Cómo han de ser las decepciones

Estoy sentado a solas en la mesa de una cafetería. Bebo de los últimos tragos de mi vaso cuando se acerca una mujer a la que conozco de vista.

—Hola, soy Mónica, ¿te acuerdas de mí?
—Sí, estabas en la casa de Víctor el otro día.

Sin avisar, la mujer se sienta junto a mí. Empieza a platicar sobre lo que hizo en el día. Acaba de salir del trabajo. Ha dado vueltas por toda la ciudad. Una jornada larga para ella. Se merece un respiro y, como hace calor, en vez de café pide una bebida refrescante. No le comento que yo ya iba de salida. Doy tragos imaginarios a un vaso al que ya no le queda casi nada. Lo único que hago es balancear las pocas gotas de café como si estuviera bebiendo de verdad. Ahora no quiero irme. Tengo una compañía agradable. Los comentarios que hace son divertidos y, desde luego, ella es muy atractiva. Pareciera que ha invertido de miles de pesos en mantener un cabello sano. Su piel, impecable. No para de sonreír. Tiene un carácter que es todo lo opuesto a lo mío. Por eso me extraña que esté ahí, que no se vaya y que siga hablando. Apenas la conozco. Aquel día, en la fiesta de Víctor, nos presentaron y luego no cruzamos palabra. Ella iba con un grupo de amigas que pronto se separaron del resto. Y ahora la tenía ahí a lado. Como si me conociera de toda la vida. Quizás esté enamorada. Quizás se haya enamorado de mí. Está flechada y este encuentro casual se ha presentado ante ella como una oportunidad milagrosa que no podía dejar escapar. O, mejor aún, quedó tan prendada que estuvo espiándome todos estos días para conocer mis hábitos: los lugares que frecuento, los horarios de rutina. Después de seguirme por horas, al fin se ha animado a acercarse. Un plan magnífico que soy incapaz de cuestionar. No le diré que me he dado cuenta. Mantendré la ilusión, el secreto. Mónica me ama y ha luchado contra viento y marea para conocerme. Lo mínimo que puedo hacer es acceder a su invitación. Asentir con la cabeza y reír ante su gracia. Merece el beneficio de la duda. Pese a que haya forzado un poco las cosas, lo más probable es que estemos destinados el uno para el otro. Saldremos por algunos meses y luego, cuando menos me lo imagine, la relación se habrá vuelto seria: estaremos ante los albores del matrimonio. Ella y yo. Enganchados para siempre. Nuestro primer hijo se llamará Víctor, en honor al jovenzuelo que tuvo a bien invitarnos a la misma fiesta sin saber que con ello daría comienzo a un cuento de amor propio de la antigua India. Estoy rebosante. Conquisté a una bella mujer con sólo estrechar su mano en una ocasión. A partir de ahora soy invencible. Nada se interpondrá entre mí y mis sueños. Oh, amor mío. Te ves tan ilusionada. No te fallaré, lo prometo.

Mónica se pone seria. Hace una pausa para darle un largo trago a su bebida.

—Ay, perdón por hablar tanto. Se me va la onda a veces. No quiero quitarte tu tiempo, sólo quería hacerte una propuesta.

Ahí viene su confesión. Dímelo, Mónica. Di lo mucho que me amas, aunque ya lo sepa.

—Sí, dime. No hay prisa.
—Mira, César… ¿sí te llamas así?
—No, no me llamo César.
—Perdón, se me fue tu nombre.
—Me llam…
—Bueno, da igual. De lo que te quiero hablar es de un proyecto en el que estoy trabajando. ¿Estás abierto a unirte a un nuevo modelo de negocios? Se trata de algo muy simple y en poco tiempo puedes ver los resultados de tu inversión.
—Los negocios no se me dan. Gasto el dinero apenas llega a mis manos.
—Ni te apures. Es normal. yo estaba como tú pero ya puedo desenvolverme en el área de los negocios sin ningún problema. Sólo necesitas tomar una capacitación muy breve que se imparte cada lunes a las nueve de la noche. Si quieres pásame tus datos para agregarte a la cartera de socios.
—No sé. La verdad no me llama la atención.
—Qué negativo, eres César. ¡Que no te dé miedo! Con nosotros puedes ganar mucho dinero.
—No me llamo Cés…
—Es súper fácil, sólo tienes que invertir una cantidad al inicio y después vas pagando una mensualidad. Al cabo de una temporada empiezas a ganar un dinerito. Tú ten confianza.
—Por ahora no estoy interesado.
—Entiendo. No tienes que decir en este mismo instante. Vamos con calma. La próxima semana podemos vernos para que me cuentes de tu decisión mientras nos tomamos un cafecito, ¿te late?
—Mañana salgo de la ciudad. En serio no puedo.
—En ese caso podemos agendarlo a distancia. Pásame tu número y tu correo y yo te pongo en contacto con el contador con el trabajamos.
—Estoy muy ocupado. Te agradezco la invitación, pero no puedo. Para qué te hago perder el tiempo. Gracias.
—¿Cuál dices que es tu número?

Abandono la cafetería y regreso a casa. Una fantasía más que se desploma ante mis ojos.

Unas semanas después soy contactado por otra joven de manera electrónica. Se llama Diana Luisa. Me ha agregado por medio de redes sociales. No la conozco de nada, pero veo que tenemos una amiga en común. Decido aceptarla. Quizás sea una compensación divina enviada por los cielos. Dios aprieta, pero no ahorca. Es un alma pura que me dará consuelo. A los pocos minutos me manda un mensaje:

—Hola. Trabajo en una pequeña empresa de marketing por internet y estamos buscando personas que quieran ganar dinero en redes sociales durante sus ratos libres, ¿te gustaría conocer más? ¿O de casualidad sabrás de alguien a quien pueda interesarle? Si te llama la atención, mándame tus datos y una persona te llamará para darte toda la asesoría correspondiente.
—No estoy interesado. Pero te deseo suerte con su proyecto. Ganar dinero es siempre una buena noticia.

La joven no responde mi mensaje. No vuelvo a saber de ella.

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