El consuelo del Mundial

El tiempo es cruel. Cada nuevo Mundial nos toma más viejos y con más responsabilidades. El adulto rememora con añoranza aquellas primeras justas deportivas que podía ver en televisión casi en su totalidad, al igual que cualquier resumen deportivo o programa que se atravesara ante sus ojos. Ahora ya no es tan fácil. El trabajo, la familia y las presiones de los años se acumulan y es imposible mirar uno que otro juego… la mayoría de ellos, de hecho. Hay otras urgencias. Labores impostergables que reafirman que estamos condenados a lo que nos rodea.

Queda, si acaso, la posibilidad de ver ciertos partidos, en especial los de la propia Selección. Ya no pedimos más. Y cuando eso ocurre, cuando al fin puede verse un juego del Mundial, todo se rompe. La emoción renace; somos de nuevo niños que en cualquier momento pueden desplomarse si es que una victoria o una derrota llega en el punto justo. Así recordamos que no somos máquinas ni esclavos de un trabajo. Somos otra cosa. Un regate, una asistencia, una buena narración, son elementos que pueden regresarnos la humanidad al pecho. Reanimar al niño interior que creíamos perdido por culpa de los horarios de oficina y los sucios golpes del destino.

Gracias al futbol podemos desfogar las palabras que teníamos ahogadas. Recordar, una vez más, que no todo es la rutina. Que no todo es aguantar y bajar la mirada. Al menos por un mes mantendremos esa ilusión. El llanto: saber que todo sucumbe ante un gol.

mexico86

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Verano otoñal – Poema de Dorothy Parker

 

Lo daba todo cuando era joven,
ser complaciente era mi manía.
Y cambiaba con cada nuevo hombre
para encajar en sus teorías.

Pero ahora ya soy una mujer
y hago siempre lo que quiero hacer,
y si no te gusta nada acaso,
al diablo contigo, lo tengo claro.

—Dorothy Parker.

Traducción: Carlos LM.

 

doro park

Foto: AP

 

 

 

 

 

 

Sergio Pitol y el arte como oxígeno

Sergio Pitol supo del levantamiento del Muro de Berlín mientras viajaba en un barco de origen alemán en el año 1961. El escritor mexicano vivió gran parte de su vida en Europa y le tocó experimentar ese episodio histórico en primera fila. Los comunistas erigían la barrera de la vergüenza que marcaría la Guerra Fría, misma que fue destruida hasta el último suspiro de los años ochenta.
El capitán le informó a los tripulantes lo que sucedía y ahí mismo anunció que por órdenes gubernamentales tendrían que regresar a un puerto alemán. Aquella travesía , originalmente dirigida a los Países Bajos, había terminado.


Sergio Pitol
mencionaba que semejante coyuntura histórica no le impactó mucho cuando la vivió. Paradójicamente estar ahí, en el momento y en el lugar, le restaba perspectiva al asunto. Nadie entendía muy bien lo que estaba pasando en realidad. Una vez en tierra, Sergio Pitol procedió muy campante a asistir a una exposición de Picasso en un museo. El lugar estaba casi vacío, pero la obra del genio malagueño lo deslumbró.

Algo similar le ocurrió en Turquía, tiempo después. El autor de “El arte de la fuga” iba dentro de un taxi cuando se percató de que alguna gente corría por las calles. El vehículo fue detenido en varias ocasiones por fuerzas de seguridad para realizar una inspección. Había griterío y cierta hostilidad. Sergio Pitol no captaba qué diablos pasaba, pero el taxista lo reconfortó diciendo que eso era normal en Estambul. Más tarde se enteraría que había presenciado un fallido golpe de Estado que, in situ, no le había parecido gran cosa.

Poco después Pitol visitó Santa Maria delle Grazie, en Milán, donde se encuentra La última cena de Leonardo da Vinci. Su agitada travesía por Europa llegó a un momento determinante. Ahí, ante el mural del gran artista italiano, se derrumbó. Estaba conmovido. Cualquier acontecimiento de orden histórico, como los que ya había experimentado, le parecía menor al lado de una verdadera obra de arte. Aquellos sucesos le parecieron nimios, casi superficiales, junto a un portento universal que trascendía a cualquier época. Eso era lo sublime. Pasarían los años y las trifulcas humanas palidecerían frente al remolino creativo y estético de un solo ser humano.

