No decir

Ocurre en un episodio de Mad Men. Don Draper, en plena decadencia de alcohol y abandono, hiere los sentimientos de su secretaria personal: Allison, una joven dulce y amable que desde su carácter humilde ofrece sonrisas a cualquiera con quien se cruza. Luego eso cambia. Don la seduce en una noche de copas y se acuesta con ella en un encuentro libre cualquier detalle romántico. Para él, una aventura sin mayor importancia como tantas otras; para Allison, un punto de inflexión, un acontecimiento definitivo. Esta divergencia de perspectivas provoca un embrollo. A Don le sorprende encontrar que al día siguiente de la aventura, ya que el furor nocturno ha pasado, su secretaria sigue anclada a lo que vivieron juntos. Un breve encuentro físico. Allison, a fin de cuentas, es una mujer sensible, alguien con sentimientos cubiertos de algodón. Distinta a las personas con las que Don se suele relacionar, esos seres frívolos que han acentuado su soledad. Con esta veinteañera es diferente. El peso para Allison es tal, que le es imposible seguir la rutina con normalidad. Llega el punto en el que se echa a llorar en plena sesión de trabajo ante la mirada inmutable de Don que solo atina a encender un cigarro. Le ha roto el corazón. La ha tomado entre sus brazos para luego dejarla en el suelo cuando ya no la necesitaba. De esto se lamenta Allison cuando Peggy, una antigua secretaria de Don que ahora está en un puesto en alza, la intenta consolar. “No sé cómo lo soportas… la manera en que despliega su encanto durante un minuto para desaparecer después. ¿Cómo es que puedes siquiera hablar con él?”, dice entre lágrimas, y sentencia: “Ahora lo sé. Es un borracho que se sale con la suya porque el resto lo olvida todo”.

Allison deja su empleo no sin antes montar un pequeño escándalo. Luego de que Don se niegue a escribir una carta personalizada de recomendación (lo único a lo que está dispuesto es a firmar una que ella misma le disponga) con vistas a seguir un nuevo rumbo profesional, la secretaria tiene un último arranque de amor propio que desfoga con violencia: decide lanzarle un cenicero a su antiguo jefe antes de marcharse de la oficina. Aunque no alcanza a atinarle al cuerpo, el ruido del golpe sobre unos cuadros hace que el resto de los empleados de la agencia Sterling Cooper Draper Pryce se enteran de lo ocurrido. Una mujer herida es capaz de llegar al abismo sin miramientos. De poco le importa el estruendo y las consecuencias. Lo que vale es equilibrar la balanza, dejar un rasguño en la piel.

A Don le viene un instante de remordimiento. Es verdad, no se ha dado cuenta de que ha cruzado un límite. Su vida se ha transformado en una espiral descendente. Se le dificulta saber dónde está parado. Su vida ha sufrido muchos cambios en los últimos meses. Ha iniciado labores en una nueva empresa que parte de cero, con todas las presiones y retos que vienen por añadidura. Y su esposa lo ha dejado. La farsa que montó durante años se derrumbó. No tiene nadie con quien acudir. No tiene ya padres ni hermanos. También sus hijos están apartados. Las amistades que tiene son de corte superficial. Con ninguna de ellas puede abrirse en serio. Nadie lo conoce en realidad, salvo una rubia lejana a la que ha visitado poco en los últimos años. El corazón se le ha vuelto de piedra. No ha logrado medir la fuerza con la que se dirige a los demás. Está solo. Sin darse cuenta ha creado una barrera entre él y quienes lo rodean. Tiene una reputación que proteger. Una imagen que implica distancia, estar al margen de la compañía. Se le ha desarrollado una forma de ser que lo mantiene a flote y que le lastima a partes iguales. Está montado en un personaje del que ya es difícil escapar. Desearía tener el cariño que su comportamiento se encarga de ahuyentar. Vive en la contradicción. Aleja lo que echa en falta para fingir que no lo necesita. Se engaña a sí mismo, como alcanza a notar en medio del sopor de la bebida.

Allison merece una explicación. Don lo tiene en claro. Así que cuando llega a casa, se monta frente a la máquina de escribir para hacerle una carta. Tal es su determinación que ni siquiera se ha quitado el sombrero. Tiene que dejar escapar lo que lo agobia y ahí tiene una oportunidad. Que alguien lo sepa, que alguien se entere de por qué se ha comportado como un grosero en los tiempos recientes. Y anota entonces lo siguiente:

Querida Allison,

Quería que supieras que lo siento mucho. Ahora mismo mi vida es muy

Ahí cesa de teclear. Don no termina la oración. Lo único que hace es sacar el papel de la máquina para después aplastarla entre sus manos y tirarla al suelo. Ella nunca lo sabrá. Nadie sabrá lo que Don vive en el interior. Hay veces que un hombre debe hundirse en el silencio. Por orgullo, sí. Pero también por un dejo de heroísmo que ninguna otra figura percibe y que, por tanto, resulta aún más especial. Lo que ocurre es que no se quiere agobiar a nadie más con los dramas que ya de por sí envenenan a uno mismo. Ventilar los problemas significaría estropear el día a los inocentes. Y no. Mejor contenerse. Para eso está la adultez. Ya no hay espacio para el lloriqueo. Uno no puede desfogarse en el regazo de los seres queridos para siempre. Llega el tiempo en el que uno debe aprender a lidiar con la sensaciones. A dominarlas y a convivir con ellas. Don lo sabe y prefiere aguantar la fama de miserable antes que exponer el infierno que lo consume.

Déjalos, que piensen lo que quieran. Que se traguen el cuento de que te comportas como lo haces por mera diversión, por una insensibilidad ante los conflictos ajenos. Que despotriquen contra ti. Que se alejen. Que conspiren. Que den un portazo al salir. Que nunca vuelvan. Que vayan a desperdiarse a los brazos equivocados. Que rían mientras desfalleces. Nunca cometerás la verdadera canallada. La de hacer lo que necesitas. Llevarlos a la conmoción y las lágrimas al explicarles cómo te sientes.

Por mucho que una nube negra se monte sobre ti, lo único que quieres es que nadie más salga afectado.

You’ll never, never know I care. You’ll never know it, for I won’t show it. Oh, no, you’ll never, never know. You’ll never, never see me cry. You’ll never, never see me cry. Not even when you’re glancing by. For I won’t weaken, when we’re speaking Oh, no, you’ll never, never know. No, no I know I won’t reveal the way I really truely feel. But if you guess it, I’ll confess it.

No, no you’ll never
Oh, no you’ll never, ever know.

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