La llama en Charles Bukowski

A principios de la década de los sesenta Charles Bukowski estaba en un trabajo asfixiante como cartero del servicio postal de Estados Unidos. Ya antes había pasado por empleos y ocupaciones desgastantes, lo mismo en tareas de campo que en bodegas, almacenes o como empleado de limpieza. Se trataban de puestos humillantes para alguien que se sabía con talento. Alguien que estaba hecho de otra pasta. Pero al que no le quedaba otro remedio que sucumbir si es que deseaba llevar, de vez en cuando, algún alimento a la boca. Era alguien que conocía el hambre de cerca. Alguien que llegó a dormir en bancas de parques y a sobrevivir días enteros alimentándose solo con algún caramelo de mantequilla.

La situación para él era desesperada. Trabajar como cartero lo consumía a nivel físico y, sobre todo, espiritual. Estaba perdiendo la parte más valiosa de sí mismo, esa ilusión que todos llevamos dentro y que nos hace luchar por nuestros ideales, la que invita a no rendirse. Eso que eventualmente la mayoría pierde en el camino para conformarse con lo que hay.

“No estoy entrenado en absoluto y el empleo como empleo no significa nada, desde luego, salvo la posibilidad de mantenerme respirando y comiendo para poder escribir algún poema”, dijo en esa época a un amigo.

Hank no entendía cómo la gente podía someterse a lo que él consideraba un infierno. Le aterraba ver a los trabajadores sumisos consumiéndose en la nada. Para él cada minuto en tales circunstancias era un golpe difícil de soportar. La sensación era similar a la de ver mutilado su interior, ese pájaro azul que empezaba a agonizar.

La condena que Bukowski vivió durante años lo empujaba cada vez más al abismo. Lo único que le salvaba eran aquellos escasos momentos donde podía escuchar música clásica, beber alcohol… y escribir. La combinación que funcionaba como escapatoria.

Incluso un tipo duro como él, habituado a la adversidad, no podía continuar así. Un día reflexionó al respecto y se dio cuenta de que tenía que elegir entre dos opciones. Quedarse en la oficina postal y perder la razón o dedicarse a escribir y morir de hambre. Eligió lo segundo. Prefería abandonar la certeza de una existencia mediocre con tal de salvar algo más preciado: su alma.

En una carta dirigida a John William Corrington escrita el 12 de enero de 1962 mencionó algo en tal sentido:

“Sigo aguantando porque (…) me estaba desvaneciendo por un lugar en donde ganaba 55 centavos la hora, donde empacaba vestidos de mujer en cajas para envío, mientras un judío gordo reía con su cara amarilla porque yo estaba en una jaula mientras él tenía una casa de 12 habitaciones y una mujer más bella de lo que yo podría siquiera soñar.

Decidí que estaba perdiendo,

No la cuestión monetaria,

al carajo con eso,

Sino que, y quizás suene cursi —una parte de mi alma estaba siendo empacada en cajas y soltada lejos de mí (…); decidí que,

dado que estaba perdiendo

PODÍA RENDIRME Y PERDERLO TODO

O PERDERLO CASI TODO

PERO SALVAR

SALVAR LO POCO QUE ME QUEDABA DENTRO.

Esta revelación no suena como gran cosa; no parece mucho, pero esa noche mientras caminaba hacia mi habitación entre los fríos árboles de St. Louis, me pareció lo correcto, era mi salvación que crecía y algo que caminaba junto a mí, una pequeña llama. Cobró sentido entonces y lo hace hoy todavía”.

Para Bukowski la consolidación literaria llegó de manera tardía. La primera de sus novelas se publicó cuando él ya tenía más de 50 años de edad, un punto en el que muchas personas ya se han rendido y asumen la condena en la que están inmersos. Su caso fue diferente y por eso es inspirador. Nunca quitó el dedo de la tecla y continúo con la escritura sin atender a las posibles consecuencias. Si había que hacerlo, se moriría con la suya, pero de ningún modo iba a volver a una dinámica que lo ahogaba y que lo convertía en un muerto en vida. John Martin, editor de Black Sparrow Press, permitió que sucediera, cuando le ofreció a Bukowski una mensualidad de 100 dólares para que abandonara sus funciones como cartero y se metiera de lleno en su faceta como escritor.

Eventualmente el éxito llegó. Quizás con retraso, pero finalmente pudo llevar una vida (o vejez) digna con una cuenta bancaria nutrida y un BMW en el estacionamiento. No todos lo logran. Fue un caso de excepción. Aun así, resulta notable que nunca haya renunciado a lo que el corazón le dictaba. Lo de él es un ejemplo. Y por eso su obra resulta más que mera literatura. Es algo más. Nos recuerda que incluso en la derrota hay una ruta de salida. Una luz que invita a no perder esa parte mágica y ebria que permanece en escondida en alguna parte de nosotros. Una luz pequeña pero que existe al fin.

Todo queda resumido en uno de sus poemas:

sabía que estaba muriendo
algo en mí decía, adelante, muere, duerme, conviértete
en uno de ellos, acepta.
luego algo más en mí decía, no, salva
esa parte pequeña
aunque sea.
no se necesitaba mucho, solo una chispa.
una chispa puede incendiar un bosque
entero.

silla buko

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Una guitarra que llora

Las sesiones del llamado Álbum Blanco (1968) fueron, en términos generales, anárquicas y con un ambiente individualista para The Beatles. Las duras jornadas del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band del año anterior habían dejado agotada a la banda. No en lo creativo pero sí en lo que se refiere a la disposición a laborar en conjunto. De ahí que el sucesor haya sido más bien una pieza tirada a la libertad en donde cada integrante podía hacer lo que quisiera. Una atmósfera de cierta dejadez que, contra lo que pudiera creerse, trajo resultados extraordinarios.

El Álbum Blanco es un compendio de música popular que explora un gran número de géneros. Hay baladas, folk, rock pesado, jazz,  música country, soul, una canción de cuna, avant-garde y hasta una tonada para celebrar cumpleaños. Cada tema es muy distinto al anterior. John, Paul, George y Ringo se dieron la oportunidad de experimentar sin limitaciones. El disco doble es una locura sin armonía, un caos genial. Y ahí su mayor atributo: el cuarteto de Liverpool tiene obras más pulidas y redondas, pero ninguna tan amplia y en la que demuestren su genio con más versatilidad.