Mucho tiempo después, cuando regresó a México, ya a finales de los ochenta, Sergio Pitol se llevó gran desencanto. Se dio cuenta de que aspectos centrales no habían cambiado. Quienes eran pobres lo seguían siendo décadas después. Los vicios y problemas de siempre continuaban arraigados en la sociedad. Y a eso había que añadir un deterioro de la ciudad en la que había crecido. Un colapso ecológico y en el designio estructural.

La imagen era triste. Había contaminación, desorden vehicular y una deplorable clase política que no contribuía a la causa común. Pero había algo que le aliviaba. Era, de nuevo, el arte. Las creaciones de los propios mexicanos. Los libros de Octavio Paz, Juan Rulfo y los poemas de José Gorostiza.

Sergio Pitol confiaba en que, algún día, México se levantaría de la podredumbre. Que todo el fracaso de nuestro país algún día podría ser visto como un pasado innoble, mientras que el arte trascendería y permanecería vivo por siempre. Toda esa capa marchita se vería eclipsada al fin por “Pedro Páramo” o “Estación violenta” que, a su modo, tienen un cariz de inmortalidad y funcionan como el oxígeno que el espíritu necesita.

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Así no se puede morir

Hubo una época en la que consumía revistas de manera compulsiva. Los tiempos han pasado, pero de vez en cuando todavía recurro a ellas. En un librero tengo un apartado dedicado a ejemplares de ese tipo y cuando quiero alguna lectura ligera tomo uno para leer algún artículo o pasaje al azar.

Por la mañana tomé una de las revistas. Era dedicada a la literatura,  publicada por una pequeña editorial independiente. Me acosté y procedí a seleccionar una página como a tres cuartos del volumen. Ahí encontré un relato de una tal Pamela. Lo leí para pasar un rato sobre la cama. Era un texto sugerente y con vigor. Llamas contenidas en la brevedad de unos cuantos capítulos. Terminé con la voluntad de leer más. Pero el nombre de la chica no me sonaba, así que no sabía a dónde dirigirme. No era una autora famosa, sino alguien que recién empezaba a publicar.

Procedí a buscar el nombre en internet. Quizás tuviera más cosas disponibles. Algún blog, por lo menos. Pero más bien me enteré de algo triste:  Pamela había muerto en el año 2013. Lo verifiqué por la particularidad de su apellido y el contraste de varias fuentes. Me fijé en la fecha de la revista donde la conocí y era de mediados de 2012. Quizás uno de las últimos espacios en donde había publicado.

El relato de Pamela estaba lleno de vida. Y al leerlo estaba convencido de que ella estaba  con una sonrisa en algún lado. Tal como me pasa con autores fallecidos hace décadas que, sin embargo, a través de su obra respiran y siguen igual de vitales que nunca.

La vida es, sin lugar a dudas, engañosa. Sin caer en sentimentalismos creo que la vida va más allá de lo meramente orgánico. Hay pinturas, libros y películas que refulgen en esplendor y que trascienden a minucias biológicas. Kafka y Pessoa caminan cuando alguien le echa un vistazo a su obra. Y cuando ves algún clásico en el cine, todas esas estrellas siguen palpitando en blanco y negro sin importar lo que indiquen sus tumbas.

Es absurdo pensar que Marlon Brando o Marilyn Monroe pueden morir.

Pamela, en definitiva, ocupa en lugar en mi librero. Ahí junto a muchos otros espíritus que laten cada que uno recurre a su llamado.

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Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik y la escritura

Marguerite Duras

No es tanto un asunto de escribir, sino de buscar un refugio, una asidera a la realidad y, también, una ruta de escape. Ante un ambiente hostil y ante la asfixia emocional, la empresa creativa se vuelve un desfogue tan contundente como sutil. En lugar de dar tumbos por la calle o del griterío histérico que solamente importuna al prójimo, dedicar los días a sublimar las malas sensaciones a través de la composición musical, la pintura o la vertiente literaria se vuelve un acto heroico en sí mismo, propio de gente con amplio sentido de la dignidad.

En lo que se refiere a la escritura, el proceso es el de soltar lo que interesa o agobia. En vez de arañar o tirar golpes, se procede a abalanzarse contra el papel. El resultado, si se muestra, alumbra a los lectores, en especial a quienes padecen de situaciones similares y que, al fin, encuentran un alma que comprende de qué van los pesares internos. Aquello que creíamos una conjura cebada sobre nuestra particularidad, resulta ser un óbice alojado también en un ser que, a kilómetros y años de distancia, da cuenta de lo que le sucede. Es así que uno se siente menos solo. Lo que no se revelaba a nadie y lo que se sufría en intimidad, de pronto está conectado a través de la marea del tiempo y los idiomas con algún artista que se vuelve un cómplice para nosotros.

