Dean Martin en la encrucijada

Eran los tiempos de la beatlemanía durante la primera mitad de los años sesenta y, aunque casi todo el mundo estaba fascinado con el cuarteto de Liverpool, había un puñado de personas que no lo soportaban o que, cuando menos, lo veían con recelo, displicencia o envidia. El caso más representativo fue el de los crooners estadounidenses, que de pronto se vieron desplazados por esos jóvenes muchachos que venían del Reino Unido.  Frank Sinatra y Dean Martin no veían del todo bien que alguien llegara arrebatarles la atención de las mujeres y del gran público, similar a lo que también sintió Elvis Presley. Casi todos ellos cambiaron de perspectiva con el pasar de las primaveras. Sinatra cantó canciones de los Beatles, lo mismo que Bing Crosby y Elvis, quienes además gozaban de la admiración de los Fab four.

Dean Martin se cuece aparte. Fue el que más difícil tuvo aceptar que los tiempos habían cambiado. La competencia en los sesenta de pronto se vio dominada por gente extravagante de tendencias hippies, lo cual era incomprensible para un tipo chapado a la antigua como él, un hijo de inmigrantes italianos que gustaba del cabello corto y dejarse de tonterías (salvo en las noches de copas… casi todas). La animadversión fue tal que alguna vez en un programa de televisión entonó, junto a otros personajes, un tema medio en broma, medio en serio, en que se escuchaba “I hate the Beatles…“.

En 1964 el panorama era nebuloso para Dean Martin. Parecía que el futuro había barrido con tipos de su estirpe. Era imposible escapar de los nuevos fenómenos. Ni siquiera su hijo, Dino Jr., lo hacía; para colmo del cantante, en casa tenía a un gran fan de aquellos melenudos. El padre tenía que soportar a diario a ese muchacho que canturreaba “She Loves You” y otras joyas desde su habitación o en la cocina. Un simbólico acto de parricidio o un golpe a la vanidad, como cuando la chica de tu interés se ve encandilada por el nuevo alumno de la escuela para olvidarse de ti.

La crisis de Dean Martin se acentuaba por el hecho de que llevaba seis años sin conseguir un solo hit. El cuadro no invitaba al optimismo. La gente ya buscaba otras cosas. Y él tenía casi cincuenta años. Parecía que su época ya había pasado. Era un fósil, alguien que ya no pertenecía. Pero entonces llegó uno de esos momentos de reivindicación que ofrece la vida si uno mantiene el dedo en el renglón y permanece atento a las oportunidades.

Durante las sesiones de Dream with Dean (1964), el pianista Ken Lane sugirió a Dean Martin probar una canción llamada “Everybody Loves Somebody”. Se trataba de una pieza del lejano 1947 que el propio Lane había compuesto al lado de Sam Coslow e Irving Taylor. Una tonada agradable de la vieja escuela que sin embargo no había tenido mayor trascendencia hasta el momento, pese a que había sido interpretada por figuras de la talla de Frank Sinatra y Peggy Lee. No estaba presupuestado que fuera un highlight del disco,  simplemente había que buscar algo de relleno para completar las doce canciones requeridas para el proyecto. Y “Everybody Loves Somebody” podía cumplir con el cometido.  Sin ser una apuesta ambiciosa,  al reloj les faltaba una tuerca y no estaba de más practicar con una reliquia.

La prueba funcionó. Una versión austera en lo instrumental (preciosa, hay que decirlo) de “Everybody Loves Somebody” entró en el álbum. La insistencia de Jeanne Biegger —la esposa de Dean— fue clave para que fuera incluida en el corte final, como señala Javier Márquez en el libro Rat Pack. Viviendo a su manera. Fue la primera en enamorarse de la melodía.

No obstante, Dean Martin seguía con una espina clavada. Y esa canción en particular le seguía atrayendo (lo curioso es que en un principio la vio con escepticismo). Sentía un raro magnetismo hacia ella. Era posible sacarle más jugo, según creía. Si bien su carrera no pasaba por el mejor momento, el orgullo de Dean permanecía vivo, solo requería dar un golpe de autoridad en la mesa.  Acaso la invasión británica, de forma indirecta, contribuyó a sacar lo mejor de él y su equipo. El valor de un hombre se puede medir por la reacción que tiene cuando está contra las cuerdas. Y aunque la escena musical parecía relegarlo,  el cantante decidió seguir en combate por un round más.

