Párrafos volubles

Hablo poco. Cada vez lo hago menos. He dejado de iniciar conversaciones y se me complica la tarea de mantenerlas vivas cuando es otro el que se dirige a mí. No encuentro casi nada que valga la pena contar. Escuchar, por otra parte, siempre ofrece ventajas. Te ahorras el esfuerzo de abrir y cerrar la boca. Te da tiempo para conocer lo que dicen los demás. Aprendes de ellos o cuando menos te dan ideas para desarrollar. En los tiempos que corren se echan de menos a los oídos dispuestos a prestar atención. Quedan pocos. Cada individuo trae un torrente de palabras que está desesperado por tocar el aire. Las conversaciones han pasado  a ser una farsa en la que cada uno tira para su lado. Uno se da cuenta cuando sucede. Hay personas que te escuchan, hay otras que solo esperan su turno para hablar.

Se respeta poco la vida de los insectos. Los animales tienen defensores que parecen entrenados por personal militar. De las moscas, en cambio, se habla poco. Hay total impunidad en lo que se hace con ellas. Se les mata, se les electrocuta, se les engaña con bolsitas de agua. Lo mismo con otras especies similares. Claro, se les asocia con la suciedad. Por eso nadie las extraña demasiado. Pero ya se sabe, cada ser, por repugnante que sea, tiene una función. Incluso las moscas, sin importar que tengan la cara fea. A mí me caen simpáticas y procuro no matar a ninguna. En ello tiene que ver el arrepentimiento: una vez, cuando era niño, le quité las alas a una mosca. Aproveché que estaba chocando una y otra vez contra el vidrio de la ventana para tomarla y cometer semejante atrocidad. Creía que aquello no tenía nada de malo. Pero mi madre vio lo que hacía y me regañó. Fue así como aprendí del respeto hacia otros seres vivos. Que ellos también sienten y defienden lo suyo como pueden. Lo siento por esa mosca. Benditas sean sus alas y sus antenas. Desde entonces no he vuelto a violentar de forma directa a nada que se mueva.

Ya en cualquier sitio me siento fuera de lugar. Como alguien que no pertenece, alguien que fue incrustado en un ecosistema que no le corresponde. Lo que parece sencillo para los demás supone para mí una actividad incomprensible a la que hay que darle vueltas cientos de veces. Se sabe de muchas personas a las que les ocurre lo mismo. Lo curioso es que si juntaras a todas en una misma habitación, lejos de armar una hermandad, tan solo conseguirías reafirmar sus individualidades.

El mundo puede llegar a parecer un lugar horrible. Pero hay que analizarlo con frialdad hasta darse cuenta de un detalle importante: por aquí ha pasado gente que ha sido feliz. Los problemas, las carencias y las adversidades han fracasado en más de una ocasión. El espacio es enorme. Cabe de todo. Las desgracias tienen una mesa reservada del mismo modo en que la dicha se recuesta en un sillón de la recepción.

Recién vi una película —muy mala— en la que uno de los personajes (un borracho irremediable) mencionaba que, sin importar que tuvieras personas a tu lado, siempre estás solo después de beber la tercera copa. No coincido del todo con la idea. Pero recordé una frase similar de, si mal no recuerdo, Javi Martín. La línea en cuestión decía —advierto que cito de memoria— que ojalá todos pudiéramos andar siempre por la vida como cuando tenemos tres cervezas encima. Ahí sí concuerdo. Creo que entre la tercera y la quinta cerveza se encuentra el punto cumbre de la experiencia del tomar. Una mezcla de relajación y atrevimiento que embarga el interior y que saca aspectos esenciales de nuestra personalidad. Lo mismo puede trasladarse a otro tipo de tragos. Ojalá pudiéramos andar siempre como cuando hemos tomado cuatro medidas de whisky o unas cuantas copas de vino. Lo terrible es que ese periodo llega pronto a su fin. Imposible quedarse ahí por mucho tiempo. Uno sigue bebiendo hasta entrar en etapas de mayor decadencia y menor entusiasmo. Podría decirse que la cuesta abajo comienza en la quinta copa, aunque en ese momento no lo parezca. Con cada trago adicional se busca con desesperación mantener o incrementar una sensación que ya quedó atrás, a la que, de hecho, solo se llega a través de la mesura. A partir de ahí, si bien surgen sensaciones placenteras e interesantes, creo que se pierde la frescura. Una suerte de encanto.

A menudo sueño con personas por las que no siento mayor interés. Desconozco la razón. El caso es que acabo con una sensación de disgusto. Quisiera que solo mis seres queridos entraran en ese rincón de la conciencia. Lo mismo con las personas que admiro o por las que siento atracción. Ellos son bienvenidos. Lamento entonces que en medio de una siesta solo consiga a ver a figuras intrascendentes de las que no recuerdo ni el nombre. Algún compañero de la universidad al que solo conozco de vista, la señora que atiende la tintorería, un hombre al que vi en un parque hace varios años. Quizás sean almas abandonadas que nadie más quiere ver ni en pesadillas y que  por eso han acabado dentro de un tipo carente de imaginación.

Me agrada el frío. Las bajas temperaturas que llegan en los últimos meses del año son una noticia estupenda para los que somos reservados. El viento helado da una excusa para cubrirse entre cobijas y no salir de casa. Es culpa del clima que nos comportemos así, claro. Por eso necesitamos chocolates y una taza de té. Y abandonarnos a nosotros mismos. Ya en las pocas ocasiones en las que se tenga que salir, queda un consuelo. La ropa invernal es más bonita. Al menos te libras de los hombres en camisetas sin mangas y prendas de colores chillantes por las calles (aunque siempre habrá alguien incapaz de ceder al mal gusto). En cambio encuentras abrigos, suéteres, bufandas y otras prendas de altura. El lado terrible es la desaparición de los vestidos floreados que alumbran a ciertas mujeres.

Uno de los vecinos tiene dos perros en su cochera. Un french poodle y un chihuahueño. Dudo que entre ambos logren pesar más de dos kilos. Siempre que camino cerca de ellos, empiezan a ladrar con locura. Como si me odiaran, como si estuvieran dispuestos a matarme. Creen poder hacerlo. Semejante reacción me perturba. Suerte que una reja nos separa. Que dos criaturas minúsculas se sientan capaces de destruirte no deja de poner tu situación en perspectiva. Soy un despojo humano ante sus narices. Quizás en verdad lo sea.

valerie leon

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s