Marguerite Duras tenía en claro que las palabras podían representar un salvamento cuando nada más parecía funcionar. En uno de sus ensayos lo señalaba a la perfección, como una salida en medio de la penumbra. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará”.

Para ella escribir era un ancla a la vida, una ocupación que se renovaba cada que uno quisiera empezar un proyecto. Aun sin ideas ni un argumento fijado, bastaba con la convicción de tener un nuevo libro, “esa inmensidad vacía” en la que todo era posible y que a través de derramar la conciencia podía redituar en una forma. El acto iba más allá de las reglas básicas de significado y ortografía. Era más cierta disposición. Una voluntad de ceñirse a ello.

Tener esa obligación le daba un sentido a sus días. Marguerite Duras era prolífica por tanto, ya que era incapaz de abandonar un libro una vez que lo había comenzado. Nada la detenía. Se sobreponía a cualquier circunstancia. Tenía claro por dónde iban los tiros desde aquel día en que Raymond Queneau le reveló su principio: “escribe, no hagas nada más”.

El caso de Alejandra Pizarnik es un tanto más delicado. Su personalidad, dominada por el fantasma de la depresión, la empujaba dentro de sí misma en una conciencia exacerbada que la mayoría de las veces no era agradable. Ella sufría y dejaba constancia del tormento, silencios desesperados que brotaban ante la mirada del lector. Ante la incapacidad de relacionarse y comunicarse con los otros —fueran amigos o prospectos de amor— de manera efectiva (siquiera sobrellevarlos, como ella misma confesaba), le quedaba el camino de la poesía, un espacio que podía moldear a su antojo y donde libraba su batalla sin demora.

Aislada desde joven, su mayor aspiración era “vivir para escribir”. Al igual que Marguerite Duras no quería otra cosa. Sobre todo porque no le quedaba alternativa. Incapaz de cultivar vínculos personales de manera sana, e inundada por constantes afectaciones propias de su hipersensibilidad, solo le restaba el relativo confort de un escritorio y una habitación vacía. Alguna vez mencionó que no aspiraba a mucho más. No pretendía la llegada del amor ni la satisfacción económica. Deseaba, más que cualquier otra cosa, la paz. Poder leer, estudiar y escribir sin preocupaciones.

Para aquella joven argentina estaba la referencia de la autora francesa; una estrella distante le demostró que aquella ruta era posible. Así lo manifestó en uno de sus diarios.

«He visto una foto de Marguerite Duras y me puse contenta. Es pequeña y gorda. “Para escribir no es imprescindible ser una belleza”, me dije. Y me alegré».

El capricho de las ideas

La diferencia entre escribir un buen texto y no concretarlo en absoluto se define a veces por la cercanía de una pluma y un papel. Hay ideas escurridizas que cometen la travesura de aparecer sin avisar. Y, si bien iluminan por un instante, son caprichosas, así que si no las atiendes rápido se van lejos para no volver. De ahí que uno deba apresurarse y acudir a anotarlas antes de que sea demasiado tarde. Por memorables que parezcan estas representaciones mentales, el olvido les sigue el juego y desaparecen con la misma facilidad con la que llegaron.

Un buen método para remediarlo, propio de artistas precavidos, es salir a la calle siempre con una libreta en el bolsillo. Con la compañía, eso sí, de un lápiz o cualquier instrumento que sirva para dibujar o trazar letras para que así sea posible materializar la abstracción.

Sin embargo, el remedio no es infalible. Algunas de las mejores ideas gustan de hacer sufrir al prójimo, así que aparecen cuando estamos en la calle justo en ese día en el que se dejó la libreta olvidada en casa. Es entonces, ante la ausencia de herramientas para registrar, cuando surge el relámpago creativo. Se trata de algo sublime, como enviado por los dioses. Parece ser el punto de partida para crear nuestra obra maestra. Ese trabajo definitivo que nos consolidará como autores y que nos catapultará a la fama como siempre merecimos.

