El consuelo del Mundial

El tiempo es cruel. Cada nuevo Mundial nos toma más viejos y con más responsabilidades. El adulto rememora con añoranza aquellas primeras justas deportivas que podía ver en televisión casi en su totalidad, al igual que cualquier resumen deportivo o programa que se atravesara ante sus ojos. Ahora ya no es tan fácil. El trabajo, la familia y las presiones de los años se acumulan y es imposible mirar uno que otro juego… la mayoría de ellos, de hecho. Hay otras urgencias. Labores impostergables que reafirman que estamos condenados a lo que nos rodea.

Queda, si acaso, la posibilidad de ver ciertos partidos, en especial los de la propia Selección. Ya no pedimos más. Y cuando eso ocurre, cuando al fin puede verse un juego del Mundial, todo se rompe. La emoción renace; somos de nuevo niños que en cualquier momento pueden desplomarse si es que una victoria o una derrota llega en el punto justo. Así recordamos que no somos máquinas ni esclavos de un trabajo. Somos otra cosa. Un regate, una asistencia, una buena narración, son elementos que pueden regresarnos la humanidad al pecho. Reanimar al niño interior que creíamos perdido por culpa de los horarios de oficina y los sucios golpes del destino.

Gracias al futbol podemos desfogar las palabras que teníamos ahogadas. Recordar, una vez más, que no todo es la rutina. Que no todo es aguantar y bajar la mirada. Al menos por un mes mantendremos esa ilusión. El llanto: saber que todo sucumbe ante un gol.

mexico86

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