Fue así que se decidió grabar una versión alternativa de “Everybody Loves Somebody”, esta vez con un poco más de ritmo y con orquesta. Dean Martin conocía sus debilidades y sus fortalezas; estaba en el punto en el que no podía inventar nada más. Se decidió a recurrir al estilo de toda la vida, sin experimentar pero con todo su encanto y con la mejor hechura posible. La nueva adaptación resultó mágica (la manera en que Dino pronuncia If I had it in my power es un detalle maestro: vibrante, casi un farfullo; una muestra de los caudales creativos dentro de la ejecución). Su fuerza arrolladora despertó el entusiasmo de todos y Reprise Records (la discográfica fundada por Frank Sinatra a la que pertenecía) decidió lanzarla como sencillo, además de incluirla en una recopilación de ese mismo año.

Hay que tomar en cuenta que para Dean Martin era un asunto personal. Más que efectuar el oficio, lo que intentaba era seguir vigente entre la audiencia. No ser un mero galán para abuelitas. De ahí que se esmerara tanto. El desempeño le hizo recuperar la confianza. Una mañana, mientras salía de casa para dirigirse al estudio, le advirtió a su hijo, quien escuchaba a los Beatles: “Ya verás, sacaré a tus amiguitos de la lista de popularidad”. Y al final así fue. “Everybody Loves Somebody llegó al #1 de las listas de éxitos de Estados Unidos, desbancando a la brillante “A Hard Day’s Night” de The Beatles.

Everybody loves somebody sometime
And although my dream was overdue
Your love made it well worth waiting for
For someone like you…

Fue el primer número uno de Dean Martin. El mayor clásico de su repertorio. Lo consiguió a los 47 años de edad.

dean martinFoto: Sid Avery (1961).

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Volantes, esa ficción

Hay un elemento curioso dentro del mundo publicitario: los volantes, breves folletos que nadie quiere, que de nada sirven y que sin embargo llevan décadas asolando a comunidades enteras. Seguro has topado con ellos. En cualquier centro urbano es posible encontrar repartidores que te ofrecen rectángulos de papel que llevan impresa alguna oferta. La mayoría de las veces una espectacular rebaja del 10% en el producto que menos necesitas en el momento. El resto del espacio es rellenado por colores chillantes y un listado de los servicios disponibles en el negocio en cuestión. El promedio de vida de estos anuncios es de aproximadamente minuto y medio, tiempo suficiente para que el receptor alcance a localizar el basurero más cercano.

El prestigio de los volantes es tan bajo que la gente los desecha sin siquiera leerlos. En ellos bien podría venir inscrita la receta de la eterna juventud o una propuesta matrimonial y daría lo mismo. Nadie les presta mayor atención. Hay un estigma muy fuerte en su contra. Solo hay dos circunstancias que prolongan la existencia de lo que pudo ser un desperdicio instantáneo: la aparición de un niño que aproveche el recurso para hacer un barquito de papel y el calor que puede transformar al volante en un abanico improvisado.

En vista de su exiguo rendimiento, ¿cómo es que algunos emprendedores siguen recurriendo a semejante artimaña para promover sus servicios? La explicación es sencilla. Por una convención internacional, por una tomadura de pelo de la que todos somos cómplices.

Piensa en la enorme cantidad de personas que se dedican a la industria del volanteo. En ella están involucrados impresores, transportistas, repartidores, cocineros, diseñadores, barrenderos, beisbolistas y un montón de especies añadidas. Si de pronto los folletos se abolieran el ecosistema capitalista podría colapsar, un acontecimiento inadmisible para todos aquellos que aspiran adquirir una pantalla de 60 pulgadas en abonos chiquitos.

De ahí que todos le hagamos al cuento, sostenemos la ficción según la cual los volantes son útiles e interesantes. Los recibimos con cara de que vamos a comprar lo que impulsan. Pero lo cierto es que no. Simplemente sostenemos un ritual que fue heredado por nuestros antepasados para así apoyar la economía de familias enteras.

