Paul Auster y la lucha por escribir

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Paul Auster llegó a los 30 años lleno de agobios e incertidumbres. Así lo relató en uno de sus libros de memorias, en donde describe cómo es que ese punto determinante en la vida de los hombres lo tomó con la guardia baja. No solo su matrimonio se desmoronaba: su aspiraciones como escritor parecían no conducirlo al puerto adecuado y los problemas monetarios le restaban la tranquilidad que soñaba tener para deambular con orgullo por las calles.

Aun así, seguía con la mente fija en la literatura. Desde muy joven ese había sido su sueño. Escribir y vivir de ello. También ser reconocido por una obra emblemática. El camino, no obstante, se le había empantanado. La segunda mitad de los años setenta lo atrapaba inmerso en las traducciones del francés que hacía para obtener algunos recursos, así como la elaboración de ensayos que de vez en cuando le eran requeridos por revistas del gremio.

En cierto punto los intentos le llevaron a la desesperación. Por más que mandara cartas, hiciera llamadas telefónicas y acudiera a entrevistas de trabajo, no acababa de ver la luz al final del túnel. Probó suerte en la docencia, en el periodismo y en cualquier cosa que le permitiera mantenerse en la lucha. A todo lo veía como una cuestión temporal, en lo que podía asentarse en sus propias pasiones. Aunque más de una vez dudó que eso al fin pudiera llegar.

Cada paso le parecía un retroceso. Era exigente consigo mismo y se exasperaba. Los empleos que conseguía aquí y allá distaban de parecerse a su ideal. Tampoco estaba satisfecho con lo que salía de su pluma. Sus ambiciones, decía, eran mucho mayores que sus capacidades.

Conforme se acercaba a la madurez el futuro le parecía más y más nebuloso. Si bien había logrado publicar un libro de poemas en un tiraje reducido con un pequeño grupo editorial, seguía con las limitaciones económicas que tanto le frustraban. No lograba dar el gran golpe o el campanazo que requería para levantar.

De cualquier modo no quitó el dedo del renglón. No quiso entrar en la dinámica de tantos otros escritores que tenían un trabajo estable que les permitiera crear en sus tiempos libres.

Paul Auster estaba negado, la idea de estar en una oficina, llevar horarios y recibir órdenes simplemente no iba con su naturaleza. Decidió apostar todo al destino y empeñarse en una carrera que lo mismo podía llevarlo a la cima que hundirlo irremediablemente a la simple subsistencia. Prefería sostenerse en buhardillas con goteras si es que ello abría algún resquicio para entrar de lleno en el panal literario.

Un punto de inflexión fue la beca que recibió por el Instituto de Bellas Artes de Nueva York. La salvación llegó en forma de 3 mil 500 dólares que le permitieron andar con holgura y centrarse así en respirar durante una temporada. La confianza que John Bernard Myers había depositado en él también contribuyó a elevar su optimismo.

De cualquier forma, poco a poco fue vaciando la cuenta bancaria. Y la presión regresó. De seguir así pronto llegaría al límite, ese que tanto le angustiaba y que llegaba a tumbarlo con alguna enfermedad. Era alguien sensible que no lograba habituarse a la mediocridad y estar inmerso en ella lo abatía física y espiritualmente.

En una noche de insomnio, propia de la ansiedad que lo mantenía en vilo, le vino una idea a la mente. Como lector voraz de novela negra urdió una trama a la que le daría forma con el paso de los días. Un sano entusiasmo se apoderó de él. Sintió que la vena literaria por fin se había adueñado de su interior. Había dado el paso definitivo. O eso creía.

En las semanas siguientes se las arregló para completar 300 páginas. Una historia que rodeaba a una misterioso asesinato que venía rodeado de un aura existencial. Ya con el volumen bajo el brazo, comenzó a moverse por editoriales. Pero no tuvo mucha suerte. Varias personas le sugirieron cambios, le dieron esperanza… y al final le decían que no, otra vez.

Un día, un hombre le llamó por teléfono. Era alguien que conocía de años atrás y al que en un principio le costó trabajo identificar. El tipo en cuestión le empezó a hablar de un proyecto que tenía en mente y al que le quería invitar. El balbuceo fue extraño pero implicaba la fundación de una casa editorial. El sujeto le preguntó a Paul Auster si tenía alguna novela que quisiera publicar. Habían pasado ya varios meses desde que en aquella noche sin dormir empezó a trazar su primera obra de largo aliento, una de la que ya casi se había olvidado. Quiso aprovecharla y dio el sí.

El libro tardó dos años en materializarse. Cuando se mandó a imprimir la empresa estaba quebrada y no había forma de siquiera distribuirlo. Había que recurrir a otra editorial, a otro agente. Paul Auster había recibido un golpe más. Lo sufrido a lo largo de toda su juventud era una verdadera masacre que tumbaría a cualquiera que no tuviera vocación.

No era su caso. Peleó por lo único que le salía bien y al cabo de un tiempo obtuvo recompensa. Siguió picando piedra y, sobre todo, siguió escribiendo. No se rindió. Eventualmente sus libros fluyeron y fueron publicados hasta convertirlo en uno de los autores más exitosos de su generación. Lanzó la apuesta y pudo fracasar o pudo dar en el blanco, pero tenía que estar ahí. Y lo estuvo. Como un artista del hambre que todavía mira hacia atrás con ingenio.

En defensa del automóvil

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El automóvil tiene muchos enemigos a últimas fechas. Pareciera que andar sobre un vehículo motorizado le convierte a uno en un demonio que no se preocupa por la ecología y el porvenir de la humanidad. Se habla mucho de las bondades del transporte público, las bicicletas y, esto es el colmo, hasta los patines del diablo. Algunos en pleno delirio incluso reivindican la pertinencia de caminar, como si todos estos años de evolución científica no pudieran darnos el gusto de mover el cuerpo lo menos posible.

Sí, la demonización de los automóviles ha entrado en una etapa radical. Las críticas se extienden a lo insostenible que resulta continuar con ellos en un mundo en apariencia saturado como el que tenemos ahora.

Es verdad, en ocasiones los atascos que se presentan en la calles llegan a desesperar. Padecer de un embotellamiento provoca que te salga una cana. Igual que los baches (topar con uno causa dolor en las muelas, no preguntes cómo) y el tránsito local que está conformado por múltiples memos que hacen de las ciudades verdaderas junglas de asfalto por las que no se quisiera volver a pasar.

Aún así, que no te engañen. El auto sigue siendo el medio de transporte con mayor encanto de todos. La simbiosis que a lo largo de varias décadas ha logrado con los seres humanos lo ubican en un plano superior.

Es más que una máquina con la que puedes ir de un lugar a otro. En la secuencia hay mucho de emotivo y de estatus. Aprender a conducir es un acontecimiento importante para los seres humanos. También llevar la reliquia fue legada por los familiares o adquirir al fin el modelo que tanto se ha deseado.

