en un infantilismo al que, por cierto, muchos de los que actualmente están en el poder contribuyeron durante años.
____________
Publicado originalmente el 21 de enero de 2019.

Donald Trump no es Ronald Reagan

reagan2

Donald Trump no es Ronald Reagan. En este punto ha quedado claro para casi cualquiera, pero no está de más recalcarlo para poner en su justa dimensión a cada personaje.

Desde que Trump se erigió a sí mismo como aspirante paras las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016, tanto él como algunos de sus seguidores quisieron trazar paralelismos entre su candidatura y la que en su momento representó Reagan, ambos outsiders y con notable pragmatismo en sus políticas y sencillo uso del lenguaje, muy propio de sus líneas no ortodoxas y escaso vínculo con la prudencia académica.

La supuesta influencia quedó sellada cuando Trump eligió como eslogan de campaña el célebre (y poderoso, hay que decir) Make America Great Again, un versión del Let’s Make America Great Again que Reagan utilizó en 1979 para llegar a la presidencia en 1980, en tiempos también complicados para la economía estadounidense.

La frase, y esto es una cuestión que se comenta poco, de hecho viene de más atrás, y fue utilizada por primera vez en 1950 por el partido conservador en el Reino Unido, incluso por una de sus más jóvenes representantes: una tal Margaret Thatcher (en aquel entonces Margaret H. Roberts) que con 24 años llegó a utilizar el Make Great Britain great again, con el que no tuvo mucho éxito en las elecciones generales en las que fue derrotada por Norman Dodds en su lucha por el escaño de Dartford.

Aunque algunos siguen encontrando en Trump ese aire fresco que en su momento Reagan representó para revitalizar la imagen de Estados Unidos ante el mundo, es evidente que existe una distancia abismal entre uno y otro. Principalmente porque Ronald Reagan era un caballero.

Con sus virtudes y defectos, el espíritu religioso y de cowboy llevó a Reagan a ser alguien osado en su forma de hablar, pero al mismo tiempo respetuoso. Lo era hasta con sus adversarios contra los que utilizaba de forma recurrente el sentido del humor. De algún modo sus ataques tenían algo de afable que aunado a su carisma natural lo llevaron lejos en la carrera.

En contraste, Trump es soez, inclemente y resulta antipático en casi cualquier aspecto posible. Ronald Reagan estaba conformado por una serie de valores y una sensibilidad notable para atender la realidad. Era un hombre de familia, alguien sonriente y de alta estima por la figura de las mujeres, las minorías y aquellos en situación vulnerable.

Y hay mucho más. Dejando de lado los rasgos personales, hay puntos que separan por completo a ambas figuras, por más se les pretenda ver como equivalentes en lo que respecta al modo republicano de incentivar el capital como concepto básico de acción.

Donald Trump es proteccionista en lo económico y atiza a los peores sentimientos del pueblo norteamericano, mientras que Ronald Reagan apeló en todo momento a los valores universales de su país como una guía que pudiera alumbrar al resto de las naciones en la vertiente mesiánica que durante años caracterizó a la política exterior estadounidense.

En 1988 Ronald Reagan pronunció un mensaje en la radio que parecía premonitorio de lo que vendría con Trump años después, quien en aras de un malentendido supremacismo político-electorero ha fracturado la relación con amigos históricos, en especial en lo que respecta a Europa, Asia y México, con quienes más de una vez ha entablado verdaderas guerras comerciales.

«Todavía en la actualidad, el proteccionismo es usado por algunos políticos estadounidenses como una forma de nacionalismo barato, una cortina de humo para aquellos que no desean mantener la fortaleza militar de Estados Unidos y que carecen de la voluntad de enfrentar a nuestros verdaderos enemigos: los países que están dispuestos a usar la violencia contra nuestros aliados».

