Algunas anotaciones sobre mi madre

Mi madre es muy buena cocinera. Sé que la mayoría de los hijos dicen lo mismo, pero mi madre cocina de maravilla en un sentido objetivo. Existe un consenso al respecto. Propios y extraños me lo mencionan cada que tienen oportunidad. De alguna manera se las ha arreglado para imprimir armonía y calidez en cada uno de sus platillos, desde la simpleza de un sándwich hasta las complejidades de un banquete navideño. Al parecer la habilidad la heredó de mi abuela, que todavía en la actualidad deleita con sus habilidades en el terreno de la comida mexicana. Ella incluso llegó a tener un restaurante a principios de la década de los noventa con mucho éxito. Cerró porque era una labor muy pesada para alguien de su edad. Estaba absorta por completo. A pesar de los años de retiro, todavía es abordada algunas veces en la calle por antiguos clientes que la felicitan y le recuerdan lo mucho que disfrutaban de sus creaciones. Le piden que regrese al negocio. Le aconsejan contratar a un equipo de cocineras para que le ayuden, aunque al final siempre obtienen un no rotundo por respuesta. La cuestión con mi abuela es que es muy celosa con su talento. No le gusta compartir recetas con nadie. Ni siquiera con sus hijas cuando le suplican. Pareciera que es su modo de mantener el aura imprescindible de su figura hasta el final. El único método que hay para obtener algunas nociones de su técnica en preparación de alimentos es observarla cuando está frente a la estufa. Pero ni así. De poco sirve conocer los ingredientes, las cantidades y los tiempos. Hay una parte que se escapa, una que no se puede emular. Algunos de mis platillos favoritos están condenados a la extinción.

Mi madre vivió un tiempo en Canadá durante su época como estudiante. Se alojaba en la casa de una pareja de ancianos y tenía como compañera de habitación a una joven hindú, la cual rezaba y meditaba en el suelo varias veces al día. Una chica muy amable que alguna vez le regaló a mi madre un billete de la India que, por desgracia, luego perdió. El matrimonio que administraba el hogar era muy estricto en cuanto a la conducta de los inquilinos. Para ahorrar costos tenían una regla: el baño diario estaba prohibido. La ducha estaba limitada a llevarse a cabo cada tercer día. Mi madre siempre ha sido muy limpia y esto representaba un inconveniente. La idea de andar sucia le aterraba, así que decidió no se dejarse vencer. Cuando el matrimonio salía para ir a la tienda o asistir a algún compromiso, ella desobedecía las órdenes y se metía a bañar… aunque fuera con el agua fría. A veces, cuando surgía la oportunidad, lo hacía con agua caliente. En este caso tenía que secar bien el baño y eliminar rastros de vapor en las ventanas para que nadie se diera cuenta de lo que hacía.

También vivió Nueva York, una temporada en la que amplió sus perspectivas y en la que se tiró a la enorme oferta culinaria que la ciudad ofrecía. “Es difícil contenerse, es difícil privarse en un lugar así, me dijo en alguna ocasión. Compraba cajas de alitas que parecían no tener fin. Malteadas que del tamaño de una cubeta. Postres con la energía suficiente como para encender un foco.  Por aquellos días le tocó asistir a un concierto de The Cars. De esto me enteré hace pocos años de forma casual mientras escuchaba “Just What I Needed” en la computadora. Mi madre se acercó y dijo: “Yo vi a esa banda en Nueva York. Ya no me acordaba, los reconocí cuando pusiste la canción”. Durante el concierto, me dijo también, le pasaron un cigarrillo de marihuana pero ella no quiso probarlo.

Durante su juventud, mi madre participó en un concurso de belleza a nivel nacional. Representó a su estado de origen. Ahí conoció a un legendario conductor de televisión y de ahí salieron un par de actrices que luego se volvieron famosas. Alguna vez me enseñó un par de fotografías del evento. Lucía espectacular. Lástima que como hijo no heredé nada de su atractivo. Hace poco supe que había un video del concurso en el que participó. Mi padre me mostró un fragmento con su celular. Por alguna razón me incomodó verlo. Ni siquiera le pregunté de dónde lo había sacado o si estaba disponible en internet. No quise mirar más que unos segundos. Solo me quedé con su sonrisa. La de una joven que quizás no vislumbraba aún cómo sería su futuro. Una vida doméstica al cuidado de tres hijos, ya sin cámaras ni luces. Ya desde niño me acostumbré a ver las ediciones de Nuestra Belleza México y Miss Universo. Primero en compañía de mi madre, luego en soledad, aunque en años recientes he dejado de lado la tradición. Recuerdo una noche en que vi uno de los concursos en compañía de mi madre. Estábamos en la parte en la que se seleccionaban a las diez finalistas. “Se siente horrible cuando no escuchas tu nombre. Te hundes cada que mencionan el nombre de alguien más”.

Hay un detalle que me entristece respecto a mi madre. Está consumida por el ideario de las creencias irracionales y las supersticiones. Así es y tengo en claro de que nunca lo podré remediar. Lo he intentado. He puesto esfuerzos en hacerle ver que no hay ningún fundamento en algunas de las concepciones de las que es rehén, que puede llevar una vida más libre y plena si rompe con las cadenas que la tienen sujeta un modo de ser en el que reinan los charlatanes. De nada sirve. Ella está acostumbrada a creer en los horóscopos y adivinaciones, así como una serie de prejuicios que juegan a varios niveles. El embuste la ha absorbido, ha echado raíces en su inocencia.  De vez en cuando vuelvo a intentar que recapacite. Le muestro las equivocaciones que se esconden detrás de los engaños habituales que rondan por ahí. Ella lo entiende e incluso llega a aceptarlo. Pero al poco rato se deja deslumbrar por alguna otra nota sin bases o ha adoptado una nueva convicción hecha por arte de magia.

Mamma-Roma

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