Roma, la feminidad de Cuarón

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Roma, la obra maestra de Alfonso Cuarón, conjuga dentro de sí una multitud de méritos cinematográficos que en el balance final entregan una experiencia que trasciende a la pantalla. El testimonio del pasado se hace presente a través de una atmósfera nostálgica donde cada espacio alimenta la reflexión y la memoria.

La cinta se desenvuelve alrededor de una familia de clase media que habita en la colonia Roma de la Ciudad de México a principios de la década de los setenta. Cleo, una de las empleadas domésticas que trabajan en la vivienda, ve transcurrir sus días entre las responsabilidades laborales, las conexiones afectivas y los abatimientos personales que la aquejan en la obscuridad.

Cleo es una niña, una adulta. Dulce, valerosa, gracia, cicatriz. Una mártir. La aspiración de una clase verdadera. Una mujer maniatada, sujeta a una realidad aplastante, que sin embargo no se queja. Alguien que rinde sacrificio, pelea y sufre por aquellos que tiene cerca, una generosidad que no se rinde ante la mezquindad ajena.

En más de un sentido el director rinde tributo a la mujer mexicana, esa que a lo largo de las décadas ha tenido que encajar un papel de sometimiento y sacrificio en la sociedad que la condena. Dejó constancia del jardín guardan, así como las nubes que les acechan. Lo hizo con respeto, sin invadir el área en la que solo ellas cantan y lloran, explorando un contorno complejo que muy pocos han podido descifrar.

Cada plano, cada secuencia, cada instante está nutrido por pinceladas de sutileza. Cuarón tuvo la sensibilidad suficiente para dibujar la huella humana con la ayuda de leves movimientos. Se revela esa humildad tan propia de los mexicanos acostumbrados a bajar la voz para no incordiar al otro; hay frases cortas en las que se adivina el alma entera.

Hay que admirar que Cuarón sea tan discreto. Aunque el guión está en clave semiautográfica, él nunca se asoma demasiado, ni siquiera en su papel como realizador. Cualquier elemento está al servicio de la experiencia, no en sumar puntos de cara a la crítica. Al lado de Roma, la mayor parte de los filmes de su generación parecen ejercicios onanistas, efectismos de validación.

El manejo de los recursos se ejecuta con tal maestría que la mirada se pone a flor de piel. Una escena de aparente sencillez, como aquella en la que Cleo sirve el desayuno a uno de los hijos de los patrones logra en los que el espectador reviva su infancia por completo. Lo mismo que en esos instantes donde la familia mira la televisión en grupo o donde la madre contesta una llamada telefónica desde otra habitación para que nadie la escuche… aunque al final todos acaben por notarlo.

En Roma la figura del hombre se percibe como algo distante, frío, incluso siniestro. Una parte acostumbrada a vulnerar. La mujer asume el peso de una sociedad que no le da el mérito que le corresponde. Un heroísmo que se da por sentado. En ella hay una responsabilidad que la masculinidad intercambia por desapego. La mujer carga con aquello que para el hombre es fácilmente descartable.

Otro papel que encumbra la película es el de Sofía, la esposa abnegada que ve al marido alejarse más cada día. Aquella que se esfuerza por mantener una imagen ante los demás para evitar el bochorno de asumirse abandonada. La que se hace fuerte para no dañar a los niños. La que renunció a su juventud por alguien que se fue en un instante. En la convivencia entre ella y Cleo se atisba el encuentro entre constelaciones. La danza oscilante de dos seres tan próximos como lejanos.

Pese a las diferencias entre los dos personajes hay un reconocimiento mutuo. Una complicidad en la angustia. Cada una a su modo, pero ambas padecen. Similar a lo que implica Roma en términos esenciales: una microhistoria a partir de la cual muchos se pueden identificar. Cuarón se vuelve universal al hablar desde su particularidad; toca fibras que mueven a miles de personas que desde sus propios espacios notan aquello que ya fue y aquello que permanece cual sombra.

Otro mérito es el de visibilizar la perspectiva de la empleada doméstica, a las jóvenes indígenas, a las clases bajas, y de hacerlo sin adoctrinar, una empresa difícil al ser estos los temas tratados. Hay tintes sociales y sin embargo jamás se trasluce un tono propagandístico ni demagogo, lo que está ahí, aun lo político, parte de la misma cotidianidad en donde deambula un carro de camotes o la música de José José. A esos personajes los hemos visto. Son parte de nosotros, nos acompañan, nos vemos reflejados en ellos.

Guillermo del Toro atina al decir que en estos tiempos tan convulsos Cuarón “habla de personajes que son invisibles y de dramas de los que no se habla, y de este modo nos brinda uno de los antídotos más urgentes: la empatía”.

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El largometraje transcurre como un murmullo, un caudal que sobrelleva las heridas que permanecían ocultas. Roma deja patente el crisol que México significa. Un carnaval que a menudo se vive (y padece) en silencio. Ahí en donde conviven aspiraciones conflictuadas en donde hay lo mismo violencia que hermanamiento.

Por fortuna hay deleite estético. Secuencias como las de las fiestas, el incendio y la presencia del mar cautivan y sirven de inspiración. Llevan a plataformas del pensamiento, conciben la belleza en un torbellino.

No hay modo de regatearle méritos. Con esta obra Cuarón compite con cualquiera y logra hermanarse con directores como Robert Bresson, Ingmar Bergman y Federico Fellini, cada uno con su propio estilo, pero artistas que supieron crear armonía a través del pozo de las emociones, el rastro de la infancia y un entendimiento de la psicología femenina.

El estilo neorrealista en alianza con episodios fuera de la norma crean una atmósfera envolvente, intimista, una donde el sueño se funde en recuerdo. La genialidad radica en hacer que la técnica sea imperceptible, sin restar protagonismo a la experiencia.

Cleo y Sofía son mujeres que en su orfandad dan vida, cobijo, trasiego de milagro. Con virtudes y defectos se vuelven el sostén del cosmos que es la familia. Roma de Cuarón es un hito. Tal vez sin proponérselo consiguió un logro mayor que trae a quienes se le acercan un fruto de calado eterno. Una de las últimas escenas, esa que ocurre en la playa, muestra lo que tanto se echa en falta. Una estampa memorable y bellísima. La reconciliación que bien haríamos en establecer todos los derrotados.

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Aristócratas a la vuelta de la esquina

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Hace tiempo, refiriéndose a los plagios cometidos por el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (que no impidieron que de manera funesta se le entregara el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2012), el gran Jorge F. Hernández señalaba un tipo particular de aristocracia: la de los que se comportan con decencia.

Pertenecemos a la aristocracia, decía el escritor mexicano, “quienes tuvimos la suerte de que yo ni mi padre, ni abuelo tuviésemos que recurrir al plagio, a la mentira o a la lucha entre la necesidad y la conciencia. Nunca necesitamos envidiar ni suplicar a nadie, no conocimos la necesidad de adjudicarnos para conseguir dinero, artículos periodísticos ajenos, una posición en la alta sociedad de los Premios con mayúsculas y otras pruebas similares a las que se exponen los pobres de espíritu”.

Ante el detrito de amplios sectores dentro de la sociedad (el cochambre halló un gran nicho de mercado), bien haríamos en reivindicar la rectitud como un medio para ascender a un plano superior y evitar así que el eje del mal siga campando a sus anchas con su dinámica de gandallismo que bajo la trampa se hace de recompensas inmediatas pero indignas.

El actuar con honorabilidad confiere un tipo de nobleza distinta al derecho hereditario, supone más bien la elevación construída. Un logro mayor del individuo que a base de voluntad decide abandonar el esperpento para conducirse con generosidad.

Pertenecen también a la aristocracia los que no hacen escarnio de los débiles, los que no escupen en las calles, los que no se portan sumisos antes los abusos de los poderosos, los que aún hacen sonar a Bach, Mozart y Beethoven. Merecen título nobiliario los que alzan la voz ante la injusticia sin importar que ello les cause apuros personales, los que no ventilan intimidades ajenas y los que saben guardar secretos de los que alguna vez fueron amigos.

Quien sale a rescatar perros y gatitos bien podría ser un duque o duquesa. Lo mismo que el principado de los platican con la anciana del mercado que está ansiosa de un oído sincero. Que conviertan en marqués al que no viola la privacidad de las mujeres con las que ha estado y al que llega hasta la tumba reservando para sí sus hazañas dentro de la alcoba.

Es aristócrata quien lleva a su sobrina a ver el Cascanueces y quien regala un libro definitorio para quien se hundía en la pereza del castigo. Lo es, igualmente, el hombre que se parte el lomo para llevar el pan a casa y la madre que por cuenta solitaria enfrenta miles de adversidades para sacar adelante a sus hijos.

