El periodismo no es para cínicos

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Para el reportero polaco Ryszard Kapuscinski, el periodismo era un gran ejercicio de resistencia. A su juicio, quien se dedique al oficio debe ser capaz de aguantar más allá de lo que se toleraría en cualquier otro trabajo más o menos del rango. ¿Qué otro chiflado se metería a una zona de guerra sin fusil por un sueldo mediocre, pudiendo renunciar sin sufrir consecuencias legales? Solo los empecinados como él, quien a lo largo de una extensa carrera recorrió áreas en conflicto como África, América Latina y Europa del Este.

Resulta recomendable, por tanto, que un reportero sea alguien templado y fuerte más allá de la inteligencia o don con la pluma que pudiera tener; de otro modo el talento podría desmoronarse en tiempos de crisis que es donde más se necesita lanzar artículos. Un corresponsal, decía Kapuscinski, debía tener ese balance físico y mental, ya que caer en pozos depresivos no resulta recomendable cuando hay que entregar notas a mansalva. Los acontecimientos no esperan, llegan y como tornado se van, no hay tiempo para los titubeos y más vale estar apto para plasmarlo en papel cualesquiera que sean las circunstancias personales por las que pase el autor.

De ahí que muchos de los mejores periodistas sean arrojados (aunque no todos, hay uno que otro que se desenvuelve bien desde la comodidad del sillón, pero hace falta mucha sensibilidad y cultura para lograrlo). Tal característica puede compensar lo demás. Quizás esa persona no redacte muy bien y carezca elementos mínimos para contextualizar lo que percibe. En cualquier caso, si está ahí en el momento adecuado y lo registra, puede entregar una verdadera joya que un editor hábil podrá convertir en una pieza memorable.

El periodismo, además, es un poco ingrato y funciona como un boxeo acelerado. No basta con obtener una gran victoria. Pronto hay que ir por una más. Los pugilistas tienen meses para preparar el próximo combate. En cambio quien lucha dentro de la prensa tiene que ponerse los guantes al día siguiente ya que pronto queda rebasado por el tiempo. No hay demasiado espacio para celebrar: la experiencia y la jerarquía se quiebran si no hay una renovación. Un escritor joven puede desplazar al viejo si este último se instala en el conformismo. El escritor debe permanecer en pie de lucha y no creer que su tarea está cumplida jamás, salvo cuando se retire y admita de algún modo la muerte.

Las salas de redacción de muchos periódicos están atrofiadas por viejas figuras que creen, en su confortable soberbia, que los años acumulados les ofrecen un especie de derecho. Esta gente no se actualiza y son tan pagados de sí mismos que no escuchan a los jóvenes quien bien les podrían ayudar a refrescar la mente que ya tienen tan marchita.

Muchos directores generales, por desgracia, se les compra a estos veteranos. Y así el lector percibe que la oferta de determinados diarios expide un aroma similar a la de la madera que no ha recibido el tratamiento requerido.

Lo viejos lobos de mar se cuecen aparte. Son los que ya con canas y arrugas siguen con el instinto activado. Ellos preguntan, están al tanto de las novedades y no temen rodearse de gente recién graduada que, con todos sus errores y limitaciones, cuenta con un tesoro preciado como lo es la chispa y la naturalidad. Estos hombres y mujeres mayores son los que crecen en armonía, los que adoptan el papel de un antiguo capitán que, ya sin un ojo y con una pata de palo, logra dirigir una embarcación donde bellas doncellas y jóvenes mozos ayudan a sobrellevar el embate de las olas.

Kapuscinski tiraba un sabio consejo para quien se inicia en el periodismo: si había que escribir sobre alguien, había que compartir aunque fuera un poco de la vida con él. Estar ahí. Permanecer cerca de aquello que se intenta retratar y no estar al margen de los seres humanos que componen el paisaje. Vivir en carne propia aquello que se busca plasmar por escrito. Esto implica riesgos, sin dudas, pero es la única forma de entregar algo medianamente real a la vez que permite no dejarse engatusar por testimonios viciados por el interés de un individuo.

Si se va a escribir sobre una plantación de algodón, la excelencia pide apersonarse en el sitio y mirar. Y no solo eso, si se aspira a conseguir la mayor exactitud posible, conviene incluso realizar labores por una jornada para atisbar, apenas levemente, lo que los trabajadores experimentan de sol a sol no solo un día, sino la profundidad de los años, los instantes más preciados de sus respectivas existencias.

Sacrificio y sacrificio. Esa era la posición que, a juicio del reportero polaco, debía ser asumida por los periodistas. Se trata de una profesión muy exigente, decía. “Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Este es un trabajo que ocupa toda nuestra vida. No hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto”.

Uno podría pensar que un empleo tan demandante tendría que conllevar grandes beneficios. Pero no es así, no al menos en el plano económico, aunque hay satisfacciones de otra índole que sin duda son alimento para el espíritu (no así para la cuenta bancaria). Una vocación auténtica es vital en este punto, sobre todo en los primeros años, cuando los aspirantes ganan poco por más que se esfuercen. Podría decirse que la frustración se vuelve una constante. El trabajo no termina nunca y las recompensas son pequeñas y fugaces. Sin embargo, hay una capa que empuja a estos servidores. Una fuerza inasible y no del todo explicable.

Por eso la vocación era tan importante. Los cínicos no sirven para este oficio, decía Kapuscinski en una entrevista recogida en un libro con el mismo nombre (Anagrama, 2006). El periodismo exige integridad en cada poro. Y el polaco añadía que las malas personas no pueden ser buenos en el ramo. Quien es noble tiende a ser honesto, a ser preciso, intenta comprender a los demás. No utiliza las tragedias como artificio y recurre en cambio a la empatía, una forma de entender la psicología de los personajes, esa gente a pie a quien se da voz en en lugar de caer en la tentación del reportero ególatra que asoma una y otra vez la cabeza en los textos como para el lector se acuerde que él estuvo tras los párrafos.

Curiosamente Kapuscinski no estuvo libre de la polémica. Pese a su estatus de leyenda y recibir múltiples galardones a lo largo de su vida, tras su fallecimiento en 2007 crecieron los cuestionamientos en torno a su obra que, en opinión de algunos, se tomaba demasiadas licencias. Su prosa, de tan redonda y pulida, despertó sospechas. Sus libros y reportajes eran demasiado estilizados como para corresponder a la realidad. Más de un periodista sabe que ante la carrera a contrarreloj no hay muchas posibilidades de perfección. La realidad tiene esos inconvenientes y por ello algunos terminan por aderezar con algo de ficción amistosa. Así se llenan huecos de otro modo insalvables, pero se pierde a cambio autenticidad. Se ha traicionado el pacto con el lector, quien espera no una novela, sino la máxima fidelidad del periodista respecto a lo que ocurre a kilómetros de su hogar.

Adicionalmente, poco a poco se desveló la relación laboral entre Kapuscinski y los servicios de inteligencia de su país, que aunado a una juventud marcada por la filiación comunista (llegó a escribir poemas dedicados a Stalin) disipada después, terminó por develar errores y sesgos ideológicos en su trabajo, propenso igualmente a fiarse mucho de la versión del pueblo antes que del rigor analítico. Ryszard tampoco escatimó en detalles para fortalecer su propio mito, aunque para ello dejara que se deslizaran falsedades.

Sus libros, de cualquier manera, no tienen desperdicio. Son plenamente disfrutables y continúan como referencia. Eso sí, hay que verlos con ojo crítico, como todo. El periodismo no es para cínicos, pero sí para seres humanos, con las contradicciones y los claroscuros que nos vienen de nacimiento.

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Los celos de John Lennon sobre Cynthia

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John Lennon era un manojo de contradicciones. Tan sublime como terrenal, transcurrió la mayor parte de sus días sumido en emociones angustiantes que no lograba aliviar. Pese a la imagen de santo que algunos le han querido erigir junto a canciones como “Imagine” o “Give Peace a Chance”, trajecito blanco incluido, lo cierto es que se trataba de alguien en constante agitación, producto probablemente de las penurias que vivió en la infancia como el abandono paterno y la muerte de su madre; unas aflicciones que solía desquitar con los demás y que influían en su visión del amor, la cual era eminentemente posesiva.

El fundador de los Beatles era un tipo celoso, vaya que sí. Él mismo lo admitió y las parejas que tuvo supieron bien cómo era en la intimidad. Lejos de tener una actitud concordante con la que reflejaba sobre los escenarios, donde parecía rebosante y confiado, en el ámbito personal era alguien lleno de inseguridades que a menudo se comportaba de la peor manera posible.