Está la cuestión del confort experimentada ya desde la infancia cuando se subía al asiento trasero del auto sin la menor preocupación. Los adultos se preocupan de todo adelante como protectores y choferes que configuraban un cuadro entrañable. La proximidad de los mayores con los pequeños es un ecosistema íntimo que se percibe como hogar.

Los beneficios van también por cuestiones de imagen. Dentro de un coche no caerás en despropósitos como el del cansancio, el asoleo y la sudoración que ocurren en otros tipos de transporte en donde los usuarios se ven obligados a padecer auténticas torturas como pedaleos y movimientos de rodillas, por no mencionar los apretones dados en las horas pico.

El auto confiere un gran margen de libertad. Si tienes uno puedes ir a donde quieras. Abandonarlo todo y comenzar de nuevo en otra parte. No necesitas verte hacinado en un autobús o combi con otras personas que llegan a ser agresivas e inclementes en un mal día y en donde, encima, tienes que seguir rutas pactadas de antemano, así como padecer de paradas constantes que frenan el flujo de los sueños.

En cambio el motor y las cuatro ruedas ofrecen la posibilidad de tomar tu equipaje y elaborar tu propia ruta. O poner música y andar sin rumbo como ofrece el amparo de la noche en uno de los actos de relajación más cautivantes de todos.

Con el auto se emprenden viajes de carretera. Se abandona el ajetreo del lugar de origen para ir y venir entre pueblos y rutas desconocidas. Probar atajos, perdiciones y hallazgos sobre la marcha.

Tomar el volante es uno de los grandes actos de control que pueden experimentarse desde los márgenes de lo socialmente aceptable. Años de innovación quedan a merced de nuestras manos y ante los ojos solo queda el horizonte dispuesto para explorar.

Transciende a cualquier transporte. Es un refugio en varios sentidos. Una guarida lo mismo para la lluvia que para las decepciones y en donde, si todo sale mal, incluso cabe la opción de echarse a dormir.

Nada de lo anterior ocurre del mismo modo entre los inventos que aspiran a hacerle competencia. El Segway no es un Mustang.

Es innegable que conforme pasan los años se vuelve indispensable recurrir a alternativas que ofrezcan un alivio a las vías de desplazamiento. El metro, los camiones, las bicicletas y los scooters son opciones que muchos hemos tomado y que, además de tener ventajas, resultan respetables para quienes gusten de ellas si representan una mejora para sus vidas.

Pero no. No son el automóvil. Carecen de su belleza, de su candor, de su mística. Nunca será igual llegar agitado y sucio debido al uso de medios distintos al automóvil, ese que permite llegar en la comodidad desde donde se tiene a disposición un largo terreno.

Llevar de copiloto a la persona deseada es otro de los factores que cuentan. Y mucho. Al auto es acogedor y solo se deja entrar a seres de confianza. Abrir la puerta ya es de por sí una ceremonia. Avanzar en compañía, en ese breve universo personal, le añade lo maravilloso a una estampa en donde se dibujan recuerdos que algún día habrán de rugir.

Los diarios tempranos de Susan Sontag

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Susan Sontag, 1959. Foto de Duane Michals.

Susan Sontag fue una de las ensayistas más respetadas e influyentes de su generación. Como crítica del arte, la sociedad, el mundo político y la sexualidad logró marcar tendencias y meter una mirada acuciosa en terrenos analíticos que pocos se habían atrevido a explorar. Opiniones como la suya pesan hasta la fecha y dibujan una línea lo mismo polémica que canónica.

La autora norteamericana también probó las posibilidades de la ficción. Obras de teatro y relatos salieron de la pluma espumosa que guardaba dentro de sí. Y fue igualmente una figura pública que defendió con valentía ideales de la estética y la fotografía. No fue dogmática y ahí donde muchos pregonaban teoría nebulosa y barata, ella tuvo honestidad y precisión para abordar los temas que le embargaban.

Pero ante todo, Susan Sontag fue una mujer. Caótica, brillante, arterial. Su paso por el mundo contiene varias lecciones y da muestra de la importancia de la determinación y de permanecer con la vara alta en cuanto a nuestras expectativas.

Para conocer los entresijos de ella como persona queda la alternativa de recurrir a sus diarios, editados ya hace más de una década, en los que dejó constancia del lado más tierno y contradictorio a partir del cual fluyó lo que le conocemos de obra.

Desde muy joven, Susan Sontag se impuso como norma ser fiel a sí misma, una actitud de la que partía una libertad verdadera en la que no había que constreñirse. Era consciente de una cuestión que parece evidente pero que pocos alcanzan a asumir para su propia causa, no hay nada que te impida hacer cualquier cosa, por disparatada que sea, dentro de tu margen de acción.

“¿Qué me impide recoger mis pertenencias y marcharme? Solo las presiones autoimpuestas de mi entorno”, concluía al recordar que había fuerzas omniscientes con las que costaba trabajo romper. Una de ellas era el temor a su propia familia y la particular animadversión que llegó a causarle su madre.

Con apenas 15 años, Sontag ya era una persona muy sensible, con todas las angustias, pesimismos y aflicciones que acompañan a la ya de por sí embrollada juventud.

Como lo reflejan sus primeros cuadernos, Susan Sontag era muy exigente consigo misma; era consciente de sus aspiraciones y de las limitaciones que aún tenía. Por ello no temía ironizar sobre su condición: lo que llamaba el luto personal, aunque igual permanecía expectante el talento pudiera ofrecerle algún día.

Sontag confiaba mucho del camino que podía labrarse por su cuenta. Era independiente y reivindicaba la calidad de individuo. Tenía un alta estima por lo privado, al tiempo que apelaba por el mantenimiento de la cultura como medio de salvación colectivo. La Universidad, en contraparte, no le despertaba el menor entusiasmo, ya que estaba segura de que podía aprender todo lo que requería a través de la lectura. Consideraba a la música, como es pertinente, el arte mayor.

La vida académica que alguna vez fue opción le causaba aburrimiento. Le aterraba llegar a la vejez dentro de una universidad a la que solo serviría a través de papers de temas extravagantes que nadie leería. Ser profesora ofrecía algunas comodidades, pero le obligaba a rendirse, algo que no estaba dispuesta a hacer. De nuevo, primero estaba el amor propio.

La narradora neoyorquina tenía un voraz apetito intelectual (“riego mi mente con libros”, mencionaba, al tiempo que hacía listas de títulos en sus libretas). Temía por ello que su potencial pudiera quedar desperdiciado. Como quinceañera buscaba encontrar un rumbo, un sitio en donde pudiera desarrollar su destreza.

Era evidente que la escritura sería el móvil adecuado. Le atraía la idea de producir textos, pero sobre todo estaba interesada en ser una escritora, aun más que escribir en sí. Lo atribuía al ego, ese impulso por ser alguien y acabar con el reconocimiento que merecía.

Sin embargo, escribir propiamente dicho no siempre le era fácil y tenía esos días en los que incluso se cansaba de hacerlo, se tratara de un artículo de fondo o incluso una breve línea en su diario. Dejaba mucho de inconcluso en hojas de papel que guardaba por días hasta que eventualmente les definía un destino. La ansiedad finalmente estimulaba su vena creativa.

