Jack Kerouac: la soledad del escritor

En torno a la generación beat se ha tejido una mitología que no siempre casa con la realidad. Y está bien que así sea. El romanticismo es valioso en el ritual del lector. Aquella camada de inconformistas removió las aguas culturales a mediados del siglo XX. Su aporte fue más allá de las letras, fue una renovada concepción de lo que debía ser la vida. En ellos se encuentra concentradas las grandes aspiraciones de la juventud. La liberación, la juerga infinita y los viajes en carretera.

No obstante, los beat no fueron tan gregarios o unidos como a lo lejos podría parecer. Así lo constata la posición de Jack Kerouac, figura central del movimiento. Un ejemplo del escritor que desconfía de las multitudes y que prefiere refugiarse en una habitación vacía. El personaje que hizo de sí mismo a través de sus novelas estuvo basado tan solo en una pequeña porción de los hechos reales. La mayor parte de sus días, en realidad, fueron los de un hombre solitario, apegado a la figura materna y que veía con recelo a sus coetáneos.

La vocación literaria le había venido del lado familiar. Su padre tuvo un pequeño periódico entre los años veinte y parte de los años treinta en Lowell, Massachusetts. Se llamaba The Spotlight, gracias al cual fue testigo de las posibilidades de la letra impresa. El joven Kerouac en un principio quiso ser periodista deportivo, un área que le encantaba. Pese al aura bohemia, casi espiritual que se le suele atribuir, era también un gran consumidor de placeres mundanos. Así lo refleja una entrada de su vasto diario: antes prefería un partido de béisbol que una filosofía anodina.

Joyce Johnson ofrece pistas adicionales respecto a la personalidad de Jack Kerouac. Su visión es importante ya que ambos iniciaron un noviazgo poco antes de la publicación de En el camino que en 1957 trajo la fama absoluta. Eran las tardes de pobreza. Joyce Johnson pagaba la cuenta cuando salían a comer,  ante la resignación de su compañero. Lo que le mantenía la dignidad a flote era la confianza que tenía en su propio talento. Kerouac estaba seguro de que llegaría el día en que podría retribuir lo que ella hacía por él en ese periodo de limbo. Pero la relación no prosperó. Nunca se casaron ni profundizaron como ella hubiera querido. Joyce Johnson padeció en carne propia la marca que distinguía al escritor: el desapego, una costumbre que no perdió nunca.  Kerouac era una sombra que constantemente desaparecía. Daba la libertad como condena: idas y venidas ahí cuando la pareja requería compromiso. Provocaba frustración.

Kerouac se tiraba, claro, a grandes odiseas alrededor de su país (y en el extranjero)  y era partícipe de reuniones  frenéticas; de ahí sacaba inspiración para sus historias. Sin embargo, alternaba tales episodios con periodos prolongados de aislamiento, en los que era capaz de recluirse en una montaña durante semanas sin hablar ni ver a nadie, otorgando cada partícula de su cuerpo a la máquina de escribir. Para no derrumbarse, canturreaba canciones de Frank Sinatra que le ofrecían la calidez suficiente para aguantar el desierto de cada jornada.

El escenario más relevante para el confinamiento era la casa familiar, a la que volvía de manera recurrente en busca de paz. Llegó el punto en que el regreso se volvió definitivo. El manto protector de Gabrielle, su madre, era vital para que mantuviera el temple. Cuando las regalías de los libros  aumentaron, Jack Kerouac compró una propiedad para estar con ella.   Su padre había muerto en 1946. Gabrielle le prohibía ciertas compañías, como la de Allen Ginsberg y William Burroughs, a los que veía como una mala influencia para su pequeño. Un retoño que ya pasaba de los treintaicinco  años de edad. Gabrielle  tampoco permitía que amistades del sexo femenino le hicieran visitas extensas. Según le indicaban los designios católicos, mientras no hubiera matrimonio, hombre y mujer no podían pasar la noche juntos.

Para entonces Kerouac ya manifestaba hastío por el sentido de comunidad.  Era, pese a lo que pudiera creerse, un lobo solitario que mantenía en todo momento una distancia prudencial entre él y los demás. El apartamiento era un asunto sagrado. Incluso si se trataba de esquivar amores y amistades añejos. Tenía temporadas en las que no quería ver a nadie. Le chocaba que alguien como Allen Ginsberg  no supiera respetar su espacio. No toleraba que aquel viejo camarada se acercara cuando él más bien quería estar a solas. La relación entre ambos fue ambivalente, y en los últimos años hubo incluso animadversión cuando sus posiciones políticas se enfrentaron.

El ensimismamiento era el destino inevitable para alguien recluido dentro de las paredes emocionales. El mundo exterior no era más que una paleta de recursos para explorar las posibilidades creativas del ser, una marea por la que se dejaba absorber al ritmo de jazz. Aun así mantuvo una fascinación por la gente común, lo cual lo metía en las contradicciones propias de alguien complejo. Si gran parte de su mística se sostuvo en la cercanía con tipos locos y raros, esos que nunca bostezan y que tienen ganas de todo al mismo tiempo, ya en la madurez pareció cansarse, inclinándose más por la contemplación y la magia que hay en los ciudadanos de a pie.