De inmediato se emprende la búsqueda desesperada por algo que sirva para apuntar. Cualquier cosa funciona, pero de pronto los recursos escasean para completar la cruel broma del destino. Como cuando se quiere comer un cereal y no hay leche en el refrigerador. O como cuando la vejiga no aguanta más y todos los baños de la ciudad resultan estar fuera de servicio.

Después de dejar patas arriba el lugar en el que uno se encuentra, al fin se da con elementos que sirven para apañárselas: un ticket del supermercado y un marcatextos amarillo de punta chata. Se procede a escribir aquella línea que había deslumbrado, la que nos encumbraría ante la crítica y que incluso ayudaría a conquistar a la mujer de los sueños. Pero viene la falla. La Tragedia. Resulta que la idea ya no está. La hemos olvidado. Todo acaba en un derrumbe interno. El vacío de volver a la normalidad.

No a todos les obsesiona esta cuestión. Alguna vez Noel Gallagher dijo que se le ocurrían un montón de canciones antes de dormir, ya tarde por la noche. Y en vez de saltar de la cama para grabarlas o tomar notas al respecto, prefería seguir como si nada y cerrar los ojos. Las horas de sueño le servían como filtro: estaba seguro que si la canción era lo suficientemente buena la seguiría recordando al despertar. De otro modo no valía la pena siquiera.

El método de Noel Gallagher tiene riesgos que no todos están dispuestos a asumir, en especial quienes se dedican a la literatura. Los escritores son conscientes de que cada línea cuenta y que no se puede renunciar a la más mínima palabra que suponga un punto de partida para un relato o una novela.

Es el caso de Joan Didion y John Gregory Dunne, quienes acostumbraban a viajar en compañía de cuadernos u hojitas que les permitieran tomar notas que a la postre acababan en sus libros. Ambos constituyeron una obra amplía gracias a que para ellos no había algo así como vacaciones. Los ratos libres no eran más que bloques de tiempo en los que permanecían atentos a estímulos que redituaran en alguna reflexión o pensamiento que pudieran sumar a sus diarios. Procuraban no desperdiciar casi nada. Las ideas, como decía Bob Dylan, estaban flotando en el aire, solo había que estar atentos para atraparlas. Con una pluma fuente como anzuelo, de preferencia.

Es un buen ejercicio pensar en todos esos ensayos, poemas o cuentos que pudieron no existir de no haber sido porque el autor tuvo acceso a pluma y papel en el momento adecuado, en la fracción de segundo en la que todo se define y en donde surge esa primera célula creativa de la que deriva lo demás.

Es posible que El gran Gatsby nunca hubiera existido (o al menos no sería lo que es) si F. Scott Fitzgerald hubiera dejado pasar ese comienzo tan genial que tiene la novela. Si por desidia o por falta de una estilográfica hubiera postergado el chispazo para luego enterarse de que se había extinguido para la eternidad. Lo que importa es que en algún punto se llenó de determinación y acudió al llamado de la idea. Se dejó envolver por ella y estuvo a la altura de lo que se requería.

Es importante recordar el ejemplo anterior. Hay que tener cuidado de una clase de resistencia muy propia de la pereza y el desánimo. Caer en la trampa de pensar que cierta idea no es lo suficiente buena como para tomarse la molestia de escribirla. Es posible que nuestro juicio esté equivocado y que de ese modo dejemos ir un flechazo de inspiración que convenía elegir. Es posible que seamos demasiado severos con nosotros mismos y que debido a ello se deje pasar una gran oportunidad.

En otras ocasiones la percepción juega al engaño. Una persona despierta a medianoche y tiene un verso que parece magnífico en la cabeza. Una línea de oro que hay que plasmar en algún lado sí o sí. Se procede hacerlo, se trata de un obsequio del mundo onírico. Por fortuna, con todo y modorra, cada sílaba acaba estampada en algún sitio. Una vez que el frenesí ha sido aliviado, se vuelve a dormir.

Al despertar viene el recuerdo de ese verso. La joya de la corona. La octava maravilla del mundo. El cáliz de las letras hispánicas. El mismo que se desinfla apenas damos la primera lectura. Lo que se ha escrito es una incoherencia muy lejana a lo que recordábamos. Más vale quemarla o cederla a un bote de basura en situación de calle.

fitzgerald writing

El espejito de sobreanalizar

“Not everyone is an artist but everyone is a fucking critic”
Marcel Duchamp

En la tarea de la crítica existe una especie que resulta particularmente graciosa. Son aquellos opinólogos que tienden a sobreanalizar cuanta obra se cruce en su camino. El objeto analizado es una mera excusa para que ellos den rienda suelta a la portentosa erudición que cargan y que ofrecen a los lectores en un ejercicio de magnanimidad por el cual deberíamos estar agradecidos.

