Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik y la escritura

Marguerite Duras

No es tanto un asunto de escribir, sino de buscar un refugio, una asidera a la realidad y, también, una ruta de escape. Ante un ambiente hostil y ante la asfixia emocional, la empresa creativa se vuelve un desfogue tan contundente como sutil. En lugar de dar tumbos por la calle o del griterío histérico que solamente importuna al prójimo, dedicar los días a sublimar las malas sensaciones a través de la composición musical, la pintura o la vertiente literaria se vuelve un acto heroico en sí mismo, propio de gente con amplio sentido de la dignidad.

En lo que se refiere a la escritura, el proceso es el de soltar lo que interesa o agobia. En vez de arañar o tirar golpes, se procede a abalanzarse contra el papel. El resultado, si se muestra, alumbra a los lectores, en especial a quienes padecen de situaciones similares y que, al fin, encuentran un alma que comprende de qué van los pesares internos. Aquello que creíamos una conjura cebada sobre nuestra particularidad, resulta ser un óbice alojado también en un ser que, a kilómetros y años de distancia, da cuenta de lo que le sucede. Es así que uno se siente menos solo. Lo que no se revelaba a nadie y lo que se sufría en intimidad, de pronto está conectado a través de la marea del tiempo y los idiomas con algún artista que se vuelve un cómplice para nosotros.

Marguerite Duras tenía en claro que las palabras podían representar un salvamento cuando nada más parecía funcionar. En uno de sus ensayos lo señalaba a la perfección, como una salida en medio de la penumbra. “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará”.

Para ella escribir era un ancla a la vida, una ocupación que se renovaba cada que uno quisiera empezar un proyecto. Aun sin ideas ni un argumento fijado, bastaba con la convicción de tener un nuevo libro, “esa inmensidad vacía” en la que todo era posible y que a través de derramar la conciencia podía redituar en una forma. El acto iba más allá de las reglas básicas de significado y ortografía. Era más cierta disposición. Una voluntad de ceñirse a ello.

Tener esa obligación le daba un sentido a sus días. Marguerite Duras era prolífica por tanto, ya que era incapaz de abandonar un libro una vez que lo había comenzado. Nada la detenía. Se sobreponía a cualquier circunstancia. Tenía claro por dónde iban los tiros desde aquel día en que Raymond Queneau le reveló su principio: “escribe, no hagas nada más”.

El caso de Alejandra Pizarnik es un tanto más delicado. Su personalidad, dominada por el fantasma de la depresión, la empujaba dentro de sí misma en una conciencia exacerbada que la mayoría de las veces no era agradable. Ella sufría y dejaba constancia del tormento, silencios desesperados que brotaban ante la mirada del lector. Ante la incapacidad de relacionarse y comunicarse con los otros —fueran amigos o prospectos de amor— de manera efectiva (siquiera sobrellevarlos, como ella misma confesaba), le quedaba el camino de la poesía, un espacio que podía moldear a su antojo y donde libraba su batalla sin demora.

Aislada desde joven, su mayor aspiración era “vivir para escribir”. Al igual que Marguerite Duras no quería otra cosa. Sobre todo porque no le quedaba alternativa. Incapaz de cultivar vínculos personales de manera sana, e inundada por constantes afectaciones propias de su hipersensibilidad, solo le restaba el relativo confort de un escritorio y una habitación vacía. Alguna vez mencionó que no aspiraba a mucho más. No pretendía la llegada del amor ni la satisfacción económica. Deseaba, más que cualquier otra cosa, la paz. Poder leer, estudiar y escribir sin preocupaciones.

Para aquella joven argentina estaba la referencia de la autora francesa; una estrella distante le demostró que aquella ruta era posible. Así lo manifestó en uno de sus diarios.

«He visto una foto de Marguerite Duras y me puse contenta. Es pequeña y gorda. “Para escribir no es imprescindible ser una belleza”, me dije. Y me alegré».

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