Desconfía de los seres desalmados que rechazan los volantes. Son individuos sin consideración por el prójimo: traidores de la regla no escrita. El volante se acepta siempre, aunque sea para contribuir a que el pobre repartidor pueda regresar temprano a casa. Piénsalo, entregar un millar de papeletas relativas a una tienda de almohadas es muy complicado, una hazaña equiparable a anotar un gol de chilena. Los empleados del sector tienen que distribuir cada ejemplar antes de poder recibir un mísero sueldo que apenas y justifica las quemaduras del sol.  Lo mejor es ayudarles a cumplir con la tarea. Tomar lo que obsequian es, literal, quitarles un peso de encima, reducir una raya a su condena.

Aun así, dentro del mundo del volante hay dos extremos. El día y la noche. Uno es la excepción que funciona, el otro el que de plano se excede en su cualidad de inservible. En la primera categoría están los restaurantes. Un volante que promete alguna promoción de comida no está nada mal (sobre todo si incluye el número telefónico para pedir a domicilio), de hecho se atesora aunque nunca se utilice: el drama absoluto llega cuando la pizzería te informa que el cupón que habías reservado caducó en el lejano 2014.

El contraste, el colmo de lo vano e ineficaz,  está en esos tabloides gratuitos que únicamente ofrecen anuncios clasificados. En efecto, ni siquiera se esmeran en incluir un horóscopo o articulito para disimular. Se limitan a promover productos chatarra en al menos una docena de páginas, con lo cual el desastre ecológico se multiplica. Los materiales que utilizan para la elaboración del infame catálogo son tan pobres, tan descuidados, que el periódico espurio tiene un olor particular, como a veneno que podría intoxicar a un roedor desprevenido. Una abominación que no tiene perdón y que se cuece aparte, tanto así que no entra dentro del pacto de caballeros del que gozan los volantes tradicionales. Ni siquiera son aptos para cubrir la pipí de los perros.

No olvidemos la dinámica del volante clásico, el que se merece un respeto. Una bonita ficción. Al principio podrá calificarse como una molestia y en cierto modo lo es. Pero también es una costumbre de la que sería difícil prescindir. Sigamos simulando en su favor. A fin de cuentas el repartidor nos hacen sentir importantes, solicitados, nos da la atención que a menudo se niega en las calles.  Si nadie te extiende la mano ni tampoco escuchas una palabra de aliento, al menos es lindo saber que alguien repara en tu presencia quitándote la duda de si acaso no serás un fantasma. Tal es la cuestión: para ellos existes, tienes cara de ser alguien pudiente. Un halago que ya casi nadie te da.

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Álvaro Arbeloa. Uno de los nuestros

Álvaro Arbeloa, un hombre en toda la extensión de la palabra, se retira del futbol. Nunca fue el jugador más técnico (lo cual compensaba con pasión y disciplina), lo cual le costó muchas críticas, en especial al final de su carrera. Pero en él había un atributo poco frecuente y, por desgracia, en peligro de extinción. Me refiero al compromiso. Un compromiso dentro y fuera de la cancha. Tener a Arbeloa en tu equipo era tener a alguien dispuesto a morir por la camiseta. Un espartano que defendía al grupo hasta las últimas consecuencias, en cualquier momento, en cualquier escenario. Estaba ahí para los suyos incluso cuando ya no pertenecía a la plantilla. Nunca quiso ser políticamente correcto. No puso la otra mejilla ni volteó hacia otro lado cuando alguien cometía una falta de respeto. Eso le costó enemistades y la animadversión de figuras vomitivas, e incluso distanciamiento con compañeros de la selección española. Sin embargo Arbeloa siempre siguió a lo suyo. Plantando una sonrisa y dándolo todo de sí, fuera mucho o poco.

Ya lo he dicho en el pasado. Arbeloa está en mi top 10 de jugadores de la última década. Jugó en dos de mis tres equipos favoritos, el Liverpool y el Real Madrid (el otro es el Necaxa) y siempre vi cómo se entregaba en cuerpo y alma. Era todo corazón. Aunque se codeara con estrellas, en realidad era uno de los nuestros. Era un aficionado con los colores en la sangre. Con cualidades y limitaciones, era un embajador de todos aquellos que estaban en las gradas o de los que mirábamos por televisión.