En Susan Sontag había un fuerte debate entre el lado intelectual y las emociones. Esas dos caras de la moneda le conflictuaban, le dolían, una situación a la que le encontraba provecho. La tensión de la cuerda era, a su modo, un estímulo creativo, en el que a menudo ganaban los sentimientos. Susan Sontag admitía ser una apasionada, nada más le faltaba un canal para que aquello le ofreciera una recompensa.

En sus diarios hay un punto de quiebre: el día en que contrajo nupcias con el sociólogo Philip Rieff cuando ella apenas tenía 17 años y él contaba ya con cerca de 28. La adopción de una nueva condición afectiva y social no cambió su postura tirada a la independencia intelectual. En sus apuntes decía que el matrimonio era sobre todo una cuestión de inercia, y no buscaba el contacto permanente sino lapsos de soledad que eran el descanso y el alivio.

El matrimonio no duró mucho, la pareja se divorció al cabo de nueve años. Susan Sontag no se volvería a casar. No iba con su temperamento ni con sus inclinaciones personales. “Dos personas esposadas la una a la otra junto a un estercolero no deberían pelear”, reflexionaba. “Solo consiguen que el estercolero aumente unos milímetros, tienen que vivir con él hediendo bajo sus narices”.

En la adolescencia descubrió su bisexualidad y fuera del periodo en el que estuvo casada con Rieff y con quien tuvo hijo, estuvo más encaminada a su relación con las mujeres. En sus años de juventud admitía tender a amores egoístas y ser presa constante de los celos. “Mi amor la quiere incorporar plenamente, quiere devorarla”, decía sobre María Irene Fornés con quien sostuvo un fuerte vínculo.

Así tan avanzada a su tiempo como llegó a ser, el asunto de la sexualidad llegó a provocarle episodios de conflicto interno. A finales de los cincuenta para una chica de su edad no era fácil tener aproximaciones con otras mujeres; aún no llegaba la liberación que en la segunda mitad de la siguiente década comenzaría a dar un respiro a lo que muchos como ella transcurrían en silencio. En una entrada daba reflejo de lo difícil que era vivir con atracción a seres de su propio sexo. “Me hace sentir vulnerable. Aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos”.

Los diarios de Susan Sontag, disponibles en varios volúmenes, tanto en inglés como en español, son testimonio del corazón palpitante que hay detrás de la severidad de una intelectual pública. Una auténtica figura de las letras y de la cultura popular que años después de su muerte permanece como una referencia y una guía de admirable actualidad.

Una última consideración al NAIM, por favor

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El tema del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) volvió a la palestra en días recientes. Aunque parecía un asunto ya cerrado e incluso agotado, hay elementos para tenerlo en mente. Y no solo eso, también para pensar que el gobierno de México debe reconsiderar su postura y hacer un viraje histórico que, aunque complicado, permita continuar con su construcción.

El presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que el terreno donde aspiraba ubicarse el NAIM estará destinado a convertirse en un especie de parque ecológico y deportivo. El mensaje llegó casi al mismo tiempo que la polémica sembrada por dos noticias que dieron la vuelta en distintos medios: los 34 mil millones de pesos pagados a inversionistas por el concepto Fideicomiso de Inversión y Bienes Raíces al que obligaba la cancelación del proyecto, así como la postura de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés), la unión multinacional que agrupa a más de 260 líneas áreas (casi la totalidad de las compañías que existen el mundo), que ha reiterado con severidad lo inviable de tener tres aeropuertos como ha propuesto el gobierno federal, así como las pérdidas multimillonarias que implicaría seguir con un esquema que hasta el momento es más voluntarioso que firme en lo que se refiere a la logística.

En realidad mucho lo anterior ya se sabía. El costo económico, operativo y social del adiós al NAIM fue expuesto hace meses. Decenas de argumentos han sido mencionados a favor y en contra de la obra. Los primeros más pragmáticos y apegados a la técnica y al desarrollo, los segundos orientados a una cuestión relativa a la renovación del sistema y la lucha contra los malos manejos. No obstante, hasta ahora no ha sido posible procesar a nadie por la presunta corrupción y el INAI ya ha empezado a presionar en este sentido pidiendo a Presidencia sustentar con solidez los dichos al respecto.

Hay, sin embargo, otro eje que muestra lo delicado del panorama. La calificadora de riesgo Standard & Poors bajó a ‘negativa’ la perspectiva sobre calificación de México que se mantiene en BBB+, pero cuyo horizonte podría cambiar debido principalmente a la incertidumbre generada por el manejo de Pemex.

Aunque el NAIM se cuece aparte, en el plano internacional se empieza a fraguar una imagen de un México poco serio que no es conveniente tener. Y si hay una forma de retomar confianza y un aura de limpieza en el exterior, esa sería el rescate de la mega plataforma que supone tener uno de los mayores aeropuertos a nivel global.

Algunos de los que reivindicaron la idea de frenar el NAIM, pese a todo lo negativo que ello conllevaba, adujeron que, ante todo, se trataba una cuestión simbólica que implicaba romper con las malas prácticas del régimen anterior.

Si bien esta cuestión es estimable, el costo es demasiado alto como para asumirlo por mera alegoría. Y aquí es en donde acaso se abra una brecha de oportunidad.

Ningún punto como el actual es mejor para refrendar el camino. López Obrador ya obtuvo el triunfo que buscaba: mostrar músculo ante una clase política y empresarial que se contraponía con su ideario de lo que significaba la nación. Enseñó a nivel local y territorios foráneos que es capaz de tomar decisiones de cualquier clase sin titubeos y que cualquier detalle que escape a su visión de honestidad puede echarse para atrás, cualesquiera que sean los embates.

Si se anima a volver a la construcción del NAIM, Andrés Manuel podría catapultarse como un líder sensato que sabe enmendar e ir con la cabeza fría, emularía a los mejores tiempos de otro prócer de la izquierda, Lula da Silva, quien supo maniobrar y convencer a sectores tanto populares como empresariales e internacionales, aunque a la postre se caería por otros factores.

La rectificación añadiría una victoria adicional a su bolsillo. Traería una tranquilidad que urge a su sexenio y podría tratarse del punto de inflexión que le haría cerrar uno de sus frentes más enredados. Si bien podría recibir reclamos del ala más radical de su movimiento, en términos generales su trayectoria ha mostrado que sus seguidores saben comprender y defender cualquiera de sus determinaciones.

La idea parece remota, tal vez disparatada. Más un deseo que una sustantividad que pueda concretarse. Pero si así fuera, si el presidente quiere marcar una pauta con aire de jugada maestra, que reconsidere el NAIM. En especial porque la alternativa no lleva avance alguno y su viabilidad ni siquiera tiene el aire de certeza.
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Publicado originalmente el 4 de marzo de 2019.

Ser rico no es malo

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“Ser rico es malo, es inhumano”, dijo alguna vez Hugo Chávez. Fue una de sus frases más famosas, una perspectiva de algún modo ha anidado históricamente en algunos círculos de la sociedad, quienes han tomado a las clases altas como los enemigos del pueblo, un antagonismo que parte de conclusiones no siempre acertadas.

