Cien motivos para celebrar a México

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Cada que llega septiembre, surge un grupúsculo que vitorea una consigna con la que acaso intentan erigirse como líderes sociales muy comprometidos con el prójimo. Son los que, ante el entusiasmo por las fiestas patrias mexicanas, claman que “no hay nada que celebrar”.

Esa gente se equivoca, claro está. Hay muchísimos motivos para celebrar. Es cierto que también los hay para lamentarse y sufrir, pero de eso ya sabemos mucho y no tiene mucho sentido repetirlos una y otra vez.

A menudo por nuestros complejos, en México nos vemos como inferiores y nos cuesta asumir nuestro papel importante en el globo. Eso tiene que terminar. No podemos bajar la mirada todo el tiempo. No lo merecemos.

Con ánimo de compensar y como una muy personal carta de amor hacia México, dedico esta lista de algunas cosas que, a mi juicio, son suficientes para sentirse agradecidos de haber nacido en estas tierras.

Por estas razones (y por las miles que faltan) hay que seguir luchando para revertir todo aquello que va mal.

***

1. Por las botargas que promueven marcas con bailes y un gozo que ya quisiéramos experimentar alguna vez.

2. Por “Si nos dejan” de José Alfredo Jiménez, donde se concentran aspectos centrales de la personalidad del mexicano. Sus temores, su espíritu soñador, su enorme romanticismo. El saberse en un ambiente adverso y aun así continuar ilusionado.

3. Por el tequila y el mezcal. Por el agave que luce portentoso e imperial al lado de los ingredientes base de destilados como el vodka, whisky o ron (trigo, maíz, papa, caña de azúcar).

4. Por las plazas de los pueblitos, llenas de color, sonidos, niños y ancianos. Un paraje donde lo único que falta para ser feliz es un helado.

5. Por la mujer mexicana. Su calidez y la atención que brindan a los espíritus desamparados.

6. Por las carnitas de Ojuelos, Jalisco.

7. Por el nombre entrañable que damos a nuestros alimentos, títulos cariñosos como si fueran de nuestra familia. Cueritos, burritos, carnitas, cochinita, pepitas. Una arepa nunca sonará tan sabrosa como una gordita.

8. Por la muy sana desconfianza que los mexicanos sienten frente a las autoridades y los políticos en general. Y la manera en que lo manifiestan, con humor y sin someterse.

9. Por los padres de familia que, aunque humildes, hacen un enormes sacrificio por darle una enorme fiesta de XV años a sus hijas.

10. Porque dentro de México hay 35 sitios que son consideran patrimonio de la humanidad (puesto 7 en el ránking mundial). Y la lista se queda corta. Muy corta.

11. Por el aguacate. Un fruto versátil y sabroso que deriva en la bondad del guacamole. Guacamole y un puñado de totopos, solo por eso vale la pena seguir respirando.

12. Porque México pasmó incluso a surrealistas como Salvador Dalí y André Breton.

13. Porque los innumerables problemas no quitan la grandeza de nuestro territorio. Pese a la inseguridad, violencia, mala imagen e inestabilidad que asolan al país, y pese a no contar con un solo aeropuerto que conste entre los 100 más importantes, México es el sexto país más visitado del mundo con 39 millones de turistas en 2017 (más que toda Latinoamérica junta). Hay quienes viajan miles de kilómetros para estar aquí, el sitio que nos aterra y nos fascina.

14. Por la resiliencia ante la adversidad. Los mexicanos han resistido invasiones, saqueos, malos gobiernos… y siguen con la esperanza de salir adelante.

15. Por la vaquita marina a la que tanto le hemos fallado. Tímidas, bonitas… quizás el mundo no las merece.

16. Por el concepto de lo fiado y del pilón que tanto han contribuido a que las familias mexicanas puedan aguantar un día más en la lucha, aunque luego para cobrar se vuelvan una lata.

17. Porque México, pese a todo (incluyendo la pérdida de territorio), sobrevivió al intervencionismo de las grandes potencias de los últimos siglos. Estados Unidos, España, Francia e Inglaterra. Se dice fácil, pero no cualquiera.

18. Por los comediantes mexicanos. No los lamentables standuperos, sino la gente de a pie que cuenta ocurrencias y chistoretes a cada rato. Hay quienes tienen radar humorístico y a la menor oportunidad saltan para provocar carcajadas.

19. Por el clima. Si bien en su mayoría seco, no se trata de nada agresivo ni deprimente en ninguno de los extremos. Ni quema demasiado ni agobia por el frío.

20. Por el gol de Hugo Sánchez ante el Logroñés. Una anotación que rompió de golpe todo lo que sufrió y que deshace en su recuerdo a cualquiera de sus detractores.

21. Por el patriotismo de Mier y Terán que se suicidó clavándose una espada en el corazón ante la decepción y tristeza que le provocaba la situación de México en 1832.

22. Por el maíz, el nopal y el frijol que ofrecen decenas de combinaciones, texturas, posibilidades y sabores a un precio accesible. La comida mexicana es amigable con todos, incluso con quienes no comen carne.

23. Por la portada de Cerca de ti de Lucía Méndez.

24. Por las caricaturas geniales, retorcidas e hilarantes de Jis y Trino.

25. Por la habilidad de hacer tacos y tortas de casi cualquier cosa, incluso de un portaaviones si llega a presentarse la opción.

26. Por la Playa del Amor en Nayarit, escondida como la playa que sale en Porco Rosso de Hayao Miyazaki.

27. Por los exvotos, historias y dibujos que brindan asombro y aura de niñez.

28. Por los perros y gatos callejeros de México que cuentan con un carácter especial.

29. Por lo terapéutico de deshebrar (y comer) queso oaxaca.

30. Porque México ha ofrecido su manto protector a refugiados políticos de todo el mundo. Durante el siglo XX dio cobijo (una tradición tristemente en descenso) a chilenos, argentinos, españoles, cubanos, centroamericanos, soviéticos, asiáticos y migrantes que huían despavoridos en busca de ser protegidos de regímenes atroces. Aquí se les ofreció una oportunidad. Trabajo, admiración y cariño.

31. Por el Día de Muertos. Por la manera en que se honra a los recuerdos y a quienes dejaron una marca en nuestras vidas. No olvidamos y tenemos gratitud.

32. Por el liderazgo asumido en la lucha contra el cambio climático, de manera prominente a partir del 2010 cuando en Cancún se llevó a cabo la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Fuimos el primer país en desarrollo en presentar un plan de contribución nacional en la materia.

33. Por el Hospicio Cabañas y “El Hombre en llamas” de José Clemente Orozco.

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34. Porque México fue el primer país en acoger dos mundiales de futbol (en donde se coronaron las dos máximas leyendas, Pelé y Maradona) y seremos el primero en acoger un tercero, todo sin ser potencia futbolística pero gracias a un balance entre tradición, solidez comercial y público entusiasta.

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35. Porque los mexicanos son trabajadores. Lo saben en el resto del mundo, más allá de los prejuicios que puedan tener. A un mexicano dale una oportunidad, una casa y a su familia y se partirá el lomo hasta el final.

36. Por la tradición de la comida callejera, tan democrática: hermana a gente de todos los estratos por el nivel de su ricura. En México es posible acceder a delicias culinarias por un módico precio y eso es invaluable.

37. Por Sor Juana Inés de la Cruz, Efraín Huerta, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Jorge Ibargüengoitia.

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38. Por esas obras mexicanísimas de Luis Buñuel: El Ángel Exterminador y Los Olvidados.

39. Porque México fue el imán que de algún modo se comió a Neal Cassady, Roberto Bolaño y Ambrose Bierce.

40. Por Nahui Olin. Valiente, liberadora y adelantada a su tiempo. Una obra de arte en movimiento.

41. Por Juan Gabriel, José Alfredo, Agustín Lara y todos esos compositores que alumbran las cantinas a lágrima viva.

42. Porque tenemos ene exclusiva al milenario axolotl,uno de los regalos más preciados de la naturaleza y acaso el secreto de nuestra salvación.

43. Por el Palacio de Hierro de Polanco, el Palacio de los Palacios, un castillo del capital y del lujo al que cualquiera puede acceder.

44. Por el porte de Lupita Jones en Miss Universo de 1991. Llena de porte, elegancia y confianza en sí misma, algo que a veces tanto nos hace falta a los mexicanos. Confiar en lo que somos, sin complejos, mirar hacia arriba como merecemos. Sin achicarnos ante nadie. Aquella noche, Lupita dio una lección a todas las mujeres y hombres de México. Con lucidez, encanto y sin complejos, ante mujeres rubias que le sacaban 20 centímetros de altura, llegó hasta al final orgullosa de su país y de sí misma.

