Los jardines errantes de Octavio Paz

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Jardines errantes: cartas a J.C. Lambert, 1952-1992: Seix Barral. Barcelona, 2008.

 

“Las dos artes supremas de la verdadera civilización: el jardín y la conversación”. —O.P.

 

Hace unos años  se lanzó este libro compuesto por cartas inéditas que Octavio Paz envió durante un periodo de más de cuarenta años al poeta y traductor francés Jean-Clarence Lambert. Y como suele pasar, la intimidad epistolar se vuelve un sitio donde se descubre a una personalidad sorprendente.

Octavio Paz y Jean-Clarence Lambert se conocieron en 1951 después una exposición de Rufino Tamayo presentada por André Breton en París. En aquel entonces Octavio Paz trabajaba como secretario en la embajada  mexicana y fuera de la élite cultural no era muy conocido en Europa. Su creciente obra no había sido traducida al francés, hasta que del encuentro con Lambert surgió un entendimiento lo suficientemente fuerte para que Jean-Clarence Lambert  se dedicara paulatinamente a recrear (un término que el autor de Libertad bajo palabra prefería sobre el de traducir cuando de poesía se trataba) los trabajos más importantes de Paz.

El espíritu indómito y la labor diplomática hicieron que Paz saltara de un país a otro continuamente; Japón, la India, Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, además de México, fueron algunos de los lugares en donde residió. La comunicación entre estos dos hombres tuvo que darse, entonces, por correo. La mayoría de los textos se enfocan en la toma de decisiones editoriales así como de testimonios de publicación: correcciones de las versiones al francés, conformación de antologías poéticas, pago de derechos, creación de proyectos literarios (como el de las revistas Plural y Vuelta que el mexicano relata al francés), etc.

Dicha parte puede carecer de interés para el lector casual: lo interesante está en lo que rodea a esos apuntes profesionales, concretamente las líneas que Paz dedica a la reflexión y donde confluyen  la fraternidad, la cultura, la vida y hasta los consejos amorosos realizados siempre en un tono relajado, el que distingue a un diálogo entre amigos. Seguramente Paz jamás imaginó que esta correspondencia de carácter personal terminaría por ser leída, años después, por el público general. De haberlo sabido quizás la vanidad y su sentido perfeccionista le habrían impulsado a hacer modificaciones y omisiones, no tanto de estilo, sino por el sentido: en especial para mantener intacta la imagen férrea que se suele tener de él. Lo digo porque en muchas de estas cartas se muestra como alguien inseguro respecto a su propia obra, como si casi nada le gustara (excepto por “Piedra de Sol”  del que dice: “Es lo mejor que he escrito. O, al menos, el poema en donde he querido decir todo lo que tenía que decir”) e incluso en una de ellas confiesa estar fastidiado de escribir; sin embargo, los episodios de abatimiento se alternan con  otros donde se muestra optimista, resuelto y satisfecho, confirmando así la idea de su hija, Helena Paz Garro, que lo definía como alguien fluctuante.

Se debe tener en cuenta que en cuarenta años una persona cambia mucho (¿y no se hace incluso a cada día?), por lo que la variación de ánimo presente entre una carta y otra es perfectamente entendible;  estos jardines errantes no deben tomarse como un volumen desmitificador, sino como uno de aproximación a la parte humana del que fuera uno de los actores más importantes del ambiente intelectual del siglo XX.

Para los lectores jóvenes del presente será cuando menos curioso leer estas cartas y postales que, obviamente, se tratan de medios limitados de comunicación. Lo que ahora se puede resolver rápidamente por medio de un mensaje de celular, a mediados del siglo pasado tomaba semanas enteras. Aparte de lo que tardaba en llegar una carta de un país a otro hay que agregar el hecho de que a veces se perdían en el camino, y que un mero detalle dejado a medias equivalía a repetir el proceso hasta que los datos quedaran precisados por completo.