En alguna dimensión del universo la corona es para quienes sufren en silencio, los que apechugan en pos del bien ajeno y asumen las consecuencias de sus actos. Reciban el título de conde los que donan órganos y sangre, los que van de día de campo sin dejar el pasto hecho un basurero.

El que se abstiene de mentar la madre con el claxon está cerca de los príncipes como alteza serenísima se vuelve quien planta cara mientras el resto voltea hacia otro lado.

Dejemos como vizcondesa a la que pone un disco de jazz en el trabajo, a la que abre una cafetería afrancesada a sabiendas de que va a tener difícil competencia y demos un señorío a aquel que hace feliz a la gente.

No olvidemos al que se niega a ser parte del círculo de la corrupción, aunque sea en una parte mínima. A los que no son mezquino y rectifican errores. Los que contribuyen con un grano de arena para sostener al mundo desde sus espacios. Los que guardan silencio cuando hace falta, los que no se aprovechan de la inocencia de los otros. Los que limitan al máximo la chabacanería. Al que tiene el cariño de alguna mujer.

Y cómo negarle la entrada al Olimpo a los que guardan las normas de limpieza. Los que ceden paso a las damas. Los que conservan tradiciones sin temor a los modernos. Los que leen historias a los niños antes de dormir. Los que abren y comparten una botella de vino. Los que pagan las deudas a tiempo. Los que visitan a la abuela. Los que no usan lentes obscuros dentro de lugares cerrados (ni gorras). Los que nunca traicionan y mueren por los suyos. Los que desprecian la vulgaridad y los que se retiran de donde hay poca clase. De todos ellos se hace un reino en la tierra.

No abundan, pero si uno abre bien los ojos, alrededor de la comarca se encuentran algunos aristócratas de cara discreta. Gente sin capas ni cetros, que actúan como se debe sin otro motivo que el de respetar el legado de quienes conforman la familia. Son los hombres y mujeres educados, los que no dan la nota de vergüenza gracias a un elegante porte libre de vanagloria.

Una lección de Hitchens

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Qué mal estamos llevando la discrepancia. La discusión honorable parece haber quedado millas atrás y lo que queda ahora es la demonización de cualquier opinión que resulte distinta.

Un grupo de sujetos —que ya conforman una masa pestilente— ha consolidado, al fin, un objetivo añorado desde la Francia del siglo XVIII. La de dividir todo entre buenos y malos (ellos pertenecen al primer bando, desde luego). La pluralidad es negada e ir contracorriente es más riesgoso que nunca. Para ellos lo importante ya no es llegar a la verdad, sino mantener el dogma, ostentarse como los héroes de la película. Por eso solo se juntan con los de la misma especie; para reafirmarse, no para enriquecerse. Por tener simpatizantes llegan a creer que a cada instante llevan la razón.

Duele ya no poder dar una opinión fuera de la norma porque de inmediato salen las fauces llenas de espuma dispuestas a etiquetar. No hay la menor reflexión, sale más fácil (y redituable) decirle al otro que es un facho, un conservador, un machista, una loca, una histérica antes que pararse elaborar un discurso prudente.

Y también es de lamentar que no haya deportividad en el debate. Si alguien tiene una opinión política determinada corre el riesgo de que parte de las amistades se le derrumben porque ellos apoyan a un demagogo muy adorable.

Ante tal panorama algunos optan por el silencio. Así se evita uno las enemistades, la tirria del hatajo de tercos. Abstenerse es una opción digna y elegante, sin dudas. Lo que pasa es que existe un efecto secundario: los necios creen haber ganado la disputa, siguen montados en su pila de pañales carcomidos. Tal estirpe incestuosa que se revuelca en el lodo que considera la cima del mundo.

Mucho tiempo callé. Prefería ignorar a los comentarios obtusos y guardar opiniones que de cualquier modo no iba a cambiarles el modo de pensar. Si algo es cierto es que ellos están poco dispuestos a rectificar. Aceptar el equívoco supondría para ellos asumir que han entregado años de su vida a lo que resultó ser un fraude. Sería muy duro de encajar una evidencia semejante. Prefieren seguir viviendo del cuento, engañarse a sí mismos y cobijarse con el manto protector de los camaradas.

Si he cambiado de postura, y si ahora doy mi opinión cuando lo creo necesario, es porque he llegado a la conclusión de que no hay que ceder. No hay que dejar campo libre a la inmundicia o aquellos que pretenden cercenar y coartar las libertades ajenas. Quizás los testarudos sean inmunes a la lógica y hagan oídos sordos a los razonamientos que les contradigan. La batalla, sin embargo, no se da por ellos, sino por terceras personas que en algún lugar, habitualmente callados, leen o escuchan. Un público que, aunque pequeño, es testigo de lo que pasa y que pese a no estar aún dispuestos a tomar el micrófono, poco a poco se van formando de un criterio.

Es por este segmento por el que vale la pena darle unos minutos al teclado en redes sociales y por los que viene bien tomar la palabra en alguna tertulia. Si uno se calla es probable que los indefinidos piensen que solo existe una versión de los hechos, esa que tanto vociferan palurdos que deberían permanecer en los retretes.

Es triste, porque tomar una postura activa, como se ha dicho, te hará perder amistades. A nivel cultural no estamos tan acostumbrados a convivir con el que lleva la contraria. Más de una vez externar un pensamiento hará que aquella chica que te gustaba se aleje para siempre. O que alguien que pareciera un tipo valioso te bloquee o retire la palabra. Ojalá pronto podamos madurar y sentirnos libres de polemizar los unos con los otros, arrojarnos ideas sin piedad, estrujarnos… y al finalizar irnos tan campantes a beber un trago sin el menor de los rencores.

Tomar partido podría llevarte incluso a quedarte solo. A ser tomado como un indeseable por el colectivo. Pero si tus convicciones son fuertes, si luchas por los principios de la honradez y la justicia, no hay otro camino que el de asumir la responsabilidad. No son tiempos para tibiezas. Ante la tiranía de los poderosos y la verborrea de los mentirosos, lo menos que se puede hacer es marcar un alto, plantar cara ante la servidumbre. No tomar el papel de alfombra ni ser reducido a la sumisión.

Crítica y no asientas en automático. No tienes que estar siempre de acuerdo, aunque veas que todos los demás respetan a la gran eminencia o la autoridad. Al carajo la consecuencias y el linchamiento de los cangrejos. A menudo quienes van de tiernos ángeles son los grandes tiranos de nuestra era. Detrás de las buenas causas que pretenden erigir a veces se esconde un truco siniestro. No temas a la polémica ni a quedarte solo, porque en la medida de que algunos te abandonen, otros más se acercarán si es que luchas por ideales éticos con valentía e integridad.

En momentos de titubeo, debilidad o cuando surjan las dudas, recuerda las sabias palabras del viejo Christopher Hitchens en sus Cartas a un joven disidente. Una perla de inspiración propia de alguien nunca temió defender lo que consideraba correcto, cualquiera que fueran los costos.

Tenlo en mente: con la cabeza gacha jamás podrías lucir tus lindos ojos, darling.

«Cuídate de lo irracional, sin importar lo seductor que sea. Rehúye de los “trascendentes” y a todo aquel que te invite a subordinarte o aniquilarte. Recela de la compasión; prefiere la dignidad para ti mismo y para los demás. No tengas miedo de que te consideren arrogante o egoísta. Piensa en todos los expertos como si fuesen mamíferos. Nunca seas un espectador de la injusticia o la estupidez. Busca la discusión y la disputa por sí mismas; en la tumba tendrás tiempo para el silencio. Sospecha de tus propios motivos y de todas las excusas. No vivas para los demás más de lo que pudieras esperar que los otros vivieran para ti».

Los cuadernos de Emil Cioran

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Si hubiera que nombrar a escritores que tiran al vacío y a la desesperación, Emil Cioran sería uno de los primeros que vendrían a la mente. Su obra, profusa y fragmentaria, es uno de los testimonios más hondos del pensamiento que se consume en el pesimismo, un abismo constante que sin embargo lanza destellos de vigor.

Aunque la muerte fue uno de los temas que más aparecieron en sus libros, y aunque era alguien que no veía el andar de los días con especial optimismo, el escritor rumano aguantó lo que pudo y falleció a los 84 años por cuestiones de salud y no por una decisión individual.

Personas de mayor alborozo se han suicidado y él, pese a su perpetua disconformidad, no lo hizo. Daba la impresión de que asumía la condena de haber nacido (ese inconveniente, como decía) y que ya puestos en este plano no quedaba otra que sacar el provecho que se pudiera.

Como describió en El ocaso del pensamiento, había un serio revés con el suicidio: poner fin a los días antes de haber alcanzado aquello a lo que se podía aspirar. No era muy honorable, a su entender, poner punto final desde la lona, y antes convenía alcanzar un grado de realización digno de encomio. Entonces sí podría proceder la coronación, la “extinción aceptada”. Al suicidio lo tuvo más como una idea que como una opción a tomar.