Tal postura atiza a algunos de los peores sentimientos humanos. Una posición prejuiciosa que pone en el mismo bote a todos los que cometen el pecado destacar en el plano económico.

La riqueza no tiene nada de malo en realidad. Siempre y cuando la fortuna haya sido generada de forma honesta y legal no habría que reprochar a nadie que posea dinero y lo gaste como mejor le convenga.

Es importante desechar la idea de que los ricos son entes malévolos a los que hay que combatir; condenar el éxito y la prosperidad son síntomas de una sociedad que cree al tirar a los demás de algún modo logrará subir un par de peldaños en su camino personal. Nada más lejos de ello.

En lugar de demonizar a las personas de altos recursos, habría que quitar trabas y encadenamientos para que cada vez más personas puedan incorporarse al sector acomodado. La pobreza es una condición dolorosa que no es conveniente sacralizar y, por el contrario, hay que ingeniárselas para que la población aumente su poder adquisitivo.

Tal vez el sector empresarial debería ser autocrítico ya que existe una percepción de su carácter endogámico que rara vez deja subir a aquellos que no pertenecen a sus propios círculos y que no invierte ni apuesta con la suficiente audacia como para impulsar al territorio en el que se encuentran. En ello también influye un estatismo desbordado que condiciona a los emprendedores y les hace avanzar a pasos tibios.

La retórica de la condena a los ricos ha sido enarbolada habitualmente por cierto sector de la izquierda. En México se ha convertido en una de las banderas más recurrentes entre los políticos, en un discurso que eventualmente les habrá de estallar en la cara.

Aunque los funcionarios de gobierno se llenen la boca hablando de austeridad o asuman el papel de los clanes populares, lo cierto es que todos ellos gozan de sueldos privilegiados y de excepción por mucho que los recorten o recurran a argucias para aparentar estar lejos de la opulencia.

La endeblez de semejante criterio queda evidenciado constantemente. Cuando se reveló que Olga Sánchez Cordero poseía un departamento en Houston con valor de 11 millones de pesos más de una voz clamó por la incongruencia que la autoproclamada Cuarta Transformación, que ha erigido la “justa medianía” como una de sus credenciales.

De manera injusta, la secretaria de Gobernación fue estigmatizada y el enredo que su declaración patrimonial provocó se convirtió en una pequeña crisis dentro del gabinete presidencial.

Lo cierto que como ex ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y como alguien ha trabajado en alto nivel a lo largo de varias décadas la mujer está en todo su derecho de adquirir propiedades tal como le venga en gana. De nuevo, no tiene nada de malo.

Sánchez Cordero ha sido víctima de un discurso insostenible en la realidad que ya ha afectado a varios funcionarios (señalados incluso cuando van a restaurantes de caché o cuando conducen autos que superan al vocho de Mujica) y que seguramente seguirá atormentando a más de un empleado público que no podrá apenas lucir de lo que gana bajo los márgenes de la ley solo porque ya se ha instalado la idea de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre.

La discusión llegó a su punto más elevado al inicio del actual sexenio cuando la Presidencia de la República se confrontó con el Poder Judicial debido a que los primeros consideraban que los segundos recibían pagos excesivos por su trabajo, algo que chocaba de lleno con la modestia republicana y la idea de que nadie puede ganar más que el mandatario de la nación.

A ello hay que añadir las decisiones que se tomaron respecto al avión presidencial, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México y el Gran Premio de México de la Fórmula Uno, entre otros, todos ellos desechados por considerarse un dispendio, pese a los probados beneficios que suponían.

En la era en el que el término fifí se ha expandido medio en broma, medio en condena, bien convendría serenar el ambiente y asumir la cultura del bon vivant sin complejos. El criterio que se pone a los servidores públicos puede variar respecto al sector empresarial porque ahí se involucra dinero que proviene de los bolsillos de todos, incluso de aquellos que viven a duras penas.

Pero de poco o nada sirve que, ya instalados en un sistema como el que se tiene, pensemos que quienes se encuentran en el poder deben verse sumidos en una moderación asfixiante. La austeridad es digna y deseable, pero debe aplicarse cortando aquello que no funciona y aquellos que no desquitan salario. Los que aportan, los que reditúan en mayores ingresos, a ellos se les debe pagar bien para que se mantengan dentro de las filas que benefician a todos.

Y ellos deberán gozar el fruto de su trabajo. Ser rico no tiene nada de malo si el botín se ha conseguido con justicia. Desde el oficialismo hasta la opinión pública habrían que tenerlo en cuenta o tarde o temprano terminarán por morderse la cola.

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Publicado originalmente el 25 de febrero de 2019.

La pantomima del Mijis y su desdén hacia San Luis

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San Luis Potosí le queda chico a esa eminencia conocida como El Mijis. O al menos eso es lo que él parece creer. No es solo el diputado local con más faltas a las sesiones del Congreso, y el que más sale de la entidad para sostener una agenda mediática paralela a sus responsabilidades como servidor público. También es alguien cada vez más insatisfecho e incómodo con la tierra que tuvo la fortuna de verlo crecer.

La cuestión quedó bien retratada hace unos días cuando el diputado viajero estalló ante un grupo de reporteros potosinos a los que pretendió dar cátedra de cómo hacer su trabajo. La faceta de gurú periodístico en Pedro Carrizales era hasta entonces desconocida, pero ahora se ha sumado a su particular estuche de monerías que lo destaca como activista, político, chavo banda, voz de los excluidos y adalid de la justicia universal.

Durante su exposición, como un verdadero lord de Polanco, El Mijis amenazó con abandonar San Luis Potosí si es que los comunicadores de provincia no trabajan como él considera correcto.“Les voy a decir de una vez y que quede bien claro, si me llegan hacer una canallada, se los juro que voy a pedir licencia”, dijo. Y luego sacó a relucir su condición de superestrella, para imponer con el estatus de ser superior. “Voy a hacer un llamado a nivel internacional”, explicó, aduciendo que su vida estaba en peligro.

Más de un reportero seguramente se lo pensará dos veces antes de escribir la próxima nota sobre el susodicho, no vaya a ser que el diputado cumpla su palabra y abandone la ciudad privándonos así de su honorable presencia, el único astro con el que por ahora contamos para iluminar la región.

La actitud que tuvo con los medios locales contrasta con el afecto y conexión espiritual que tiene con las cadenas nacionales a las que tiene como prioritarias. Carrizales aparece en cuanta entrevista o show le sea propuesta, a las que anima con su notable gracia y don de gentes.

La estrategia es entendible. El Mijis se encuentra cada vez más desacreditado en San Luis Potosí, mientras que en otras latitudes, donde no conocen sus mañas, es aún visto como impoluto, como una marca o atracción, en vez de ser tomado como lo que es: un hombre complejo, con virtudes y defectos. Con algunos aciertos, limitaciones y tantos otros traspiés.

