Una lección de Hitchens

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Qué mal estamos llevando la discrepancia. La discusión honorable parece haber quedado millas atrás y lo que queda ahora es la demonización de cualquier opinión que resulte distinta.

Un grupo de sujetos —que ya conforman una masa pestilente— ha consolidado, al fin, un objetivo añorado desde la Francia del siglo XVIII. La de dividir todo entre buenos y malos (ellos pertenecen al primer bando, desde luego). La pluralidad es negada e ir contracorriente es más riesgoso que nunca. Para ellos lo importante ya no es llegar a la verdad, sino mantener el dogma, ostentarse como los héroes de la película. Por eso solo se juntan con los de la misma especie; para reafirmarse, no para enriquecerse. Por ser mayoría creen llevar la razón a cada instante.

Duele ya no poder dar una opinión fuera de la norma porque de inmediato salen las fauces llenas de espuma dispuestas a etiquetar. No hay la menor reflexión. Sale más fácil (y redituable) decirle al otro que es un facho, un conservador, un machista, una loca, un privilegiado, una histérica antes que pararse elaborar un discurso sustancial.

Y también es de lamentar que no haya deportividad en el debate. Si alguien tiene una opinión política determinada corre el riesgo de que parte de las amistades se le derrumben porque ellos apoyan a un demagogo muy adorable.

Ante tal panorama algunos optan por el silencio. Así se evita uno las enemistades, la tirria del hatajo de tercos. Abstenerse es una opción digna y elegante, sin dudas. Lo que pasa es que existe un efecto secundario: los necios creen haber ganado la disputa, siguen montados en su pila de pañales carcomidos. Tal estirpe incestuosa que se revuelca en el lodo que considera la cima del mundo.

Mucho tiempo callé. Prefería ignorar a los comentarios obtusos y guardar opiniones que de cualquier modo no iba a cambiarles el modo de pensar. Si algo es cierto es que ellos están poco dispuestos a rectificar. Aceptar el equívoco supondría para ellos asumir que han entregado años de su vida a lo que resultó ser un fraude. Sería muy duro de encajar una evidencia semejante. Prefieren seguir viviendo del cuento, engañarse a sí mismos y cobijarse con el manto protector de los camaradas.

Si he cambiado de postura, y si ahora doy mi opinión cuando lo creo necesario, es porque he llegado a la conclusión de que no hay que ceder. No hay que dejar campo libre a la inmundicia o aquellos que pretenden cercenar y coartar las libertades ajenas. Quizás los testarudos sean inmunes a la lógica y hagan oídos sordos a los razonamientos que les contradigan. La batalla, sin embargo, no se da por ellos, sino por terceras personas que en algún lugar, habitualmente callados, leen o escuchan. Un público que, aunque pequeño, es testigo de lo que pasa y que pese a no estar aún dispuestos a tomar el micrófono, poco a poco van formando un criterio.

Es por este segmento por el que vale la pena darle unos minutos al teclado en redes sociales y por los que viene bien tomar la palabra en alguna tertulia. Si uno se calla es probable que los indefinidos piensen que solo existe una versión de los hechos, esa que tanto vociferan palurdos que deberían permanecer en algún retrete.

Es triste, porque tomar una postura activa, como se ha dicho, te hará perder amistades. A nivel cultural no estamos tan acostumbrados a convivir con el que lleva la contraria. Más de una vez externar un pensamiento hará que aquella chica que te gustaba se aleje para siempre. O que alguien que pareciera un tipo valioso te bloquee o retire la palabra. Ojalá pronto podamos madurar y sentirnos libres de polemizar los unos con los otros, arrojarnos ideas sin piedad, estrujarnos… y al finalizar irnos tan campantes a beber un trago sin el menor de los rencores.

Tomar partido podría llevarte incluso a quedarte solo. A ser tomado como un indeseable por el colectivo. Pero si tus convicciones son fuertes, si luchas por los principios de la honradez y la justicia, no hay otro camino que el de asumir tal responsabilidad. No son tiempos para tibiezas. Ante la tiranía de los poderosos y la verborrea de los mentirosos, lo menos que se puede hacer es marcar un alto, plantar cara, negarse a la servidumbre. No tomar el papel de alfombra ni ser reducido a la sumisión.

Crítica y no asientas en automático. No tienes que estar siempre de acuerdo, aunque veas que todos los demás respetan a la gran eminencia o la autoridad. Al carajo la consecuencias y el linchamiento de los cangrejos. A menudo quienes van de tiernos ángeles son los grandes tiranos de nuestra era. Detrás de las buenas causas que pretenden erigir a veces se esconde un truco siniestro. No temas a la polémica ni a quedarte solo, porque en la medida de que algunos te abandonen, otros más se acercarán si es que luchas por ideales éticos con valentía e integridad.

En momentos de titubeo, debilidad o cuando surjan las dudas, recuerda las sabias palabras del viejo Christopher Hitchens en sus Cartas a un joven disidente. Una perla de inspiración propia de alguien nunca temió defender lo que consideraba correcto, cualquiera que fuera el precio a pagar.

Tenlo en mente: con la cabeza gacha jamás podrías lucir tus lindos ojos, darling.

«Cuídate de lo irracional, por seductor que sea. Rehúye al «trascendente» y a todo aquel que te invite a subordinarte o aniquilarte. Recela de la compasión; prefiere la dignidad para ti mismo y para los demás. No tengas miedo de que te consideren arrogante o egoísta. Imagina a rodos los expertos como si fuesen mamíferos. Nunca seas un espectador de la injusticia o la estupidez. Busca la discusión y la disputa por sí mismas; la tumba te suministrará suficiente tiempo para el silencio. Sospecha de tus propios motivos y
de todas las excusas. No vivas para los demás más de lo que esperases que los otros vivieran para ti
».

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