El carácter anacoreta permitió a Kerouac tener una carrera prolífica. Era capaz de crear una novela entera en cuestión de días. En una ocasión escribió una obra de teatro con tres actos en veinticuatro horas. Su especialidad eran las sesiones maratónicas  donde machacaba el teclado como si no hubiera mañana. Despreciaba las correcciones y el trabajo del editor. Según su perspectiva, la primera versión era siempre la mejor de todas; cualquier cambio solo contaminaba, devenía en un parafraseo menor. La escritura fue el mayor de sus viajes. Una búsqueda por algo que no terminaba de alcanzar. Para aguantar el ritmo se volcó en los excesos, principalmente el consumo del alcohol. El cuerpo no le aguantó la marcha. Kerouac murió a los 47 años debido a una cirrosis. Vivía con Stella Sampas, la última de sus tres esposas. Y con su madre, la única mujer a la que en verdad amó.

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El rayo verde de Éric Rohmer

El rayo verde es un fenómeno visual  de poca duración que puede apreciarse en los instantes finales de la puesta del sol en el horizonte del mar. Se trata de un pequeño destello de color esmeralda que aparece cuando ciertas condiciones atmosféricas se coordinan, lo cual no sucede muy a menudo.

Julio Verne hizo una novela al respecto, Éric Rohmer una película. En Le Rayon Vert (1986) el director francés homenajea al portento natural y al literario con la historia de Delphine (interpretada Marie Rivière), una mujer sin el más mínimo gramo de confianza en sí misma, quien ve arruinadas sus vacaciones cuando una amiga la abandona de última hora, cancelando así los planes que habían trazado en conjunto. El imprevisto la deprime ya que se suma a las serie de fracasos que la han agobiado en la adultez. El contratiempo pone el dedo en la llaga, le recuerda el descenso en materia afectiva que ha padecido durante los últimos años. El destino no le ofrece tregua alguna.

Las personas inmersas en un caos emocional encuentran un escudo en la rutina. El trabajo es lo que los aferra a existir. Tener colegas, poco tiempo libre y labores en mente hace olvidar los conflictos internos. Las vacaciones pueden convertirse entonces en una condena que acentúa el vacío. Un balde de agua fría revuelta con realidad.  Los seres solitarios quedan a la intemperie, a la deriva.  Anhelan algún tipo de ocupación que les ancle a la vida o justifique su presencia en el mundo. Es lo que ocurre con la protagonista de esta historia que, con semanas libres por delante y sin nadie con quién compartirlas, entra en un conflicto existencial.

No importa que personas generosas desfilen a su alrededor: Delphine  es incapaz de valorarlo. Las heridas de una relación anterior siguen frescas en ella, lo que reditúa en una incapacidad  de conectar con quienes le tienden una mano. Está a la defensiva. Sufre de ansiedad al no lograr el éxito amoroso que el resto de los mortales parece tener y al que irónicamente aleja de manera inconsciente. Dentro de sí piensa que ya ha hecho lo posible para conseguir la plenitud social y que todo esfuerzo ha sido inútil. “Si tuviera algo que ofrecer la gente lo vería”, dice presa de la desesperación, sin percatarse de que las oportunidades ocurren a cada minuto para ser atrapadas por aquellos que tienen la disposición de la que ella carece.

Quienes hayan sentido alguna vez el mismo vacío interno, y la dificultad para encontrar el camino de las relaciones, considerarán a Le Rayon Vert una cinta entrañable. Como en otras de sus creaciones, Rohmer explota ese recurso tan poco socorrido en el cine (que suele estar más preocupado en la acumulación de sucesos excepcionales para diferenciarse de lo cotidiano), el de la normalidad a un modo casi documentalista.

Los diálogos (a veces sepultados por elementos externos como el ruido de las motos que pasan pitando  por ahí) en El rayo verde son improvisados por los actores luego de ligeras indicaciones de Rohmer, lo cual da paso a la espontaneidad del tino o el tropiezo. Hay escenas que tal vez se acerquen al desvarío pero que al final cobran —un sutil— sentido. Por ahí se encuentran también algunos  detalles de misterio que hacen recordar la admiración que el cineasta francés tenía por Hitchcock.

Le Rayon vert pertenece a la serie Comedias y Proverbios, una de las líneas temáticas que Rohmer planteó en su universo creativo. Desde su aparición ha sido una de las obras más aclamadas del director, quien la consideraba autobiográfica por verse identificado con el papel taciturno que cedió a Marie Rivière.

La encarnación de la soledad. La frustración de ver el éxito en personas consideradas inferiores y el ahogo de los intentos estériles. También el interpretar coincidencias como si fueran señales y aferrarse a ellas como último recurso ante la ausencia de otra clase de estímulos. Eso y más conforma a El Rayo Verdecinta deudora del mencionado fenómeno de la naturaleza, que al final se convierte en la punta de lanza para que Delphine recupere la ilusión, en una maravillosa toma que tardó meses en conseguirse (cuando el resto de la filmación ya había concluido), en donde Rohmer logra captar un momento que vale por la película entera.

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Publicado originalmente en la revista Spazz.