Es probable que a juicio de Cioran el destello no hubiera llegado para sí y por eso, sin remedio, vio consumada la vejez. O puede que, en el fondo, la vida no le pareciera tampoco un desastre y que en su más blanda intimidad hubiera encontrado el impulso necesario para mantenerse en el ruedo.

De tratarse de lo segundo, de un remoto gusto por existir, no queda duda de que Cioran lo mantuvo en secreto. La condición de un exilio humano fue un vaivén de su literatura, compuesta por sentencias que sin embargo no dictaban cátedra ni pretendían sentar una doctrina.

Más bien apartado, Cioran resumía contradicciones, y aceptaba ser un hombre lleno de equívocos sin valor para ser poeta. La derrotaba le sentaba bien y no ansiaba los grandes reflectores tanto como a exprimir cada poro en una búsqueda por la sordidez.

Piotr Rawicz compraba a Cioran con un caracol. Alguien tímido, acostumbrado a esconderse sin la posibilidad de huir a la velocidad que quisiera. Un hombre que aspiró a lo sublime y que al no encontrarlo se asfixió en la frustración de lo cotidiano.

Aunque todos sus trabajos tienden a lo autorreferencial, la confesión y la mirada personal, quizá en ningún espacio haya revelado tanto de sí como en sus cuadernos, los cuales fueron publicados de manera póstuma.

En ellos Cioran registró muchos de sus pesares, un remordimiento sostenido por capas de hierro oxidado. Acompañado por la desdicha, en algunas de sus notas se atisba la que acaso sea el motivo principal de su estilo breve: su fastidio incesante, el hartazgo que sentía por sí mismo y la desesperación de la que se veía empapado al cabo de unos minutos. “No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien”, concluyó en una ocasión.

Cada una de sus anotaciones es una carrera contra el tiempo. No podía apelar a la distancia larga, ya que tenía el riesgo de desmoronarse. La concisión era una forma entregar una pieza antes de que fuera demasiado tarde, antes de que algún demonio le sugiriera a tirar el cuerpo por la borda.

De igual forma despreciaba el exceso. No toleraba a quienes inflaban lo que hubiera sido mejor abreviar. Fuera en la música, en las letras o en la arquitectura, nadie era tan grandioso como para extenderse por demasiado rato, excepto los genios universales que se miran a lo lejos.

En las entradas de sus diarios también queda en evidencia su eterna desconfianza ante al otro, esa que le llevaba a decir que no convenía consultar a nadie antes de tomar una decisión ya que, advertía, las otras personas difícilmente desean nuestro bien.

Algunas de sus frases más virulentas quedaron patentes en los cuadernos. Parte de ellas llegan a tambalearse y refulgen la mayor exageración: un error muy propio de los deterministas que tiran al aforismo.

“Todos los padres son irresponsables o asesinos. Solo los animales deberían dedicarse a procrear”, dice en unos instantes más bajos. Una sandez salvable apenas como muestra de alguien roto que en la emergencia busca desquitarse con un exabrupto.

Hay que recordar que para Cioran la escritura tiene que causar un impacto. Cada una de las piezas que publicaba tenía el fin de descolocar. Las palabras deben “hurgar llagas, suscitarlas incluso”, como llegó a admitir en alguna ocasión. No solo razonaba o procuraba ser sabio, daba espacio a la salida de tono, a la inconveniencia. En su opinión lo más interesante del alma recaía en sus tormentos.

El perdón le llega por la honestidad descarnada, la culpa que asumía, una imperfección que era su propia condena. “Yo no soy escritor”, confesaba, “todo lo que escribo ofrece un aspecto entrecortado, discontinuo, torpe”.

Pero de nuevo. Había que continuar. El sufrimiento ya estaba, no quedaba otra que intentar redimirse aunque el paraíso fuera tan huraño. El autor naufragaba y mientras lo hacía tiraba botellas al océano donde los chispazos se intercalaban con el desconsuelo.

Cioran creía que nunca echaría raíces en el mundo. Y acaso de algún modo haya sido así. No obstante, aunque le chocara, su obra sí que dejó un legado. Píldoras de angustia que para mentes afines no resultan lacerantes, sino reveladoras. Una palmada de coincidencia que los hace sentir menos incomprendidos y solos.

Daniil Kharms: el chiflado que un día no escribió

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Están los escritores de intemperie y están los escritores subterráneos. Los primeros son los que eventualmente uno se topa en las calles. Están en las librerías, en la televisión, en las recomendaciones. Sin mucho esfuerzo uno acaba por llegar a ellos. Algunas veces deslumbran, en otros casos hubiera sido mejor no conocerles. Los escritores subterráneos, por su parte, son a los que cuesta trabajo encontrar. Permanecen lejos de la vista. No están en las mesas de novedades. Ningún anuncio echa un aviso de que valen la pena. Hace años están muertos y ya no se les edita. Nadie se toma la molestia de rescatarlos. Se llega a ellos por alguna casualidad, gracias a una librería de viejo o la encadenación bendita de lecturas con las que se salta de un género a otro.

Daniil Kharms pertenece al grupo de los escritores subterráneos. Nacido el 30 de diciembre de 1905 en San Petersburgo, Rusia, se trata además de una de las figuras más excéntricas que tienen un espacio en el mundo de la literatura. En la actualidad no hay muchos vestigios de él. Aunque tiene admiradores repartidos en determinados circuitos, lo cierto es que se encuentra un tanto olvidado. Su trabajo, hasta el momento, ha sido ignorado por las grandes editoriales en español y las pocas veces que se le recuerda es como una curiosidad, y no como lo que es, uno de los escritores más interesantes, rebeldes y adelantados que dejó el siglo XX.

Su nombre verdadero era Daniil Ivánovich Yuvachev, y desde pequeño tuvo en mente la importancia del absurdo. Era lo que le interesaba a la hora de despachar una hoja en blanco. No conocía de estructuras y se fastidiaba ante la imagen de seguir hilos de coherencia. Daniil Kharms tendía a la anotación en vértigo, una urgencia para cambiar sentidos de una línea a otra y no casarse nunca con la obligación que implicaba llevar una historia tradicional. Se ahogaba si se extendía demasiado.

La vida no fue fácil para él. Tuvo la mala de fortuna de coincidir en tiempo y espacio con la política totalitaria de Stalin, misma que lo sumió en el hambre y la pobreza. Fue a partir de entonces que se radicalizó. Ante lo atroz del comunismo, optó por refugiarse en el sinsentido. En sus diarios confesaba que ya no le interesaban los significados ni ser práctico. A través del absurdo podía ejercer una gran clase de libertad. Ahí, con una pluma, no debía rendir cuentas a nadie, ni siquiera a la congruencia de lo formal.

La obra de Daniil Kharms, compuesta en su mayoría por piezas caóticas y sueltas, cuenta con una particularidad. Como señala el editor y poeta Matvei Yankelevich, el absurdo no es para él una sátira o dimensión aparte. En sus pequeñas historias, el disparate es visto como un asunto perfectamente cotidiano. La aparición de un cuervo parlante de cuatro patas (que más bien tiene cinco) en una cirugía no es aspaviento dentro de su mundo interior. Y debe ser visto como lo es. Una estampa de realidad, aunque no sea parte de nuestra norma.

En una carta dirigida a una amiga, Kharms estipulaba que a la hora de escribir poesía, lo importante para él no eran las ideas, ni el contenido ni la voluble concepción de “calidad”. Le importaba, en todo caso, la idea de pulcritud, limpieza. Algo extravagante, pero real. Para el escritor ruso las palabras pueden arrojarse y romper cristales si tienen la fuerza suficiente.

De este modo Daniil Kharms logra reinventarse en cada concepto, cada sílaba. Su gran compromiso es con la narrativa, y si hay cierto atisbo que quiera perseguir, no tiene miedo de derribar cualquier estructura. Una visión irónica le permitió un sano alejamiento de ataduras que contuvieran su palpitación artística.

No es que fuera alguien cínico o irrespetuoso. Al contrario, veía a la creación como un ejercicio ceremonial. Escribía mucho y con disciplina. Eso sí, no descartaba nada. No cumplía con el estándar de aquel que destruye lo que no funciona o lo que no le satisface. Él escribía y si no estaba convencido, ni hablar. Había que conservarlo y asumir que aquello era parte de la existencia. Como cualquier otra de nuestras acciones, era algo con lo que había que cargar. Las palabras, incluso las malas, merecían una consideración.