Cynthia Powell, la primera esposa de John, sabía muy bien cómo era. Lo padeció en carne propia. Ambos se conocieron en el Liverpool College of Art, en donde ella era dedicada y bien portada en comparación a él, un joven tirado a la rebeldía que buscaba una vez y otra desentonar y romper con el orden establecido.

John Lennon se acercó por primera vez a Cynthia en una clase de diseño de letras en la que ambos estaban inscritos. En la primera de las sesiones, cuando ya todos los estudiantes permanecían sentados y concentrados en la clase, un nuevo chico entró por la puerta. Se trataba de John, quien llevaba las manos dentro del abrigo y quien tenía una “actitud desafiante”, según describió la propia Cynthia. De inmediato procedió a sentarse en el pupitre que estaba detrás de ella.

Al poco rato, John le dio unos toques leves en la espalda. Cuando ella volteó, él se presentó. “Hola, soy John”. Cynthia sonrío, aunque en ese momento no encontró nada especial en aquel pretendiente. Él en cambio llegaría a verla como la Brigitte Bardot liverpudlian.

La relación se concretó al cabo de unos días. John Lennon era encantador cuando se lo proponía. Y era muy divertido. Cynthia terminó enganchada a él, estropeando por ello lo que era un promisorio perfil de alumna. Se dejó llevar por un novio poco dado a asistir a clases o hacer cualquier cosa que implicara alejarse de la música, los cigarrillos y el alcohol.

En la biografía que escribió sobre John Lennon, Cynthia retrató muy bien el espíritu atormentado y contradictorio de quien fue su pareja durante seis años turbulentos. John podía ser muy cruel cuando algo no salía como quería y Cynthia fue testigo y víctima de afrentas verbales que al cabo de un rato se apagaban para convertirse en mimos y cariños. La pobre estaba agobiada por ese comportamiento tan voluble y en más de una ocasión pensó en terminar con la relación. Sin embargo, algo la detenía. No dejaba de quererlo.

John Lennon era muy absorbente. No concebía que su pareja pudiera estar con alguien más y montaba en cólera cuando un hombre se acercaba a Cynthia.

Cierta vez, en una fiesta, Cynthia fue abordada por un chico alto, fuerte y apuesto. La música sonaba a todo volumen, el ambiente era obscuro y la bebida había fluído con precisión. El prospecto, a quien Cynthia había identificado como parte del departamento de escultura, quería sacarla a bailar,

Todo parecía casual y tranquilo. Pero John Lennon se dio cuenta a distancia. De pronto, a pesar de ser alguien de menor musculatura y con menos altura, se abalanzó sobre el grandulón que pretendía quitarle lo que él consideraba suyo. La diferencia física entre uno y otro no evitaron que la furia del celo ofreciera una compensación. Varios de los asistentes tuvieron que contener la trifulca.

John Lennon estaba traumatizado por el sentido de la pérdida. Quizás por ello reaccionaba como energúmeno apenas se atisbaba un riesgo para su círculo sentimental.

Del los delirios no se salvaba ni sus amigos. Cierta vez, en otra reunión en la que también estaba John, Stuart Sutcliffe sacó a bailar a Cynthia. John admiraba y quería tanto a Stu que a veces el mismísimo Paul McCartney se sentía desplazado. Pero de nada sirvió. En cuanto alguien le avisó a John que su gran amigo estaba bailando con Cyn, John se irrió al máximo.

Esta vez no tuvo manotear ni insultar. Le bastó lanzar una mirada demoledora a Cynthia para que ella dejara de bailar con un Sutcliffe que no tenía ninguna mala intención. Quienes estaban ahí también se extrañaron por la escena. La rubia tuvo que ir con John para asegurarle que le amaba y que no había razones para que se pusiera así.

John pareció entrar en razón. Pero al otro día, en la escuela, buscó a Cynthia en el baño de mujeres. Y sin decir palabra alguna, levantó el brazo y procedió a golpearla en la cara. John la abandonó a su suerte, sin añadir nada más, mostrando la bestia negra que cargaba por dentro.

La relación fue tortuosa. John Lennon era alguien que podía desapegarse sin contemplaciones. Había cuestiones que prefería no encarar. Fue justo eso lo que llevó el matrimonio al naufragio. Cuando John conoció a Yoko el impacto y la complicidad fueron inmediatos. Cynthia ya no pintaba más. Y a John Lennon no le importó guardar siquiera cierto decoro, aunque fuera por Julian, el hijo que habían procreado juntos. Simplemente se alejó y se alejó hasta que ya no se vieron más.

Cynthia describió en su libro el momento justo en el que supo que todo estaba perdido. Ocurrió en 1967, cuando los Beatles hicieron el funesto viaje a un seminario que el Maharishi Yogi daría en Bangor, Gales.

Para llegar, los Beatles y su comitiva tenían que tomar un tren desde Londres (que sería llamado “the Mystical Special” por la prensa). Por un retraso de George Harrison, Pattie Boyd y Ringo Starr, John y Cynthia llegaron tarde a la cita. Había que apurarse para no perder el tren. Cuando arribaron en auto a la estación, quedaban menos de 5 minutos para la hora de salida.

Todos descendieron rápido del vehículo y corrieron rumbo a la plataforma de salida. John dejó a Cynthia con las maletas, dando por sentado que era ella y los demás quienes debían hacerse cargo de sus pendientes. Cynthia cargó el equipaje y corrió lo más rápido que pudo. John no miraba hacia atrás y finalmente alcanzó a montarse en el vagón como el resto de la comitiva. Como el lugar estaba lleno de admiradoras, cuando Cynthia por fin arribó, fue confundida con una beatlefan cualquiera. Un policía le impidió el paso. “Lo siento, demasiado tarde, el tren está por irse”, escuchó.

Cynthia alzó la voz para pedir ayuda. John sacó entonces la cabeza por una ventana del tren. “Dile que vienes con nosotros”, le gritó John, “dile que te deje entrar”. Ya era demasiado tarde. Unos momentos después la locomotora inició la marcha y todo el séquito, excepto ella, se fue.

Plantada con las maletas, no pudo contener las lágrimas. Se sintió humillada, desplazada. No mucho tiempo después se enteraría de que John estaba enganchado a Yoko Ono, una peculiar artista japonesa.

Alguien se había quedado con ella. Peter Brown, el asistente de Brian Epstein, quien se ofreció en llevarla en auto hasta Bangor. Era un viaje largo, pero él estaba conmovido por lo que había presenciado.

“Mi llanto no era solo por haber perdido el tren. Lloré porque el incidente parecía un símbolo de lo que estaba pasando con nuestro matrimonio. John estaba en el tren, dirigiéndose hacia el futuro, y yo había sido dejada atrás. Mientras estaba parada ahí, mirando desaparecer el tren que se alejaba, sentí que la soledad que estaba experimentando en esa plataforma un día sería permanente”.

Al final fue Neil Aspinall, el fiel escudero de la banda, quien la que llevó hasta Bangor por carretera.

Cuando alcanzaron al grupo, John Lennon se acercó. “¿Por qué eres siempre la última Cyn? ¿Cómo es posible que te las hayas arreglado para perder el tren?”, le reprochó entre jugueteos que no le gustaron a ella.

Lo anterior resultó premonitorio sobre lo que resultaría un viaje terrible. Brian Epstein murió mientras todos estaban en Gales. Una sobredosis de barbitúricos (a los que se había hecho adicto) le había cobrado factura. Los Beatles tuvieron que regresar antes de tiempo. Además de ser el representante de la banda, Brian era el padrino de Julian Lennon y el testigo en la boda de John y Cyn. La historia se había partido en más de una forma.

Churchill y Hitler: un perro contra el diablo

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“Success is not final, failure is not fatal: it is the courage to continue that counts”.
―Winston Churchill.

Winston Churchill era un hombre lleno de defectos. Era feo, gordo y padecía de depresión y alcoholismo. Era propenso al llanto y también era en exceso belicoso y políticamente incorrecto. Su lengua afilada tiró más de una frase que indignaría a la mente más abierta. Comía como cerdo, fumaba con locura y tenía una relación poco cercana con las mujeres. Durante su extensa trayectoria cometió muchos errores y tuvo fracasos que pudieron hundir a cualquiera. Tomó decisiones que costaron vidas humanas y la evidencia muestra que rayó la atrocidad en lo que se refiere a algunos frentes a su cargo.

No obstante, tenía una cualidad muy importante. Y en el balance de la vida a veces basta con una cosa, si se aplica a fondo, para redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Winston Churchill era valiente.