En el libro no se incluyen la misivas escritas  por Lambert, en parte porque éstas quedaron reducidas a cenizas en el incendio que hubo en el departamento de los Paz en 1996 y en parte porque las palabras del escritor mexicano se defienden por sí solas: él era la figura central de las mismas.

¿Autorizaría Paz la publicación de estas cartas? Imposible saberlo, lo cierto es que en el prólogo de uno de los tomos de sus obras completas (¿O fue en otro lugar? Confieso que cito de memoria),  refiriéndose a sus primeros escritos,  Octavio Paz mencionó que los publicaba a pesar de considerarlos menores, simplemente porque era preferible a que lo hiciera él, con cierto control, a que lo hiciera alguien más, sin ningún tipo de filtro, después de su muerte. Los lanzamientos póstumos son terreno peligroso, y este, aunque tambaleante por momentos, logra erigirse como un material provechoso.

La erudición en su rostro más amable, así se podría calificar a esta serie de cartas que resumen las virtudes de Octavio como amigo: profundo, cortés, atento, guía, consejero… algunas que junto a la sensibilidad y el compromiso, también conforman al poeta.

 

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Este texto fue publicado originalmente en la revista Spazz en el año 2011, aproximadamente.

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Además – Poema de Raymond Carver

“Últimamente he comido mucho puerco.
Además, muchos huevos y otras cosas”,
me dijo este hombre en la oficina del médico.
“Uso mucha sal. Bebo veinte tazas de café
todos los días. Fumo.
Tengo problemas para respirar”.
Luego el hombre bajó la mirada.
“Además, no siempre limpio la mesa
cuando he terminado de cenar. Se me olvida.
Solo me levanto y me voy.
Adiós hasta la próxima vez, hermano.
Señor, ¿qué cree que está pasando conmigo?”
Él tenía los mismos síntomas que yo.
Le dije: “¿Qué crees que está pasando?
Se te están aflojando los tornillos. Y luego morirás.
O viceversa.
¿Qué hay de los dulces? ¿Eres aficionado al helado
y a los rollos de canela?”
“Además, se me antoja eso”, respondió.
Para entonces ya estábamos en un restaurante.
Miramos el menú y continuamos platicando.
Una canción sonaba en la radio
de la cocina. Era nuestra canción, sabes,
era nuestra mesa.

—Raymond Carver.

Traducción: Carlos LM.

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Un libro que no he leído

Así comienza Rendición (2017), la novela de Ray Loriga:

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda.

Todavía no leo el resto del libro, pero con eso me basta para estimar su valor. Conozco otras obras de Ray Loriga y dentro del vértigo acostumbrado de su prosa aparecen estos golpes de timón que rompen la nebulosidad que a veces le domina. Son pequeñas frases que levantan del asiento, sentencias que obligan a que uno se detenga para poder asimilarlas. Son las manifestaciones de un genio intermitente que da alguna bocanada en medio del camino.  Uno debe permanecer atento para cuando ocurra. Hay novelas donde el fenómeno nunca acontece. Y hay otras donde se desliza con familiaridad. No sé aún si Rendición deviene en más momentos por el estilo. Lo evidente es que ya tiene uno, y al estar al inicio ofrece una garantía de permanencia; se buscarán más fragmentos del mismo nivel hasta la última página pese a que acaso no haya oro al final del arcoíris.

La apertura de esa novela se refiere al optimismo como engaño, un engaño que también permite mantenerse a flote. Ante los tiempos de tormenta, se apela al recuerdo de un beso, una antigua mascota, alguna copa bebida hace años entre amigos. Ahí el consuelo. El estímulo. La calidez. Los momentos de júbilo por los que hay que mantenerse en marcha. Cuando se anda a la deriva no queda otra que aferrarse a los recuerdos para no derrumbarse. Si lo placentero ocurrió alguna vez, cabe la posibilidad de que en el futuro se repita: así se renueva la esperanza aunque la derrota se encuentre establecida.