Aún dentro del viaje lúdico tirado al vértigo hay algunas canciones muy bien trabajadas a las que se dedicó especial esmero y atención como “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Hapiness is a Warm Gun” y “While My Guitar Gently Weeps”.

La última de ellas representa una gran historia en sí misma ya que en un principio le costó arrancar. George Harrison tenía cierta reserva. Sabía que tenía una composición extraordinaria y temía soltarla en un proyecto en el que ninguno de sus compañeros parecía demasiado implicado. A diferencia de discos anteriores donde cada tema se estudiaba y se repetía hasta el cansancio, en el Álbum Blanco había más bien una proclividad a la escritura rápida y la grabación en masa. George Harrison temía desperdiciar una de sus mejores flechas en una marea inmensa mientras Paul andaba en lo suyo y John se preocupaba más por Yoko que por cooperar con alguna melodía ajena. Corría el riesgo de que su mejor disparo pasara inadvertido.

«Intentamos grabarla», dijo alguna vez George Harrison refiriéndose a “While My Guitar Gently Weeps”, «pero Paul y John estaban muy acostumbrados a impulsar sus canciones y a veces era difícil ponerse serios y  grabar una de las mías. No estaba sucediendo. No la estaban tomando en cuenta… así que me fui a casa esa noche pensando, ‘bueno, es una lástima’, porque yo sabía que la canción era muy buena».

Con eso en mente, George decidió recurrir a uno de sus amigos. Y no cualquiera, sino Eric Clapton ni más ni menos. Se trataba de un movimiento inteligente, aunque con cierta polémica. Era raro que una figura externa se colara en una grabación de los Beatles, por más dios de la guitarra que fuera.

George Harrison hizo mención del caso en el proyecto The Beatles Anthology. «Al día siguiente estaba manejando rumbo a Londres junto a Eric Clapton y le dije: ‘¿Qué vas a hacer hoy? ¿Por qué no vienes al estudio de grabación y tocas en esta canción que tengo?’ Él respondió: ‘Oh, no, no puedo hacer eso. Nadie ha tocado antes en una grabación de los Beatles y a los otros integrantes no les gustaría algo así’ Yo le dije, ‘Mira, es mi canción y me gustaría que tocaras en ella».

Al final la colaboración se concretó. Y como pasaría unos meses más tarde con la incorporación de Billy Preston a las grabaciones de Let It Be, la llegada de un invitado relajó el ambiente y unió a los cuatro viejos amigos de Liverpool que cada vez tiraban más hacia  su propio molino.

El resultado es memorable. Si de origen “While My Guitar Gently Weeps” ya era un portento (la versión demo hace llegar hasta las lágrimas), con la suma de cinco de los más grandes talentos de la generación se volvió un manifestación digna de enciclopedias.

Ya mucho se ha dicho del gran solo ejecutado por Eric Clapton en el tema. Un deleite que está entre sus momentos más inspirados. Pero en cuanto finaliza, en el minuto 2:29, sobreviene un instante casi milagroso, en la que los últimos rastros de la guitarra se funden con el órgano Hammond y la voz de George en una mezcla muy parecida a la gloria divina.

Lo que hace Paul McCartney también es digno de destacar. Si bien en un principio había externado desidia, acaso motivado por la presencia de un músico como Clapton, no quiso quedarse atrás e hizo dos grandes aportaciones. Primero ese piano que ya desde el comienzo dota al tema de un aura obscura y épica y, segundo, ese bajo tan heavy y machacón que lleva todo hasta las nubes.

George Harrison, además de ser la mente detrás de todo, entrega uno de sus mayores despliegues vocales que, sumados trabajo instrumental, hacen de esto una cascada plenamente emotiva y llena de sensibilidad. Se trata de una letra enfocada a un pesar que mira lo que le rodea con abatimiento, un lamento por la causa perdida a la que uno sigue enganchado. La escritura de la tonada surgió en la casa de la madre George en Warrington, Inglaterra, y tomó vuelo durante la temporada que los Fab pasaron en Rishikesh, India, en el retiro espiritual del Maharishi Yogi que resultaría un fiasco a la postre.

David Quantick decía que George Harrison nunca había sonado tan confiado en sí mismo como en “While my Guitar Gently Weeps” y que nunca antes había pisado a fondo sus propias habilidades. Se trata de una verdadera revelación que descubre a un músico en esplendor, alguien que logró anticipar en rock de los setenta según agregó el periodista británico.

Una joya que está al nivel de lo mejor de Lennon & McCartney. Lo cual se dice fácil, pero que muy pocos han logrado en realidad. Hay que recordarla (y escucharla) en cualquier tarde que se disponga.

georgie harrison

Fellini nos cuenta de sí

El periodista Costanzo Costantini conoció a Federico Fellini cuando este último apenas comenzaba su carrera. Eran días de poco dinero, en los que el director italiano se las veía negras y en los que a veces estaba obligado a salir de los restaurantes sin pagar. Lo que en un principio se trató de encuentros profesionales entre reportero y cineasta, pronto se convirtió en una amistad estrecha que perduraría por décadas; hasta 1993, cuando Federico Fellini falleció.

La relación entre ambos hace de Fellini, les cuento de mí: conversaciones con Constanzo Constantini (Sexto Piso), un volumen de entrevistas excepcional.

Las aproximaciones con la prensa suelen ser, para muchos artistas, un fastidio donde las respuestas se dan casi de manera automática para salir del paso; un ejercicio impuesto por el entretenimiento como industria que muchos preferirían evitar. Mas, cuando el encuentro se da entre un par de amigos, la dinámica cambia y la entrevista pasa a ser una conversación, como señala el subtítulo del libro. Y eso son: charlas, intercambios, aun cuando el protagonista principal quede claro desde el principio.

La confianza que Fellini deposita en Costantini conlleva dos elementos deseables en cualquier entrevista, liberación y comodidad. Gracias a ello brotan revelaciones que solo se reservan para el círculo más íntimo.