Se trataba de un hombre de guerra. Alguien que sabía que en ciertos momentos la moderación no valía y que había que tomar determinaciones que, por dolorosas que fueran, eran la única ruta para salvaguardar la dignidad y el honor.

La llegada de Churchill al puesto de primer ministro del Reino Unido llegó, de hecho, gracias a una coyuntura de excepción. En tiempos de paz él no hubiera tenido cabida en el máximo rango, pero al borde del colapso mundial se necesitaba alguien como él. Alguien capaz de ir a por todas.

En cualquier caso no fue la primera opción para ocupar el hueco. Ni para el Rey ni para muchos otros. Lord Halifax pintaba como el sucesor natural tras la debacle de Neville Chamberlain. Pero la situación era tan caótica debido a la expansión de la Alemania Nazi, que de algún modo Halifax prefirió evadir una situación en la que se atisbaba el desastre. En tales circunstancias, con un Tercer Reich de aspecto invencible que campaba a sus anchas por Europa, solo quedaba una opción: liberar al kraken inglés, a la encarnación de John Bull. Winston Churchill, ni más ni menos.

El gran llamado había llegado. Winston Churchill creía que su destino estaba marcado y cada uno de sus días fue un paso hacia tal nombramiento. Obsesionado y acomplejado por la sombra de Randolph, su padre (el destacado político a quien intentó emular), Winston asumió el reto desbordado en emoción. Él no concebía fallar, aunque estuviera en los prolegómenos de una misión imposible.

Hitler arrasaba por entonces. Acumulaba una victoria tras otra y empezaba a acorralar a occidente. Tras cesiones contraproducentes de Francia y Reino Unido, los nazis se habían fortalecido. Y era momento de actuar. Con Estados Unidos temeroso de enfrascarse en el conflicto, con una Francia debilitada y sin rumbo, y con el mutis indignante de la Unión Soviética coronado por el lamentable pacto Ribbentrop-Mólotov, el Reino Unido estaba ante un momento crítico en el que debía definir qué hacer. La parálisis ya no era alternativa.

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Adolf Hitler contaba con una personalidad arrolladora que intimidaba por igual a enemigos que a su gente más cercana. De la furia ni siquiera se salvaba su pareja, Eva Braun, que sufría en carne propia el carácter del alemán. Hitler no toleraba que se le contradijera o que alguien afectara, aunque sea mínimamente, sus intereses. Cuando Eva osaba salirse un poco de la norma, Hitler le contestaba con brutal indiferencia. Dejaba de hablarle por días o semanas hasta que finalmente se calmaba. Ante tal maniático de discursos furibundos y de aspecto de hierro había pocos rivales que le pudieran batir.

Y había mucho menos que estuvieran dispuestos a hacerlo. El más destacado de ellos era Winston Churchill que se la tenía jurada a los alemanes desde muchos años atrás y que de forma constante alzó la voz contra lo que ocurría bajo la despiadada gestión de Hitler, en días donde la opinión pública y sus propios compatriotas no dimensionaban lo que se fraguaba detrás de aquel horroroso proyecto nacional-socialista.

En muchos sentidos Churchill y Hitler eran la antítesis el uno del otro. Hitler cuidaba mucho su alimentación (tenía problemas digestivos y una salud menguante) y no bebía. Winston, por otro lado, era un bebedor empedernido que comenzaba a echar tragos desde la mañana. El británico comía además sin contemplaciones, pidiendo que se sirviera todo en la mesa para ir picando a cada platillo a su antojo.

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Churchill comprendió pronto que la Segunda Guerra Mundial no iba a librarse solo con tanques y balas. Había que sostener una batalla a nivel retórico y moral. Ante las intimidaciones de Hitler no había que callarse ni bajar la mirada. El bulldog inglés decidió recurrir a su carisma para levantar a un pueblo que estaba echado a su suerte y con el peligro inminente de una invasión.

“El país y la raza tenían corazón de león. A mí me correspondió la fortuna de lanzar el rugido”, declaró alguna vez.

Ni siquiera quiso ceder a los coqueteos de Hitler, quien más de una vez tiró guiños al Reino Unido, país al que, en apariencia, no tenía entre sus prioridades de destrucción. Winston supo leer lo que ocurría. No podía confiar en alguien que arrasaba con el globo terráqueo. Ya se había perdido mucho tiempo y no se podía dar más complacencia a alguien que no parecía saciar sus ansias de poder y aniquilamiento.

Como bien señala Boris Johnson, la gran diferencia entre los discursos de ambos personajes es que Hitler hacía creer a los suyos que él, el gran líder, podía hacer lo que fuera. Churchill, en cambio, le hacía creer a su pueblo que ellos eran quienes podían lograr lo que se propusieran.

Fue así y solo así, gracias al ímpetu y el valor mostrado por Churchill en la arena pública, que el entusiasmo se empezó a contagiar entre la población. El Reino Unido pelearía hasta el final sin importar cuales fueran las consecuencias. Y no solo eso, disfrutarían del trayecto. La pelea no les iba a amedrentar. Cuando en julio de 1940 Churchill se dejó fotografiar sonriente (y con un puro en la boca) sosteniendo una ametralladora, la señal estaba clara. La guerra le enardecía y estaba en su hábitat natural.

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Pese a que los alemanes parecían más fuertes, Churchill decidió que nunca se movería desde la posición de debilidad. Nunca tuvo miedo a la perder.

Irónicamente, el primer ministro británico estaba acostumbrado al fracaso. Durante su carrera política y militar sufrió dolorosas derrotas (la más sonada, probablemente, la funesta batalla de los Dardanelos en la I Guerra Mundial) que, sin embargo, nunca lo derribaron. Tenía fijo en la mente que debía continuar. Tenía una misión superior. Caminar y caminar era su estrategia para dejar atrás el infierno.

No hay que olvidar que Churchill fue también un hombre muy sentimental. Alguien que que lloraba sin remedio cuando la situación lo ameritaba. Luego de pronunciar su famoso discurso “Lucharemos en las playas”, Churchill no pudo contenerse y dejó que las lágrimas escurrieran.

“Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos, y si esta isla, cosa que no creo ni un solo momento, o una parte importante de ella fueran sometidas y pasaran penurias, nuestro imperio allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica, continuará la lucha, hasta que, cuando Dios quiera, el Nuevo Mundo, con su poder y su fuerza, venga al rescate y la liberación del Viejo”.

En su primera aparición como primer ministro ante la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940, Churchill soltó otra de sus grandes perlas. No tenía nada que ofrecer salvo “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. La musicalidad de la frase en inglés anticipó lo que venía. Cinco años cruentos, pero que estaban respaldados con un hombre determinado a poner el puño en la mesa. Hitler al fin había topado con pared.

El día en que The Smiths se formaron

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Ocurrió en el verano de 1982. Johnny Marr era un joven dotado por la naturaleza para tocar la guitarra. Desde que era niño, sintió el impulso de acercarse a un instrumento, algo que pudo realizar gracias al apoyo de su familia, en especial su madre, quienes eran devotos aficionados a la música. Johnny Marr aprendió a tocar gracias a una mezcla de disciplina y don de nacimiento. Eran los años setenta, en los que la música punk agitaba el pensamiento de los jóvenes que, como él, buscaban escapar de un contexto que les asfixiaba y aburría.

Johnny Marr iba a la escuela como mera pantalla. Era bueno para las matemáticas y las letras. Sin embargo, no entraba a las clases y pronto se hizo fama de un chico rebelde. Era alguien especial también, y aunque llevaba el cabello largo y no atendía a las indicaciones, de algún modo era alguien que resultaba simpático a los profesores. En tiempos libres salía a caminar con amigos o iba de fiesta. Pero sobre todo se dedicaba a practicar la guitarra y mejorar la técnica.

Todo su dinero lo gastaba en discos y ropa. Los discos le ayudaban a nutrir su acervo de sonidos y la ropa alimentaba una faceta que ya desde entonces se le antojaba como indispensable para ser una estrella: la imagen. No bastaba con ser músico. Había que parecerlo.

Para aquel joven británico no había alternativa, tenía que dedicarse al rock. Lo intentó en cuanto pudo. Formó un proyecto con algunos de sus amigos, pero algo no terminaba de cerrar. Era consciente de su propio talento pero sabía que necesitaba algo más: un cantante, alguien que pudiera deambular por el escenario, cosa que nunca había sido su intención.