Un poema casi arreglado de Charles Bukowski

te veo beber de una fuente con tus diminutas
manos azules; no, tus manos no son diminutas
son pequeñas, y la fuente está en francia
donde me escribiste aquella última carta
a la que contesté sin que jamás volviera a saber nada de ti.
solías escribir poemas demenciales acerca de
ÁNGELES Y DIOS, todo en mayúsculas, y
conocías a artistas famosos y la mayoría de ellos
eran tus amantes, y yo te escribía, está bien,
hazlo, entra en sus vidas, no estoy celoso,
no nos conocemos en persona. una vez estuvimos cerca en
nueva orleans, a medio bloque tan solo, pero no nos vimos, nunca
nos tocamos. así que fuiste con los famosos y escribiste
acerca de los famosos, y, por su puesto, lo que descubriste
fue que los famosos están preocupados por
su fama —no de la joven muchacha que está en la cama
con ellos, la que se entrega, y luego despierta
en la mañana para escribir poemas en mayúsculas acerca de
ÁNGELES Y DIOS. sabemos que dios está muerto, nos
lo dijeron, pero al escucharte ya no estuve tan seguro. quizás
fueron las mayúsculas. fuiste una de las mejores
poetas y se lo dije a las revistas, a los editores,
“publíquenla, está loca pero hay magia
en ella. no hay falsedad en su fuego”. te amé
como un hombre ama a la mujer que nunca toca, a la que
solo escribe, de la que guarda unas cuantas fotografías. te
hubiera amado más si hubiera estado en una habitación enrollando
un cigarro mientras se escuchaba tu orinar en el baño,
pero eso nunca ocurrió. tus letras se volvieron más tristes.
tus amantes te traicionaron. pequeña, te escribí, todos los
amantes traicionan. pero no ayudó.  me dijiste que tenías
una banca para llorar que estaba cerca de un puente y
el puente estaba sobre un río y tú te sentabas cada noche en la banca
del llanto  y lagrimeabas por amantes que te habían
lastimado y olvidado. te escribí de regreso pero nunca
volviste. un amigo me informó de tu suicidio
3 o 4 meses luego de que ocurriera. si te hubiera conocido
probablemente hubiera sido injusto contigo o
tú lo hubieras sido conmigo. fue mejor así.

—Charles Bukowski.

Traducción: Carlos LM.

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Dean Martin en la encrucijada

Eran los tiempos de la beatlemanía durante la primera mitad de los años sesenta y, aunque casi todo el mundo estaba fascinado con el cuarteto de Liverpool, había un puñado de personas que no lo soportaban o que, cuando menos, lo veían con recelo, displicencia o envidia. El caso más representativo fue el de los crooners estadounidenses, que de pronto se vieron desplazados por esos jóvenes muchachos que venían del Reino Unido.  Frank Sinatra y Dean Martin no veían del todo bien que alguien llegara arrebatarles la atención de las mujeres y del gran público, similar a lo que también sintió Elvis Presley. Casi todos ellos cambiaron de perspectiva con el pasar de las primaveras. Sinatra cantó canciones de los Beatles, lo mismo que Bing Crosby y Elvis, quienes además gozaban de la admiración de los Fab four.

Dean Martin se cuece aparte. Fue el que más difícil tuvo aceptar que los tiempos habían cambiado. La competencia en los sesenta de pronto se vio dominada por gente extravagante de tendencias hippies, lo cual era incomprensible para un tipo chapado a la antigua como él, un hijo de inmigrantes italianos que gustaba del cabello corto y dejarse de tonterías (salvo en las noches de copas… casi todas). La animadversión fue tal que alguna vez en un programa de televisión entonó, junto a otros personajes, un tema medio en broma, medio en serio, en que se escuchaba “I hate the Beatles…“.

En 1964 el panorama era nebuloso para Dean Martin. Parecía que el futuro había barrido con tipos de su estirpe. Era imposible escapar de los nuevos fenómenos. Ni siquiera su hijo, Dino Jr., lo hacía; para colmo del cantante, en casa tenía a un gran fan de aquellos melenudos. El padre tenía que soportar a diario a ese muchacho que canturreaba “She Loves You” y otras joyas desde su habitación o en la cocina. Un simbólico acto de parricidio o un golpe a la vanidad, como cuando la chica de tu interés se ve encandilada por el nuevo alumno de la escuela para olvidarse de ti.

La crisis de Dean Martin se acentuaba por el hecho de que llevaba seis años sin conseguir un solo hit. El cuadro no invitaba al optimismo. La gente ya buscaba otras cosas. Y él tenía casi cincuenta años. Parecía que su época ya había pasado. Era un fósil, alguien que ya no pertenecía. Pero entonces llegó uno de esos momentos de reivindicación que ofrece la vida si uno mantiene el dedo en el renglón y permanece atento a las oportunidades.

Durante las sesiones de Dream with Dean (1964), el pianista Ken Lane sugirió a Dean Martin probar una canción llamada “Everybody Loves Somebody”. Se trataba de una pieza del lejano 1947 que el propio Lane había compuesto al lado de Sam Coslow e Irving Taylor. Una tonada agradable de la vieja escuela que sin embargo no había tenido mayor trascendencia hasta el momento, pese a que había sido interpretada por figuras de la talla de Frank Sinatra y Peggy Lee. No estaba presupuestado que fuera un highlight del disco,  simplemente había que buscar algo de relleno para completar las doce canciones requeridas para el proyecto. Y “Everybody Loves Somebody” podía cumplir con el cometido.  Sin ser una apuesta ambiciosa,  al reloj les faltaba una tuerca y no estaba de más practicar con una reliquia.