Les cuento de mí constituye una biografía fragmentada, porque aunque se pudiera decir que los temas tratados se centran en la obra cinematográfica (y por tanto profesional) del autor, la esencia autorreferencial de esos trabajos hacen que, al comentarlos, el maestro cuente paralelamente su vida personal.

Fellini era un ávido conversador. Entre las varias anécdotas compartidas por Costantini hay una que lo demuestra. Narra que en una ocasión, a mediados de los años setenta, y con motivo del Oscar ganado por Amarcord, concretó una cita con Federico para hacerle unas preguntas. El autor de la película se mostró indispuesto: la noche previa, mientras confirmaba la cita, había comentado que no se le ocurría nada importante qué decir y que bastarían cinco minutos para terminar la sesión; aceptó de mala gana sólo para echarle la mano a su amigo periodista que necesitaba escribir algo para el medio en el que trabajaba. Al otro día cuando se encontraron en Vía Sistina, Fellini habló sin parar por cuatro horas y media. Su lengua era incontenible incluso en días malos.

De la primera a la última página apenas se notan cambios en la personalidad de Fellini. Sobra decir que los temas tratados son variados y que cada respuesta está cargada de genio profundo, pero aun con la llegada de los premios y renombre mundial, siguió siendo el ser sencillo, supersticioso y humilde de siempre. En la parte trasera del libro viene una frase de Orson Welles que lo refleja a la perfección: “Fellini es, esencialmente, un muchacho provinciano que nunca llegó realmente a Roma. No, todavía está soñando. Y todos deberíamos estarle agradecidos por sus sueños”. En las palabras que pronuncia, entonces, siempre se percibe la añoranza por su tierra natal, Rímini, fusionada con las impresiones causadas por la gran Roma a la que denominó como “una ciudad para esperar el fin del mundo”.

Federico Fellini padeció de insomnio durante su toda vida. Ante la frustración, al despertar optaba por dibujar los vívidos sueños que tenía para luego transformarlos en películas. Su carrera es una travesía onírica que pronto lo separó de la generación del neorrealismo italiano. Ya desde las primeras películas se notan las pinceladas de distinción que luego, con la llegada de los sesenta y de la libertad que otorga el prestigio, se hacen más evidentes hasta convertirlo en el autor de un estilo o, para ser justos, de un mundo, que se cuece aparte de las convenciones de sus contemporáneos.

El hombre detrás de proyectos tan complejos como 8 1/2 o Satyricon en el trato de persona a persona era elemental y espontáneo. Cuando se le cuestionaba sobre las comparaciones con Proust y Joyce que algunos críticos hicieron respecto a sus cintas, confesaba apenado nunca haberlos leído y además agregaba que los artistas deberían mantenerse alejados de las bibliotecas. También se relata cómo Anita Ekberg estuvo reacia a aceptar el papel que se le ofrecía para La Dolce Vita por lo poco serio que le parecía Fellini, tomando en cuenta que cuando se le acercó para hablarle del proyecto no tenía siquiera un guión. Fellini incluso le ofreció a ella que lo escribiera, para poco después entregarle unas cuentas líneas redactadas en un pésimo inglés que simplemente la hicieron reír. Por fortuna su agente ya se había comprometido, por lo que se vio orillada a actuar para pasar a la historia con esa otra figura central del mundo felliniano: Marcello Mastroianni. A él lo eligió por algo difícil de encontrar dentro del menú de actores: una cara común y corriente.

Otro dato: en la mítica escena de la Fontana di Trevi, para aguantar el enorme frío que hacía, Marcello se tomó una botella entera de vodka y llevaba por debajo del traje un conjunto especial para buzo. Al momento de la llamada estaba completamente borracho.

Lo anterior es una pequeña muestra de lo que se encuentra en Fellini, les cuento de mí, recomendado para los admiradores del cineasta y también para quienes no lo conozcan en absoluto, ya que por ameno y ligero alimenta las ganas de aproximarse a sus películas, las cuales son revisadas cronológicamente, incluyendo los proyectos inconclusos de El Viaje de G. Mastorna (cancelado por complicaciones y supersticiones del autor) y Viaje a Tulum (para el cual visitó México), además de La ciudad de las mujeres, a la que consideró “maldita” ya que durante su filmación ocurrieron varias tragedias, la más sensible de ellas la muerte de su sentido del oído: Nino Rota.

La edición es estupenda. Una maravilla que, por si fuera poco, incluye líneas sobre el amor entre Federico y Giulietta Masina, la relación ambivalente con Pasolini y variados recuerdos íntimos de los protagonistas de la época. Indispensable para los enamorados del verdadero cine.

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Costanzo Costantini, Fellini, les cuento de mí, España, Sexto piso, 2006, 292 pp.

La nota de George Harrison

En algún lugar estaban John, Paul, George y Ringo. John y Paul acaparaban las miradas. Ringo las sonrisas. Quedaba George, el típico muchacho serio de la escuela que se descubre como un gran conversador cuando te animas a conocerlo. Entre los cuatro formarían uno de los fenómenos populares más importantes del siglo XX. Aunque las cosas no fueron sencillas para ninguno de ellos.

George Harrison, por ejemplo, padeció una presión particular desde el principio, cuando John Lennon tuvo reservas para aceptar a un quinceañero en su proyecto musical entonces llamado The Quarrymen. Bastó que George tocara la complicada “Raunchy” de Bill Justis en una audición improvisada dentro de un autobús para lograr convencerlo.

Con el pasar de los años vendrían otras presiones; con los reflectores encima, llegó el juicio de la prensa y el público. Una vez alcanzada la fama, en lugar de ser halagado por sus aportaciones en la guitarra, hubo cierto sector que le tiraba dardos ante la falta de composiciones propias. Para ellos llegó la primera de sus canciones: “Don’t Bother Me”, una declaración de principios que ya da muestra de lo diferente que era de sus compañeros. Sabio, obscuro, ácido, respondía a los detractores.

Todavía tuvo que enfrentarse a una evaluación más rigurosa: la que había en el seno de The Beatles. En más de una ocasión varias de sus composiciones fueron relegadas en pos de otras menores. Ante los oídos de John Lennon, Paul McCartney y George Martin, el establishment al interior de la agrupación, pasaron las primeras versiones de joyas como “All Things Must Pass” y “Not Guilty” que, con la atención requerida, bien pudieron tratarse de highlights en la discografía del cuarteto. Parecía que los temas de John Lennon eran a los que más se les echaba la mano. George mismo apuntaló y perfeccionó decenas de temas que no cerraban del todo, un favor que no siempre se le devolvía. A cambio se le ofrecía la oportunidad de tener una o dos canciones en cada nueva obra.