De ahí la particularidad de algunos de sus escritos que ni siquiera tienen un clímax ni un final como pudiera esperarse. Algunos de sus relatos comienzan con la aparición de un personaje. Y ya está, no añadía ningún complemento. Quizás hubiera un brío inicial, el cual no era correspondido al segundo siguiente. Así que prefería dejarlo como estaba. No todo en la vida tiene que ramificar.

LA REUNIÓN

Un día un hombre fue a trabajar y en el camino se encontró a otro hombre quien, luego de comprar una hogaza de pan polaco, se dirigía de vuelta a la casa de donde venía.
Y eso es todo, más o menos.

***

Perteneciente a una familia peculiar que en un principio gozó de relativa comodidad económica (su padre Iván fue un revolucionario que estuvo encarcelado con Aleksandr Uliánov, el hermano de Lenin; mientras que su madre pertenecía a la aristocracia), Daniil se inclinó al arte desde una tierna edad. Le gustaba actuar, dibujar y sentía una fascinación especial por la música, aunque finalmente se inclinó por la escritura y obtuvo un prestigio inicial cuando se dedicó a escribir obras infantiles (antes había fracasado con sus poemas), en las que aún no profundizaba en el eje avant-garde que finalmente adoptaría, y que en la obtusidad propia de los comunistas acabaría por ser tomado como de raíz “anti-soviética”.

El desenvolvimiento llegó en los años veinte, cuando junto a otros amigos fundó el colectivo OBERIU (palabra sin significado alguno), un grupo multidisciplinar en el que el delirio era el único consenso. Acróbatas, músicos, poetas y bailarines se conjuntaron para remover el pantano cultural.

Más allá de lo que dejaba entrever desde sus publicaciones, Kharms era todo un personaje en sí mismo que llamaba la atención en cualquier lugar en el que se presentaba. De altura considerable y rostro duro, vestía a la usanza inglesa, pipa incluida que le daba la pinta de una criatura extraña cubierta por la refinación de las telas.

Cuando visitaba algún bar o restaurante acostumbraba llevar sus propios cucharas, cuchillos y tenedores para afianzar su individualidad. Según Yankelevich, nuestro héroe se tomaba el papel de la extrañeza muy en serio y a veces se tiraba en la calle interrumpiendo así el flujo peatonal. Cuando la gente se acercaba para ayudarle o preguntar qué había ocurrido, él simplemente se ponía de pie y volvía a ponerse en marcha.

La fiesta, empero, pronto llegó a su fin cuando el marxismo-leninismo echó raíces en la comunidad soviética. Ante la visión totalitaria de los bolcheviques no había espacio para bufones como los del grupo OBERIU, quienes debieron andar con renovadas precauciones. Ni siquiera los chiflados podían soslayar una dictadura de semejante calado.

En 1931 Daniil Kharms fue detenido. Su idealismo y ensoñaciones chocaron de lleno con el materialismo stalinista. Las autoridades temían que sus campanas surrealistas pudieran contaminar a los niños, quienes debían estar concentrados en el pragmatismo que beneficiaba al régimen sanguinario en el poder.

Pasada una temporada que se vio obligado a pasar en el exilio, las cosas ya no volvieron a ser las mismas. Rusia había cambiado en un corto periodo de tiempo. El utilitarismo era la norma y ya no había espacio para sujetos como él. De algún modo el sistema lo había boicoteado y ya no encontraba espacio para colocar sus escritos. La sociedad, cada vez más aprensiva, le cerraba las puertas.

Nunca alcanzó a ver su obra adulta publicada. Lo suyo era incompatible con el comunismo que censuraba cualquier palabreja que se saliera de los designios de “el tío Pepe”. Por fortuna, sus diarios y algunos textos sueltos fueron conservados por amigos y familiares para ser dados a conocer un par de décadas después de su muerte. Una selección notable fue reunida y traducida al inglés por Yankelevich: “Today I Wrote Nothing: The Selected Writings” (Overlook Books, 2007).

De cualquier modo, mientras vivió, Daniil intentó continuar con el minúsculo margen de maniobra que le quedaba. Disminuido y sin holgura económica, en 1941 fue otra vez detenido, esta vez por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (el temible NKVD). Hubo algo que lo salvó de terminar en un campo de concentración: su comportamiento, el cual fue juzgado como propio de alguien con problemas mentales.

Condenado a terminar en la división psiquiátrica de la cárcel Krestí, el cuadro empeoró cuando le tocó vivir desde el encierro un acontecimiento histórico: el sitio de Leningrado. El asedio de los nazis sumió a la actual San Petersburgo en la peor de las hambrunas. Quienes no estaba recluidos podían salvarse al comer ratas o incluso recurriendo al canibalismo. Daniil Kharms desde su celda no podía hacer lo mismo (ni siquiera los guardias gozaban de alimento digno ). Murió de hambre en su celda el 2 de febrero de 1942, a los 36 años. El absurdo fue batido por la crueldad objetiva.

***

A continuación una breve selección de los escritos de Daniil Kharms.

DEL CUADERNO AZUL

Del álbum de recortes

Una vez vi a una mosca y a una chiche enfrascarse en una pelea. Fue tan aterrador que corrí hacia a la calle y corrí lo más lejos que pude.

Lo mismo pasa con el álbum de recortes: haz alguna cosa sucia y de pronto ya es demasiado tarde.

11.

Una abuela tenía solo cuatro dientes en la boca. Tres dientes arriba, y uno más abajo. La abuela no podía masticar con estos dientes. A decir verdad, eran inservibles para ella. Debido a lo anterior, la abuela decidió quitarse todos los dientes e insertó un sacacorchos en su encías inferiores y minúsculas tenazas en las superiores. La abuela bebía tinta, comía betabeles y se limpiaba los oídos con fósforos. La abuela tenía cuatro conejos. Tres arriba y uno abajo. La abuela solía atrapar conejos a manos limpias y luego los ponía en jaulas. Los conejos lloraban y se rascaban las orejas con las patas posteriores. Los conejos bebían tinta y comían betables. ¡Sha-ha-ha! ¡Los conejos bebían tinta y comían betabeles!

16.

Hoy no escribí nada. No importa.

Sin título

Odio a los niños, a los ancianos y a las viejitas e individuos mayores razonables.

Envenenar niños es cruel. ¡Pero algo debe hacerse con ellos!

Solo respeto a las jóvenes y saludables muchachas rechonchas. A cualquier otro representante de la humanidad lo trato con reservas.

Las mujeres viejas que andan con pensamientos sensibles deberían ser aprehendidas con trampas para los osos.

Cualquiera cara con determinado sentido de moda despierta en mí las sensaciones más repugnantes.

¿Por qué hay tanto alboroto por las flores? Hay un aroma mucho mejor entre las piernas de las mujeres. Esa es la naturaleza para ti, y por ello nadie se atreve a tomar mis palabras como desagradables.

—Daniil Kharms.

[Traducciones propias a partir de las versiones en inglés de Matvei Yankelevich)

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Alejandra Pizarnik a quemarropa

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Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

—Alejandra Pizarnik.

Los diarios de Alejandra Pizarnik son de lectura pesada y angustiosa. No hay tregua en ellos y al transcurrir por sus páginas queda la sensación de impotencia, la de no poder hacer nada por ayudar ni para levantar a la mujer del pozo en el que se encuentra. La escritora ya no está, y su testimonio, en donde la sinceridad puede confundirse con regodeo depresivo, solo puede verse, como es natural, con resignación. Un paño de lágrimas que se exprime para sacar la belleza que aparece cada tanto en esas reflexiones llenas de aflicción que, oh sorpresa, no son nada ajenas para algunos lectores (con esa familiaridad que ella experimentó al leer a Pavese). Pizarnik estaba en el abismo y tuvo un talante heroico para dar cuenta de ello.

Lo de Pizarnik es un grito delicado, una desesperación que trasluce con suavidad. Cada una de las entradas nos hace partícipes de sus miedos. Los de un pobre ser encaminado a un fin abrupto, anticipado. Cabe preguntarse cómo es que en medio del decaimiento ella encontraba fuerza o disposición para llevar un registro de la hecatombe.

Da la impresión de que en su escritura hay una clase de búsqueda, y que al menos durante un tiempo llevaba dentro de sí una pequeña llama que no se terminaba de apagar. Una luz que, aunque tenue, bastaba para dar pinceladas de vida. Una sensibilidad enmarcada por el desgarro espiritual.

Lo más probable es que la literatura fuera para Pizarnik un elemento de compensación. En uno de sus apuntes cita a Apollinaire, para quien la escritura era llenar un vacío. Palabra tras palabra se derrotaba así a la página en blanco. En el caso de la argentina, lo que se confrontaba no era una página en blanco, era el abandono que le embargaba por dentro. Hablamos de alguien que bordeaba la muerte de cerca como una afirmación. Sola ante el límite podía percibir mejor sus pensamientos, miraba el precipicio como un hábitat natural.