La prueba funcionó. Una versión austera en lo instrumental (preciosa, hay que decirlo) de “Everybody Loves Somebody” entró en el álbum. La insistencia de Jeanne Biegger —la esposa de Dean— fue clave para que fuera incluida en el corte final, como señala Javier Márquez en el libro Rat Pack. Viviendo a su manera. Fue la primera en enamorarse de la melodía.

No obstante, Dean Martin seguía con una espina clavada. Y esa canción en particular le seguía atrayendo (lo curioso es que en un principio la vio con escepticismo). Sentía un raro magnetismo hacia ella. Era posible sacarle más jugo, según creía. Si bien su carrera no pasaba por el mejor momento, el orgullo de Dean permanecía vivo, solo requería dar un golpe de autoridad en la mesa.  Acaso la invasión británica, de forma indirecta, contribuyó a sacar lo mejor de él y su equipo. El valor de un hombre se puede medir por la reacción que tiene cuando está contra las cuerdas. Y aunque la escena musical parecía relegarlo,  el cantante decidió seguir en combate por un round más.

Fue así que se decidió grabar una versión alternativa de “Everybody Loves Somebody”, esta vez con un poco más de ritmo y con orquesta. Dean Martin conocía sus debilidades y sus fortalezas; estaba en el punto en el que no podía inventar nada más. Se decidió a recurrir al estilo de toda la vida, sin experimentar pero con todo su encanto y con la mejor hechura posible. La nueva adaptación resultó mágica (la manera en que Dino pronuncia If I had it in my power es un detalle maestro: vibrante, casi un farfullo; una muestra de los caudales creativos dentro de la ejecución). Su fuerza arrolladora despertó el entusiasmo de todos y Reprise Records (la discográfica fundada por Frank Sinatra a la que pertenecía) decidió lanzarla como sencillo, además de incluirla en una recopilación de ese mismo año.

Hay que tomar en cuenta que para Dean Martin era un asunto personal. Más que efectuar el oficio, lo que intentaba era seguir vigente entre la audiencia. No ser un mero galán para abuelitas. De ahí que se esmerara tanto. El desempeño le hizo recuperar la confianza. Una mañana, mientras salía de casa para dirigirse al estudio, le advirtió a su hijo, quien escuchaba a los Beatles: “Ya verás, sacaré a tus amiguitos de la lista de popularidad”. Y al final así fue. “Everybody Loves Somebody llegó al #1 de las listas de éxitos de Estados Unidos, desbancando a la brillante “A Hard Day’s Night” de The Beatles.

Everybody loves somebody sometime
And although my dream was overdue
Your love made it well worth waiting for
For someone like you…

Fue el primer número uno de Dean Martin. El mayor clásico de su repertorio. Lo consiguió a los 47 años de edad.

dean martinFoto: Sid Avery (1961).

Volantes, esa ficción

Hay un elemento curioso dentro del mundo publicitario: los volantes, breves folletos que nadie quiere, que de nada sirven y que sin embargo llevan décadas asolando a comunidades enteras. Seguro has topado con ellos. En cualquier centro urbano es posible encontrar repartidores que te ofrecen rectángulos de papel que llevan impresa alguna oferta. La mayoría de las veces una espectacular rebaja del 10% en el producto que menos necesitas en el momento. El resto del espacio es rellenado por colores chillantes y un listado de los servicios disponibles en el negocio en cuestión. El promedio de vida de estos anuncios es de aproximadamente minuto y medio, tiempo suficiente para que el receptor alcance a localizar el basurero más cercano.

El prestigio de los volantes es tan bajo que la gente los desecha sin siquiera leerlos. En ellos bien podría venir inscrita la receta de la eterna juventud o una propuesta matrimonial y daría lo mismo. Nadie les presta mayor atención. Hay un estigma muy fuerte en su contra. Solo hay dos circunstancias que prolongan la existencia de lo que pudo ser un desperdicio instantáneo: la aparición de un niño que aproveche el recurso para hacer un barquito de papel y el calor que puede transformar al volante en un abanico improvisado.

En vista de su exiguo rendimiento, ¿cómo es que algunos emprendedores siguen recurriendo a semejante artimaña para promover sus servicios? La explicación es sencilla. Por una convención internacional, por una tomadura de pelo de la que todos somos cómplices.

Piensa en la enorme cantidad de personas que se dedican a la industria del volanteo. En ella están involucrados impresores, transportistas, repartidores, cocineros, diseñadores, barrenderos, beisbolistas y un montón de especies añadidas. Si de pronto los folletos se abolieran el ecosistema capitalista podría colapsar, un acontecimiento inadmisible para todos aquellos que aspiran adquirir una pantalla de 60 pulgadas en abonos chiquitos.

De ahí que todos le hagamos al cuento, sostenemos la ficción según la cual los volantes son útiles e interesantes. Los recibimos con cara de que vamos a comprar lo que impulsan. Pero lo cierto es que no. Simplemente sostenemos un ritual que fue heredado por nuestros antepasados para así apoyar la economía de familias enteras.

Desconfía de los seres desalmados que rechazan los volantes. Son individuos sin consideración por el prójimo: traidores de la regla no escrita. El volante se acepta siempre, aunque sea para contribuir a que el pobre repartidor pueda regresar temprano a casa. Piénsalo, entregar un millar de papeletas relativas a una tienda de almohadas es muy complicado, una hazaña equiparable a anotar un gol de chilena. Los empleados del sector tienen que distribuir cada ejemplar antes de poder recibir un mísero sueldo que apenas y justifica las quemaduras del sol.  Lo mejor es ayudarles a cumplir con la tarea. Tomar lo que obsequian es, literal, quitarles un peso de encima, reducir una raya a su condena.

