Nos esperan los bares

Si empieza usted a despotricar sobre alguna cosa como la pena de muerte, la economía rusa o esa idea de que «la belleza salvará al mundo»… en ese caso me divertiré infinitamente y me reiré muchísimo…
—Fiódor Dostoievski, “Memorias del subsuelo” (1869).

Llaman la atención los agoreros que ante la Covid‑19 lanzan pronósticos a diestra y siniestra sin el menor pudor. No estimaciones razonables como podría ser una evidente crisis (ya en marcha) o aspiraciones modestas como la de necesidad de cambiar algunos hábitos en lo que la situación mejora, si es que alguna vez lo hace. Sino aquellos que ya se lanzan a hablar del fin de un sistema económico o que plantean metamorfosis en la condición humana al ahí se va. Pareciera que entre mayor sea su apuesta el intelectual siente más satisfacción. El wishful thinking de quien apetece que una pandemia haga realidad la fantasía que el destino tanto le ha vedado.

Me sumo, pues, a la dinámica del pronóstico estéril, a la profecía impúdica: asumiendo que tarde o temprano el coronavirus nos dejará medianamente en paz (lo cual dependiendo del minuto me parece más o menos probable), el deseo mayor entre las personas no será el de un cambio radical de los propios designios, más bien será el de regresar con espacial ahínco a aquello que había antes de que el virus nos estropeara el desayuno. Habrá cambios significativos, sí. Muchos. Sobre todo para aquellos que tuvieron una pérdida de cualquier tipo, en especial la de un ser querido. A ellos abrazo con solidaridad. Igual habrá nuevas reflexiones, medidas, precauciones. Pero sobre todo estará, creo, el ansia de volver a un centro comercial, el sueño de viajar a París, ver un partido de futbol, ir a conciertos y de sí, ingeniárselas para hacer dinero. Regresar a todo eso que hace no mucho estaba ahí y que no era tan malo. No es casualidad que extrañemos el exterior, tanto por los árboles y las nubes, como por todo lo que estaba dispuesto por un sistema que algunos quieren ver en cenizas.

La voluntad que percibo en el ambiente es más la de recuperar que la de trastrocar las lógicas previamente arraigadas. Puede que tome años (o que sea imposible a cabalidad) y sin embargo el deseo está en movimiento. Otras pandemias han pasado y tragedias mayores cimbraron a la humanidad. Pese a todo, un halo de fondo se sostiene. Los hábitos tienen su peso. Dudo que de pronto surja la fraternidad universal o que, al contrario, nos odiemos todos a muerte. Habrá, sí, matices: acercamientos y distancias, los pecados de siempre. Y dudo también que, así como así, abandonemos todo un sistema económico en el corto o mediano plazo, como si hubiera alguno probadamente mejor o que ofreciera garantías a la larga (tampoco se sabe de muchos chicos que estén abandonando Fornite y Minecraft para aprenderse “La Internacional”, qué les digo).

No desestimo la resiliencia ni la capacidad de adaptación de formas que duraron décadas. E igual confío en la cooperación espontánea que aflora para beneficio generalizado. Entre el escenario apocalíptico, la quimera y la falta de imaginación, le apuesto a lo último. A la eventual vuelta a los restaurantes, a la próxima cita en la butaca de cine, a un picnic en cualquier parte. Ya sé que peco de frívolo, de generalizador y de simple, y que puede que todo eso tarde en llegar si es que un día lo hace… y, sin embargo, son las aparentes superficialidades a las difícilmente vamos a renunciar. Quizás al final sí sea la belleza la que nos salve, la búsqueda de ella para ser exactos. Junto a los médicos y científicos, claro. Y qué difícil será. Pero si logramos sobrevivir nos esperan los bares.

Publicado originalmente el 4 de mayo de 2020.

Lady Skandalous: vivir el sexo underground y el BDSM en SLP

Le gusta ser conocida como la mujer del escándalo. En específico, Lady Skandalous. Es de San Luis Potosí, dice tener 28 años y disfruta de la sexualidad en su máxima expresión. De esta manera le gusta el exhibicionismo y el BDSM; dejar marca y ser marcada. Pero sobre todo le gusta divertirse, jugar. Alterna los roles de sumisa y dominadora dependiendo de la época y de la persona que tenga a su lado. Por ahora se considera bisexual.

Para ella el maltrato no es un castigo, es un placer. Le atrae ser golpeada. Reivindica la provocación como una obra creativa y, en específico, como una manifestación de la libertad. Es así que desprecia lo cotidiano. Tiende más bien a lo que va contra la norma establecida, se comporta de modo tal que las miradas ajenas transcurran entre la condena, la fascinación y lo sorpresivo.

En cualquier caso conoce bien la sociedad a la que pertenece. Vive en una ciudad caracterizada por una visión conservadora. De ahí que prefiera guardar su identidad y haya optado por una creación que, asegura, es parte de ella misma: un complemento. Una figura que se define como una princesa durante el día y como una puta durante la noche.

En la entrevista deambula entre la sonrisa, cierta contención y el atrevimiento. En algunos momentos parece guardarse, pero de inmediato procede a la liberación. No hay reserva en ella, a pesar de que se trate del primer ejercicio de preguntas y respuestas por el que ha pasado.

Nacida en una época distinta a la actual, Lady Skandalous ha tenido que ser cuidadosa respecto a la conducción de sus días. Separa esferas y no deja que se toquen entre sí; no por pudor ni reserva propia, sino por las implicaciones negativas que sus debilidades podrían tener en el lugar donde trabaja o en lo que respecta a su familia. Bajo un nombre real no puede expresarse por completo. La sociedad en San Luis Potosí es propensa al estigma. Con ello en mente, tomó el nombre de Lady Skandalous, un personaje en proceso a partir del cual puede vivir la libertad que en estos tiempos considera como una transgresión.

Aun así, nunca renuncia al deseo. La vida se te va si te quedas con el qué dirán, apunta. A ella le gusta aplastar barreras: nunca ha dejado de corresponderle a la curiosidad.

Entre su círculo social solo una amiga conoce a detalle la faceta nocturna que prefiere mantener escondida luego de que hace años un compañero de trabajo descubriera su cuenta de Instagram, un jardín de recreo donde daba muestra de su cuerpo y de la posibilidades de la sensualidad.

“Con razón me están viendo raro”, se dijo a sí misma cuando se dio cuenta de que se habían infiltrado en el espacio que ella tanto había procurado mantener bajo llave. Tuvo que cambiar de nombre. El tema no se resolvió. Hubo cotilleo y miradas socarronas en la oficina. Optó por continuar como si nada hubiera pasado. Ni ella ni el colega lo tocaron en conversación. Solo se encargó de adquirir un nuevo perfil y poner nuevos candados.

Tal acontecimiento la hizo sentirse mal. Incluso se retiró por un tiempo. Puso toda sus huellas virtuales en privado. Después asumió que ese riesgo, el de ser descubierto por conspiradores y mojigatos, siempre estaría ahí y que era mejor no frenarse por ello.

DOMINAR

En meses recientes Lady Skandalous ha cambiado. Cada vez está más interesada en el rol de dominadora, dejando un poco de lado su lado de sumisa. Tiene planeado hacerse una serie de cirugías radicales que cambien por completo su figura. Quiere convertirse en lo que llama “bimbo girl”, una figura exuberante, de pechos enormes y labios rellenos hasta casi reventar. Esta modalidad, cada vez más popular en países anglosajones, tiene la finalidad de convertir a la mujer en una especie de Barbie desbordada por una hedonista artificialidad.

Para lograrlo, Lady Skandalous pretende buscar una lipoescultura de alta definición. “Todas las bimbo girls con muchísimos followers tienen esa cirugías. La intervención quirúrgica se les nota en el abdomen”.

No obstante, por ahora Lady Skandalous se concentra en un objetivo inmediato: fundar la primera academia sissy en México. De hecho ya tiene a su primer alumno al que convertirá en un sujeto distinto.

Dentro de la nomenclatura de BDSM, sissy se refiere a un hombre de corte sumiso que por medio de entrenamiento y una serie de prácticas logra hacer una transición hasta convertirse en un ente femenino que viste como mujer y que quiere ser dominado. A menudo el sissy trasciende al ámbito sexual y gusta de prácticas asociadas a la ama de casa que se desvive dentro del hogar, como tejer, lavar, planchar, además de complacer a su amo en lo que le sea requerido. Gustan también de ser penetrados.

PAREDES TAN FINAS COMO EL PAPEL

Lady Skandalous tiene pareja. Se trata de un muchacho un poco más joven que ella al que conoció dentro del mismo ambiente underground en el que desenvuelve su faceta sexual. Es una relación libre, aunque con una concepción firme y particular de la fidelidad. “Llevamos un acuerdo de libertad sexual, solo que reservados emocionalmente. Con estos vínculos no tienes permitido enamorarte de otra persona. Por eso es lo de la libertad sexual. Si yo quiero o él quiere estar con otra persona lo platicamos. Hay una tarjeta verde que podemos dar después de poner las cuentas claras, primero es cuestión de sentarnos y hablar”.

Hace años Lady Skandalous tuvo otra relación sentimental. Fue quien la introdujo al gremio, por quien adoptó lo swinger en un noviazgo. “Duramos mucho tiempo; fue él quien me adentró en la escena. En este lado [el swinger] también hay BDSM. Comencé a explorar. Él era muy dominante conmigo. Yo tomé el rol de sumisa, y es así como fui aprendiendo”.

