Un episodio gaullista en Macron

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Cuando los amigos tradicionales se alejan, lo natural es buscar nuevos horizontes o recuperar a esos viejos contactos que estuvieron siempre al alcance de la mano sin que se les prestara la atención merecida. En la sombra se revelan aliados que ofrecen una nueva asidera.

La reciente propuesta de Emmanuel Macron de configurar un Ejército Europeo es un nuevo intento de resiliencia ante un contexto adverso que no tiene clemencia ante la pasividad. Los lazos cada vez más fuertes entre Alemania y Francia, enemigos a muerte hasta la segunda mitad del siglo XX, corresponden a un escenario geopolítico cada vez más asfixiante. Europa está reducida y tiene enemigos al acecho.

Con Estados Unidos que recupera la tradición de aislacionismo jacksonista, sumado al veneno retórico de Trump, el viejo continente se encuentra en una posición vulnerable. El Reino Unido pasa por sus propias turbulencias y con un talante rupturista. Si a ello se suma el factor Putin, con una avanzada agenda internacional de influencia contra occidente, pareciera que Macron se hartó de esperar y por ello fomenta un coletazo no tan agónico como pudiera pensarse.

El movimiento ajedrecístico de Macron tiene el aparente objetivo de mostrar músculo ante los caprichos de Trump, haciéndole saber que Francia, pese a todo, tiene un margen de maniobra al cual inclinarse. La mayor paradoja de este movimiento es lo que causa frente a Rusia. Vladimir Putin ha mostrado con sus acciones un deseo profundo de romper a la Unión Europea, así como a la OTAN (para su país será siempre preferible un occidente fragmentado), y de este modo el presidente de Francia si bien se aleja de Washington (beneficioso para Putin), podría enarbolar una fuerza transnacional considerable y sin ataduras, algo que no es beneficioso para Moscú.

Lo que es más, la movida de Macron deja patente que para Europa el Estados Unidos de Trump ya no es un aliado de fiar. Sin embargo, hay que apuntar que no es la primera vez que se da una situación similar.

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Tras la segunda guerra mundial, aunque dentro de los márgenes fraternos, Francia no ha dejado de ver con cierto recelo la posición de Estados Unidos. Para ellos fue un trauma que su lugar como gran potencia fuera desplazada por el nuevo mundo, un complejo que les ha costado encajar. Desde entonces Francia ha luchado por mantener su autonomía y seguir presente como una potencia de primer orden aunque a nivel militar o económico haya quedado rezagada respecto a las ultrapotencias que surgieron desde entonces.

La estrategia de Macron remite a lo ocurrido a finales de los años cincuenta y los sesenta con Charles de Gaulle como presidente de Francia. Ambas figuras cuentan con profundas diferencias: uno proteccionista, el otro liberal; uno pragmático y suave con Rusia en la posguerra, el otro combativo con el Kremlin… pero ante la vulnerabilidad de Francia, jugaron sus cartas de manera similar ante Estados Unidos.

Debido a la rispidez que su país vivía con Washington en aquellos días, de Gaulle subió el volumen a una idea sobre la que ya había girado en años anteriores: la urgencia de que Francia pudiera consolidar una independencia en materia defensiva. No depender tanto de los americanos. Para él, aunque Francia tuviera grandes amigos, la soberanía era bastante delicada como para estar a la merced de un país que manejaba otro idioma a miles de kilómetros de distancia.

A lo largo de la historia Francia ha pugnado por mostrarse como lo que es, un pilar de la civilización. Lo han intentado incluso en sus puntos más bajos, en los que a base de ingenio diplomático se han procurado, aunque con alfileres, una posición en la planta alta del concierto de las naciones. Nunca les ha gustado verse disminuidos.

De Gaulle ni siquiera sentía demasiado entusiasmo por la OTAN, ya que como entidad supranacional le restaba nombre y prestigio a su propia bandera. El concepto de integración en masa a nivel militar le preocupaba tanto como estar a la sombra de Estados Unidos como gran referente para resolver problemáticas internas y externas.

En 1956 la crisis del canal del Suez dejó a Francia, junto a la Gran Bretaña, totalmente rebasada. A partir de ese conflicto se asumió lo que ya todos habían adivinado. Ya solo existían dos grandes potencias. Estados Unidos y la Unión Soviética. Y aunque los norteamericanos asumieron la perspectiva y defensa de los países capitalistas, en el conflicto promovido por el hábil Abdel Nasser en Egipto quedó claro que, al menos por entonces, no estaban dispuestos a ser un brazo armado incondicional de los intereses ingleses y franceses.

Trump ha usado como argumento que Francia debe mucho a Estados Unidos por la salvación que les dieron en las guerras mundiales y que por tanto deberían doblegarse en humildad, pero como mencionó de Gaulle alguna vez, en ambas ocasiones lo hizo de manera tardía, en el caso de la segunda guerra mundial cuando los nazis ya habían tomado sus tierras.

La preocupación por el avance comunista hizo que de Gaulle tomara una postura más firme (aunque posteriormente llegó a coquetear con la Unión Soviética para balancear el tablero), de ahí que se pusiera en la mesa que Europa occidental, liderada por Francia y el Reino Unido, pudieran unirse al selecto grupo de países con armas nucleares. A Estados Unidos le parecía que entre menos países entraran en la dinámica, mejor. Pero la pérdida del monopolio atómico, con la sombra soviética a lo lejos, hizo que Europa pidiera ser salvaguarda adicional del mundo libre.

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Ante la reticencias de Eisenhower, de Gaulle incluso amagó con abandonar la OTAN. Los franceses creían que la “policía del mundo” debía ser tripartita y que cualquier decisión de la organización debía pasar por un consenso entre Washington, Londres y París.

De poco sirvieron las presiones. Estados Unidos mantuvo las reservas, y conservó, si acaso, su relación especial con el Reino Unido. No obstante, con ellos también había un serio desgaste. De Gaulle montó en cólera y ordenó que todas las armas nucleares de Estados Unidos saliera de territorio francés. Posteriormente, en 1966, Francia incluso salió del mando militar integrado de la OTAN.

Ante el diálogo sordo, de Gaulle tomó la determinación de mirar hacia otro lado. Si Estados Unidos no cedía, había que buscar otras opciones. Fue así que el presidente francés se acercó a Konrad Adenauer, el canciller alemán, con quien a principios de los sesenta firmó un tratado de amistad. A pesar de que Alemania y Francia eran rivales irreconciliables hasta mediados del siglo XX, los andares de la diplomacia son volubles y cuando la combinación se dispone, un bien superior puede redituar en el entendimiento con los en otrora contrarios.

Si bien el vínculo con Alemania occidental fue fluido (basado en un resentimiento compartido por el arsenal nuclear que se les vedaba y el plan que les unía de no hacer indispensables a los Estados Unidos), el acuerdo no trascendió como hubieran querido. La posición de Estados Unidos era demasiado fuerte y más allá de la pedanterías verbales del orgulloso de Gaulle no había líder alguno que pudiera confrontarlos. Del otro lado estaban Jrushchov y Brézhnev, opciones mucho peores.

Los esfuerzos por independizar la seguridad tenían serias limitantes: no eran nada sin la anuencia de la Casa Blanca. Lo cierto es que era una época en la que la mayoría de los países temían moverse demasiado ya que con ello podrían despertar reacciones contraproducentes. Y aunque existía un fuerte anhelo de contar con armas disuasorias particulares, nadie podía hacerle segunda a Francia en lo que respectaba a un rompimiento verdadero con EE.UU.

Cerca de 60 años después, Macron voltea de nuevo a Alemania en un intento de que una Europa militarmente poderosa pueda hacer frente a los riesgos del exterior, así como eliminar la excesiva dependencia que tienen ante un Estados Unidos hostil, que con Trump a la cabeza exige subordinación y un aumento de gasto por parte de los integrantes de la OTAN.

Falta ver qué tanto de ello es un blofeo por parte del presidente de Francia. Con una Angela Merkel entusiasta pero ya en retiro, y con un cuadro adverso en cuanto a popularidad dentro de sus propios fronteras, Macron corre el riesgo de tener pólvora mojada como antes la tuvo de Gaulle. No obstante, en tiempos de sumisión, un movimiento así de audaz no es desdeñable y, se concrete o no, podría causar alguna consideración en los Estados Unidos. Macron sabe que a base de palabras es posible hacerse de un asiento de primera fila y forzar el respeto de los americanos. Eso quizá también lo aprendió del gaullismo.
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Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2018.

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Los políticos no son tus papás

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Los políticos no son tus papás. Tampoco son tus hermanos. No son ni siquiera tus tíos o primos. Y, bendito sea dios, no son tus sobrinitos ni tus amigos. Así que tranquilo, no los tienes que defender a capa y espada, como si en ello se te fuera la vida.

Los políticos están para servir. Y son merecedores de crítica. De ahí que sea tan desalentador cuando en una charla algún ciudadano se convierte en guardaespaldas del presidente, el gobernador o, habrase visto, de algún diputado en turno.

Claro, es válido apoyar a dicha estirpe cuando hacen algo bien en uno de esos eclipses de años bisiestos. El problema es cuando se vuelve un asunto pasional, ajeno a cualquier engranaje. Cuando el fanatismo es tal que no se deja que al político se le toque ni con el pétalo de una rosa.

Ante el menor comentario negativo, estos alfiles salen en defensa del poderoso en turno. Jalan para un lado y para el otro. De lo que se trata es que no le tumben una sola pluma al gallo, aunque él esté lejos y no se dé cuenta (ni le importe) que algún jovenzuelo le esté poniendo el pecho a las balas.

A la familia (que lo merezca) hay que defenderla con uñas y dientes. También a los amigos, si es que alguien osa ensuciar sus nombres. Pero no con los políticos. Ellos ya tienen suficiente con sus comitivas y con los altos sueldos que superan a la de la mayoría de sus votantes.

Los políticos, valga repetirlo, no son tus abuelitos (aunque ya anden seniles). No hay necesidad de justificar cada uno de sus tropiezos ni ponerte como alfombra para que ellos pasen entre la mugre.

Haz la prueba un día. Intenta, fuera de horarios de atención, ir a la casa de tu político de preferencia. Toca la puerta y dile que eres Agustín, el muchacho servil que lo ha defendido en redes sociales y en las sobremesas. Será difícil que te den un abrazo como agradecimiento, no se diga ya que te inviten un plato de sopa. Acaso el golpe de realidad pueda doler, tú que has sacrificado tu credibilidad por ellos, has sido desalojado por un elemento de seguridad.