Aun así, dentro del mundo del volante hay dos extremos. El día y la noche. Uno es la excepción que funciona, el otro el que de plano se excede en su cualidad de inservible. En la primera categoría están los restaurantes. Un volante que promete alguna promoción de comida no está nada mal (sobre todo si incluye el número telefónico para pedir a domicilio), de hecho se atesora aunque nunca se utilice: el drama absoluto llega cuando la pizzería te informa que el cupón que habías reservado caducó en el lejano 2014.

El contraste, el colmo de lo vano e ineficaz,  está en esos tabloides gratuitos que únicamente ofrecen anuncios clasificados. En efecto, ni siquiera se esmeran en incluir un horóscopo o articulito para disimular. Se limitan a promover productos chatarra en al menos una docena de páginas, con lo cual el desastre ecológico se multiplica. Los materiales que utilizan para la elaboración del infame catálogo son tan pobres, tan descuidados, que el periódico espurio tiene un olor particular, como a veneno que podría intoxicar a un roedor desprevenido. Una abominación que no tiene perdón y que se cuece aparte, tanto así que no entra dentro del pacto de caballeros del que gozan los volantes tradicionales. Ni siquiera son aptos para cubrir la pipí de los perros.

No olvidemos la dinámica del volante clásico, el que se merece un respeto. Una bonita ficción. Al principio podrá calificarse como una molestia y en cierto modo lo es. Pero también es una costumbre de la que sería difícil prescindir. Sigamos simulando en su favor. A fin de cuentas el repartidor nos hacen sentir importantes, solicitados, nos da la atención que a menudo se niega en las calles.  Si nadie te extiende la mano ni tampoco escuchas una palabra de aliento, al menos es lindo saber que alguien repara en tu presencia quitándote la duda de si acaso no serás un fantasma. Tal es la cuestión: para ellos existes, tienes cara de ser alguien pudiente. Un halago que ya casi nadie te da.

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Álvaro Arbeloa. Uno de los nuestros

Álvaro Arbeloa, un hombre en toda la extensión de la palabra, se retira del futbol. Nunca fue el jugador más técnico (lo cual compensaba con pasión y disciplina), lo cual le costó muchas críticas, en especial al final de su carrera. Pero en él había un atributo poco frecuente y, por desgracia, en peligro de extinción. Me refiero al compromiso. Un compromiso dentro y fuera de la cancha. Tener a Arbeloa en tu equipo era tener a alguien dispuesto a morir por la camiseta. Un espartano que defendía al grupo hasta las últimas consecuencias, en cualquier momento, en cualquier escenario. Estaba ahí para los suyos incluso cuando ya no pertenecía a la plantilla. Nunca quiso ser políticamente correcto. No puso la otra mejilla ni volteó hacia otro lado cuando alguien cometía una falta de respeto. Eso le costó enemistades y la animadversión de figuras vomitivas, e incluso distanciamiento con compañeros de la selección española. Sin embargo Arbeloa siempre siguió a lo suyo. Plantando una sonrisa y dándolo todo de sí, fuera mucho o poco.

Ya lo he dicho en el pasado. Arbeloa está en mi top 10 de jugadores de la última década. Jugó en dos de mis tres equipos favoritos, el Liverpool y el Real Madrid (el otro es el Necaxa) y siempre vi cómo se entregaba en cuerpo y alma. Era todo corazón. Aunque se codeara con estrellas, en realidad era uno de los nuestros. Era un aficionado con los colores en la sangre. Con cualidades y limitaciones, era un embajador de todos aquellos que estaban en las gradas o de los que mirábamos por televisión.

En sus últimas entrevistas se nota que Arbeloa ya no era del todo feliz. Aunque existía la posibilidad de seguir jugando en EE.UU. o en alguna liga exótica para llenarse la cartera, ha preferido colgar los botines. Después de estar en el Real Madrid, el club de sus amores, debió resentir recalar en otro lugar muy distinto. Cualquier cosa le habría sabido a poco. De modo que ha optado por decir adiós. Por fortuna alcanzó estar ahí cuando el Madrid ganó su título más ansiado, la Décima Copa de Europa.

Aquella noche en Lisboa, donde el Madrid fulminó al Atleti con un dramático 4-1, Arbeloa tuvo un detalle que mostró su grandeza. Un gesto que lo convirtió en uno de los personajes más destacados del evento, sin siquiera jugar un solo minuto.

Al terminar el partido, Arbeloa se puso una camiseta para festejar la victoria. No era una camiseta relativa a una consigna política, ni tampoco alguna clase de reivindicación personal. Era una camiseta con la leyenda Live Forever, en honor a Juanan Palomino, un madridista (y devoto de Oasis) fallecido en el accidente ferroviario de Angrois, unos meses antes.

Juanan era un tipo carismático que se desvivía por el Madrid. Un fan de hueso colorado, de esos que se obsesionan por el deporte hasta el delirio. Un joven que ansiaba la llegada de la Décima Copa de Europa como lo manifestaba en sus redes sociales. Si alguien merecía estar en el estadio era él. La suya era una historia trágica que pudo caer en el olvido. Pero Arbeloa se encargó de que no fuera así. Rescató la figura de Juanan en plena celebración, cuando el resto de sus compañeros estaban centrados en sí mismos y en la gloria que les llegaba.

