Ir al cine sin compañía

La sala de cine es un sitio recomendable al cual acudir cuando se busca un cambio de ánimo. Sirve como un refugio en medio del barullo del exterior. Más allá de la película, la experiencia se sustenta en el ambiente. La obscuridad proporciona una especie de intimidad colectiva que se reafirma con el silencio, tan solo interrumpido por lo que sale de las bocinas. Después de un par de horas frente a la pantalla grande, se abandona el asiento con una sensación distinta a aquella con la que se llegó. Puede que el resultado sea alegre o triste, el caso es que algo cambia, por mínimo que sea.

Es lo bonito del cine, como pasa con otras expresiones artísticas en mayor o menor medida.

Lo anterior no quita que una actividad tan sencilla como ir al cine tenga sus complicaciones. Por una parte está la cartelera, abundante en opciones intrascendentes cuyos anuncios destacan por los colores chillantes, bromas fáciles y éxitos musicales de verano metidos con calzador. A menudo resultan una pérdida de tiempo, aunque por ningún motivo han de desestimarse las cintas que cumplan con el cometido de entretener sin mayores pretensiones. De lo uno debe cuidarse es de las alternativas que no ofrezcan ni eso. Productos de cochambre que logran su permanencia gracias a que el mal gusto es una asociación con muchos adeptos.

Luego está la cuestión de un público que no siempre está a la altura. La atmósfera idílica que planteé al principio desaparece cada tanto gracias a personas que dan rienda suelta a las múltiples manifestaciones que tiene la descortesía. A ellos me dirijo: hagan un favor al resto de los asistentes, no se pongan a platicar en medio de la función. Tampoco saquen el celular para revisar sus redes sociales cada cinco minutos. La iluminación de la pantalla es invasiva dado el contexto. Lo que para ti es un acto mínimo, puede suponer la ruina de la experiencia para los demás. Ir al cine implica entrar en una dinámica de respeto por lo que muchos consideran un ritual. A menos de que se trate de una emergencia, actúa con moderación. No estás en tu casa como para sacar lo peor de ti. Y tampoco te limites. Las risas están permitidas, lo mismo que las expresiones de asombro. Cualquier reacción espontánea resulta válida mientras entre en el campo de la civilidad. Lanza carcajadas en las películas de comedia y llora si el cuerpo te lo pide. Lo lamentable es que subas los pies a la butaca de enfrente incomodando así un señor que tiene que soportar la presencia de esa porquería a la que te empeñas en hacer pasar por calzado

Semejantes factores te hacen replantear si en verdad vale la pena salir de casa. Quedarte a ver una película en la computadora puede llegar a ser tentador. Después de todo así te libras de muchos dolores de cabeza. Pero no, damas y caballeros. Sin despreciar las sesiones domésticas (que pueden ser las ideales en algunas ocasiones), visitar una sala de cine es una actividad llena de fascinación.

La fila de la entrada. El olor a palomitas. La cartelera en letras grandes. Las máquinas atrapa peluches. La dulcería y sus precios exagerados.  Los baños limpios. Abrir la enorme  puerta de la sala. El piso alfombrado. Los avances de próximos estrenos. La luz que se apaga. El sonido del proyector. Los créditos finales. La sensación en el estómago antes de salir.

Ahora bien. Está el tema de la compañía. Hay algunos que se privan de ir al cine simplemente porque no tienen con quién ir. Considero que esto es un error. Es lindo asistir con alguien, cierto. Sobre todo porque te da un tema para conversar, además de proporcionar una marca indeleble al vínculo, ya sea de amistad, amor o de tipo familiar. Bien puedes hacer un recuento de tus relaciones a través de un listado de las películas que viste en compañía. De este modo quedas asociado a memorias cinematográficas que estarán ahí por siempre. Pasarán los años y seguirás acordándote de quien estuvo contigo cuando fuiste a ver la última de Woody Allen. Y jamás podrás olvidar a la persona que resistió a tu lado el embate de un drama soporífero.

Todo eso es bonito, cualquiera puede reconocerlo. Incluso podría considerarse la prioridad.

Sin embargo, pienso que ir al cine en plena soledad puede llegar a ser una actividad enriquecedora, en ocasiones superior a la de ir rodeado de conocidos. En especial porque se trata de una postura de amor al cine sin más. Ya no visto como justificación para una actividad en sociedad (un vil plan para salir con los amigos o con la pareja), sino como un fin en sí mismo. Ir a ver una cinta y absorber lo posible de ella. Con eso basta.

Algunas de las mayores satisfacciones cinematográficas que he tenido en años recientes han sido sin compañía alguna. Estar solo te pone en un tono más receptivo. Te da una mayor concentración. No tienes que preocuparte por nada salvo por mantener la mirada fija. Nada de distraerse al pasarle las palomitas al de a lado ni tener que preocuparse por su bienestar físico. Que les dé una combustión espontánea a los vecinos, eso a ti no te corresponde. Perderte en los ojos de Jennifer Connelly, a eso vas.

Ir al cine solo también aumenta el modo reflexivo de tu interior. La película termina y te quedas ahí pasmado mientras los demás abandonan el lugar. Permaneces mudo ante lo que acabas de ver. Nadie te hace preguntas ni tienes que hacerle preguntas a nadie. Entonces piensas en una escena. En la iluminación que se colaba entre las cortinas. Una canción a la que reconociste en la parte intermedia. Y en esas palabras dichas por el protagonista que parecían dirigidas a ti, a nadie excepto a ti.

De esta manera puedes regresar a casa. Con la sensación de que cargas un secreto. Todos esos grandes actores hicieron una representación para tu bienestar. El director sabía lo escondías por dentro, así que dio lo mejor de sí. Te dio la compañía que necesitabas.

cairo

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