La verdad es que aunque El Mijis se haga el representante de las clases populares, sus actos lo muestran como un tipo más fascinado por el glamour de la Ciudad de México y el extranjero, esos nichos de mercado en los que ha encontrado una forma de propagar su magia como parte de un plan de dimensiones aún desconocidas.

Lo anterior es respetable. Todos están en su derecho de explotar su imagen y buscar una proyección internacional. Ojalá lo consiga y logre aportar a la nación. Lo curioso es la impostura. Una forma de entender la política que es difícil sostener en la práctica.

Allá donde su trayectoria no ha sido analizada puede seguir con la pantomima que tiene de outsider. Una actitud que le ha granjeado muchos simpatizantes —incluso dentro de círculos que son críticos de la izquierda— que lo ven como un ente luminoso, una figura refrescante lejano a las viejas prácticas de las que muchos están agotados.

El Mijis ha sabido manejar bien la oportunidad. Pero se le notan las costuras. En sus propuestas hay mucho de pirotecnia, un hambre voraz por llamar la atención e instalar al buenísmo de lleno en la agenda. Mientras en su localidad se muestra déspota con los reporteros, a quienes condiciona en su trabajo, por otro lado en redes sociales aprovechó un insulto de Ricardo Alemán para pavonearse por una iniciativa de protección a periodistas. “Mientras tú me atacas, yo te defiendo a ti, con mi iniciativa para mejorar el sistema de protección a periodistas”, dijo el magnánimo.

En su propia cuenta de Twitter, Carrizales Becerra ostenta la coherencia como una de sus mayores virtudes. “15 años de lucha por mis ideales, no es solo un discurso, es un principio  que llevo tatuado en mi corazón. En mi vida no hay traición ni incongruencia”.

Sin embargo, a veces da la impresión de que, aunque lo niegue, mucho de él sí que se queda en el mero discurso. A principios de 2019, El Mijis se manifestó en contra las tropelías de Nicolás Maduro en Venezuela y pidió al gobierno mexicano reconsiderar el principio de no intervención debido a las violaciones de derechos humanos que ocurren en el país sudamericano.

Aquel mensaje fue sin duda admirable y despertó comentarios halagadores en la opinión pública. Lo que muchos de ellos no sabían es que el reputado legislador tiene a dos asesores, David Reyes Medrano y Víctor García-Mata, que son abiertamente defensores y admiradores de la revolución bolivariana y que hace apenas unos meses estuvieron en la embajada de Venezuela en México mostrando su respaldo al régimen chavista.

La bandera que El Mijis ha tomado recientemente es la de ir a contracorriente respecto a la coalición que le dio la oportunidad de adentrarse en el servicio público. En redes ha mostrado crítico con las que a su juicio son algunas decisiones equivocadas de la 4T. Esto es muy valeroso y merece un reconocimiento, ya que aparenta una independencia intelectual.

Lo malo es que se queda corto: a menudo se trata de un mera acrobacia discursiva contraria a la actitud que toma cuando tiene encuentros con los jerarcas de la 4T ante los que se muestra lambiscón, complaciente y ante los que lanza piropos dignos de Waylon Smithers. A Mario Delgado lo ha llamado “el mero machín”, el mismo epíteto que le puso en su momento al presidente Andrés Manuel López Obrador. A Yeidckol Polevnsky, por otra parte, le llama “jefaza”.

El lujo y los grandes reflectores son una gran tentación. El Mijis debe aprovecharlo mientras alguien se la siga comprando. Solo tendría que serenarse un poco y no desatender sus responsabilidades en San Luis Potosí ni desmerecer a la sociedad que, a fin de cuentas, fue la que lo encumbró. Y gracias a la cual goza de un jugoso salario de élite, por cierto. Si quiere irse, que lo haga. Está en todo su derecho de expandirse. Lo extrañaremos. Pero que mientras tanto no extienda la mano solo cuando le conviene, como el pasado 9 de febrero, cuando pidió un préstamo de 162 mil pesos al Congreso del Estado. Una cantidad que seguramente no le darían sus amigos de Harvard por los que tanto se desvivió.

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Publicado originalmente el 18 de febrero de 2019.

La ceguera voluntaria que favorece a los políticos

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Hay una condición ante la cual queda poco que hacer cuando llega la hora del debate político. Esto ocurre cuando una de las partes se niega a atender los hechos y evade la realidad, prefiriendo echar los brazos a explicaciones tan disparatadas como consoladoras.

Se trata de la ceguera voluntaria a la que se adscriben muchas personas que por motivos de interés, estrategia o vana esperanza, optan por tirar los hechos por la borda. Convierten el análisis un asunto de fe ante el que las razones o los argumentos valen casi nada.

El miope intelectual ha decidido que todo aquello que vaya contra la concepción previamente establecida será descartado en automático, será escuchado pero no atendido. Da igual, el susodicho se mantiene en el burro hasta mimetizarse con él.

En lo anterior yace la gran desgracia del intercambio de ideas. Lo importante ya no es llegar a la verdad. En cambio se opta por tomar un bando y a partir de pasiones y prejuicios se desmonta cualquier idea que ose contradecir lo que se asume como la correcta, aunque los únicos indicios de ello sean las palabras del líder al que se da el estatus de único referente.

La renuncia a las facultades críticas acaba en una candorosa sumisión. El ciudadano cede su voluntad al son que le mande la nomenklatura.

Llegado a este punto la única fuente válida para ellos es la que viene del poder hegemónico. Un tanto a la usanza de Fidel Castro, siguen el dogma que no admite matices. “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Cada quien puede tomar la postura que desee y hacer consigo mismo y su discurso lo que mejor le venga en gana. Faltaba más. Por fortuna dentro del mundo occidental no se vive bajo totalitarismos que obliguen a los individuos a comportarse de determinada forma y mal haríamos como sociedad si exigiéramos alguien tomar la conducta que mejor nos parezca.

Simplemente es triste ver que personajes en apariencia ilustrados tiren por la borda sus posibilidades intelectuales para, en cambio, asumir el papel de ovejas amaestradas.

Las figuras políticas desfilan muy campantes con una población así, una que no cuestiona, una que no levanta la voz y que encima funge como cuerpo de defensores frente a los mavericks que tienen a la desfachatez de la protesta.

Sin estar dentro de la nómina ni tener cargos honorarios dentro del gobierno, estas personas se asumen como parte de un movimiento del que en realidad no forman parte, o en el que si acaso tienen la jerarquía de un isóptero. Se olvidan del lugar de donde vienen y la tribu que los echa en falta: la ciudadanía.

Los políticos cuentan con un poder enorme. Hay circunstancias en las que pueden pasearse a placer. Si nadie les pone un alto comen y comen espacio para aumentar su margen de maniobra hasta asfixiar un posible balance.

Frente al aparato de un gobierno que cuenta con el monopolio de la fuerza y a distintos poderes dentro de su jurisdicción, queda tan solo la posición ciudadana para acotar, aunque sea una fracción, los posibles abusos que pudieran cometer.

