Sergio Pitol y el arte como oxígeno

Sergio Pitol supo del levantamiento del Muro de Berlín mientras viajaba en un barco de origen alemán en el año 1961. El escritor mexicano vivió gran parte de su vida en Europa y le tocó experimentar ese episodio histórico en primera fila. Los comunistas erigían la barrera de la vergüenza que marcaría la Guerra Fría, misma que fue destruida hasta el último suspiro de los años ochenta.
El capitán le informó a los tripulantes lo que sucedía y ahí mismo anunció que por órdenes gubernamentales tendrían que regresar a un puerto alemán. Aquella travesía , originalmente dirigida a los Países Bajos, había terminado.


Sergio Pitol
mencionaba que semejante coyuntura histórica no le impactó mucho cuando la vivió. Paradójicamente estar ahí, en el momento y en el lugar, le restaba perspectiva al asunto. Nadie entendía muy bien lo que estaba pasando en realidad. Una vez en tierra, Sergio Pitol procedió muy campante a asistir a una exposición de Picasso en un museo. El lugar estaba casi vacío, pero la obra del genio malagueño lo deslumbró.

Algo similar le ocurrió en Turquía, tiempo después. El autor de “El arte de la fuga” iba dentro de un taxi cuando se percató de que alguna gente corría por las calles. El vehículo fue detenido en varias ocasiones por fuerzas de seguridad para realizar una inspección. Había griterío y cierta hostilidad. Sergio Pitol no captaba qué diablos pasaba, pero el taxista lo reconfortó diciendo que eso era normal en Estambul. Más tarde se enteraría que había presenciado un fallido golpe de Estado que, in situ, no le había parecido gran cosa.

Poco después Pitol visitó Santa Maria delle Grazie, en Milán, donde se encuentra La última cena de Leonardo da Vinci. Su agitada travesía por Europa llegó a un momento determinante. Ahí, ante el mural del gran artista italiano, se derrumbó. Estaba conmovido. Cualquier acontecimiento de orden histórico, como los que ya había experimentado, le parecía menor al lado de una verdadera obra de arte. Aquellos sucesos le parecieron nimios, casi superficiales, junto a un portento universal que trascendía a cualquier época. Eso era lo sublime. Pasarían los años y las trifulcas humanas palidecerían frente al remolino creativo y estético de un solo ser humano.

Mucho tiempo después, cuando regresó a México, ya a finales de los ochenta, Sergio Pitol se llevó gran desencanto. Se dio cuenta de que aspectos centrales no habían cambiado. Quienes eran pobres lo seguían siendo décadas después. Los vicios y problemas de siempre continuaban arraigados en la sociedad. Y a eso había que añadir un deterioro de la ciudad en la que había crecido. Un colapso ecológico y en el designio estructural.

La imagen era triste. Había contaminación, desorden vehicular y una deplorable clase política que no contribuía a la causa común. Pero había algo que le aliviaba. Era, de nuevo, el arte. Las creaciones de los propios mexicanos. Los libros de Octavio Paz, Juan Rulfo y los poemas de José Gorostiza.

Sergio Pitol confiaba en que, algún día, México se levantaría de la podredumbre. Que todo el fracaso de nuestro país algún día podría ser visto como un pasado innoble, mientras que el arte trascendería y permanecería vivo por siempre. Toda esa capa marchita se vería eclipsada al fin por “Pedro Páramo” o “Estación violenta” que, a su modo, tienen un cariz de inmortalidad y funcionan como el oxígeno que el espíritu necesita.

pitol

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