“Lo que me gusta es lo que te provoca el dominante”, dice Lady. “Todo eso que como sumiso fantaseas con tu dominante. La fantasía. Porque es muy compleja esa relación. Hay gente que se llegan a enamorar de su dominante o viceversa. De otras relaciones tienes que tener cuidado porque son tóxicas”.

Cuando está de sumisa, lo que Lady Skandalous busca generar es “placer, complacerlo al cien, lo que diga él y como él mande”. Este concepto de la intimidad implica versatilidad. La pauta, si acaso, es amoldarse hasta donde se convenga en el trato. “Cada dominante es diferente. Cada uno tiene sus propios fetiches o actividades planeadas”.

Algunas de las indicaciones tiradas por los dominantes pueden ser peculiares. Al principio suele haber una plática. La entrevistada considera que hay que poner las cartas sobre la mesa y ajustar detalles. Hablar de gustos y de lo que se permite o no. “Es un intercambio de información. Y es por tu propia seguridad. Una persona sumisa es muy vulnerable, está a la merced del amo. Puede ser dañino, los acuerdos son para que no puedan lastimarte de más”.

TÚ QUE DESEAS CONQUISTAR EL DOLOR…

Uno de los ejes más conocidos dentro del BDSM es el de juegos de restricción. La restricción, detalla Lady Skandalous, puede implicar la inmovilización de las manos o pies, como es bien conocido, igualmente puede ser de inclinación sensorial. Para lograrlo es frecuente el uso de aditamentos que limitan el nivel de percepción de lo que ocurre. “Hay una máscara que tiene muy pequeños orificios cerca de la nariz, con esta máscara apenas se puede respirar, por eso se debe mantener el temple y no desesperar. Hay que tener autocontrol”.

“Tienes que llegar a acuerdos”, reitera. “No se trata de sufrir, sino tantear y marcar límites para disfrutarlo”.

¿Cuáles son los límites de Lady Skandalous? Unos muy claros: no le van las amputaciones ni los juegos con niños. Alrededor del mundo hay quienes caen en prácticas ilegales que ella repudia. El abanico de los fetiches tiene un lado turbio del que da cuenta. Dice que algunos personajes avanzan sin ningún código.

Los juegos de violación simulada tampoco le van. Ni los secuestros consensuados que le han propuesto. “Es una dinámica. Me la explicaron, yo dije que no. Consiste en que tú no sabes cuándo ni dónde, el caso es que te van a secuestrar. Claro, tú das la autorización previamente”.

Hay quienes tienen esa fantasía, la de ser secuestrados y violados. No es su caso. No gusta de esa recreación, mucho menos cuando implica un grupo. “Sí es un poco pesado. Estás tan frágil que estando así, con cinco personas o más de las que tú crees, sí se torna un poco peligroso. Porque a ese nivel el nivel de excitación es muy elevado y te arriesgas a que a ellos se les pase la mano o no usen condón”.

LA SEGURIDAD

Ella siempre se protege. Usa condón en cada una de las ocasiones. Es su modo de evitar preocupaciones. Otra alternativa para estar segura es una práctica adicional del BDSM: los juegos de castidad. “Ahí hacemos todo, solo que los varones no tienen permitido eyacular ni tener erecciones. Es estricto, se les pone su cinturón de castidad y candado”.

Lady suele conocer a cómplices por internet. Gente con sus mismas aficiones con la que, a veces, termina por reunirse. Esto no está exento de riesgos, ya que intimar con desconocidos da un margen enorme a lo impredecible. Tiene tácticas para sobrellevarlo.

“Antes de ir a más, me pongo por regla a conocer físicamente al otro, y en un lugar público, ahí te das cuenta de cómo es la persona y verificas que sean como en su perfil en línea. Ya si llega a haber una interacción física, debe ser en un lugar céntrico. Se recomienda que si no conoces a la persona no vayas a su casa. Hay gente en este medio que tiene calabozos, entonces te pueden encerrar y nadie afuera sabe lo que está pasando. Otra posibilidad, por ejemplo, es que te lleven a un rancho y te metan a una jaula. Es super peligroso”.

¿Sabes de casos así?

Sí, los hay. Me he enterado a través de la red. Hay páginas donde la gente cuenta sus recomendaciones o inquietudes. Muchas sumisas quieren mejorar, o dominantes quieren ser el mejor de todos, entonces ahí se pueden intercambiar puntos de vista, actividades, y hay gente que también comparte las cosas que a veces no son tan agradables o tips como el de no caer en una propiedad privada, una casa, sobre todo si no conoces a la persona o si no sabes de dónde viene. Si hay química acuerdas qué te gustaría, que no te gustaría, y ya empiezas a armar el plan. Los acuerdos, mejor dicho.

¿A ti qué es lo que te gusta?

Mira, yo entré como switch. Switch quiere decir que a veces soy dominante, a veces soy sumisa, depende de la persona con la que esté. Porque hay personas con las que te sientes mejor siento dominante, y hay otras con las que te sientes sumisa. Y ahorita estoy en una etapa más dominante, me siento más a gusto. Hay hombres que tienen el fetiche de ser dominados. Con ellos llego a un acuerdo, a algunos les gusta la dominación psicológica, a otros la humillación. O ya vamos a otra clase de fantasías. Hay gente a la que le gusta mucho el scat [ingesta de heces o fluidos de otra persona], a mí no me gusta. No me gusta nada. Todavía la lluvia dorada… el scat no. Hay quienes tienen ese fetiche, de ver defecar a una persona. Cada quien, es respetable, simplemente a mí no me va. Por eso hay que llegar a los acuerdos.

DESEO CARNAL

“A mí en lo personal me gusta mucho el dolor, encuentro mucha excitación recibiendo dolor. Sí me ha tocado gente que también disfruta lo mismo. Para mí recibir dolor es un premio. Entonces a mi dominante solo le serviría para una especie de corrección. ¿A qué le llamamos corrección? Por ejemplo, tú estás haciendo un patrón o conducta que no le gusta a tu dominante, ahí es cuando te corrige. Y son castigos. Tú castigas el físico infligiendo dolor, y la otra persona lo entiende. Lo aprende y ya no lo vuelven a hacer. En mi caso, al contrario, es un premio. Así que pues… lo voy a seguir haciendo, me encanta. Por eso tiene que ser otra dinámica. Y como dominante a los chicos generalmente les gusta más como el dolor, como el castigo. Hasta el momento no he encontrado algo opuesto como yo. Lo mío es particular. Me gusta que me maltraten, lo veo como un disfrute”.

No te ves marcada ni con lesiones, ¿cómo le haces?

Bueno, es que tenemos lugares. Donde sea visible ahí procuramos no meternos por cuestiones de trabajo, por cuestiones sociales. Si yo llegara aquí con la marca del bofetón que me dieron sería extraño. Hay bofetadas que incluso te pueden partir la boca. En particular yo lo gozaría, pero si entro a trabajar, por ejemplo, sería difícil de explicar. Y pondría a mi pareja en el ojo del huracán como un golpeador de mujeres, cuando no es tanto así, sería consensuado. Muchos no lo entenderían. Así que preferimos evitar aprietos.

NITRATO ANIMAL

Lady dice que al momento de la entrevista lleva consigo marcas que no se alcanzan a ver gracias a la ropa que lleva encima. Moretones, sobre todo. Reconoce que su piel es especialmente sensible. Más cuando le pegan con fustas, una herramienta que habitualmente es utilizada para reprender a caballos. Sobre ella han utilizado cinturones, alicates. O lo que se disponga en la ocasión, como cazuelas, palitas de cocina, zapatos… botellas que se puede insertar con ayuda de lubricante. Lo que sea.

Me contabas que tu pareja es muy dominante, ¿alguna vez se les ha pasado la mano?

“Sí. A mí me gusta mucho la asfixia y fue así. Estábamos en un juego y estábamos probando. Fue a pelo, o sea nada más con su mano en mi cuello. Y hubo un momento en el que no podía más. Tenía que decir la palabra de seguridad y no podía. Fue muy difícil. No podía hablar. Fue peligroso porque no acordamos nada con las manos o señales de alerta que sirvieran para detener el juego. Él pensó que yo estaba con la excitación, cuando yo estaba a punto de desmayarme…”

(En este momento suena su celular. Era su amo para preguntarle si estaba bien. Ella le había avisado de la entrevista. “Se preocupa por mí”, dice).

¿Cómo acabó el episodio que me relatabas?

Esa vez sí me pude soltar. Él no se detenía, fue muy delicado, llega a pasar con juegos así.

¿Qué opinas del feminismo?

Yo vivo mi libertad sexual, una libertad propia. Si la sociedad lo toma como transgresor, es parte del personaje que tengo como Lady Skandalous. Puedo ser fuerte, sin ningún impedimento, sin ser señalada ni juzgada. Va de la mano. Y hay más personas en el ambiente que están con la cuestión del empoderamiento de la mujer. Al menos conmigo, en un nivel dominante, los individuos te dan esa posibilidad, se someten a ti. Y eso es una gran responsabilidad.

¿Cómo empezó tu exploración de la sexualidad?

Tenía 17 años cuando tuve relaciones por primera vez. No era tan joven. Me esperé, yo lo veía en un plan más romántico, no como algo frívolo o de simple fiesta. No me parecía padre, además conocía los riesgos y todo lo que conllevaba tener sexo. Así que me esperé, y luego tuve relaciones con un amigo, muy tranquilo, muy especial, una buena aventura. Y de ahí pues con parejas en la universidad, ya eran como mis novios. Nunca fue una cosa como muy extrema ni nada. Conforme crecí fui teniendo más confianza en el aspecto sexual.

