Borges se burlaría

Tener cierto tipo de personalidad puede condenarte a un tormento continuo, aun en situaciones que podrían considerarse como positivas. Pongo un ejemplo. Hace unos días me encontré un billete de cien pesos tirado en la calle. Lo recogí, pero no me alegré. Lo que en apariencia fue una buena noticia (un golpe de suerte para sumar a la cartera) fue un pesar para mí.  De inmediato me puse a levantar especulaciones en torno el origen del dinero. Quizás se le haya caído a un jardinero, pensé. El hombre cortó hierbas y espinas durante ocho horas bajo las inclemencias del sol para ganar un billete que al final, en un descuido, se le cayó. Pobre. O tal vez era el regalo de cumpleaños que un abuelito le dio a su nieta: un agujero en la mochila provocó una pérdida terrible a la niña. Ya no podrá comprarse los dulces que soñó. Peor todavía fueron suposiciones sobre una posible relación entre los cien pesos y la compra de un medicamento que ya no se llevará a cabo. Nunca se sabe. El dinero que anda suelto por las banquetas podría ser imprescindible para otra persona. Y para mí no lo era. No lo necesitaba ni había razones para que llegara a mis manos. Eso era lo que me agobiaba, que la penuria de alguien más supusiera para mí una simple suma monetaria para comprar un par de cafés. Por ello me quedé en la calle durante un rato. Confiaba en ver a alguien que buscara su dinero de vuelta, así podría regresárselo. Pero no lo conseguí. La calle estaba sola y tuve que continuar el camino con la sensación de que a las historias alegres tienen un lado de tristeza.

Hay un pensamiento que a menudo me asalta mientras escribo: Borges se burlaría de lo que hago. Ocurre en especial cuando estoy en medio de textos que empiezan a dificultarse o aquellos que considero relevantes por algún motivo en particular. Lo curioso es que, aunque me gusta y lo respeto, no se trata de uno de mis autores de cabecera. La cuestión está ahí: Borges se burlaría. Se reiría a carcajadas de lo que escribo. No porque sea poseedor de una habilidad extraordinaria para el humor, sino por la ridiculez y la pobreza del lenguaje que acaso me delata. Estaría lejos de la decencia, según su perspectiva. Al fin y al cabo las voces internas son uno de los grandes enemigos a la hora de crear cualquier tipo de obra. El pesimismo que busca echarte para atrás mientras remas sin mayor esperanza. Supongo que a pesar de ello hay que continuar. Así lo hago, al menos. La severidad con uno mismo es parte del juego y en la carrera larga uno de los impulsores de cualquier mejoría. Un mínimo de inseguridad es recomendable ya que obliga a redoblar esfuerzos. Y ni así. Estaremos por siempre instalados en la insatisfacción; cualquier progreso agravará el cuadro. Retomo las palabras de Flaubert que dentro de su carácter perfeccionista escondía una gran frustración: «Estoy irritado con mi propia escritura. Soy como un violinista que tiene un oído genuino, pero cuyos dedos se niegan a reproducir con exactitud el sonido que escucha por dentro.»

Maldigo el día en que dejé de buscar tréboles de cuatro hojas. Es posible que ese punto encapsule la ruptura absoluta con la niñez. No como causa, más bien como síntoma. Buscar un trébol de cuatro hojas entre decenas de ejemplares que solo tienen tres. Ahí la ilusión, una sed por alcanzar lo extraordinario que se acentúa con cada derrota.

Pienso en la música en una de sus tantas vertientes: como entretenimiento. Tener un aparato en el que suenen canciones se antoja imprescindible para sobrellevar el día a día. Se puede estar en medio de la miseria y tener toda clase de limitaciones, pero la vida cobra sentido en el momento en el que suena la música que nos gusta. No tienes que gastar dinero en el cine o en una pista de patinaje. La emoción se desborda cuando a través de las bocinas escuchas  a tu artista favorito. Los pesares quedan justificados. Puedes aguantar una noche más.

Los recuerdos de la niñez se difuminan hasta convertirse en imágenes que no se sabe muy bien si son verdaderas o no. Surge la duda de si no serán en realidad fantasías a las que hemos recubierto de validez con el paso de los años por culpa de alguna neblina mental. En lo que a mí respecta, mantengo dudas sobre algunos acontecimientos que supone viví. Hay uno en particular al que dedico reflexiones cada determinado tiempo. Según indican los recuerdos, cuando yo tenía como siete u ocho años, se pusieron de moda unos hongos artificiales de fabricación casera. Se supone que daban suerte y se preparaban en un sartén al que se le agregaban algunos ingredientes que después se ponían a calentar. Una vez concluido el procedimiento, el hongo se trasladaba a un plato o refractario para así poder colocarlo en una habitación. Se supone que el hongo traía prosperidad y absorbía las “malas vibras”. Según los registros de mi memoria, vi varios de esos monstruos en casas de amigas de mi madre, pero han pasado los años y no encuentro ninguna referencia al respecto en internet. Ninguna superstición parece vinculada a lo que, en apariencia, tuve ante los ojos. Es probable que algún sueño se haya colado al departamento de anécdotas. El cerebro ya no se da abasto.

El optimismo es una flama que persiste en medio de la lluvia torrencial.

Hace unas semanas vi a una botarga que me robó el corazón. Era un oso dedicado a promover colchones en una tienda departamental. A nivel físico no era nada especial, lo que lo hacía grande era su carisma y sus movimientos. Lo que es más: lo atrapé mientras bailaba en un rincón donde creía no ser visto por nadie. Fue ahí donde me cautivó. El hecho de que extendiera la coreografía más allá del escenario, por el placer mismo de hacerlo, lo hizo ganar todo mi respeto. Quise darle un abrazo.

lost scarlett

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