Sin la escritura se asfixiaba. Lo consideraba un acto bello, rebosante de magia. Un cuaderno marchito podía volverse en caleidoscopio si una pluma se deslizaba con tino en sus páginas.

Para Alejandra Pizarnik cada día era una batalla, una aventura de la que no saldría indemne. Presenciar su agonía duele y se deambula por los párrafos con la ilusión de que de pronto sobrevenga un respiro, alguna tarde que le ofrezca un consuelo a la autora, un instante que redima su triste destino. El episodio no llega o al menos no fue hecho patente en los diarios. La lámpara nunca encendió. Los planes se desvanecen poco a poco y cada nuevo coletazo de entusiasmo encuentra pronto el desasosiego.

El combate librado contra sí misma era casi tan intenso como el que sentía contra un exterior al que percibía adverso y hostil. Ni siquiera lograba la redención a través de sus poemas, esos que a veces le despertaban orgullo, pero que eventualmente le resultaban un eclipse, un mancha de lo que pudo ser y nunca fue. Simplemente no podía gozar de lo que había. No podía “vivir como un ser humano”.

El fin se adivina cerca en los versos y líneas y, sin embargo, no llega tan pronto como se pudiera atisbar. El sufrir se prolonga. La angustia derramada representa supervivencia también.

En determinado punto, Pizarnik lamenta “la incapacidad de hilar un pensamiento”. Describe su actividad mental como un verdadero caos, un “suceder de imágenes vertiginoso, recuerdos desordenados, palabras que se van en cuanto trato de apresarlas”.

Tanto llanto, tanto agobio, era un ritmo que solo podía sostener en soledad. En el más radical decadencia, Pizarnik decidió aislarse, aunque eso le apretara el corazón. No quería molestar más. Los cuadernos fueron los últimos cómplices, ante ellos se podía desahogar sin afectar a terceros. Como ella misma admitía, la ansiedad era su estado genuino, “ocasionalmente interrumpido por el trabajo, el placer, la melancolía o la desesperación”.

El erotismo era una asidera que de tanto en tanto la mantenía a flote. De vez en cuando tenía esos episodios febriles en donde se derretía en deseo. No tenía complejos para manifestarlo. “Deseo un cuerpo junto al mío. ¡Cualquiera! Cualquier sexo, cualquier edad. ¡Eso es lo de menos! Basta un cuerpo a quien tocar y que me toque. […] Me disuelvo en deseos eróticos. Nada de amor. No. Nada de eso”.

Alejandra Pizarnik se suicidó en 1972. Tenía 36 años. Estaba marcado en su camino. Era inevitable. Desde pequeña cargó con una cruz. Minada de antemano, decidió quitarse la vida luego de salir del hospital en donde estaba internada por la depresión. No le quedó de otra. Se atiborró de pastillas en el adiós definitivo. Un final ni lindo ni floreado, no muy idóneo. Pero así son las cosas. Como ella misma señaló, es difícil morir bien.

En defensa del padre cascarrabias

años maravillosos

A los padres malhumorados se les ha hecho mala fama. La muchedumbre los considera personajes no muy deseables en la sociedad y constantemente reciben reproches por esa actitud tan propia de ellos que consiste en asumir que se los lleva el diablo. Son célebres por llegar trinando a casa luego de haber pasado un día en la oficina. Vociferan, suspiran y utilizan cualquier pretexto para mentar madres. Una pizca de su leyenda negra.

Los padres cascarrabias son especialistas en detectar detalles a partir de los cuales pueden detonar maremotos. Una migaja les basta. O que una toalla esté fuera de lugar. En cuanto ello ocurre, comienza el tornado. Un remolino de disgustos que algunos no entienden pero que en realidad tiene una fácil explicación.

Algunos ingenuos creen que el comportamiento de estos hombre es gratuito y que siempre han sido así; tipos que odian a cualquier ave que se les atraviesa. Oh, ellos se equivocan. Quien sea atento puede descubrir lo que hay detrás de los gruñidos, de esas llegadas por la noche en donde cualquier mínimo resoplo en el ambiente puede causarles un arranque de furia, ahí donde se les reclaman sonrisas o caireles de miel.

Lo que algunos no quieren ver es el trasfondo de las pataletas. Los padres cascarrabias cargan responsabilidades que nadie en la casa puede siquiera vislumbrar. A ellos les corresponde sostener económicamente a la familia y en ocasiones tienen que someterse a trabajos infernales porque no tienen escapatoria. Tienen que cumplir con lo que les toca. Si para ello deben sacrificar por completo su tranquilidad, lo hacen sin titubeos.

Cuando te veas tentado a juzgar a un padre cascarrabias, será mejor que detengas un momento el embate y pienses en los tiempos en que los ahora ogros fueron jóvenes. En efecto, ese jefe del hogar que parece la oxidación perpetua, alguna vez tuvo piel lozana y cabello abundante. Fue alguien que acostumbraba a lanzar bromas entre los amigos y alguien que acudía a fiestas para bailar. Alguien que gastaba su dinero en discos que ahora tú atesoras y alguien que posiblemente renunció a sus sueños para darle un sustento a su pareja e hijos.

La vida es jodida, no hay forma de negarlo. Lo es al menos para una parte considerable de la humanidad. Y eventualmente llega ese punto en el que uno debe definirse. Se trata de la crisis donde los senderos se bifurcan. El momento en donde un hombre debe decidir entre perseguir lo que le ilusiona o ceder ante sus responsabilidades, aquello que le corresponde.

Algunos son afortunados y logran labrarse un camino, en el mejor de los términos, en el área que aman y les colma el espíritu. Tristemente la mayoría no son así. Es el caso de los padres cascarrabias, quienes tuvieron que renunciar de manera definitiva a las fantasías que alguna vez tuvieron. Dedicarse a la música. Viajar por el mundo. Cumplir la misión de escribir un gran libro… todo eso de pronto desaparece. La dureza de la realidad los orilla de conseguir un trabajo que no les gusta, en donde tienen que ser parte de cadenas alimenticias injustas, un pequeño infierno que no obstante les ofrece el dinero con el cual han de sostener a sus descendientes. Los que acaso, con suerte, puedan alcanzar lo que a ellos se les privó.

Visto así, el padre cascarrabias es un héroe velado. Alguien que sufre por dentro y que nunca expresa directamente lo que le acongoja. Detrás de sus rabietas se esconden esos días perdidos. La conciencia de que no les queda mucho más, salvo continuar durante años en una dinámica que a cada paso les carcome más y más el alma.

El abandono no es posible. No pueden dejarlo todo e iniciar de nuevo en otra ciudad. Ya no son jóvenes ni solteros. Tienen deudas y seres pequeños que dependen de ellos. Niños inocentes que van a la escuela sin saber que alguien se parte el lomo para que ellos puedan tener uniforme y un conjunto de libretas.

Bruce Springsteen padeció mucho de la sombra paterna. Una situación extrema que nadie debería experimentar. En todo hay límites y desde luego no deben tolerarse a los padres que maltratan ni asfixian a sus familias. El autor de “Born to Run” sufrió en serio por un señor que lo atormentaba y que de diversos modos le aplastaba el corazón. El recuerdo fue una maldición que Bruce cargó durante años y para la cual tuvo que tomar terapia, aunque nunca pudo dejar de estimar a su viejo. En “My father’s House”, una de sus canciones más personales, revelaba cómo los recuerdos de su padre y de su infancia continuaban junto a él, acompañándolo. Con todo y el bacanal de emociones que ello supone. Un vacío muy complejo.

La casa de mi padre brilla con fuerza
Permanece como un faro llamándome en la noche
Llamándome y llamándome, tan fría y solitaria
Brillando al otro lado de esta oscura autopista donde nuestros pecados yacen sin expiar…

En una entrevista Steven Van Zandt, el mítico guitarrista de la E Street Band, describió como Doug, el padre de Springsteen, era alguien que inspiraba verdadero terror entre todos. Era un tipo que quedó trastocado después de haber participado como conductor en la Segunda Guerra Mundial. A menudo desempleado, Doug nunca se recuperó una vez que volvió a sus tierras. Al coctel había que sumar un temperamento fuerte producto de sus orígenes irlandeses y escoceses que eran verdadera dinamita en su concepción de entender lo que le rodeaba.

Van Zandt ofrecía una explicación a carácter explosivo de Doug y de todos aquellos hombres que pertenecieron a la generación anterior a la de él y Bruce. Básicamente era una forma de entender a los padres cascarrabias y la lógica que hay detrás de ellos, con las variaciones que suelen presentarse de código postal a otro.