Nadie le llenaba el ojo en su entorno inmediato. Johnny Marr quería alguien que fuera bueno de verdad. Y no solo eso, alguien con quien hubiera una afinidad estética y emocional. Entre los nombres contemplados para ser cantantes de su anhelada banda desfilaron unos tales Ian Brown y Ian McCulloch. El primero fue descartado porque por esos días formó lo que a la postre sería The Stone Roses y el segundo, que amagaba con romper con Echo and The Bunnymen, finalmente continuó con los suyos.

Johnny Marr no se desanimaba y mantuvo el radar encendido. Billy Duffy, un amigo en común, le había hablado de un chico medio raruno llamado Steven Morrissey, conocido por deambular –a solas– en cuanto concierto se le cruzara. Billy Duffy había estado con Morrissey en un grupo llamado The Nosebleeds que finalmente no cuajó. En cualquier caso, reconocía que aquel cantante tenía potencial y varias coincidencias con Johnny, como el gusto obsesivo por los New York Dolls, el punk y el pop femenino de los sesenta.

Johnny Marr escuchó atento y tuvo al mentado Steven en consideración, pero no movió ficha porque no sabía cómo acercarse a él.

Una noche todo cambió. No se trató un momento épico, sino sencillo. Pero fue donde el guitarrista sintió el llamado. Marr lo contó mejor que nadie en “Set the Boy Free”, su autobiografía.

Fue como se describe a continuación.

***

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Joe Moss, el hombre que lo había acogido como mentor y que luego se volvería su representante, invitó a Johnny a ver un documental sobre Jerry Leiber y Mike Stoller, una de las parejas de composición más exitosas de la historia. Ahí ambos se enteraron cómo fue que Leiber conoció a Stoller. El primero no sabía nada del segundo, pero alguien le contó de Mike, un sujeto que componía canciones. En busca de un aliado musical, Leiber decidió que debía recurrir a Stoller. ¿Y qué hizo para conocerlo? Simple, sin decir, avisar, ni agendar cita alguna, acudió a la casa de Stoller para proponerle la idea.

Hay episodios muy simples que definen nuestra existencia de manera definitiva. Pequeña decisiones que, sin imaginarlo, dejan una huella profunda en nuestro devenir. Ese fue uno de ellos. Poner un VHS con un documental cambiaría el indiepop británico en los próximos años.

Eureka. Johnny Marr tuvo el instante de revelación. Interpretó esa historia como una señal. Tenía que hacer lo mismo que Leiber e ir a la casa de Morrissey. No había que pensárselo mucho más. Sintió emoción, ansia y vértigo. Los astros se habían alineado y había que actuar pronto. A la mañana siguiente, a través de amigos en común, consiguió la dirección de su prospecto. 384 Kings Road en Manchester, Inglaterra. Desde antes de ir supo que estaba ante el suceso que lo definiría.

Un chico llamado Pommy fue quien le sopló tal domicilio. Johnny Marr le pidió que le acompañara. ¿Cuándo irás?, preguntó Pommy. Johnny Marr le dijo que en ese mismo momento.

Johnny Marr estaba rebosante de confianza. En cuanto llegaron al hogar marcado en la dirección, procedió a tocar la puerta. En un principio nadie abrió, así que volvió a tocar. Una mujer les abrió. Pudo ser Elizabeth, la madre de Morrissey o Jackie, su hermana. Johnny preguntó por Steven. “Iré por él”, respondió ella.

Morrissey apareció al fin, como saliendo de una cueva. Los autoinvitados se presentaron. “Hola, soy Johnny… y bueno, ya conoces a Pommy”. Morrissey saludó a Pommy y después saludó a Johnny con gentileza. “Un gusto conocerte”, dijo. A Johnny le llamó la atención la dulzura de aquella voz. Decidió ser sincero y directo. “Perdona por venir a presentarnos así a tu puerta”, dijo Johnny, “pero estoy formando una banda y me preguntaba si querías ser el cantante”. Morrissey les dijo que entraran y pasaran a su habitación.

El prospecto de cantante era un joven desesperado. Morrissey se la pasaba viviendo entre libros, películas, discos y anhelos frustrados. De seguir así, lo más probable es que hubiera acabado sin mucha trascendencia. La gente le agobiaba, aunque al mismo tiempo deseaba la fama y fortuna que tenían sus ídolos. Era alguien con amigos contados y que no sabía qué hacer con su vida.

Morrissey era famoso en el circuito independiente por su carácter apartado y por sus ínfulas literarias. La mayor parte del tiempo estaba recluido en su habitación, desde donde escribía cartas a NME y configuraba poemas y letras que soñaba algún día convertir en canciones. El problema es que era muy reservado. No sabía cómo promoverse a sí mismo y llegó a vislumbrar un futuro en el que trabajaría como bibliotecario hasta morir.

La propuesta de Johnny Marr alumbró el panorama de Morrissey. Al fin tenía una oportunidad. Era la única forma en la que podía salir del marasmo en el que se encontraba: que alguien más lo impulsara a abandonar la celda familiar. Años después, Morrissey lo reconocería. Pese al distanciamiento, pese a las diferencias, admitió que Johnny estaba lleno de una energía y un entusiasmo que lo contagió. Y de no haber sido porque él se presentó a su casa, era posible que él nunca hubiera salido de su distrito postal.

Morrissey estaba inundado de inseguridades y desconfianza. Las palabras de Marr lo convencieron de que debía actuar y dejarse de tonterías. Simbólicamente, fue como si el joven guitarrista lo hubiera sacado de las greñas para que se pusiera a cantar y soltar todo aquello que guardaba en su corazón.

En realidad ellos ya se habían conocido —fugazmente— unos años atrás, en 1978, durante un concierto de Patti Smith. El propio Billy Duffy los había presentado. Johnny Marr tenía por aquel entonces apenas 14 años y se sentía tan apenado de ese primer encuentro que prefirió obviarlo aquel día, con la ilusión de que Morrissey no lo recordara. Pero vaya que Morrissey lo tenía en mente. No conocía a muchas otras personas.

La conexión entre Morrissey y Johnny se dio enseguida. Los dos compartían gustos musicales y cinematográficos, aunque también eran contrastantes. Tenían personalidades distintas. Sobre todo los unía era el amor por la música. El punk engendrado en Nueva York, así como la música pop de los años cincuenta y sesenta. Una combinación agridulce que formó a la banda más influyente de su tiempo.

Dentro de la habitación, se dio una conversación larga y sin silencios incómodos. La empatía fue absoluta. Se contaron sus vidas y aspiraciones mutuamente. Rieron, se maravillaron, se conmovieron. Por fin había encontrado a alguien con quien entenderse. Pommy fue testigo, sentado a lo lejos en una esquina, de un encuentro bello y mágico. No quiso interrumpir.

En determinado momento, Morrissey le preguntó a Marr si quería poner un disco. Johnny procedió a explorar la colección de Morrissey, que para su sorpresa, estaba compuesta por las mismas bandas que le gustaban a él.

Johnny Marr tomó un sencillo de las Marvelettes. “Buena elección”, le dijo Morrissey. Y Johnny Marr puso el lado b. La canción se llamaba “You’re The One” (“Eres el indicado”).

Y fue así que nacieron The Smiths.

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La importancia del café

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Tomar un café por las mañanas es una actividad que ofrece más de lo que en un principio parece. En cualquiera de sus formas, se trata de un acontecimiento especial. No es como darle a cualquier otra bebida matutina como el agua, la leche o los jugos de frutas que pasan rápido y con intenciones más bien alimenticias o de combate a la sed. Con el café es distinto. En él se busca algo más. Una revitalización, un acompañamiento, un alivio. Un río de alta temperatura que reconforta nuestro interior.

Recurrir al café no se limita a dar un conjunto de tragos. La experiencia incluye todo un paquete de sensaciones. La preparación, el aroma, el último toque… todo contribuye a elevar el espíritu. El trago debe ser lento y profundo, un trance para el alma en convulsión. Incluso sostener el vaso o la taza es un placer.

¿Cómo tomarlo? Al gusto de cada quien, faltaba más. Con leche, con azúcar o con un toque de cianuro, si se prefiere. O solo, que está muy bien así. Pero conviene no convertirse en uno de esos seres despreciables que a la primera oportunidad presumen que ellos lo toman sin ningún añadido, como si por ello merecieran de una fanfarria comunal.

El café es un desayuno elegante, además. Frente la indecencia de algún plato abultado y cremoso, la simpleza de un taza muestra la distinción de quien lo porta. Una oda a la contención. Dejar la nutrición para la hora de la comida y para quienes aspiran a llevar una vida saludable. Lo único que se echa en falta es un trazo de energía. Café y la lectura del periódico, he ahí un almuerzo estupendo.