La crítica, la movilización, la burla y la protesta en cualquier magnitud son armas en disposición de los habitantes de un país. Ante ellas, las autoridades que acaparan las instituciones se lo piensan dos veces antes de incurrir en prácticas nocivas de gobernanza. Saben que hay un costo político ante cada agandalle, cada torpeza. En cambio, si perciben hay entes pasivos y complicidad de parte de los votantes, poco o nada les importa exprimir lo que les plazca.

Quienes se inclinan a la ceguera voluntaria, los que cierran los ojos ante los traspiés de lo idolatrado y ponen un escudo ante los denunciantes, hacen un favor a regímenes que a final de cuentas no retribuirán los servicios desde las alturas.

No se trata de torpedear ningún proyecto ni caer en el vituperio gratuito: cuando una administración lo haga bien habrá que reconocerlo. Igual que cuando se equivoque, donde incluso conviene alzar el volumen.
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Publicado originalmente el 11 de febrero de 2019.

En el centenario de Salinger

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Los que de verdad me vuelven loco —decía Holden Caulfield— son esos libros que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle cuando quisieras.

El protagonista de El Guardián entre el Centeno tenía razón: “eso no pasa mucho”. Y uno de los que logró en su escasa pero expansiva obra fue precisamente su creador, J. D. Salinger.

De Salinger hay mucho que decir y a la vez es preferible no hacerlo. Quienes lo han leído a profundidad saben que con él se guarda un pacto de confianza. Pese a las altísimas ventas que aún tiene, su decisión de mantenerse a sí mismo y a su obra dentro de unos márgenes de silencio es una cuestión que se debe respetar, incluso cuando ya ha fallecido. Ni su imagen ni sus libros ni sus personajes han de vulgarizarse en la primera fantochada que se atraviese.

Cerrarse de lleno a las adaptaciones cinematográficas, así como abstenerse de dar entrevistas le dotaron de un atractivo misterio, además de que nos libró, en parte, del bochorno de verlo estampado en playeras de rebajas o en marquesinas de productos de moda, como tanto le asqueaba para lo suyo.

Que con un artista lejano (geográficamente) se adquiera una actitud tan dogmática solo queda explicado dentro de sus propios trabajos. Quien se acerca a Salinger en el momento oportuno establece con él un vínculo especial distinto al que se tiene con otros autores. Descifrar su secreto se vuelve complicado, incluso ridículo. Aun así resulta pertinente mencionar que bajo su estela encontramos elementos tan indispensables como la recuperación de algo que creíamos perdido, así como una complicidad, una voz que sale al estrado para expresar las angustias juveniles para lectores que se encontraban en la orfandad emotiva.

Era justo eso que decía el señor Antolini en una conversación con Holden, aunque este último reaccionó con cinismo:

“Entre otras cosas, descubrirás que no eres la primera persona que alguna vez estuvo confundida, asustada e incluso enferma por el comportamiento humano. No estás solo de esa manera, estarás emocionado y estimulado para saberlo. Muchos, muchos hombres han estado tan preocupados moral y espiritualmente como ustedes ahora. Afortunadamente, algunos de ellos mantuvieron registros de sus problemas”.

Tal elemento es invaluable y posiciona a Salinger como uno de los personajes más entrañables que hubo jamás. Tanto es así que se cuece aparte en cualquier juicio literario. Era esa manera de escribir tan única la que alimentó a generaciones enteras a través de una redención personal que de algún modo ansiaba en cada línea.

La guerra se convirtió en una cicatriz que impregnó páginas enteras venidas de su pluma. Nunca pudo olvidarse del olor de la sangre. Por ello, detrás de la genialidad y la ternura se adivina un espectro inquietante, la sombra de lo que no llegó al puerto añorado y que a cada instante revela un gramo de extravío.

De cualquier modo, lejos de aventarse al precipicio, el escritor norteamericano optó por la espiritualidad y la desconexión con el medio, además de voltear a lo poco que consideraba aún impoluto: los niños y jóvenes a los que admiraba tanto. Para él, dichos seres, sin darse cuenta, contaban con la inocencia y valor que con el pasar de los años perderían en una adultez que percibía como siniestra. En el fondo, aguardaba a la oportunidad de salvar aquella pureza que contemplaba a distancia como se observa a las aves de primavera.

Era lo que ocurría cuando Holden miraba a su hermana pequeña en el carrusel. Fascinado, sí. Pero consciente de que él ya nunca podría ser parte de ello, aunque estuviera tan solo a unos metros de distancia.

Los libros de Salinger están poblados de adolescentes rebosantes en sentimientos e inteligencia. Nunca subestimó a los menores de edad y por el contrario veía en ellos fuente de una extraña sabiduría. Además, los dotaba de una fuerte carga de desprecio por un mundo exterior que se percibía como adverso y hostil, un cansancio que se extendía a círculos sociales conformados por phonies ansiosos por distinguirse e ir a alguna parte o ser de interés para el resto. Así lo exponían los integrantes de la familia Glass.

En el universo de Salinger había otro factor, sus personajes solían pasar por malas rachas o permanecían en un descarrío de amplia magnitud. Igual que él, como llegó a revelar en una carta, no logran integrarse ni hacer migas como ocurría con el resto de la sociedad. No encajaban. Lejos de lamentarse, daban a la causa la calidad de superado; estaban ya del otro lado del río donde si acaso miraban el panorama con un rastro de melancolía.

La cuestión en que los otros no se daban cuenta de ello. Todo ese colorido interno, esa agitación de la mente y las angustias varias del corazón, eran pequeñas galaxias solo perceptibles para quien entraban en la intimidad de la escena, ahí en donde ocurrían diálogos tan vivos que no venían tanto de la literatura, sino de una serie de humanos más reales que tu vecino.

Pues bien, Salinger rompía con la pared textual y guardaba cortesía al reconocer el hermoso y bullante jardín que había dentro de su audiencia, compuesta por muchos tímidos, callados, inadaptados y solos.

En Seymour: una introducción, uno de los relatos donde la relación autor-lector se vuelve más profunda a través de la guía de Buddy Glass, cabe lo mismo la filosofía que el proceso creativo. Salinger, imponiéndose al tiempo y las dimensiones, le habla directo a quien ha depositado la confianza en él; le ofrece calidez, compresión, un refugio. Para escribir aconsejaba elegir con el corazón. Recordar el tipo de creación que se quería y dejarse llevar con honestidad, buscando el punto. “Eres un artesano digno de crédito”, como decía Seymour. “Daría cualquier cosa por verte escribir algo, cualquier cosa, un cuento, un poema, un árbol que real y verdaderamente te saliera del corazón”.

Eran ese tipo de detalles que hacían a muchos derrotados y alienados sentirse importantes. Alguien por fin se dirigía a ellos. Y de una forma tierna y considerada. Un gesto que uno no siempre encuentra en las calles. A su modo era un legado con el que nadie más se podría comparar.

Franny Glass se lamentaba no tener a alguien digno de verdadera admiración. A J. D. Salinger, nacido en 1919 y fallecido en 2010 se le tenía tal tipo de respeto, pero sobre todo se le quería. Como un amigo, como un guía A cien años de su paso por la Tierra no queda más que estar agradecidos y levantar un sándwich (sin mayonesa) en su honor.