«Nuestros pacíficos socios comerciales no son nuestros enemigos; son nuestros aliados. Debemos cuidarnos de los demagogos que están preparados para declarar una guerra comercial a nuestros amigos —debilitando así nuestra propia economía, nuestra seguridad nacional y al mundo libre por completo— mientras de forma cínica ondean la bandera de los Estados Unidos».

Ronald Reagan sabía que el libre mercado y la expansión del comercio no significaba un riesgo para Estados Unidos. Más bien representaba el triunfo de los ideales americanos que llevaban prosperidad a quienes respetaban los derechos individuales y daban cauce al potencial de su gente.

Pero si hubiera que encontrar un rasgo distintivo, aquel en el que mejor queda patente la distancia entre ambos personajes, no cabe duda que tendría que apuntar a sus visiones contrapuestas en lo que respecta a la inmigración.

Trump ha enarbolado una retórica xenofóbica y antiinmigrante en su trayectoria dentro de la política. Aparte de una convicción individual, se ha tratado de una forma de llamar la atención y de lucrar estratégicamente con la parte más primitiva y prejuiciosa de su base electoral. Lo ha hecho sin contemplaciones, hablando de muros y generalizando como criminales a quienes buscan una oportunidad lejos de casa.

Ronald Reagan por el contrario fue un gran defensor de los inmigrantes y el papel imprescindible que juegan en cualquier parte del globo. Supo leer la importancia que los foráneos han tenido para fortalecer a Estados Unidos hasta convertirlo en la potencia más grande en la historia de la humanidad.

Así lo manifestó cuando luchó por la candidatura republicana frente George H. W. Bush, en tiempos donde ya había discusiones encendidas y reclamos que un sector de la población tenía contra los inmigrantes, a quienes algunos acusaban de estar quitándole sus espacios.

En uno de los debates de la campaña en 1980, ante una pregunta expresa de un ciudadano texano que le cuestionaba si había que aceptar a niños sin papeles en las escuelas de Estados Unidos, Reagan fue firme al mencionar la relación que debían tener con México.

Implantó una idea fundamental: por el bien de ambas partes, los países vecinos estaban condenados a entenderse.

«Creo que ha llegado el momento de que Estados Unidos y nuestros vecinos, en especial nuestro vecino del sur, tengan un mejor entendimiento y la mejor relación que jamás hemos tenido. […] En vez de hablar de poner una valla entre nosotros, por qué mejor no trabajamos en reconocer nuestros mutuos problemas, haciendo posible para ellos [los inmigrantes mexicanos] venir aquí legalmente con un permiso de trabajo. Y de este modo, mientras trabajan y ganan dinero aquí, también pagan impuestos aquí. Y cuando quieran regresar a sus lugares de origen puedan hacerlo y cruzar. Y abrir así la frontera en ambas vías, entendiendo sus problemas. Esta es la única válvula de seguridad que tienen en este momento, con esos niveles de desempleo que padecen… la válvula probablemente evita que colapsen».

En 1986, ya como presidente, Reagan promulgó la famosa Ley de Reforma y Control de Inmigración, que aunque puso candados a la contratación de trabajadores en situación irregular, dio amnistía y abrió las puertas a cerca de 3 millones de indocumentados que estuvieran dispuestos a llevar un modo honesto de vida.

El presidente dijo que el objetivo era establecer un sistema razonable, justo, ordenado y seguro (palabras que resuenan en el reciente Pacto Mundial sobre Migración) “sin discriminar en forma alguna alguna forma a ningún país en particular ni a su gente”.

Con el paso de los años, el también actor se volvió aún más incisivo al respecto. El 19 de enero de 1989, horas antes de dejar de ser presidente, Ronald Reagan dio su último discurso bajo la investidura del cargo. Una exposición conmovedora que dio acompañado de su esposa Nancy. En él, casi como profecía, se refirió a lo importante que sería defender a los inmigrantes como factor decisivo en la primacía de Estados Unidos como potencia.