En sus últimas entrevistas se nota que Arbeloa ya no era del todo feliz. Aunque existía la posibilidad de seguir jugando en EE.UU. o en alguna liga exótica para llenarse la cartera, ha preferido colgar los botines. Después de estar en el Real Madrid, el club de sus amores, debió resentir recalar en otro lugar muy distinto. Cualquier cosa le habría sabido a poco. De modo que ha optado por decir adiós. Por fortuna alcanzó estar ahí cuando el Madrid ganó su título más ansiado, la Décima Copa de Europa.

Aquella noche en Lisboa, donde el Madrid fulminó al Atleti con un dramático 4-1, Arbeloa tuvo un detalle que mostró su grandeza. Un gesto que lo convirtió en uno de los personajes más destacados del evento, sin siquiera jugar un solo minuto.

Al terminar el partido, Arbeloa se puso una camiseta para festejar la victoria. No era una camiseta relativa a una consigna política, ni tampoco alguna clase de reivindicación personal. Era una camiseta con la leyenda Live Forever, en honor a Juanan Palomino, un madridista (y devoto de Oasis) fallecido en el accidente ferroviario de Angrois, unos meses antes.

Juanan era un tipo carismático que se desvivía por el Madrid. Un fan de hueso colorado, de esos que se obsesionan por el deporte hasta el delirio. Un joven que ansiaba la llegada de la Décima Copa de Europa como lo manifestaba en sus redes sociales. Si alguien merecía estar en el estadio era él. La suya era una historia trágica que pudo caer en el olvido. Pero Arbeloa se encargó de que no fuera así. Rescató la figura de Juanan en plena celebración, cuando el resto de sus compañeros estaban centrados en sí mismos y en la gloria que les llegaba.

Juanan estuvo ahí en la mágica noche de Lisboa con una playera que lo identificaba. Todo porque Álvaro se acordó de él. Fue el único jugador de la plantilla en hacerlo. Con ese mítico Live Forever, que es un canto a la vida, pasó por la medalla y subió por la Orejona.

Xabi Alonso ha señalado las mayores características de Arbeloa: lucha y lealtad. Un espíritu que ha defendido sus creencias sin regatear un solo gramo de esfuerzo.

Lo dicho; aun con todo lo ganado, con todos los éxitos y todo el dinero, Arbeloa nunca perdió la perspectiva: era uno de los nuestros. Así lo fue mientras jugaba, y así lo seguirá haciendo en cualquier lugar al que se dirija.

Para algunos románticos, siempre será nuestro capitán.

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Andy Warhol: estrella de goma

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1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.

Otra víctima del siglo XX

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El cantante chileno Alex Anwandter ha acumulado triunfos desde el surgimiento de Teleradio Donoso, su primer proyecto musical. Los años han pasado desde entonces (la banda en cuestión, formada en 2005, ya no existe: desapareció en 2009), pero en cada una de sus etapas se ha mostrado como un artista completo, alguien que se involucra hasta en el último detalle de cualquier creación que vaya firmada con su nombre. Además de componer hits a mansalva, ha fungido como productor, cineasta y como vocero de minorías que a menudo pasan desapercibidas en el contexto de la canción latinoamericana. Es, en definitiva, una de las figuras más destacadas del continente, cuyo genio parece no agotarse y cuyos lanzamientos, ahora en solitario, despiertan entusiasmo allá por donde deambulan.

Una de las facetas más interesantes de Alex Anwandter es la de director de videoclips, un área a veces polémica en lo que se refiere a la industria musical. Muchos melómanos consideran que este tipo de representaciones son prescindibles, un mero artefacto de orden comercial que rompe con la abstracción que cada espectador debería labrarse por su cuenta; la deficiencia está en someter todo a una sola interpretación visual, anulando así el caleidoscopio. Para otros, los videos musicales son ideales para enriquecer la experiencia estética. Al respecto, habrá que buscar un equilibrio. El juicio dependerá de cuál sea la propuesta en específico; en algunas obras funcionará la pantalla, en otras no.

En el caso de Alex Anwandter los videoclips distan de ser un simple complemento, son pequeñas aventuras cinematográficas que amplifican una cosmovisión muy particular. Su discurso se concentra en el lado marginal de la sociedad, aquellos que desfilan mientras las buenas conciencias duermen. Pero no se equivoquen, no siempre muestra el lado romántico en torno a ello, también señala los vacíos, las resacas, las dudas, las crisis que se intercalan con el baile, las copas, la angustia del tiempo y alguna sonrisa malinterpretada.

