Un jardín donde no entran los políticos

Ya no se salva la cotidianidad. A dondequiera que volteas hay un rastro de veneno. Los políticos desperdigan sus gérmenes y apenas reacciones verás que están ahí. En un anuncio afuera de tu casa, en la conversación con los seres queridos, cuando enciendes la radio y en vez de una melodía encuentras el jingle tropical que se repite hasta la náusea. Tus oídos y ojos no dan para más. Poco a poco esta gentuza ha cercenado lo que alguna vez fue un ambiente proclive a lo digno, en donde la intrascendencia de los agentes gubernamentales era un signo de sofisticación. Ahora no. Cada vez están más insertos en tus días. Una sociedad politizada conduce a una espiral decadente. Echas de menos los tiempos en los que podías centrarte en lo verdaderamente importante. En ti mismo. En la reflexión de la mejor marca de café, en pensar en un museo. En salir a correr una tarde de sábado. Ahora la propaganda se extiende. Es un virus que ha tomado como huésped a gente cercana. A tu familia, a tus amigos… a ti mismo que despiertas por la mañana y, de nuevo, piensas en tal o cual funcionario. En lo que dijo o en lo que debió haber hecho.

Parece que no hay escapatoria. Y no la habrá hasta que recuerdes que la vida es más que eso. Que los políticos son poca cosa y que si bien tienen cierto poder, no debes conferirles el poder de invadir tu intimidad. Es clave entenderlo. Solo así podrás contrarrestar la fatiga, el abatimiento que produce la actualidad. Es hora de que vuelvas a tu jardín secreto. Y si no lo tienes, que plantes en él la primera flor. Un espacio en donde no entren los políticos, donde no llegue su bruma espiritual. En donde no dejes que su presencia tumefacta haga eco en ningún grado de separación.

Este jardín puede adoptar la forma que sea. No te preocupes si no tienes patio ni el mar al alcance. El jardín es un momento del día. Un rincón de tu habitación. Un trazo en la memoria. Dale la encarnación que prefieras, pero ten ese lugar. Defiéndelo a muerte. Dedícale al menos un hora cada día. Que sea una disposición irrenunciable. Un rato donde te olvides de lo malo, del achaque cósmico con forma de presidente, senador o diputado.

Conforma la guarida en donde solo entra la belleza. Un corredor edulcorado por Beethoven o las Dixie Chicks, tú decide. En donde los versos de Cavafis marcan la pauta y en donde la única patrona sea Lauren Bacall y el arco de su ceja. Ninguna otra condena salvo el recuerdo de niñez. No seas siervo de ningún demagogo ni rindas pleitesía a quien pretende llevar el control de tu existencia. Nunca te sometas. Permanece con un ojo en la noticia, claro. Mantente siempre al tanto de los movimientos que los impresentables quieren dar para acuchillarte. Reclama y critica. No des paso libre a su sombra inmunda.

Pero vuelve siempre a tu jardín. Atiende al arte del desprendimiento. Olvídate de la partidocracia mientras preparas pasta en la cocina. Lee libros viejos: es un acto de resistencia. Lo mismo que abrir una cerveza para disfrutar un partido de futbol. La música, las películas de Billy Wilder, una tira cómica, una persona que te quiera y su voz . Solo ellos deben entrar en tu reino particular. No te dejes contaminar por la ordinariez. Salva lo que vale la pena. No sucumbas a la fuerzas bruta del eslogan ni al intelectual que cree saber lo que te conviene desde una oficina en el piso 9. Tampoco al hombre que se cree afortunado por haber vendido su alma a cambio de ser un peón desde el teclado. ¿Qué tienes tú que ver con ellos? Nada, vuelve a refugiarte detrás del manto cálido de tu ejército. Ese puñado de canciones. Las relectura de un poema. Un postre recién horneado. Un beso.

Que no te engañen. Lo valioso está ahí. No en la ocurrencia de un hombre gris, mucho menos en su hatajo de sirvientes.

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