Ya es hora de que te convenzas. Ellos están muy lejos. Manejan su propia agenda y provecho. Prefieren a comer con algún empresario, algún burócrata o con un párroco antes que reunirse contigo, el que tanto ha hecho por protegerlos. El que ha perdido amistades que osaron meterse con el amado líder.

Es válido tener intereses y que por tanto apoyes a determinado sujeto. Todos tenemos preferencias; filias y fobias que está bien perfilar antes de unas votaciones. Lo que es cuestionable es convertirse en un lamebotas perpetuo, que una vez concluido el proceso electoral se adopte el papel de una foca aplaudidora. Una sumisión absoluta, el arrastre como voluntariado. En efecto, las más de las veces la subordinación no te dejará un solo centavo.

Así que salvo que estés enganchado directamente a una plataforma política no tiene mucho caso hundirse en la complacencia. Recuerda que estás del lado del ciudadano. Y que como tal eres un contrapeso frente a los poderosos.

Es casi imposible, ya que pareciera ir contra cierta naturaleza humana, pero bien haríamos todos en formar un frente contra las malas acciones de quienes ostentan un cargo público. Ser inclementes y reclamar sin distinciones, mostrar especial severidad a quienes fueron beneficiarios de nuestro voto, los que con cada tropelía traicionan a quienes depositaron confianza en ellos.

No es recomendable tampoco el golpetear por golpetear, saboteando así cualquier proyecto de gobernanza. Esta es una práctica muy habitual de las sectas políticas quienes ansían la ruina social para luego ser ellos quienes se posicionen como una salvación. Los fanáticos tienen el revés de criticar en los otros aquello que consienten en los de su propio bando. Razón y rectitud son dos palabras que combaten a la desvergüenza.

La tiranías se amparan en buena parte en la mansedumbre de quienes miran a otro lado ante el abuso. No hay dignidad en ser cómplice del autoritarismo y la opresión. La ceguera intelectual denigra nuestra imagen y orilla a quienes la tienen a la pocilga de la historia.

La crítica es sana. Y en ambientes dominados por cúpulas ajenas a la población, es necesario que pongamos el dedo en la llaga. Cerrar los ojos es contraproducente. El debate y los cuestionamientos alumbran el panorama, esa inmundicia que algunos pretenden mantener en la sombra.

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Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2018.

Carmen Aristegui está en un aprieto

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El regreso de Carmen Aristegui a la radio mexicana fue, sin lugar a dudas, una de las noticias más agradables del 2018. Más allá de que se puede coincidir o no con su línea y estilo, es una periodista importante, amena y de buena intención. Voces como la de ella son un bálsamo para ofrecer un contrapeso en una escena dominada por intereses políticos turbios y lejanos a la sociedad.

Para ella, no obstante, hay un aprieto inminente. Por primera vez en su carrera le tocará desenvolver su trabajo desde un sexenio dominado por la izquierda en el poder. Su público, que la ama y tiene como principal referencia, es de espíritu afín al nuevo gobierno. Y aunque hasta la fecha todo ese auditorio la ha celebrado por combatir desde los medios los excesos de los políticos, esta vez la tendencia se le puede revertir.

Eventualmente Aristegui y su equipo se verán ante la disyuntiva de retratar algún tropiezo mayor del gobierno federal. Y aunque en primer término lo que corresponde es emitir una crítica tan severa como la que siempre se ha dado al séquito presidencial, ahora ella tendrá que asumir el alto precio que significa ir en contra de la postura de buena parte de quienes la escuchan, un perfil muy entusiasta de todo lo que rodea a la llamada “cuarta transformación”.

El ambiente de excepción que reinará en México los próximos años, impulsado por un mandatario con un respaldo popular nunca antes visto en la historia moderna del país, pondrá en dificultades a todos los que se atrevan a ir a contracorriente. Pero quizás ningún periodista nacional pueda resentirlo en la misma medida que Carmen, una comunicadora que en todo momento ha gozado del cariño de la gente. Y quizás ninguna voz sea tan requerida como la de ella, para equilibrar a las fuerzas en juego.

De cara a la percepción ciudadana, criticar a Enrique Peña Nieto o Felipe Calderón —los más inmediatos ex presidentes— hace ganar enteros, como debe ser para un periodista. Una investigación sustentada acerca de torpezas o casos de corrupción de cualquier servidor público eleva a quien lo elabora, por tratarse de un hallazgo que rompe con la inmundicia de quienes abusan de sus puestos.

Con Andrés Manuel López Obrador y su círculo íntimo, en cambio, es distinto. La crítica contra el equipo de Morena, infundada o no, conlleva un alto precio para quien la profiere. Incluso se convierte en un estigma. Una persecución discursiva que irradia desde el mandamás hasta su base electorera. No son pocos los que han sucumbido ante la presión. La autoridad moral Andrés Manuel es, en apariencia, impenetrable

Es probable que llegue el punto en que Aristegui deba decidir entre el rigor profesional y el seguir con el respaldo incondicional de su audiencia. Será ahí cuando tendrá que ser más periodista y fría que nunca y si para ello debe sacrificar la anuencia de quienes la han encumbrado, deberá hacerlo.

Hasta el 1 de diciembre, Carmen Aristegui y su equipo seguirán administrando el capital que supone la denuncia de los excesos y canalladas de la administración saliente. Pero al poco rato tendrá que voltear, analizar y poner el dedo en la llaga en los de recién ingreso.

Carmen Aristegui ha enfrentado riesgos de distinta índole a lo largo de su carrera. Presiones gubernamentales, resquemores de empresarios y afrentas a su seguridad. Pronto emprenderá una batalla con la mejor herramienta que tiene: su ética laboral. La misma con la que tendrá que decidir si va con todo, sin concesiones, o si prefiere voltear para otro lado cuando lleguen los copos de indecencia que todas las castas políticas tienen y que no necesariamente vendrán del jefe del ejecutivo.

Ya en mayo 2017 la periodista probó una dosis de lo que acaso se vuelva la norma en los próximos años. Luego de una entrevista tensa con López Obrador, a propósito de la rocambolesca atmósfera que se vivía en Veracruz (con Yunes, Duarte, Eva Cadena y otros angelitos), en redes sociales y en plataformas de YouTube hubo comentarios en su contra, por la forma severa con la que abordó el tema con el tabasqueño. Aquello solo fue una pequeña probada de lo que podría venir en el ejercicio sostenido de lo noticioso.

La cisma ocurrida por la portada de Proceso dedicada a López Obrador en noviembre de 2018 (“El fantasma del fracaso: AMLO se aísla”) es otra muestra de lo que puede ocurrir ante los críticos no tradicionales. Proceso, otro medio de alto aprecio entre los círculos de izquierda, fue de pronto vapuleada por cierto sector de seguidores ortodoxos, quienes no conciben dudas ni cuestionamientos.

Más allá de las manifestaciones provenientes del propio presidente, un sector considerable de la ciudadanía está en vena de desacreditar a cualquier voz que ose ir en contra de un movimiento que representa algo tan poderoso como lo es la esperanza.

Tal será una dimensión que los periodistas deberán tener en cuenta desde sus propios espacios. Carmen Aristegui tal vez sea quien más tiene que perder. Pero también la que más tiene que ganar en concepto de integridad.

A eso debe abocarse. A estar a la altura de su propio nombre. A seguir haciendo periodismo, no militancia. Sea cual sea el precio. Sean cuales sean las implicaciones. Al periodista no le toca ser amigable con los poderosos. Antes que el aplauso o la complacencia, está el valor de la honradez.
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Publicado originalmente el 12 de noviembre de 2018.

La derecha se levanta (y la izquierda le ayudó)

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La victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil selló con fuego una tendencia conocida ya desde hace varios meses: la resurrección de la extrema derecha a escala global. Por tratarse de un país clave de Latinoamérica, lo de Bolsonaro significa el golpe más contundente en la materia desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en el año 2017.

Ese dúo tan infausto no está solo. A ellos hay que sumar una serie de brotes que han surgido a lo largo del mundo en los últimos años. Líderes de tendencia conservadora con ideas aislacionistas, xenófobas y directamente hostiles frente a las minorías.

Matteo Salvini como ministro de interior en Italia, Viktor Orbán como primer ministro de Hungría, Rodrigo Duterte como presidente de Filipinas, así como las fantasmales (y aterradoras) presencias que han hecho personajes como Nigel Farage, Geert Wilders y Marine Le Pen, son solo algunos ejemplos adicionales que dan cuenta de una visión extendida. Ya no es un caso aislado, se trata de un auténtico modo de hacer política que atiza a los peores sentimientos humanos para hacerse del poder.

Llegados a este punto cabe preguntarse cómo algo así es posible. Cómo es que actitudes que se creían ya superadas brotaran en serie alrededor de un planeta que se creía ya ilustrado y con un notable avance formativo.La popularidad de estas alternativas de ultraderecha próximas al fascismo solo pueden explicarse por una insatisfacción con el orden establecido que durante algunos lustros tiró, con sus variantes, a la socialdemocracia.

Si bien en términos macroeconómicos y sociales la humanidad parece ir en la ruta correcta, los baches que existen en distintas zonas, especialmente en occidente, son causantes de un efecto secundario: clases medias agotadas en busca de una redención. Una mala lectura de la problemática conduce a muchos ciudadanos a confiar en populismos que con respuestas sencillas (y erradas las más de las veces) encandilan a quienes llevan tiempo sin una satisfacción.

Tras más de una década dominada por una especie de hegemonía de la izquierda en varios sectores del globo, los excesos, torpezas y la corrupción que anidaron en lo que en su momento se presentó como una alternativa decente terminaron por decepcionar.

El fracaso del socialismo del siglo XXI comandado por Hugo Chávez es un ejemplo de ello. Si hace 10 años Sudamérica estaba dominada por gobernantes de izquierda combativa, para 2019 el panorama es inverso. Los yerros y excesos de los Kirchner y Lula Da Silva, entre otros, hicieron que los pueblos de sus respectivos países tornaran hacia opciones contrastantes. A veces moderadas y en otras extremistas, como ha ocurrido en Brasil.