“En aquellos tiempos todos los padres daban miedo”, dijo Van Zandt. “Si lo piensas ahora, hay que ver el tormento que les hicimos pasar. Mi padre, el padre de Bruce… aquellos pobres tipos jamás tuvieron una oportunidad”.

Para esos padres de familia, que venían de trabajar en el campo, las fábricas o de pelear en la guerra, debía ser una verdadera calamidad ver que sus vástagos se negaban a atender a las más mínimas indicaciones. “Que sus hijos se convirtieran en aquellos freaks melenudos que no querían participar en el mundo que habían construido para ellos… ¿te lo puedes imaginar?”.

Sus padres había tenido que derramar sangre y lágrimas desde los campos de batalla para defender a su país, mientras ellos se dejaban el cabello largo, se despertaban tarde y vagaban con amigos y chicas sin asumir ninguna encomienda salvo el rock and roll, tal postura chocaba por completo con lo que sus antecesores genealógicos podían encajar.

Nadie es responsable de la felicidad ajena y estamos aquí para hacer lo que nos venga en gana. Pero conocer ese tipo de detalles hace que comprendamos a los papás, tan poco valorados e incluso vilipendiados como los malos de la película, cuando merecerían más bien un reconocimiento.

Hay un episodio de la serie “Los años maravillosos” que lo refleja a la perfección. Se llama “La oficina de papá”, un gran ensayo televisivo de lo que significa ser jefe de familia. De cómo el ambiente laboral y las obligaciones llegan a trastocar para siempre el ánimo de alguien que, a fin de cuentas, alguna vez también fue como nosotros. Alguien que tuvo que cambiar por caprichos de las circunstancias. Ese callejón sin salida al que llamamos madurez.

La personalidad de nuestros padres no es casualidad. Y si de repente los notamos demasiado serios o enojados no es porque sean malas personas ni porque les caigamos fatal. Al contrario. Es porque han sacrificado su juventud (ese lado mágico y ebrio) para darnos un porvenir. Un acontecimiento durísimo que acaso libren desde una oficina que odian.

El ciclo de la vida ni más ni menos. Al que quizás todos tengamos que llegar de manera irremediable, por mucho que intentemos remar hacia atrás.

El periodismo no es para cínicos

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Para el reportero polaco Ryszard Kapuscinski, el periodismo era un gran ejercicio de resistencia. A su juicio, quien se dedique al oficio debe ser capaz de aguantar más allá de lo que se toleraría en cualquier otro trabajo más o menos del rango. ¿Qué otro chiflado se metería a una zona de guerra sin fusil por un sueldo mediocre, pudiendo renunciar sin sufrir consecuencias legales? Solo los empecinados como él, quien a lo largo de una extensa carrera recorrió áreas en conflicto como África, América Latina y Europa del Este.

Resulta recomendable, por tanto, que un reportero sea alguien templado y fuerte más allá de la inteligencia o don con la pluma que pudiera tener; de otro modo el talento podría desmoronarse en tiempos de crisis que es donde más se necesita lanzar artículos. Un corresponsal, decía Kapuscinski, debía tener ese balance físico y mental, ya que caer en pozos depresivos no resulta recomendable cuando hay que entregar notas a mansalva. Los acontecimientos no esperan, llegan y como tornado se van, no hay tiempo para los titubeos y más vale estar apto para plasmarlo en papel cualesquiera que sean las circunstancias personales por las que pase el autor.

De ahí que muchos de los mejores periodistas sean arrojados (aunque no todos, hay uno que otro que se desenvuelve bien desde la comodidad del sillón, pero hace falta mucha sensibilidad y cultura para lograrlo). Tal característica puede compensar lo demás. Quizás esa persona no redacte muy bien y carezca elementos mínimos para contextualizar lo que percibe. En cualquier caso, si está ahí en el momento adecuado y lo registra, puede entregar una verdadera joya que un editor hábil podrá convertir en una pieza memorable.

El periodismo, además, es un poco ingrato y funciona como un boxeo acelerado. No basta con obtener una gran victoria. Pronto hay que ir por una más. Los pugilistas tienen meses para preparar el próximo combate. En cambio quien lucha dentro de la prensa tiene que ponerse los guantes al día siguiente ya que pronto queda rebasado por el tiempo. No hay demasiado espacio para celebrar: la experiencia y la jerarquía se quiebran si no hay una renovación. Un escritor joven puede desplazar al viejo si este último se instala en el conformismo. El escritor debe permanecer en pie de lucha y no creer que su tarea está cumplida jamás, salvo cuando se retire y admita de algún modo la muerte.

Las salas de redacción de muchos periódicos están atrofiadas por viejas figuras que creen, en su confortable soberbia, que los años acumulados les ofrecen un especie de derecho. Esta gente no se actualiza y son tan pagados de sí mismos que no escuchan a los jóvenes quien bien les podrían ayudar a refrescar la mente que ya tienen tan marchita.

Muchos directores generales, por desgracia, se les compra a estos veteranos. Y así el lector percibe que la oferta de determinados diarios expide un aroma similar a la de la madera que no ha recibido el tratamiento requerido.

Lo viejos lobos de mar se cuecen aparte. Son los que ya con canas y arrugas siguen con el instinto activado. Ellos preguntan, están al tanto de las novedades y no temen rodearse de gente recién graduada que, con todos sus errores y limitaciones, cuenta con un tesoro preciado como lo es la chispa y la naturalidad. Estos hombres y mujeres mayores son los que crecen en armonía, los que adoptan el papel de un antiguo capitán que, ya sin un ojo y con una pata de palo, logra dirigir una embarcación donde bellas doncellas y jóvenes mozos ayudan a sobrellevar el embate de las olas.

Kapuscinski tiraba un sabio consejo para quien se inicia en el periodismo: si había que escribir sobre alguien, había que compartir aunque fuera un poco de la vida con él. Estar ahí. Permanecer cerca de aquello que se intenta retratar y no estar al margen de los seres humanos que componen el paisaje. Vivir en carne propia aquello que se busca plasmar por escrito. Esto implica riesgos, sin dudas, pero es la única forma de entregar algo medianamente real a la vez que permite no dejarse engatusar por testimonios viciados por el interés de un individuo.

Si se va a escribir sobre una plantación de algodón, la excelencia pide apersonarse en el sitio y mirar. Y no solo eso, si se aspira a conseguir la mayor exactitud posible, conviene incluso realizar labores por una jornada para atisbar, apenas levemente, lo que los trabajadores experimentan de sol a sol no solo un día, sino la profundidad de los años, los instantes más preciados de sus respectivas existencias.

Sacrificio y sacrificio. Esa era la posición que, a juicio del reportero polaco, debía ser asumida por los periodistas. Se trata de una profesión muy exigente, decía. “Todas lo son, pero la nuestra de manera particular. El motivo es que nosotros convivimos con ella veinticuatro horas al día. No podemos cerrar nuestra oficina a las cuatro de la tarde y ocuparnos de otras actividades. Este es un trabajo que ocupa toda nuestra vida. No hay otro modo de ejercitarlo. O, al menos, de hacerlo de un modo perfecto”.

Uno podría pensar que un empleo tan demandante tendría que conllevar grandes beneficios. Pero no es así, no al menos en el plano económico, aunque hay satisfacciones de otra índole que sin duda son alimento para el espíritu (no así para la cuenta bancaria). Una vocación auténtica es vital en este punto, sobre todo en los primeros años, cuando los aspirantes ganan poco por más que se esfuercen. Podría decirse que la frustración se vuelve una constante. El trabajo no termina nunca y las recompensas son pequeñas y fugaces. Sin embargo, hay una capa que empuja a estos servidores. Una fuerza inasible y no del todo explicable.

Por eso la vocación era tan importante. Los cínicos no sirven para este oficio, decía Kapuscinski en una entrevista recogida en un libro con el mismo nombre (Anagrama, 2006). El periodismo exige integridad en cada poro. Y el polaco añadía que las malas personas no pueden ser buenos en el ramo. Quien es noble tiende a ser honesto, a ser preciso, intenta comprender a los demás. No utiliza las tragedias como artificio y recurre en cambio a la empatía, una forma de entender la psicología de los personajes, esa gente a pie a quien se da voz en en lugar de caer en la tentación del reportero ególatra que asoma una y otra vez la cabeza en los textos como para el lector se acuerde que él estuvo tras los párrafos.

Curiosamente Kapuscinski no estuvo libre de la polémica. Pese a su estatus de leyenda y recibir múltiples galardones a lo largo de su vida, tras su fallecimiento en 2007 crecieron los cuestionamientos en torno a su obra que, en opinión de algunos, se tomaba demasiadas licencias. Su prosa, de tan redonda y pulida, despertó sospechas. Sus libros y reportajes eran demasiado estilizados como para corresponder a la realidad. Más de un periodista sabe que ante la carrera a contrarreloj no hay muchas posibilidades de perfección. La realidad tiene esos inconvenientes y por ello algunos terminan por aderezar con algo de ficción amistosa. Así se llenan huecos de otro modo insalvables, pero se pierde a cambio autenticidad. Se ha traicionado el pacto con el lector, quien espera no una novela, sino la máxima fidelidad del periodista respecto a lo que ocurre a kilómetros de su hogar.