Este tipo de emisarios de la intelectualidad se encuentran encumbrados en los medios y en la academia. Son, además. grandes reivindicadores del lenguaje ya que usan palabras que han sido discriminadas durante años para ponerlas de nuevo sobre la palestra.

Les da igual que nadie les entienda, eso no les va a arruinar la oportunidad de hacerse los listos ante las mentes inocentes de turno. Por ello usan estructuras enrevesadas y toman prestados tecnicismos de otras disciplinas como la botánica y la geofísica para aplicarlas a estudios comparativos sobre películas de Marvel y Cantinflas.

Los sobreanalistas ven cosas donde no las hay. Por ejemplo, para ellos alguien que usa capucha resulta ser una representación de la Virgen y el paso de una hoja seca en un cortometraje tiene, a su parecer, un anclaje con la mitología nórdica.

Hay que decirlo: estas figuras a menudo le hacen un favor a lo que pretenden revisar ya que les dotan de una profundidad que no tenían de antemano. Los autores son los primeros sorprendidos: aquellas líneas que tiraron de relleno en una noche de resaca están compuestas, según los cuentistas, de una complejidad que ellos nunca vislumbraron a la hora de dar un par de tecleos poco inspirados.

En una conversación con John O’Brien, David Foster Wallace hacía referencia a esa manía de algunos críticos por examinar, de manera casi onanista, las novelas ajenas. Ambos coincidían en que era difícil tomarse en serio a tales personajes. Foster Wallace decía que no los entendía, que era incapaz de seguir los razonamientos que hacían sobre sus trabajos. «No soy capaz de ver en mi versión de mi texto ninguna de las cosas que ellos ven; en ocasiones son bastante impresionantes, de un modo me pregunto: de qué diablos están hablando».

El escritor estadounidense decía que con ellos no tenía problema porque, de verdad, no les captaba ni una sílaba. No sabía ni qué reclamar.

Es válido tomar una obra y a partir de ella recrear significados y expandir la imaginación, muchas veces superando en calidad al objeto de estudio. A menudo resultan lecturas admirables que conllevan mayor grado de creatividad que aquello de lo que partieron sin que nadie le dé la etiqueta de genio a los críticos, esa estirpe tan frecuentemente minusvalorada.

Otra cosa es que pretendan que tomemos en serio todo lo que dicen y que busquen erigir, en algunas ocasiones, un canon que limita un libro o una cinta a una versión retorcida que ni siquiera casa con la cosmovisión de quien hizo la propuesta original. Al final se vuelven enemigos de la cultura. En lugar de promover, desincentivan el acercamiento al producto que destruyen.

O peor aún, y eso sí es más condenable, que por una simple vanidad compliquen las realidad con palabrería que no va a ningún lado. En ese caso el objetivo no es el de iluminar la perspectiva sobre una obra, agregar capas conceptuales ni ofrecer nuevas rutas para debatir, se trata de un bochornoso truco que trata de exhibir una alta cultura que no es tal.

La persona sensata sabe medir las palabras y abordar un tema sin perderse en ínfulas masturbatorias como hacen los esnobs. Esos que buscan un protagonismo insoportable y mantenerse enchufados a los congresos de provincia.

duchamp

Estrellas sin fama

Seguro las has visto. No abundan, pero si prestas atención de vez en cuando te atravesarás con una de ellas. Son las estrellas sin fama. Personas que tienen toda el aura y esencia de una celebridad y que sin embargo, por diversos motivos, no lograron llegar a donde querían.

Las puedes encontrar en cualquier parte. Hay varios ejemplos. Como esa cajera que es una eminencia de las matemáticas y que puede llevar de memoria cuentas enormes  que le facilitan sus funciones, aunque más bien debería ser ingeniera. O el gran cantante que vende frutas y verduras en un mercado, deleitando con su voz a cada persona que se le acerca. O aquel escritor que labora en un estacionamiento, ese al que nadie ha leído y que pasa de largo para decenas de clientes que no tienen ni idea de que son atendidos por un prócer de las letras superior a muchos autores premiados, solo que nunca ha mostrado la carpeta de sus cuentos.