¿Cómo fue que empezaste a tomar un camino menos, digamos, convencional?

Ya fui a más cuando estuve de intercambio en Francia. Fue donde me sentí más libre y confiada. Tuve más parejas sexuales, muchísimas… bastantes. Cada fin de semana era una diferente. Tenía una amiga con la que tenía un concurso de a ver quién se acostaba con más tipos. Nosotros éramos como las loquillas. Había compañeras que eran muy reservadas y tranquilas. Éramos la contraparte, siempre íbamos a fiestas.

***

Lady Skandalous estuvo dos años en Francia. Fue una aventura austera amparada en una mochila. Regresó a México por la estabilidad. Sintió que esa etapa había concluido. Y dice que si vuelve a Europa sería con mayor holgura económica, con un lugar digno para vivir. No lo descarta, por su puesto. Lleva por dentro una corriente multicultural. Además de español sabe hablar inglés, francés y portugués. Parte de sus antepasados son de Brasil.

¿A dónde salías a divertirte en París?

No entraba tanto a clubs ni antros especializados en BDSM. Me daba miedo porque acostumbraba a salir sola. Prefería evitar esos lugares. Me daban curiosidad, fue por motivos de seguridad que los pasaba de largo. Además me tocaron experiencias desagradables. Chicos que te empiezan a seguir de la nada en la calle. De repente te das cuenta que ya llevan una hora siguiéndote. Imagínate, si eso pasa con gente rándom en un lugar público, ahora imagina en un club, donde es más intenso. Además generalmente estos lugares ya abren muy tarde. A esa hora ya no hay transporte público. Si te llega a pasar algo ahí, cómo le haces, cómo te vas.

En Europa hay gente muy extrema, a la que nada le sabe suficiente…

Sí, hasta caníbales. Cuando yo estaba allá se hizo famoso el caso de Luka Magnotta, un chico canadiense que se comió a su amante. Cruzó fronteras y andaba escapando de la ley en Europa. Hay casos de gente que desea ser comida. Les excita eso, es una filia: ‘a mí me encanta que me lleguen a comer’, admiten, y se ponen dispuestos para ello y buscan a su contraparte. Si la encuentran es una bomba. Es complicado, porque va contra la ley, si bien no deja de ser consensuado.

¿Cómo es que llegan a esos niveles?

Fíjate que en esos aspectos siempre pienso en la dominación psicológica, que pueden llegar a convencerte de casi todo. El dominante puede manipular de una forma muy poderosa. Tú puedes no estar muy de acuerdo, te ven como indeciso… y claro te van preparando, como una presa. En la escena hay quienes se consideran presa y otros cazador. Hay niveles al respecto. Incluso puedes hacer tests en internet para ver qué tan cazador o presa eres. Así te das una idea. La seducción y el ligoteo tienen algo de cazador, de primitivo. Nuestros instintos están ahí.

A HOUSE IS NOT A MOTEL

Para Lady Skandalous es indispensable separar la faceta sexual y nocturna de lo que representa el sagrado ambiente familiar al que no permite que cualquiera entre. Tiene razones para ello.

Cuéntame de tu vida hogareña

Tengo una pequeña familia. Vivo a su lado. Cuando suele haber estas cosas, mi hogar es mi santuario. Ahí no meto a nadie. Hay gente que puede llegar a obsesionarse conmigo. Tuve una persona por ejemplo, que no creía capaz… le empecé a abrir mis puertas y la intimidad. Y lo invité a mi casa. Después, cuando nos peleamos quise cortar contacto con él y me fui dando cuenta de que el chico estaba en mi domicilio un promedio de cuatro horas al día. Ya no estaba padre. Daba miedo. Empezó a tocar la puerta a horas inapropiadas. Estaba obsesionado, era peligroso. Fue la última vez que lo permití. Esa persona llegó a tal extremo que dije no, suficiente. Última vez. Fue una estupidez mía porque yo lo permití, fue mi error.

¿Acudiste a la ley?

La justicia me apoyó. Tengo que reconocer que hay avances en esto. Hay más respaldo que antes. Hace años tuve otro apuro. Una pareja mía que tuve se le estaba pasando la mano. Estábamos jugando también, teníamos como 19 años e intentamos. El inconveniente es que fue muy, muy malo, se salió de control. Y ya después acudí con la ley. Y no me hicieron mucho caso, me vieron muy chiquita, pensaron que era una tontería y no era así, ya después el chico estaba acosando a mi abuela, a todo el mundo. Si me veía decía que me iba a golpear porque no iba a dejar que nadie más estuviera conmigo. Ya muy extremo. En ese entonces no había tanto apoyo para las jóvenes. Y ahorita, la última vez que fui a buscar un apoyo y orientación fue muy diferente. Se ve la estructura. Me canalizaron y me guiaron a instancias de protección a la mujer. Y más allá de que no quieras denunciar o no tengas credencial de la otra persona o alguna prueba, se queda como un precedente y ya te creen. Eso está muy bien. Lo que sí es triste es ver chicas de todas las edades ahí, que son víctimas.

¿Qué lección te dejaron los malos tragos?

La dominación psicológica que pueden tener sobre ti es de temer. Yo por ejemplo, siendo dom, no llego a ese extremo, de convencer a algo que el otro no va a disfrutar. Es una cuestión ética. No me gusta aprovecharme de alguien vulnerable. Hay a quien sí le excita eso, sobrepasar los valores y principios del otro. Ya es de cuidado.

¿Alguna vez has cometido un acto que no te gustara?

Siempre he tenido fuerza mental. Eso sí lo recomiendo mucho. A las chicas les digo que tengan esa fuerza de decir no. El ‘no’ es un poder que tiene cualquier persona… decir no. Muchas veces en este mundillo esa palabra se olvida: o por querer complacer a la otra persona o ser el mejor sumiso, o por pena, no pones ese límite. Con lo que he visto, me he dado cuenta que sí se puede llegar a tornar peligroso no decir “no” a tiempo. Y tener tus convicciones bien definidas es vital. A veces es difícil por la edad o por la inexperiencia. Pero debes saber por dónde vas. Al menos una guía, aunque sea difusa. Si no, luego al final ya haces cosas que no creías, que no imaginaste hacer, tus valores empiezan a ser rotos. Hay gente a la que la humillación les puede llevar a tocar fondo, llegar a más de lo que tú crees, un punto donde no hay placer, solo dolor, tristeza. Es peligroso. Hay desde gente dominante que te quiere meter al mundo de la prostitución. Y es así de que “me excita que tú seas prostituta”. Esto te hace pensar… ¿va dentro del rol o va más allá? ¿O este qué está tramando o está en otras ondas? Incluso hay quien llega a convencer a tantas chicas y arman un harem o también hay quienes te dicen que su satisfacción llega a través de que les des dinero… y hay chicas que acceden y les dan dinero. Por eso tanto hombres como deben mujeres deben tener fortaleza. Debes escucharte a ti mismo como persona, identificar cuando no te está gustando. Y así como ellos llegaron, tú tienes la libertad de buscar a alguien más. Hay dominantes que dicen “eres mía y con nadie más”. Y te prohíben cosas. ¿Al final que vas a hacer? Quedar como un saco de papas. Siempre y cuando no esté consensuado y vaya más allá del límite, eso ya no es correcto.

EL PARAÍSO PERDIDO

Hay una línea delgada en lo que respecta al BDSM. Cosas que aparentemente están consensuadas, en realidad parten de un condicionamiento, de una manipulación. El punto en el que se pierde la independencia. En este sentido hay casos extremos, como el la amputación erótica, una práctica que se presenta en algunos círculos y que, como describe Lady Skandalous, puede representar un abuso al que algunas sumisas acceden por presiones o un largo proceso de adoctrinamiento en el que pierden la condición psicológica.

“Se da. Que te digan ‘estás castigada, te voy a quitar una pierna’. Hay también aspectos psicológicos que quedan quebrados, hay gente que busca romperte mentalmente. Yo tuve un exnovio militar que intentó acabar conmigo en lo emocional. Estábamos jugando cuestiones relativas a la humillación. Dentro de ello hay reservas. Que te pueden humillar en ciertos sentidos, mientras no te digan que eres sucia o que se metan con tu familia. A mí eso no me gusta. Este chico ya no tenía contemplaciones. Como éramos pareja me agredía a diario. Ya trascendía al juego erótico. Eran un abuso psicológico. Ya no era consensuado. La diferencia es muy tenue, por eso tienes que estar muy consciente de que sí o que no. Y tu palabra de seguridad, saber cuándo decir ya no. Por eso es recomendable consultar los cuestionarios que hay en línea que ayudan a orientar sobre tus fronteras respecto a fetiches y prácticas en la intimidad. Hay quienes hasta hacen contratos con sus parejas para que todo quede claro y no haya riesgos. Ahí se deja en claro en lo que se está o no de acuerdo y se firma por ambas partes. Esto le da seguridad a los dominantes, ya que así evitan que los sumisos luego puede demandar o viceversa.

Tienes una faceta exhibicionista, ¿cómo es?

Me gusta andar desnuda en la calle. Aunque claro, tiene sus trabas. Tanto por las autoridades como por hombres que acechan. Suelo hacerlo en carreteras o zonas desérticas donde sé que no hay tanta gente y no hay problema. Igual con las relaciones sexuales en la intemperie, donde sé que va a pasar alguien. Me gusta no llevar ropa interior, a sabiendas de que me van a ver. No me molesta que un extraño me observe, está dentro de mis fetiches. Te doy un ejemplo, puedo jugar a que yo me quito el bra y ando por el Centro Histórico. Me gusta provocar una reacción en la gente. Es como un juego.