Europa y Estados Unidos, por su parte, presentan particularidades. De manera especial el viejo continente se ha visto rebasado por las nuevas dinámicas del mercado internacional, en donde ya no son los actores protagónicos que alguna vez fueron, y en donde las tendencias monetarias están más bien dominadas por potencias emergentes de población joven como las que hay en Asia. Los gobiernos europeos no han sabido dar respuesta a la crisis y al paro que día a día asolan a una población cada vez más agitada, seres sedientos que, en plena vulnerabilidad, se dejan seducir por los agoreros en turno.

Ahí es donde la derecha rancia entra en todo su esplendor con su especialidad: el divisionismo, el buscar enemigos externos que son los culpables de todo; ostentando el proteccionismo y un control férreo como antídotos ante la barbarie.

Curiosamente son dogmas que, en esencia, coinciden en fondo con la extrema izquierda. Los dos contrarios se fortalecen el uno al otro. Cuando uno se descompone el otro toma la batuta y viceversa.

El descontento parece ser la norma a nivel global y en medio de la desesperación se sigue al primer flautista de Hamelin que con el carisma suficiente pueda conquistar. La gente está ansiosa de probar cosas nuevas, solo por el mero hecho de serlo. El hartazgo es tal que ya no domina la razón, sino el disparate. El dar mil tiros a ver cuál pega.

El enojo que anida en la población trasciende a lo meramente económico y está empapado por cuestiones culturales que se infiltran en la cotidianidad. El progresismo, con su agenda políticamente correcta que ha ahogado las libertades individuales y de expresión, ha contribuido también a una confrontación que acaba por salirle por la culata.

Cuando un extremismo se cree dueño de la verdad y abusa de su posición de poder, el resultado no es la desaparición de la contraparte, sino la radicalización de la misma que se alimenta y toma fuerza de su gemelo antagónico. Los extremos, en efecto, se tocan y cuando uno de ellos adquiere demasiado peso, el triste resultado es que surgen locuaces similares del otro lado, aunque con sus respectivos venenos ideológicos.

El ascenso de la derecha no llegó por generación espontánea y corresponde más bien a un proceso que desde hace años estaba marchito aunque muchos se negaran a verlo.

En esto tenemos un poco de culpa todos, por no haber creado una conciencia colectiva lo suficientemente fuerte que pudiera ofrecer un escudo contra los mesías en turno.

Durante más de un decenio nos acostumbramos a ver en acción a la demagogia provenida del socialismo más rancio. Y muchos de los que ahora saltan indignados por la victoria de Bolsonaro y los excesos de Trump (lo cual es encomiable), fueron cómplices de prácticas nocivas, pero aplicadas del otro lado de la cancha; autoritarismos y atrocidades de la izquierda regresiva que eventualmente terminaron por agotar la paciencia de gente que se dejó llevar por el primer sinvergüenza que se le atravesó.

Es el péndulo inclemente de la historia que barre con todo lo que está en medio.

Aquellos que solaparon a Fidel Castro y a Hugo Chávez, y todos aquellos que voltearon a otro lado cuando la corrupción hizo raíces en los políticos que alguna vez apoyaron, tienen que hacer serio ejercicio de autocrítica. Igual los que defendieron en su momento a Daniel Ortega o los que le ríen las gracias a Putin o a Kim Jong-un. Ese relativismo es el culpable de que gente con las mismas convicciones nocivas (pero desde el otro extremo ideológico) haya tomado fuerza.

El ascenso de los Trump, Rodrigo Duterte o Bolsonaro procede de una insatisfacción y una rabia similares a las que llevaron a los Chávez y a tantos otros al poder, con los resultados que están a la vista. No nos olvidemos que todos ellos, nos guste o no, recibieron el respaldo de millones de personas.

Es indudable que hubo muchos otros factores en juego, pero esa confrontación y ruptura —promovida por muchos charlatanes— ha jugado un papel importante para vernos inmersos en estos pelotazos entre populismos de derecha a izquierda que no nos dejan bien parados.

Decía Henry Kissinger que la demagogia reside en la capacidad de infundir emoción y amargura al mismo tiempo. A partir de ahí se podría proponer una solución y, por disparatada que esta fuera, se lograría obtener la bendición popular. La estrategia de siempre: buscarse de un enemigo y luego erigirse como el salvador, aquel que tiene el poder mágico para resolverlo y acabar de un plumazo con él. A ellos hay que combatir.

En la medida de nuestras posibilidades toca permanecer alertas y apelar a costumbres desgraciadamente un tanto en el olvido como son la razón, la seriedad y la mesura. Ser críticos con los poderosos, sean quienes sean. Hacer la sensatez grande de nuevo.
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Publicado originalmente el 5 de noviembre de 2018.

Un amargo adiós a Texcoco

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La consulta sobre Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) realizada en días pasados dejó más derrotados que ganadores. La opción elegida terminó por ser la de Santa Lucía (con un 70 por ciento de las preferencias), la favorita del presidente electo y de varios de sus principales colaboradores, dejando en segundo plano a Texcoco. Sin embargo, el ejercicio dejó quemados a todos los bandos en disputa, por lo que se trata de una argucia política de mucha fricción y poca ganancia.

Aunque falta ver si Andrés Manuel López Obrador toma la consulta como un instrumento vinculante en cuanto llegue a la presidencia, todo parece indicar que así será, sobre todo porque refuerza su postura de inicio, la que manejó durante la campaña. Aún queda, no obstante, una ligera posibilidad de que, contra todo pronóstico, se eche para atrás en algún punto de su sexenio y opte por una decisión contraria a la que hasta el momento ha impulsado. Por ahora, en conferencia de prensa ha confirmado a Santa Lucía-Toluca-Benito Juárez como su gallo aeronáutico.

En cualquiera de los dos escenarios, la consulta dejó tras de sí una serie de implicaciones negativas que levantan cuestionamientos sobre su conveniencia como ejercicio de referencia.

En primera instancia, las votaciones estuvieron mal organizadas y realizadas con prisas. No hubo garantías y se evidenciaron los errores detrás del experimento realizado por Morena, el partido que sostenía una agenda contraria a una de las opciones y que por tanto carecía de imparcialidad para llevar a cabo una actividad de importancia determinante para el futuro del país.

Tampoco hubo candados ni protección de datos personales. Ni siquiera certeza en cuanto el almacenamiento de las boletas marcadas por la población. La nebulosidad no solo fue producto de imprevistos o de la improvisación, fue igualmente un vicio de origen ya que estableció como argumento una “elección” sin mecanismos de validación en la que se instalaron apenas un poco más de mil casillas que no representan ni el 1 por ciento de las que hubo en las últimas elecciones presidenciales.

Para ilustrar lo minúsculo y endeble de la muestra, de acuerdo a la ley vigente, si la consulta hubiera sido realizado en forma (iniciada por el presidente, no auspiciada por un partido político) la participación debería ser de al menos el 40 por ciento del electorado para tener un efecto vinculante y contar con la suficiente credibilidad como posición ciudadana. En esta ocasión la chapuza no se ajustó a ello (ni lo pretendía), se acercó más bien a una ocurrencia que apenas logró un millón de votos (que no de participantes, ya que en varios medios se evidenció la posibilidad de votar en más de una ocasión). No hubo seriedad estadística que permitiera darle al menos la fiabilidad de una encuesta profesional.

Lo anterior provocó un efecto secundario: la animosidad de una parte de la población que por un rato se concentró más en la falta de rigor en la consulta misma que en los proyectos en juego. Se reprochó que se dejara a lo popular por encima de lo técnico, a la emoción por encima de la razón.

El presidente electo tiene las facultades para tomar decisiones (equivocadas, incluso) una vez que llegue al poder. Por eso el añadido de una consulta sobre algo en lo que ya tenía una opinión clara solo abonó para el empeoramiento. Extendió así una confrontación política entre la ciudadanía que fue agotadora y que parecía culminada con el 1 de julio, saliendo raspado en la maniobra.

Lo que es más, la consulta se trató, en esencia, de una votación adulterada por el enojo (justificado) contra la administración de Enrique Peña Nieto y todo lo que haya emanado de él, sin contemplar que un nuevo aeropuerto es más bien una necesidad que se ha considerado a lo largo de varios sexenios y que, por primera vez en décadas, logró arrancar con todo y los claroscuros que se debían analizar (y castigar si así correspondía), pero no tirar todo por la borda. en especial cuando ya había un avance aproximado de un 30 por ciento de construcción.

Parte de la culpa debe extenderse, eso sí, a la corrupción y los abusos que reinaron en el país durante los últimos años. Esos mismos que han derivado en un clima de hartazgo, caldo de cultivo para dogmas e inclemencias.

Hay indicios de que movimientos respecto al NAIM fueron un auténtico cochinero. Ahí está como ejemplo Aldesa, la constructora responsable del fatídico Paso Exprés, que se encargó la Torre De Control, quitando así confiabilidad al complejo de terminales. Ante ello debió aplicarse una revisión a los contratos y adjudicaciones. El error fue desechar lo que necesitaba limpieza.

La alternativa no es halagüeña y si hubiera sensatez no debió ni entrar en el mismo plano que el de Texcoco. El debate fue más bien conceptual. La opción de Santa Lucía es una quimera, una figura simbólica que se presentó como alternativa a lo que se asocia como corrupto. Así era obvio su triunfo. Detrás de ella no había un proyecto, sólido, más allá de la intención y la selección de argumentos a la medida (incluyendo la manipulación que Grupo Riobóo hizo llegar hasta Navblue). A Santa Lucía le faltan meses de trabajo, pruebas y estudios firmes para que sea factible. Aunque lo logre, en el mejor de los casos tendrá menos capacidad que Texcoco. Será otro parche que solo posterga la actuación que debe darse de raíz.

Si de ahorrar se trata, la cancelación del nuevo aeropuerto traerá costos difíciles de cuantificar. No solo habrá que aceptar la pérdida de más de cien mil millones de pesos ya invertidos en Texcoco. A ello se tendrá que sumar la desconfianza de los inversionistas extranjeros que a lo largo de los próximos años tendrá consecuencias. Venezuela, Argentina, Grecia y muchos otros países son ejemplos de lo que ocurre con países que no cumplen con lo pactado y que se muestran volubles con el dinero ajeno.

El aumento de la tasa de interés puede lastrar a naciones enteras por más que sean aclamados por el pueblo. Los mercados son inclementes; no son nuestros amigos y no tendrán consideración si actuamos contra sus utilidades. Es imposible salir airosos de una guerra contra ellos. Es una lección dura que, nos guste o no, hay que asumir.

