El PRI y el PAN siguen en la lona

peña anaya

Andrés Manuel López Obrador permanece en estado de gracia. Con sus errores y aciertos, sabe que aún se encuentra en un día de campo prolongado. Algunas de sus decisiones han causado crítica en redes sociales y entre determinados especialistas; e igualmente algunas de las medidas de su partido han sido frenadas por las minorías que hay en las cámaras y por el cortocircuito que tienen con las leyes… pero en el fondo sigue teniendo un crédito enorme tanto por la popularidad que lo respalda, como por otro hecho fundamental: el resto de los partidos sigue a la deriva a nivel discursivo e incluso ideológico.

El declive del PRI, PAN y PRD, otrora los grandes partidos, no comenzó en las pasadas elecciones federales. El desgaste vino de años atrás, en un consabido proceso de descomposición que la ciudadanía no soportó más. Tras décadas de succionar lo que se podía desde posiciones de poder, los políticos de dichos partidos entraron en una dinámica en la que la práctica del despilfarre se convirtió para ellos en la normalidad.

La pillería, el influyentismo y el agandalle eran la pauta, una cotidianidad que probablemente ni siquiera los políticos percibían en su justa dimensión de tan habituados como estaban a ella. Tal conducta es lamentable y aunque los ciudadanos lo vieron como una realidad durante décadas, jamás se acostumbraron a ser dominados por un régimen corrupto.

Si hay algo que hay que agradecer a la irrupción de Morena —más allá de sus evidentes yerros metodológicos— es que como formación rompieron de tajo una forma de entender la política. Habrá que ver si al final cumplen (se están estrenando en las grandes ligas y el paso del tiempo tiende a marchitar los ideales), pero al menos discursivamente instalaron la idea de que ellos no iba a abusar de sus privilegios y que, por el contrario, iban a reducirlos en beneficio de quienes a final de cuentas ponen el dinero: los mexicanos de a pie, esos que están a la espera de algún estímulo a sus esfuerzos.

Por ahora hay síntomas preocupantes que desmontan la pantalla. Morena no es un partido conformado precisamente por jóvenes y en la cúpula del mismo hay algunas figuras cuestionables que por su larga trayectoria tienen una cola con la que pueden tropezar. También hay quienes se niegan a renunciar a sus prerrogativas, no al menos de forma radical. Hay otros elementos, en cambio, que sí representan, al menos, un rostro fresco. Sea como sea, el movimiento de López Obrador ha sabido capitalizar la idea de austeridad y no son pocos los que se la compran.

Por tal motivo los partidos tradicionales tienen complicado resurgir. Más allá de algún chispazo que puedan tener en entrevistas o en tribuna (Romero Hicks, Claudia Anaya y Enrique Alfaro los tienen y los tendrán), es difícil que la mayoría les crea. El agotamiento es tan grande que, sin importar las reformas o los cambios de dirigencia, es poco viable romper un estigma ya muy arraigado. En cuanto a percepción, cualquier voluntad queda anulada por la sombra de un pasado que fue ingrato para los votantes.

Las élites de cada formación, además, no han sabido dar un paso al costado y, muy al contrario, mueven aún hilos a la sombra, sin que por ello sea invisibles al escrutinio público. Es por aquello que Andrés Manuel y su comitiva les tienen comida la moral.

Para el PRI, PAN y PRD parece haber solo una forma de volver a la vida: esperar a que Morena caiga en equivocaciones y excesos para erigirse, entonces sí, como la antigüedad confiable. Se trata de una de las tretas más tradicionales y siniestras de la política (en la que izquierda y derecha han caído, en mayor o menor medida), confiar en el fracaso ajeno —y promoverlo— para así cobrar con intereses. La jugada, habitual en varios países, implica torpedear años enteros en los que se desperdician oportunidades para el mejoramiento del país en pos de conseguir un ascenso faccioso. Durante el período de México dentro de la democracia, consolidado hace uno 20 años, se han dilapidado proyectos importantes de ese modo. En Morena lo saben.

Ahora bien, el descrédito de los partidos tradicionales es tan grande que ni siquiera esa movida podría ser suficiente. Incluso podría hundirlos más si se crea la percepción de que están yendo contra los intereses del pueblo, mismos que Morena logró asociar a sus colores.

A largo plazo la manera más probable de ofrecer una competencia real y un contrapeso dentro de la partidocracia, es establecer una nueva formación. Un partido que, al menos en apariencia, esté desligado de huellas de infamia, esas con las que el poder dominante logra desarticular fácilmente cualquier propuesta ajena con la autoridad ética que proclaman tener.

Por ahora los únicos que han levantado la mano son Felipe Calderón y Margarita Zavala, con una posible evolución de Libre, la asociación que fundaron hace meses. Habrá que ver si logran un proyecto seductor e incluyente que pueda conjugar nuevos simpatizantes y agrupar a los inconformistas que ahora mismo se encuentra desperdigados.
__________________
Publicado originalmente el 10 de diciembre de 2018.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s