***

Para la entrevista, Lady Skandalous utilizó un atuendo relativamente discreto. Dice que así lo acordó con su amo. No es un día en el que tenga carta blanca para hacer lo que quiera. La compromete una objeto que lleva consigo: un collar de sumisión con el que su pareja marca territorio. Cuando lo porta, sabe que no puede sobrepasarse. Y si bien entre ambos hay apertura y la posibilidad de estar con otras personas si ambos dan su anuencia, hay otras ocasiones en las que la fidelidad se vuelve estricta. Lo demuestra cuando lleva el collar.

“Tú como dominante das algo a la otra persona. Dejas tu huella, que le recuerde que eres de él. Hoy no puedo jugar porque él no me dio permiso. Él suele dejarme marcas en el cuerpo, cuando estás con alguien del ramo suelen dejar algo de ellos en ti. Algo que le dé entender a la otra persona de dónde viene. Si estuviste con otro y tu dominador no dio permiso, puede venir lo de los castigos. Al final todo es un acuerdo”.

¿Puede estar con quien no sea tu pareja?

Si yo conociera a alguien, mi amo podría darme permiso. Él lo tendría que decidir, porque llevamos un rol. Él es mi dom y yo soy su sumisa. Otras parejas llevan roles diferentes. Mi acuerdo en lo particular es no romper nuestro vínculo. Él también lleva una marca mía. Yo le mencioné que se hiciera un tatuaje en el brazo y se lo hizo. A él, en cambio, le gusta mucho marcarme piercings donde él quiere. Él me los paga, me lleva, me acompaña. Llevamos una relación así. Me gusta marcarme y ya en el futuro el objetivo es llevar unos piercings que son para colocar elementos de castidad en mujer. Artefactos que te cierran con llave. Es un juego, repito, un juego que en lo personal me gusta mucho y a él también. Así que si él o yo decimos “hoy ponte tú elemento de castidad”, ambos accedemos. Solo nosotros tenemos la llave. Esto tiene complicaciones cuando quieres orinar, por eso estas herramientas tienen elementos que van a tu uretra y te permiten ir al baño. Hay de todo, hay instrumentos médicos que se usan en la exploración erótica. En lo que respecta a mi chico, le gusta marcarme con piercings, a mí me gusta marcar con tatuajes, o mínimo marcarlos con una pluma, que se pongan lo que yo quiero. Es una señal mía que le va a recordar de quién es. Pueden ser iniciales, una figura, depende. Me gusta que cada uno sea único, hay quienes prefieren dejar siempre la misma marca.

AHONDAR EN TI

Lady Skandalous ha estado hombres y mujeres, con más de una persona a la vez. “Me considero amplia, no me gusta encasillarme en si soy hetero, homo o bisexual. Depende del momento. Y en este momento podría decirse que soy bi, aunque igual soy experimental”, dice. “He llegado a estar en una habitación con 10 hombres y con unas cinco mujeres al mismo tiempo. Hay gente a la que nada más le gusta observar”.

¿Cómo organizaron ese encuentro?

Fue una fiesta. La organizó un señor extranjero. Todos llegaron al motel donde quedamos. En los moteles es mejor por seguridad y privacidad. O en casas que se renten solo para ese propósito. Otras veces ocurre en ranchos, donde hay mayor intimidad y menos problemas con hacer ruido. Ahí puede llegar a ser más riesgoso, pero en eventos grupales hay certeza porque hay una organización y debes conocerlos. Cuando hay parejas involucradas te da más confianza. También van solteros, o unicornios (chicas que van solas), o cornudos. Los que arman el encuentro te dan indicios de cómo será todo. Incluso del rango de edad. Esto es importante porque luego hay cuestiones que no podrían latirte. Te dicen el número de personas que van. Esto se ve por medio de algunas páginas de internet, y luego por whatsapp. Yo le hice preguntas sobre cómo iba todo. Y luego investigas para ver si es fiable. Hay que poner filtros para saber si es seguro. Si llegas y todo es como te dijeron, adelante. Este proceso es importante, para no encontrar imprevistos. Generalmente los que van son de cierto estrato social, de rango elevado, gente que tiene autocontrol. Luego hay situaciones desagradables. Una vez platiqué con una pareja y me dijeron de una fiesta en la que fueron engañados. Llegaron a una fiesta que organizó un particular y resultó que en el lugar había puro camioneros, la sala estaba llena de hombres y del otro lado nada más estaban ellos dos. De repente le empezaron a decir a ella, a su esposa, que se quitara la blusa. Y todos estaban muy intensos. Aquello no les latió, estaban sobrepasados y no hubo confianza. Prefirieron retirarse. Para evitar eso yo investigo mucho. Al final siempre hay riesgos y no me fío demasiado. Yo tengo una amiga que me ayuda. Nos pasamos la ubicación si andamos en ciertos lugares. No hablo de esto con mucha gente. Con ella sí. Con ella tengo mucha confianza. Es bueno tener una persona que te sepa escuchar sin que te juzgue. Ella me echa la mano como un ancla de seguridad a la que le puedo avisar dónde me encuentro.


La entrevista termina. Lady Skandalous debe marcharse. Tras ella queda la estela de la complejidad, de una dualidad que echa chispas. Una representante de las féminas de las que hablaba Lou Reed. Una heredera de las Chelsea girls, la Venus de las pieles que tomó de von Sacher-Masoch. La que lleva brillantes, brillantes, brillantes botas de cuero. La de fantasías callejeras. La que sabe que el amor no se da a la ligera. Alguien que busca curar a través del dolor. Sí, la que usa cuero que brilla en la obscuridad.

Publicado originalmente en marzo de 2019.

Maradona, transparente a su manera

Los defectos de Diego Armando Maradona eran perceptibles desde cualquier ángulo. A donde quiera que uno volteara había un rasgo que le hundía. Fuera sus posiciones políticas, sus relaciones sociales o la manera en que conducía su propia existencia, había razones de sobra para confinarlo en la mazmorra. Lo asombroso es que alguien así pudiera brillar. Y él lo hacía. De la misma forma en que su lado obscuro salía sin recato, su talento afloró los suficiente para guardarle un sitio en la posteridad. Maradona era transparente, una cualidad que es de agradecerse en medio de la marea de disimulos que conforma nuestro tiempo.

Sería un error decir que la valía de Diego se sustentaba en el plano lo palpable, esa vulgaridad que podrá quedarse en el ámbito académico. No cometeré la insolencia. Maradona fue un espíritu romántico y desde ese lado hay que comprenderlo. Cualquier comparación con otro futbolista se desbalancea por este último factor, uno inasible y que cuesta explicar.

Si uno atiende a los números, a las vitrinas o a alguna prueba cuantitativa es probable que un nutrido puñado de sujetos se le equiparen e incluso le superen. Por fortuna el futbol, como tantas cosas buenas de la vida, va más allá y atiende a una temperatura, a un recuerdo, a un escalofrío que nadie mide y que no viene en los registros. Cualquiera que haya experimentado la emoción tiene una deuda impagable con aquel tipo imperfecto.

El viejo futbol tenía eso, daba oportunidad a los proscritos, a los que en casi cualquier otra esfera deportiva habrían acabado en la ruina. Alguien con el físico y carácter de Maradona solo tenía cabida en un deporte semejante. En el ejercicio perpetuo de sobreponerse. Ahí un elemento constitutivo de su forma de jugar: se desvivía; por sí mismo, por su país y por los suyos. Ellos lo notaban y le correspondían, ningún otro ha causado el mismo amor.

En la trayectoria profesional de Maradona está el divertimento en comunión con el desespero de saber que no queda de otra. Para los que vienen de la humildad toca romperla en el único reducto que queda, la cancha, la música o, si no, abrazar la miseria. Los de su estirpe no juegan en exclusiva por el simple gusto. En él puedes ver el ansia. El anhelo de revancha que transita a cada paso y que apenas en la gloria compensa lo que la circunstancia le negó.

La transparencia de Maradona destilaba en su llanto, del que Bioy Casares alguna vez se burló. Qué sabía él. Diego lloró sin pudor en múltiples ocasiones, confiriendo dignidad a un acto del que el hombre se priva por alguna farsa que no se sabe muy bien de dónde salió.

En un entorno tan de barrio como el suyo, y más con un personaje como el que cargaba, uno podría pensar que tirarse a llorar sería un desatino que lo haría víctima del escarnio, y al final resultó que no. Diego abrió otra brecha en el plano del sentimentalismo. En un conglomerado de machos mostró que el más grande y rupestre de ellos se podía derrumbar y dar muestras de cariño sin sentirse culpable por ello. En consecuencia los demás podían hacerlo también. Un alivio.

Soy propenso a buscar la belleza ahí donde está la obscuridad y Maradona era un manto surtidor al respecto. No era un hombre higiénico y dentro de la cancha tendía a lo impúdico (no se diga fuera de ella). Pienso en el gol más importante de su carrera. El segundo gol que anotó contra Inglaterra en el mundial de México 86. Tras el pecado celestial de la llamada “mano de Dios”, Maradona se redimió con un gol que en un plano de justicia debía valer por dos, aquel en el que tomó el balón por detrás de media cancha y que llegó a las redes tras driblar a cinco rivales. Pero lo más importante es el momento peor: la definición. La épica de anotar en plena caída, ya sin vocación estética, titubeante, al borde del fracaso, deshecho, el último aliento que no obstante se engancha al milagro.

