El asiento trasero de Charlie Brown

Charles M. Schulz dejó una gran cantidad de lecciones a través de la tira cómica Peanuts y el conjunto de sus personajes. La reflexión, la ternura y el sentido del humor se conjugan en su obra para dejar manifiestos que logran impactar y poner en perspectiva al lector. La sencillez de largo alcance que, a través de un grupo de niños en unos pocos cuadros, acaba por hablar del paso de la vida en general. Las estampas de Charlie Brown y compañía son un archivo de consulta para cualquier momento en el que se requiera nutrir la sensibilidad y entrar de lleno en un tipo de inocencia que ya no abunda: en donde la genialidad echa mano de los recursos simples e inmediatos. Aquellos identificables para cualquiera, como la caída de una hoja o la compra de un helado. El inicio de una chispa interior que lo mismo levanta un recuerdo que una sonrisa.

Los grandes trabajos de Charles M. Schulz se apilan a montones durante varias décadas. Basta elegir al azar una de sus páginas para obtener una sustancia para recubrir los vacíos de la emoción. Resulta incluso recomendable hacer un recorrido en desorden por su legado. Tomar pinceladas de por aquí y por allá hasta crear una pintura de dulzura pensativa.

Una de las últimas publicaciones ante las que terminé flechado pertenece al año de 1972. Se trata de una secuencia en la que Patty y Charlie Brown conversan acerca de la seguridad. Patty instala el tema a modo conceptual, pero de inmediato Charlie Brown lo pasa a un plano de cercanía. En la forma en que el lector se pueda vincular. Vivir así la historia de otros como si fuera la propia.

—Seguridad es dormir en el asiento trasero del auto —dice Charlie Brown—. Cuando eres un niño pequeño y has ido a algún lugar con tu mamá y tu papá, y es de noche, y vas en el auto con rumbo de vuelta a casa, puedes dormir en el asiento trasero. No tienes que preocuparte de nada… tu mamá y tu papá están en los asientos delanteros y ellos absorberán todas las preocupaciones. Se harán cargo de todo…

Patty interviene. Le dice que eso es genial. Sin embargo, Charlie Brown entra en angustia antes de continuar con el mensaje.

—Pero eso no dura para siempre. De pronto, creces y ya nunca más vuelve a ser igual. Se ha acabado y ya no podrás volver a dormir en el asiento trasero nunca más.
—¿Nunca?
—Absolutamente nunca.
—Toma mi mano, Chuck.

Las palabras de Charlie Brown no solo invitan a la reflexión, también remiten a tiempos preciosos de la infancia en donde, en efecto, no había razones para preocuparse. Tiempos en los que existía una comodidad no del todo consciente y en donde bastaba con cerrar los ojos para que los padres se encargaran de arreglar los problemas que pudieran surgir.

Una certeza, la de que tienes a personas que te protegen y que harán lo que esté en sus manos para cuidarte. Pero, como se indica también, eso pronto llega a su fin. No puede ser para siempre. La ligereza desaparece un día para quedar en el recuerdo. Y es aterrador. Y triste. Saber que ya nunca se podrá ser el niño que duerme en el asiento trasero mientras los padres conducen en medio de la noche —y la tormenta— hacia el lugar en donde igual se harán cargo de ti. Si te lo piensas es una perspectiva dura. Durísima. Adiós a la certeza de que todo estará bien. La sensación se ha ido y ahora eres el encargado de tu propio destino. Un reto que resulta estimulante y que promueve el orgullo, pero que al mismo tiempo exige compromiso, una serie de condiciones innegociables para las que no siempre se dispone de la fuerza suficiente.

Yo no le había dado la justa dimensión a esto hasta que Charlie Brown vino  a removerme la cabeza. Ya nunca seré el niño que duerme con tranquilidad en el asiento trasero del auto.

Los pensamientos se extienden. No todo es aterrador. El automóvil es mucho más que un medio de transporte. Es un pequeño hogar. El sueño fundacional de la familia en el siglo XX. Un símbolo de éxito e independencia.

En una época de familias separadas en donde cada integrante mira la televisión desde su propio cuarto, los viajes en auto se presentan como una de las pocas oportunidades para acercar, para mantener la unión entre las personas. Ecos de intimidad colectiva que acercan a los pasajeros durante el trayecto.

Ir en auto es llevar la vista puesta hacia adelante. Estar en sintonía de conversación, en donde se puede ver y escuchar lo que los otros perciben desde sus sentidos. Tener a los demás a una caricia de distancia. Avanzar y detenerse juntos. Padecer de los baches al unísono, delirar con un tope que se ha sobrepasado unos centímetros. De igual forma el auto es el confort de la piel. El auxilio del aire acondicionado cuando afuera se derriten los cubos de hielo. Subir los vidrios para entrar en una burbuja. Perderse en calles desconocidas y tomar atajos por el camino empedrado.

Que el resto hable de las bondades de otros medios de transporte. Que salten en júbilo con las ventajas de ir en bicicleta. De la armonía ecologista y del vértigo de hacer el viaje en una moto sin miramientos. Que te hablen de lo saludable que es caminar por la banqueta. Y que después te digan lo malo que es el tránsito vehicular. Lo mal que hacen los autos al medio ambiente. Que el metro es la respuesta y que las canalladas del transporte público son parte del folklore de tu tierra.

Nada le quita la mística al auto. Seas el conductor, el copiloto o el rehén que va acostado en la cajuela. Se trate de un deportivo, una camioneta, un compacto, una limusina, una chatarra sobre ruedas… es un auto. La posibilidad de partir en cualquier momento al rumbo que te plazca. El lugar en donde dormiste y en donde avanzaste en silencio junto a las personas que más quisiste en la vida. El artilugio con el que fuiste a la playa. El lugar en donde está encerradas tus pertenencias. Toda esa basura que es fundamental para mantener a flote tus nervios.

Que Charlie Brown lo sepa.

***

Ocurrió hace un año. Estaba en el auto con mi familia. Mi padre iba al volante (esa tradición en sí misma), mi madre de copiloto y los tres hijos atrás. Por una serie de circunstancias hace mucho tiempo que los cinco no íbamos juntos así. Y recorríamos calles que yo desconocía. Preferí no preguntar a dónde nos dirigíamos. Solo dejé que aquello ocurriera. Tuve la impresión de que estábamos perdidos. Pero nadie decía nada. Daba igual. Yo me sentía bien. La prisa, el enojo, el aburrimiento… no existían. La música alumbraba las bocinas y lo importante es que estábamos ahí, uno al lado del otro. Mi padre siguió conduciendo durante un largo rato, por horas quizás. Hasta que se dio cuenta de que era suficiente y manejó de vuelta a la dirección de antaño.

Mi hermano menor dormía ahí, entre nosotros.

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