Resulta lamentable que por calenturas y necedades políticas se haya desestimado un aeropuerto como el de Texcoco, respaldado por verdaderas autoridades en la materia (la IATA, MITRE, la OACI y el Colegio de Ingenieros Civiles de México, entre otros) para preferir en cambio a Santa Lucía que no cuenta todavía con plan que lo certifique. Se minimizó a los estudios y a la ciencia. Se satanizó a quienes buscaban un nuevo aeropuerto y como resultado tenemos una mera ilusión.

México es el sexto país en turismo a nivel mundial. Prácticamente tenemos más visitantes que todo Latinoamérica junta y nos encontramos un punto estratégico para ser un eje de comercio global entre el Atlántico y Asia-Pacífico, a donde el futuro se dirige. Pese a ello, no contamos con un solo aeropuerto de cinco estrellas. Ninguno entre los cien mejores del mundo. Si finalmente se concreta el adiós de Texcoco, habremos dejado pasar una oportunidad para convertirnos en un polo de desarrollo que irradie prosperidad e inversión a todo nuestro territorio. Mientras sigamos con una mentalidad pequeña, nos mantendremos pequeños. Tal complejo se ha adueñado de nuestra visión en el escenario internacional.

Quedará entonces el sabor amargo del adiós. El abandono de la obra en Texcoco quedaría como una dolorosa cicatriz. Un recordatorio del enorme tamaño de nuestras aspiraciones, ahogadas por las deficiencias de nuestra clase política.

A la frustración han contribuido las administraciones anteriores y la que está por entrar.
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Publicado originalmente el 29 de octubre de 2018.

Qué hacer con la crisis migratoria centroamericana

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La caravana migratoria con la que miles de hondureños intentaron cruzar las fronteras mexicanas causó un gran revuelo social y mediático. Las imágenes y testimonios dados a conocer fueron conmovedores y encendieron el debate en la escena local, dividida entre aquellos que solicitaban que se les diera paso a los centroamericanos, y quienes exigían que se les cerrara el camino. ¿Qué debe hacer el gobierno mexicano ante este panorama? La respuesta no es sencilla, pero a continuación se plantea una hoja de ruta.

En primer término se debe asumir que cualquier decisión que sea tomada tendrá costos políticos, pero como toda democracia que pretenda serlo, México debe estar dispuesto a asumirlos, cualquiera que sean las implicaciones, cualquiera que sean los riesgos. Tenemos el deber moral de hacerlo, como una tierra que a lo largo de su historia ha enviado a hermanos y hermanas al exterior.

No basta mirar con lo que tenemos ante nuestras narices. La caravana, con todo lo importante que es, no deja de ser un capítulo de un volumen más grande. Un síntoma, pequeño incluso, que proviene de una catástrofe mayor: el núcleo es la tragedia socioeconómica que desde hace al menos treinta años se ha radicalizado en llamado Triángulo Norte de Centroamérica (El Salvador, Guatemala y Honduras).

Tristemente la violencia y pobreza en la región terminó por darse por sentada, como si fuera algo normal, cuando en realidad es una urgencia humanitaria que tarde o temprano nos iba a explotar en la cara. Las consecuencias de tal rezago no son aún cuantificables y lo ocurrido con la caravana, con todo lo sonada y considerable que es, resulta apenas una fracción de lo que debe tomarse en cuenta en un plano general.

Tan solo en el año 2014, el Triángulo Norte de Centroamérica dejó al menos 392 mil desplazados. Gente que, presa de la desesperación ante la falta de oportunidades y un ambiente cada vez más violento, se vio obligada a buscar un futuro mejor en otras latitudes.

Ese mismo año, la patrulla fronteriza en Estados Unidos detuvo a cerca de 240 mil centroamericanos, superando por primera vez a las detenciones de mexicanos (226 mil, ese año) que desde el año 2000 disminuyeron su flujo migratorio.

El aprieto tomó proporciones dantescas desde hace tiempo. No se trata una novedad. La asfixia es tal que en 2017 las solicitudes de asilo por parte de centroamericanos (292 mil) subieron un 58 por ciento respecto al año anterior, según dio a conocer la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Mención aparte merece el drama en ascenso de las mujeres migrantes que viajan con sus hijos (bebés algunos de ellos) y los menores no acompañados, quienes cada vez se sueltan más a una aventura que rara vez paga de buena forma. No son casos aislados o anecdóticos, sino un fenómeno en pleno proceso de ebullición. Entre 2013 y 2014, 68 mil menores no acompañados (alguno de ellos adolescentes que no pasaban de 12 años) fueron interceptados en la frontera de Estados Unidos. Y de acuerdo a Unicef, entre 2016 y 2017, 60 mil niños migrantes fueron detenidos mientras intentaban cumplir su meta. Todos ellos fueron devueltos a sus países de origen.

Dos estadísticas ayudan a comprender esta desgracia. 1) Menos de la mitad de los niños hondureños (apenas el 46 por ciento) se encuentran matriculados en escuelas. 2) El 76 por ciento de los menores hondureños viven en hogares considerados como pobres.

Debido a lo anterior, en primer término se debe decir que no hay un camino fácil ni inmediato para resolver el problema de raíz. Hay, eso sí, medidas que han de tomarse como una primera reacción, sin pensar que por ello el incendio se ha disipado.

El asunto no se resuelve, como algunos creen, con el paso descontrolado y en masa de la población centroamericana por el territorio mexicano. Esto pondría en riesgo principalmente a los propios migrantes quienes quedarían expuestos a zonas hostiles e igualmente peligrosas para quienes las transitan sin una estructura adecuada. La primera masacre de San Fernando en Tamaulipas en donde al menos 70 centroamericanos (21 de ellos hondureños) fueron ejecutados por el crimen organizado es un triste recordatorio de ello.

Quienes viajan en clandestinidad por el interior de la república están expuestos a convertirse en carne de cañón para grupos del narcotráfico.

No, abrir una puerta no basta. Hay que atender a dimensiones sociales, económicas y de cooperación internacional para el desarrollo.

A la tragedia humanitaria se debe sumar un asunto no menor como lo es la política. Nos guste o no, la posición mexicana está condicionada por la perspectiva de Estados Unidos, país que mantiene una línea dura que se percibe inclemente e inflexible. La retórica agresiva del presidente Donald Trump se trata de un factor a tener en cuenta, pero de ningún modo nos debe orillar a estrépitos. El reto de México, por tanto, es saber malabarear, como ya ha hecho en otras épocas, entre las visiones de nuestros vecinos al norte y al sur, para así hallar el equilibrio más sensato y humano posible.

La lucha debe darse desde el rigor y el pulso soberano. México debe convencerse de su papel como líder en materia de derechos humanos y por ningún motivo debe someterse como un simple país tapón que está ahí para hacer el trabajo sucio de mandatarios hostiles en el extranjero.

Por otro lado, México no puede ceder a las tentaciones de la improvisación y las meras buenas intenciones. Lo que toca es ser responsables y creativos, pensar en el largo plazo, aunque tomando también determinaciones de actualidad. Toca admitir que hemos descuidado nuestra relación en Centroamérica y que ello tiene consecuencias. La prosperidad de El Salvador, Guatemala y Honduras es también un elemento de seguridad para nosotros y, por otro lado, sus penurias tienen efecto en nuestro organismo.

Desde hace varios sexenios México dejó de actuar como hizo en los años ochenta para atender los rezagos y problemáticas de nuestros hermanos del sur. Lejos quedaron los días en los que se vendía petróleo a precio preferencial a Centroamérica, cuando se hacían gestiones para la pacificación de sus ciudades y cuando, en épocas que excepción, se les ofreció refugio masivo.

En resumen, tomar acciones en la materia no sería nuevo para nuestro país. A principios de los años ochenta más de 200 mil guatemaltecos accedieron a territorio nacional a modo de refugiados. Incluso se construyeron asentamientos en estados como Campeche y Quintana Roo para que ellos pudieran estar seguros ahí, en donde además recibían alimentación y servicios de salud. Aquella vez el proyecto no prosperó como pudo ser, pero fue un ejemplo que no debe ser desestimado, sino perfeccionado, añadiendo permisos de trabajo temporales y una atención especial a mujeres y niños que deben ser vistos como prioridad y sin mayores condicionamientos.

Que el cauce no se desvíe. Lo anterior debe ser visto como una paliativo, una determinación considerable, pero superficial. La verdadera mirada debe estar puesta en un esquema integral en alianza con las naciones de origen. Su recuperación suavizará lo que ocurre en las fronteras mexicanas y estadounidenses. Es tiempo de redoblar esfuerzos y pensar bien antes de dar cualquier paso. Intentonas anteriores como el Plan Puebla Panamá y el Proyecto Mesoamérica se han quedado a medias. Toca el turno darle un giro a lo que hay y probar nuevos horizontes. No será fácil, desde luego.

Como ciudadanos bien nos vendría luchar contra esa tendencia tan en boga de deshumanizar al otro. Tal postura conduce invariablemente al desastre. Convendría, en vez de ello, llevar una estrategia seria para ver cómo toda esa fuerza de valor humano podría adaptarse y contribuir a nuestro crecimiento. En México hay trabajo, hay necesidades y hay espacio. Tenemos además lazos históricos y culturales con la población que pisa al sur de nuestras fronteras. Con ellos la afinidad es mayor a la que tenemos con nuestros amigos del norte, algo que la xenofóbicos y los acomplejados se niegan a ver. No tenemos la capacidad de resolver la totalidad de los problemas en el exterior, pero sí para formar parte de un esquema global que permita un arreglo conjunto.

Por eso el flujo anárquico de inmigrantes no resuelve nada. Hay que buscar versiones más sólidas de movimiento que ofrezcan garantías a quienes forman parte de las caravanas, si bien también hay que prestar auxilio a las emergencias. Hay quienes no pueden seguir esperando a que nos pongamos de acuerdo.

En 2018 la ONU lanzó el Pacto Mundial sobre Migración que busca resolver una cuestión ancestral que cada vez se torna más conflictiva. La meta es llegar a un acuerdo que permita una migración regular, ordenada y segura, sin violar la soberanía de los estados.

El pacto será formalmente adoptado en diciembre de este año en Marrakech, Marruecos por más de 190 países. Pero habrá una notable ausencia: Estados Unidos, que se retiró del proyecto en 2017.