En el llamado Álbum Blanco (1968), ante a la apatía de sus compañeros, decidió invitar a Eric Clapton para reforzar la preciosa “While My Guitar Gently Weeps”, que se convirtió en uno de los mejores piezas del cuarteto. La amistad entre ambos duraría varias décadas más.

En las sesiones de Let it Be (1970), George Harrison discutió con Paul McCartney y se hartó de John Lennon. Cumplir órdenes quedaba corto para sus expectativas. El material que reserva, lo sabe, le da para mucho. No era tan prolífico, mas la calidad de los temas estaba al nivel de cualquiera gracias al esmero artesanal que ponía en ellos.

En una pequeña crisis George decidió, por fin, abandonar la banda, pero a las pocas semanas regresó para contribuir con el que sería el último trabajo de The Beatles: Abbey Road (1969; grabado después de Let it Be pero lanzado antes que este). Además de aportar dos de los tres temas más famosos del LP, logra por primera vez, colocar una de las suyas como lado A de un sencillo. Se trata de “Something” la enésima canción de amor del cuarteto que logró conquistar a la audiencia.

Cuesta pensar en un final digno para The Beatles sin la aparición de “Something” y “Here Comes The Sun”, por no mencionar sus invaluables contribuciones como arreglista a la sombra. También es difícil pensar en la carrera de los Fab sin su presencia.

George era la diagonal que unía y afianzaba a Lennon/McCartney. Siempre tuvo un solo, un arpegio, un riff que catapultaba a sus compañeros. Uno de los ejemplos más notorios está en “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, donde el aporte que hizo con el sitar disimula el aire Dylaniano o, cuando menos, lo eleva a otros niveles: le convierte en un tema Beatle genuino. La fascinación por el instrumento y la cultura hindú fue producto de la búsqueda constante que desarrolló, un viaje que se concentraba en especial en su propio interior.

Mencionar el resto de las contribuciones de George Harrison a The Beatles sería un trabajo agotador; muchas de ellas pasan desapercibidas por elementos más obvios como lo son los coros o las letras; simplemente debe decirse que sin ellas tendríamos productos anémicos; que sin el cuidado del George perderían un valor que cuesta precisar con exactitud. Cuando se hacen listas de los mejores guitarristas de la historia parte importante de los puestos siguen reservados para los instrumentistas pirotécnicos, de esos que creen que tocar es una carrera de velocidad. Si los parámetros fueran otros, como la sensibilidad y el cuidado de cada nota, George debería ocupar uno de los primeros lugares.

Debe destacarse que el perfil bajo que mantuvo se debe también a su tendencia introspectiva. Al ser parte de la banda más popular del mundo, y estar activo activo en un periodo de tiempo donde el Guitar Hero vivió un auge, se le debe reconocer que nunca cedió al protagonismo fácil. Era lo contrario al exceso: era un músico de la contención. Se ha dicho ya que jamás tocó una nota de más. Falta hacer hincapié en que tampoco hubo una de menos. El resultado no era producto del esfuerzo y la repetición tanto como del instinto. La delicadeza.

Cuando se conoce a George en profundidad quedan borrados los menosprecios y aparece la estimación, la sorpresa. Surge la duda de por qué su talento permanecerá un tanto a la sombra y eclipsado por el peso de The Beatles, cuando la realidad es que en algunas ocasiones llegó a superar lo que hacía el tándem Lennon/McCartneyEn todo caso, cualquier día se presta para empezar a descubrirlo.

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La sonrisa de Michael Rother

Michael Rother sonreía mientras se instalaba en un pequeño escenario de un salón en San Luis Potosí. Desde el restaurante ubicado a un lado se alcanzaba a colar la música dispuesta para los comensales, pero él se lo tomó con humor. Es un hombre sencillo que ve la incomodidad más como una aventura que como un fastidio. Es probable que después de cerca de cincuenta años de trayectoria, que lo llevaron a influir de manera determinante en la música occidental a través de Neu! y proyectos como Harmonia, nunca hubiera afrontado una situación parecida. Aquel que fue admirado por David Bowie y que colaboró de cerca con Brian Eno estaba ahí, perdido en una ciudad mexicana, en un espacio en el que apenas se podía mover, con la misión de tapar aquellos murmullos de muzak que provenían del local vecino. Le acompañaban en la tarea el carismático Hans Lampe y Franz Bargmann.

Tampoco es que Michael Rother sea ajeno al imprevisto. Ha vivido en Pakistán, en Reino Unido y ha recorrido gran parte del mundo gracias a su carrera. Comenzó en 1971, y desde entonces se ha mantenido en la palestra con distintos proyectos. Primero con Kraftwerk (en donde tuvo una participación más bien testimonial), luego con Neu! y luego con su carrera en solitario. Pese a su innegable influencia, en él hay algo de anonimato. Una parte importante de la música popular del siglo XX tiene su impronta, y sin embargo él tiene un aspecto apegado a la normalidad.  Pantalones de mezclilla, camiseta negra y una chaqueta de algodón, de esas que luego uno se topa en el supermercado.

El aura de hombre promedio se borra cuando comienza a tocar. Entonces es posible darse cuenta de que Michael Rother es de otra pasta. Un digno representante de lo que significa ser alemán. Se trata de un estilo de música muy identitario, que alguna vez miró hacia el futuro y que acabó sepultando por la realidad. El krautrock presente en Neu! se regodea en la reiteración: a partir de cada círculo va adivinándose un nuevo significado. Se trata de una competencia contra del interior, una confirmación de lo que se tiene, de la esencia que merece ser recordada una y otra vez.

Michael Rother no se encierra dentro de sí mismo. Agradeció a la audiencia y mencionó que se trató de un público adorable. Luego siguió tocando un set impecable que mostró el alcance de su propuesta. Una modernidad congelada en el tiempo. La matriz de donde salen ecos presentes igual en The Horrors, que en Radiohead, Stereolab o Wire. La vanguardia bien entendida. Un clásico sin arrugas.

