Para una noche de junio

Con el paso de los años se modifican los temas recurrentes en las conversaciones. Al final, cuando la vejez es suficiente, la mayor parte de los encuentros entre amigos se reducen a un intercambio de achaques. Una señora cuenta que lleva un mes con dolor de rodilla, su acompañante menciona que le acaban de operar un hombro y la otra pareja recuerda que el doctor les ha mandado a hacerse unos estudios por una serie de síntomas que no los dejan en paz. Ya no se habla sobre planes a futuro. Se dejan atrás las ideas, las observaciones del mundo social. Ya ni siquiera hay espacio para las anécdotas que alguna vez vivieron juntos. La  charla termina por convertirse en un gran desahogo en el que los participantes compiten a ver quién sufre más.

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Un asunto a debate es el de los apellidos. Dan identidad y se vuelven incluso una marca. Hay quienes los presumen, otros que prefieren ocultarlos. Ufanarse de su rareza se me hace una de las actividades más patéticas que existen, pero quizás en ello influya lo ordinario de mi nombre en general.  La cuestión es que no veo mérito en ello ni razón para tirar cohetes. Peor aún son los que presumen tener un apellido proveniente de un país extranjero —bendición pura— con lo que sólo consiguen que los demás nos enteremos de su pequeñez. Aun así hay apellidos que, no se puede negar, son bonitos. Ahí están McCartney, con esa c pequeñita entre dos letras adultas; Velázquez, con un sonido que serpentea; Rivera, que remite a la delicadeza del agua; Ruvalcaba, que plantea dudas sobre la ubicación de la v y de la b… o Fitzgerald, cuya prosapia (Francis Scott, Ella, JFK…) obliga a sus portadores a tener talento para mantener la reputación. No les queda de otra. Sin embargo, los mejores apellidos que conozco son los que tenía un gato estadounidense que fue adoptado por los trabajadores de una biblioteca luego de que, con apenas dos meses de vida, fuera abandonado en la calle. Al gato lo llamaron Dewey (basados en el sistema de clasificación homónimo) y lo dejaron vivir dentro de la instalaciones del lugar, entre repisas y novelas. Al cabo de un rato, decidieron ponerle también apellidos. Un felino de tanto carisma merecía gozar de tal  distinción. Luego de pensárselo, el nombre definitivo acabó por ser Dewey Readmore Books. Algo así como Dewey Lee Máslibros. Estupendo apelativo, digno de un promotor de la literatura a base de ronroneos.

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Lo señala el gran Gay Talese en su artículo dedicado a la visita de Muhammad Ali a La Habana en 1996. Por aquel entonces el exboxeador estadounidense llevaba ya varios años  sufriendo la enfermedad de Parkinson sin que ello le impidiera realizar algunas actividades sociales, como la que desarrolló aquella vez en Cuba, con motivo de una misión humanitaria destinada a llevar suministros a los maltrechos hospitales de la isla caribeña. El físico de Ali ya no era, ni de lejos, el que alguna vez fue. Con cincuenta  y cuatro años a cuestas, su cuerpo padecía los embates de un mal que lo aquejaba en cada segundo de su vida. Los movimientos eran lentos y las palabras ya no fluían de la misma forma que antes. Era alguien diferente, aunque en su interior todavía se adivinaban los detalles que lo hicieron una leyenda en la historia del deporte. La escena relatada por Talese ocurre en el vestíbulo de un hotel, antes de que Ali salga a tomar el automóvil que lo llevará a sus compromisos oficiales con el régimen castrista. Los huéspedes del hotel se arremolinan alrededor suyo, es el deportista que marcó el siglo XX en combates imposibles de caer en el olvido. Todos quieren una foto con él, un autógrafo. Y Ali los complace. Sus desplazamientos son temblorosos, erráticos. Provocan un nudo en la garganta si te pones a recordar al joven invencible que alguna vez fue. Dar cada autógrafo le toma a Ali cerca de medio minuto. Una eternidad para un acto tan simple, que al mismo tiempo pone en perspectiva sus épocas de gloria.  Eso era más o menos lo que le duraron algunos de sus rivales (el caso de Jim RobinsonSonny Liston en la polémica segunda pelea, ambos derrumbados en el primer round). Y ahora trazar una línea era un reto mayor. Pero lo hacía. Se esforzaba. Si se tardaba tanto en cada autógrafo era porque ponía dedicación en ellos. No se conformaba con soltar cualquier garabato, ni dejar un simple Ali para salir del paso. No. Con sumo cuidado, se tomaba el tiempo para escribir Muhammad Ali, el que consideraba su nombre completo. El público, aquellos desconocidos, le merecían respeto. Estaban ahí apoyándolo y no podía defraudarlos. Aunque le costara un horror, iba a darles lo que esperaban. Una muestra más (una sutil) de la grandeza de  Muhammad Ali, un personaje que por lo demás, como todos, también tenía sus defectos.

 

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Envejecer, recluirse. No veo otro camino.

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Los espejos guardan un secreto. Dependiendo de tus angustias, felicidad o preocupaciones, pueden mostrar una imagen muy diferente de ti. A los espejos les gusta juguetear, son de gastar bromas constantes. Así, cuando quieren burlarse, primero te muestran bello ante el reflejo. Eres un ser extraordinario según te indican. Y te sientes invencible y rebosante de confianza ante a ellos. Con esa convicción sales de casa, sin saber que ahí es cuando la asociación de espejos de coordina para estropearte la noche. Luego de ponerse de acuerdo, el espejo del restaurante al que ibas te enseñan una imagen muy distinta a la que recordabas en casa. Tus defectos empiezan a resaltar. Una cana, dos arrugas, tres deformidades que antes no aparecían. Los espejos tendieron una trampa. Se ríen para sus adentros. Una persona te espera en la mesa, en lo que se suponía tu cita soñada, pero tú ya has perdido la determinación y el respeto por ti mismo. Eres una piltrafa. Un ser horrible que no debería volver a salir a la calle. Eso piensas hasta la mañana siguiente, cuando el espejo te consuela de nuevo y descubres que tus ojos tienen lo suyo.

fenech

 

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