Tal idea es una de las pocas que ayudan a conservar el talante armonioso, lo que inspira a seguir luchando en las calles. Aunque de eso ya casi no nos quede, las sensaciones de las buenas épocas están guardadas en la cabeza, demandan caricias y nuevas compañías.

Nos pica el gusano de la ilusión. Si uno se rinde, se puede tener la seguridad de que la fiesta se ha terminado. No habrán más caminatas en el parque ni tardes junto a un nuevo amor. En cambio, si te continúas en la lucha, cabe la posibilidad de que el advenimiento eventualmente aparezca.

Mientras tanto el espíritu exige algunas dosis de satisfacción para sobreponerse a la marea de adversidades que golpean el pecho a diario. Y para contrarrestar lo negativo hay que programarse. Quizás nunca llegue el boleto premiado de lotería, como tampoco llegará el día en que puedas montarte en un avión privado para recorrer el mundo. Quedan, empero, los milagros de toda la vida, los que cobran nuevo significado ante la mirada atenta. El oro puro de explorar una librería en domingo. Revisar tiendas de discos aunque al final no compres nada. Y queda la suavidad de la pierna de una mujer que ofrece un refugio. Y está la maravilla que supone una sopa que colma a un hombre desamparado.  Y están los perros que tienen una mirada en la que pareciera contenida toda la bondad de la que dispone el universo. Están los viajes en carretera. Mirar la lluvia desde la ventana de una cafetería. Hacer reír a alguien. Estrechar una mano franca. Mirar un partido de futbol. Comerse una pizza entera. Extender durante horas una plática sobre intrascendencias.

Es a lo que hay que aferrarse. Aunque ya no quede mucho de ello. Aunque luego el golpe sea peor.

Bresson Mouchette

 

Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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El rayo verde de Éric Rohmer

El rayo verde es un fenómeno visual  de poca duración que puede apreciarse en los instantes finales de la puesta del sol en el horizonte del mar. Se trata de un pequeño destello de color esmeralda que aparece cuando ciertas condiciones atmosféricas se coordinan, lo cual no sucede muy a menudo.

Julio Verne hizo una novela al respecto, Éric Rohmer una película. En Le Rayon Vert (1986) el director francés homenajea al portento natural y al literario con la historia de Delphine (interpretada Marie Rivière), una mujer sin el más mínimo gramo de confianza en sí misma, quien ve arruinadas sus vacaciones cuando una amiga la abandona de última hora, cancelando así los planes que habían trazado en conjunto. El imprevisto la deprime ya que se suma a las serie de fracasos que la han agobiado en la adultez. El contratiempo pone el dedo en la llaga, le recuerda el descenso en materia afectiva que ha padecido durante los últimos años. El destino no le ofrece tregua alguna.

Las personas inmersas en un caos emocional encuentran un escudo en la rutina. El trabajo es lo que los aferra a existir. Tener colegas, poco tiempo libre y labores en mente hace olvidar los conflictos internos. Las vacaciones pueden convertirse entonces en una condena que acentúa el vacío. Un balde de agua fría revuelta con realidad.  Los seres solitarios quedan a la intemperie, a la deriva.  Anhelan algún tipo de ocupación que les ancle a la vida o justifique su presencia en el mundo. Es lo que ocurre con la protagonista de esta historia que, con semanas libres por delante y sin nadie con quién compartirlas, entra en un conflicto existencial.

No importa que personas generosas desfilen a su alrededor: Delphine  es incapaz de valorarlo. Las heridas de una relación anterior siguen frescas en ella, lo que reditúa en una incapacidad  de conectar con quienes le tienden una mano. Está a la defensiva. Sufre de ansiedad al no lograr el éxito amoroso que el resto de los mortales parece tener y al que irónicamente aleja de manera inconsciente. Dentro de sí piensa que ya ha hecho lo posible para conseguir la plenitud social y que todo esfuerzo ha sido inútil. “Si tuviera algo que ofrecer la gente lo vería”, dice presa de la desesperación, sin percatarse de que las oportunidades ocurren a cada minuto para ser atrapadas por aquellos que tienen la disposición de la que ella carece.

