Cómo emborracharse con estilo

Emborracharse es muy sencillo. Cualquiera lo puede hacer. Consiste en beber un trago de alcohol tras otro hasta que ya no se pueda beber más. Otra cosa es hacerlo con estilo, con un mínimo de dignidad y decoro. Eso ya es más difícil. De hecho a la mayoría se le complica. Tanto así que las sesiones de copas están asociadas a los excesos y a los ridículos; lo cual tampoco es que sea tan malo. Hay cierta amnistía en las noches de convivencia al calor de una botella, una zona de tolerancia para tomarse la cotidianidad un poco menos en serio.

Dicho esto, tampoco se debe exagerar. Sobre todo si has dejado de ser un jovencito. De cualquier modo no hay razones para alarmarse. No se trata de volver aburrida una de los pocas escapatorias que te quedan. Por el contrario, las borracheras pueden disfrutarse igual o más desde la capa del buen gusto.

El primer paso consiste en no tomarse la juerga como si fuera algo extraordinario. Asúmelo: te has enfiestado las suficientes veces como para que ya no sea algo especial. Toma en cuenta que has dejado de ser el niño que podía emocionarse con sus primeras experiencias. Deja de ver en la borrachera al punto cumbre de tu vida. No lo es. Se trata de una simple actividad que conviene no venerar de forma infantil. Ya no estás en edad para tomarte fotos mientras empinas lascivamente un tarro de cerveza barata. Tampoco te arrastres por el suelo ni llames por teléfono a tu viejo amor de la secundaria. Casi todo está perdido. Será mejor que lo aceptes tal cual.

Podría decirse que con lo anterior es suficiente. Para emborracharse con estilo basta con eso: dejar de mitificar los efectos del alcohol y dejar de vincularlo con el rompimiento de la norma. De esta manera dejas de ser permisivo contigo mismo incluso con niveles bajos de conciencia. Siempre tendrás esa —amargada— voz interna que te controle. Que no. La alegría que sientes no implica que tengas que poner un bote de basura en tu cabeza antes de subirte a la barra de la cantina a bailar una canción.

El alcohol es un asunto serio que debe tomarse como tal. Así como puede ser maravilloso, también es una sustancia que arruina vidas. No llenaré esto de advertencias: ya debes tenerlas grabadas por dentro. Olvídate de manejar el auto si has bebido (así sea una gota, decía Hitchens) e identifica bien tus límites. Esto no es una competencia. Es un error jugar al gran bebedor e intentar seguir el paso de alguien más. Aplica para otros órdenes de la vida, recuerda. De hecho, si puedes, vuélvete abstemio. Puede que sea mejor. El alcohol tiende a ser ingrato, y no lo esconde cada que recompensa tu dedicación con una horrible resaca.

Bebe, eso sí. Alguna vez tienes que probarlo. Retírate cuando las botellas hayan mostrado sus bondades y cuando hayan destruido parte irrecuperable de ti. Pareciera que el camino va dirigido —en cierto punto y en los casos promedio— al abandono paulatino de las copas, que eventualmente pasarán a ser algo exclusivo de reuniones y ocasiones especiales. Piensa en tus futuros nietos. Fracasarás como abuelito adorable si te la pasas vomitando cognac a los ochenta años.

Pero no se puede negar. Suele haber magia en el acto de beber. En determinadas condiciones puede sacar tu mejor versión. La de mayor encanto. La que se faja los pantalones y va hablarle a la chica más bonita del lugar con el pensamiento puesto en una estrella. Sin pesadez, claro, que ese es uno de las peores comportamientos en los que uno puede caer: pensar que cualquier desconocido debe aguantarte por el mero hecho de estar como estás. Pues no, fíjate. De hecho a la mayor parte de la gente le importas menos que un rábano. Así que si vas a aproximarte a alguien, procura ser interesante, amable o divertido. Y revisa si traes amarradas las agujetas.

En este sentido, conviene mencionar otros de los aspectos claves para quienes aspiren a emborracharse con estilo: cierra la boca un rato. No hables mucho. El silencio da la impresión —equivocada— de que eres alguien que tiene la situación bajo control. Un borracho mudo parece ser el rey de la sala, alguien que no cae en los desfiguros del ciudadano promedio. Adquieres el aire de un poeta decadente. Alguien que está y no está. Eso sí, tampoco te lo tomes tan a pecho. Que para no convivir con nadie mejor te quedas en tu casa (beber a solas, acto heroico que merece una entrada aparte). Algunas de las mejores conversaciones que podrás tener en tu vida ocurrirán en la fila del baño con desconocidos que jamás volverás a ver. De cualquier forma: no confíes en nadie. Nunca. Que no te gane la emoción de aceptar su oferta de ir a jugar cartas en la parte trasera de su remolque de vidrios polarizados.

Algunas breves consideraciones: procura no mezclar bebidas alcohólicas. Muchas de ellas son celosas y se vengarán si entregas tus labios a alguien más. Por otra parte, no escatimes mucho en gastos. No siempre podrás comprar la mejor de las botellas, pero asegúrate de ir por una opción decente aunque tengas que desembolsar un poco más. A veces el precio no difiere demasiado respecto a las baratijas con las que acostumbras a ponerte mal.

Explora las ramificaciones que ofrece el alcohol hasta que encuentres algo así como tu trago insignia. Entonces apégate a él hasta que la gente lo vincule irremediablemente a tu figura, incluidos los bartenders a quienes podrás dirigirte con un “lo de siempre” cada que salgas en la filmación de una película.

Los lugares son otro factor relevante. Encuentra un establecimiento que brinde una atmósfera agradable. El mobiliario, la atención, los precios, la música y el tipo de gente que asiste son factores a considerar. Ve a sitios confiables. Eso a veces puede marcar la diferencia entre regresar sano y salvo a tu casa o regresar sin la cartera y con un golpe en el ojo. Aléjate de los problemas. Deja ese tipo de aventuras para los novelistas estadounidenses.

Hidrátate bien. No bebas con el estómago vacío. Identifica tus vulnerabilidades (en mi caso el mezcal, que no me gusta por muy artesanal y milenario que sea). Con música  todo sabe mejor. Dependiendo de la hora y de tu estado podrás pasar de Leonard CohenPablo Abraira sin ninguna dificultad. Invita a Tom Waits que al final de la jornada te dará la gran excusa: The Piano Has Been Drinking (Not Me).

Por último, creo que todo hombre de bien tiene que experimentar lo siguiente alguna vez en su vida:

Regresa tambaleante hasta tu hogar después de una noche de copas. Una vez dentro, no vayas directo a tu habitación. Ve a la sala y tírate en el sillón más cercano. Duerme ahí con la ropa y los zapatos puestos. Si alguien te descubre (puede ser hasta la mañana siguiente), di “no le hice daño a nadie” y sonríe antes de volver a cerrar los ojos.

bar drunk

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