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En este sentido, el video que mejor lo define es el de “Casa Latina”, lanzado en 2011 bajo una entidad de nombre Odisea, que más bien fue el inicio de su aventura como solista. Esta pequeña gema, un verdadero cortometraje, retrata la historia de tres mujeres alienadas, cada una hundida en sus propios infiernos personales: el de la represión del conservadurismo, el de la asfixia laboral y el de una preferencia incomprendida. Cada una de ellas es de un estrato social diferente y son de distintas edades. Comparten, eso sí, la soledad. La sensación de estar al borde, a punto de tirar la toalla.

Una de las protagonistas se encuentra encerrada en una oficina, donde trabaja horas extra para poder sostener a su familia. Pero está deshecha. Bien sabe que no vive la vida que alguna vez deseó tener. Tuvo que renunciar a sus sueños de infancia. Ella quisiera estar de viaje en otro país, desearía estar de aventura en algún rincón de la noche. En cambio tiene un escenario deprimente, le agobian responsabilidades de las cuales parece no haber escapatoria. Tiene hijos, tiene deudas, está encadenada de por vida. Eso cree.

Un fenómeno similar ocurre con las otras dos chicas. Temerosas, aisladas, sin saber muy bien a dónde ir. Tienen dudas, viven en la celda de la incomprensión. Guardan secretos, no son aceptadas, están ancladas a la rutina.

Y entonces llega la revelación. Aunque no lo parezca, sí que hay una salida, un plan de fuga para ellas y para todos. Un recurso que es más sencillo de lo que parece. Alex Anwandter lo señala: consiste en darse un minuto. Olvidarse de todo por un rato y recurrir a la música, el salvamento por excelencia. Cuando te sientas hundido, cuando el trabajo o el estudio te estén matando, cuando tu vida personal se esté hundiendo, pon tu canción. La canción que más amas, la que te recuerda a tus mejores momentos. Y con ella de fondo, levántate y baila. Es el único remedio para salvar el espíritu. No importa la edad, no importa la circunstancia. Pon el tema que te remite a los tiempos que fueron felices. Recupera tu parte mágica y ebria, como decía un viejo escritor. Esa que es joven a perpetuidad. Y baila, baila de nuevo, por el amor de Dios.

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No hubo remedio

No dejo de acumular fracasos y lo cierto es que ya no me parece tan mal. Creo está perfecto así. Aspiro a seguir por ese camino hasta llegar al punto en el que las derrotas pierdan significado y entonces pueda acceder a un tipo de libertad, la libertad de poder hacer lo que sea sin reparar en el resultado. Acostumbrarse a los golpes, al vacío que sobreviene después del esfuerzo que no da fruto. Uno debe aprender que el valor de todo está en el acto mismo, no en una eventual recompensa o estímulo. Es un error pensar de semejante manera, o hacer cualquier cosa por complacer a los demás. Uno no está para eso, y a los otros les puede importar poco lo que pudiéramos ofrecer, por muy valioso que sea. Cada quien está en lo suyo. Es de una vanidad terrible creer que lo nuestro puede crear algún tipo de consecuencia en el exterior. Nadie está obligado a conducirse en consonancia a nuestros propios deseos. Faltaba más. De todas formas queda un consuelo para cuando nada resulta como esperábamos: pensar  que el éxito y las ovaciones tienen un toque de vulgaridad. La gente suele tener muy mal gusto, de ahí que recibir su aprobación pueda ser un síntoma calamitoso.

Empero, y sin importar lo anterior, me sorprende que todavía exista gente que apuesta por mí, gente que me apoya y da su respeto. Yo no apostaría un solo centavo en mi causa, y sin embargo ahí están ellos que me tienen fe… lo cual, desde luego, me avergüenza. Cómo decirles que ya no me interesa trascender. No tengo la fuerza suficiente para hacerlo ni la voluntad de dar el paso definitivo hacia adelante. Lo único que busco es un poco de paz mental. De verdad, ya no pido mucho salvo eso, un respiro, una isla de tranquilidad. Si alguna vez tuve un talento no cabe duda de que se ha ido, se ha ido para siempre.