Quienes hayan sentido alguna vez el mismo vacío interno, y la dificultad para encontrar el camino de las relaciones, considerarán a Le Rayon Vert una cinta entrañable. Como en otras de sus creaciones, Rohmer explota ese recurso tan poco socorrido en el cine (que suele estar más preocupado en la acumulación de sucesos excepcionales para diferenciarse de lo cotidiano), el de la normalidad a un modo casi documentalista.

Los diálogos (a veces sepultados por elementos externos como el ruido de las motos que pasan pitando  por ahí) en El rayo verde son improvisados por los actores luego de ligeras indicaciones de Rohmer, lo cual da paso a la espontaneidad del tino o el tropiezo. Hay escenas que tal vez se acerquen al desvarío pero que al final cobran —un sutil— sentido. Por ahí se encuentran también algunos  detalles de misterio que hacen recordar la admiración que el cineasta francés tenía por Hitchcock.

Le Rayon vert pertenece a la serie Comedias y Proverbios, una de las líneas temáticas que Rohmer planteó en su universo creativo. Desde su aparición ha sido una de las obras más aclamadas del director, quien la consideraba autobiográfica por verse identificado con el papel taciturno que cedió a Marie Rivière.

La encarnación de la soledad. La frustración de ver el éxito en personas consideradas inferiores y el ahogo de los intentos estériles. También el interpretar coincidencias como si fueran señales y aferrarse a ellas como último recurso ante la ausencia de otra clase de estímulos. Eso y más conforma a El Rayo Verdecinta deudora del mencionado fenómeno de la naturaleza, que al final se convierte en la punta de lanza para que Delphine recupere la ilusión, en una maravillosa toma que tardó meses en conseguirse (cuando el resto de la filmación ya había concluido), en donde Rohmer logra captar un momento que vale por la película entera.

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Publicado originalmente en la revista Spazz.

Un poema casi arreglado de Charles Bukowski

te veo beber de una fuente con tus diminutas
manos azules; no, tus manos no son diminutas
son pequeñas, y la fuente está en francia
donde me escribiste aquella última carta
a la que contesté sin que jamás volviera a saber nada de ti.
solías escribir poemas demenciales acerca de
ÁNGELES Y DIOS, todo en mayúsculas, y
conocías a artistas famosos y la mayoría de ellos
eran tus amantes, y yo te escribía, está bien,
hazlo, entra en sus vidas, no estoy celoso,
no nos conocemos en persona. una vez estuvimos cerca en
nueva orleans, a medio bloque tan solo, pero no nos vimos, nunca
nos tocamos. así que fuiste con los famosos y escribiste
acerca de los famosos, y, por su puesto, lo que descubriste
fue que los famosos están preocupados por
su fama —no de la joven muchacha que está en la cama
con ellos, la que se entrega, y luego despierta
en la mañana para escribir poemas en mayúsculas acerca de
ÁNGELES Y DIOS. sabemos que dios está muerto, nos
lo dijeron, pero al escucharte ya no estuve tan seguro. quizás
fueron las mayúsculas. fuiste una de las mejores
poetas y se lo dije a las revistas, a los editores,
“publíquenla, está loca pero hay magia
en ella. no hay falsedad en su fuego”. te amé
como un hombre ama a la mujer que nunca toca, a la que
solo escribe, de la que guarda unas cuantas fotografías. te
hubiera amado más si hubiera estado en una habitación enrollando
un cigarro mientras se escuchaba tu orinar en el baño,
pero eso nunca ocurrió. tus letras se volvieron más tristes.
tus amantes te traicionaron. pequeña, te escribí, todos los
amantes traicionan. pero no ayudó.  me dijiste que tenías
una banca para llorar que estaba cerca de un puente y
el puente estaba sobre un río y tú te sentabas cada noche en la banca
del llanto  y lagrimeabas por amantes que te habían
lastimado y olvidado. te escribí de regreso pero nunca
volviste. un amigo me informó de tu suicidio
3 o 4 meses luego de que ocurriera. si te hubiera conocido
probablemente hubiera sido injusto contigo o
tú lo hubieras sido conmigo. fue mejor así.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