45. El chocolate, el alimento de los dioses. El planeta entero debe mostrarnos un respeto solo por eso.

46. Porque aunque no nos demos cuenta, estamos anclados a nuestras raíces. Cada que vamos a comprar las tortillas o vamos por un elote, conectamos con nuestro pasado. No podemos negar la cruz de nuestra parroquia.

47. Por las obras de Diego Rivera, Manuel Rodríguez Lozano, Gabriel Orozco y Rufino Tamayo.

48. Por José Azueta —hijo del comandante Manuel Azueta—, marino mexicano que en 1914 luchó por defender el puerto de Veracruz de la invasión estadounidense, aun cuando Victoriano Huerta y Joaquín Maas habían ordenado retirada . Lideró a los cadetes de la Escuela Naval Militar y mantuvo posición con su metralleta hasta que se quedó sin municiones, pese a que previamente había ya recibido balazos en las piernas. Conmovido ante la entrega de aquel malherido muchacho, y a sabiendas de que era hijo de un alto mando, el almirante Frank Friday Fletcher ofreció a un médico estadounidense para auxiliarlo, cosa que el joven rechazó, arguyendo que de los enemigos de su patria no quería ningún servicio. Tal héroe moriría poco después.

49. Por la Época de Oro del cine mexicano. Una coyuntura histórica que permitió el alza de figuras como Jorge Negrete, Pedro Infante, el “Indio” Fernández, Sara García y tantos otros.

50. Por Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y el Chivo Lubezki (y Gabriel Figueroa, mucho antes). Por la manera en que se sobrepusieron a lo que había para llegar así a las grandes ligas y poder crear Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de AzkabanChildren of Men, Gravity, El laberinto del Fauno, El espinazo del diablo, Pacific Rim y el poderío visual en El renacido que la hace más una película de Lubezki que de Iñarritu.

51. Por Frida, la perrita rescatista y todos los integrantes del Ejército Mexicano que se juegan la vida por su país, pese a que los necios quieran regatearles méritos y quieran mancharlos desde la comodidad de sus sillas.

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52. Por Piedra de sol de Octavio Paz.

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños
[…]
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

53. Por Muerte sin fin de Gorostiza.

Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.

54. Por el chile. La forma en que revitaliza al organismo y lo lleva a estados difíciles de comprender, como el hecho de que el picor sea disfrutable y que no podamos prescindir de él ni en los caramelos.

55. Por el escudo de nuestra bandera. Un sello monumental, impactante, sin tonterías. Con un águila en plan terminator dejando en claro quién manda. Cómo no íbamos a ser gordos si ya desde el símbolo patrio tenemos la consigna de comer.

56. Por la amistad que tenemos con otros países, alimentada por el respeto que les hemos guardado, así como la solidaridad y cooperación para el desarrollo que hemos impulsado en la medida de nuestras posibilidades.

57. Por toda esa gente que salía en el cine de ficheras, en especial Sasha Montenegro.

58. Por el desayuno a la mexicana que se anda sin delicadezas y bien podría bastar para sobrevivir un mes entero sin probar ningún otro bocado. Chilaquiles, frijoles, huevo, jugo, pan, café.

59. Por la tradición pugilística mexicana. Por Julio César Chávez, el “Puás” Olivares”, el “Ratón” Macías, Marco Barrera y tantos otros que pusieron la bandera tricolor en primer plano.

60. Por el futbol mexicano. Tremendamente limitado, insatisfactorio y desmoralizante, pero abundante endiversión y emociones. Ah, y por la cuauhtemiña, maniobra ineficaz, sobrada y ridícula que sin embargo resulta espectacular y propia de alguien rebosante en actitud.

61. Por los baños del Sanborns que han sacado muchas generaciones de apuros y que probablemente le han salvado el trabajo, la pareja y hasta la vida a más de uno.

62. Por Lorena Ochoa y las campeonas olímpicas María del Rosario Espinoza y Soraya Jiménez (la primera mujer mexicana en llevarse una medalla de oro en el máximo evento deportivo), que hicieron llorar de alegría a todo un país.

63. Por las piñatas. Liberación de la frustración, a ciegas, que trae dulces.

64. Por los mazapanes, las alegrías, las palanquetas y todas las variantes de tamarindo. Por las nieves de garrafa y por los helados baratos de limón —probablemente insalubres— con chile piquín que venden en las primarias.

65. Por Ciudad de México y el área metropolitana. Llena de defectos y caos que provocan úlceras, pero que no deja de ser una excepción en donde confluyen lo mismo castillos, desiertos, lagos, volcanes, bosques, pirámides, palacios y rascacielos.

66. Por el Fondo de Cultura Económica. Una de esas —pocas— ramificación del Estado que funcionan y que han alumbrado lectores de toda hispanoamérica. La visión del gran Daniel Cosio Villegas permitió un proyecto sustentable que décadas después sigue como un ejemplo.

67. Por el nombre mismo del país: México. Mucho se ha proferido sobre la posibilidad de que el himno nacional mexicano sea el (segundo) mejor del mundo sin darnos cuenta que la verdadera batalla está en otro lado. México tiene el nombre más bonito de entre todos los países, con esa X tan coqueta que algo tiene de cruz y de calvario como diría Ricardo López Méndez. El significado de “México”, según se apunta a nivel popular, es “el lugar en el ombligo de la luna”, una maravilla poética; pero de acuerdo algunos académicos, el origen corresponde más bien a “[en el] lugar de Mexihtli [Huitzilopochtli]” o cuestiones alusivas al maguey o ser seguidores de Metztli, la luna. En cualquier caso, cada una de las vertientes es estupenda. Solo nos podría hacer un poco de sombra, en un lejano segundo lugar, Costa de Marfil.

68. Y ya que estamos, también por el himno nacional mexicano. Quizás nunca existió esa competencia de himnos donde Francia nos desplazó al segundo sitio, pero no deja ser tener una letra arrojada y emotiva. Quien la menoscabe por su carácter bélico no entiende nada de esto.

69. Porque México está en el top 5 de países con mayor biodiversidad. Entre el 10% y 12% de las especies que habitan el mundo tienen su hogar aquí.

70. Por la interpretación de “El triste” que José José hizo en el II Festival de la Canción Latina en 1970. Tal episodio equivale al gol que Maradona anoto tras burlar a media selección inglesa en el Mundial del 86. El hecho de que injustamente le hayan otorgado el tercer lugar en la competencia la vuelva aún más especial. De algún modo marca la condena que ha acompañado al pueblo del que venimos.

71. Porque es un país muy divertido. El chiste, la burla y risa son un modo de supervivencia. Nadie se salva del escarnio. Si París era una fiesta para Hemingway, México es el constante pitorreo.

72. Por la leyenda de Huitzilopochtli que nació siendo adulto para defender a Coatlicue, su madre, quien había quedado embarazada desde la virginidad por haber guardado una bola de plumas en su vientre.

73. Por las últimas palabras pronunciadas por Maximiliano de Habsburgo antes de ser fusilado. Pocas veces alguien ha sido así de honorable y espléndido con una nación: “Perdono a todos y pido a todos que me perdonen y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país. Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”.

74. Por la forma en que Jack Kerouac expresó la sensación que significaba para un estadounidense cruzar la frontera hacia México:

“se cruza la puertecita de alambre y uno se halla en México, parece que se acaba de salir de la escuela donde se ha dicho a la maestra que uno estaba enfermo, y ella ha dicho que podía ir a casa a las dos de la tarde. Uno se siente como si acabase de salir de la iglesia, un domingo por la mañana, y se ha quitado el traje y puesto la ropa fresca, vieja y amable para jugar; uno mira en torno suyo y ve caras dichosas y sonrientes (…) y se oye la música de la cantina en el parquecito de enfrente, donde hay globos y caramelos. (…) Uno va sediento, a través de las puertas de vaivén de un bar, para tomar una cerveza, y ver cómo juegan al billar unos hombres con sombreros mexicanos y pistolas en sus caderas de rancheros, y grupos de negociantes que cantan y arrojan pesos a los músicos, que van de un lado a otro del salón. Hay la sensación de que se entra en la Tierra Pura…”

75. Por María Félix y su gracia natural. Un ejemplo de porte y elegancia: sabía que ella misma era un lujo. La diva absoluta.

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76. Por el álbum Romance de Luis Miguel. Posiblemente el disco pop mejor producido de Latinoamérica.

77. Por Pedro Páramo. Libertad bajo palabra. Los relámpagos de agosto. Reloj de sol. Los Nocturnos de Villaurrutia. Los recuerdos del porvenir. Poesía no eres tú. El arte de la fuga. Confabulario. No me preguntes cómo pasa el tiempo.

78. Por las cantinas. Llenas de bromas, recuerdos, boleros y derrotas.

79. Por el cantinfleo, la danza verbal de nuestra gracia e inseguridades.

80. Porque Paul McCartney, Bob Dylan, Serge Gainsbourg, Morrissey, Bruce Springsteen y Neil Young, entre muchos otros, han dedicado a México alguna de sus canciones.