De modo que no sé muy bien qué responder cuando esta chica me pide que escriba sobre ella. Le entusiasma leer algo que trate sobre ella. En su mirada y en su voz está esa ilusión que yo hace tiempo perdí. Y me da mucho gusto que la conserve. La estimo bastante. Ojalá que nunca se rinda ni deje que la marea la empuje hasta donde me encuentro. La escucho, repito, y no sé qué hacer. Nada que yo pueda decir podrá compararse a la amabilidad que ella profesa. Mi deuda con ella es impagable y lo mejor que puedo hacer es tomar la ruta del alejamiento. No complicarle ya la existencia. Soy una persona que seis días a la semana tiende al ensimismamiento, a la reclusión. Un muermo que ningún tercero debería padecer.

Aun así no puedo prescindir de la compañía femenina, no por mucho tiempo. Algo tienen las mujeres que te recargan el espíritu a través de la cercanía, si es que sabes modular la relación (como cualquier otro vínculo humano también puede llegar el punto del estrago). Hay en su dulzura, en su delicadeza, en su sonrisa, una mezcla que alivia el pesar. No hay modo de renunciar a ellas, eventualmente uno vuelve a caer, con todo y los palos que uno haya sufrido con anterioridad y con los que seguramente luego van a caer.

Intento escribir sobre ella y no puedo. Es imposible estar a la altura. Casi nunca escribo acerca de las personas que aprecio. No quiero ensuciarlas con mis líneas, no puedo dibujar ni trazar las sensaciones que ellas producen en mí.

Lo que hago, ya he dicho, es alejarme. Mi compañía tampoco aporta a la mezcla.

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Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

pulp

El caso de Noel Gallagher

La historia es famosa. Noel Gallagher escribió la letra de “Live Forever” poco después de escuchar un tema de Nirvana titulado “I Hate Myself and Want to Die”. El mensaje de la canción de Kurt Cobain no le gustó mucho a Noel Gallagher, quien era incapaz de entender la visión tan pesimista que una persona puede tener sobre sí misma y el mundo que le rodea. A fin de cuentas vida solo hay una, y aunque tiene momentos bastante duros, también es la única oportunidad que tenemos para disfrutar y soñar.

De ahí salió uno de los grandes clásicos del britpop. Una oda a la subsistencia. La invitación a marcar distancia y a guardar optimismo por lo que viene. Noel la dedicó a su propia madre, pero el tema tiene un cariz universal. Ya las primeras líneas merecen un monumento por sí solas:

Maybe I don’t really wanna know
How your garden grows
‘Cause I just wanna fly…

Lo maravilloso de Oasis como banda es que evoca un montón de sentimientos, la mayoría de ellos positivos. Los hermanos Gallagher son dos tipos surgidos de la clase baja que padecieron en serio durante su infancia y juventud. El sufrimiento fue a todo nivel; en lo familiar, en lo económico, en lo sentimental. Y pese a ello, tomaron la determinación de responder de la mejor manera posible, sin tirar la toalla ni dejarse hundir. Optaron por salir adelante y dar pelea. De nada les servía encerrarse a lloriquear en una habitación. Tampoco guardar un rencor que les envenenara las tripas. Si querían abandonar el infierno tenían que brillar, voltear hacia arriba. Y así lo hicieron, con canciones que producen adrenalina, que apelan encarar lo que hay como sea y mirar de frente sin complejos.

La historia nos mostró que la actitud de Kurt Cobain era honesta. Su destino trágico, como el de otras figuras del grunge, invita al análisis. La depresión es un tema delicado que debe atenderse por profesionales y quienes la padecen tienen que recibir toda la ayuda y comprensión que les podamos dar. Por fortuna hay avances en la materia y con un tratamiento adecuado hay formas de mantenerse a flote.

Por otro lado, he de decir que resulta ridículo ver a músicos que hacen de la tristeza una mera pantalla para hacerse de aplausos y aumentar las ventas de discos. Es insoportable. Me refiero a supuestos artistas que se hacen los sufridos en el escenario, donde hacen berrinche por cualquier cosa, pero que al cabo de un rato se van entre risas de regreso a una mansión donde gozan de lo lindo sin ningún empacho. Deleitarse no tiene nada de malo: frivolizar y lucrar con un falso desaliento sí lo es. El público, por desgracia, no tiene escapatoria alguna. Esa música impostora prolonga su pesar y, a diferencia de lo que pueden permitirse aquellos farsantes, ningún viaje a las Bahamas podrá aliviarlos.