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Dean Martin en la encrucijada

Eran los tiempos de la beatlemanía durante la primera mitad de los años sesenta y, aunque casi todo el mundo estaba fascinado con el cuarteto de Liverpool, había un puñado de personas que no lo soportaban o que, cuando menos, lo veían con recelo, displicencia o envidia. El caso más representativo fue el de los crooners estadounidenses, que de pronto se vieron desplazados por esos jóvenes muchachos que venían del Reino Unido.  Frank Sinatra y Dean Martin no veían del todo bien que alguien llegara arrebatarles la atención de las mujeres y del gran público, similar a lo que también sintió Elvis Presley. Casi todos ellos cambiaron de perspectiva con el pasar de las primaveras. Sinatra cantó canciones de los Beatles, lo mismo que Bing Crosby y Elvis, quienes además gozaban de la admiración de los Fab four.

Dean Martin se cuece aparte. Fue el que más difícil tuvo aceptar que los tiempos habían cambiado. La competencia en los sesenta de pronto se vio dominada por gente extravagante de tendencias hippies, lo cual era incomprensible para un tipo chapado a la antigua como él, un hijo de inmigrantes italianos que gustaba del cabello corto y dejarse de tonterías (salvo en las noches de copas… casi todas). La animadversión fue tal que alguna vez en un programa de televisión entonó, junto a otros personajes, un tema medio en broma, medio en serio, en que se escuchaba “I hate the Beatles…“.

En 1964 el panorama era nebuloso para Dean Martin. Parecía que el futuro había barrido con tipos de su estirpe. Era imposible escapar de los nuevos fenómenos. Ni siquiera su hijo, Dino Jr., lo hacía; para colmo del cantante, en casa tenía a un gran fan de aquellos melenudos. El padre tenía que soportar a diario a ese muchacho que canturreaba “She Loves You” y otras joyas desde su habitación o en la cocina. Un simbólico acto de parricidio o un golpe a la vanidad, como cuando la chica de tu interés se ve encandilada por el nuevo alumno de la escuela para olvidarse de ti.

La crisis de Dean Martin se acentuaba por el hecho de que llevaba seis años sin conseguir un solo hit. El cuadro no invitaba al optimismo. La gente ya buscaba otras cosas. Y él tenía casi cincuenta años. Parecía que su época ya había pasado. Era un fósil, alguien que ya no pertenecía. Pero entonces llegó uno de esos momentos de reivindicación que ofrece la vida si uno mantiene el dedo en el renglón y permanece atento a las oportunidades.

Durante las sesiones de Dream with Dean (1964), el pianista Ken Lane sugirió a Dean Martin probar una canción llamada “Everybody Loves Somebody”. Se trataba de una pieza del lejano 1947 que el propio Lane había compuesto al lado de Sam Coslow e Irving Taylor. Una tonada agradable de la vieja escuela que sin embargo no había tenido mayor trascendencia hasta el momento, pese a que había sido interpretada por figuras de la talla de Frank Sinatra y Peggy Lee. No estaba presupuestado que fuera un highlight del disco,  simplemente había que buscar algo de relleno para completar las doce canciones requeridas para el proyecto. Y “Everybody Loves Somebody” podía cumplir con el cometido.  Sin ser una apuesta ambiciosa,  al reloj les faltaba una tuerca y no estaba de más practicar con una reliquia.