También está esa actriz de primera línea que, lejos de un set televisión, ve pasar sus mejores días frente a una hoja de cálculo en la computadora. O esa reina de belleza, anclada a la cocina, que renunció al glamour para hacerse cargo de sus hijos.

O el astro del futbol callejero que desde la grada mira un partido y con melancolía piensa en lo que pudo ser si hubiera tenido una oportunidad en el ámbito profesional. Una sola.

A todos ellos la vida los empujó a un derrotero distinto al que les convenía. Al que les apasionaba. Ahora se encuentran en trabajos admirables y dignos, que no obstante se alejan de lo que alguna vez trazaron en sus sueños más preciados.

Pero son seres de excepción. No necesitan de la fama, que a fin de cuentas es algo accesorio. Algunas de estas figuras ni siquiera necesitan hacer nada. De nacimiento cargan con la estrella. Con tan solo mirarlos se percibe que son diferentes. Personas que están ahí para desatar emociones, alumbrar el camino o cuando menos ofrecer un placer a la vista. Tienen cierta manera de moverse, cierto modo de estar y hablar. Una elegancia incrustada por naturaleza. Al verlos en fotos parecen leyendas de cine.

Están ahí, las estrellas sin fama. Esa chica que trabaja en una tienda de ropa independiente, con su cabello azul y blusas bonitas. Aquel tipo, encerrado en su habitación, que sin darse cuenta guarda en el escritorio algunos de los mejores poemas jamás escritos en la ciudad. O la pelirroja, plena en dulzura, que pasea a su perrita antes  de trazar una nueva pintura con ojos llenos de fulgor.

Las estrellas sin fama ponen en perspectiva la cruda realidad: el éxito es más circunstancial de lo que se cree. No basta con tener el talento, la disposición y ni siquiera con esforzarse al máximo: elementos que ayudan y cuentan. Indispensables para estar ahí, pero que por sí mismos no son suficientes para alcanzar la notoriedad. Hace falta un extra. Estar en el lugar adecuado o conocer a la persona indicada. De ahí que talentos menores a los suyos consigan trascender y ellos no, pese a contar con credenciales de sobra.

Las estrellas sin fama corren el riesgo de ser como ese árbol que cae en el bosque sin ser escuchado por nadie. Por ello la tarea de quien los tope es percibirles en todo esplendor. Invitar a que continúen con la lucha. Dar el soporte y apoyo que se pueda, reconocer su valor y brindar ese tributo tan valioso que es propagar el mensaje. Contar, a quien pueda enchufarlos, que se ha dado con una estrella, una figura con potencial que merece subir al escenario. Ya entonces les tocará mostrar de qué están hechos.

Las estrellas sin fama no gritan, no ostentan, no desquitan su frustración en otros seres. Asumen con dignidad el papel que les corresponde. Mantienen el porte, la compostura. Van en silencio, a sabiendas de su potencial, un conocimiento que en sí mismo ya es un placer.

Por desgracia algunas acaban por rendirse y pierden la mística.

Otras más sobreviven. Son las verdaderas estrellas sin fama que, pese a todo, aún guardan la ilusión de ser descubiertas.

 

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Un truco infalible para escribir

Conviene alejarse de los consejos de escritura que circulan en la red. Los hay de figuras consagradas, de autores de medio pelo y también de jovenzuelos que no deberían propagar métodos que llevan a resultados tan lamentables como los suyos.

Algunos tips podrán ser inspiradores o ayudar en ciertas circunstancias, pero cada uno debe encontrar su propio camino. Lo que sirve para unos no necesariamente funciona para otros. Cada uno tenemos nuestros propios prejuicios, nuestras fobias personales. Ojalá la empresa creativa fuera tan fácil como leer un decálogo en el que estuvieran encapsulados los secretos para alcanzar el éxito. La realidad es que de poco importa seguirlos si no se lleva cierta sustancia recorriendo por las venas.

No obstante, y sin afán de contradecirme, hay un truco que me ha servido para escribir cada que paso por un bloqueo creativo. Lo comparto aquí por si de casualidad llega a ser útil para ustedes. Advierto que el siguiente método es uno de los que dejan exhausto. Requiere plena concentración y no es raro terminar al borde del desmayo cuando se utiliza. Por eso es importante saber que solo debe emplearse en casos de emergencia, cuando la fecha límite está próxima y parece que nada funciona para conseguir redactar un par de párrafos al hilo.

