La bendición de vivir insatisfecho

Qué grima dan las personas que parecen estar felices todo el tiempo, propulsores de colores pastel bailando un son eufórico que parece venir de otro planeta. Una ventura tan chillante que resulta inferior a la discreción que implica el desgano.

Hay cierta elegancia en quien sabe llevar una dosis moderada de insatisfacción. Ser de los que contienen la marcha aun en los momentos en que abundan los globos y las sonrisas. No por soberbia ni altivez, sino por ubicar la atención en el escalón que sigue, tener la conciencia de que hay siempre margen de mejora.

Desde luego no se trata de volverse un ente insufrible que se niega a sonreír para la foto. Hay que expresar los sentimientos en momentos puntuales, pero no volverse un rehén del júbilo gratuito, mantener de este modo un código de exigencia antes de soltar las campanas al vuelo.

Y no es materia de magnitud, más bien de equilibrio. Es posible enamorarse de una hormiga. Quedar encantado con su paso y celebrar en grande cuando la vemos llegar a su destino. Es normal, también, el festejo por los éxitos profesionales. Lo que usted quiera puede ser excusa para el regocijo, aunque visto como una agitación excepcional que en su misma naturaleza le da aura única. El contento de 24 horas no es solo agotador, sino que le resta significado a sensaciones que deberían ser especiales.

La manifestación de cualquier emoción pierde credibilidad si es permanente, se vuelve un insulto a quien se le dirige ya que equivale a coquetear con cualquiera. No quiero un elogio que es lanzado a todo el mundo.

Está además el hecho de nunca darse por realizado ya que conllevaría el inicio de la descomposición. El inconformismo parte de una visión amplia que conoce el potencial de las esferas; lo que en muchos es la culminación, en algunos deja hambre todavía. Tener metas en el horizonte es lo que permite mantenerse activo y con ánimos de superación.

Ser así trae muchos dolores de cabeza. Qué fácil sería conformarse. Darse por bien servido ante un plato de migajas. Pero creo con firmeza que comparado a ello es preferible ser un poco infeliz.

Es sencillo reconocer a las personas que no ceden, los que declinan la vulgaridad del frenesí con tal de conservar intactos sus principios. Ellos van con la mira puesta hacia adelante y son además poco dados a olvidar las pérdidas. En el alma sensible se agolpan las emociones: incluso la más delicada de las afrentas les produce una crisis en el interior.

He ahí el revés trágico de quienes cargan una perspectiva extensa del entorno, en donde el peso de una serie de capas (donde se incluye el pasado y los condicionales) termina  por agobiar, lo cual da un aire distante, de incómoda estancia en el campo.

Es el costo de reservarse para lo que en verdad importa. El futbol (ver partidos como si en ello se fuera la vida), el arte, el amor y tirarse como niño a reír con las mascotas.

boulan

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