81. Por la lucha libre. Por la conjugación de drama, violencia, sentido del humor, máscaras, mística y mal gusto que traen entretenimiento puro y duro tanto a chicos como a grandes.

82. Por la Feria Nacional de San Marcos, la mejor de México, que ofrece la posibilidad de beber y caminar sin rumbo fijo rodeado de una multitud que quiere que la noche sea infinita.

83. Por la lotería. Tarjetas y tablas que son pop art en esplendor y que en su incluyentismo permite jugar a cualquiera sin mayores artilugios. Basta con un frijol para ser parte.

84. Por las pirámides. El Templo de Kukulkán, la Pirámide del Sol y la de la Luna, la gran Pirámide de Uxmal, la Pirámide B en Tula que está coronada por los Atlantes, la gran Pirámide de Calakmul, la Pirámide de los Nichos (tiene 365 en su exterior, posiblemente por cada uno de los días del año). Y por los restos del Templo Mayor, una memoria subterránea que palpita y que marca una de nuestras raíces.

85. Por el Centro Histórico de la Ciudad de México. Del Palacio de Bellas Artes al Zócalo, donde la colosal Catedral Metropolitana convive con Palacio Nacional. Y por todo lo demás que están en la zona. La Alameda, El Palacio Postal (digno de película con niños que son magos), el Centro Cultural de España, el Colegio de San Ildefonso, la Torre Latinoamericana, la Academia de San Carlos, el Casino Español, el Colegio de las Vizcaínas, la Casa de los Azulejos, la Plaza de Santo Domingo, el Palacio de Minería, el Colegio Nacional y la Calle Madero que, cuando no hay demasiada aglomeración —raro— se convierte en un lugar importante para caminar. Y por todas las Maty Huitrón que aún andan por sus calles.

86. Por nuestro esquema de vacunación, uno de los mejores que existen y un referente internacional.

87. Por los tacos. Todos. De pastor, de bisteck, de guisado, de suadero, de chochinita… de lo que caiga para alumbrar al espíritu.

88. Por Pita Amor, la undécima musa, y su espíritu transgresor. Aquella individualidad (“yo soy mi propia casa”) que implicaba libertad, pero también soledad y congoja. Por los paseos que hacía desnuda por Paseo de la Reforma, cubierta tan solo por su abrigo de Mink.

89. Por la belleza y glamour de Elsa Aguirre, Miroslava Stern, Fanny Cano, Silvia Pinal, Dolores del Río, Lupe Vélez.

90. Por sus museos. El Museo Nacional de la Muerte (Aguascalientes), el Centro de las Artes en San Luis Potosí, el Museo Franz Mayer (un oasis cultural), el Museo Rufino Tamayo, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, el Museo de Arte Moderno, La vista que hay desde la terraza del Museo del Estanquillo y por el Munal, que aún vacío seguiría siendo un museo.

91. Por todo Chapultepec. El bosque, el zoológico, el castillo y por sus ardillas que hacen que los adultos se vuelvan niños.

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92. Porque México es un crisol en donde se fundieron razas, ideologías y culturas, dando paso a un mestizaje de una magnitud poco vista en la historia de la humanidad.

93. Por Alfonso García Robles, un tiburón de la diplomacia que en medio de la Guerra Fría y contra las intenciones de otros actores regionales, logró sacar adelante el Tratado de Tlatelolco que convirtió a Latinoamérica en la primera Zona Libre de Armas Nucleares.

94. Por el aspecto tan dicharachero y desparpajado de Chac mool.

95. Por los cerros que rodean Monterrey haciéndole parecer una especie de estadio. Y por su carne asada, cómo no.

95. Por Gilberto Bosques y su labor como parte del Servicio Exterior Mexicano. Un hombre valiente que desde la Francia dominada por los nazis logró salvar la vida de miles de personas (antifascistas, españoles y judíos), dándoles un escape hacia México. Un héroe que no se doblegó pese a la enorme presión de la Gestapo,

96. Por el recuerdo de Acapulco en los ochenta.

97. Por el carisma de Tin Tán.

98. Por “Las coloradas” en Yucatán. Un lago color rosa. Y también por todo Yucatán, su gastronomía, la actitud de su gente, la atmósfera ligera, salvo por el calor.

99. Por “Bésame mucho” de Consuelito Velázquez.

100. Por la interpretación de “Hasta que te conocí” de Juan Gabriel en Bellas Artes (1990). Su punto más alto. Todos los mexicanos y mexicanas resumidos en su voz. Un showman de primer nivel. Esos 9 minutos son insuperables y están al nivel de cualquier otra leyenda. Y quizás hasta por encima… incluso de Elvis Presley.

¡Viva México!

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El amor se escribe con música

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Mariana con M de Música del escritor mexicano Eusebio Ruvalcaba concentra la sensibilidad de un nombre que se desvive en pasión. Cada una de las páginas, compuestas en su mayoría por breves poemas, no tienen otra fuente que el sostén de la música y el sentimiento producido por una mujer.

El amor descrito es de 360 grados. De amplio alcance y repleto de intensidad, no siempre bello como sonata de Bach, sino también demoledor y maniático como el concierto para piano n.º 2 de Prokofiev.

Y así es el amor en su expresión total, el que tiene la fortaleza de contar con lo malo y lo bueno. Con la profundidad de la que carece el mero enamoramiento, ese enganche superficial de los primeros días caracterizado por la candidez de colores rosas. La relación emprendida por Eusebio Ruvalcaba es el amor en completud, sin frenos, el que llega hasta el fondo y que en su grandeza toca ambos polos, lo sórdido y lo divino.

El libro va en la línea del periodo otoñal del autor, el punto en el que su escritura alcanzó su mayor sonoridad y concisión. La música, el otro pilar que lo sostenía, es una presencia constante en el volumen como asidera espiritual. Al desconfiar de la palabra escrita, Eusebio tendía a la melodía, a la referencia de compositores que al ser evocados causan la explosión del instinto.

Eusebio Ruvalcaba rezuma honestidad y tiene un respeto tal por el lector que le abre su intimidad de un modo descarnado, sin pudor ni limitantes, dándole entrada a la habitación vacía, donde hay salpique de llanto y vidrios rotos por el añoro del cuerpo femenino.

La aparición de lo indecible hace patente las dimensiones del amor que sintió por Mariana, la protagonista de la obra. A ella apuntan cada una de las sílabas, los lectores se vuelven testigos de uno de los tributos más vehementes que un hombre ha deparado a una mujer.

La memoria es ambivalente; Eusebio Ruvalcaba danza entre el quiebre y la fascinación. Se describen tropiezos marchitos a la luz, episodios de abatimiento. Pero luego deviene la redención, la sabienda de que hay lazos que atan, vínculos que no pueden romperse pese a las circunstancias del exabrupto o la angustia de los años. Al final, el amor sobrevive al infierno y abre sus alas para disipar la enésima cicatriz o mancha que dejó el calor del algún pleito.

Mariana con M de Música pone de manifiesto el poder vital que llega a significar una mujer, aun con los reveses sufridos. Los versos se suceden uno tras otro con plena naturalidad, producto del alumbramiento constante de un vientre que palpita obsesión.

El libro como testimonio. La complejidad de un vínculo entre dos almas afines —pero también enfrentadas— que dispusieron el uno del otro para acariciar los límites que gran parte de las parejas solo alcanza a divisar en el horizonte. No hay nada unidimensional. Hay saltos, el paso de lo melodioso a la violento, lo romántico que expele crueldad. Sentido del humor y también miedo, la desesperanza, el volcán sobre una copa de vino.

Tal sensación queda. La admiración por un escritor capaz de dar testimonio de algo tan poderoso e inasible: una mujer que irradia emociones sin ofrecer al corazón tregua alguna.

Quisiera que la sábana con que te cubres
fuera de agua,
y que tu cuerpo se transparentara
como el paisaje que vemos tras la ventana
cuando llueve.

Y que ahí mismo quisiéramos estar
y empaparnos.

Cuando caía el primer aguacero de cada año,
mi padre me tomaba de la mano
y salíamos corriendo al patio.
Él, un hombre de 54 años,
y yo un niño de cuatro.
¿Cómo es posible que ahora recuerde eso?
Te lo debo a ti, Mariana,
porque evocas cosas en mí que yo suponía
ya muertas.

Eusebio Ruvalcaba, Mariana con M de Música, México, Los bastardos de la uva, 2017, 112 pp.

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Foto: Eduardo Loza.