La narración clásica de Víctor Hugo Morales sigue un patrón similar al del gol, así que, valga la obviedad, es la compañía idónea. Junto a las imágenes conforma lo mejor que Argentina y Uruguay han legado al planeta este que se desploma. De aquella narración que eriza la piel y que deja la lágrima a tiro de piedra, preste atención a los últimos segundos. Tras la euforia de la narración, la frase memorable tras otra —el barrilete cósmico que no se sabe bien de dónde viene —, llega un último aliento, el equivalente al 10 que dispara mientras se tropieza. El “Gracias, Dios. Por el futbol, por Maradona, por estás lágrimas. Por este Argentina 2, Inglaterra 0”, que Víctor Hugo Morales dice desbordado, ya casi sin voz y con el sabor agridulce que supone la vuelta la realidad. El tiempo se detiene ante la magia pero eventualmente regresa.

Vuelvo a pensar en Maradona cuando era un niño, el que tenía tanta habilidad que hizo pensar a un entrenador que el supuesto pibe era más bien un enano. No lo era. Jugaba en su propia categoría y por eso es inigualable. Lo dicho, muchos otros quizá le hayan superado en aptitud, en trofeos, en números. Que se queden con las estanterías que no se comparan a eso otro, lo etéreo. La inspiración que irradia en los niños, el ánimo poético, apasionado. El de las frases que no se sabe cómo es que una cabeza como la suya concibió. El que te anima en la penumbra y que en su biografía misma constituye una tragedia que suma a su leyenda.

Diego Armando Maradona, un hombre que asumía sus pecados y que, como él mismo dijo, los pagó. La segunda mitad de su vida fue una prolongada condena. Su ejemplo muestra que más allá de cualquier juzgado o castigo formal, nadie sale indemne y siempre hay un precio que se paga, aunque los demás no lo noten, y aunque a veces ni uno mismo se dé cuenta tampoco.

Maradona seguirá como blanco de críticas a perpetuidad (y hay material de sobra para hacerlo). No seré yo quien recurra ellos ahora, que sean los seres inmaculados los que juzguen sin piedad. Los alaridos ideológicos que intentan imponer silencio al resto. Es probable que la prosapia del personaje pueda medirse por este otro barómetro del que no se dice mucho pero que cuenta un montón: el hecho de que todas esos dardos, todas esas detracciones, no le hagan ni cosquillas a aquel muchacho que un día se propuso darle magnetismo a una pelota.

Publicado originalmente el 27 de noviembre de 2020.

El peso de volver a las calles

Otro fenómeno a considerar es el regreso a las calles después de un aislamiento prolongado. No es una liberación tan jubilosa como uno esperaría. Si bien existe cierta satisfacción, el deseo de volver a la normalidad carga con un peso, el del alejamiento ya arraigado. Un noséqué difícil de describir.

Se ha perdido el ritmo, la noción del exterior, queda una hipersensibilidad. El aire se siente distinto, incluso caminar por la banqueta supone una breve faena. Eso que antes era imperceptible, tan normal, luego de meses de encierro se manifiesta como una extrañeza, algo que no termina de cuadrar. Es, quizá, una exageración; tampoco es que uno se reincorpore después de un Vietnam o de haber estado en una isla de desierta, pero se resiente y no está de más admitirlo.

El cuadro empeora por la desconfianza aumentada en el otro, aquel desconocido que camina por la acera y que comete la desfachatez de acercarse unos centímetros a donde estamos. Una precaución cruel, aunque precaución a fin de cuentas, que obliga a no confiar, a irse, a no entablar el mínimo riesgo si aquel sujeto lleva el cubrebocas una pulgada por debajo de la zona requerida. O incluso si tiene puesta una escafandra.

La suspicacia se extiende a las ideas y planes alguna vez trazados. Aquello que se daba por hecho para el futuro inmediato de repente no está y uno ya no quiere ilusionarse de nuevo. Todo es tan endeble que soñar parece una dolorosa pérdida de tiempo. Ni siquiera hablo de escenarios de cinco estrellas, como el pensamiento de que uno estaría viajando por el mundo el próximo verano; el impacto del vacío es mayor porque ya ni lo sencillo se realiza.

Aquella visita planeada al museo o a la cafetería ahora en bancarrota, estrenar la ropa que se tenía preparada para la fiesta o el objetivo que se tenía de ir al gimnasio… pautas en apariencia asequibles que al final ya no se pueden concretar y que dejan en cambio una capa de aprensión. La cicatriz del confinamiento —vaya secuela— invita a no hacerse de fantasías, a asumir que las ilusiones son luego un golpe que regresa con el doble de ímpetu y que por tanto conviene ser más reservado.

El ánimo queda maltrecho tras ver como los deseos obtienen como única respuesta el propio eco cargado de esquirlas. Es probable que sea mejor no soñar, se piensa, así te ahorras disgustos. Vivir en lo inmediato nada más, pensar solo en el próximo segundo, ese que no tiene tiempo de reunir fuerzas suficientes para decepcionar con soltura.

Y va a ser que no, pronto uno descubre que reprimir el espíritu tampoco es que ofrezca demasiados dividendos. Queda pues la opción de continuar con la cursilería de la imaginación, de los propósitos, y, pese a todo, mantenerse ilusionado con ese futuro donde todo es el no va más del placer. El punto que has esperado toda la vida y que nunca llega pero que de cierto modo es el faro que te mantiene en marcha, con la esperanza de que un día todo va a cambiar (para bien).

Una brisa de verano que protege la ecuanimidad y que, se materialice o no, representa por su misma imagen mental un goce privado, un consuelo que nadie debe quitarte, mucho menos tú mismo, cuando la cotidianidad se esfuerza por estropear una y otra vez la avanzada que tenías por modelo. Corresponde continuar al dibujo de castillos en el aire. Si se acaban los planes nos quedamos huérfanos de nuestra parte mágica. Los sueños sacan lo mejor nosotros.

Publicado originalmente el 9 de julio de 2020.

La demonización de la crítica al gobierno

Nunca te rindas, nunca, nunca. Nunca, en ninguna circunstancia, sea grande o pequeña, valiosa o insignificante: nunca te rindas, excepto a las convicciones del honor y el sentido común. Nunca te sometas a la fuerza, nunca cedas a la aparente superioridad impresionante de tu rival.

—Winston Churchill en la Harrow School, 29 de octubre de 1941.

Golpistas, politiqueros, hipócritas, fachas, provocadores, la reacción, mezquinos, zopilotes, vendidos, neoliberales, pejefóbicos, bots, ignorantes, conservadores, traidores, comentócratas, moralmente derrotados, ahijados de Felipe Calderón. La creatividad es amplia cuando se trata de atajar la crítica al gobierno. Las etiquetas forman la barricada con la que se defiende a la desesperada, no vaya a ser que lo que apenas y se sostiene por retórica pueda ser evidenciado también por la palabra.

Los adjetivos no supondrían mayor dramatismo (somos dados a catalogar, aquí otra muestra) si no fuera por lo que yace detrás de tal estrategia: una negación del escrutinio, la de brindar inmunidad a figuras que, por lo demás, deberían estar sujetas a la rendición de cuentas. Fuera de eso, poco más. El ataque personal es la norma en un país poco acostumbrado al debate, no se diga a la crítica. La andanada va lo mismo contra periodistas que a celebridades o ciudadanos comunes y corrientes. La virulencia, la burla, el señalamiento va contra el que alza la voz, sea el reportero que no encuadra bien las ideas o algún señor que por tener auto con calcomanía cero debería ahorrarse la protesta.

El puchero es permisible para el que está de acuerdo con el régimen, para él es posible la estridencia contra los adversarios. Si no estás de acuerdo, en cambio, no opines, no cuestiones, no dudes. Atiende, agacha la cabeza, guarda silencio: estás ante la transformación, qué no ves, no seas necio. Los servidores públicos ya no son tal, no están a disposición de ser evaluados. México ya cambió, se acabaron los privilegios de la lengua, toca joderse.

Ya ni siquiera es necesario que los funcionarios se ensucien las manos, que exhiban su intolerancia, la piel fina (aunque de vez en cuando todavía caen en el estrépito); dentro del circuito ciudadano que está a merced de sus traspiés surgen escuderos (vaya, otra etiqueta, qué fácil es…) que ponen el pecho a las balas, personas de fe con amplia habilidad para la pirueta, para encontrar un nuevo escondrijo que permita que el fracaso coja un poco de aire. En la misma vena se mueven algunos académicos, gente de medios, intelectuales. Los Gibranes Ramírez, los Hernán Gómez Bruera, Jorges Zepeda Patterson, los Abrahames Mendienta, guaruras ideológicos que revisten de niebla al auditorio. En ellos no hay siquiera la nobleza del lamebotas consumado, ese que asume la adulación frontal que le redime alguna (lord) molécula. Acuden a las mesas de análisis no para analizar, sino como defensores de dogmas, más preocupados por justificar el sinsentido que por enriquecer la discusión. Que gente de tal nivel esté mercando el pulso de muchas personas da cuenta del rezago cultural en los que estamos inmersos.

