Los políticos no son tus papás

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Los políticos no son tus papás. Tampoco son tus hermanos. No son ni siquiera tus tíos o primos. Y, bendito sea dios, no son tus sobrinitos ni tus amigos. Así que tranquilo, no los tienes que defender a capa y espada, como si en ello se te fuera la vida.

Los políticos están para servir. Y son merecedores de crítica. De ahí que sea tan desalentador cuando en una charla algún ciudadano se convierte en guardaespaldas del presidente, el gobernador o, habrase visto, de algún diputado en turno.

Claro, es válido apoyar a dicha estirpe cuando hacen algo bien en uno de esos eclipses de años bisiestos. El problema es cuando se vuelve un asunto pasional, ajeno a cualquier engranaje. Cuando el fanatismo es tal que no se deja que al político se le toque ni con el pétalo de una rosa.

Ante el menor comentario negativo, estos alfiles salen en defensa del poderoso en turno. Jalan para un lado y para el otro. De lo que se trata es que no le tumben una sola pluma al gallo, aunque él esté lejos y no se dé cuenta (ni le importe) que algún jovenzuelo le esté poniendo el pecho a las balas.

A la familia (que lo merezca) hay que defenderla con uñas y dientes. También a los amigos, si es que alguien osa ensuciar sus nombres. Pero no con los políticos. Ellos ya tienen suficiente con sus comitivas y con los altos sueldos que superan a la de la mayoría de sus votantes.

Los políticos, valga repetirlo, no son tus abuelitos (aunque ya anden seniles). No hay necesidad de justificar cada uno de sus tropiezos ni ponerte como alfombra para que ellos pasen entre la mugre.

Haz la prueba un día. Intenta, fuera de horarios de atención, ir a la casa de tu político de preferencia. Toca la puerta y dile que eres Agustín, el muchacho servil que lo ha defendido en redes sociales y en las sobremesas. Será difícil que te den un abrazo como agradecimiento, no se diga ya que te inviten un plato de sopa. Acaso el golpe de realidad pueda doler, tú que has sacrificado tu credibilidad por ellos, has sido desalojado por un elemento de seguridad.

Ya es hora de que te convenzas. Ellos están muy lejos. Manejan su propia agenda y provecho. Prefieren a comer con algún empresario, algún burócrata o con un párroco antes que reunirse contigo, el que tanto ha hecho por protegerlos. El que ha perdido amistades que osaron meterse con el amado líder.

Es válido tener intereses y que por tanto apoyes a determinado sujeto. Todos tenemos preferencias; filias y fobias que está bien perfilar antes de unas votaciones. Lo que es cuestionable es convertirse en un lamebotas perpetuo, que una vez concluido el proceso electoral se adopte el papel de una foca aplaudidora. Una sumisión absoluta, el arrastre como voluntariado. En efecto, las más de las veces la subordinación no te dejará un solo centavo.

Así que salvo que estés enganchado directamente a una plataforma política no tiene mucho caso hundirse en la complacencia. Recuerda que estás del lado del ciudadano. Y que como tal eres un contrapeso frente a los poderosos.

Es casi imposible, ya que pareciera ir contra cierta naturaleza humana, pero bien haríamos todos en formar un frente contra las malas acciones de quienes ostentan un cargo público. Ser inclementes y reclamar sin distinciones, mostrar especial severidad a quienes fueron beneficiarios de nuestro voto, los que con cada tropelía traicionan a quienes depositaron confianza en ellos.

No es recomendable tampoco el golpetear por golpetear, saboteando así cualquier proyecto de gobernanza. Esta es una práctica muy habitual de las sectas políticas quienes ansían la ruina social para luego ser ellos quienes se posicionen como una salvación. Los fanáticos tienen el revés de criticar en los otros aquello que consienten en los de su propio bando. Razón y rectitud son dos palabras que combaten a la desvergüenza.

La tiranías se amparan en buena parte en la mansedumbre de quienes miran a otro lado ante el abuso. No hay dignidad en ser cómplice del autoritarismo y la opresión. La ceguera intelectual denigra nuestra imagen y orilla a quienes la tienen a la pocilga de la historia.

La crítica es sana. Y en ambientes dominados por cúpulas ajenas a la población, es necesario que pongamos el dedo en la llaga. Cerrar los ojos es contraproducente. El debate y los cuestionamientos alumbran el panorama, esa inmundicia que algunos pretenden mantener en la sombra.

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Publicado originalmente el 19 de noviembre de 2018.

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