No lo merecen

José Vasconcelos es una de las figuras claves del siglo XX mexicano. Bajo su tutela se tejió una parte importante de la formación de un pueblo que se encontraba tambaleante tras un proceso revolucionario y que requería de una estructura que le permitiera un desarrollo sostenido, el mismo que poco a poco dio equilibrio a la nación. El tino de sus decisiones permitió crear un ambiente cultural que llegaba a las clases populares y que rompía con la tradición histórica de mantener al arte y la educación en manos de las élites y los intelectuales del régimen.

La influencia de Vasconcelos es tan profunda que se adivina todavía en el México actual. Una impronta alojada en paredes, en escuelas, en museos y, de manera especial, en el pensamiento comunal. Generaciones que aun sin haberlo conocido, sin saber quién fue, cargan con esa herencia educativa que pasó de una multitud a otra.

Y pese a las grandes contribuciones, Vasconcelos no dejó de ser un ser humano con pasiones y bajos instintos como cualquier otro. La vasta  cultura que poseía, las toneladas de lecturas que le corrían por las venas, el refinamiento… no quitaban que tuviera equivocaciones y posturas lamentables, como las que cargó en el último tercio de su vida, cuando acentuó posiciones cercanas a la ideología nazi que, aunque deben ser revisadas desde su contexto, no dejan de ser una mancha  en el legado que conformó.

Con ello no pretendo quitarle un solo gramo del mérito que tuvo como Secretario de Educación Pública y como Rector de la UNAM, así como a su valía como escritor e intelectual. Lo señalo para ilustrar cómo es que los prejuicios y la obcecación persiguen a seres de alto calibre, figuras de prosapia y con erudición de las que se esperaría un comportamiento racional y sin baches, cuando a menudo ocurre lo contrario. La exigencia es un tanto injusta ya que de las sombras nadie se libra: en cualquier instante amenazan con consumir a su dueño.

Pareciera que a Vasconcelos se sumió de lleno en el radicalismo en 1929, luego del fracaso político que le supuso el intento de ser Presidente de México. Luego de ahí, el exilio, un cambio de aires necesario para alguien que se hallaba decepcionado del sistema que había ayudado a conformar. Al respecto, se le atribuyen unas palabras que al parecer pronunció ese mismo año poco antes de partir rumbo a Estados Unidos, un país por el que tampoco predicaba demasiado amor:

“Este pueblo mexicano no merece que yo sacrifique una sola hora de mi sueño. ¡Es un pueblo de traidores y de cobardes que no me merece! Demasiado he hecho por redimirlo. No volveré a ocuparme de él”.

La declaración la tomaría con pinzas. Primero porque provienen de alguien que pasaba por un trago amargo, idóneo para soltar la primera tontería que sirviera para el desahogo. Segundo, porque en lo personal no podría asegurar la veracidad de la misma, cuyo origen está trazado en la Crónica De La Revolución Mexicana de Roberto Blanco Moheno sin que existan muchas más fuentes a consultar.

Ahora bien. En esa frase se refleja muy bien la penuria que supone el saberse traicionado por aquellos a quienes creías haber impulsado. Si le quitas las dimensiones políticas y sociales te queda un fragmento propio de quien ha sido defraudado por la pareja o el de un espíritu que se siente víctima de la deslealtad de los amigos. Aquellos a los que se dedicó tiempo y esfuerzo, sin saber que desaparecerían cuando la vulnerabilidad cambiara de bando.

La ingratitud. Ofrecer palabras, consejos. Dar lo que se tiene sin chistar a quienes no comprenden el gran trabajo que hubo detrás de lo que se toma como una minucia. Acabar agotado de la conjura que celebra la infamia y se encarga de mantener hundidos a muchos talentos, a esos a quienes perciben como competencia.

Mezquindad con los que dieron un aporte del que muchos se aprovecharon, bebiendo cada gota de sangre hasta dejar seco al proveedor original cuyo cadáver queda tirado, consumido por cientos de hormigas. Sin ningún tributo ni reconocimiento.

Las rémoras de siempre, adheridas a cuerpos tambaleantes que avanzan sin muchas ilusiones con la convicción de que quienes se les cuelgan desaparecerán en cuanto alguien más les eche un silbido.

Y —si los hay— agradecimientos en voz baja, a modo de susurro, para que nadie se percate de la fuente de donde han sacado todos los recursos. Los elementos y ganchos con los que se lucen ante las masas; ahí sí, a gritos, bajo el tono rojizo de los reflectores. Al que influyó ni el agua. Que se ahogue en la sombra porque su eventual reconocimiento supondría el tener que dejar de saquear su cosecha, tener que buscar otra figura de la cual servirse. Otra figura a la cual copiar.

Retomo aquí lo que decía Enrique Jardiel Poncela acerca de Miguel Mihura (que firmaba entonces como Miguel Santos), al sentirse atracado por él en el aspecto creativo:

La contumacia con que Santos viene utilizando en sus cuentos aquellos resortes, sorpresas, trucos, giros, mecanismos, equivalencias y desplantes que yo ideé para mis propios cuentos, me obliga ya a decirlo en público, pues necesito tranquilizar mi espíritu, conturbado por la idea de que algún día surgiese un lector nuevo que, desconociendo mi labor antigua, llegare a suponer que era yo el influido por Santos, lo que me sería intolerable. […] Ni llevo mala fe, ni he pensado nunca en hacer a Santos la trepanación: simplemente defiendo lo que es mío.

La búsqueda del beneficio a secas, sin ofrecer nunca un detalle, una sonrisa, un guiño. Creyendo que el otro no se da cuenta de la ruindad, solo porque permanece en silencio. Sin saber que no es así, que la mina explotada está a la espera de que venga el momento justo para soltar la tierra, donde caerá también una lluvia con todas las piedras que se cargaban en la espalda. Sentimientos de los que no se salvan ni los seres más racionales.

Lo que vale es no perder la sensatez.  No mucha, al menos.

fellini w

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