Juanan estuvo ahí en la mágica noche de Lisboa con una playera que lo identificaba. Todo porque Álvaro se acordó de él. Fue el único jugador de la plantilla en hacerlo. Con ese mítico Live Forever, que es un canto a la vida, pasó por la medalla y subió por la Orejona.

Xabi Alonso ha señalado las mayores características de Arbeloa: lucha y lealtad. Un espíritu que ha defendido sus creencias sin regatear un solo gramo de esfuerzo.

Lo dicho; aun con todo lo ganado, con todos los éxitos y todo el dinero, Arbeloa nunca perdió la perspectiva: era uno de los nuestros. Así lo fue mientras jugaba, y así lo seguirá haciendo en cualquier lugar al que se dirija.

Para algunos románticos, siempre será nuestro capitán.

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Andy Warhol: estrella de goma

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1977. Andy Warhol está arrodillado en una iglesia. El motivo de sus rezos es muy simple: le pide a Dios más dinero. No salud, no amor, no felicidad; el contacto espiritual tiene como fin el dinero. De pronto una señora se le acerca. Quiere una limosna. Y no solo eso, exige 10 dólares. Andy Warhol, que es una celebridad, le da una moneda de cinco centavos. La señora no se conforma y comienza a esculcarle los bolsillos, pero no encuentra nada más.

Con esta breve anécdota podemos adivinar mucho del protagonista.

Andy Warhol, surgido de las clases bajas, no fue nunca un gran intelectual. Lo fantástico es que nunca pretendió serlo. Al contrario: la relevancia de este artista, nacido en Pittsburgh e hijo de inmigrantes eslovacos, fue que se regodeó en sus limitaciones hasta apropiarse de lo cotidiano. Fue frontal en ello: era pura superficie, no había nada detrás. El gran mérito fue reconocer tal condición, a diferencia de la caterva de imitadores que en lo sucedáneo han intentado conferir profundidad a su propia obra a través de palabrería, más que por méritos técnicos o simbólicos.

Andy Warhol era el descaro, una actitud punky ante la vida a la que experimentaba como si no hubiera consecuencias, como si todo fuera un set de televisión. El fervor por los objetos del supermercado, por la cultura pop que se desmoronaba por dentro pero que jamás perdía el glamour. La filosofía del depressed but remarkably dressed. Estrellas que valían por su rostro antes que por cualquier otro factor humano. La transgresión contra lo que es considerado sagrado o solemne, y la repetición de lo serio hasta que perdiera significado. La obra de Warhol es cuestionable y puede gustar o no, pero vale la pena darle un repaso como una concepción del american dream. Igual un especie de péndulo entre Robert Rauschenberg y el ready-made duchampiano.

La tendencia comercial de Warhol ve productos en cualquier parte, lo mismo en una silla eléctrica que en un accidente automovilístico, todo vale para crear estampas coloridas; un desapego que pretende otra lectura, una muy simple si bien sugerente.  La priorización de la imagen anula el trasfondo. He ahí también la sordidez, un desfile del consumo. El  desastre acaba sepultado por la serigrafía.

Para quien guste de entrar en contacto con lo anterior,  el Museo Jumex  en Ciudad de México organizó la exposición Andy Warhol. Estrella oscura en colaboración con el curador Douglas Fogle, un esfuerzo loable en el que se hace un recorrido enfocado en los primeros años productivos del autor en los sesenta, por medio de más de cien trabajos (muchos de ellos iconos del siglo XX) provenientes de 18 museos e instituciones diferentes. Pinturas, filmes, dibujos, fotografías y material variado en un carrusel que se extiende en la totalidad del museo.

Andy Warhol era un tipo parco y extravagante que prefería inspirarse con una revista del corazón antes que con un tratado estético o maestro antiguo. Un hombre que escarbaba la belleza fuera donde fuera y que, como indica uno de los textos de la salas, añoraba reencarnar en un anillo de Elizabeth Taylor. Su ansia por la fama lo llevó a abandonar la industria publicitaria en donde destacó en la década de los cincuenta. Y vaya que consiguió trascender. Es alguien que, en definitiva, juega en su propia dimensión y cuyo encanto también radica en el personaje.   Si se va a la exposición con eso en mente, la visita ofrece recompensa, aunque el lugar esté atascado de gente y aunque las restricciones de seguridad sean excesivas a petición de los propietarios de las piezas (no se pueden tomar fotografías ni respirar demasiado).

No olvidar: alguna vez Andy Warhol besó a todas las chicas raras que se le acercaron en una fiesta solo para no parecer antipático. Acabó con la garganta inflamada, sí.

Otra víctima del siglo XX

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El cantante chileno Alex Anwandter ha acumulado triunfos desde el surgimiento de Teleradio Donoso, su primer proyecto musical. Los años han pasado desde entonces (la banda en cuestión, formada en 2005, ya no existe: desapareció en 2009), pero en cada una de sus etapas se ha mostrado como un artista completo, alguien que se involucra hasta en el último detalle de cualquier creación que vaya firmada con su nombre. Además de componer hits a mansalva, ha fungido como productor, cineasta y como vocero de minorías que a menudo pasan desapercibidas en el contexto de la canción latinoamericana. Es, en definitiva, una de las figuras más destacadas del continente, cuyo genio parece no agotarse y cuyos lanzamientos, ahora en solitario, despiertan entusiasmo allá por donde deambulan.