La remarcable del subrayado

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Entre las mentes lectoras surge a menudo un debate sobre el provecho de subrayar o no los libros. Una polémica un tanto estéril que ya debería encontrar un consenso: sí, los libros deben rayarse. A ser posible también deben besarse y ofrecerles una que otra bebida.

El subrayado, como parte de la primera lectura, intenta de algún modo retener una emoción que poco a poco se disipa. Brindar una pista a nuestra versión del futuro, para que así pueda extenderse lo que causó un punto de quiebre en la niebla.

Se trata de encapsular, dar con el descubrimiento, una caza de letras. Enmarcar la genialidad. No concebimos que las palabras se pierdan al cerrar el volumen. Luego de tantas páginas recorridas viene la urgencia de tener a la vista lo camuflado.

Subrayar es, también, dar con un hallazgo similar al de un trébol de cuatro hojas o de pronto agarrarle forma a una nube que andaba desperdigada por el cielo. Pero al final el que se descubre es el propio lector. Observar los subrayados en una biblioteca revela mucho de quien la administra y es posible que lo que fue digno de atención para uno sea totalmente intrascendente para alguien más.

El cineasta japonés Akira Kurosawa era un entusiasta del arte ceremonioso del subrayado. Era tal su devoción que incluso sugería a su público nunca acometer el acto de la lectura acostado en la cama. La forma apropiada, creía, era hacerlo desde un escritorio, ya que eso permitía subrayar y tomar notas con propiedad. Para él la lectura era una actividad paralela que iba acompañada de la creación. En libretas anotaba reflexiones y sensaciones que le dejaban los libros que pasaban por sus manos, de ahí salía buena parte de la inspiración que ponía en sus películas. Al igual que con los sueños, ese dictado que le trascendía culminaba al poco rato en obras que, no obstante la raíz, eran muy personales.

La lectura permite un trance mental a partir del cual surgen nuevas posibilidades de acción. Leer lápiz en mano se vuelve una necesidad por si acaso llega el instante de alumbramiento, una ráfaga que conlleve la escritura al margen de la hoja.

Algunos conservadores creen que hay que respetar al libro dejándolo inmaculado. Y aunque esto bien podría aplicarse a ediciones de alto valor histórico (no va uno a rayonear una primera edición de Valle-Inclán heredada por el bisabuelo), lo mejor es respetar al contenido ofrecido por el autor, no al material en donde viene impreso. Así, hacer anotaciones al margen implica honrar a la literatura poniendo en vitrina las perlas que ofrece.

Dejar la pasividad, simular un diálogo. Contrapuntear al escritor a través de las páginas. Poner flechas, dibujos, algún garabato de insinuación. Leer un libro sin apenas intervenirlo es dejarlo vestido y alborotado, sobreprotegerlo. Dejar encerrada en su casa a una mujer que se había perfumado y puesto ropa interior bonita.

Dicho esto, para subrayar hace falta un mínimo de criterio. En el caso de los libros hay que abstenerse de los marcatextos, aunque por su nomenclatura parezcan destinado para la tarea. El lápiz se erige como el instrumento idóneo. Permite escribir, subrayar con precisión y dejar un rastro delicadeza, sin que el papel se vuelva la sucursal de un payaso. Con el noble grafito incluso se puede borrar el rastro de alguna torpeza.

Si lo que se pretende resaltar supera las tres líneas, lo mejor no es en sí el subrayado que en su prolongación podría quedar chueco, sino poner un asterisco al margen para destacar al párrafo o emitir una llave, línea sinuosa acostumbrada a la programación y a la matemática, aburrida de tanto sostener conjuntos, a la que, al fin, se le puede dar un respiro en el mundo del literario.

El subrayado exige buen ojo crítico, espíritu de cazatalento, don para elegir. Al leer a un genio surgirá la tentación de subrayar páginas enteras (a todos pasa), pero no se trata de eso, la tarea va más en plan aforístico que de coloreo.

Si no se cuenta con algún marcador, se está desarmado ante la lectura. Nos pasa sobre todo a los de poca memoria. El avance de cada línea se siente similar al salir a pescar sin una caña, un paseo por el campo sin que se permita recolectar una sola fruta.

Subrayar es, en definitiva, establecer un vínculo con el autor. Una extraña forma de abrazo que trasciende al espacio y al tiempo. Un reconocimiento en miniatura a lo escrito por el ser admirado. Y ofrece conveniencia a la par. La vida es corta y no da tiempo para releer mucho los libros, las marcas que dejamos es una forma de simplificar el proceso y así, cuando se vuelva a cierto título, tener un recordatorio de aquello que alguna vez nos transformó en lo que somos ahora.

El valor de lo innecesario

Parte importante de la vida se encuentra en aquello que no se necesita. Tan sentimentales como somos, no vamos a conformarnos con lo funcional. Ni que fuéramos máquinas soviéticas. Lo extra guarda mucho valor. En ocasiones viene de maravilla recurrir a la floritura, al encanto añadido. Hacer de la acción una artesanía, cual futbolista que pudiendo rematar de primera, prefiere hacer un recorte o una pirueta antes de anotar el gol. Ahí el toque mágico, una rimbombancia que no era requisito y que por ese motivo se vuelve una ofrenda para el espectador.

No se trata, desde luego, de celebrar el exceso de mal gusto, una costumbre tan dada entre quienes carecen de brújula espiritual. Es, más bien, celebrar el plus que da justo en el blanco, la temperatura adecuada que eleva nuestro destino.

La estética en general va por tal rumbo. De ir más allá y causar deleite en lo que antes era simple herramienta. Un ejemplo básico es el uso de la corbata, artilugio poco científico que, sin embargo, lleva a quien lo usa a otro nivel. Quienes deliberadamente reniegan de ella en eventos formales, así sea por cuestiones de comodidad, pierden de vista que el tren se les va por desidia y por no atender a rituales que en lo frívolo consiguen sostener la gracia social.

Pasa también con el reloj de pulsera, cuyo uso está en peligro de extinción, un síntoma inequívoco de la decadencia de la humanidad. Para qué gastar dinero —piensan algunos mocosos— en un instrumento que, además de pesar en la muñeca, ofrece la misma información que se puede obtener de un celular dosmilero. Craso error. El reloj no solo ofrece la hora, se trata de un símbolo, una encapsulación del tiempo, una manifestación de estilo y posición ante la realidad. No es necesario, es mucho más.

Las mujeres son especialistas en el tema. Sobre todo aquellas que a diario alumbran el camino gracias a los detalles que, pudiendo no tener, lucen ante ante la mirada atenta sin griterío. Ese moñito que tienen de adorno en el cabello es una de las bases de la civilización, al igual que los aretes coquetos con los que resumen pura ternura.

Habla muy bien de la especie el hecho de que algunas chicas usen perfumes y cremas en rincones exclusivos para el amante, un guiño que realizan a diario aunque acabe por descubrirse apenas en algunas fechas al año. Ellas, sin darse cuenta, están salvando el mundo. Que Borges lo ampare.

Esta gente es la que inspira. El niño que, además de ir a la escuela, decide inscribirse en clases de música por la tarde. Tocar una sonata de Grieg no es condición para entrar a ningún lado, pero él no lo hace por tal recompensa o un objetivo concreto; no busca la mera supervivencia, lo hace por convicción, por acariciar lo sublime. Porque dentro de sí hay una llama que le pide salir de la inmediatez. Se mueve por la actitud que distingue al hombre de la bestia.

Alguna joven de Puebla transcurre en algo similar. Va y compra pinceles especiales para crear un retrato. No se conforma. Tiene mucho que decir y por tanto se esmera. No usa una brocha aleatoria, no apuesta por la ocurrencia. Sabe de sutilidades, del universo que existe entre el Serie 2 y el Serie 7, entre el 1.2 y el 1.3, de la diferencia que significa usar una marca u otra, una vocación milimétrica. Quizás nadie lo note, salvo los de su propia naturaleza, pero la satisfacción personal es lo que la separa del resto.

Por si fuera poco, la actividad innecesaria da espacio al milagro. Es asunto de probabilidad, entre más se haga al tonto, más opciones hay de que de pronto suceda lo extraordinario. Los genios y los artistas parten de ello. No hay que hacer solo lo que se requiere. Hay que estar ahí picando piedra, hacer el ridículo con algún trapo para ver si en un chispazo ocurre la combinación exitosa.

Ludwig Wittgenstein lo expresaba de manera puntual. Decía que gran parte de lo que escribía no aportaba mucho si se le aislaba, aun así era contenido indispensable porque era lo que daba pie, de pronto, a un instante de luminosidad. Esas palabras inocuas eran “como el ruido de las tijeras del peluquero, que debe mantenerlas en movimiento para hacer con ellas un corte en el momento preciso”. Lo innecesario era, pues, importantísimo.

Wittgenstein

El placer de tirar el dinero

Gastar dinero que no se tiene es un acto de magia muy placentero. Puede que ello se deba a la búsqueda de una satisfacción que nunca llega.

