Un amargo adiós a Texcoco

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La consulta sobre Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) realizada en días pasados dejó más derrotados que ganadores. La opción elegida terminó por ser la de Santa Lucía (con un 70 por ciento de las preferencias), la favorita del presidente electo y de varios de sus principales colaboradores, dejando en segundo plano a Texcoco. Sin embargo, el ejercicio dejó quemados a todos los bandos en disputa, por lo que se trata de una argucia política de mucha fricción y poca ganancia.

Aunque falta ver si Andrés Manuel López Obrador toma la consulta como un instrumento vinculante en cuanto llegue a la presidencia, todo parece indicar que así será, sobre todo porque refuerza su postura de inicio, la que manejó durante la campaña. Aún queda, no obstante, una ligera posibilidad de que, contra todo pronóstico, se eche para atrás en algún punto de su sexenio y opte por una decisión contraria a la que hasta el momento ha impulsado. Por ahora, en conferencia de prensa ha confirmado a Santa Lucía-Toluca-Benito Juárez como su gallo aeronáutico.

En cualquiera de los dos escenarios, la consulta dejó tras de sí una serie de implicaciones negativas que levantan cuestionamientos sobre su conveniencia como ejercicio de referencia.

En primera instancia, las votaciones estuvieron mal organizadas y realizadas con prisas. No hubo garantías y se evidenciaron los errores detrás del experimento realizado por Morena, el partido que sostenía una agenda contraria a una de las opciones y que por tanto carecía de imparcialidad para llevar a cabo una actividad de importancia determinante para el futuro del país.

Tampoco hubo candados ni protección de datos personales. Ni siquiera certeza en cuanto el almacenamiento de las boletas marcadas por la población. La nebulosidad no solo fue producto de imprevistos o de la improvisación, fue igualmente un vicio de origen ya que estableció como argumento una “elección” sin mecanismos de validación en la que se instalaron apenas un poco más de mil casillas que no representan ni el 1 por ciento de las que hubo en las últimas elecciones presidenciales.

Para ilustrar lo minúsculo y endeble de la muestra, de acuerdo a la ley vigente, si la consulta hubiera sido realizado en forma (iniciada por el presidente, no auspiciada por un partido político) la participación debería ser de al menos el 40 por ciento del electorado para tener un efecto vinculante y contar con la suficiente credibilidad como posición ciudadana. En esta ocasión la chapuza no se ajustó a ello (ni lo pretendía), se acercó más bien a una ocurrencia que apenas logró un millón de votos (que no de participantes, ya que en varios medios se evidenció la posibilidad de votar en más de una ocasión). No hubo seriedad estadística que permitiera darle al menos la fiabilidad de una encuesta profesional.

Lo anterior provocó un efecto secundario: la animosidad de una parte de la población que por un rato se concentró más en la falta de rigor en la consulta misma que en los proyectos en juego. Se reprochó que se dejara a lo popular por encima de lo técnico, a la emoción por encima de la razón.

El presidente electo tiene las facultades para tomar decisiones (equivocadas, incluso) una vez que llegue al poder. Por eso el añadido de una consulta sobre algo en lo que ya tenía una opinión clara solo abonó para el empeoramiento. Extendió así una confrontación política entre la ciudadanía que fue agotadora y que parecía culminada con el 1 de julio, saliendo raspado en la maniobra.

Lo que es más, la consulta se trató, en esencia, de una votación adulterada por el enojo (justificado) contra la administración de Enrique Peña Nieto y todo lo que haya emanado de él, sin contemplar que un nuevo aeropuerto es más bien una necesidad que se ha considerado a lo largo de varios sexenios y que, por primera vez en décadas, logró arrancar con todo y los claroscuros que se debían analizar (y castigar si así correspondía), pero no tirar todo por la borda. en especial cuando ya había un avance aproximado de un 30 por ciento de construcción.

Parte de la culpa debe extenderse, eso sí, a la corrupción y los abusos que reinaron en el país durante los últimos años. Esos mismos que han derivado en un clima de hartazgo, caldo de cultivo para dogmas e inclemencias.

Hay indicios de que movimientos respecto al NAIM fueron un auténtico cochinero. Ahí está como ejemplo Aldesa, la constructora responsable del fatídico Paso Exprés, que se encargó la Torre De Control, quitando así confiabilidad al complejo de terminales. Ante ello debió aplicarse una revisión a los contratos y adjudicaciones. El error fue desechar lo que necesitaba limpieza.

La alternativa no es halagüeña y si hubiera sensatez no debió ni entrar en el mismo plano que el de Texcoco. El debate fue más bien conceptual. La opción de Santa Lucía es una quimera, una figura simbólica que se presentó como alternativa a lo que se asocia como corrupto. Así era obvio su triunfo. Detrás de ella no había un proyecto, sólido, más allá de la intención y la selección de argumentos a la medida (incluyendo la manipulación que Grupo Riobóo hizo llegar hasta Navblue). A Santa Lucía le faltan meses de trabajo, pruebas y estudios firmes para que sea factible. Aunque lo logre, en el mejor de los casos tendrá menos capacidad que Texcoco. Será otro parche que solo posterga la actuación que debe darse de raíz.

Si de ahorrar se trata, la cancelación del nuevo aeropuerto traerá costos difíciles de cuantificar. No solo habrá que aceptar la pérdida de más de cien mil millones de pesos ya invertidos en Texcoco. A ello se tendrá que sumar la desconfianza de los inversionistas extranjeros que a lo largo de los próximos años tendrá consecuencias. Venezuela, Argentina, Grecia y muchos otros países son ejemplos de lo que ocurre con países que no cumplen con lo pactado y que se muestran volubles con el dinero ajeno.

El aumento de la tasa de interés puede lastrar a naciones enteras por más que sean aclamados por el pueblo. Los mercados son inclementes; no son nuestros amigos y no tendrán consideración si actuamos contra sus utilidades. Es imposible salir airosos de una guerra contra ellos. Es una lección dura que, nos guste o no, hay que asumir.

Resulta lamentable que por calenturas y necedades políticas se haya desestimado un aeropuerto como el de Texcoco, respaldado por verdaderas autoridades en la materia (la IATA, MITRE, la OACI y el Colegio de Ingenieros Civiles de México, entre otros) para preferir en cambio a Santa Lucía que no cuenta todavía con plan que lo certifique. Se minimizó a los estudios y a la ciencia. Se satanizó a quienes buscaban un nuevo aeropuerto y como resultado tenemos una mera ilusión.

México es el sexto país en turismo a nivel mundial. Prácticamente tenemos más visitantes que todo Latinoamérica junta y nos encontramos un punto estratégico para ser un eje de comercio global entre el Atlántico y Asia-Pacífico, a donde el futuro se dirige. Pese a ello, no contamos con un solo aeropuerto de cinco estrellas. Ninguno entre los cien mejores del mundo. Si finalmente se concreta el adiós de Texcoco, habremos dejado pasar una oportunidad para convertirnos en un polo de desarrollo que irradie prosperidad e inversión a todo nuestro territorio. Mientras sigamos con una mentalidad pequeña, nos mantendremos pequeños. Tal complejo se ha adueñado de nuestra visión en el escenario internacional.

Quedará entonces el sabor amargo del adiós. El abandono de la obra en Texcoco quedaría como una dolorosa cicatriz. Un recordatorio del enorme tamaño de nuestras aspiraciones, ahogadas por las deficiencias de nuestra clase política.

A la frustración han contribuido las administraciones anteriores y la que está por entrar.
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Publicado originalmente el 29 de octubre de 2018.

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