«Como este es el último discurso que daré como presidente, creo que es adecuado dejar un pensamiento final, una observación acerca de un país que amo. La idea se entiende mejor en una carta que recibí no hace mucho. Un hombre me escribió y me dijo: “Puedes irte a vivir a Francia, pero no puedes convertirte en francés. Puedes ir a vivir a Alemania, Turquía o Japón, pero no puedes convertirte en alemán, turco o japonés. Pero cualquier persona, desde cualquier rincón de la Tierra, puede venir a vivir a América y convertirse en americano».

«Sí, la antorcha de la Estatua de la Libertad […] representa nuestra herencia, el pacto con nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados», añadió Reagan. «Esa dama es la que nos da nuestro gran y especial lugar en el mundo. Porque es la gran fuerza vital de cada generación de nuevos estadounidenses que garantiza que el triunfo de Estados Unidos continuará sin igual en el próximo siglo y más allá. Otros países pueden tratar de competir con nosotros; pero en un área vital, como un faro de libertad y oportunidad que atrae a la gente del mundo, ningún país en la Tierra se acerca».

Si Estados Unidos es grande no ha sido por la cerrazón ni por hacer caso a charlatanes. Si Estados Unidos llegó a ser la gran superpotencia del siglo XX fue debido, entre otras cosas, a la apertura, al respeto de la legalidad y la justicia y a la idea de que podías hacerte de un lugar si estabas dispuesto a trabajar duro por él. Fue así como Estados Unidos logró vencer al monstruo de la Unión Soviética: respondiendo con libertad y pluralidad a la tiranía y al aislamiento.

Estados Unidos es el ejemplo de que la inmigración no debilita, al contrario, fortalece. Fue así que se convirtió algo así como en la selección de “Resto del mundo” que acogió a individuos de orígenes diversos que lograron enriquecer su tierra y sus instituciones. Trabajadores de origen europeo, latinoamericano, asiático, africano y de todos lados aportaron su respectivo grano de esfuerzo.

No, Donald Trump no es Ronald Reagan. Patti Davis, la hija de Reagan, lo manifestó hace tiempo. Su padre jamás respaldaría el comportamiento grosero, mezquino y demencial de quien ahora ocupa y deshonra a la Casa Blanca. Estaría horrorizado con él.

reagan3

El dilema de la no intervención

maduro33

El gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador decidió cambiar la postura de México respecto a lo que ocurre con el régimen de Nicolás Maduro. Al negarse a firmar la declaración condenatoria del Grupo de Lima que desconoce el mandato del presidente venezolano, causó una polémica en distintos círculos de opinión. Algunas de las conclusiones han sido apresuradas y por ello habrá estar pendientes de la evolución de lo ocurrido. Falta dimensionar si el nuevo planteamiento, dentro de su discreción, puede redituar beneficios mayores que el de las ofensivas que hasta el momento han sido un tanto estériles.

En 2019 la cancillería finalmente tomó distancia del Grupo de Lima que desde hace año y medio ha tomado determinaciones multilaterales sobre la crisis democrática en Venezuela y que en los últimos meses aumentó su severidad hasta rechazar el nuevo periodo de la administración madurista en el gobierno debido a las irregularidades y vicios que hubo en el último proceso electoral, así como las constantes violaciones a los derechos humanos que se presentan en el territorio.

En cualquier caso, aunque pudiera parecerlo, López Obrador no se olvida de Venezuela. Más bien ha instado al diálogo y a una solución negociada, una estrategia de mayor suavidad que acaso pueda equilibrar un balanza cada vez más preocupante, en la que Bolsonaro y Trump hacen temer por una intromisión militar que sería contraproducente.

Desde su periodo como candidato a la presidencia, el tabasqueño manifestó su interés por llevar una visión diplomática de bajo perfil. Ante un panorama interno ya de por sí agitado, proclamaba la inconveniencia de meterse en asuntos ajenos. “La mejor política exterior es la interior”, dijo como uno de sus mantras socorridos, para de paso evadir cualquier aprieto en la materia debido a las equivalencias que por lustros se han hecho entre el chavismo y él.