Más cercanos al poder son los Epigmenio Ibarra, los Federico Arreola. El primero, un propagandista que sobreestima su inteligencia (y subestima la de los demás) y que es tomado demasiado en serio por quienes tienen la desgracia de saber de su existencia. El daño, la distorsión que provoca no es menor, pero a la posteridad lega menos que la telenovela caduca de las nueve. Arreola, más simpático y listo, aunque usted no lo crea, no escatima en lo de las etiquetas; ya no solo contra el pobre diablo que hace de crítico, sino contra organismos autónomos como el INEGI que se atreven a informar, lo cual contraviene al relato. A tal instituto además del consabido golpista (la palabra que hermana a quienes alzan la voz contra los gobiernos progresistas de la Patria Grande), lo acusó de llevar una metodología criminal y de cometer un verdadero acto de terrorismo (ahí nomás) por dar a conocer los resultados de una encuesta que evidenció la crudeza del desempleo en México a propósito de lo que ocurre con la COVID-19.

Demonizar a quienes ponen en tela de juicio el vamosbien, el anillo al dedo, es una práctica recurrente que, por desgracia, no proviene solo de quienes están conectados al aparato gubernamental, sino de personas que, sin estarlo, han terminado por sentir que son parte de él, bajo la garantía de una quimera que bué, es lo que es.

La intensidad de los ataques y la presión social es tan grande que el resultado puede ser el silencio, la claudicación. La voz crítica contempla rendirse. Parece que no tiene caso continuar. Los convencidos aplastan en número. Las explicaciones no funcionan con ellos. Los argumentos y la lógica elemental son derrotados por la simple negativa a razonar, como dice Steven Weinberg. Da la impresión de que el desgaste es en vano. Encima se pierden amistades, se gana el encono en el círculo familiar. El relativismo está en pleno extendido. La labia de los expertos parece imbatible, su rabia carece de fin. Eres acusado de ser amargado, pesimista, aguafiestas, el que le hace hoyos a la balsa como decía la mala analogía de un columnista que ganó el premio Planeta. Muchos deciden así tirar la toalla, no tiene sentido continuar.

Craso error. Es en momentos así donde uno debe hacerse de valor, de no dejar que el embuste salga con la suya. No estás atentando contra él país, al contrario; el cuestionamiento contribuye a la enmienda, a que se hagan las cosas mejor. Con ello no se busca derrocar: es un contrapeso, pone límites. Hay apreciaciones, claro, que son lamentables, siniestras, lo injusto es condenar en lo general a la crítica. Habrá cosas en las que el gobierno acierte, está muy bien, pero a su enorme poder corresponde el señalamiento de lo que atente contra los intereses nacionales (y personales, por qué no), no el aplauso, la pleitesía y el cheque en blanco perpetuo.

Lo indigno es permanecer callado ante los atropellos. Guardar silencio mientras otro sufre, mientras algo va mal. Si lo haces, estarás dándole la victoria a la guardia pretoriana. Esos que buscan desincentivar tu muy válido alzamiento de voz. Habla, aunque te quedes solo. No dejes que te coman la moral ni te apantalles por su número de seguidores, bagaje teórico o presencia mediática. Que te llamen como quieran, pero no seas nunca sumiso ni cómplice del equívoco y la deshonra. Quizás eventualmente animes a alguien más. A los que tienen miedo de dar su opinión. Todos esos silenciosos que están a la espera de una señal para manifestarse también.

Publicado originalmente el 9 de junio de 2020.

Créditos de la ilustración a quien corresponda.

John Cleese contra el progresismo

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El gran comediante inglés John Cleese montó en cólera luego de que el servicio de streaming UKTV, propiedad de la BBC, retiró de la plataforma uno de los episodios de Fawlty Towers, serie que escribió y protagonizó en la segunda mitad de los años setenta. La corporación tumbó el capítulo temporalmente como un acto de conciencia debido a los estereotipos que contenía, así como por el lenguaje racista empleado por el mayor Gowen, un personaje septuagenario que, en teoría, debía entenderse como tal, alguien fuera de sí, ya con demencia, gagá. La decisión de la BBC llegó en medio de una atmósfera censora que se percibe a escala global, una arremetida de algunos sectores de la población que claman contra aquello que consideran ofensivo, así se trate de un personaje de ficción ridiculizado por un equipo creativo en busca de causar risa, y así, reducirlo. Como manifestación de su inconformidad, Cleese recuperó una cápsula televisiva que protagonizó en 1987 para reivindicar la coalición electoral SDP-Liberal Alliance de tipo centrista. “Es difícil saber si grabé esto hace 30 años o 10 minutos …”, dijo en sus redes sociales. Por la vigencia de su contenido hago una traducción aproximada de aquel mensaje a continuación:

La gran ventaja del extremismo es que te hace sentir bien porque te provee de enemigos. Déjame explicarte, la gran cosa de tener enemigos es que puedes pretender que todo lo malo en el mundo está en tus enemigos y todo lo bueno en el mundo está dentro de ti. ¿Es atractivo, no es así? De este modo si tienes mucho enojo y resentimiento […] puedes justificar tu propio comportamiento incivilizado solo porque estos enemigos tuyos son muy malas personas, y si no fuera por ellos, tú en realidad serías bondadoso, cortés y racional todo el tiempo. Así que, si quieres sentirte bien, conviértete en un extremista. Ahora bien, tienes que tomar una decisión. Si te afilias a la extrema izquierda, recibirás una lista de enemigos autorizados: casi cualquier tipo de autoridad, en especial la policía, el distrito financiero, los estadounidenses, los jueces, las corporaciones multinacionales, las escuelas públicas, los peleteros, los dueños de periódicos, los cazadores de zorros, los generales, los traidores de clase y, por supuesto, los moderados. Si prefieres la extrema derecha, ellos también tienen su propia lista, una que incluye a los ruidosos grupos minoritarios, los sindicatos, Rusia, los raros, los manifestantes, las sanguijuelas de la asistencia social, el clero entrometido, los blandengues pacifistas, la BBC, los huelguistas, los trabajadores sociales, los comunistas y, por supuesto, los moderados.

Era difícil pronosticar un nuevo auge de los extremismos para un año como el 2020, tan redondo en su nomenclatura y de promesa futurista. A estas alturas se antojaba un espacio con mayor civilidad y con coches voladores… al final ni una cosa ni la otra. Avances muchos, pero también una fuerte regresión. Una que preocupa de forma considerable es la de la gente incapaz de medir el arte, la ficción y el entretenimiento en sus propios términos y que es incapaz de entender un asunto que resulta fundamental para no provocar revueltas y descabezamientos cotidianos: los seres humanos cargan sin excepción muchos defectos y, algunos de ellos, actitudes repudiables. Ante ellos, con frecuencia autores o personajes históricos, no corresponde la quema irreflexiva del legado ni la supresión inmediata de sus representaciones, por el mero hecho de que bajo esa exigencia en la que solo sobrevive lo puro, lo inmaculado, al final nos quedaríamos sin nada, incluyendo de obra sublime que trasciende a sus creadores. Hay límites, claro, pero conviene analizar caso por caso antes de caer en una ola irreflexiva.

La modernidad presenta anomalías para aquellos que siguen creyendo en una historia lineal que conduce al jardín de rosas. Un siglo después hemos sido incapaces de emular la gracia de 1920, la vida del exceso, el sentido del humor, el encanto de la frivolidad. Entender que no todo debe provocar un cisma y que una ración de ligereza resulta necesaria para sobrevivir, para conservar los nervios fuertes y, entonces sí, luchar por lo verdaderamente importante, no por fruslerías. Tal vez nos hizo falta el guiño de las flappers y a más de uno le urge un martini para relajarse. En cambio, tenemos mucha amargura, algunas veces justificada, otra más un despropósito. La indignación se ha vuelto también, hay que decirlo, un modo de vida, una eficaz maniobra para obtener prebendas, cariño y aplausos de la muchedumbre, jugar al activista u obtener contratos para salir en conferencias, instituciones o en televisión. Prolifera también la imputación de etiquetas atroces que aparecen con total ligereza hasta que pierden su significado, haciendo que los verdaderos trúhanes acaben por camuflarse entre la colectividad de los malos, que a juicio de los extremistas son todos ya, salvo ellos mismos y los que comparten sus opiniones.

Es curioso: el arrecio de la corrección política no proviene más de aquella caricatura que otrora se hacía de los ancianos cascarrabias, religiosos de la vela perpetua que en su versión contemporánea resultaron moderados en comparación a la progresía del joven comprometido y tirado a la calle y a las plataformas virtuales como justiciero social. La víctima de estos dictaminadores puede ser la película favorita de tu abuelo, a la que no se les ocurre calibrar como una expresión de su tiempo, sino un producto al que se deben aplicar los barómetros actuales o, mejor dicho, los de su propia invención. Si no pasa la prueba, ha de ser censurada o se le debe poner algún mensajito de contexto y advertencia, elaborado por los de su estirpe, para avisar al público, que es tonto y no listo como ellos, de lo que viene a continuación. O puede que un comediante se haya burlado de lo que no debe ser burlado (y esto lo eligen los correctos) y, por tanto, su carrera debe ser arruinada. No es necesario ir a plantarse a su casa ni soltarle de golpes, basta el asfixio social, mediático, el amedrentamiento de armar escándalo por aquí y por allá, revisar minuciosamente tu pasado hasta encontrar el desliz que cualquier persona medianamente expresiva llega a tener. Y exhibirte. Los progresistas se dan palmaditas en la espalda los unos a los otros y si no estás de acuerdo, ya se sabe, eres un facho, un machito, un conservador, alguien que debe ser borrado, ridiculizado, suprimido.