La prueba funcionó. Una versión austera en lo instrumental (preciosa, hay que decirlo) de “Everybody Loves Somebody” entró en el álbum. La insistencia de Jeanne Biegger —la esposa de Dean— fue clave para que fuera incluida en el corte final, como señala Javier Márquez en el libro Rat Pack. Viviendo a su manera. Fue la primera en enamorarse de la melodía.

No obstante, Dean Martin seguía con una espina clavada. Y esa canción en particular le seguía atrayendo (lo curioso es que en un principio la vio con escepticismo). Sentía un raro magnetismo hacia ella. Era posible sacarle más jugo, según creía. Si bien su carrera no pasaba por el mejor momento, el orgullo de Dean permanecía vivo, solo requería dar un golpe de autoridad en la mesa.  Acaso la invasión británica, de forma indirecta, contribuyó a sacar lo mejor de él y su equipo. El valor de un hombre se puede medir por la reacción que tiene cuando está contra las cuerdas. Y aunque la escena musical parecía relegarlo,  el cantante decidió seguir en combate por un round más.

Fue así que se decidió grabar una versión alternativa de “Everybody Loves Somebody”, esta vez con un poco más de ritmo y con orquesta. Dean Martin conocía sus debilidades y sus fortalezas; estaba en el punto en el que no podía inventar nada más. Se decidió a recurrir al estilo de toda la vida, sin experimentar pero con todo su encanto y con la mejor hechura posible. La nueva adaptación resultó mágica (la manera en que Dino pronuncia If I had it in my power es un detalle maestro: vibrante, casi un farfullo; una muestra de los caudales creativos dentro de la ejecución). Su fuerza arrolladora despertó el entusiasmo de todos y Reprise Records (la discográfica fundada por Frank Sinatra a la que pertenecía) decidió lanzarla como sencillo, además de incluirla en una recopilación de ese mismo año.

Hay que tomar en cuenta que para Dean Martin era un asunto personal. Más que efectuar el oficio, lo que intentaba era seguir vigente entre la audiencia. No ser un mero galán para abuelitas. De ahí que se esmerara tanto. El desempeño le hizo recuperar la confianza. Una mañana, mientras salía de casa para dirigirse al estudio, le advirtió a su hijo, quien escuchaba a los Beatles: “Ya verás, sacaré a tus amiguitos de la lista de popularidad”. Y al final así fue. “Everybody Loves Somebody llegó al #1 de las listas de éxitos de Estados Unidos, desbancando a la brillante “A Hard Day’s Night” de The Beatles.

Everybody loves somebody sometime
And although my dream was overdue
Your love made it well worth waiting for
For someone like you…

Fue el primer número uno de Dean Martin. El mayor clásico de su repertorio. Lo consiguió a los 47 años de edad.

dean martinFoto: Sid Avery (1961).

Volantes, esa ficción

Hay un elemento curioso dentro del mundo publicitario: los volantes, breves folletos que nadie quiere, que de nada sirven y que sin embargo llevan décadas asolando a comunidades enteras. Seguro has topado con ellos. En cualquier centro urbano es posible encontrar repartidores que te ofrecen rectángulos de papel que llevan impresa alguna oferta. La mayoría de las veces una espectacular rebaja del 10% en el producto que menos necesitas en el momento. El resto del espacio es rellenado por colores chillantes y un listado de los servicios disponibles en el negocio en cuestión. El promedio de vida de estos anuncios es de aproximadamente minuto y medio, tiempo suficiente para que el receptor alcance a localizar el basurero más cercano.

El prestigio de los volantes es tan bajo que la gente los desecha sin siquiera leerlos. En ellos bien podría venir inscrita la receta de la eterna juventud o una propuesta matrimonial y daría lo mismo. Nadie les presta mayor atención. Hay un estigma muy fuerte en su contra. Solo hay dos circunstancias que prolongan la existencia de lo que pudo ser un desperdicio instantáneo: la aparición de un niño que aproveche el recurso para hacer un barquito de papel y el calor que puede transformar al volante en un abanico improvisado.