López Obrador reivindica así la Doctrina Estrada y, sobre todo, la Doctrina Carranza que ha sido a lo largo del último siglo el eje rector de la Política Exterior mexicana, en especial en lo que se refiere a su idea de la no intervención. Pero, ¿cuáles son sus implicaciones y límites?

En años recientes, intensos en globalización, la vigencia de la doctrina ha sido puesta en tela de juicio. Los cuestionamientos se han acentuado debido a la coyuntura por la que nuestro país atraviesa, en donde pareciera que es necesario establecer un mayor margen de acción en un mundo cambiante y lleno de desafíos.

Si bien la Doctrina Carranza es estimable, no debe tomarse como un dogma ni una imposición, sino como la expresión de algo más profundo: el arquetipo para mantener nuestra soberanía; empresa que, esa sí, debe seguir como una obligación para cualquier administración federal y que por tanto requiere a adaptar la pauta carrancista a la realidad del presente.

Los fundamentos de la doctrina que Venustiano Carranza pronunció ante el congreso hace más de cien años, en septiembre de 1918, fue antecedida por la Doctrina Calvo y Doctrina Drago que también tenían una disposición similar para enfrentar las agresiones exteriores desde las limitantes que padecían los países latinoamericanos.

Estos principios conducirían la política exterior del naciente país como ente moderno. Esencialmente consistían en la igualdad. Igualdad jurídica de los estados, igualdad de nacionales y extranjeros ante la legislación del país en el que se encuentran, leyes justas y sin distinciones dentro de la nación, así como una diplomacia que velara por los intereses universales y la no intervención.

La Doctrina Carranza fue más que nada una política de defensa. México fue vulnerable en su tiempo por su vecindad con Estados Unidos, lo cual era un riesgo por los proyectos expansionistas de las grandes potencias, como ocurrió con la traumática pérdida de la mitad de nuestro territorio tras la guerra México-estadounidense de mediados del siglo XIX.

Por lo anterior, apelar a la igualdad soberana de los estados, como una vertiente del multilateralismo, era una posición de contención. Un escudo o carta de ingenio en la lucha por la supervivencia.

Durante los primeros años del siglo XX la vulneración del territorio mexicano se había hecho patente en actos como la expedición punitiva contra Pancho Villa comandada por John J. Pershing y el desembarco de tropas estadounidenses en Veracruz. Esa enorme presión hizo que México buscara una solidaridad en América Latina. La igualdad soberana de los Estados podría traer un equilibrio en el concierto de las naciones.

Si bien México se abstuvo de participar de forma directa en la Primera Guerra Mundial, lo cual impidió su acceso inmediato ante la naciente Sociedad de Naciones, ya se vislumbraba como una pieza estratégica e importante por ser un referente petrolero y por su posición geográfica.

México no podía inmiscuirse en un conflicto de proporciones internacionales toda vez que a nivel interno no gozaba de condiciones mínimas de estabilidad. De este modo la actitud de Carranza tendió a lo neutro, pero a una neutralidad activa que marcaba el pulso en tiempos de turbulencia.

La igualdad jurídica de los estados, atribuida a la doctrina Carranza, tenía raíces en el ideario de Matías Romero, quien ya 30 años antes apuntaba a que el desequilibrio entre los estados debería desaparecer. En 1888 México firmó con Japón un tratado de igualdad jurídica. Una forma de apuntar a una labor imprescindible para el porvenir: resolver la asimetría entre los estados.

No obstante, la perspectiva de la Doctrina Carranza debe verse como un producto de su tiempo, una guía que sirve más como fundamento que como una ficha de estricta ortodoxia para resolver nuestras problemáticas geopolíticas.

Cabe destacar que con la reforma constitucional de 2011, el artículo 89 fracción X estipula la “protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales” como uno de los ejes rectores de la política exterior mexicana, un punto de igual a mayor validez que cualquier tradición anterior. México debe empezar a retomar su liderazgo a nivel regional y global.