De nada sirve negarlo, comprar nos acerca a la alegría. Es como si sumara puntos a los que somos. Entre más suntuoso, mejor. Quien dice que lo material no es importante, las más de las veces está mintiendo y seguramente cambiará de filosofía si un día alguien le da a elegir entre un Ferrari y una tabla de surf.

Ahorrar es un proceso encantador que permite despilfarrar después. Cuidar al máximo los gastos constriñe al espíritu y le impide ir a toda velocidad. Sin embargo, a veces no queda de otra. Las facturas tienen la descortesía de no pagarse solas y las deudas son la única sombra que quema. Al final las limitaciones económicas se vuelven un lastre. Un enemigo de la libertad. Si bien las penurias pueden sacar lo mejor de los artistas, también pueden oprimir las ideas hasta dejarlas en polvo. Virginia Woolf lo sintetizó cuando dijo que una mujer necesitaba dos cosas para escribir: dinero y una habitación propia. Con esa tranquilidad e independencia las ideas fluyen mejor.

El gasto irresponsable tiene mala fama, pero se trata de un pecado que hay que cometer algunas veces. Sería un desperdicio ser racional todo el tiempo, cuando la existencia ofrece la posibilidad de endeudarse con unos zapatos que cuestan lo que unas vacaciones en la playa.

Lo importante es tener estilo para pisar el acelerador monetario. Hay quienes no tienen la gracia requerida y hacen el ridículo a la hora de soltar los billetes. Tampoco hay que gastar para impresionar, lo cual es una condena, obligaría a sostener un ritmo que invariablemente llevaría al desastre.

No se trata de guardar apariencias de humildad o misticismo. El dinero emociona y emociona mucho. Algunos de los momentos más felices de la vida se pasan en la intimidad de un cajero automático, en donde llega a experimentarse una sensación parecida a la que una madre tiene al alumbrar a un hijo.

El revés llega cuando no se tiene la suficiente liquidez. Pocas humillaciones se comparan a la de tener que revisar la etiqueta de un producto para ver si se tienen los recursos para adquirirlo. Darse cuenta de que no es así, que está lejos de nuestras posibilidades, es un golpe anímico y hay que ser un gran histrión para disimular el desencanto en medio de una tienda donde la mercancía fluye con la suavidad del terciopelo.

Al final no somos tan superficiales; no es el dinero en sí lo que estimula, sino el margen de maniobra que ofrece tenerlo. Cada moneda es una gotita de libertad y autonomía. Un aumento al rango de decisiones. El dinero es el que te permite dejarlo todo para comenzar de nuevo y el que, si eres afortunado, te da acceso a tomar un vuelo a París y no volver jamás.

Es por particularidades del sistema que la tarea no es nada sencilla. En la mayoría de los casos resulta que para tener un mínimo de gozo primero hay que rendir en un trabajo.

Ganarse el pan con el sudor de la frente es de mal gusto como lo es sudar en general. Lo peor, esos seres alienados quienes ostentan el cuento de amar sus labores, como si aquello fuera lo mejor que pudiera pasarles y no, como debe ser, un simple medio para disfrutar lo que a uno en verdad le gusta en sus ratos libres.

El dinero tiene la cualidad de ser práctico. De estar aquí y ahora, a diferencia de lo espiritual. Conviene ser materialista mientras el organismo no sea capaz de desintegrar todos sus componentes para hacerlos aparecer en Tulum.

 

dinero pacino

 

El activismo como negocio

Los últimos años han visto el auge de una fauna muy especial: los activistas. Gran parte de ellos (aunque no todos) son seres que se ostentan como partidarios de cualquier empresa que les traiga respaldo popular, pero que en el fondo esconden intenciones por demás obscuras.

Seguro los has visto, son oportunistas que abrazan cuanta causa se les atraviese en el camino y rápidamente trepan hasta las esferas de liderazgo, aun si para ello deben pisotear a los que sí realizan acciones útiles. A menudo son tipos desempleados incapaces de hacer nada productivo pero que encuentran una cruzada que se vuelve una mina de oro para ellos.

Sin apenas experiencias de éxito ni estudios en ningún ramo, salvo los libelos radicales que adoptan como Biblia (citan mucho a autores franceses y argentinos), se sienten de pronto autoridades y referencias en cualquier materia, merecedores de contaminar el ambiente con megáfonos desde donde sueltan proclamas que algunos ingenuos toman como la verdad.

Los activistas de tiempo completo hacen poco en realidad. Su vida entera consiste en salir a echar bronca. Quejarse de lo mal que va todo es una fuente inagotable de pasatiempo. Pero lo que buscan no es alcanzar objetivos concretos, sino sostener la arenga perpetua. En el fondo todo es una estrategia para el bien último: recibir becas o recursos de los gobiernos a los que atacan con una mano para luego recoger los beneficios con la otra.

Tal es su truco. El botín político que consiguen a través de la sutil extorsión de la protesta. Presionan y presionan hasta que el sistema, fastidiado ya, los absorbe y les brinda el hueso que tanto ansían. Otros más, solo buscan vengarse de sus enemigos.

Van siempre como los listos del barrio. Superhéroes que están conscientes de lo que los demás ignoran. Por eso gritan y gritan. Vociferan obviedades sin ofrecer soluciones ni planes medianamente coherentes para cambiar lo que no funciona. Su ideario se basa en doctrinas fracasadas que fueron echadas al basurero de la historia. Hablan además en nombre de la ciudadanía, aunque muy pocos ciudadanos les permitirían entrar a la sala de sus casas.

El alimento preferido del activista es similar al de los políticos: el presupuesto. Maman de él de una forma u otra, exigiendo apoyos para eventos de pacotilla, como festivales que profundizan en el mal gusto o montando talleres en donde insertan su veneno ideológico a los más jóvenes.

También son proclives a dar conferencias. Dar charlas ante público donde cuentan sus penurias y experiencias y en donde a menudo buscan pasar como seres excepcionales, ejemplos para la sociedad que conjugan dentro de sí lo mejor de Malala Yousafzai, Martin Luther King y Nick Vujicic.

El activista moderno se aprovecha de la gente bienintencionada. Tal es el caso de jóvenes idealistas o personas de buen corazón quienes anhelan un mejor país. Ellos, por desgracia, se dejan embaucar y dejan su destino en manos de charlatanes que en realidad persiguen otra cosa; el beneficio personal enmascarado en una retórica colectivista.

Los activistas se apoyan entre ellos. Tienden lazos y hacen crecer la simulación. Forman frentes comunes para reforzar un carnaval del patetismo.

Que no se malinterprete. Hay espíritus muy valiosos que luchan genuinamente por un mundo mejor. Los que trabajan, los que arman proyectos, los que se arriesgan, los que se sacrifican, los que comparten su riqueza con los más desfavorecidos, los que lo abandonan todo para luchar sin esperar beneficios. Son ellos a los que hay que respetar, a los altruistas que se parten el lomo, no al enésimo parásito que busca hacerse de dinero o de fama a costa de la desgracia ajena.

Los activistas son expertos, eso sí, en justificarse. A fin de cuentas es lo único que les permite vivir del cuento. Se inventan numerosos embustes para llevar recursos a sus bolsillos. No tienen ningún escrúpulo con ello. En sus ecuaciones meten a gente de escasos recursos, con serios problemas de adicciones o a quienes desesperados están en busca de justicia. Los usan como rehenes, ¿qué desalmado va negarles un moche o una cooperación si se amparan en ellos?

Los impostores forman brigadas y promueven ferias de arte, conciertos y prometen agendas supuestamente incluyentes. ¿El triste revés? No consiguen beneficios tangibles, cuantificables y que iluminen el panorama a largo plazo. Juegan al tonto, y tiran el dinero de terceros que podría ser funcional en manos de verdaderos profesionales.

Su hábitat natural es la plaza pública a la que acaparan con pancartas y reclamos vacíos. También gustan de escribir poemas nutridos de demagogia y cursilería. No dudan en usar la trova cuando es necesario pisar el acelerador.

El activismo, junto a la política, se ha vuelto el más frecuente refugio de los impresentables. Arribistas sin ninguna otra ocupación que se aprovechan de situaciones que urge componer, pero que más bien empeoran a través de revanchismo, intereses ególatras y confrontación rancia. Ya es hora de quitarles los reflectores y mejor voltear hacia contrapesos reales que ponen un freno a quienes abusan del poder.

