Cerca del azul

Me angustia ver a las moscas y mosquitos que se estrellan una y otra vez contra el vidrio. No sé si sean capaces de sentir algo parecido a la desesperación, en todo caso me pongo en sus zapatos (llenos de mugre) y el resultado es temible. Avanzar rumbo al horizonte y topar con una barrera, una fuerza invisible que detiene tu camino hacia la libertad. Morir sin saber por qué. Por ello les intento ayudar, no sin librarme de un pensamiento: quizás lo que busquen sea más bien el suicidio.

O me siento sumido en una profunda soledad o estoy fastidiado de la compañía. Estoy siempre en uno de los extremos, es imposible que esté conforme o que encuentre un punto medio. Nací para navegar en lo insoportable.

No tengo un solo amigo, al menos en el sentido hondo del término. Las personas que más me valoran son las que menos me conocen. Sé que hay quienes me aprecian y consideran simpático —dios los bendiga—, incluso hay algunos chiflados que me profesan admiración…  pero fuera de eso estoy aislado; vivo apartado de los movimientos sociales. Deambulo entre espaldas. Soy incapaz de encontrar una explicación. Considero, modestias a parte, que soy alguien educado y gentil. Tengo temas de conversación y me encanta escuchar y estar ahí para quien lo necesite. Pido poco, salvo un mínimo de civilidad. Entonces no sé. Cabe la posibilidad de que existan rasgos despreciables de mi personalidad que yo no alcance a identificar y que los otros sí. O que todos estén profundamente equivocados. Nunca se sabe. Aun así la soledad ofrece un dejo de orgullo: la noción de que no eres parte de los demás. Un consuelo que rara vez es suficiente.

Lo he dicho antes: me da asco ser leído por ciertas personas. Si pudiera, limitaría mi público a gente honorable. Ojalá tuviera la opción de vetar la entrada de algunos. Lástima que no se puede. Cuando te dedicas a publicar (así sea en medios informales) tienes que hacerlo al parejo. No queda de otra. Cualquiera puede ir y absorber lo que tienes. Lo único que resta es ceder. Durante una época creí que era preferible el silencio: no decir nada, guardarse para evitar que tus preciadas palabras llegaran a la boca del burro. Al final descubrí que eso es peor. El encierro te priva de muchas bondades. Toca aguantar la náuseas y continuar a sabiendas de que estás expuesto a los bellacos.

Además, un detalle. Este blog es leído por unas cuatro personas. Nada más. Ya debo asumir que la fama nunca llegará por aquí. Jamás seré descubierto por un productor de Hollywood o un editor importante por lo que escribo. Las bitácoras en línea son anticuadas y yo he pecado de necio. El problema es que no sé hacer otra cosa. Los plataformas audiovisuales que son tendencia resultan incompresibles para mí. Me veo incapaz de realizar videos o cápsulas de audio. El éxito todavía me obsesiona, aunque al mismo tiempo estoy dispuesto a continuar pese a su ausencia. Hazlo por ti. Lo demás es circunstancial.

Ya solo la familia apuesta por mí. No todos, desde luego. Solo los familiares cercanos que no llegan a la decena. El apoyo de ellos es casi un milagro. Por más que puedas alejarte de ellos alguna vez, no dejan de ser las escasas figuras incondicionales que tienes. Cuando mueras, por ejemplo, serán los únicos que lloren en serio por ti. Los únicos que te cuidarán en el hospital y los únicos que, al cabo de un año, seguirán visitando la tumba en la que te conviertes en polvo. Algunos conocidos lo harán por un rato, dirán que te extrañan y que no pueden seguir sin tu presencia. Dales un mes o dos. Se olvidarán, continuarán sin mayores problemas (y así está bien). Tu familia no. Llevarán un pesar hasta el último aliento.

De esto no me enteré hasta después. Ana Cecilia, una chica muy amable que conozco desde hace un año, me saludó el otro día mientras caminaba por la calle pero yo no me di cuenta por ir absorto en una lectura. Estoy apenadísimo con ella. Así se lo hice saber. Ni la disculpa me libra del sonrojo. Dejaré de lado mi costumbre de leer mientras paseo por la banqueta. No porque tenga temor de chocar contra un poste o ser atropellado en una esquina, sino porque me dolería mucho convertirme en alguien que pasa de largo ante la bondad de los demás.

Pasaba por el parque cuando vi a un montón de palomas pelear por un trozo de galleta salada. Ninguna lograba adueñarse del botín. Apenas una de ellas lo tomaba, la presión del resto hacía que lo soltara para que una más lo agarrara con el pico. De inmediato, la nueva dueña era abordada por las otras que no daban tiempo para masticar y tragar en paz. Aquello se repitió varias veces, hasta que ocurrió una escena digna de tirar una risa. Un pájaro, mucho más pequeñito que las palomas, planeó por la zona y aprovechó el caos para tomar la galleta y salir volando mientras las antiguas propietarias se quedaban sin saber qué acababa de ocurrir. Estamos rodeados de lecciones si estamos dispuestos a poner atención.

Si algún día publico un libro, para mí sería un honor que le sirviera a alguna familia para emparejar la pata chueca de una mesa.

Al igual que Patrick Modiano, considero que, más que habitantes del mundo, somos supervivientes del mundo.

Me contradigo más que nunca y me doy cuenta de ello. Ya no busco corregir ni decidirme por una de las opciones. Dejo el desorden tal como está. Es un dilema insignificante de cualquier modo.

Sigo con los problemas de sueño. Añoro poder dormir de corrido. Lo que tengo, en cambio, son despertares por la madrugada… cada dos horas más o menos. En ocasiones cada hora y media. Lo único valioso que he aprendido en estos años de desvelo es que si aguantas despierto hasta las cinco de la mañana, los sentidos entran en una faceta embriagadora… es como si no necesitaras volver a dormir. Podrías estar así durante décadas. Luego los minutos pasan y la euforia se va. Tienes la urgencia de tirarte a la cama.

Ni una sola vez he escrito sobre varias de las personas que más estimo. Siento que las ensuciaría con mis letras, que debo mantenerlas a salvo de lo que digo.

bene

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