Jo.

Amos Oz contra el fanatismo

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Foto: David Sillitoe

Amos Oz fue uno de esos escritores que hasta el final lucharon por convicciones morales acordes a la turbulencia de su época. Ya fuera a través de sus obras de ficción, sus ensayos o sus apariciones en la arena pública, fue alguien preocupado por los conflictos que acechaban en distintos flancos, en especial lo que concernía a la religión, la historia y las disputas entre colectividades.

El escritor israelí dejó varias lecciones para la posteridad, quizá la más importante de ellas tenía que ver con su estudio del fanatismo, ese veneno que inunda mentes hasta marchitarlas. Solía decir que se trataba de la peor epidemia del siglo XX… y más allá. Según sus propias palabras, el fanatismo antecedía a las religiones y era prácticamente un gen defectuoso en la naturaleza de los seres humanos.

En el libro “Contra el fanatismo”, una lectura imprescindible que debería repartirse masivamente en todos los idiomas, Amos Oz decía que la semilla del fanatismo provenía de una actitud de superioridad moral que cerraba de lleno al involucrado a entender otras posturas. Con frecuencia, aseguraba, esto venía acompañado de un culto a la personalidad, una “idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores”. Un vicio que, además, acostumbra a propagarse de boca a boca, de padre a hijo y generación a generación. Un afán de adoctrinar a los demás, de sentirse parte de una iluminación, asumirse en lo correcto por una simple convicción sin atender a criterios de objetividad alguna.

Como se puede apreciar, las ideas de Amos Oz están vigentes y reivindicarlas se antoja como una tarea muy importante en tiempos donde la política y el orden social han derivado en un torbellino que pega a todos los continentes.

Amos Oz no se dejaba engatusar por ilusiones vagas, prefería la observación pragmática y seria. Era un especialista sosegado, quien entendía que la historia no era tan simple como una guerra entre ángeles y demonios. Entre más pronto pudiera entenderse la psicología del otro, mejor. Detrás de las actitudes bélicas suele haber dolores. No se trata de deshumanizar a quien esté enfrente; por mucho que existan diferencias todas las partes son humanas, con las virtudes y defectos que acarrea su paso por la tierra.

Como un tipo nutrido de la curiosidad, era alguien que reflexionaba, cuestionaba, sonreía. Tales características, tan sencillas como parecen, conformaban un verdadero portento. Son cualidades que no muchos conservan en su vertiente más pura. Tuvo además una cara amable. Como él mismo señalaba, es el humor y la curiosidad lo que separan al intelectual del fanático. El primero duda, lanza críticas, se retracta, pregunta. El segundo vive conforme con una versión, el dogma que asumen como móvil de existencia y al que no osan contradecir para no dejar caer el castillo de naipes al que se han entregado sin miramientos; los fanáticos no ironizan, tienen miedo de faltarle el respeto a la causa, a un ente que consideran como intocable.

Su lectura del conflicto palestino-israelí era ejemplar, sin caer en posiciones extremistas ni tirar para ninguno de los lados. Entendió que la enfrentamiento no era una película del viejo oeste. “No es una lucha entre el bien y el mal”, aseguraba, más bien se trataba de una tragedia, “un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana”.

Además de ser partidario de la creación de los dos estados, apuntaba que uno de los primeros pasos para suavizar la relación era el de pactar un acercamiento y ser solidarios con los dolores y visiones ajenas.

Si bien no se definía como pacifista, ya que entendía bien que la fuerza es necesaria para contener a los tiranos y a las agresiones de los demás, también estableció que las heridas no iban a sanar a base de garrotazos.

Por ello hizo una campaña constante por la empatía. El esfuerzo para entender al otro. Y a la vez nunca quiso asumir el papel de la sumisión, el de pasar de largo ante la barbarie. Tenía un gran sentido del deber y del compromiso. Combatía, eso sí, desde las ideas. La batalla que aconsejaba debía librarse también en las conversaciones, ante esos fanáticos en potencia a los que aún se les podía hacer entrar en razón, al igual que identificar los vicios propios que pudieran derivar en una ceguera analítica.

Amos Oz honraba su propio intelecto al contar con un atributo no muy común en el orgullo de los hombres: la autocrítica y la capacidad de leer el panorama desde una óptica ecuánime, sin dejarse llevar por respuestas fáciles, reafirmantes o consoladoras. Buscaba la rigurosidad, asumía la realidad tal cual era (aunque sabía bien que no era infalible) y desde ese punto partía a dejar indicios de lo que podía abonar al debate.

Fue severo cuando debía contra gobierno israelí ya que supo bien que el amor por los suyos y por su hogar no estaba peleado con el muy sano desacuerdo. Pese a recibir una educación nacionalista y tendiente al mesianismo, supo dar espacio a la sensatez y a ver la situación bajo su propios márgenes, no los que le eran impuestos. Fue igualmente alguien que sabía expresar sus ideas sin el embuste de la pomposidad. En conferencias daba voz a aquellas personas y corrientes que de vez en cuando, en conversaciones casuales, le manifestaban sus inquietudes.

Su presencia se echará en falta en tiempos donde el caos del mundo moderno ha derivado en una pléyade de demagogos que en distintas latitudes se encargan de erigirse como salvadores a través de posturas vacías que en su hechicera sencillez no alcanzan a atender a los problemas complejos de fondo, y por el contrario echan gasolina a un incendio ya difícil de controlar.

La obra de Amos Oz es un antídoto para inmunizarse ante aquellos que polarizan, los que dividen entre blancos y negros y quienes con su dedo pretenden señalar a los inocentes como si fueran una plaga. Esta peste se manifestaba “en todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista”, dijo en una entrevista a El País.

Eran estos tiranos populistas a quienes identificaba como maniáticos de las “respuestas de una sola frase, respuestas que señalen sin ninguna duda a los culpables de todos nuestros sufrimientos, respuestas que nos aseguren que, si aniquilamos y exterminamos a los malvados, al instante desaparecerán todos nuestros problemas […] y así abrir de una vez por todas las puertas del Paraíso”, según apareció en “Queridos fanáticos”, el último de sus libros editados en español.

El fallecimiento de Amos Oz a los 79 años deja una especie de orfandad. Sus seguidores no podrán escuchar más su voz ni deleitarse con su aparición en eventos o ante medios de comunicación. El paso del tiempo jugó su papel inclemente. Queda, por fortuna, el faro de su trabajo que fluye todavía. Ahí donde cualquiera puede refugiarse y encontrar un horizonte. Un legado que muestra que la realidad está abierta. No hay sentencia definitiva que explique lo cotidiano bajo reglas universales. Queda el escrutinio, la sensibilidad y la misión que con responsabilidad debe plantearse cada día.

Hacer al comunismo despreciable de nuevo

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“Nos engañaríamos a nosotros mismos y al pueblo si ocultáramos a las masas la necesidad de una guerra desesperada y sangrienta de exterminio, como la tarea inmediata de la acción revolucionaria venidera”.
—Vladímir Ilich Uliánov ‘Lenin’, “Lecciones del levantamiento de Moscú” (1906).