México tiene serias limitaciones. No obstante, lo que ocurre en nuestras fronteras puede ser visto como una oportunidad de oro para mostrar a la comunidad internacional cómo se debe lidiar correcta y responsablemente con una situación de crisis humanitaria. Si marcamos la pauta, nuestra diáspora en el exterior se verá eventualmente beneficiada y estaremos dando pinceladas de ilusión que harán eco en otros continentes.

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Publicado originalmente el 22 de octubre de 2018.

Hemingway y Fitzgerald: amienemigos y malditos

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La sinuosa relación entre F. Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway es uno de los ejemplos más significativos de lo relativo que es la amistad y cómo es que una rivalidad, aunque sea velada y diplomática, puede resquebrajar lo que alguna vez fue bello.

Ambos se conocieron en 1925. Eran ya entonces, y lo serían siempre, dos figuras contrastantes en personalidad pero que a su modo compartían una debacle interna con las que les costaba trabajo lidiar. Uno reaccionaba a la penuria con megalomanía, el otro con una irremediable melancolía. Ciertas afinidades los unieron, pero el choque de caracteres eventualmente los separó.

En aquel primer encuentro, Hemingway era un escritor sin mucho renombre, mientras que Fitzgerald ya se había consolidado con grandes relatos y las novelas A este lado del paraíso, Hermosos y malditos, además de ese as bajo la manga (que durante su tiempo de vida no lo fue tanto) llamado El Gran Gatsby que había sido lanzado unas semanas antes.

Con el paso del tiempo la fortuna se invertiría; la trayectoria de Hemingway tomaría un constante ascenso mientras que la de Fitzgerald se estancaría y hundiría por una serie de factores asociados a sus problemas personales y profesionales, dos caras de una misma moneda: su naturaleza terriblemente sentimental e insegura.

Hemingway contó en el libro París era una fiesta (concebido para ser publicado póstumamente) lo ocurrido en la primera fase de su amistad, en donde no tardó en destacar las vulnerabilidades de Scott, a quien describió como un hombre tímido al que le faltaba vivir. En la historia queda claro que les unía el amor por el alcohol y el sueño de resonar en la literatura. Aun así, Hemingway no desaprovechó la oportunidad para señalar el poco aguante de su colega para la bebida, además de remarcar un punto que a él le parecía muy significativo. “Mi sospecha es que Scott no había nunca bebido vino directamente de la botella”, decía al describir la emoción que aquel escritor consolidado tuvo al tener contacto con él, más joven, libre y salvaje, al tiempo que criticaba la insana dependencia que Scott tenía por su esposa Zelda, como si fuera un niño pequeño.

Hemingway decía que tener una pareja como Zelda era una condena para Scott. Un lastre que, en su opinión, significaba una desventaja respecto a otros escritores. “Pienso que Scott, en su extraña mezcla de catolicismo irlandés, escribió para Zelda y cuando perdió toda la esperanza en ella y ella destruyó su confianza en sí mismo, todo se terminó”, diría en alguna carta.

Estas indiscreciones e impertinencias no eran una mera casualidad. Parten más bien de un plan deliberado de Hemingway para marcar territorio. Una postura que tomaba frente a quienes rivalizaban con él en cuanto a calidad. Si Fitzgerald trataba mal a quienes consideraba inferiores, Hemingway se ensañaba con sus iguales o quienes estaban por encima; era su forma de posicionarse a la cabeza.

La actitud de Hemingway resulta extraña e injusta, toda vez que su primera novela, The Sun Also Rises (o Fiesta, como se lanzó en español), salió, en parte, gracias la notable colaboración de Fitzgerald, quien fue siempre atento y amable con él, y a quien incluso dio consejos para que mejorara en su labor narrativa, además de mover sus influencias para que el trabajo de Hem pudiera ser editado y publicado.

Fiesta se volvió una bomba y derivaría en un éxito tras otro, un torbellino de popularidad que se vería fortalecido por la arrolladora personalidad del autor. Al cabo de poco tiempo Hemingway cambió su perspectiva hacia Fitzgerald, por quien tuvo un respeto y admiración en un principio. Después de unos años, se distinguió por ser condescendiente, severo e incluso cruel con Fitzgerald, quien empezaba a vivir su proceso de demolición envuelto por dilemas amorosos, literarios y financieros.

En “París era una fiesta” queda constancia de ello. Hemingway utiliza a Fitzgerald como personaje, dejándolo muy mal parado, salvo por unas líneas que aparecen esporádicamente en el texto. Hemingway no tenía ninguna piedad, la lealtad a un amigo le importaba poco si es que la traición le dejaba algún rédito como autor. Si le apetecía erigir su imagen de macho alfa, Ernest no tenía ningún empacho en distorsionar la realidad a su favor, aunque para ello tuviera que atacar a quien fue dulce con él.

Acaso por su gusto por el boxeo y la tauromaquia (sumado a su contacto con la guerra), pareciera que Hemingway vivía instalado en una dinámica de competencia. Y por ello entendía que para ganar había que suprimir o cuando menos aplastar al otro. Era una forma de mantener el estatus, un ego que al final se confirmaría como más blando de lo que decía la leyenda. Era una criatura inestable escondida bajo un caparazón gastado.

Hemingway tenía una manía por imponerse. Ni siquiera en los años más decadentes de Fitzgerald, Hemingway tuvo el gesto de echarle una mano a quien lo había impulsado en el momento crudo, cuando nadie más apostaba un centavo por él. Se puede decir que fue ingrato con su mentor, menospreciando lo que Fitzgerald en su momento le dio y negándose a reconocer la importancia que aquel dandy tuvo en su curso.

En efecto, la mente tras El viejo y el mar no tuvo la honra de evocar el respaldo de su amigo, y de no haber sido por investigaciones postreras realizadas por académicos, no sabríamos, por ejemplo, que Fitzgerald tuvo un papel crucial para el estilo conciso y la brevedad que caracterizaron a Hemingway.

Guillermo Niño de Guzmán lo apunta en un artículo. En una carta de Fitzgerald, descubierta entre las pertenencias de Hemingway después de su muerte, el creador de Benjamin Button recomendó a Hem eliminar dos capítulos de su primera novela, algo que este último hizo sin que nunca reconociera la valía que tuvieron las sugerencias del autor de Gatsby para su carrera. Una cicatería que, por cierto, también tuvo con Gertrude Stein.

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Scott tenía un corazón vulnerable en más de un sentido. Con menos de cuarenta años se sentía ya acabado y amagaba con renunciar a todo. Se dolía, pero también se regodeaba en su fracaso, un asunto en el que quizás encontraba cierto aire de romanticismo. Hemingway estaba consciente de ello y no tuvo pudor en airear el tipo de dinámica que imponía en el vínculo. “Siempre he tenido un estúpido e infantil sentimiento de superioridad ante Scott, como el de un chico duro y resistente que desprecia a otro, más delicado quizá, pero con talento”.

El que quizás haya sido el punto de ruptura definitiva llegó en 1936, con la publicación del cuento “Las nieves del Kilimanjaro”, en donde, además de minimizarlo, Hemingway hace mofa de la manera tan ceremoniosa con la que Fitzgerald veía a las clases altas. “Se acordó del pobre Scott Fitzgerald y de su romántico, reverencial respeto por esa gente. […] Pensaba que los ricos formaban una clase social de singular encanto. Por eso, cuando descubrió lo contrario, sufrió una decepción totalmente nueva”.

Scott se apresuró a mandar una carta para reclamar tal atrevimiento, pero incluso ahí mostró una digna elegancia y deferencia por quien, en contraparte, lo había sobajado ya en más de una ocasión.

“Querido Ernest:

Por favor, no hables de mí en tus libros. (Directo y al grano). Si a veces decido escribir de profundis, eso no significa que quiera que los amigos (¿así que seguían siendo amigos?) recen en voz alta sobre mi cadáver. Sin duda que tu intención fue buena (¿cómo podía ser de otra manera?), pero me costó una noche de insomnio (solo una noche: soy más fuerte de lo que tú te crees). Y cuando incorpores el relato a un libro, ¿te molestaría quitar mi nombre? […]. Es un bello relato, uno de los mejores que has escrito (absolutamente cierto y, dadas las circunstancias, perspicaz y generoso) aunque eso del “pobre Scott Fitzgerald, etc” más bien (por no decir algo peor) me lo haya estropeado.

Siempre tu amigo (a pesar de todo) Scott”.

Llegó así el distanciamiento. Fitzgerald prefirió ya no tener a Hemingway como prioridad. De hecho solo se encontraron personalmente cuatro o cinco veces a lo largo de la década de los años 30, si bien mantuvieron contacto vía postal.

El periodista Scott Donaldson dio cuenta de todo ello en el libro Hemingway contra Fitzgerald: auge y decadencia de una amistad literaria (Editorial Siglo XXI), en donde queda reflejado el resultado explosivo de mezclar a alguien agresivo con alguien tortuoso.

Un mes antes de su muerte, acaecida el 21 de diciembre de 1940, Scott mandó una carta a Hemingway en la que lo felicitaba por su más reciente novela, Por quién doblan las campanas. Pese a todo, siguió cortés con su amienemigo hasta el final. “Es una gran novela”, le dijo. “Felicidades también por el gran éxito de tu nuevo libro”, añadió. “Nunca te había dicho cuánto me gustó ‘Tener y no tener’. Tiene tales observaciones y está tan bien escrita que los chicos la imitarán con toda su alma, hay parágrafos y frases comparables a Dostoievski por su deslumbrante intensidad. Te envidio terriblemente y no hay ninguna ironía en ello. Siempre me gustó Dostoievski más que ningún otro escritor europeo por su gran universalidad; y envidio el tiempo que te dejará para hacer lo que quieras”.

No obstante, en los mensajes privados se conoce la verdadera cosmovisión que alguien tiene de un tercero. Unos días antes, Scott había mandado una carta a Zelda en donde expuso su opinión sobre “Por quién doblan las campanas”. Esa vez fue mucho menos elogioso con la obra de Hemingway, aunque admitió que aún no lo terminaba.

“Ernest me mandó su libro y voy por la mitad. No es tan bueno como ‘Adiós a las armas’. Creo que no tiene la misma intensidad, ni la frescura, ni los momentos de inspiración poética. Pero supongo que complacerá al lector medio…”.

Fitzgerald moriría semanas después. Un ataque cardiaco acabó con su vida, que desde hace mucho había dejado de ser un festín. Se fue derrotado, frustrado y en el abandono. El gran público lo había dejado de leer y nadie creía más en su repunte. Ya no pudo saber de la fama que le llegaría con el pasar de las décadas.