Simplifico y mezclo varios ejemplos, el objetivo es dar cuenta de un ambiente extendido (y que lleva ya algunos años con variación de intensidades) que en su asiento refleja lo dicho por John Cleese. Aquel mensaje ochentero es significativo ya en que en él atribuye a la extrema derecha un odio hacia la BBC, un sentimiento que décadas después tiró un capítulo emitido por la propia BBC, pero no debido a presiones de tal espectro ideológico, sino como una determinación que la empresa tomó al interiorizar una coyuntura caldeada por la extrema izquierda. Un hecho semejante, como tantos otros, debe invitar a la reflexión de la sociedad en conjunto, en especial a los que han tomado la destrucción, el arrecio, la quema y el derribo como una forma de anular el pasado y las posturas contrarias; un pasado que, con sus claroscuros, fue lo que fue y que conviene tener en la memoria como una referencia de lo que somos y lo que pudimos ser. No terminar, como temía Orwell, en una dictatura del presente, un delirio que destruye todo lo que hubo antes, que reescribe a sus antepasados, que altera cada registro, cada estatua, cada libro, todo, absolutamente todo, con la salvedad de la tendencia o moralidad actual, aquella en la que el partidoo en este caso el movimiento, siempre tiene la razón. Un movimiento que, conviene recordar, se erige como la representación popular cuando más bien se trata de un conjunto estimable, pero no mayoritario, de personas.

Pese a los posibles costos sociales que ello implique, entrar a la discusión es tan pertinente como enunciar el desacuerdo ante una especie de norma que intenta imponerse. Que no se malinterprete, la crítica de cualquier obra y de cualquier personaje histórico o actual es valiosa y necesaria, lo mismo que el reproche, el boicot o la organización de una protesta que igualmente configura otra esfera de libertad. Y hay cuestiones inadmisibles que hacen bien en permanecer en el basurero de la historia: debemos ser responsables de nuestras palabras y actos y saber que todo tiene una posible consecuencia (aunque igual, el ser humano es imperfecto y sería una locura borrar a cada uno del mapa por sus equívocos sin dar espacio al debido proceso). Refiero, más bien, a las maniobras intimidatorias que algunos grupos se reservan como marca registrada y que imposibilitan el diálogo, el enriquecimiento de la cultura y que suponen un peligro para la expresión; la imposición del pensamiento único, una sola corriente merecedora de la supervivencia que avanza sin contrapeso suficiente. Hay que alzar la voz cuando surja el colmo, la barbarie; fue así como el episodio de Fawlty Towers volvió a estar disponible en UKTV, gracias a que John Cleese abandonó el silencio y puso un alto.

Un riesgo mayor es que el extremismo acabe por enlazarse a políticas gubernamentales. Esto escalaría a una represión del pensamiento a un nivel sistemático. Al promover, por ejemplo, el castigo a los “discursos de odio”, medida en apariencia bondadosa, se pueden colar prácticas de autoritarismo, ya que en su tipificación ambigua se da cabida a censurar a cualquiera que vaya en contra de quienes ostentan el poder y sus satélites sociales (quienes a fin de cuentas deciden qué es “discurso de odio” y qué no lo es), mientras que el canon continúa comiendo más y más terreno.

Si atendemos a lo que dicen los feligreses de la corrección acabaríamos por ser consumidos por ese mismo león al que estamos alimentando. La construcción de la realidad como un cuento de hadas en la que solo entran aquellos que cumplen ciertos parámetros. Un mundo con más limitaciones. Y lo peor, nos quedaríamos sin Fellini, sin José Alfredo Jiménez, sin Céline… sin tantos otros seres que en su individualidad pecadora son, todavía, más relevantes y nutritivos que esa muchedumbre censora que lo mismo en las calles que en las redes clama y se burla para desaparecer aquello con lo que no concuerda. Todo desde una posición ventajosa: la falta de escrutinio que les otorga el anonimato. Pobres de espíritu a los que si uno los revisara con lupa (aunque ni ganas), a lo mejor tampoco salían vivos de las exigencias que imponen a los demás.

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Publicado originalmente el 22 de junio de 2020.

Modos de resistir a la cuarentena

Las personas que se bañan y arreglan aunque vayan a permanecer en casa todo el día. La mujer que adapta su rutina del gimnasio con la ayuda de una pelota y el borde de las escaleras. El joven que piensa en la virtud de los viajes mientras queda atado a una silla. El que manda por celular saludos a los amigos. La que escribe su primer poema y sonríe. La madre que calma a sus niños. El que no se inmuta y ya vio diez películas. Esos que arman un rompecabezas de 15 mil piezas. Los que siguen cantando en la ducha. Los que meten al horno unas galletas con chispas.

Todos ellos son la resistencia. Los que no claudican ante la presión del confinamiento. Los que se abstienen, los que saben que hay un bien supremo más allá del impulso a salir. Los que tienen momentos aciagos, pero no se derrumban. Los que mantienen viva la esperanza.Los que exploran el lado prudente de la vida. Los que no conciben la derrota. Los que saben que ya llegará el tiempo de comerse las calles. Que al resarcimiento llegará más rápido si se va lento.

Muchas hazañas ocurren tras bambalinas. Nunca nadie las conocerá, pero por ellas el equilibrio subsiste. El mundo está poblado de estrellas a la sombra. La discreción suma puntos a su grandeza imperceptible. Ante la crisis de una pandemia tiene mérito dar un paso al costado. Asumir el papel de actor secundario para que las figuras estelares lo tengan un poco menos difícil.

Los enfermeros, los médicos, los repartidores, los voluntarios, los guardias, los científicos… todos ellos son los héroes, sin duda. Pero vale reivindicar a los que comprenden su papel: el de no empeorar nada.  No cualquiera; esta vez hace falta valor para cruzarse de brazos.

La proeza hoy está en la modestia. La hazaña es no moverse tanto, no jugar a la loquera. Permanecer unidos a distancia. Una sintonía del sacrificio.

Los que siguen las indicaciones de los expertos, los que apechugan y aceptan el encierro por mucho que duela. Los que reman desde sus propios espacios. Los que cancelaron los planes que tanto deseaban. Los que toman un curso de música en línea. Los que tienen que salir a trabajar, pero se cuidan al máximo. Los jóvenes que han decidido estudiar medicina. Los que pasan semanas sin recibir besos y abrazos.

Como cerraba aquel poema de Borges, esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

buñuel

Las ventajas de permanecer en casa

Es frecuente que uno salga a buscar aquello que ya se tiene dentro de casa. El ansia por romper con la normalidad lleva a una clase de distorsión. La aburrición es cuestión de tiempo, claro. Al asomarse al exterior las posibilidades se extienden ante los ojos y sobreviene la esperanza de que un milagro suceda. Quizá allá afuera esté el golpe de suerte, el punto de inflexión de una existencia que te lleva a rastras. La mujer de vestido floreado que acabe con tu propensión a la melancolía. Una fiesta donde puedas sentir, de una vez, la condición de ser vivo que tanto se te atribuye.

Hay un ímpetu frecuente que invita a salir, un nervio que lleva a tomar la ducha y ponerse más o menos presentable para andar por la banqueta. Y ver qué pasa. En ocasiones el esfuerzo tiene su recompensa. Pasas por una librería y encuentras algún descuento. O vas a una reunión de buena charla (o al menos así parece al calor de la bebida). Conoces a alguien interesante y refuerzas la plantilla de seres entrañables. Rompes la rutina de la sopa de pasta en algún restaurante donde un mesero extiende los alcances de la amabilidad. Disfrutas el placer recurrente de caminar sin rumbo por una plaza soleada (tanto echas de menos ahora a los organilleros).

También están esos días en los que el bálsamo no llega. En los que sobreviene un vacío al volver sobre los pasos. La travesía no ofreció consuelo: el desgaste tuvo signos de vano. Ya no te sirve el aire fresco. Tampoco la gente. Llega entonces la reflexión. Hubiera sido mejor permanecer en casa. Así lo confirmas al hundir la cabeza en el epicentro cósmico de tu cama. Lo anterior es digno de recordarse en días de reclusión obligatoria. Estar encerrado no está tan mal. Tiene sus ventajas, incluso. La seguridad. El confort. El ahorro continuo. Darle uso al sillón y acudir a una vieja película.

Quién de allá afuera podría ganarle a Billy Wilder. Qué conversación podría vencer a Chaplin. Recuerdas que tu tierna morada es el sitio donde están tus lecturas, la libreta, el bonche de discos. Eres el rey de tu propio espacio. Un estatus que no tienes en ningún otro lado. Lo acogedor está asociado a eso, a tu trinchera y a la posibilidad de hacer lo que dispongas sin dar explicaciones a nadie. ¿Dónde más podrías leer hasta quedar dormido?

Reivindicar la vida hogareña es urgente en tiempos donde no queda otra que resignarse al encierro. Aunque al decirlo haya un twist de autoengaño. Uno que desaparece al beber el primer café de la mañana (ese extracto del paraíso) o al servirse una copa y poner las Variaciones Goldberg que hace tiempo no suenan en las pistas de baile.

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Quién es el señor Biden

Tenemos el mismo trabajo que siempre hemos tenido: decir, como seres pensantes y humanos, que no hay soluciones finales. No hay una verdad absoluta. No hay un líder supremo. No hay una solución totalitaria, de esas que claman que, si renuncias a tu libertad de cuestionar, si tan solo te rindieras, si tan solo abandonaras tus facultades críticas, un mundo idiota de felicidad podría ser tuyo. Tenemos que empezar a repudiar esas ideas. Los grandes rabinos, los jefes ayatollah, los papas infalibles. Los promotores de un mutante quasi-político rendimiento de culto. “El amado líder”, “el gran líder”… no necesitamos nada de eso…
— Christopher Hitchens.