Además, lo ocurrido a lo largo del siglo XX mostró que la política de no intervención se flexibilizó en momentos puntuales, como ocurrió durante la guerra civil española, cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas (al que López Obrador tiene como referente) tomó partido abiertamente a favor del bando republicano. Se creía que la supervivencia del régimen socialista era importante para, a su vez, salvaguardar el vínculo nacional frente a España, con quien llevábamos una relación ambivalente desde la independencia.

Entre los otros casos donde México se tomó licencias respecto a la Doctrina Carranza se puede destacar la reacción ante la dictadura de Pinochet (rompiendo relaciones y dando asilo a perseguidos políticos, incluyendo a la familia del finado Salvador Allende), el posicionamiento sobre los conflictos guerrilleros en Centroamérica coronados por la declaración franco-mexicana de 1981, así como la permisividad que se dio ante los revolucionarios cubanos liderados por los hermanos Castro a su paso por nuestro país.

Todos esos capítulos de nuestra historia correspondieron al sistema de equilibrio de poderes. Y aunque no siguieron al dedillo la Doctrina Carranza como se establecía en 1918, sí que buscaban un objetivo similar: la defensa de nuestros intereses y la contención de fuerzas adversas en nuestras zonas de influencia.

La política internacional ha variado, igual que las dinámicas de convivencia. La inmovilidad internacional ha probado ser catastrófica en casos como el del genocidio de Ruanda, mismo que dio pasos a conceptos de excepción como lo es la responsabilidad de proteger.

Durante años México se negó a participar en las operaciones de mantenimiento de la paz por parte de las Naciones Unidas, pero esto cambió durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, cuando se empezó a colaborar en el desarrollo democrático, económico y social de otros países, pero siempre teniendo en cuenta que nunca se haría desde un lado de fuerza militar.

Todo lo anterior es digno de considerar en lo que respecta a lo que ocurre con Venezuela, en donde hay más laberinto que claridad. La nueva postura de México tiene más aristas de lo que parece. Desde la Presidencia y la Secretaría de Relaciones Exteriores se ha dado un paso a una nueva vía que no se compromete con la virulencia del Grupo Lima, pero que tampoco tiene concesiones tangibles contra la dictadura de Maduro.

Habrá que ver si se toman acciones adicionales en un espacio medio, por no decir ambiguo. Quizás convenga explorar la vía del diálogo, ya que por ahora la afrenta solo ha llevado a una radicalización del gobierno bolivariano. Será entonces que se pueda revelar la utilidad de una neutralidad activa a la usanza carrancista. Igual habrá que hacer adaptaciones sobre la marcha. Eso sí, cualquier ánimo voluntarioso debe estar condicionado a una serie de compromisos que impliquen una eventual despedida de un mandatario torpe, sanguinario y demencial como es el heredero de Chávez, Nicolás Maduro. La situación es insostenible a mediano y largo plazo. Urge un cambio profundo y el gobierno bolivariano no parece estar en la labor de realizarlo.

____________
Publicado originalmente el 7 de enero de 2019.

 

Un cubetazo de agua helada para el sexenio

moreno valle

El lamentable incidente en el que Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle perdieron la vida fue un duro golpe de realidad ante lo que se avista como un nuevo comienzo tanto a nivel político como social. El percance que acabó con la vida de la gobernadora de Puebla y el senador de la República, así como el capitán de la aeronave, el primer oficial y un asistente, está aún por esclarecerse, pero desde el primer momento representó un parteaguas para los tiempos venideros.

Más allá de las especulaciones y las irresponsables teorías de conspiración que algunos ostentan como hechos, la tragedia tiró para abajo las sensaciones positivas que se acumulaban gracias al final del año, así como el comienzo de una nueva era en lo que respecta a la administración federal.