Parece que a Hemingway no le agradó mucho el éxito póstumo que llegó para Scott y en repetidas ocasiones siguió poniéndole el pie a su legado. Tampoco tuvo la consideración de asistir a su funeral, aunque para ser justos casi nadie lo hizo.

De toda esta maraña, de todo este enfrentamiento, quizás haya que seguir el consejo de Tony Soprano y quedarse con los momentos que fueron buenos. Hemingway escribió algo conmovedor y certero sobre Fitzgerald. Fue el comienzo del capítulo dedicado a Scott del ya mencionado “París era una fiesta”, el libro que dejó preparado antes de pegarse un tiro.

“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

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Cien motivos para celebrar a México

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Cada que llega septiembre, surge un grupúsculo que vitorea una consigna con la que acaso intentan erigirse como líderes sociales muy comprometidos con el prójimo. Son los que, ante el entusiasmo por las fiestas patrias mexicanas, claman que “no hay nada que celebrar”.

Esa gente se equivoca, claro está. Hay muchísimos motivos para celebrar. Es cierto que también los hay para lamentarse y sufrir, pero de eso ya sabemos mucho y no tiene mucho sentido repetirlos una y otra vez.

A menudo por nuestros complejos, en México nos vemos como inferiores y nos cuesta asumir nuestro papel importante en el globo. Eso tiene que terminar. No podemos bajar la mirada todo el tiempo. No lo merecemos.

Con ánimo de compensar y como una muy personal carta de amor hacia México, dedico esta lista de algunas cosas que, a mi juicio, son suficientes para sentirse agradecidos de haber nacido en estas tierras.

Por estas razones (y por las miles que faltan) hay que seguir luchando para revertir todo aquello que va mal.

***

1. Por las botargas que promueven marcas con bailes y un gozo que ya quisiéramos experimentar alguna vez.

2. Por “Si nos dejan” de José Alfredo Jiménez, donde se concentran aspectos centrales de la personalidad del mexicano. Sus temores, su espíritu soñador, su enorme romanticismo. El saberse en un ambiente adverso y aun así continuar ilusionado.

3. Por el tequila y el mezcal. Por el agave que luce portentoso e imperial al lado de los ingredientes base de destilados como el vodka, whisky o ron (trigo, maíz, papa, caña de azúcar).

4. Por las plazas de los pueblitos, llenas de color, sonidos, niños y ancianos. Un paraje donde lo único que falta para ser feliz es un helado.

5. Por la mujer mexicana. Su calidez y la atención que brindan a los espíritus desamparados.

6. Por las carnitas de Ojuelos, Jalisco.

7. Por el nombre entrañable que damos a nuestros alimentos, títulos cariñosos como si fueran de nuestra familia. Cueritos, burritos, carnitas, cochinita, pepitas. Una arepa nunca sonará tan sabrosa como una gordita.

8. Por la muy sana desconfianza que los mexicanos sienten frente a las autoridades y los políticos en general. Y la manera en que lo manifiestan, con humor y sin someterse.

9. Por los padres de familia que, aunque humildes, hacen un enormes sacrificio por darle una enorme fiesta de XV años a sus hijas.

10. Porque dentro de México hay 35 sitios que son consideran patrimonio de la humanidad (puesto 7 en el ránking mundial). Y la lista se queda corta. Muy corta.

11. Por el aguacate. Un fruto versátil y sabroso que deriva en la bondad del guacamole. Guacamole y un puñado de totopos, solo por eso vale la pena seguir respirando.

12. Porque México pasmó incluso a surrealistas como Salvador Dalí y André Breton.

13. Porque los innumerables problemas no quitan la grandeza de nuestro territorio. Pese a la inseguridad, violencia, mala imagen e inestabilidad que asolan al país, y pese a no contar con un solo aeropuerto que conste entre los 100 más importantes, México es el sexto país más visitado del mundo con 39 millones de turistas en 2017 (más que toda Latinoamérica junta). Hay quienes viajan miles de kilómetros para estar aquí, el sitio que nos aterra y nos fascina.

14. Por la resiliencia ante la adversidad. Los mexicanos han resistido invasiones, saqueos, malos gobiernos… y siguen con la esperanza de salir adelante.

15. Por la vaquita marina a la que tanto le hemos fallado. Tímidas, bonitas… quizás el mundo no las merece.

16. Por el concepto de lo fiado y del pilón que tanto han contribuido a que las familias mexicanas puedan aguantar un día más en la lucha, aunque luego para cobrar se vuelvan una lata.

17. Porque México, pese a todo (incluyendo la pérdida de territorio), sobrevivió al intervencionismo de las grandes potencias de los últimos siglos. Estados Unidos, España, Francia e Inglaterra. Se dice fácil, pero no cualquiera.

18. Por los comediantes mexicanos. No los lamentables standuperos, sino la gente de a pie que cuenta ocurrencias y chistoretes a cada rato. Hay quienes tienen radar humorístico y a la menor oportunidad saltan para provocar carcajadas.

19. Por el clima. Si bien en su mayoría seco, no se trata de nada agresivo ni deprimente en ninguno de los extremos. Ni quema demasiado ni agobia por el frío.

20. Por el gol de Hugo Sánchez ante el Logroñés. Una anotación que rompió de golpe todo lo que sufrió y que deshace en su recuerdo a cualquiera de sus detractores.

21. Por el patriotismo de Mier y Terán que se suicidó clavándose una espada en el corazón ante la decepción y tristeza que le provocaba la situación de México en 1832.

22. Por el maíz, el nopal y el frijol que ofrecen decenas de combinaciones, texturas, posibilidades y sabores a un precio accesible. La comida mexicana es amigable con todos, incluso con quienes no comen carne.

23. Por la portada de Cerca de ti de Lucía Méndez.

24. Por las caricaturas geniales, retorcidas e hilarantes de Jis y Trino.

25. Por la habilidad de hacer tacos y tortas de casi cualquier cosa, incluso de un portaaviones si llega a presentarse la opción.

26. Por la Playa del Amor en Nayarit, escondida como la playa que sale en Porco Rosso de Hayao Miyazaki.

27. Por los exvotos, historias y dibujos que brindan asombro y aura de niñez.

28. Por los perros y gatos callejeros de México que cuentan con un carácter especial.

29. Por lo terapéutico de deshebrar (y comer) queso oaxaca.

30. Porque México ha ofrecido su manto protector a refugiados políticos de todo el mundo. Durante el siglo XX dio cobijo (una tradición tristemente en descenso) a chilenos, argentinos, españoles, cubanos, centroamericanos, soviéticos, asiáticos y migrantes que huían despavoridos en busca de ser protegidos de regímenes atroces. Aquí se les ofreció una oportunidad. Trabajo, admiración y cariño.

31. Por el Día de Muertos. Por la manera en que se honra a los recuerdos y a quienes dejaron una marca en nuestras vidas. No olvidamos y tenemos gratitud.

32. Por el liderazgo asumido en la lucha contra el cambio climático, de manera prominente a partir del 2010 cuando en Cancún se llevó a cabo la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Fuimos el primer país en desarrollo en presentar un plan de contribución nacional en la materia.

33. Por el Hospicio Cabañas y “El Hombre en llamas” de José Clemente Orozco.

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34. Porque México fue el primer país en acoger dos mundiales de futbol (en donde se coronaron las dos máximas leyendas, Pelé y Maradona) y seremos el primero en acoger un tercero, todo sin ser potencia futbolística pero gracias a un balance entre tradición, solidez comercial y público entusiasta.

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35. Porque los mexicanos son trabajadores. Lo saben en el resto del mundo, más allá de los prejuicios que puedan tener. A un mexicano dale una oportunidad, una casa y a su familia y se partirá el lomo hasta el final.

36. Por la tradición de la comida callejera, tan democrática: hermana a gente de todos los estratos por el nivel de su ricura. En México es posible acceder a delicias culinarias por un módico precio y eso es invaluable.

37. Por Sor Juana Inés de la Cruz, Efraín Huerta, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Jorge Ibargüengoitia.

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38. Por esas obras mexicanísimas de Luis Buñuel: El Ángel Exterminador y Los Olvidados.

39. Porque México fue el imán que de algún modo se comió a Neal Cassady, Roberto Bolaño y Ambrose Bierce.

40. Por Nahui Olin. Valiente, liberadora y adelantada a su tiempo. Una obra de arte en movimiento.

41. Por Juan Gabriel, José Alfredo, Agustín Lara y todos esos compositores que alumbran las cantinas a lágrima viva.

42. Porque tenemos ene exclusiva al milenario axolotl,uno de los regalos más preciados de la naturaleza y acaso el secreto de nuestra salvación.

43. Por el Palacio de Hierro de Polanco, el Palacio de los Palacios, un castillo del capital y del lujo al que cualquiera puede acceder.

44. Por el porte de Lupita Jones en Miss Universo de 1991. Llena de porte, elegancia y confianza en sí misma, algo que a veces tanto nos hace falta a los mexicanos. Confiar en lo que somos, sin complejos, mirar hacia arriba como merecemos. Sin achicarnos ante nadie. Aquella noche, Lupita dio una lección a todas las mujeres y hombres de México. Con lucidez, encanto y sin complejos, ante mujeres rubias que le sacaban 20 centímetros de altura, llegó hasta al final orgullosa de su país y de sí misma.

45. El chocolate, el alimento de los dioses. El planeta entero debe mostrarnos un respeto solo por eso.

46. Porque aunque no nos demos cuenta, estamos anclados a nuestras raíces. Cada que vamos a comprar las tortillas o vamos por un elote, conectamos con nuestro pasado. No podemos negar la cruz de nuestra parroquia.

47. Por las obras de Diego Rivera, Manuel Rodríguez Lozano, Gabriel Orozco y Rufino Tamayo.

48. Por José Azueta —hijo del comandante Manuel Azueta—, marino mexicano que en 1914 luchó por defender el puerto de Veracruz de la invasión estadounidense, aun cuando Victoriano Huerta y Joaquín Maas habían ordenado retirada . Lideró a los cadetes de la Escuela Naval Militar y mantuvo posición con su metralleta hasta que se quedó sin municiones, pese a que previamente había ya recibido balazos en las piernas. Conmovido ante la entrega de aquel malherido muchacho, y a sabiendas de que era hijo de un alto mando, el almirante Frank Friday Fletcher ofreció a un médico estadounidense para auxiliarlo, cosa que el joven rechazó, arguyendo que de los enemigos de su patria no quería ningún servicio. Tal héroe moriría poco después.