La campaña de Joe Biden como precandidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos tuvo un episodio aleccionador una noche de noviembre de 2019. El exvicepresidente entró a un restaurante en Iowa como parte de esos clásicos actos donde un político baja de la tarima para vivir como la common people. Comer una hamburguesa o taco en un lugar modesto es indispensable para disimular la distancia que separa a un mandatario de sus votantes.

Aquella vez lo acompañaban camarógrafos de prensa y televisión. También su séquito personal. La comitiva formaba una atmósfera propia de una estrella de cine, pese a que la intención fuera andar como uno más. Una meta complicada cuando eres el gallo que pretende tumbar a Trump.

De todas formas, lo relevante no era Biden, sino un hombre que estaba sentado en una mesa del establecimiento. Un granjero que miraba un partido de futbol americano colegial en una de las televisiones que estaban montadas sobre la pared. El típico hombre promedio que, se espera, acabe pasmado cuando aparece alguna celebridad.

Joe Biden se acercó a él, quizá creyendo que el hombre reaccionaría como personas similares han hecho otras tantas veces: con alguna sonrisa de emoción al estar ante un político famoso que podría convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos con la petición de un abrazo o un favor para sí mismo o la comunidad.

Pero el granjero ni se inmutó, siguió a lo suyo mirando la pantalla que tenía sintonizado el programa deportivo. Las cámaras, la conglomeración, el hombre educado de cabello cano que estaba junto a él… todo le daba igual. Era como si cualquier otro ser vivo estuviera ante él, no había razones para el júbilo. Él solo quería ver un partido. No le importaba nada más. Joe Biden lo comprendió y se fue.

La reportera Natasha Korecki tuvo curiosidad de la actitud de aquel sujeto impasible, así que una vez pasado el borlote se acercó a él y le preguntó si sentía algún tipo de animadversión hacia el antiguo vicepresidente.

—¿Quién? — dijo el hombre.

La reportera le especificó: usted acaba de ignorar al vicepresidente de la era Obama.

—¿En serio? Oh, no soy un gran fan de Obama. Esta es una tierra republicana.

No es conveniente sobrevalorar la actitud de aquel individuo; detrás de sus gestos y palabras no había una filosofía profunda ni crítica consciente de alto nivel. Quizás termine por votar por alguien peor. No obstante, a su modo, la escena fue una muestra fugaz del excepcionalismo estadounidense en lo que respecta su posición frente a los políticos. Si bien no es una cuestión generalizada (en todas partes hay quienes babean ante el funcionario en turno), se trata de un comportamiento arraigado en algunos sectores, en especial en el de aquellos que se perciben como hechos a sí mismos, gente que no espera nada de un político y que por el contrario los desprecian por pretender dirigir sus vidas. Esta especie de ciudadanos se centra en su propio trabajo y en sus familias. Lo que buscan es no ser molestados.

El hombre anónimo no destiló odio en sus respuestas. Simplemente un político no le impresionaba en lo absoluto a él, un trabajador del campo. Aunque un pelín descortés, aquel comportamiento resulta admirable si se le compara a las escenas frecuentes vistas en otras latitudes en donde los ciudadanos adoptan la sumisión ante los hombres de poder. El gober, el presi, el exdiputado, el comandante, el señor subsecretario. El constante arrastre ante los políticos, entes superiores a los que abrazan y besan entre lágrimas enfundados en playeras de apoyo. Como si ellos fueran filántropos que estuviera haciendo un favor. No hablo de las personas humildes que ante la falta de oportunidades buscan ayuda de los gobernantes a la desesperada. Hablo de los perritos falderos por convicción. Los del aplauso fácil, la alabanza, el tatuaje conmemorativo. Una determinación que a menudo es definitiva. Una pasión por el arrastre, una subordinación que se mantiene aun cuando el amador líder se equivoca. La rectificación sabe a poco cuando se tiene orgullo y se tienen convicciones, la fe.

biden

Activismo a la boyband

backstree

Una panda de sujetos se agolpa afuera de las instalaciones de TV Azteca San Luis Potosí. Es fin de semana en época de cuarentena. No hay nadie ahí. Pero los radical chic creen que es buena idea clausurar un lugar que está cerrado.

No se emocionen. La clausura consistió en colocar un par de mantas con cintas y clavitos que pudieron ser más productivos como sostén de un calendario en la cocina. Según ellos, se trataba de un acto simbólico, palabra con la que a menudo se reviste a cuestiones que no sirven de nada salvo para la autocomplacencia y estimular a la tropa.

Fuera de eso poco más. Ya no hablemos del nulo eco que aquello tendrá en Ricardo Salinas Pliego, quien, se supone, ha motivado la revuelta. El performance a lo sumo causará fastidio en algún empleado local que tardará unos segundos en retirar esos mensajes de animadversión que no le correspondían. Pero bueno, así es lo simbólico: cualquier cosa.

Lo anterior pasaría a la irrelevancia si no fuera por lo chusco. Y porque todo quedó registrado audiovisualmente por estos X-Men de la política, los salvadores del pueblo. Los iluminados que no creen que el público tenga el mismo criterio que ellos tienen para identificar la basura. Por eso los protegen. Son patriotas.

Cerca del final del metraje, el cabecillla del levantamiento, David, pregunta al camarógrafo “¿Ya se vio esa madre?”. Parece intrascendente, pero es la frase más lúcida de todo el video.

En efecto, aquello es una madre, una nimiedad. Lo importante es lo otro: la imagen, lucir ante cámara, la superficialidad. Revestir de palabrería lo que no da para más. En eso ha acabado el activismo, más en la imagen que en la sustancia. Centrado en la foto, el video, que los demás vean lo comprometidos que somos, si no se ve… ¿para qué salir de la cama? La estampa importa y es lo que domina en la arenga.

En realidad, es difícil que ese tipo de causas sean tomadas en serio por alguien medianamente sensato. Como las boy bands, son consumidas por un público adolescente, tan idealista como ingenuo. Además, a estos herederos de Menudo la coyuntura les tomó fuera de tiempo: ya están pasados de tueste, aunque sigan con el infantilismo tanto discursivo como de vestimenta.

David y sus acompañantes se saltan las indicaciones que en días previos había dado un erudito: el propio David. El intrépido abogado había salido a las calles, bocina y micrófono en mano, a sermonear a los transeúntes para que mantuvieran la sana distancia y atendieran a las medidas de precaución ante el coronavirus. Aunque razón no faltaba a sus palabras, el motor era otro. La arrogancia de quien cree saber lo que otros no saben y la arrogancia de creer que alguien le hará caso a las prédicas de un desconocido.Más hubiera valido que se pusiera a cantar alguna pieza acorde a lo suyo, “Show Me the Meaning of Being Lonely” de los Backstreet Boys, por ejemplo. También había cámaras aquella vez. De qué sirve ser un samaritano si no se ganan likes en redes sociales. Es la autopromoción; muy respetable, aunque incluso para ello hay que ser honestos.

Si David es una mezcla de Kevin y AJ, otro Backstreet Boy que estuvo en la clausura, un tal Luis Alberto, es Brian pasado por Pyongyang.Luis es conocido por su entrega ante regímenes liberticidas a los que revindica en redes sociales sin ningún empacho, a sabiendas de las limitaciones de su público, uno que sucumbe ante la verborrea. Un cursi que compra un boleto para la (no) rifa del avión presidencial argumentando que se trata de un acto simbólico (sí, también. Todo es simbólico ya: usted que lee esto probablemente esté haciendo un acto simbólico sin darse cuenta) que “involucra que se eleve el nivel de discusión”. Semejante son las tribulaciones del conjunto, profundidad nickelodeon.

La razón del descontento tiene que ver con las desafortunadas declaraciones que un conductor de noticias hizo horas antes desde la Ciudad de México. La invitación de Javier Alatorre de no hacer caso a las autoridades de salud respecto al COVID-19 fueron la excusa ideal para que la boy band arremetiera contra dos de sus enemigos predilectos: el sector privado y el periodismo no alineado a la causa.

Los chicos de la calle de atrás son abiertamente deudores y admiradores de movimientos caracterizados, entre otras barbaridades, por su inquina a la disidencia y a los medios y empresas que no puedan controlar. Vale la pena mencionar esta farsa porque es una patética expresión de un sentimiento cada vez más extendido en algunos sectores: la demonización de la clase empresarial y del periodismo que no abone al oficialismo.

TV Azteca y Salinas Pliego son más bien lamentables. Mucho, muy. Se han aprovechado de su cercanía con los gobiernos en turno para sobresalir pese a un contenido de baja calidad. Pero pretender silenciar en automático a cualquier voz nauseabunda o que actúe en contra de la versión del gobierno sienta un peligroso precedente. A una idea errónea se le debe combatir con una idea mejor, una idea correcta. O en casos extremos con un debido proceso. No con la supresión irreflexiva de la plataforma (su ansiado exprópiese). Deberían saberlo ellos, tan rebeldes e incisivos contra gobiernos alejados de su ideología.

Lo burdo de la boy band parece corresponder a una negación de la madurez. Los Back Street Boys sentaron cabeza antes de que las arrugas les ganaran la batalla. Luego regresaron, pero ya bajo otro cariz. A estos combatientes, en cambio, la sofisticación les queda grande. No asumen la realidad. Quizás se crean próximos a Gramsci y Althusser cuando están más cerca de Nick Carter y Luisito Comunica (guardando las proporciones). Que le avisen a Víctor, el mánager, un viejo lobo de mar que andaba por ahí. Ya es hora de sentar cabeza. Nobody knows what the famous groupies know.