De fondo queda una lección importante. Si la posición desde la Presidencia de la República ha sido de la mantener una ilusión propia de un cambio de régimen, y si dentro de la población existe en entusiasmo por las mejoras que podrían aproximarse en el país, en cierto modo nos hemos olvidado que la política, así como la vida misma, está llena de factores imponderables y fortuitos que de un día a otro pueden desequilibrar el ambiente.

A nivel humano y profesional es una costumbre tejer espejismos a futuro que parecen fijos y a los que se suelen encaminar nuestros actos. No obstante, es común perder de vista que lo prudente es dejar un margen para la incertidumbre, esa brecha que puede cambiar de un momento a otro los planes.

Esto puede presentarse en distintas esferas y con distintos grados de profundidad. No tiene que ser tan abrupto como el accidente de un helicóptero ni necesariamente tiene que implicar el deceso de ninguna persona. Los embates pueden ser mucho más sutiles (y no por ello menos catastróficos); en la operación deben incluirse los factores internos y externos que de un momento a otro podrían desbaratar lo que se tenía de antemano establecido.

Crisis económicas, cismas en el escenario internacional, errores de cálculo, implementación deficiente de las reformas, protestas ciudadanas, escándalos mediáticos, corrupción de subordinados y lo imprevisible del crimen organizado, son solo algunas de las variables que en determinado momento podrían modificar lo que se tenía planteado en los términos iniciales.

Evidentemente nadie puede paralizarse ante la incertidumbre. Sería absurdo quedarse a medias y ceder demasiado terreno ante la duda. No hay espacio para la vacilación en lo que se refiere a la gobernanza, así que hay que partir de ciertos supuestos. Eso sí. hay que tener el temple y la seriedad suficiente para saber que no siempre una acción se ve recompensada con un resultado en concreto. Hay que asumir que estamos inmersos en complejidades y dimensiones inestables ante los que se puede ser optimistas, pero que bajo los que de ningún modo podemos estar desprevenidos.

La muerte de Moreno Valle y Érika Alonso también dejó en claro, nuevamente, el encono que existe en México, un confrontación que no da atisbo de superarse y que probablemente se radicalizará en los próximos años.

Las redes sociales se convirtieron en un espectáculo funesto. Una considerable cantidad de personas aprovechó la tragedia para sacar lo peor de sí mostrando su mezquindad y falta de consideración aun en momentos bastante sensibles para quienes conocieron a los involucrados y, en general, para la estabilidad del país.

Tanto simpatizantes como detractores de la finada pareja soltaron conclusiones disparatadas, acusaciones abyectas y se erigieron como cavernícolas faltos de educación. Quienes de plano celebraron las muertes y quienes inventaron cuentos con preocupante liviandad, sumaron toxicidad a un cuadro ya difícil de tolerar.

Moreno Valle pudo ser un mal gobernante (hay múltiples indicios que lo marcan así, aunque algún acierto igual tuvo) y solo un fanático o loco metería las manos al fuego por su integridad dentro del servicio público. Pero aun con las muy probables corruptelas y vilezas de su parte, lo mejor que podía pasar es que estuviera vivo para pagar por sus pecados bajo el cauce legal que corresponde a nuestra incipiente democracia y sistema de justicia. Alegrarse de la muerte de alguien atribuyendo a ello las bondades del “karma”, no es solo un despropósito, también es una señal de la degradación en la que se encuentra la nación en varios frentes.

Con el firme deseo de que los ánimos se serenen pronto y que la prosperidad empiece a dar señales de existencia, deseo un gran 2019 para todos los lectores y no lectores de esta columna, sean cuales sean sus filiaciones políticas. Ojalá que vengan meses más felices y menos agitados para un mundo que ya necesita de un respiro.

________

Publicado originalmente el 31 de diciembre de 2018.

La pertinencia de un cocktail

En un cocktail puede hallarse el preciosismo hecho bebida. El trago en la copa está compuesto de varios elementos que dibujan su propio ecosistema, una arquitectura compacta en la que nada debe echarse de menos. El trago exige un tono preciso. Tener propuesta o, por qué no, personalidad. Nada debe estar de sobra, aunque la rebeldía no se desdeña. El cocktail es la alquimia de alguien dispuesto a la búsqueda, ese que va más allá de lo establecido y que se atreve a dar con la combinación definitiva.