El evento fue traído por los organizadores de Futuro Festival en asociación con el Goethe-Institut Mexiko. Todo un acierto de personas partidarias de mirar más allá.

En el público hubo de todo. Conocedores de la música alemana, viejos nostálgicos. Jóvenes atentos a la historia. Hubo un tipo que no sabía a quién tiene enfrente, así que lo googleaba y se ponía  a ver fotos de él en su celular, en vez de atender a la actuación que tenía a unos pocos centímetros de distancia.

Había una joven. Tenía el cabello violeta y no debía tener más de 21 años. Era una de las personas más entusiastas en el recinto. Entendió a la perfección el instante y se dejó llevar por el mismo, permitiendo que los sonidos se apoderaran de ella en pasos de baile que no tendrían explicación de otro modo. Ella no se dio cuenta, tenía los ojos cerrados, pero Michael Rother la observó durante más de una ocasión. Y volvió a soltar una sonrisa, como si él fuera el fascinado. En ella estaba la música. La chica de cabello violeta contenía la magia del momento y él había soltado la chispa que dio en el clavo.

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Un héroe en cada hijo te dio

Es ya un lugar común mencionar el ejemplar sentido de solidaridad que los mexicanos muestran ante las tragedias y los momentos de crisis. Pero no está de más recordarlo, en especial en días de lágrimas y deriva, tanto por el embate de desastres naturales como por una espiral de podredumbre y violencia generalizada que parece cebarse con nuestra sociedad.

Hay que mencionarlo porque se tratan de manifestaciones que no ocurren en cualquier lugar, aunque algunos así lo crean. Tenemos una población con diferencias acentuadas por temas políticos y sociales, pero que al mismo tiempo sabe que hay algo más allá que nos une como personas. Aquí no hay separatismos ni trifulcas entre ciudades como pasa en otros puntos del mundo. Mientras haya una mesa o un partido de futbol, sabemos unirnos. Y, lo que es más, también hay una disposición de salir a la calle y responder con hechos cuando los embates de la vida se ensañan con los más débiles. Sabemos, como decía aquella canción, que ellos no son un peso ni una carga, son nuestros hermanos.

Más allá de los esfuerzos realizados por las autoridades, el pueblo mexicano se une y se entrega al bien común cuando hay un sismo, un huracán, un derrumbe… todo sin medir los posibles riesgos ni escatimar energía. Incluso los más humildes ofrecen sus manos o un pedazo de pan.

El destino de los mexicanos parece trazado entre el drama y la resistencia. Algo verdaderamente valioso debe tener este país como para haber aguantado tanto daño, tantos saqueos y tantas equivocaciones, como atestigua la historia. A pesar de todo, México se ha mantenido de pie con una resiliencia heroica. Esto ha brindado escenas memorables como la del señor que izó la bandera de México sobre las ruinas del Palacio Municipal de Juchitán o aquel grupo de rescatistas que cantaron  el “Cielito lindo” mientras ayudaban en las labores nocturnas de rescate tras el sismo del 19 de septiembre de 2017.

En la letra de “Cielito lindo” se encuentra uno de los atributos clave de la sociedad mexicana: ante la adversidad, el canto, la sonrisa que por unos instantes hace que se olvide el gran dolor que llevamos como cruz cuando estamos en silencio. Somos un país herido, cuya andanza resulta inverosímil bajo cualquier análisis… pero ahí sigue. Como decía Carlos Fuentes, México no se explica, no atiende a lógica ni a razones. Es más un asunto de fe. Algo en lo que se cree, con furia, con pasión y un eterno desaliento.

Si bien no soy patriotero ni nacionalista, México me apasiona. Me parece un caso de excepción. Me pasa lo mismo que a Fernando Savater: cuando veo una bandera de mi país es como si viera una bandera de la Cruz Roja: siento calidez, sé que se trata de un lugar en el que seré atendido y donde recibiré ayuda si lo necesito; un sitio al que le debo mi educación, mi familia y mi libertad. Por eso,  y pese a todo, si me dan a elegir… me seguiría quedando con México.  Se dice fácil pero aquí tenemos lo que por desgracia no existe en todas las naciones. No veo nada de malo en celebrarlo.

Cuando veo el color, la pluralidad, la solidaridad… cuando veo ancianos levantando piedras para salvar a los más jóvenes y a niños aguantando  lo indecible… en esos momentos añoro que un día este país pueda entrar en el esplendor que merece. Cada que alguien grita “Viva México”, la esperanza renace.

 

 

Terremoto en MéxicoFoto: AFP

Rius, un viejo amigo

Yo de niño quería ser monero. Me parecía el trabajo ideal. Podrías divertir a la gente y a la vez entrar en el debate nacional. Por aquellos días yo estaba muy influido por Eduardo del Río, “Rius”, una de mis primeras lecturas. Devoré todos los libros que encontré de él. Los títulos de Rius abordaron cualquier temática que se pudiera ocurrir. Desde la filosofía, hasta la religión, pasando por la economía, la política, la música, la tauromaquia, el sexo y la nutrición.

Visto a distancia, la obra de Rius está llena de imprecisiones, sesgos y recomendaciones nocivas con las que mucha gente se formó y que todavía son vistas como una norma por los miles de lectores que tuvo. A menudo la borrachera ideológica le jugaba malas pasadas. En sus libros hay tanto conspiranoia política, como una perspectiva que llega al límite de la anticiencia (era un crítico irracional de la medicina) y tenía una inclinación constante a la falacia naturalista.

Sin embargo, a la vez, los libros de Rius contenían unos cuantos apuntes válidos que nunca deben ser vistos como una biblia (de la que él mismo tanto ironizó), sino como un punto de partida. El error es conferir rigurosidad a lo que hay que ver como una pequeña noción, una base a partir de la cual forjar una ruta más seria. Su mérito fue imbuir la sed de conocimiento. La enorme capacidad de síntesis. Mostrar que la educación podía ser entretenida. Rius podía equivocarse, pero nunca era aburrido.