Una de las facetas más interesantes de Alex Anwandter es la de director de videoclips, un área a veces polémica en lo que se refiere a la industria musical. Muchos melómanos consideran que este tipo de representaciones son prescindibles, un mero artefacto de orden comercial que rompe con la abstracción que cada espectador debería labrarse por su cuenta; la deficiencia está en someter todo a una sola interpretación visual, anulando así el caleidoscopio. Para otros, los videos musicales son ideales para enriquecer la experiencia estética. Al respecto, habrá que buscar un equilibrio. El juicio dependerá de cuál sea la propuesta en específico; en algunas obras funcionará la pantalla, en otras no.

En el caso de Alex Anwandter los videoclips distan de ser un simple complemento, son pequeñas aventuras cinematográficas que amplifican una cosmovisión muy particular. Su discurso se concentra en el lado marginal de la sociedad, aquellos que desfilan mientras las buenas conciencias duermen. Pero no se equivoquen, no siempre muestra el lado romántico en torno a ello, también señala los vacíos, las resacas, las dudas, las crisis que se intercalan con el baile, las copas, la angustia del tiempo y alguna sonrisa malinterpretada.

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En este sentido, el video que mejor lo define es el de “Casa Latina”, lanzado en 2011 bajo una entidad de nombre Odisea, que más bien fue el inicio de su aventura como solista. Esta pequeña gema, un verdadero cortometraje, retrata la historia de tres mujeres alienadas, cada una hundida en sus propios infiernos personales: el de la represión del conservadurismo, el de la asfixia laboral y el de una preferencia incomprendida. Cada una de ellas es de un estrato social diferente y son de distintas edades. Comparten, eso sí, la soledad. La sensación de estar al borde, a punto de tirar la toalla.

Una de las protagonistas se encuentra encerrada en una oficina, donde trabaja horas extra para poder sostener a su familia. Pero está deshecha. Bien sabe que no vive la vida que alguna vez deseó tener. Tuvo que renunciar a sus sueños de infancia. Ella quisiera estar de viaje en otro país, desearía estar de aventura en algún rincón de la noche. En cambio tiene un escenario deprimente, le agobian responsabilidades de las cuales parece no haber escapatoria. Tiene hijos, tiene deudas, está encadenada de por vida. Eso cree.

Un fenómeno similar ocurre con las otras dos chicas. Temerosas, aisladas, sin saber muy bien a dónde ir. Tienen dudas, viven en la celda de la incomprensión. Guardan secretos, no son aceptadas, están ancladas a la rutina.

Y entonces llega la revelación. Aunque no lo parezca, sí que hay una salida, un plan de fuga para ellas y para todos. Un recurso que es más sencillo de lo que parece. Alex Anwandter lo señala: consiste en darse un minuto. Olvidarse de todo por un rato y recurrir a la música, el salvamento por excelencia. Cuando te sientas hundido, cuando el trabajo o el estudio te estén matando, cuando tu vida personal se esté hundiendo, pon tu canción. La canción que más amas, la que te recuerda a tus mejores momentos. Y con ella de fondo, levántate y baila. Es el único remedio para salvar el espíritu. No importa la edad, no importa la circunstancia. Pon el tema que te remite a los tiempos que fueron felices. Recupera tu parte mágica y ebria, como decía un viejo escritor. Esa que es joven a perpetuidad. Y baila, baila de nuevo, por el amor de Dios.

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No hubo remedio

No dejo de acumular fracasos y lo cierto es que ya no me parece tan mal. Creo está perfecto así. Aspiro a seguir por ese camino hasta llegar al punto en el que las derrotas pierdan significado y entonces pueda acceder a un tipo de libertad, la libertad de poder hacer lo que sea sin reparar en el resultado. Acostumbrarse a los golpes, al vacío que sobreviene después del esfuerzo que no da fruto. Uno debe aprender que el valor de todo está en el acto mismo, no en una eventual recompensa o estímulo. Es un error pensar de semejante manera, o hacer cualquier cosa por complacer a los demás. Uno no está para eso, y a los otros les puede importar poco lo que pudiéramos ofrecer, por muy valioso que sea. Cada quien está en lo suyo. Es de una vanidad terrible creer que lo nuestro puede crear algún tipo de consecuencia en el exterior. Nadie está obligado a conducirse en consonancia a nuestros propios deseos. Faltaba más. De todas formas queda un consuelo para cuando nada resulta como esperábamos: pensar  que el éxito y las ovaciones tienen un toque de vulgaridad. La gente suele tener muy mal gusto, de ahí que recibir su aprobación pueda ser un síntoma calamitoso.

Empero, y sin importar lo anterior, me sorprende que todavía exista gente que apuesta por mí, gente que me apoya y da su respeto. Yo no apostaría un solo centavo en mi causa, y sin embargo ahí están ellos que me tienen fe… lo cual, desde luego, me avergüenza. Cómo decirles que ya no me interesa trascender. No tengo la fuerza suficiente para hacerlo ni la voluntad de dar el paso definitivo hacia adelante. Lo único que busco es un poco de paz mental. De verdad, ya no pido mucho salvo eso, un respiro, una isla de tranquilidad. Si alguna vez tuve un talento no cabe duda de que se ha ido, se ha ido para siempre.

