Un rato de honestidad

Atravieso una crisis de lectura. De pronto se me dificulta terminar los libros. Pasa con ejemplares de muchas páginas, pero también con libros cortos que se supone están para acabarse en una sentada. Es la primera vez que me sucede. Un oleaje espeso detiene el ejercicio de pasar los ojos por las letras. Procuro no caer en agobios. Cabe la posibilidad de que sea el momento de abandonar la lectura y pasar a otras actividades. Antes moría por leer la mayor cantidad de títulos y autores. Ahora empiezo a considerar que acaso tengamos un límite a partir del cual la literatura deja de correspondernos. A mí me ha llegado demasiado pronto.

Con la escritura noto igual un alejamiento. Una especie de pérdida progresiva de una sustancia imprescindible para avanzar. Como si estuviera perdiendo la vista, pero en un sentido abstracto en relación al proceso de creación.

Percibo señales para preocupar: cualquier línea que escribo me parece fuera de sitio, mal ensamblada o llena de un torpe artificio. La disposición misma de las letras en cada palabra ha dejado de cuadrarme. Las expresiones y términos más simples me parecen extraños, dignos de pertenecer a un idioma que no domino y con el que a duras penas me las puedo ingeniar. En las últimas semanas se ha agudizado un trastorno en la percepción con el que veo errores en donde no los hay. Un ejemplo es el de la palabra utensilio que estoy seguro debería estar escrita con c (“utencilio”) o paciencia a la que echo en falta una s intermedia. La solución que encuentro ante tal embrollo es a la consulta constante de diccionarios para minucias en las que, en condiciones normales, no habría que detenerse. Así pierdo tiempo y naturalidad. Puedo pasar horas enteras en el trazo de una oración que al final parece sacada de un mal traductor en línea. Estoy en medio de una involución.

Cada día que pasa me aíslo más. Ya ni siquiera sé cómo conversar con mediana soltura. Estoy ensimismado, sin la menor capacidad de reacción. Soy una máquina de monosílabos. He perdido músculo para las relaciones sociales y no hay nadie con quien pueda recuperar el ritmo. Creo que ni siquiera estoy interesado en remediarlo. Lo intenté mucho y no funcionó. De cualquier manera, el mundo exterior no se pierde de nada con mi ausencia. Los seres humanos somos poca cosa, es la realidad. La falta de un sujeto en específico no supone mayor tragedia para nadie, excepto para familiares y amistades muy cercanas (y eso a veces). O admiradores, en caso de que los tengas. Estar al margen, por otro lado, te da cierto tipo de libertad. Al estar desarraigado, puedes abandonar y mandar todo al diablo sin temor a las pérdidas (porque lo que tienes equivale a un cero) o posibles ataques nostálgicos en el futuro. Estar en blanco, sin relevancia alguna, te ahorra un montón de peso en el equipaje.

Lo que lamento es haber entregado lo poco que tenía al tipo de personas que se marchan una vez que han absorbido lo que podían de ti, sin quedarse siquiera a enterrar tu cadáver. Le doy menor importancia conforme pasan las noches. Ir de víctima resulta ridículo y se ha de reconocer que uno mismo es el mayor responsable del estado por el que se atraviesa. A bancársela, entonces, como dicen en Argentina.

He asumido la idea de que nunca se publicará nada escrito por mí. Hablo de un libro o un texto que aparezca en una revista de alto tiraje. Debí aprovechar cuando aún tenía cierta ilusión. Aquel era el momento idóneo para enviar material a editoriales o concursos. Pero no lo hice. Nunca fui rechazado ni aceptado. Ni siquiera lo intenté. Dejé que la emoción pasara. Creí que una bitácora en línea sería suficiente para atraer la atención de alguien que pudiera adentrarme en las áreas impresas. De nada sirvió. Fue una mala estrategia. Este blog será mi único testamento. Debí probar por otros rumbos: picar piedra, intentarlo cuando aún tenía fuerza para hacerlo. Para que esto funcione tienes que poner mucho de tu parte. Saber vender tu producto, conocer a las personas adecuadas. Hice muy poco para conseguirlo. Siento profunda admiración por aquellos que logran escabullirse hasta llegar a la primera fila, una tarea en la que el talento cuenta menos que la determinación.