 

commi

Leonard Cohen: memorias de un amante sinuoso

Lcohen

En algún punto de los años ochenta, el siguiente anuncio apareció en la sección de Anuncios Clasificados en un periódico de San Francisco:

SIN MIEDO

Soltera, blanca, 30 años, atractiva (eso creo), busca la nobleza de Leonard Cohen, la severa crudeza de Iggy Pop. Un hombre que sea atractivo para sí mismo. Intuición sin súplicas. Alguien que haga sus propios planes, sin importar a lo que se dedique

Una mujer desconocida buscaba a su pareja ideal. Un hombre que combinara la clase del poeta canadiense con la rudeza del rockero americano. Sonaba bien, desde luego, aunque ambos tipos eran tan irrepetibles que era difícil de dar con alguien así. El mensaje añadía un modo de contacto. El asunto se hubiera quedado en poco, de no haber sido por un detalle: el mensaje llegó a los ojos de Leonard Cohen.

En vez de pasar la oferta, el flamante artista con años de trayectoria y prestigio internacional se emocionó. Decidió llamar por teléfono a Iggy Pop, quien se encontraba en Los Ángeles y a quien conocía de años atrás.

Era tarde por la noche, Iggy Pop levantó el teléfono extrañado, no sabía quién podría llamarle a esas horas. Pero de inmediato reconoció aquella voz profunda del otro lado. “Ven, tengo el anuncio personal de una chica que busca un amante que conjunte la energía salvaje de Iggy Pop con la elegancia de Leonard Cohen. Creo que debemos responder juntos como equipo”.

La respuesta de Iggy Pop no fue positiva y reveló la diferencia que había entre superficie e interior. Mientras el de Michigan había labrado una carrera a través una supuesta imagen de valentía y desenfreno, la realidad no era tan así. “Leonard, no puedo. Estoy casado, vas a tener que hacer esto por tu cuenta”, le advirtió, y no dio seguimiento a lo ocurrido. Ya no supo si aquel viejo amigo había conseguido acostarse con una doncella anónima.

El hecho es que Leonard sí le contestó a aquella mujer. Y no solo eso, le envío una foto instantánea donde él e Iggy salían juntos en una cocina. Así le dio credibilidad a la misiva. Y aunque nunca terminaron por verse frente a frente, Cohen sí que le habló por teléfono y platicó un rato con ella.

El episodio da cuenta de la personalidad de Leonard Cohen. Un conquistador permanente que contaba con la debilidad de enamorarse de casi cualquier mujer que se cruzara en su camino. Esa inclinación nunca desapareció del todo. Sin importar el paso de los años ni la llegada de la fama, el canadiense mantuvo en todo momento un espacio en el corazón para cualquier mujer que pasara cerca de donde estaba.

No es casualidad que su obra lírica se centre, sobre todo, en el erotismo, la espiritualidad y lo íntimo, ahí en donde vivía las sensaciones de mayor intensidad.

Muy pronto en la vida quedó marcado por la suave caricia que representa la aparición de lo femenino. Cuando era un completo desconocido se enamoró de la empleada de una tienda de ropa. Se trataba de una mujer mayor llamada Marita La Fleche; él era un simple muchacho. Leonard intentó acercarse a ella: la cortejó, la invitó a salir, pero sus intentos lo condujeron invariablemente al fracaso. Había una distancia insalvable entre ambos. La dependienta un día lo paró en seco. No podían continuar, él era demasiado joven para ella. Le pidió que la buscara cuando creciera.

El contacto se perdió. No supo más de ella, pero la siguió pensando, le siguió guardando un rincón en la memoria. Años después, a modo de tributo y en un especie de grito desesperado, Leonard Cohen aprovechó su estancia en un café/bar de estilo parisino llamado Le Bristo para escribir un poema en una de las paredes:

MARITA,

POR FAVOR ENCUÉNTRAME

TENGO CASI 30 AÑOS

Quizás algún día ella lo vería, pensó. Sin embargo, el local cerró definitivamente en 1982.

El naufragio amoroso fue una constante en la vida de Leonard Cohen. Un hombre que jugaba las cartas de seductor, pero que no temía mostrarse como alguien vulnerable en sus creaciones. Alguien que a menudo se quedaba sin obtener lo que quería.

Una de sus mejores composiciones, quizás la principal de ellas, “Famous Blue Raincoat”, trata sobre un triángulo amoroso donde el protagonista agradece al amante de su mujer por haber logrado lo que él nunca pudo, quitarle la preocupación de la mirada.

El abandono fue más habitual en Leonard Cohen de lo que podía llegar a aparentar. “Mi fama de mujeriego fue un chiste que me hizo reír con amargura durante esas diez mil noches que pasé en soledad”, confesó en uno de sus poemas. Gran parte de sus ligues y flirteos provenían de un deseo que permanecía reprimido. Buscaba que de algún modo alguien saciara la sed que le removía el corazón. Y no obstante su estatus, talento y estilo, tenía más fracasos que éxitos. En alguna otra de sus líneas mencionaba que podía notar cómo su presencia pasaba de largo para las mujeres. Percibía el desprecio en sus ojos.

Eso sí, nunca dejó de intentarlo. Veía al sexo opuesto de un modo casi ceremonial. “Si necesitas de un amante,/ haré todo lo que me pidas./ Y si necesitas otro tipo de amor, / me cubriré con una máscara”, prometía en una de sus canciones más famosas, en donde también acababa por admitir lo mal que le iba, lo mucho que fallaba. “He avanzado a través de promesas hacia a ti, / promesas que no he logrado cumplir”.

Cohen no tenía la mejor concepción de sí mismo. Detrás de la humildad escondía inseguridades y dudas sobre el papel que jugaba en el mundo. El ser aclamado por multitudes no lo cambió en absoluto y pese a lo enamoradizo y a la debilidad que guardó en general para las mujeres, tuvo un respeto religioso por aquellas musas que le brindaron atención y cariño.

La más célebre de ellas fue Marianne Ihlen, la inspiración de una buena cantidad de sus escritos. La conoció en Grecia, ella tenía un hijo de siete años y pasaba por una ruptura sentimental que la dejó abatida. Fue el poeta canadiense quien la sacó adelante. En cuanto se cruzaron hubo complicidad compartida. Y aunque no duraron siempre juntos, guardaron aprecio el uno por el otro hasta el final.

En 2016, cuando informaron a Leonard Cohen que Marianne estaba muy enferma y en las últimas, decidió enviarle una carta… que no era de despedida.

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. (…) Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino”.

Marianne alcanzó a leer la carta poco antes de morir. Testigos afirman que sonrió y alzó la mano al concluirla. Leonard Cohen tardaría todavía unos meses en alcanzarla. Lo cual cumplió finalmente como todo un caballero.

Nos conocimos cuando éramos jóvenes

en el fondo de un parque de lilas

me tomaste como si fuera un crucifijo

mientras arrodillados atravesábamos la obscuridad…

—Leonard Cohen, “So Long, Marianne” (1967).

Roberto Bolaño, aquel perro romántico

RobertoBolaño

Roberto Bolaño era un hombre enamorado. Un hombre enamorado de las mujeres, enamorado de los amigos, enamorado de sus hijos. Al amor por las mujeres lo predisponía de un modo particular, un tanto como lo hacía en general con su propia vida, un tormento deliberado al que el chileno tenía por un motor de la literatura. Bolaño guardaba una idea romántica del dolor, creía que pasarlo mal era parte de la condena que un escritor debía estar dispuesto a pagar. La pobreza, el abandono, la autodestrucción, eran elementos de una ecuación formada para sí. Una manera de labrar una mitología personal que lo sigue persiguiendo años después de su muerte.

El escritor chileno comía poco, fumaba mucho y escribía bastante más. En eso se le iban los días. Los pequeños huecos libres que le restaban en cada jornada eran destinados para otra de las fuentes de su inspiración: conversar con amigos, enviar cartas, hablar por teléfono con gente que llevaba años sin ver. A partir de los intercambios elaboraba historias. Quienes le conocían de verdad estaban seguros de que eventualmente algunas de las anécdotas compartidas podrían aparecer en sus libros. Sería fácil verse reflejados en páginas que deambulaban por las librerías, solo había que esperar.

Hubo una aparición que cambió a Bolaño de lleno. Fue Lisa Johnson, uno de sus primeros amores. La encontró en los tiempos de juventud transcurridos en la Ciudad de México. Sería una relación corta e intensa, la paleta emocional que le conformaría. Ella era hija de una señora estadounidense, gente de intelectualidad y prosapia en días donde Bolaño no era más que un muchachillo de aspecto harapiento. Un soñador que robaba libros para alimentarse. Bolaño se enamoró de Lisa y se la robó, como se suele decir. Se fue con ella a vivir al cuartucho de una casita donde todo fue hermoso hasta que, una buena mañana, la madre llegó para recuperar a su jovencita. Le hizo saber a su hija que tal tipito era un escritor y que eso no le dejaría nada bueno. ‘Qué ganas con un escritor que no tiene nada’, le decía. Probablemente tenía razón.