Adicionalmente, poco a poco se desveló la relación laboral entre Kapuscinski y los servicios de inteligencia de su país, que aunado a una juventud marcada por la filiación comunista (llegó a escribir poemas dedicados a Stalin) disipada después, terminó por develar errores y sesgos ideológicos en su trabajo, propenso igualmente a fiarse mucho de la versión del pueblo antes que del rigor analítico. Ryszard tampoco escatimó en detalles para fortalecer su propio mito, aunque para ello dejara que se deslizaran falsedades.

Sus libros, de cualquier manera, no tienen desperdicio. Son plenamente disfrutables y continúan como referencia. Eso sí, hay que verlos con ojo crítico, como todo. El periodismo no es para cínicos, pero sí para seres humanos, con las contradicciones y los claroscuros que nos vienen de nacimiento.

Los celos de John Lennon sobre Cynthia

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John Lennon era un manojo de contradicciones. Tan sublime como terrenal, transcurrió la mayor parte de sus días sumido en emociones angustiantes que no lograba aliviar. Pese a la imagen de santo que algunos le han querido erigir junto a canciones como “Imagine” o “Give Peace a Chance”, trajecito blanco incluido, lo cierto es que se trataba de alguien en constante agitación, producto probablemente de las penurias que vivió en la infancia como el abandono paterno y la muerte de su madre; unas aflicciones que solía desquitar con los demás y que influían en su visión del amor, la cual era eminentemente posesiva.

El fundador de los Beatles era un tipo celoso, vaya que sí. Él mismo lo admitió y las parejas que tuvo supieron bien cómo era en la intimidad. Lejos de tener una actitud concordante con la que reflejaba sobre los escenarios, donde parecía rebosante y confiado, en el ámbito personal era alguien lleno de inseguridades que a menudo se comportaba de la peor manera posible.

Cynthia Powell, la primera esposa de John, sabía muy bien cómo era. Lo padeció en carne propia. Ambos se conocieron en el Liverpool College of Art, en donde ella era dedicada y bien portada en comparación a él, un joven tirado a la rebeldía que buscaba una vez y otra desentonar y romper con el orden establecido.

John Lennon se acercó por primera vez a Cynthia en una clase de diseño de letras en la que ambos estaban inscritos. En la primera de las sesiones, cuando ya todos los estudiantes permanecían sentados y concentrados en la clase, un nuevo chico entró por la puerta. Se trataba de John, quien llevaba las manos dentro del abrigo y quien tenía una “actitud desafiante”, según describió la propia Cynthia. De inmediato procedió a sentarse en el pupitre que estaba detrás de ella.

Al poco rato, John le dio unos toques leves en la espalda. Cuando ella volteó, él se presentó. “Hola, soy John”. Cynthia sonrío, aunque en ese momento no encontró nada especial en aquel pretendiente. Él en cambio llegaría a verla como la Brigitte Bardot liverpudlian.

La relación se concretó al cabo de unos días. John Lennon era encantador cuando se lo proponía. Y era muy divertido. Cynthia terminó enganchada a él, estropeando por ello lo que era un promisorio perfil de alumna. Se dejó llevar por un novio poco dado a asistir a clases o hacer cualquier cosa que implicara alejarse de la música, los cigarrillos y el alcohol.

En la biografía que escribió sobre John Lennon, Cynthia retrató muy bien el espíritu atormentado y contradictorio de quien fue su pareja durante seis años turbulentos. John podía ser muy cruel cuando algo no salía como quería y Cynthia fue testigo y víctima de afrentas verbales que al cabo de un rato se apagaban para convertirse en mimos y cariños. La pobre estaba agobiada por ese comportamiento tan voluble y en más de una ocasión pensó en terminar con la relación. Sin embargo, algo la detenía. No dejaba de quererlo.

John Lennon era muy absorbente. No concebía que su pareja pudiera estar con alguien más y montaba en cólera cuando un hombre se acercaba a Cynthia.

Cierta vez, en una fiesta, Cynthia fue abordada por un chico alto, fuerte y apuesto. La música sonaba a todo volumen, el ambiente era obscuro y la bebida había fluído con precisión. El prospecto, a quien Cynthia había identificado como parte del departamento de escultura, quería sacarla a bailar,

Todo parecía casual y tranquilo. Pero John Lennon se dio cuenta a distancia. De pronto, a pesar de ser alguien de menor musculatura y con menos altura, se abalanzó sobre el grandulón que pretendía quitarle lo que él consideraba suyo. La diferencia física entre uno y otro no evitaron que la furia del celo ofreciera una compensación. Varios de los asistentes tuvieron que contener la trifulca.

John Lennon estaba traumatizado por el sentido de la pérdida. Quizás por ello reaccionaba como energúmeno apenas se atisbaba un riesgo para su círculo sentimental.

Del los delirios no se salvaba ni sus amigos. Cierta vez, en otra reunión en la que también estaba John, Stuart Sutcliffe sacó a bailar a Cynthia. John admiraba y quería tanto a Stu que a veces el mismísimo Paul McCartney se sentía desplazado. Pero de nada sirvió. En cuanto alguien le avisó a John que su gran amigo estaba bailando con Cyn, John se irrió al máximo.

Esta vez no tuvo manotear ni insultar. Le bastó lanzar una mirada demoledora a Cynthia para que ella dejara de bailar con un Sutcliffe que no tenía ninguna mala intención. Quienes estaban ahí también se extrañaron por la escena. La rubia tuvo que ir con John para asegurarle que le amaba y que no había razones para que se pusiera así.

John pareció entrar en razón. Pero al otro día, en la escuela, buscó a Cynthia en el baño de mujeres. Y sin decir palabra alguna, levantó el brazo y procedió a golpearla en la cara. John la abandonó a su suerte, sin añadir nada más, mostrando la bestia negra que cargaba por dentro.

La relación fue tortuosa. John Lennon era alguien que podía desapegarse sin contemplaciones. Había cuestiones que prefería no encarar. Fue justo eso lo que llevó el matrimonio al naufragio. Cuando John conoció a Yoko el impacto y la complicidad fueron inmediatos. Cynthia ya no pintaba más. Y a John Lennon no le importó guardar siquiera cierto decoro, aunque fuera por Julian, el hijo que habían procreado juntos. Simplemente se alejó y se alejó hasta que ya no se vieron más.

Cynthia describió en su libro el momento justo en el que supo que todo estaba perdido. Ocurrió en 1967, cuando los Beatles hicieron el funesto viaje a un seminario que el Maharishi Yogi daría en Bangor, Gales.

Para llegar, los Beatles y su comitiva tenían que tomar un tren desde Londres (que sería llamado “the Mystical Special” por la prensa). Por un retraso de George Harrison, Pattie Boyd y Ringo Starr, John y Cynthia llegaron tarde a la cita. Había que apurarse para no perder el tren. Cuando arribaron en auto a la estación, quedaban menos de 5 minutos para la hora de salida.

Todos descendieron rápido del vehículo y corrieron rumbo a la plataforma de salida. John dejó a Cynthia con las maletas, dando por sentado que era ella y los demás quienes debían hacerse cargo de sus pendientes. Cynthia cargó el equipaje y corrió lo más rápido que pudo. John no miraba hacia atrás y finalmente alcanzó a montarse en el vagón como el resto de la comitiva. Como el lugar estaba lleno de admiradoras, cuando Cynthia por fin arribó, fue confundida con una beatlefan cualquiera. Un policía le impidió el paso. “Lo siento, demasiado tarde, el tren está por irse”, escuchó.

Cynthia alzó la voz para pedir ayuda. John sacó entonces la cabeza por una ventana del tren. “Dile que vienes con nosotros”, le gritó John, “dile que te deje entrar”. Ya era demasiado tarde. Unos momentos después la locomotora inició la marcha y todo el séquito, excepto ella, se fue.

Plantada con las maletas, no pudo contener las lágrimas. Se sintió humillada, desplazada. No mucho tiempo después se enteraría de que John estaba enganchado a Yoko Ono, una peculiar artista japonesa.

Alguien se había quedado con ella. Peter Brown, el asistente de Brian Epstein, quien se ofreció en llevarla en auto hasta Bangor. Era un viaje largo, pero él estaba conmovido por lo que había presenciado.

