Un cúmulo de sensaciones placenteras

Regresar a la habitación del hotel y encontrar que ya la han limpiado y que han puesto toallas nuevas.

Untar queso crema sobre el pan tostado (sin romperlo).

Quitarte los calcetines luego de un largo día y arrojarlos hacia cualquier parte.

Cuando el volante del auto se desliza entre tus dedos al regresar a su posición original luego de haber dado una vuelta.

Abrir la llave de agua y encontrar que todavía hay agua caliente después de diez minutos de ducha.

Pasar de un pantalón de mezclilla a la ligereza de la pijama antes de tirarte a dormir.

Un gato que camina sobre ti con toda su delicadeza.

Llegar a la última página de un libro que estaba resultando demasiado pesado.

Las piernas de una mujer a través de las medias.

Entrar a un lugar en donde tienen aire acondicionado mientras en el exterior el mundo se empieza derretir.

Descubrir que lo que ibas a pagar en la caja tiene un descuento inesperado.

Tomar una taza de té durante una tarde lluviosa.

Ser el niño que ha terminado los deberes con todo un fin de semana por delante.

Aquella campana en la escuela que indicaba la hora de salida.

Escuchar el olfateo de un perro cuando pasa la nariz cerca de tu oreja.

Morder la  parte final del cono que encierra una porción perfecta de helado.

Encontrar dinero en un pantalón viejo justo en una tarde donde querías comprar alguna tontería.

Ser el niño que ve llegar a un adulto con una caja de pizza entre las manos.

El momento en que la sala del cine se sume en obscuridad momentos previos al inicio de la película.

Tomar un vaso de agua para terminar con una crisis de sed. Agua natural, sin más. La bebida perfecta en tales circunstancias.

Dar un bostezo sin moderación. En una habitación apartada de cualquier testigo posible.

Queda absorto ante una pecera. Olvidarse de cualquier factor externo. Mirar a esos animalitos en el agua: ahí el secreto de la tranquilidad.

Cuando te retiran una venda después de un largo tiempo.

La frescura en la boca luego del lavado de dientes. La satisfacción es tal que uno se pregunta por qué no nos los lavamos al menos diez veces al día.

Pisar una hoja seca y aplastar un plástico de burbuja al mismo tiempo. Experiencias para atesorar con rumbo a la vejez.

Saber que todavía tienes por delante muchos capítulos de tus serie favorita.

Romper la envoltura de un regalo sin ningún tipo de piedad.

Esa primera taza de café por la mañana.

El triunfo que supone hacer reír a un bebé.

Observar el vuelo de un avión de papel. O la travesía de un barco de papel elaborado por un niño.

Abrir el buzón (el de la casa, el tradicional) y encontrar una carta o un pequeño paquete de carácter personal.

Irse a dormir con la certeza de que la alarma del despertador ha sido desactivada.

Los pies hundidos en la arena mojada.

Dar por fin con las llaves perdidas.

Una lata aplastada con un pisotón. Sentir que el siguiente paso es el dominio del mundo.

Una ensalada saludable que, de manera extraña, tiene un sabor estupendo.

Anotar un gol durante un partido entre amigos. O en un torneo de alcance internacional, según cuentan los expertos en la materia.

Cuando la abeja que amenazaba con picar se aleja de la mesa.

Quedar despierto durante toda la noche e ir a dormir con el comienzo del amanecer.

Llevar a un niño a ver una película. Una vez terminada, ir por un helado para comentar las escenas favoritas.

El olor interior de un auto nuevo.

La aparición de tu artista favorito en el escenario donde dará un concierto.

Ganar en el piedra, papel o tijera. Lo mismo con un volado. Sentir que eres un estratega de talla global.

Salir victorioso del cajero automático con un puñado de dinero. Varios de los momentos más dulces de la vida ocurren ahí, con el perdón superficial.

Devolver a un perro perdido a su dueño.

Encontrar una razón para salir de la cama cada día.

La travesía por una librería de viejo. Dar con joyas que cuestan menos que una botella de agua.

El refugio de una sombra en medio de la asfixia de un día soleado.

Ser el encargado de abrir un frasco que una persona mayor (tu abuelita) no pudo abrir. Y conseguirlo.

Encestar una bolita de papel en el bote de basura.

Despertar en la plenitud de la madrugada, mirar el reloj y caer en cuenta de que todavía hay tiempo para dormir tres o cuatro horas más.

La vida se aligera después de un buen corte de uñas.

Un partido de futbol y nada más. Poder sumirse en lo que pasa por la televisión sin ninguna otra preocupación. Ya se tiene suficiente con el contragolpe que arma el equipo contrario.

La llegada un obsequio inesperado. Una simple paleta lo puede significa todo si aparece en el momento adecuado.

El inicio de las vacaciones. Adiós a los pendientes, concentrarse en disfrutar. La cuenta empieza de nuevo.

El silencio que impera dentro de un museo. Los pasos provenientes de una sala que parece dictar un mensaje secreto.

Visitar el centro histórico de cualquier ciudad, perderse en las calles sin agobio alguno y terminar en algún tugurio con meseros amables.

Una banda de jazz — de las buenas— en vivo.

Pasar los dedos por las teclas de un piano, aunque no sepas tocar nada que resulte placentero al oído.

Despreciar las aventuras y deportes extremos de la comodidad de un sillón reclinable.

Leer un cuento para que alguien pueda dormir.

Ir a una cafetería sin ningún acompañante. Disfrutar de la bebida y la lectura de un libro, periódico o revista. Tener una libreta a la mano por si de pronto surge una idea importante.

Platicar con alguien que viene de un país lejano.

Cuando el trayecto ha terminado y el destino se revela ante los ojos.

Llegar al final. Al punto final.

pasar o no

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