En cambio lo de Noel Gallagher es de admirar. Nunca quiso sacar tajada de los pesares. Nunca quiso transmitir malas sensaciones a los demás. Ni siquiera quiso darle vueltas. Hizo lo mejor que podía hacer. Siguió caminando y no le dio gusto a todos aquellos que en su momento trataron de derrumbarlo. Rompió con el círculo de desdicha y no fue rehén de las circunstancias. Y así su valor logró levantar a miles de seres que lo escuchaban desde sus propios infiernos personales.

Recientemente Noel Gallagher cumplió años. Y más allá de cuestiones musicales, siempre lo veré como un ejemplo y una lección de vida. Le agradezco por todas sus canciones y porque gracias a él conocí a grandes amigos.

noel.gallagher_06_08Foto: Jörg Steinmetz (2008).

Cincuenta años de corazones solitarios

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No creo que el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) sea el mejor disco de The Beatles. Creo que ni siquiera entraría en los primeros cuatro puestos, que estarían repartidos entre el Rubber Soul, Revolver, The Beatles y Abbey Road. Aun así reconozco y respeto la mística de ese trabajo, que de alguna manera se las arregló para posicionarse como la gran carta presentación del cuarteto y como uno de los grandes acontecimientos de la música popular. En ello debió influir la grandiosa portada y la onda conceptual que contiene, la cual ayudó a consolidar el formato del álbum de manera definitiva, aunque ya en la práctica no terminó de cuajar, salvo por los dos primeros temas.

La razón por la que Sgt. Pepper’s no está entre mi top de discos (lo cual no quiere decir que me desagrade, al contrario, es una gran obra, solo que hay otras mejores), es porque lo veo como un proyecto cargado de lleno al lado de Paul McCartney. Esto no debería ser del todo malo, si consideramos que se trata de uno de los compositores más importantes del siglo XX, sin embargo se resiente el flojo aporte de John Lennon, que por entonces pasaba por un ligero bache creativo, manifestado incluso en una de las canciones del álbum (“I’ve got nothing to say but it’s OK”).

Ya por entonces Paul McCartney intentaba asumir el liderazgo del grupo, algo que nunca le pareció muy bien a los demás integrantes de los Fab. Quizás debido a ello, se puede percibir cierto desinterés tanto de John Lennon como de George Harrison. No hubo una implicación (aunque sí profesionalismo) de su parte como la hubo en otros trabajos.

Si el álbum anterior (Revolver) era una maravilla porque los tres compositores aportaban al máximo nivel (tanto John Lennon y como Paul McCartney entregaron clásicos uno tras otro y George Harrison se destapó como gran creador con tres canciones), en Sgt. Pepper’s es notable una capa caída tanto de John Lennon como de George Harrison (que solo aporta un tema). Las contribuciones de John son de hecho un tanto menores, con la excepción de “Lucy in the Sky with Diamonds” y “A Day in the Life”, que además tuvo que ser completada con metraje de sus compañeros. Se puede decir que Sgt. Pepper’s fue el disco menos protagónico de John Lennon en la carrera de The Beatles hasta ese momento, un perfil bajo que se repetiría tan solo (y de manera más acentuada) en Let It Be (1970).

De cualquier modo John Lennon tenía el atributo propio de los genios: el de poder salvar las castañas con tan solo realizar un pequeño gesto, a veces sin proponérselo. Ahí donde los otros requieren esfuerzo y dedicación para deslumbrar, a los elegidos les basta con sacar un poco de lo que llevan por dentro. Acaso las primeras líneas de “A Day in the Life” sean superiores por sí mismas a todo lo que Paul hizo para ese disco. Solo por esa voz, esa magnífica voz que pone la piel de gallina; como en esa parte de “Strawberry Fields Forever” (No one I think is in my tree…) que es para tirarse a llorar en el suelo.