Sin más, presten atención.

***

Cuando no puedas escribir, cuando nada sale de tu espíritu, cuando no logres presionar las teclas, cuando temas no ser lo suficientemente bueno, cuando consideres tirar la toalla, lo que tienes que hacer es pensar en una persona en específico. Ponla fija en tu mente. Observa sus manos y sus piernas. Puede ser un miembro de tu familia o un muchacho o muchacha bonita. De preferencia tiene que ser alguien que te guste. Entonces, dentro de tu imaginación, debes mirar a esa persona a los ojos y pensar que si no escribes, él o ella morirá. Un rayo la partirá en dos. Ahora su vida depende de que te apresures y escribas.

El ejercicio debe tomarse con seriedad. Tomarlo como lo que es: un hecho. Si no terminas lo que te has propuesto, una muerte pesará sobre tu espalda de aquí hasta que tú también dejes de respirar.

Que se te meta hasta las entrañas, siente la culpa. Imagina el remordimiento que vendrá si no cumples la meta; si por tu flojera o cobardía una persona pierde la posibilidad de cumplir sus anhelos, aquellas ilusiones que trazó desde la más tierna infancia. No dejes que ocurra.

Escribir. Lo has hecho antes, puedes hacerlo ahora. Se trata solo de poner una palabra tras otra hasta que el punto final se atreviese en el camino. Es muy poca cosa, lo es para ti. La persona que está en tu cabeza lo sabe también. Su doppelgänger  cósmico te eligió entre miles de personas para que salvaras su vida. Confió en ti. Sabe que eres bueno con la pluma, que te besaría si la timidez fuera pasajera. Entró en tus pensamientos para que rompieras el hechizo. Está en busca de un héroe y lo único que necesitas hacer es aporrear el teclado.

¿No es acaso sencillo? Otros leyendas tienen que volar, asesinar centauros o detener trenes en movimiento. Lo único que tú debes hacer es escribir lo que ha rondado antes por tu cerebro. Desde la comunidad de una silla. En un escritorio hecho de árboles que fueron talados especialmente para ti.

No, no te rindas. A veces parece difícil cuando no lo es. ¿A qué le tienes miedo? ¿A realizar tu cometido? ¿A salvar a una mujer atractiva? Hazlo por ella. Hazlo por ti. Mira de nuevo sus ojos, dile que no le vas a fallar.

Entonces escribe. Como lo has hecho miles de veces. Y cuando lo consigas, duerme tranquilo. Sonríe. Tarde o temprano volverás a ver a esa persona, ahora en la calle. De carne y hueso. Puede que no te salude y que ni siquiera te voltee a ver. No se ha dado cuenta. Los ángeles no le han avisado aún. No sabe que le has salvado la vida. Que has ofrecido tu corazón para que ella esté ahí ahora platicando con alguien más. Puede que sea duro saberlo. No le digas nada. Manda al diablo los reflectores. Eres un héroe que debe mantener su identidad en secreto.

La misión está completada. Quedará para siempre entre nosotros, colega.

escribir

Foto: Joel Meyerowitz.

Kissinger, perfeccionismo y ping pong

Winston Lord es uno de los diplomáticos más eminentes en la historia reciente de los Estados Unidos. Su principal aporte fue contribuir al acercamiento entre su país y China, operación que inició en la década de los setenta y que siguió maniobrando en la década siguiente, justo cuando fue designado como en el embajador de Estados Unidos en dicho país para el periodo 1985-1989.

Una figura de su calibre, que escaló distintos puestos en la jerarquía del servicio público hasta llegar a los más altos niveles, no estuvo libre de aprietos promovidos por sus superiores. El más célebre de ellos fue ni más ni menos que el polémico Henry Kissinger, secretario de Estado de las administraciones de Richard Nixon y Gerald Ford, un hombre que influyó de manera determinante en el tablero geopolítico de la época y cuyas decisiones resuenan todavía  en la actualidad.

Por aquella época, a mediados de los setenta, Winston Lord pertenecía al círculo de trabajo más íntimo de Kissinger. Se dedicada, en especial, a escribir los discursos que su jefe emitía para cimbrar la política exterior norteamericana.