Recuerdo haber llenado mis cuadernos de la secundaria con monitos. Les ponía grandes globos de texto y ahí escribía los resúmenes que dictaban los profesores. También añadía chistes y cuanta locura se me ocurriera. Quería ser como Rius. Una vez el maestro de historia se dio cuenta de lo que hacía. Tomó mi cuaderno para una revisión durante el recreo y empezó a hojearlo; ante él pasaron todos esos personajes, mal dibujados, entre los cuales destacaban futbolistas, taqueros, monjas y perros. Todos ellos hablando de los temas que habían sido abordados durante las clases. El virreinato, la independencia, la revolución… Sin decir nada más, mi profesor tomó el cuaderno y fue a mostrárselo al director, que pasaba cerca de ahí por el pasillo. Ambos solían ser solemnes y estrictos. Pensé que me iban a regañar. Pero más bien se rieron. Soltaron una carcajada por unas cosas que había puesto. Los vi comentarse algo al oído y lanzar una sonrisa de complicidad. Luego se acercaron a mí para devolverme la libreta añadiendo un simple: “Te pasas, eh, pero muy buenos resúmenes” o algo así. La memoria me falla. Lo que sí sé es que en ese momento se reveló ante mí la gran posibilidad que ofrece el humor.

Conforme crecí dejé de leer a Rius. Ya al final yo no coincidía en casi nada con él. No obstante le reconozco que al menos tuvo la humildad de sacar un libro llamado Lástima de Cuba, dedicado a señalar el gran fracaso de los hermanos Castro. No todos los socialistas tienen detalles así.

De cualquier modo, volteo hacia atrás y recuerdo lo importante que Rius fue alguna vez en mi formación. Esa gran habilidad que tenía para explicar lo complejo de forma sencilla: una lección invaluable. Y aunque mucho de lo que mencionaba no era del todo preciso (y a menudo estaba de plano equivocado), proporcionaba un abanico de temas a los que, de no ser por él, no me habría acercado en absoluto. A partir de ahí ya le correspondía a uno seguir explorando y formarse de su propio criterio. Eso es lo que hice y de manera indirecta el maestro Rius también contribuyó para que yo me dedicara a contrastar la información, aun cuando tal cosa supusiera apartarme de él.

Les digo. Hace años no leía a Rius. Nuestras posiciones políticas e ideológicas se alejaron de manera irremediable. Pero hace poco fui al Museo del Estanquillo y quedé prendado con las piezas relativas de aquel viejo maestro. La colección del museo no me gustó tanto, pero sentí nostalgia al ver dibujos de Rius. Me puse a pensar en aquellas tardes donde sus caricaturas me pusieron en contacto con el gusano del conocimiento.

El único cuadro con el que me tomé foto en el Estanquillo fue con la parodia de Rius de La última cena, protagonizada por los míticos personajes de Los Supermachos y Los Agachados, obras corales que son un retrato indispensable de la sociedad mexicana. Me atrevo a decir que son la versión mexicana que anticipó a Los Simpson, así como su serie “para principiantes” se adelantó a la colección millonaria de libros “para dummies”

En esos días estuve pensando mucho en él. Un amigo de la infancia. Quizás ya nunca lo volvería a leer, pero mi cariño lo tenía asegurado. Cuando supe que falleció sentí un hueco en el estómago, el mismo órgano que en alguna época se sometió a las horribles dietas sugeridas en La panza es primero.

Lo tendré siempre como ese viejito loco entrañable.

Descanse en paz, Eduardo del Río.

 

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Foto: Pedro Valtierra /Cuartoscuro

Vicente Blanco, una fiera del ciclismo

La historia de Vicente Blanco Echevarría representa una de las hazañas más significativas del deporte español. Lo es tanto por resultados como por el empeño necesario para llegar a ellos.

Nacido en 1884 en el Deusto, Bilbao, Vicente Blanco Echeverría creció en una familia de profundas limitaciones económicas. Por ello desde chico tuvo que dedicarse a oficios que moldean el cuerpo y el espíritu, como lo fueron las labores que llevó a cabo dentro de un barco. Ahí hizo de todo. Fue ayudante de cocina, realizó tareas de limpieza y se dedicó a palear carbón en la sala de máquinas. Aquellas condiciones lo adiestraron a resistir en situaciones extremas, lo cual conectaría con un deporte donde lo sobrehumano es requisito.

Más allá de lo profesional, de lo que era un modo de vida, Vicente Blanco tenía una ilusión: ser ciclista. Lo tenía entre ceja y ceja. No solo se conformaba con practicar como un cualquiera que se pasea por las calles. Él quería algo más. Quería competir. Vencer a otros seres humanos. Ser el mejor.

Pero no iba a ser fácil. Pese a su gran forma física, pronto quedó tendido en la lona. Con apenas 20 años, mientras trabajaba en una fábrica siderúrgica, una barra de acero incandescente le perforó y arruinó el pie izquierdo. El talón y los dedos le quedaron destrozados. Meses después, debido a un accidente con los engranajes de una máquina, los dedos de su pie derecho también se trituraron, esta vez cuando trabajaba en los famosos astilleros Euskalduna en el centro de Vizcaya.

Se tratan de dos sucesos que serían suficientes para arruinar cualquier vida, sobre todo una que aspiraba al ciclismo. Pero no la suya, que nunca cedió al cansancio ni al confort amargo de la rendición. Decidió continuar sobre los pedales, aun con sus maltrechos muñones. Sus pies estaban fuera de combate, él no.

Para explicar el milagro habría que recordar el origen de este hombre que se ganó el apelativo de El Cojo en tiempos donde la corrección política era un chiste lejano.  Vicente Blanco era de Bilbao, una tierra acostumbrada al infortunio y a personajes  que no se andan con delicadezas. Para alguien de tal municipio las cosas se hacen a como dé lugar. Aunque el precio sea alto. Aunque haya que emplearse a fondo.

Seguir en marcha ya no solo era una cuestión deportiva: significaba derrotar a la adversidad que parecía cebarse con él.  Si el destino le había trazado una ruta, él había rechazado seguirla. Una simple incapacidad física no iba a orillarlo a renegar de sus sueños.