En el perfil mccartniano del Sgt. Pepper’s influyeron también algunas decisiones de la producción. George Martin siempre se arrepintió de no haber incluido el combo “Penny Lane / Strawberry Fields Forever” en el álbum, piezas clave que tuvo que ceder para el lanzamiento de un sencillo que calmara las presiones comerciales que exigían material nuevo luego que las grabaciones del nuevo LP se prolongaran durante meses. “Only a Northern Song” de George Harrison es otro descarte de esa época que igual pudo ser  un gran refuerzo.

Por eso no lo tengo al Sgt. Pepper’s entre mis consentidos, aunque no deja de ser una obra única y portentosa. El comienzo y el cierre son emocionantes a mares. Cada tema tiene algún arreglo o detalle que un día inesperado se revela con toda su genialidad. Y sí, Paul se luce en lo suyo, con temas que envidiaría el mismísimo Ray Davies (aunque el muy amargo nunca lo admitiría). En especial cosas como “She’s Leaving Home”, “When I’m Sixty-Four” y la que quizás sea mi preferida: “Fixing a Hole”.

Como sea, felicidades por los 50 años cumplidos. Si esta maravilla no es lo mejor de The Beatles, imaginen como está lo demás. Larga vida al Sargento Pimienta y a la banda de los corazones solitarios que somos todos nosotros.

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Foto: John Downing.

Comida al volante

Entre todos los sitios en los que es posible comer, hay uno que resulta especialmente cuestionable: el interior de un coche. Algunas películas han querido ver con romanticismo esta conducta, la de zamparse un emparedado o tentempié desde el asiento del conductor, a menudo en compañía de una dulce dama que procede a hacer lo mismo sin ningún tipo de empacho. Música romántica suena de fondo al tiempo que fuegos artificiales explotan de la nada en el cielo, una combinación idónea que el par de rebeldes culmina con un beso de textura especial, cortesía de las migajas que llevan en los labios.

No obstante, diga lo que diga Hollywood, semejante comportamiento es una guarrada total. Un yerro imperdonable a varios niveles. Comer dentro del auto es una falta de respeto a los alimentos, al ritual de la tragazón y también, desde luego, a la industria del automovilismo. Henry Ford no murió para que usaras una sofisticada pieza de ingeniería como si fuera un mantel de pícnic.

Pocos actos de soberbia se comparan al de quienes se estacionan junto a una taquería y hacen su pedido desde el asiento, sin bajarse, para que un pobre empleado les lleve la orden de pastor hasta el auto donde reposan con inmensa holgazanería. Hay establecimientos que se especializan en ese tipo de servicio, pero hay otros en los que no, en los que tal actitud rompe con la dinámica del negocio y también con la armonía, el sentido de comunidad que reina en el ambiente. El resto de los comensales suele mirar con desprecio a esta clase de sujetos que prefieren mantenerse en la nube para no juntarse con la chusma, esa que no lleva delantal ni tubos en la cabeza. Los expertos saben del error: la comida callejera se disfruta más junto al prójimo, sin aislarse, dejándose llevar por los aromas y la histeria colectiva.

Comer en el auto es, además, un acto de imprudencia, por mucho que el motor esté apagado y no exista peligro alguno de colisionar con un poste. Cualquier individuo sensato sabe que la comida y la bebida son proclives a ensuciar. Una hamburguesa con queso y un licuado de fresa son susceptibles a dejar una marca indeleble en los sitios por los que pasan. Una gotita de cátsup o de grasa es suficiente para arruinar la mejor de las camisas, ya no se diga el respaldo de un convertible último modelo. De ahí que las personas de bien opten por comer en una mesa como Dios manda, en donde los riesgos se minimizan. Comer en el auto, en especial si es ajeno, puede traer consecuencias funestas. Se ha sabido de pobres diablos que terminan en el hospital luego de haber mancillado la minivan de una suegra vengativa.

Hay actitudes erróneas que es mejor no justificar. Alguien podrá decir que la gente tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo y con sus pertenencias, pero es ahí cuando debemos levantar la voz para detener la depravación que carcome a nuestra sociedad. Urge recuperar las costumbres de antaño; tener consideración por la bondad de las mesas de plástico y aluminio que los anfitriones disponen con tanto cariño para los clientes. Quienes almuerzan en el auto cometen casi todos los pecados capitales y alguno más. Hacerlo es un acto de inconsciencia, pedantería, y nulo cuidado de las formas. Si no quieren moverse, quédense en casa y pidan una pizza. Pero no ofendan a los metiches.

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