Bolaño quedó demolido tras la ruptura. Regresó a la soledad y al abandono de la habitación. Un día su madre escuchó unos ruidos raros que provenía de aquella alcoba, una especie de murmullo que la preocupó. Tocó la puerta y aguardó unos segundos. Como el hijo no abrió, decidió entrar. Ahí estaba Robertito, retorciéndose en la cama, doliéndose con quejidos, echando espuma por la boca: se había empastillado en un torpe intento de suicidio. Tuvieron que llevarlo al hospital para un lavado de estómago, como se recuerda en el libro El hijo de Míster Playa de Mónica Maristain.

Aun con lo dramático de la escena, el episodio le dejó una lección importante. A partir de entonces, el autor de “Los detectives salvajes” dejó de derrumbarse en cada nueva relación. Optó, más bien, por ver en los noviazgos a un parque de diversiones en donde podía desfogar lo más intenso. Las mujeres, los amigos y la gente de la calle nutrían su pulso creativo. León Bolaño, padre del flamante escritor, recordaba el impacto que Lisa Johnson supuso en la percepción de Roberto. «Vivieron juntos, pero la madre de ella los separó.. Quedó muy mal. No dormía, estaba muy enamorado y pensó matarse. Lo convencí de que matarse por una mujer es una pendejada», relató en una entrevista para La Tercera.

El fantasma de Lisa Johnson le acompañó toda la vida. De algún modo sentía que le había fallado, que la había tratado mal. Pese a la separación, el paso del tiempo y los kilómetros de circunstancias que los alejaron (Bolaño se asentaría en Europa de forma definitiva hasta su muerte en 2003), intentó siempre una reconciliación. De manera desesperada, sobre todo cuando su salud se deterioró, preguntaba entre compañeros por ella, quería pedirle perdón, remediar lo que ya no podía zanjarse en absoluto. Nunca lo consiguió. Lisa Johnson no quiso saber más de su antigua pareja y hasta la fecha, a diferencia de muchos otros oportunistas, no ha soltado ni una palabra sobre lo que vivió con el ahora tan afamado autor.

La relación de Bolaño con México fue la que marcó con fuego su literatura. Sus dos obras cumbre están íntimamente ligadas al país en donde pasó el auge de la juventud y el sitio al que reconstruyó para elaborar relatos y novelas. Pese a ello, luego de mudarse a Barcelona, nunca quiso volver a habitar de manera prolongada las tierras mexicanas. Se dice que lo hizo para no borrar el encanto. Prefería mantener la imagen que tuvo alguna vez de todas esas calles que tenía vivas en imaginaciones, antes de regresar e intentar recobrar lo que ya no estaba ni estaría más allí. Sabía que la realidad siempre perdería ante las dulces memorias a las que era mejor dejar intactas antes que estroperlas con golpes de actualidad.

De nuevo, Bolaño era un enamoradizo. Se enamoraba de las ciudades y no de su lado amable, sino de la sordidez, lo mismo que le ocurría con las personas. Tendía a poner la mirada ante los derrotados, los enfermos, las ciudades caóticas y de caras múltiples. De ahí que en su momento abortara el plan que tenía de vivir en Suecia; se quedó en Barcelona, un poco más compatible con su temblor interior.

Pero a fin de cuentas lo que sentía era amor, un amor que buscaba dirigir ante quien pudiera. No dejaba pasar a ninguna dama de largo, sentía que no podía dejarlas ir así como así. Coqueteaba, les planteaba retos, buscaba dejar una marca en ellas. Al final todo quedaba en un plan más o menos superficial. Salvo por casos contados, como el de Carolina López, la madre de sus dos hijos, con quien al final llevó una relación abierta. También el de Carmen Pérez Vega, la última mujer de su vida. “[Roberto] era una persona seductora, con una especie de misterio que no sabes definir” decía ella. La conoció fortuitamente en un tren; era la época en la que preparaba “Los detectives salvajes” que lo dispararía a la fama. Su forma de conquistarla iba en consonancia con lo que hacía desde la pluma. Por casualidad, Bolaño llevaba una copia de su novela “Estrella distante”, y se la dedicó. Carmen lo había prendado, aunque al final conversaron muy poco. Ella no lo conocía, no le había leído nunca, la atrajo no obstante por aquella personalidad y porque en el camino de regreso a casa, ya a solas, se vio maravillada por “Estrella distante” que le había obsequiado aquel latinoamericano tan raruno. En una entrevista de Mónica Maristain contó cómo se enlazaron. “No me digas por qué, pero yo anoté su dirección y él mi número telefónico. Le dije que cuando acabara el libro le iba a escribir. Al cabo de tres semanas, eso hice. Y él, a los quince días, me llamó. Al principio no lo reconocí para nada y él se reía con una risa que era cascada como su voz, una risa rota. “¿No sabes quién soy?”, me preguntaba. “Soy Roberto.”

Era el perro romántico, como se titulaba uno de sus libros. El nervio, el malnutrido, el rabioso y tierno, como decía un poema. En el camino de los perros mi alma encontró/ a mi corazón. Destrozado, pero vivo, / sucio, mal vestido y lleno de amor.

Sibylle Baier. El tesoro de la intimidad

Sibylle baier

A principios de los años setenta una chica alemana llamada Sibylle Baier se puso a grabar de forma casera algunas canciones que tenía en mente. Pequeñas viñetas acústicas que remiten a Jean Ritchie y al primer Leonard Cohen.

Los temas quedaron grabados para sí misma y poco más. Los repartió entre familiares y amigos cercanos. No tenía mayores pretensiones. Por aquella época también coqueteó con el cine e hizo un papel menor en una película de Wim Wenders, quien era parte de su círculo íntimo, el de un grupo de jóvenes germánicos interesados en el arte. Luego desapareció. No quiso seguir una carrera artística y se centró en llevar una vida común y corriente al lado de su esposo e hijos en un nuevo lugar: Estados Unidos.

No queda muy claro por qué tomó tal decisión. Se convirtió en una figura anónima durante décadas. Hasta que en el año 2006 uno de sus hijos, Robby, encontró aquellas cintas que su madre había grabado de joven 35 años atrás.

Al escuchar las canciones Robby quedó pasmado. El material era de una calidad sorprendente, como si perteneciera a un artista consagrado. Pero no. Era simplemente su madre. Una genio que no había alardeado por lo que ella consideraba un simple divertimento de juventud. El juicio de Robby distaba de ser una distorsión sentimental; él tenía la autoridad para juzgarlo con oído objetivo. Después de todo se había educado en América, en donde tuvo la formación de músico y productor.

La gran cualidad de aquellas piezas registradas a lo largo de tres años era precisamente que nunca buscaron llegar a un gran público. En ellas está el juego de quien es libre y puede dejar que el pecho cante sin presiones. Sin el ansia de tener que llenar expectativa alguna, cada línea funcionaba a modo de un diario íntimo aderezado por la suavidad de quien persigue el tono apropiado para que brote la miel.

El comienzo de la aventura musical estuvo relacionado con la depresión que Sibylle Baier padeció en la adolescencia. Sin saber muy bien de qué trataba todo aquello que le hacía cuestionar sobre la importancia de vivir o morir, se recluyó en la comodidad de una habitación propia hasta que sus amigos, preocupados, la forzaron a salir de la cama para emprender un viaje por Estrasburgo. Algo cambió entonces. A su regreso compuso la primera de sus canciones. Se titulaba “Remember the Day”, en donde ya veía el pesar como un asunto zanjado. Recordaba los días que fueron malos con la ternura de quien sabe del sufrir.

Fue la naturaleza, el dejar de pensar tanto, lo que le ayudó a salir adelante. Dejó la conciencia de sí misma —ese agobio—  para centrarse en los estímulos que ofrece el mundo exterior. El viaje la hizo espabilar. Como indica en la letra de “Remember the Day”, ya no se preguntaba lo que era bueno o lo que era malo, se limitó a contemplar la inmensidad del mar, se dejó llevar por el placer de la lejanía y el olor del agua que dominaba el ambiente. Una emoción difícil de comunicar.

El hijo tenía ante sí un tesoro. Procedió a digitalizar el material y a quemar CD’s para repartirlos entre la familia.El resto de su círculo debía enterarse de lo que esa mujer era capaz. Lo demás es historia. Uno de los CD’s fue a parar a manos de J Mascis de Dinosaur Jr, quien intercedió para que un pequeño sello independiente (Orange Twin), lo publicara bajo el título “Colour Green”.

Así eran las canciones, de color verde. Rastros de dulzura en la vegetación. Taciturna calidez para escuchar en la soledad de una tarde de otoño. O, como máximo, en compañía de una persona nada más, alguien que debe ser especial, sensible, en sintonía con el manto de emociones que se desbordan.