Y hay más. Basta el aroma de los granos de café recién molidos para que cualquier sitio se vuelva acogedor. Incluso un cuchitril inhóspito se torna digno si hay una fuente para beberlo.

La taza humeante es un símbolo de la civilización y un estímulo para continuar en la resistencia. El café es bebida versátil: social y también para solitarios. Quien quiera prolongar el encuentro, que pida una segunda ronda (“una taza más de café antes de que me marche”, decía Bob Dylan en una de sus canciones).

El hombre desamparado encuentra en el café un beso líquido que al quemar cierra cicatrices.

Gertrude Stein lo expresaba bien cuando decía que el café trascendía a la apariencia. No es una bebida, el café es un suceso. Una pequeña dimensión, una medida de tiempo. Balzac atribuía al café una serie de bondades, ya que al consumirlo sentía que las ideas empezaban a moverse como un batallón en tiempos de guerra. Con él, se agolpan los recuerdos y la artillería creativa suelta sus mejores inspiraciones.

Americano, espresso, latte, cappuccino, cualquier variante se escucha como una suave patria. Y en cualquier lugar donde uno se sienta perdido, la cafetería se divisa como un salvamento, un refugio donde espera la comodidad de un sillón y la dulce compañía de otros bebedores. Damas y caballeros pausados, conversadores de la justa medida.

Albert Camus: el amor y el exilio

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El exilio fue la constante en la vida de Albert Camus. Un exilio espiritual, físico y emocional. Nacido, en Argelia, nunca se libró de la sensación de “no pertenecer”. A diferencia de otras figuras de su época, él no se educó en escuelas ni universidades de élite; cursó la educación media-superior en el liceo de Argelia, una institución muy limitada en comparación al Lycée Henri IV, al Lycée Louis-le-Grand o todas esas “grandes écoles”, en donde se instruyeron Michel Foucault, Alain-Fournier, Jean-Paul Sartre o Jacques Derrida.

Camus tampoco fue aceptado en su momento para estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas de París. Acabó por cerrar su educación formal en la Universidad de Argel, la única ciudad a la que veía como un verdadero hogar.

El autor de “El extranjero” no veía su condición provinciana como algo negativo, al contrario. Siempre agradeció a todas esas personas sencillas que se atravesaron en su camino y que conformaron para él una alta concepción de la ética y la moralidad. De hecho Camus prefería juntarse con la gente de a pie antes que con la clase intelectual que tanto le aterraba y a veces asqueaba. Conversar con niños, trabajadores, campesinos y futbolistas era para él más satisfactorio e instructivo que escuchar la enésima perorata que los filósofos tiraban desde cafés citadinos. No por nada, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, decidió enviar la famosa carta de agradecimiento a Louis Germain, uno de sus profesores de la primaria a quien le agradeció por la inspiración y servicios prestados con una humildad inaudita para alguien de su calibre y estatus. Germain fue quien convenció a la familia de Camus para mantener al pequeño en la escuela y no ponerlo a trabajar, como requería la economía del hogar. La familia tuvo que hacer un enorme esfuerzo, pero finalmente hicieron caso a aquel tutor insistente que confiaba en el potencial de ese niño que acabaría por darle la razón.

“Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

***

Como no podía ser de otra forma, Albert Camus encontró el amor en otra exiliada, la actriz María Casares, quien luego de la guerra civil española tuvo que escapar a Francia, en donde llevó una prolífica carrera en el mundo del teatro. Se conocieron en marzo de 1944 y consumaron el amor el 6 de junio de ese mismo año, en los albores de la segunda guerra mundial. Unas horas antes los aliados habían llevado a cabo el histórico desembarco de Normandía para rescatar uno de los pilares de la civilización occidental que estaba invadido por nazis.

Camus estaba casado por entonces con la pianista y matemática Francine Faure. Pero Camus y Casares pudieron gozar de una relación temporal ante su ausencia. Francine se encontraba refugiada en Argelia debido a la tensión bélica que asolaba al país galo. Pero cuando ella al fin regresó a París a finales de ese mismo año, el par de amantes tuvo que cambiar la dinámica. Decidieron terminar; dejarlo así, como un amor de verano. Lo más conveniente era que cada uno siguiera a lo suyo. Ella con la actuación y él con la escritura, su esposa y los dos hijos que tendrían en septiembre de 1945.

Todo parecía acabado entre la actriz y el escritor. Acaso todo quedaría como una historia que tendrían que guardar en la memoria, como un tormento inconcluso. Pero en 1946, curiosamente otro 6 de junio, ocurrió lo extraordinario. Camus caminaba por el Boulevard Saint Germain cuando por casualidad fue topado por Maria Casares. El encuentro fortuito, luego de largo tiempo de no verse, exactamente 2 años después del ascenso de su amor, fue interpretado como una señal. El cariño y el deseo no se habían ido. Esta vez decidieron que los compromisos circunstanciales no los iban a detener. Aunque fuera en lejanía, iban a continuar con el vínculo.

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Camus y Casares tuvieron ires y venires, se veían muy esporádicamente. La cercanía se mantuvo más que nada por vía epistolar. La pareja se escribió cartas por más de 12 años. El contenido de las misivas no ha sido editado en español, pero Stephanie LaCava, editora de Small Press Books, ha recogido varios fragmentos en inglés.

Así fue posible darse cuenta que María Casares fue un soplo de aire fresco para Camus, quien confesaba sentirse embebido y fascinado por aquella chica española que le había cambiado la concepción de la realidad. El francés se había llenado de buenas sensaciones gracias a ella; odiaba menos, aceptaba más y, en sus propias palabras “había aprendido a vivir”.

Camus, sin embargo, se sentía agobiado. Creía que no estaba ofreciendo lo suficiente. A sabiendas de la distancia, de la vida matrimonial que llevaba y las responsabilidades que tenía por condena, Camus estaba apenado por lo que ofrecía a una chica tan extraordinaria. “Este amor desafortunado no es lo que mereces”, le dijo en una memorable línea de sus cartas.

En muchos sentidos, Camus veía la relación con Casares como algo irracional, casi tonto. Tenía a dos mujeres (y otros deslices pasajeros) a cada extremo de una cadena irresoluble que avanzaba sin más. Otras veces Camus asumía tal condición. La vida era absurda de cualquier modo. Qué más daba dejarse llevar por ello si había placer y amor de por medio. “En ti encontré una fuerza de vida que creí haber perdido. Eres el único ser que me ha reducido a lágrimas”, le confesaba a María.

Pese a todo, Albert Camus no se divorció por el respeto ceremonioso que sentía ante el compromiso. Había establecido una proximidad oficial con su mujer y había que ir hasta las últimas consecuencias. Albert Camus se negaba a renunciar, sin saber que en el amor eso podía tener un doloroso efecto secundario. Francine Faure sufrió por la simulación más de lo que probablemente hubiera padecido con una separación. La esposa de Camus sabía de la infidelidad que su marido sostenía a larga distancia. No reclamó demasiado y más bien interiorizó la aflicción hasta caer en un cuadro depresivo que la llevó a un intento de suicidio. Lo más probable es que María Casares fuera el amor definitivo de Camus.

Y vaya que necesitaba de un fuerte amor. A mediados de siglo Albert Camus se encontraba en un momento complicado. Pese al aura estelar que le había otorgado el éxito de “El extranjero” y “La peste”, pronto la confrontación con Sartre lo convertiría en un proscrito de la intelectualidad francesa, tan sumida en dogmas en esos días. Camus rechazaba el compromiso político y defendía la duda a ultranza, el alejamiento. La posibilidad de decir “no”.

Por eso rompió con la izquierda, la que demandaba el aceptar un liderazgo y llevar una postura comunal. Camus tenía el desapego como núcleo. Se negó rotundamente a apoyar a regímenes totalitarios por más novedosos o deslumbrantes que parecieran en un principio. Las intenciones no bastaban, había que exigir resultados. Para él había que criticar y no dejarse embaucar por lo que decía una panda de demagogos.

Por lo anterior fue cada vez más apartado por otros escritores de su generación. De algún modo no pertenecía. Era ajeno. En plena batalla ideológica a escala mundial, la mayor parte de los intelectuales franceses, a la estela de Sartre, mantenían la obsesión por una revolución malentendida a la que había que apoyar a toda costa.

No había compromiso intelectual, sino militancia. Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros cerraron los ojos y callaron ante los excesos del imperio soviético y sus satélites. Cualquier francés que no aceptara tales condiciones era purgado de los círculos sociales. Fue el caso de Camus, cuyos trabajos fueron criticados con severidad por parte de Sartre hasta casi vetarlo cualquier medio en el que tuviera influencia.