Cuenta la leyenda que, ante las carencias económicas, la primera bicicleta de Vicente Blanco fue una que él mismo rescató de la basura. La bicicleta no tenía llantas, pero para alguien de su calibre eso era otra minucia. A modo de refacción, usó sogas atadas como sustituto de las ruedas lo cual le permitió dar tumbos por ahí.

Sin darse cuenta, el capacitarse en condiciones de excepción le ayudó a ser un competidor notable una vez que tuvo una bicicleta decente dispuesta para lo que le quedaba de extremidades. Gracias a ello pudo competir y destacar en campeonatos españoles, como los que ganó en 1908 y 1909. Poco después, en 1910, se codearía con el ciclismo de élite al ser el segundo español en competir en el Tour de Francia.

La suya es una historia de rudeza que por fortuna dista de integrarse en esos cursis libros de superación personal que al cabo de unas décadas se convertirían en una industria lacrimógena. Vicente Blanco era un joven borracho y un bravucón de primera. Nunca pretendió mostrar lo suyo como un acto lastimero o digno de admiración y por el contrario a menudo era condescendiente y burlón con sus rivales. Comía mal y en exceso. Cuando le ofrecían alimentos saludables decía “la fruta pa’ los monos” y procedía al siguiente bocado de carne. Era un provocador e incluso llegó a cometer alguna trampa.

Como ejemplo está la treta que, según relata Ander Izagirre, le ayudó a conseguir su campeonato de España en 1908, la competencia que lo consagró. 

De acuerdo al periodista donostiarra, a mitad del recorrido los ciclistas debían firmar un documento de paso antes de poder proseguir la carrera. Vicente Blanco iba a la cabeza junto a otros tres ciclistas, así que cuando llegó a ese punto se apresuró a ser el primero en dejar su rúbrica. En cuanto terminó el trámite, montó su bici y sin decir nada continuó con la ruta. La sorpresa llegó cuando los otros competidores quisieron firmar: se dieron cuenta de que el bilbaíno había roto adrede la punta del lápiz dispuesto para tal propósito. El encargado del puesto de control no tenía repuesto. Y en lo que buscaba un sacapuntas el reloj seguía corriendo y Blanco se alejaba cada vez más. Finalmente alguien consiguió una navaja para sacarle punta al instrumento. Pero ya era muy tarde. Ante la furia del resto de los participantes, El Cojo ya iba imparable para ser campeón nacional.

Su gran mérito no estaba tan solo en la pillería. Prueba de ello es que al año siguiente ganó la misma prueba con media hora de ventaja sobre sus rivales y ya con una organización más prevenida contra vivales como él.

Caso aparte fue el Tour de Francia, en donde El Cojo fracasó estrepitosamente. En parte la culpa fue suya y, de nuevo, de las limitaciones. Pero no las propias, sino las económicas. Debido a que no contaba con ningún patrocinio ni apoyo, decidió ir a Francia en bicicleta. Cerca de mil kilómetros entre París y Bilbao que recorrió en cinco días. Arribó menos de 24 horas antes de comenzar la etapa inaugural, a la que llegó exhausto, adolorido y sin dormir. No fue capaz de dar la pelea que hubiera querido. Y ante el fracaso se negó a volver a hablar del Tour de Francia que se convirtió en un tabú para él.

La gloria mayor le había sido denegada y a modo de respuesta decidió hacer como si nunca hubiera existido. Optó por refugiarse en el ámbito local, en donde siguió obteniendo algunos resultados favorables que no obstante fueron insuficientes para salvarlo de la perdición. Murió pobre y en el abandono en 1957. Pero dejó una estampa para el recuerdo. Una conducta ejemplar que no pretendía serlo. Sin intención de conmover ni de protagonizar dramas de autoayuda. Simplemente hizo lo que quería. Y no permitió que la vida le dijera que no.

 

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El talento, una losa

No basta con tener talento, hay que saber sobrellevarlo, darle un cauce o al final el que acaba consumido es uno mismo. La llamarada que podría llevar a la consecución de una obra tiene esa particularidad, la de estallar si no se le da la dirección adecuada. El tener una habilidad es lo mismo una bendición que una carga. Los músicos y los escritores dan cuenta de ello.

En sus tiempos más bajos Erik Satie lamentaba ser un artista. Lo veía como una condena. Un problema que traía pocas reivindicaciones. En 1918, unos años antes de morir, sus creaciones le parecían palos de ciego: pese al esmero que le exigían, le traían pocos frutos. Tenía escaso éxito y el dinero no llegaba como merecía. Si acaso hubiera nacido sin la sensibilidad del pianista… pudo haberse dedicado a tareas menos existenciales que le trajeran más dinero y menos angustias. En una carta confesaba uno de sus mayores deseos: ya no tener más ideas. Porque tener una lo obligaba a darle forma para expulsarla después, de otro modo se convertía en una piedra en el zapato que le impedía estar tranquilo.

Tener conciencia creativa y estética deriva en una insatisfacción permanente. Entre más se progresa se vuelven más evidentes las propias limitaciones. Se siente un pendiente, que se le ha fallado al idealismo. El organista austriaco Anton Bruckner confesó alguna vez a Gustav Mahler su deseo de componer al menos una décima sinfonía. En caso de no conseguirlo se sentiría en deuda, le daba miedo morir y llegar al cielo para rendir cuentas a Dios por el escaso uso que había hecho del talento que se le había otorgado. Vislumbraba los reclamos divinos por la exigua cosecha final. No tendría cara para asumir tal desvergüenza. Quiso el destino que el genio no alcanzara a terminar su Sinfonía n° 9.

Cada día sin escribir, sin pintar o sin componer se vuelve una condena para quien sabe tener un llamado. La inactividad provoca la llegada de una respiración sobre el oído. El remordimiento. A cada paso una raspadura en los talones.

Aunque es justo decir que no todos piensan lo mismo. Es un asunto de asumir o no una responsabilidad. Algunos reniegan de su talento y lo entregan a cuentagotas. Como Arthur Rimbaud, que hizo de su vida uno de los actos poéticos definitivos de la historia. No obstante queda la aflicción, ojalá escritores menores hubieran sido los que siguieran los pasos hacia el abismo.

