Una noche con James Richardson

No hace mucho tiempo James Richardson tocaba ante decenas de miles de personas como parte de MGMT en el festival de Glastonbury. Aquello era una fiesta. La multitud gritaba y se movía al ritmo de las canciones; aun como masa, la ropa colorida y estrafalaria hacía que cada uno de los presentes luciera como alguien peculiar, si es que se tenía la disposición de prestarles atención con una mirada fija. Una bailarina hawaiana por aquí, algún dandy con glitter por allá, un bufón que repartía flores en algún otro lado. Un pequeño universo se conjugaba en torno a la magia de unas canciones.

Esta vez, una noche de abril de 2018, James Richardson se encontraba en un bar de San Luis Potosí que había sido inaugurado apenas tres semanas antes, seleccionando canciones desde una computadora para un grupo reducido de bebedores que platicaban entre ellos sin prestar demasiada atención desde sus respectivas mesas. Pero James Richardson no lucía insatisfecho ni atendía a su trabajo con desgana. Él, habituado a grandes audiencias, estaba centrado en lo suyo, disparando algunas piezas desde la barra para las quince personas que estábamos ahí.

Dada la imagen, era necesario preguntarse cómo aquello era posible. Cómo es que él había llegado de pronto a una ciudad de provincia mexicana para poner “New York City Boy” de los Pet Shop Boys en un local llamado “La taberna del minero”, antes de que los dueños del lugar apagaran las luces por temor a que las autoridades les clausuraran el negocio por sobrepasarse del horario reglamentario.

La respuesta tenía nombre. El evento era auspiciado por Stoned Valley, una compañía local organizadora de eventos que se ha dado a la tarea de traer artistas que hacen las delicias de aquellos que gustan de la música alternativa. La estrategia logística es tan compleja como astuta: se toma provecho de la red que a nivel nacional se ha establecido entre productores afines a la noche.

Raúl González, un joven empresario potosino, es parte de ese equipo. Una noche antes logró junto a sus socios llevar a James Richardson y Bosco Delrey a otro recinto de San Luis Potosí, donde ambos, con éxito, dieron sesiones de DJ. Un grupo nutrido de jóvenes pudieron deleitarse con una selección de música que, a modo de travesía, movió sus figuras de un lado a otro.

La labor de un pinchadiscos tiene mucho poder, a base de pocos movimientos es capaz de manejar las emociones del público a su antojo. Pasarlos de la euforia al temple, de la agresividad a la dulzura. Del llanto al amor. La clave es atinar en la ruta. Ascender al frenesí sin turbulencias o descender a los instintos sin pausa alguna. La tarea implica mucha responsabilidad. Puede catapultar a una persona, como decía Indeep en esa vieja composición titulada “anoche un DJ salvó mi vida”. Pero una mala actuación también puede estropear la mejor de las veladas, como apuntaba Morrissey en aquellas memorables líneas:  “cuelguen al aclamado DJ porque la música que pone constantemente no dice nada acerca de mi vida”.

James Richardson es un tipo afable, de cabello largo  y piel levemente rosada. Tiene la cara de un niño, un conjunto que lo hace parecer un personaje que bien pudo salir en That ’70s Show. Quienes lo conocen destacan su carisma. Un coolness con el que ha logrado de hacerse de grandes amistades. No es casualidad que la mancuerna creativa de MGMT (Andrew VanWyngarden/Ben Goldwasser) le haya dedicado una canción en el último de sus álbumes (Little Dark Age, 2018), y que pese a su presencia no regular en  las labores de estudio de la banda, todavía sea requerido en las actuaciones en vivo como un indispensable, desenvolviéndose desde la guitarra o la teclados.

“James, si necesitas de un amigo / ven por aquí / ni siquiera necesitas tocar / estaré en casa / y la puerta estará siempre abierta para ti”, dice la letra que le dedicaron. James es alguien entrañable a quien deseas tener dentro de tu equipo.

En aquella primera presentación en San Luis Potosí ya era posible percibir, a distancia, que James Richardson era un tipo simpático. Alguien sin imposturas ni soberbia. Alguien que sabía del estatus de “Kids” como un himno, y que por ello la puso a sonar en las bocinas, por choteada que esté, evitándose así la horrible esnobería de omitirla. Más aún, sonrió al ver las reacciones de los espectadores, quienes de pronto se catapultaron al escucharla.

Sin embargo, sobre todo pude darme cuenta de que era un buen tipo al día siguiente, en ese bar de quince personas, donde lo pude conocer de cerca gracias a la intercesión del propio Raúl González, quien me invitó a departir con ellos. Al terminar con el compromiso caminamos por las calles del Centro Histórico de San Luis Potosí en busca de algún otro plan. También nos acompañaba Bosco Delrey, un socio de Raúl y una chica de Puebla muy agradable cuyo nombre no recuerdo.

Al final no encontramos nada decente donde proseguir la fiesta. James Richardson y Bosco Delrey manifestaron estar cansados, y preferían regresar a su hotel para beber algo en comodidad. Teníamos que acompañarlos. El trayecto fue a pie, por la avenida Carranza. Y fue entonces que aproveché para platicar con los dos invitados extranjeros.

Recordé que Bosco Delrey era de Nueva Jersey, así que para borrar el silencio apliqué un recurso, preguntarle sobre algunos de sus paisanos: Bruce Springsteen y Tony Soprano. El hielo se rompió así. James Richardson también era fanático de la serie de David Chase y procedimos a comentar sobre algunos personajes, en especial sobre las señoritas que despertaban igual encanto entre los presentes. Meadow Soprano y Adriana La Cerva fueron evocadas en aquel par de kilómetros emprendidos por la comitiva. Bosco Delrey valoró a Bruce Springsteen, en especial, como cabía esperarse, por sus actuaciones en directo.

Al llegar al hotel Bosco Delrey se disculpó y se retiró a su habitación. Estaba agotado. James Richardson también lo estaba, luego de varios días de viaje y fiesta, pero por alguna razón nos acompañó un rato más. En una sala procedimos a platicar. Y fue entonces cuando se reveló lo mejor de la personalidad de aquel músico, quien después de haber convivido con un montón de celebridades, charlaba con nosotros como uno más, escuchando atento lo que decíamos e hilando historias y frases cuando lo creía necesario. En algún momento dijo noséqué de Corea del Norte, país que le gustaría visitar. Y celebró la comida de alguna otra ciudad. Mencionó su cerveza favorita, a pregunta expresa… la réplica se disipó entre muchas otras memorias.

Para amenizar el momento, y ante la falta de alguna radio o bocinas decentes, puse algunas canciones en el celular. James Richardson conoció así a Hombres G y Alaska y Dinarama. En cierto momento sonó “In Dreams” de Roy Orbison. Y desde los primeros acordes James Richardson imitó al gran Frank Booth de Dennis Hopper. “Blue Velvet”, dijimos al unísono, en otra complicidad del mundo pop. Un poco más al rato sonó “He venido A Pedirte Perdón” de Juan Gabriel. El DJ ya era otro.

jamesrichardson

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