Camus, en cambio, se refugiaba en la duda y en la individualidad. Visto a distancia, no parecer francés lo vuelve un ejemplo destacado de lo que significa el proyecto francés en su ideal de incluyentismo. Ya en “El mito de Sísifo”, Camus había mostrado su parecer sobre el extranjero, aquel que ante un mundo indiferente y sin luces se siente desposeído. Una división entre el ser humano y lo que tiene. Un desajuste. Una perpetua anomalía.

Camus vivía agobiado por inseguridades y el enorme peso de la responsabilidad, como definía Tony Judt en un ensayo brillante. El amor entonces era un alivio. Maria Casares lo animaba y a través de cartas y postales lo impulsaba a seguir. “Escribe y escribe”, le pedía, al tiempo que le remarcaba lo importante que sus letras eran para que ella, a su vez, aguantara sus pesares.

La vida como absurdo, en esa cruel indiferencia deparó un abrupto final para la relación. El 4 de enero de 1960 Camus se dirigió a María Casares para anunciarle su ansiado encuentro que llegaría pronto. Llevaban largo tiempo sin verse. “Bien. Última carta. Solo para decirte que llego el martes. Pronto… mi espléndida”.

El abrazo ya nunca llegaría. Camus murió en un accidente automovilístico antes de emprender el viaje. En uno de sus bolsillos iba el boleto de tren que estaba destinado a llevarlo con su amada.

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El auge de los tontos útiles

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En el ámbito político se conoce como tontos útiles a aquellos seres que, sin darse cuenta, le hacen el juego a determinados grupos políticos que a través de sutiles hilos de adoctrinamiento, logran hacerse de un séquito de luchadores; peones involuntarios que sin retribución alguna dan la vida por causas más siniestras de lo que sus apologistas alcanzan a ver.

El origen del término no queda claro. A nivel popular se le atribuye al dictador e ideólogo Vladimir Lenin, pero no existe constancia seria de que él la haya utilizado alguna vez. En cualquier caso, suele aplicarse a simpatizantes del socialismo o del comunismo más rancio, quienes sin reparar en su condición acaban nutridos por consignas por las que luchan ahí a donde quiera que van.

Aquí hay que marcar una diferencia. No toda la izquierda puede encapsularse en dicha categoría. Dentro de ese espectro hay seres pensantes quienes se apegan a la evidencia y que saben identificar cuando los de su propio campo se equivocan. No temen cuestionarse a sí mismos ni a los además. Saben rectificar y elevan la voz cuando aquellos a los que apoyaron terminan por fallarles. Su voto no confiere una carta blanca a nadie y desde el primer día se convierten en opositores de lo errado. Ojalá todos fueran así.

El tonto útil en cambio es un duendecillo voluble que cambia de marcha dependiendo del son que le marque la élite a la que se subordinan. Un día son entusiastas de la soberanía de la educación pública, pero al otro día solapan la baja presupuestaria de las universidades y pueden menoscabar su autonomía si es que así conviene a los intereses de los camaradas en el poder.

El tonto útil podrá haber sido en el pasado un férreo detractor de las Fuerzas Armadas, pero pronto hallará alguna acrobacia discursiva para defender su posición como garantes de la seguridad pública si es que así lo dispone la nueva directriz de la administración.

Detectar a un tonto útil es muy sencillo en la actualidad. Se encuentran repartidos en amplios espectros de la vida en sociedad, defendiendo causas (en teoría) indefendibles a través de torpedos dialécticos que dirigen sobre aquellos que les ha marcado alguien de más arriba.

Se suman a campañas virales, golpetean desde sus espacios de hormigas obreras, reciben aplausos de los camaradas. Se entronan en una pedantería bastante chueca.

Estos reclutas de la política apuntan contra las instituciones, así como se enfrentan a las voces críticas y a los inconformistas que osen ir contra la corriente del amado líder. Lo hacen con un manto de supuesta independencia intelectual ya que se ven a sí mismos como entes ajenos a la manipulación. No se dan cuenta que ellos mismos llevan enraizado un virus que les fue inoculado a través de refinadas maniobras de ingeniería política por parte de la cúpula.

Los tontos útiles que mejor saben moverse en la indecencia son absorbidos por la jefatura. Su vocación de lamebotas encuentra al fin una recompensa cuando entran en la nómina del sistema. A veces acaban por darse cuenta de su condición. Pero por orgullo o conveniencia les cuesta trabajo rectificar. Permanecen montados en el burro, atendiendo únicamente a lo que favorece a la doctrina. Callan frente a lo que antes les hacía saltar como babuinos.

Eso sí, estos jornaleros no suelen subir demasiado en el organigrama. Los beneficiarios de su sacrificio, los que en verdad mandan, saben que lo mejor es dejarlos en el coliseo de la podredumbre, ahí donde luchan con ferocidad y ponen el pecho al estercolero. Todo sin reclamar ni tocar nunca con el pétalo de rosa a quienes les tienen ahí.

Son ellos los más repudiables y siniestros, también los más hábiles. Los que pululan en redes sociales y medios de comunicación: la primera línea de la barbarie con una impostada superioridad moral que, por desgracia, muchos les compran.

A la par existe otra estirpe. Ludwig von Mises los llamaba “inocentes útiles” (aunque igual lo atribuía a la jerga comunista). El economista consideraba que ellos eran simpatizantes “confundidos y mal orientados” quienes se horrorizarían si vieran los fines últimos de aquellos a los que secundan. Se podría decir que son demócratas auténticos que desafortunadamente se dejan seducir por figuras que solo son rectos en la superficie. Gente bienintencionada, que apela a las causas justas de fondo, que sin embargo sirven a lobos vestidos de corderos.

Con ellos vale la pena entablar un acercamiento y dar la lucha. Hay que respetar sus posiciones y encontrar los puntos en común a partir de los cuales se puede establecer un diálogo fructífero.

Es difícil que cedan en un principio e incluso es difícil que rectifiquen a largo plazo. Han entregado años de su vidas y convicciones a causas que de pronto pueden revelarse como fraudulentas. Es complicado encajar algo así. Por eso pueden parecer irracionales en algunas ocasiones, cegados ante una realidad que se convierte en un balde de agua fría para su idealismo.

Y aun así son los que pueden llegar a reaccionar a la altura de su nobleza, los que guardan dignidad en el pecho. Si el debate es respetuoso y adecuado, se convierten en insurgentes capaces de dar la vuelta y decir ‘no’ a quienes han traicionado los principios de la honradez y la justicia.

Quienes conforman la regencia no tienen que recurrir a la vulgaridad de las contrataciones en masa. Tampoco tienen que amenazar. Ni siquiera tienen que ceder un pedazo del pastel si es que logran imbuir la distorsión en una parte del pueblo.

Identificar dicha dinámica es pertinente en una época como la actual, donde desde distintos flancos en el mundo se conforma un frente lleno de abyección en donde ya no importa tanto la benevolencia sin distinciones, sino causar división y encono entre hermanos.

Los individuos haremos bien si les amargamos la fiesta. Si en vez de pelear, nos unimos como ese contrapeso tan útil que es la lucha como ciudadanía. Esa que sabe que por encima de cualquier político está el país que nos pertenece a todos.

 

Ser austeros con la austeridad

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La austeridad es uno de los mayores ejes rectores del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Fue una de sus promesas como candidato y es una de las medidas que, en el discurso, ha sostenido como presidente de México. En un país carcomido por la corrupción y los abusos de los poderosos, se trata de una línea de acción loable pero que en la planeación y ejecución no está exenta de huecos, inconvenientes y polémica.

En términos generales el ahorro es algo positivo. Ajustar el gasto y actuar con menos recursos resulta positivo si es que ello permite que la ciudadanía pague menos impuestos y conserve así mayor dinero en sus bolsillos. Sin embargo, para lograrlo es necesario cortar de manera quirúrgica lo excedente, a la vez que se poda sin clemencia las ramificaciones que no funcionen para el Estado. También implica sacrificios que en un país con el rezago y pobreza de México acaso no sea posible asumir.

El planteamiento de López Obrador deja algunas señales positivas. Pero también preocupa en términos amplios en donde la austeridad parece más un dogma que no repara en las consecuencias que podrían resultar más costosas en el largo plazo. En tal sentido, el fundamento parece más político que una medida que brinde certeza económica.

No hay, de hecho, austeridad propiamente dicha. Se acumulará más deuda (cerca de 500 mil millones). Los recortes en algunas zonas son para redirigir las monedas a otro cofre. No siempre el más productivo de todos.

