Dos momentos de Federico Fellini

claudia-cardinale

Más de tres personas no aguanto, cuando me toca estar con más de tres personas tengo la impresión de que me ahogo, a menos que sean mujeres.
Federico Fellini

La crisis le sienta bien a los artistas. De las marañas pueden sacar la inspiración para consagrar obras que, al final, impactarán en los espectadores ya que ellos también adolecen de una serie de conflictos similares. Las creaciones ajenas nos hacen sentir menos solos, expresan de forma certera aquello que nosotros quisiéramos decir en caso de gozáramos de talento.

Las mejores obras de Federico Fellini parten del caos creativo, de un maremoto emocional e intelectual del que parece no haber salida… pero que de algún modo termina por encontrar el cauce. Era aquello que Paul Auster señalaba como muy propio de los italianos: la habilidad para sobrevivir al enredo. Durante la preparación de plato principal parece que todo se va a venir abajo: minutos antes del límite está claro que será un reverendo fracaso. La sorpresa vienen después, cuando por milagro todo funciona en armonía al sonar la campanada.

Las dos películas más importantes de Federico Fellini (La Dolce Vita) son igual de imponentes, aunque disparan hacia lugares distintos. La Dolce Vita es una especie de safari por  la Via Veneto, un recorrido a la Roma de una época en particular, la de finales de los cincuenta, en donde seres perdidos se encontraban en una ciudad que fungía como circo de amores, risas, y horrores. , por otro lado, es un viaje interior, con la amplitud que esto significa. La exploración del yo, bajo el manto de obsesiones del director italiano (la religión, las mujeres, el psicoanálisis, la infancia…), confusión que hace armonía. Un hombre al borde del colapso, la historia empujándolo hacia sí mismo.

De este par de cintas quisiera recuperar dos escenas, que en lo personal encuentro demoledoras. Ambas están protagonizadas por Marcello Mastroianni, el gran representante de Fellini ante las cámaras.

La primera, de , es una conversación entre Guido Anselmi y el personaje (la mujer ideal, la Gracia) interpretado por Claudia Cardinale. En la secuencia se mezclan hechos con fantasías, lo que sea necesario para enaltecer las inquietudes del director. La iluminación consigue crear una atmósfera de arrinconamiento  aun en el gran espacio de la noche. Aquí resulta encomiable la cinematografía de Gianni Di Venanzo, donde luces y sombras hacen un papel inquisitorio que se perdería en una versión a color.

Claudia saca a Guido de un auditorio en el que realizaba la pruebas actorales de su próxima película, un trabajo repleto de ofuscación y de dudas que parece no ir a ningún lado; pero salir de ese lugar no ofrece un respiro, es imposible huir de lo que se carga por dentro, en este caso la presión de crear una obra a la altura de las expectativas. Guido camina sobre arenas movedizas.

Luego de andar un rato en automóvil, Guido y Claudia se detienen en un rincón de la ciudad. A continuación viene una charla sobre el proyecto en el que están inmersos. Guido parece rendido. Aunque ella intenta hacerlo entrar en razón, él parece obstinado en la idea de que ya no puede salvarse. Está condenado, y lo mejor es asumirlo antes de que el daño pueda extenderse.

El diálogo es una obra maestra (lo que transcribo es una aproximación), un entendimiento brutal de la psicología humana. Un episodio que deja molido como espectador.

—No entiendo nada de la historia que me has contado. Un tipo como el que describes, que no ama a nadie, no me inspira mucha pena, ¿sabes? En el fondo todo es culpa suya, ¿qué es lo que espera de los demás?
—¿Crees que no lo sabía?  Tú también eres muy dura conmigo.
—Ah, no aguantas la menor crítica de nadie. Te ves tan gracioso con ese sobrero, hecho todo un vejete… No entiendo, ¿él se encuentra a una mujer que puede hacerlo renacer y no hace más que rechazarla?
—Porque él ya no cree más.
—Porque no sabe amar.
—Porque no es verdad que una mujer puede cambiar a un hombre.
—Porque no sabe amar.
—Y sobre todo porque no tengo ganas de contar otro montón de mentiras.
—Porque no sabe amar.

***

La otra escena, en La Dolce Vita, ocurre cuando Marcello Rubini, periodista de la prensa rosa, se encuentra con Steiner (personaje basado al parecer en Cesare Pavese e interpretado por Alain Cuny), un intelectual que aunque desde afuera pareciera tener una existencia envidiable (con familia, éxito e inteligencia), por dentro está consumido. Marcello no se da cuenta, e incluso intenta adentrarse más en la dinámica de aquel sujeto: se lo pide durante una fiesta en la que  acaba fascinado por aquella vida en apariencia perfecta, hasta que le acaban por revelar el secreto.

—Déjame venir a tu casa más a menudo.
—Te lo he dicho, puedes venir cuando quieras. ¿Qué es lo que pasa, Marcello?
—Debería cambiar de ambiente. Debería cambiar muchas cosas. Tu casa es un verdadero refugio… tus hijos, tu esposa, tus libros, tus extraordinarios amigos… yo, yo estoy perdiendo el tiempo. No hago nada ya. Alguna vez tuve ambiciones, pero  lo estoy perdiendo todo, lo estoy olvidando todo.
—No creas que la salvación está en permanecer en casa. No hagas lo que hice yo, Marcello. Soy demasiado serio para ser un amateur, pero no lo suficiente para ser un profesional. Créeme, la vida más miserable es preferible a una existencia protegida por una sociedad donde todo es calculado, donde todo es perfecto.

La impresión de Marcello, en la que se idealizaba el jardín del vecino, confirmaría su yerro al enterarse tiempo después del destino trágico de Steiner. Abrumado, aquel señor de aspecto idílico decide quitarle la vida a sus hijos para enseguida suicidarse. La infelicidad está en todas partes, aunque a veces creamos que únicamente posa sobre nosotros.

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