“Por lo que a nosotros se refiere, nunca hemos perdido el tiempo en las charlatanerías de los pastores kautskistas y de los cuáqueros vegetarianos acerca del «carácter sagrado» de la vida humana. Éramos revolucionarios en la oposición, ahora lo seguimos siendo en el poder. Para que la personalidad humana llegue a ser sagrada es necesario destruir primero el régimen social que la oprime. Y esta obra no puede realizarse más que a sangre y fuego”.
—León Trotski, “Terrorismo y Comunismo” (1920).

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo”.

—Ernesto ‘Che’ Guevara, mensaje a la “Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América latina (1967).

 

En diversos espacios de la actualidad es frecuente ver a personas que enarbolan al comunismo como una alternativa política viable y hasta deseada. Deambulan en redes sociales luciendo a la hoz y martillo como un estandarte y comparten memes marxistas-leninistas sin ningún pudor. También hacen apología de ideas que han sido rebasadas por la historia debido a su probada correlación con el fracaso. La frivolización y el negacionismo son su norma.

Algunos de ellos son individuos sin mala leche. Gente joven, que acaso en su idealismo y lejanía con acontecimientos claves de la historia acaban por ver en el ideario comunista un opción que podría tomarse en consideración debido a las insatisfacciones que viven en su vida diaria. Como nunca han sufrido en carne propia la miseria y la depredación que están intrínsecamente ligados a tal doctrina, es posible que se vean seducidos por la lectura adulterada que muchos manipuladores les han dado de los hechos.

Sin embargo, igual existe una ralea ya entrada en años que sabiendas de que el comunismo ha derivado en dictaduras, millones de muertes y abusos, se mantienen empecinados y negados ante la evidencia. No se ponen del lado las víctimas: prefieren mirar a otro lado ante las atrocidades que se han cometido para imponer la superstición que tienen como sueño.

Estos personajes manosean la realidad a su antojo con la intención de mover su agenda. Despotrican contra “el capital” e incentivan el caos y el alarmismo para erigir en torno a ello la fantasía de que la solución yace en ese sistema, el comunista, que más bien ha supuesto un desastre en dondequiera que se ha implantado.

De la Unión Soviética a Corea del Norte, pasando por la China de Mao, los Jemeres rojos en Camboya, la Rumanía de Ceaușescu y la Cuba castrista, el comunismo ha tendido a sostenerse por la fuerza, aniquilando de una u otra forma a los disidentes y coaccionando a los individuos para convertirlos en una especie de masa clientelar que trabaja y vive expensas de un líder que se ostenta como la encarnación del pueblo.

En nombre del comunismo y el espejismo de la “revolución”, se han creado campos de concentración, se han realizado ejecuciones sumarias, se ha robado, se han levantado muros y separado familias, se ha cortado la libertad de expresión (entre tantas otras libertades)… y sin embargo el movimiento sigue gozando de relativa buena prensa, a diferencia de otras ideologías totalitarias como el nazismo y el fascismo que afortunadamente hemos logrado encasillar como lo que son, tiranías que van contra el sentido común y que atentan contra los principios elementales a los que aspiramos como especie.

El que el comunismo se mantenga como una opción en el debate es uno de los grandes misterios de la sociología. La planificación de la economía y la supresión de la propiedad privada han llevado crisis, migraciones masivas, escasez y hambre a pueblos enteros, una cuadro ya de por sí lamentable al que hay que añadir la violencia de extracción bolchevique que se ha vuelto la única manera de conservar un cuento que evidentemente no funciona.

La permanencia del comunismo como ente válido en algunos círculos quizás radique en que sus simpatizantes han logrado instalar la idea de que detrás de ellos se encuentra una agenda del bien, una utopía que llevada a las últimas consecuencias acabará por traer un paraíso idílico que en realidad nunca llega y que más bien trae un infierno sobre el camino. Ante las fallas recurrentes la excusa sempiterna es que el credo no fue implantado correctamente. Lo que no dicen es que entre más aplican sus medidas peor sale el resultado.

Los promotores del marxismo-leninismo son, además, especialistas en crear encono y dividir, así como linchar mediáticamente a sus adversarios. En este mundo al revés, quien critica al comunismo se vuelve en automático en un facha, un ignorante, un cerdo enajenado por el imperialismo yanqui, entre otros epítetos que lanzan para anular a las voces críticas.

Pero son precisamente los comunistas los que celebran un sistema terrorista y ruin. Y no solo eso, alguno de ellos portan muy campantes las imágenes de líderes sanguinarios como Lenin, Stalin y Mao, o el que quizás sea el favorito de todos, el Che Guevara, un pobre diablo que se vio consumido por una ideología cuasi religiosa que lo hizo deambular entre el disparate, el estrépito y la barbarie.

Francis Fukuyama se equivocó en 1992 cuando lanzó el famoso libro “El fin de la Historia y el último hombre”. En él, estipulaba que la caída de la Unión Soviética, que sellaba casi un siglo de horrores y fracasos comunistas, daba cierre a la lucha ideológica. En ese entonces quedaba claro que la democracia liberal, con todo y sus imperfecciones, había ganado la partida, mostrándose como la opción más sensata de todas las disponibles.

El paso de los años ha mostrado que esa batalla no ha concluido. La lucha y defensa de la libertad deberá continuar mientras sigan existiendo brotes de deshonestidad intelectual que busquen barrer con todo lo que hemos creado como sociedad, para así levantar, una vez más, las fórmulas que tanto daño han hecho dentro los países que se han dejado seducir y vencer por una fuerza corrosiva que no admite nunca sus errores y que no tiene piedad a la hora de llegar al poder.

De algún modo los comunistas se las han arreglado para distorsionar el ambiente. Así se posicionan como lo que no son. Montados en un peldaño rojo, hablan con una pestilente superioridad moral que no les corresponde. Su presencia es habitual en las universidades, donde profesores adoctrinan a sus estudiantes para renovar la cadena del mesianismo.

Es a esos muchachos a los que hay que dirigirse. No se dejen engañar ni crear la primera versión que les cuenten sobre ningún tema. Indaguen, cuestionen, investiguen. Mantenga siempre su sentido crítico respecto a cualquier activo de la política. Duden.

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Fue el comunismo el que dio paso al muro de Berlín, el que produjo las masivas hambrunas del periodo maoísta, el que permitió la masacre de Tiananmén. Fue el comunismo el que llevó al Terror Rojo, a la Gran Purga soviética a finales de los años treinta. El de el Gulag, el de las UMAP. El que produjo el tan discutido genocidio ucraniano. El que sistematizó a las policías represivas. Cientos de miles de asesinatos se hallan detrás del telón de acero. Sus simpatizantes no están para dar lecciones ni señalar a nadie. Tampoco para burlarse de la memoria de quienes padecieron esa charlatanería. Conviene desmontar los mitos que han conformado y recordar su lamentable legado en su justa dimensión. En definitiva, hacer al comunismo despreciable de nuevo.

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Publicado originalmente el 4 de febrero de 2019.