“Mi llanto no era solo por haber perdido el tren. Lloré porque el incidente parecía un símbolo de lo que estaba pasando con nuestro matrimonio. John estaba en el tren, dirigiéndose hacia el futuro, y yo había sido dejada atrás. Mientras estaba parada ahí, mirando desaparecer el tren que se alejaba, sentí que la soledad que estaba experimentando en esa plataforma un día sería permanente”.

Al final fue Neil Aspinall, el fiel escudero de la banda, quien la que llevó hasta Bangor por carretera.

Cuando alcanzaron al grupo, John Lennon se acercó. “¿Por qué eres siempre la última Cyn? ¿Cómo es posible que te las hayas arreglado para perder el tren?”, le reprochó entre jugueteos que no le gustaron a ella.

Lo anterior resultó premonitorio sobre lo que resultaría un viaje terrible. Brian Epstein murió mientras todos estaban en Gales. Una sobredosis de barbitúricos (a los que se había hecho adicto) le había cobrado factura. Los Beatles tuvieron que regresar antes de tiempo. Además de ser el representante de la banda, Brian era el padrino de Julian Lennon y el testigo en la boda de John y Cyn. La historia se había partido en más de una forma.

Churchill y Hitler: un perro contra el diablo

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“Success is not final, failure is not fatal: it is the courage to continue that counts”.
―Winston Churchill.

Winston Churchill era un hombre lleno de defectos. Era feo, gordo y padecía de depresión y alcoholismo. Era propenso al llanto y también era en exceso belicoso y políticamente incorrecto. Su lengua afilada tiró más de una frase que indignaría a la mente más abierta. Comía como cerdo, fumaba con locura y tenía una relación poco cercana con las mujeres. Durante su extensa trayectoria cometió muchos errores y tuvo fracasos que pudieron hundir a cualquiera. Tomó decisiones que costaron vidas humanas y la evidencia muestra que rayó la atrocidad en lo que se refiere a algunos frentes a su cargo.

No obstante, tenía una cualidad muy importante. Y en el balance de la vida a veces basta con una cosa, si se aplica a fondo, para redimirse y ponerse del lado correcto de la historia. Winston Churchill era valiente.

Se trataba de un hombre de guerra. Alguien que sabía que en ciertos momentos la moderación no valía y que había que tomar determinaciones que, por dolorosas que fueran, eran la única ruta para salvaguardar la dignidad y el honor.

La llegada de Churchill al puesto de primer ministro del Reino Unido llegó, de hecho, gracias a una coyuntura de excepción. En tiempos de paz él no hubiera tenido cabida en el máximo rango, pero al borde del colapso mundial se necesitaba alguien como él. Alguien capaz de ir a por todas.

En cualquier caso no fue la primera opción para ocupar el hueco. Ni para el Rey ni para muchos otros. Lord Halifax pintaba como el sucesor natural tras la debacle de Neville Chamberlain. Pero la situación era tan caótica debido a la expansión de la Alemania Nazi, que de algún modo Halifax prefirió evadir una situación en la que se atisbaba el desastre. En tales circunstancias, con un Tercer Reich de aspecto invencible que campaba a sus anchas por Europa, solo quedaba una opción: liberar al kraken inglés, a la encarnación de John Bull. Winston Churchill, ni más ni menos.

El gran llamado había llegado. Winston Churchill creía que su destino estaba marcado y cada uno de sus días fue un paso hacia tal nombramiento. Obsesionado y acomplejado por la sombra de Randolph, su padre (el destacado político a quien intentó emular), Winston asumió el reto desbordado en emoción. Él no concebía fallar, aunque estuviera en los prolegómenos de una misión imposible.

Hitler arrasaba por entonces. Acumulaba una victoria tras otra y empezaba a acorralar a occidente. Tras cesiones contraproducentes de Francia y Reino Unido, los nazis se habían fortalecido. Y era momento de actuar. Con Estados Unidos temeroso de enfrascarse en el conflicto, con una Francia debilitada y sin rumbo, y con el mutis indignante de la Unión Soviética coronado por el lamentable pacto Ribbentrop-Mólotov, el Reino Unido estaba ante un momento crítico en el que debía definir qué hacer. La parálisis ya no era alternativa.

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Adolf Hitler contaba con una personalidad arrolladora que intimidaba por igual a enemigos que a su gente más cercana. De la furia ni siquiera se salvaba su pareja, Eva Braun, que sufría en carne propia el carácter del alemán. Hitler no toleraba que se le contradijera o que alguien afectara, aunque sea mínimamente, sus intereses. Cuando Eva osaba salirse un poco de la norma, Hitler le contestaba con brutal indiferencia. Dejaba de hablarle por días o semanas hasta que finalmente se calmaba. Ante tal maniático de discursos furibundos y de aspecto de hierro había pocos rivales que le pudieran batir.

Y había mucho menos que estuvieran dispuestos a hacerlo. El más destacado de ellos era Winston Churchill que se la tenía jurada a los alemanes desde muchos años atrás y que de forma constante alzó la voz contra lo que ocurría bajo la despiadada gestión de Hitler, en días donde la opinión pública y sus propios compatriotas no dimensionaban lo que se fraguaba detrás de aquel horroroso proyecto nacional-socialista.

En muchos sentidos Churchill y Hitler eran la antítesis el uno del otro. Hitler cuidaba mucho su alimentación (tenía problemas digestivos y una salud menguante) y no bebía. Winston, por otro lado, era un bebedor empedernido que comenzaba a echar tragos desde la mañana. El británico comía además sin contemplaciones, pidiendo que se sirviera todo en la mesa para ir picando a cada platillo a su antojo.

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Churchill comprendió pronto que la Segunda Guerra Mundial no iba a librarse solo con tanques y balas. Había que sostener una batalla a nivel retórico y moral. Ante las intimidaciones de Hitler no había que callarse ni bajar la mirada. El bulldog inglés decidió recurrir a su carisma para levantar a un pueblo que estaba echado a su suerte y con el peligro inminente de una invasión.

“El país y la raza tenían corazón de león. A mí me correspondió la fortuna de lanzar el rugido”, declaró alguna vez.

Ni siquiera quiso ceder a los coqueteos de Hitler, quien más de una vez tiró guiños al Reino Unido, país al que, en apariencia, no tenía entre sus prioridades de destrucción. Winston supo leer lo que ocurría. No podía confiar en alguien que arrasaba con el globo terráqueo. Ya se había perdido mucho tiempo y no se podía dar más complacencia a alguien que no parecía saciar sus ansias de poder y aniquilamiento.

Como bien señala Boris Johnson, la gran diferencia entre los discursos de ambos personajes es que Hitler hacía creer a los suyos que él, el gran líder, podía hacer lo que fuera. Churchill, en cambio, le hacía creer a su pueblo que ellos eran quienes podían lograr lo que se propusieran.

Fue así y solo así, gracias al ímpetu y el valor mostrado por Churchill en la arena pública, que el entusiasmo se empezó a contagiar entre la población. El Reino Unido pelearía hasta el final sin importar cuales fueran las consecuencias. Y no solo eso, disfrutarían del trayecto. La pelea no les iba a amedrentar. Cuando en julio de 1940 Churchill se dejó fotografiar sonriente (y con un puro en la boca) sosteniendo una ametralladora, la señal estaba clara. La guerra le enardecía y estaba en su hábitat natural.

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Pese a que los alemanes parecían más fuertes, Churchill decidió que nunca se movería desde la posición de debilidad. Nunca tuvo miedo a la perder.

Irónicamente, el primer ministro británico estaba acostumbrado al fracaso. Durante su carrera política y militar sufrió dolorosas derrotas (la más sonada, probablemente, la funesta batalla de los Dardanelos en la I Guerra Mundial) que, sin embargo, nunca lo derribaron. Tenía fijo en la mente que debía continuar. Tenía una misión superior. Caminar y caminar era su estrategia para dejar atrás el infierno.

No hay que olvidar que Churchill fue también un hombre muy sentimental. Alguien que que lloraba sin remedio cuando la situación lo ameritaba. Luego de pronunciar su famoso discurso “Lucharemos en las playas”, Churchill no pudo contenerse y dejó que las lágrimas escurrieran.

“Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. Nunca nos rendiremos, y si esta isla, cosa que no creo ni un solo momento, o una parte importante de ella fueran sometidas y pasaran penurias, nuestro imperio allende los mares, armado y protegido por la Flota Británica, continuará la lucha, hasta que, cuando Dios quiera, el Nuevo Mundo, con su poder y su fuerza, venga al rescate y la liberación del Viejo”.

En su primera aparición como primer ministro ante la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940, Churchill soltó otra de sus grandes perlas. No tenía nada que ofrecer salvo “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. La musicalidad de la frase en inglés anticipó lo que venía. Cinco años cruentos, pero que estaban respaldados con un hombre determinado a poner el puño en la mesa. Hitler al fin había topado con pared.