La remarcable del subrayado

elvis letters

Entre las mentes lectoras surge a menudo un debate sobre el provecho de subrayar o no los libros. Una polémica un tanto estéril que ya debería encontrar un consenso: sí, los libros deben rayarse. A ser posible también deben besarse y ofrecerles una que otra bebida.

El subrayado, como parte de la primera lectura, intenta de algún modo retener una emoción que poco a poco se disipa. Brindar una pista a nuestra versión del futuro, para que así pueda extenderse lo que causó un punto de quiebre en la niebla.

Se trata de encapsular, dar con el descubrimiento, una caza de letras. Enmarcar la genialidad. No concebimos que las palabras se pierdan al cerrar el volumen. Luego de tantas páginas recorridas viene la urgencia de tener a la vista lo camuflado.

Subrayar es, también, dar con un hallazgo similar al de un trébol de cuatro hojas o de pronto agarrarle forma a una nube que andaba desperdigada por el cielo. Pero al final el que se descubre es el propio lector. Observar los subrayados en una biblioteca revela mucho de quien la administra y es posible que lo que fue digno de atención para uno sea totalmente intrascendente para alguien más.

El cineasta japonés Akira Kurosawa era un entusiasta del arte ceremonioso del subrayado. Era tal su devoción que incluso sugería a su público nunca acometer el acto de la lectura acostado en la cama. La forma apropiada, creía, era hacerlo desde un escritorio, ya que eso permitía subrayar y tomar notas con propiedad. Para él la lectura era una actividad paralela que iba acompañada de la creación. En libretas anotaba reflexiones y sensaciones que le dejaban los libros que pasaban por sus manos, de ahí salía buena parte de la inspiración que ponía en sus películas. Al igual que con los sueños, ese dictado que le trascendía culminaba al poco rato en obras que, no obstante la raíz, eran muy personales.

La lectura permite un trance mental a partir del cual surgen nuevas posibilidades de acción. Leer lápiz en mano se vuelve una necesidad por si acaso llega el instante de alumbramiento, una ráfaga que conlleve la escritura al margen de la hoja.

Algunos conservadores creen que hay que respetar al libro dejándolo inmaculado. Y aunque esto bien podría aplicarse a ediciones de alto valor histórico (no va uno a rayonear una primera edición de Valle-Inclán heredada por el bisabuelo), lo mejor es respetar al contenido ofrecido por el autor, no al material en donde viene impreso. Así, hacer anotaciones al margen implica honrar a la literatura poniendo en vitrina las perlas que ofrece.

Dejar la pasividad, simular un diálogo. Contrapuntear al escritor a través de las páginas. Poner flechas, dibujos, algún garabato de insinuación. Leer un libro sin apenas intervenirlo es dejarlo vestido y alborotado, sobreprotegerlo. Dejar encerrada en su casa a una mujer que se había perfumado y puesto ropa interior bonita.

Dicho esto, para subrayar hace falta un mínimo de criterio. En el caso de los libros hay que abstenerse de los marcatextos, aunque por su nomenclatura parezcan destinado para la tarea. El lápiz se erige como el instrumento idóneo. Permite escribir, subrayar con precisión y dejar un rastro delicadeza, sin que el papel se vuelva la sucursal de un payaso. Con el noble grafito incluso se puede borrar el rastro de alguna torpeza.

Si lo que se pretende resaltar supera las tres líneas, lo mejor no es en sí el subrayado que en su prolongación podría quedar chueco, sino poner un asterisco al margen para destacar al párrafo o emitir una llave, línea sinuosa acostumbrada a la programación y a la matemática, aburrida de tanto sostener conjuntos, a la que, al fin, se le puede dar un respiro en el mundo del literario.

El subrayado exige buen ojo crítico, espíritu de cazatalento, don para elegir. Al leer a un genio surgirá la tentación de subrayar páginas enteras (a todos pasa), pero no se trata de eso, la tarea va más en plan aforístico que de coloreo.

Si no se cuenta con algún marcador, se está desarmado ante la lectura. Nos pasa sobre todo a los de poca memoria. El avance de cada línea se siente similar al salir a pescar sin una caña, un paseo por el campo sin que se permita recolectar una sola fruta.

Subrayar es, en definitiva, establecer un vínculo con el autor. Una extraña forma de abrazo que trasciende al espacio y al tiempo. Un reconocimiento en miniatura a lo escrito por el ser admirado. Y ofrece conveniencia a la par. La vida es corta y no da tiempo para releer mucho los libros, las marcas que dejamos es una forma de simplificar el proceso y así, cuando se vuelva a cierto título, tener un recordatorio de aquello que alguna vez nos transformó en lo que somos ahora.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s