Otro clásico es Salinger, quien no dejó de escribir pero decidió no ceder prenda al gran público. Optó por hacerlo para sí mismo, sin compartir, por el mero placer de la escritura, en una rara concepción de la espiritualidad, mientras sus admiradores continuaban (continúan) a la espera del lanzamiento de alguno de esos inéditos que se han prometido en el horizonte.

Son los herederos de Bartleby, como señalaba Vila-Matas. Aquellos que dicen no como acto de rebeldía. Sin darle demasiada importancia a nada. Un nihilismo con varias explicaciones. A veces la frustración, a veces la desgana o incluso el enigma. Gustave Flaubert se manifestaba irritado por su propio trabajo; sus manos eran incapaces de reproducir el sonido que cargaba por dentro. Otros, como Rulfo, habían dicho poco pero con eso les bastaba para entrar en el olimpo.

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Foto: New York Public Library

Tom Petty y la caricia de Dylan

Tom Petty y los Heartbreakers fungieron como banda de soporte para Bob Dylan en 1986 durante el True Confessions Tour. Lo que empezó como una colaboración profesional y de amistad, pronto dejó lecciones importantes para los involucrados, quienes, pese a su larga experiencia y estatus de estrellas, todavía tenían margen de aprendizaje. La enseñanza distaba de atender a recursos técnicos (que ya dominaban) para más bien enfocarse en una forma de entender la vida sobre el escenario y la música misma, áreas en las que Bob Dylan alumbraba con su aura de genio.

Por aquel entonces la carrera de Bob Dylan pasaba por su periodo más bajo. Como a otras leyendas de su generación, los años ochenta no le cayeron nada bien. Producto de ello acumuló una serie de tropiezos discográficos que no acabarían hasta el final de la década con el notable Oh Mercy (1989) que, sin embargo, no significó un verdadero repunte, hecho que ocurrió hasta 1997 con ese renacimiento conocido como Time Out of Mind, que lo llevó de nuevo a los cielos de los que ya no se ha bajado. Desde entonces vinieron triunfos artísticos como Love and Theft y Modern Times, además de galardones uno tras otro, incluyendo un Óscar y hasta el Nobel de Literatura.

Todo eso parecía lejano a mediados de los ochenta. Bob Dylan se encontraba a la deriva tras los  álbumes fallidos de su etapa cristiana (con la excepción de Slow Train Coming) y auténticos fiascos como el Knocked Out Loaded (que igual incluye esa joya llamada “Under Your Spell”). Tenía, no obstante, esa característica tan propia de los grandes: la de tener destellos y autoridad aun en modo de capa caída.

Tom Petty reconoció que durante aquella gira aprendió mucho. Estar junto a Bob Dylan les dio una valentía con la que antes no contaba. Descubrió  otra concepción de lo que significa ser un intérprete. El autor de “Like a Rolling Stone” era un ente cambiante, igual que sus canciones, las cuales evolucionaban en concierto, como seres vivientes que pasaban de ser una pieza folk a un blues amargo o un remolino que era imposible de identificar aun para los propios fanáticos del cantante.

Tom Petty y los Heartbreakers adquirieron la intuición necesaria para seguir los pasos del maestro. Debían aprender rápido y salir a tocar sin titubeos. “Tenías que ser muy versátil porque los arreglos podían cambiar, las notas podían cambiar, no había manera de saber qué es lo que él quería hacer cada noche. Tenías que aprender el valor de la espontaneidad, de cómo un instante  de ese tipo vale más que cualquier planificación en un concierto”.

Dos años después, en 1988, ya con esa colaboración concluida, surgió el mayor supergrupo en la historia de la música popular. Los Traveling Wilburys. Un proyecto de amigos ideado por George Harrison sin mayor pretensión que la de pasarla bien y refrescar la mente; recuperar el nervio y la emoción de juventud. Junto a Jeff Lynne, el exbeatle reclutó al gran Roy Orbison y a los también cercanos Bob Dylan y Tom Petty. El reencuentro de los últimos dos dejó una lección adicional, esta vez de escritura.

Tom Petty recordaba una sesión donde tuvo que escribir la letra de un tema junto a Bob Dylan, lo cual considera un privilegio. Tom Petty estaba un tanto agobiado ya que su pluma no lograba fluir. Dylan entonces le dio un consejo que siempre atesoró. “Si te atoras, solo anota lo que quieres decir, y no te preocupes por la métrica la rima ni nada. Solo escribe la oración, y luego encuentra las palabras clave y de golpe ya tendrás la línea”.

Bob Dylan, como recordaba también Tom Petty, escribía mucho, a toneladas. De su mente salían múltiples versos que llenaban hojas sin cesar. Muchos más de los que eran requeridos, por eso muchos de ellos no se usaban. Pero a menudo ocurría un fenómeno interesante, muy propio de la dinámica creativa de Bob. De pronto, entre toda la cascada de palabras surgía una frase, una sentencia, el pincelazo definitivo por el que había valido la pena dejar la mente fluir. Era el verso que se quedaba, el que superaba a todos los demás. “Bob estaba por encima del resto”.

Bob Dylan tiene fama de ser parco al hablar. No da muchas entrevistas y de manera constante da la impresión de que prefiere guardarse todo para la palabra escrita o el misterio. Pero cuando Tom Petty falleció, tuvo un gesto de cariño hacia él, su hermano Wilbury. Bob Dylan declaró que la noticia fue algo impactante  y devastador. “Pensé en el mundo de Tom. Fue un gran intérprete, lleno de luz, un amigo, y nunca le olvidaré”.

Unos días después, el 21 de octubre de 2017, Bob Dylan aprovechó uno de sus conciertos (en Broomfield, Colorado)  para realizar una versión de “Learning to Fly”, uno de los clásicos de Tom. Se trató de un tributo un día después del que hubiera sido su cumpleaños 67.

Puede que los buenos tiempos no regresen más
y puede que las rocas se fundan  y arda el mar.

Estoy aprendiendo a volar, pero no tengo alas
venirse abajo es lo más duro.

Algunos dicen que la vida te derrumbará
que romperá tu corazón y te dejará sin corona.

Así que he comenzado… solo Dios sabe dónde
Supongo que me daré cuenta cuando llegue ahí.

Estoy aprendiendo a volar por las nubes
pero todo lo que sube tiene que bajar…

 

 

bob dylan petty