49. Por la Época de Oro del cine mexicano. Una coyuntura histórica que permitió el alza de figuras como Jorge Negrete, Pedro Infante, el “Indio” Fernández, Sara García y tantos otros.

50. Por Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y el Chivo Lubezki (y Gabriel Figueroa, mucho antes). Por la manera en que se sobrepusieron a lo que había para llegar así a las grandes ligas y poder crear Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de AzkabanChildren of Men, Gravity, El laberinto del Fauno, El espinazo del diablo, Pacific Rim y el poderío visual en El renacido que la hace más una película de Lubezki que de Iñarritu.

51. Por Frida, la perrita rescatista y todos los integrantes del Ejército Mexicano que se juegan la vida por su país, pese a que los necios quieran regatearles méritos y quieran mancharlos desde la comodidad de sus sillas.

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52. Por Piedra de sol de Octavio Paz.

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños
[…]
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

53. Por Muerte sin fin de Gorostiza.

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.

54. Por el chile. La forma en que revitaliza al organismo y lo lleva a estados difíciles de comprender, como el hecho de que el picor sea disfrutable y que no podamos prescindir de él ni en los caramelos.

55. Por el escudo de nuestra bandera. Un sello monumental, impactante, sin tonterías. Con un águila en plan terminator dejando en claro quién manda. Cómo no íbamos a ser gordos si ya desde el símbolo patrio tenemos la consigna de comer.

56. Por la amistad que tenemos con otros países, alimentada por el respeto que les hemos guardado, así como la solidaridad y cooperación para el desarrollo que hemos impulsado en la medida de nuestras posibilidades.

57. Por toda esa gente que salía en el cine de ficheras, en especial Sasha Montenegro.

58. Por el desayuno a la mexicana que se anda sin delicadezas y bien podría bastar para sobrevivir un mes entero sin probar ningún otro bocado. Chilaquiles, frijoles, huevo, jugo, pan, café.

59. Por la tradición pugilística mexicana. Por Julio César Chávez, el “Puás” Olivares”, el “Ratón” Macías, Marco Barrera y tantos otros que pusieron la bandera tricolor en primer plano.

60. Por el futbol mexicano. Tremendamente limitado, insatisfactorio y desmoralizante, pero abundante endiversión y emociones. Ah, y por la cuauhtemiña, maniobra ineficaz, sobrada y ridícula que sin embargo resulta espectacular y propia de alguien rebosante en actitud.

61. Por los baños del Sanborns que han sacado muchas generaciones de apuros y que probablemente le han salvado el trabajo, la pareja y hasta la vida a más de uno.

62. Por Lorena Ochoa y las campeonas olímpicas María del Rosario Espinoza y Soraya Jiménez (la primera mujer mexicana en llevarse una medalla de oro en el máximo evento deportivo), que hicieron llorar de alegría a todo un país.

63. Por las piñatas. Liberación de la frustración, a ciegas, que trae dulces.

64. Por los mazapanes, las alegrías, las palanquetas y todas las variantes de tamarindo. Por las nieves de garrafa y por los helados baratos de limón —probablemente insalubres— con chile piquín que venden en las primarias.

65. Por Ciudad de México y el área metropolitana. Llena de defectos y caos que provocan úlceras, pero que no deja de ser una excepción en donde confluyen lo mismo castillos, desiertos, lagos, volcanes, bosques, pirámides, palacios y rascacielos.

66. Por el Fondo de Cultura Económica. Una de esas —pocas— ramificación del Estado que funcionan y que han alumbrado lectores de toda hispanoamérica. La visión del gran Daniel Cosio Villegas permitió un proyecto sustentable que décadas después sigue como un ejemplo.

67. Por el nombre mismo del país: México. Mucho se ha proferido sobre la posibilidad de que el himno nacional mexicano sea el (segundo) mejor del mundo sin darnos cuenta que la verdadera batalla está en otro lado. México tiene el nombre más bonito de entre todos los países, con esa X tan coqueta que algo tiene de cruz y de calvario como diría Ricardo López Méndez. El significado de “México”, según se apunta a nivel popular, es “el lugar en el ombligo de la luna”, una maravilla poética; pero de acuerdo algunos académicos, el origen corresponde más bien a “[en el] lugar de Mexihtli [Huitzilopochtli]” o cuestiones alusivas al maguey o ser seguidores de Metztli, la luna. En cualquier caso, cada una de las vertientes es estupenda. Solo nos podría hacer un poco de sombra, en un lejano segundo lugar, Costa de Marfil.

68. Y ya que estamos, también por el himno nacional mexicano. Quizás nunca existió esa competencia de himnos donde Francia nos desplazó al segundo sitio, pero no deja ser tener una letra arrojada y emotiva. Quien la menoscabe por su carácter bélico no entiende nada de esto.

69. Porque México está en el top 5 de países con mayor biodiversidad. Entre el 10% y 12% de las especies que habitan el mundo tienen su hogar aquí.

70. Por la interpretación de “El triste” que José José hizo en el II Festival de la Canción Latina en 1970. Tal episodio equivale al gol que Maradona anoto tras burlar a media selección inglesa en el Mundial del 86. El hecho de que injustamente le hayan otorgado el tercer lugar en la competencia la vuelva aún más especial. De algún modo marca la condena que ha acompañado al pueblo del que venimos.

71. Porque es un país muy divertido. El chiste, la burla y risa son un modo de supervivencia. Nadie se salva del escarnio. Si París era una fiesta para Hemingway, México es el constante pitorreo.

72. Por la leyenda de Huitzilopochtli que nació siendo adulto para defender a Coatlicue, su madre, quien había quedado embarazada desde la virginidad por haber guardado una bola de plumas en su vientre.

73. Por las últimas palabras pronunciadas por Maximiliano de Habsburgo antes de ser fusilado. Pocas veces alguien ha sido así de honorable y espléndido con una nación: “Perdono a todos y pido a todos que me perdonen y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país. Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”.

74. Por la forma en que Jack Kerouac expresó la sensación que significaba para un estadounidense cruzar la frontera hacia México:

“se cruza la puertecita de alambre y uno se halla en México, parece que se acaba de salir de la escuela donde se ha dicho a la maestra que uno estaba enfermo, y ella ha dicho que podía ir a casa a las dos de la tarde. Uno se siente como si acabase de salir de la iglesia, un domingo por la mañana, y se ha quitado el traje y puesto la ropa fresca, vieja y amable para jugar; uno mira en torno suyo y ve caras dichosas y sonrientes (…) y se oye la música de la cantina en el parquecito de enfrente, donde hay globos y caramelos. (…) Uno va sediento, a través de las puertas de vaivén de un bar, para tomar una cerveza, y ver cómo juegan al billar unos hombres con sombreros mexicanos y pistolas en sus caderas de rancheros, y grupos de negociantes que cantan y arrojan pesos a los músicos, que van de un lado a otro del salón. Hay la sensación de que se entra en la Tierra Pura…”

75. Por María Félix y su gracia natural. Un ejemplo de porte y elegancia: sabía que ella misma era un lujo. La diva absoluta.

maria felix

76. Por el álbum Romance de Luis Miguel. Posiblemente el disco pop mejor producido de Latinoamérica.

77. Por Pedro Páramo. Libertad bajo palabra. Los relámpagos de agosto. Reloj de sol. Los Nocturnos de Villaurrutia. Los recuerdos del porvenir. Poesía no eres tú. El arte de la fuga. Confabulario. No me preguntes cómo pasa el tiempo.

78. Por las cantinas. Llenas de bromas, recuerdos, boleros y derrotas.

79. Por el cantinfleo, la danza verbal de nuestra gracia e inseguridades.

80. Porque Paul McCartney, Bob Dylan, Serge Gainsbourg, Morrissey, Bruce Springsteen y Neil Young, entre muchos otros, han dedicado a México alguna de sus canciones.

81. Por la lucha libre. Por la conjugación de drama, violencia, sentido del humor, máscaras, mística y mal gusto que traen entretenimiento puro y duro tanto a chicos como a grandes.

82. Por la Feria Nacional de San Marcos, la mejor de México, que ofrece la posibilidad de beber y caminar sin rumbo fijo rodeado de una multitud que quiere que la noche sea infinita.

83. Por la lotería. Tarjetas y tablas que son pop art en esplendor y que en su incluyentismo permite jugar a cualquiera sin mayores artilugios. Basta con un frijol para ser parte.

84. Por las pirámides. El Templo de Kukulkán, la Pirámide del Sol y la de la Luna, la gran Pirámide de Uxmal, la Pirámide B en Tula que está coronada por los Atlantes, la gran Pirámide de Calakmul, la Pirámide de los Nichos (tiene 365 en su exterior, posiblemente por cada uno de los días del año). Y por los restos del Templo Mayor, una memoria subterránea que palpita y que marca una de nuestras raíces.

85. Por el Centro Histórico de la Ciudad de México. Del Palacio de Bellas Artes al Zócalo, donde la colosal Catedral Metropolitana convive con Palacio Nacional. Y por todo lo demás que están en la zona. La Alameda, El Palacio Postal (digno de película con niños que son magos), el Centro Cultural de España, el Colegio de San Ildefonso, la Torre Latinoamericana, la Academia de San Carlos, el Casino Español, el Colegio de las Vizcaínas, la Casa de los Azulejos, la Plaza de Santo Domingo, el Palacio de Minería, el Colegio Nacional y la Calle Madero que, cuando no hay demasiada aglomeración —raro— se convierte en un lugar importante para caminar. Y por todas las Maty Huitrón que aún andan por sus calles.

86. Por nuestro esquema de vacunación, uno de los mejores que existen y un referente internacional.

87. Por los tacos. Todos. De pastor, de bisteck, de guisado, de suadero, de chochinita… de lo que caiga para alumbrar al espíritu.

88. Por Pita Amor, la undécima musa, y su espíritu transgresor. Aquella individualidad (“yo soy mi propia casa”) que implicaba libertad, pero también soledad y congoja. Por los paseos que hacía desnuda por Paseo de la Reforma, cubierta tan solo por su abrigo de Mink.