En vista de su exiguo rendimiento, ¿cómo es que algunos emprendedores siguen recurriendo a semejante artimaña para promover sus servicios? La explicación es sencilla. Por una convención internacional, por una tomadura de pelo de la que todos somos cómplices.

Piensa en la enorme cantidad de personas que se dedican a la industria del volanteo. En ella están involucrados impresores, transportistas, repartidores, cocineros, diseñadores, barrenderos, beisbolistas y un montón de especies añadidas. Si de pronto los folletos se abolieran el ecosistema capitalista podría colapsar, un acontecimiento inadmisible para todos aquellos que aspiran adquirir una pantalla de 60 pulgadas en abonos chiquitos.

De ahí que todos le hagamos al cuento, sostenemos la ficción según la cual los volantes son útiles e interesantes. Los recibimos con cara de que vamos a comprar lo que impulsan. Pero lo cierto es que no. Simplemente sostenemos un ritual que fue heredado por nuestros antepasados para así apoyar la economía de familias enteras.

Desconfía de los seres desalmados que rechazan los volantes. Son individuos sin consideración por el prójimo: traidores de la regla no escrita. El volante se acepta siempre, aunque sea para contribuir a que el pobre repartidor pueda regresar temprano a casa. Piénsalo, entregar un millar de papeletas relativas a una tienda de almohadas es muy complicado, una hazaña equiparable a anotar un gol de chilena. Los empleados del sector tienen que distribuir cada ejemplar antes de poder recibir un mísero sueldo que apenas y justifica las quemaduras del sol.  Lo mejor es ayudarles a cumplir con la tarea. Tomar lo que obsequian es, literal, quitarles un peso de encima, reducir una raya a su condena.

Aun así, dentro del mundo del volante hay dos extremos. El día y la noche. Uno es la excepción que funciona, el otro el que de plano se excede en su cualidad de inservible. En la primera categoría están los restaurantes. Un volante que promete alguna promoción de comida no está nada mal (sobre todo si incluye el número telefónico para pedir a domicilio), de hecho se atesora aunque nunca se utilice: el drama absoluto llega cuando la pizzería te informa que el cupón que habías reservado caducó en el lejano 2014.

El contraste, el colmo de lo vano e ineficaz,  está en esos tabloides gratuitos que únicamente ofrecen anuncios clasificados. En efecto, ni siquiera se esmeran en incluir un horóscopo o articulito para disimular. Se limitan a promover productos chatarra en al menos una docena de páginas, con lo cual el desastre ecológico se multiplica. Los materiales que utilizan para la elaboración del infame catálogo son tan pobres, tan descuidados, que el periódico espurio tiene un olor particular, como a veneno que podría intoxicar a un roedor desprevenido. Una abominación que no tiene perdón y que se cuece aparte, tanto así que no entra dentro del pacto de caballeros del que gozan los volantes tradicionales. Ni siquiera son aptos para cubrir la pipí de los perros.

No olvidemos la dinámica del volante clásico, el que se merece un respeto. Una bonita ficción. Al principio podrá calificarse como una molestia y en cierto modo lo es. Pero también es una costumbre de la que sería difícil prescindir. Sigamos simulando en su favor. A fin de cuentas el repartidor nos hacen sentir importantes, solicitados, nos da la atención que a menudo se niega en las calles.  Si nadie te extiende la mano ni tampoco escuchas una palabra de aliento, al menos es lindo saber que alguien repara en tu presencia quitándote la duda de si acaso no serás un fantasma. Tal es la cuestión: para ellos existes, tienes cara de ser alguien pudiente. Un halago que ya casi nadie te da.