Por ejemplo, las críticas a los sueldos de los integrantes del Poder Judicial de la Federación, incentivadas por la actual administración, causaron un debate encendido desde hace días. Se trató de un episodio donde la pretendida austeridad puso en jaque un bien mayor, como lo es la garantía de que una nación debe tener de contrapesos libres e independientes.

Los ministros pueden ser personajes antipáticos y la paga que reciben puede resultar chocante para quienes llevan años en marcha sin conseguir una remuneración digna, pero debilitarlos a través de un movimiento administrativo conllevaría efectos secundarios mucho peores que el desgaste en la nómina de la que son beneficiarios. La división de poderes es irrenunciable y aunque lo relativo al salario de los ministros puede discutirse con seriedad, limitarse a ello es mirar al dedo que está apuntando al sol.

Para hacer más eficientes los gastos, más que bajar sueldos se tendría que reducir el personal y las dependencias a lo indispensable. Tener a los mejores y pagarles bien, muy bien. No a lo que indica un tabulador basado en la primacía de un mandatario, sino a las lógicas del mercado. Varios de los mejores elementos del servicio público podrían abandonar sus puestos si resienten su bolsillo y reciben mejores ofertas en el sector privado. El daño no es abstracto, bueno fuera si otros pudieran cumplir exactamente el mismo papel por menos dinero. Pero no es así. Carecer de profesionales de primer nivel y llenarse de una mediocre estirpe podría salir más caro a largo plazo: un desempeño deficiente dilapida más que cualquier paga mensual, por alta que esta sea. “If you pay peanuts, you get monkeys”, dice un viejo proverbio inglés.

Hay que decir, empero, que parte de esta mala percepción es culpa del propio Estado que a lo largo de las décadas no ha logrado implementar políticas públicas que satisfagan a la población o mejoren sustancialmente su modo de vida.

El golpe que implican los recortes queda bien ejemplificado en lo que respecta a los miembros del Servicio Exterior Mexicano. Los diplomáticos de carrera que habitan en el extranjero tienen gastos mayores a los que tienen los funcionarios en el interior de la república. Vivir en Londres, Tokio o Singapur implica un desfalco mayor que no puede sobrellevarse en los mismos términos que los de los trabajadores que habitan en México. Pues bien, a ellos se les ha quitado el apoyo que se les daba para renta y colegiatura de hijos menores de edad. Como ha mencionado el embajador Agustín Gutiérrez Canet, “es injusto y absurdo aplicar criterios de austeridad donde ya hay austeridad. Es hora de rectificar dicha injusticia. El Estado mexicano debe proteger, no infundir zozobra, en quienes son sus leales y antiguos servidores: los diplomáticos de carrera”.

El Proyecto de Presupuesto para 2019 pone en evidencia esa disparidad que existe en el criterio aplicado a las finanzas públicas. La austeridad no afecta al gasto en Comunicación Social que aumenta un 39 por ciento respecto al año anterior (los ya de por sí altísimos 2 mil 953 millones del último año de Peña Nieto), pero sí pega de lleno a la educación de nivel superior. Conacyt recibirá, si se aprueba el paquete, casi un 13 por ciento menos de presupuesto (2 mil 500 millones de pesos) de lo que recibió el año anterior, eso sin contar el hecho de que la nueva titular, María Elena Álvarez-Buylla, pretende dar un mayor apertura a las humanidades, lo que podría debilitar aún más los proyectos de alto valor agregado como los que están relacionados con la ciencia y la tecnología a donde se dirigen los países que aspiran al desarrollo.

La UNAM, El Colegio de México, el Cide, el IPN y la UAM reciben también importantes recortes que van del 1.2 al 4.8 por ciento (en variación nominal, en términos brutos es aún mayor), un golpe sensible que corta las alas a investigadores y alumnos. La UNAM, uno de los grandes bastiones de López Obrador y de la izquierda en general, ya ha emitido un comunicado en donde manifiesta su preocupación por el recorte millonario que pondría en riesgo su funcionamiento inmediato.

Órganos autónomos como el INE (-35 por ciento), CNDH (-6.6 por ciento) e INAI (-17.9 por ciento) también se desploman sin que se tenga muy claro cuáles fueron los criterios para reducir los presupuestos (salvo en el INE, donde el cambio abrupto es entendible por no tratarse 2019 de un año electoral), que, según se ha dicho, fueron promovidos por las mismas áreas e institutos, pero bajo una esquema que desde el ejecutivo orientó dichos cambios. Derechos Humanos, Transparencia y Democracia son pilares de la sociedad en aparente descuido, lo mismo que la Cultura que recibirá 500 millones menos de pesos pese a que quienes viven de ella han sido uno de los promotores que tradicionalmente más han apoyado a la izquierda.

Los recortes mencionados, que serían el orgullo del orden “neoliberal” que se erigió como el villano favorito de la cuarta transformación, tendrían cierto sentido dentro de un esquema de reducción del Estado, una plan que de manera responsable redujera el tamaño de la burocracia y de todo lo que está de más. Aquí, sin embargo, no es el caso. Se mantiene el tamaño de un gobierno artrítico y se apuesta a sectores a la baja como el petrolero. En cambio se pega de lleno a algunos de esos pocos espacios en donde la sociedad puede recibir de vuelta los recursos a los que ha contribuido a través de su bolsillo.

Duele ver que mientras los partidos políticos recibirán 11 mil millones de pesos para su funcionamiento tanto a nivel federal como local, los programas que atienden la violencia contra las mujeres son recortados. Aunque lo de los partidos está marcado en la ley, en el Congreso, donde Morena campa a sus anchas, no se tuvo la prisa por reformar como se hizo con otras minucias.

La decisión de cancelar el Aeropuerto de Texcoco es otra muestra de cuando la politiquería le gana a la sustentabilidad. Dinero relacionado con el proyecto se perderá por miles de millones, mientras que por otro lado se habla de moderación. La idea del Tren Maya, realizado sin estudios de fondo, traerá menos beneficios a nivel de economía global pero igual se tiene por por prioridad sin atender a todos esas mismas reservas que se le hicieron a Texcoco.

Si bien se realizan recortes a las puntas de distintos sectores, a otros se les sirve con cuchara grande. No hay armonía dimensional. Al rubro de Trabajo y Previsión Social se le pretende asignar un brutal e histórico aumento de más del 932 por ciento, pasándolo de los 4 mil 192 millones de pesos a 43 mil 269 millones de pesos. Esto sería loable si todo ese dinero lograr volver a donde provino: la ciudadanía. Pero habrá que tener la mirada bien atenta para que ni un centavo quede anclado a un sistema clientelar o que se vea roído por intermediarios.

La austeridad en las esferas gubernamentales es una vía plausible para empoderar a la población, pero hay que añadir otros elementos a la fórmula si es que se aspira a trabajar con responsabilidad y con pragmatismo a largo plazo. Lo barato sale caro, dice otro refrán que, aunque sencillo, refleja una dura verdad.

Andrés Manuel López Obrador y su equipo tienen la oportunidad de llevar al país al siguiente nivel, aquel que merece. Para ello deberán reflexionar sobre cada paso que den en las planeaciones internas. No dudo en ningún momento de sus buenas intenciones a las que espero sepan acompañar de mesura y de las muy normales enmiendas que deben hacerse sobre la marcha. No tiene nada de malo corregir en el camino, lo malo es el empecinamiento.
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Publicado originalmente el 17 de diciembre de 2018.

El PRI y el PAN siguen en la lona

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Andrés Manuel López Obrador permanece en estado de gracia. Con sus errores y aciertos, sabe que aún se encuentra en un día de campo prolongado. Algunas de sus decisiones han causado crítica en redes sociales y entre determinados especialistas; e igualmente algunas de las medidas de su partido han sido frenadas por las minorías que hay en las cámaras y por el cortocircuito que tienen con las leyes… pero en el fondo sigue teniendo un crédito enorme tanto por la popularidad que lo respalda, como por otro hecho fundamental: el resto de los partidos sigue a la deriva a nivel discursivo e incluso ideológico.

El declive del PRI, PAN y PRD, otrora los grandes partidos, no comenzó en las pasadas elecciones federales. El desgaste vino de años atrás, en un consabido proceso de descomposición que la ciudadanía no soportó más. Tras décadas de succionar lo que se podía desde posiciones de poder, los políticos de dichos partidos entraron en una dinámica en la que la práctica del despilfarre se convirtió para ellos en la normalidad.

La pillería, el influyentismo y el agandalle eran la pauta, una cotidianidad que probablemente ni siquiera los políticos percibían en su justa dimensión de tan habituados como estaban a ella. Tal conducta es lamentable y aunque los ciudadanos lo vieron como una realidad durante décadas, jamás se acostumbraron a ser dominados por un régimen corrupto.