El contenido del álbum se disfruta por la brevedad. Cada palabra está medida. No hay nada que sobre y en consonancia con la secrecía de la autora, se mantiene lejos de la egolatría, a sabiendas de que el silencio y los espacios en blanco son el arma secreta del estilo. Por ello, aun cuando el gran público supo de ella, no cedió a la tentación de los reflectores. Se mantuvo callada, sin ofrecer entrevista alguna ni protagonizar un documental reivindicativo sobre su legado, al que algunos comparan con el de Nick Drake. La respuesta definitiva está acaso en una de sus composiciones que, no por casualidad, es la última del disco. “Descansamos más allá de las palabras / Así que deja lo mejor sin decir”.

Hubo, no obstante, una excepción. En el año 2006, Wim Wenders, ya como un cineasta consagrado y ganador de la Palma de Oro, entre otros galardones, caminaba por la calle, cuando en una tienda de discos topó con una imagen promocional de alguien que él conocía. Era ella: Sibylle Baier, su amiga de juventud. Alguien había lanzado un disco con las canciones que él poseía dentro de su arcón de joyas. Después de enterarse de aquello, Wenders contactó a la compositora y la convenció para que escribiera una canción para el que sería su siguiente largometraje (Palermo Shooting). Sibylle accedió a hacerle el favor a su viejo amigo y compuso la preciosa “Let Us Know”. El tiempo había pasado, se le notaba en la voz, pero el instinto seguía intacto.

Sibylle Baier es un talento enorme que nunca fue consciente del valor que tenía o que simplemente prefirió darle la espalda en pos de horizontes de menor resonancia pero que son igual de válidos. Una historia similar a la de muchas mujeres que por diversos factores y circunstancias se dejan llevar por otra corriente, privándonos así, por desgracia, del hermoso jardín interior que llevan a cuestas.

Una noche con James Richardson

No hace mucho tiempo James Richardson tocaba ante decenas de miles de personas como parte de MGMT en el festival de Glastonbury. Aquello era una fiesta. La multitud gritaba y se movía al ritmo de las canciones; aun como masa, la ropa colorida y estrafalaria hacía que cada uno de los presentes luciera como alguien peculiar, si es que se tenía la disposición de prestarles atención con una mirada fija. Una bailarina hawaiana por aquí, algún dandy con glitter por allá, un bufón que repartía flores en algún otro lado. Un pequeño universo se conjugaba en torno a la magia de unas canciones.

Esta vez, una noche de abril de 2018, James Richardson se encontraba en un bar de San Luis Potosí que había sido inaugurado apenas tres semanas antes, seleccionando canciones desde una computadora para un grupo reducido de bebedores que platicaban entre ellos sin prestar demasiada atención desde sus respectivas mesas. Pero James Richardson no lucía insatisfecho ni atendía a su trabajo con desgana. Él, habituado a grandes audiencias, estaba centrado en lo suyo, disparando algunas piezas desde la barra para las quince personas que estábamos ahí.

Dada la imagen, era necesario preguntarse cómo aquello era posible. Cómo es que él había llegado de pronto a una ciudad de provincia mexicana para poner “New York City Boy” de los Pet Shop Boys en un local llamado “La taberna del minero”, antes de que los dueños del lugar apagaran las luces por temor a que las autoridades les clausuraran el negocio por sobrepasarse del horario reglamentario.

La respuesta tenía nombre. El evento era auspiciado por Stoned Valley, una compañía local organizadora de eventos que se ha dado a la tarea de traer artistas que hacen las delicias de aquellos que gustan de la música alternativa. La estrategia logística es tan compleja como astuta: se toma provecho de la red que a nivel nacional se ha establecido entre productores afines a la noche.

Raúl González, un joven empresario potosino, es parte de ese equipo. Una noche antes logró junto a sus socios llevar a James Richardson y Bosco Delrey a otro recinto de San Luis Potosí, donde ambos, con éxito, dieron sesiones de DJ. Un grupo nutrido de jóvenes pudieron deleitarse con una selección de música que, a modo de travesía, movió sus figuras de un lado a otro.

La labor de un pinchadiscos tiene mucho poder, a base de pocos movimientos es capaz de manejar las emociones del público a su antojo. Pasarlos de la euforia al temple, de la agresividad a la dulzura. Del llanto al amor. La clave es atinar en la ruta. Ascender al frenesí sin turbulencias o descender a los instintos sin pausa alguna. La tarea implica mucha responsabilidad. Puede catapultar a una persona, como decía Indeep en esa vieja composición titulada “anoche un DJ salvó mi vida”. Pero una mala actuación también puede estropear la mejor de las veladas, como apuntaba Morrissey en aquellas memorables líneas:  “cuelguen al aclamado DJ porque la música que pone constantemente no dice nada acerca de mi vida”.

James Richardson es un tipo afable, de cabello largo  y piel levemente rosada. Tiene la cara de un niño, un conjunto que lo hace parecer un personaje que bien pudo salir en That ’70s Show. Quienes lo conocen destacan su carisma. Un coolness con el que ha logrado de hacerse de grandes amistades. No es casualidad que la mancuerna creativa de MGMT (Andrew VanWyngarden/Ben Goldwasser) le haya dedicado una canción en el último de sus álbumes (Little Dark Age, 2018), y que pese a su presencia no regular en  las labores de estudio de la banda, todavía sea requerido en las actuaciones en vivo como un indispensable, desenvolviéndose desde la guitarra o la teclados.

“James, si necesitas de un amigo / ven por aquí / ni siquiera necesitas tocar / estaré en casa / y la puerta estará siempre abierta para ti”, dice la letra que le dedicaron. James es alguien entrañable a quien deseas tener dentro de tu equipo.

En aquella primera presentación en San Luis Potosí ya era posible percibir, a distancia, que James Richardson era un tipo simpático. Alguien sin imposturas ni soberbia. Alguien que sabía del estatus de “Kids” como un himno, y que por ello la puso a sonar en las bocinas, por choteada que esté, evitándose así la horrible esnobería de omitirla. Más aún, sonrió al ver las reacciones de los espectadores, quienes de pronto se catapultaron al escucharla.

Sin embargo, sobre todo pude darme cuenta de que era un buen tipo al día siguiente, en ese bar de quince personas, donde lo pude conocer de cerca gracias a la intercesión del propio Raúl González, quien me invitó a departir con ellos. Al terminar con el compromiso caminamos por las calles del Centro Histórico de San Luis Potosí en busca de algún otro plan. También nos acompañaba Bosco Delrey, un socio de Raúl y una chica de Puebla muy agradable cuyo nombre no recuerdo.

Al final no encontramos nada decente donde proseguir la fiesta. James Richardson y Bosco Delrey manifestaron estar cansados, y preferían regresar a su hotel para beber algo en comodidad. Teníamos que acompañarlos. El trayecto fue a pie, por la avenida Carranza. Y fue entonces que aproveché para platicar con los dos invitados extranjeros.

Recordé que Bosco Delrey era de Nueva Jersey, así que para borrar el silencio apliqué un recurso, preguntarle sobre algunos de sus paisanos: Bruce Springsteen y Tony Soprano. El hielo se rompió así. James Richardson también era fanático de la serie de David Chase y procedimos a comentar sobre algunos personajes, en especial sobre las señoritas que despertaban igual encanto entre los presentes. Meadow Soprano y Adriana La Cerva fueron evocadas en aquel par de kilómetros emprendidos por la comitiva. Bosco Delrey valoró a Bruce Springsteen, en especial, como cabía esperarse, por sus actuaciones en directo.

Al llegar al hotel Bosco Delrey se disculpó y se retiró a su habitación. Estaba agotado. James Richardson también lo estaba, luego de varios días de viaje y fiesta, pero por alguna razón nos acompañó un rato más. En una sala procedimos a platicar. Y fue entonces cuando se reveló lo mejor de la personalidad de aquel músico, quien después de haber convivido con un montón de celebridades, charlaba con nosotros como uno más, escuchando atento lo que decíamos e hilando historias y frases cuando lo creía necesario. En algún momento dijo noséqué de Corea del Norte, país que le gustaría visitar. Y celebró la comida de alguna otra ciudad. Mencionó su cerveza favorita, a pregunta expresa… la réplica se disipó entre muchas otras memorias.

Para amenizar el momento, y ante la falta de alguna radio o bocinas decentes, puse algunas canciones en el celular. James Richardson conoció así a Hombres G y Alaska y Dinarama. En cierto momento sonó “In Dreams” de Roy Orbison. Y desde los primeros acordes James Richardson imitó al gran Frank Booth de Dennis Hopper. “Blue Velvet”, dijimos al unísono, en otra complicidad del mundo pop. Un poco más al rato sonó “He venido A Pedirte Perdón” de Juan Gabriel. El DJ ya era otro.

jamesrichardson