El origen del término cocktail está disputado. Una de las teorías incluso apunta Campeche, México, en donde supuestamente marineros ingleses se impresionaron cuando un cantinero utilizaba una planta llamada cola de gallo para revolver bebidas que preparaba. Así fue que, dicen unos, se popularizó el término cock’s tail para referirse a esas mezclas tan cautivantes.

En cambio otros aseguran que el colorido de esos menjurjes era el que remitía a la cola de un gallo y de ahí lo demás. Las versiones tienen igual o menor validez que tantas que se remiten a otras latitudes y a otros siglos tan lejanos como el XVIII, lo mismo en Londres que en Estados Unidos. Poco importa en realidad detenerse en ello si en cambio se puede hablar del encanto de una preparación que a lo largo de las décadas ha alumbrado días de pe a pa.

Como bien dice Javier de las Muelas, una autoridad en el ramo, el cocktail es una bebida eminentemente social. A diferencia de las ocasiones en la que se recurre a la cerveza o a los destilados sin añadidos, con la muy comprensible premura (ahí en donde no hay tiempo ni ganas por la mixología), en el cocktail hay una disposición para el encuentro, el ceder un trazo de voluptuosidad que se comparte en duelos y danzas de borrachera con la compañía, ya sea la pareja, un amigo o el bartender que cuida nuestra soledad a lo lejos.

Beber este tipo de tragos debe hacerse con cierta responsabilidad. El cocktail es una amante engañosa y tras la seducción del sabor puede llevar a quienes se acercan a una una embriaguez inconveniente o prematura. Algunas de sus versiones, como el martini seco, son una ofrenda al exceso; por eso es mejor discurrir a paso lento para que la diablura cristalina no caiga por sorpresa. Salvo que tal sea el objetivo, claro: acabar derrumbado. Muy respetable.

La baraja de opciones es tan amplia como el ingenio humano lo ha permitido. Hay cocktails para distintas horas del día y para el frío y el calor y los hay para beberse en determinados ambientes, circunstancias y locaciones específicas. Unos están destinados para la noche, otros son convenientes para disfrutarse bajo el sol en una terraza. La versatilidad es la norma y si se tiene la vena de aventurero uno mismo puede crear alguna joya disuelta que pase a la historia.

No está de más recordar que el cocktail es para rendirse al hedonismo. No hay que sentir culpa por pasar a otro plano dimensional en donde lo horrible se olvida por un rato para dar paso al disfrute. Conviene acompañar con música… con cierta música. El jazz amplifica al Whisky Sour o al Manhattan, así como soul le viene bien al mítico Gin-tonic. Más de una persona ha podido bailar gracias a las Margaritas.

La coctelería es al fin el campo de recreo de hombres y mujeres tirados al gusto. Su aparición es una constante en la obra de escritores como John Cheever o F. Scott Fitzgerald, quienes entendieron bien sus propiedades y calidad como brebaje estiloso (los años de la prohibición estimularon la popularidad de mezclas con las que se disimulaba el feo sabor del alcohol de contrabando). Un personaje del primero estipulaba que los cócteles eran el eje de la vida adulta y el segundo dijo alguna vez que gracias a ellos, tomados en suficiencia, era posible soportar las conversaciones que tanto le agotaban en las reuniones a medias.

Una buena elección en el bar de confianza confiere clase aun en la decadencia. Incluso cuando se sobrepasa el límite un buen cocktail debe verse como un líquido lejos de la vulgaridad. No es para apagarse, sino para sacar algo que se creía perdido pero que solo estaba oculto. Esa parte nuestra que, como decía Hank, es mágica y ebria y lucha todavía por un rincón en la penumbra desde donde se pueda gozar.

19_mejordormir