En cierta ocasión, Kissinger pidió a Winston que escribiera un discurso. Tan metódico como era, Lord se empleó a fondo; elaboró y pulió un texto que le tomó días de empeño. Una vez satisfecho con el resultado, lo mostró a Kissinger, quien lo recibió sin demasiado entusiasmo. Winston abandonó la habitación, pero fue llamado un rato después. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”, le preguntó Kissinger respecto al discurso que le había entregado minutos antes. Lord respondió que eso creía, pero que lo intentaría de nuevo ante la severidad de su director.

Lord se puso a confeccionar una pieza superior a la que originalmente había realizado. Pulió algunos detalles, agregó algunas palabras, omitió otras y dotó de un mejor ritmo a cada párrafo. Era verdad, se dio cuenta, el discurso no era tan redondo como en un principio le había parecido.

Contento, ahora sí, llevó el resultado a Kissinger. Pero la reacción fue la misma. El entonces jefe de estado se quedó con el trabajo, y a los pocos minutos llamó a Winston Lord. “¿Esto es lo mejor que tienes?”, volvió a preguntar.

Lord, con el orgullo herido, tomó aquellos papeles y se encerró para buscar la reconquista con una tercera versión, la cual, creía, sería la definitiva.

De manera evidente se equivocó. Henry Kissinger le regresó el discurso otra vez. Y varias veces más. En cada una de esas ocasiones, Lord, ya desesperado, lanzó una mirada quirúrgica al discurso que en un principio le pareció perfecto pero que de a poco fue revelando sus falencias. Corrigió, corrigió y corrigió hasta quedar exhausto. Sin embargo, hasta la última ocasión, Henry Kissinger le hizo una pregunta parecida, luego de pasar un tiempo a solas con el escrito. “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”.

Lord, ya harto, furioso y conflictuado por el tiempo perdido, le respondió que sí, que eso era lo mejor que podía a hacer y que no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Entonces Kissinger dio una respuesta que lo dejó atónito. “Muy bien, entonces ahora sí lo leeré”.

Hay varias versiones de la anterior anécdota. Algunas de ellas indican que el discurso en cuestión pasó por las manos de Kissinger nueve veces hasta que por fin se dignó a echarle un ojo por primera vez. Sea precisa o no, la historia pone en perspectiva lo relativo de la perfección, al menos en lo que se refiere a la escritura.

La mayoría de las veces una obra bien lograda es más bien una distorsión de nuestra mente. Lo cierto es que siempre hay margen de mejora y para alcanzarlo hay que estar dispuestos a arriesgarse a una pérdida. Existe la posibilidad de que se empeore lo que de se tenía antemano.

Es frecuente que las líneas que en determinado momento despiertan orgullo, al cabo de unos años nos provoquen un horror. ¿Cómo es posible que tremenda barbaridad nos pareciera un elemento digno en su momento? Un misterio. Queda un premio de consolación, la idea de que la repugnancia ante lo que alguna vez fuimos signifique que hemos evolucionado. Que desde entonces hemos progresado unos centímetros gracias a los cuales lo que antes era gloria se ha convertido en medianía.

Quedan, por otro lado, las aguas movedizas de la escritura. El ansia perfeccionista es un arma de doble filo y algunas veces la corrección excesiva vuelve a la creación algo aparatoso, mecánico y sin alma. Esto se acentúa en especial en algunos géneros y con algunos autores. Basta recordar la célebre línea de John Keats, quien aseguraba que la poesía debía deslizarse con la naturalidad de una hoja que cae o no brotar en absoluto. Lo demás es artificio. Intentos por engañar, mera impostura intelectual.

Y también hay un punto en que uno debe rendirse y asumir que debemos soltar lo que tenemos, pese a que diste de ser ese diamante inalcanzable que perseguimos dentro de nuestra imaginación.

Sobre la perfección en perspectiva, Henry Kissinger le dio una lección adicional a Winston Lord.

Una tarde ambos jugaron algunas partidas en las que el segundo acabó por imponerse al primero en lo que fue una auténtica humillación. Para evitar que el pupilo perdiera el piso, Kissinger se sacó de la manga una idea: trajo a un campeón chino del tenis de mesa para que conociera a Winston Lord. Tal cual.

“Henry llegó y le dijo al campeón chino que Winston era un jugador muy bueno de ping pong”, recordaba Bette Bao, la esposa de Winston. “Eso es como decirle a los rusos que eres muy bueno para el ballet”.

Aquel campeón chino, en efecto, procedió a darle una paliza a su marido en el tenis de mesa, mientras Henry Kissinger sonreía desde algún rincón.

kissinger ping ponh