De modo que no sé muy bien qué responder cuando esta chica me pide que escriba sobre ella. Le entusiasma leer algo que trate sobre ella. En su mirada y en su voz está esa ilusión que yo hace tiempo perdí. Y me da mucho gusto que la conserve. La estimo bastante. Ojalá que nunca se rinda ni deje que la marea la empuje hasta donde me encuentro. La escucho, repito, y no sé qué hacer. Nada que yo pueda decir podrá compararse a la amabilidad que ella profesa. Mi deuda con ella es impagable y lo mejor que puedo hacer es tomar la ruta del alejamiento. No complicarle ya la existencia. Soy una persona que seis días a la semana tiende al ensimismamiento, a la reclusión. Un muermo que ningún tercero debería padecer.

Aun así no puedo prescindir de la compañía femenina, no por mucho tiempo. Algo tienen las mujeres que te recargan el espíritu a través de la cercanía, si es que sabes modular la relación (como cualquier otro vínculo humano también puede llegar el punto del estrago). Hay en su dulzura, en su delicadeza, en su sonrisa, una mezcla que alivia el pesar. No hay modo de renunciar a ellas, eventualmente uno vuelve a caer, con todo y los palos que uno haya sufrido con anterioridad y con los que seguramente luego van a caer.

Intento escribir sobre ella y no puedo. Es imposible estar a la altura. Casi nunca escribo acerca de las personas que aprecio. No quiero ensuciarlas con mis líneas, no puedo dibujar ni trazar las sensaciones que ellas producen en mí.

Lo que hago, ya he dicho, es alejarme. Mi compañía tampoco aporta a la mezcla.

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Cómo ser odiado por los demás

Hay muchas maneras de molestar a los demás. Puedes, por ejemplo, ponerte a gritar “cantimplora” en medio de una biblioteca mientras el resto de los presentes intenta estudiar para su próximo examen de biología. O puedes comer con la boca abierta cuando alguien osa dirigirte la palabra frente al carrito de hamburguesas. También puedes hacer pública tu aversión hacia los periquitos australianos (sí, maldito seas). Si haces cualquiera de esas cosas serás un fastidio. Puede que saques a la gente de sus casillas y no vuelvan a invitarte a cenar. Pero incluso con esas conductas, tan despreciables  como pueden ser, hay riesgo de fallo. Es posible que, por cortesía, recibas conmiseración y la trifulca no pase a mayores. Por eso, si tu deseo es ser despreciado de manera instantánea, tienes que optar por un método radical.

Hay, por fortuna, una fórmula infalible. Si la sigues al pie de la letra serás odiado y es probable que nunca vuelvan a considerarte digno de confianza.

La estrategia es simple: insulta a la banda musical preferida de la persona a la que pretendas molestar. El efecto será inmediato; la otra persona pondrá ojos de pistola, apretará los puños, su respiración se agitará. Dejarás de ser una lumbrera para convertirte en un engendro digno de ser arrojado al volcán activo más cercano, el peor adefesio parido por la sociedad. Así que toma tus precauciones, por jugar al vilipendio o hacerte el gracioso podrían aplicarte una patada voladora. Denostar al último disco de Kendrick Lamar conlleva un peligro.

La razón por la que meterse con las preferencia de alguien puede resultar catastrófico es porque se trata de un asunto que nos tomamos a manera personal. Y es así como debe ser.  Puedes maldecir a alguien y lo más probable es que se le resbale o que hasta le cause gracia. No da para tomarse en serio. Hay que tomar las cosas de quien vienen. Pero meterte con los gustos del prójimo… eso ya son palabras mayores.

A los artistas les debemos tanto que se vuelven parte de nosotros. En efecto: esas canciones, esas películas, somos nosotros en síntesis. Son parte de nuestro ser, una extensión del espíritu: un espejo que se mueve en las profundidades. La conexión que tenemos con los cantantes y las agrupaciones musicales se vive con tal intensidad que la sangre puede llegar a hervir cuando un pelafustán cualquiera llega a increparlos. A fin de cuentas son los representantes que hemos elegido para sublimar nuestras emociones. Son el brazo derecho de nuestro corazón. La personalidad en una nuez. Cuestionarlos a ellos es como si alguien se atreviera a profanar el nombre de un perrito abandonado. Algo que no se puede permitir.

A mí me puedes mandar al diablo, pero con Ringo Starr no te metas. Ni con Bob Dylan o Morrissey, al que no debes tocar ni con el pétalo de una rosa (en especial a él, que es medio delicado); es casi como si te metieras con alguien de mi familia. Y Jarvis Cocker podrá decir lo que quiera, pero la octava canción del His ‘n’ Hers es mía. Reniega de su calidad y entonces saltaré.

Se sabe de peleas en cantinas que inician luego de que alguien ironiza sobre una canción que alguien había dispuesto en la rockola. Esa música es sagrada para quien la seleccionó, así que si pretendes injuriarla debes de estar preparado para asumir las consecuencias. En este caso, que alguien te rompa una silla en la nuca. Merecido lo tienes.  Quizás no lo sepas, pero hay ciertas melodías que son como una segunda madre, como una amiga, como una novia. Al menos así lo pueden ser para los apasionados. A las canciones les debemos tanto que cuidaremos sus espaldas. Lo sabía el poeta Robert Browning: «El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». De ahí que procuremos defender su honor.

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