89. Por la belleza y glamour de Elsa Aguirre, Miroslava Stern, Fanny Cano, Silvia Pinal, Dolores del Río, Lupe Vélez.

90. Por sus museos. El Museo Nacional de la Muerte (Aguascalientes), el Centro de las Artes en San Luis Potosí, el Museo Franz Mayer (un oasis cultural), el Museo Rufino Tamayo, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, el Museo de Arte Moderno, La vista que hay desde la terraza del Museo del Estanquillo y por el Munal, que aún vacío seguiría siendo un museo.

91. Por todo Chapultepec. El bosque, el zoológico, el castillo y por sus ardillas que hacen que los adultos se vuelvan niños.

castillo chapultepec

92. Porque México es un crisol en donde se fundieron razas, ideologías y culturas, dando paso a un mestizaje de una magnitud poco vista en la historia de la humanidad.

93. Por Alfonso García Robles, un tiburón de la diplomacia que en medio de la Guerra Fría y contra las intenciones de otros actores regionales, logró sacar adelante el Tratado de Tlatelolco que convirtió a Latinoamérica en la primera Zona Libre de Armas Nucleares.

94. Por el aspecto tan dicharachero y desparpajado de Chac mool.

95. Por los cerros que rodean Monterrey haciéndole parecer una especie de estadio. Y por su carne asada, cómo no.

95. Por Gilberto Bosques y su labor como parte del Servicio Exterior Mexicano. Un hombre valiente que desde la Francia dominada por los nazis logró salvar la vida de miles de personas (antifascistas, españoles y judíos), dándoles un escape hacia México. Un héroe que no se doblegó pese a la enorme presión de la Gestapo,

96. Por el recuerdo de Acapulco en los ochenta.

97. Por el carisma de Tin Tán.

98. Por “Las coloradas” en Yucatán. Un lago color rosa. Y también por todo Yucatán, su gastronomía, la actitud de su gente, la atmósfera ligera, salvo por el calor.

99. Por “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez.

100. Por la interpretación de “Hasta que te conocí” de Juan Gabriel en Bellas Artes (1990). Su punto más alto. Todos los mexicanos y mexicanas resumidos en su voz. Un showman de primer nivel. Esos 9 minutos son insuperables y están al nivel de cualquier otra leyenda. Y quizás hasta por encima… incluso de Elvis Presley.

¡Viva México!

El amor se escribe con música

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Mariana con M de Música del escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba concentra la sensibilidad de un nombre que se desvive en pasión. Cada una de las páginas, compuestas en su mayoría por breves poemas, no tienen otra fuente que el sostén de la música y el sentimiento producido por una mujer.

El amor descrito es de 360 grados. De amplio alcance y repleto de intensidad, no siempre bello como sonata de Bach, sino también demoledor y maniático como el concierto para piano n.º 2 de Prokofiev.

Y así es el amor en su expresión total, el que tiene la fortaleza de contar con lo malo y lo bueno. Con la profundidad de la que carece el mero enamoramiento, ese enganche superficial de los primeros días caracterizado por la candidez de colores rosas. La relación emprendida por Eusebio Ruvalcaba es el amor en completud, sin frenos, el que llega hasta el fondo y que en su grandeza toca ambos polos, lo sórdido y lo divino.

El libro va en la línea del periodo otoñal del autor, el punto en el que su escritura alcanzó su mayor sonoridad y concisión. La música, el otro pilar que lo sostenía, es una presencia constante en el volumen como asidera espiritual. Al desconfiar de la palabra escrita, Eusebio tendía a la melodía, a la referencia de compositores que al ser evocados causan la explosión del instinto.

Eusebio Ruvalcaba rezuma honestidad y tiene un respeto tal por el lector que le abre su intimidad de un modo descarnado, sin pudor ni limitantes, dándole entrada a la habitación vacía, donde hay salpique de llanto y vidrios rotos por el añoro del cuerpo femenino.

La aparición de lo indecible hace patente las dimensiones del amor que sintió por Mariana, la protagonista de la obra. A ella apuntan cada una de las sílabas, los lectores se vuelven testigos de uno de los tributos más vehementes que un hombre ha deparado a una mujer.

La memoria es ambivalente; Eusebio Ruvalcaba danza entre el quiebre y la fascinación. Se describen tropiezos marchitos a la luz, episodios de abatimiento. Pero luego deviene la redención, la sabienda de que hay lazos que atan, vínculos que no pueden romperse pese a las circunstancias del exabrupto o la angustia de los años. Al final, el amor sobrevive al infierno y abre sus alas para disipar la enésima cicatriz o mancha que dejó el calor del algún pleito.

Mariana con M de Música pone de manifiesto el poder vital que llega a significar una mujer, aun con los reveses sufridos. Los versos se suceden uno tras otro con plena naturalidad, producto del alumbramiento constante de un vientre que palpita obsesión.

El libro como testimonio. La complejidad de un vínculo entre dos almas afines —pero también enfrentadas— que dispusieron el uno del otro para acariciar los límites que gran parte de las parejas solo alcanza a divisar en el horizonte. No hay nada unidimensional. Hay saltos, el paso de lo melodioso a la violento, lo romántico que expele crueldad. Sentido del humor y también miedo, la desesperanza, el volcán sobre una copa de vino.

Tal sensación queda. La admiración por un escritor capaz de dar testimonio de algo tan poderoso e inasible: una mujer que irradia emociones sin ofrecer al corazón tregua alguna.

Quisiera que la sábana con que te cubres
fuera de agua,
y que tu cuerpo se transparentara
como el paisaje que vemos tras la ventana
cuando llueve.

Y que ahí mismo quisiéramos estar
y empaparnos.

Cuando caía el primer aguacero de cada año,
mi padre me tomaba de la mano
y salíamos corriendo al patio.
Él, un hombre de 54 años,
y yo un niño de cuatro.
¿Cómo es posible que ahora recuerde eso?
Te lo debo a ti, Mariana,
porque evocas cosas en mí que yo suponía
ya muertas.

Eusebio Ruvalcaba, Mariana con M de Música, México, Los bastardos de la uva, 2017, 112 pp.

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Foto: Eduardo Loza.

La remarcable del subrayado

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Entre las mentes lectoras surge a menudo un debate sobre el provecho de subrayar o no los libros. Una polémica un tanto estéril que ya debería encontrar un consenso: sí, los libros deben rayarse. A ser posible también deben besarse y ofrecerles una que otra bebida.

El subrayado, como parte de la primera lectura, intenta de algún modo retener una emoción que poco a poco se disipa. Brindar una pista a nuestra versión del futuro, para que así pueda extenderse lo que causó un punto de quiebre en la niebla.

Se trata de encapsular, dar con el descubrimiento, una caza de letras. Enmarcar la genialidad. No concebimos que las palabras se pierdan al cerrar el volumen. Luego de tantas páginas recorridas viene la urgencia de tener a la vista lo camuflado.

Subrayar es, también, dar con un hallazgo similar al de un trébol de cuatro hojas o de pronto agarrarle forma a una nube que andaba desperdigada por el cielo. Pero al final el que se descubre es el propio lector. Observar los subrayados en una biblioteca revela mucho de quien la administra y es posible que lo que fue digno de atención para uno sea totalmente intrascendente para alguien más.

El cineasta japonés Akira Kurosawa era un entusiasta del arte ceremonioso del subrayado. Era tal su devoción que incluso sugería a su público nunca acometer el acto de la lectura acostado en la cama. La forma apropiada, creía, era hacerlo desde un escritorio, ya que eso permitía subrayar y tomar notas con propiedad. Para él la lectura era una actividad paralela que iba acompañada de la creación. En libretas anotaba reflexiones y sensaciones que le dejaban los libros que pasaban por sus manos, de ahí salía buena parte de la inspiración que ponía en sus películas. Al igual que con los sueños, ese dictado que le trascendía culminaba al poco rato en obras que, no obstante la raíz, eran muy personales.

La lectura permite un trance mental a partir del cual surgen nuevas posibilidades de acción. Leer lápiz en mano se vuelve una necesidad por si acaso llega el instante de alumbramiento, una ráfaga que conlleve la escritura al margen de la hoja.

Algunos conservadores creen que hay que respetar al libro dejándolo inmaculado. Y aunque esto bien podría aplicarse a ediciones de alto valor histórico (no va uno a rayonear una primera edición de Valle-Inclán heredada por el bisabuelo), lo mejor es respetar al contenido ofrecido por el autor, no al material en donde viene impreso. Así, hacer anotaciones al margen implica honrar a la literatura poniendo en vitrina las perlas que ofrece.

Dejar la pasividad, simular un diálogo. Contrapuntear al escritor a través de las páginas. Poner flechas, dibujos, algún garabato de insinuación. Leer un libro sin apenas intervenirlo es dejarlo vestido y alborotado, sobreprotegerlo. Dejar encerrada en su casa a una mujer que se había perfumado y puesto ropa interior bonita.

Dicho esto, para subrayar hace falta un mínimo de criterio. En el caso de los libros hay que abstenerse de los marcatextos, aunque por su nomenclatura parezcan destinado para la tarea. El lápiz se erige como el instrumento idóneo. Permite escribir, subrayar con precisión y dejar un rastro delicadeza, sin que el papel se vuelva la sucursal de un payaso. Con el noble grafito incluso se puede borrar el rastro de alguna torpeza.

Si lo que se pretende resaltar supera las tres líneas, lo mejor no es en sí el subrayado que en su prolongación podría quedar chueco, sino poner un asterisco al margen para destacar al párrafo o emitir una llave, línea sinuosa acostumbrada a la programación y a la matemática, aburrida de tanto sostener conjuntos, a la que, al fin, se le puede dar un respiro en el mundo del literario.

El subrayado exige buen ojo crítico, espíritu de cazatalento, don para elegir. Al leer a un genio surgirá la tentación de subrayar páginas enteras (a todos pasa), pero no se trata de eso, la tarea va más en plan aforístico que de coloreo.

Si no se cuenta con algún marcador, se está desarmado ante la lectura. Nos pasa sobre todo a los de poca memoria. El avance de cada línea se siente similar al salir a pescar sin una caña, un paseo por el campo sin que se permita recolectar una sola fruta.

Subrayar es, en definitiva, establecer un vínculo con el autor. Una extraña forma de abrazo que trasciende al espacio y al tiempo. Un reconocimiento en miniatura a lo escrito por el ser admirado. Y ofrece conveniencia a la par. La vida es corta y no da tiempo para releer mucho los libros, las marcas que dejamos es una forma de simplificar el proceso y así, cuando se vuelva a cierto título, tener un recordatorio de aquello que alguna vez nos transformó en lo que somos ahora.