Matarse por una ese

Eduardo M, un buen compañero que conozco desde hace años, me invita a colaborar en una pequeña revista cinematográfica en la que es editor. Aunque en un principio dudo, al final acepto la oferta debido a una nueva política de comportamiento: he decidido dejar de decirle no a todo lo que que se me ponga enfrente, una costumbre nociva que puede llevarte a la perdición, como es mi casoAl desarrollo le viene fatal rechazar todas las invitaciones  que se reciben. Hay que dar un paso adelante y aceptarlas; a pesar de las inseguridades, aun a riesgo de estar inconforme con las creaciones que se puedan realizar.

El hecho de que casi todos nuestros productos parezcan detestables no significa que debamos quedar en silencio. La calidad ha dejado de ser imprescindible.  Los horrores son lanzados con impunidad desde múltiples frentes. Ni para qué amilanarse entonces: lo repulsivo es la norma, lo socialmente admisible.

Durante un largo tiempo me abstuve de participar en cualquier proyecto literario  bajo la convicción de que ya se tenían  los suficientes malos textos como para ir a ensanchar la cosecha. Estoy convencido de que hay más literatura en los silencios y en las páginas en blanco que en una gran cantidad de libros y publicaciones que se encuentran en los estantes comerciales. Además me considero mejor como lector que como escritor; de ahí que en el pasado haya declinado ofertas para sumarme a diversos equipos de trabajo, no sin acabar arrepentido tiempo después cuando caigo en cuenta de que dejé pasar la oportunidad de subir varios escalones a una carrera en la que voy retrasado.

Así que Eduardo M recibe el que tanto me había resistido a expresar con anterioridad. El reto es asequible, sólo debo escribir una cuartilla en la que se reflejen dos temas: el del cine y el de la juventud.

Tengo una semana para ello. Pan comido, pienso. Si bien a mi cerebro ya le cuesta hilar un par de frases consecutivas (lo cual ha mermado mi productividad), bastará que organice una agenda para escribir cinco oraciones al día y así cumplir con la tarea dentro del plazo establecido. Lo que no entraba en mi presupuesto eran las vacaciones. Semana Santa se atraviesa y arruina los planes originales. Al final queda la alternativa adoptada en los años estudiantiles: dejarlo todo para el último día. Tomar fuerzas de flaqueza y apelar al milagro del genio, soltar trazos sobrenaturales el domingo por la noche, dejar que la presión impulse al reconocimiento del público y la aclamación del sector cultural.

Me apresuro a darle forma a un par de notas a las que había dado vuelta internamente. La empresa es inútil: son balbuceos carentes de hilo conductor, lo cierto es que no llevan a ninguna parte. Lo que escribo en tiempos recientes se ha vuelto una metáfora de mi vida: malograda, aburrida, con nulo interés para los seres vivos. Fruslería en estado puro.

El cierre es al día siguiente. Debo entregar lo que prometí.

Comprendo que intentarlo fue un error: debí obedecer al pesimismo antes de exponer el prestigio de un valeroso grupo editorial.

Como sea, tengo la cuartilla lista pero decido dormir un rato antes de entregarla. Pretendo darle una última revisión rápida con ojos frescos cuando despierte. Al hacerlo noto que hay un par de ideas rescatables (alguna coma honorable también). Lamento no haber podido profundizar en ellas y que la torpeza del tratamiento sea evidente para los lectores que hayan cursado la educación básica. De cualquier modo ya no hay tiempo para remediarlo, para hacer más correcciones. Lo que tengo es lo hay.

La versión final es un asunto de fe. Quizás aquello no sea tan terrible como parece. Quizás seamos demasiado exigentes con nosotros mismos y las obsesiones impidan el juicio equilibrado. Qué diablos, es probable que aquel aparente desperdicio resulte digno de admiración en el círculo periodístico local. Nada se pierde con intentarlo.

Envío el texto. Pasan los días.

Eduardo M me avisa —con  su habitual amabilidad— que el texto ha sido aceptado. Saldrá en el próximo número de la revista. Sufro una mezcla de expectación y ansiedad. Ninguna persona debería leer lo que escribo: atentaría contra algunos de sus derechos humanos fundamentales. La miseria no se tendría que propagar. Sin embargo hay que ser valientes, asumir la responsabilidad de los daños causados… esperar que las víctimas sean las menos posibles y encomendarse a que un error de imprenta pueda hacerle un favor a todos con una gran mancha de tinta que censure el artículo que se ha mandado.

Para desgracia generalizada, esto último no ocurre. El texto aparece tal cual fue concebido. Recibo algunas copias del número en cuestión y, fiel a mi costumbre, comparo mi artículo con el de los otros, estableciendo un ránking que va de lo mejor a lo peor con la esperanza encubierta de haber vencido al resto de los colaboradores.

El análisis se viene abajo en cuanto me entero de un detalle presente mi texto. Más bien un error monstruoso. Un despropósito. Una insulto a la historia de la civilización occidental.

Hay una palabra mal escrita.

Puse adolecente en vez de poner adolescente. No me di cuenta en su momento.  Me vengo abajo apenas me lo informan. No es posible. Se supone que revisé las palabras. Cómo es que ha terminado así. La de veces que he ironizado cuando alguien comete ese tipo de equivocaciones. He fallado. Si esto fuera una competencia deportiva sería descalificado por idiota.

Lo comprendo al cabo. Mi carrera literaria ha quedado mancillada para la eternidad. No importa cuánto lo intente. Da igual que algún día escriba un libro a la altura de Los hermanos Karamazov. Mi imagen estará anclada para siempre a un error infantil. El tipo de falta que despierta burlas y por las que incluso un semidiós perdería el respeto de la sociedad.

La falta de una letra me produce un impulso suicida. Me quiero matar. Me quiero matar por una ese. Por su ausencia. Por el dolor que supone la pérdida de su ayuda especial. Me pregunto si es posible, si alguna vez alguien se ha matado por culpa de una letra. Acaso sea el primero en hacerlo. Un final merecido que podría hacer reflexionar a futuros escritores.

Por si fuera poco, al leer mi artículo percibo también algunas palabras repetidas. Una redundancia lamentable y una estructura floja y descuidada. Le he fallado a Eduardo M. Le he fallado a su confianza. Le he fallado a la comunidad. Le he fallado a mis ancestros y también le he fallado a los diccionarios, muchos de ellos en situación de calle y otros tantos padeciendo trabajos forzados como sustitutos de patas en sillones disparejos.

Algo extraño: recibo una invitación para colaborar de nuevo. Los de la revista tienen un talante altruista. Son unos ángeles de la caridad. Acepto lleno de incertidumbre pero, sobre todo, con una palabra en mente. Una que no lleva s.

cassady
Neal Cassady fotografiado por Allen Ginsberg (1964)
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