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Álvaro Arbeloa. Uno de los nuestros

Álvaro Arbeloa, un hombre en toda la extensión de la palabra, se retira del futbol. Nunca fue el jugador más técnico (lo cual compensaba con pasión y disciplina), lo cual le costó muchas críticas, en especial al final de su carrera. Pero en él había un atributo poco frecuente y, por desgracia, en peligro de extinción. Me refiero al compromiso. Un compromiso dentro y fuera de la cancha. Tener a Arbeloa en tu equipo era tener a alguien dispuesto a morir por la camiseta. Un espartano que defendía al grupo hasta las últimas consecuencias, en cualquier momento, en cualquier escenario. Estaba ahí para los suyos incluso cuando ya no pertenecía a la plantilla. Nunca quiso ser políticamente correcto. No puso la otra mejilla ni volteó hacia otro lado cuando alguien cometía una falta de respeto. Eso le costó enemistades y la animadversión de figuras vomitivas, e incluso distanciamiento con compañeros de la selección española. Sin embargo Arbeloa siempre siguió a lo suyo. Plantando una sonrisa y dándolo todo de sí, fuera mucho o poco.

Ya lo he dicho en el pasado. Arbeloa está en mi top 10 de jugadores de la última década. Jugó en dos de mis tres equipos favoritos, el Liverpool y el Real Madrid (el otro es el Necaxa) y siempre vi cómo se entregaba en cuerpo y alma. Era todo corazón. Aunque se codeara con estrellas, en realidad era uno de los nuestros. Era un aficionado con los colores en la sangre. Con cualidades y limitaciones, era un embajador de todos aquellos que estaban en las gradas o de los que mirábamos por televisión.

En sus últimas entrevistas se nota que Arbeloa ya no era del todo feliz. Aunque existía la posibilidad de seguir jugando en EE.UU. o en alguna liga exótica para llenarse la cartera, ha preferido colgar los botines. Después de estar en el Real Madrid, el club de sus amores, debió resentir recalar en otro lugar muy distinto. Cualquier cosa le habría sabido a poco. De modo que ha optado por decir adiós. Por fortuna alcanzó estar ahí cuando el Madrid ganó su título más ansiado, la Décima Copa de Europa.

Aquella noche en Lisboa, donde el Madrid fulminó al Atleti con un dramático 4-1, Arbeloa tuvo un detalle que mostró su grandeza. Un gesto que lo convirtió en uno de los personajes más destacados del evento, sin siquiera jugar un solo minuto.

Al terminar el partido, Arbeloa se puso una camiseta para festejar la victoria. No era una camiseta relativa a una consigna política, ni tampoco alguna clase de reivindicación personal. Era una camiseta con la leyenda Live Forever, en honor a Juanan Palomino, un madridista (y devoto de Oasis) fallecido en el accidente ferroviario de Angrois, unos meses antes.

Juanan era un tipo carismático que se desvivía por el Madrid. Un fan de hueso colorado, de esos que se obsesionan por el deporte hasta el delirio. Un joven que ansiaba la llegada de la Décima Copa de Europa como lo manifestaba en sus redes sociales. Si alguien merecía estar en el estadio era él. La suya era una historia trágica que pudo caer en el olvido. Pero Arbeloa se encargó de que no fuera así. Rescató la figura de Juanan en plena celebración, cuando el resto de sus compañeros estaban centrados en sí mismos y en la gloria que les llegaba.

Juanan estuvo ahí en la mágica noche de Lisboa con una playera que lo identificaba. Todo porque Álvaro se acordó de él. Fue el único jugador de la plantilla en hacerlo. Con ese mítico Live Forever, que es un canto a la vida, pasó por la medalla y subió por la Orejona.

Xabi Alonso ha señalado las mayores características de Arbeloa: lucha y lealtad. Un espíritu que ha defendido sus creencias sin regatear un solo gramo de esfuerzo.

Lo dicho; aun con todo lo ganado, con todos los éxitos y todo el dinero, Arbeloa nunca perdió la perspectiva: era uno de los nuestros. Así lo fue mientras jugaba, y así lo seguirá haciendo en cualquier lugar al que se dirija.

Para algunos románticos, siempre será nuestro capitán.

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Andy Warhol: estrella de goma

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1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.