El otro día pasé frente a un restaurante oriental. Cerca de la puerta de entrada se encontraban un par de hombres que vestían de la misma forma: pantalón azul marino, camisa blanca y un chaleco de color crema. Platicaban entre ellos mientras se recargaban en una pared. No sé por qué me invadió una sensación de alarma. Esos hombres matarán a alguien, pensé. Están esperando a que un empresario salga del restaurante para entonces proceder a molerlo a tiros. Estaba seguro de que eso iba ocurrir. No tenía ninguna prueba para sostener la afirmación, tan solo una certeza que procedía de alguna locura en el cerebro. Tenía que alejarme de ahí para llegar a un compromiso, así que tuve una idea: le tomé una foto a ambos hombres para así poder colaborar con la policía cuando llegara el tiempo de esclarecer el crimen. Durante la semana siguiente revisé los periódicos en busca de una nota que hablara del asesinato de un hombre a las afueras de un restaurante. No encontré ninguna.

Tengo un recuerdo de infancia. Yo tenía como siete u ocho años. La casa era muy grande y ello causaba algunos conflictos. Las labores domésticas eran demasiadas para mi madre. Así que de vez en cuando recibía la ayuda de una señora que completaba las tareas de limpieza. El refuerzo estaba enfocado a barrer, trapear y a realizar labores menores en el jardín. La señora parecía estar en contra de uno de los beneficios que se tienen en una casa grande: el poder tener muchas mascotas. Nosotros teníamos una perrita y muchos gatos. Hubo una noche en que mi padre adoptó a unos mininos que estaba abandonados en una caja tirada a la calle. Cuando los juntó con el gato que ya teníamos, dio por inicio de una cadena de sexo y reproducción animal que derivó en el nacimiento de muchas otras mascotas. Llegó el punto en que teníamos alrededor de trece gatos, aunque nunca hicimos un censo en toda regla. Casi todos habitaban en el jardín. Salvo uno, el primer que tuvimos, ninguno entraba en la casa. Aún así, la nueva sobrepoblación gatuna vino a complicar el trabajo de la señora de la limpieza. Ante su mirada, aquellos tiernos seres representaban una invasión infernal. Cierto día, noté un sonido extraño que provenía de algún punto en patio delantero. Era un chillido. Al principio me costó encontrar el origen exacto del problema, sin embargo al poco rato di con él. Los quejidos venían de un montón de bolsas negras que contenían la basura que la señora había barrido. A los pocos segundos vi con horror que una de las bolsas se movía. Dios mío, podía tratarse de una rata… o uno de los gatos. Eso es, debe ser uno de los gatos. ¡La bruja metió a un gatito en las bolsas de la basura! Fui invadido por una ráfaga de preocupación. Tenía que salvar a uno de los nuestros. Y así fue. Metí la manos entre la mugre y la peste y rompí la bolsa que se movía. Un gatito negro salió disparado con el pelaje lleno de suciedad. Tuve que contar el incidente a mis padres. La señora de la limpieza ya nunca volvió. Más allá de toda la tensión que sentí cuando ocurrieron los hechos, me quedó una satisfacción. Pienso en el camión de la basura que pudo llevarse a un pobre animal encerrado y caigo en la conclusión de que evité una tragedia. Que, aunque mínima, de algún modo le ha dado una justificación a mi vida.

De algo sirvió.

Jacquot de Nantes

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2 pensamientos en “Un rato de honestidad

  1. El reconocimiento es algo extremadamente complejo y sin tener cierta dosis de él (dosis variable en función de cada individuo) no podemos seguir adelante. Tú escribes extraordinariamente bien, Carlos, y tus párrafos, tus líneas, la elección de las palabras que haces, incluso, demuestran tu amor por la literatura que, como toda historia de amor, pasa por momentos difíciles y de desengaño. Incluso en esas crisis, o de esas crisis, sacas verdaderos tesoros de escritura.
    Eres un buen escritor y seguramente acabarás publicando como tal, libros, artículos, estudios… O puede que no, Carlos, puede que tu talento (evidente) se quede sin mayor difusión que esta deliciosa bitácora. Ed algo que no está en tu mano, no pierdas energías en ello. Sigue haciendo lo que haces de manera magnífica, superior: escribe.
    Porque, lo quieras o no, lo creas o no… eres escritor.

    • Gracias por las palabras, Wolffo. Tienen una calidez ya poco frecuente de encontrar por ahí. Además, por la admiración que te tengo, valen el doble. Lo del reconocimiento es cierto, aunque al mismo tiempo hay que seguir sin importar que nadie haga caso a lo que hacemos. Hacerlo por uno mismo y ya está. Por la satisfacción de saber que somos capaces de realizar lo que nos proponemos. Saltarse los dramas del camino. Espero librarme de esta nube mental por la que paso para seguir con el ritmo de antes. Por lo mientras, a expresar lo que hay.

      Un abrazo.

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