Si hay algo que hay que agradecer a la irrupción de Morena —más allá de sus evidentes yerros metodológicos— es que como formación rompieron de tajo una forma de entender la política. Habrá que ver si al final cumplen (se están estrenando en las grandes ligas y el paso del tiempo tiende a marchitar los ideales), pero al menos discursivamente instalaron la idea de que ellos no iba a abusar de sus privilegios y que, por el contrario, iban a reducirlos en beneficio de quienes a final de cuentas ponen el dinero: los mexicanos de a pie, esos que están a la espera de algún estímulo a sus esfuerzos.

Por ahora hay síntomas preocupantes que desmontan la pantalla. Morena no es un partido conformado precisamente por jóvenes y en la cúpula del mismo hay algunas figuras cuestionables que por su larga trayectoria tienen una cola con la que pueden tropezar. También hay quienes se niegan a renunciar a sus prerrogativas, no al menos de forma radical. Hay otros elementos, en cambio, que sí representan, al menos, un rostro fresco. Sea como sea, el movimiento de López Obrador ha sabido capitalizar la idea de austeridad y no son pocos los que se la compran.

Por tal motivo los partidos tradicionales tienen complicado resurgir. Más allá de algún chispazo que puedan tener en entrevistas o en tribuna (Romero Hicks, Claudia Anaya y Enrique Alfaro los tienen y los tendrán), es difícil que la mayoría les crea. El agotamiento es tan grande que, sin importar las reformas o los cambios de dirigencia, es poco viable romper un estigma ya muy arraigado. En cuanto a percepción, cualquier voluntad queda anulada por la sombra de un pasado que fue ingrato para los votantes.

Las élites de cada formación, además, no han sabido dar un paso al costado y, muy al contrario, mueven aún hilos a la sombra, sin que por ello sea invisibles al escrutinio público. Es por aquello que Andrés Manuel y su comitiva les tienen comida la moral.

Para el PRI, PAN y PRD parece haber solo una forma de volver a la vida: esperar a que Morena caiga en equivocaciones y excesos para erigirse, entonces sí, como la antigüedad confiable. Se trata de una de las tretas más tradicionales y siniestras de la política (en la que izquierda y derecha han caído, en mayor o menor medida), confiar en el fracaso ajeno —y promoverlo— para así cobrar con intereses. La jugada, habitual en varios países, implica torpedear años enteros en los que se desperdician oportunidades para el mejoramiento del país en pos de conseguir un ascenso faccioso. Durante el período de México dentro de la democracia, consolidado hace uno 20 años, se han dilapidado proyectos importantes de ese modo. En Morena lo saben.

Ahora bien, el descrédito de los partidos tradicionales es tan grande que ni siquiera esa movida podría ser suficiente. Incluso podría hundirlos más si se crea la percepción de que están yendo contra los intereses del pueblo, mismos que Morena logró asociar a sus colores.

A largo plazo la manera más probable de ofrecer una competencia real y un contrapeso dentro de la partidocracia, es establecer una nueva formación. Un partido que, al menos en apariencia, esté desligado de huellas de infamia, esas con las que el poder dominante logra desarticular fácilmente cualquier propuesta ajena con la autoridad ética que proclaman tener.

Por ahora los únicos que han levantado la mano son Felipe Calderón y Margarita Zavala, con una posible evolución de Libre, la asociación que fundaron hace meses. Habrá que ver si logran un proyecto seductor e incluyente que pueda conjugar nuevos simpatizantes y agrupar a los inconformistas que ahora mismo se encuentra desperdigados.
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Publicado originalmente el 10 de diciembre de 2018.

Halcones y palomas en el equipo de AMLO

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En el ámbito político los términos “halcones” y “palomas” se utilizan para designar a dos tipos de posturas dentro de la acción administrativa. Los halcones están tirados a la guerra, al conflicto, mientras que las palomas son, como es obvio, quienes se manejan de forma pacífica.

Ampliando el espectro, los halcones pueden ser tomados como figuras propensas a una astucia maquiavélica que se mueve, sobre todo, en función de intereses. Son aquellos de tendencias obscuras, cazadores que no son de fiar y que dentro de sí guardan inquina, una doble cara y una habilidad para picotear (la traición) a quien sea si ello implica un ascenso del poder. Hay que tener cuidado, para ellos la política es un móvil para conseguir objetivos no siempre loables, sino que convienen a lo que ellos pretenden empotrar. Sus plumas están presentes en bandos enemigos y no temen usar recursos deshonestos para trascender. No es raro que se vean envueltos en conflictos fratricidas en su desesperado intento por subir en el organigrama.

Las palomas, por otro lado, son quienes, con sus luces y sombras, ven la política como lo que debería ser, una manera de servir a la ciudadanía. Guardan dentro de sí, o al menos eso parece (nunca hay que meter las manos al fuego por un político), un genuino interés por contribuir al desarrollo de la nación, si bien en el trayecto también cosechan ganancias personales. Son los que se sacrifican si ello trae un beneficio y son los de trato suave. Pueden tener ideas equivocadas y el espectador puede no estar de acuerdo con ellos en aspectos centrales, pero en esencia sus movimientos perfilan un encomiable esfuerzo por mejorar lo que hay.

Las palomas saben detectar a los halcones y viceversa. Dentro del equipo tienen que convivir. Se miran con reservas los unos a los otros. Hay apretones de manos y sonrisas entre ellos. No suelen mezclarse, eso sí: se miran con recelo. El líder los pone juntos porque no le queda de otra. Las circunstancias son apremiantes y es imposible prescindir de alguno de los dos extremos.

El estadista, si es sabio, habrá de identificar a los halcones y a las palomas que tiene cerca. Y debe colocar a sus aves de forma tal que exista un balance. De los halcones es difícil deshacerse ya que son aún más peligrosos cuando están despechados. La tarea es darles un poco de carne que los tenga satisfechos y que al mismo tiempo limite su margen de maniobra.

Hay una tragedia. Las más de las veces los halcones acaban por imponerse a las palomas. Los primeros llevan la ventaja de no temerle a la sangre. Atacan y hacen uso de la trampa para ganar. Las palomas, por su sentido ético, son mesurados, no cruzan una línea que tristemente las pone en desventaja.

Andrés Manuel López Obrador tuvo el gran acierto de conformar un gabinete rebosante de palomas. Buena parte de las Secretarías de Estado serán encabezadas por académicos y profesionales con los que, aunque uno no siempre coincida en línea ideológica, son gente ajena a la inmundicia.

No obstante, en el árbol genealógico hay espacio para lo tétrico. Y no conforme con eso, ocupan posiciones clave que pueden causar cismas a placer. No siempre están al frente de Secretarías, están más bien en sectores tirados a la directiva burocrática, planos en donde influyen bastante en el devenir colectivo. La grilla para ellos está puesta en la mesa. Quisiera pensar que el tabasqueño los puso en donde están por aquella sabia lección que tiraban los Corleone. “Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca de tus enemigos”. O, lo que es lo mismo, mantén cerca a los halcones para que no acechen en las afueras hasta hacer carroña del proyecto naciente.

Durante el presente sexenio habrá que estar pendiente de los movimientos que se den dentro de los círculos de Morena y del Gobierno Federal en particular. Será preocupante si los halcones ganan demasiado terreno. Las palomas deberán ser astutas y hacer nuevas incorporaciones ya que, al menos a priori, están en desventaja numérica contra su depredador natural.

En este caso la palabra final la tendrá el presidente que mayor respaldo ciudadano ha tenido en la historia moderna de México. Un factor que si se usa con sabiduría puede domar a cualquier especie que se alborote en el camino.

Halcones: Ricardo Monreal, Yeidckol Polevnsky, Héctor Díaz Polanco, Gerardo Fernández Noroña, Manuel Bartlett, Martí Batres, Dolores Padierna, Javier Jiménez Espriú, Mario Delgado, José Manuel Mireles, Napoleón Gómez Urrutia, Nestora Salgado, Félix Salgado Macedonio, José María Riobóo, Paco Ignacio Taibo II, Alejandro Encinas, Germán Martínez, John M. Ackerman.

Probables palomas: Marcelo Ebrard, Maria Luisa Albores, Luis Cresencio Sandoval, Héctor Vasconcelos, Tatiana Clouthier, Carlos Urzúa, Jesús Seade, Delfina Gómez, Alfonso Romo, Luisa María Alcalde, Graciela Márquez Colín, Jorge Alcocer Varela, Gerardo Esquivel.